lunes, 14 de mayo de 2018

DE CARTAS DE ÁFRICA A EL ENIGMA RIMBAUD


Hugo Pratt y Arthur Rimbaud
Montaje fotográfico: Pedro Delgado

Dos cosas muy diferentes le atraían a Hugo Pratt de Rimbaud: su poesía y su personalidad, con esa vida tan peculiar que el francés había llevado. L'enfant terrible de las letras francesas creó una obra maravillosa y después, a los veinte años, dejó de escribir para lanzarse a una vida aventurera que le llevaría, entre otras cosas, a atravesar media Europa a pie, a embarcarse hacia puertos lejanos en los que comerciar con café, especias o pieles y a traficar con armas en Etiopía.

Arthur Rimbaud (de pie a la izqda.) en Abisinia

 "Lo que cuenta en sus cartas sobre su vida allí me parece apasionante. En 1937 visité con mi padre su casa en Harar, y nos encontramos con un clérigo que lo había conocido. Creo que era monseñor Jarosseau, que había sido obispo de Harar y preceptor de Haile Selassie. Hace poco, con motivo del centenario de la muerte de Rimbaud, hice unas acuarelas para el libro de Alain Borer Rimbaud, l'heure de la suite [*Rimbaud, la hora de la huida], que salió en la colección Découvertes de Gallimard", le decía Hugo Pratt a Dominique Petitfaux en 1991, en una de esas conversaciones que conforman El deseo de ser inútil y A la sombra de Corto (Confluencias Editorial, 2012 y 2013); un Hugo Pratt que, recordemos, pasó toda su adolescencia en Etiopía, entonces llamada Abisinia.
*publicado en castellano por la editorial mexicana Unam en 1999, pero sin las ilustraciones de Hugo Pratt.


 Esas mismas acuarelas de las que hablaba Pratt fueron recuperadas para Cartas de África, una selección de la correspondencia que Rimbaud mantuvo con su familia desde tierras africanas y que publicó, con algunas acuarelas extras, Edizioni Nuages en Italia y Gallo Nero en España en 1991 y 2011 respectivamente.
 Esta última editorial lanzó en noviembre de 2016 una nueva y cuidada edición (es la que yo he leído) con traducción de Marta Cabanillas (la anterior era de Paula Cifuentes) y un prólogo contundente de Manuel Ruiz Rico; aunque me habría gustado que también hubiesen incluido el prólogo que escribió Dominique Petitfaux para la edición de Nuages y que empleó la propia Gallo Nero en su primera edición.

Nueva (dcha.) y antigua edición (izqda.) de Gallo Nero

Ilustración de Hugo Pratt para las cartas africanas de Arthur Rimbaud (Gallo Nero Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

De Rimbaud a su familia
Tadjoura, 3 de diciembre de 1885
 Queridos míos: 
 Estoy organizando un convoy para ir a la región de Choa. Va lento, como es habitual, pero cuento con marcharme de aquí a finales de enero de 1886, más o menos. 
 Estoy bien. Enviadme el diccionario que os pedí a la dirección que os indiqué. De ahora en adelante, mandad también vuestras cartas a esa misma dirección. Me las remitirán desde allí.
 Hace un año que Tadjoura se anexionó a la colonia francesa de Obock. Es un pueblo danakil con un puñado de mezquitas y palmeras. Tiene un fuerte que construyeron los antiguos egipcios donde ahora duermen seis soldados franceses bajo las órdenes de un sargento que controla el puesto. Han permitido que se queden tanto el sultán como la administración indígena. Es un protectorado. El principal negocio es el tráfico de esclavos.
 Desde aquí salen los escasos convoyes de europeos rumbo a Choa; cuesta mucho trabajo llegar, pues los indígenas de esas costas se han convertido en enemigos de los europeos desde que el almirante Hewett le hiciera firmar al emperador Juan un tratado que prohíbe la trata de esclavos, el único comercio indígena mínimamente próspero. Sin embargo, con el protectorado francés no se ponen trabas a la trata, y es mejor.
 No vayáis a pensar que me he convertido en un tratante de esclavos. La mercancía que importamos son unos fusiles (viejos fusiles de pistón que se retocaron hace cuarenta años) que los anticuarios de armas en Lieja o en Francia venden a 7 u 8 francos la pieza. Se los vendemos a Menelik II, rey de Choa, por unos cuarenta francos.
 Aún así, conlleva unos gastos importantes, además del peligro que entraña el camino, tanto al ir como al volver. La tribu que encontramos por el camino son los danakil: pastores beduinos, fanáticos musulmanes. Hay que temerles. Aunque vayamos con armas de fuego y los beduinos solo tengan lanzas, todos los convoyes sufren sus ataques.
 Tras cruzar el río Awash, se entra en las tierras del poderoso rey Menelik. Allí hay campesinos cristianos. Es una región muy elevada, a 3.000 metros sobre el nivel del mar, y con un clima excelente. La vida nace en cualquier parte, todos los productos europeos funcionan bien. El pueblo nos mira con buenos ojos. Llueve seis meses al año, al igual que en Harar, que es uno de los contrafuertes del gran macizo etíope.
 Os deseo un 1886 lleno de salud y prosperidad. 
 Saludos, 
A. Rimbaud 
Hotel del Universo, 
Adén

