jueves, 5 de febrero de 2026

BILL TILGHMAN: EL ÚLTIMO HÉROE


El último héroe. La historia del sheriff William Tilghman
Por Jordi Bernet (Laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

William Matthew Tilghman (Fort Dodge, Iowa, 1854 – Cromwell, Oklahoma, 1924) fue uno de esos hombres de acción que valientemente dieron un paso adelante para jurar guardar el orden público y hacer respetar la ley. Gente como Wyatt Earp, Bill Hickok, Seth Bullock, David J. Cook, Tom Smith, Bat Masterson o Pat Garrett que arriesgando la vida en un mundo salvaje, donde primaba la ley del más fuerte, se enfrentaron con valor a peligrosos delincuentes y malhechores luciendo una estrella en el pecho y habilidad en el manejo del revólver.

Revólver de Bill Tilghman
Fotografía: Rock Island Auction

 Muchos agentes de la ley murieron en el cumplimiento del deber y engrosaron la lista de héroes anónimos que no alcanzaron la posteridad. Entre los legendarios que han llegado hasta nuestros días, está Bill Tilghman. Su figura ha aparecido en películas, novelas, cómics y revistas que no han hecho más que acrecentar su fama.





 William Matthew Tilghman fue el último sheriff, el último héroe que da título al cómic de Jordi Bernet, una extraordinaria biografía de un hombre que dedicó gran parte de su vida a llevar la ley a territorios donde no la había.

Cubiertas de El último héroe. La historia del sheriff William Tilghman
Por Jordi Bernet (Laramie Ediciones)

 El último héroe plasma también la apasionante historia de los últimos tiempos en la frontera del Oeste norteamericano, una frontera que no era fija, sino que se iba desplazando en el tiempo y el espacio.

 Desde muy jovencito, con apenas 17 años, Bill Tilghman comenzó a labrarse una buena reputación como cazador de búfalos en Kansas. En aquellas grandes praderas llenas de bisontes lució su habilidad sobre el caballo, su capacidad de orientación, su facilidad para seguir un rastro, su certera puntería con el rifle Sharps calibre .50 y su osadía para enfrentarse a los indígenas que habitaban aquellas tierras.

Depósito de pieles de búfalo de Rath & Wright (Dodge City, Kansas, 1878)
Imagen: Wikimedia Commons

 Las hostilidades entre cazadores de búfalos e indígenas desembocaron en el levantamiento de las tribus cheyennes, comanches, kiowas y arapajós de 1874, que el gobierno tardó cerca de un año en sofocar. Durante ese periodo, Bill Tilghman fue contratado como cazador y explorador para el ejército de los Estados Unidos, operando desde Ford Dodge, Kansas.

Fort Dodge, Kansas, en 1879

 En 1877 dejó el ejército tras ser nombrado sheriff adjunto del condado de Ford, Kansas. Ese mismo año, se casó con Flora Kendall, con la que fundó un pequeño rancho en una finca cerca de Dodge City. Y en 1884, fue nombrado alguacil de la ciudad de Dodge, Kansas.

Dodge City, Kansas, en 1878

 Sin embargo, con la apertura del territorio de Oklahoma en 1889, Tilghman, como también hiciera Wyatt Earp y tantos otros, quiso probar fortuna y abandonó el cargo y la ciudad para ocupar un terreno en el condado de Lincoln, Oklahoma, donde se fundó la población de Guthrie. Pronto llegarían los abusos y el caos, y con ello, en 1891, el nombramiento de alguacil adjunto de los Estados Unidos, cargo que ocupó ininterrumpidamente durante diecinueve años. Su buen desempeño y la captura en solitario del forajido Bill Doolin, así como las numerosas detenciones, entre otros, de "Little Bill" Raidler, le dieron fama más allá de Oklahoma, y lo llevó a ser nombrado también, en 1900, sheriff del condado de Lincoln.

 Ese mismo año falleció su esposa, con la que había tenido cuatro hijos, y unos años más tarde, se casó con Zoe Agnes Stratton, una joven maestra con la que tuvo tres hijos más. Ella escribiría la biografía de su esposo y una historia sobre la vida y las hazañas de numerosos forajidos y agentes de la ley que alcanzaron notoriedad en el Oeste americano.

