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sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
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Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
***
Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».


jueves, 28 de abril de 2022

EL CÓMIC SOBRE LOS IÑURRATEGI: UN LATIDO EN LA MONTAÑA


Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Sua Edizioak & Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Desde el domingo que empezaron los síntomas estoy con la COVID-19, confirmado por un test de antígenos que compré en la farmacia. El dolor de cabeza de los tres primeros días no me dejaba leer, pero ahora que no me duele he rescatado de la pila de libros de la mesita de noche el cómic sobre los hermanos Félix y Alberto Iñurrategi, una de esas míticas cordadas del alpinismo patrio, un referente que marcó el camino a muchos de los que hoy suben montañas.

Pedro Delgado leyendo con Leonardo el cómic sobre los hermanos Iñurrategi
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La cefalea me ha abandonado, pero aún sigo con el cansancio y la tos, así que durante unas horas aúno el sonido alterado de mi respiración a la de los montañeros. Si a esas altitudes ellos tienen que dar grandes bocanadas de aire para hacer llegar un poco de oxígeno a sus pulmones, yo tengo que darlas para contrarrestar la congestión nasal que me dificulta el simple acto de respirar. Tengo las ventanas y las puertas de los patios y de las terrazas abiertas para ventilar y que el virus no se concentre en la casa, así que también siento el frío que emanan esas montañas nevadas, blancas y azules, salidas del pincel de César Llaguno (la rotulación y el color corren a cargo de Felipe H. Navarro).

El K2 dibujado por César Llaguno
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leyendo el texto de las viñetas y de los bocadillos, escritos por Ramon Olasagasti, uno comprende que el nombre de Alberto siempre estará asociado al de su hermano, el alpinista guipuzcuano Félix Iñurrategi, fallecido el 28 de julio del 2000, cuando descendía el Gasherbrum II en Pakistán. Ese día, tras el duodécimo ochomil que coronaban juntos, la fatalidad aguardaba a Felix entre el campamento base y el campo uno. Un anclaje se soltó, se partió la cuerda, y el mayor de los hermanos se precipitó al vacío. A Alberto, un año más joven que su hermano, le tocó cargar con la desgracia.

 En diciembre de ese mismo año, tratando de arroparlo y de que no se hundiera en los infiernos, Jon Lazkano y Jon Beloki se lo llevan de viaje a Mali, donde escalan varias vías en el macizo de la Mano de Fátima. A la vuelta, Alberto tiene claro que continuará ascendiendo a las grandes montañas por los dos. Y seguirá haciéndolo de la misma manera de siempre, en el estilo alpino, la mayoría de las veces fuera de los caminos habituales, marcando nuevas u olvidadas vías. Ahora sí tiene claro que perseguirá terminar los catorce ochomiles, y cuando recupera el piolet de su hermano, que habían dejado un año antes en un depósito con material camino del Gasherbrum I, sabe que Félix también estará con él en la cumbre.

Félix y Alberto Iñurrategi © Fotografía Iñurrategi

 Los Iñurrategi aprendieron la importancia de la cordada, la ética y los valores de la montaña de la generación anterior a la suya: Juanjo Sebastián, Juanito Oiarzabal, Jon Lazkano, Tamayo, Kike de Pablo, 'Zulu', Mari Ábrego..., compañeros extraordinarios que les abrieron el camino. Junto a esos nombres, aparecen en el cómic el de otros destacados alpinistas: atletas de la arista con los que coincidieron en la montaña por azar o por una expedición, algunos de los cuales, por desgracia, ya no están entre nosotros, y otros a los que consiguieron rescatar de una muerte segura, como el montañero de origen alemán afincado en Colombia, Volker Stalbhon, al que salvaron en el Nanga Parbat tras dos días de duro y arriesgado rescate, o el italiano Valerio Annovazzi, que ya aguardaba a los heraldos de la muerte en el campamento 3 del Gasherbrum II. Dos hechos que destaco, porque salvar a alguien es la experiencia más hermosa y gratificante que se pueda tener en la vida. Algo mucho más grandioso que la más imponente de las cumbres.

