El sendero de la sal, de Raynor Winn (Ed. Capitán Swing) Fotografía: Lucía Rodríguez
Por esa magia que se produce cuando abrimos un libro y nos adentramos en sus páginas, esta semana he estado viajando por el camino costero del sudoeste de Inglaterra. Más concretamente, desde Minehead hasta Poole: 630 millas, lo que equivale a unos 1.014 kilómetros, que se dice pronto. Y tengo los pies y la espalda molidos.
El libro en cuestión es El sendero de la sal, de la escritora Raynor Winn, publicado recientemente por Capitán Swing.
El sendero al que hace referencia el título bordea la zona costera de los condados de Somerset, Devon, Cornualles y Dorset, repleta de bahías y de calas ocultas donde, en el siglo XVIII y principios del XIX, los contrabandistas trapicheaban con encaje, té, alcohol y tabaco para salvar los desorbitados impuestos a las importaciones. Para tratar de impedirlo y vigilar mejor la costa, la Guardia Preventiva de Aduanas creó aquellos caminos de patrulla que hoy recorren los senderistas.
Recientemente había leído sobre ese camino en Una historia del mundo en 500 rutas (Editorial Blume), y aún tenía presente las palabras de su autora, Sarah Baxter:
Se trata de un largo y sinuoso desfile de pueblos costeros refugiados en puertos naturales, colinas cubiertas de tojos, arenas doradas y promontorios rocosos que se asoman al mar. Algunos puntos de la ruta están abarrotados en verano, pero lo mejor del Camino Costero es que basta con caminar hasta salvar el siguiente cabo para dejar atrás a los turistas. Hecho esto, solo quedarán usted, el aroma del salitre y los helechos, el trino de los pájaros y el camino que serpentea frente a sus pies. Si observa las olas, incluso es posible que vea una foca o un tiburón danzando en el agua.
Una historia del mundo en 500 rutas y El sendero de la sal Fotografía: Pedro Delgado
El libro de Raynor Winn es una novela de no ficción que nos demuestra que el crecimiento se encuentra al otro lado de la desesperación, y que estoy seguro será llevada al cine.
De crío devoré un libro increíble que llevaba por título La ley de Murphy, en el que un tal Arthur Bolch exponía una serie de leyes y sentencias. Aquello era una humorada, pero a esa edad algunas de sus leyes me parecían tan consistentes como las de Einstein.
Creo que era la primera ley de Murphy la que decía que «si algo puede salir mal, saldrá mal», y la segunda que «si algo va mal, siempre puede ir a peor». Conmigo no fallaba la de la tostada, que siempre caía por el lado untado de mantequilla y mermelada.
No sé si Raynor Winn y su marido Moth conocerán este libro, pero lo cierto es que en cuestión de días el tal Murphy se cebó con ellos. Primero, el desahucio por una mala inversión, y a continuación, un diagnóstico médico aterrador: Moth sufre una degeneración corticobasal, una rara enfermedad cerebral degenerativa que afecta al área del cerebro que procesa la información y las estructuras cerebrales que controlan el movimiento. Dicho en plata, que acabaría sus días postrado en una cama ahogado por su propia saliva. Ante ese panorama, ¿qué hacer?
«Podríamos caminar», pensó Raynor Winn, inspirada por Five Hundred Miles Walkies (Caminatas de quinientas millas), el libro que había leído con veinte años, sin pensar que no es lo mismo preparar una mochila con cincuenta años que con veinte, y que tendrían que caminar mil catorce kilómetros por un camino que en muchos tramos no tiene más de treinta centímetros de ancho.
Volví a leer Five Hundred Miles Walkies y me repetí a mí misma que podíamos hacerlo. Mark Wallington había recorrido el Sendero de la Costa Sudoeste con una mochila prestada y un perro zarrapastroso. Podíamos hacerlo, sin problemas.
Raynor tampoco se paró a pensar que Mark Wallington tenía veinte años cuando realizó el camino, y no cincuenta como ellos.
–Pero ¿qué estás diciendo, mamá? ¿Te has vuelto loca? ¿Y si se cae por un acantilado? –La voz de Rowan me devolvió a la realidad–. No tenéis dinero, ¿qué vais a comer? ¿De verdad crees que podéis pasar el resto del verano en una tienda de campaña? ¿Cómo? Pero si hay días en los que papá casi ni puede levantarse de la silla. ¿Qué pasará si le da un ataque en un acantilado? ¿Dónde vais a campar? ¿Sabes cuánto cuesta un camping? ¿Se lo has contado a Tom?
Desoyendo a su hija, y con las cuarenta y ocho libras semanales del subsidio del gobierno, una tienda de campaña que compraron poreBay, dos mochilas y dos sacos de dormir ultraligeros que compraron en Tesco por cinco libras cada uno, Raynor y Moth se lanzaron a la aventura. En el bolsillo de la pierna de los pantalones, una guía: The South West Coast Path: From Minehead to South Haven Point, de Paddy Dillon, el Speedy González del camino.
La guía de Maddy Dillon (The South West Coast Path) Fotografía: Penguin
La Ley de Vagancia de 1824, a pesar de las modificaciones sufridas a lo largo de los años, aún sigue parcialmente en vigor hoy día en Inglaterra, incluyendo en la categoría de «maleantes y vagabundos» a «toda persona que no hace otra cosa que deambular y se aloja en un granero o cobertizo, o en un edificio abandonado o desocupado, o al aire libre, o dentro de una tienda de campaña, o en un carro o vagón, sin tener ningún medio visible de subsistencia y sin estar registrada su situación», así que aquel verano Moth y Raynor se unieron a las filas de maleantes, vagabundos y holgazanes, acampando al aire libre y alimentándose principalmente a base de té y fideos, sintiendo en su piel el rechazo a los sintechos.
Quizás la pareja pensaba en otra ley de Murphy, la que dice que «No se puede saber cuál es la profundidad de un charco hasta que no se ha metido el pie en él».
Las multitudes disminuían a medida que nos acercábamos al monumento de las gigantescas manos de metal sujetando un mapa que marca el inicio del sendero. Nos quedamos en el monumento más tiempo del previsto haciendo fotos, reorganizando las mochilas, tratando de convencernos para dar ese primer paso. Emocionados, asustados, sin hogar, gordos, moribundos, pero, por lo menos, si dábamos aquel primer paso, tendríamos un sitio adonde ir, un propósito. Realmente, a las tres y media de la tarde de un jueves, no teníamos nada mejor que hacer que empezar un recorrido de mil catorce kilómetros.
Escultura de Sarah Ward en Minehead Inicio del sendero de la costa sudoeste de Inglaterra Fotografía: Pinterest ArtPolitika
***
Frío por arriba, frío por los costados, frío por abajo. ¿Qué es lo que permite que un saco de dormir sea ultraligero? Nos quedó muy claro a las cuatro de la mañana, bajo la luz gris azulado de la tienda. A medida que el frío nos devoraba, comprendimos que el saco era ultraligero porque el aislamiento era menor, muchísimo menor.