 Después de una vida de aventuras en el viejo Oeste, William "Bill" Tilghman entró en el mundo de la política, al ser elegido en 1910 miembro del Senado del Estado de Oklahoma, aunque renunció al cargo al año siguiente para coger el mando de la policía de Oklahoma City.

Bill Tilghman, obra al óleo de Harold Holden
Ubicación: Salón del Senado de Oklahoma

 En 1915 entró en el mundo del cine, produciendo y dirigiendo The Passing of the Oklahoma Outlaws, una película muda sobre los agentes de la ley y los forajidos en los primeros tiempos de Oklahoma, algo que aumentó todavía más su popularidad.

 Con la entrada de Estados Unidos en la I Guerra Mundial, le dieron el grado de Mayor del ejército y le encargaron la instrucción de los reclutas, enviándolo después a París con la tropa, donde dirigió con notable éxito un comando especial en el frente del río Mosela. Regresando sano y salvo a su país en 1918 tras el armisticio.

 A lo largo de los años, William Matthew Tilghman vio cómo Oklahoma pasaba de ser territorio indígena y nido de bandidos a tierra de colonos y prospectores petrolíferos, y como aquel conjunto de casuchas de madera y tiendas de campaña se convertía en una gran metrópoli. El Salvaje Oeste desapareció, pero no la delincuencia. Si a finales del siglo XIX combatía a los forajidos que iban a caballo, a principios del XX lo hizo con los que iban en coche, pues en 1924, a los setenta años de edad, le dieron el cargo de alguacil de Cromwell, Oklahoma, para que librara a la ciudad de los pistoleros y contrabandistas de licores que burlaban la ley seca. Fue el último servicio del último héroe.

La última fotografía de Bill Tilghman
Marshal of the Last Frontier, escrito por su esposa Zoe A. Tilghman

 Dejemos ahora a un lado al protagonista de El último héroe, y centrémonos en su autor: Jordi Bernet Cussó (Barcelona, 1944), leyenda viva del cómic, cuya trayectoria daría para un libro, y de los gordos.

Jordi Bernet en la década de los 80

 Podemos decir que Jordi Bernet mamó el arte de las viñetas desde pequeño, pues su padre, Miguel Bernet –alias Jorge–, ya se dedicaba a ello, y en la casa siempre dispuso de materiales de dibujo; de hecho, a la prematura muerte de este, continuó durante un breve periodo de tiempo las páginas del personaje más conocido de su progenitor: Doña Urraca.

 La tinta china y los elementos de dibujo, lápices, plumas, papeles, etc, abundaban en mi casa. Fueron habituales para mí desde siempre, y para colmo me gustaba el olor de la tinta recién impresa. En mi caso creo que lo verdaderamente raro hubiera sido acabar dedicándome a otra cosa.
Yo dibujante de Cómics, Bernet

 Jordi Bernet asimiló de niño, mientras jugaba en el estudio de Sant Andreu, los consejos que su padre daba a otros dibujantes. Su facilidad para dibujar, y el estudio concienzudo de los autores clásicos catalanes y americanos, como Joan Junceda, Noel Sickles o Milton Caniff, le permitieron rápidamente hacer del cómic su profesión.

Empecé a publicar a los quince años, y mi dibujo fue adquiriendo consistencia gracias y a costa de la nunca bien ponderada flema británica, ya que durante mis primeros años profesionales, me dediqué casi exclusivamente a trabajar para Inglaterra.
Más adelante tuve la satisfacción de recibir una oferta de una de las mejores (SPIROU). Fue una larga colaboración y de ella surgieron personajes como "Dan Lacombe", en donde ya pude soltar el pincel de una puñetera vez, y posteriormente me encargaría de las series "Paul Foran" y "Michaël", para la misma revista.
Yo dibujante de Cómics, Bernet

Dan Lacombe, Paul Foran y Michaël, dibujados por Jordi Bernet para la revista Spirou

 Después de trabajar para Inglaterra y Bélgica, lo hace para Alemania, creando un personaje de espada y brujería llamado "Andrax", cuyas páginas, con guiones de su tío Miguel Cussó, le permiten «dibujar muy suelto y manchar, que en definitiva» es lo que a él le gusta.

