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jueves, 19 de febrero de 2026

UNA INVESTIGACIÓN EN EL ATLAS, DE DRISS CHRAÏBI


Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

Después de la pandemia se me vino a la cabeza el argumento para una novela. Estaba ambientada en el Atlas, donde se ubican la mayoría de mis relatos y novelas, pero no llegué a escribirla –¿por qué realizar una obra cuando es más bello soñarla?–. En ella, dos policías llegaban en coche por un pista de tierra a una aldea del Atlas, donde los aguardaban una cuadrilla de bereberes con una recua de mulas. La trama se iba a desarrollar en invierno, y debía llover a cántaros en el momento en el que detenían el auto y sopesaban si bajarse o aguardar a que amainase la lluvia, que repiqueteaba con fuerza sobre la chapa. Los faros iluminando la nada. El limpiaparabrisas moviéndose como un metrónomo frente a ellos, y los cristales empañados por el vaho. La trama estaba relacionada con la pandemia, pero no les adelantaré nada más por si algún día llego a escribirla.

 Les cuento todo esto porque así comprenderán el interés que despertó en mí Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi. Fue a raíz de un encuentro fortuito con el poeta Salvador López Becerra en una librería del centro de Málaga. Al preguntarle qué estaba leyendo ahora, me habló de este libro de Amarillo Editora. Me dijo que trataba de dos policías que llegaban a un pueblo del Atlas para llevar a cabo una investigación, e inmediatamente supe que tenía que leer esa novela. «Con ella, Chraïbi había iniciado una serie de novelas del inspector Ali, una especie de Plinio, el personaje literario de las novelas de Francisco García Pavón», me dijo Salvador, haciéndome recordar el par de novelas de Plinio* –El charco de sangre y El carnaval– que leí por recomendación de mi padre en la adolescencia.

El charco de sangre y El carnaval, novelas de Francisco García Pavón
Biblioteca de selecciones de Reader's Digest
Fotografía: Pedro Delgado

 Si los policías de mi historia llegaban a un remoto lugar de las montañas marroquíes en invierno, los de Driss Chraïbi lo hacían en pleno verano, cuando la tierra se recalienta por el sol.

El jefe de policía llegó al pueblo un mediodía de julio. Sobre las grandes mesetas y las estribaciones del Atlas, un cielo blanquecino ardía como si tuviera millones de soles. Se encontraba en un coche pequeño, corriente y sin signos distintivos ni sirena ni luz intermitente en el techo. Era una misión secreta y quería permanecer en el anonimato. Por encima de él, había una pirámide de jefes de cuya mayoría desconocía incluso el nombre. Pero las órdenes eran las órdenes y, de arriba abajo en el escalafón, llegaban hasta él en forma de notas impersonales garabateadas en rojo y seguidas de una firma ilegible. Cualquiera podía, por supuesto, entrar en su despacho en su ausencia y dejar un papel en su escritorio. Pero el jefe solo obedecía aquellas órdenes que llevaban el sello oficial con el águila imperial. Estaba lejos de ser un irresponsable o un idiota.
 Detuvo el coche en la pedregosa plaza del pueblo, apagó el motor, suspiró, se separó el cuello húmedo de la camisa con el dedo y dio un codazo a su compañero de viaje, el inspector Ali, que descansaba tranquilamente con la cabeza apoyada sobre el salpicadero.
 –¡Despierta! –gritó.
 El inspector Ali se incorporó, bostezó y dirigió hacia el jefe una mirada con dos ojos que parecían estar llenos de arena.

 Si en mi imaginación era la lluvia la que los retenía momentáneamente en el vehículo, aquí, tras un largo rato de cháchara interrumpida por el mal humor del jefe, será el calor.

 –Entonces cállate y baja la ventanilla, ¡por Dios! Nos estamos asfixiando aquí dentro. No circula el aire.
 La ventanilla tenía un ligero tono azulado, igual que el parabrisas. Al inspector no le había dado tiempo a girar más de dos veces la manilla cuando el jefe empezó a gritar:
 –Pero ¿qué es esto? ¿Un asadero?
 –Es el aire de fuera, jefe. Estamos en julio y el calor aprieta. Yo ya he vivido esto en otra época, en el horno de mi padre.
 –¡Cierra ahora mismo esa ventanilla! ¡Rápido!

 Pero no es solo la temperatura lo que los pone de mal humor. Los dos tienen algo de estudios y llegan prepotentes al lugar, con cierto fastidio, sobre todo por tener que tratar con los lugareños.

 Al otro lado del parabrisas manchado por los insectos secos, petrificados, estaba el reino primitivo, la eternidad recobrada, la tierra y el sol. Ni una sombra. El inspector no se atrevía a mirar mucho las venas que se iban hinchando en el cuello del jefe. Con algo de prudencia, dijo:
 –Si no me equivoco, estos montañeses no tiene cuarto de baño, no están apenas civilizados. No tienen ni agua. Ni una sola fuente de agua a la vista. ¿Quizá un pozo? En tal caso, supongo que será muy muy profundo. A esta hora debe de estar más seco que la mojama. Mire hacia donde mire, no veo nada. Dos o tres casas de tierra, montes bajos y allí arriba, en el djebel, árboles de argán, azufaifos y algunos cedros. Pero eso es todo, jefe, créame. Me parece que este pueblo está vacío, abandonado. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos? Todavía tenemos suficiente gasolina, ¡aprovechémosla!

 El plan del inspector Ali, que viste de civil, es largarse de allí lo antes posible, pero la sola mención del plan hace montar en cólera a su jefe Mohammed, oficial de la Policía del Estado, que va uniformado con el traje oficial, con la manga engalanada, como muestra de autoridad ante los campesinos.

 Tres o cuatro minutos después, cuando pensó que su jefe se había tranquilizado un poco, el inspector reanudó la conversación como si no hubiera pasado nada:
 –Siempre puedes decir que has investigado en profundidad cada punto de este lugar, a derecha y a izquierda, en la montaña, y que... Y que no has encontrado nada en absoluto. Yo lo confirmaré, bajo juramento. Estoy dispuesto a firmarlo ahora mismo. Este pueblo ni siquiera aparece en el mapa, y eso que el mapa que hemos consultado los dos esta mañana era un mapa del Estado Mayor. Podría decirse entonces que no existe. Lo mejor que podemos hacer es dirigir el coche hacia el oeste, o hacia el norte si lo prefieres, e irnos a pasar nuestros cuatro o cinco días de investigación a un hotel en la costa, con cócteles, piscina, cuartos de baño, las duchas que queramos y comida abundante y refinada. Tenemos gastos de misión, lo de irnos a una pensión ni se baraja.
 –¿Estás hablando en serio? –preguntó el jefe en voz baja y con la mirada inmóvil.
 –No, ni mucho menos. Estaba bromeando para pasar el rato, no hay nada de malo en eso.
 –Pues bromea fuera de tus horas de servicio, ¡y en silencio!
 [...]
 –[...] Aquí las decisiones las tomo yo, y aquí van. Hay una manilla en la puerta, muévela de arriba a abajo y se abrirá. Bajas, abres el maletero y coges nuestras bolsas de viaje y mi fusil. ¿Entendido?
 –Entendido, jefe.
 –Y déjame tus gafas de sol. Te las devolveré cuando terminemos la misión.
 –Por supuesto, jefe.

 Ambos están allí en una misión secreta, y el choque entre los hombres de la montaña y los de la llanura no tardará en producirse. Entre los que viven en la ciudad en la Edad Contemporánea, con sus modernidades, sus normas y su supuesto progreso, y los que en puntos remotos de las montañas, en un medio rural y empobrecido, aún lo hacen en la Edad Media.

 Para el pueblo, para la comunidad en la que casi la mitad de los miembros eran descendientes suyos, aquel día de sus vidas había presenciado la intrusión de dos extraños abandonados a su suerte, tan desafortunados y agresivos como los conquistadores de cualquier raza o religión que hubieran arrasado el país en el curso de la historia. Pero ¿habían logrado acabar todos ellos con el sol? El hombre de la montaña arrugó repentinamente la frente, luego, todas las arrugas volvieron lentamente hacia su boca, y Raho rio en voz baja, como un lobo, ante el mero recuerdo de la legendaria figura del comandante Filagare.

 Pero no se crean que estamos ante una novela negra al uso, no. Sus páginas están cargadas de filosofía. También de sátira y fino humor, de crítica al Marruecos poscolonial, a la huella que dejó Occidente en la cultura y la sociedad marroquí y a las estructuras de poder que se impusieron.

Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

 Una de las cosas más gratificante para mí de la lectura, además de descubrirme a un excelente y original autor, es que me ha permitido reencontrarme con mis amigos de las montañas: los bereberes, los cuales viven en las estribaciones del Atlas en unas condiciones de vida muy duras.

