viernes, 3 de mayo de 2019

CLAUDIA ULLOA, ERLING KAGGE Y EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO


Hay una escritora peruana que vive en Bodø, Noruega. Lleva allí más de ocho años sacándole partido a la maestría en Lengua española que cursó en la universidad de Tromsø y escribiendo cuando puede. Se llama Claudia Ulloa (Lima, 1975) y además de conocer los protocolos del frío, con el que tiene que medir sus fuerzas, es experta en escribir frases que parecen cinceladas a golpe de silencios.
"Ayer en el aserradero fueron cayendo palabras como virutas. Escribí mentalmente un cuento, pero cuando llegué a casa estaba muy cansada, me acosté en el sofá y me quedé dormida con el olor a pino impregnado en el cuerpo. Olvidé el cuento".
 Claudia dice que "los noruegos siempre andan silenciosos", y que "sólo cuando las cosas dejan de funcionar realmente y no hay solución, la gente empieza a hablar". El escritor y explorador  Erling Kagge, que vive en Oslo, a 839 kilómetros de Claudia, lo demostró en La Térmica el día que presentó El silencio en la era del ruido, y sólo cuando empezó el acto se echó a hablar, pero porque le preguntaba la coordinadora del ciclo, y luego el público, si no creo que se habría mantenido en silencio.
 Lo primero que hizo Erling Kagge al sentarse en el escenario fue quitarse las zapatillas, algo también muy nórdico, y luego se mantuvo callado hasta la hora convenida. Para ser sincero, abrió antes la boca unas cuantas veces, pero fue porque Patrícia Soley-Beltran se dirigía a él para apuntarle algo relacionado con la charla que iban a tener en breve o sobre el libro que parecía tener subrayado y anotado. Erling respondía en corto, y me pareció que hasta contrariado, como un atleta al que desconcentrasen momentos antes de una competición o de empezar uno de sus grandes retos, porque el noruego fue el primer hombre en completar el "desafío de los tres polos": Norte, Sur y cima del Everest.
 Al traductor del acto, Alberto López, también le gusta la aventura, así que debió de disfrutar con el encargo. Un ya lejano día de abril de 2007 lo empujé hasta la cima del Toubkal, y supuse que lo recordaría cuando nos saludamos. De lo extraordinario de su dominio del inglés me di cuenta a las ocho en punto, cuando iniciaron el diálogo.
 Erling Kagge dio otro lejano día de abril de 2015 una conferencia sobre el silencio en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y a raíz de ella se dio cuenta de lo poco que él mismo sabía sobre el tema, de que sólo tenía ideas sueltas. De ahí que, ya en casa, siguiese dándole vueltas a las preguntas que le habían hecho los estudiantes y decidiese profundizar en tres interrogantes: ¿Qué es el silencio?, ¿dónde está? y ¿por qué es más importante que nunca? Con los treinta y tres intentos de respuesta que halló escribió su libro, y Patrícia, que ya les digo se había leído y analizado sus páginas de pe a pa, le fue sonsacando algunos.

El silencio en la era del ruido, de Erling Ragge (Taurus, 2017). Fotografía: Pedro Delgado

 Está el silencio que nos rodea y el que llevamos dentro, este último es más importante aún por lo que tiene de vivencia personal.
*** 
 Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente de mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan a casa, han tenido la certeza de que los misterios de la vida se hallaban en el silencio. Esa es la cuestión. Surcas el mar en un velero y al volver quizá sepas que aquello que ibas buscando se hallaba dentro de ti.
 Aunque aparezcan entre sus páginas, El silencio en la era del ruido no es un libro sobre sus exploraciones y aventuras, sino un ensayo sobre el silencio y el placer de evadirse del mundo. Yo estoy acostumbrado a relacionarme con mi silencio: cuando salgo a correr; cuando dejo la bicicleta en casa y voy caminando hasta el instituto; cuando arreglo las macetas del porche; cuando escribo; cuando leo; cuando cruzo valles y asciendo montañas; cuando esquío en Port Ainé; cuando me siento a oír el crepitar de los leños que arden en la chimenea; cuando me tomo un spritz en el porche o junto a la piscina; cuando me baño en el mar; cuando Lanita se tumba a mi lado y la acaricio; cuando junto mis manos bajo el grifo de la cocina para que se bañen mis agapornis o cuando dejo pasar el tiempo sin más, por lo que me acerqué a La Térmica esperando que Erling hablase más de sus expediciones y aventuras que del silencio en sí, pero predominó lo segundo, quizás porque a Patrícia, tal como ella dijo, no le impresionan nada los exploradores. Aún así, leyó un capítulo que aúna las dos cosas y que alivió mis ansias de aventuras; y recomendó al finalizar el acto un segundo –el quinto– al que he vuelto varias veces, quizás porque en él existe lo que Jack London denominaba La llamada de lo salvaje.
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Esta claro que el sonido no es solo sonido. 
 Tuve ocasión de comprobarlo en la primavera de 1986, mientras navegaba en un velero rumbo al cabo de Hornos, a lo largo de la costa de Chile en el Pacífico Sur. De madrugada, durante la guardia de doce a cuatro, oí lo que me pareció un suspiro profundo y prolongado por el flanco oeste. No me imaginaba qué podía ser. Me giré noventa grados en la dirección del sonido y allí mismo, a estribor, vi una ballena. A un simple tiro de piedra. Calculé que tendría aproximadamente la misma longitud que el barco, unos veinte metros. A juzgar por el tamaño, supuse que sería una ballena de aleta, un mamífero cosmopolita a la caza constante de cangrejos, peces y kril. La ballena azul es más o menos igual de grande, pero ya está extinguida casi por completo, de modo que las probabilidades de que se tratara del animal más grande del mundo me parecían ínfimas.
 Las velas estaban bien tensadas, el barco navegaba prácticamente solo, así que yo no tenía otra cosa que hacer que contemplar a la ballena. Delgada, aerodinámica, casi como un torpedo, con el lomo de un negro grisáceo. Según la regla general, las ballenas de gran tamaño pesan tres toneladas por cada metro de longitud y calculé que aquella pesaba alrededor de sesenta toneladas. Iba nadando al lado del barco. Durante unos minutos, la ballena y yo navegamos con el mismo rumbo. 
 Oí varias veces el sonido denso que procedía del espiráculo dorsal. Pausadamente, entrando y saliendo de los pulmones, hasta que la ballena desapareció en el mar. El mundo ya no fue el mismo después de aquello. Me quedé allí, con las manos en el timón, aguzando el oído y escudriñando las aguas en busca del negro lomo de una sola aleta, pero ya no volví a verla. 
 Tres días después, cuando arribamos a tierra, oí el sonido de una aspiradora. Los dos sonidos eran más o menos igual de intensos. El uno me hacía pensar en tareas normales y cotidianas. Algo que hago periódicamente para que no se acumule la suciedad en casa. El otro es un sonido que todavía hoy me complace revivir. A diferencia del primero, es un sonido auténtico, una fuerza primigenia. Pienso a veces en aquella manifestación profunda y mayestática: aún hoy sigue siendo enriquecedor.
 Tuve el libro de Erling en las manos en octubre o noviembre, cuando asomó por las mesas de novedades de Luces, su exquisito diseño me hizo querer comprarlo pero, al final, salí de la librería sin él. Por eso, cuando al terminar el acto vi el mostrador de Luces junto a la puerta de salida, me dije que el destino era bien caprichoso y que esta vez sí que me iba a llevar un ejemplar, y además con la firma del autor. Decirles que no me arrepentí.

