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viernes, 17 de abril de 2020

LEER NOS VUELVE A NUESTRA CONDICIÓN DE NÓMADAS


«Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas»

Antonio Basanta


Dado que la frontera con Marruecos lleva cerrada desde el día 17 de marzo, y que los libros nos sirven para viajar sin salir de casa, os sugiero cruzar el estrecho a través de la lectura o relectura –si ya lo leísteis en su momento– de mi libro de relatos Carta desde el Toubkal.

"Un humilde albergue bereber en las montañas del Atlas es el lugar perfecto para leer este delicioso libro de relatos ambientados en esta misteriosa y desconocida zona de Marruecos".
Francisco Javier Palazón

 No tengo Facebook ni Twitter ni Instagram, pero a veces me topo con imágenes y comentarios como el que les muestro, y me doy la satisfacción de ver que estos relatos siguen encontrando lectores. Lectores como Francisco Javier Palazón*, al que no conozco de nada, lo que hace que su acto me resulte tan valioso.
 Mil gracias por elegir mi libro para tu viaje y pasearlo por Marruecos mientras lo leías. Y un millón de gracias por tener la generosidad de contarlo.

*Lector, bibliófilo y periodista, Francisco Javier Palazón es director de EDUCACIÓN 3.0, medio de comunicación líder en innovación educativa, y tiene un Instagram altamente recomendable repleto de imágenes y comentarios sobre libros y viajes.

viernes, 11 de octubre de 2019

LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA


Fotografía: Pedro Delgado

Estamos de obra en casa. Tenía el pie lesionado y no iba a poder viajar este verano, por lo que decidí hacer frente a unas reformas largamente postergadas. Como decía el marinero Marlow en El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!".

 Cuando los obreros se van, el polvo se asienta y vuelve a reinar el silencio, me siento en la escalera con un libro y me traslado a Marruecos. Es un tomo voluminoso, primorosamente editado por el Centro Cultural Generación del 27. Lleva por título La baraka y otros textos marruecos (cuadernos del atlas, 1985-2017), y recoge toda la narrativa y poesía, inspirada en el país vecino, de Salvador López Becerra; una rara avis de nuestras letras como bien apunta el profesor Ahmed El Gamoun en la introducción.
Dentro del panorama literario español actual, Salvador López Becerra es una especie de rara avis sin par pues resulta muy difícil encajarlo dentro de una escuela o someterlo a los cánones literarios habituales, porque si en su acto creador nos encontramos a un profundo poeta, ajeno a modas y sectas pasajeras, también nos hallamos ante un fino y sensible etnógrafo, un genuino heredero de las escuelas orientalistas y africanistas, a un sufí, a un metafísico y a un discípulo de la mística cristiana. Así es, la escritura de López Becerra sintetiza, a la vez, todas estas identidades.
Salvador con el profesor, hispanista y traductor Moulay Ahmed El Gamoun
Interior de la mezquita Hassan II de Casablanca, 2019
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Conocí a Salvador López Becerra hace muchos años. Un amigo le había hablado de mi cuaderno de viajes En el corazón del Atlas, y quería que nos conociéramos. Nos recibió con té y dulces morunos en su casa de la Araña, y pasamos una tarde muy agradable hablando de literatura y viajes. Al comentarle mi predilección por la obra de Paul Bowles, me enseñó una fotografía en la que se les veía juntos.

Paul Bowles y Salvador López Becerra. Tánger, 1990
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Me dijo que lo había visitado en Tánger y que el estadounidense le había regalado una pipa de las que se usan para el kif. La sacó de una caja de madera, y cuando la sostuve entre mis dedos envidié al poeta. También recuerdo que sus hijos, Ángel Amín y Salvador Karim, estaban en casa. Eran unos críos como los míos. Hoy son adolescentes. Sin embargo, vuelvo a verlos infantes en esa fotografía de Fez tomada con letras.

Bab Buyulub, Fez. Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

Tras el hermoso pórtico de Bab Buyulub, Amín y Karim van y vienen; uno tras el otro, haciendo serpenteos, ondulaciones, eses de luz… corretean y ríen, despreocupados, alborotadores y felices.
 Desde la carretilla de turrones derretidos de Abdelaziz hasta la extenuada portezuela de la pensión Mauritania, desde el destartalado bakalito de Abdel hasta el mugroso puesto de sfenj de Hassan, todo el mundo los mira: la recua de turistas de forma circunspecta y los habituales atentos por evitar un empellón. Nadie les riñe ya que tal vez intuyan o sepan que todo el poder les pertenece pues son hijos auténticos de Al-Ándalus.
 Estos chiquillos míos que se desternillan mientras los vencejos inauguran la tarde, que llevan los pantalones a medio caer, las manos negras y las camisas desfondadas con lamparones de chocolate y miel, son niños de verdad; como los de la primigenia medina, acariciados y educados por los ángeles de la libertad y no por la schuma.
 Jadeantes, dando zapatacillos de fatiga, con parsimonioso movimiento en los brazos caídos, encendido los rostros de amapolas y sereno mirar cansado, cual titanes en lento desfile después de una extenuaste victoria, se acercan a pedirme unos zumos de naranjas recién exprimidas y los dirhams de costumbre para entregarlos a los menesterosos ciegos, olvidados de toda justicia, con los cuales tropezaron, sin querer, mil veces mientras jugaban, una tarde más, en el corazón de Fez.