 Aquellas estrellas habían estado allí, en el cielo, desde que Raho abrió los ojos al mundo. Las mismas estrellas seguramente, fuera del tiempo, cada una de ellas persiguiendo su destino hacia una meta determinada. Habían guiado a los antepasados en sus huidas, conducidos desde las fértiles llanuras a las áridas mesetas altas, y más tarde a un pequeño lugar de montaña, como un último refugio. Y ahora él, Raho, y lo que quedaba del antiguo pueblo no tenían tierra que cultivar, ni meta que alcanzar, ni destino en la tierra ni en el cielo. Conquistadores y civilizadores de todas las razas y lenguas los habían devuelto a su estado original, como en los albores de la creación del mundo. Seres despojados de todo, solos frente a los elementos. Y tal vez en algún lugar del globo,  muy cerca, o muy lejos, existían restos de otros pueblos similares a los Aït Yafelman que el tiempo había petrificado de forma definitiva. Era bueno aceptar el propio destino, igual que un cactus acepta la roca sobre la que crece, y la pobreza podía considerarse un quinto elemento de la vida, pero, entonces, ¿por qué existía la esperanza?
 Raho sabía bien que el agua no lega a los labios de un hombre que se contenta con extender sus palmas hacia ella. Pero cuando bebes esperanza hasta saciarte y al final de todo encuentras una miseria inmutable y remota, la esperanza se vuelve más atroz e insoportable. Raho empezó a llorar, mirando las estrellas.
***
A medida que pasan los años, tiene la sensación de que en un espacio de terreno cada vez mayor, que abarca muchos kilómetros a la redonda, los rebaños disminuyen, las cosechas son cada vez más escasas y para los hombres es cada vez más difícil encontrar trabajo. Antes, los Aït Yafelman bajaban de las montañas, trabajaban como jornaleros cada semana, eran leñadores, carboneros, porteadores. Recibían un salario y traían alimentos, incluso ropa o babuchas. Entonces se celebraba una fiesta de reencuentro, con canciones y bailes. Ahora, ¿qué hacen los hombres sino vagar y esperar? Así es la vida, todo está escrito. ¿Quizá Dios también se ha empobrecido? ¿Quién sabe?

 Ahí está, emergiendo de sus páginas en el segundo capítulo, con un profundo lirismo, la figura de Raho, el hierático bereber de la portada –obra del diseñador Carlos García–, digno representante de la estirpe de los Aït Yafelman, que encierra en su interior a otro personaje todavía más memorable y del que no les cuento nada para que lo descubran ustedes mismos –estoy seguro de que no olvidarán ese cuchillo con el mango de cuerno–.

II
El hombre estaba de pie, bajo el sol, con las manos cruzadas sobre un bastón, casi tan alto como él, y la barbilla apoyada encima. No tenía edad, y tal vez tampoco pensamiento. Inmóvil. Delante de él, muy cerca, había un burro de color rojizo igual de inmóvil, con los ojos vacíos y la cola colgando como una cuerda de cáñamo destrenzada, así como dos ovejas esqueléticas que intentaban comerse un rastrojo más seco que el esparto. Aparte de este pálido recuerdo de lo que anteriormente había sido hierba, no había nada salvo la tierra endurecida del color de las tinajas y los muros de piedra desnuda que acotaban el espacio donde el hombre y sus animales parecían llevar petrificados toda la eternidad. Ni una lagartija, ni rastro de insecto alguno. Al final de la senda, marcada por generaciones de campesinos, se hallaba el pueblo, con sus casas todavía adormecidas y su pequeña plaza, toda engastada de piedras. Y arriba, como un espejismo, la montaña de granito, coronada por cedros y azufaifos sedientos de agua y de vida. Más allá del cercado, a tiro de piedra, un arbusto espinoso cubierto de tiempo y de polvo. De un extremo a otro del horizonte, cayendo del séptimo cielo, el calor del Juicio Final.
 El hombre del bastón había oído una atronadora voz de acero que rompía el silencio y, poco después, llegaron hasta él tres golpes de una chapa que chocaba contra algo. Ahora, escuchaba un par de pies detrás de él, rozando la roca, subiendo a lo largo del sendero e invadiendo su paz. No hizo nada, no se dio la vuelta. No movió ni una sola fibra de su rostro bronceado por décadas de sol, cincelado por el viento de todos los inviernos. Dos hombres lo rodearon lentamente, como si fuera una aparición o un espantapájaros, y una voz dijo, delante de él:
 —Somos cazadores... ¡Pues sí que hace calor! ¿A ti no te afecta este calor infernal?
 El hombre no se molestó en contestar. Era inútil. Tenía dos ojos, y estaban sanos: uno de estos hombres llevaba un fusil en bandolera, por lo que debían de ser efectivamente cazadores, o algo parecido. El sol estaba en algún lugar del cielo, era obvio. En cuanto a él, no, no tenía ni frío ni calor, estaba en paz consigo mismo, con el alma alejada de toda impaciencia, y en ese caso, ¿para qué hablar? Por esa razón, se limitó a levantar la vista hacia el hombre de uniforme y gafas oscuras que tenía, según le pareció al campesino, cara de desconcierto.

 Terminada la novela, me interesé por su autor, Driss Chraïbi (El Yadida, 1926 – Valence-sur-Rhône, 2007), escritor marroquí en lengua francesa, considerado el padre de la literatura magrebí moderna.

El escritor Driss Chraïbi. Fotografía: Kacem Basfao

 Chraïbi estudió en la escuela coránica y más tarde se trasladó a Rabat y Casablanca para continuar sus estudios. En 1945 se trasladó a París para estudiar Química e Ingeniería, pero tras graduarse se dedicó a su gran pasión: la literatura y el periodismo. Produjo programas en France Culture, la cadena de radio pública francesa; se relacionó con numerosos poetas de entonces y fue profesor de literatura magrebí en la Universidad Laval de Quebec. En el año 1973 recibió el Premio de l'Afrique Méditerranéenne por su obra literaria, así como el Premio de l'Amitié franco-arabe en 1981. Murió en Francia a los 81 años, y como él deseaba, está enterrado junto a su padre en el cementerio de Chouhada, en Casablanca.

 Luego, miré si había alguna obra más suya traducida al castellano, y me encontré con estas novelas:


 Y una autobiografía:

 El título del que les hablo hoy, Una investigación en el Atlas (1981), ha sido traducido por primera vez al castellano por Beatriz Cámara para Amarillo Editora. Y como me parece encomiable la labor de estas pequeñas y a la vez grandísimas editoriales independientes, contacté con Ester Vallejo, la editora, para que me contase cómo había descubierto esta obra y a este autor, para mí totalmente desconocido. Y esto fue lo que me dijo:

«La novela me llegó por Beatriz, la traductora, que me escribió y me propuso traducirla para Amarillo; me envió información, investigué sobre el autor y le vi muy buen encaje en el catálogo. Nos reunimos un par de veces porque yo no la había leído y necesitaba saberlo todo sobre el libro antes de decidir (date cuenta de que publicar un libro supone un gasto económico de miles de euros y meses de trabajo, y necesito estar segura) y finalmente nos pusimos a ello».

 Así que, por alusiones, transmití la misma pregunta a Beatriz Cámara, la traductora. Y esto fue lo que me respondió:

«Conocí al autor y la obra en la universidad. Estudiaba el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid y tenía que elegir una obra sobre la que trabajar, investigar y de la que traducir un par de capítulos para el Trabajo Fin de Máster. En una conversación con un compañero, este mencionó al autor, pues yo siempre me he interesado mucho por la literatura magrebí de expresión francesa (también traduzco del árabe). Al leer la obra, me encantó, además de ver en ella muchas posibilidades en cuanto a la traducción, tanto para el TFM como para una posible publicación en el futuro. La verdad es que la publicación ha costado un poco: Ester se fijó en mi propuesta cuando ya estaba a punto de tirar la toalla después de estar cinco años enviándola por correo a editoriales que no hacían más que darme largas a pesar del gran potencial que yo le veía. Por eso este es un sueño cumplido».

 Leyendo el correo de Beatriz, me acordé de lo que decía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina desde su espacio en EL PAÍS: que «un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo». Y que «la inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada». Vaya desde aquí mi aplauso a la traducción de Beatriz, que realiza además con éxito una difícil pirueta, al incluir a ratos en los diálogos entre el inspector Ali y su jefe, un peculiar efecto sonoro, algo que nos aclara en una nota inicial ella misma:

Una investigación en el Atlas refleja con fuerza esa mezcla de lenguas y registros que constituye el día a día de Marruecos y que, al verterse al español, exige decisiones que no siempre tienen una solución inmediata.
 Una de las dificultades más notables ha sido trasladar los diálogos entre el inspector Ali y el jefe de policía. A lo largo de toda la novela, estos personajes alternan el francés –lengua en la que se comunican entre ellos– con el árabe, que emplean para dirigirse a los habitantes del pueblo, a quienes intentan confundir. Para reflejar este juego, Chraïbi transcribe en el texto original el francés de manera oral, deformando la norma y acercándolo a lo que se escucharía en la realidad. En esta traducción se ha tratado de reproducir ese mismo efecto en español, como si los personajes hablaran nuestra lengua con un acento marcado, a medio camino entre el francés y el árabe.

