miércoles, 26 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VIAJE DE PABLO ARANDA


Pablo Aranda, en su casa, con su inseparable 'Turrón'
Fotografía: Miguel Fernández (diario SUR)

«¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?».
El corazón es un cazador solitario –Carson McCullers–

Pablo Aranda nos dejó el primer día de este tórrido mes de agosto. La fatalidad, en forma de un cáncer de estómago, lo obligaba a partir, a los 52 años, hacia ese incierto destino que nos aguarda a todos.

 Escritor consumado, viajero a la antigua usanza, director del Aula de Cultura de SUR y, sobre todo, amigo, Pablo tenía el don de hacer que todo encuentro con él se te hiciera corto. Siempre brillante y divertido, con Pablo el tiempo tenía otra medida y muchas risas. No me cabe duda de que el más allá será un lugar mucho más alegre tras su llegada.

 El día que asistí a su sepelio echaron Invencible por la noche en la televisión, una película en la que salían atletas corriendo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Me pareció un guiño de Pablo, una señal. Pablo se va a quedar sin ver los Juegos Olímpicos de Tokio, y yo sin poder comentar con él las carreras, sobre todo los 1.500 que sigue siendo para nosotros la prueba reina. De atletismo, literatura y viajes solíamos hablar.

 Su primer viaje de calado lo hizo en compañía de su amigo Juan Gavilanes. Durante el último trimestre de 1992, viajaron desde Málaga con destino a Japón, donde pretendían encontrarse con Yoko y Hikako, dos japonesas alumnas de Pablo, profesor de español para extranjeros en una academia de la plaza de la Merced. Juan, que estaba terminando la carrera de Arquitectura y tenía que entregar su proyecto final de carrera, salió dos semanas después que Pablo, y se citaron, como dos espías de John le Carré, en la estación principal de tren de Budapest. En Bratislava compraron un billete de tren a la Rusia de Borís Yeltsin, y en Moscú se subieron al Transiberiano. Sobre la marcha, al ver que el tren disponía de dos destinos: Vladivostok y Pekín, decidieron posponer lo de Japón para otro momento y adentrarse en China por Manchuria. Durante una semana atravesaron los Urales y Siberia, con temperaturas de 35º bajo cero cada vez que bajaban del tren. China en aquella época resultó ser un país muy atrasado, lleno de chinos curiosos que se les acercaban constantemente como si fueran extraterrestres. Ya en Pekín, y tras ver la Ciudad Imperial y la Gran muralla China, se dedicaron a recorrer el país en tren y autobús: Nanjing, Suzhou, Shanghai, Guilin –desde donde navegaron en balsa de bambú por el río Li hasta Yangshuo– y, finalmente, Hong Kong, adornada con luces de Navidad. Fuese por ese sentimentalismo navideño o porque se les acababa el dinero, decidieron regresar a Europa: primero aterrizaron en Alemania, donde Pablo tenía a su amiga Sabine, y cuando el dinero y la hospitalidad no dio para más, cogieron un autobús para Málaga, a donde llegaron el día después del sorteo de la lotería nacional. A ellos el premio ya les había tocado con aquel viaje, tres meses de risas y aventuras que los hermanó para siempre.

Pablo Aranda y Juan Gavilanes en Bratislava, a punto de empezar la aventura ruso-china
Fotografía: Archivo personal de Juan Gavilanes

 Después de aquel viaje Pablo materializó su sueño de ser reportero de viajes y recorrer el mundo (deja un libro de viajes en el cajón que espero vea algún día la luz); también de ser escritor y contarnos historias de aquí al lado, con esa voz tan personal y comprometida que tiene.

 Por lo inesperado de su muerte no pude despedirme de él, así que estos días, desconcertantes y tristes, he andado releyendo correos y recordando momentos para tratar de recomponer las piezas del puzzle de nuestra amistad, para darle de alguna manera un cariñoso abrazo y un hasta siempre, porque Pablo se ha ido pero no se ha ido. No sólo porque tengamos en los anaqueles sus libros, que también, sino porque se queda a vivir en el corazón de todos sus familiares y amigos, como ya ocurriera con el otro Pablo, el añorado Pablo Cantos. Es lo que tiene la buena gente –'corazón blanco' que te dijo aquel argelino en Orán–, que ya no se te olvidan.

Pablo Aranda con César Martínez y Pablo Cantos en el Café Central de Málaga

 Conocí a Pablo Aranda a través de mi primo, el reportero gráfico Sergio Camacho. Con motivo del Premio de Novela Corta Diario SUR del año 2003, le hizo unas fotos en el balcón de su casa para acompañar una entrevista.
El otro día me comentaba Sergio que le dijo «no te voy a hacer fotos típicas de escritor, con los estantes de tu biblioteca de fondo y un libro en la mano». "Lo llevé al balcón donde tenía ropa tendida de todos los colores posibles y hacía viento. Le disparé unas fotos a velocidad lenta que convirtió la ropa en algo abstracto de manchas coloridas y quedó sorprendido del efecto. Nos caímos genial desde ese mismo instante. Siempre me provocaba la risa por su manera de contar lo más simple y cotidiano".
 Como por entonces yo ya tenía publicado Al sur del Sahara y él era un apasionado de los viajes y la cultura árabe, le habló de mí, y a la próxima que le tocó fotografiarlo, allá que lo acompañé para conocernos. Recuerdo que fue en los Baños del Carmen y que mi primo, que había cambiado el SUR por EL PAÍS, lo hizo posar dentro de un tubo de hormigón. Pablo se reía y se le achinaban los ojos: «Temo qué será lo próximo, entre tú que eres descabellado y yo que no te pongo freno, ja, ja, ja, ja, ja».

Presentación de Carta desde el Toubkal en el Centro Andaluz de las Letras, 11 de junio de 2015
De izq a dcha: Sergio Barce, Pablo Aranda, Pedro Delgado y Sergio Camacho
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Esa tarde conversamos y nos tomamos unas cuantas cervezas, y a partir de ahí no dejamos de intercambiar correos y encuentros. Varias veces accedió a pasarse por casa para firmar unos cuantos ejemplares de El orden improbable (Espasa, 2004) y Ucrania (Destino, 2006) que iba a regalar a mis familiares por navidades. Recuerdo el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, su caligrafía, lo recto de sus renglones. Lástima que por pensar que siempre habrá un mañana tenga en la estantería su última novela sin firmar, precisamente esa que nos había llevado a intercambiar tantos correos y en la que el protagonista estudiaba en el INEF de Granada, le gustaban las carreras y era fan mío.

