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jueves, 19 de febrero de 2026

UNA INVESTIGACIÓN EN EL ATLAS, DE DRISS CHRAÏBI


Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

Después de la pandemia se me vino a la cabeza el argumento para una novela. Estaba ambientada en el Atlas, donde se ubican la mayoría de mis relatos y novelas, pero no llegué a escribirla –¿por qué realizar una obra cuando es más bello soñarla?–. En ella, dos policías llegaban en coche por un pista de tierra a una aldea del Atlas, donde los aguardaban una cuadrilla de bereberes con una recua de mulas. La trama se iba a desarrollar en invierno, y debía llover a cántaros en el momento en el que detenían el auto y sopesaban si bajarse o aguardar a que amainase la lluvia, que repiqueteaba con fuerza sobre la chapa. Los faros iluminando la nada. El limpiaparabrisas moviéndose como un metrónomo frente a ellos, y los cristales empañados por el vaho. La trama estaba relacionada con la pandemia, pero no les adelantaré nada más por si algún día llego a escribirla.

 Les cuento todo esto porque así comprenderán el interés que despertó en mí Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi. Fue a raíz de un encuentro fortuito con el poeta Salvador López Becerra en una librería del centro de Málaga. Al preguntarle qué estaba leyendo ahora, me habló de este libro de Amarillo Editora. Me dijo que trataba de dos policías que llegaban a un pueblo del Atlas para llevar a cabo una investigación, e inmediatamente supe que tenía que leer esa novela. «Con ella, Chraïbi había iniciado una serie de novelas del inspector Ali, una especie de Plinio, el personaje literario de las novelas de Francisco García Pavón», me dijo Salvador, haciéndome recordar el par de novelas de Plinio* –El charco de sangre y El carnaval– que leí por recomendación de mi padre en la adolescencia.

El charco de sangre y El carnaval, novelas de Francisco García Pavón
Biblioteca de selecciones de Reader's Digest
Fotografía: Pedro Delgado

 Si los policías de mi historia llegaban a un remoto lugar de las montañas marroquíes en invierno, los de Driss Chraïbi lo hacían en pleno verano, cuando la tierra se recalienta por el sol.

El jefe de policía llegó al pueblo un mediodía de julio. Sobre las grandes mesetas y las estribaciones del Atlas, un cielo blanquecino ardía como si tuviera millones de soles. Se encontraba en un coche pequeño, corriente y sin signos distintivos ni sirena ni luz intermitente en el techo. Era una misión secreta y quería permanecer en el anonimato. Por encima de él, había una pirámide de jefes de cuya mayoría desconocía incluso el nombre. Pero las órdenes eran las órdenes y, de arriba abajo en el escalafón, llegaban hasta él en forma de notas impersonales garabateadas en rojo y seguidas de una firma ilegible. Cualquiera podía, por supuesto, entrar en su despacho en su ausencia y dejar un papel en su escritorio. Pero el jefe solo obedecía aquellas órdenes que llevaban el sello oficial con el águila imperial. Estaba lejos de ser un irresponsable o un idiota.
 Detuvo el coche en la pedregosa plaza del pueblo, apagó el motor, suspiró, se separó el cuello húmedo de la camisa con el dedo y dio un codazo a su compañero de viaje, el inspector Ali, que descansaba tranquilamente con la cabeza apoyada sobre el salpicadero.
 –¡Despierta! –gritó.
 El inspector Ali se incorporó, bostezó y dirigió hacia el jefe una mirada con dos ojos que parecían estar llenos de arena.

 Si en mi imaginación era la lluvia la que los retenía momentáneamente en el vehículo, aquí, tras un largo rato de cháchara interrumpida por el mal humor del jefe, será el calor.

 –Entonces cállate y baja la ventanilla, ¡por Dios! Nos estamos asfixiando aquí dentro. No circula el aire.
 La ventanilla tenía un ligero tono azulado, igual que el parabrisas. Al inspector no le había dado tiempo a girar más de dos veces la manilla cuando el jefe empezó a gritar:
 –Pero ¿qué es esto? ¿Un asadero?
 –Es el aire de fuera, jefe. Estamos en julio y el calor aprieta. Yo ya he vivido esto en otra época, en el horno de mi padre.
 –¡Cierra ahora mismo esa ventanilla! ¡Rápido!

 Pero no es solo la temperatura lo que los pone de mal humor. Los dos tienen algo de estudios y llegan prepotentes al lugar, con cierto fastidio, sobre todo por tener que tratar con los lugareños.

 Al otro lado del parabrisas manchado por los insectos secos, petrificados, estaba el reino primitivo, la eternidad recobrada, la tierra y el sol. Ni una sombra. El inspector no se atrevía a mirar mucho las venas que se iban hinchando en el cuello del jefe. Con algo de prudencia, dijo:
 –Si no me equivoco, estos montañeses no tiene cuarto de baño, no están apenas civilizados. No tienen ni agua. Ni una sola fuente de agua a la vista. ¿Quizá un pozo? En tal caso, supongo que será muy muy profundo. A esta hora debe de estar más seco que la mojama. Mire hacia donde mire, no veo nada. Dos o tres casas de tierra, montes bajos y allí arriba, en el djebel, árboles de argán, azufaifos y algunos cedros. Pero eso es todo, jefe, créame. Me parece que este pueblo está vacío, abandonado. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos? Todavía tenemos suficiente gasolina, ¡aprovechémosla!

 El plan del inspector Ali, que viste de civil, es largarse de allí lo antes posible, pero la sola mención del plan hace montar en cólera a su jefe Mohammed, oficial de la Policía del Estado, que va uniformado con el traje oficial, con la manga engalanada, como muestra de autoridad ante los campesinos.

 Tres o cuatro minutos después, cuando pensó que su jefe se había tranquilizado un poco, el inspector reanudó la conversación como si no hubiera pasado nada:
 –Siempre puedes decir que has investigado en profundidad cada punto de este lugar, a derecha y a izquierda, en la montaña, y que... Y que no has encontrado nada en absoluto. Yo lo confirmaré, bajo juramento. Estoy dispuesto a firmarlo ahora mismo. Este pueblo ni siquiera aparece en el mapa, y eso que el mapa que hemos consultado los dos esta mañana era un mapa del Estado Mayor. Podría decirse entonces que no existe. Lo mejor que podemos hacer es dirigir el coche hacia el oeste, o hacia el norte si lo prefieres, e irnos a pasar nuestros cuatro o cinco días de investigación a un hotel en la costa, con cócteles, piscina, cuartos de baño, las duchas que queramos y comida abundante y refinada. Tenemos gastos de misión, lo de irnos a una pensión ni se baraja.
 –¿Estás hablando en serio? –preguntó el jefe en voz baja y con la mirada inmóvil.
 –No, ni mucho menos. Estaba bromeando para pasar el rato, no hay nada de malo en eso.
 –Pues bromea fuera de tus horas de servicio, ¡y en silencio!
 [...]
 –[...] Aquí las decisiones las tomo yo, y aquí van. Hay una manilla en la puerta, muévela de arriba a abajo y se abrirá. Bajas, abres el maletero y coges nuestras bolsas de viaje y mi fusil. ¿Entendido?
 –Entendido, jefe.
 –Y déjame tus gafas de sol. Te las devolveré cuando terminemos la misión.
 –Por supuesto, jefe.