Páginas donde se narra el rescate de Volker Stalbhon en el Nanga Parbat
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se narra el rescate de Valerio Annovazzi en el G-II
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Por el primero de aquellos rescates, la diputación floral de Guipúzcoa les dio un premio, y ellos no tuvieron ninguna duda en compartirlo con Gerard y Rustam Ali y dedicarlo a comprar material para la recién creada escuela de montaña de Machulo. Aquel fue el germen de la Fundación Baltistán.

El germen de la Fundación Baltistán
Hermanos Iñurrategi, un cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y #mendifilm

 Hay una palabra en euskera, Mendimina, que define esa pasión por la montaña que no se puede explicar. «Sabemos muy bien que las aristas tienen dobles filos como las navajas, que nuestra pasión nos puede llevar a las emociones más gozosas y a los dolores más agudos», nos dice Alberto en una de las viñetas.

Homenaje a José Luis Zuluaga 'Zulu' fallecido por un alud en el Ice Tooth
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Félix, 'Zulu', el suizo Loretan, el francés Lafaille, con el que subió al Annapurna, y tantos otros que perdieron la vida en la montaña. Pero la vida no se mide por su duración, sino por la intensidad de las emociones. «Nosotros amamos la vida. La montaña a veces nos destroza el corazón, pero es la que nos llena ese mismo corazón de alegría y de fuerza. Los momentos más hermosos de la vida, los más vivos, me los ha dado la montaña».

Alberto y Félix Iñurrategi en Un latido en la montaña
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak & #mendifilm

 En Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, Alberto Iñurrategi le cuenta su historia a Shazia, una maestra de primaria de la escuela de Machulo, en el valle baltistaní de Hushé (Pakistán), que quiere recogerla por escrito para que todos sus estudiantes sepan quienes son los hermanos Iñurrategi y cómo funciona la Fundación Baltistán.

Shazia y Alberto Iñurrategi
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña

Alberto Iñurrategi le cuenta a Shazia sus inicios en la montaña
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

¡Al Himalaya!
Cómic sobre los hermanos Iñurrategi, editado por Sua Edizioak y Mendi Film
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 1992, tras el Pumori (1990) y el Makalu (1991), vino el Everest. Allí Alberto se convirtió en el montañero más joven en lograrlo. Fueron ascensos rápidos y limpios, sin hacer trabajos de equipamiento previo al intento a cumbre, cargando con aquello que podían transportar ellos mismos, sin emplear bombonas de oxígeno. Ese estilo alpino, esa búsqueda de la pureza, será el sello de los hermanos, el ejemplo, el faro que dejarán como legado.

 Como dice el escritor Koldo Izagirre, «sería triste que en este deporte los logros se midieran según la altitud de la montaña, porque en ese caso después del Everest ya no podríamos subir más».

¡Y el año que viene al K2!
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En el verano de 1993, los hermanos viajaron a China para ascender el K2, pero la nieve estaba tan blanda que se hundían en ella hasta la cintura sin avanzar. «El cielo puede esperar», se dicen, y regresan en la primavera del año siguiente para, esta vez sí, cobrarse la pieza.

 Las siguientes tendrían los nombres de Cho Oyu (1995), Lhotse (1995), Kangchenjunga (1996), Shisha Pangma (1996), Broad Peak (1977), Dhaulagiri (1998) y Nanga Parbat (1999). Este último era ya su décimo ochomil. Aún así, no les obsesionaba alcanzar los catorce. «Nunca nos interesó el coleccionismo de cumbres. En cada expedición intentábamos plantearnos algún reto: una vía determinada, la dificultad, el estilo ligero..., pero la dichosa lista de los catorce...», recuerda Alberto. Cuando a Félix le preguntaron en una entrevista cuántas les faltaban su respuesta fue que todas, cientos. «Es broma, perdona. Te refieres a los ochomiles, la gente se preocupa mucho por contarlos, pero a nosotros la cifra no nos importa. Nos importa la manera de subirlos, la vía, la estética, el proyecto. No escalamos montañas para batir marcas, sino para que nos marquen a nosotros».