***
Las primeras veces que nos habían preguntado cómo era que disponíamos de tanto tiempo libre para caminar hasta tan lejos, habíamos contestado la verdad: «Porque no tenemos un hogar, lo hemos perdido, pero no ha sido culpa nuestra. Vamos viendo adónde nos lleva el camino». La gente se apartaba y se quedaba tan impresionada que hasta se olvidaba de respirar. Siempre que pasaba esto, la conversación terminaba abruptamente cuando nuestros interlocutores se alejaban de nosotros a toda velocidad. Así que tuvimos que inventar una mentira que resultase más aceptable. Para ellos y para nosotros. Les decíamos que habíamos vendido nuestra casa con el propósito de vivir una aventura de madurez y que íbamos allí donde nos llevara el viento. (...) Esto provocaba resoplidos de «¡Guau!, ¡fantástico!, ¡inspirador!». ¿Qué diferencia había entre una historia y la otra? Solo una palabra, pero una que a ojos de la opinión pública lo cambiaba todo: vendido. Podíamos no tener un hogar después de haberlo vendido y haber metido el dinero en el banco. Eso era inspirador. O podíamos no tener un hogar después de haberlo perdido y habernos convertido en pobres y en unos parias sociales. Elegimos la primera opción. Con ella era más sencillo mantener conversaciones superficiales; más fácil para los demás, pero también para nosotros.
Lo que no pierden Raynor y su marido es el sentido del humor, ese humor británico tan característico.
Bordeamos la punta y pasamos por el monumento en recuerdo a «los caídos». Estaba demasiado cansada para sacar las gafas y ponerme a leer toda la placa, así que no comprobé si había sido erigido para los caídos en la guerra, para los que se habían caído por el acantilado o para nosotros, caídos de la sociedad, de la esperanza, de la vida.
***
Estábamos desmontando la tienda cuando vimos que un grupo de ancianos en pantalón corto tipo cargo venía hacia nosotros con paso decidido.
–Prepárate. Estamos a punto de recibir nuestra primera regañina por acampar donde no se debe.
Moth puso su mejor "cara de amigo de los abuelitos" mientras yo intentaba mirar para otro lado.
–¿Dónde está el Sendero de la Costa? –exigió jadeante un hombre que tenía la cara roja y respiraba entrecortadamente.
–Estáis en él.
–No, no es esto. El Sendero de la Costa está en la costa. Vamos a caminar hasta Tintagel.
–El sendero es este. No está en la playa, está aquí, en el acantilado.
–Bien. ¿Hay más colinas como esa de ahí?
–Seis o siete. No lo sé, he perdido la cuenta.
–Muy bien. Pues entonces ya nos podemos ir olvidando.
Dieron media vuelta y se fueron refunfuñando y pisando fuerte por donde habían venido.
–Debería llamarse Sendero de los Acantilados, no Sendero de la Costa.
***
Raynor Winn y Moth. Fotografía: Penguin
Nos sentamos a la entrada de la tienda metidos en los sacos de dormir hasta que se fue la luz y, con ella, el último de los surfistas. La marea se alejó y, cuando parecía como si dudara antes de regresar, llegaron las aves y reclamaron la playa vacía para ellas solas. Para corretear y llamarse unas a otras durante la noche, entre la arena y el agua.
Después de esas líneas tan poéticas, quiero cerrar esta entrada con una estrofa de The Stone Beach, poema de Simon Armitage, con el que confundían a Moth durante una parte del camino, unas líneas para recordar en la playa el próximo verano:
«Spoilt for choice - which one to throw,
which to pocket and take home».
«Difícil elección: cuál tirar,
cuál guardar en el bolsillo y llevar a casa».
Simon Armitage,
«The Stone Beach»
El sendero de la sal, de Raynor Winn (Capitán Swing) Fotografía: Lucía Rodríguez
Nota: La gaviota que aparece en la fotografía que abre esta entrada pertenece al Museo de Ciencias Naturales del instituto Nuestra Señora de la Victoria de Málaga (Martiricos), y fue disecada por Manuel Garrido Sánchez, encargado también de la conservación de la colección del museo.
Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer (Ed. Capitán Swing) Fotografía: Lucía Rodríguez
Los insectos, las plantas, las bacterias, los hongos, los pájaros, nos rodean como una comunidad en la que cada uno sostiene a todos los demás y sobre la cual nosotros no tenemos ningún derecho de soberanía, igual que no tenemos ningún derecho a volver inhabitable el mundo para nuestros descendientes.
Antonio Muñoz Molina
A veces uno llega a un libro por una cosa y se queda a vivir en él durante un tiempo por otras. Eso fue lo que me ocurrió con Una trenza de hierba sagrada (Editorial Capitán Swing), de la botánica, escritora y profesora Robin Wall Kimmerer, una anishinabekwe de la tribu potawatomi.
Amante de los pueblos nativos americanos, comencé a leer por el saber indígena que anunciaba el subtítulo, pero seguí leyendo porque la autora empezó a hablarme de cosas que me incumbían y me preocupaban. Cosas que podrían parecer mundanas, pero que para mí eran capitales. Por ejemplo, que mi hijo se vaya a estudiar dirección cinematográfica a Barcelona con tan solo 18 años. No siento miedo porque le pueda pasar algo lejos de casa, sino desazón por tener que separarnos durante todo un curso. ¡Tres cursos! Llevaba semanas mascullando lo mucho que lo iba a echar de menos, cuando de pronto, como por arte de magia, me encontré con un capítulo que lleva por título El consuelo del nenúfar, y que contiene estas líneas:
Se marchó antes de que me diera cuenta, mucho antes de que el estanque fuera apto para el baño. Mi hija Linden decidió abandonar estas aguas tranquilas y echarse a la mar de una facultad lejos de casa, en tierras de secuoyas.
(…) Sabía que ocurriría desde el momento en que la sostuve entre mis brazos: cada centímetro que creciera a partir de entonces sería también un centímetro que se alejaría de mí. Es la injusticia esencial de la paternidad y la maternidad: realizar bien nuestro trabajo implica ver cómo el vínculo más profundo que jamás podremos crear se irá de nuestro lado sin mirar atrás. Sabemos qué tenemos que hacer. Aprendemos a decir: «Pásalo muy bien, cariño», aunque todo lo que deseemos sea traerlos de nuevo a nuestro lado, a la seguridad. Y en clara contradicción con los imperativos evolutivos que benefician la protección de nuestras reservas genéticas, les dejamos las llaves del coche. Y les damos libertad. Esa es nuestra labor. Yo quería ser una buena madre.
Me sentía feliz por ella, que comenzaba una nueva aventura, claro, pero también triste por mí misma, que tenía que soportar la agonía de echarla de menos. El consejo de los amigos que ya habían pasado por lo mismo fue que recordara las cosas que no iba a extrañar. Me alegraba de no tener que pasar noches en vela pensando en las carreteras nevadas y aguardando el sonido de las ruedas en la entrada justo un minuto antes del toque de queda. Los deberes sin terminar y el frigorífico que se vaciaba misteriosamente.
(…) Recuerdo la época en que les daba el pecho. Recuerdo la primera vez que les di de comer, la larga y profunda succión con que tomaron el alimento de mi pozo interior, que se llenaba con sus miradas. Supongo que debo alegrarme de no tener que alimentar tanto, preocuparme tanto. Pero lo voy a echar de menos. No voy a echar de menos la colada en sí, claro, pero es difícil decirle adiós a la urgencia de esas miradas, a la presencia de nuestro amor recíproco.
