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lunes, 13 de diciembre de 2021

FILOSOFÍA PARA EXPLORADORES POLARES, DE ERLING KAGGE


Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

Que la filosofía haya disminuido su presencia en el sistema educativo no quiere decir que esté en peligro de extinción; discriminada en el ámbito académico, la filosofía se enroca y se hace fuerte en otra casilla, la de la literatura y el cine.

 Los últimos ejemplos de ello nos llegan desde Escandinavia: en forma de libro con Filosofía para exploradores polares, del noruego Erling Kagge, y en forma de largometraje con Wild Men, dirigida por el danés Thomas Daneskov Mikkelsen, quizás la mejor película del pasado Fancine de Málaga.

 Es curioso que ambos artefactos, libro y film, converjan en algunos puntos: la necesidad de reconectar con la naturaleza para reajustar el rumbo y evitar los sentimientos de inseguridad, soledad y depresión; la importancia de estar en el centro de nuestra propia vida; la búsqueda de la paz interior, de la libertad...

 En 1990, Erling Kagge y su compañero Børge Ousland fueron los primeros en llegar al Polo Norte sin ayuda de motos de nieve, perros ni depósitos de víveres. En 1993, Erling se convirtió en la primer persona en caminar sola hasta el Polo Sur, y en 1994, escaló el Everest, siendo el primer hombre en alcanzar los tres polos de la Tierra a pie. No contento con eso, escribió dos libros interesantes y amenos que ya reseñé en este blog: El silencio en la era del ruido* y Caminar**. Ambos tratan, aunque de formas distintas, sobre el silencio que albergamos dentro de nosotros mismos, pero también de la importancia de estar en contacto con los ritmos de la naturaleza. Es curioso, porque en el colegio sus profesores pensaban que, con su dislexia y su falta de concentración, no llegaría a nada, y menos a escribir un libro. Hoy ya son tres, lo que viene a demostrar que la vida da muchas vueltas, que la dislexia no es ninguna discapacidad y que algunos profesores deberían meterse la lengua en esa parte innoble que imaginan.

Erling Kagge

 Filosofía para exploradores polares, publicado el mes pasado por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House, se divide en dieciséis capítulos cortos, cuyos títulos conforman un decálogo perfecto para ayudarnos a llevar una vida mucho más plena y gratificante:

1. Marca tu rumbo.

2. Madruga.

3. Entrénate en el optimismo.

4. No tengas miedo de tu grandeza.

5. No confundas la probabilidad con la posibilidad.

6. No guardes tu valentía en un termo.

7. Ten algo que perder.

8. Aprende a no perseguir la felicidad.

9. Aprende a estar solo.

10. Disfruta de las porciones pequeñas.

11. Acepta el fracaso.

12. Encuentra la libertad en la responsabilidad.

13. Convierte la flexibilidad en un hábito.

14. No dejes la suerte al azar.

15. Deja que los objetivos vengan a ti.

16. Reajusta tu rumbo.

 Dieciséis lecciones prácticas que destilan la sabiduría y la experiencia que ha adquirido Erling Kagge en sus expediciones, y que nos «invitan a adoptar un espíritu de explorador en lo cotidiano». Y todo ello en un formato que da gusto tener entre las manos, con un diseño precioso, una amplia bibliografía y un buen puñado de fotografías.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Kjell Ove Storvik

 Cuenta Erling en el primer capítulo que, cuando regresaba de sus aventuras, mucha gente le decía: «Habría hecho cualquier cosa por vivir lo mismo que tú», pero que él no estaba muy seguro de que realmente quisieran vivir esas experiencias. «De lo contrario, quizá lo habrían intentado». Eso mismo me ocurría a mí al regresar a Málaga después de recorrer la cordillera del Alto Atlas o descender el río Amazonas. «Pues hacedlo», les decía. «No busquéis excusas en nada ni en nadie, y así no tendréis que arrepentiros en el futuro de no haber hecho tal o cual cosa».

Gráfica de Filosofía para exploradores polares (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

***
 De pequeño era un gran admirador del explorador noruego Thor Heyerdahl. Uno de los primeros libros que leí trataba sobre la travesía que realizó en 1947 a bordo de la balsa Kon-Tiki desde Callao, en Perú, hasta las islas Tuamotu, en la Polinesia. A Heyerdahl, que de niño había estado a punto de ahogarse en dos ocasiones, le daba miedo el agua; aun así, tenía el sueño de cruza el Pacífico en aquella embarcación hecha a mano con madera de balsa. Seis hombres zarparon hacia el oeste en la Kon-Tiki, que era una réplica de las balsas prehistóricas que construían los indígenas de Perú, y pasaron ciento y un días surcando el Pacífico para demostrar que parte de los asentamientos de la Polinesia podrían haberse establecido de esa forma.
 Me sentí muy satisfecho y algo sorprendido cuando, en el otoño de 1994, me invitaron a las celebraciones por el octogésimo cumpleaños de Heyerdahl, y esperaba con ganas el momento de poder presentarle mis respetos en persona. Durante la fiesta, muchos de los viejos amigos de Heyerdahl ofrecieron discursos. Todos alabaron, como correspondía, a aquel hombre que había descubierto tantas cosas, al hombre de la balsa Kon-Tiki. Varios de ellos también hablaron de las oportunidades que se les habían presentado de viajar con Heyerdahl, pero que, por una u otra razón –estudios, pareja, familia, trabajo–, no habían podido aprovechar. Los discursos fueron largos. Mientras los pronunciaban, yo observaba a Heyerdahl, que escuchaba y sonreía para sí, y me di cuenta de una cosa. «La diferencia fundamental entre usted y todos los demás, señor Heyerdahl –me dije–, es que tomó sus propias decisiones y no permitió que los demás las tomaran por usted. Cuando tenía oportunidades las aprovechaba, y ya pensaría luego en los obstáculos».
 ¿Los oradores habían elegido la que parecía la opción menos arriesgada? ¿Habían permitido que otros tomaran la decisión por ellos? ¿O quizá habían otorgado más peso a las obligaciones del hogar? La diferencia entre Heyerdahl y los demás parecía consistir en que el primero perseguía su sueño, mientras que los segundos intentaban perseguir los sueños de los otros.