 La lectura de este libro, que adquirí en el stand de Gallo Nero en la penúltima edición de La noche de los libros de La Térmica, me llevó a pensar de nuevo en El enigma Rimbaud, una novela corta que escribí hace tiempo y que estuvo entre las finalistas del premio Juan March Cencillo de Narrativa Breve en el año 2010. Un manuscrito que está esperando a que alguien lo rescate del cajón, y que bien podría ir ilustrado con algunas acuarelas y dibujos de Hugo Pratt. Que de qué trata. Sobre un chico que se va a Abisinia a buscar a su padre que, dieciséis años antes, había ido a buscar las pertenencias de Rimbaud. Dicho así, quizás no les diga mucho, pero si empiezan a leer seguro que se enganchan. Hagan la prueba.



EL ENIGMA RIMBAUD

I

Mi padre siempre manifestó un gran interés por las librerías de viejo. Le gustaba rebuscar en sus anaqueles polvorientos y en las pilas de libros que se amontonaban en los pasillos que formaban las mesas y las altas estanterías. Allí, en la penumbra, en medio de aquel desorden aparente que a él le resultaba tan incitante, pasaba su tiempo libre, rodeado de polvo y del olor del papel.
 En Clermont-Ferrand, la villa en la que residíamos por entonces desde que llegamos a Auvernia desde Saint-Nazaire, sólo había dos librerías, así que cuando mi padre hizo su primer gran descubrimiento, comenzó a viajar a las poblaciones más cercanas para inspeccionar nuevas librerías. Las visitaba el día que libraba en el trabajo. Entonces, se levantaba aún más temprano que de costumbre y se marchaba sin ni siquiera desayunar. No regresaba hasta la noche, trayendo consigo unos cuantos volúmenes de cubiertas desgastadas y páginas amarillentas y quebradizas.
 Fue después de encontrar varios libros valiosos, como él los calificaba, cuando dejó su empleo de contable en la fábrica de neumáticos del Sr. Édouard Michelin, pues aquellos ejemplares, que decía le estaban destinados y parecían aguardarle en los estantes, le reportaron grandes ganancias y convirtieron aquel vicio sin fin en un nuevo trabajo. Creó una red de emisarios que rebuscaban por las librerías de lance del país, pero a medida que los encargos fueron aumentando en importancia, empezó a prescindir de ellos haciendo suya la máxima de Flaubert: A los intermediarios se les atraviesa como se atraviesa un puente y se va más lejos. Así, desde el momento en el que las casas de subastas más reputadas del país empezaron a llamar a su puerta, se puso en persona a perseguir títulos, autores y ediciones determinadas por toda Francia.
 Una fría mañana de enero recibió una carta de la sala de subastas Drouot Richelieu de París. En ella, el propietario le proponía un trabajo fuera de nuestras fronteras, en tierras lejanas. De esa manera, cuando yo sólo contaba nueve años de edad, mi padre se fue en pos de un tesoro.
 Jamás regresó.


II

En 1891, ocho meses después de abandonar el puerto de Adén con un tumor corroyéndole la rodilla, el poeta Jean-Arthur Rimbaud murió en Marsella, quedando en el cuerno de África la mayoría de sus pertenencias. Las mismas que, cinco años después, le encargaron buscar a mi padre aquella fría mañana de enero, pues acababan de pagar una suma más que considerable por un ejemplar de La narración de Arthur Gordon Pym; y no porque el libro fuese una primera edición de Poe, sino porque llevaba el exlibris del poeta.
 Abisinia, como si fuera un país de ensueño, debió de atraparlo como al mismísimo Rimbaud, y su figura pasó a ser para mí una mera secuencia de imágenes oníricas que venían a perturbarme en la noche, cuando me metía en la cama y mi madre me pedía que rezara por él. Unas oraciones para llenar el enorme vacío que dejó su partida.
 Mi madre nunca llegó a sobreponerse. La falta de ingresos económicos llevó nuestros pasos de vuelta a Saint-Nazaire, en la Bretaña, donde el mar golpeaba con fuerza los acantilados, y el viento y la lluvia azotaban los postigos de las ventanas y barrían las calles empedradas. Allí, en aquella esquina atlántica, donde el Loira se ensanchaba antes de entregarse al océano, buscamos cobijo en la casa de mi tía materna, una mujer severa y arisca que había enviudado sin concebir siquiera un hijo. Mi madre y ella se encargaron de mi educación, y si hasta entonces me habían educado al estilo autoritario de mi padre, a pesar de que yo lo recordaba como un hombre bueno y atento que solía traerme recortables a la vuelta de la fábrica, después de su desaparición se me concedió una libertad y una responsabilidad desacostumbradas para un niño de mi edad. Lo único que se me exigía era que no molestase, y que me mantuviese lo más alejado posible de la cocina y de la mesa camilla de mi tía.


