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sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
***
Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
***
Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».


jueves, 28 de abril de 2022

EL CÓMIC SOBRE LOS IÑURRATEGI: UN LATIDO EN LA MONTAÑA


Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Sua Edizioak & Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Desde el domingo que empezaron los síntomas estoy con la COVID-19, confirmado por un test de antígenos que compré en la farmacia. El dolor de cabeza de los tres primeros días no me dejaba leer, pero ahora que no me duele he rescatado de la pila de libros de la mesita de noche el cómic sobre los hermanos Félix y Alberto Iñurrategi, una de esas míticas cordadas del alpinismo patrio, un referente que marcó el camino a muchos de los que hoy suben montañas.

Pedro Delgado leyendo con Leonardo el cómic sobre los hermanos Iñurrategi
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La cefalea me ha abandonado, pero aún sigo con el cansancio y la tos, así que durante unas horas aúno el sonido alterado de mi respiración a la de los montañeros. Si a esas altitudes ellos tienen que dar grandes bocanadas de aire para hacer llegar un poco de oxígeno a sus pulmones, yo tengo que darlas para contrarrestar la congestión nasal que me dificulta el simple acto de respirar. Tengo las ventanas y las puertas de los patios y de las terrazas abiertas para ventilar y que el virus no se concentre en la casa, así que también siento el frío que emanan esas montañas nevadas, blancas y azules, salidas del pincel de César Llaguno (la rotulación y el color corren a cargo de Felipe H. Navarro).

El K2 dibujado por César Llaguno
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leyendo el texto de las viñetas y de los bocadillos, escritos por Ramon Olasagasti, uno comprende que el nombre de Alberto siempre estará asociado al de su hermano, el alpinista guipuzcuano Félix Iñurrategi, fallecido el 28 de julio del 2000, cuando descendía el Gasherbrum II en Pakistán. Ese día, tras el duodécimo ochomil que coronaban juntos, la fatalidad aguardaba a Felix entre el campamento base y el campo uno. Un anclaje se soltó, se partió la cuerda, y el mayor de los hermanos se precipitó al vacío. A Alberto, un año más joven que su hermano, le tocó cargar con la desgracia.

 En diciembre de ese mismo año, tratando de arroparlo y de que no se hundiera en los infiernos, Jon Lazkano y Jon Beloki se lo llevan de viaje a Mali, donde escalan varias vías en el macizo de la Mano de Fátima. A la vuelta, Alberto tiene claro que continuará ascendiendo a las grandes montañas por los dos. Y seguirá haciéndolo de la misma manera de siempre, en el estilo alpino, la mayoría de las veces fuera de los caminos habituales, marcando nuevas u olvidadas vías. Ahora sí tiene claro que perseguirá terminar los catorce ochomiles, y cuando recupera el piolet de su hermano, que habían dejado un año antes en un depósito con material camino del Gasherbrum I, sabe que Félix también estará con él en la cumbre.

Félix y Alberto Iñurrategi © Fotografía Iñurrategi

 Los Iñurrategi aprendieron la importancia de la cordada, la ética y los valores de la montaña de la generación anterior a la suya: Juanjo Sebastián, Juanito Oiarzabal, Jon Lazkano, Tamayo, Kike de Pablo, 'Zulu', Mari Ábrego..., compañeros extraordinarios que les abrieron el camino. Junto a esos nombres, aparecen en el cómic el de otros destacados alpinistas: atletas de la arista con los que coincidieron en la montaña por azar o por una expedición, algunos de los cuales, por desgracia, ya no están entre nosotros, y otros a los que consiguieron rescatar de una muerte segura, como el montañero de origen alemán afincado en Colombia, Volker Stalbhon, al que salvaron en el Nanga Parbat tras dos días de duro y arriesgado rescate, o el italiano Valerio Annovazzi, que ya aguardaba a los heraldos de la muerte en el campamento 3 del Gasherbrum II. Dos hechos que destaco, porque salvar a alguien es la experiencia más hermosa y gratificante que se pueda tener en la vida. Algo mucho más grandioso que la más imponente de las cumbres.

