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domingo, 6 de abril de 2025

EN UNA HABITACIÓN AJENA


En una habitación ajena, Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

«Arrieros somos y en el camino nos encontraremos», dice el refrán; sin embargo, lo traigo aquí a colación desprovisto de su significado popular de advertencia porque fue lo primero que se me vino a la cabeza al empezar a leer En una habitación ajena (Libros del Asteroide, 2024), del escritor sudafricano Damon Galgut (Pretoria, 1963). Eso sí, cambiando a los que trajinan con bestias de carga por los que trasiegan de un lado a otro con sus mochilas a cuesta: «Viajeros somos y en el camino nos encontraremos», pues el texto de Galgut, dividido en tres actos o relatos, nos habla de los posibles encuentros que te pueden deparar los viajes.

 En todos ellos, el protagonista es un trasunto del propio autor, que evoca o rememora esos vagabundeos. Y no lo digo sólo porque se llame Damon, sino porque nos lo corrobora él mismo en el texto, cuya correctísima traducción corre a cargo de la argentina Celia Filipetto:

Pero el recuerdo tiene sus propias distancias, en parte él soy yo por completo, en parte es un extraño al que observo.

El novelista y dramaturgo Damon Galgut (Pretoria, Sudáfrica, 1963)

 De la lectura del libro podemos deducir que Damon Galgut es un viajero atípico, un tipo algo extraño y difícil por cómo se retrata.

La verdad es que él no es viajero por naturaleza, se trata de un estado al que lo han empujado las circunstancias. Se pasa la mayor parte del tiempo en movimiento, sumido en una profunda ansiedad, y eso hace que todo sea más intenso y vívido. La vida se convierte en una serie de pequeños detalles amenazadores, no se siente conectado con nada de cuanto lo rodea, el temor a morirse es constante. Por ello casi nunca es feliz donde está, algo en él se pone ya en marcha hacia el siguiente lugar y, aun así, nunca va hacia nada, sino que siempre se aleja más y más. Se trata de un defecto de su naturaleza  que los viajes han convertido en enfermedad. Veinte años antes, por distintos motivos, a su abuelo le ocurrió algo parecido. Arraigado y sedentario durante la mayor parte de su larga vida, al morir su mujer algo se rompió irremediablemente dentro de él y lo impulsó a ponerse en camino. Viajó por el mundo entero, a los lugares más lejanos e increíbles, llevado no por el asombro o la curiosidad, sino por el dolor. Al buzón de casa llegaban postales y cartas con sellos y marcas peculiares. A veces telefoneaba y, por el sonido, su voz parecía aflorar del fondo del mar, ronca de añoranza por volver. Pero no volvió. Al cabo de mucho tiempo, ya muy viejo y exhausto, regresó al fin para siempre, y vivió sus últimos años en un apartamento en el jardín trasero de la casa. A mediodía se paseaba entre los arriates, en pijama, con el pelo sucio y revuelto. Para entonces se le iba la cabeza. No se acordaba de dónde había estado. Todas las imágenes e impresiones y los países y continentes que había visitado se borraron. Lo que no se recuerda no ocurrió jamás. Por lo que a él respectaba, nunca había viajado más allá de los límites del jardín. Irascible y mezquino gran parte de su vida, ahora era casi siempre dócil, aunque todavía capaz de mostrar una ira irracional. De qué estás hablando, me gritó en cierta ocasión, nunca he estado en Perú, no tengo ni idea de eso, no me vengas con tonterías sobre Perú.

 En el primer relato, El seguidor, un viajero sudafricano sale de un pueblecito rodeado de olivos. Digamos que estamos en Micenas, Grecia, y que camina en solitario por un sendero en busca de unas antiguas ruinas. También que en un momento dado se cruza con un turista alemán con el que entabla una conversación.

La puerta de los leones en Micenas
Fotografía: Andreas Trepte (Wikipedia)

Han entablado esta conversación con una extraña formalidad, separados por la anchura del camino; sin embargo, hay algo en la forma en que se relacionan que, si bien no del todo íntimo, sí es familiar. Como si se hubiesen conocido ya en alguna parte, hace tiempo. Pero no es así.

 Luego se despiden y cada uno prosigue el paso en direcciones opuestas. A la noche, volverán a encontrarse en el albergue juvenil, pues el alemán ha perdido su tren a Atenas. No hay visitantes en esa época del año y los cuartos llenos de literas están sin ocupar. El teutón se llama Reiner y el sudafricano, como ya hemos anotado antes, Damon.

 Damon Galgut nos apunta de manera sutil el marco temporal de la historia: es el año 1990, el de la guerra del Golfo.

Va a Esparta, va a Pilos. A los pocos días de marcharse de Micenas, al cruzar la plaza de una ciudad ve imágenes de bombas e incendios en el televisor de un café. Se acerca más. Qué pasa, pregunta a algunas de las personas que están sentadas viendo el programa. Alguien que habla inglés le dice que se trata de la guerra del Golfo. Todo el mundo la esperaba y ahora está ocurriendo, está ocurriendo en dos sitios a la vez, en otro punto del planeta y en la pantalla del televisor.

 Reiner alarga su estancia en Micenas una jornada más, para compartirla con Damon, y al día siguiente sus trenes salen en direcciones opuestas con apenas unos minutos de diferencia.