Ángel Amín y Salvador Karim en el mercado que hay tras Bab Buyulud (Fez)
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Tras aquel encuentro asistí a un curso de árabe dialectal (darija) que organizaba Salvador López Becerra en la mezquita de calle La Unión. Unas lecciones que pude poner en práctica durante mis viajes por Marruecos pero que, lamentablemente, hoy ya tengo olvidadas.
 Después de aquellos días coincidimos en algún acto cultural, pero pocas veces, pues Salvador marchó pronto a Marruecos para encargarse de la dirección del Instituto Cervantes de Fez y de los aularios de Mequinez, Nador, Alhucemas e Ifrane, y luego a Brasil como director del Instituto Cervantes y Cónsul para asuntos de Educación de Curitiba. Aprecio a Salvador y creo que él también me aprecia. No sé si porque conoce a mi padre, el también poeta Francisco Delgado Acosta, o porque aquel día, ya lejano en el tiempo, en el que nos conocimos, vio en mí al joven apasionado por Marruecos que él había sido, al poeta que creía haber encontrado su lugar en el mundo. Y ahora que ha vuelto a Málaga para quedarse, hemos retomado el contacto a través de este libro, cuya fotografía de portada es obra de un fotógrafo callejero de la ciudad de Mequinez.

La baraka y otros textos marruecos de Salvador López Becerra
Fotografía: Lucía Rodríguez

¿De dónde viene la foto de la portada de La Baraka y otros textos marruecos?
Fotógrafo callejero en Bab Mansour el-Aleuj. Mequinez, 1997

Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

 Me gusta su prosa poética, sus cuadernos, sus diarios, sus reflexiones, retratos, esbozos y apuntes sobre/desde Marruecos.
Aquí, en Tánger, las gaviotas juegan en el puerto a ser cometas, sin más sujeción que el hilo invisible que el aire zurce en el reverso de sus alas cenicientas.
*** 
Los santones más humildes, aún muertos, dan de comer a la pléyade de menesterosos que apostados en los alrededores de su morabito esperan la llegada de los creyentes que en visita vienen a la búsqueda de su bendición. No hay mayor santidad que la ejercida incluso después de la muerte.  
*** 
¿Qué belleza podrá tener en un futuro este lugar cuando todos se vistan como en el lugar de donde vengo huyendo?
*** 
Abdelkrím es un búho, casi nunca, si no le preguntas, habla; y si lo hace, lo hace con monosílabos. Algo le ha tenido que ir mal en el generoso consulado francés pues hoy está muy hablador y filosófico: –"El pasaporte marroquí no vale nada, un conjunto de páginas vacías, vacías de contenido".
Y el acierto que tiene a la hora de seleccionar las citas que abren sus escritos.
Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
León Tolstoi 
Todas las cosas se nos ofrecen con dos rostros: uno para alabar y otro para maldecir: de la miel podemos alabar su dulzor y detestarla como excremento de las abejas.
Ibn Al-Jatib  
Mira Sancho, que lo importante no es la posada sino el camino.
Miguel de Cervantes 
Soy la bofetada y la mejilla. 

Charles Baudelaire
 Algunas de las piezas de sus diarios son como pequeños fogonazos, como aquellas películas de Super 8 que filmaba mi padre, y que conserva en sobres amarillos con el membrete rojo de la casa Kodak. Instantes que te transportan en el tiempo y en el espacio.
Las gaviotas festejan y asedian con alboroto el arribo de una longeva traíña verdusca de colmado vientre, externas heridas curadas con alquitrán y ronco surcar jadeante. Intrépidas bornean y sobrevuelan, casi a ras, las multicolores gorras y cachuchas desteñidas con las que los marengos yebalíes cobijan seso e ingenio.
 Cansados, soñolientos y con los huesos entumecidos por el relente y el salitre no prestan atención al estrepitoso claqué de los tercos picos de las nerviosas gavillas carroñeras. Abatidos por la nocturna brega, estos humildes pescadores (hijos desabrigados de la tierra) sólo desean llegar a puerto, sorber un azucarado té humeante, fumar su pipa de kif o disfrutar de cópula con hembra sumisa en modesto tálamo. Después… tal vez hostigar el insomnio, otra pipa y divagar; o soñar o maldecir.
 Fragmentos a los que doy continuidad en mi cabeza.
(Gendarmes en la carretera) 
Son como lagartos aletargados sobre la chapa gris de su jeep. Cuando ven a lo lejos un coche moverse en la negritud del asfalto parecen despertar del sueño. Cuando me aproximo –¿Acaso no soy un espejismo?– ya están desperezados en busca de la presa fácil que le dará la cuña, más cuando ven la oficial matrícula de mi coche, vuelven lentos (cual chuchos aburridos estirándose) a poner sus codos, reclinando el cuerpo, sobre la chapa, todavía calentita, del coche.
 También me gusta su definición del Atlas y que tenga protagonismo en tantas páginas del libro.