La Hierochloe odorata, que los pueblos nativos americanos llaman wiingaashk, el cabello de dulce aroma de la Madre Tierra, no es una especie extendida en ámbitos geográficos castellanohablantes, por lo que no existe un nombre común generalizado para ella. Algunos la llaman hierba de búfalo, hierba bisonte, hierba dulce, hierba santa o hierba sagrada. En referencia a su etimología griega y a su condición de planta ceremonial entre los pueblos indígenas americanos, es el último nombre el elegido por el traductor, David Muñoz Mateos, para el título de este libro: Una trenza de hierba sagrada.
(…) fue la primera planta que creció sobre la Madre Tierra y por eso la trenzamos, como si se tratara del cabello de nuestra propia madre: así le demostramos el amor y el cuidado con que la trataremos.
La trenza, como las que le hacían a mi hermana (recuerdo lo mucho que protestaba cuando mi madre le tiraba del pelo para que quedaran prietas), es también una especie de metáfora del libro pues lo que nos ofrece su autora es un caleidoscopio de ensayos que buscan restablecer la salud de nuestra relación con el mundo, mostrarnos que es posible «establecer otra relación no depredadora ni destructiva con el mundo natural». Y al igual que separamos el pelo en tres partes para trenzarlo, los textos están tejidos con esos tres ramales a los que hace referencia el subtítulo: los saberes indígenas, el conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas.
Se trata de imbricar la ciencia, el espíritu y los relatos: viejos relatos y nuevos relatos que puedan ser remedios para nuestra relación con la tierra, rota; una farmacopea de historias senadoras que nos permitan imaginar una relación diferente donde la gente y la tierra se cuiden y sanen su dolor mutuamente.
Ganador del Sigurd F. Olson Nature Writing Award en 2014, es este un libro para reconciliarnos con la naturaleza y celebrar nuestra relación con las plantas y los animales, nuestros maestros más antiguos.
Guardián, 1967. Obra de Cecilia Vicuña. Concón (Chile)
No hace mucho, o quizá hace mucho, leí una entrevista a la artista, poeta y activista Cecilia Vicuña (Chile, 1948), en la que el periodista, tras calificarla como una gran defensora del pensamiento indígena, le preguntaba qué nos perdíamos los que no lo conocíamos. «La multidimensionalidad», respondió ella. «El pensamiento occidental es muy reduccionista y va coartando las posibilidades imaginativas y de conexión del ser humano con los otros seres y con las otras dimensiones. La física cuántica, que tanto me interesa, sí que avanza en la aceptación de múltiples realidades, pero el reduccionismo occidental ha intentado liquidar el acceso a las mismas, cuando el cerebro humano no es así». Este pensamiento me asaltó numerosas veces durante la lectura de este libro, pues a través del saber indígena, Robin Wall Kimmener «nos muestra cómo otros seres vivos nos ofrecen regalos e importantes lecciones, incluso aunque hayamos olvidado cómo escuchar sus voces». La idea central que despliega Robin Wall en sus páginas es que «el despertar de una conciencia ecológica requiere el reconocimiento y la celebración de nuestra relación recíproca con el resto del mundo viviente. Solo cuando podamos escuchar los lenguajes de otros seres seremos capaces de comprender la generosidad de la tierra y aprender a dar nuestros propios dones a cambio».
Higuera camino de Almogía. Fotografía: Pedro Delgado
Al hilo de esto, les contaré que cada vez que salgo con la bicicleta hacia Almogía me cruzo con una enorme higuera enraizada a la vera de un arroyo. Pues bien, durante este mes de agosto, al pasar junto a ella de vuelta a casa, me bajaba de la bicicleta, desanudaba una bolsa del manillar y la llenaba de higos negros que, con sus grietas en la piel, parecían a punto de reventar. Tenían un sabor dulce delicioso, así que sólo cogía los que estaban ligeramente blandos al tacto, dejando los duros en las ramas para más adelante. En ningún momento le di las gracias a aquella higuera por sus frutos. Fue leyendo a Robin Wall Kinmerer como tomé conciencia de que debía corresponder a esa generosidad. Para el verano que viene lo tengo claro, y cuando me acerque a esos higos que me gritan ¡LLÉVAME A CASA!, deberé resistir la tentación de obedecer de inmediato y acercarme a la higuera como la autora me ha enseñado. Primero me presentaré y le pediré permiso para la recolección, y al terminar, en agradecimiento por compartir sus dones conmigo, vaciaré lo que quede de mi botellín de agua junto a su tronco y la ayudaré a diseminar sus semillas.
El reglamento de la Cosecha Honorable no está escrito en ningún sitio. Ni siquiera puede considerarse un conjunto sistemático de reglas. Se trata, más bien, de una serie de prácticas definidas en el día a día. Pero si hubiera que hacer una lista, sería algo parecido a esto:
Conoce las costumbres y necesidades de quienes cuidan de ti, para poder cuidar tú de ellos.
Preséntate. Que te conozcan como aquel o aquella que viene a buscar la vida.
Pide permiso antes de tomar nada. Acata la respuesta.
Nunca te lleves el primero. Nunca te lleves el último.
Toma solo lo que necesites.
Toma solo aquello que se te ofrece.
Nunca tomes más de la mitad. Deja algo para los demás.
Cosecha de manera que el daño sea el menor posible.
Utilízalo de forma respetuosa. Nunca desperdicies lo que has tomado.
Comparte.
Da las gracias por aquello que se te ha dado.
Haz un obsequio para corresponder a lo que has tomado.
Sé sostén de aquellos que te sostienen y la tierra durará para siempre.
***
Nanabozho, ilustración de R.C. Armour
El anciano anishinaabe Basil Johnston cuenta la historia de cuando nuestro maestro Nanabozho se encontraba en el lago, como tantas otras veces, intentando pescar algo para cenar con una cuerda y un anzuelo. Entre los juncos se le acercó Garza, con las patas en zigzag y el pico como un arpón. Garza era, además de gran pescador, un amigo generoso, y enseñó a Nanabozho un método de pesca que le haría la vida mucho más fácil. Le advirtió también que no debía coger demasiados peces, pero Nanabozho ya estaba pensando en el festín que se iba a dar. A la mañana siguiente salió temprano y en poco tiempo había llenado un cesto, tan grande que apenas podía con él y con más pescado del que podía comer. Limpió todos los peces y los puso a secar en estantes de madera, fuera de casa. Al día siguiente, aún con el estómago lleno, volvió al lago y repitió lo que le había enseñado Garza. «Ah –pensó, transportando las capturas a su casa–, he de tener comida suficiente para el invierno».
Día tras día volvió Nanabozho a colmar el cesto. A medida que el lago se vaciaba de peces, sus estantes de secado se llenaban y enviaban un delicioso aroma al bosque, donde Zorro se relamía. Regresó una vez más al lago, henchido de orgullo. Ese día sus redes salieron vacías y Garza lo miró decepcionado desde el cielo. Al volver a casa, aprendió una lección muy valiosa: nunca hay que tomar más de lo que uno necesita. Los estantes de madera estaban volcados en el suelo y el pescado había desaparecido.
«¿Acaso no somos los reyes de la creación, la especie más importante de todas?», le preguntaron una vez al astrofísico y filósofo Juan Arnau. Su respuesta la he guardado entre las páginas de Una trenza de hierba sagrada. Despliego de nuevo el recorte del periódico y la leo una vez más.