III

Pronto tuve que resignarme a no saber de mi padre. Los primeros meses lo recordaba leyendo en su sillón, desembalando paquetes con libros o llevándome a caminar por el monte, su otra pasión; pero con el tiempo traté de que su recuerdo no aflorase a mi conciencia. Creía que si no rememoraba el pasado podría amortiguar el dolor de su ausencia, mas la herida era tan lacerante que nunca lo conseguí. Tan sólo los años pudieron emborronar aquellos recuerdos, y si no hubiese sido por la presencia de su fotografía en el dormitorio de mi madre, su rostro se me habría difuminado por completo. Aquella estampa color sepia fue lo que mantuvo su rostro nítido en mí e hizo que su imagen no llegase a abandonarme nunca.
 Mi madre tampoco pudo sepultar su memoria bajo la losa del olvido. Al principio la consumía una rabia inmensa que, muchos años después, todavía no se había desvanecido. No podía perdonarle que se hubiese ido a perseguir unos libros sin más, y, sobre todo, no podía perdonarle que no hubiese regresado. En tantos años nunca remitió ninguna carta, y la casa de subastas jamás contestó a los requerimientos de mi madre. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no daba señales de vida? ¿Qué le había ocurrido? Eran interrogantes que cruzaban su mente todos los días como pájaros de mal  agüero. Unos días eran mejores que otros, pero no pasó uno solo de ellos sin que recordase el momento de su partida. La herida siempre estaba allí, abierta.


IV

Bretaña, además de ser la cuna de Chateaubriand, había sido tierra de corsarios, marineros, contrabandistas y proscritos. Quizás eso, junto a la independencia de la que gocé y las lecturas de los libros de mi padre, almacenados en la buhardilla, predispuso mi ánimo desde la adolescencia hacia la aventura. Sin duda, todas aquellas escapadas a Nantes, Rennes y Saint-Malo, y todos mis actos de rebeldía, que tanto habían disgustado a mi madre y a mi tía, no hicieron más que prepararme para aquel viaje, para aquella búsqueda tanto tiempo demorada.
 Así, dieciséis años después, en otra gélida mañana de enero, partí en tren hacia Bourges, viajé por carretera hasta Lyon y Villefranche, y me embarqué a los pocos días en un carguero rumbo a Port Said, atravesando Francia y recorriendo todo el Mediterráneo de un extremo a otro. Un velero me llevó por el canal de Suez hasta el Mar Rojo, desde donde proseguí, bordeando la península, hasta la Costa Francesa de los Somalíes. El mismo itinerario que ya hiciese mi padre años atrás. Estoy seguro de que nunca se le pasó por la cabeza que un día yo tendría que ir a buscarlo.
 Mi madre, consumida por la fiebre, me lo pidió entre escalofríos. Tifus, había dicho el doctor. Dos años después, en 1898, Almroth Wright descubriría la vacuna, pero para mi madre y para muchos de los habitantes de Saint-Nazaire, llegaría demasiado tarde.


V

Cuando desembarqué en el puerto de Djibouti, en la Somalia francesa, llevaba en el bolsillo interior de mi chaqueta la prueba de su identidad: aquella fotografía que había logrado preservar su rostro y que era capaz, por sí sola, de encender la chispa de su recuerdo.
 Siguiendo las recomendaciones del capitán del puerto, me alojé en el hotel Madame Piaff, un alojamiento con ínfulas, pintado de un azul turquesa, que frecuentaba la comunidad extranjera ávida de exotismo. Por la tarde, comprendí los motivos que atraían a la clientela al hotel. Comerciantes ociosos, caballeros de fortuna, vendedores de armas, traficantes de esclavos o de qat, y espías de las otras dos delegaciones occidentales que tenían sede en el país, se alojaban o se reunían allí por el mismo asunto: las chicas de la tal Piaff, cortesanas de ébano que podían ser salvajes o sumisas por unas horas o por toda una noche.
 Djibouti por aquel entonces me pareció el lugar más caluroso y seco de la tierra; pero allí estaban mis compatriotas, en plena rivalidad con los italianos. Aquella colonia, junto a la Somalia británica, ejercía de cuña entre los territorios anexionados por el Reino de Italia: Eritrea y toda la costa oriental, la que constituía la Somalia italiana. Los transalpinos, que el año anterior le habían declarado la guerra al débil imperio turco, acababan de hacerse también con Libia, de forma que sólo el pequeño estado de Liberia, en el extremo opuesto, y el Reino de Etiopía, permanecían libres. El resto de África, bajo el fino eufemismo de "imperios coloniales europeos", había sido fagocitado por las huestes del norte.


VI

A la mañana siguiente, correctamente aseado y vestido, me dirigí a ver al gobernador Léonce Lagarde. Un grupo de hombres estaba sentado en las escalinatas de la sede, mientras el sol inmisericorde los castigaba arrancando gotas de sudor de sus anchas frentes. Tenían la melena encrespada, y la luz que reverberaba en sus ropajes blancos acentuaba la negrura de sus pieles. [...]


¡¡¡Y que viva la Rimbaudmanía!!!