 Leo el texto sobre Heyerdahl y la Kon-Tiki, me detengo en la fotografía de la balsa y me veo a mí mismo de chavea leyendo otra odisea similar, pero capitaneada por el aventurero español Vital Alsar en 1970. Fue mi padre quien me acercó a aquel título: La Balsa, en una edición condensada de Selecciones del Reader's Digest que aún conservo y que he fotografiado para ilustrar esta reseña.

La Balsa, de Vital Alsar y Enrique Hank Lopez
Fotografía: Pedro Delgado

 En el primer capítulo, Vital Alsar hace una referencia a Thor Heyerdahl y la Kon-Tiki:

Al final del segundo día aún estábamos todos mareados y enfermos. Nuestro andar se haría más suave al llegar a mar abierta, pero cuando nos aproximamos a la gran extensión, Gabriel fue incapaz de disimular su natural escepticismo: ¿Podríamos navegar realmente 8.600 millas, el doble que la Kon-Tiki de Thor Heyerdahl? Aunque el viaje de Heyerdahl había probado lo marinera que podía ser una balsa construida según los antiguos métodos de los indios, había aún muchas personas que pensaban que fracasaríamos. Porque más allá de la isla de Tahití, donde Heyerdahl había varado su anegada balsa, nosotros tendríamos que enfrentarnos con 4.300 millas de las más traicioneras aguas del mundo. Inmensos arrecifes de coral, a veces de cientos de millas de largo, podrían detener nuestro avance como dentados y petrificados monstruos medio sumergidos en las enfurecidas olas.

 «La lucha se libra en la cabeza, no en los pies» escribió Erling tras su viaje al Polo Norte, algo que Vital Alsar habría certificado.Y es que, aunque el cuerpo sea capaz, si no logramos convencer a la mente no llegaremos a ningún sitio.

 Hay una gráfica en el tercer capítulo (Entrénate en el optimismo) que me parece genial, y que refleja cómo evoluciona con la edad la posibilidad y la voluntad de cumplir un sueño.

Gráfica del libro Filosofía para exploradores polares (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

***
El mejor consejo de mi vida me lo dio un adiestrador de elefantes a las afueras de Bangalore, en la selva. Estaba haciendo una excursión turística por la jungla. Vi unos elefantes enormes atados a un poste diminuto, y le pregunté: «¿Cómo es posible que tenga a un elefante tan grande atado a un poste tan minúsculo?». Él me contestó: «Cuando los elefantes son pequeños, intentan arrancar el poste y no lo consiguen. Cuando crecen, no vuelven a intentarlo  jamás».
Vivek Paul, profesor adjunto de la Universidad de Stanford

En el capítulo noveno (Aprende a estar solo), Erling nos revela que se ha sentido mucho más solo en grandes reuniones de gente y en ciudades atestadas que durante su viaje hacia el Polo Sur.

 Ahí fuera, en mitad del hielo, a mil kilómetros del resto de la humanidad, apenas extrañé la compañía de otros. De vez en cuando echaba de menos el contacto físico, pero poco más. Tenía bastante conmigo mismo, con mi experiencia de la naturaleza, con el ritmo y el avance que supone poner un pie delante del otro un número suficiente de veces. En cambio, la primera vez que estuve solo en Nueva York, en el verano de 1986, sin dinero y sin conocer a nadie, el sentimiento de aislamiento me resultaba asfixiante.
 Tener a un montón de gente a tu alrededor puede recordarte lo solo que estás en realidad. Camino del Polo Sur no mantuve ningún contacto con el mundo exterior y quizá por eso extrañé menos las relaciones humanas. No poder comunicarme con nadie ni por radio ni por teléfono supuso un gran alivio. Si hubiera establecido ese tipo de contacto, una parte de mi conciencia jamás habría salido de Noruega y, en consecuencia, me habría perdido gran parte de lo que el viaje a solas tenía que ofrecerme.

 Tener claro lo que es transcendental en nuestra vida, separar la cosas que de verdad significan algo de las que significan mucho menos; diferenciar a las personas que son importantes para nosotros de las que no lo son; saber estar solos de vez en cuando, forman parte de ese apartado.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Kjell Ove Storvik

 Al final de otro capítulo (Disfruta de las porciones pequeñas), Erling nos muestra una tierna escena hogareña:

 Una Navidad, cuando mi hija Solveig tenía cinco años, se volvió hacia mí después de abrir sus regalos y me dijo: «Papá, tengo todo lo que necesito en la vida». Recuerdo haber pensado que aquella noche toda nuestra familia tenía algo que aprender de Solveig. La vida parece cobrar sentido cuando adoptamos su perspectiva.
 A veces sueño con el día a día en el hielo, porque allí fuera la vida, en toda su sencillez, me resultó extraordinariamente rica.