 Pablo siempre fue muy generoso conmigo: presentó mis libros ("el efecto Aranda", le decía yo cada vez que se llenaba la sala); recomendó Al sur del Sahara en el suplemento El viajero de EL PAÍS; se hizo acompañar de aquel título a modo de guía en sus viajes por el África occidental; me metió con nombre y apellido en las páginas de La distancia (Malpaso, 2018), y no contento con ello le colocó en las manos al protagonista mi libro de relatos y me puso a encabezar su lista de agradecimientos.

 Buen viaje, amigo. Que Hermes te proteja.

martes, 21 de julio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Senderismo por los alrededores de Sapa, Vietnam
Fotografía: Pedro Delgado

Le pedí a mi madre que me contase la anécdota de cuando mi hermano Marcial se perdió de pequeño en calle Nueva, en el centro de Málaga, y descubrí que fui yo el que se perdió en dicha calle. Mi hermano lo había hecho un tiempo antes en una adyacente, la calle Cinco Bolas. Mi hermana Inmaculada también se perdió en otra ocasión, pero más lejos del centro de Málaga, en Torremolinos. El único que no se perdió nunca fue mi hermano Paco, que al ser el pequeño siempre estaba más vigilado. Afortunadamente, nos teníamos aprendido el discurso y nunca nos movíamos del lugar donde nos habíamos perdido, con lo que mis padres no tardaban en encontrarnos. "Si os perdéis, os quedáis quietos en el sitio hasta que tu padre o yo aparezcamos", nos decía cada vez que íbamos a la Feria, al Tívoli o a cualquier bulla de gente donde pudiéramos perdernos.
 Cuando terminó de contar la historia, le pregunté cual de los cuatro hermanos se había perdido más ya de mayores. Pensaba que diría algo así como 'tú, que cada dos por tres coges la puerta y te vas por ahí de viaje', pero no, para ella nos habíamos perdido todos por igual, pues vivía el no tenernos en casa con ella como una pérdida. Para ella todos nos habíamos extraviado. "Menos mal que todas las semanas vienen a vernos…"


 Todo esto viene a cuento del libro de Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) que me acabo de leer: nueve ensayos autobiográficos reunidos y editados por Capitán Swing bajo el título Una guía sobre el arte de perderse.


 Rebecca dice que los equipos de búsqueda y rescate han desarrollado un arte del encontrar y una ciencia de cómo se pierde la gente. Según ella, la explicación está en "que muchas de las personas que se pierden no van prestando atención en el momento en que se pierden, no saben qué hacer cuando se dan cuenta de que no saben volver o no reconocen que no saben volver".
Hay todo un arte consistente en prestar atención al tiempo atmosférico, a la ruta que sigues, a los hitos del camino, a cómo si te giras para mirar atrás puedes ver las diferencias entre el camino de vuelta y el de ida, a la información que te proporcionan el sol, la luna y las estrellas para orientarte, a la dirección en la que fluye el agua, a las mil cosas que convierten la naturaleza salvaje en un texto que pueden leer quienes conocen su lenguaje. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
 Durante mis estudios en el INEF de Granada recibí formación sobre las técnicas de orientación, y gracias a ello, junto a mi instinto y mi intuición, logré no perderme nunca en mis excursiones o viajes. Aún así, siempre encontré placer en abrir camino por lo desconocido.

De Valbona a Thethi. A través de las montañas de Albania
Fotografía: Pedro Delgado

 Realmente, nos dice Solnit, el concepto de perdido tiene dos significados diferentes. «Perder cosas tiene que ver con la desaparición de lo conocido, perderse tiene que ver con la aparición de lo desconocido»; en esta segunda acepción, el mundo se vuelve mayor que tu conocimiento del mismo.
La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario.
En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el deseo por lo desconocido, por viajar, por perderme de todo y de todos. Y espero habérselo transmitido a mis hijos.

 Durante la lectura de Una guía sobre el arte de perderse, han ocurrido dos casualidades que no dejan de sorprenderme. La mayor, recibir un correo de mi primo Sergio con un podcast del programa de radio de La Cultureta en el que hablaban de Cabeza de Vaca y sus aventuras. Sus palabras, cosa de meigas, me llegaron justo después de haber leído el cuarto ensayo del libro, en el que Rebecca Solnit cuenta la apasionante historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Nadie se encontrará perdido nunca más de la forma en que estaban perdidos aquellos primeros conquistadores, deambulando por un continente del que nada sabían, cuyo clima y cuya topografía desconocían, cuyos habitantes no hablaban la misma lengua que ellos, adentrándose en un territorio en el que carecían de las palabras para nombrar esos lugares, plantas y animales que tan diferentes eran de los del continente del que ellos procedían.
 La otra coincidencia fue leer el ensayo Guirnaldas de margaritas, días después de decirle a mi padre que convendría ponerle voz por escrito a todas esas fotografías familiares antiguas que él y mi madre guardan en las viejas cajas metálicas del Cola-Cao.
En mi familia las cosas tienen tendencia a desaparecer. Una vez, siendo yo mucho más joven, la hermana pequeña de mi padre me enseñó una caja llena de fotografías familiares, y la pared en blanco que había estado levantada hasta entonces detrás de mi propio nacimiento se derrumbó bajo un torrente de imágenes de extraños rostros anónimos y poses formales, reforzadas con cartón y en toda la gama que iba del sepia al color gris de la gelatina de plata. Sentadas con la caja de cartón en el cuarto de estar de mi tía, sumido en una penumbra casi permanente por la sombra de las secuoyas, estuvimos largo rato pasando imágenes mientras ella iba recitando nombres, algunos que yo ya conocía y otros que no. La fotografía que más me impresionó fue una de mi abuela y sus dos hermanos pequeños, posando en la isla de Ellis o por la época en que atravesaron aquella gran puerta de entrada de inmigrantes en el puerto de Nueva York. Aparecían en fila, con los cuerpos solapados y por orden de altura, siguiendo las convenciones de la fotografía de retrato de la época. Les habían rapado el pelo, quizás por los piojos o la tiña, y tenían esa mirada ojerosa y atormentada de muchos de los inmigrantes de entonces: tres niños con trajes blancos de marinero a juego que habían cruzado toda Europa y el Atlántico y que iban a atravesar otro continente solos.
 Cuando mucho tiempo después le pregunté por las fotografías, mi tía dijo que aquella caja no existía y que debía de habérmelo imaginado todo. Unos años más tarde volví a preguntarle y reconoció que la caja había existido, pero dijo que había desaparecido. Las fotografías, que se supone que tienen que servir de pilares de un pasado objetivo, son tan inestables como todo lo demás en la historia de mi familia paterna. Con mi padre y mi tía fallecidos, y con sus padres fallecidos mucho antes que ellos, ya no hay nadie que repita o contradiga las escasas historias que contaban muy de vez en cuando.
  Rebecca Solnit dice al respecto que "hay momentos de armonía que llegan al nivel de la serendipia y la coincidencia y que van incluso más allá, y hay periodos en los que parece que abundan esa clase de episodios. […] Esos momentos parecen indicar que nos hemos rendido ante la historia que se está narrando y estamos siguiendo el argumento en lugar de intentar contarlo nosotros mismos, interrumpiendo y replicando con nuestra débil vocecita al destino, a la naturaleza, a los dioses".