Páginas donde se narra el rescate de Volker Stalbhon en el Nanga Parbat
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se narra el rescate de Valerio Annovazzi en el G-II
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Por el primero de aquellos rescates, la diputación floral de Guipúzcoa les dio un premio, y ellos no tuvieron ninguna duda en compartirlo con Gerard y Rustam Ali y dedicarlo a comprar material para la recién creada escuela de montaña de Machulo. Aquel fue el germen de la Fundación Baltistán.

El germen de la Fundación Baltistán
Hermanos Iñurrategi, un cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y #mendifilm

 Hay una palabra en euskera, Mendimina, que define esa pasión por la montaña que no se puede explicar. «Sabemos muy bien que las aristas tienen dobles filos como las navajas, que nuestra pasión nos puede llevar a las emociones más gozosas y a los dolores más agudos», nos dice Alberto en una de las viñetas.

Homenaje a José Luis Zuluaga 'Zulu' fallecido por un alud en el Ice Tooth
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Félix, 'Zulu', el suizo Loretan, el francés Lafaille, con el que subió al Annapurna, y tantos otros que perdieron la vida en la montaña. Pero la vida no se mide por su duración, sino por la intensidad de las emociones. «Nosotros amamos la vida. La montaña a veces nos destroza el corazón, pero es la que nos llena ese mismo corazón de alegría y de fuerza. Los momentos más hermosos de la vida, los más vivos, me los ha dado la montaña».

Alberto y Félix Iñurrategi en Un latido en la montaña
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak & #mendifilm

 En Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, Alberto Iñurrategi le cuenta su historia a Shazia, una maestra de primaria de la escuela de Machulo, en el valle baltistaní de Hushé (Pakistán), que quiere recogerla por escrito para que todos sus estudiantes sepan quienes son los hermanos Iñurrategi y cómo funciona la Fundación Baltistán.

Shazia y Alberto Iñurrategi
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña

Alberto Iñurrategi le cuenta a Shazia sus inicios en la montaña
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

¡Al Himalaya!
Cómic sobre los hermanos Iñurrategi, editado por Sua Edizioak y Mendi Film
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 1992, tras el Pumori (1990) y el Makalu (1991), vino el Everest. Allí Alberto se convirtió en el montañero más joven en lograrlo. Fueron ascensos rápidos y limpios, sin hacer trabajos de equipamiento previo al intento a cumbre, cargando con aquello que podían transportar ellos mismos, sin emplear bombonas de oxígeno. Ese estilo alpino, esa búsqueda de la pureza, será el sello de los hermanos, el ejemplo, el faro que dejarán como legado.

 Como dice el escritor Koldo Izagirre, «sería triste que en este deporte los logros se midieran según la altitud de la montaña, porque en ese caso después del Everest ya no podríamos subir más».

¡Y el año que viene al K2!
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En el verano de 1993, los hermanos viajaron a China para ascender el K2, pero la nieve estaba tan blanda que se hundían en ella hasta la cintura sin avanzar. «El cielo puede esperar», se dicen, y regresan en la primavera del año siguiente para, esta vez sí, cobrarse la pieza.

 Las siguientes tendrían los nombres de Cho Oyu (1995), Lhotse (1995), Kangchenjunga (1996), Shisha Pangma (1996), Broad Peak (1977), Dhaulagiri (1998) y Nanga Parbat (1999). Este último era ya su décimo ochomil. Aún así, no les obsesionaba alcanzar los catorce. «Nunca nos interesó el coleccionismo de cumbres. En cada expedición intentábamos plantearnos algún reto: una vía determinada, la dificultad, el estilo ligero..., pero la dichosa lista de los catorce...», recuerda Alberto. Cuando a Félix le preguntaron en una entrevista cuántas les faltaban su respuesta fue que todas, cientos. «Es broma, perdona. Te refieres a los ochomiles, la gente se preocupa mucho por contarlos, pero a nosotros la cifra no nos importa. Nos importa la manera de subirlos, la vía, la estética, el proyecto. No escalamos montañas para batir marcas, sino para que nos marquen a nosotros».