 Dice Erling en esas mismas páginas que, «a veces, demasiado de algo bueno no es bueno, solo es demasiado». Quizá por eso, Erling siempre condensa su prosa, nos libra de las páginas de relleno de otros libros y nos deja con ganas de más.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

 Y de cierre, les dejo el trailer de Wild Men. Si tienen ocasión, vean la película. Les va a sorprender.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/05/claudia-ulloa-erling-kagge-y-el.html

**https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/06/las-ventajas-de-descubrir-el-mundo-pie.html

jueves, 1 de abril de 2021

EL LEOPARDO DE LAS NIEVES O EL ARTE DEL RECECHO


El leopardo de las nieves de Sylvain Tesson (Ed. Taurus)
Fotografía: Lucía Rodríguez

En la fotografía de la solapa, Sylvain Tesson se me antoja de otra época. Agarrado a su pipa parece uno de los tripulantes del Pequod, un buscador de ciudades perdidas en el Amazonas o un minero del Klondike.

Sylvain Tesson

 «París, 1972, aventurero y escritor», se lee bajo su imagen. Lo primero se intuye, y de lo segundo no me queda duda al terminar la lectura de El leopardo de las nieves, su último libro, publicado en estos lares por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House. Tesson tiene una prosa cuidada, elegante, y un humor socarrón que se deja ver en alguna que otra frase; como esa con la que abre la narración:

Como las monitoras tirolesas, el leopardo de las nieves hace el amor en paisajes blancos.

 Sylvain Tesson conoció al fotógrafo de animales Vincent Munier un día de Semana Santa durante la proyección de su película sobre el lobo de Abisinia. Al terminar conversaron, conectaron y se produjo la invitación.

 –Hay un animal en el Tíbet al que persigo desde hace seis años –dijo Munier–. Vive en las mesetas. Se necesitan largos recechos para verlo. Vuelvo este invierno, ven conmigo.
 –¿Cuál es?
 –El leopardo de las nieves –dijo.
 –Creía que había desaparecido –dije.
 –Eso es lo que quiere que creamos.

 Y como nadie puede rechazar acompañar a un artista a su estudio, en 2018 Tesson viajó con Munier al Tíbet en pleno invierno. Los acompañaban Marie, cineasta de animales, y Léo, ayudante de campo de Munier. Allí, el hombre activo e impaciente que es Tesson, tendrá que hacerse especialista en las técnicas del rececho, ese arte «que consiste en camuflarse hasta hacerse invisible a la espera de un animal cuya aparición no se puede dar por descontada».

«Leopardo», un nombre sonoro, elegante. Nada nos aseguraba que encontraríamos uno. El rececho es una apuesta: vas en busca de los animales y te arriesgas al fracaso.

Leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 Amedrentrados por los cazadores furtivos y la propagación del hombre, el leopardo de las nieves se esconde en valles y montañas a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, mimetizado con el paisaje que lo rodea, «un lugar en el que el leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo».

Se había adaptado para poblar lugares inhóspitos y trepar por los despeñaderos. Era el espíritu de la montaña que había bajado de visita a la Tierra, un viejo ocupante al que la rabia humana había relegado a las periferias.

El leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 En uno de esos valles Sylvain Tesson y sus compañeros ocuparan una choza de adobe a cuatro mil metros de altitud compartiendo el frío escenario –más de 20 grados bajo cero– con otros animales: yaks salvajes, de los que dice Vincent Munier que son los tótems de la vida salvaje –«aparecían en los muros paleolíticos, no han cambiado, parece que resoplan recién salidos de una cueva»–; cabras azules; lobos; martas; perdigallos, cuervos, búhos y gorriones alpinos; buitres, águilas reales y halcones sacres; asnos salvajes, primos de los caballos, que no habían sufrido la indignidad de la domesticación; gacelas; picas, que es el nombre de los perritos de las praderas tibetanos; liebres; linces y zorros que se desvanecen en cuanto los pierdes de vista.

Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda.
***
 Munier cantaba. Un lobo contestaba. Munier callaba, el lobo reanudaba. Y de pronto uno de ellos apareció en el collado más alto. Munier cantó por última vez y el lobo galopó por la ladera hacia nuestra posición. Saturado de lecturas medievales –fábulas de Gévaudan y cantares artúricos–, no las tenía todas conmigo al ver un lobo corriendo hacia mí. Me calmé al mirar a Munier. Estaba tan impasible como una azafata de Air France en medio de las turbulencias.
 –Va a parar en seco delante de nosotros –murmuró justo antes de que el lobo se inmovilizara a cincuenta metros.
 Se fue por la tangente y estuvo un buen rato trotando a nivel sin perdernos de vista, con la cabeza vuelta hacia nosotros, alarmando a los yaks. La manada negra, molestada por el lobo, volvió a ponerse en marcha y subió por la ladera. Tragedia de la vida de grupo: no estar nunca tranquilo. El lobo desapareció, nosotros escudriñamos el valle, los yaks alcanzaron la crestería, la noche cayó, no volvimos a verle, se había evaporado.