 Por último, quiero cerrar esta reseña con otras líneas extraídas de la nota introductoria de la editora, Ester Vallejo, en la que nos invita a abrir el libro, dar un salto en el tiempo, a julio de 1980, y acompañar a estos dos infelices en su misión por el Atlas:

 La pérdida de valores, la memoria colectiva, la colonización, el islam y las consecuencias del progreso sin control constituyen el eje sobre el que se asienta el relato. Amargo en unas ocasiones, hilarante en otras, se propone aquí al lector un viaje por las áridas tierras del Atlas marroquí, un viaje que aúna placer y reflexión sobre qué papel elegimos representar en nuestro mundo actual.

 ¡Feliz viaje!

*Plinio es el alias de Manuel González, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, un hombre sencillo y cabal «que resuelve con paciencia y singular agudeza los más intrincados casos policíacos, ayudado por su fiel amigo y admirador, don Lotario, el veterinario del pueblo, quien se interesa tanto por la averiguación de un crimen como por el descubrimiento de una epizootia». Historias de Plinio, conformada por las dos novelas mencionadas en esta reseña, «tiene la originalidad de su carácter muy español, por el ambiente en que se desarrolla, la descripción del paisaje y la psicología de los personajes».

martes, 7 de mayo de 2024

GOURRAMA. UNA NOVELA DE LA LEGIÓN EXTRANJERA


Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera*
Friedrich Glauser (Editorial Ginger Ape Books&Films)
Fotografía: Pedro Delgado

El editor de Ginger Ape Books&Films me habló de Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera con palabras impregnadas de misterio, y tras entregarme un ejemplar como el que entrega a un ser querido, concluyó la conversación con una advertencia: «¡Y que te mantengas alejado de la maldición del cafard!». Palabras inquietantes que volverían a mí numerosas veces durante la lectura de la novela autobiográfica del suizo Friedrich Glauser.

 Cafard... una palabra que no se puede traducir. No es nostalgia... aunque el cafard es impensable sin un chorrito de nostalgia. ¿Melancolía? Melancolía significa bilis negra... y un cafard es una cucaracha... más exactamente, una cucaracha común. Ambas cosas tienen que ver con el color negro.
 ¡Cafard! Del cafard surgen muchas cosas: deserción, insubordinación, borracheras absurdas, cuchilladas, suicidios. Si solo es uno el que tiene el cafard...
 Pero el cafard es contagioso... Más contagioso que, por ejemplo, el tifus, contra el que al fin y al cabo existe una vacuna. ¿Pero qué pasa si el cafard sacude a toda una compañía? ¿Qué ocurre entonces?

 El cuidado que ha puesto Antonio Ruiz y Rubén L. Conde al editar esta obra es mayúsculo, desde las cubiertas y el bello Ex Libris que contiene al tamaño de la letra, el tipo de papel o los mapas y planos del lugar. También destaca el atinado y esclarecedor prólogo de Carlos Fortea, traductor de la obra, cuyas palabras finales nos dejan a la entrada del puesto de la Legión francesa de Gourrama, en medio del Alto Atlas y en los años 20 del siglo pasado. Allí se despide del lector invitándonos a pasar.

 Es complicado hablar de un libro que aún no se ha leído intentando no desvelar nada, y por eso estas líneas tienen que detenerse aquí, a la entrada del puesto de Gourrama, en su edificio de administración, su enfermería y su convento. Les invito a pasar. Traten ustedes de que no se les vea. No les será difícil, entre la abigarrada población árabe. Escuchen en silencio. No saldrán iguales a como eran cuando entraron, tras haber visitado las profundidades de la humanidad.

 Antes, entre otras cosas, nos ha contado las curiosas dificultades que tuvo que sortear esta novela póstuma para ver la luz. Gourrama fue la primera obra de su autor, pero en ella ya está «todo lo que es Glauser: autobiografía, la visión descarnada de un mundo implacable en sus desafectos, la preocupación por los marginados; pero, sobre todo, lo que hace que Glauser sea Glauser: el foco en las personas, por encima de la propia narración, muy por encima de los acontecimientos». De ahí que Gourrama trate «de las personas y su lucha con el destino».

 Gourrama es la antítesis de Beau Geste: si allí el heroísmo era la línea de fuga del texto, aquí lo es el hastío, la corruptela, pero también la amistad y la necesidad de amor. Si allí había buenos y malos, aquí las fronteras se diluyen, y a veces los oficiales son insólitamente humanos y otras los soldados terriblemente crueles.
 Sin embargo, como un hilo de fuego a través del texto, lo que brilla es la pasión de Glauser por los marginados. Es difícil no sentir emoción cuando algunos de ellos relatan sus historias inventadas o reales, difícil no sentir indignación en algunos pasajes, difícil no sentir compasión en otros. Entre líneas se ve sufrir al hombre sufriente que fue Glauser, se advierte la crudeza con la que no se engaña en presencia del mundo en el que vive, pero se ve también como nunca renuncia a la esperanza puesta en la humanidad.

 Postergado durante un tiempo en la estantería, estos días del mes más cruel del año decidí por fin abrir sus páginas y alistarme en la Legión Extranjera. De inmediato, me vi en las estribaciones del Alto Atlas, cabalgando bajo un sol inclemente a la cabeza de una columna de legionarios. Leía y sentía la necesidad de pasar el pañuelo bajo el salacot para secar el sudor.

Destacamento de la Legión Extranjera Francesa en Marruecos
Fotografía: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Bundesarchiv_Bild

Eran solo las nueve de la mañana, pero el sol ya ardía. La Tercera Sección de la Segunda Compagnie Montée del Tercer Regimiento Extranjero había recogido en Atchana un destacamento de veinte hombres, llegados de Argelia como refuerzo. La tropa regresaba a Gourrama, un pequeño puesto del sur de Marruecos.
 La llanura era gris y estaba dividida por profundos fosos. Los bordes estaban cortados a pico, era como si el calor y la sequedad hubieran rajado la tierra durante largos trechos. Pero en invierno corrían arroyos por esas grietas; bajaban de las montañas de piedra roja que centelleaban al sol, a lo lejos. Y al este, a sus espaldas, se alzaban las cumbres nevadas del Alto Atlas, resplandecientes como plata brillante contra el cielo azul oscuro...

 A lo lejos se veían los muros blancos del puesto, brillando «al sol como nieve endurecida», y pronto entramos en él y desmontamos. Entonces supe lo que era el convento, y entendí la cita de Mallarmé que abría la primera parte del libro.

Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera, de Friedrich Glauser
Fotografía: Pedro Delgado

 Más tarde, me acomodé como pude para seguir las celebraciones del 14 de julio.

 Peschke, el ordenanza del teniente Lartigue, había traído de su bien amueblada habitación un sillón club en el que el teniente se sentaba con las piernas bien estiradas. El blanco uniforme, bien planchado, hacía que sus robustos miembros parecieran aún más gruesos. Su rubio cabello temblaba al viento sobre la amarilla redondez de su frente; el cansancio había cavado surcos en torno a los ojos y los labios secos, blanquecinos. Por la mañana había tenido un ataque de fiebre y se había tomado dos gramos de quinina. Además, sus amigos árabes del pueblo le habían preparado una infusión de hojas de cáñamo. Por eso, sus ojos saltones brillaban al resplandor de las muchas velas que ardían sobre pequeñas repisas de madera en las paredes. Solo delante, en el escenario, se habían puesto lámparas de carburo, cuyo silbido se oía claramente en el silencio que a veces se producía.

 Conforme aparecían, anotaba los nombres y la graduación de los legionarios para no perderme. Así como algunas de sus características.

 Kainz: carnicero de la intendencia, viejo y de sonrisa desdentada. Tiene un diente suelto cuya sujeción comprueba con sus dedos a cada momento durante la conversación por lo que no se le entiende bien cuando habla.

 Adjutant Cattaneo: piamontés, obeso, bigote salpicado de gris, dientes amarillos y roídos, analfabeto, pequeño tirano.

 Capitaine Chabert: hombre tranquilo y decente, rechoncho, comanda la 2ª Compañía Montada pero no siente mucho respeto por la disciplina, uniforme caqui deslucido sin los 3 galones dorados de su rango.

 Teniente Lartigue: caballero muy elegante, rubio, ojos saltones, gran lector, ataque de fiebre que trata con quinina, manda la Sección de Ametralladoras.

 Lös: alemán, cabo, hace dos meses que ha asumido la intendencia de manos del sargento Sitnikoff. Es amigo de Chabert pero está enemistado con el adjutant Cattaneo, al que le niega el aguardiente.

(...)