 Pero como les dijo Sebastián Álvaro, director del programa de televisión Al filo de lo imposible, ya habían llegado demasiado lejos. Debían completarlos, y luego seguir buscando cumbres y paredes en donde les diera la gana, a su aire.

 En el 2000 conquistaron el Manaslu y el Gasherbrum II, su duodécimo ochomil. Ya saben lo que sucedió en aquel descenso, y cómo Alberto, con el piolet de Félix en la mano, se propuso conquistar la dos cimas que les restaban. El Hidden Peak o Gasherbrum I lo consiguió en 2001, llevando como compañero de cordada a Jon Beloki, que hacía su primer ochomil. Y el Annapurna en 2002, ascendiendo a este último por la dificilísima arista sureste, abierta por los suizos Erhard Loretan y Norbert Joos en 1984. Una vía que no había repetido nadie desde entonces. Una arista terrible de siete kilómetros y medio para ir, y otros siete y medio para volver. La prueba definitiva que convertiría a Alberto en un personaje homérico. En aquella ocasión, acompañó al español el francés Jean-Christophe Lafaille, otro Ulises que perdería la vida unos años después en el Makalu.

La arista sureste al Annapurna
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La huella de los hermanos Iñurrategi aún perdura en el Karakórum. Su mayor legado ha sido la Fundación Baltistán, creada un año después de la muerte de Félix, volcada en mejorar la forma de vida de los habitantes del valle de Hushé.

Viñeta del cómic sobre los Iñurrategi

Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña (Sua Edizioak/#mendifilm)
Cómic de Ramon Olasgasti y César Llaguno

 Entre sus acciones está la creación del sistema de regadío de Machulo para bombear agua desde el río al pueblo y distribuirla desde un depósito, a través de canales, a las terrazas y a los campos de cultivo (en este proyecto fue determinante el altruismo del ingeniero José Ramón Madinaveitia); la construcción de diez escuelas de primaria y una de secundaria; el apoyo incondicional a la escuela de Montaña de Machulo, donde reciben formación en escalada y rescate las nuevas generaciones; las becas que han permitido acceder a la universidad a algunos estudiantes; las mejoras introducidas en el cultivo, recolección, secado y comercialización del albaricoque; la aportación de dos ecógrafos, gracias a los cuales se ha conseguido reducir a cero la mortalidad materno-infantil, y más cosas que, seguramente, olvido ahora, pero que pueden descubrir en el siguiente enlace de la Fundación Baltistán.

https://www.baltistan.eus/es

Escuela del valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

Escuela valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

 Y como complemento al cómic, les recomiendo un par de documentales, ambos dirigidos por Alberto Iñurrategi: También mañana amanecerá, Félix y ¡Hasta siempre, Félix!. Gasherbrum  II, dirigidos ambos por Alberto Iñurrategi en 2001 y 2000 respectivamente. Y una entrevista que le hicieron el pasado 17 de abril en la revista digital de montaña KissTheMountain*.

*https://kissthemountain.com/revista/alberto-inurrategi/


 Y nada más, desde aquí mi respeto y admiración por el legado de Alberto y Félix, los hermanos Iñurrategi.  Ojalá muchos chavales lean este cómic y sientan el impulso de la montaña.

«Algunos empiezan por el impulso de la lectura de un libro de montaña; otros siguiendo la tradición familiar, pero lo nuestro fue, como para muchos otros, un inicio muy corriente y normal, el propio de quien descubre algo diferente a lo que ha vivido hasta ese momento y, sobre todo, más emocionante. No teníamos ninguna fijación por el Himalaya, quisimos seguir descubriendo nuestros límites, subir más alto, saber si seríamos capaces de superar los ocho mil metros. Querer subir cada vez más arriba es algo muy humano, muy normal. El gusto por viajar, realizar largas marchas de aproximación, la gente local, la desconexión con lo cotidiano, los miedos, la satisfacción... No sé si se puede hablar de enamoramiento, pero se trata de algo que tira mucho».
Alberto Iñurrategi