 Damon se marcha de Grecia dos semanas después y vaga de un país para otro durante un año y medio. Después regresa a Sudáfrica, donde se encuentra todo, incluso el gobierno, cambiado. Al buzón le ha llegado una carta de Reiner, con el que empieza a escribirse. Y dos años después de aquel encuentro en Micenas, Reiner visita a su amigo para volver a encontrarse. Juntos decidirán hacer un nuevo viaje.

Ahora que Reiner está aquí, saca el atlas y los dos, ansiosos, lo estudian con detenimiento. Buscan un país con muchos espacios abiertos y pocas ciudades. En el tiempo que han dedicado a hablar del viaje se han puesto de acuerdo en el tipo de condiciones ideales para ellos. A ninguno de los dos les interesan las multitudes ni las carreteras concurridas ni las zonas urbanizadas. Así que está Botsuana. Está Namibia. Está Zimbabue.
Y cuál es este país de aquí.
Lesoto.
Qué sabes de él.
No sabe mucho, nunca ha estado allí, ni él ni sus amigos. Sabe que es montañoso y muy pobre y que Sudáfrica lo rodea por completo, pero aparte de eso, Lesoto es para él un misterio. Los dos se quedan sentados mirándolo.
A lo mejor deberíamos ir.
A lo mejor sí.
Quizás no utilicen estas palabras, pero la decisión es así de irreflexiva y a la ligera, en un momento dado no saben a dónde van a ir, al siguiente se van a Lesoto.

 Damon se sorprende despidiéndose de su familia y amistades con una pizca de desasosiego, como si no fuese a regresar. Quizá sea el presentimiento de que Lesoto, con sus montañas, sus senderos y su salvaje naturaleza les revelará lo distintos que son y pondrá a prueba algo más que la amistad que hay entre ellos.

Cataratas Maletsunyane, cerca de Semonkon (Lesoto)
Fotografía: BagelBelt

***

 En el segundo relato, El amante, volvemos a viajar con Damon. Esta vez a Zimbabue.

Ha llegado aquí sin un motivo ni una intención en concreto. Llevado por un impulso decide marcharse una mañana, compra un billete por la tarde, sube al autobús esa noche. Tiene en mente viajar dos semanas y luego regresar.
Qué busca, él mismo no lo sabe. A estas alturas, sus pensamientos se me escapan, aún así, puedo explicarlo mejor a él que a mi propio yo de ahora, lo llevo enterrado bajo mi piel. Su vida carece de peso y de centro, por eso siente que puede salir volando en cualquier momento. Todavía no se ha construido un hogar. Sus nuevas pertenencias vuelven a estar almacenadas y él se ha pasado meses en ese antiguo estado suyo, yendo de acá para allá, de un cuarto de invitados a otro. Empieza a dar la sensación de que nunca ha vivido de otro modo y que jamás echará raíces. Algo en él ha cambiado, parece incapaz de conectar adecuadamente con el mundo. No siente que se deba a un fracaso del mundo, sino a un colosal defecto suyo, le gustaría cambiarlo pero no sabe cómo. En sus momentos más lúcidos piensa que ha perdido la capacidad de amar a las personas, los lugares o las cosas, sobre todo a la persona, el lugar y la cosa que es él. Sin amor nada tiene valor, nada puede tener mucha importancia.
En ese estado, viajar no es una celebración sino una especie de duelo, un modo de disiparse. Va de un lugar a otro, impulsado no por la curiosidad sino por la aburrida angustia de quedarse quieto.

 Visita Harare, Bulawayo y las cataratas Victoria. Se aloja en un camping, cerca del impresionante salto de agua, donde conocerá a un grupo de mochileros prestos a partir hacia Malaui cruzando Zambia.

Cataratas Victoria
Fotografía: Diego Delso

 Parecen haberse juntado por azar, para sobrellevar mejor los peligros del viaje. Entre ellos está una corpulenta irlandesa con la que ha hecho rafting dos días atrás. A la pregunta «¿Quieres venir con nosotros?», le sucede una afirmación y una frase para subrayar:

Todo viaje de verdad empieza en un momento determinado. A veces, es cuando sales de casa, otras, cuando ya estás muy lejos de ella.

 Toman un tren a Lusaka, capital de Zambia, y luego viajan en autobús hasta la frontera de Malaui. Pasan unos días en su capital, Lilongüe, y luego en las orillas del lago Malaui, «esa extensión de agua que cubre casi la mitad de la longitud del país».

Orillas del lago Malaui. Fotografía: J. Lindsay (Lonely Planet)

 En la playa de Cabo Maclear hay una comunidad de hippies extranjeros varados por el cannabis fermentado y la paz que irradia el lugar y los lugareños. «Nadar, dormir, fumar» es el mantra de los que allí recalan.

 Unos días después, Damon coge un barco para bañarse también en Nkhata Bay, otro borde del lago, donde un trío misterioso –Jerone, Alice y Christian–, con el que ha ido entrelazándose en su viaje le propone acompañarlos hasta Tanzania. En este caso Jerone será el anhelo de Damon, tal como lo fue Reiner en el primer relato.

Hummm, dice, sí, creo que iré con vosotros. Os acompañaré hasta la frontera y veremos si me dejan pasar.