Salvador en una población cercana al lago Aguelmame Aziza (Atlas Medio)
Fotografía: Archivo personal del poeta

El Atlas es la espina dorsal, la pétrea columna vertebral de Marruecos. Pero es la zona más raquítica, médula cuya sustancia se licúa en soledad y abandono.
***
(Imilchil) 
Si no fuera por esa pandilla de fantoches con ínfulas de aventureros como definió una vez Alberto Vázquez Figueroa a los de los 4 x 4, el festival de los esponsales de Imilchil seguiría fiel a sus orígenes. La culpa no es de ellos sino de la autoridad incompetente que para "atraer" turismo cambió las fechas y alfombró con alquitrán los caminos. Antes de la avalancha de estos aventureros del gps y la torpeza de los responsables políticos todavía podían vivirse jornadas genuinas. La mejor época ahora para ir a este "Tíbet marroquí" es cualquiera, menos en las que se celebra el profanado mussem que rememora en el Alto Atlas el amor de Tisli e Isli, la mítica leyenda de amor bereber.
***
(Imlil)
 De nuevo, una y otra vez, pese haberme visto bajar de allí, me ofrecen subir a las montañas para ver las cascadas. Cansado, sin decir siquiera adiós al Toubkal, me marcho observando cómo el agua del río Ourika inundó, una vez más, muchas viviendas del valle. Es indudable que el dinero de las inversiones se achica en los meandros de la corrupción.
 Por el volumen desfilan nombres emblemáticos como Elias Canetti, Edith Wharton, Jean Genet, Juan Goytisolo, Fátima Mernissi, Rafael Chirbes, Paul Bowles, Mohamed Mrabet o Mohamed Chukri –ingratos ambos con Bowles tras su muerte ("la ingratitud, que es algo muy marroquí", me dijo una vez el poeta)–, y referencias, junto a otros escritores, a fotógrafos, filósofos, músicos y viajeros.

Mohamed Chukri con López Becerra en Tánger
Fotografía: Archivo personal del poeta

Salvador con el músico bereber Mohamed Rouicha
Fotografía: Archivo personal del poeta

Con el cantante y músico andalusí Abdessadek Chekkara (izq) y su hermano
Tetuán. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Con Fatima Mernisi en la exposición del pintor Mariano Bertuchi en Rabat
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Salvador no rehuye tampoco en el texto ajustar cuentas con los funcionarios y empleados que trabajaron bajo sus órdenes y que tantos quebraderos de cabeza le dieron. También con la ciudad.
Lágrimas azabaches es el agua que el aguacero vierte sobre los tejados esmeralda del panteón de Muley Idriss al que esta mañana vine a meditar. Afuera, en la calle, el suelo está encharcado, sucio, muy sucio, por la basura no escondida, por la inmundicia ocultada.
 Como acostumbro, hice mi ofrenda y los azulejos ennegrecidos por la mala luz de la cera barata me hicieron acordarme de la manada corrompida e inmoral (deyecciones hispano-marroquíes de Rocinante) con la que el poeta tiene que bregar, vestido de jefe, diariamente.
***
Sin miedo al temporal he ido a la cercana mezquita Qarawiyyin. Inexplicablemente un pájaro vuela solitario en el nublado cielo del patio sin techar como llamando mi atención y cual señal de ángel diciéndome: cuídate de la chusma con la que briegas, que estás en la ciudad donde tantos justos y decentes fueron traicionados, desde el docto Ibn Al-Jatib hasta su fundador Muley Idriss I.
 Al asomarme desde otro ángulo y mirar hacia arriba en busca del ave que ya no está unas frías gotas cristalinas, limpísimas, me caen, cual bendición, en la frente. Sonrío para mis adentros. Sabiéndome protegido y purificado salgo a la calle mientras el agua, ahora pura, empapa mis pasos sin prisas. Con la chaqueta y los brazos escurriendo hago un toldo. Acurrucado y sin necesidad de levantar la mirada contemplo el cielo y sus dádivas en los charcos.
*** 
Hacía frío y llovía. Un sucio descansillo deslustrado dio cobijo a la fiebre de aquel buen infiel abatido por la destemplanza y la ramplona compaña. No recuerdo la fecha ni el nombre de aquel desconsolado barrio mustio, sólo el eco de los ladridos de unos errantes chuchos sarnosos peleándose, cual necios hombres sin escrúpulos, por un negruzco pitraco nauseabundo. Años después, con la atención despierta para esquivarlo anduve por toda la ciudad, más todos los barrios me parecieron iguales de aciagos, sombríos y costrosos como la piel hedionda de un longevo batracio haragán de mirada ruin.
 Hoy –también durante el escénico mes de ramadán– el divino destino le otorga postales nuevas a mi corazón y el triunfo de poder abandonar –¡ya, por fin!– este osario pestilente al que el metafísico Mohamed El-Hassan nombró Fetidez y desde donde hace siglos la memoria de Al-Andalús yace, sin descanso ni piedad, profanada.
 Hay además espacio en el libro para la experimentación, con Apókrifa, unos textos inéditos sobre el kif en los que no hay puntos ni comas para crear un efecto estético especial que recuerda al de algunos movimientos poéticos de vanguardia; recurso que también usó el antes mencionado Paul Bowles en alguno de sus relatos.