 Pero como les dijo Sebastián Álvaro, director del programa de televisión Al filo de lo imposible, ya habían llegado demasiado lejos. Debían completarlos, y luego seguir buscando cumbres y paredes en donde les diera la gana, a su aire.

 En el 2000 conquistaron el Manaslu y el Gasherbrum II, su duodécimo ochomil. Ya saben lo que sucedió en aquel descenso, y cómo Alberto, con el piolet de Félix en la mano, se propuso conquistar la dos cimas que les restaban. El Hidden Peak o Gasherbrum I lo consiguió en 2001, llevando como compañero de cordada a Jon Beloki, que hacía su primer ochomil. Y el Annapurna en 2002, ascendiendo a este último por la dificilísima arista sureste, abierta por los suizos Erhard Loretan y Norbert Joos en 1984. Una vía que no había repetido nadie desde entonces. Una arista terrible de siete kilómetros y medio para ir, y otros siete y medio para volver. La prueba definitiva que convertiría a Alberto en un personaje homérico. En aquella ocasión, acompañó al español el francés Jean-Christophe Lafaille, otro Ulises que perdería la vida unos años después en el Makalu.

La arista sureste al Annapurna
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La huella de los hermanos Iñurrategi aún perdura en el Karakórum. Su mayor legado ha sido la Fundación Baltistán, creada un año después de la muerte de Félix, volcada en mejorar la forma de vida de los habitantes del valle de Hushé.

Viñeta del cómic sobre los Iñurrategi

Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña (Sua Edizioak/#mendifilm)
Cómic de Ramon Olasgasti y César Llaguno

 Entre sus acciones está la creación del sistema de regadío de Machulo para bombear agua desde el río al pueblo y distribuirla desde un depósito, a través de canales, a las terrazas y a los campos de cultivo (en este proyecto fue determinante el altruismo del ingeniero José Ramón Madinaveitia); la construcción de diez escuelas de primaria y una de secundaria; el apoyo incondicional a la escuela de Montaña de Machulo, donde reciben formación en escalada y rescate las nuevas generaciones; las becas que han permitido acceder a la universidad a algunos estudiantes; las mejoras introducidas en el cultivo, recolección, secado y comercialización del albaricoque; la aportación de dos ecógrafos, gracias a los cuales se ha conseguido reducir a cero la mortalidad materno-infantil, y más cosas que, seguramente, olvido ahora, pero que pueden descubrir en el siguiente enlace de la Fundación Baltistán.

https://www.baltistan.eus/es

Escuela del valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

Escuela valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

 Y como complemento al cómic, les recomiendo un par de documentales, ambos dirigidos por Alberto Iñurrategi: También mañana amanecerá, Félix y ¡Hasta siempre, Félix!. Gasherbrum  II, dirigidos ambos por Alberto Iñurrategi en 2001 y 2000 respectivamente. Y una entrevista que le hicieron el pasado 17 de abril en la revista digital de montaña KissTheMountain*.

*https://kissthemountain.com/revista/alberto-inurrategi/


 Y nada más, desde aquí mi respeto y admiración por el legado de Alberto y Félix, los hermanos Iñurrategi.  Ojalá muchos chavales lean este cómic y sientan el impulso de la montaña.

«Algunos empiezan por el impulso de la lectura de un libro de montaña; otros siguiendo la tradición familiar, pero lo nuestro fue, como para muchos otros, un inicio muy corriente y normal, el propio de quien descubre algo diferente a lo que ha vivido hasta ese momento y, sobre todo, más emocionante. No teníamos ninguna fijación por el Himalaya, quisimos seguir descubriendo nuestros límites, subir más alto, saber si seríamos capaces de superar los ocho mil metros. Querer subir cada vez más arriba es algo muy humano, muy normal. El gusto por viajar, realizar largas marchas de aproximación, la gente local, la desconexión con lo cotidiano, los miedos, la satisfacción... No sé si se puede hablar de enamoramiento, pero se trata de algo que tira mucho».
Alberto Iñurrategi