Somos parte de la naturaleza. Esto es fundamental entenderlo y vivirlo. Deberían poner en todas las escuelas Dersu Uzala, la película de Kurosawa. Sin un sentimiento de pertenencia al orden natural, la humanidad está perdida y la ciencia desvaría. En civilizaciones tecnológicas como la nuestra, que detentan el enorme poder de la ciencia, las consecuencias pueden ser devastadoras. Si acabamos con la naturaleza estamos acabando con nosotros mismos. De ahí que la ciencia deba ir de la mano de las humanidades, en lugar de ir de la mano del poder político.
Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer (Ed. Capitán Swing) Fotografía: Lucía Rodríguez
Tradicionalmente, las trenzas de hierba sagrada se entregan en señal de gratitud y bondad; de la misma manera, debemos regalar este libro.
Nota: Los textos a color pertenecen a Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, traducido por David Muñoz Mateos y editado por Capitán Swing en febrero de 2021.
Incendio en la librería Proteo. Fotografía: Pedro Delgado
Desastre, en su primera acepción: 1. m. Desgracia grande, suceso infeliz y lamentable, es la palabra que mejor define lo sucedido en la librería Proteo de Málaga.
Desde tiempos inmemoriales los desastres han destruido o modificado los lugares que habitamos y amamos, pero uno ve las llamas tras los ventanales en los vídeos de internet, o los efectos del incendio in situ, y siente cómo se le sobrecoge el ánimo.
Incendio en la librería Proteo. Fotografía: Pedro Delgado
La escritora Lucy Jones, en su libro Desastres. Cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia, de la editorial Capitán Swing, nos brinda la esperanza de que si perseveramos, tras una desgracia, conseguiremos salir adelante. Por eso toda la comunidad de lectores y amigos de Proteo y Prometeo se han puesto manos a la obra para que no desaparezca este lugar que tanto amamos; para que Jesús Otaola (ese hombre bueno sobre todas las cosas), y todos los empleados de ese templo laico recuperen lo antes posible la normalidad.
Fotografía: Facebook Librería Proteo
Si quieres apoyarlos, compra libros a través de su página web (os los harán llegar a cualquier parte) y participa en las actividades que organicen. También admiten donaciones.
#TodosConProteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Firma de María Dueñas en la puerta de la librería Proteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Gala Solidaria a beneficio de Librería Proteo y Prometeo Imagen: Facebook Librería Proteo
Firma de Rosa Montero en la puerta de la librería Proteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Firma de Jesús Carrasco en la librería Proteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Frima de Irene Vallejo en la librería Proteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Firma de Antonio Soler en la librería Proteo Imagen: Facebook Librería Proteo
Nota: Por su 50 aniversario les conté qué significa para mí esta librería, a la que llegué de la mano de mi padre. Pueden leer el artículo clicando en el enlace.
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
No es este un libro oportunista nacido a la sombra de la pandemia, pues fue escrito mucho antes de que la covid-19 viniera a alterar nuestras vidas –ganó el National Outdoor Book Award en 2010–; sin embargo, hay una cita, unas líneas en el prólogo y un mensaje en sus páginas, que parecen premonitorios.
«Los virus constituyen piezas fundamentales del entramado de la vida».
Luis P. Villareal
***
Diez días de fiebre con un dolor que me martillea la cabeza. Urgencias. Análisis. Nunca he estado tan enferma. Ni la neumonía que pasé de niña ni la mononucleosis del instituto fueron nada en comparación con esto.
[…] empiezo a caer en una profunda oscuridad y sigo cayendo hasta estar increíblemente lejos. No puedo volver; no puedo llegar hasta mi cuerpo. La lejana sirena de una ambulancia. Los lejanos sonidos de la conversación de los médicos. Los párpados me pesan como piedras. Intento abrirlos un poco, solo unos segundos, pero vuelven a cerrarse en contra de mi voluntad. Lo único que puedo hacer es respirar.
Los médicos sabrán qué hacer para curarme. Arreglarán esto. Sigo respirando. ¿Y si dejo de respirar? Necesito dormir, pero me da miedo hacerlo. Intento velar por mí. Si me duermo, puede que nunca despierte.
A la edad de treinta y cuatro años, durante un breve viaje a Europa, un misterioso patógeno vírico o bacteriano se instaló en el cuerpo de Elisabeth Tova Bailey, la autora de El sonido de un caracol salvaje al comer. Y si bien su nombre es un seudónimo, su historia es totalmente verídica.
La ensayista y escritora de cuentos Elisabeth Tova Bailey (Estados Unidos)
Elisabeth pensaba que era indestructible, que, si le pasaba algo, la medicina moderna la curaría. Pero no lo hizo. Aquel virus le provocó graves síntomas neurológicos que, tras una serie de recaídas, terminaron por postrarla en una cama.
Unas nuevas pruebas más sofisticadas, revelaron que la mitocondria de mis células no funcionaba correctamente y que se habían producido daños en mi sistema nervioso autónomo; todas las funciones que no se controlan conscientemente, como la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la digestión, estaban descontroladas.
***
Cuando el cuerpo se vuelve inútil, la mente sigue corriendo como un sabueso a lo largo de unas ya trilladas pistas de neuronas, siguiendo el rastro de las preguntas que se repiten: la confusa familia de los porqués, los qués y los cuándos, y su extremadamente alejado familiar el cómo. [...] Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certicumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio. El tiempo que no se utiliza y solo se soporta también desaparece, como si el propio tiempo estuviera muriéndose de hambre y se tragara cada día de un solo bocado, sin dejar migajas ni recuerdos ni ningún rastro de él.
Dice otra cita del libro, en este caso de la enfermera Florence Nightingale, que «una pequeña mascota es, a menudo, un excelente compañero». Mi sobrina Guadalupe podría corroborarlo, pues además de dos pájaros, tres gatos y un pequeño pez azul, tiene unos cuantos caracoles de mascota. La autora decidió llamar al suyo simplemente «el caracol», pero Guadalupe, mientras les ponía una hoja de lechuga en una caja de zapatos con la tapa agujereada, los bautizó con el nombre de Gari, Marri, Manchita, Mar, Nieve, Rosi y Estrella. Ella dice que son como sus hijos.
Guadalupe Delgado con sus caracoles Fotografía: Lucía Rodríguez
Pues bien, a nuestra protagonista le regalan un caracol que vendrá a hacerle compañía y a cambiarle la existencia.
Al principio de la primavera, una amiga mía fue a dar un paseo por el bosque y, al fijarse en el sendero, a sus pies vio un caracol. Lo cogió, lo colocó con cuidado sobre la palma de la mano y volvió al estudio en el que yo estaba convaleciente. Vio que había unas violetas silvestres al borde del césped. Fue a por una pala de jardinería, sacó unas cuantas violetas con tierra, las trasplantó a una maceta de terracota y colocó al caracol debajo de las hojas. Entró al estudio con la maceta y la dejó junto a mi cama.
–Me he encontrado un caracol en el bosque. Lo he traído y está justo aquí, debajo de las violetas.
–¿Ah, sí? ¿Por qué lo has traído aquí?
–No sé. Pensé que te gustaría.
–¿Está vivo?
Mi amiga cogió la concha marrón del tamaño de una bellota y miró dentro.
–Creo que sí.
[…] Mi amiga me dio un abrazo, se despidió y se fue.