 Sin separarse de la choza más de diez kilómetros, el grupo realizará a diario batidas por lo alrededores cosechando avistamientos; en un ir y venir que los convertirá en otros habitantes más del paraje, «un desierto mineral que unos movimientos magmáticos habían elevado al cielo».

Leopardo de las nieves. Fotografía: Vincent Munier

En la alta explanada de la vida y la muerte se representaba una tragedia difícil de ver, perfectamente pautada: el sol salía, los animales se perseguían para amarse o devorarse. Los herbívoros pasaban quince horas diarias con la cabeza agachada. Era su maldición: vivir lentamente, dedicados a pacer una hierba pobre pero regalada. Para los carnívoros la vida era más palpitante. Acechaban un alimento escaso en batidas que eran la promesa de una fiesta de sangre y la perspectiva de siestas voluptuosas.
 Todos esos seres morían, y los cadáveres desgarrados por los carboneros salpicaban la meseta. Los esqueletos quemados de ultravioletas no tardaban en reincorporarse al vals biológico. […] Todo pasa, todo fluye, los anos galopan, los lobos los persiguen, los buitres planean: orden, equilibrio, el sol en su cenit. Un silencio aplastante. Una luz sin filtro, pocos hombres. Un sueño.
 […] era el paraíso a -30 ºC. La vida se resumía: nacer, correr, morir, pudrirse, volver a entrar en el juego con otra forma. Yo entendía  por qué los mongoles querían dejar a sus muertos en la estepa para que se descompusieran.

 Además de un canto a la naturaleza y a los animales que la pueblan, el libro encierra bajo su poesía algunas pullas demoledoras contra la ocupación del Tíbet por China, los cazadores, la tecnología y el mundo moderno y avanzado en el que vivimos.

El Gobierno chino había logrado su viejo objetivo de controlar el Tíbet. Pekín ya no se dedicaba a perseguir a los monjes. Para controlar un espacio hay un principio más eficaz que la coerción: el desarrollo humanitario y la ordenación del territorio. El estado central brinda confort, la rebelión se apaga. Si estalla una revuelta las autoridades exclaman: «¿Cómo? ¿Una sublevación? ¿Ahora que construimos escuelas?». Lenin ya había experimentado el método cien años antes con su «electrificación del país». Pekín había optado por esta estrategia desde los años ochenta. […]
 La carretera cruzaba los cursos de agua por puentes nuevos y flamantes. Unas antenas de telefonía coronaban las cimas.
 El poder central multiplicaba las obras. Incluso una línea de ferrocarril tajaba el viejo Tíbet de norte a sur. […] El retrato del presidente chino Xi Jinping se exhibía en los paneles: «¡Queridos amigos –venían a decir los eslóganes– os traigo el progreso, así que calladitos!». Jack London había resumido el estado de cosas en 1902: «El que alimenta a un hombre es su amo».

 El único pero que le pongo al libro es que hayan usado el mismo título del clásico de Peter Matthiessen, pues puede llegar a confundir a los lectores. Una obra que, al menos, menciona Tesson en sus páginas. El neoyorquino, autor también de la novela Jugando en los campos del Señor, lo publicó en 1978, alzándose ese año con el National Book Award. Conservo un ejemplar en mi biblioteca, una cuarta edición reeditada por Siruela en 2005. En la sobrecubierta se puede leer la sinopsis:

En otoño de 1973 el escritor Peter Matthiessen y el zoólogo George Schiller emprenden una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza es poder ver al más hermoso y raro de los grandes felinos, el leopardo de las nieves.
 Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por las vías que le proporcionan el budismo o el zen. «Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa». Éste es el sentido del viaje de Matthiessen, y de todo auténtico viaje.

El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Ed. Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero volvamos al libro de Tesson para cerrar esta reseña, a uno de los muchos subrayados que he trazado en el texto.

Había una diferencia entre la iglesia y la montaña. De rodillas, esperas sin pruebas. La oración se eleva, dirigida a Dios. ¿Te responderá? ¿Existe siquiera? En el rececho conoces lo que esperas. Los animales son dioses ya aparecidos. Nada discute su existencia. Si surge algo, esa será la recompensa. Si no pasa nada levantas el campo, dispuesto a reanudar el rececho al día siguiente. De modo que, si el animal se muestra, es toda una fiesta. Y recibirás a ese compañero de cuya presencia no dudabas, aunque su visita fuese incierta. El rececho es una fe modesta.

 «El rececho era una plegaria».

 Les dejo con la única fotografía que contiene el libro. A ver si son capaces de encontrar al leopardo en la imagen.

Fotografía de Vincent Munier

Nota: Las fotografías de la fauna tibetana tomadas por Vincent Munier en sus numerosos viajes a la meseta están recogidas en el álbum Tibet minéral animal, editado por Kobalann (con poemas de Sylvain Tesson).

Tibet minéral animal (Kobalann)

 Y en España, Errata naturae editores ha publicado el cuaderno de aguardo de Vincent Munier con las fotografías de sus expediciones al Tíbet en busca de tan majestuoso felino.