 

lunes, 6 de julio de 2020

QUE NO TE ENGAÑEN


 –Acaba de citar el Everest y la cola que había para llegar hace unos meses. ¿El alpinismo entraña ahora menos aventura?
 –Estamos engañando un poco a la gente. Ahora, cuando vas a ir al Everest pides un permiso, consigues dinero, pagas a una agencia, llegas con tiempo para aclimatarte, y mientras tanto los 'sherpas' abren camino y ponen las cuerdas. Cuando te dicen que la montaña está abierta, subes con esas cuerdas. El alpinismo ha perdido su esencia. 
Entrevista a César Pérez de Tudela 
1 de Marzo de 2020

 Pueden leer la entrevista completa de César Coca a César Pérez de Tudela en el siguiente enlace:

https://www.diariosur.es/deportes/mas-deportes/quiero-vivir-emocion-20200301170514-ntrc.html

César Pérez de Tudela en el sótano de su casa de Torrelodones durante la entrevista
Fotografía: Pablo Cobos

viernes, 22 de febrero de 2019

CUESTIÓN DE FE


Fotografía: Lucía Rodríguez

Aquel alpinista resbaló fatalmente y pendía aferrado con tres dedos a un mísero reborde sobre el abismo. No era muy creyente, pero recuperó la fe: "¡Oh, cielos! ¡Me arrepiento de mis blasfemias! ¿Alguien me escucha? ¡Salvadme!". Una voz dulce y grave repuso desde las alturas: "Hijo mío, tu fe te ha salvado. No temas, suéltate. Volarás como una pluma hasta lugar seguro". Y el accidentado contestó: "Ya, muchas gracias. Y ¿hay alguien más por ahí?".
Fernando Savater

Nota: extracto del artículo ¡Socorro!, publicado en El País el sábado 20 de mayo de 2017.

viernes, 2 de febrero de 2018

MENSAJEROS DE VIDA


Tomasz Mackiewicz, conocido como Tomek (1975-2018)

Una cama de nieve y estrellas

Por Francisco Apaolaza

En los años 90, Tomek Mackiewicz  era un yonki. Después cambió el 'caballo' por la montaña. En las fotos que hay de él, mira el mundo con dos ojos azules, satisfechos y calmados como un muelle de verano. Pasó ocho años en el Nanga Parbat en Pakistán, enfrascado en la obsesión de hacer cumbre en invierno en la montaña asesina. La semana pasada lo consiguió acompañado de Elisabeth Revol. Al descender, las cosas se pusieron feas. Estaban congelados, y él sufría un edema pulmonar. Denis Urubko y Adam Bielecki formaron una expedición de rescate y se tiraron a buscarlos. Saltaron de un helicóptero y subieron 1.200 metros en ocho horas, de noche, con viento y a 40 bajo cero. De pronto, en la oscuridad, Urubko, que jadeaba como un perro, vio un bulto moverse unas decenas de metros más allá y gritó "¡Elisabeth... me alegro de verte!". Revol negociaba cada paso con la desesperación y el abandono, que siempre es la muerte. Veinte metros por hora. Había tenido que abandonar a Tomek, que sufría un edema severo y quién sabe lo que le dijo al dejarlo durmiendo en su cama de nieve y estrellas. Los rescatadores no pudieron llegar a él. 
 Los montañeros son mensajeros de vida, incluso los que mueren, porque financian los sueños de los que nunca osaremos mirar a la suerte tan de cerca y tan a los ojos. Zerain, Iñurrategui, Iñaki Ochoa de Olza... No sé si valió la pena. No sé si hay que abordar solamente los retos que valen la pena. Tendremos que hacer las cosas por existir tal como somos y seguir las fuerzas que nos impulsan a escapar de las vidas en Excel y los sueños de estación de metro. Existir un día como un tigre mejor que cien años como una oveja. 
 Cada uno de nosotros tiene un Nanga Parbat y el deber de atacarlo si no quiere darse cuenta un día de que ha vivido como un mierda. Los alpinistas nos salvan del por qué no lo hice, por qué no me atreví, del por qué no la llamé. Sus pequeños cuerpos acunados en su cama de nieve, cielo y estrellas son un monumento al único ejercicio exclusivamente humano: soñar. Mikel Laboa lo escribió en euskera en 'Txorian Txori', una de las canciones más bellas que se han escrito, y en castellano viene a decir esto: "Si le hubiera cortado las alas/ habría sido mío/ no se me habría escapado./ Pero así habría dejado de ser pájaro/ y yo lo que amaba era el pájaro".
(Diario Sur, 1 de febrero de 2018) 