 Ambos están allí en una misión secreta, y el choque entre los hombres de la montaña y los de la llanura no tardará en producirse. Entre los que viven en la ciudad en la Edad Contemporánea, con sus modernidades, sus normas y su supuesto progreso, y los que en puntos remotos de las montañas, en un medio rural y empobrecido, aún lo hacen en la Edad Media.

 Para el pueblo, para la comunidad en la que casi la mitad de los miembros eran descendientes suyos, aquel día de sus vidas había presenciado la intrusión de dos extraños abandonados a su suerte, tan desafortunados y agresivos como los conquistadores de cualquier raza o religión que hubieran arrasado el país en el curso de la historia. Pero ¿habían logrado acabar todos ellos con el sol? El hombre de la montaña arrugó repentinamente la frente, luego, todas las arrugas volvieron lentamente hacia su boca, y Raho rio en voz baja, como un lobo, ante el mero recuerdo de la legendaria figura del comandante Filagare.

 Pero no se crean que estamos ante una novela negra al uso, no. Sus páginas están cargadas de filosofía. También de sátira y fino humor, de crítica al Marruecos poscolonial, a la huella que dejó Occidente en la cultura y la sociedad marroquí y a las estructuras de poder que se impusieron.

Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

 Una de las cosas más gratificante para mí de la lectura, además de descubrirme a un excelente y original autor, es que me ha permitido reencontrarme con mis amigos de las montañas: los bereberes, los cuales viven en las estribaciones del Atlas en unas condiciones de vida muy duras.

 Aquellas estrellas habían estado allí, en el cielo, desde que Raho abrió los ojos al mundo. Las mismas estrellas seguramente, fuera del tiempo, cada una de ellas persiguiendo su destino hacia una meta determinada. Habían guiado a los antepasados en sus huidas, conducidos desde las fértiles llanuras a las áridas mesetas altas, y más tarde a un pequeño lugar de montaña, como un último refugio. Y ahora él, Raho, y lo que quedaba del antiguo pueblo no tenían tierra que cultivar, ni meta que alcanzar, ni destino en la tierra ni en el cielo. Conquistadores y civilizadores de todas las razas y lenguas los habían devuelto a su estado original, como en los albores de la creación del mundo. Seres despojados de todo, solos frente a los elementos. Y tal vez en algún lugar del globo,  muy cerca, o muy lejos, existían restos de otros pueblos similares a los Aït Yafelman que el tiempo había petrificado de forma definitiva. Era bueno aceptar el propio destino, igual que un cactus acepta la roca sobre la que crece, y la pobreza podía considerarse un quinto elemento de la vida, pero, entonces, ¿por qué existía la esperanza?
 Raho sabía bien que el agua no lega a los labios de un hombre que se contenta con extender sus palmas hacia ella. Pero cuando bebes esperanza hasta saciarte y al final de todo encuentras una miseria inmutable y remota, la esperanza se vuelve más atroz e insoportable. Raho empezó a llorar, mirando las estrellas.
***
A medida que pasan los años, tiene la sensación de que en un espacio de terreno cada vez mayor, que abarca muchos kilómetros a la redonda, los rebaños disminuyen, las cosechas son cada vez más escasas y para los hombres es cada vez más difícil encontrar trabajo. Antes, los Aït Yafelman bajaban de las montañas, trabajaban como jornaleros cada semana, eran leñadores, carboneros, porteadores. Recibían un salario y traían alimentos, incluso ropa o babuchas. Entonces se celebraba una fiesta de reencuentro, con canciones y bailes. Ahora, ¿qué hacen los hombres sino vagar y esperar? Así es la vida, todo está escrito. ¿Quizá Dios también se ha empobrecido? ¿Quién sabe?

 Ahí está, emergiendo de sus páginas en el segundo capítulo, con un profundo lirismo, la figura de Raho, el hierático bereber de la portada –obra del diseñador Carlos García–, digno representante de la estirpe de los Aït Yafelman, que encierra en su interior a otro personaje todavía más memorable y del que no les cuento nada para que lo descubran ustedes mismos –estoy seguro de que no olvidarán ese cuchillo con el mango de cuerno–.

II
El hombre estaba de pie, bajo el sol, con las manos cruzadas sobre un bastón, casi tan alto como él, y la barbilla apoyada encima. No tenía edad, y tal vez tampoco pensamiento. Inmóvil. Delante de él, muy cerca, había un burro de color rojizo igual de inmóvil, con los ojos vacíos y la cola colgando como una cuerda de cáñamo destrenzada, así como dos ovejas esqueléticas que intentaban comerse un rastrojo más seco que el esparto. Aparte de este pálido recuerdo de lo que anteriormente había sido hierba, no había nada salvo la tierra endurecida del color de las tinajas y los muros de piedra desnuda que acotaban el espacio donde el hombre y sus animales parecían llevar petrificados toda la eternidad. Ni una lagartija, ni rastro de insecto alguno. Al final de la senda, marcada por generaciones de campesinos, se hallaba el pueblo, con sus casas todavía adormecidas y su pequeña plaza, toda engastada de piedras. Y arriba, como un espejismo, la montaña de granito, coronada por cedros y azufaifos sedientos de agua y de vida. Más allá del cercado, a tiro de piedra, un arbusto espinoso cubierto de tiempo y de polvo. De un extremo a otro del horizonte, cayendo del séptimo cielo, el calor del Juicio Final.
 El hombre del bastón había oído una atronadora voz de acero que rompía el silencio y, poco después, llegaron hasta él tres golpes de una chapa que chocaba contra algo. Ahora, escuchaba un par de pies detrás de él, rozando la roca, subiendo a lo largo del sendero e invadiendo su paz. No hizo nada, no se dio la vuelta. No movió ni una sola fibra de su rostro bronceado por décadas de sol, cincelado por el viento de todos los inviernos. Dos hombres lo rodearon lentamente, como si fuera una aparición o un espantapájaros, y una voz dijo, delante de él:
 —Somos cazadores... ¡Pues sí que hace calor! ¿A ti no te afecta este calor infernal?
 El hombre no se molestó en contestar. Era inútil. Tenía dos ojos, y estaban sanos: uno de estos hombres llevaba un fusil en bandolera, por lo que debían de ser efectivamente cazadores, o algo parecido. El sol estaba en algún lugar del cielo, era obvio. En cuanto a él, no, no tenía ni frío ni calor, estaba en paz consigo mismo, con el alma alejada de toda impaciencia, y en ese caso, ¿para qué hablar? Por esa razón, se limitó a levantar la vista hacia el hombre de uniforme y gafas oscuras que tenía, según le pareció al campesino, cara de desconcierto.