Un día me entero de que Josep Toutain se ha erigido en el primer agente de España que tiene la decencia de devolver los originales a sus autores, y colaboro con él en la serie "El Cuervo", a medias con otro dibujante. [...]
Combino ese trabajo con historias "western" y de "género negro" que realizo para varias revistas italianas y otras también extranjeras.
Yo dibujante de Cómics, Bernet

 «Siempre el mercado extranjero», hasta que regresa a casa con dos de sus personajes más memorables: Torpedo y Sarvan, protagonistas de Torpedo 1936El mundo de Sarvan –el primero con guiones de Sánchez Abulí y el segundo de Antonio Segura–.


 Yo conocí a Jordi Bernet en los ochenta, a través de algunas de las cabeceras míticas de la época, como Cimoc, TotemCreepyComix Internacional o Zona 84.

Torpedo en Totem el comix

 En los dos primeros números de una de aquellas revistas, Mocambo o la aventura, leí las primeras páginas de El último héroe, pero la cabecera quebró y no pude continuar la historieta.

Portada Mocambo o la aventura nº 1 y el nº 2 abierto
Fotografía: Pedro Delgado

Mocambo o la aventura nº 2 y el nº 1 abierto
Fotografia: Pedro Delgado

 Sé que anteriormente se había publicado en Super Mortadelo de Bruguera. La historieta apareció entre los números 205 y 209 del tebeo, pero esos ejemplares, del año 1984, resultaban ya difíciles de encontrar. Además, las viñetas estaban coloreadas.

Super Mortadelo Bruguera
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

El último héroe de Jordi Bernet en Super Mortadelo
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

El último héroe de Jordi Bernet en Super Mortadelo
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

El último héroe de Jordi Bernet en Super Mortadelo
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

El último héroe de Jordi Bernet en Super Mortadelo
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

El último héroe de Jordi Bernet en Super Mortadelo
Cortesía Miguel Ángel Ferrer

 De ahí mi enorme agradecimiento a Laramie Ediciones por asumir esta nueva edición de la obra, que nos brinda la oportunidad de leer ahora la historieta completa y en blanco y negro, tal como Bernet la creó. Además, la edición es de lujo, en tamaño generoso, con tapas duras y papel grueso, muy bien maquetado, con un par de extras que enriquecen el álbum y una portada espectacular, en la que, junto al sheriff a caballo, cobra protagonismo el tallo enhiesto de un agave, centinela vegetal, junto a los saguaros, de aquellas tierras.

Páginas 12 y 13 de El último héroe, de Jordi Bernet (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 28 y 29 de El último héroe, de Jordi Bernet (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 38 y 39 de El último héroe, de Jordi Bernet (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 50 y 51 de El último héroe, de Jordi Bernet (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

 Jordi Bernet obtuvo el Gran Premio del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, como reconocimiento a toda su trayectoria, en 1991. En 1995, el Premio Yellow Kid al mejor artista internacional. Y en 2011, el Inkpot Award, otorgado por la organización de la Comic-Com Internacional. Aun así, «al empezar una historieta, ante la primera página en blanco», se acordaba con bastante frecuencia de la película de Fellini, Ocho y medio, en la que el director de cine Guido Anselmi pierde la inspiración justo cuando prepara su próxima película.

 Ante otra página en blanco elaboré esta serie de preguntas que deseaba que el maestro Bernet me contestara, y con la esperanza de que el espacio para las respuestas no quedara vacío, le envié la entrevista.

 Afortunadamente, Jordi Bernet fue receptivo a mi propuesta y pueden leerla completa en El último héroe, pues los amigos de Laramie han tenido a bien incluirla en el álbum junto a una semblanza de tres páginas de Bill Tilghman y Bill Doolin escrita por Aitor Marcet, un gran entendido del cómic y del western que además dirige la colección Gran Oeste de Laramie Ediciones.