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible
Vincent Munier (Errata Naturae)


lunes, 10 de junio de 2019

LAS VENTAJAS DE DESCUBRIR EL MUNDO A PIE


Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge (Editorial Taurus, 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Un 8 de diciembre de 1993, con tan solo 18 años, Patrick Leigh Fermor (1915-2011) salió de Londres con la intención de coger un barco con el que desembarcar al otro lado del canal de la Mancha. Así llegó a Holanda, con la "loca" idea de caminar desde allí hasta la lejana Constantinopla. Aquel viaje de iniciación concluyó en Turquía el 1 de enero de 1935.
 "Un buen caminante no deja huellas", dice el Tao Te Ching; sin embargo, Patrick Leigh Fermor recogió décadas después aquellos pasos en tres volúmenes: El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y, ya de manera póstuma, El último tramo.

Patrick Leigh Fermor

 Sin duda, la vida del Patrick adulto –escritor, historiador y héroe de guerra– fue fruto de aquellos pasos largos y ligeros de la adolescencia. Yo, ahora que sueño con que se me cure la fascitis plantar para poder emularlo, me acordé estos días del británico mientras leía el nuevo libro de Erling Kagge: Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie. El noruego trae a colación en sus páginas a Sócrates, Diógenes, Montaigne, Darwin, Machado, Thoreau, Neruda, Nabokov, Kundera, Cognetti..., incluso a Einstein y Steve Jobs, pero, quizás por esos cambalaches del destino, se olvidó de Patrick. También de Rimbaud y sus andariegos vagabundeos de adolescencia. Dos descuidos imperdonables que no hacen mella en el libro. Porque Caminar sigue la fórmula de El silencio en la era del ruido, y las disquisiciones de Erling te atrapan y te llevan a leerlo del tirón en una tarde.
 Un día mi abuela ya no pudo andar. 
 Ese día murió. Físicamente vivió un poco más, pero las prótesis que le habían puesto para sustituir a sus viejas rodillas terminaron por desgastarse y ya no soportaban el peso de su cuerpo. Tumbada en la cama perdió la fuerza muscular. 
 Su sistema digestivo falló. Su corazón latía más despacio y respiraba con dificultad. Los pulmones absorbían cada vez menos oxígeno. En sus últimos momentos jadeaba en busca de aire. 
 En aquel tiempo yo vivía con dos de mis hijas. La más joven, Solveig, apenas contaba trece meses. Mientras su bisabuela se encogía despacio y adoptaba una posición fetal, Solveig sintió que había llegado la hora de aprender a andar.
 Por cierto, que los textos de este ensayo hilvanan muy bien con los del anterior, pues ambas actividades (caminar y guardar silencio) suelen ir yuxtapuestas.
 He dado innumerables paseos.
 Paseos breves, largas caminatas. He salido andando de ciudades y he entrado caminando en ellas. He andado de día y de noche, he dejado atrás amores y me he acercado a ver a amigos. He caminado por bosques y montañas, sobre mesetas heladas y sobre yermos creados por los seres humanos. He caminado y me he aburrido, he andado para escapar de la ansiedad. He caminado con dolor, he andado feliz; pero, sin importar dónde, ni por qué, he caminado y caminado. He ido, literalmente, hasta el fin del mundo.
 Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos. El silencio es abstracto; caminar, algo concreto.
Huellas. Fotografía: Lucía Rodríguez

Al terminar la lectura, uno está deseando buscar cualquier excusa para salir a la calle a pasear o, si no queda tiempo para tanto, tirar la basura, comprar otra barra de pan antes de que cierre la panadería o ver si aún queda algún periódico en el quiosco más cercano. Cualquier cosa con tal de salir a estirar las piernas.

 A pesar del revival de títulos que hay sobre el tema, son pocos los que deciden caminar hoy en día: grupos de senderistas que se reúnen algún fin de semana para hacer una ruta, gente que recorre los paseos marítimos a trancos y personas mayores que siguen caminando en los pueblos por las veredas y los arcenes mientras platican camino de alguna ermita. En la ciudad todo son desplazamientos en vehículos a motor de dos, cuatro y ocho ruedas, patinetes eléctricos y bicicletas (algunas también eléctricas para darnos una patada en la boca a todos los que luchamos por promover el combate contra el sedentarismo). Lo dijo no hace mucho José Antonio Garriga Vela desde su Cruce de vías* del diario Sur: "La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado". Y eso es algo que entronca con dos de las preguntas a las que nos confronta Erling: la que le hacen los niños: ¿por qué tenemos que caminar cuando se llega antes en coche?, y la que le hacen los adultos: ¿qué sentido tiene desplazarse despacio de un lugar a otro? Ambos interrogantes me llevaron a acordarme de mis días en Marruecos –la prisa mata– y de mi querido Paul Bowles, quien comentaba lo siguiente en Días y Viajes (Seix Barral, 1993):
 Pregúntale a Sidi Driss por qué no está interesado en ver un automóvil. Responde: "¿Para qué? Las ruedas giran rápido, sí. El claxon hace ruido, sí. Llegas antes que si fueras en mula, sí. ¿Pero a qué llegar antes? ¿Qué haces cuando llegas que no podrías hacer si llegaras más tarde? Tal vez los franceses creen que si van más rápido la muerte no podrá alcanzarlos." Y se ríe, porque cree que Occidente quiere huir de un destino que ya ha sido fijado, que está "escrito", como se dice en árabe; naturalmente, cualquier intento semejante está condenado al fracaso.
 Volviendo a Caminar, leo en las página 26 y 27 lo siguiente:
 Cuando conduces tu coche hacia una montaña y dejas que las pequeñas lagunas, las laderas, las rocas, el musgo y los árboles pasen zumbando a tu lado, la vida se acorta. No sientes el viento, ni los olores, ni el clima, ni los cambios de luz. Los pies no duelen. Todo se mezcla.
 No solo se reduce el tiempo cuando se intensifica el ritmo, también el sentido del espacio. De repente te encuentras al pie de una montaña. La experiencia de la distancia se desvanece. Al llegar a tu destino puede que creas que has tenido muchas sensaciones. Sin embargo, lo dudo.
 Si caminas esa misma ruta, tardas un día en lugar de media hora, respiras con más calma, escuchas, sientes la tierra bajo tus pies, el día cambia por completo.
 Poco a poco la montaña crece y sientes que tu entorno se expande.
 Conocer todo lo que te rodea requiere tiempo. Es como cimentar una amistad. Esa montaña que allí, frente a ti, se transforma despacio a medida que te aproximas, se convierte en una especie de amigo a medida que te acercas. Tus ojos, tus oídos, tu nariz, tus hombros, tu estómago y tus piernas preguntan a la montaña y la montaña responde. El tiempo se expande sin depender de los minutos y las horas.
 Aquí reside el gran secreto que todos los caminantes comparten: la vida es más larga cuando andas. Caminar prolonga los instantes.
 Eso es algo que conocen bien los montañeros que se acercan a pie a un campamento base o a un refugio de montaña. Si, por ejemplo, se pudiese llegar al refugio de Neltner en camioneta desde Imlil, el Toubkal ya no sería lo mismo.