Pedro Delgado y Erling Kagge en el encuentro de La Térmica, 31 de enero de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez

Dedicatoria de Erling Kagge. Fotografía: Lucía Rodríguez

No hace mucho trataba de convencer a mis tres hijas de que los secretos del mundo se esconden en el silencio. Era domingo y estábamos sentados a la mesa de la cocina para cenar. La del domingo ha resultado ser la única cena de la semana en la que todos tenemos tiempo de quedarnos sentados charlando cara a cara. Los demás días hay demasiadas cosas que hacer. Las niñas me miraron con escepticismo. ¿El silencio? Pero si el silencio no es nada... Antes de que yo hubiera empezado a explicarles que el silencio puede ser un amigo y que es un lujo mucho más valioso que ese bolso de Marc Jacobs que tanto desean, ya habían sacado sus conclusiones: el silencio está muy bien cuando te vas a dormir. Aparte de eso, no tiene ningún valor. 
 Mientras estábamos allí, sentados a la mesa, recordé de pronto la curiosidad que las tres sentían de niñas. Cómo se maravillaban pensando en lo que habría detrás de una puerta. Su expresión cuando miraban un interruptor y me preguntaban si podía "abrir la luz". 
 Preguntas y respuestas, preguntas y respuestas. La capacidad de maravillarse es el motor mismo de la vida. Pero mis hijas tienen trece, dieciséis y diecinueve años y cada vez se asombran menos. y cuando lo hacen, sacan rápidamente el móvil para encontrar respuestas. Siguen teniendo curiosidad, pero la expresión de su cara es menos infantil, más adulta, tienen en la cabeza más ambiciones que preguntas. A ninguno de nosotros le interesaba lo más mínimo seguir hablando del silencio, así que decidí contar una historia con la intención de provocar eso, precisamente, silencio: 
 Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años. 
 Por una vez se hizo el silencio en la mesa. Se oyó el pitido de un mensaje en uno de los móviles, pero a nadie se le ocurrió ir a mirarlo en ese momento. El silencio se llenó de nosotros mismos.
 En el libro se mencionan muchos filósofos, pintores, escritores y poetas, un substrato del que brotan sentencias, preguntas y respuestas. Añadamos a las primeras ésta: El silencio es gratis. Pero no lo digan muy alto, por eso de no hacer mucho ruido.

 Durante el acto, mientras seguía la conversación, grabé algunos pasajes con mi iPad. La calidad no es óptima, pero les permitirá vivir la experiencia si no estuvieron allí.





Nota: El primer texto a color de esta entrada es obra de Claudia Ulloa, y los restantes pertenecen a la primera edición de El silencio en la era del ruido, de Erling Kagge, editado por Taurus con traducción de Carmen Montes Cano. El próximo libro de Erling será sobre el placer de caminar, un tema muy de moda desde hace unos años, y llegará a las librerías para este mes de abril. Así que quizás volvamos a verlo por La Térmica dentro de un tiempo. En esta ocasión ha venido invitado por Patrícia Soley-Beltran, coordinadora del ciclo Hablar del silencio. Y al hilo de dicho ciclo, quiero anotar aquí las palabras que escribió Giovanni Pozzi: "Vivimos una época en la que el silencio está proscrito. El mundo está oprimido por una pesada carga de palabras, sonidos y ruido. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio porque estaban hartos del parloteo de los hombres". Unas palabras que me recordó el otro día Fernando R. La Fuente en su homenaje a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ciclo Hablar del silencio, coordinado por Patrícia Soley-Beltran
La Térmica, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

martes, 23 de abril de 2019

¡LIBROS! ¡LIBROS!