Ilustración de Benjamin Flao y Elhadi Yazi para la revista Télérama
Número especial sobre Rimbaud por el 150 aniversario de su nacimiento
Télérama, noviembre 2004


lunes, 23 de abril de 2018

ESCRITOS SOBRE NATURALEZA


Escritos sobre naturaleza de John Muir (Editorial Capitán Swing)
Fotografía: Pedro Delgado

Aprovechando las últimas lluvias y fríos de abril, he quemado la leña que me quedaba leyendo, frente a la chimenea, el primer volumen de Escritos sobre naturaleza de John Muir. Quizás a algunos no les suene ese nombre, pero estoy seguro de que si les menciono Yellowstone o Yosemite, saben que son dos de los parques nacionales más importantes de los Estados Unidos. Pues bien, John Muir fue el primer defensor de esos espacios naturales y una figura fundamental en la creación del sistema de parques nacionales estadounidenses; hasta el punto de que este naturalista, nacido en Dunbar (Escocia) y emigrado a América a los once años con su familia, está considerado como el “padre de los Parques Nacionales”. Para mí, como para muchos, su nombre está ligado a todos esos amantes del vagabundeo campestre y de los retiros voluntarios y austeros en una cabaña de madera en el bosque: Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson, Edward Abbey y un largo etcétera a los que algunas editoriales están rescatando últimamente; entre ellas Capitán Swing que además de este volumen tiene editados los diarios de Thoreau y El solitario del desierto de Abbey, esa temporada en los cañones de Utah de potente portada que espero leer algún día.


 El John Muir que nos muestra la solapa tiene el rostro y la  barba pétrea de los tramperos y exploradores del Far West o de los balleneros de Nantucket.

John Muir (Dunbar, 1838 - Los Ángeles, 1914)

 Hay en ese medio perfil, en esa mirada clara y limpia que rehuye la cámara, un aura como de profeta evangélico, "una santidad laica de recogimiento y silencio". Sin duda, su credo es la Naturaleza, y sus escritos su evangelio. Estas páginas incluyen La historia de mi niñez y juventudMi primer verano en la sierra –en forma de diario–,  Stickeen, y tres breves ensayos: Salvad la secuoya roja, Lana salvaje y Los bosques americanos.
Cualquier imbécil puede destruir un árbol. Estos no tienen la capacidad de defenderse por sí mismos o de salir huyendo.
 En Stickeen, narración escrita en 1909, he encontrado ecos del mismísimo Jack London, del amor que éste sentía por los perros y la vida salvaje. Incluso está ambientado en Alaska, y, como en Colmillo Blanco, el nombre del perro protagonista es el que da título al relato.
El pequeño aventurero tenía apenas dos años y, a pesar de ello, nada le parecía novedoso ni abrumador. Sin precaución, curiosidad o miedo algunos, trotaba valientemente como si los glaciares fueran campos de juego. Su cuerpo recio y abrigado parecía formar un único músculo saltarín, y resultaba maravilloso verlo saltar sobre abismos aterradores de seis u ocho pies de anchura sin mostrar preocupación alguna. Su coraje era tan inquebrantable que daba la impresión de deberse a un fallo en su percepción de las cosas, a una mera audacia ciega. Yo trataba de advertirle que tuviera cuidado, pues me había acompañado en tantas excursiones que tomé la costumbre de hablarle como si fuese un niño y pudiera entenderme.
 Stickeen y John Muir viven una aventura en un glaciar plagado de grietas, un lugar que me trajo a la mente mi recorrido por el glaciar de Svínafellsjökull en el Parque Nacional Skaftafell de Islandia; la misma zona en la que una tormenta, como la que sorprendió a Muir y a su perro, hizo que desaparecieran dos jóvenes estudiantes de la Universidad de Nottingham en 1953. Ian Harrison y Tony Prosser debieron caer en alguna grieta, y no fue hasta 50 años después cuando la morrena del glaciar devolvió restos de su equipo –aunque no sus cuerpos–. Pero esa es ya otra historia.

Glaciar de Svínafellsjökull, Islandia.
Fotografía: Pedro Delgado Fernández











Escritos sobre Naturaleza de John Muir, editado por Capitán Swing con prólogo de Robert Macfarlane y traducción de Ernesto Estrella Cózar y Carlos Estrella Cózar.
http://capitanswing.com/libros/escritos-sobre-naturaleza/

El dogma que declara que el mundo fue creado especialmente para el uso del hombre es una de las opiniones más extendidas entre nuestra civilización. Este parece ser, además, el obstáculo principal para la comprensión adecuada de las relaciones entre cultura y estado salvaje. Cada animal, cada planta, cada cristal contradicen este dogma de un modo evidente. Y aun así, a lo largo de los siglos, se nos sigue adoctrinando con estas ideas, cuyo resultado es que, todavía hoy, vivimos bajo la oscuridad de una gran mentira que se ha vuelto difícil de contradecir.