 Terminada la novela, me interesé por su autor, Driss Chraïbi (El Yadida, 1926 – Valence-sur-Rhône, 2007), escritor marroquí en lengua francesa, considerado el padre de la literatura magrebí moderna.

El escritor Driss Chraïbi. Fotografía: Kacem Basfao

 Chraïbi estudió en la escuela coránica y más tarde se trasladó a Rabat y Casablanca para continuar sus estudios. En 1945 se trasladó a París para estudiar Química e Ingeniería, pero tras graduarse se dedicó a su gran pasión: la literatura y el periodismo. Produjo programas en France Culture, la cadena de radio pública francesa; se relacionó con numerosos poetas de entonces y fue profesor de literatura magrebí en la Universidad Laval de Quebec. En el año 1973 recibió el Premio de l'Afrique Méditerranéenne por su obra literaria, así como el Premio de l'Amitié franco-arabe en 1981. Murió en Francia a los 81 años, y como él deseaba, está enterrado junto a su padre en el cementerio de Chouhada, en Casablanca.

 Luego, miré si había alguna obra más suya traducida al castellano, y me encontré con estas novelas:


 Y una autobiografía:

 El título del que les hablo hoy, Una investigación en el Atlas (1981), ha sido traducido por primera vez al castellano por Beatriz Cámara para Amarillo Editora. Y como me parece encomiable la labor de estas pequeñas y a la vez grandísimas editoriales independientes, contacté con Ester Vallejo, la editora, para que me contase cómo había descubierto esta obra y a este autor, para mí totalmente desconocido. Y esto fue lo que me dijo:

«La novela me llegó por Beatriz, la traductora, que me escribió y me propuso traducirla para Amarillo; me envió información, investigué sobre el autor y le vi muy buen encaje en el catálogo. Nos reunimos un par de veces porque yo no la había leído y necesitaba saberlo todo sobre el libro antes de decidir (date cuenta de que publicar un libro supone un gasto económico de miles de euros y meses de trabajo, y necesito estar segura) y finalmente nos pusimos a ello».

 Así que, por alusiones, transmití la misma pregunta a Beatriz Cámara, la traductora. Y esto fue lo que me respondió:

«Conocí al autor y la obra en la universidad. Estudiaba el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid y tenía que elegir una obra sobre la que trabajar, investigar y de la que traducir un par de capítulos para el Trabajo Fin de Máster. En una conversación con un compañero, este mencionó al autor, pues yo siempre me he interesado mucho por la literatura magrebí de expresión francesa (también traduzco del árabe). Al leer la obra, me encantó, además de ver en ella muchas posibilidades en cuanto a la traducción, tanto para el TFM como para una posible publicación en el futuro. La verdad es que la publicación ha costado un poco: Ester se fijó en mi propuesta cuando ya estaba a punto de tirar la toalla después de estar cinco años enviándola por correo a editoriales que no hacían más que darme largas a pesar del gran potencial que yo le veía. Por eso este es un sueño cumplido».

 Leyendo el correo de Beatriz, me acordé de lo que decía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina desde su espacio en EL PAÍS: que «un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo». Y que «la inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada». Vaya desde aquí mi aplauso a la traducción de Beatriz, que realiza además con éxito una difícil pirueta, al incluir a ratos en los diálogos entre el inspector Ali y su jefe, un peculiar efecto sonoro, algo que nos aclara en una nota inicial ella misma:

Una investigación en el Atlas refleja con fuerza esa mezcla de lenguas y registros que constituye el día a día de Marruecos y que, al verterse al español, exige decisiones que no siempre tienen una solución inmediata.
 Una de las dificultades más notables ha sido trasladar los diálogos entre el inspector Ali y el jefe de policía. A lo largo de toda la novela, estos personajes alternan el francés –lengua en la que se comunican entre ellos– con el árabe, que emplean para dirigirse a los habitantes del pueblo, a quienes intentan confundir. Para reflejar este juego, Chraïbi transcribe en el texto original el francés de manera oral, deformando la norma y acercándolo a lo que se escucharía en la realidad. En esta traducción se ha tratado de reproducir ese mismo efecto en español, como si los personajes hablaran nuestra lengua con un acento marcado, a medio camino entre el francés y el árabe.

 Por último, quiero cerrar esta reseña con otras líneas extraídas de la nota introductoria de la editora, Ester Vallejo, en la que nos invita a abrir el libro, dar un salto en el tiempo, a julio de 1980, y acompañar a estos dos infelices en su misión por el Atlas:

 La pérdida de valores, la memoria colectiva, la colonización, el islam y las consecuencias del progreso sin control constituyen el eje sobre el que se asienta el relato. Amargo en unas ocasiones, hilarante en otras, se propone aquí al lector un viaje por las áridas tierras del Atlas marroquí, un viaje que aúna placer y reflexión sobre qué papel elegimos representar en nuestro mundo actual.

 ¡Feliz viaje!

*Plinio es el alias de Manuel González, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, un hombre sencillo y cabal «que resuelve con paciencia y singular agudeza los más intrincados casos policíacos, ayudado por su fiel amigo y admirador, don Lotario, el veterinario del pueblo, quien se interesa tanto por la averiguación de un crimen como por el descubrimiento de una epizootia». Historias de Plinio, conformada por las dos novelas mencionadas en esta reseña, «tiene la originalidad de su carácter muy español, por el ambiente en que se desarrolla, la descripción del paisaje y la psicología de los personajes».

viernes, 2 de enero de 2026

LA FIEBRE DEL HORIZONTE Y MI RECOMENDACIÓN PARA LA CARTA DE LOS REYES MAGOS


Fotograma de Kit Carson donde se menciona la fiebre del horizonte
Fotomontaje: Pedro Delgado

Recientemente vi, a cuenta de una reseña, la película Kit Carson, del director George B. Seitz. Al inicio de ese western del año 1940, hay un diálogo que hará las delicias de todos los que aman los viajes y la aventura.