Lorca y Dostoievski

Cuando Federico García Lorca inauguró la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre del año 1931, se acordó de Dostoievski con estas bonitas palabras:
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: 
 "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural de un cuerpo por hambre,  sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Nota: Darle desde aquí las gracias a la profesora de Lengua del I.E.S Isaac Albéniz, Paqui Cobos, a quien le robé la idea de su discurso del Día del Libro del año pasado. Esta entrada está dedicada a ella y a los demás componentes del departamento –Garazi, Ana Rosa, Esperanza y Manolo–, que seguro andan hoy conmemorando el día en el instituto. ¡Feliz Día del Libro a todos!

domingo, 14 de abril de 2019

MONTAÑAS QUE SUGIEREN


Ilustración: Sr. García, para Cruce de Vías de Garriga Vela
Diario Sur, 11 de marzo de 2017

Estoy varado en casa por el recrudecimiento de mi fascitis plantar y un edema óseo en el túnel del tarso, y, como lo segundo requiere de mucho descanso, paso los días entre la cama y el sofá aprovechando para ver Blu-ray y deuvedés que tenía pendiente y leer algunos de los libros que se amontonan en mi mesita de noche. Guardado entre las páginas de uno de ellos me he encontrado, doblado y bien recortado, un artículo de Garriga Vela que lleva por título La orla de los presidentes. Tiene fecha del 11 de marzo de 2017, es decir que ya tiene su tiempo, y al releerlo para ver los motivos por los que lo había conservado he encontrado cuatro razones: Habla de montañas; menciona a la ballena Moby Dick; hace referencia indirecta a una de mis novelas predilectas, El cielo protector, de Paul Bowles, y en la ilustración del siempre magnífico Sr. García se ve un arrui y el continente africano reconvertido en ballena.
Me estoy planteando poner cara a los accidentes geográficos que rodean esta casa y hacer de guía cuando vengan a visitarme los amigos. Decirles, por ejemplo, ¡Mirad, Moby Dick!, no distinguís la ballena blanca en la cima de La Maroma. Y al otro lado, más allá del mar, en el horizonte, ¿no veis la silueta de África bajo el cielo protector?
 Algo más arriba, José Antonio Garriga Vela decía lo siguiente:
Yo prefiero las montañas que sugieren historias de amor, fantasías, miedos e incluso venganzas, como sucede también con las nubes que adquieren formas dispares que nosotros bautizamos con nombres que evocan otras vidas.
 Y en mi elemental vanidad de escritor, quise relacionar aquella frase con el conjunto de relatos ambientados en la montaña marroquí que constituyen Carta desde el Toubkal. Relatos de amor, fantasías, miedos e incluso venganzas. ¿Habría leído Garriga mi libro y pensaba en él al escribir esas líneas? Me gusta imaginar que sí.
 Después de guardar el recorte, mi mente siguió revoloteando sobre el arrui que el Sr. García, con todo el acierto, había situado sobre la cordillera del alto Atlas, y mi cabeza retornó a Marruecos, a los días ya lejanos en los que acompañé a unos biólogos a la búsqueda del que también llaman carnero de berbería o muflón del Atlas. Lamenté no haber escrito ningún relato de aquella expedición.

https://www.diariosur.es/culturas/201703/11/orla-presidentes-20170310193310.html

sábado, 30 de marzo de 2019

HAZTE SEGUIDOR DEL BLOG EN BLOGGER


"Se buscan hombres para un viaje peligroso, sueldo bajo, mucho frío, largos meses de completa oscuridad, constante peligro, no se asegura el retorno con vida, honor y reconocimiento en caso de éxito. Ernest Shackleton." En Carta desde el Toubkal también buscamos mujeres.

Como saben la cuenta de Google+ dejará de estar disponible a partir del día 2 de abril, y uno de los efectos colaterales de ello es que desaparecerán todos mis seguidores de Google+. Son muchos los que estaban al tanto de mis entradas en el blog por ese canal, por lo que desde aquí les quiero animar a migrar a Blogger, desde donde pueden hacerse seguidores de Carta desde el Toubkal, donde no sólo promociono mi libro de relatos sino que también hablo acerca de otros relacionados con los viajes, la montaña, la aventura y Marruecos. Si os inquietan esas cuatro palabras, este es vuestro blog.
 Hacerse seguidor es bien sencillo. En la columna de la derecha encontraran los "cuadraditos" de los seguidores, y bajo ellos un rectángulo azul con la palabra Seguir dentro. Sólo tienen que pinchar en él.


 No les llevará nada de tiempo, y de esa forma continuarán recibiendo mis artículos; además de ser una buena forma de apoyar al blog y de crear una comunidad en torno a él.
 Un saludo, y espero verles pronto de vuelta por aquí.

sábado, 16 de marzo de 2019

50 INTRÉPIDAS DEPORTISTAS QUE JUGARON PARA GANAR

Me van a permitir que, aunque ya haya pasado el 8 de marzo, les recomiende un libro sobre el empoderamiento femenino en el deporte. Ya les hablé con todo lujo de detalles de Mujeres en el Deporte el 8-M en mi blog de atletismo Calle 1, pero quiero que asome también por aquí porque hay varias aventureras de armas tomar entre esas 50 intrépidas deportistas que, como reza el subtítulo, jugaron para ganar.

 Una de ellas es la alpinista japonesa Junko Tabei, ya fallecida, cuyo nombre está inscrito con letras de oro en la historia de las ascensiones al Everest, pues fue la primera mujer en alcanzar la cima más alta del mundo el 16 de mayo de 1975.

Junko Tabei en la cima del Everest, 16 de mayo de 1975
Fotografía: probablemente de Ang Tshering, el sherpa que la acompañaba

 Uno ve esta fotografía, la pose relajada, con la máscara de oxígeno puesta y la bandera japonesa desplegada que sujeta con una mano, y se pregunta si encontró allí algún techo de cristal. Yo creo que no, la veo con ese mono naranja y me parece que subió con la misma facilidad con la que los butaneros subían las bombonas a un quinto o un décimo sin ascensor en mi barrio cuando yo era pequeño. Nosotros vivíamos en un primero en calle La Unión, por eso no entendía que mi madre le pagase la bombona y una propina. Sólo cuando fui algo más mayor e intenté ayudarla a colocarla bajo la hornilla, y sentí como si se me fuese a quebrar la espalda, entendí el por qué de aquel dispendio.
 Seguramente el techo de cristal que Junko Tabei no se encontró en aquella cima se lo topó en Miharu, su ciudad natal, a escasos 350 metros de altura sobre el nivel del mar –o en los 40 ridículos metros de Tokio–, tratando de convencer a los organismos oficiales y a las casas comerciales para que apostasen por su aventura, un patrocinio necesario para una empresa incierta, compuesta exclusivamente por mujeres, que fue tachada de imposible por muchos.