 Viajan los cuatro juntos en autobús a Karonga, en el norte de Malaui, y al día siguiente se disponen a cruzar la frontera con Tanzania.

Siempre ha tenido terror a cruzar fronteras, no le gusta abandonar lo conocido y seguro por el subsiguiente espacio en blanco donde puede ocurrir cualquier cosa.
***
Solo ahora se pone a considerar seriamente lo que podría ocurrir. Aunque dijo con displicencia que ya vería si lo dejaban entrar, en realidad no se le pasó por la cabeza que fueran a impedírselo. Pero ahora, a medida que se aproximan al grupito de cobertizos, con la barrera al fondo atravesada en la carretera, nota en las palmas de las manos el picor de una débil premonición, quizás la cosa no salga como él espera.

 Uno nunca sabe lo que nos aguarda el destino, así que no podemos dejar de leer barruntando qué le/les ocurrirá en las siguientes páginas.

 Por cierto, que aquí Damon Galgut también nos apunta un dato para que podamos encuadrar en el tiempo el relato: «Al cabo de un par de horas de viaje se enteran de que Tanzania celebrará sus primeras elecciones multipartidistas dos días después». Es decir que, si Wikipedia no se equivoca, podemos fijar el texto en 1995.

***

 En el tercer relato, El guardián, Damon ha invitado a una amiga a viajar con él a la India. Se alojan al sur de Goa en una pequeña aldea de pescadores a veinte minutos de Margao, junto a la playa, donde Damon piensa que Anna, que está en tratamiento psiquiátrico para regular sus estados de ánimo, podrá recuperar el equilibrio.

A Anna y a él los une una buena amistad, es como una hermana, alguien a quien quiere y que lo hace reír. Alguien a quien desea proteger. Es así, en calidad de guardián, como la acompaña ahora.

 Desde allí exploran la zona: Cochín, Kerala, Vakala, Madurai, Bangalore, Hampi... hasta que la fatalidad, para desesperación de Damon, hace acto de presencia.

Templo de Meenakshi Amman, en Madurai (India)
Fotografía: Poras Chaudhary, The New York Times

Se dirigen a Madurai, donde hay un templo maravilloso que imagina que a ella le gustaría fotografiar. él ya lo ha visitado, como sucede con todos los demás hitos del viaje; ha planeado este recorrido solo para ella, quiere hacerle pasar un rato agradable y distraerla de sí misma.

 Este último relato desemboca, a modo de epílogo, en Marruecos. En Agadir, donde Damon se ve a sí mismo recoger una piedrecita del suelo, metérsela en el bolsillo y caminar hacia una puerta. Tras ella le aguardan, nos aguardan, nuevos viajes, en los que el azar y el destino, una vez más, vendrán a trastocar nuestros planes o intenciones.

En una habitación ajena, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

 Galgut nos dice en una de sus páginas que una parte importante de los viajes consiste solo en esperar –en salas de embarque en los aeropuertos, estaciones de autobús, bordillos de acera solitarios en medio del calor–, «con el hastío y la depresión que eso conlleva»; sin embargo, ahí discrepo con él. A mi nunca me pesan esas esperas, pues siempre llevo algunos libros conmigo: cuadernos de viajes, ensayos, relatos o novelas que se desarrollen en el país que visito y algún clásico que me transporte con garantías a otra época y lugar. Con ellos, se lo aseguro, no les pesará la espera. Para empezar, prueben a viajar con el libro de Galgut si van a Micenas, al sureste de África o la India.

Un viaje es un gesto inscrito en el espacio, desaparece nada más realizarse. Vas de un lugar a otro, y de ahí de nuevo a otra parte, y detrás de ti no queda rastro de que alguna vez estuviste allí. Los caminos que recorriste ayer ahora están llenos de gente distinta que no sabe quién eres. Un desconocido yace en la cama del cuarto en el que dormiste anoche. El polvo cubre tus huellas, limpian las marcas de tus dedos en la puerta, recogen del suelo y de la mesa los fragmentos de las pruebas que se te hayan podido caer, los tiran a la basura y no vuelven nunca más. El aire mismo se cierra a tu espalda y poco después, tu presencia, que parecía tan pesada y permanente, ha desaparecido por completo. Las cosas solo ocurren una vez y nunca se repiten, nunca vuelven. Salvo en el recuerdo.
En una habitación ajena, Damon Galgut

 Viajen, lean y no dejen de asomarse de cuando en cuando por aquí.

domingo, 2 de febrero de 2025

LA LARGA CARRETERA DE ARENA


La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini (Gallo Nero Ediciones)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Ahora que empezó el año, uno de mis propósitos es ponerme al día con las reseñas pendientes: libros que leí en el 2024 y, por falta de tiempo, no llegué a comentarles. Además, metidos en el invierno, me apetece hablarles del viaje que hice este verano y del libro que me incitó a realizarlo: La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini, reeditado el pasado junio por Gallo Nero con una nueva portada –elaborada, como la anterior, por Donatella Iannuzzi, la propia editora, quien con gran sentido de la estética y unas tijeras propias para el collage alterna recortes fotográficos para las ediciones, e ilustraciones para las reediciones–.

