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| Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda Fotografía: Pedro Delgado |
Estas semanas que llevamos, con seis borrascas una detrás de otra, son para pasar las tardes en el sofá de casa, arropados por una mantita y en compañía de un buen libro. En mi caso, una de esas tardes cogí de la estantería Borrasca en los Ozores, un divertimento de Pablo Aranda, una micronovela de diez mil palabras que abrió la colección Manguta de Libros, proyecto coordinado por Laura Cerezo Cobos y editado por Ediciones del Genal y Mitad Doble Ediciones en enero de 2018. En ella, el protagonista es Emilio Ozores, un profesor universitario preocupado porque desertan cada vez más alumnos de sus clases. También aparecen Marta, su mujer, y María Espinosa, una alumna con la que Emilio tiene ensoñaciones.
Dejó atrás el aula y avanzó por el pasillo que llevaba a su despacho. Desanimado, pesadamente encaminado a un análisis destructivo sobre las causas de la cada vez menor presencia de estudiantes en sus clases, Emilio sintió la estridencia del teléfono como una fuerza liberadora. tal vez el timbre de mi voz los aburra, se dijo, en voz alta (para tratar de escucharse desde fuera, que sus oídos percibieran su voz como de otro), y en ese momento sonó el teléfono. A Emilio le sorprendió más el tono tierno de su mujer que el hecho insólito de que lo telefonease.
–Ha llamado tu primo –dijo Marta.
–¿Pero dónde estás?
–En la casa, no me encontraba bien y no he ido a trabajar.
La llamada de Marta le anuncia a Emilio la muerte de su tía, con la que no mantenía una relación muy estrecha, aunque solía comer con ella los domingos.
No era amor. Más bien dependencia, tal vez algo de cariño alimentado por el vínculo sanguíneo. Nos llevábamos mal, pero nos buscábamos, bueno, no exactamente: yo la visitaba los domingos, la llamaba, poco. Nada. No la llamaba. [...]
Y en las escaleras del tanatorio se reencuentra con su primo Isidro, con el que imagina se repartirá la herencia de la difunta: una casa que ya piensa vender para comprarse un coche.
–Por favor, Emilio. Aún ni la hemos enterrado –sonó falsa la voz de Isidro–. Además, donará la casa a los Hermanos de San Juan de Dios.
Emilio se acercó al ataúd y levantó la tapa. La tía le pareció más joven que de costumbre, como si en vez de su tía muerta fuese su prima dormida. Las manos sobre el pecho y en un dedo un anillo* que Emilio no recordaba haberle visto nunca. Sobre el dorado sucio del anillo descansaban las letras H y G. Emilio supuso que las siglas esconderían un latinajo religioso que no reconoció.
A Emilio le interesa la sociología de lo cotidiano, cosas insólitas como el estudio de los aspectos, funciones, comportamientos y circunstancias relacionados con el orinar –o cuántos pasos damos al día (y, por ende, kilómetros al año), mientras paseamos al perrito «como aquella señora en Yalta que nos contaba Chéjov*»–. Y le gusta dejar constancia de sus disquisiciones en una grabadora y en los artículos que sube a su página web.
Ahora que ha muerto su tía, y recuerda su voz: «No te comas todos los borrachuelos, deja alguno para tu primo», se pregunta por el significado del duelo. También por si su mujer, Marta, no habrá pensado sustituirlo antes de tiempo, porque, como su tía, toda persona es sustituible, y la relación de Marta con su jefe, Alberto, parece cada vez más estrecha.
La muerte de la tía podría significar el comienzo del desmoronamiento de nuestra familia. El declive de los Ozores. Se abrió la puerta del estudio y entró Marta. Aunque le tenía advertido que llamase antes, nunca lo hacía.
–¿Hablando solo? Me voy, he quedado para cenar.
–¿No vas a venir al cementerio? La tía te quería mucho.
–No creo que lo note. Además, no me quería tanto. Es una cena de trabajo.
–¿No dijiste que estabas mala?
–No, dije que me encontraba mal, que es diferente. Y ahora me encuentro bien. Mañana iré al entierro.
–Es a las doce.
–¿A las doce? Vaya. Entonces no podré ir –dijo saliendo del estudio–. Por cierto –asomó la cabeza–. La asistenta se ha quejado de las notas adhesivas en las paredes del baño con tus controles urinarios. Usa una libreta.
En cuanto sonó la puerta telefoneó a su primo.
–Isidro, salgo dentro de media hora para el cementerio, ¿te recojo?
–¿Al cementerio? Uf, tengo guardia esta noche. No saldré de la comisaría hasta las ocho de la mañana. A las nueve estaré allí.
–Bueno, solo nos tiene a nosotros. Yo me quedaré a su lado toda la noche.
Sabiendo que su primo no acudiría al cementerio, se quitó la ropa y se puso el pijama. Se preparó un bocadillo de atún y se sentó a ver en televisión un acalorado debate sobre la crisis catalana. Le sorprendió que cada tertuliano le convenciera tras su intervención. Cayeron unas gotas de aceite en el sofá y cuando terminó el bocadillo le dio la vuelta al cojín. Cambió de canal. Una mujer muy hermosa paseaba junto a un río. Le recordó a María Espinosa, la alumna más guapa que había tenido jamás.
Aunque leí la novela en su momento, había olvidado la trama por completo, y volví a sonreír aquí y allá con las ocurrencias de Pablo, que volvía a conseguir, como en Desprendimiento de rutina, que un jeta bastante reprobable me llegara a caer bien. Por cierto, ambas novelas comparten el tono humorístico y disparatado, y el nombre de la mujer del protagonista: Marta.
4
Cuando Emilio Ozores llegó al tanatorio por la mañana su primo fumaba en la puerta de la sala. Isidro lo miró a los ojos y lanzó la colilla al suelo con violencia.
–¿No dijiste que ibas a pasar la noche con la tía?
–Y la he pasado –mintió Emilio–. He ido a mi casa a ducharme y desayuna.
–El vigilante dice que la sala ha estado vacía toda la noche.
–¿Desde cuándo un inspector de policía se fía del testimonio de un guarda de seguridad?
–Déjalo, anda.
–¿Qué tal tu noche?
–Divertida: una banda de gamberros ha quemado dieciséis contenedores.
–¿Los habéis pillado?
–Aún no, pero tenemos el perfil de cuatro de ellos: tienen entre once y veintidós años, criados probablemente en familias desestructuradas, quizá visten sudaderas con capucha. ¿Nos tomamos un café?
–Antes voy a echarle un vistazo a la tía.
–No creo que se haya movido mucho desde que la dejaste anoche.
–Anoche no, esta mañana.
Emilio pidió un mitad doble y tostadas.
–¿No había ido a tu casa a desayunar?
–Joder con la policía. Fui a ducharme y a desayunar, pero Marta se olvidó de comprar pan.
–¿Qué tal Marta?
–Como siempre.
–¿Sigue acostándose con su jefe?
Emilio devolvió la tostada al plato. Solían intercalar burlas en sus conversaciones, pero esta vez Isidro había ido demasiado lejos.
–No me mires así, era una broma –se disculpó–. Pero confiesa –añadió buscando desviar el tema–: ¿a que no te has quedado esta noche en el cementerio?
Si seguía Marta acostándose con su jefe. La perífrasis empleada por Isidro indicaba que ya se acostaban antes. Marta coordinaba un área de su empresa y debía diseñar estrategias con su jefe directo, Alberto, a menudo en cenas.
–Venga, no te enfades –insistió Isidro–, en realidad tampoco yo he trabajado toda la noche, solo hasta las doce. Y no han ardido dieciséis contenedores, sino ciento cuatro, y no tenemos ningún perfil.
Emilio logró sonreír:
–Bueno, estaríamos en paz. Yo mantengo una relación con una alumna.
–Corrupción de menores –rio Isidro, pidiendo con gestos que contase más.
–¿Menores? Doy clases en la universidad. María tiene veinte años.
–Así que María. ¿Te la ha chupado alguna vez en el despacho?
Emilio apuró el café y se levantó sin responder.
–Marta, ¿te acuestas con Alberto? –disparó Emilio al llegar a su casa.
–Claro, está ahí, en la cama. Llévale un vaso de agua, que me lo ha pedido hace un rato.
–Te lo digo en serio.
–¿Te pregunto yo si te acuestas con tus alumnas?
–No.
–Pues entonces. –Marta entraba al baño, pero se detuvo al escuchar de nuevo a Emilio:
–¿Qué pensarías si te dijera que me acuesto con la alumna más guapa que he tenido nunca?
–Que es mentira –contestó sin volverse. Y cerró la puerta.
También el hecho de que la trama rocambolesca se despliegue en Málaga, algo a lo que Pablo nos tiene acostumbrados: Calle Fresca, la plaza de Uncibay con la cafetería Doña Mariquita (desgraciadamente ahora es un Doña Lola), la plaza de la Merced, el albergue San Juan de Dios...
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| Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda, en la plaza de Uncibay Fotografía: Pedro Delgado |
Como los dos esperaban, la casa se la había dejado a Isidro. Dinero apenas había: toda la pensión liquidada. Lo que ninguno de los dos había sospechado era la existencia de un apartamento en calle Fresca, en pleno casco antiguo de la ciudad. Y el nuevo propietario de ese piso era Emilio. Con la mano en el bolsillo apretó la llave con fuerza y, a pesar de encontrarse en la plaza de Uncibay, a dos pasos de calle Fresca, antes de acercarse al apartamento, mi apartamento, dijo en voz alta, se sentó en la cafetería Doña Mariquita y pidió un café con leche y cinco churros. Necesitaba ordenar sus ideas.
¿Por qué había ocultado la tía esa pertenencia?, ¿para qué la había usado?
–Tenía un amante –sugirió María Espinosa–. Sesenta y cinco años no es tanto.
–¿Un amante? –repitió Emilio.