 Cabalga una cuadrilla de cazadores por uno de esos paisajes típicos del Oeste americano –se rodó en Monument Valley–, y llevan un buen cargamento de pieles de castor en las monturas. A la cabeza van Kit Carson (el actor Jon Hall) y Ape (Ward Bond). El segundo, con sombrero de cola a lo Daniel Boone o David Crockett, le dice al primero: «Nadie se creerá que hay tantos castores en el mundo. ¿Iremos al mismo sitio el año que viene?».

 «Nunca volvemos atrás», le responde el jinete que cabalga detrás de ellos.

 A lo que Kit Carson añade: «Nunca se vuelve a un sitio habiendo tantos donde no hemos ido».

 Es entonces cuando Ape le dice: «Tío, tienes una enfermedad: la fiebre del horizonte. Siempre quieres ver qué hay detrás de la montaña».

 «Iría con mucho gusto. Estas tierras no son una buena medicina», zanja Kit antes de bajarse del caballo para observar unas huellas.

 Pues bien, a pesar de desearles salud para este nuevo año, espero que esa enfermedad: la de la fiebre del horizonte, les acompañe durante el 2026. Que siempre quieran ver qué hay detrás de la montaña.

 Por supuesto, en ese horizonte podemos incluir los libros que nos aguardan en nuestras bibliotecas, y muchos de los títulos o las novedades que se ven estos días en las librerías y que son un valor seguro en nuestra carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. 

 Para los amantes de los viajes y la aventura:

 Para los amantes de Marruecos:

 Para los amantes de la montaña:

 Para los amantes del western:

 Para los amantes de los relatos y la poesía de países lejanos:

 Para los amantes del ensayo más aventurero:

 Para los pequeños de la casa:

 Junto a todos estos libros, este año voy a volver a incluir un destino con su correspondiente guía de viajes. En este caso, Japón. Un horizonte, un deseo con el que soñar o que colmar en algún momento del 2026.


 Feliz año nuevo.

lunes, 1 de julio de 2024

TODO ACABA EN MARCELA: LA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE


Todo acaba en Marcela, de Sergio Barce
Coleccion Criminal de Ediciones Traspiés
Fotografía: Lucía Rodríguez

Alguien me dijo que el 'thriller' criminal y la novela negra están de moda, y yo le repliqué que llevan de moda muchos años pero que quizás esa manera de narrar que vemos en las series y en el cine había terminado frivolizando la violencia, convirtiéndola en algo entretenido. Sin embargo, la nueva novela de Sergio Barce, Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés, 2024), nos produce el efecto contrario, ya que desde las primeras páginas transmite a la perfección el horror y la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.

 Estaba sentado al volante de la Kangoo. Llevaba poco tiempo ahí, pero la cabeza era un torbellino que no cesaba de machacarlo. No sabía qué hacer con su madre, que iba perdiendo la memoria poco a poco, que no quería ingresar en ningún centro y que se empeñaba en continuar viviendo sola, pero sí lo que iba a hacer con Marcela. Solo pensar en ella lo dejaba más noqueado que los golpes de Puma Negro. Junto a Marcela creyó que acabaría siendo otro hombre, lo deseó con vehemencia, con la única pretensión de hacerla feliz. Con el tiempo, todos esos castillos construidos en el aire se fueron desmoronando poco a poco, porque Teo huele a carburante y el mal olor acaba por aparecer cuando tratamos de disimularlo con perfumes baratos. Y ahí estaba ahora, atormentándose con la premeditación de un suicida, sujetando el volante como para evitar que su cuerpo escapara de la furgoneta.
 Tomó aire varias veces tratando de calmarse, pero acabó por abrir la guantera y sacó una gorra del Unicaja. Se la guardó en un bolsillo, saliendo del vehículo, y luego se palpó el martillo que llevaba en la muslera del mono, mirando a un lado y a otro varias veces antes de dirigirse al portal de Marcela. Lo único que quería era quitarse de encima ese zumbido que lo martirizaba. A cada paso notaba un nuevo bombeo de ansiedad, un subidón de la polla a las sienes, de los cojones a las neuronas, como recargando las pilas de su lado oscuro. Respiraba con dificultad notando los pulmones henchidos de rabia. Y, mientras subía las escaleras, continuaba pensando, enfermizamente. Hubiera querido arrancarse la cabeza y arrojarla lejos para no escuchar esa voz que barrenaba y barrenaba. Hacía ya años desde que ella lo abandonara, pero desde aquel mismo instante se instaló la sospecha, esa lujuriosa mancha capaz de hacer cambiar de piel a cualquiera, igual que un tumor maligno que no se manifiesta en años, creciendo en silencio, asentando sus raíces en cada célula hasta que decide asomar la cabeza cuando ya nada ni nadie puede extirparlo. Siempre dudando de si ella no le habría puesto los cuernos antes de cortar. Imaginar ser un cabrón no entraba en sus diez mandamientos. Él, que solo pensaba en ella mientras Marcela tal vez pensaba en otro hombre al que quizá se lo tiraba mientras él estaba de grasa hasta las cejas. Ese resentimiento anquilosado en su cerebro. Hasta hoy.

 Antes que nada, debo reconocer que no soy fan del género policíaco o de la novela negra, es decir que, con la salvedad de algunos títulos clásicos, no suelo leer ni ver series o películas de este tipo. Sin embargo, la amistad que me une a Sergio y el saber las horas y el trabajo que hay detrás de cada novela, me hizo querer leerla de inmediato, más después de asistir a su presentación en El Tercer Piso de Proteo.

 Imagino lo difícil que habrá sido para Sergio meterse durante tantos meses en la piel de un psicópata tan peligroso como Teo. Convivir con él a diario, por la mañana, por la tarde y por la noche; pues cuando uno escribe una novela, los personajes te acompañan las veinticuatro horas del día.

 El protagonista de Todo acaba en Marcela es uno de esos hijos de puta que muchos años después de separarse de su pareja, envenenado por el resentimiento, decide acabar con ella cuando rehace su vida con otro hombre. A pesar de tener una orden de alejamiento, Teo mata a Marcela a martillazos nada más iniciarse la novela, en una escena que nos da mal cuerpo y nos revuelve el estómago. Y a partir de ahí, ese otro hombre, el inspector Iván Sotogrande, aquel con el que Marcela pensaba casarse, se pasará el resto de páginas buscando como un espectro –como ese «muerto en vida en el que se ha transformado en apenas veinticuatro horas»– a Teo para vengarse; aunque para ello tenga casi al final que cruzar el Estrecho y perseguirlo por Marruecos.