La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini
Editorial Gallo Nero

 Fue leer aquel título en el escaparate de una librería y enseguida pensar en recorrer todo el litoral malagueño desde punta Chullera hasta la última cala de Maro. Y cuando tuve el libro en las manos, y le di la vuelta para leer la sinopsis, comprendí que mi pensamiento no había sido muy descabellado e iba muy acorde con aquella lectura.

Entre junio y agosto de 1959, montado en un Fiat 1100, Pasolini recorre «la larga carretera de arena» de Ventimiglia hasta Palmi y de allí «presa de una especie de obsesión deliciosa», llega hasta el municipio más al sur de Sicilia para luego volver a remontar la costa oriental y llegar a Trieste. En La Spezia, desde donde sale hacia San Terenzo y Lerici, siente que está a punto de empezar uno de los domingos más bonitos de su vida. En Livorno no dejaría nunca «el enorme litoral lleno de jóvenes y marineros libres y felices». Y, finalmente, en el Circeo: «el corazón me late de felicidad, de impaciencia y de orgasmo. Solo con mi 1100 y todo el Sur delante de mí. Comienza la aventura».
Pier Paolo Pasolini durante su visita a Génova en 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo
Es la revista Successo la que encarga a Pasolini este reportaje que finalmente saldrá en tres partes entre julio y septiembre. En su viaje, el poeta encontrará amigos, intelectuales y personajes conocidos, se entusiasma con la gente simple de los pueblos más remotos (en Portopalo «la gente está como loca y es la mejor de Italia, raza purísima, elegante, fuerte y dulce»). Con su entusiasmo por el descubrimiento, con su mirada emocionada y aguda de futuro director toma nota de imágenes e impresiones tan potentes que nos devuelven un cuadro de la Italia de entonces, una Italia donde la explosión económica todavía no prevalece sobre la felicidad y el sueño pasoliniano de inocencia.

 El fotógrafo Paolo di Paolo, que por entonces tenía 34 años, acompañó al escritor de 37 en la primera parte de aquel viaje, de Ventimiglia a Ostia, para realizar las fotografías que acompañarían el texto de Pasolini en la revista Successo; aunque el escritor no nos informa de ello en las páginas del libro, quizás porque entre ambos se estableció una relación de cortesía y no una verdadera amistad. Sí nos lo cuenta Paolo Mauri en el prólogo, y el propio Paolo di Paolo en El tesoro de la juventud, el excelente documental sobre el fotógrafo que hizo el cineasta y también fotógrafo Bruce Weber.

Carabineros en Forte dei Marmi, 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo

 Tan italiano como un Fiat 1100 podría haber sido una Vespa, pero decidí recorrer la costa malagueña caminando, pues como dice Werner Herzog en su biografía, «el mundo se revela a los que viajan a pie».

 Como Pasolini, cambié el ¡Cuanto más lejos, mejor! por un viaje de proximidad, lo que algunos han venido a llamar Turismo de kilómetro cero. Además, fue un viaje muy económico, pues iba con lo imprescindible, pasando las noches al raso en la playa envuelto en un saco sábana.

1º día Senda Litoral Málaga: Playa de Sabinillas
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

1º día Senda Litoral Málaga: Torre de la Sal (Casares)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Estepona
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Marbella Club
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Gimnasio al aire libre (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral: Atardecer en las dunas de Los Monteros (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 En un principio iba a acompañarme uno de mis hijos, pero finalmente no le sedujo la idea de caminar durante varias jornadas entre la playa y el urbanismo desaforado de tantísimos ayuntamientos. Así que no compartimos el asombro o la decepción, ni el cansancio ni la inquietud a la noche. Viajé solo, pero, por tanto, libre. Dueño pleno del tiempo, capitán de mis pasos bajo los cielos celestes u oscuros y estrellados. Feliz ante la incertidumbre y el cansancio.

3º día Senda Litoral Málaga: Barquito pesquero (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre de Lance de las Cañas (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre Ladrones (Dunas de Artola, Cabopino (Marbella))
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Calahonda
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Fuengirola
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral Málaga: Playa de Guadalmar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral: Playa El Balneario (Málaga)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La Senda Litoral me descubrió decenas de atalayas, coquetos fortines e interesantes mosaicos y ruinas romanas. También zonas de dunas y acantilados que son reservas naturales y dan cobijo a una flora y una fauna peculiar. Y por supuesto, playas encantadoras a las que volver algún día con una toalla y un libro bajo el brazo.

4º día Senda Litoral Málaga: Playa Peñón del Cuervo
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Torre del Mar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral: Virgen del Carmen (Torre del Mar)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Lagos
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Faro de Torrox
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Playa de Nerja
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Playa de Ferrara, El Morche (Torrox)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La larga carretera de arena me acompañó durante mi caminata: a veces, leía una frase y pensaba que esa línea estaba en consonancia con lo que veía a este lado del mediterráneo.

 [...] la arena está lisa, parece el pavimento de un salón de baile.
***
 En los grandes paseos marítimos, desordenados, grandiosos, siempre se respira aire de fiesta, [...]
***
 Empiezan ahora las playas de mi infancia y mi adolescencia: ya no habrá descubrimientos, sino verificaciones.