La japonesa Junko Tabei, primera mujer en hollar la cima del Everest

 A los doce días de empezar a escalar el Everest siguiendo la ruta de Edmund Hillary y Tenzing Norgay, Junko y su equipo de escaladoras se vieron sorprendidas por una avalancha en el campamento base a 6.300 metros de altura. Ella y cuatro miembros de su equipo quedaron sepultadas, pero afortunadamente pudieron ser rescatadas por los sherpas y seguir adelante para hacer historia.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
N
ørdicacómic y Capitán Swing

 Otra de esas mujeres que admiro del libro, por el aroma a Jack London que tienen sus aventuras, es la musher Susan Butcher, la primera persona en ganar la carrera de Iditarod 3 años seguidos, y la primera mujer en ganarla 4 veces. Esta carrera de trineos tirados por perros sigue el trazado de las antiguas rutas de abastecimiento de las ciudades mineras del siglo XIX y de principios del XX en Alaska. 1.688 kilómetros por los que guiar los trineos con temperaturas bajo cero extremas, ríos helados cuya superficie se puede quebrar en cualquier momento, y animales salvajes que no entienden de carreras cuando el hambre o el miedo aprieta.

Susan Butcher con su trienio de perros en la Iditarod del año 1991
Fotografía: Paul A. Souders / Corbis

 En el 2006 una leucemia se llevó por delante a Susan Butcher a los cincuenta y un años, pero su figura, además de ser llorada por sus huskys, todavía es recordada como una de las más importantes de la Iditarod. Por cierto, que entre sus hazañas aún sorprende su ascensión en 1979 a la cima del monte McKinley conduciendo un trineo de perros. Por si no se lo creen pueden verla en la fotografía junto a Joe Redington Senior.

Joe Remington Sr. y Susan Butcher en la cima del Mt. McKinley en 1979
Colección familiar cortesía de Joe Remington Jr. (Anchorage Museum)


"Hay muchas cosas difíciles en la vida, pero  solo hay algo realmente triste, y es rendirse". 
Susan Butcher


Susan Butcher, la musher que, estoy seguro, leía a Jack London
Fotografía: Pedro Delgado

 Hay otras dos aventureras en el libro, esta vez relacionadas con el mar, pero prefiero que sean ustedes quienes las descubran.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky, editado por Nørdicacómic y Capitán Swing
Con traducción de Pedro Pacheco González

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2019/03/mujeres-en-el-deporte.html


viernes, 22 de febrero de 2019

CUESTIÓN DE FE


Fotografía: Lucía Rodríguez

Aquel alpinista resbaló fatalmente y pendía aferrado con tres dedos a un mísero reborde sobre el abismo. No era muy creyente, pero recuperó la fe: "¡Oh, cielos! ¡Me arrepiento de mis blasfemias! ¿Alguien me escucha? ¡Salvadme!". Una voz dulce y grave repuso desde las alturas: "Hijo mío, tu fe te ha salvado. No temas, suéltate. Volarás como una pluma hasta lugar seguro". Y el accidentado contestó: "Ya, muchas gracias. Y ¿hay alguien más por ahí?".
Fernando Savater

Nota: extracto del artículo ¡Socorro!, publicado en El País el sábado 20 de mayo de 2017.

jueves, 3 de enero de 2019

TALES: EL NEW YORKER MALAGUEÑO


TALES, la revista del relato corto. Fotografía: Lucía Rodríguez

A mediados del siglo XX The New Yorker popularizó el relato corto como forma literaria, siendo legión los escritores que enviaban sus relatos a la revista con la esperanza de verlos publicados en ella. Por sus páginas desfilaron nombres tan importantes como Paul Bowles, Truman Capote, Shirley Jackson, Roald Dahl, Joan Didion, E.L. Doctorow, John O'Hara, John Cheever, Raymond Carver, Elizabeth Bishop, A.J. Liebling, Dorothy Parker, James Thurber, John Updike, Woody Allen, Richard Yates, Julian Barnes o Annie Proulx –por nombrar algunos–. El relato de esta última, Brokeback Mountain, aparecido en la revista el 13 de octubre de 1997, y al año siguiente recibió el premio O. Henry a la mejor historia corta del año, adaptada al cine por Ang Lee en el 2005, consiguiendo tres premios Oscar, entre ellos el de Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. Como ven, The New Yorker no es un fósil del pasado, sino que la cabecera se sigue publicando con éxito en los Estados Unidos, con secciones de crítica, ensayo, reportajes de investigación y relatos de ficción. Uno de los escritores que no he nombrado en la lista de arriba, pero que también publicó en la revista, es J.D. Salinger: autor que sirvió de inspiración a Ignacio Rodríguez Mas para crear TALES, "el New Yorker malagueño". Ignacio lo cuenta de lujo en la página web de la revista:

J.D. Salinger
J.D. Salinger era un joven e impetuoso escritor cuando mantuvo una relación sentimental con Oona O'Neill, hija del premio Nobel, Eugene O'Neill –más tarde adoptaría el apellido de su futuro marido, Charles Chaplin–. 
 Gracias a ella, Salinger, coincidió una noche con Truman Capote. Este le preguntó por sus proyectos, y Salinger le respondió que quería ser escritor, pero que no tenía claro el camino a seguir para dar salida a sus primeros cuentos. Capote le habló sobre "The New Yorker"; le convenció de que, si quería ser alguien como cuentista, debía publicar allí. Salinger asimiló su consejo y se puso manos a la obra, enviando un relato tras otro que fueron rechazados, año tras año, sin miramientos. 
 Por entonces, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania, y Salinger, hijo de una familia acomodada y acérrimo admirador de Ernest Hemingway, decidió imitar a su ídolo y alistarse –participando incluso en el desembarco de Normandía–. 
 Movilizado en Europa, continuó enviando sus cuentos a "The New Yorker", hasta que, pocos meses después del final de la guerra, recibió la noticia de su primera publicación. 
 "TALES" honra esa historia, ese compromiso, esa obsesión. Ese esfuerzo constante que va forjando a Salinger como escritor, puliendo su escritura, sus relatos, a fuerza de 'noes'.
 Esta pequeña historia es la que llevó a Ignacio a crear desde Málaga una revista en papel enfocada al relato corto, en la que también tiene cabida la reseña, la entrevista y el estudio a fondo de un autor. Con periodicidad trimestral, acaba de salir a la calle el número 9, en el que se sigue apostando por voces noveles junto a otras ya contrastadas, una peculiaridad que la acerca todavía más a la cabecera modelo, pues como en The New Yorker, TALES cuenta con un equipo editorial que lee los más de doscientos cuentos que llegan a la revista cada trimestre –algunos de muy lejos de España–, con la esperanza de ser publicados. Así que por lo que vale un envío de correos, uno puede sentirse como Salinger, Bowles, Cheever o cualquier otro que nos apetezca, esperando recibir la noticia de que, por fin, nuestro relato ha sido aceptado.
 Yo tuve el gusto de lograrlo en su número 3*, por eso les animo desde aquí a intentarlo y a apoyar la iniciativa de Ignacio. Si todavía no saben qué pedir a los Reyes Magos, les sugiero que se dejen de tanto oro, incienso y mirra y se pidan una suscripción a la revista. Así, de paso, evitan tener que ir a descambiar su regalo al día siguiente.


Enrique del Río e Ignacio Rodríguez en la librería Áncora
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como ésta es la primera entrada de enero, voy a aprovechar el post para felicitarles el nuevo año. Wilson Bentley, el fotógrafo de la nieve, escribió en su diario que bajo el microscopio los copos de nieve eran milagros de belleza. Cada cristal de hielo era una obra maestra y, sorprendentemente, su diseño jamás se repetía. Cuando un copo de nieve se fundía, aquel diseño se perdía para siempre. Gracias a su cámara perviven miles de aquellas obras de arte.

Fotografías de Wilson Bentley, el fotógrafo de los copos de nieve

 Algo parecido ocurre con los años, 2018 terminó en un suspiro, pero afortunadamente todos esos días dejaron un recuerdo en nuestra memoria. Que el 2019 les deje recuerdos bonitos y venga lleno de apasionantes lecturas y viajes.

domingo, 30 de diciembre de 2018

CARRETERAS AZULES (UN VIAJE POR ESTADOS UNIDOS)


Carreteras azules (Editorial Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez Vicario

Decía la escritora norteamericana Gamel Woolsey, autora de Málaga en llamas, que a los hombres su mujer siempre les parece la más fascinante del mundo, hasta que se cruzan con otra más fascinante que la anterior y la cambian. A las mujeres les ocurre lo mismo, y suelen cambiar de hombre cuando encuentran otro que las atrae más. Así, con una mujer que se va –y una pérdida de empleo–, arranca Carreteras azules, el libro de viajes y algo más que estoy leyendo ahora.
 Tras años de convivencia, William Least Heat-Moon, el autor y marido despechado, sale al asfalto a lamerse las heridas, conduciendo una furgoneta por las carreteras secundarias de los Estados Unidos, esas que aparecen dibujadas en azul en los viejos mapas de carreteras.

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Cuidado con los pensamientos nocturnos. No se analizan debidamente; se presentan torcidos, despojados de sentido y de toda contención y surgen de las fuentes más insondables. Pensemos, por ejemplo, en el 17 de febrero, un día de expectativas frustradas, el día en que supe que mi empleo como profesor de inglés había concluido a causa de un descenso en las matriculaciones en el instituto, el día en que telefoneé a mi esposa, de quien hacía nueve meses que me había separado, para comunicárselo, y el día en el que ella dejó caer algo acerca de su "amigo": Rick, Dick, Chick... o algo por el estilo.
 Aquella mañana, antes de que las noticias se precipitaran, Eddie Short Leaf, que trabajaba en unas tierras en el valle del Misuri y quitaba a balazos la nieve de las aceras del campus, me comentó que, si aquel frío intenso no cesaba pronto, los árboles se congelarían por dentro y estallarían. Eso fue lo que dijo.
 Aquella noche, mientras, tumbado, me preguntaba si me sobrevendría el sueño o haría explosión, se me ocurrió una idea. Un hombre incapaz de tirar adelante con su vida al menos podía tirar. Podía dejar de intentar esquivar la vida, aparcar la rutina y afrontar el peligro real de las circunstancias... por mera dignidad.
 El resultado: el 19 de marzo, la última noche de invierno, volvía a yacer despierto en la cama, entre una maraña de sábanas, en esta ocasión asediado por las dudas sobre la locura que suponía largarme sin más, dejándolo todo atrás, y dudando, en general, del plan que daría comienzo al amanecer: emprender un largo viaje circular (equivalente a la mitad de la circunferencia de la Tierra) por las carreteras secundarias de Estados Unidos. Seguir un círculo confería un sentido al viaje, el de regresar al punto de inicio, del que carecía desplazarme en línea recta. E iba a hacerlo viviendo en la parte trasera de una furgoneta. Pero ¿por dónde empezar aquel nuevo principio?
 Un extraño sonido interrumpió mi duermevela. Me acerqué a la ventana y noté el aire frío en los ojos. Al principio solo vi el fulgor de las estrellas. Pero luego los avisté. En el negro cielo de marzo vi dos bandadas entrelazadas de gansos azules y nivales graznando mientras volaban hacia el norte, dibujando una configuración ondulante con forma de uve doble en aquel cielo fosco, con sus blancos vientres resplandeciendo misteriosos por el reflejo de las luces de la ciudad y sus cuellos alargados hacia el norte. Divisé entonces otra bandada que abandonaba el sur, quién sabe por qué motivo, tal vez para criar y para reconstruirse. Una nueva estación. Allí estaba la respuesta: empezar por seguir la primavera, tal como ellos hacían, sombríamente, alargando el pescuezo.