¡¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!!

domingo, 22 de abril de 2018

CON PERMISO DE JOHN CHEEVER


El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Hay un relato corto de John Cheever, quien solía publicar en la revista The New Yorker, que lleva por título El nadador. En él, Cheever nos cuenta la historia de un hombre de mediana edad que, en un día caluroso de verano, decide volver a casa atravesando todas las piscinas que encuentra. De cómo es recibido en ellas y de lo que le sucede al protagonista del relato no voy a hablarles ahora –no sea que no lo hayan leído y les destripe el final–. Hay también una película de 1968 que rodó Sidney Pollack con Burt Lancaster en el papel del nadador. En ella, las metáforas del texto sobre las ilusiones perdidas, lo volátil de la felicidad, la fugacidad de la vida y la muerte que a todos nos espera, se vuelcan al celuloide.


 Estoy seguro de que a mi amigo el escritor Sergio Barce, cinéfilo confeso, no se le pasó este detalle cuando tituló uno de los relatos de Últimas noticias de Larache con el mismo título de Cheever.
 Son narraciones muy distintas, y, mientras la primera se ambienta en un condado de la costa este de los Estados Unidos, la segunda lo hace –cómo no, tratándose de Sergio– en el vecino Marruecos. El nadador de Barce nada en pos de una ilusión, un sueño con forma de barco que lo lleve a las gradas del Santiago Bernabeu. Pedirle un autógrafo a Roberto Carlos, ver a Zidane cabecear al fondo de la red. España al otro lado del Estrecho.
Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.
 Así empieza el relato de Sergio Barce y el cortometraje que, dirigido por su hijo Pablo, se estrenó el jueves pasado en el Festival de Cine de Málaga con las mejores críticas –el corto ya viene avalado por cuatro premios en la 20ª Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid–. Grabado en Larache (Marruecos) y en Calpe (Alicante) en el mes de noviembre, con guión de Pablo y Sergio Barce, fotografía de Jorge Roig y producción de César Martínez (Dexiderius Producciones), cuenta con los siguientes nombres en el reparto: Taha El Mahroug, Amin Moutaouii, Nezar Moussa, Morad El Jaouhari, Ghita Taha, Youssef Chghaich, Ahmed Bilal, Mario Zorrilla y Sergio Barce junior.

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

 Gracias a César, Lucía y yo conseguimos asiento en una sala abarrotada, donde pudimos comprobar el excelente trabajo que ha realizado todo el equipo, pues el cine, lejos del trabajo en soledad del escritor, es un arte colectivo. Pablo Barce demostró en su debut que tiene talento. Si a eso le sumamos la ilusión y la madurez, que se traduce en la seriedad en el trabajo, le auguramos el mejor de los futuros.

 Es curioso que unos días antes, en la charla "Cine y literatura", organizada por el Aula de SUR que dirige el escritor y también amigo Pablo Aranda, se hablase de la dificultad que encuentran muchos escritores –entre ellos los allí presentes: Marta Sanz, Daniel Ruiz, Miguel Ángel Oeste y el propio Aranda– a la hora de adaptar sus novelas o relatos al cine, prefiriendo la mayoría desentenderse del guión; sin embargo, Sergio Barce se lanzó al reto de cabeza, gustoso, formando un binomio con su hijo que ha dado un excelente resultado.

 Por todo esto que les cuento, a partir de ahora y con permiso de John Cheever, cuando escuche hablar de El nadador pensaré en los dos Barce. Qué digo en los dos, en los tres, pues Sergio Barce jr. también lo borda, al igual que Mario Zorrilla, en el papel de pescador.

  Y para concluir, aquí les dejo unas fotografías del día del estreno:

Pedro Delgado, Pablo Barce y Sergio Barce en el estreno de El nadador
Festival de Cine de Málaga 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado con César Martínez en el estreno de El nadador
Festival de Cine de Málaga 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pablo Barce, Sergio Barce, Sergio Barce Jr. y César Martínez
Festival de Cine de Málaga, 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pablo Barce Orellana y Ana Orellana
Festival de Cine de Málaga 2018


Nota: El cartel del cortometraje es obra de la diseñadora Rebeca Arribas. www.rebecarribas.com


viernes, 2 de febrero de 2018

MENSAJEROS DE VIDA


Tomasz Mackiewicz, conocido como Tomek (1975-2018)