 Pero al libro de Pasolini se le puede sacar más provecho desde casa, buscando en Google las imágenes de los bellos y pintorescos pueblos y ciudades que menciona, siguiendo su ruta en Google Maps o en algún atlas y poniéndole cara a las personalidades con las que se encuentra, algunas conocidas como Fellini, Moravia, Visconti o Gianni Agnelli, pero otras desconocidas para mí, como Elsa De Giorgi, Lorella De Luca, Franca Valeri o Adriana Asti.

No cabe duda: el tono, el énfasis, la alegría de estos encuentros nos remiten a un Pasolini joven que no ve la hora de salir al encuentro del mundo, sobre todo en ese Sur donde todo le parece más auténtico.
(Del prólogo de Paolo Mauri)

Anna Magnani en su villa de San Felice Circeo, 1955
Fotografía: ©Paolo Di Paolo

 Pasolini no recorre solamente el litoral de la bota, sino que también visita sus islas, como Isquia, Capri o Sicilia, donde se baña «en la más pobre y más lejana playa de toda Italia».

Ahí delante hay un islote, todo arena y chumberas, con una torre barroca. Pregunto a uno de los jóvenes que, como siempre, están sentados en el murete: «¿Puedes llevarme a esa isla? ¿Cómo se llama?» «¡Isla de Portopalo!», responde desconcertado, quizá porque para él la isla no tiene nombre. Baja a la barca y, remando despacio, atraviesa el pequeño brazo de mar, que la luz agonizante tiñe de turquesa y rosa. Desembarcamos en el islote, al pie de la torre, y, ya casi bajo la sombra tierna y perfumadísima de la noche, me doy un baño en la más pobre y más lejana playa de toda Italia.

 A veces, mi cabeza se salía del texto espoleada por alguna referencia, como cuando Pasolini describe su paso por Génova en la página 30. En ese momento, me pregunté qué habría sido de mi amigo Alfredo Maiolese, «Feissal», el genovés al que conocí antaño en Damasco. Y en el momento en que apareció Livorno en la página 45,  me asaltó la atmósfera veneciana que nos envolvió a mí y a mi familia en aquella escala de nuestro crucero por el Mediterráneo. La sorpresa de encontrarnos con aquellos canales y puentes en el barrio de Venezia Nuova, que recorrimos en un barquito.

 También cuando Pasolini conduce desde Reggio a Tarento y, aunque no la menciona, pasa cerca de Catanzaro, donde está de Erasmus mi sobrina Alicia. Pasolini habla del viento, de la eterna borrasca de la zona al hablar de la playa de Soverato, y recuerdo lo que me dijo mi sobrina estas navidades: que siempre hace viento en Catanzaro, como si fuera la Tarifa de Italia, algo que atestigua el dicho: «Encontrar un amigo es tan raro como un día sin viento en Catanzaro».

Chiesa di San't Omobono, Catanzaro (Italia)
Fotografía: ©Alicia Delgado Ferrary

 Y qué decir en la página 106, cuando Pasolini llega a Ancona, ciudad que, «a pesar de su triste reconstrucción», considera una de las más hermosas de Italia. Allí se celebró el Campeonato de Europa de veteranos de pista cubierta y campo a través del año 2009, en los que conseguí un 3º puesto en los 3.000 metros lisos. A ese bronce le sumé una plata por equipos en la prueba de Campo a través, donde fui 5º de la general. De aquello han pasado ya muchos años, pero la satisfacción por el esfuerzo recompensado permanece.

 Tras mi caminata por el litoral malagueño, tuve la necesidad de buscar en Filmin la «Trilogía de la vida» de Pasolini, compuesta por El Decamerón (1970), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1974). No las veía desde mi juventud, y temía que me decepcionaran. Pero no sólo es que hayan envejecido bien, es que me han gustado muchísimo más que la primera vez. Sin lugar a dudas, 49 años después de su vil y mezquino asesinato en Ostia, Pasolini sigue siendo uno de los grandes.

Trilogía de la vida, Pier Paolo Pasolini


viernes, 1 de julio de 2022

TRES FORMAS DE ATRAVESAR UN RÍO


Puente de los Alemanes o de Santo Domingo, Málaga
Tres formas de atravesar un río, de Agustina Atrio (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Pedro Delgado


En su camisón de verano, descalza, en el hall de casa, mi madre me dice: «Que encuentres lo que vas a buscar».
Tres formas de atravesar un río, Agustina Atrio


Málaga tiene un río que corta la ciudad en dos, una larga cicatriz que la recorre desde la presa del Limonero hasta su desembocadura en el mar, frente al Centro de Arte Contemporáneo y el colegio García Lorca, donde estudió sus primeros años el mayor de mis hijos.

 Su nombre, Guadalmedina, es de origen árabe –Wādī al-Madīna– y significa «Río de la ciudad». Nace en el pico de la Cruz, en la sierra antequerana de Camarolos y tiene una longitud de 47 kilómetros.

Puentes sobre el Guadalmedina, Málaga
Fotografía: Archivo Municipal, Fundación CIEDES

 A lo largo de su historia, sus aguas se han desbordado en alguna ocasión irrumpiendo en la ciudad, e incluso llevándose por delante los puentes de la Aurora, de Santo Domingo y del Ferrocarril en la gran riá de 1907.