Entrevista a Jordi Bernet por Pedro Delgado
Fotografía: Pedro Delgado

Bill Tilghman y Bill Doolin: Una historia verdadera, de Aitor Marcet
Fotografía: Pedro Delgado

 Decirles por último que, a no ser que una banda de forajidos haya atracado la diligencia que los transporta, El último héroe llega hoy, 5 de febrero, a todas las librerías y tiendas de cómics de España, así que, si les he despertado el gusanillo, corran a por él.

Ficha promocional de El último héroe, de Jordi Bernet
Laramie Ediciones

Nota: Las fechas de la semblanza de Bill Tilghman difieren en los libros y páginas webs de consulta, por lo que para la mía he decidido apoyarme en los datos que consulté en los archivos de la Oklahoma Historical Society, que tiene cierto renombre.

 Por cierto, a algunos quizás les extrañe ver en El último héroe al famoso agente de la ley Bat Masterson como un hombre de negocios turbios, pero es que antes de ser sheriff de Ford County y marshal de Dodge City fue propietario de salones y jugador profesional. Sorprendentemente, acabó sus días como escritor deportivo en un periódico de la ciudad de Nueva York.

martes, 27 de enero de 2026

BORRASCA EN LOS OZORES


Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

Estas semanas que llevamos, con seis borrascas una detrás de otra, son para pasar las tardes en el sofá de casa, arropados por una mantita y en compañía de un buen libro. En mi caso, una de esas tardes cogí de la estantería Borrasca en los Ozores, un divertimento de Pablo Aranda, una micronovela de diez mil palabras que abrió la colección Manguta de Libros, proyecto coordinado por Laura Cerezo Cobos y editado por Ediciones del Genal y Mitad Doble Ediciones en enero de 2018. En ella, el protagonista es Emilio Ozores, un profesor universitario preocupado porque desertan cada vez más alumnos de sus clases. También aparecen Marta, su mujer, y María Espinosa, una alumna con la que Emilio tiene ensoñaciones.

 Dejó atrás el aula y avanzó por el pasillo que llevaba a su despacho. Desanimado, pesadamente encaminado a un análisis destructivo sobre las causas de la cada vez menor presencia de estudiantes en sus clases, Emilio sintió la estridencia del teléfono como una fuerza liberadora. tal vez el timbre de mi voz los aburra, se dijo, en voz alta (para tratar de escucharse desde fuera, que sus oídos percibieran su voz como de otro), y en ese momento sonó el teléfono. A Emilio le sorprendió más el tono tierno de su mujer que el hecho insólito de que lo telefonease.
 –Ha llamado tu primo –dijo Marta.
 –¿Pero dónde estás?
 –En la casa, no me encontraba bien y no he ido a trabajar.

 La llamada de Marta le anuncia a Emilio la muerte de su tía, con la que no mantenía una relación muy estrecha, aunque solía comer con ella los domingos.

 No era amor. Más bien dependencia, tal vez algo de cariño alimentado por el vínculo sanguíneo. Nos llevábamos mal, pero nos buscábamos, bueno, no exactamente: yo la visitaba los domingos, la llamaba, poco. Nada. No la llamaba. [...]

 Y en las escaleras del tanatorio se reencuentra con su primo Isidro, con el que imagina se repartirá la herencia de la difunta: una casa que ya piensa vender para comprarse un coche.

 –Por favor, Emilio. Aún ni la hemos enterrado –sonó falsa la voz de Isidro–. Además, donará la casa a los Hermanos de San Juan de Dios.
 Emilio se acercó al ataúd y levantó la tapa. La tía le pareció más joven que de costumbre, como si en vez de su tía muerta fuese su prima dormida. Las manos sobre el pecho y en un dedo un anillo* que Emilio no recordaba haberle visto nunca. Sobre el dorado sucio del anillo descansaban las letras H y G. Emilio supuso que las siglas esconderían un latinajo religioso que no reconoció.