Abandonando el refugio de Neltner, 2007. Fotografía: Mª Ángeles García

 La cabeza se me vuelve a ir a Marruecos, pero he de regresar al libro del que les hablo. Ojeo algunos de mis subrayados y se los anoto por si les abre el apetito de leerlo, o por si quieren hacerse una idea de lo que se van a encontrar en sus páginas.
 Durante nuestros preparativos para ir hasta el Polo Norte en 1990, pasamos unas cuantas semanas en Iqaluit, una pequeña localidad del noreste del Ártico canadiense, para poner a prueba nuestro equipamiento. Allí tuve noticia de una buena tradición de los inuit. Si estás tan enfadado que tienes dificultades para controlar tus sentimientos, te piden que abandones tu hogar y que atravieses en línea recta el paisaje que te espera en el exterior hasta que tu ira se esfume. El punto en el que consigas liberarte de tus sentimientos queda marcado por un palo que clavarás en la nieve. De esa manera queda recogida la duración o la intensidad de tu ira. Lo más sensato que puedes hacer cuando te enfadas, una circunstancia en la que tu cerebro reptil domina tus acciones, es alejarte de aquel o de aquello con lo que estás enojado.
Iqaluit (Canadá). Fotografía: Sean Kilpatrick/Canadian Press
 Veinte años después de la visita a Iqaluit decidí, junto con el explorador Steve Duncan, recorrer parte del subsuelo de Nueva York. Atravesar las cloacas de la ciudad, los túneles de los trenes y del metro, los conductos de agua. Desde el Bronx al norte, por Manhattan, Brooklyn y Queens, hasta el océano Atlántico. Me impulsaba un deseo de aventura, pero también una necesidad de depurarme, de catarsis, entre la mugre y las cloacas. Cuando partí, mi vida familiar me parecía una mierda. Poco a poco había empezado a comprender que mi compañera y yo, la madre de mis hijas, íbamos a separarnos. Los problemas me hacían tanto daño que mi cuerpo supuraba.
 Sentí el estímulo de iniciar una peregrinación. Quería entregarme por completo, caminar hacia una meta por un tiempo y, durante unos días, mantener a distancia mi mundo cotidiano. Nada era tan arriesgado como peregrinar en la Edad Media, con el peligro de sufrir un asalto de pasar hambre o de ser capturado, pero, aun así, se trataba de una experiencia espiritual. Sin embargo, no quería ir a lugares con los que sueño, como Santiago de Compostela, o rodear el monte Kailash, que tengo pendiente. Algunos amigos opinaban que ir a Nueva York no era una buena idea, pero mi intuición me decía que me vendría bien encontrarme, literalmente, en la mierda. ¿Tal vez entonces mis propios problemas me resultarían insignificantes?
Y para cerrar un recordatorio extraído del libro: La vida no es más que un largo recorrido a pie.