Pasillo de Santo Domingo, Málaga 23 de noviembre de 1907
Fotografía: Club Bellas Artes de Málaga

 En el recuerdo tengo las imágenes de los coches y de los contenedores que flotaban en las calles de la ciudad en 1978 y 1989. Las dos veces ocurrió en noviembre, y me acuerdo que la primera vez cortaron las clases en el colegio y nos mandaron para casa antes de tiempo. Mi madre no nos dejó salir a la calle, pero vimos las escenas por televisión. La tormenta se transmutó en diluvio.

Calle Cuarteles, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga

Calle Puerta del Mar, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga


Vídeo inundaciones de Málaga en 1989
Imágenes: Don Manuel Olmedo Checa

 Para algunos, el Guadalmedina es una herida abierta sangrante que requiere de medios quirúrgicos, y cada cierto tiempo alzan la voz, meten ruido, y reclaman su soterramiento. Aunque apenas suela llevar agua, yo no quiero que lo soterren. Lo quiero abierto. Y lo prefiero así por varios motivos: el primero es que me gustan los ríos, el segundo que me gusta contemplar sus aguas marrones cuando abren las compuertas de la presa –normalmente cuando llueve de forma intensa varios días sobre la ciudad– y bajan raudas y agitadas arrastrándolo todo a su paso; el tercero es que me gusta ver desde el puente de la Esperanza a la muchachada hacer cabriolas con sus monopatines en el skatepark del lecho y a los inmigrantes jugar al voleibol, al futvóley o al fútbol entre el puente de los Alemanes y el puente de la Trinidad. También observar el parecido entre los perros y sus dueños, que les tiran una pelota o un palo para que se lo traigan en la boca a la carrera como unos Sísifos peludos. Pero el motivo principal, que va antes del primero, es sentimental, y está ligado a mi abuela paterna, Ana Acosta Florido, ya fallecida.

Ana Acosta Florido (Málaga, 1912-2004)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recuerdo que me contaba cómo con nueve o doce años se cayó al río, al romperse uno de los tablones de la pasarela de madera que cruzaba el Guadalmedina para comunicar el barrio de la Trinidad con el centro de la ciudad –antes de que se construyera el actual puente de la Aurora, inaugurado en junio de 1930 con el nombre de Puente de Alfonso XIII–. Aquel día, me decía, el río bajaba crecido, y si no fuera por un hombre, que se lanzó al agua para socorrerla, se habría ahogado. Me hubiera gustado localizar a esa persona para darle las gracias por su acción pues de no haber sido por ella no habría llegado a nacer mi padre y por ende ni yo ni ninguno de mis hermanos.

 Mi abuela se fue a vivir con mis padres cuando se casaron, así que cuando mis hermanos y yo llegamos al mundo ella ya estaba allí, y nos cuidó como una segunda madre. Luego, a los once años, ella se fue a vivir a la calle Cerrojo, a los corralones que había en el espaldar de la iglesia de Santo Domingo. Desde la ventana de los dormitorios se veía su campanario, y a mí me encantaba ver y oír las campanas de replicar. Aquellos corralones eran, sin duda, un magnífico ejemplo de la arquitectura de la época, pero incomprensible los echaron abajo para construir el adefesio donde se encuentra el Conservatorio Superior de Danza, una tropelía arquitectónica más de las tantas que han ocurrido y ocurren en Málaga. A mí y a mis hermanos nos encantaba quedarnos a dormir en su casa algunos fines de semana. Mi abuela era de costumbres fijas, y cada mañana, al levantarnos, realizábamos con ella el mismo recorrido. Primero parábamos en la capilla de la Virgen de los Dolores del Puente, donde se santiguaba, encendía una vela y pedía por todos nosotros.

Capilla de Ntra. Sra. de los Dolores y acceso al puente de Santo Domingo
Fotografía (años 70): Málaga ayer y hoy en Twitter

 Luego subíamos los escalones de piedra que daban acceso al Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, un puente que donó Alemania tras la tragedia de la Gneisenau, una fragata-escuela que el temporal hundió en el morro de levante un 16 de diciembre de 1900. Fallecieron 41 marineros, pero otros muchos fueron rescatados por los malagueños, que no dudaron en exponer sus vidas para salvar la de los alemanes. La ciudad se volcó con los supervivientes, sumando el título de «Muy hospitalaria» al escudo de la ciudad. Y Alemania, años más tarde, en un gesto de agradecimiento, sufragaría la construcción del puente que se llevó la riada de 1907.

Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras cruzarlo, seguíamos recto hasta la calle Marqués, donde nos tomábamos un chocolate con churros en Casa Baro. Acto seguido, hacía algunas compras por la calle San Juan, y a continuación, atravesábamos la plaza de Félix Sáenz para ir a una carnicería que había en la calle Puerta del Mar. Me acuerdo que era pequeña y que tenía las puertas de madera pintadas de rojo. Supongo que también haría algunas compras en el cercanísimo Mercado Central, pero no tengo el recuerdo de ello. Sí de comprar en Casa Luis, la tienda de comestibles que había en la misma calle Cerrojo.