Ya tiene la información que necesitaba, la confirmación de lo que ya sospechaba. Teo el Bizco camino de Marruecos, como si cruzar el estrecho pudiera ponerlo a salvo de la ira divina. Entonces Iván deja al inspector Sotogrande con sus cavilaciones y se incorpora con una sola idea en la cabeza, una idea que no compartirá con nadie en el mundo, como si fuese el mayor de los pecados. Es el mayor de los pecados.

 Supongo que ante el arranque de esta novela habrá dos clases de reacciones o de lectores: los que cierren el libro asqueados tras la escena inicial, por la crudeza y porque presientan que el relato se centra en el asesino, y los que decidan continuar la lectura y comprobar que el autor tiene con la víctima la mayor de las empatías, que describe el drama humano de muchas mujeres y desdibuja los límites de la novela negra con otros géneros como el wéstern, cuando los protagonistas llegan a la destartalada población de Khemis Sahel, el thriller se torna rural y asistimos a ese duelo final en el granero, en unas páginas que resultan lisérgicas y de lo más cinematográficas (por favor, que nadie les desvele nada del final porque les destrozaría la experiencia).

 Desde aquí, los animo a atreverse y enfrentarse a la lectura. Si lo hacen, sentirán incomodidad en algunos momentos, pero esta se verá ampliamente recompensada conforme pasen las páginas.

 Es un cliché que los asesinos tengan cara de asesinos, pero un tópico siempre encierra algo de verdad, y en este caso, Teo es un tipo del que nos alejaríamos nada más verlo. Psicópata, narcisista, violento y mal encarado, regenta un taller de coches en Málaga, donde se desarrolla la mayor parte de la novela. También hay lugares comunes, igualmente no por ello menos veraces, en algunos de los comisarios, subinspectores e inspectores de la comisaría provincial, que tratan de dar con Teo antes que Iván para evitar el desastre. Pero todos los personajes son sólidos y coherentes. De entre ellos destacaría a Kaspárov, que se mueve como un viejo de  noventa años, y a Sadik Oubali, ese comisario tangerino que espero rescate Sergio para otras novelas.

 Los tres se miraban. Los matones esbozando sonrisas que no tenían ninguna gracia. Te llamas Kaspárov, repitió ahora el otro, el que no se había movido de la silla. Su pronunciación era más que aceptable. Sí, así me llaman, le respondió mirándole las manos. Eran llamativas, grandes, con un anillo en cada dedo. Diez anillos de oro como si fuesen dos puños de hierro dorados. Pero no eres ruso, añadió con una pizca de ironía. Soy del Llano de la Trinidad, le soltó levantando los ojos, preguntándose si esos dos serían los que le habían partido las piernas a la Tani y los que se la iban a partir a él.
***
(...) Alguien le ofrece un taxi en perfecto castellano, pero no le presta atención. Iván busca por encima de las cabezas de los que le rodean y entonces lo ve, y se dirige a su encuentro sorteando a los viajeros, a los maleteros, a los guías. Sadik se quita las gafas de sol al descubrir a Iván avanzar a su encuentro. Hola, Sadik. Y Sadik, le responde hola, jay. Assalam' aleikum. Se besan. Lo siento, añade. Y luego se abrazan. A Sadik se le saltan las lágrimas, pero Iván no se inmuta.
 Tengo el coche aquí al lado, le dice al separarse de él. Lo sigue un paso más atrás, fijándose en la figura de Sadik Oubali, sus hombros caídos, su andar desgarbado. Viste un traje gris y camisa blanca sin corbata. Saluda a un gendarme que se cuadra llevándose una mano a la visera de la gorra. Sadik es un hombre de unos cuarenta y pocos años, de cabello rizado y negro, con un bigote a lo Clark Gable, pasado de moda, y pómulos marcados. Aparenta un equilibrio que Iván sabe que es real. (...) ¿Cuánto hace que no nos vemos?, le pregunta. Unos cinco años, más o menos. Iván apenas hace el cálculo y lo dice al azar. Sadik menea la cabeza de un lado a otro. Diez años.  Ya han pasado diez años. Al principio no es capaz de asimilarlo, pero luego se da cuenta de lo rápido que ha transcurrido el tiempo. Joder, masculla Iván. Y Sadik suelta una carcajada deslucida.

 Iván Sotogrande y Sadik Oubali, que trabajaron en otro tiempo codo con codo, como Starsky y Hutch.

Juguete de Starsky & Hutch de la marca española Guisval
Lo tuve, y me duele decirlo en pasado

 Con ese Starsky malagueño –que el de arriba tenga a David Soul en su gloria después de abandonarnos el 4 de enero de este año– dejaremos Málaga para coger el barco y desembarcar en Tánger en la página 162. Nos aguarda Tánger y Khemis Sahel, sobre la que descargan los cielos su ira.

(...) Las calles se embarraron en apenas unos minutos, y vio que por algunas callejuelas ya corría el agua en pequeños arroyos descontrolados que aumentaban de caudal. Solo se oía el desplome del cielo, el llanto de los dioses que dejaban caer sus lágrimas de desaliento y desilusión. (...) Sonó un trueno, y la casa de los Sbiti pareció quebrarse igual que un árbol al que comenzaran a talar a hachazos. Maldito puñetero pueblo de mierda, farfulló antes de salir de nuevo. En cuanto abrió la puerta, vio a la familia corriendo de un lado a otro. Descubrió de refilón a Dris incorporarse de la seyada en la que rezaba, y a Qodsya y a su hermano Abdelhamid arrastrando unos sacos de arena que su padre les ordenaba apilar en la puerta de entrada. Se acercó para ayudar. El agua tratando de inundar la casa y ellos preparando las defensas. Dejaron caer cinco sacos más hasta crear una trinchera que Teo dudaba mucho que fuera suficiente para detener el avance de la riada. El agua bajando brava y amenazante llevándose cuanto encontraba a su paso. Miró al techo. El tejado crujía igual que el llanto de un niño. Otro trueno y las paredes temblaron.

 Marruecos es el punto de conexión de este trabajo literario con sus obras anteriores, pero he de decir que estamos ante un nuevo Barce, con una escritura más trabajada y depurada. Aquí las maneras, las formas, el tono y la voz son otras. Ha elevado el listón de exigencia de su narrativa, sobrepasándolo limpiamente para caer en las librerías transmutado en otro escritor.