 A Emilio le interesa la sociología de lo cotidiano, cosas insólitas como el estudio de los aspectos, funciones, comportamientos y circunstancias relacionados con el orinar –o cuántos pasos damos al día (y, por ende, kilómetros al año), mientras paseamos al perrito «como aquella señora en Yalta que nos contaba Chéjov*»–. Y le gusta dejar constancia de sus disquisiciones en una grabadora y en los artículos que sube a su página web.

 Ahora que ha muerto su tía, y recuerda su voz: «No te comas todos los borrachuelos, deja alguno para tu primo», se pregunta por el significado del duelo. También por si su mujer, Marta, no habrá pensado sustituirlo antes de tiempo, porque, como su tía, toda persona es sustituible, y la relación de Marta con su jefe, Alberto, parece cada vez más estrecha.

La muerte de la tía podría significar el comienzo del desmoronamiento de nuestra familia. El declive de los Ozores. Se abrió la puerta del estudio y entró Marta. Aunque le tenía advertido que llamase antes, nunca lo hacía.
 –¿Hablando solo? Me voy, he quedado para cenar.
 –¿No vas a venir al cementerio? La tía te quería mucho.
 –No creo que lo note. Además, no me quería tanto. Es una cena de trabajo.
 –¿No dijiste que estabas mala?
 –No, dije que me encontraba mal, que es diferente. Y ahora me encuentro bien. Mañana iré al entierro.
 –Es a las doce.
 –¿A las doce? Vaya. Entonces no podré ir –dijo saliendo del estudio–. Por cierto –asomó la cabeza–. La asistenta se ha quejado de las notas adhesivas en las paredes del baño con tus controles urinarios. Usa una libreta.
 En cuanto sonó la puerta telefoneó a su primo.
 –Isidro, salgo dentro de media hora para el cementerio, ¿te recojo?
 –¿Al cementerio? Uf, tengo guardia esta noche. No saldré de la comisaría hasta las ocho de la mañana. A las nueve estaré allí.
 –Bueno, solo nos tiene a nosotros. Yo me quedaré a su lado toda la noche.
 Sabiendo que su primo no acudiría al cementerio, se quitó la ropa y se puso el pijama. Se preparó un bocadillo de atún y se sentó a ver en televisión un acalorado debate sobre la crisis catalana. Le sorprendió que cada tertuliano le convenciera tras su intervención. Cayeron unas gotas de aceite en el sofá y cuando terminó el bocadillo le dio la vuelta al cojín. Cambió de canal. Una mujer muy hermosa paseaba junto a un río. Le recordó a María Espinosa, la alumna más guapa que había tenido jamás.

 Aunque leí la novela en su momento, había olvidado la trama por completo, y volví a sonreír aquí y allá con las ocurrencias de Pablo, que volvía a conseguir, como en Desprendimiento de rutina, que un jeta bastante reprobable me llegara a caer bien. Por cierto, ambas novelas comparten el tono humorístico y disparatado, y el nombre de la mujer del protagonista: Marta.