Gourrama, de Friedrich Glauser
Soldados de plomo colección Miguel Ángel Ferrer**
Fotografía: Pedro Delgado

 Incluso busqué en las estanterías las cajas de soldaditos de la marca inglesa Timpo que había comprado hacía muchísimos años por tres libras en la juguetería Hamleys de Londres. Además de una de las Ratas del Desierto con Monty, tenía una de la Legión Extranjera y otra de árabes armados con espadas cuchillos y fusiles que nunca me atreví a pintar.

Soldados de plástico de la marca Timpo
Fotografía: Pedro Delgado

 Quizás por eso valoraba tanto la dedicación y el trabajo con los pinceles de mi amigo Miguel Ángel Ferrer, que tiene las estanterías repletas de soldaditos de plomo. Entre ellos, por supuesto, árabes y franceses de la Legión Extranjera; aunque lo de franceses es un decir, pues además de ellos nutrían la tropa rusos, belgas, alemanes, italianos, suizos, austriacos, húngaros e incluso turcos.

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El propio Friedrich Glauser, nacido en Viena de madre austriaca y padre suizo, fue uno de ellos; alistado por intermediación de su padre de 1921 a 1923, probablemente para evitar una detención por drogas o para combatir su adicción a la morfina, estuvo destinado en Gourrama, de ahí la autenticidad que tienen las páginas de esta novela que retrata a «la tropa de jóvenes desposeídos y desheredados que, justo después de la Gran Guerra, terminó por refugiarse en la Legión, incapaces –tanto como él– de ejercer de ciudadanos ejemplares».

Friedrich Glauser (1896-1938)

 Hay algo en la voz y el estilo de Friedrich Glaucer que me recuerda al Louis Ferdinand Céline de Viaje al fin de la noche, que escribía como hablaba, pero también a la poesía de algunas de las nouvelles de Antoine de Saint-Exupéry.

 Fuera, la noche era lejana y distante. El viento había lijado con arena fina los tejados de chapa ondulada, de manera que ahora espejeaban cuando la luna posaba sobre ellos su luz suave.
***
 Lös abrió la puerta hacia la noche muda que se cernía sobre el puesto. Estaba agitada por un ligero viento; anunciaba la mañana, que se acercaba cautelosa por detrás de las negras montañas.

 La novela se divide en tres partes: Vida cotidiana, Fiebre y Resolución; quince capítulos durante los cuales acompañamos a estos hombres que, «rodeados siempre del olor de sus pegajosos pasados, que se adhieren a ellos por mucho que hagan por ahuyentarlos», han venido a la Legión a poner punto final. Pero no a ahogarse en la mierda.

 Como moribundos, los durmientes yacen dispersos por el puesto, sus bocas muy abiertas emiten ronquidos. Entre ellos se escucha el sonoro soñar de alguno. Un espeso hedor llena las callejas entres los barracones: sudor y carne putrefacta, y las emanaciones de las letrinas a cielo abierto.
 En un rincón de su estancia encuentra la botella con el licor de patata. Lös actúa de forma automática. Llenar la taza de hojalata, vaciar el líquido como una medicina, torcer el gesto, decir «Ah» en voz alta como si allí hubiera alguien presente que tuviera que ser tranquilizado. Luego dejarse caer como un bloque en el colchón, sacar fuerzas suficientes para envolverse en la manta porque empieza a refrescar. Y por fin, hundirse en ese profundo pozo, que es negro y frío y mudo.
 Hasta que unos rayos agudos se clavan en su rostro desprotegido, hasta que el pitido de un silbato hiere doloroso los oídos.
 Y un nuevo día empieza.
***
 Los días pasaban por el pequeño puesto y nada interrumpía su monotonía. El lunes tocaba diana, los que estaban destinados a ello corrían a la cocina a por el café y lo traían mientras su aroma ondeaba tras ellos como una bandera. Nuevo toque: los mulos se llevaban sin ensillar al río, para abrevar. El sargento de semana hacía la ronda: revista de enfermos. La hacía el capitaine, porque el médico solo venía cada tres semanas. El capitaine era benévolo. Prescribía pocos medicamentos, porque solo conocía la aspirina y la tintura de yodo. También quinina. Pero era generoso con el descanso. Dos días sin servicio, tres días sin servicio. Si no mejoraba, se le tomaba la temperatura, se le daba quinina y más descanso. Si no servía de nada, se le enviaba al hospital de Rich. Los camiones que de vez en cuando visitaban el puesto se llevaban a los enfermos. Si no se podía transportar a alguien, se llamaba por teléfono al mayor Bergeret. Venía por la tarde, a caballo, un hombre tranquilo de negra barba que examinaba al enfermo, lo consolaba, mandaba hacer una infusión, le sacudía la pereza al enfermero, se tomaba una botella de vino con los oficiales y volvía a marcharse al atardecer.
 A las nueve había revista. La compañía formaba en cuadro. El capitaine la recorría, daba unas palmaditas en alguna mejilla, pellizcaba algún brazo. Se llevaba la fusta a la placa de la gorra: «Rompan filas».

 Goumarra. Una novela de la Legión Extranjera retrata la vida en un puesto de la legión, pero también capta cómo los hombres, huyendo del pasado, se mortifican para expiar sus culpas y purificarse.

Gourrama sobre recortables de los Spahis****
Fotografía: Pedro Delgado

 Tan impresionado quedé con su lectura, que quise preguntarle a Antonio Ruiz, uno de los editores de Ginger Ape Books&Films, cómo había sabido de esta joya y le había ganado la partida a otras editoriales más poderosas que han publicado algunas de las novelas policiacas de Glauser, y esto fue lo que me contestó:

 «Compré En la oscuridad a los editores de Mármara en un evento relacionado con los libros que se celebró en La Térmica allá por 2016 o 2017, intuyo que no más allá porque la fecha de edición del libro es de 2016 y creo recordar que por la época era una novedad o casi. Empecé su lectura al día siguiente, pero no lo terminé en ese día porque no quería que se acabara.

marmaraediciones.es/en-la-oscuridad

 El libro me arrebató, y empecé a buscar lo que se había traducido de Glauser al español. Di con la novela El té de las tres viejas (en realidad su ópera prima, aunque póstuma), publicada por Amaranto editores en 1998. La misma editorial posteriormente había publicado una novela del ciclo del inspector Studer (a Glauser se le considera el padre de la novela policial alemana), titulada El chino, en 2014. Con eso ya me bastaba para saber que quería editar un libro suyo, así que seguí investigando en su bibliografía en alemán y decidimos en la editorial que la novela que elegiríamos sería Goumarra, tanto por su alto contenido autobiográfico (rasgo que comparte con En la oscuridad y en menor medida con El té de las tres viejas), como por su temática y motivos, y también por su intrincada historia editorial (una de nuestras pasiones y especialidades). Después contacté con Carlos Fortea para su traducción, porque había sido el traductor para la edición de Mármara, aquel librito del principio y que tanto me había deslumbrado. Y el resto, como se dice es historia... de la edición... invisible».

 Pues aquí está esta reseña para darle visibilidad a la editorial, al autor y a Gourrama, una novela impactante que me ha encantado. Lo malo ahora es ese deseo vehemente de viajar a Gourrama que se ha instalado en mí, un anhelo persistente y excesivo que trataré de espantar con otras lecturas. Imagino que del puesto militar no quedará nada, pero me gustaría comprobar qué queda del viejo ksar.

Puerta de entrada del Ksar de Gourrama. Fotografía: Cl.Muste

 Por último, quisiera cerrar este artículo con dos ruegos: que alguien haga la película y que algún devoto de mi querido Paul Bowles se acerque a su tumba, en el cementerio Lakemont de Yates County, Nueva York, y le lea el pasaje de la novela que les copio a continuación. Aunque allí sólo estén sus cenizas, su espíritu se va a relamer de gusto.

 Llegaron al ksar. Los altos muros de adobe sin ventanas brillaban en un amarillo ocre, iluminados por el sol, que ya estaba bajo. Entre el polvo jugaban los niños, con las caras cubiertas de costras y muchos ojos pegados por el pus. Miraban la figura desconocida vestida de caqui y con polainas y salían corriendo. Un oscuro pasillo conducía al interior del pueblo, que era una única construcción, un gigantesco termitero; a su lado pasaban figuras oscuras, irreconocibles en el sucio crepúsculo. Lös pensó en la prohibición, en los relatos que circulaban sobre ataques de ladrones, pensó en el dinero que llevaba encima. Pero no tenía miedo. Había tenido más miedo al besar los hombros de la muchacha.
 Una empinada escalera de madera llevaba hasta una habitación en la que había un olor asfixiante. Zeno abrió un postigo, y los haces de luz atravesaron un humo azul. En un rincón yacía una chiquilla sobre un montón de paja, por encima de ella había varios pollos posados sobre barras. La repentina claridad los despertó, revolotearon hasta el suelo y echaron a correr cacareando.
 Y entonces Zeno empujó una puerta alta, que dejó ver una amplia terraza. En esferas transparentes, el humo se deslizó hacia el exterior, pero los rayos que iban de la ventana al suelo permanecieron como inamovibles vigas inclinadas.
 En medio de la terraza, en una estera de esparto, se sentaba un hombre. En el centro de su cráneo, por lo demás rapado, crecía una larga trenza gris, que invitaba a la mano de Alá a empuñarla y llevar consigo el cuerpo al que estaba unida a un mundo más rico. Porque aquel hombre estaba flaco, desnutrido. Al oír los pasos de Lös, levantó la mirada y se soltó los dedos de los pies, con los que había estado jugueteando pensativo. Lös se acordó de sus lecturas de Karl May y dijo:
 –La illah Allah, Mohammed rassuhl Allah.