 Creo que Sergio, gran aficionado al 'noir', tanto literario como cinematográfico, ha encontrado un camino a seguir. El género, como decía mi amigo, está de moda, o, como les decía yo, sigue de moda, con un público muy devoto. Ojalá encamine por ahí sus siguientes proyectos. No apearse de esta voz narrativa, y pelear porque Todo acaba en Marcela termine en una pantalla de cine o de televisión. Y que, insha'Allah, ustedes y yo lo veamos.

martes, 7 de mayo de 2024

GOURRAMA. UNA NOVELA DE LA LEGIÓN EXTRANJERA


Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera*
Friedrich Glauser (Editorial Ginger Ape Books&Films)
Fotografía: Pedro Delgado

El editor de Ginger Ape Books&Films me habló de Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera con palabras impregnadas de misterio, y tras entregarme un ejemplar como el que entrega a un ser querido, concluyó la conversación con una advertencia: «¡Y que te mantengas alejado de la maldición del cafard!». Palabras inquietantes que volverían a mí numerosas veces durante la lectura de la novela autobiográfica del suizo Friedrich Glauser.

 Cafard... una palabra que no se puede traducir. No es nostalgia... aunque el cafard es impensable sin un chorrito de nostalgia. ¿Melancolía? Melancolía significa bilis negra... y un cafard es una cucaracha... más exactamente, una cucaracha común. Ambas cosas tienen que ver con el color negro.
 ¡Cafard! Del cafard surgen muchas cosas: deserción, insubordinación, borracheras absurdas, cuchilladas, suicidios. Si solo es uno el que tiene el cafard...
 Pero el cafard es contagioso... Más contagioso que, por ejemplo, el tifus, contra el que al fin y al cabo existe una vacuna. ¿Pero qué pasa si el cafard sacude a toda una compañía? ¿Qué ocurre entonces?

 El cuidado que ha puesto Antonio Ruiz y Rubén L. Conde al editar esta obra es mayúsculo, desde las cubiertas y el bello Ex Libris que contiene al tamaño de la letra, el tipo de papel o los mapas y planos del lugar. También destaca el atinado y esclarecedor prólogo de Carlos Fortea, traductor de la obra, cuyas palabras finales nos dejan a la entrada del puesto de la Legión francesa de Gourrama, en medio del Alto Atlas y en los años 20 del siglo pasado. Allí se despide del lector invitándonos a pasar.

 Es complicado hablar de un libro que aún no se ha leído intentando no desvelar nada, y por eso estas líneas tienen que detenerse aquí, a la entrada del puesto de Gourrama, en su edificio de administración, su enfermería y su convento. Les invito a pasar. Traten ustedes de que no se les vea. No les será difícil, entre la abigarrada población árabe. Escuchen en silencio. No saldrán iguales a como eran cuando entraron, tras haber visitado las profundidades de la humanidad.

 Antes, entre otras cosas, nos ha contado las curiosas dificultades que tuvo que sortear esta novela póstuma para ver la luz. Gourrama fue la primera obra de su autor, pero en ella ya está «todo lo que es Glauser: autobiografía, la visión descarnada de un mundo implacable en sus desafectos, la preocupación por los marginados; pero, sobre todo, lo que hace que Glauser sea Glauser: el foco en las personas, por encima de la propia narración, muy por encima de los acontecimientos». De ahí que Gourrama trate «de las personas y su lucha con el destino».

 Gourrama es la antítesis de Beau Geste: si allí el heroísmo era la línea de fuga del texto, aquí lo es el hastío, la corruptela, pero también la amistad y la necesidad de amor. Si allí había buenos y malos, aquí las fronteras se diluyen, y a veces los oficiales son insólitamente humanos y otras los soldados terriblemente crueles.
 Sin embargo, como un hilo de fuego a través del texto, lo que brilla es la pasión de Glauser por los marginados. Es difícil no sentir emoción cuando algunos de ellos relatan sus historias inventadas o reales, difícil no sentir indignación en algunos pasajes, difícil no sentir compasión en otros. Entre líneas se ve sufrir al hombre sufriente que fue Glauser, se advierte la crudeza con la que no se engaña en presencia del mundo en el que vive, pero se ve también como nunca renuncia a la esperanza puesta en la humanidad.

 Postergado durante un tiempo en la estantería, estos días del mes más cruel del año decidí por fin abrir sus páginas y alistarme en la Legión Extranjera. De inmediato, me vi en las estribaciones del Alto Atlas, cabalgando bajo un sol inclemente a la cabeza de una columna de legionarios. Leía y sentía la necesidad de pasar el pañuelo bajo el salacot para secar el sudor.

Destacamento de la Legión Extranjera Francesa en Marruecos
Fotografía: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Bundesarchiv_Bild

Eran solo las nueve de la mañana, pero el sol ya ardía. La Tercera Sección de la Segunda Compagnie Montée del Tercer Regimiento Extranjero había recogido en Atchana un destacamento de veinte hombres, llegados de Argelia como refuerzo. La tropa regresaba a Gourrama, un pequeño puesto del sur de Marruecos.
 La llanura era gris y estaba dividida por profundos fosos. Los bordes estaban cortados a pico, era como si el calor y la sequedad hubieran rajado la tierra durante largos trechos. Pero en invierno corrían arroyos por esas grietas; bajaban de las montañas de piedra roja que centelleaban al sol, a lo lejos. Y al este, a sus espaldas, se alzaban las cumbres nevadas del Alto Atlas, resplandecientes como plata brillante contra el cielo azul oscuro...

 A lo lejos se veían los muros blancos del puesto, brillando «al sol como nieve endurecida», y pronto entramos en él y desmontamos. Entonces supe lo que era el convento, y entendí la cita de Mallarmé que abría la primera parte del libro.

Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera, de Friedrich Glauser
Fotografía: Pedro Delgado

 Más tarde, me acomodé como pude para seguir las celebraciones del 14 de julio.

 Peschke, el ordenanza del teniente Lartigue, había traído de su bien amueblada habitación un sillón club en el que el teniente se sentaba con las piernas bien estiradas. El blanco uniforme, bien planchado, hacía que sus robustos miembros parecieran aún más gruesos. Su rubio cabello temblaba al viento sobre la amarilla redondez de su frente; el cansancio había cavado surcos en torno a los ojos y los labios secos, blanquecinos. Por la mañana había tenido un ataque de fiebre y se había tomado dos gramos de quinina. Además, sus amigos árabes del pueblo le habían preparado una infusión de hojas de cáñamo. Por eso, sus ojos saltones brillaban al resplandor de las muchas velas que ardían sobre pequeñas repisas de madera en las paredes. Solo delante, en el escenario, se habían puesto lámparas de carburo, cuyo silbido se oía claramente en el silencio que a veces se producía.