 

martes, 21 de julio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Senderismo por los alrededores de Sapa, Vietnam
Fotografía: Pedro Delgado

Le pedí a mi madre que me contase la anécdota de cuando mi hermano Marcial se perdió de pequeño en calle Nueva, en el centro de Málaga, y descubrí que fui yo el que se perdió en dicha calle. Mi hermano lo había hecho un tiempo antes en una adyacente, la calle Cinco Bolas. Mi hermana Inmaculada también se perdió en otra ocasión, pero más lejos del centro de Málaga, en Torremolinos. El único que no se perdió nunca fue mi hermano Paco, que al ser el pequeño siempre estaba más vigilado. Afortunadamente, nos teníamos aprendido el discurso y nunca nos movíamos del lugar donde nos habíamos perdido, con lo que mis padres no tardaban en encontrarnos. "Si os perdéis, os quedáis quietos en el sitio hasta que tu padre o yo aparezcamos", nos decía cada vez que íbamos a la Feria, al Tívoli o a cualquier bulla de gente donde pudiéramos perdernos.
 Cuando terminó de contar la historia, le pregunté cual de los cuatro hermanos se había perdido más ya de mayores. Pensaba que diría algo así como 'tú, que cada dos por tres coges la puerta y te vas por ahí de viaje', pero no, para ella nos habíamos perdido todos por igual, pues vivía el no tenernos en casa con ella como una pérdida. Para ella todos nos habíamos extraviado. "Menos mal que todas las semanas vienen a vernos…"


 Todo esto viene a cuento del libro de Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) que me acabo de leer: nueve ensayos autobiográficos reunidos y editados por Capitán Swing bajo el título Una guía sobre el arte de perderse.


 Rebecca dice que los equipos de búsqueda y rescate han desarrollado un arte del encontrar y una ciencia de cómo se pierde la gente. Según ella, la explicación está en "que muchas de las personas que se pierden no van prestando atención en el momento en que se pierden, no saben qué hacer cuando se dan cuenta de que no saben volver o no reconocen que no saben volver".
Hay todo un arte consistente en prestar atención al tiempo atmosférico, a la ruta que sigues, a los hitos del camino, a cómo si te giras para mirar atrás puedes ver las diferencias entre el camino de vuelta y el de ida, a la información que te proporcionan el sol, la luna y las estrellas para orientarte, a la dirección en la que fluye el agua, a las mil cosas que convierten la naturaleza salvaje en un texto que pueden leer quienes conocen su lenguaje. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
 Durante mis estudios en el INEF de Granada recibí formación sobre las técnicas de orientación, y gracias a ello, junto a mi instinto y mi intuición, logré no perderme nunca en mis excursiones o viajes. Aún así, siempre encontré placer en abrir camino por lo desconocido.

De Valbona a Thethi. A través de las montañas de Albania
Fotografía: Pedro Delgado

 Realmente, nos dice Solnit, el concepto de perdido tiene dos significados diferentes. «Perder cosas tiene que ver con la desaparición de lo conocido, perderse tiene que ver con la aparición de lo desconocido»; en esta segunda acepción, el mundo se vuelve mayor que tu conocimiento del mismo.
La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario.
En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el deseo por lo desconocido, por viajar, por perderme de todo y de todos. Y espero habérselo transmitido a mis hijos.

 Durante la lectura de Una guía sobre el arte de perderse, han ocurrido dos casualidades que no dejan de sorprenderme. La mayor, recibir un correo de mi primo Sergio con un podcast del programa de radio de La Cultureta en el que hablaban de Cabeza de Vaca y sus aventuras. Sus palabras, cosa de meigas, me llegaron justo después de haber leído el cuarto ensayo del libro, en el que Rebecca Solnit cuenta la apasionante historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Nadie se encontrará perdido nunca más de la forma en que estaban perdidos aquellos primeros conquistadores, deambulando por un continente del que nada sabían, cuyo clima y cuya topografía desconocían, cuyos habitantes no hablaban la misma lengua que ellos, adentrándose en un territorio en el que carecían de las palabras para nombrar esos lugares, plantas y animales que tan diferentes eran de los del continente del que ellos procedían.
 La otra coincidencia fue leer el ensayo Guirnaldas de margaritas, días después de decirle a mi padre que convendría ponerle voz por escrito a todas esas fotografías familiares antiguas que él y mi madre guardan en las viejas cajas metálicas del Cola-Cao.
En mi familia las cosas tienen tendencia a desaparecer. Una vez, siendo yo mucho más joven, la hermana pequeña de mi padre me enseñó una caja llena de fotografías familiares, y la pared en blanco que había estado levantada hasta entonces detrás de mi propio nacimiento se derrumbó bajo un torrente de imágenes de extraños rostros anónimos y poses formales, reforzadas con cartón y en toda la gama que iba del sepia al color gris de la gelatina de plata. Sentadas con la caja de cartón en el cuarto de estar de mi tía, sumido en una penumbra casi permanente por la sombra de las secuoyas, estuvimos largo rato pasando imágenes mientras ella iba recitando nombres, algunos que yo ya conocía y otros que no. La fotografía que más me impresionó fue una de mi abuela y sus dos hermanos pequeños, posando en la isla de Ellis o por la época en que atravesaron aquella gran puerta de entrada de inmigrantes en el puerto de Nueva York. Aparecían en fila, con los cuerpos solapados y por orden de altura, siguiendo las convenciones de la fotografía de retrato de la época. Les habían rapado el pelo, quizás por los piojos o la tiña, y tenían esa mirada ojerosa y atormentada de muchos de los inmigrantes de entonces: tres niños con trajes blancos de marinero a juego que habían cruzado toda Europa y el Atlántico y que iban a atravesar otro continente solos.
 Cuando mucho tiempo después le pregunté por las fotografías, mi tía dijo que aquella caja no existía y que debía de habérmelo imaginado todo. Unos años más tarde volví a preguntarle y reconoció que la caja había existido, pero dijo que había desaparecido. Las fotografías, que se supone que tienen que servir de pilares de un pasado objetivo, son tan inestables como todo lo demás en la historia de mi familia paterna. Con mi padre y mi tía fallecidos, y con sus padres fallecidos mucho antes que ellos, ya no hay nadie que repita o contradiga las escasas historias que contaban muy de vez en cuando.
  Rebecca Solnit dice al respecto que "hay momentos de armonía que llegan al nivel de la serendipia y la coincidencia y que van incluso más allá, y hay periodos en los que parece que abundan esa clase de episodios. […] Esos momentos parecen indicar que nos hemos rendido ante la historia que se está narrando y estamos siguiendo el argumento en lugar de intentar contarlo nosotros mismos, interrumpiendo y replicando con nuestra débil vocecita al destino, a la naturaleza, a los dioses".

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania (Agosto, 2017)