 Cuando expropiaron los corralones para meter la piqueta, mi abuela se fue a vivir a Portada Alta. Poco a poco, echaron abajo todos los edificios de la calle y de sus alrededores, salvo el edificio de Italcable y la iglesia, de forma que un barrio con personalidad y casas únicas desapareció para dar paso a dos hoteles horrendos y dos plazas igual de horrendas –otra barbaridad urbanística y arquitectónica más de las muchas que han perpetrado políticos y promotores en la ciudad–. A pesar de ello, el aura de mi abuela se había quedado impregnado en aquella capilla de los Dolores y en aquel puente de los Alemanes, así que cuando falleció, decidimos echar sus cenizas bajo el puente para que su espíritu, su alma o sus moléculas hechas ceniza se quedaran por allí pululando y nos envolviera cada vez que atravesáramos el río, motivo por el que siempre lo cruzo por el mismo sitio.

 Les cuento todo esto porque voy a hablarles de Tres formas de atravesar un río (Ediciones Menguantes, 2021), de la argentina Agustina Atrio, un libro que, entre la crónica y el diario, explora su relación con otros cuatro ríos: el Paraná, el Manzanares, el Limmat y el Sihl; corrientes fluviales que también han marcado su vida.

Agustina Atrio

El agua, sin embargo, no es el motor de este viaje. Lo es una serie de búsquedas: el deseo de experimentar la vida en lugares nuevos, el amor, las casualidades. El agua no motivó mi búsqueda, pero en cada lugar que transité me descubrí deseándola y yendo a su encuentro cuando la sentía lejos. [...] En este relato de agua dulce y salada reinvento, recuerdo, reviso, recreo; tejo memorias, imágenes y pensamientos.
Del prólogo de Tres formas de atravesar un río

 Tras un breve prólogo, el libro se divide en tres partes. En la primera de ellas, en la página 24, recordé una de las enseñanzas más importantes que aprendí en mi viaje por el Amazonas en el año 2004. Fue en el pueblo de pescadores de Alter do Chão, a 37 kilómetros de Santarém. Yo cruzaba a nado el trecho que separaba la aldea de las paridisíacas playas de la Isla del amor, bañadas por las tibias aguas del río Tapajós y el Lago verde, y la dueña de la posada donde me alojaba observó que no echaba a nadar hasta que el agua me cubría el pecho. Se trataba de acortar el tramo, que otros hacían en pequeñas barcas o canoas, para no cansarme mucho. Al volver, a última hora de la tarde, realicé la misma operación. Caminé los primeros veinte o treinta metros hasta no hacer pie, y volví a caminar al final para salir del agua. La mujer estaba sentada en la terraza de la posada, contemplando las orillas y la selvática isla, y nada más verme llegar me reprendió. Si cruzaba así, podía ser que pisara una raya que estuviese semi-enterrada en la arena, el animal se sentiría atacado, me clavaría su aguijón venenoso y ella perdería a su huésped.

Viviendo en contacto con el río aprendí ciertos modelos de conducta: arrastrar los pies al entrar en el agua para no pisar una raya que pueda enojarse y clavar su aguijón; no adentrarse en los camalotes por si escondieran víboras; no tirarse al agua en la costa desde la embarcación sin antes tantear la profundidad con un remo o palo para evitar accidentes desagradables, quedarse en tierra si hay tormenta. Estos comportamientos fluviales, entre otras recomendaciones, son transmitidos de generación en generación.

 Agustina Atrio también me recordó los cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Yo había leído y disfrutado algunos de ellos en una edición juvenil e ilustrada de la editorial Vicens Vives (Anaconda y otros cuentos de la selva), y también había leído A la deriva el año pasado en el tomo Viajeros de la editorial Alba.

Cuentos de la selva de Horacio Quiroga
Fotografía: Pedro Delgado

Han pasado casi veinte años desde ese viaje y mis recuerdos son selectivos y confusos. Sin embargo, hay imágenes que vuelven a mí nítidamente, como las de la visita a la casa-museo del escritor uruguayo Horacio Quiroga.
 De camino hacia Foz de Iguazú, en la cima de una colina, encontramos una casa de madera, en mitad de un amplio terreno. Cuando llegamos allí, yo era ya una apasionada lectora y había devorado varios de los cuentos del escritor: me provocaban fascinación y espanto en partes iguales. Caminando aquella tarde por su jardín, quedé atrapada en una especie de trance mientras observaba toda esa vegetación. En mi mente se sucedían escenas de algunos de sus relatos, y en particular del cuento A la deriva, aquel que narra el trayecto de un hombre que ha sufrido la mordedura de una serpiente y su intento de trasladarse en bote por el río arrastrando un pie cada vez más hinchado y deformado. El Paraná se presenta como un cajón fúnebre que, con sus barrancas-murallas, aprisiona un río oscuro y silencioso. Lo lúgubre no solo forma parte de la obra del escritor; también recorre su vida. Mientras caminamos por un pasillo oscuro y frío formado por tallos de bambú, el guía nos dio detalles acerca de cómo la muerte persiguió al cuentista rioplatense desde joven –varias personas que lo rodearon se quitaron la vida, y él mismo decidió acabar con la suya bebiendo cianuro–.
 Llegamos a un punto de la colina que se transformó en balcón: una amplia vista se abría sobre una extensión vegetal infinita. El sol brillaba, infinidad de plantas verdes y rosadas me rodeaban y, ante nosotros, el todo, la naturaleza, respiraba impasible. Me hubiera quedado allí por horas imaginando mis propias historias, pero la casa era un museo con sus horarios de visita, y yo tenía once años. No me quedó más remedio que seguir a mis padres.