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania (Agosto, 2017)

 En La puerta abierta, sin ella saberlo, me catapultó directamente a las montañas de Albania, al verano de 2017, cuando ascendí al Korab o Korabit y en la aldea de Dibër una familia me acogió en su casa. Un miembro del clan sufrió la pérdida de un hijo en aquella montaña, alcanzado por un rayo. Hacía unos años del desgraciado suceso, pero uno podía ver la pena infinita en los ojos de aquel hombre corpulento. Quizás por ser padre, interioricé aquella pena y la hice mía. Y creo que ya nunca se me va a ir.
Yo habría seguido andando por aquellos montes eternamente, pero los truenos procedentes de la masa de nubes que se había formado y la aparición de un enorme rayo llevaron a Sallie a decidir que diéramos la vuelta. Cuando íbamos bajando, le pregunté por los rescates que más la habían marcado. Uno fue el de un hombre al que había matado un rayo, una forma nada extraña de morir en esos montes y la razón por la que estábamos bajando de aquella espléndida cresta.
 Y cuando en Una casa, una historia habla de la tortuga del desierto, me acordé de mi encuentro con una de ellas en uno de mis primeros viajes a Marruecos. Rocco iba conduciendo su furgoneta por las sinuosas carreteras del Atlas, y al ver aquel ejemplar en medio del asfalto, andando tan despacio, se detuvo para que la apartara. Me bajé, caminé hacia ella y la agarré con las dos manos tratando de no asustarla, pero en cuanto la alcé del suelo me soltó una tremenda meada. A pesar de ello, la dejé delicadamente a unos metros de la carretera, y al regresar al vehículo me encontré con las risas de Rocco que no dejaba de señalar mis pantalones. También se me vino a la cabeza mis visitas a distintos desiertos.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto. No era por cosas concretas, sino por el espacio entre ellas, por esa abundancia de ausencia: esa es la atracción que ejerce el desierto. […] Lo que yo amaba del desierto era la inmensidad, así como una sobriedad que también era un placer para los sentidos. ¿Y el hombre?
 Fui a visitarle a su casa, en pleno desierto de Mojave, un atardecer de finales de primavera.
 El libro es un compendio de saberes eruditos y de historias curiosas que la autora va hilando finamente hasta tejer los cuadrados de patchwork que conforman cada uno de sus capítulos. Así, al final, la manta o la alfombra resultante, hecha de múltiples retales, abarca desde Daniel Boone a Bob Dylan, desde la música country a la pintura del renacimiento, pasando, entre otros, por elementos tan dispares como el movimiento punk rockers, la película Vértigo, el Salto al vacío de Yves Klein, las tribus indias, Virginia Woolf, Borges, los monjes budistas o los fotógrafos Peter Hujar y David Wojnarowicz.
Hay todo un género de canciones que surgió con el blues y que consiste en buena parte en una sucesión de nombres de lugares, un recitativo sobre geografía; la famosa Route 66 es la más popular, pero no la única. […] Una perspicaz aproximación desde los márgenes a la esencia de este género es Wanted Man, compuesta por Bob Dylan en 1969 y cuya versión más famosa fue interpretada por Johnny Cash. Es una lista cargada de fanfarronería de todos los lugares en los que se busca a un delincuente, enumeración que incluye Albuquerque, Tallahassee, Baton Rouge y Buffalo, un solapamiento de ser deseado por las mujeres con ser perseguido por la justicia que contiene perturbadoras insinuaciones sobre los motivos para cometer un crimen.
  