 Releo las estrofas de la canción y me reafirmo en la idea de no cortarle las alas al agapornis que nos han regalado. Luego vuelvo a pensar en todos esos soñadores que se quedaron en la montaña, a los que su familia tampoco quisieron cortarles las alas. Si la vida es un soplo, el de ellos fue un soplo intenso. Descansen en paz.

Tiberio, 1 de febrero de 2018 (Fotografía: Pedro Delgado)

domingo, 29 de octubre de 2017

HASTA ARRIBA


Hasta arriba de W. E. Bowman (Editorial Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

Tenía ganas de leer Hasta arriba del ingeniero y escritor británico W. E. Bowman (Scarborough, 1911-1985). La portada de Sergio Membrillas y la pegatina dorada que le habían añadido los de Blackie Books actuaban sobre mí como un imán. "Un clásico del humor y del alpinismo" se leía en ella, junto a la aseveración del también escritor Bill Bryson de que tenía en las manos el libro más divertido que él leyó en su vida.
 Por todo ello, el listón estaba muy alto cuando ataqué las primeras páginas de Hasta arriba; aunque no tan alto como los 40.000 pies y medio de altura del Kurda Rarí (Rum Doodle en la obra original), la montaña que pretenden ascender los protagonistas. Que esos 40.000 pies de altura equivalgan a 12.192 metros nos da una idea de lo disparatado de la empresa. Y más todavía cuando empezamos a conocer a los integrantes del equipo, a cual más incompetente.
 ¿Pero es realmente Hasta arriba un libro de humor? En la contraportada han tenido a bien añadirle el adjetivo "británico" al sustantivo "humor", lo que puede orientarnos sobre esta cuestión, pues lo que entendemos por humor aquí abajo, en Andalucía, no tiene nada que ver con lo que entienden en las islas británicas. Tal vez si el libro lo hubiese traducido Pablo Carbonell, a su manera, podríamos hablar de un libro de humor humor. Lo que sí es Hasta arriba es una sátira, para la que el autor tomó como modelo el relato que escribió Bill Tilman en 1937 sobre su expedición al Nanda Devi.

Grabado antiguo de una expedición alpina, obra de Whymper SC

 Que Bowman parodiase el mundo de las expediciones alpinas no fue ningún handicap para que la novela se convirtiese en libro de culto para varias generaciones de alpinistas, habiendo sido ya publicada* en 2001 por la Editorial Barrabes; la misma editorial que publicó mi novela Neguinha la garimpeira en 2007.

*con el título Al asalto del Khili-Khili.

 Junto a la sátira y la parodia, Bowman cuela en el texto sentencias y descripciones brillantes:
Cuando estás colgando indefenso del extremo de una cuerda de 100 pies de largo es importante saber que el hombre que hay en la otra punta es un verdadero amigo.
*** 
Quedaban, pues, Constant y Propens; pero no me convencía en absoluto este emparejamiento: ambos tenían esas maneras de eruditos que podían resultar opresivas en el interior de una tienda pequeña. 
 ***
No quisiera cansar al lector con un relato de los pasos que Puag y yo recorrimos hasta desarrollar nuestro lenguaje de signos y poder por fin comprendernos. Habrá quien lo crea imposible pero, como a menudo he tenido ocasión de recalcar, la buena voluntad es la mejor de las intérpretes. 
*** 
Con todo, en la cima del Chincha Rabí nos sobrecogió la visión de aquel prodigioso bastión que alzaba su majestuosa cabeza contra el cielo despejado. Estábamos allí plantados cuando Constant habló por todos nosotros. 
–Tiene el porte de una diosa, como si desafiase a todo aquel que cometa el sacrilegio de pisar su inmaculado santuario. Se elevó un murmullo de consenso. En ese momento nos sentimos muy pequeños ante la inmensidad de la empresa que nos habíamos propuesto y, por una vez, elevé una ferviente súplica para que no me fallaran las fuerzas en el suplicio que teníamos por delante. En momentos así, un hombre se siente muy cerca de sí mismo. 
 ***
Me felicité por cómo había dispuesto los grupos: para que dos hombres fueran capaces de mantener una conversación animada tras varias horas de dura caminata a 15.000 pies, tenían que ser sin duda espíritus afines. Una de las recompensas más sustanciosas del liderazgo es recoger los frutos de los manejos que uno hace del elemento humano.
*** 
Miré hacia la cumbre del Kurda Rarí, tan serena en su pureza virginal, y tuve la impresión de que la diosa de la montaña estaba mirando con desdén a las insignificantes criaturas que habían puesto un pie sacrílego en sus taludes y las retaba a dar lo máximo de sí mismas.