Salvador conversando con un amigo en la Kabila Jarasfa, Yebala
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra 

 Salvador López Becerra ama a Marruecos, pero no por ello idealiza la visión del país, en el que se siguen dando grandes desigualdades.
(Monte Ayachi, 2008) 
Cada vez con más frecuencia me pregunto por qué miento acerca de Marruecos. Por qué callo y me censuro las injusticias, las apreciaciones más duras. Esta, llamémosla idealista hipocresía mía, no me hace bien. Esto de cantar sólo lo bello tachando las notas de lo que me parece feo e inhumano no es intelectualmente correcto; esta relación amor-amante que reconociendo las imperfecciones todo lo perdona y por vocación de su pasión exaltada suprime las injusticias se acabó. Sí, un día rectificaré y lo publicaré casi todo; así los humillados tendrán espejos y serán, si no recompensados, reconocidos. 
***
 (Monte Ayachi, 2008) 
La España en blanco y negro sólo sería comparable con lo que se ve aquí si retrocediéramos casi el siglo que dictan las circunstancias. Las comparaciones son siempre detestables pero allí hubo una postguerra con sus dos bandos (sus excitados vencedores y sus humillados vencidos), la mayoría de la intelectualidad tuvo que optar por el exilio; hasta los sesenta no hubo un canal de tv, se estaba aislado del mundo, sin parabólicas, ni cibercafés, sin telefonía…; los ricos no eran tan ricos y aun siéndolos no poseían tanto ni se apreciaba tanto exceso, tanta opulencia y derroche de vulgaridad; aunque época afligida y gris, la mayor tristeza era la falta de libertad para muchos. La realidad aquí es otra: estamos en el siglo XXI pero muchos, profesores, jóvenes y supuestos intelectuales, siguen pensando y viviendo, en considerables aspectos, como en la Edad Media.
 Ante mi solicitud de unas fotografías para ilustrar esta entrada, el poeta ha tenido la deferencia de rebuscar en su archivo fotográfico para enviarme algunas imágenes inéditas. Al verlas abiertas en la pantalla del ordenador, algunos pasajes leídos en el libro vuelven a cobrar relevancia.

El barbero de Mrirt. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Me toca el turno y por ello se enjuga deferentemente las manos con una pizca de detergente en polvo para ropa y unas gotillas de agua turbia que escancia de lo que parece fue una garrafa de líquido refrigerante de automóvil. Con cierta afectación profesional prepara los utensilios menos oxidados y después parte en dos una cuchilla nueva igual que un sacerdote lo hiciera con una hostia: pulgares e índices escrupulosamente juntos y el resto de los dedos cual alas de halcón en una figura chinesca.
 Antes de disponerse a martirizar mi cutis sacude estruendosamente y por largo rato los rezagados copos de pelos, vellos y pelusas anónimas que plácidas yacían en el abandono sobre el raído cojín desvencijado del humilde banco de madera al que también, nerviosamente, con un rápido zamarreo endereza… Ya parece que todo toca a su fin
 Y melindroso se lleva la diestra de la frente al pecho –ruda similitud con vetustos modales palaciegos– e inclina la cabeza mientras da un pase de muleta con la palma extendida. Amablemente me invita a que me siente en la guillotina de su barbería. Y a un té muy dulce con unas ramitas de chiva. ¡Saha, Sidi!
***
Bajanini con los hijos del poeta
Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