  Acompaña al texto un listado de canciones para el viaje, entre las que no encuentro la canción que le cantaba su abuela por teléfono cuando la llamaba. Esa mujer que era maestra y bibliotecaria y vivía en Santa Fe, a 146 kilómetros río al norte de la ciudad de Rosario, donde vivía la autora, fue la que le inculcó el amor por los libros.

Cuando me llamaba por teléfono, siempre me cantaba una canción, no importaba que yo tuviera cinco o quince años. Esa canción era mía, y se oía del otro lado del teléfono en cuanto mi abuela reconocía mi voz. Esta canción, colombiana, contaba la historia de una iguana que se peinaba la melena en el río Magdalena.

 La canción, como no podía ser de otra manera, resultó ser una canción infantil y pegadiza que no deben escuchar sino quieren que se les quede en la cabeza.

 Al madrileño Manzanares, al otro lado del océano, llegará Agustina Atrio en un vuelo intercontinental.

Antes, el cuerpo sentía la distancia y la habitaba. Hoy, un viaje de doce horas en avión nos resulta interminable.
 El antropólogo inglés Tim Ingold distingue al deambulador del pasajero: mientras que el primero pasea y recorre un territorio, el segundo es transportado de un lugar a otro. Este último disuelve el lazo que une su recorrido con la percepción del entorno; es decir, lo que percibe al ser movido no guarda relación con su propio movimiento. Un navegante de vela o de Kayak y un pescador son deambuladores; su movimiento es guiado, no solo por su conocimiento del entorno, sino también por su percepción del clima, los vientos y la corriente. Los demás nos dejamos transportar mientras miramos por la ventanilla, sin interesarnos en ser uno con lo que nos rodea.

 El nombre de Madrid procede de la voz árabe Mayrit, que significa «abundancia de ríos de agua». Gran sorpresa, nos dice Agustina Atrio, para quien llega a la capital y se encuentra con el bajo caudal del Manzanares. Más tarde descubrirá que los arroyos corren soterrados debajo del asfalto de la ciudad.

Más adelante recorro y camino a lo largo de las orillas del Manzanares, conozco su historia y lo que se ha dicho de este. Exploro esa línea divisoria que separa el centro de Madrid de la parte sur, la más pobre de la ciudad. Encuentro a los seres de la media tarde paseando por los parques del costado del río, pero también a los usuarios de fin de semana, los migrantes de América Latina, quienes conservan la costumbre de utilizar los parques públicos como lugar de encuentro y celebración.

 Tras dejar en Madrid una parte de sí y llevarse una parte de la ciudad consigo, la escritora argentina se traslada a Zúrich, a la que llegan dos ríos: el Limmat y el Sihl, el segundo de los cuales desemboca en el primero en el mismo centro de la ciudad. De ambos nos hablará Agustina Atrio, y de esa urbe en la que reside actualmente. ¿Y cómo no hablar de las montañas cuando se está en Suiza?

Todo el mundo aquí parece amar las montañas, y aquellos que son la excepción tienen que admitir que, al menos, les resulta extraño vivir sin ellas. Es muy probable que una llanura los enloqueciera; el mundo perdería todas aquellas cualidades que le otorgan seguridad; el cuerpo en permanente verticalidad se rebelaría ansioso ante esa planicie que no promete ni una sola curvatura, ni el uso de los verbos «escalar», o «descender».
 A mí, sin embargo, vivir cerca de las montañas me sigue sorprendiendo. Las encuentro hermosas, propias de otro mundo, extraordinarias. Y a la vez, imponentes y amenazadoras.
Vista de los Alpes desde Zúrich 
***
Escribo desde mi nuevo hogar suizo sobre la ciudad donde nací y el río que me vio crecer; las imágenes se mezclan en mi cabeza y el recuerdo se convierte en presente. En mi cuerpo siento el verano, la humedad, el olor de la lluvia; se despliega ante mí el ancho Paraná marrón y mi lengua sabe a mate con bizcochos. Pero ahí fuera es invierno, cae la nieve –algo impensable en mi ciudad–, el río es azul y angosto y el bello lago que lo acompaña sirve de espejo a las montañas que asoman por detrás. Como si fuera una foto de doble exposición, dos paisajes distintos se superponen apaciblemente.

 Por último, quiero terminar esta reseña con unos versos del poeta argentino Juan L. Ortiz que leí hace tiempo en un artículo* de la también argentina Gabriela Cabezón. Juan L. Ortiz «Juanele» vivió el siglo pasado en Entre Ríos, ahí donde empiezan las islas del Delta del Paraná, y en su poema Fui al río, dice lo siguiente:

De pronto sentí el río en mí, / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados. / Corría el río en mí con sus ramajes. / Era yo un río en el anochecer, / y suspiraban en mí los árboles, / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Fui al río, Juan L. Ortiz

*https://elpais.com/ideas/2021-08-21/en-argentina-los-mapas-de-la-pobreza-y-la-contaminacion-coinciden.html

«Lo mínimo que le debemos a nuestros hijos, y a los hijos de ellos, es un mundo habitable. Y el éxtasis de sentir que nos atraviesa un río vivo».

Me atravesaba un río, Gabriela Cabezón