Una cama de nieve y estrellas

Por Francisco Apaolaza

En los años 90, Tomek Mackiewicz  era un yonki. Después cambió el 'caballo' por la montaña. En las fotos que hay de él, mira el mundo con dos ojos azules, satisfechos y calmados como un muelle de verano. Pasó ocho años en el Nanga Parbat en Pakistán, enfrascado en la obsesión de hacer cumbre en invierno en la montaña asesina. La semana pasada lo consiguió acompañado de Elisabeth Revol. Al descender, las cosas se pusieron feas. Estaban congelados, y él sufría un edema pulmonar. Denis Urubko y Adam Bielecki formaron una expedición de rescate y se tiraron a buscarlos. Saltaron de un helicóptero y subieron 1.200 metros en ocho horas, de noche, con viento y a 40 bajo cero. De pronto, en la oscuridad, Urubko, que jadeaba como un perro, vio un bulto moverse unas decenas de metros más allá y gritó "¡Elisabeth... me alegro de verte!". Revol negociaba cada paso con la desesperación y el abandono, que siempre es la muerte. Veinte metros por hora. Había tenido que abandonar a Tomek, que sufría un edema severo y quién sabe lo que le dijo al dejarlo durmiendo en su cama de nieve y estrellas. Los rescatadores no pudieron llegar a él. 
 Los montañeros son mensajeros de vida, incluso los que mueren, porque financian los sueños de los que nunca osaremos mirar a la suerte tan de cerca y tan a los ojos. Zerain, Iñurrategui, Iñaki Ochoa de Olza... No sé si valió la pena. No sé si hay que abordar solamente los retos que valen la pena. Tendremos que hacer las cosas por existir tal como somos y seguir las fuerzas que nos impulsan a escapar de las vidas en Excel y los sueños de estación de metro. Existir un día como un tigre mejor que cien años como una oveja. 
 Cada uno de nosotros tiene un Nanga Parbat y el deber de atacarlo si no quiere darse cuenta un día de que ha vivido como un mierda. Los alpinistas nos salvan del por qué no lo hice, por qué no me atreví, del por qué no la llamé. Sus pequeños cuerpos acunados en su cama de nieve, cielo y estrellas son un monumento al único ejercicio exclusivamente humano: soñar. Mikel Laboa lo escribió en euskera en 'Txorian Txori', una de las canciones más bellas que se han escrito, y en castellano viene a decir esto: "Si le hubiera cortado las alas/ habría sido mío/ no se me habría escapado./ Pero así habría dejado de ser pájaro/ y yo lo que amaba era el pájaro".
(Diario Sur, 1 de febrero de 2018) 


 Releo las estrofas de la canción y me reafirmo en la idea de no cortarle las alas al agapornis que nos han regalado. Luego vuelvo a pensar en todos esos soñadores que se quedaron en la montaña, a los que su familia tampoco quisieron cortarles las alas. Si la vida es un soplo, el de ellos fue un soplo intenso. Descansen en paz.

Tiberio, 1 de febrero de 2018 (Fotografía: Pedro Delgado)

domingo, 7 de enero de 2018

PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO


Los propósitos para el nuevo año no pueden quedar en el olvido. Sólo hace falta voluntad, aunque a veces se necesite que esta sea de hierro. Y bueno, como decía el otro día Íñigo Domínguez en el suplemento Ideas de El País, saber que todo es ponerse.
"Londres, 1872. Número 7 de Savile Row, mansión de Phileas Fogg. 
–Passepartout, creo que he hecho una estupidez. No debiste servirme ese cuarto martini, sabiendo que iba a ver a esos mentecatos del club. 
–Señor Fogg, anímese, mírelo de forma positiva, veremos mundo. 
–No sabes lo que estás diciendo, no nos dará tiempo a ver nada, tenemos que ir corriendo. 
–Algo veremos, correremos aventuras, conoceremos chicas. 
–Querido Passepartout, perderé toda mi fortuna con esta apuesta. Mejor que pensemos en un plan alternativo. Baja las persianas, llena la casa de víveres, cerveza, carnes frías y oporto, y vamos a hacer como que nos hemos ido. Luego salimos dentro de 79 días y a ver si cuela. 
–Señor Fogg, me decepciona usted. Voy a hacer la maleta y salimos en una hora. No quiero excusas. 
–Me da mucha pereza. Había una obra de teatro que quería ver..." *
No les hablaré hoy de mi propósito para el 2018, no sea que no lo cumpla. Mejor, si llega el caso, desvelarlo en diciembre. Pero recuerden: ante la pereza, voluntad. Y si es de hierro, mucho mejor.

*El texto de guasa entrecomillado pertenece al artículo Todo es ponerse, de Íñigo Domínguez, aparecido el domingo 31 de diciembre de 2017 en el suplemento Ideas del diario El País. Pueden leer más edificantes y simpáticos ejemplos pinchando sobre el enlace.



jueves, 4 de enero de 2018

jueves, 28 de diciembre de 2017

FOTOS DE LA FIRMA EN LA LIBRERÍA PROTEO PROMETEO DE MÁLAGA


Pedro Delgado con Milagros y Francisco de la librería Proteo Prometeo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

Muchas gracias a la librería Proteo Prometeo por organizar el evento y a todos los que os acercasteis en busca de una dedicatoria. Aquí os dejo algunas fotos de la tarde.

Firma de Carta desde el Toubkal en Proteo Prometeo
Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado en la firma de su libro Carta desde el Toubkal
Librería Proteo Prometeo Málaga, 22 de diciembre de 2017
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado con José Antonio Castillo, autor de La vuelta al mundo en 80 Foggones

Pedro Delgado con Marina, otra enamorada de Marruecos

Pedro Delgado con Mar, voluntaria de la ONGD Proclade Bética en el Hogar Lerchundi de Tánger
¡Ojalá se cumpla este verano tu sueño de subir al Toubkal!