I
Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil siete, ha muerto Bajanini. Una estrecha franja de algo más de un palmo excavada en la tierra fue suficiente para acoger, lavado y amortajado en un humilde lienzo blanco, su esbelto cuerpo venerable recostado sobre el lado derecho y con el rostro dirigido a La Meca, como un durmiente.
 Bajanini pasaba cada día junto a la casa y aunque su asnillo casi siempre llevaba prisas él paraba a saludarnos.
 –¡Bajanini, Bajanini súbenos al borriquillo! Y el anciano inclinando su cuerpo, como el crepúsculo a las estrellas, ayudaba a mis niños a trepar e instalarse en la humilde cabalgadura. Así un buen rato, hasta que la chiquillería se cansaba de los aspavientos del cuadrúpedo. Y él sonreía. Bajanini siempre nos sonreía. Guasonamente apretaba su boca sin dentadura, me guiñaba y sonreía. Ha muerto Bajanini. Digo –¡y se escribe pronto!– que ha muerto Bajanini.
 ¡Ay, Bajanini, abuelo, amigo Bajanini!
II
A veces estaba yo absurdamente atareado arreglando no sé qué cosas domésticas cuando silencioso aparecía. Majestuoso en el andar, sosegado como el rocío sobre el trigo, llegaba Bajanini. Su serenidad se anteponía a la inquietud mía por acabar la faena. En el saludo estrechábamos las manos (–Salam Alekoum, Alekoum Salam) y nos besábamos (–¿Labás, bejer?) cuatro veces –en una mejilla y en otra, en aquélla y en ésta– como era debido entre afectos o familiares varones. Si él no soltaba mi mano yo entendía que no debía apurarme por lo que estaba haciendo, que el trabajo por hoy ya había concluido: era la hora de la honra, la hora sagrada de la visita. Entonces entrelazábamos los índices y caminábamos por el huerto cogidos, como viejos amigos, de la mano.
 "Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación", dice el proverbio árabe con el que se cierra el tomo. Después, unos anexos con un glosario, una bibliografía completa de los Cuadernos del Atlas y un apartado de dedicatorias y gratitudes. De entre las últimas destaco la siguiente: "Gratitud imborrable también a quienes, inspirándolos, nunca leerán estos libros". Y vuelvo a pensar en Bajanini y en tantos otros. Y en el té con yerbabuena que tenemos pendiente, insha' Allah.

Salvador frente a su casa del Atlas con unos vecinos de la Kabila de Ait Bentaibi
Provincia de Khenifra. Fotografía: Archivo personal del poeta

¿Qué memoria guardarán de mí los armarios de las moradas que habité, las paredes sencillas, vacías, donde proyecté mis mejores sueños marroquíes? ¿Qué memoria guardarán las cajoneras donde abrigué de la intemperie a mis cuadernos de palabras desnudadas? ¿Qué memoria quedará dibujada en el cielo de los caminos que anduve? ¿Qué aroma quedará en las manos de aquellos a quienes mi amistad estreché?

Salvador López Becerra con su hijo Ángel y unos campesinos y pastores
Kabila Oulguess, provincia de Khenifra
Fotografía: Archivo personal del poeta

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La baraka y otros textos marruecos, publicado en febrero de 2018 por el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga.

lunes, 10 de junio de 2019

LAS VENTAJAS DE DESCUBRIR EL MUNDO A PIE


Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge (Editorial Taurus, 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Un 8 de diciembre de 1993, con tan solo 18 años, Patrick Leigh Fermor (1915-2011) salió de Londres con la intención de coger un barco con el que desembarcar al otro lado del canal de la Mancha. Así llegó a Holanda, con la "loca" idea de caminar desde allí hasta la lejana Constantinopla. Aquel viaje de iniciación concluyó en Turquía el 1 de enero de 1935.
 "Un buen caminante no deja huellas", dice el Tao Te Ching; sin embargo, Patrick Leigh Fermor recogió décadas después aquellos pasos en tres volúmenes: El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y, ya de manera póstuma, El último tramo.

Patrick Leigh Fermor

 Sin duda, la vida del Patrick adulto –escritor, historiador y héroe de guerra– fue fruto de aquellos pasos largos y ligeros de la adolescencia. Yo, ahora que sueño con que se me cure la fascitis plantar para poder emularlo, me acordé estos días del británico mientras leía el nuevo libro de Erling Kagge: Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie. El noruego trae a colación en sus páginas a Sócrates, Diógenes, Montaigne, Darwin, Machado, Thoreau, Neruda, Nabokov, Kundera, Cognetti..., incluso a Einstein y Steve Jobs, pero, quizás por esos cambalaches del destino, se olvidó de Patrick. También de Rimbaud y sus andariegos vagabundeos de adolescencia. Dos descuidos imperdonables que no hacen mella en el libro. Porque Caminar sigue la fórmula de El silencio en la era del ruido, y las disquisiciones de Erling te atrapan y te llevan a leerlo del tirón en una tarde.
 Un día mi abuela ya no pudo andar. 
 Ese día murió. Físicamente vivió un poco más, pero las prótesis que le habían puesto para sustituir a sus viejas rodillas terminaron por desgastarse y ya no soportaban el peso de su cuerpo. Tumbada en la cama perdió la fuerza muscular. 
 Su sistema digestivo falló. Su corazón latía más despacio y respiraba con dificultad. Los pulmones absorbían cada vez menos oxígeno. En sus últimos momentos jadeaba en busca de aire. 
 En aquel tiempo yo vivía con dos de mis hijas. La más joven, Solveig, apenas contaba trece meses. Mientras su bisabuela se encogía despacio y adoptaba una posición fetal, Solveig sintió que había llegado la hora de aprender a andar.
 Por cierto, que los textos de este ensayo hilvanan muy bien con los del anterior, pues ambas actividades (caminar y guardar silencio) suelen ir yuxtapuestas.
 He dado innumerables paseos.
 Paseos breves, largas caminatas. He salido andando de ciudades y he entrado caminando en ellas. He andado de día y de noche, he dejado atrás amores y me he acercado a ver a amigos. He caminado por bosques y montañas, sobre mesetas heladas y sobre yermos creados por los seres humanos. He caminado y me he aburrido, he andado para escapar de la ansiedad. He caminado con dolor, he andado feliz; pero, sin importar dónde, ni por qué, he caminado y caminado. He ido, literalmente, hasta el fin del mundo.
 Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos. El silencio es abstracto; caminar, algo concreto.
Huellas. Fotografía: Lucía Rodríguez