Wanted Man, Bob Dylan y Johnny Cash 
 Que la vida es un viaje es algo que se da por sentado en estas canciones, que al fin y al cabo surgieron en el contexto del traslado del campo a la ciudad de los blancos de zonas rurales y de la emigración al norte de los negros del sur. El amor por el lugar es tan intenso, sin embargo, que este viaje no se formula como el relato de un descubrimiento de lo desconocido lleno de revelaciones, sino como una historia más conservadora sobre la pérdida del territorio conocido en el que nos hemos formado, un territorio que en la canción solo existe en forma de recuerdo, como un mapa trazado en la profundidad de las entrañas que podrá leerse en las paredes del corazón en nuestra autopsia. Nadie supera nada; el tiempo no cura ninguna herida; si hoy él ha dejado de quererla, como dice uno de los temas más famosos de George Jones, es porque está muerto. El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones.
 He Stopped Living Her Today, George Jones
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Sería bonito imaginar que hubo un tiempo en que los wintus estaban tan perfectamente ubicados en un mundo con fronteras conocidas que no conocían la experiencia de perderse, pero sus vecinos del norte, el pueblo Pit River o achumawi, sugieren que probablemente no fuera así. Un día había quedado en reunirme con unos amigos en un espectáculo que se celebraba en un parque de la ciudad, pero al no encontrarlos entre el público me fui a una librería de segunda mano. Allí encontré un viejo libro en el que Jaime de Angulo, el indómito narrador y antropólogo español que hace ochenta años pasó un periodo considerable de tiempo con este pueblo, escribió: «Quiero referirme ahora a un fenómeno curioso que se da entre los indios Pit River. Los indios se refieren a ello con un término que podría traducirse como "vagar". Dicen de una persona que "Está vagando" o que "Ha empezado a vagar". Pareciera que, en ciertos momentos de malestar psicológico, a un individuo se le hace insoportable la vida en su entorno habitual. Ese individuo empieza a vagar. Se dedica a deambular por el campo sin rumbo fijo. Va haciendo paradas en distintos sitios, en los poblados de amigos o familiares, siempre de paso, sin detenerse más de unos pocos días en ningún lugar. No da ninguna muestra externa de dolor, pena o preocupación. […] La persona errante, hombre o mujer, evita los pueblos y poblados, permanece en lugares agrestes y solitarios, en las cumbres de las montañas, en el fondo de los desfiladeros». Esta persona errante no es muy distinta de Woolf, quien también conoció la desesperación y el deseo de lo que los budistas llaman el no ser, deseo que acabó llevándola a meterse en un río con los bolsillos llenos de piedras. No es una cuestión de haberte desorientado y estar perdido, sino de intentar perderte.
 De Angulo continúa diciendo que ese vagar puede conducir a la muerte, a la pérdida de la esperanza, a la locura, a distintas formas de desesperación, o que puede dar lugar a encuentros con otras fuerzas en los lugares remotos a los que llega la persona errante. Concluye diciendo: «Cuando te has vuelto totalmente salvaje, es posible que algunos seres salvajes se acerquen a echarte un vistazo y quizá alguno te coja simpatía, no porque estés sufriendo y tengas frío, sino tan solo porque le gusta tu aspecto. En ese momento se acaba el vagar y el indio se convierte en un chamán». Te pierdes porque sientes el deseo de estar perdido, pero en ese estado que denominamos perdido se encuentran cosas extrañas. «Todos los hombres blancos son personas errantes, dicen los ancianos», comenta el editor de De Angulo.
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Boy on Raft, fotografía de Peter Hujar, 1978. The Peter Hujar Archive
LLC Courtesy Pace/MacGill Gallery and Fraenkel Gallery
 
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Desde hace muchos años me ha conmovido el azul del extremo de lo visible, ese color de los horizontes, de las cordilleras remotas, de cualquier cosa situada en la lejanía. El color de esa distancia es el color de una emoción, el color de la soledad y del deseo, el color del allí visto desde el aquí, el color de donde no estás. Y el color de donde nunca estarás. Y es que el azul no está en ese punto del horizonte del que te separan los kilómetros que sean, sino en la atmósfera de la distancia que hay entre tú y las montañas. «Anhelo –dice el poeta Robert Hass–, porque el deseo está lleno de distancias infinitas». […] Y es que, como sucede con el azul de la distancia, la consecución y la llegada solo trasladan ese anhelo, no lo satisfacen, igual que cuando llegas a las montañas a las que te dirigías estas han dejado de ser azules y el azul ha pasado a teñir las que se encuentran detrás. Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos.
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En el siglo XV, los artistas europeos empezaron a pintar el azul de la distancia. Los pintores anteriores no habían prestado mucha atención a lo remoto en sus obras. […] Los pintores empezaron a interesarse más por la verosimilitud, por representar el mundo tal como lo veía el ojo humano, y en aquellos tiempos en que el arte de la perspectiva estaba empezando a desarrollarse adoptaron el azul de la distancia como una forma de dar profundidad y volumen a sus obras. La franja azul que aparece en la zona del horizonte a menudo resulta exagerada: empieza demasiado cerca del primer plano, genera un cambio demasiado brusco de color, es demasiado azul, como si se regocijaran en aquel fenómeno excediéndose en su uso. Debajo del cielo y encima del supuesto tema principal del cuadro, en la zona que quedaba delante del horizonte, pintaban un pequeño mundo de color azul: unas ovejas azules, un pastor azul, unas casas azules, unas colinas azules, un camino azul y una carretera azul.
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Arthur Rimbaud in New York, fotografía de David Wojnarowicz, 1978-1979
Cortesía de PPOW Gallery, New York y Estate of David Wojnarowicz
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«El vacío es el sendero por el que se mueve la persona centrada», dijo un sabio tibetano hace seiscientos años. El libro en el que encontré esta afirmación continuaba con una explicación de la palabra para decir «sendero» en tibetano: shul, «una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas esas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. Como un shul, el vacío puede compararse a la impresión de algo que estuvo ahí. En este caso, semejante impresión está formada por las mellas, cavidades, marcas y rugosidades dejadas por la turbulencia del ansia egoísta».
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Uno de los cuentos budistas más conocidos es sobre dos monjes que han hecho el juramento de no tener contacto físico de ningún tipo con mujeres. Un día llegan a la orilla de un turbulento río y se encuentran con una mujer que les ruega que la ayuden a cruzarlo (las antiguas fábulas siempre andan escasas de mujeres atléticas), así que uno de ellos la levanta y cruza el río con ella en brazos. Cuando los dos monjes llevan un rato caminando por la otra orilla, el segundo monje le reprocha al primero que haya incumplido sus votos y este le contesta: «¿Por qué tú sigues llevándola en brazos? Yo la he dejado en el suelo al llegar a la orilla».
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Salto al vacío. Yves Klein, 1960
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Siempre se habla del montañismo como si la llegada a la cumbre fuera una conquista, pero a medida que asciendes el mundo aumenta de tamaño y te sientes más pequeño en relación con él, abrumado y liberado por la magnitud del espacio que te rodea, la magnitud del territorio que recorrer, la magnitud de lo desconocido. Te has pasado todo el día subiendo con gran esfuerzo con la mirada puesta en la ladera, ascendiendo por senderos y por caminos en zigzag, atravesando y rebasando pinares, y la vista de detrás se ha ido ampliando poco a poco hacia el norte, el sur, el este. A veces los pájaros, los árboles o las piedras del camino te hacen prestar atención a lo más inmediato, a veces vas mirando directamente a la pendiente que te espera, pero a veces un giro o una parada te permiten volver a ver la inmensidad que se extiende en esas tres direcciones, un manto infinito de aire que te cubre la espalda mientras prosigues tu camino. Al final, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, alcanzas no la cumbre, que no es un cambio tan drástico, sino la cresta. El Whitney no es más que el punto más alto de una larga cresta. Al llegar a ella, el mundo que se extiende al oeste aparece de repente ante ti, un terreno inmenso aún más salvaje y remoto que el del este, una sorpresa, un regalo, una revelación. El mundo duplica su tamaño.
 A la noche, después de pergeñar la reseña y dejarla en reposo, le pregunté a mi mujer si alguno de nuestros dos hijos se había perdido alguna vez. Me recordó que Enzo se perdió de pequeño una vez al terminar la cabalgata de Reyes, y que se fue directamente para la casa y nos lo encontramos en el portal esperando. "¿Y no te acuerdas cuando se te perdió en el tren camino del Círculo Polar Ártico?". "Es verdad, tengo que añadir esa historia". Así que, al despertar, la añadí para todos ustedes.
El tren empezó a reducir la velocidad y la gente comenzó a levantarse y a coger sus cosas. Papá consultó su reloj y dijo que llegábamos con 32 minutos de retraso. Como iba lleno, me dijo que esperásemos a que saliese la gente para poder bajar más cómodamente la maleta del portaequipajes, pero que recogiese rápido mis cosas de la mesa. La verdad es que yo pensaba que el tren había llegado a su destino final, y que se detendría allí hasta la hora en la que tuviese que iniciar su viaje de regreso a Alemania, así que empecé a recoger con mucha parsimonia. Papá me apremió para que me diese prisa, no fuésemos a quedarnos allí. Me apresuré cuanto pude, recorrí el pasillo y bajé al andén. Papá me seguía un paso por detrás y aún no había acabado de bajar cuando la puerta se cerró de golpe delante de sus narices. Me giré y miré hacia papá, que acababa de soltar una exclamación, pues la puerta estuvo a punto de pillarle. Con desconcierto, buscó el botón verde para abrir la puerta y lo presionó varias veces, pero éste estaba apagado y no respondía. "¡Papá! ¡Papá!, grité nervioso, con los ojos agrandados por la sorpresa. La gente que había a mi alrededor se dio cuenta de lo que pasaba y sus ojos, tensos y esperanzadores, también se clavaron en papá, que aún tenía la patética esperanza de que aquella puerta se abriera. Un hombre con una maleta apareció tras él, pero tampoco pudo abrirla. Le indiqué por señas que fuese a otro vagón que aún tenía la puerta abierta, pero papá, a quién ya se le había pasado el estupor inicial, lo único que hizo fue repetir varias veces con la mano el gesto de tranquilo, tranquilo, que ya lo arreglo yo. Unos segundos más tarde, lentamente, casi con delicadeza, el tren empezó a ponerse en marcha. Caminé unos pasos siguiendo el movimiento del tren, mirando suplicante a papá. Incluso estiré los brazos instintivamente, como si pudiese agarrar al tren y detenerlo. Mi padre volvió a hacer los gestos de tranquilo, tranquilo. Y allí me quedé, con la vista fija en el último vagón. Papá me había explicado un día que un agujero negro era una especie de desagüe, como el del lavabo o la bañera, pero cósmico, que en vez de tragar agua y pelos, se tragaba planetas, estrellas y hasta galaxias enteras. Pues bien, en aquel instante, me parecía que un agujero negro había succionado a aquel tren y con él a mi padre, y que por un buen rato íbamos a estar como en dos dimensiones distintas: la del andén, del que no me pensaba mover, y la del vete tú a saber dónde estaría mi padre.
 Lo importante era no perder la serenidad. Papá regresaría. Eso era indudable, así que no debía dejar que el pánico y la desesperación se apoderaran de mí. Aún no se había disuelto el corrillo que se había formado en torno a mí, cuando una voz a mis espaldas pronunció el nombre de mi padre. Me volví. El hombre seguía repitiendo el nombre al aire, sin percatarse del pequeño barullo que había a mi alrededor. Lo miré con la misma sorpresa que debió sentir Robinson Crusoe al encontrar a Viernes en su isla. "Es mi padre", le dije. El hombre me miró con expresión interrogativa, como preguntándome dónde estaba. Cuando comprendió lo que había pasado, me dijo que no me preocupara. Tenía la certeza de que mi padre aparecería más tarde o temprano, y en ese instante no podía más que disfrutar de aquella sensación de aventura.
 Efectivamente, papá apareció corriendo escaleras abajo 15 o 20 minutos después, y al verme suspiró aliviado. Dejó caer al suelo la maleta y la mochila, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Luego me dio un abrazo y celebró que Ramón hubiese venido a recogernos a la estación. Le preguntó qué había dicho y hecho yo, y si me había asustado mucho, pero Ramón alabó mi valentía. Papá nos contó que había buscado al revisor para explicarle lo sucedido, y que éste le había dicho que se bajase en la siguiente parada, que estaba a pocos minutos de allí, donde podía tomar otro tren en dirección a la Estación Central. "Los trenes salían cada dos minutos, pero menos mal que en cuanto llegué a la estación pude salir en uno para acá. ¡¡Uff!! Continuamente me preguntaba si estarías llorando, incluso si estarías aquí o si te habrías ido con las mujeres que se te acercaron a buscar a la policía". "Pues de llorar nada", dijo Ramón. "Y lo que más claro tenía era que no se movía de aquí hasta que tú vinieses". "Pues cuando me he bajado del tren y he visto que no había nadie en el andén… He pensado que estaría con alguien de la estación, pero luego me he dado cuenta de que estaba en la vía 7, en lugar de en la 1, y he corrido escaleras arriba y abajo para buscarle. Menos mal que estaba contigo".
No subestimes el poder de Santa Claus 
Pedro Delgado Fernández
 Quién sabe, quizás algún día ustedes también lean la historia completa; aunque de momento sigue perdida en el disco duro del ordenador a la espera de que la encuentre alguna editorial.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

Notas: 

 Esta entrada está dedicada a mi madre, que el pasado viernes, 17 de julio, cumplió 86 años. Te quiero, mamá.