 4
 Cuando Emilio Ozores llegó al tanatorio por la mañana su primo fumaba en la puerta de la sala. Isidro lo miró a los ojos y lanzó la colilla al suelo con violencia.
 –¿No dijiste que ibas a pasar la noche con la tía?
 –Y la he pasado –mintió Emilio–. He ido a mi casa a ducharme y desayuna.
 –El vigilante dice que la sala ha estado vacía toda la noche.
 –¿Desde cuándo un inspector de policía se fía del testimonio de un guarda de seguridad?
 –Déjalo, anda.
 –¿Qué tal tu noche?
 –Divertida: una banda de gamberros ha quemado dieciséis contenedores.
 –¿Los habéis pillado?
 –Aún no, pero tenemos el perfil de cuatro de ellos: tienen entre once y veintidós años, criados probablemente en familias desestructuradas, quizá visten sudaderas con capucha. ¿Nos tomamos un café?
 –Antes voy a echarle un vistazo a la tía.
 –No creo que se haya movido mucho desde que la dejaste anoche.
 –Anoche no, esta mañana.
 Emilio pidió un mitad doble y tostadas.
 –¿No había ido a tu casa a desayunar?
 –Joder con la policía. Fui a ducharme y a desayunar, pero Marta se olvidó de comprar pan.
 –¿Qué tal Marta?
 –Como siempre.
 –¿Sigue acostándose con su jefe?
 Emilio devolvió la tostada al plato. Solían intercalar burlas en sus conversaciones, pero esta vez Isidro había ido demasiado lejos.
 –No me mires así, era una broma –se disculpó–. Pero confiesa –añadió buscando desviar el tema–: ¿a que no te has quedado esta noche en el cementerio?
 Si seguía Marta acostándose con su  jefe. La perífrasis empleada por Isidro indicaba que ya se acostaban antes. Marta coordinaba un área de su empresa y debía diseñar estrategias con su jefe directo, Alberto, a menudo en cenas.
 –Venga, no te enfades –insistió Isidro–, en realidad tampoco yo he trabajado toda la noche, solo hasta las doce. Y no han ardido dieciséis contenedores, sino ciento cuatro, y no tenemos ningún perfil.
 Emilio logró sonreír:
 –Bueno, estaríamos en paz. Yo mantengo una relación con una alumna.
 –Corrupción de menores –rio Isidro, pidiendo con gestos que contase más.
 –¿Menores? Doy clases en la universidad. María tiene veinte años.
 –Así que María. ¿Te la ha chupado alguna vez en el despacho?
 Emilio apuró el café y se levantó sin responder.
 –Marta, ¿te acuestas con Alberto? –disparó Emilio al llegar a su casa.
 –Claro, está ahí, en la cama. Llévale un vaso de agua, que  me lo ha pedido hace un rato.
 –Te lo digo en serio.
 –¿Te pregunto yo si te acuestas con tus alumnas?
 –No.
 –Pues entonces. –Marta entraba al baño, pero se detuvo al escuchar de nuevo a Emilio:
 –¿Qué pensarías si te dijera que me acuesto con la alumna más guapa que he tenido nunca?
 –Que es mentira –contestó sin volverse. Y cerró la puerta.

 También el hecho de que la trama rocambolesca se despliegue en Málaga, algo a lo que Pablo nos tiene acostumbrados: Calle Fresca, la plaza de Uncibay con la cafetería Doña Mariquita (desgraciadamente ahora es un Doña Lola), la plaza de la Merced, el albergue San Juan de Dios...

Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda, en la plaza de Uncibay
Fotografía: Pedro Delgado

 Como los dos esperaban, la casa se la había dejado a Isidro. Dinero apenas había: toda la pensión liquidada. Lo que ninguno de los dos había sospechado era la existencia de un apartamento en calle Fresca, en pleno casco antiguo de la ciudad. Y el nuevo propietario de ese piso era Emilio. Con la mano en el bolsillo apretó la llave con fuerza y, a pesar de encontrarse en la plaza de Uncibay, a dos pasos de calle Fresca, antes de acercarse al apartamento, mi apartamento, dijo en voz alta, se sentó en la cafetería Doña Mariquita y pidió un café con leche y cinco churros. Necesitaba ordenar sus ideas.
 ¿Por qué había ocultado la tía esa pertenencia?, ¿para qué la había usado?
 –Tenía un amante –sugirió María Espinosa–. Sesenta y cinco años no es tanto.
 –¿Un amante? –repitió Emilio.
 –¿Cómo dice? –preguntó el camarero, que pasaba un trapo por la mesa de al lado.
 En cualquier caso una doble vida. La posibilidad de un espacio secreto abría las puertas a una vida secreta.
 Llamó a Marta para preguntarle el teléfono de Rafa, el hijo de ambos, que llevaba unos meses estudiando fuera.
 –¿Todavía no te lo sabes? –refunfuñó Marta.
 –¿Tú le has dicho lo de la tía Emilia?
 –No –respondió antes de colgar.
 Marcó el número.
 –¿Papá?
 –Te llamo para darte una mala noticia. –Hizo una pausa forzada–. La tía Emilia se ha muerto.
 –¿Pero no estaba muerta ya?
 –Creo que no, de momento la gente se muere una sola vez.
 El hijo añadió algo, pero Emilio se perdió en lo que acababa de decir: la gente se muere una sola vez. Dos muertes. un pensamiento inquietante le turbó: por qué no yo, dos muertes. Con el piso de la tía Emilia puedo llevar una doble vida, una vida nueva, mi vida anterior ha terminado, he muerto, por tanto, una vez. Pero no, para llevar una doble vida es necesario no abandonar la anterior. Una doble vida nos protege. Una nueva vida es más de lo mismo, con nuevas variables, pero en el fondo no es otra cosa que más de lo mismo. Una doble vida es lo realmente novedoso.
 –¿Papá?
 –Perdona, Rafa, creí que habías colgado –dijo y colgó él.
 Una vivienda antigua pero reformada, con un mobiliario moderno y funcional salido de un catálogo de fábrica de muebles sueca. Nada que ver con la decoración del piso de la tía Emilia, el otro piso, ¿la otra tía? Un cenicero con algunas colillas manchadas de carmín (la tía Emilia no fumaba, o eso creía Emilio), un gigantesco televisor inteligente.
 –¿Te ha dejado algo? –quiso saber Marta cuando llegó a casa.
 –Nada.