Gourrama sobre recortables de Miguel Ángel Ferrer*****
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Todos los soldados de plomo y recortables pertenecen a la colección particular de Miguel Ángel Ferrer, profesor de Historia, al que agradezco las facilidades que me dio para ilustrar este artículo.

 *El soldado que aparece en la primera fotografía, junto a la portada, es una miniatura de Tradition of London de los años 90: Legionario, 1er Regimiento Legión Extranjera 1908 (corresponde con la imagen de la portada del libro).

**Los legionarios que aparecen en la segunda fotografía, junto a la portada, son de la Guerra del Rif, años 20. Sus uniformes corresponden con los que portan los protagonistas de Gourrama: a la izquierda hay tres legionarios de marruecos de los años 20, manufactura de Tradition Of London, y a la derecha un brigadier con la silla de montar de ediciones Hachette (Tunez 1926-1932) y un sargento a caballo de 1930 de ediciones del Prado.

***En la primera fotografía del destacamento de la Legión Extranjera, y en primer plano, se ven dos figuras de Tradition. Al fondo, el segundo grupo son miniaturas de AR de manufactura francesa. A destacar el uso del salacot por parte de los oficiales (también la tropa podía llevar salacot como se indica en el inicio de la novela). Uniformes entorno a 1910. En la segunda fotografía, en primer plano, miniaturas de Almirall Palau de finales de los 90 del coleccionable Soldados de plomo, pintados y transformados por Miguel Ángel Ferrer.

****Los recortables de los Spahis son de la marca Pro Patria, Editions Bouquet. Esta serie de recortables empezó a comercializarse en 1915 para recaudar fondos para la guerra y mantener el espíritu patriótico. La editorial seguirá publicando hasta los años cincuenta. Tienen la peculiaridad de estar impresos por las dos caras.

*****Bajo el libro aparecen los recortables de La Tijera. Serie 10, nº9, "Moros del Rif", primera etapa de finales de los años 20. Las figuras han sido retocadas por Miguel Ángel Ferrer a partir de un pliego original.

 Por otro lado, en las siguiente láminas se pueden ver los uniformes que llevan los soldados que aparecen en Gourrama. Las dos imágenes están extraídas del libro La Légion étrangère. 1831-1962, une histoire par l'uniforme de la Légion étrangère. Éditions Heimdal, 2018.

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

 Si les gustó la reseña, los animo a compartirla y a hacerse seguidores del blog.

martes, 31 de enero de 2023

PRESENTACIÓN DE "MUNDOS PARALELOS" EN EL TERCER PISO


Presentación de Mundos paralelos, de Rafael Martín

EL TERCER PISO es un ambicioso proyecto de Héctor Márquez para insuflarle vida a la librería Proteo de Málaga después de que esta reabriese sus puertas tras el devastador incendio que sufrió. De manera muy inteligente, y en muy poco tiempo, Héctor está convirtiendo la tercera planta de la librería en un punto de encuentro para todos los que amamos los libros. Un lugar convertido en el salón de nuestra casa (eso es Proteo para muchos de nosotros), donde tener encuentros, charlas, debates, presentaciones de libros y muchas actividades más, en formatos diseñados con sumo gusto por Héctor Márquez.

 Dentro del ciclo Leyendo a la Carrera, que tengo el placer de coordinar, nos encontramos este próximo viernes con Rafael Martín, atleta, viajero, montañero y escritor, autor de Mundos paralelos, una compilación de fotografías tomadas por el autor en sus viajes por distintos lugares del mundo a lo largo del tiempo, a la vez que un libro de relatos, pues cada imagen va acompañada de un texto breve, complemento que convierte la lectura en una experiencia inmersiva; permitiéndonos, entre otras cosas, navegar con él por el Amazonas, recorrer juntos la sabana africana o encordarnos para ascender al Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán.

 Ambos compartimos pasiones y amistad desde hace muchísimos años, de ahí que sea yo el autor del prólogo y la persona que lo presente la tarde del viernes en El Tercer Piso de la librería Proteo.

 Quiero mostrarles aquí uno de los relatos que componen el libro, por si les gusta y se animan a acompañarnos. Y como Marruecos tiene un papel destacado en este blog, he elegido uno centrado en el alto Atlas, esa cordillera por la que tanto anduve y que tanto echo de menos. Lleva por título Renuncia, y la fotografía fue tomada por Rafael en Timichi, Marruecos.

Timichi, Marruecos. Fotografía: Rafael Martín

RENUNCIA

Al despertar me percaté de que el ratoncillo que se coló en la habitación la noche anterior había destrozado la bolsa de comida que tenía en la mochila. Estiré el brazo la volqué. Salió corriendo, dando trompicones. La verdad es que no tenía ganas de presentarle batalla. Los días que llevaba en ruta me tenían agotado y preferí desperezarme con calma.

Una colchoneta en el suelo y una mesa de un repujado tosco era el único mobiliario con el que contaba la habitación, encalada en celeste claro.

Hacía un rato que el muecín había llamado a la oración, y ya se oía el cacharreo de mis anfitriones preparando el desayuno.

Brahim había preparado unos deliciosos crepes, pan recién hecho, miel, mermelada y un cuenco de aceite de acebuche oscuro y espeso que no dejaba ver el fondo. Era el complemento perfecto.

Hoy es día de mercado en Setti Fatma, y los campesinos de los pueblos altos del Atlas bajan a vender o cambiar sus productos.

Brahim y su hija Fatima recogen de los tejados, que hacen a la vez función de secaderos, el maíz, que tras cuatro horas de caminata intentarán vender.

El patriarca de la familia buscó una vez trabajo en España, pero esa mañana, mientras ríe y juega con su pequeño, se alegra de haber dejado atrás aquella civilización que un día creyó mejor.

Mundos Paralelos

Rafael Martín

 

Ya saben, coloquio y presentación del libro Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) de Rafael Martín, el próximo viernes 3 de febrero, a las 19:00, en El Tercer Piso de la librería Proteo. Presentará al autor Pedro Delgado, prologuista del libro, en un acto moderado por Héctor Márquez.


Más información en: https://eltercerpiso.es/sesion/rafael-martin/


domingo, 6 de diciembre de 2020

DE CIFRAS REDONDAS, WILFRED THESIGER Y EXTRANJEROS EN EL CORAZÓN DEL ATLAS


El suplemento literario Babelia llegó el pasado verano (sábado, 22 de agosto) al número 1.500, una cifra redonda que supone un millar y medio de portadas y que se presta a la celebración.

 Soy fiel a Babelia desde sus inicios, en ese lejanísimo 1991, y son muchas las portadas que me gustaron, sobre todo las del ilustrador Fernando Vicente; sin embargo, si tuviera que elegir una, sería ésta.

Portada nº 973 del suplemento literario Babelia (EL PAÍS)

 De hecho, es la única que conservo. No es una ilustración de Vicente, sino una fotografía de autor desconocido en la que se ve al explorador británico Wilfred Thesiger, del que leí hace muchos años Arenas de Arabia, Los árabes de las marismas y El último explorador, la biografía que escribió Manu Leguineche.

 Dicha portada es la número 973, y tiene fecha del 17 de julio de 2010, que también se dice pronto. LA ETERNA AVENTURA. Las emociones de los grandes viajeros del siglo XX, se lee a los pies de sir Wilfred, que calza unas desert boots muy gastadas. La fotografía, en blanco y negro, está tomada en Kenia en 1970, y junto a él, que está de pie, se ve a Erope en cuclillas sosteniendo un rifle. Ambos miran a cámara con serenidad, y tras ellos se ve un río; probablemente el Uaso Nyiro (Lagh Dera en su parte baja) que nace en el monte Kenia.

 El papel del suplemento se ha amarilleado pero aún así, me resisto a desprenderme de él; seguramente porque Thesiger forma parte de un periodo de mi vida.

Pedro Delgado tomando unas notas en casa de Hussein
Ait Souka, Alto Atlas marroquí, agosto de 1999

 En el verano de 1999 y de 2001 viajé de Telouet a Tabant tras los pasos del explorador británico, quien recorrió la zona en los años cincuenta en una expedición de la Universidad de Oxford. Mi aventura quedó recogida en En el corazón del Atlas –Cuaderno de viajes del alto Atlas marroquí–, y la de Thesiger en Berber Village. The story of the Oxford University Expedition to the High Atlas mountains of Morocco, libro escrito por Brian Clarke. Por si sirve para incitar a alguna editorial a publicarlos, anoto aquí que mi cuaderno permanece inédito, y que el de Brian Clarke, publicado en 1959 en Reino Unido, sigue sin traducirse y editarse en España.