Al terminar la lectura, uno está deseando buscar cualquier excusa para salir a la calle a pasear o, si no queda tiempo para tanto, tirar la basura, comprar otra barra de pan antes de que cierre la panadería o ver si aún queda algún periódico en el quiosco más cercano. Cualquier cosa con tal de salir a estirar las piernas.

 A pesar del revival de títulos que hay sobre el tema, son pocos los que deciden caminar hoy en día: grupos de senderistas que se reúnen algún fin de semana para hacer una ruta, gente que recorre los paseos marítimos a trancos y personas mayores que siguen caminando en los pueblos por las veredas y los arcenes mientras platican camino de alguna ermita. En la ciudad todo son desplazamientos en vehículos a motor de dos, cuatro y ocho ruedas, patinetes eléctricos y bicicletas (algunas también eléctricas para darnos una patada en la boca a todos los que luchamos por promover el combate contra el sedentarismo). Lo dijo no hace mucho José Antonio Garriga Vela desde su Cruce de vías* del diario Sur: "La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado". Y eso es algo que entronca con dos de las preguntas a las que nos confronta Erling: la que le hacen los niños: ¿por qué tenemos que caminar cuando se llega antes en coche?, y la que le hacen los adultos: ¿qué sentido tiene desplazarse despacio de un lugar a otro? Ambos interrogantes me llevaron a acordarme de mis días en Marruecos –la prisa mata– y de mi querido Paul Bowles, quien comentaba lo siguiente en Días y Viajes (Seix Barral, 1993):
 Pregúntale a Sidi Driss por qué no está interesado en ver un automóvil. Responde: "¿Para qué? Las ruedas giran rápido, sí. El claxon hace ruido, sí. Llegas antes que si fueras en mula, sí. ¿Pero a qué llegar antes? ¿Qué haces cuando llegas que no podrías hacer si llegaras más tarde? Tal vez los franceses creen que si van más rápido la muerte no podrá alcanzarlos." Y se ríe, porque cree que Occidente quiere huir de un destino que ya ha sido fijado, que está "escrito", como se dice en árabe; naturalmente, cualquier intento semejante está condenado al fracaso.
 Volviendo a Caminar, leo en las página 26 y 27 lo siguiente:
 Cuando conduces tu coche hacia una montaña y dejas que las pequeñas lagunas, las laderas, las rocas, el musgo y los árboles pasen zumbando a tu lado, la vida se acorta. No sientes el viento, ni los olores, ni el clima, ni los cambios de luz. Los pies no duelen. Todo se mezcla.
 No solo se reduce el tiempo cuando se intensifica el ritmo, también el sentido del espacio. De repente te encuentras al pie de una montaña. La experiencia de la distancia se desvanece. Al llegar a tu destino puede que creas que has tenido muchas sensaciones. Sin embargo, lo dudo.
 Si caminas esa misma ruta, tardas un día en lugar de media hora, respiras con más calma, escuchas, sientes la tierra bajo tus pies, el día cambia por completo.
 Poco a poco la montaña crece y sientes que tu entorno se expande.
 Conocer todo lo que te rodea requiere tiempo. Es como cimentar una amistad. Esa montaña que allí, frente a ti, se transforma despacio a medida que te aproximas, se convierte en una especie de amigo a medida que te acercas. Tus ojos, tus oídos, tu nariz, tus hombros, tu estómago y tus piernas preguntan a la montaña y la montaña responde. El tiempo se expande sin depender de los minutos y las horas.
 Aquí reside el gran secreto que todos los caminantes comparten: la vida es más larga cuando andas. Caminar prolonga los instantes.
 Eso es algo que conocen bien los montañeros que se acercan a pie a un campamento base o a un refugio de montaña. Si, por ejemplo, se pudiese llegar al refugio de Neltner en camioneta desde Imlil, el Toubkal ya no sería lo mismo.