Borrasca en los Ozores en calle Fresca
Fotografía: Pedro Delgado

***

 Antes de dirigirse a la facultad aparcó en el centro y caminó hasta el albergue de San Juan de Dios.
 –Buenos días, soy Emilio Ozores, sobrino de Emilia Ozores. He venido para comunicarles que mi tía ha fallecido –pronunció con voz afligida al joven que había abierto.
 –¿Emilia Ozores? Le acompaño en el sentimiento, pero la verdad es que no tenía el gusto de conocerla.
 –Venía cada tarde aquí como voluntaria.
 –Le aseguro que no. A ver si decía eso y se iba al bingo. –Movió arriba y abajo el dedo índice, como si le regañase.
 La doble vida. No se puede alargar la vida, pero sí ensanchar. Vivimos mirando al frente, sin darnos cuenta de que el futuro lo tenemos a los lados.

...y la Panadería Escalona, en la Alameda de Capuchinos, de donde proceden las bandejas de borrachuelos de la tía de Emilio. No recuerdo si llegué a comentárselo a Pablo en su momento, pero María Escalona fue alumna mía en Gamarra. En el curso 1991/92. El primer año que trabajaba, recién licenciado en el INEF de Granada, de profesor de Ed. Física. Imagínense si ha pasado tiempo, que si quisiera ya podría jubilarme al acabar este mes de febrero.

 Pero volvamos al apartamento de calle Fresca para cerrar esta reseña, al lugar donde la tía, o mejor dicho la presencia fantasmal de su tía, se le apareció un día a Emilio apoyada en el quicio de la puerta.

 –El apartamento es la vida, Emilio, hijo. Estamos atados, nos creamos una serie de compromisos que terminan atrapándonos, entonces hay que buscar respiraderos.

 Pues eso, sigan el consejo y, en días como estos, quédense en casa y dense un respiro con Pablo Aranda. Y si quieren rendirle un pequeño homenaje a Emilio, anoten en la ficha que cierra la micronovela el tiempo que invirtieron en leerla. Por aquello de la investigación de lo cotidiano. Yo, como soy un desastre, olvidé mirar la hora al terminar.

 –Por favor, atendedme un momento –intervino Emilio de nuevo–, necesito vuestra colaboración para un artículo sobre la lectura. Cada cierto tiempo se publican estudios sobre la lectura y se informa del número de libros que se leen, pero no del número de horas. ¿Cuánto se tarda en leer un libro? Os pido que el próximo libro que leáis contabilicéis el número de días que os ha ocupado su lectura y, sobre todo, el número de horas de lectura. Para ello, cada vez que os pongáis a leer apuntad a lápiz en la primera página la hora exacta y cuando acabéis hacéis lo mismo, después solo habrá que sumar los intervalos.
Ficha de tiempo de lectura de Borrasca en los Ozores
Fotografía: Pedro Delgado