Berber Village, de Bryan Clarke

 Un tiempo después de aquellas caminatas, mi querido y añorado amigo Pablo Cantos, guionista y realizador, compañero de sueños artísticos y de trabajo en el instituto Isaac Albéniz, levantó un proyecto para realizar un documental que llevaba por título Extranjero en el Alto Atlas, y en el que los protagonistas éramos Thesiger y yo; pero aquello se cayó al fallecer el explorador el 24 de agosto de 2003, pues era preciso obtener el testimonio de sus recuerdos en su residencia de Londres.

Extranjero en el Alto Atlas, proyecto para documental de Pablo Cantos
En el corazón del Atlas, cuaderno de viaje de Pedro Delgado
Fotografía: Pedro Delgado

 La muerte de sir Wilfred me privó del lujo de viajar por aquellas montañas con Pablo, al que siempre tengo en el corazón. Espero que si en el otro lado hay algo, sea mejor que esto.

viernes, 1 de noviembre de 2019

ENTRE LOS BEREBERES. RECORDANDO A ALEXANDRA BOULAT


Artículo Entre los bereberes, un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos, escrito por Jeffrey Tayler con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España en enero de 2005. En la imagen, un bereber besa a su novia en una boda múltiple celebrada en Taarart, en el Alto Atlas oriental.

Hace casi cuatro años que escribí en este blog un entrada* en homenaje a la fotógrafa francesa Alexandra Boulat, fallecida en trágicas circunstancias el 5 de octubre de 2007, con 45 años de edad. Desde entonces llevo varios años pendiente de la efeméride para compartir con ustedes algo que guardo como un tesoro y que está relacionado con ella; y aunque este año se me ha vuelto a pasar la fecha, no quiero posponerlo más. Se trata de un National Geographic de enero de 2005 en el que viene un artículo (Entre los bereberes) ilustrado con fotografías de La Boulat. Las imágenes están tomadas en el Alto Atlas marroquí, y el texto está firmado por el estadounidense Jeffrey Tayler, del que tengo un libro sin leer en la estantería (En los reinos perdidos de África) al que espero hincarle el diente pronto.


Artículo Entre los bereberes, escrito por Jeffrey Tayler, con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España de enero de 2005. Texto de la imagen: Llamativas pinceladas de azafrán señalan a esta mujer de Zaouia Ahansal como la madre de un niño que va a ser circuncidado.


 Igual los de la National Geographic me dan un buen tirón de orejas, pero, como fui suscriptor durante muchos años y aún compro algunos números sueltos, me he tomado la libertad de transcribirles el relato con la fotos de Alexandra, añadiendo al final un enlace por si quieren subscribirse a la revista, algo que desde aquí les aconsejo.


Entre los bereberes

Un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos


Por Jeffrey Tayler
Fotografías Alexandra Boulat

Los dos pastores adolescentes surgieron de pronto, como un par de espectros, y mientras nos seguían desde el reseco lecho fluvial hasta el inclinado pedregal de la ladera, con el pelo desaliñado y los hombros cubiertos con embarradas capas de lana, nos observaban en actitud huraña y recelosa. Mis compañeros Driss y Khalid los llamaron en tamazight, la lengua bereber utilizada en las montañas del Alto Atlas, y sus palabras resonaron a través del cañón. Los pastores no respondieron. Pero al oír que Khalid se dirigía a Driss en árabe, intercambiaron una mueca de preocupación y descendieron la cuesta a toda prisa, lanzándonos miradas de temor. Con mi piel quemada por el sol y la mochila de colores, debí de parecerles un marciano, y Driss y Khalid, pese a ser bereberes, vestían ropa occidental y eran claramente forasteros, hecho que el árabe, una lengua que rara vez se oía en aquellas elevaciones, no hacía sino corroborar.
 Estaba a punto de desatarse una tormenta y empezaba a anochecer. Montamos pues las tiendas y entramos a refugiarnos justo cuando estallaba el primer trueno. Me tumbé, contento de tomarme un descanso.
 Pero no duró mucho. En una cresta cercana, silueteados contra las nubes de tormenta, aparecieron dos hombres de mediana edad armados con bastones. Empezaron a increparnos en tamazight, agitando las capas al viento mientras se acercaban a la ladera pedregosa donde estábamos. "Calmaos, por favor, sólo estamos de paso", les gritó Driss desde la puerta de su tienda.
 "¿Quién os ha dado permiso para cruzar nuestro valle?", vociferaron los hombres, blandiendo sus bastones.
 "El jefe de Bou Terfine –respondió Driss, en alusión a una autoridad local a la que habíamos visitado unas horas antes–. No pretendemos hacer daño a nadie. Se prepara una tormenta; os lo ruego, dejadnos acampar aquí esta noche."
 La referencia al cabecilla local sólo sirvió para aumentar su cólera. Tras calificarnos de intrusos, el más fiero de los dos dio un ultimátum: con o sin tormenta tendríamos que salir de su territorio, y rápido, o atenernos a las consecuencias.
 Nos faltaban 600 kilómetros de montañas por recorrer, y éste era un inicio de viaje muy poco halagüeño, aunque previsible dada la azarosa historia de los beréberes (ellos prefieren el nombre de amazigh, o "persona libre", pero el término bereber prevalece fuera de la región). Formado por unos 25 millones de individuos originarios del norte de África y hoy asentados en Marruecos y Argelia, se trata de un pueblo tribal étnicamente diferenciado que habitaba estos montes y desiertos miles de años antes de que la invasión árabe implantara el islam en el siglo VII.
 En los siglos subsiguientes a la conquista muchos bereberes tuvieron que desplazarse de las llanuras a las montañas, donde buscaron tierra cultivable, pastos para el ganado y, sobre todo, la libertad. Los bereberes de la planicie adoptaron las culturas, religiones y lenguas de sus conquistadores, entre los que figuran –además de los árabes– los romanos y los franceses. Pero los que se aislaron en las tierras altas lograron preservar su identidad, su idioma y, como yo mismo acababa de constatar, su independencia.
 Había iniciado la andadura cerca de Midelt, en el centro de Marruecos, y tenía previsto terminarla dos meses después en uno de los puntos más pintorescos del país, las cascadas de Imouzzer des Ida Ou Tanane, junto al Atlántico. La ruta debía llevarme a través del corazón de los dominios bereberes. Había contratado como acompañantes a dos hombres de esta etnia: Driss Hemmi, un afable guía de montaña de 30 años natural de Midelt, y Khalid Ouamer, un campesino de 23 años natural de una aldea cercana.
 Para transportar el equipo y las provisiones compré una dócil mula parda, cuyos ojos tristes y recias patas me confirmaron su capacidad de soportar las vicisitudes del trayecto. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos enfrentábamos a una prueba inmediata: los truenos retumbaban en la garganta, se cernía la oscuridad y unos pastores nos amenazaban con hacer uso de la violencia. Sugerí a Driss que les ofreciéramos dinero, el medio más usual de zanjar este tipo de disputas en Marruecos. El frunció el ceño. "Ya lo he intentado y no quieren escucharme." Entonces sacó su licencia de guía, se la mostró a los pastores y les comunicó que nuestra misión era atravesar el Alto Atlas. El documento pareció legitimar a Driss, y la explicación les apaciguó los ánimos.
 Tras acuclillarse frente a mi tienda, uno de los pastores conversó conmigo a través de Driss. Me explicó que, en 1992, llegó al paraje un grupo de extraños de habla árabe con planes de derrocar a Hassan II, a la sazón rey de Marruecos. Los conspiradores fueron capturados cuando el pastor y su familia alertaron a las autoridades. No es pues sorprendente que algunos beréberes sospechen de los desconocidos que hablan en árabe, en cuyas filas puede haber también funcionarios gubernamentales de las llanuras con las manos prontas a recibir un soborno.
 Me disculpé por haberles molestado y prometí que nos iríamos a la mañana siguiente. Sin esbozar ni una sonrisa, el hombre accedió y partió. Al cabo de unos minutos las nubes se condensaron, los rayos iluminaron los cerros y la llovizna se transformó en una cortina de agua. Intenté conciliar el sueño, pero los frecuentes pateos de la mula me despertaron.