Erling Kagge

Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie
Erling Kagge
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Editorial Taurus, 2019

*https://www.diariosur.es/culturas/blade-runner-20190518193933-nt.html (Blade Runner, artículo de José Antonio Garriga Vela en la sección Cruce de vías del Diario Sur).

viernes, 3 de mayo de 2019

CLAUDIA ULLOA, ERLING KAGGE Y EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO


Hay una escritora peruana que vive en Bodø, Noruega. Lleva allí más de ocho años sacándole partido a la maestría en Lengua española que cursó en la universidad de Tromsø y escribiendo cuando puede. Se llama Claudia Ulloa (Lima, 1975) y además de conocer los protocolos del frío, con el que tiene que medir sus fuerzas, es experta en escribir frases que parecen cinceladas a golpe de silencios.
"Ayer en el aserradero fueron cayendo palabras como virutas. Escribí mentalmente un cuento, pero cuando llegué a casa estaba muy cansada, me acosté en el sofá y me quedé dormida con el olor a pino impregnado en el cuerpo. Olvidé el cuento".
 Claudia dice que "los noruegos siempre andan silenciosos", y que "sólo cuando las cosas dejan de funcionar realmente y no hay solución, la gente empieza a hablar". El escritor y explorador  Erling Kagge, que vive en Oslo, a 839 kilómetros de Claudia, lo demostró en La Térmica el día que presentó El silencio en la era del ruido, y sólo cuando empezó el acto se echó a hablar, pero porque le preguntaba la coordinadora del ciclo, y luego el público, si no creo que se habría mantenido en silencio.
 Lo primero que hizo Erling Kagge al sentarse en el escenario fue quitarse las zapatillas, algo también muy nórdico, y luego se mantuvo callado hasta la hora convenida. Para ser sincero, abrió antes la boca unas cuantas veces, pero fue porque Patrícia Soley-Beltran se dirigía a él para apuntarle algo relacionado con la charla que iban a tener en breve o sobre el libro que parecía tener subrayado y anotado. Erling respondía en corto, y me pareció que hasta contrariado, como un atleta al que desconcentrasen momentos antes de una competición o de empezar uno de sus grandes retos, porque el noruego fue el primer hombre en completar el "desafío de los tres polos": Norte, Sur y cima del Everest.
 Al traductor del acto, Alberto López, también le gusta la aventura, así que debió de disfrutar con el encargo. Un ya lejano día de abril de 2007 lo empujé hasta la cima del Toubkal, y supuse que lo recordaría cuando nos saludamos. De lo extraordinario de su dominio del inglés me di cuenta a las ocho en punto, cuando iniciaron el diálogo.
 Erling Kagge dio otro lejano día de abril de 2015 una conferencia sobre el silencio en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y a raíz de ella se dio cuenta de lo poco que él mismo sabía sobre el tema, de que sólo tenía ideas sueltas. De ahí que, ya en casa, siguiese dándole vueltas a las preguntas que le habían hecho los estudiantes y decidiese profundizar en tres interrogantes: ¿Qué es el silencio?, ¿dónde está? y ¿por qué es más importante que nunca? Con los treinta y tres intentos de respuesta que halló escribió su libro, y Patrícia, que ya les digo se había leído y analizado sus páginas de pe a pa, le fue sonsacando algunos.

El silencio en la era del ruido, de Erling Ragge (Taurus, 2017). Fotografía: Pedro Delgado

 Está el silencio que nos rodea y el que llevamos dentro, este último es más importante aún por lo que tiene de vivencia personal.
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 Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente de mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan a casa, han tenido la certeza de que los misterios de la vida se hallaban en el silencio. Esa es la cuestión. Surcas el mar en un velero y al volver quizá sepas que aquello que ibas buscando se hallaba dentro de ti.
 Aunque aparezcan entre sus páginas, El silencio en la era del ruido no es un libro sobre sus exploraciones y aventuras, sino un ensayo sobre el silencio y el placer de evadirse del mundo. Yo estoy acostumbrado a relacionarme con mi silencio: cuando salgo a correr; cuando dejo la bicicleta en casa y voy caminando hasta el instituto; cuando arreglo las macetas del porche; cuando escribo; cuando leo; cuando cruzo valles y asciendo montañas; cuando esquío en Port Ainé; cuando me siento a oír el crepitar de los leños que arden en la chimenea; cuando me tomo un spritz en el porche o junto a la piscina; cuando me baño en el mar; cuando Lanita se tumba a mi lado y la acaricio; cuando junto mis manos bajo el grifo de la cocina para que se bañen mis agapornis o cuando dejo pasar el tiempo sin más, por lo que me acerqué a La Térmica esperando que Erling hablase más de sus expediciones y aventuras que del silencio en sí, pero predominó lo segundo, quizás porque a Patrícia, tal como ella dijo, no le impresionan nada los exploradores. Aún así, leyó un capítulo que aúna las dos cosas y que alivió mis ansias de aventuras; y recomendó al finalizar el acto un segundo –el quinto– al que he vuelto varias veces, quizás porque en él existe lo que Jack London denominaba La llamada de lo salvaje.
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Esta claro que el sonido no es solo sonido. 
 Tuve ocasión de comprobarlo en la primavera de 1986, mientras navegaba en un velero rumbo al cabo de Hornos, a lo largo de la costa de Chile en el Pacífico Sur. De madrugada, durante la guardia de doce a cuatro, oí lo que me pareció un suspiro profundo y prolongado por el flanco oeste. No me imaginaba qué podía ser. Me giré noventa grados en la dirección del sonido y allí mismo, a estribor, vi una ballena. A un simple tiro de piedra. Calculé que tendría aproximadamente la misma longitud que el barco, unos veinte metros. A juzgar por el tamaño, supuse que sería una ballena de aleta, un mamífero cosmopolita a la caza constante de cangrejos, peces y kril. La ballena azul es más o menos igual de grande, pero ya está extinguida casi por completo, de modo que las probabilidades de que se tratara del animal más grande del mundo me parecían ínfimas.
 Las velas estaban bien tensadas, el barco navegaba prácticamente solo, así que yo no tenía otra cosa que hacer que contemplar a la ballena. Delgada, aerodinámica, casi como un torpedo, con el lomo de un negro grisáceo. Según la regla general, las ballenas de gran tamaño pesan tres toneladas por cada metro de longitud y calculé que aquella pesaba alrededor de sesenta toneladas. Iba nadando al lado del barco. Durante unos minutos, la ballena y yo navegamos con el mismo rumbo. 
 Oí varias veces el sonido denso que procedía del espiráculo dorsal. Pausadamente, entrando y saliendo de los pulmones, hasta que la ballena desapareció en el mar. El mundo ya no fue el mismo después de aquello. Me quedé allí, con las manos en el timón, aguzando el oído y escudriñando las aguas en busca del negro lomo de una sola aleta, pero ya no volví a verla. 
 Tres días después, cuando arribamos a tierra, oí el sonido de una aspiradora. Los dos sonidos eran más o menos igual de intensos. El uno me hacía pensar en tareas normales y cotidianas. Algo que hago periódicamente para que no se acumule la suciedad en casa. El otro es un sonido que todavía hoy me complace revivir. A diferencia del primero, es un sonido auténtico, una fuerza primigenia. Pienso a veces en aquella manifestación profunda y mayestática: aún hoy sigue siendo enriquecedor.
 Tuve el libro de Erling en las manos en octubre o noviembre, cuando asomó por las mesas de novedades de Luces, su exquisito diseño me hizo querer comprarlo pero, al final, salí de la librería sin él. Por eso, cuando al terminar el acto vi el mostrador de Luces junto a la puerta de salida, me dije que el destino era bien caprichoso y que esta vez sí que me iba a llevar un ejemplar, y además con la firma del autor. Decirles que no me arrepentí.