 **El anillo es un guiño a Chéjov, y a uno de sus principios, ese que dice que si un arma aparece colgada en la pared durante el primer acto, en el segundo tiene que ser disparada. Y es que Pablo, además de escritor, sigue siendo maestro.

martes, 6 de enero de 2026

EL MEJOR REGALO DE REYES

No hay regalo de Reyes que supere al que nos ha hecho a toda mi familia el cirujano Diego González Rivas. El mediático cirujano torácico, al que solo conocía por sus intervenciones en La Revuelta de David Broncano, ha entrado directamente en el santoral de este ateo al extirparle a mi prima Elisabet un tumor de 4 kilos, lo que pesan algunos bebés al nacer.

El cirujano torácico Dr. González Rivas
con el tumor de mi prima en las manos
Fotografía: dieguinidoc

 «¡He vuelto a nacer, primo!», me decía el otro día al teléfono desde Galicia. Y sin duda eso es lo que ha ocurrido, porque en la sanidad pública, la de todos –¡a qué infraniveles está llegando!–, ya la habían desahuciado. Así que su última carta fue viajar hasta La Coruña para ponerse en las manos del Doctor González Rivas. Allí, en el hospital privado de San Rafael, el cirujano le extirpó el tumor gigante que le había crecido en la pleura del pulmón –un sarcoma de Ewing diagnosticado en octubre de 2024 que nadie se había atrevido o querido operar en Málaga–.

«Me dijo que tenía tres meses de vida, que eso tenía que quitarlo, que me iba a morir ya, que cómo no me habían operado de eso».

 El carácter con el que mi prima ha afrontado las piedras que la vida le ha puesto en el camino es digno de admiración. En 2009, con tan solo veintidós años, tuvo un primer tumor en la cabeza. La operaron con éxito, y tras radioterapia y quimioterapia, se vio libre de enfermedad durante 15 años. Como secuela del tratamiento corticoideo, desarrolló una necrosis aséptica de caderas, que precisó sendas prótesis de cadera. Aquello, y el excesivo celo o la falta de humanidad de sus profesores del grado medio de Ed. Física del I.E.S. Fernando de los Ríos, le impidió, al no poder terminar de realizar sus prácticas con la bicicleta de montaña, obtener el título de Técnico en Guía en el Medio Natural y de Tiempo Libre, que era lo que más ilusión le hacía en aquel momento.

 Tras muchos años de seguimiento, en septiembre de 2024 le dieron el alta y le dijeron que había logrado vencer el cáncer. Recuerdo la alegría con la que toda la familia lo celebramos un sábado por la mañana en la cafetería Cañamero. Sin embargo, poco nos duró la fiesta, porque un mes después consultó en Urgencias por una gastroenteritis y tras objetivarse un derrame pleural, se diagnosticó de nuevo de un sarcoma de Ewing pleural.

 En un principio eran varios nódulos pleurales, pero tras 14 meses de quimioterapia, el tumor en lugar de reducirse, siguió creciendo, y, a sus 39 años, Elisabet dejó de tener vida. Ya le costaba hasta respirar, y tenía que dormir sentada. El corazón, empujado por la masa del tumor, se le había desplazado al otro lado, y había riesgo extremo de muerte súbita. No habiéndose planteado nunca para su caso un abordaje quirúrgico, tuvo conocimiento de la existencia del Dr. González Rivas, el afamado y experto cirujano torácico.

Elisabet Rivas con el Dr. Diego González

 El día 29, uno de los hermanos de Elisabet, mi primo Aurelio, se puso en contacto con Diego González, y el día 2, ya estaba en la mesa de operaciones. Tras cinco horas de intervención, San Diego González Rivas le extirpaba todo el tumor y le devolvía a mi prima, Elisabet Roldán Comitre, la vida. Y por ende, la alegría a toda su familia.


 Vaya desde aquí mi eterno agradecimiento al Doctor Diego González Rivas. Y como en este blog siempre tienen cabida los libros, les voy a recomendar el suyo: Curando el mundo. Diario de un cirujano nómada (Plaza & Janés).

Curando el mundo: Diario de un cirujano nómada
Diego González Rivas
Plaza & Janés