 Reseñar que esta reedición en tapa dura de Blackie Books nos llega con una nueva traducción de Julia Osuna, quien ha tenido que lidiar con muchos términos que en el original escondían dobles sentidos y juegos de palabras. De ahí que se llame Puag el insufrible cocinero, o Chi Ko, Reta Ko y Ta Pong tres porteadores menudos y robustos.

 Y no se me ocurre mejor colofón que dejaros el sketch que protagonizaron los Monty Python sobre una expedición de peluqueros al Everest.


Lo que yo habría dado por verlos protagonizar la escena del champán en la grieta y oírlos entonar desde el fondo My Darling Clementine.


Este último (se refiere al médico de la expedición) había contraído la rubeola, pero estaba en las mejores manos, las suyas.
*** 
Pasamos por muchas aldeas cuyos habitantes eran invariablemente huraños y antipáticos, salvo cuando Constant (se refiere al traductor) hacía sus acercamientos, que se volvían hostiles.
*** 
Pronto estuvimos riendo de nuevo, mientras relatábamos una y otra vez nuestras aventuras. Todo el mundo quería hablar y nadie escuchar.

domingo, 22 de mayo de 2016

LOS INDÓMITOS DE LA MONTAÑA



Cuando entró mi guía y colgó de un gancho el rollo de cuerda, todas las miradas se volvieron hacia él y yo me sentí envidiado. La cuerda significaba vértigo, abismo, no sé cuántas cosas más, prohibidas y fascinantes.

En marzo me llevé de viaje a los Pirineos Los indómitos de la montaña, pues hay libros que se disfrutan más si se leen en su ambiente. Iba de profesor acompañante del Viaje de estudios del instituto, una semana de esquí en Port-Ainé, y entre pista y pista, rodeado de montañas y con la visión de la Pica de Estats en el horizonte cuando las nubes volaban altas, leí esta recopilación de artículos y relatos del italiano Dino Buzzati que acaba de publicar Gallo Nero, un libro que se abre con un prólogo cuyas líneas iniciales son toda una declaración de amor a la montaña.
Recuerdo la mañana de un lejanísimo septiembre, cuando por primera vez tomé contacto con los famosos Dolomitas. Yo tenía quince años y la montaña se me había metido ya muy dentro, casi como un amor obsesivo.

Pedro Delgado en Port Ainé, Pirineos 2016

 El 27 de febrero había sido mi cumpleaños, y aún viajaba "bajo los efectos del shock de cumplir 50 años". Quizás por eso, las siguientes líneas tuvieron un sentido especial, como si Buzzati las hubiese escrito ex profeso para mí.
 Todo el que lleve un tiempo practicando el alpinismo se habrá percatado de un fenómeno cuando menos curioso y, a primera vista, decididamente absurdo: aunque a cierta edad la energía se agota y el arrojo entra en declive, con el paso de los años consigue uno realizar ascensos cada vez más difíciles. 
 Hay hombres de cincuenta años que realizan escaladas que no hubieran osado ni siquiera planear cuando estaban en la flor de la vida. ¿Es que se han vuelto más valientes? ¿Han adquirido con el tiempo astucias técnicas que antes desconocían? ¿Su capacidad acrobática ha aumentado gracias a algún nuevo truco? Nada de eso. El motivo ha de ser otro. 
 En alpinismo, como en tantos otros ámbitos, gran parte de la dificultad es puramente psicológica. Digamos que basta con considerar imposible una pared, para que esa pared se vuelva imposible. Muchas veces basta incluso con creer que uno puede pasar para, con ello, encontrar el paso.
 Palabras que me recuerdan que aún queda mucho por vivir y que me animan a no desperdiciar el tiempo que resta.