Abandonando el refugio de Neltner, 2007. Fotografía: Mª Ángeles García

 La cabeza se me vuelve a ir a Marruecos, pero he de regresar al libro del que les hablo. Ojeo algunos de mis subrayados y se los anoto por si les abre el apetito de leerlo, o por si quieren hacerse una idea de lo que se van a encontrar en sus páginas.
 Durante nuestros preparativos para ir hasta el Polo Norte en 1990, pasamos unas cuantas semanas en Iqaluit, una pequeña localidad del noreste del Ártico canadiense, para poner a prueba nuestro equipamiento. Allí tuve noticia de una buena tradición de los inuit. Si estás tan enfadado que tienes dificultades para controlar tus sentimientos, te piden que abandones tu hogar y que atravieses en línea recta el paisaje que te espera en el exterior hasta que tu ira se esfume. El punto en el que consigas liberarte de tus sentimientos queda marcado por un palo que clavarás en la nieve. De esa manera queda recogida la duración o la intensidad de tu ira. Lo más sensato que puedes hacer cuando te enfadas, una circunstancia en la que tu cerebro reptil domina tus acciones, es alejarte de aquel o de aquello con lo que estás enojado.
Iqaluit (Canadá). Fotografía: Sean Kilpatrick/Canadian Press
 Veinte años después de la visita a Iqaluit decidí, junto con el explorador Steve Duncan, recorrer parte del subsuelo de Nueva York. Atravesar las cloacas de la ciudad, los túneles de los trenes y del metro, los conductos de agua. Desde el Bronx al norte, por Manhattan, Brooklyn y Queens, hasta el océano Atlántico. Me impulsaba un deseo de aventura, pero también una necesidad de depurarme, de catarsis, entre la mugre y las cloacas. Cuando partí, mi vida familiar me parecía una mierda. Poco a poco había empezado a comprender que mi compañera y yo, la madre de mis hijas, íbamos a separarnos. Los problemas me hacían tanto daño que mi cuerpo supuraba.
 Sentí el estímulo de iniciar una peregrinación. Quería entregarme por completo, caminar hacia una meta por un tiempo y, durante unos días, mantener a distancia mi mundo cotidiano. Nada era tan arriesgado como peregrinar en la Edad Media, con el peligro de sufrir un asalto de pasar hambre o de ser capturado, pero, aun así, se trataba de una experiencia espiritual. Sin embargo, no quería ir a lugares con los que sueño, como Santiago de Compostela, o rodear el monte Kailash, que tengo pendiente. Algunos amigos opinaban que ir a Nueva York no era una buena idea, pero mi intuición me decía que me vendría bien encontrarme, literalmente, en la mierda. ¿Tal vez entonces mis propios problemas me resultarían insignificantes?
Y para cerrar un recordatorio extraído del libro: La vida no es más que un largo recorrido a pie.

Erling Kagge

Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie
Erling Kagge
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Editorial Taurus, 2019

*https://www.diariosur.es/culturas/blade-runner-20190518193933-nt.html (Blade Runner, artículo de José Antonio Garriga Vela en la sección Cruce de vías del Diario Sur).

domingo, 28 de octubre de 2018

EL LAGO IFNI


Hussein y Pedro Delgado (Matt en el relato) en el Tizi Ouanoums
Verano de 1999. Fotografía: Pastor bereber
"(...) y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas".

   Un sendero tortuoso y empinado les llevó hasta el Tizi Ouanoums. El puerto, a 3.664 metros de altura, era impresionante. La vaguada, en primer término, estaba dominada por escarpes caídos de varios metros de altura, y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas. Matt se sentó sobre un peñasco para disfrutar de la panorámica, mientras el guía, en cuclillas, encendía un pitillo.
   ¿Cómo puedes fumar ahora? A tu edad, cualquiera se tumbaría como una mula cansada.
   Hussein se encogió de hombros y, sin despegar sus agrietados labios, le brindó una sonrisa por respuesta. Tenía el rostro seco y enjuto, surcado por mil arrugas, y, como casi todos los habitantes de aquellas montañas, no tenía ni un gramo de grasa superflua. Matt se subió el cuello de la chaqueta y se frotó las palmas de las manos, pues soplaba un viento desagradable.

   Al iniciar el descenso de la garganta, estrecha y llena de acumulaciones de rocas, el lago desapareció y el andar se volvió cansino, ya que la pendiente era muy pronunciada, y la senda, que desembocaba en un cono de deyección, serpenteaba continuamente. Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago.

"Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago".
Lago Ifni, verano de 1999. Fotografía: Pedro Delgado

   Cuando llegaron, faltaba poco para que las cumbres ocultasen el sol. Matt nunca lo imaginó tan grande, y durante unos minutos quedó absorto en su contemplación. El lugar, situado en un altiplano encerrado entre altas paredes, tenía embrujo, un halo mágico que se podía palpar. Sin duda, aquel era uno de los sitios más bellos del Atlas. Matt calculó sus dimensiones: unos 400 metros de largo por 250 metros de ancho, aproximadamente.
   Vamos, no podemos perder el tiempo le dijo Hussein tirándole de la manga. Hay que buscar un sitio sin piedras para dormir.
   Aquello resultó una tarea difícil, pues el suelo estaba cubierto de guijarros y pedruscos de todos los tamaños. ¡Millones de ellos! En algunos sitios, donde los habían amontonado formando pequeños parapetos circulares, el piso estaba limpio de cantos, pero a esas horas ya los habían ocupado las tiendas de campaña de otros excursionistas, así que les tocó a ellos hacer una limpieza manual del terreno, extremando las precauciones por temor a los escorpiones.
   Al terminar, Matt decidió darse un baño.
   ¿Te vienes? le preguntó a Hussein.
   ¿Estás loco? El lago está infectado de djnoun: genios y diablos que podrían arrastrarte a sus profundidades.
   Bueno... Tú te lo pierdes.
   El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical. Según el libro que llevaba Matt en la mochila, su fondo tenía una profundidad de cincuenta metros, aunque según Hussein, éste no tenía límites.