 Creo que si a mí me ocurriese lo mismo, también saldría a que me diese el aire. No en furgoneta, porque sólo tengo la licencia para conducir motos, pero sí a pie. Caminar y caminar, sin una dirección concreta, dejándolo todo atrás. Distraer y fatigar la mente para no estar todo el día rumiando la pena.

Fotografía de la serie Resiliencia verde, obra de Lucía Rodríguez Vicario

–Y hacia dónde se dirige ahora.
–No lo sé.
–Entonces no se puede perder.

 Durante tres meses, Heat-Moon recorrió algo más de 20.000 kilómetros, visitando las ciudades y los pequeños pueblos que le salían al paso; deteniendo su furgoneta, bautizada con el nombre de Ghost Dancing (Danza de los espectros), para conversar con las personas que se encontraba y que conforman el paisaje humano de un país.

Ghost Dancing, la furgoneta de William Least Heat-Moon
Carreteras azules (Capitán Swing)

[...] bauticé mi furgoneta con el nombre de Ghost Dancing, un símbolo torpe en alusión a las ceremonias de la década de 1890 en las que los indios de las Llanuras, vestidos con camisas de tela que creían que los hacían indestructibles, bailaban por el retorno de los guerreros, de los bisontes y del fervor de la vida ancestral, que arrasaría la nueva vida. Las danzas de los espectros, rituales de resurrección desesperados...

Las 13.000 millas que recorrió William Least Heat-Moon en Carreteras azules (Capitán Swing)

 Viendo el mapa he pensado en que libros como éste van a ser la única opción que tengamos algunos de visitar los Estados Unidos. Me lo confirmó el pasado verano mi amigo Francisco Calzado, que estudió conmigo en el colegio Los Olivos y trabaja en una agencia de viajes. Al recoger mis billetes de avión para el sureste asiático le hice la pregunta, y él me confirmó el runrún que corría entre los viajeros. "Si has visitado Irán, no puedes acceder a los Estados Unidos. Aquí tenemos a una compañera que hizo un promocional a Irán hace unos meses, y ahora tenía que ir a Estados Unidos y le han denegado el visado. La única opción que le queda es ir a Madrid a la embajada y solicitar una entrevista para que estudien su caso y se lo concedan. Pero eso lleva mucho tiempo y no siempre te lo dan". "Pues entonces yo, que también he estado en Siria y en Líbano, me puedo ir despidiendo de mi viaje a Alaska". "Quizás cuando haya otro presidente". "Bueno, pero no me arrepiento. Irán es mucho Irán. Viajé por el país dos meses en el verano de 2016, y todavía me acuerdo de la hospitalidad de su gente, de sus paisajes, de sus ciudades y monumentos. Es un país al que me gustaría volver algún día. Un destino que siempre recomiendo".

Pedro Delgado en la Medersa Agabozorg (Kashan, Irán, verano de 2016)

 Pero bueno, olvidémonos de los viajes físicos y volvamos a Oregón, a Virginia, a Pensilvania, a Tennessee, Arizona o Misisipi, para viajar mentalmente por esos estados y vivenciar la aventura de William Least por esas carreteras azules.
Hay dos tipos de aventureros: los que salen realmente en busca de aventura y quienes salen esperando secretamente no encontrarla.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

EN LOS SENDEROS (REFLEXIONES DE UN CAMINANTE)


Ana María Matute decía que no creía en las casualidades, sino en que había algo mágico en la vida. Sea como sea, disfruto de lo lindo cada vez que el azar se cruza en mi camino. Les cuento: cuando me topo en el periódico con un artículo que me interesa, pero no tengo tiempo de leerlo en ese instante, lo recorto y lo guardo para dar cuenta de él en otro momento: en el autobús de línea, en la consulta del médico, en los recreos o las guardias del instituto... El otro día, en una de esas guardias, leí unos cuantos recortes, entre ellos uno del diario El País que llevaba por título Caminante, sí hay camino. Estaba ilustrado con una bellísima fotografía de Ullstein Bild en la que se veía a un vaquero conducir el ganado por esas inmensas praderas del medio oeste de los Estados Unidos, una imagen que parecía sacada de un antiguo anuncio de Marlboro.

Fotografía: Ullstein Bild (Getty Images)