Mapa con la ruta de Jeffrey Tayler por el Alto Atlas
National Geographic España, enero 2005

 Los bereberes viven repartidos por el norte africano, pero en ningún lugar la negación de su identidad ha sido tan sistemática como en Marruecos, étnicamente el más bereber de los países de la región. Aunque el 60 % de la población dice ser de ascendencia bereber y casi el 40 % conoce uno de sus tres dialectos, la Constitución marroquí inscribe a la nación como parte del África árabe, proclama el árabe como lengua oficial y obvia cualquier mención a los bereberes. Es éste un legado del nacionalismo árabe que impulsó movimientos independentistas durante la época colonial y que, en nombre de la unidad, ignoró e incluso reprimió las culturas y las lenguas de los pueblos no árabes.
 Durante la mayor parte de los trece últimos siglos, los macizos del Alto Atlas estuvieron en poder de caudillos armados bereberes que rehusaron someterse a los sultanes árabes que gobernaban las llanuras de Marruecos. De 1912 a 1956, cuando casi todo Marruecos era un protectorado de Francia, los galos designaron las montañas como distrito tribal y las dejaron bajo el control de adalides locales adeptos al régimen. El más famoso de todos ellos fue Thami el Glaoui, un tirano que sojuzgó a los bereberes del Alto Atlas. Pero la resistencia bereber nunca cedió, y los maquis, junto a con los rebeldes árabes de las ciudades, expulsaron a los franceses en 1956.
 Tras la independencia, el gobierno marroquí, de predominio árabe, adoptó en las montañas una política de no injerencia. En las ciudades, las protestas, la prensa clandestina, la enseñanza del antiguo alfabeto bereber, llamado tifinagh, y las consignas revolucionarias han sido otros aspectos de una incipiente campaña bereber en favor del reconocimiento cultural que se ha ido fortaleciendo con el tiempo.
 Los bereberes urbanos que encabezan este renacimiento son intelectuales que hablan más francés, idioma que ellos asocian a la cultura y los derechos humanos, que árabe, menospreciado por ser la lengua del opresor. Pero lo que realmente promueven es el tamazight, o bereber. En la última década del reinado de Hassan II (que acabó con la muerte del monarca en 1999) fundaron asociaciones lingüísticas y culturales, publicaron páginas web y periódicos, y en 1994 ya emitían noticias en bereber por la televisión.
 En marzo de 2000 varios centenares de intelectuales de esta etnia firmaron el Manifiesto Bereber, que da cuenta de la humillación y marginación sufridas por muchos bereberes como miembros de una minoría reprimida. En él se exige el desarrollo de las áreas rurales bereberes, el apoyo financiero estatal a sus instituciones culturales y la revisión de los libros de texto para que reflejen con rigor el papel desempeñado por su comunidad en la historia marroquí.
 El movimiento consiguió una victoria en septiembre de 2003 cuando, por primera vez, el gobierno de Marruecos autorizó el aprendizaje del bereber en casi un 15 % de las escuelas primarias del país y anunció el proyecto de ampliar la enseñanza en este idioma a todos los niveles educativos. No obstante, los activistas aducen que no es suficiente y presionan para obtener el pleno reconocimiento de su pueblo y su lengua vernácula en la Constitución. "Lucharemos pacíficamente para que se nos reconozca –me dijo Mohamed Chafik, padre espiritual del movimiento beréber marroquí–, pero si no se atienden nuestras demandas, la iniciativa podría radicalizarse. Los jóvenes podrían sublevarse."
 Quizás en las ciudades suceda eso, pero muchos bereberes de Marruecos viven lejos de cualquier centro urbano, en lo alto de las montañas, donde la sequía, la pobreza y la hambruna imponen a menudo su ley. Una de las finalidades de mi viaje era descubrir si el exaltado espíritu radical de los bereberes metropolitanos se había extendido a las montañas.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Absorta en la música, una mujer danza durante una boda en Taarart, donde hombres y mujeres se encuentran a cara descubierta. Comparadas con sus hermanas de otras partes de Marruecos, las mujeres bereberes de esta región gozan de una relativa libertad en sus relaciones con el sexo opuesto, en su modo de vestir y en la toma de decisiones domésticas.

 Ya los nubarrones de tormenta habían dado paso a un calcinante sol matutino cuando bajamos por un sinuoso sendero hasta una quebrada. Aquel barranco discurría hacia un distante promontorio en cuya cima se apiñaban las casas de piedra y adobe de la aldea de Tamalout, donde Driss tenía un amigo, un tal Hossein Ounaminou.
 Encontramos a Hossein cabalgando una mula esquelética por el camino que salía del pueblo. Era un hombre enjuto y barbudo entrado en la cincuentena. Bajo un raído turbante negro, sus cálidos ojos y una sonrisa medio desdentada transmitían su alegría por volver a ver a Driss y darnos la bienvenida a Tamalout. El lugareño se inclinó, nos estrechó la mano y después de cada apretón se besó las yemas de los dedos, conforme a la costumbre local. Driss le preguntó si podíamos hospedarnos en su casa. Y Hossein respondió que nada le complacería más. En la cultura bereber, la hospitalidad preside el más humilde de los hogares.
 En las afueras de la aldea pasamos junto a una era circular de unos 15 metros de anchura, en la que un robusto poste sobresalía entre la cebada recién segada. Tres jóvenes con turbante y blusón blanco se ocupaban de la trilla, apremiando con el látigo a media docena de asnos atados en fila al poste. Al avanzar por las mieses, los animales levantaban una polvareda que atrapaba los rayos solares como polvo de oro. En los campos circundantes de trigo y alfalfa, los hombres araban con mulas y cosechaban a mano.
 Al llegar al pueblo los niños me vieron y gritaron "¡Arrumi!" (¡Romano!), tributo improvisado a unos gobernantes que dejaron de existir 16 siglos atrás y el nombre con el que los bereberes se refieren aún a los occidentales.
 Hossein vivía en la típica morada de los bereberes del Alto Atlas, una casa achaparrada con las paredes de piedra y vigas de madera en el techo. La planta baja era un establo en el que cobijaba a su mula, una vaca y unos pollos escuálidos. En el salón del segundo piso había una deslustrada daga de bronce sujeta a un gancho; de otro colgaba un reloj parado a perpetuidad. Descoloridas alfombras de lana en tonos naranjas, rojos y verdes se superponían en el suelo. Hossein abrió las ventanas para renovar el aire, y al punto se colaron las moscas del establo. Después de ahuyentarlas nos recostamos en las alfombras y Hossein ordenó a unas mujeres invisibles, reunidas en otra habitación, que preparasen la comida.
 Al rato se sumaron a nuestro grupo Bassou, un vecino adolescente que llevaba pantalones vaqueros y un sombrero de fieltro negro, y las hijas pequeñas de Hossein, Itto y Hadda, que vestían blusas y faldas floreadas con leotardos de lana. (Itto es un nombre bereber que rara vez se oye en el Marruecos urbano, e incluso fuera del Alto Atlas oriental. Durante décadas las autoridades marroquíes prohibieron inscribir en el registro a niños con nombres bereberes, pero en los últimos años se han vuelto más tolerantes.) Pregunté a las niñas qué edad tenían, y ambas se encogieron de hombros. En el Marruecos rural no se considera importante llevar el recuento de los años. Itto aparentaba tener unos diez; su hermana Hadda parecía mayor.
 Bassou señaló al dueño de la casa. "Ni siquiera Hossein conoce su edad –dijo con jovialidad en árabe–. ¡Simplemente sabe que es viejo y senil!" Hossein me sonrió, aparentemente como si se hubiera quedado in albis. Para salir adelante en las ciudades, donde los hombres buscan empleo, los bereberes deben aprender árabe. Pero aquí en el Alto Atlas, donde la mayoría habla bereber, la soltura de Bassou en la lengua oficial le distinguía de los demás. Gracias a una beca cursaba estudios de secundaria cerca de Midelt, y estaba muy satisfecho. Aspiraba a usar su formación para escapar de la miseria de su pueblo y forjarse un futuro prometedor en la ciudad, aunque el acceso al trabajo en Marruecos, tanto para un bereber como para un árabe, con frecuencia no depende del talento sino de los contactos.
 Hossein nos trajo el primer plato del almuerzo, un cuenco de mantequilla rancia y pedazos de pan horneado en casa. Nos contó que tenía una vaca, pero que para ganar dinero se la alquilaba a un vecino acomodado, quien consumía casi toda la leche; que era propietario de un pequeño campo donde cultivaba cebada y trigo, y que recogía leña en el bosque de cedros colindante. Pese a dar gracias eternamente a Dios por su destino, Hossein era tan pobre y tan flaco como la mayoría de los bereberes con los que íbamos a toparnos a lo largo de nuestro periplo, y sería un hombre afortunado si podía conseguir la comida justa para alimentar a su familia.
 Mientras degustábamos el plato principal, un acuoso estofado de cebollas y carne de cabra servido en cazuela de barro, Hossein nos demostró que tenía al menos unas nociones de árabe.
 Nos explicó que hacía poco le habían citado para testificar en el juzgado contra un paisano acusado de talar ilegalmente en el bosque. A través de un interprete bereber-árabe, Hossein declaró en favor del encausado, pero entendía suficiente árabe para sospechar que el traductor, quien probablemente había sido sobornado, estaba tergiversando su testimonio de manera que condenaran a aquel infeliz. "Le expuse mi versión al juez con mis propias palabras", afirmó Hossein. El acusado salió absuelto.
 Hossein tuvo mucha suerte de contar con un traductor de oficio, una de las exigencias del Manifiesto Bereber. No obstante, en su afán de proteger a los bereberes de la discriminación por motivos lingüísticos, el manifiesto ignora otro problema capital: los marroquíes de habla árabe también se enfrentan a dificultades, especialmente en todo lo relacionado con el gobierno, donde está muy generalizado el uso del francés.