Pedro Delgado y Erling Kagge en el encuentro de La Térmica, 31 de enero de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez

Dedicatoria de Erling Kagge. Fotografía: Lucía Rodríguez

No hace mucho trataba de convencer a mis tres hijas de que los secretos del mundo se esconden en el silencio. Era domingo y estábamos sentados a la mesa de la cocina para cenar. La del domingo ha resultado ser la única cena de la semana en la que todos tenemos tiempo de quedarnos sentados charlando cara a cara. Los demás días hay demasiadas cosas que hacer. Las niñas me miraron con escepticismo. ¿El silencio? Pero si el silencio no es nada... Antes de que yo hubiera empezado a explicarles que el silencio puede ser un amigo y que es un lujo mucho más valioso que ese bolso de Marc Jacobs que tanto desean, ya habían sacado sus conclusiones: el silencio está muy bien cuando te vas a dormir. Aparte de eso, no tiene ningún valor. 
 Mientras estábamos allí, sentados a la mesa, recordé de pronto la curiosidad que las tres sentían de niñas. Cómo se maravillaban pensando en lo que habría detrás de una puerta. Su expresión cuando miraban un interruptor y me preguntaban si podía "abrir la luz". 
 Preguntas y respuestas, preguntas y respuestas. La capacidad de maravillarse es el motor mismo de la vida. Pero mis hijas tienen trece, dieciséis y diecinueve años y cada vez se asombran menos. y cuando lo hacen, sacan rápidamente el móvil para encontrar respuestas. Siguen teniendo curiosidad, pero la expresión de su cara es menos infantil, más adulta, tienen en la cabeza más ambiciones que preguntas. A ninguno de nosotros le interesaba lo más mínimo seguir hablando del silencio, así que decidí contar una historia con la intención de provocar eso, precisamente, silencio: 
 Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años. 
 Por una vez se hizo el silencio en la mesa. Se oyó el pitido de un mensaje en uno de los móviles, pero a nadie se le ocurrió ir a mirarlo en ese momento. El silencio se llenó de nosotros mismos.
 En el libro se mencionan muchos filósofos, pintores, escritores y poetas, un substrato del que brotan sentencias, preguntas y respuestas. Añadamos a las primeras ésta: El silencio es gratis. Pero no lo digan muy alto, por eso de no hacer mucho ruido.

 Durante el acto, mientras seguía la conversación, grabé algunos pasajes con mi iPad. La calidad no es óptima, pero les permitirá vivir la experiencia si no estuvieron allí.





Nota: El primer texto a color de esta entrada es obra de Claudia Ulloa, y los restantes pertenecen a la primera edición de El silencio en la era del ruido, de Erling Kagge, editado por Taurus con traducción de Carmen Montes Cano. El próximo libro de Erling será sobre el placer de caminar, un tema muy de moda desde hace unos años, y llegará a las librerías para este mes de abril. Así que quizás volvamos a verlo por La Térmica dentro de un tiempo. En esta ocasión ha venido invitado por Patrícia Soley-Beltran, coordinadora del ciclo Hablar del silencio. Y al hilo de dicho ciclo, quiero anotar aquí las palabras que escribió Giovanni Pozzi: "Vivimos una época en la que el silencio está proscrito. El mundo está oprimido por una pesada carga de palabras, sonidos y ruido. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio porque estaban hartos del parloteo de los hombres". Unas palabras que me recordó el otro día Fernando R. La Fuente en su homenaje a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ciclo Hablar del silencio, coordinado por Patrícia Soley-Beltran
La Térmica, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez