Mundos paralelos, de Rafael Martín (Ediciones del Genal, 2022) Fotografía: Mª Luisa Baena
El tiempo que estuvimos confinados durante la primera ola de coronavirus fue fructífero para muchos. Unos se enfrentaron a sí mismos y ordenaron su casa siguiendo el método Marie Kondo, otros hicieron lo mismo con los discos duros portátiles que tenían junto al ordenador; los hubo que terminaron aquel trabajo de bricolaje que parecía eterno, o sacaron el caballete, el lienzo y los óleos que les habían regalado por Navidades y se pusieron a pintar; los índices de lectura subieron a cotas nunca vistas y unos pocos se pusieron a la ardua tarea de escribir un libro. Ese fue el caso de mi amigo Rafa Martín que, tras desempolvar el álbum de fotos de sus viajes, y animado por su pareja, se puso a ponerle texto a las imágenes. Y no un texto cualquiera con una fecha y un par de nombres y lugares. No. Para llevar el reto creativo a su máxima expresión, decidió escribir un relato para cada una de aquellas fotografías.
Y luego, cuando puso el punto y final, me mandó un correo para pedirme que le escribiera el prólogo y lo asesorara de cara a la publicación del manuscrito, algo que acepté encantado pues, además de compartir el gusto por la montaña, los viajes y la aventura, somos amigos desde nuestra etapa de atletas.
Prólogo Mundos paralelos
Decía Sylvain Tesson, que los hombres soñaban con aventuras recién vueltos a casa, pero añoraban a Penélope en cuanto se hacían a la mar; y que ese vacilar, entre estar en casa o fuera de ella, nos condenaba a no estar nunca contentos. Analizo el pensamiento del francés, y termino por pensar que es más una licencia poética que una realidad. Por lo menos a mí, nunca me ocurrió. Por supuesto que uno experimenta la pena de no poder compartir el viaje con los seres queridos, pero no por ello uno desea regresar a casa. El deseo de vagar es mucho más fuerte que eso. Está por encima de todo.
Quizá para compensar ese abandono, esa huida del hogar en pos de la aventura, es por lo que uno escribe libros de viajes. Para que los que quedaron en casa viajen contigo de alguna manera. Y eso es lo que ha hecho Rafael Martín al compartir con todos nosotros estos mundos paralelos.
Este libro reúne veintidós fogonazos, pequeñas piezas que transcurren, como aquel título de Paul Bowles, muy lejos de casa, y que definen la manera de ser y de viajar del autor. Sus relatos se desarrollan a lo largo del mundo, y vienen acompañados o ilustrados por otras tantas fotografías del propio autor.
Adentrarnos en las páginas de Mundos paralelos nos convierte en polizones. Clandestinamente, acompañamos a Rafael Martín por los lugares más singulares del mundo: el Amazonas, los Andes, la sabana africana, el alto Atlas y el desierto marroquí...
Además de exatleta de relumbrón –internacional en marcha–, Rafael Martín es montañero, de ahí que algunos de los escenarios de sus relatos sean cumbres heladas barridas por el viento: la del Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán, la del Huascarán en la Cordillera blanca en Perú, o la del Kilimanjaro en Tanzania.
Perú, Turquía, Irán, Israel, Jordania, Kazajistán, Marruecos, Tanzania, Uganda o Togo son destinos que nos aguardan.
En sus historias, resueltas siempre con un toque ingenioso y peculiar, marca de la casa, el elemento humano tiene una importancia capital. Es en la gente y su modo de vivir, en su cultura y su mentalidad, en donde pone Rafael Martín el foco, pues es esa diversidad, esa diferencia, la que hace que tenga sentido desplazarse de un lugar a otro cuando el paisaje por sí mismo no es suficiente.
De entre todos esos hombres, mujeres y niños que asoman por estas páginas, quiero destacar uno: el misionero salesiano Antonio César Fernández, asesinado por los yihadistas en Burkina Faso en febrero de 2019, a quien el autor rinde homenaje en un emotivo relato.
A los que ya estuvimos en algunos de estos lugares, estos textos y este álbum de fotografías nos reportan el placer de recordar momentos del pasado, pero también la melancolía de los tiempos que no volverán. La vida es breve, los años nos van cayendo encima y aún nos quedan demasiados países por visitar; así que, sin más demora, les invito a acomodarse con el libro entre las manos. Viajar nunca fue tan fácil. Bienvenidos a estos mundos paralelos.
Pedro Delgado Fernández
Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) es ya una realidad en los anaqueles de las librerías, donde aguarda viajar a los salones, las terrazas o los dormitorios de los lectores.
Para saber más sobre su autor pueden ver la entrevista que le hizo Paco Peramos en el programa 101TV Antequera con motivo de la publicación.
Nota: Pueden adquirir el libro en la librería Proteo de Málaga o en su librería habitual bajo pedido al distribuidor.
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
No es este un libro oportunista nacido a la sombra de la pandemia, pues fue escrito mucho antes de que la covid-19 viniera a alterar nuestras vidas –ganó el National Outdoor Book Award en 2010–; sin embargo, hay una cita, unas líneas en el prólogo y un mensaje en sus páginas, que parecen premonitorios.
«Los virus constituyen piezas fundamentales del entramado de la vida».
Luis P. Villareal
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Diez días de fiebre con un dolor que me martillea la cabeza. Urgencias. Análisis. Nunca he estado tan enferma. Ni la neumonía que pasé de niña ni la mononucleosis del instituto fueron nada en comparación con esto.
[…] empiezo a caer en una profunda oscuridad y sigo cayendo hasta estar increíblemente lejos. No puedo volver; no puedo llegar hasta mi cuerpo. La lejana sirena de una ambulancia. Los lejanos sonidos de la conversación de los médicos. Los párpados me pesan como piedras. Intento abrirlos un poco, solo unos segundos, pero vuelven a cerrarse en contra de mi voluntad. Lo único que puedo hacer es respirar.
Los médicos sabrán qué hacer para curarme. Arreglarán esto. Sigo respirando. ¿Y si dejo de respirar? Necesito dormir, pero me da miedo hacerlo. Intento velar por mí. Si me duermo, puede que nunca despierte.
A la edad de treinta y cuatro años, durante un breve viaje a Europa, un misterioso patógeno vírico o bacteriano se instaló en el cuerpo de Elisabeth Tova Bailey, la autora de El sonido de un caracol salvaje al comer. Y si bien su nombre es un seudónimo, su historia es totalmente verídica.
La ensayista y escritora de cuentos Elisabeth Tova Bailey (Estados Unidos)
Elisabeth pensaba que era indestructible, que, si le pasaba algo, la medicina moderna la curaría. Pero no lo hizo. Aquel virus le provocó graves síntomas neurológicos que, tras una serie de recaídas, terminaron por postrarla en una cama.
Unas nuevas pruebas más sofisticadas, revelaron que la mitocondria de mis células no funcionaba correctamente y que se habían producido daños en mi sistema nervioso autónomo; todas las funciones que no se controlan conscientemente, como la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la digestión, estaban descontroladas.
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Cuando el cuerpo se vuelve inútil, la mente sigue corriendo como un sabueso a lo largo de unas ya trilladas pistas de neuronas, siguiendo el rastro de las preguntas que se repiten: la confusa familia de los porqués, los qués y los cuándos, y su extremadamente alejado familiar el cómo. [...] Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certicumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio. El tiempo que no se utiliza y solo se soporta también desaparece, como si el propio tiempo estuviera muriéndose de hambre y se tragara cada día de un solo bocado, sin dejar migajas ni recuerdos ni ningún rastro de él.
Dice otra cita del libro, en este caso de la enfermera Florence Nightingale, que «una pequeña mascota es, a menudo, un excelente compañero». Mi sobrina Guadalupe podría corroborarlo, pues además de dos pájaros, tres gatos y un pequeño pez azul, tiene unos cuantos caracoles de mascota. La autora decidió llamar al suyo simplemente «el caracol», pero Guadalupe, mientras les ponía una hoja de lechuga en una caja de zapatos con la tapa agujereada, los bautizó con el nombre de Gari, Marri, Manchita, Mar, Nieve, Rosi y Estrella. Ella dice que son como sus hijos.
Guadalupe Delgado con sus caracoles Fotografía: Lucía Rodríguez
Pues bien, a nuestra protagonista le regalan un caracol que vendrá a hacerle compañía y a cambiarle la existencia.
Al principio de la primavera, una amiga mía fue a dar un paseo por el bosque y, al fijarse en el sendero, a sus pies vio un caracol. Lo cogió, lo colocó con cuidado sobre la palma de la mano y volvió al estudio en el que yo estaba convaleciente. Vio que había unas violetas silvestres al borde del césped. Fue a por una pala de jardinería, sacó unas cuantas violetas con tierra, las trasplantó a una maceta de terracota y colocó al caracol debajo de las hojas. Entró al estudio con la maceta y la dejó junto a mi cama.
–Me he encontrado un caracol en el bosque. Lo he traído y está justo aquí, debajo de las violetas.
–¿Ah, sí? ¿Por qué lo has traído aquí?
–No sé. Pensé que te gustaría.
–¿Está vivo?
Mi amiga cogió la concha marrón del tamaño de una bellota y miró dentro.
–Creo que sí.
[…] Mi amiga me dio un abrazo, se despidió y se fue.
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Las violetas silvestres de la maceta junto a mi cama estaban frescas y llenas de vida, al contrario de lo que ocurría con el típico ramo de flores que me traían otros amigos. Esas flores solo duraban unos cuantos días y dejaban tras de sí un agua turbia y maloliente en el jarrón. Cuando era joven me ganaba la vida como jardinera, así que me alegraba tener este trocito de jardín junto a mi cama. Incluso podía regar las violetas con el vaso que usaba para beber.
Pero ¿qué hacer con este caracol? ¿Qué podía hacer con él? Por pequeño que fuera, estaba ocupado con sus cosas cuando lo cogieron del suelo. ¿Qué derecho teníamos mi amiga y yo a trastocar su vida? Aunque tampoco era capaz de imaginar el tipo de vida que tendría un caracol.
[...] Durante el resto del día el caracol se quedó dentro de su concha y yo estaba tan exhausta tras la visita de mi amiga que no volví a pensar en él.
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Durante varias semanas, el caracol vivió en la maceta a solo unos pocos centímetros de mi cama, durmiendo debajo de las hojas de violeta durante el día y explorando los alrededores por la noche. Cada mañana, mientras yo desayunaba, él volvía a subir a la maceta y se echaba a dormir en el pequeño hueco que había hecho en la tierra. Aunque habitualmente el caracol dormía durante todo el día, era reconfortante echar una mirada a las violetas y ver su pequeña forma circular oculta bajo una hoja.
Al final de la tarde, el caracol se despertaba y, con una asombrosa elegancia, avanzaba graciosamente hasta el borde de la maceta y se asomaba por encima para estudiar, una vez más, el extraño terreno que lo rodeaba. Ponderaba sus circunstancias con un aire regio, como encaramado en lo alto del torreón de un castillo, y agitaba sus tentáculos primero a un lado y después al otro, como contestando a una distante melodía.
Cada pocos días regaba las violetas con agua del vaso que utilizaba para beber y el agua sobrante se colaba hasta el platillo que había debajo de la maceta. Esto siempre despertaba al caracol, que se deslizaba hasta el borde de la maceta y se asomaba a mirar, ondeando sus tentáculos con suavidad, obviamente encantado, antes de abrirse camino hasta el platillo para beber. A veces, después de beber, empezaba de nuevo a subir por la maceta, aunque se paraba a medio camino y se quedaba dormido otra vez. Se despertaba cada poco tiempo y, sin moverse de sitio, estiraba su cuello hasta el agua y tomaba un buen trago.
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Observarlo deslizarse de un sitio a otro me distraía, y constituía una especie de meditación. Mis a menudo frenéticos y frustrados pensamientos se iban calmando gradualmente hasta ajustarse a su ritmo tranquilo y suave. Con su movimiento fluido y misterioso, el caracol era el maestro de taichí por excelencia.
Terrarium. Fotografía: Stacey Cramp
La cuidadora de la autora le buscó un acuario rectangular de cristal, y lo convirtió en un espacioso terrario con plantas del bosque del caracol, un lugar más seguro y más natural que la maceta para su diminuta mascota. Y a medida que Elisabeth empezó a obervar y a familiarizarse con su gasterópodo, comenzó a estudiarlo. Se leyó un libro de tapa blanda publicado varias décadas antes titulado Odd Pets (Mascotas extrañas), de Dorothy Horner, y los doce volúmenes de The Mollusca (Los moluscos), y escribió este ameno y encantador ensayo sobre estas criaturas de cuerpo blando que carecen de espina vertebral y arrastran la casa a cuestas; en el que igual tiene cabida un comentario sobre sus abuelos, médicos misioneros en Birmania, que un relato de Patricia Highsmith sobre los caracoles gigantes carnívoros de Kuwa.
Los grises y polvorientos volúmenes pesaban tanto que tenía que apoyarlos contra otros libros y tumbarme de lado para leerlos. A medida que los leía pausadamente, un poco cada día, fui descubriendo que en todas las disciplinas científicas, desde la biología y la fisiología hasta la ecología y la paleontlogía, había muchísima información sobre los gasterópodos. Era asombrosa la abundancia de detalles, desde los compejos patrones de sus dientes hasta la bioquímica del proceso de fabricación de la baba y los detalles íntimos de la vida amorosa específica de su especie. No obstante, incluso en los numerosos volúmenes de The Mollusca, faltaba un cierto punto de vista sobre la vida del caracol. Y entonces descubrí a los naturalistas del siglo XIX, esas almas intrépidas a las que no les suponía ningún problema pasar innumerables horas en el campo observando a sus diminutas criaturas. También encontré poetas y escritores que, en algún momento de su vida, se habían sentido atraídos por la vida del caracol.
Estrella Fotografía: Guadalupe Delgado
Es este un libro muy especial, con un título que a priori da para un What the fuck?, pero que termina resultándonos de lo más apropiado.
Escuché atentamente. Podía oírlo comer. Era como el sonido de alguien minúsculo masticando apio sin descanso. Lo observé, paralizada, mientras –durante el curso de una hora– el caracol se comía meticulosamente un pétalo morado entero para cenar.
Después de leer esta joyita, y aprender sobre la espiral de su concha, la mucosidad de su cuerpo, sus órganos vitales y sus sentidos, el cortejo, el apareamiento y la puesta de huevos, entre otras tantas cosas, no puedo evitar seguir el brillo de los múltiples rastros plateados que dejan los caracoles tras una noche de lluvia en las baldosas de barro del porche. Y miro si descansan en algún mullido hoyito bajo una hoja seca o colgado del vacío en la hoja, arqueada por el peso, de algún helecho, los mismos que florecían en el terrario y que la autora veía desplegarse a un ritmo indetectable, pues yo también soy un amante de los helechos Polypodium, con sus imberbes brotes aún enrollados con forma de cabeza de violín, y tengo unas cuantas macetas con ellos en casa.
Helecho Polypodium Fotografía: Lucía Rodríguez
En varias ocasiones tuve la suerte de verlo acicalándose; arqueaba el cuello por encima de la parte superior curvada de su propia concha y limpiaba cuidadosamente el borde con la boca, como un gato se lame el pelaje de la parte posterior del cuello.
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Yo, con mis escasos treinta y dos dientes en la edad adulta, que además tenían que durarme toda la vida, descubrí que sentía envidia de los dientes de mi compañero gasterópodo. Me parecía mucho más razonable pertenecer a una especie que había evolucionado para reemplazar sus dientes de manera natural que pertenecer a una especie que había inventado la profesión de dentista.
Para mi sorpresa, buscando la fotografía de la autora, me he topado con el trailer del corto que ella misma ha escrito y dirigido. Un corto de quince minutos, titulado igual que el libro, que está causando sensación en los festivales en los que se proyecta.
También os dejo el trailer del libro; aunque está en inglés, podréis escuchar al inicio el sonido amplificado de un caracol al comer.
Por último, deciros que en la página de la escritora (www.elisabethtovabailey.net) podéis encontrar una guía para trabajar con los alumnos, aunando la asignatura de ciencia con la de Lengua y Literatura.
Nota: Todos los textos a color pertenecen a El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey, editado por Capitán Swing con una traducción de Violeta Arranz.
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
«El sonido de un caracol salvaje al comer es un ensayo ligero y de una belleza honesta sobre la enfermedad, la recuperación y cómo a veces son las pequeñas cosas que ocurren en nuestras vidas las que nos hacen darnos cuenta de lo que realmente importa y de quiénes somos. Un extraordinario y profundamente conmovedor viaje de supervivencia y capacidad de recuperación, destinado a convertirse en un clásico que nos muestra cómo una pequeña parte del mundo natural puede iluminar nuestra propia existencia humana, a la vez que proporciona una apreciación de lo que significa estar plenamente vivo».
Capitán Swing
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La peligrosidad del descenso, carta de David Barbas García al diario El País Fotografía: Lucía Rodríguez
La peligrosidad del descenso
Aunque el Annapurna tiene mayor letalidad estadística, los expertos consideran que la montaña más difícil de escalar del mundo es el K2 (Chogori). Inclina la balanza el llamado "coeficiente de peligrosidad durante el descenso", que indica el porcentaje de personas que hacen cima y no regresan con vida. Y es que a los factores que complican el conjunto de la escalada se suman en el descenso el agotamiento físico y mental acumulado durante la ascensión y la necesidad de establecerse cuanto antes por debajo de los 8.000 metros ("zona de la muerte", en alpinismo). Durante estas semanas hemos alcanzado con gran esfuerzo el pico de la curva epidemiológica y ahora toca bajar. Nuestro sistema sanitario está exhausto a todos los niveles y diezmado tras su heroica lucha; los ciudadanos, agotados y hartos de las condiciones de confinamiento; la economía, maltrecha e impaciente por salir de su propia zona de la muerte… No perdamos la concentración en el descenso. No permitamos que cansancio y prisas echen por tierra lo ya conseguido. Regresemos al campo base sin perder a ningún miembro más de la cordada.
Ya saben, si quieren subir montañas o deslizarse por sus laderas ahora que se prolonga el confinamiento por el coronavirus, hagan como Philipp y entreténganse en sus encierros. Aunque la recomendación más propia, para este tiempo que nos ha tocado vivir, es que saquen de sus estanterías el famoso Decamerón de Boccaccio y emulen a esos diez jóvenes burgueses –tres hombres y siete mujeres– que en 1348 se refugiaron de la peste negra en una casa de campo a las afueras de Florencia. El virus que portaron las ratas llegadas desde Oriente en barcos cargados de especias acabó con la vida de 40.000 almas en la ciudad, la tercera parte de sus habitantes, mientras ellos entretenían el confinamiento contándose historias picantes, satíricas, trágicas o moralizantes.
A Tale from the Decameron, 1916, oil on canvas, 101x159 cm. John William Waterhouse
Boccaccio, que tenía por entonces 35 años, vivió en persona la epidemia, el horror y el miedo que se extendió por todas las capas sociales; y seguramente algunos de aquellos relatos debió de escucharlos en tabernas o mercados. Quizás elevados por el aire desde alguna que otra ventana o balcón. Y muchos otros los inventaría él mismo, recogiéndolos todos en boca de sus protagonistas: durante diez días cada joven tenía que contar una historia, de ahí que el Decamerón esté compuesto por cien relatos, y que el libro alcance las mil y pico páginas que encontraréis en uno o dos volúmenes.
Quizás en agradecimiento a las horas ocupadas con su lectura, cuando todo esto haya pasado y se pueda volver a viajar libremente por el mundo, encaminen sus pasos al pueblecito toscano de Certaldo donde nació Giovanni Boccaccio. Su casa, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida con esmero, al igual que un jardín que imita a aquel en el que se reunían a contarse historias aquellos jóvenes. Hace tiempo escuché decir a Mario Vargas Llosa que "el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe". Así que ya puestos, desde Certaldo, acérquense a Florencia, visiten sus calles, sus monumentos, museos e iglesias, y luego suban a Villa Palmieri para recorrer "sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos" y contemplar desde allí las vistas de la ciudad. #QuédateEnCasaLeyendo Y si no tienes qué leer, recuerda que en estos momentos de incertidumbre las librerías, farmacias del alma, siguen llevándote los libros a casa desde la trastienda.
Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez
El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read)de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.
Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez
El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito. Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
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Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
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Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
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A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!". El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
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[...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse:
Cuanto más lejos se va,menos se aprende.
El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.
Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre
El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
***
Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
–¿Nos ponemos en marcha?
–Aún no. Hay que esperar.
El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan Fotografía: U/Lorry_Al
Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)
Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.
*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968). En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean. Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.