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| El lamentable desahucio de Casa Árabe (Opinión/EL PAÍS) Fotografía: Pedro Delgado |
Siempre hay charcos que pisar y artículos que difundir, como este de Eduardo Manzano Moreno, profesor de Investigación en el Instituto de Historia CSIC, aparecido en el diario EL PAÍS el pasado domingo 12 de julio.
El lamentable desahucio de Casa Árabe
En la primavera del año 2008, un grupúsculo de extrema derecha, denominado Frente Nacional, arremetió contra la cesión del edificio de las Escuelas Aguirre en Madrid para servir de sede de Casa Árabe, una institución oficial nacida con el objetivo de estrechar los vínculos con el mundo árabe. Un centenar de manifestantes protestaron ante esa sede por lo que tildaron como la creación de "un centro islámico en el distrito de Salamanca" y declarando cosas como "sí, soy racista. No puedo con los musulmanes. Vivo aquí detrás y no me hace ninguna gracia tenerlos tan cerca". Como parte de su campaña, los manifestantes inundaron el señorial barrio madrileño con pasquines que mostraban una imagen del entonces alcalde del PP, Alberto Ruiz Gallardón, tocado con un fez moruno bajo el eslogan "¿Necesita este barrio un centro cultural islámico?".
Nadie hizo entonces demasiado caso a ese puñado de ultras. Bajo la dirección inicial de una reconocida arabista, Gema Martín Muñoz, y posteriormente de una serie de diplomáticos de carrera con amplia experiencia en el terreno y nombrados por gobiernos de distinto signo (Eduardo López Busquets, Pedro Villena y Pedro Martínez Avial), Casa Árabe se convirtió en un prestigioso centro de encuentro y debate sobre la historia y la actualidad del mundo árabe nutrido con la presencia de embajadores, empresarios, académicos, artistas y figuras de relevancia internacional. Con un excelente programa de exposiciones y una encomiable labor de enseñanza de la lengua árabe, la institución pasó a ser una referencia, junto con Casa América y Casa Sefarad, de la proyección exterior de nuestro país en un ámbito estratégico para sus intereses. En 2024, su trayectoria fue reconocida con el prestigioso premio Sheikh Zayed, uno de los galardones más importantes del mundo árabe, en reconocimiento de su trabajo como "puente entre las culturas árabe y española".
Nada de esto parece importarle demasiado al alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, quien ha anunciado que Casa Árabe deberá abandonar el edificio, cedido por su Consistorio, como sede de la institución. Sus argumentos para tomar esta decisión son inauditos. Aparte de faltar al respeto a su dirección y a sus trabajadores calificando a esta espléndida institución de "chiringuito", Martínez Almeida se agarra a la gestión de una directora que dejó el cargo hace año y medio, siendo sustituida por un diplomático de acreditada trayectoria, Miguel Moro Aguilar, cuyos esfuerzos y compromiso por mejorar la difícil situación heredada han sido justamente reconocidos por el Tribunal de Cuentas. Dado que el alcalde de Madrid dice estar preocupado por esa situación, quizá podría hablar con Isabel Díaz Ayuso, quien hace meses decidió cortar de forma unilateral la financiación de la Comunidad de Madrid a Casa Árabe también con el pretexto de los posibles errores de una directora que ya no ejerce desde hace tiempo. A nadie se le oculta que en esta decisión retumba el fuego cruzado de la cansina guerra de trincheras contra el Gobierno central que los responsables políticos madrileños alimentan. En el universo paralelo en el que habitan estos políticos, está justificado tirar por tierra años de trabajo simplemente porque, al parecer, Casa Árabe tiene que pagar el pato de que su anterior directora escribiera una biografía de Pedro Sánchez.
Con todo, hay una razón adicional, y más profunda, que puede explicar esta increíble decisión. El propio alcalde la ha reconocido de forma inconsciente al hablar del uso del edificio: "Lo que queremos básicamente es que sea un uso para disfrute de todos los madrileños". Acabáramos. Lo que se deduce es que la infinidad de actividades organizadas durante todos estos años en Casa Árabe, todas ellas de acceso libre, estaban copadas por hordas sarracenas de tal manera que ahora se impone "devolver el edificio a los madrileños". A aquellos manifestantes del Frente Nacional estas declaraciones deben de haberles sonado como música celestial. Nadie sabe el proyecto que tiene el Consistorio madrileño para el futuro del edificio, pero de lo que sí que podemos estar seguros es de que algunos ya no tendrán que ver su sensibilidad herida por carteles en lengua árabe frente al parque del Retiro. Una de aquellas manifestantes convocadas por Frente Nacional el año 2008 mostraba su indignación por el hecho de que un edificio construido en beneficio de "los pobres niños católicos ahora se lo pasen a los árabes". No sé si Martínez Almeida comparte las ideas de aquella señora. Si ese no es el caso, debería buscarse mejores argumentos para defender una decisión que, curiosamente, coincide con lo que la extrema derecha más radicalizada viene reclamando desde que Casa Árabe iniciara su andadura en un barrio al que algunos todavía se refieren como "Zona Nacional".
Eduardo Manzano Moreno
OPINIÓN/EL PAÍS

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