Lucía Rodríguez y Pedro Delgado en la librería Proteo Prometeo de Málaga
22 de diciembre de 2017

 En estas fechas, regalad libros. Para vivir otras vidas, para viajar más lejos... Hay mucho donde elegir, pero si te decantas por Carta desde el Toubkal puedes pedirle a la librería Proteo un ejemplar con mi firma y una dedicatoria. Y si vives fuera de Málaga, ellos te lo harán llegar por mensajería a casa.


jueves, 21 de diciembre de 2017

FIRMA DE LIBROS EN PROTEO



Este viernes 22 de diciembre, a partir de las 18:30, estaré en la librería Proteo y Prometeo de Málaga departiendo con los lectores y firmando ejemplares de mis libros. A los asistentes se les obsequiará con un bonito marcapáginas.


 Me acompañarán en la firma el africanista y viajero Luis Temboury, autor de los dos tomos de Nuestros nobles parientes, y Fernando Bonilla, con su libro Esencias de Málaga.



 Si todavía no sabes qué regalar estas navidades, regala libros con dedicatorias. Y si vives fuera de Málaga, solicítale a la librería Proteo un ejemplar firmado y dedicado por el autor y ellos te lo harán llegar por correo a casa.


Librería Proteo y Prometeo
C/ Puerta Buenaventura nº 3
Málaga

sábado, 2 de diciembre de 2017

ZIARA, MÁS ALLÁ DEL UMBRAL


Presentación del documental Ziara, más allá del umbral de Sonia Gámez
Centro de Estudios Hispano Marroquí (Fotografía: Pedro Delgado)

El azar quiso que la presentación del documental Ziara coincidiese el pasado viernes en Málaga con el Black Friday, el encendido del alumbrado de Navidad y el concierto de Andy y Lucas en el centro, pero también con la mayor masacre terrorista perpetrada en Egipto. Quizás esta última coincidencia fuese una señal, desde el otro mundo, de todos esos sidis o santos que ven como profanan sus tumbas; una denuncia extrasensorial del acoso que sufre la comunidad sufí en el mundo árabe, y que entronca con uno de los temas del documental, centrado en el moratibismo (sincretismo religioso formado por las antiguas tradiciones animistas, el islam y el misticismo sufí) y los morabitos del Rif en Marruecos.

 En mis viajes por el Magreb, Oriente Medio y el África negra visité muchos de esos morabitos o ermitas morunas, y algunos de ellos aparecen en mis libros, como los santuarios de Sidi Chamharouch y Sidi Ifni en el alto Atlas. Sabía del desprecio que los salafistas sienten por esos lugares, pero desconocía el hostigamiento al que los más extremistas están sometiendo a los sufís, a los que acusan de herejía y de practicar la magia negra. Afortunadamente, en Marruecos la sangre no ha llegado al río como en el Sinaí, donde más de 300 sufíes fueron asesinados de forma despiadada por los yihadistas del ISIS, pero son muchos los morabitos profanados; como también son muchas las amenazas que sufren los musulmanes que profesan la mística doctrina. Ninguno de los que aparecen en el documental renuncia a sus creencias por miedo, aunque todos se ven “obligados” a insistir en que no le rezan al santo, sino a Dios. Como si en pleno siglo XXI uno no pudiese rezarle a quien le diese la gana. O no rezarle a nadie, que son muchos los ateos que he conocido por esos lares que han de ocultar su condición para no tener problemas.

Juan José Ponce y Sonia Gámez en la presentación de Ziara, más allá del umbral
Centro de Estudios Hispano Marroquí de Málaga, 24 de noviembre de 2017
Fotografía: Pedro Delgado

 Sonia Gámez Gómez, la directora del documental, llegó al Centro de Estudios Hispano Marroquí directamente del aeropuerto. Tras un vuelo desde Melilla, su ciudad natal. Morena, menuda y leve, con un corte de pelo que me recordaba a la Veneciana Stevenson de Hugo Pratt, me pareció una mujer valiente y decidida. Profesora de Historia en la Universidad de Educación a Distancia, ha realizado un laborioso proyecto de investigación antropológica sobre el moratibismo y las tradiciones populares en la región de la Guelaya, un trabajo que inició en 2009 con la ayuda del Instituto de las Culturas de Melilla y el Instituto de Cultura Mediterránea, distinguido con el Premio SGE Patrimonio Geográfico que otorga la Sociedad Geográfica Española.

Juan José Ponce y Sonia Gámez en la presentación de Ziara, más allá del umbral
Centro de Estudios Hispano Marroquí de Málaga (Fotografía: Pedro Delgado)

 Aquí les animo a ver la presentación del documental y el diálogo abierto tras la proyección en el Centro de Estudios Hispano Marroquí de Málaga. Y también les brindo la posibilidad de ver el tráiler y el documental entero.