Fotografía Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Una fiesta anual a las afueras de Imilchil congrega a los bereberes de los montes orientales durante tres días de vorágine comercial en los que se venden desde mulas hasta teteras o cebada, el principal cultivo de la zona. Aunque presumen de ser autosuficientes, los beréberes de las montañas tienen que recurrir a los mercados para conseguir productos básicos que no encuentran fácilmente, como naranjas, azúcar y medicinas.

 A nuestra llegada a Imilchil, decidí que necesitábamos otra mula. Driss y Khalid visitaron el mercado dominical y compraron un hermoso macho de color ébano. Al igual que la otra mula, parecía lo bastante fuerte como para recorrer los arduos caminos que teníamos por delante. Partimos, adentrándonos cada vez más en las montañas rosáceas y de aspecto lunar que conducían desde Imilchil hasta la meseta de Kousser, la tierra de los nómadas bereberes.
 Cuatro días después alcanzamos la altiplanicie, un mar de ondulaciones pétreas y valles que nos dejó tan agotados como lo hubiera hecho cualquier montaña. Al ponerse el sol nos aproximamos a la única vivienda que veríamos en la meseta. La madre de familia, Fátima, salió envuelta en el baturrillo de paños multicolores que visten las nómadas de etnia bereber. Le pedimos alojamiento; circunspecta, nos invitó a pasar.
 Nos sentamos a tomar el té en la sala de estar, una habitación fresca situada al lado del telar en el que Fátima tejía alfombras con la lana de sus ovejas. Mientras su marido trabaja como jornalero en la cercana Zaouia Ahansal durante el verano, ella y Alí, su hijo de 15 años, se quedan en el monte para cuidar de sus pequeños hatos de cabras y ovejas, además de unos cuantos pollos. Una situación habitual que deja a las mujeres bereberes a cargo de la casa durante varios meses consecutivos.
 Fátima me había visto llegar a lomos de una mula, y ahora nos relataba que recientemente una muchacha se había caído de su cabalgadura y había muerto, ya que no había ningún médico en las proximidades para asistirla, ni tampoco forma de avisarlo. En el Alto Atlas escasean los facultativos y prácticamente no hay farmacias, teléfonos ni estafetas de correos, circunstancia nada sorprendente habida cuenta de lo abrupto que es el terreno. Pero los bereberes citan estas deficiencias como prueba de que el gobierno ha eludido desarrollar la región a fin de mantener todo el poder en sus manos.
 "Ningún rey ha subido nunca hasta aquí a ver cómo vivimos –denunció Fátima, tapándose el tatuado mentón con su pañuelo verde–. Nuestros representantes en el Parlamento sólo se dejan caer en época electoral para hacer promesas que jamás cumplen." Acto seguido emitió una letanía de quejas: los funcionarios de la administración local roban los fondos enviados desde Rabat para la construcción de carreteras (lo que la obliga a caminar cinco horas hasta la pista de tierra más cercana), el suministro de agua (el pozo más próximo está a una hora de camino) y la apertura de dispensarios (no hay más que un hospital en Azilal, a una distancia de diez horas). Y a estas carencias había que añadir la sequía.
 Fátima nos contó que durante el reinado de Hassan II, 300 bereberes se congregaron en Ouaouizarht para ir a Rabat y protestar por la desidia administrativa. El gobernador provincial envió soldados para detenerlos. La aparición del ejército dispersó a la multitud. Desde entonces nadie se ha atrevido a proponer otra acción similar.
 Al caer la noche Fátima encendió un quinqué y, mientras en la marmita bullía un estofado de patatas y pollo, se puso a trabajar en el telar. Nos había hablado sin tapujos, como suelen hacer las mujeres montañesas de su etnia. Pero incluso los bereberes que son francos en otros asuntos procuran evitar, a diferencia de Fátima, las críticas directas al rey y al Parlamento. Esperan muy poco de su gobierno, y no manifiestan el menor interés por el movimiento que afirma actuar en su nombre dentro de las ciudades.
 "El movimiento amazigh [bereber] es mera palabrería –sentenció Khalid–. En estos parajes a nadie le importa." Inquirí si estaba a favor de que enseñaran el bereber en las escuelas, y su respuesta fue negativa. "Los bereberes queremos mantener nuestra lengua en secreto, pero la gente de ciudad desea conocerla para hacer negocios en el campo." Driss disentía, y dijo esperar ilusionado el día en que todos los marroquíes aprendiesen bereber. Ambos hombres discutieron en el transcurso del viaje, lo cual tomé como un indicio de lo difícil que era que los bereberes rurales y urbanos se pusieran de acuerdo en nada, desde el Manifiesto Bereber hasta los turnos para lavar los platos.
 "¡Vaya a informar al mundo de la desgracia de los nómadas!", me encareció Fátima a las siete de la mañana del día siguiente, cuando comenzamos la última etapa de nuestro recorrido.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Las mujeres de Anefgou lloran la muerte de un anciano miembro de su comunidad. Ligadas al campo por la tradición y la falta de estudios, las mujeres llevan "el peso de la casa", según la investigadora de la GEOGRAPHIC Marisa Larson, que ha trabajado en la región con los Cuerpos de Paz. Ellas aran los campos y crían a los hijos, mientras que sus hombres se emplean cada vez más en las ciudades.

 Unos magníficos estratos verticales de piedra caliza anunciaban las cascadas de Imouzzer de Ida Ou Tanane, situadas encima del pueblo homónimo. Hacía 51 días que habíamos abandonado Midelt. Una vereda conducía hasta las cataratas, y Driss y yo la seguimos tras dejar a Khalid al cuidado de las mulas. Al llegar no nos encontramos con los espléndidos torrentes que había visto precipitarse en las fotografías, sino con un hilo de agua vertiéndose por el saliente rocoso en una balsa llena de musgo. La sequía que afectaba al Alto Atlas había incitado al gobierno a desviar el río para el riego, poco menos que dejando secas las cascadas.
 La escena encerraba cierto simbolismo. En nuestro viaje habíamos atravesado un terreno abrupto, tan reseco y desolado como solitario. La falta de lluvia y la miseria fuerzan a los bereberes a trasladarse de las montañas a las ciudades, donde necesitan el árabe para defenderse, y el francés, para prosperar, y donde adoptan la cultura urbana en un esfuerzo de integración. La hambruna, como había comprobado en mi caminata, amenaza más que ningún otro factor la cultura del Atlas.
 Miré a Driss, que tantas veces había expresado el deseo de ayudar a su pueblo. Si a las analfabetas gentes de las montañas no les interesa el movimiento bereber, con sus tendencias laicas y francófilas, los ciudadanos cultos como Driss lo encarnan a la perfección. Pero en nuestras últimas semanas de convivencia me reveló una esperanza más práctica: la emigración a Canadá. "En Marruecos no tengo futuro", dijo, refiriéndose al lamentable estado del turismo en su país.
 Naturalmente, los bereberes del Alto Atlas no tienen esa opción. A los millares que se mudan a las ciudades, Marruecos les ofrece una penosa existencia: chabolismo en los arrabales de Casablanca o Rabat y la batalla constante por unas monedas con las que sobrevivir. También a los bereberes que se quedan atrás les aguardan hambre y penalidades. Pero cuentan con la sólida roca del hogar bajo los pies, la tranquilidad absoluta y el orgullo inalterable de la "persona libre".

Fotografía de Alexandra Boulat publicada en la revista National Geographic España (Enero 2005). Texto de la imagen: Tras reencontrarse con su abuela en Taarart, este joven no tardará en volver a Rabat, donde deberá ganar dinero para mantener a su familia en el Alto Atlas. El futuro de los bereberes se apoya cada vez más en estos emigrantes. ¿Pueden ellos contribuir a la supervivencia de sus aldeas? Y, a medida que se adapten a la vida en la metrópoli, ¿abandonarán la cultura bereber… o alimentarán su renacimiento?

*Pueden leer el relato que escribí en homenaje a Alexandra Boulat pinchando sobre el siguiente enlace:
https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2016/02/homenaje-alexandra-boulat.html

Alexandra Boulat fotografiada por Jerome Delay (AP)

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Nota: La música del vídeo pertenece al libro CD Cantos y danzas del Atlas (Marruecos) de Miriam Rovsing Olsen, editado por Ediciones Akal en 1999 dentro de la colección Músicas del Mundo. Una verdadera joya que adquirí en la librería Áncora un 23 de febrero del año 2000, y de la que ya les hablaré otro día.