"El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical".
Pedro Delgado (Matt en el relato) bañándose en el lago Ifni. Verano de 1999
Fotografía: Hussein

   Nadó hacia el centro, pero a medio camino tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Durante unos pocos minutos se quedó allí flotando, observando las montañas que lo rodeaban: estaban tan erosionadas que parecían estar a punto de desmoronarse. El silencio, casi sobrenatural, podía cortarse. Un cascote debió de desprenderse y arrastró ruidosamente un montón de piedras hacia el lago. El deslizamiento terminó rompiendo su superficie y el estrépito se transmitió por todas partes. Un terror casi infantil, absurdo e irracional se apoderó de Matt, y se descubrió nadando como un loco hacia la orilla, temeroso de sus profundidades y de los espíritus que la habitaban.

   En el momento en que las primeras estrellas aparecieron en el cielo, la luna comenzó a trepar hasta asomar por encima de ellos, bañándolos con su luz blanquecina. En contraste, el lago, profundamente silencioso, pareció oscurecerse más. Matt y su guía viajaban ligeros de equipaje, sin mula ni tienda, así que, tras la cena, tan sólo tuvieron que extender sus esterillas y meterse en sus sacos.
   Hacía rato que Matt dormía cuando le despertó el sonido de una flauta. La música llegaba desde el lago. Se reincorporó y miró hacia la orilla. Un hombre, sentado sobre una roca, tocaba de cara al agua. La melodía se interrumpía a ratos, para dar paso a un canto triste y repetitivo.
   Hussein..., Hussein... susurró el inglés.
   Hussein se dio la vuelta y sin abrir los ojos le preguntó:
   ¿Qué pasa?
   Es esa música... ¿Quién es el hombre que toca?
   Es Brahim Ramani, un rays.
   ¿Un rays?
   Sí. Un músico ambulante.
   ¿Y por qué toca a estas horas?
   Hussein abrió los ojos. Parecía molestarle tanta curiosidad.
   Porque está loco le dijo llevándose un dedo a la sien. Su hijo se ahogó hace unos años en el lago y, desde entonces, viene a tocarle todas las noches le explicó. El niño tenía miedo de la oscuridad.
   A Matt súbitamente le invadió una pena infinita, acompañada de cierta opresión en el pecho.
   Pobre hombre... alcanzó a decir.

   Cuando Matt se despertó a las seis, el cielo se estaba llenando gradualmente de claridad, y pudo ver cómo la cumbre que cerraba el lago al este recibía sus primeros rayos de sol, adquiriendo una tonalidad dorada. Más abajo, a la derecha, la tumba de Sidi Ifni apenas se percibía. Hussein le había dicho que cada ocho de agosto, los fieles peregrinaban hasta ella para conmemorar su muerte, y la música y la algarabía resonaban por todo el valle. Sin embargo, a aquellas horas tan sólo se oía el murmullo del agua que, empujada por la brisa, chocaba suavemente contra las piedras de la orilla.

Pedro Delgado (Matt en el relato) tras vivaquear en el lago Ifni
Verano de 1999. Fotografía: Hussein

   Matt se incorporó y miró incrédulo a su alrededor. No podía creer que estuviesen solos. De madrugada, un confuso ruido de voces y el trasiego de las mulas le habían despertado, pero entonces no podía imaginar que fuesen a marcharse todos tan temprano. Bueno, quedaba Mohamed, el vendedor de té y refrescos cuyo establecimiento era un minúsculo refugio de piedras. A él le encargaron una tetera para el desayuno, que acompañaron con pan y mermelada de higos. Luego, Hussein se quedó conversando con él, y Matt se acercó al lago para lavar la ropa.

   Fue al agacharse en la orilla cuando se acordó del músico. Y entonces, decidió no profanar más aquellas aguas.


Pedro Delgado Fernández
El lago Ifni (Carta desde el Toubkal)



Nota: El lago Ifni está incluido en Carta desde el Toubkal, libro de relatos ambientados en Marruecos que fue finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura del año 2005. Esta entrada va enlazada con el post "De la última novela de Pablo Aranda, el Toubkal y el lago Ifni", pues en La distancia Pablo hace referencia a este cuento.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html


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https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/1578270/titulo/carta-desde-el-toubkal.html

https://www.libreriadesnivel.com/libros/carta-desde-el-toubkal/9788416021536/

https://www.llibreriahoritzons.com/es/busqueda/listaLibros.php?tipoBus=full&palabrasBusqueda=carta+desde+el+toubkal

https://www.altair.es/es/autor/delgado-fernandez-pedro/

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