Vídeos grabados por Pedro Delgado

Tráiler:
https://vimeo.com/66661314

Documental:
https://vimeo.com/164393230

Proyección de "Ziara, más allá del umbral" en el Centro de Estudios Hispano Marroquí de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

domingo, 29 de octubre de 2017

HASTA ARRIBA


Hasta arriba de W. E. Bowman (Editorial Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

Tenía ganas de leer Hasta arriba del ingeniero y escritor británico W. E. Bowman (Scarborough, 1911-1985). La portada de Sergio Membrillas y la pegatina dorada que le habían añadido los de Blackie Books actuaban sobre mí como un imán. "Un clásico del humor y del alpinismo" se leía en ella, junto a la aseveración del también escritor Bill Bryson de que tenía en las manos el libro más divertido que él leyó en su vida.
 Por todo ello, el listón estaba muy alto cuando ataqué las primeras páginas de Hasta arriba; aunque no tan alto como los 40.000 pies y medio de altura del Kurda Rarí (Rum Doodle en la obra original), la montaña que pretenden ascender los protagonistas. Que esos 40.000 pies de altura equivalgan a 12.192 metros nos da una idea de lo disparatado de la empresa. Y más todavía cuando empezamos a conocer a los integrantes del equipo, a cual más incompetente.
 ¿Pero es realmente Hasta arriba un libro de humor? En la contraportada han tenido a bien añadirle el adjetivo "británico" al sustantivo "humor", lo que puede orientarnos sobre esta cuestión, pues lo que entendemos por humor aquí abajo, en Andalucía, no tiene nada que ver con lo que entienden en las islas británicas. Tal vez si el libro lo hubiese traducido Pablo Carbonell, a su manera, podríamos hablar de un libro de humor humor. Lo que sí es Hasta arriba es una sátira, para la que el autor tomó como modelo el relato que escribió Bill Tilman en 1937 sobre su expedición al Nanda Devi.

Grabado antiguo de una expedición alpina, obra de Whymper SC

 Que Bowman parodiase el mundo de las expediciones alpinas no fue ningún handicap para que la novela se convirtiese en libro de culto para varias generaciones de alpinistas, habiendo sido ya publicada* en 2001 por la Editorial Barrabes; la misma editorial que publicó mi novela Neguinha la garimpeira en 2007.

*con el título Al asalto del Khili-Khili.

 Junto a la sátira y la parodia, Bowman cuela en el texto sentencias y descripciones brillantes:
Cuando estás colgando indefenso del extremo de una cuerda de 100 pies de largo es importante saber que el hombre que hay en la otra punta es un verdadero amigo.
*** 
Quedaban, pues, Constant y Propens; pero no me convencía en absoluto este emparejamiento: ambos tenían esas maneras de eruditos que podían resultar opresivas en el interior de una tienda pequeña. 
 ***
No quisiera cansar al lector con un relato de los pasos que Puag y yo recorrimos hasta desarrollar nuestro lenguaje de signos y poder por fin comprendernos. Habrá quien lo crea imposible pero, como a menudo he tenido ocasión de recalcar, la buena voluntad es la mejor de las intérpretes. 
*** 
Con todo, en la cima del Chincha Rabí nos sobrecogió la visión de aquel prodigioso bastión que alzaba su majestuosa cabeza contra el cielo despejado. Estábamos allí plantados cuando Constant habló por todos nosotros. 
–Tiene el porte de una diosa, como si desafiase a todo aquel que cometa el sacrilegio de pisar su inmaculado santuario. Se elevó un murmullo de consenso. En ese momento nos sentimos muy pequeños ante la inmensidad de la empresa que nos habíamos propuesto y, por una vez, elevé una ferviente súplica para que no me fallaran las fuerzas en el suplicio que teníamos por delante. En momentos así, un hombre se siente muy cerca de sí mismo. 
 ***
Me felicité por cómo había dispuesto los grupos: para que dos hombres fueran capaces de mantener una conversación animada tras varias horas de dura caminata a 15.000 pies, tenían que ser sin duda espíritus afines. Una de las recompensas más sustanciosas del liderazgo es recoger los frutos de los manejos que uno hace del elemento humano.
*** 
Miré hacia la cumbre del Kurda Rarí, tan serena en su pureza virginal, y tuve la impresión de que la diosa de la montaña estaba mirando con desdén a las insignificantes criaturas que habían puesto un pie sacrílego en sus taludes y las retaba a dar lo máximo de sí mismas.

 Reseñar que esta reedición en tapa dura de Blackie Books nos llega con una nueva traducción de Julia Osuna, quien ha tenido que lidiar con muchos términos que en el original escondían dobles sentidos y juegos de palabras. De ahí que se llame Puag el insufrible cocinero, o Chi Ko, Reta Ko y Ta Pong tres porteadores menudos y robustos.

 Y no se me ocurre mejor colofón que dejaros el sketch que protagonizaron los Monty Python sobre una expedición de peluqueros al Everest.


Lo que yo habría dado por verlos protagonizar la escena del champán en la grieta y oírlos entonar desde el fondo My Darling Clementine.


Este último (se refiere al médico de la expedición) había contraído la rubeola, pero estaba en las mejores manos, las suyas.
*** 
Pasamos por muchas aldeas cuyos habitantes eran invariablemente huraños y antipáticos, salvo cuando Constant (se refiere al traductor) hacía sus acercamientos, que se volvían hostiles.
*** 
Pronto estuvimos riendo de nuevo, mientras relatábamos una y otra vez nuestras aventuras. Todo el mundo quería hablar y nadie escuchar.