 Al empezar el texto me di cuenta de que no era un artículo periodístico, sino un extracto del libro En los senderos, obra del periodista y ensayista Robert Moor, recientemente publicado por la editorial Capitán Swing. Tras finalizarlo recorté el dibujo de la portada para no olvidarme del título y hojearlo cualquier tarde en una librería. Luego arrugué la hoja del periódico hasta hacerla una bola y la encesté en la papelera. Hasta ahí nada extraordinario. Terminé mis clases, cogí mi bicicleta y regresé a casa. Lo fascinante fue que al llegar me encontrase el libro sobre la mesa de la cocina, junto a una nota de Lucía que decía:
 Me topé con él esta mañana, leí el texto de la solapa y no me pude resistir. Por lo que dice sé que te va a gustar. ¡Este tío es de los tuyos! Y acuérdate que hoy trabajo de tarde y noche.
 Cómo no maravillarme ante aquella coincidencia. Sonreí, le deseé mentalmente un turno tranquilo en el hospital y cogí el libro para leer la solapa:
[...] En la entrevista que le hizo el reconocido reportero de viajes Rolf Potts, Moor afirmó: "Para escribir literatura de viajes debes viajar barato, aceptar la generosidad de los extraños, leer y releer el tipo de cosas que deseas escribir y expandir siempre los límites del género. Cuando viajas a un lugar nuevo, siempre tienes una o dos preguntas en mente, algún misterio que esperas resolver. El misterio puede ser vago, incluso el lugar mismo. Pero perseguir un misterio, en lugar de tu propio placer, evitará que caigas en la trampa de pensar que no fue suficiente –suficientemente nuevo, suficientemente brillante, suficientemente agradable, suficientemente lejos...–. Pero, sobre todo, evita comenzar tu historia de viaje con una descripción del aterrizaje en el aeropuerto. Tu historia no comienza donde lo hizo tu viaje, sino donde sea que tus preguntas lo hagan". [...]
 Viajar barato, aceptar la generosidad de los extraños, leer y releer... definía mi credo. Y por si eso no fuera suficiente, en el prólogo me encontré con que el último capítulo del libro estaba dedicado a la ruta de senderismo más larga, descabellada y loca del mundo, la que va desde Maine en Estados Unidos hasta Tarudant en Marruecos*. Como comprenderán, después de leer la palabra Marruecos, no pude evitar empezar la lectura por dicho capítulo, aunque el autor no aterrice en Marrakech hasta bien entrado el mismo.
*La Senda Internacional de los Apalaches (International Appalachian Trail).
Cuando llegué al aeropuerto de Marrakech, me esperaba un chófer con un letrero. En lugar de saludarme, me alargó su teléfono móvil. Asselouf estaba al aparato. 
  –¡Hola! ¿Robert? Soy Latifa. El chófer te llevará directo a mi casa. 
  –¡Genial! respondí. ¡Gracias!
  Luego colgó. 
 En un intento de confraternizar, intenté preguntarle su nombre al chófer.
 –Je ne parle pas l'anglais me respondió en tono de disculpa.
  –D'accord le dije yo. 
 Se lo pregunté de nuevo, pero esta vez en mi titubeante francés. Él volvió a darme su móvil. Era otra vez Latifa. 
 –¡Hola! ¿Robert? El chófer no habla inglés.
 –De acuerdo, gracias le dije.
 El chófer me llevó hasta un destartalado Mercedes blanco. Luego, mientras el vehículo abandonaba ligero la rosada ciudad de Marrakech, miré por la ventana y empecé a tomar nota de lo que veía –un carro y un caballo que transportaban sacos de grano, un rebaño de cabras que se dividió en dos con facilidad para rodear nuestro coche, dos mujeres montadas en una moto con un niño apretujado entre ellas–, pero luego caí en la cuenta de que solo estaba tomando nota de las cosas que me parecían "marroquíes" en lugar de hacerlo de las cosas que nuestros dos países tenían en común: los anuncios estridentes, los cables eléctricos zigzagueando por los valles, las carreteras asfaltadas hormigueantes de coches, las torres de teléfonos móviles de color rojo y blanco alzándose como esqueletos de naves espaciales desguazadas... 
 Cuando entramos en la población de Amizmiz, el aire se volvió más fresco. Asselouf nos esperaba en la puerta de casa, sonriendo abiertamente mientras se secaba las manos con un trapo de cocina. Tenía complexión de senderista: esbelta y de piernas largas. A diferencia de sus vecinos, que tenían la piel blanca, la suya era muy morena, una herencia de sus antepasados saharauis. Llevaba su "cabello de loca", como ella lo llamaba, recogido hacia atrás con un pañuelo violeta.
 Ahora que estamos en otoño y las hojas han empezado a cambiar de tono, que todavía no hace demasiado calor ni demasiado frío, os animo a salir a los caminos a respirar aire fresco y fundiros con la naturaleza, pero también a leer este ensayo sobre los caminos, estas reflexiones de un caminante escritas por un autor joven al que desde ahora seguiré la pista. Yo voy por la página 183, y al comienzo de la misma me encuentro con lo siguiente:
Una mañana de otoño salpicada de escarcha fui a buscar caminos con un historiador llamado Lamar Marshall, que estaba elaborando poco a poco un mapa de todos los grandes senderos del antiguo territorio cheroqui y que en ese momento tenía una nueva ruta que deseaba inspeccionar. Envueltos en varias capas de ropa de abrigo, que luego nos iríamos quitando conforme avanzara el día, enfilamos un camino de grava que atravesaba los bosques de la estribaciones montañosas de Carolina del Norte.
 ¿Cheroquis? 
 Realmente Robert Moor es de los míos.

domingo, 28 de octubre de 2018

EL LAGO IFNI


Hussein y Pedro Delgado (Matt en el relato) en el Tizi Ouanoums
Verano de 1999. Fotografía: Pastor bereber
"(...) y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas".

   Un sendero tortuoso y empinado les llevó hasta el Tizi Ouanoums. El puerto, a 3.664 metros de altura, era impresionante. La vaguada, en primer término, estaba dominada por escarpes caídos de varios metros de altura, y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas. Matt se sentó sobre un peñasco para disfrutar de la panorámica, mientras el guía, en cuclillas, encendía un pitillo.
   ¿Cómo puedes fumar ahora? A tu edad, cualquiera se tumbaría como una mula cansada.
   Hussein se encogió de hombros y, sin despegar sus agrietados labios, le brindó una sonrisa por respuesta. Tenía el rostro seco y enjuto, surcado por mil arrugas, y, como casi todos los habitantes de aquellas montañas, no tenía ni un gramo de grasa superflua. Matt se subió el cuello de la chaqueta y se frotó las palmas de las manos, pues soplaba un viento desagradable.

   Al iniciar el descenso de la garganta, estrecha y llena de acumulaciones de rocas, el lago desapareció y el andar se volvió cansino, ya que la pendiente era muy pronunciada, y la senda, que desembocaba en un cono de deyección, serpenteaba continuamente. Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago.

"Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago".
Lago Ifni, verano de 1999. Fotografía: Pedro Delgado

   Cuando llegaron, faltaba poco para que las cumbres ocultasen el sol. Matt nunca lo imaginó tan grande, y durante unos minutos quedó absorto en su contemplación. El lugar, situado en un altiplano encerrado entre altas paredes, tenía embrujo, un halo mágico que se podía palpar. Sin duda, aquel era uno de los sitios más bellos del Atlas. Matt calculó sus dimensiones: unos 400 metros de largo por 250 metros de ancho, aproximadamente.
   Vamos, no podemos perder el tiempo le dijo Hussein tirándole de la manga. Hay que buscar un sitio sin piedras para dormir.
   Aquello resultó una tarea difícil, pues el suelo estaba cubierto de guijarros y pedruscos de todos los tamaños. ¡Millones de ellos! En algunos sitios, donde los habían amontonado formando pequeños parapetos circulares, el piso estaba limpio de cantos, pero a esas horas ya los habían ocupado las tiendas de campaña de otros excursionistas, así que les tocó a ellos hacer una limpieza manual del terreno, extremando las precauciones por temor a los escorpiones.
   Al terminar, Matt decidió darse un baño.
   ¿Te vienes? le preguntó a Hussein.
   ¿Estás loco? El lago está infectado de djnoun: genios y diablos que podrían arrastrarte a sus profundidades.
   Bueno... Tú te lo pierdes.
   El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical. Según el libro que llevaba Matt en la mochila, su fondo tenía una profundidad de cincuenta metros, aunque según Hussein, éste no tenía límites.

"El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical".
Pedro Delgado (Matt en el relato) bañándose en el lago Ifni. Verano de 1999
Fotografía: Hussein

   Nadó hacia el centro, pero a medio camino tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Durante unos pocos minutos se quedó allí flotando, observando las montañas que lo rodeaban: estaban tan erosionadas que parecían estar a punto de desmoronarse. El silencio, casi sobrenatural, podía cortarse. Un cascote debió de desprenderse y arrastró ruidosamente un montón de piedras hacia el lago. El deslizamiento terminó rompiendo su superficie y el estrépito se transmitió por todas partes. Un terror casi infantil, absurdo e irracional se apoderó de Matt, y se descubrió nadando como un loco hacia la orilla, temeroso de sus profundidades y de los espíritus que la habitaban.

   En el momento en que las primeras estrellas aparecieron en el cielo, la luna comenzó a trepar hasta asomar por encima de ellos, bañándolos con su luz blanquecina. En contraste, el lago, profundamente silencioso, pareció oscurecerse más. Matt y su guía viajaban ligeros de equipaje, sin mula ni tienda, así que, tras la cena, tan sólo tuvieron que extender sus esterillas y meterse en sus sacos.
   Hacía rato que Matt dormía cuando le despertó el sonido de una flauta. La música llegaba desde el lago. Se reincorporó y miró hacia la orilla. Un hombre, sentado sobre una roca, tocaba de cara al agua. La melodía se interrumpía a ratos, para dar paso a un canto triste y repetitivo.
   Hussein..., Hussein... susurró el inglés.
   Hussein se dio la vuelta y sin abrir los ojos le preguntó:
   ¿Qué pasa?
   Es esa música... ¿Quién es el hombre que toca?
   Es Brahim Ramani, un rays.
   ¿Un rays?
   Sí. Un músico ambulante.
   ¿Y por qué toca a estas horas?
   Hussein abrió los ojos. Parecía molestarle tanta curiosidad.
   Porque está loco le dijo llevándose un dedo a la sien. Su hijo se ahogó hace unos años en el lago y, desde entonces, viene a tocarle todas las noches le explicó. El niño tenía miedo de la oscuridad.
   A Matt súbitamente le invadió una pena infinita, acompañada de cierta opresión en el pecho.
   Pobre hombre... alcanzó a decir.

   Cuando Matt se despertó a las seis, el cielo se estaba llenando gradualmente de claridad, y pudo ver cómo la cumbre que cerraba el lago al este recibía sus primeros rayos de sol, adquiriendo una tonalidad dorada. Más abajo, a la derecha, la tumba de Sidi Ifni apenas se percibía. Hussein le había dicho que cada ocho de agosto, los fieles peregrinaban hasta ella para conmemorar su muerte, y la música y la algarabía resonaban por todo el valle. Sin embargo, a aquellas horas tan sólo se oía el murmullo del agua que, empujada por la brisa, chocaba suavemente contra las piedras de la orilla.

Pedro Delgado (Matt en el relato) tras vivaquear en el lago Ifni
Verano de 1999. Fotografía: Hussein

   Matt se incorporó y miró incrédulo a su alrededor. No podía creer que estuviesen solos. De madrugada, un confuso ruido de voces y el trasiego de las mulas le habían despertado, pero entonces no podía imaginar que fuesen a marcharse todos tan temprano. Bueno, quedaba Mohamed, el vendedor de té y refrescos cuyo establecimiento era un minúsculo refugio de piedras. A él le encargaron una tetera para el desayuno, que acompañaron con pan y mermelada de higos. Luego, Hussein se quedó conversando con él, y Matt se acercó al lago para lavar la ropa.

   Fue al agacharse en la orilla cuando se acordó del músico. Y entonces, decidió no profanar más aquellas aguas.


Pedro Delgado Fernández
El lago Ifni (Carta desde el Toubkal)



Nota: El lago Ifni está incluido en Carta desde el Toubkal, libro de relatos ambientados en Marruecos que fue finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura del año 2005. Esta entrada va enlazada con el post "De la última novela de Pablo Aranda, el Toubkal y el lago Ifni", pues en La distancia Pablo hace referencia a este cuento.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html


 Si quieren leer más relatos de Carta desde el Toubkal pueden hacerse con un ejemplar en los siguientes enlaces:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/1578270/titulo/carta-desde-el-toubkal.html

https://www.libreriadesnivel.com/libros/carta-desde-el-toubkal/9788416021536/

https://www.llibreriahoritzons.com/es/busqueda/listaLibros.php?tipoBus=full&palabrasBusqueda=carta+desde+el+toubkal

https://www.altair.es/es/autor/delgado-fernandez-pedro/

 También pueden adquirirlo en su librería habitual (si no tienen existencias que lo pidan al distribuidor).