sábado, 20 de julio de 2019

PLAYA O PISCINA


A la deriva –Setenta y seis días perdido en alta mar–, de Steven Calllahan (Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El verano discurre con sus calores, las alertas de los meteorólogos en la pequeña pantalla, las cervezas heladas, las granizadas de limón, los tintos de verano, los gin-tonic, los gazpachos, las rodajas de sandía, los espetos de sardinas, los aires acondicionados, las siestas y las escapadas a la playa o a la piscina. Hay quienes dicen que no es verano hasta que no empieza el Tour de Francia. Por si alguien no se había dado cuenta de que la ronda gala ya pasó su ecuador, los míticos The Beach Boys vinieron a corroborar el otro día en el Starlite de Marbella que estamos en pleno verano, una ola de surf californiano a la que pude subirme gracias a las entradas que me tocaron en un sorteo de la Fnac.

The Beach Boys en el Starlite Festival (Marbella, 11 de julio de 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Al día siguiente fui con Lucía a la Casa Gerald Brenan de Churriana, a la clausura del ciclo Cantos Velados, dedicado a Gamel Woolsey, poeta, escritora y esposa de Gerald Brenan. Allí, en el jardín de los Brenan, intercambiaron canciones y poemas La Bien Querida y Alejandro Simón Partal. Alejandro abrió la noche con una poesía suya, un hermoso texto que hablaba del verano y que anoto aquí para que no se me olvide.

Bendecidos
Y de pronto, del suelo,
se han alzado los tomates,
como una pasarela de luces rojas
con las que se inaugura el verano.
El animal en celo. Alguien encala la casa.
De repente, un exceso de vida
se ha impuesto en nuestra rutina.
Podemos saltar al vacío o amar sin cautela,
desaparecer hasta que no podamos más,
pero sólo salimos a la puerta
y nos sentamos al fresco.
Quiero decírtelo de la forma más sencilla,
sin laberintos: estamos bendecidos.
Ya nada va a poder con nosotros.
Alejandro Simón Partal

Este Poema pertenece al libro Una buena hora, con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola y que publicará la editorial Visor este próximo otoño.

 Tampoco se olviden de llevar un libro o una revista a la piscina o a la playa, de leer en definitiva. Precisamente, TALES –la revista del relato corto malagueña– nos trae en su número 11 un cuento titulado La piscina, de Jorge de Cascante.

TALES, la revista del relato corto. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Además, el relato seleccionado para este número entre los más de doscientos originales recibidos, El Capitán, de Antonio Sancho Villar, es una historia que debe leerse junto al mar.


Quizás convenga aclarar que nadie en Ardiza había visto nunca el mar. Como mucho nos acercábamos en verano al embalse de Santa Águeda, sierra adentro, o quedábamos ensimismados durante el baño diario observando las profundidades de nuestras palanganas de hojalata, soñando con no se sabe qué… Porque sin haberlo visto nunca, ya estábamos todos enfermos de la nostalgia del mar. Alguna vez lo escuchábamos mencionar a los viajantes de comercio o a los artistas de legua que pasaban por la ciudad, y lo imaginábamos como una cosa inmensa e inalcanzable, como Dios mismo. Nada más.
 Así, el primero que vio aparecer a Ismael le puso el mote inevitable de el Capitán, por la sola razón de que venía acompañado de todos los signos que esperábamos ver en un hombre de mar. 
El Capitán. Antonio Sancho Villar

 También está relacionada con el mar la última novedad de Capitán Swing: A la deriva –Setenta y seis días perdido en el mar–, del estadounidense Steven Callahan; catalogado por la National Geographic Adventure como uno de los 100 mejores libros de aventuras de todos los tiempos. Steven tiene en la actualidad 67 años, una edad a la que seguramente pensó que no llegaría aquel invierno de 1982, cuando se hundió en el océano Napoleón Solo, su pequeño velero de menos de siete metros de eslora con el que participaba en una carrera en solitario a través del Atlántico.

Siguiendo la desventura del Napoleón Solo por el Atlántico desde una playa del Mediterráneo
A la deriva, de Steven Callahan (Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Mis pensamientos regresan al Solo, a aquella noche, al estrépito, al agua invadiéndolo todo. Lo oigo, lo veo, siento el agua turbulenta elevarse por encima de mi cabeza. Sal, se está hundiendo. ¡Se está hundiendo! Un espectro de desesperación y de pérdida se me cruza ante la mirada. ¿Qué te ha pasado, Solo? ¿Te hice demasiado frágil, tesoro mío? ¿Chocaste contra un tronco o contra un contenedor de barco? Al hacerme esta pregunta, reflexiono que es muy poco probable que mi veloz barco chocase contra algo. La colisión vino por uno de los costados, no por la proa. El Solo se detuvo y yo subí ipso facto a la cubierta. De haber chocado contra un objeto flotante capaz de causar tal destrozo, lo habría visto. Debió de embestirnos algo muy grande, que debía moverse a gran velocidad. Desde la cubierta no se veía ningún barco. Debió de ser algo perteneciente al propio mar. Algo grande. Una ballena, quizá. Hace unos años, timoneando un trimarán de más de diez metros de eslora, choqué contra un cachalote, en plena corriente del Golfo. El propietario del trimarán, que viajaba a bordo, se había topado ya con otro cachalote en una travesía anterior, ese mimo año, también destino a las Bermudas. Tuvimos suerte. El casco quedó muy abollado, pero ni la ballena ni el barco sufrieron daños fatales. A los Robertson y los Bailey los echaron a pique sendas ballenas. Los cetáceos se alimentan cerca de la superficie por las noches, cuando asciende el plancton de mayor tamaño. Una ballena no habría reparado siquiera en el casco del Solo, que surcaba silenciosamente la superficie del ruidoso oleaje. Un choque a diez nudos con una ballena no demasiado grande, de treinta y cinco toneladas, por ejemplo, habría bastado para causar ese tipo de destrozo a mi barco. La ballena probablemente ni se inmutó.

 Afortunadamente, Steven sobrevivió para contarlo gracias a la balsa salvavidas que llevaba y a su ingenio. También al equipo de supervivencia que pudo recuperar del Solo antes de que se hundiese del todo. En aquella balsa inflable llegaría a recorrer mil ochocientas millas náuticas, constituyendo una dramática historia de supervivencia en el mar, un perfecto ejemplo de coraje y superación, un recordatorio de que "cada día es un regalo y no un derecho".

Steven Callahan en su balsa salvavidas. A la deriva (Capitán Swing, 2019)

La mañana del 8 de febrero la tormenta parece amainar ligeramente. Las olas continúan cayéndonos encima, algunas de cinco metros de altura e incluso más. Sin embargo, han desaparecido los rizos de espuma y el oleaje no embiste contra la balsa tan a menudo. Oteo el páramo líquido. No hay oasis, no hay agua que beber ni palmeras que den sombra. Como en el desierto, aquí puede encontrarse vida, pero es una vida que se ha desarrollado a lo largo de milenios para sobrevivir sin agua dulce.
***
En mi mente se dibujan fantasías en torno a la comida y la bebida, y mi imaginación vuelve una y otra vez al Solo, a toda la fruta, los frutos secos, las verduras y los litros y litros de agua dulce que transportaba en él. Me veo abriendo armarios y sacando comida. Hago planes de nuevo para salvar el barco, para trasladar los víveres a la balsa, para achicar el agua, para reflotarlo y volver a navegar en él.
 ¿Y si no me hubiera separado de él? ¿Y si no hubiéramos dejado las Canarias? ¿Y si…? ¡Para ya! No está. Se fue. Tu barco se fue. Concéntrate en el ahora, en sobrevivir.
***
El tiburón nada despacio alrededor y se sumerge bajo la popa. Se gira y, bocarriba, muerde uno de los lastres, haciendo que la balsa se agite cada vez que da una sacudida con su abdomen de tres metros. Benditos lastres. El tiburón quizá termine haciendo un agujero en el suelo, pero eso no dañará los flotadores, al menos no por ahora. ¿Debería probar a dispararle y arriesgarme a perder el arpón?
***
Han aparecido una variedad de peces más pequeños. Miden unos treinta centímetros de largo y tienen unas bocas pequeñas y apretadas y unas aletitas que parecen pequeñas manos en la parte superior e inferior del cuerpo. Veo sus grandes ojos redondos moverse de un lado a otro mientras se lanzan a toda velocidad bajo la balsa y picotean el fondo con sus poderosas mandíbulas. ¿Están intentando comérsela?

Leyendo A la deriva, de Steve Callahan en la playa. Málaga, julio de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez


Nota: Mil gracias a Alejandro Simón Partal por compartir ese poema inédito con todos nosotros.

miércoles, 3 de julio de 2019

MONTAÑAS DE PAPEL Y TELA


Mateo Maté (Madrid, 1964) es un artista conceptual que, entre muchísimas otras cosas, construye y fotografía montañas de papel o tela. De manera sui géneris recicla los periódicos que acumula, construyendo con sus páginas formaciones montañosas de gran belleza.

Paisaje (20 de noviembre de 1975). Obra de Mateo Maté
Fotografía, 60 x 100 cm

 Otras veces levanta los pliegues de las sábanas y la funda nórdica para crear valles y cordilleras que fotografiar. Imágenes que son pura poesía.

Desubicado, 2002. Obra de Mateo Maté
Fotografía, 56 x 60 cm

 Cuando esa orografía efímera permanece más allá de la imagen fotográfica, y pervive encerrada en una caja de metacrilato, adquiere el marchamo de escultura.

20 de noviembre de 1975. Obra de Mateo Maté
Escultura de papel de periódico
Imagen: Freijo Gallery, Madrid.

 Y por si todo esto fuera poco, tiene también Mateo Maté una funda nórdica de curvas de nivel y equidistancias que revela los relieves ocultos de nuestra cama y que hace que, a los que amamos los mapas, nos den ganas de arroparnos con ella.

Cama, 2003. Obra de Mateo Maté
Edición impresa, 70 x 88 cm

 Sin duda, Mateo Maté ha sido un feliz descubrimiento.


lunes, 10 de junio de 2019

LAS VENTAJAS DE DESCUBRIR EL MUNDO A PIE


Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge (Editorial Taurus, 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Un 8 de diciembre de 1993, con tan solo 18 años, Patrick Leigh Fermor (1915-2011) salió de Londres con la intención de coger un barco con el que desembarcar al otro lado del canal de la Mancha. Así llegó a Holanda, con la "loca" idea de caminar desde allí hasta la lejana Constantinopla. Aquel viaje de iniciación concluyó en Turquía el 1 de enero de 1935.
 "Un buen caminante no deja huellas", dice el Tao Te Ching; sin embargo, Patrick Leigh Fermor recogió décadas después aquellos pasos en tres volúmenes: El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y, ya de manera póstuma, El último tramo.

Patrick Leigh Fermor

 Sin duda, la vida del Patrick adulto –escritor, historiador y héroe de guerra– fue fruto de aquellos pasos largos y ligeros de la adolescencia. Yo, ahora que sueño con que se me cure la fascitis plantar para poder emularlo, me acordé estos días del británico mientras leía el nuevo libro de Erling Kagge: Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie. El noruego trae a colación en sus páginas a Sócrates, Diógenes, Montaigne, Darwin, Machado, Thoreau, Neruda, Nabokov, Kundera, Cognetti..., incluso a Einstein y Steve Jobs, pero, quizás por esos cambalaches del destino, se olvidó de Patrick. También de Rimbaud y sus andariegos vagabundeos de adolescencia. Dos descuidos imperdonables que no hacen mella en el libro. Porque Caminar sigue la fórmula de El silencio en la era del ruido, y las disquisiciones de Erling te atrapan y te llevan a leerlo del tirón en una tarde.
 Un día mi abuela ya no pudo andar. 
 Ese día murió. Físicamente vivió un poco más, pero las prótesis que le habían puesto para sustituir a sus viejas rodillas terminaron por desgastarse y ya no soportaban el peso de su cuerpo. Tumbada en la cama perdió la fuerza muscular. 
 Su sistema digestivo falló. Su corazón latía más despacio y respiraba con dificultad. Los pulmones absorbían cada vez menos oxígeno. En sus últimos momentos jadeaba en busca de aire. 
 En aquel tiempo yo vivía con dos de mis hijas. La más joven, Solveig, apenas contaba trece meses. Mientras su bisabuela se encogía despacio y adoptaba una posición fetal, Solveig sintió que había llegado la hora de aprender a andar.
 Por cierto, que los textos de este ensayo hilvanan muy bien con los del anterior, pues ambas actividades (caminar y guardar silencio) suelen ir yuxtapuestas.
 He dado innumerables paseos.
 Paseos breves, largas caminatas. He salido andando de ciudades y he entrado caminando en ellas. He andado de día y de noche, he dejado atrás amores y me he acercado a ver a amigos. He caminado por bosques y montañas, sobre mesetas heladas y sobre yermos creados por los seres humanos. He caminado y me he aburrido, he andado para escapar de la ansiedad. He caminado con dolor, he andado feliz; pero, sin importar dónde, ni por qué, he caminado y caminado. He ido, literalmente, hasta el fin del mundo.
 Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos. El silencio es abstracto; caminar, algo concreto.
Huellas. Fotografía: Lucía Rodríguez

Al terminar la lectura, uno está deseando buscar cualquier excusa para salir a la calle a pasear o, si no queda tiempo para tanto, tirar la basura, comprar otra barra de pan antes de que cierre la panadería o ver si aún queda algún periódico en el quiosco más cercano. Cualquier cosa con tal de salir a estirar las piernas.

 A pesar del revival de títulos que hay sobre el tema, son pocos los que deciden caminar hoy en día: grupos de senderistas que se reúnen algún fin de semana para hacer una ruta, gente que recorre los paseos marítimos a trancos y personas mayores que siguen caminando en los pueblos por las veredas y los arcenes mientras platican camino de alguna ermita. En la ciudad todo son desplazamientos en vehículos a motor de dos, cuatro y ocho ruedas, patinetes eléctricos y bicicletas (algunas también eléctricas para darnos una patada en la boca a todos los que luchamos por promover el combate contra el sedentarismo). Lo dijo no hace mucho José Antonio Garriga Vela desde su Cruce de vías* del diario Sur: "La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado". Y eso es algo que entronca con dos de las preguntas a las que nos confronta Erling: la que le hacen los niños: ¿por qué tenemos que caminar cuando se llega antes en coche?, y la que le hacen los adultos: ¿qué sentido tiene desplazarse despacio de un lugar a otro? Ambos interrogantes me llevaron a acordarme de mis días en Marruecos –la prisa mata– y de mi querido Paul Bowles, quien comentaba lo siguiente en Días y Viajes (Seix Barral, 1993):
 Pregúntale a Sidi Driss por qué no está interesado en ver un automóvil. Responde: "¿Para qué? Las ruedas giran rápido, sí. El claxon hace ruido, sí. Llegas antes que si fueras en mula, sí. ¿Pero a qué llegar antes? ¿Qué haces cuando llegas que no podrías hacer si llegaras más tarde? Tal vez los franceses creen que si van más rápido la muerte no podrá alcanzarlos." Y se ríe, porque cree que Occidente quiere huir de un destino que ya ha sido fijado, que está "escrito", como se dice en árabe; naturalmente, cualquier intento semejante está condenado al fracaso.
 Volviendo a Caminar, leo en las página 26 y 27 lo siguiente:
 Cuando conduces tu coche hacia una montaña y dejas que las pequeñas lagunas, las laderas, las rocas, el musgo y los árboles pasen zumbando a tu lado, la vida se acorta. No sientes el viento, ni los olores, ni el clima, ni los cambios de luz. Los pies no duelen. Todo se mezcla.
 No solo se reduce el tiempo cuando se intensifica el ritmo, también el sentido del espacio. De repente te encuentras al pie de una montaña. La experiencia de la distancia se desvanece. Al llegar a tu destino puede que creas que has tenido muchas sensaciones. Sin embargo, lo dudo.
 Si caminas esa misma ruta, tardas un día en lugar de media hora, respiras con más calma, escuchas, sientes la tierra bajo tus pies, el día cambia por completo.
 Poco a poco la montaña crece y sientes que tu entorno se expande.
 Conocer todo lo que te rodea requiere tiempo. Es como cimentar una amistad. Esa montaña que allí, frente a ti, se transforma despacio a medida que te aproximas, se convierte en una especie de amigo a medida que te acercas. Tus ojos, tus oídos, tu nariz, tus hombros, tu estómago y tus piernas preguntan a la montaña y la montaña responde. El tiempo se expande sin depender de los minutos y las horas.
 Aquí reside el gran secreto que todos los caminantes comparten: la vida es más larga cuando andas. Caminar prolonga los instantes.
 Eso es algo que conocen bien los montañeros que se acercan a pie a un campamento base o a un refugio de montaña. Si, por ejemplo, se pudiese llegar al refugio de Neltner en camioneta desde Imlil, el Toubkal ya no sería lo mismo.

Abandonando el refugio de Neltner, 2007. Fotografía: Mª Ángeles García

 La cabeza se me vuelve a ir a Marruecos, pero he de regresar al libro del que les hablo. Ojeo algunos de mis subrayados y se los anoto por si les abre el apetito de leerlo, o por si quieren hacerse una idea de lo que se van a encontrar en sus páginas.
 Durante nuestros preparativos para ir hasta el Polo Norte en 1990, pasamos unas cuantas semanas en Iqaluit, una pequeña localidad del noreste del Ártico canadiense, para poner a prueba nuestro equipamiento. Allí tuve noticia de una buena tradición de los inuit. Si estás tan enfadado que tienes dificultades para controlar tus sentimientos, te piden que abandones tu hogar y que atravieses en línea recta el paisaje que te espera en el exterior hasta que tu ira se esfume. El punto en el que consigas liberarte de tus sentimientos queda marcado por un palo que clavarás en la nieve. De esa manera queda recogida la duración o la intensidad de tu ira. Lo más sensato que puedes hacer cuando te enfadas, una circunstancia en la que tu cerebro reptil domina tus acciones, es alejarte de aquel o de aquello con lo que estás enojado.
Iqaluit (Canadá). Fotografía: Sean Kilpatrick/Canadian Press
 Veinte años después de la visita a Iqaluit decidí, junto con el explorador Steve Duncan, recorrer parte del subsuelo de Nueva York. Atravesar las cloacas de la ciudad, los túneles de los trenes y del metro, los conductos de agua. Desde el Bronx al norte, por Manhattan, Brooklyn y Queens, hasta el océano Atlántico. Me impulsaba un deseo de aventura, pero también una necesidad de depurarme, de catarsis, entre la mugre y las cloacas. Cuando partí, mi vida familiar me parecía una mierda. Poco a poco había empezado a comprender que mi compañera y yo, la madre de mis hijas, íbamos a separarnos. Los problemas me hacían tanto daño que mi cuerpo supuraba.
 Sentí el estímulo de iniciar una peregrinación. Quería entregarme por completo, caminar hacia una meta por un tiempo y, durante unos días, mantener a distancia mi mundo cotidiano. Nada era tan arriesgado como peregrinar en la Edad Media, con el peligro de sufrir un asalto de pasar hambre o de ser capturado, pero, aun así, se trataba de una experiencia espiritual. Sin embargo, no quería ir a lugares con los que sueño, como Santiago de Compostela, o rodear el monte Kailash, que tengo pendiente. Algunos amigos opinaban que ir a Nueva York no era una buena idea, pero mi intuición me decía que me vendría bien encontrarme, literalmente, en la mierda. ¿Tal vez entonces mis propios problemas me resultarían insignificantes?
Y para cerrar un recordatorio extraído del libro: La vida no es más que un largo recorrido a pie.

Erling Kagge

Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie
Erling Kagge
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Editorial Taurus, 2019

*https://www.diariosur.es/culturas/blade-runner-20190518193933-nt.html (Blade Runner, artículo de José Antonio Garriga Vela en la sección Cruce de vías del Diario Sur).

viernes, 3 de mayo de 2019

CLAUDIA ULLOA, ERLING KAGGE Y EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO


Hay una escritora peruana que vive en Bodø, Noruega. Lleva allí más de ocho años sacándole partido a la maestría en Lengua española que cursó en la universidad de Tromsø y escribiendo cuando puede. Se llama Claudia Ulloa (Lima, 1975) y además de conocer los protocolos del frío, con el que tiene que medir sus fuerzas, es experta en escribir frases que parecen cinceladas a golpe de silencios.
"Ayer en el aserradero fueron cayendo palabras como virutas. Escribí mentalmente un cuento, pero cuando llegué a casa estaba muy cansada, me acosté en el sofá y me quedé dormida con el olor a pino impregnado en el cuerpo. Olvidé el cuento".
 Claudia dice que "los noruegos siempre andan silenciosos", y que "sólo cuando las cosas dejan de funcionar realmente y no hay solución, la gente empieza a hablar". El escritor y explorador  Erling Kagge, que vive en Oslo, a 839 kilómetros de Claudia, lo demostró en La Térmica el día que presentó El silencio en la era del ruido, y sólo cuando empezó el acto se echó a hablar, pero porque le preguntaba la coordinadora del ciclo, y luego el público, si no creo que se habría mantenido en silencio.
 Lo primero que hizo Erling Kagge al sentarse en el escenario fue quitarse las zapatillas, algo también muy nórdico, y luego se mantuvo callado hasta la hora convenida. Para ser sincero, abrió antes la boca unas cuantas veces, pero fue porque Patrícia Soley-Beltran se dirigía a él para apuntarle algo relacionado con la charla que iban a tener en breve o sobre el libro que parecía tener subrayado y anotado. Erling respondía en corto, y me pareció que hasta contrariado, como un atleta al que desconcentrasen momentos antes de una competición o de empezar uno de sus grandes retos, porque el noruego fue el primer hombre en completar el "desafío de los tres polos": Norte, Sur y cima del Everest.
 Al traductor del acto, Alberto López, también le gusta la aventura, así que debió de disfrutar con el encargo. Un ya lejano día de abril de 2007 lo empujé hasta la cima del Toubkal, y supuse que lo recordaría cuando nos saludamos. De lo extraordinario de su dominio del inglés me di cuenta a las ocho en punto, cuando iniciaron el diálogo.
 Erling Kagge dio otro lejano día de abril de 2015 una conferencia sobre el silencio en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y a raíz de ella se dio cuenta de lo poco que él mismo sabía sobre el tema, de que sólo tenía ideas sueltas. De ahí que, ya en casa, siguiese dándole vueltas a las preguntas que le habían hecho los estudiantes y decidiese profundizar en tres interrogantes: ¿Qué es el silencio?, ¿dónde está? y ¿por qué es más importante que nunca? Con los treinta y tres intentos de respuesta que halló escribió su libro, y Patrícia, que ya les digo se había leído y analizado sus páginas de pe a pa, le fue sonsacando algunos.