Dino Buzzati

 Tras la introducción, se suceden los capítulos: Hombres, donde Buzzati nos habla de Tita Piaz, el "rebelde" de los Dolomitas; del melancólico Emilio Comici, ese intelectual de la montaña que elevó la escalada a la categoría de arte; de Attilio Tissi; de Piero Ghiglione, por el que los años pasaban como un soplo de aire sobre el granito, o de Andrea Oggioni. Pioneros de lo "extremadamente difícil" a los que, ironías de la vida, la parca vino a sorprender en accidentes banales, gente que "de pared en pared entró a formar parte de los elegidos y se encontró entre los máximos exponentes del alpinismo mundial".

Tita Piaz
Emilio Comici

Attilio Tissi
Piero Ghiglione

Andrea Oggioni

 En Hazañas podemos leer sobre la ardua lucha por la conquista de la pared más complicada de los Dolomitas, la cara norte de la Cima Grande de Lavadero.
El cabeza de cordada ascendía milímetro a milímetro, apoyándose en los clavos con infinita cautela, como si fueran de cristal: no resultaban seguros y él, instintivamente, contenía la respiración con la ilusión de volverse así un poco más ligero.
 También de la pugna entre el inglés Edward Whymper y el italiano Jean Antoine Carrel, al que llamaban Il Bersaglierie, por alcanzar la cumbre del Cervino.

Edward Whymper

El Cervino o Matterhorn (4.478 m) en los Alpes

Jean-Antoine Carrel (a la iquierda) en 1865
Fotografía: De Agostini Picture Library

 Y de cuando se pisó la cúspide de la Tierra por primera vez, el Everest ya unido para siempre a las caras honestas del neozelandés Edmund Hillary y el nepalí Tenzing Norgay.
Era el último reducto de nuestra fantasía, la roca sobreviviente de lo desconocido, el fragmento residual de lo imposible que conservaba la Tierra. [...] ¿Y ahora? ¿Qué queda por hacer? ¿No parece que la Tierra se ha vuelto de repente más estrecha y ridícula? [...] Allí se había refugiado la poesía con los sueños, las esperanzas, las ilusiones, las bellísimas cosas inútiles y sin embargo indispensables para la vida. A partir del 29 de mayo pasado, la poesía se ha marchado también de allí. Ahora, ¿dónde iremos a buscarla?
 De Bonatti y Mauri conquistando el Gasherbrum IV, y de la tragedia que vivió el primero en el Mont Blanc.

Walter Bonatti (en primer término) en el Mont Blanc en 1955

 Las colaboraciones periodísticas del capítulo tres se centran por entero en la historia alpina del K2, haciendo especial hincapié en la expedición italiana de 1954 que fue la que logró cobrarse la presa.

 El cuarto capítulo, Cimas, nos habla de los Dolomitas, esa barrera de montañas que cierra al norte el país transalpino y que se puede distinguir "algunos días claros de otoño, incluso desde los tejados más altos de Venecia y sin necesidad de prismáticos". Ese perfil de cordillera por la que transitan estos días los esforzados ciclistas del Giro en pos de la maglia rosa, algo que me recuerda otro libro de crónicas de Buzzati editado también por Gallo Nero.

http://www.gallonero.es/el-giro-de-italia/

 Curiosa también la historia de la Croda Rossa di Sesto y la Piccola Tofana en cuyas cimas combatieron tropas del imperio austrohúngaro y del Reino de Italia durante la Primera Guerra Mundial.