–¿Cómo dice? –preguntó el camarero, que pasaba un trapo por la mesa de al lado.
En cualquier caso una doble vida. La posibilidad de un espacio secreto abría las puertas a una vida secreta.
Llamó a Marta para preguntarle el teléfono de Rafa, el hijo de ambos, que llevaba unos meses estudiando fuera.
–¿Todavía no te lo sabes? –refunfuñó Marta.
–¿Tú le has dicho lo de la tía Emilia?
–No –respondió antes de colgar.
Marcó el número.
–¿Papá?
–Te llamo para darte una mala noticia. –Hizo una pausa forzada–. La tía Emilia se ha muerto.
–¿Pero no estaba muerta ya?
–Creo que no, de momento la gente se muere una sola vez.
El hijo añadió algo, pero Emilio se perdió en lo que acababa de decir: la gente se muere una sola vez. Dos muertes. un pensamiento inquietante le turbó: por qué no yo, dos muertes. Con el piso de la tía Emilia puedo llevar una doble vida, una vida nueva, mi vida anterior ha terminado, he muerto, por tanto, una vez. Pero no, para llevar una doble vida es necesario no abandonar la anterior. Una doble vida nos protege. Una nueva vida es más de lo mismo, con nuevas variables, pero en el fondo no es otra cosa que más de lo mismo. Una doble vida es lo realmente novedoso.
–¿Papá?
–Perdona, Rafa, creí que habías colgado –dijo y colgó él.
Una vivienda antigua pero reformada, con un mobiliario moderno y funcional salido de un catálogo de fábrica de muebles sueca. Nada que ver con la decoración del piso de la tía Emilia, el otro piso, ¿la otra tía? Un cenicero con algunas colillas manchadas de carmín (la tía Emilia no fumaba, o eso creía Emilio), un gigantesco televisor inteligente.
–¿Te ha dejado algo? –quiso saber Marta cuando llegó a casa.
–Nada.
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| Borrasca en los Ozores en calle Fresca Fotografía: Pedro Delgado |
***
Antes de dirigirse a la facultad aparcó en el centro y caminó hasta el albergue de San Juan de Dios.
–Buenos días, soy Emilio Ozores, sobrino de Emilia Ozores. He venido para comunicarles que mi tía ha fallecido –pronunció con voz afligida al joven que había abierto.
–¿Emilia Ozores? Le acompaño en el sentimiento, pero la verdad es que no tenía el gusto de conocerla.
–Venía cada tarde aquí como voluntaria.
–Le aseguro que no. A ver si decía eso y se iba al bingo. –Movió arriba y abajo el dedo índice, como si le regañase.
La doble vida. No se puede alargar la vida, pero sí ensanchar. Vivimos mirando al frente, sin darnos cuenta de que el futuro lo tenemos a los lados.
...y la Panadería Escalona, en la Alameda de Capuchinos, de donde proceden las bandejas de borrachuelos de la tía de Emilio. No recuerdo si llegué a comentárselo a Pablo en su momento, pero María Escalona fue alumna mía en Gamarra. En el curso 1991/92. El primer año que trabajaba, recién licenciado en el INEF de Granada, de profesor de Ed. Física. Imagínense si ha pasado tiempo, que si quisiera ya podría jubilarme al acabar este mes de febrero.
Pero volvamos al apartamento de calle Fresca para cerrar esta reseña, al lugar donde la tía, o mejor dicho la presencia fantasmal de su tía, se le apareció un día a Emilio apoyada en el quicio de la puerta.
–El apartamento es la vida, Emilio, hijo. Estamos atados, nos creamos una serie de compromisos que terminan atrapándonos, entonces hay que buscar respiraderos.
Pues eso, sigan el consejo y, en días como estos, quédense en casa y dense un respiro con Pablo Aranda. Y si quieren rendirle un pequeño homenaje a Emilio, anoten en la ficha que cierra la micronovela el tiempo que invirtieron en leerla. Por aquello de la investigación de lo cotidiano. Yo, como soy un desastre, olvidé mirar la hora al terminar.
–Por favor, atendedme un momento –intervino Emilio de nuevo–, necesito vuestra colaboración para un artículo sobre la lectura. Cada cierto tiempo se publican estudios sobre la lectura y se informa del número de libros que se leen, pero no del número de horas. ¿Cuánto se tarda en leer un libro? Os pido que el próximo libro que leáis contabilicéis el número de días que os ha ocupado su lectura y, sobre todo, el número de horas de lectura. Para ello, cada vez que os pongáis a leer apuntad a lápiz en la primera página la hora exacta y cuando acabéis hacéis lo mismo, después solo habrá que sumar los intervalos.
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| Ficha de tiempo de lectura de Borrasca en los Ozores Fotografía: Pedro Delgado |
**El anillo es un guiño a Chéjov, y a uno de sus principios, ese que dice que si un arma aparece colgada en la pared durante el primer acto, en el segundo tiene que ser disparada. Y es que Pablo, además de escritor, sigue siendo maestro.

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