 Conforme aparecían, anotaba los nombres y la graduación de los legionarios para no perderme. Así como algunas de sus características.

 Kainz: carnicero de la intendencia, viejo y de sonrisa desdentada. Tiene un diente suelto cuya sujeción comprueba con sus dedos a cada momento durante la conversación por lo que no se le entiende bien cuando habla.

 Adjutant Cattaneo: piamontés, obeso, bigote salpicado de gris, dientes amarillos y roídos, analfabeto, pequeño tirano.

 Capitaine Chabert: hombre tranquilo y decente, rechoncho, comanda la 2ª Compañía Montada pero no siente mucho respeto por la disciplina, uniforme caqui deslucido sin los 3 galones dorados de su rango.

 Teniente Lartigue: caballero muy elegante, rubio, ojos saltones, gran lector, ataque de fiebre que trata con quinina, manda la Sección de Ametralladoras.

 Lös: alemán, cabo, hace dos meses que ha asumido la intendencia de manos del sargento Sitnikoff. Es amigo de Chabert pero está enemistado con el adjutant Cattaneo, al que le niega el aguardiente.

(...)

Gourrama, de Friedrich Glauser
Soldados de plomo colección Miguel Ángel Ferrer**
Fotografía: Pedro Delgado

 Incluso busqué en las estanterías las cajas de soldaditos de la marca inglesa Timpo que había comprado hacía muchísimos años por tres libras en la juguetería Hamleys de Londres. Además de una de las Ratas del Desierto con Monty, tenía una de la Legión Extranjera y otra de árabes armados con espadas cuchillos y fusiles que nunca me atreví a pintar.

Soldados de plástico de la marca Timpo
Fotografía: Pedro Delgado

 Quizás por eso valoraba tanto la dedicación y el trabajo con los pinceles de mi amigo Miguel Ángel Ferrer, que tiene las estanterías repletas de soldaditos de plomo. Entre ellos, por supuesto, árabes y franceses de la Legión Extranjera; aunque lo de franceses es un decir, pues además de ellos nutrían la tropa rusos, belgas, alemanes, italianos, suizos, austriacos, húngaros e incluso turcos.

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El propio Friedrich Glauser, nacido en Viena de madre austriaca y padre suizo, fue uno de ellos; alistado por intermediación de su padre de 1921 a 1923, probablemente para evitar una detención por drogas o para combatir su adicción a la morfina, estuvo destinado en Gourrama, de ahí la autenticidad que tienen las páginas de esta novela que retrata a «la tropa de jóvenes desposeídos y desheredados que, justo después de la Gran Guerra, terminó por refugiarse en la Legión, incapaces –tanto como él– de ejercer de ciudadanos ejemplares».

Friedrich Glauser (1896-1938)

 Hay algo en la voz y el estilo de Friedrich Glaucer que me recuerda al Louis Ferdinand Céline de Viaje al fin de la noche, que escribía como hablaba, pero también a la poesía de algunas de las nouvelles de Antoine de Saint-Exupéry.

 Fuera, la noche era lejana y distante. El viento había lijado con arena fina los tejados de chapa ondulada, de manera que ahora espejeaban cuando la luna posaba sobre ellos su luz suave.
***
 Lös abrió la puerta hacia la noche muda que se cernía sobre el puesto. Estaba agitada por un ligero viento; anunciaba la mañana, que se acercaba cautelosa por detrás de las negras montañas.

 La novela se divide en tres partes: Vida cotidiana, Fiebre y Resolución; quince capítulos durante los cuales acompañamos a estos hombres que, «rodeados siempre del olor de sus pegajosos pasados, que se adhieren a ellos por mucho que hagan por ahuyentarlos», han venido a la Legión a poner punto final. Pero no a ahogarse en la mierda.

 Como moribundos, los durmientes yacen dispersos por el puesto, sus bocas muy abiertas emiten ronquidos. Entre ellos se escucha el sonoro soñar de alguno. Un espeso hedor llena las callejas entres los barracones: sudor y carne putrefacta, y las emanaciones de las letrinas a cielo abierto.
 En un rincón de su estancia encuentra la botella con el licor de patata. Lös actúa de forma automática. Llenar la taza de hojalata, vaciar el líquido como una medicina, torcer el gesto, decir «Ah» en voz alta como si allí hubiera alguien presente que tuviera que ser tranquilizado. Luego dejarse caer como un bloque en el colchón, sacar fuerzas suficientes para envolverse en la manta porque empieza a refrescar. Y por fin, hundirse en ese profundo pozo, que es negro y frío y mudo.
 Hasta que unos rayos agudos se clavan en su rostro desprotegido, hasta que el pitido de un silbato hiere doloroso los oídos.
 Y un nuevo día empieza.
***
 Los días pasaban por el pequeño puesto y nada interrumpía su monotonía. El lunes tocaba diana, los que estaban destinados a ello corrían a la cocina a por el café y lo traían mientras su aroma ondeaba tras ellos como una bandera. Nuevo toque: los mulos se llevaban sin ensillar al río, para abrevar. El sargento de semana hacía la ronda: revista de enfermos. La hacía el capitaine, porque el médico solo venía cada tres semanas. El capitaine era benévolo. Prescribía pocos medicamentos, porque solo conocía la aspirina y la tintura de yodo. También quinina. Pero era generoso con el descanso. Dos días sin servicio, tres días sin servicio. Si no mejoraba, se le tomaba la temperatura, se le daba quinina y más descanso. Si no servía de nada, se le enviaba al hospital de Rich. Los camiones que de vez en cuando visitaban el puesto se llevaban a los enfermos. Si no se podía transportar a alguien, se llamaba por teléfono al mayor Bergeret. Venía por la tarde, a caballo, un hombre tranquilo de negra barba que examinaba al enfermo, lo consolaba, mandaba hacer una infusión, le sacudía la pereza al enfermero, se tomaba una botella de vino con los oficiales y volvía a marcharse al atardecer.
 A las nueve había revista. La compañía formaba en cuadro. El capitaine la recorría, daba unas palmaditas en alguna mejilla, pellizcaba algún brazo. Se llevaba la fusta a la placa de la gorra: «Rompan filas».

 Goumarra. Una novela de la Legión Extranjera retrata la vida en un puesto de la legión, pero también capta cómo los hombres, huyendo del pasado, se mortifican para expiar sus culpas y purificarse.