El silencio en la era del ruido, de Erling Ragge (Taurus, 2017). Fotografía: Pedro Delgado

 Está el silencio que nos rodea y el que llevamos dentro, este último es más importante aún por lo que tiene de vivencia personal.
*** 
 Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente de mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan a casa, han tenido la certeza de que los misterios de la vida se hallaban en el silencio. Esa es la cuestión. Surcas el mar en un velero y al volver quizá sepas que aquello que ibas buscando se hallaba dentro de ti.
 Aunque aparezcan entre sus páginas, El silencio en la era del ruido no es un libro sobre sus exploraciones y aventuras, sino un ensayo sobre el silencio y el placer de evadirse del mundo. Yo estoy acostumbrado a relacionarme con mi silencio: cuando salgo a correr; cuando dejo la bicicleta en casa y voy caminando hasta el instituto; cuando arreglo las macetas del porche; cuando escribo; cuando leo; cuando cruzo valles y asciendo montañas; cuando esquío en Port Ainé; cuando me siento a oír el crepitar de los leños que arden en la chimenea; cuando me tomo un spritz en el porche o junto a la piscina; cuando me baño en el mar; cuando Lanita se tumba a mi lado y la acaricio; cuando junto mis manos bajo el grifo de la cocina para que se bañen mis agapornis o cuando dejo pasar el tiempo sin más, por lo que me acerqué a La Térmica esperando que Erling hablase más de sus expediciones y aventuras que del silencio en sí, pero predominó lo segundo, quizás porque a Patrícia, tal como ella dijo, no le impresionan nada los exploradores. Aún así, leyó un capítulo que aúna las dos cosas y que alivió mis ansias de aventuras; y recomendó al finalizar el acto un segundo –el quinto– al que he vuelto varias veces, quizás porque en él existe lo que Jack London denominaba La llamada de lo salvaje.
5 
Esta claro que el sonido no es solo sonido. 
 Tuve ocasión de comprobarlo en la primavera de 1986, mientras navegaba en un velero rumbo al cabo de Hornos, a lo largo de la costa de Chile en el Pacífico Sur. De madrugada, durante la guardia de doce a cuatro, oí lo que me pareció un suspiro profundo y prolongado por el flanco oeste. No me imaginaba qué podía ser. Me giré noventa grados en la dirección del sonido y allí mismo, a estribor, vi una ballena. A un simple tiro de piedra. Calculé que tendría aproximadamente la misma longitud que el barco, unos veinte metros. A juzgar por el tamaño, supuse que sería una ballena de aleta, un mamífero cosmopolita a la caza constante de cangrejos, peces y kril. La ballena azul es más o menos igual de grande, pero ya está extinguida casi por completo, de modo que las probabilidades de que se tratara del animal más grande del mundo me parecían ínfimas.
 Las velas estaban bien tensadas, el barco navegaba prácticamente solo, así que yo no tenía otra cosa que hacer que contemplar a la ballena. Delgada, aerodinámica, casi como un torpedo, con el lomo de un negro grisáceo. Según la regla general, las ballenas de gran tamaño pesan tres toneladas por cada metro de longitud y calculé que aquella pesaba alrededor de sesenta toneladas. Iba nadando al lado del barco. Durante unos minutos, la ballena y yo navegamos con el mismo rumbo. 
 Oí varias veces el sonido denso que procedía del espiráculo dorsal. Pausadamente, entrando y saliendo de los pulmones, hasta que la ballena desapareció en el mar. El mundo ya no fue el mismo después de aquello. Me quedé allí, con las manos en el timón, aguzando el oído y escudriñando las aguas en busca del negro lomo de una sola aleta, pero ya no volví a verla. 
 Tres días después, cuando arribamos a tierra, oí el sonido de una aspiradora. Los dos sonidos eran más o menos igual de intensos. El uno me hacía pensar en tareas normales y cotidianas. Algo que hago periódicamente para que no se acumule la suciedad en casa. El otro es un sonido que todavía hoy me complace revivir. A diferencia del primero, es un sonido auténtico, una fuerza primigenia. Pienso a veces en aquella manifestación profunda y mayestática: aún hoy sigue siendo enriquecedor.
 Tuve el libro de Erling en las manos en octubre o noviembre, cuando asomó por las mesas de novedades de Luces, su exquisito diseño me hizo querer comprarlo pero, al final, salí de la librería sin él. Por eso, cuando al terminar el acto vi el mostrador de Luces junto a la puerta de salida, me dije que el destino era bien caprichoso y que esta vez sí que me iba a llevar un ejemplar, y además con la firma del autor. Decirles que no me arrepentí.

Pedro Delgado y Erling Kagge en el encuentro de La Térmica, 31 de enero de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez

Dedicatoria de Erling Kagge. Fotografía: Lucía Rodríguez

No hace mucho trataba de convencer a mis tres hijas de que los secretos del mundo se esconden en el silencio. Era domingo y estábamos sentados a la mesa de la cocina para cenar. La del domingo ha resultado ser la única cena de la semana en la que todos tenemos tiempo de quedarnos sentados charlando cara a cara. Los demás días hay demasiadas cosas que hacer. Las niñas me miraron con escepticismo. ¿El silencio? Pero si el silencio no es nada... Antes de que yo hubiera empezado a explicarles que el silencio puede ser un amigo y que es un lujo mucho más valioso que ese bolso de Marc Jacobs que tanto desean, ya habían sacado sus conclusiones: el silencio está muy bien cuando te vas a dormir. Aparte de eso, no tiene ningún valor. 
 Mientras estábamos allí, sentados a la mesa, recordé de pronto la curiosidad que las tres sentían de niñas. Cómo se maravillaban pensando en lo que habría detrás de una puerta. Su expresión cuando miraban un interruptor y me preguntaban si podía "abrir la luz". 
 Preguntas y respuestas, preguntas y respuestas. La capacidad de maravillarse es el motor mismo de la vida. Pero mis hijas tienen trece, dieciséis y diecinueve años y cada vez se asombran menos. y cuando lo hacen, sacan rápidamente el móvil para encontrar respuestas. Siguen teniendo curiosidad, pero la expresión de su cara es menos infantil, más adulta, tienen en la cabeza más ambiciones que preguntas. A ninguno de nosotros le interesaba lo más mínimo seguir hablando del silencio, así que decidí contar una historia con la intención de provocar eso, precisamente, silencio: 
 Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años. 
 Por una vez se hizo el silencio en la mesa. Se oyó el pitido de un mensaje en uno de los móviles, pero a nadie se le ocurrió ir a mirarlo en ese momento. El silencio se llenó de nosotros mismos.
 En el libro se mencionan muchos filósofos, pintores, escritores y poetas, un substrato del que brotan sentencias, preguntas y respuestas. Añadamos a las primeras ésta: El silencio es gratis. Pero no lo digan muy alto, por eso de no hacer mucho ruido.

 Durante el acto, mientras seguía la conversación, grabé algunos pasajes con mi iPad. La calidad no es óptima, pero les permitirá vivir la experiencia si no estuvieron allí.





Nota: El primer texto a color de esta entrada es obra de Claudia Ulloa, y los restantes pertenecen a la primera edición de El silencio en la era del ruido, de Erling Kagge, editado por Taurus con traducción de Carmen Montes Cano. El próximo libro de Erling será sobre el placer de caminar, un tema muy de moda desde hace unos años, y llegará a las librerías para este mes de abril. Así que quizás volvamos a verlo por La Térmica dentro de un tiempo. En esta ocasión ha venido invitado por Patrícia Soley-Beltran, coordinadora del ciclo Hablar del silencio. Y al hilo de dicho ciclo, quiero anotar aquí las palabras que escribió Giovanni Pozzi: "Vivimos una época en la que el silencio está proscrito. El mundo está oprimido por una pesada carga de palabras, sonidos y ruido. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio porque estaban hartos del parloteo de los hombres". Unas palabras que me recordó el otro día Fernando R. La Fuente en su homenaje a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ciclo Hablar del silencio, coordinado por Patrícia Soley-Beltran
La Térmica, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

martes, 23 de abril de 2019

¡LIBROS! ¡LIBROS!


Lorca y Dostoyevski

Cuando Federico García Lorca inauguró la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre del año 1931, se acordó de Dostoyevski con estas bonitas palabras:
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: 
 "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural de un cuerpo por hambre,  sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Nota: Darle desde aquí las gracias a la profesora de Lengua del I.E.S Isaac Albéniz, Paqui Cobos, a quien le robé la idea de su discurso del Día del Libro del año pasado. Esta entrada está dedicada a ella y a los demás componentes del departamento –Garazi, Ana Rosa, Esperanza y Manolo–, que seguro andan hoy conmemorando el día en el instituto. ¡Feliz Día del Libro a todos!

domingo, 14 de abril de 2019

MONTAÑAS QUE SUGIEREN


Ilustración: Sr. García, para Cruce de Vías de Garriga Vela
Diario Sur, 11 de marzo de 2017

Estoy varado en casa por el recrudecimiento de mi fascitis plantar y un edema óseo en el túnel del tarso, y, como lo segundo requiere de mucho descanso, paso los días entre la cama y el sofá aprovechando para ver Blu-ray y deuvedés que tenía pendiente y leer algunos de los libros que se amontonan en mi mesita de noche. Guardado entre las páginas de uno de ellos me he encontrado, doblado y bien recortado, un artículo de Garriga Vela que lleva por título La orla de los presidentes. Tiene fecha del 11 de marzo de 2017, es decir que ya tiene su tiempo, y al releerlo para ver los motivos por los que lo había conservado he encontrado cuatro razones: Habla de montañas; menciona a la ballena Moby Dick; hace referencia indirecta a una de mis novelas predilectas, El cielo protector, de Paul Bowles, y en la ilustración del siempre magnífico Sr. García se ve un arrui y el continente africano reconvertido en ballena.
Me estoy planteando poner cara a los accidentes geográficos que rodean esta casa y hacer de guía cuando vengan a visitarme los amigos. Decirles, por ejemplo, ¡Mirad, Moby Dick!, no distinguís la ballena blanca en la cima de La Maroma. Y al otro lado, más allá del mar, en el horizonte, ¿no veis la silueta de África bajo el cielo protector?
 Algo más arriba, José Antonio Garriga Vela decía lo siguiente:
Yo prefiero las montañas que sugieren historias de amor, fantasías, miedos e incluso venganzas, como sucede también con las nubes que adquieren formas dispares que nosotros bautizamos con nombres que evocan otras vidas.
 Y en mi elemental vanidad de escritor, quise relacionar aquella frase con el conjunto de relatos ambientados en la montaña marroquí que constituyen Carta desde el Toubkal. Relatos de amor, fantasías, miedos e incluso venganzas. ¿Habría leído Garriga mi libro y pensaba en él al escribir esas líneas? Me gusta imaginar que sí.
 Después de guardar el recorte, mi mente siguió revoloteando sobre el arrui que el Sr. García, con todo el acierto, había situado sobre la cordillera del alto Atlas, y mi cabeza retornó a Marruecos, a los días ya lejanos en los que acompañé a unos biólogos a la búsqueda del que también llaman carnero de berbería o muflón del Atlas. Lamenté no haber escrito ningún relato de aquella expedición.

https://www.diariosur.es/culturas/201703/11/orla-presidentes-20170310193310.html

sábado, 30 de marzo de 2019

HAZTE SEGUIDOR DEL BLOG EN BLOGGER


"Se buscan hombres para un viaje peligroso, sueldo bajo, mucho frío, largos meses de completa oscuridad, constante peligro, no se asegura el retorno con vida, honor y reconocimiento en caso de éxito. Ernest Shackleton." En Carta desde el Toubkal también buscamos mujeres.

Como saben la cuenta de Google+ dejará de estar disponible a partir del día 2 de abril, y uno de los efectos colaterales de ello es que desaparecerán todos mis seguidores de Google+. Son muchos los que estaban al tanto de mis entradas en el blog por ese canal, por lo que desde aquí les quiero animar a migrar a Blogger, desde donde pueden hacerse seguidores de Carta desde el Toubkal, donde no sólo promociono mi libro de relatos sino que también hablo acerca de otros relacionados con los viajes, la montaña, la aventura y Marruecos. Si os inquietan esas cuatro palabras, este es vuestro blog.
 Hacerse seguidor es bien sencillo. En la columna de la derecha encontraran los "cuadraditos" de los seguidores, y bajo ellos un rectángulo azul con la palabra Seguir dentro. Sólo tienen que pinchar en él.


 No les llevará nada de tiempo, y de esa forma continuarán recibiendo mis artículos; además de ser una buena forma de apoyar al blog y de crear una comunidad en torno a él.
 Un saludo, y espero verles pronto de vuelta por aquí.

sábado, 16 de marzo de 2019

50 INTRÉPIDAS DEPORTISTAS QUE JUGARON PARA GANAR

Me van a permitir que, aunque ya haya pasado el 8 de marzo, les recomiende un libro sobre el empoderamiento femenino en el deporte. Ya les hablé con todo lujo de detalles de Mujeres en el Deporte el 8-M en mi blog de atletismo Calle 1, pero quiero que asome también por aquí porque hay varias aventureras de armas tomar entre esas 50 intrépidas deportistas que, como reza el subtítulo, jugaron para ganar.

 Una de ellas es la alpinista japonesa Junko Tabei, ya fallecida, cuyo nombre está inscrito con letras de oro en la historia de las ascensiones al Everest, pues fue la primera mujer en alcanzar la cima más alta del mundo el 16 de mayo de 1975.

Junko Tabei en la cima del Everest, 16 de mayo de 1975
Fotografía: probablemente de Ang Tshering, el sherpa que la acompañaba

 Uno ve esta fotografía, la pose relajada, con la máscara de oxígeno puesta y la bandera japonesa desplegada que sujeta con una mano, y se pregunta si encontró allí algún techo de cristal. Yo creo que no, la veo con ese mono naranja y me parece que subió con la misma facilidad con la que los butaneros subían las bombonas a un quinto o un décimo sin ascensor en mi barrio cuando yo era pequeño. Nosotros vivíamos en un primero en calle La Unión, por eso no entendía que mi madre le pagase la bombona y una propina. Sólo cuando fui algo más mayor e intenté ayudarla a colocarla bajo la hornilla, y sentí como si se me fuese a quebrar la espalda, entendí el por qué de aquel dispendio.
 Seguramente el techo de cristal que Junko Tabei no se encontró en aquella cima se lo topó en Miharu, su ciudad natal, a escasos 350 metros de altura sobre el nivel del mar –o en los 40 ridículos metros de Tokio–, tratando de convencer a los organismos oficiales y a las casas comerciales para que apostasen por su aventura, un patrocinio necesario para una empresa incierta, compuesta exclusivamente por mujeres, que fue tachada de imposible por muchos.

La japonesa Junko Tabei, primera mujer en hollar la cima del Everest

 A los doce días de empezar a escalar el Everest siguiendo la ruta de Edmund Hillary y Tenzing Norgay, Junko y su equipo de escaladoras se vieron sorprendidas por una avalancha en el campamento base a 6.300 metros de altura. Ella y cuatro miembros de su equipo quedaron sepultadas, pero afortunadamente pudieron ser rescatadas por los sherpas y seguir adelante para hacer historia.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
N
ørdicacómic y Capitán Swing

 Otra de esas mujeres que admiro del libro, por el aroma a Jack London que tienen sus aventuras, es la musher Susan Butcher, la primera persona en ganar la carrera de Iditarod 3 años seguidos, y la primera mujer en ganarla 4 veces. Esta carrera de trineos tirados por perros sigue el trazado de las antiguas rutas de abastecimiento de las ciudades mineras del siglo XIX y de principios del XX en Alaska. 1.688 kilómetros por los que guiar los trineos con temperaturas bajo cero extremas, ríos helados cuya superficie se puede quebrar en cualquier momento, y animales salvajes que no entienden de carreras cuando el hambre o el miedo aprieta.

Susan Butcher con su trienio de perros en la Iditarod del año 1991
Fotografía: Paul A. Souders / Corbis

 En el 2006 una leucemia se llevó por delante a Susan Butcher a los cincuenta y un años, pero su figura, además de ser llorada por sus huskys, todavía es recordada como una de las más importantes de la Iditarod. Por cierto, que entre sus hazañas aún sorprende su ascensión en 1979 a la cima del monte McKinley conduciendo un trineo de perros. Por si no se lo creen pueden verla en la fotografía junto a Joe Redington Senior.

Joe Remington Sr. y Susan Butcher en la cima del Mt. McKinley en 1979
Colección familiar cortesía de Joe Remington Jr. (Anchorage Museum)


"Hay muchas cosas difíciles en la vida, pero  solo hay algo realmente triste, y es rendirse". 
Susan Butcher


Susan Butcher, la musher que, estoy seguro, leía a Jack London
Fotografía: Pedro Delgado

 Hay otras dos aventureras en el libro, esta vez relacionadas con el mar, pero prefiero que sean ustedes quienes las descubran.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky, editado por Nørdicacómic y Capitán Swing
Con traducción de Pedro Pacheco González

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2019/03/mujeres-en-el-deporte.html


viernes, 22 de febrero de 2019

CUESTIÓN DE FE


Fotografía: Lucía Rodríguez

Aquel alpinista resbaló fatalmente y pendía aferrado con tres dedos a un mísero reborde sobre el abismo. No era muy creyente, pero recuperó la fe: "¡Oh, cielos! ¡Me arrepiento de mis blasfemias! ¿Alguien me escucha? ¡Salvadme!". Una voz dulce y grave repuso desde las alturas: "Hijo mío, tu fe te ha salvado. No temas, suéltate. Volarás como una pluma hasta lugar seguro". Y el accidentado contestó: "Ya, muchas gracias. Y ¿hay alguien más por ahí?".
Fernando Savater

Nota: extracto del artículo ¡Socorro!, publicado en El País el sábado 20 de mayo de 2017.

jueves, 3 de enero de 2019

TALES: EL NEW YORKER MALAGUEÑO


TALES, la revista del relato corto. Fotografía: Lucía Rodríguez

A mediados del siglo XX The New Yorker popularizó el relato corto como forma literaria, siendo legión los escritores que enviaban sus relatos a la revista con la esperanza de verlos publicados en ella. Por sus páginas desfilaron nombres tan importantes como Paul Bowles, Truman Capote, Shirley Jackson, Roald Dahl, Joan Didion, E.L. Doctorow, John O'Hara, John Cheever, Raymond Carver, Elizabeth Bishop, A.J. Liebling, Dorothy Parker, James Thurber, John Updike, Woody Allen, Richard Yates, Julian Barnes o Annie Proulx –por nombrar algunos–. El relato de esta última, Brokeback Mountain, aparecido en la revista el 13 de octubre de 1997, y al año siguiente recibió el premio O. Henry a la mejor historia corta del año, adaptada al cine por Ang Lee en el 2005, consiguiendo tres premios Oscar, entre ellos el de Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. Como ven, The New Yorker no es un fósil del pasado, sino que la cabecera se sigue publicando con éxito en los Estados Unidos, con secciones de crítica, ensayo, reportajes de investigación y relatos de ficción. Uno de los escritores que no he nombrado en la lista de arriba, pero que también publicó en la revista, es J.D. Salinger: autor que sirvió de inspiración a Ignacio Rodríguez Mas para crear TALES, "el New Yorker malagueño". Ignacio lo cuenta de lujo en la página web de la revista:

J.D. Salinger
J.D. Salinger era un joven e impetuoso escritor cuando mantuvo una relación sentimental con Oona O'Neill, hija del premio Nobel, Eugene O'Neill –más tarde adoptaría el apellido de su futuro marido, Charles Chaplin–. 
 Gracias a ella, Salinger, coincidió una noche con Truman Capote. Este le preguntó por sus proyectos, y Salinger le respondió que quería ser escritor, pero que no tenía claro el camino a seguir para dar salida a sus primeros cuentos. Capote le habló sobre "The New Yorker"; le convenció de que, si quería ser alguien como cuentista, debía publicar allí. Salinger asimiló su consejo y se puso manos a la obra, enviando un relato tras otro que fueron rechazados, año tras año, sin miramientos. 
 Por entonces, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania, y Salinger, hijo de una familia acomodada y acérrimo admirador de Ernest Hemingway, decidió imitar a su ídolo y alistarse –participando incluso en el desembarco de Normandía–. 
 Movilizado en Europa, continuó enviando sus cuentos a "The New Yorker", hasta que, pocos meses después del final de la guerra, recibió la noticia de su primera publicación. 
 "TALES" honra esa historia, ese compromiso, esa obsesión. Ese esfuerzo constante que va forjando a Salinger como escritor, puliendo su escritura, sus relatos, a fuerza de 'noes'.
 Esta pequeña historia es la que llevó a Ignacio a crear desde Málaga una revista en papel enfocada al relato corto, en la que también tiene cabida la reseña, la entrevista y el estudio a fondo de un autor. Con periodicidad trimestral, acaba de salir a la calle el número 9, en el que se sigue apostando por voces noveles junto a otras ya contrastadas, una peculiaridad que la acerca todavía más a la cabecera modelo, pues como en The New Yorker, TALES cuenta con un equipo editorial que lee los más de doscientos cuentos que llegan a la revista cada trimestre –algunos de muy lejos de España–, con la esperanza de ser publicados. Así que por lo que vale un envío de correos, uno puede sentirse como Salinger, Bowles, Cheever o cualquier otro que nos apetezca, esperando recibir la noticia de que, por fin, nuestro relato ha sido aceptado.
 Yo tuve el gusto de lograrlo en su número 3*, por eso les animo desde aquí a intentarlo y a apoyar la iniciativa de Ignacio. Si todavía no saben qué pedir a los Reyes Magos, les sugiero que se dejen de tanto oro, incienso y mirra y se pidan una suscripción a la revista. Así, de paso, evitan tener que ir a descambiar su regalo al día siguiente.


Enrique del Río e Ignacio Rodríguez en la librería Áncora
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como ésta es la primera entrada de enero, voy a aprovechar el post para felicitarles el nuevo año. Wilson Bentley, el fotógrafo de la nieve, escribió en su diario que bajo el microscopio los copos de nieve eran milagros de belleza. Cada cristal de hielo era una obra maestra y, sorprendentemente, su diseño jamás se repetía. Cuando un copo de nieve se fundía, aquel diseño se perdía para siempre. Gracias a su cámara perviven miles de aquellas obras de arte.

Fotografías de Wilson Bentley, el fotógrafo de los copos de nieve

 Algo parecido ocurre con los años, 2018 terminó en un suspiro, pero afortunadamente todos esos días dejaron un recuerdo en nuestra memoria. Que el 2019 les deje recuerdos bonitos y venga lleno de apasionantes lecturas y viajes.