 Las últimas páginas del libro recogen ocho relatos, escritos entre 1946 y 1966, de entre los que yo destacaría Noche de invierno en Filadelfia y Extraño caso en la montaña.

Dolomitas. Fotografía: Francesco Scatena

 El otro día, la televisión y la prensa se hicieron eco de la aparición de dos cuerpos congelados en las laderas del Shisha Pangma, en el Tíbet. Se trataba del montañero Alex Lowe y de su cámara y amigo David Bridges, estadounidenses que fueron barridos y sepultados por una avalancha cuando ascendían hacia la cumbre por la cara sur en 1999. La noticia, después de 16 años, servía para rescatar la memoria de uno de los mejores alpinistas de su generación, y también para descubrir una bonita historia de amor, pues el tercer montañero que iba con ellos aquel día y que sobrevivió milagrosamente, Conrad Anker, terminó casándose con la viuda (y madre de tres niños) de Lowe.

Alex Lowe y Conrad Anker (Fotografía: Chris Noble)

 Ha sido al leer en algún medio que piensan recuperar los cuerpos en verano, cuando me he acordado de uno de los artículos de Dino Buzzati y de que no había escrito ninguna reseña del libro. Así que hoy me preparé un Spritz y me puse a ello. Sobre lo de Lowe y Bridges no sé que decir. Me he preguntado dónde me gustaría reposar eternamente si fuese el susodicho y no he sabido darme respuestaHay una ley no escrita del alpinismo que dice que lo mejor es dejarlos descansar en paz en el hielo, y Buzzati en Digna sepultura viene a subrayar lo mismo:
"Para darles digna sepultura", se oye decir a menudo a propósito de los alpinos descubiertos en el Adamello, enterrados en el hielo, después de treinta y cinco años. Digna, ¿por qué? ¿Es indigna la que han tenido hasta el momento? 
 Qué mentalidad tan extraña. Apenas se conoció la noticia, el primer pensamiento -a juzgar por las crónicas- ha sido el de subir hasta allí, romper el maravilloso féretro, sacar los cuerpos intactos y llevarles a enterrar en el llano, para que acaben convertidos en gusanos, polvo y fealdad. [...] La montaña los ha conservado de maravilla, les ha procurado un sueño puro y silencioso en medio de la máxima serenidad y belleza que la mente humana pueda concebir. [...] Pero no. En lugar de pensar, si acaso, en reforzar la vítrea coraza que encerraba los cinco cuerpos, en preservarla del sol, garantizar su conservación... nosotros pensamos inmediatamente en profanarla, en extraer a aquellos cinco alpinos, sacarlos de su exilio sublime y traerlos junto a nosotros, en medio de la común miseria del polvo, de la tierra, de la brea y de la mugre.
 ¿No les resulta curioso que un artículo publicado en el Corriere de la Sera un 13 de agosto de 1952, pueda estar hoy día de plena actualidad? Es lo que tiene Dino Buzzati, cuya novela El desierto de los tártaros se sigue vendiendo a diario en todas las librerías.

Sello postal dedicado a Dino Buzzati

 Los no iniciados en el mundo de la escalada, deben saber, al comenzar el libro (no se explica hasta la página 207), que el grado sexto "significa que la subida es la más tremenda de todas, en el último confín de las posibilidades humanas". "Es también decir miedo, auténtico miedo, que también al corazón de los más fuertes desciende desde techos en extraplomo, un miedo mucho más grande cuanto más grande es el valor".

 En definitiva, Los indómitos de la montaña es un libro que gustará a aquellos que configuran la secta alpina, a esos que han hollado los Dolomitas y los Alpes, o sueñan con hacerlo. A esos que viven la montaña como el espectáculo más bello de la naturaleza. A esos que en la montaña se sienten como en casa. A esos que saben que a la montaña, como a los viajes, hay que enfrentarse solo.

¿Qué tal un Spritz con Los indómitos de la montaña?
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Todos los textos pertenecen a la primera edición de Los indómitos de la montaña, de Dino Buzzati, con traducción de Amelia Pérez de Villar.
http://www.gallonero.es/los-indomitos-de-la-montana/