***
Las violetas silvestres de la maceta junto a mi cama estaban frescas y llenas de vida, al contrario de lo que ocurría con el típico ramo de flores que me traían otros amigos. Esas flores solo duraban unos cuantos días y dejaban tras de sí un agua turbia y maloliente en el jarrón. Cuando era joven me ganaba la vida como jardinera, así que me alegraba tener este trocito de jardín junto a mi cama. Incluso podía regar las violetas con el vaso que usaba para beber.
Pero ¿qué hacer con este caracol? ¿Qué podía hacer con él? Por pequeño que fuera, estaba ocupado con sus cosas cuando lo cogieron del suelo. ¿Qué derecho teníamos mi amiga y yo a trastocar su vida? Aunque tampoco era capaz de imaginar el tipo de vida que tendría un caracol.
[...] Durante el resto del día el caracol se quedó dentro de su concha y yo estaba tan exhausta tras la visita de mi amiga que no volví a pensar en él.
***
Durante varias semanas, el caracol vivió en la maceta a solo unos pocos centímetros de mi cama, durmiendo debajo de las hojas de violeta durante el día y explorando los alrededores por la noche. Cada mañana, mientras yo desayunaba, él volvía a subir a la maceta y se echaba a dormir en el pequeño hueco que había hecho en la tierra. Aunque habitualmente el caracol dormía durante todo el día, era reconfortante echar una mirada a las violetas y ver su pequeña forma circular oculta bajo una hoja.
Al final de la tarde, el caracol se despertaba y, con una asombrosa elegancia, avanzaba graciosamente hasta el borde de la maceta y se asomaba por encima para estudiar, una vez más, el extraño terreno que lo rodeaba. Ponderaba sus circunstancias con un aire regio, como encaramado en lo alto del torreón de un castillo, y agitaba sus tentáculos primero a un lado y después al otro, como contestando a una distante melodía.
Cada pocos días regaba las violetas con agua del vaso que utilizaba para beber y el agua sobrante se colaba hasta el platillo que había debajo de la maceta. Esto siempre despertaba al caracol, que se deslizaba hasta el borde de la maceta y se asomaba a mirar, ondeando sus tentáculos con suavidad, obviamente encantado, antes de abrirse camino hasta el platillo para beber. A veces, después de beber, empezaba de nuevo a subir por la maceta, aunque se paraba a medio camino y se quedaba dormido otra vez. Se despertaba cada poco tiempo y, sin moverse de sitio, estiraba su cuello hasta el agua y tomaba un buen trago.
***
Observarlo deslizarse de un sitio a otro me distraía, y constituía una especie de meditación. Mis a menudo frenéticos y frustrados pensamientos se iban calmando gradualmente hasta ajustarse a su ritmo tranquilo y suave. Con su movimiento fluido y misterioso, el caracol era el maestro de taichí por excelencia.
Terrarium. Fotografía: Stacey Cramp
La cuidadora de la autora le buscó un acuario rectangular de cristal, y lo convirtió en un espacioso terrario con plantas del bosque del caracol, un lugar más seguro y más natural que la maceta para su diminuta mascota. Y a medida que Elisabeth empezó a obervar y a familiarizarse con su gasterópodo, comenzó a estudiarlo. Se leyó un libro de tapa blanda publicado varias décadas antes titulado Odd Pets (Mascotas extrañas), de Dorothy Horner, y los doce volúmenes de The Mollusca (Los moluscos), y escribió este ameno y encantador ensayo sobre estas criaturas de cuerpo blando que carecen de espina vertebral y arrastran la casa a cuestas; en el que igual tiene cabida un comentario sobre sus abuelos, médicos misioneros en Birmania, que un relato de Patricia Highsmith sobre los caracoles gigantes carnívoros de Kuwa.
Los grises y polvorientos volúmenes pesaban tanto que tenía que apoyarlos contra otros libros y tumbarme de lado para leerlos. A medida que los leía pausadamente, un poco cada día, fui descubriendo que en todas las disciplinas científicas, desde la biología y la fisiología hasta la ecología y la paleontlogía, había muchísima información sobre los gasterópodos. Era asombrosa la abundancia de detalles, desde los compejos patrones de sus dientes hasta la bioquímica del proceso de fabricación de la baba y los detalles íntimos de la vida amorosa específica de su especie. No obstante, incluso en los numerosos volúmenes de The Mollusca, faltaba un cierto punto de vista sobre la vida del caracol. Y entonces descubrí a los naturalistas del siglo XIX, esas almas intrépidas a las que no les suponía ningún problema pasar innumerables horas en el campo observando a sus diminutas criaturas. También encontré poetas y escritores que, en algún momento de su vida, se habían sentido atraídos por la vida del caracol.
Estrella Fotografía: Guadalupe Delgado
Es este un libro muy especial, con un título que a priori da para un What the fuck?, pero que termina resultándonos de lo más apropiado.
Escuché atentamente. Podía oírlo comer. Era como el sonido de alguien minúsculo masticando apio sin descanso. Lo observé, paralizada, mientras –durante el curso de una hora– el caracol se comía meticulosamente un pétalo morado entero para cenar.
Después de leer esta joyita, y aprender sobre la espiral de su concha, la mucosidad de su cuerpo, sus órganos vitales y sus sentidos, el cortejo, el apareamiento y la puesta de huevos, entre otras tantas cosas, no puedo evitar seguir el brillo de los múltiples rastros plateados que dejan los caracoles tras una noche de lluvia en las baldosas de barro del porche. Y miro si descansan en algún mullido hoyito bajo una hoja seca o colgado del vacío en la hoja, arqueada por el peso, de algún helecho, los mismos que florecían en el terrario y que la autora veía desplegarse a un ritmo indetectable, pues yo también soy un amante de los helechos Polypodium, con sus imberbes brotes aún enrollados con forma de cabeza de violín, y tengo unas cuantas macetas con ellos en casa.
Helecho Polypodium Fotografía: Lucía Rodríguez
En varias ocasiones tuve la suerte de verlo acicalándose; arqueaba el cuello por encima de la parte superior curvada de su propia concha y limpiaba cuidadosamente el borde con la boca, como un gato se lame el pelaje de la parte posterior del cuello.
***
Yo, con mis escasos treinta y dos dientes en la edad adulta, que además tenían que durarme toda la vida, descubrí que sentía envidia de los dientes de mi compañero gasterópodo. Me parecía mucho más razonable pertenecer a una especie que había evolucionado para reemplazar sus dientes de manera natural que pertenecer a una especie que había inventado la profesión de dentista.
Para mi sorpresa, buscando la fotografía de la autora, me he topado con el trailer del corto que ella misma ha escrito y dirigido. Un corto de quince minutos, titulado igual que el libro, que está causando sensación en los festivales en los que se proyecta.
También os dejo el trailer del libro; aunque está en inglés, podréis escuchar al inicio el sonido amplificado de un caracol al comer.
Por último, deciros que en la página de la escritora (www.elisabethtovabailey.net) podéis encontrar una guía para trabajar con los alumnos, aunando la asignatura de ciencia con la de Lengua y Literatura.
Nota: Todos los textos a color pertenecen a El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey, editado por Capitán Swing con una traducción de Violeta Arranz.
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
«El sonido de un caracol salvaje al comer es un ensayo ligero y de una belleza honesta sobre la enfermedad, la recuperación y cómo a veces son las pequeñas cosas que ocurren en nuestras vidas las que nos hacen darnos cuenta de lo que realmente importa y de quiénes somos. Un extraordinario y profundamente conmovedor viaje de supervivencia y capacidad de recuperación, destinado a convertirse en un clásico que nos muestra cómo una pequeña parte del mundo natural puede iluminar nuestra propia existencia humana, a la vez que proporciona una apreciación de lo que significa estar plenamente vivo».
Capitán Swing
P.D: Si les gustó la reseña, los animo a hacerse seguidores del blog y a suscribirse al mismo a través del correo electrónico.
México insurgente, de John Reed Capitán Swing/Nórdica Libros
Aprovechando unos días de confinamiento por un contacto directo con un portador del virus, me he leído México insurgente, del periodista y activista estadounidense John Reed, del que se celebró el centenario de su muerte el pasado mes de octubre. Una lectura que para mí, que en un momento de mi vida quise ser reportero, ha supuesto todo un Máster en Periodismo.
México insurgente, de John Reed Fotografía: Lucía Rodríguez
México insurgente es la crónica de la Revolución Mexicana que lideró Pancho Villa en 1910 (la rebelión del norte de México contra los terratenientes ricos para redistribuir la tierra entre los pobres que la trabajaban) contada por John Reed de primera mano en una serie de artículos que aparecieron en el Metropolitan Magazine y el New York World. Un título reeditado ahora con sumo gusto por Capitán Swing y Nórdica Libros, con una excelente traducción de Íñigo Jáuregui y una interesante propuesta gráfica de Alberto Gamón, con una geometría peculiar que trae ecos de los murales sobrios y contundentes de Diego Rivera, y que siempre va al hilo de lo que se va leyendo en las páginas.
«El libro se lee como una novela; mejor dicho, con más interés, puesto que todo ha nacido de la vida misma».
Revista de la Universidad de México
Ilustración de Alberto Gamón México insurgente, de John Reed Capitán Swing / Nórdica Libros
Del caracter valiente e intrépido de su autor nos damos cuenta nada más empezar a leer, cuando cruza el río Bravo desde el lado estadounidense para entrevistar al general Mercado en el pueblo de Ojinaga.
Se podían ver las casas de adobe de Ojinaga, cuadradas y grises, y algunas cúpulas orientales de viejas iglesias españolas. Era una tierra tan desolada y desprovista de árboles que uno esperaba ver minaretes. Durante el día, los soldados federales vestidos con andrajosos uniformes blancos pululaban por allí cavando trincheras sin orden ni concierto, pues se rumoreaba que Villa y sus victoriosos constitucionalistas venían de camino. […]
Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Eso era todo lo que quedaba del ejército de diez mil hombres comandado por Mercado y de los cinco mil que Pascual Orozco había llevado al norte como refuerzo desde Ciudad de México. De esos tres mil quinientos, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno coroneles y once generales.
Yo quería entrevistar al general Mercado, pero como un periódico había publicado algo que había molestado al general Salazar, este había prohibido la presencia de reporteros en la ciudad. Envié una respetuosa petición al general Mercado, pero la nota fue interceptada por el general Orozco, que la devolvió con la siguiente respuesta:
Estimado Señor:
Si pone los pies en Ojinaga, le llevaré contra un muro y con mi propia mano tendré el gusto de coserle la espalda a balazos.
A pesar de todo aquello, vadeé el río y me dirigí al pueblo.
Desde ese momento, ya deseamos calzarnos sus botas y vivir sus aventuras, cabalgando por el desierto con un centenar de andrajosos soldados constitucionalistas.
Pancho Villa (quinto desde la izq.) con algunos de sus hombres Hacienda Bustillos, marzo de 1911 Fotografía: Librería del Congreso.
Ante el rumor de que el general Tomás Urbina iba a salir al frente en dos días, John Reed se presentó con su español rudimentario en el pueblo de Las Nieves, donde vivía el militar.
El general no respondió a mis explicaciones. Me estrechó flojamente la mano y la retiró enseguida, pero no se levantó. Era un hombre robusto, de mediana estatura y la tez color caoba, con una barba rala hasta los pómulos que no ocultaba la amplia, delgada e inexpresiva boca, las enormes fosas nasales y los ojillos brillantes y divertidos como los de un animal. Durante al menos cinco minutos no los apartó de los míos. Saqué mis papeles.
–No sé leer –dijo de pronto el general, e hizo una seña a su secretario–. ¿Así que usted quiere venir conmigo a la batalla? –me soltó en su más bronco español–. ¡Hay muchas balas! –Permanecí callado–. ¡Muy bien! Pero no sé cuándo saldré. Quizás dentro de cinco días. ¡Ahora coma!
–Gracias, mi general, pero ya he comido.
–Vaya a comer –repitió tranquilamente–. ¡Ándele!
El general Urbina, ilustración de Alberto Gamón México insurgente, de John Reed Capitán swing/Nórdica Libros
***
En el patio el general hablaba con su amante, una hermosa mujer de aspecto aristocrático y voz como un serrucho. Al verme, se acercó y, tras estrecharme la mano, me dijo que le gustaría que le hiciera unas fotos. Le dije que ese era mi objetivo y le pregunté si creía que marcharía pronto al frente.
–Creo que dentro de unos diez días –contestó.
Empecé a sentirme incómodo.
–Agradezco su hospitalidad, mi general –le dije–, pero mi trabajo requiere estar donde pueda ver el avance a Torreón. Si no es inconveniente, me gustaría volver a Chihuahua para unirme al general Villa, que pronto saldrá para el sur.
Urbina, sin inmutarse, me espetó:
–¿Qué es lo que no le gusta de este lugar? ¡Está en su casa! ¿Quiere cigarrillos? ¿Aguardiente, sotol, coñac? ¿Quiere una mujer que le caliente la cama por la noche? ¡Puedo darle lo que pida! ¿Quiere una pistola? ¿Un caballo? ¿Dinero?
Sacó un puñado de dólares de plata y los arrojó tintineando a mis pies.
–En ninguna parte de México estoy tan contento y complacido como en esta casa –le dije, dispuesto a seguir adelante.
Durante la hora siguiente fotografié al general Urbina: el general Urbina de pie, con y sin sable; el general Urbina montado en tres caballos diferentes; el general Urbina con y sin su familia; los tres hijos del general Urbina, a caballo y en el suelo; la madre del general Urbina, y la amante de este; la familia al completo, armada con sables y revólveres, incluido el fonógrafo, traído para la ocasión, mientras uno de los niños sostenía una pancarta en la que ponía: «General Tomás Urbina R.»
Fotograma de la película Reed: México insurgente
***
Habíamos terminado de desayunar, y yo me estaba resignando a pasar diez días en Las Nieves cuando el general cambió repentinamente de opinión. Salió de su cuarto gritando órdenes. Cinco minutos después la casa era todo ajetreo y confusión. Los oficiales empaquetaban apresuradamente sus ponchos, los mozos y los jinetes ensillaban los caballos y los peones, armados con rifles, corrían de un lado para otro. Patricio enjaezó cinco mulas al gran carruaje, una réplica exacta de la diligencia de Deadwood. Un correo salió a toda prisa para convocar a la tropa, que estaba acuartelada en El Canotillo.
Último viaje de la famosa diligencia de Deadwood Fotogr.: John C. H. Gabrill, donada a la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.
[…] Luego llegó la tropa, levantando una irregular polvareda parduzca a lo largo de varios kilómetros en el camino. Al frente marchaba una figura achaparrada y morena, con la bandera mexicana ondeando sobre su cabeza. […] Llegaron galopando, entre gritos indios y el chasquido de revólveres, hasta que estuvieron a solo treinta metros. Entonces dieron un tirón a sus pequeños caballos para que estos frenaran en seco, con los hocicos ensangrentados, en medio de un confuso remolino de hombres, caballos y polvo.
Así era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran unos cien hombres, en todos los grados de pintoresco desaliño. Algunos llevaban petos, otros las chaquetas de charro de los peones, mientras que uno o dos lucían pantalones vaqueros ajustados. Unos pocos iban calzados, la mayoría llevaba sandalias de piel de vaca y el resto iba descalzo. […] Rifles enfundados en las sillas de montar, cuatro o cinco cartucheras en bandolera sobre el pecho, sombreros altos y de ala ancha, enormes espuelas que repiqueteaban al cabalgar y sarapes de colores brillantes atados por la espalda. Esos eran sus uniformes.
General Tomás Urbina
[…] de pronto Urbina salió por la puerta. Sin apenas mirar a su familia, saltó sobre su caballo gris y lo espoleó furiosamente hacia la calle. Juan Sánchez tocó su cascada corneta y la tropa, con el general al frente, tomó el camino de El Canotillo.
El general, la tropa y nuestro corresponsal marchan a la guerra, y con él nosotros –es lo que tienen los libros bien escritos–.
John Reed (2º por la izq.) en un vagón artillado de la División del Norte Fotografía: Otis A. Aultman (Biblioteca Pública de El Paso, Texas) Web Relatos e Historias en México
Leyendo el libro uno se da cuenta de la facilidad con que Reed podría haber desaparecido –como su compatriota y también escritor Ambrose Bierce– en medio de la Revolución. John Reed arriesgó su vida en más de una ocasión, y sólo la fortuna evitó que en algunos de los tiroteos le volaran la cabeza, o que algún oficial o soldado borracho le descerrajara unos tiros a bocajarro. A veces me parece que estoy inmerso en un spaghetti western de Sergio Leone, y otras en una novela de Cormac McCarthy, temeroso de ser alcanzado, aún estando en casa, por el disparo de un máuser o una granada.
Un pequeño caballo apareció galopando en la loma y vino hacia nosotros, el jinete recortado sobre el polvo resplandecía. Iba a una velocidad endiablada, hundiéndose y emergiendo en la tierra ondulada. Mientras espoleaba furiosamente a su caballo para subir la pequeña colina donde nos encontrábamos, vimos algo horrible. Una cascada de sangre en forma de abanico le manaba por delante. Una bala expansiva le había arrancado casi toda la parte inferior de la boca. Tiró de las riendas para situarse junto al coronel y, de forma angustiada y terrible, trató de decirle algo, pero nada inteligible salió de aquel estropicio. Las lágrimas corrían por las mejillas de aquel pobre hombre. Dio un grito sordo y, espoleando con fuerza a su caballo, enfiló el camino de Santo Domingo.
Con la lectura también descubrimos que la imagen de cuatreros desalmados que algunos quieren adjudicarle a estos revolucionarios no es real. Pancho Villa, Emiliano Zapata y sus ejércitos no luchaban por tomar el poder del país, sino por apartar de él a los que habían oprimido y robado al pueblo.
Generales Urbina, Villa y Zapata en Palacio. Fotografía: M. Ramos
El ejército «maderista», como se conocía a los soldados constitucionalistas en referencia al añorado presidente Francisco I. Madero, peleaban contra el dictador Porfirio Díaz y su sucesor, el traidor Victoriano Huertas, con el deseo de revertir lo que estaba ocurriendo en el paísy recuperar las identidades locales que habían sido usurpadas: el derecho a la tierra, a la educación, etc.
La gran pasión de Villa era las escuelas. Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización. Las escuelas eran una obsesión para él. A menudo le oí decir:
–Cuando pasé esta mañana por tal o cual calle, vi un montón de chiquillos. Vamos a crear una escuela allí.
Chihuahua tiene menos de cuarenta mil habitantes. Villa abrió más de cincuenta escuelas allí en diferentes ocasiones.
Pancho Villa acerca de la educación
***
El 80 % de los mexicanos son campesinos. La mitad del resto son aristócratas de sangre española, y los demás son comerciantes y profesionistas. Durante casi 500 años los aristócratas españoles, con la ayuda del capital foráneo y la iglesia católica, han robado y masacrado a los campesinos […] La revolución sobre la que estoy escribiendo es sólo la más reciente de 100 revoluciones. Pues el pueblo mexicano, con su predominio de sangre indígena, ha sido siempre una de las razas que mayor amor a la libertad siente en el mundo.
John Reed
Fotogr.: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
***
El cuarto estaba lleno del humo de la hoguera que ardía en el suelo. A través de él pude vislumbrar a unos treinta o cuarenta soldados, en cuclillas o sentados de cualquier manera, en silencio absoluto mientras Silverya leía una proclama del Gobierno de Durango que expropiaba por siempre las tierras de las grandes haciendas para repartirlas entre los pobres.
En vista de que la principal causa de descontento entre la gente de nuestro Estado, que se vio obligada a empuñar las armas, era la absoluta falta de propiedad individual, y que hoy las clases campesinas no tienenmedios de subsistencia ni más esperanza futura que servir como peones en las haciendas de los grandes terratenientes, que han monopolizado la tierra del Estado;
En vista de que el principal sector de la riqueza nacional es la agricultura, y que no puede haber verdadero progreso en la agricultura sin que la mayoría de los propietarios tenga un interés personal en hacer que la tierra produzca;
En vista, finalmente, de que los pueblos rurales se han visto reducidos a la más profunda miseria, porque las tierras comunales que antaño poseían pasaron a engrosar la propiedad de la hacienda más cercana, especialmente bajo la dictadura de Porfirio Díaz, con lo que los habitantes del Estado perdieron su independencia económica, política y social, y pasaron del rango de ciudadanos al de esclavos sin que el Gobierno fuera capaz de elevar el nivel moral mediante la educación, porque la hacienda donde vivían es propiedad privada;
El Gobierrno del Estado de Durango declara, en consecuencia, la necesidad pública de que los habitantes de los pueblos y aldeas sean los dueños de las tierras agrícolas.
Cuando el tesorero hubo leído trabajosamente las disposiciones subsiguientes, que estipulaban cómo había que solicitar la tierra y demás, se hizo un silencio.
–Esto es la Revolución mexicana –dijo Martínez.
–Es justo lo que está haciendo Villa en Chihuahua –dije–. Es genial.
***
La segunda de las seis partes del libro está dedicada por completo a la figura de Pancho Villa, el proscrito que se convirtió en el Robin Hood mexicano y con el que Reed pasó dos semanas en Chihuahua: su entrada en la revolución de los peones a las órdenes de Madero como capitán del ejército maderista; su victoria sobre Orozco en el norte; la acusación de insubordinación; su encarcelamiento; su fuga a El Paso (Texas) y su regreso para conquistar México; su autoproclamación como gobernador militar del estado de Chihuahua y su negativa a ser presidente del país.
–Soy un combatiente, no un hombre de estado. No soy lo bastante instruido para ser presidente. Aprendí a leer y escribir hace apenas dos años. ¿Cómo yo, que nunca fui a la escuela, puedo esperar hablar con los embajadores extranjeros y los cultivados caballeros del Congreso? Sería malo para México que un hombre sin educación fuera presidente. Hay algo que no haré: ocupar un puesto para el que no estoy cualificado. Solo hay una orden de mi jefe (Carranza) que me negaría a obedecer: si me ordenara ser presidente o gobernador.
***
Esa segunda parte contiene un buen rapapolvo de Villa a los españoles:
–¿Quién es el cónsul español?
Scobell, el vicecónsul británico, dijo:
–Yo represento a los españoles.
–¡Muy bien! –dijo bruscamente Villa–. Pues dígales que empiecen a hacer las maletas. Pasados cinco días a contar desde hoy, cualquier español que sea detenido en el territorio de este estado será llevado al paredón más cercano por un pelotón de fusilamiento.
Los cónsules ahogaron un grito, horrorizados. Scobell empezó a protestar enérgicamente, pero Villa le interrumpió.
–Esta no es una decisión repentina por mi parte –dijo–. Llevo pensando en ella desde mil novecientos diez. Los españoles deben irse.
Letcher, el cónsul estadounidense, dijo:
–General, no cuestiono sus motivos, pero creo que comete un grave error político expulsando a los españoles. El Gobierno de Washington se lo pensará muy mucho antes de ser amigo de un bando que toma medidas tan bárbaras.
–Señor cónsul –respondió Villa–, los mexicanos llevamos trescientos años aguantando a los españoles. No han cambiado de carácter desde la época de los conquistadores. Reventaron el imperio indio y esclavizaron al pueblo. No les pedimos que mezclaran su sangre con la nuestra. Los echamos dos veces de México y los dejamos volver con los mismos derechos que los mexicanos, pero ellos usaron esos derechos para robarnos la tierra, esclavizar al pueblo y tomar las armas contra la causa de la libertad. Apoyaron a Porfirio Díaz. Se mostraron perniciosamente activos en política. Fueron los españoles quienes montaron la conjura que llevó a Huerta al palacio. Cuando Madero fue asesinado, los españoles dieron banquetes para celebrarlo en todos los estados de la república. Lanzaron sobre nosotros la mayor superstición que ha conocido el mundo: la Iglesia católica. Solo por eso habría que matarlos. Creo, pues, que estamos siendo muy generosos con ellos.
***
Pancho Villa y la División Norte
–Cuando se constituya la nueva república ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor sostén de la tiranía. No puede haber tiranía sin ejército.
En la tercera parte del libro se nos narra la marcha de Reed al sur desde Chihuahua en un tren militar con destino a la avanzadilla cercana a Escalón. Francisco Villa volverá a aparecer en la cuarta parte, donde Reed vuelve a encontrarse con él y nos narra la victoria de su ejército sobre Orozco en Gómez Palacio.
El ejército constitucionalista estaba destrozado. En los cuatro días de combates había habido cerca de un millar de muertos y casi dos mil heridos. Hasta el excelente tren hospital era insuficiente para atender a los heridos. Afuera, en la vasta llanura donde nos encontrábamos, un ligero olor a cadáveres lo invadía todo. En Gómez Palacio debía de haber sido horrible. El jueves, el humo de veinte piras funerarias manchó el cielo. Pero Villa estaba más decidido que nunca. Gómez debía caer, y rápido. Villa no tenía municiones ni víveres suficientes para un asedio. Además, su nombre se había convertido en una leyenda para el enemigo. Siempre que Pancho Villa aparecía en una batalla, los rivales habían empezado a creer que estaba perdida, y el efecto que esto tenía en los suyos también era clave. Así pues, programó otro ataque nocturno.
La quinta parte del tomo, se centra en Venustiano Carranza, el jefe ejecutivo de la Revolución, y en la sexta, como cierre, John Reed nos muestra la vida nocturna mexicana en Chihuahua, Valle Alegre y Santa María del Oro. En El Oro, donde dice viven las muchachas más bonitas de Durango y se celebran las fiestas con más pasión que en otros lugares, nuestro corresponsal nos hace partícipes de las pastorelas, viejo auto sacramental que aún hoy día se sigue celebrando.
Las páginas de México insurgente encierran además una potente banda sonora, a la que he sumado las canciones mexicanas de Jorge Negrete y Pedro Infante que ponía mi padre en casa, y otras de Agustin Lara que me recomendó Teresa desde Barcelona.
Patricio desenfundó la guitarra y el teniente coronel, acompañado por Rafael, cantó canciones de amor con su voz rota. Cualquier mexicano se sabe cientos de ellas. No están escritas, sino que a menudo se compusieron de forma improvisada y pasaron de boca en boca. Algunas son muy bonitas, otras grotescas y otras tan satíricas como cualquier canción popular francesa. El teniente coronel cantó:
Como complemento al libro, recomiendo la película Reed: México insurgente, producida por Berta Navarro y dirigida por Paul Leduc en 1970, de la que se hizo una restauración digital en 2010 con la colaboración de la Cinemateca Real de Bélgica. En ella el papel de John Reed es interpretado por el actor Claudio Obregón. Yo la vi anoche con el pequeño de mis hijos, que sueña con ser cineasta y rodar sus propias películas.
El sueño de Pancho Villa era ayudar a hacer de México un lugar feliz. Viendo los problemas que tiene hoy día el país, me pregunto que pensaría Villa, o mejor que haría, si levantara la cabeza.
Sobre Johnn Reed, contarles que fue acusado de espionaje en Estados Unidos por su ideología de izquierdas, y tuvo que huir a la Unión Soviética, donde falleció de tifus en un hospital de Moscú. Tan sólo tenía 33 años, pero en ese corto espacio de tiempo exprimió la vida hasta la última gota. Fue enterrado con honores muy cerca del mausoleo de Lenin, junto al muro del Kremlin, así que si ustedes pasan por la plaza Roja, hagan el favor de dejar una flor sobre su lápida.
Tumba de John Reed, necrópolis del Kremlin, Moscú Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)
Lápida donde se lee en segundo lugar, y en ruso, el nombre de John Reed Junto a él: Inés Isabel Fiedorovna, Iván V. Rusakov y Simón Matveyevich Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)
Seguramente, si pudiera, Juan, Juanito o el míster, como le llamaban sus cuates, les brindaría una de sus sonrisas.
John Reed
Por último, me van a permitir que cierre esta reseña con un ¡Viva Pancho Villa y Emiliano Zapata, Cabrones!
México insurgente, de John Reed Capitán Swing / Nórdica Libros
Nota: Si les gustó México insurgente y quieren leer más obras de John Reed, les recomiendo La guerra en Europa Oriental (Editorial Txalaparta, 2005), donde nos narra su estancia en el frente oriental en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, y Diez días que sacudieron el mundo (Capitán Swing / Nórdica Libros, 2017), la crónica de otra revolución, en este caso la rusa.
La guerra en Europa Oriental, de John Reed Editorial Txalaparte
«Si E. H. Carr ha sido el mejor historiador de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista»
Manuel Vázquez Montalbán
Diez días que sacudieron el mundo, John Reed Capitán swing/Nórdica Libros