Gourrama sobre recortables de los Spahis****
Fotografía: Pedro Delgado

 Tan impresionado quedé con su lectura, que quise preguntarle a Antonio Ruiz, uno de los editores de Ginger Ape Books&Films, cómo había sabido de esta joya y le había ganado la partida a otras editoriales más poderosas que han publicado algunas de las novelas policiacas de Glauser, y esto fue lo que me contestó:

 «Compré En la oscuridad a los editores de Mármara en un evento relacionado con los libros que se celebró en La Térmica allá por 2016 o 2017, intuyo que no más allá porque la fecha de edición del libro es de 2016 y creo recordar que por la época era una novedad o casi. Empecé su lectura al día siguiente, pero no lo terminé en ese día porque no quería que se acabara.

marmaraediciones.es/en-la-oscuridad

 El libro me arrebató, y empecé a buscar lo que se había traducido de Glauser al español. Di con la novela El té de las tres viejas (en realidad su ópera prima, aunque póstuma), publicada por Amaranto editores en 1998. La misma editorial posteriormente había publicado una novela del ciclo del inspector Studer (a Glauser se le considera el padre de la novela policial alemana), titulada El chino, en 2014. Con eso ya me bastaba para saber que quería editar un libro suyo, así que seguí investigando en su bibliografía en alemán y decidimos en la editorial que la novela que elegiríamos sería Goumarra, tanto por su alto contenido autobiográfico (rasgo que comparte con En la oscuridad y en menor medida con El té de las tres viejas), como por su temática y motivos, y también por su intrincada historia editorial (una de nuestras pasiones y especialidades). Después contacté con Carlos Fortea para su traducción, porque había sido el traductor para la edición de Mármara, aquel librito del principio y que tanto me había deslumbrado. Y el resto, como se dice es historia... de la edición... invisible».

 Pues aquí está esta reseña para darle visibilidad a la editorial, al autor y a Gourrama, una novela impactante que me ha encantado. Lo malo ahora es ese deseo vehemente de viajar a Gourrama que se ha instalado en mí, un anhelo persistente y excesivo que trataré de espantar con otras lecturas. Imagino que del puesto militar no quedará nada, pero me gustaría comprobar qué queda del viejo ksar.

Puerta de entrada del Ksar de Gourrama. Fotografía: Cl.Muste

 Por último, quisiera cerrar este artículo con dos ruegos: que alguien haga la película y que algún devoto de mi querido Paul Bowles se acerque a su tumba, en el cementerio Lakemont de Yates County, Nueva York, y le lea el pasaje de la novela que les copio a continuación. Aunque allí sólo estén sus cenizas, su espíritu se va a relamer de gusto.

 Llegaron al ksar. Los altos muros de adobe sin ventanas brillaban en un amarillo ocre, iluminados por el sol, que ya estaba bajo. Entre el polvo jugaban los niños, con las caras cubiertas de costras y muchos ojos pegados por el pus. Miraban la figura desconocida vestida de caqui y con polainas y salían corriendo. Un oscuro pasillo conducía al interior del pueblo, que era una única construcción, un gigantesco termitero; a su lado pasaban figuras oscuras, irreconocibles en el sucio crepúsculo. Lös pensó en la prohibición, en los relatos que circulaban sobre ataques de ladrones, pensó en el dinero que llevaba encima. Pero no tenía miedo. Había tenido más miedo al besar los hombros de la muchacha.
 Una empinada escalera de madera llevaba hasta una habitación en la que había un olor asfixiante. Zeno abrió un postigo, y los haces de luz atravesaron un humo azul. En un rincón yacía una chiquilla sobre un montón de paja, por encima de ella había varios pollos posados sobre barras. La repentina claridad los despertó, revolotearon hasta el suelo y echaron a correr cacareando.
 Y entonces Zeno empujó una puerta alta, que dejó ver una amplia terraza. En esferas transparentes, el humo se deslizó hacia el exterior, pero los rayos que iban de la ventana al suelo permanecieron como inamovibles vigas inclinadas.
 En medio de la terraza, en una estera de esparto, se sentaba un hombre. En el centro de su cráneo, por lo demás rapado, crecía una larga trenza gris, que invitaba a la mano de Alá a empuñarla y llevar consigo el cuerpo al que estaba unida a un mundo más rico. Porque aquel hombre estaba flaco, desnutrido. Al oír los pasos de Lös, levantó la mirada y se soltó los dedos de los pies, con los que había estado jugueteando pensativo. Lös se acordó de sus lecturas de Karl May y dijo:
 –La illah Allah, Mohammed rassuhl Allah.

Gourrama sobre recortables de Miguel Ángel Ferrer*****
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Todos los soldados de plomo y recortables pertenecen a la colección particular de Miguel Ángel Ferrer, profesor de Historia, al que agradezco las facilidades que me dio para ilustrar este artículo.

 *El soldado que aparece en la primera fotografía, junto a la portada, es una miniatura de Tradition of London de los años 90: Legionario, 1er Regimiento Legión Extranjera 1908 (corresponde con la imagen de la portada del libro).

**Los legionarios que aparecen en la segunda fotografía, junto a la portada, son de la Guerra del Rif, años 20. Sus uniformes corresponden con los que portan los protagonistas de Gourrama: a la izquierda hay tres legionarios de marruecos de los años 20, manufactura de Tradition Of London, y a la derecha un brigadier con la silla de montar de ediciones Hachette (Tunez 1926-1932) y un sargento a caballo de 1930 de ediciones del Prado.

***En la primera fotografía del destacamento de la Legión Extranjera, y en primer plano, se ven dos figuras de Tradition. Al fondo, el segundo grupo son miniaturas de AR de manufactura francesa. A destacar el uso del salacot por parte de los oficiales (también la tropa podía llevar salacot como se indica en el inicio de la novela). Uniformes entorno a 1910. En la segunda fotografía, en primer plano, miniaturas de Almirall Palau de finales de los 90 del coleccionable Soldados de plomo, pintados y transformados por Miguel Ángel Ferrer.

****Los recortables de los Spahis son de la marca Pro Patria, Editions Bouquet. Esta serie de recortables empezó a comercializarse en 1915 para recaudar fondos para la guerra y mantener el espíritu patriótico. La editorial seguirá publicando hasta los años cincuenta. Tienen la peculiaridad de estar impresos por las dos caras.

*****Bajo el libro aparecen los recortables de La Tijera. Serie 10, nº9, "Moros del Rif", primera etapa de finales de los años 20. Las figuras han sido retocadas por Miguel Ángel Ferrer a partir de un pliego original.

 Por otro lado, en las siguiente láminas se pueden ver los uniformes que llevan los soldados que aparecen en Gourrama. Las dos imágenes están extraídas del libro La Légion étrangère. 1831-1962, une histoire par l'uniforme de la Légion étrangère. Éditions Heimdal, 2018.

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

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