 Todos los textos a color pertenecen a Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, editado por Capitán Swing en 2020 en una traducción de Clara Mistral.

lunes, 6 de julio de 2020

QUE NO TE ENGAÑEN


 –Acaba de citar el Everest y la cola que había para llegar hace unos meses. ¿El alpinismo entraña ahora menos aventura?
 –Estamos engañando un poco a la gente. Ahora, cuando vas a ir al Everest pides un permiso, consigues dinero, pagas a una agencia, llegas con tiempo para aclimatarte, y mientras tanto los 'sherpas' abren camino y ponen las cuerdas. Cuando te dicen que la montaña está abierta, subes con esas cuerdas. El alpinismo ha perdido su esencia. 
Entrevista a César Pérez de Tudela 
1 de Marzo de 2020

 Pueden leer la entrevista completa de César Coca a César Pérez de Tudela en el siguiente enlace:

https://www.diariosur.es/deportes/mas-deportes/quiero-vivir-emocion-20200301170514-ntrc.html

César Pérez de Tudela en el sótano de su casa de Torrelodones durante la entrevista
Fotografía: Pablo Cobos

domingo, 14 de junio de 2020

A LO LEJOS (IN THE DISTANCE)


De pronto, 
Håkan se percató de algo: siempre había pensado que esos vastos territorios estaban vacíos, que solo permanecían habitados durante el breve intervalo de tiempo en que los viajeros transitaban por ellos, y que, como el océano tras la estela de un barco, la soledad volvía a cernirse sobre el terreno después del paso de los jinetes. También comprendió que todos aquellos viajeros, él incluido, eran, en realidad, intrusos.

A lo lejos, de Hernán Díaz (Impedimenta, 2020)
Fotografía: Pedro Delgado

La noche del lunes terminé de leer A lo lejos, de Hernán Díaz, un peculiar western que me ha acompañado durante la desescalada (que palabra más fea) y que he tratado de dosificar, como un buen whisky, para que no se acabara.

 A algunos les extrañará ver una novela del Oeste en el blog, pero sus páginas contienen tres cosas que amo (cuatro si incluyo el género): caminatas, viajes y aventuras.

 La premisa suena bien. Dos hermanos suecos, apenas adolescentes, que se separan en el muelle de Portsmouth cuando se disponen a embarcar hacia América.
[…] entonces Håkan se había vuelto hacia Linus, pero este ya no se encontraba allí. Miró a su alrededor, retrocedió sobre sus pasos, cruzó el muro, siguió adelante y regresó al punto donde habían desembarcado. El bote se había marchado. Volvió al lugar donde se habían separado. Se encaramó a una caja, sin aliento y tembloroso, llamó a su hermano a gritos y contempló el torrente de personas que avanzaba ante él. El regusto salado de su lengua se convirtió de pronto en un estremecimiento paralizante que se propagó por todo su cuerpo. Apenas capaz de sostenerse sobre sus trémulas rodillas, corrió hacia el muelle más cercano y preguntó por Nujårk a unos marineros montados en una lancha. No le entendieron. Al cabo de varios intentos, probó con «Amerika». Eso lo entendieron de inmediato, pero negaron con la cabeza. Håkan fue muelle por muelle preguntando por Amerika. Por fin, después de varios fracasos, alguien le respondió «América» y señaló un bote de remos, y a continuación un barco anclado a tres cables de la costa. Håkan se asomó al bote. Linus no estaba allí. A lo mejor ya había embarcado. Un marinero le ofreció la mano y Håkan subió a bordo.
 La ciudad a la que quieren dirigirse es para ellos un talismán abstracto: «Nujårk», Nueva York. Suponemos que el hermano mayor ha subido al barco correcto, pero Håkan ha embarcado en uno que va hacia California. Y con él, como cogidos de la mano, lo hacemos nosotros.

 Al desembarcar en San Francisco, y amparado por su ignorancia, Håkan toma la decisión de ir en busca de su hermano.
No le cabía duda de que su hermano había logrado llegar a Nueva York; Linus era demasiado listo como para perderse. Y, aunque en ningún momento habían previsto una situación como aquella, Nueva York constituía el único punto donde podrían llegar a reencontrarse, puesto que se trataba del único lugar de América cuyo nombre conocían. Todo lo que Håkan tenía que hacer era llegar hasta allí. Y, entonces, Linus lo encontraría a él.
 Aunque para ello tenga que atravesar a pie América de costa a costa.
El amanecer era un intuición, cierta aunque invisible, y Håkan corría a su encuentro, con la vista fija en el punto distante que, estaba convencido, pronto enrojecería mostrándole el camino que lo llevaría directo a su hermano. El viento intenso que soplaba a su espalda era un buen presagio; una mano alentadora que lo empujaba hacia delante al tiempo que borraba sus huellas.
 A partir de ahí, el nombre de Håkan, conocido como «el Halcón», no hará más que acrecentarse hasta convertirse en una leyenda.

 La novela del argentino Hernán Díaz nos trae ecos de Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, una novela con la que aluciné en su momento, y de la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, aquel trampero inolvidable que protagonizó Robert Redford. También de Brokeback Mountain, el relato de Annie Proulx que filmó Ang Lee, y de la literatura gauchesca.
«Una novela increíble, emocionante. Un viaje de la inocencia a la experiencia. David Copperfield con sabor a Tarantino, a Deadwood, a Meridiano de sangre (The Guardian)
 Estoy seguro de que A lo lejos acabará adaptándose a la gran pantalla, pues contiene imágenes muy potentes y cinematográficas. Para muestra la que abre y cierra el libro. La del cierre me la reservo por motivos obvios, pero la del inicio me van a permitir que la comparta con ustedes: imaginen una blanca planicie de hielo en la que alguien ha abierto a hachazos un agujero, y dos manos y una cabeza que emergen del agua helada.
El nadador abrió los ojos y miró al frente, hacia la extensión sin horizonte. Tanto su largo cabello blanco como su barba estaban entreverados de mechones pajizos. Ninguno de sus gestos revelaba agitación alguna. Si le faltaba el aliento, el vapor de su respiración resultaba invisible sobre el fondo incoloro. Apoyó los codos y el pecho en la nieve aplastada, y volvió la cabeza.
 Alrededor de una docena de hombres impacientes y barbudos, abrigados con pieles y lonas, lo miraban desde la cubierta de la goleta atrapada en el hielo, a unos escasos treinta metros de distancia. Uno de ellos gritó algo que llegó hasta él como un murmullo ininteligible. Risas. El nadador resopló para librarse de una gota que le colgaba de la punta de la nariz. Frente a la rica y detallada realidad de esa exhalación (y de la nieve que crujía bajo sus codos y del agua que chapoteaba contra el borde del agujero), los débiles sonidos provenientes del barco parecían filtrarse desde un sueño. Ignorando los gritos amortiguados de la tripulación y sujeto aún al borde, apartó la vista del barco y miró, de nuevo, el blanco vacío. Sus manos constituían las únicas señales de vida que alcanzaba a ver.
 Salió del agujero, tomó la hachuela que había usado para romper el hielo y de pronto se detuvo, desnudo, entrecerrando los ojos ante el cielo brillante y carente de sol. Parecía un Cristo anciano y fuerte.
 Tras enjugarse la frente con el dorso de la mano, se inclinó y tomó el rifle del suelo. Solo entonces pudieron apreciarse sus colosales dimensiones, pues no resultaba fácil estimar su tamaño en aquella vacía inmensidad. El rifle no parecía más grande que una carabina de juguete en su mano y, aunque lo sujetaba por el cañón, la culata no alcanzaba el suelo. Con el rifle como referencia, la hachuela apoyada en el hombro resultó ser un hacha. Aquel hombre desnudo era todo lo grande que se puede llegar a ser sin dejar de ser humano.
 Observó las huellas que había dejado de camino a su baño helado y las siguió de regreso al barco.
 Es en ese barco, junto al fuego de una hoguera, donde Håkan comenzará a narrar su historia. Y nosotros nos aprestamos a escucharla.

 Leer cómo el protagonista no para de crecer a lo largo de su vida, me recordó a Joaquín, el personaje principal de la película española Handia. Y Linus a su hermano Martín, que sueña, al volver a casa después de haber luchado en la Primera Guerra Carlista, con viajar a América. La época, más o menos, es la misma, mediados del siglo XIX, y me pregunto cómo habría sido el viaje de aquellos dos vascos por América en 1845.



 No creo que Hernán Díaz haya visto la película, pero estoy seguro de que le gustará y de que, en ese punto, le recordará a los personajes de su novela, cuyo argumento, por supuesto, no tiene nada que ver con ella.

 Con A lo lejos, su primera novela, Hernán Díaz ha obtenido, entre otros, el Saroyan International Prize, el Cabell Award, el Prix Page America y el New American Voices Award; además de haber sido finalista de dos de los galardones más prestigiosos de las letras norteamericanas: el Premio Pulitzer y el Premio PEN / Faulkner de ficción. Un éxito, no se confundan, que viene precedido de muchos años de rechazos y puertas cerradas.

El escritor Hernán Díaz
Fotografía: Beowulf Sheehan (Diario La Nación)

 En la solapa de la novela, excelentemente traducida por Jon Bilbao, y editada con el cuidado y el tacto que Enrique Redel pone en cada uno de sus libros, se nos informa de que el autor nació en Buenos Aires y se crió en Estocolmo –ahí es donde uno comprende el porqué de la nacionalidad de sus dos protagonistas y esa querencia por los espacios blancos, salvajes y agrestes–. También de que en la actualidad trabaja en la Universidad de Columbia, que vive en Nueva York, que es autor del estudio de teoría literaria Borges, entre la historia y la eternidad, que es el editor de una revista académica dentro del Hispanic Institute de la propia universidad, y que sus cuentos y ensayos han aparecido en medios como The New York Times, Playboy, Granta y The Paris Review.

Clint Eastwood

 A Clint Eastwood le preguntaron en una ocasión por qué le gustaban los westerns. "Porque te transporta a otra época en la que un individuo podía valerse solo por sí mismo, una fantasía hoy casi imposible". Yo no me he puesto a elucubrar por qué me gusta tanto este género –quizás sea porque me retrotrae a la infancia: a las películas de indios y cowboys de los matinales, los sobres del Oeste de Montaplex, al fuerte Comansi, las cajas de Exin West y mis indios, vaqueros y federales de Famobil–, pero lo cierto es que en esta reclusión he vuelto a él. Vi dos westerns fantásticos que se estrenaron en España en 2019 y 2018 –Los hermanos Sister y The Rider– y revisité algunos clásicos como La diligencia o Centauros del desierto. En La diligencia, el maestro John Ford recoge un monólogo que me ha recordado al de esos empresarios poderosos para los que gobierna el incendiario Donald Trump (y entre los que se incluye él mismo).


 Como ven, el género no pierde actualidad.

martes, 5 de mayo de 2020

LA PELIGROSIDAD DEL DESCENSO


La peligrosidad del descenso, carta de David Barbas García al diario El País
Fotografía: Lucía Rodríguez

La peligrosidad del descenso
Aunque el Annapurna tiene mayor letalidad estadística, los expertos consideran que la montaña más difícil de escalar del mundo es el K2 (Chogori). Inclina la balanza el llamado "coeficiente de peligrosidad durante el descenso", que indica el porcentaje de personas que hacen cima y no regresan con vida. Y es que a los factores que complican el conjunto de la escalada se suman en el descenso el agotamiento físico y mental acumulado durante la ascensión y la necesidad de establecerse cuanto antes por debajo de los 8.000 metros ("zona de la muerte", en alpinismo). Durante estas semanas hemos alcanzado con gran esfuerzo el pico de la curva epidemiológica y ahora toca bajar. Nuestro sistema sanitario está exhausto a todos los niveles y diezmado tras su heroica lucha; los ciudadanos, agotados y hartos de las condiciones de confinamiento; la economía, maltrecha e impaciente por salir de su propia zona de la muerte… No perdamos la concentración en el descenso. No permitamos que cansancio y prisas echen por tierra lo ya conseguido. Regresemos al campo base sin perder a ningún miembro más de la cordada.
David Barbas García

 Necesitamos soluciones, no ruido y críticas.

jueves, 23 de abril de 2020

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!


El explorador, escritor y orientalista Sir Richard Francis Burton (1821-1890)
Fotografía: Rischgitz, 1864

#QuédateEnCasaYLee
#ExploraDesdeCasa

viernes, 17 de abril de 2020

LEER NOS VUELVE A NUESTRA CONDICIÓN DE NÓMADAS


«Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas»

Antonio Basanta


Dado que la frontera con Marruecos lleva cerrada desde el día 17 de marzo, y que los libros nos sirven para viajar sin salir de casa, os sugiero cruzar el estrecho a través de la lectura o relectura –si ya lo leísteis en su momento– de mi libro de relatos Carta desde el Toubkal.

"Un humilde albergue bereber en las montañas del Atlas es el lugar perfecto para leer este delicioso libro de relatos ambientados en esta misteriosa y desconocida zona de Marruecos".
Francisco Javier Palazón

 No tengo Facebook ni Twitter ni Instagram, pero a veces me topo con imágenes y comentarios como el que les muestro, y me doy la satisfacción de ver que estos relatos siguen encontrando lectores. Lectores como Francisco Javier Palazón*, al que no conozco de nada, lo que hace que su acto me resulte tan valioso.
 Mil gracias por elegir mi libro para tu viaje y pasearlo por Marruecos mientras lo leías. Y un millón de gracias por tener la generosidad de contarlo.

*Lector, bibliófilo y periodista, Francisco Javier Palazón es director de EDUCACIÓN 3.0, medio de comunicación líder en innovación educativa, y tiene un Instagram altamente recomendable repleto de imágenes y comentarios sobre libros y viajes.

lunes, 6 de abril de 2020

STAY SAFE. STAY HOME


A SKI MOVIE by PHILIPP KLEIN


Ya saben, si quieren subir montañas o deslizarse por sus laderas ahora que se prolonga el confinamiento por el coronavirus, hagan como Philipp y entreténganse en sus encierros.
 Aunque la recomendación más propia, para este tiempo que nos ha tocado vivir, es que saquen de sus estanterías el famoso Decamerón de Boccaccio y emulen a esos diez jóvenes burgueses –tres hombres y siete mujeres– que en 1348 se refugiaron de la peste negra en una casa de campo a las afueras de Florencia. El virus que portaron las ratas llegadas desde Oriente en barcos cargados de especias acabó con la vida de 40.000 almas en la ciudad, la tercera parte de sus habitantes, mientras ellos entretenían el confinamiento contándose historias picantes, satíricas, trágicas o moralizantes.

A Tale from the Decameron, 1916, oil on canvas, 101x159 cm.
John William Waterhouse

 Boccaccio, que tenía por entonces 35 años, vivió en persona la epidemia, el horror y el miedo que se extendió por todas las capas sociales; y seguramente algunos de aquellos relatos debió de escucharlos en tabernas o mercados. Quizás elevados por el aire desde alguna que otra ventana o balcón. Y muchos otros los inventaría él mismo, recogiéndolos todos en boca de sus protagonistas: durante diez días cada joven tenía que contar una historia, de ahí que el Decamerón esté compuesto por cien relatos, y que el libro alcance las mil y pico páginas que encontraréis en uno o dos volúmenes.



 Quizás en agradecimiento a las horas ocupadas con su lectura, cuando todo esto haya pasado y se pueda volver a viajar libremente por el mundo, encaminen sus pasos al pueblecito toscano de Certaldo donde nació Giovanni Boccaccio. Su casa, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida con esmero, al igual que un jardín que imita a aquel en el que se reunían a contarse historias aquellos jóvenes. Hace tiempo escuché decir a Mario Vargas Llosa que "el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe". Así que ya puestos, desde Certaldo, acérquense a Florencia, visiten sus calles, sus monumentos, museos e iglesias, y luego suban a Villa Palmieri para recorrer "sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos" y contemplar desde allí las vistas de la ciudad.

#QuédateEnCasaLeyendo

 Y si no tienes qué leer, recuerda que en estos momentos de incertidumbre las librerías, farmacias del alma, siguen llevándote los libros a casa desde la trastienda.

domingo, 8 de marzo de 2020

¡OLÉ, A TODAS ESAS MUJERES!


Anne-France Dautheville

El año pasado leí una anécdota en el periódico, y me pareció tan buena que decidí guardarla para compartirla con ustedes este día.

 La conversación se desarrollaba entre una periodista (Patricia Gosálvez) y cinco reclusas de la prisión de Alcalá Meco. Una de ellas, Ana, contaba que en una cárcel mixta preguntó por un curso de carretillero. "Pues no van y me dicen 'ese es para hombres, tú haz el de igualdad'; 'no, perdone', contesté, '¡el de igualdad parece que lo tiene que hacer usted!".

 No me dirán que no dan ganas de aplaudirla y de gritarle "¡¡Olé!!". Como a todas esas mujeres que salieron y salen a recorrer el mundo en solitario. La última de la que me he enterado es Anne-France Dautheville. En 1973 dio la vuelta al mundo en moto y lo contó en un libro: Y me llevó el viento, editado por Interfolio las pasadas navidades.

Y me llevó el viento de Anne-France Dautheville
"Mis amigos me dijeron que me violarían, que me venderían como esclava de un harén o que me asesinarían; ¡estás loca!, decían. Pero nadie me dijo que fuera de Europa la mujer que viaja sola se convierte en algo prácticamente sagrado, que todo el mundo querría ayudarme y protegerme… pero eso lo descubrí después."

lunes, 10 de febrero de 2020

DÍAS EN CHINA


Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez

El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read) de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
 La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
 Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.

Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito.  Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
*** 
 Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
*** 
 Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
 La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
 El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
 Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
*** 
 A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
 La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
 El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
 Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
 El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
 En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!".
 El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
 La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
 Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
*** 
 [...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
 A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
 Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
 Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
 Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
 El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse: 
Cuanto más lejos se va,  menos se aprende.
 El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.

Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre 
 El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
 Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
*** 
 Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
 Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
 –¿Nos ponemos en marcha?
 –Aún no. Hay que esperar.
 El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan
Fotografía: U/Lorry_Al
 Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
 Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
 Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)


 Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.


*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

 Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968).

 En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean.

Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.