 En La puerta abierta, sin ella saberlo, me catapultó directamente a las montañas de Albania, al verano de 2017, cuando ascendí al Korab o Korabit y en la aldea de Dibër una familia me acogió en su casa. Un miembro del clan sufrió la pérdida de un hijo en aquella montaña, alcanzado por un rayo. Hacía unos años del desgraciado suceso, pero uno podía ver la pena infinita en los ojos de aquel hombre corpulento. Quizás por ser padre, interioricé aquella pena y la hice mía. Y creo que ya nunca se me va a ir.
Yo habría seguido andando por aquellos montes eternamente, pero los truenos procedentes de la masa de nubes que se había formado y la aparición de un enorme rayo llevaron a Sallie a decidir que diéramos la vuelta. Cuando íbamos bajando, le pregunté por los rescates que más la habían marcado. Uno fue el de un hombre al que había matado un rayo, una forma nada extraña de morir en esos montes y la razón por la que estábamos bajando de aquella espléndida cresta.
 Y cuando en Una casa, una historia habla de la tortuga del desierto, me acordé de mi encuentro con una de ellas en uno de mis primeros viajes a Marruecos. Rocco iba conduciendo su furgoneta por las sinuosas carreteras del Atlas, y al ver aquel ejemplar en medio del asfalto, andando tan despacio, se detuvo para que la apartara. Me bajé, caminé hacia ella y la agarré con las dos manos tratando de no asustarla, pero en cuanto la alcé del suelo me soltó una tremenda meada. A pesar de ello, la dejé delicadamente a unos metros de la carretera, y al regresar al vehículo me encontré con las risas de Rocco que no dejaba de señalar mis pantalones. También se me vino a la cabeza mis visitas a distintos desiertos.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto. No era por cosas concretas, sino por el espacio entre ellas, por esa abundancia de ausencia: esa es la atracción que ejerce el desierto. […] Lo que yo amaba del desierto era la inmensidad, así como una sobriedad que también era un placer para los sentidos. ¿Y el hombre?
 Fui a visitarle a su casa, en pleno desierto de Mojave, un atardecer de finales de primavera.
 El libro es un compendio de saberes eruditos y de historias curiosas que la autora va hilando finamente hasta tejer los cuadrados de patchwork que conforman cada uno de sus capítulos. Así, al final, la manta o la alfombra resultante, hecha de múltiples retales, abarca desde Daniel Boone a Bob Dylan, desde la música country a la pintura del renacimiento, pasando, entre otros, por elementos tan dispares como el movimiento punk rockers, la película Vértigo, el Salto al vacío de Yves Klein, las tribus indias, Virginia Woolf, Borges, los monjes budistas o los fotógrafos Peter Hujar y David Wojnarowicz.
Hay todo un género de canciones que surgió con el blues y que consiste en buena parte en una sucesión de nombres de lugares, un recitativo sobre geografía; la famosa Route 66 es la más popular, pero no la única. […] Una perspicaz aproximación desde los márgenes a la esencia de este género es Wanted Man, compuesta por Bob Dylan en 1969 y cuya versión más famosa fue interpretada por Johnny Cash. Es una lista cargada de fanfarronería de todos los lugares en los que se busca a un delincuente, enumeración que incluye Albuquerque, Tallahassee, Baton Rouge y Buffalo, un solapamiento de ser deseado por las mujeres con ser perseguido por la justicia que contiene perturbadoras insinuaciones sobre los motivos para cometer un crimen.
  
Wanted Man, Bob Dylan y Johnny Cash 
 Que la vida es un viaje es algo que se da por sentado en estas canciones, que al fin y al cabo surgieron en el contexto del traslado del campo a la ciudad de los blancos de zonas rurales y de la emigración al norte de los negros del sur. El amor por el lugar es tan intenso, sin embargo, que este viaje no se formula como el relato de un descubrimiento de lo desconocido lleno de revelaciones, sino como una historia más conservadora sobre la pérdida del territorio conocido en el que nos hemos formado, un territorio que en la canción solo existe en forma de recuerdo, como un mapa trazado en la profundidad de las entrañas que podrá leerse en las paredes del corazón en nuestra autopsia. Nadie supera nada; el tiempo no cura ninguna herida; si hoy él ha dejado de quererla, como dice uno de los temas más famosos de George Jones, es porque está muerto. El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones.
 He Stopped Living Her Today, George Jones
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Sería bonito imaginar que hubo un tiempo en que los wintus estaban tan perfectamente ubicados en un mundo con fronteras conocidas que no conocían la experiencia de perderse, pero sus vecinos del norte, el pueblo Pit River o achumawi, sugieren que probablemente no fuera así. Un día había quedado en reunirme con unos amigos en un espectáculo que se celebraba en un parque de la ciudad, pero al no encontrarlos entre el público me fui a una librería de segunda mano. Allí encontré un viejo libro en el que Jaime de Angulo, el indómito narrador y antropólogo español que hace ochenta años pasó un periodo considerable de tiempo con este pueblo, escribió: «Quiero referirme ahora a un fenómeno curioso que se da entre los indios Pit River. Los indios se refieren a ello con un término que podría traducirse como "vagar". Dicen de una persona que "Está vagando" o que "Ha empezado a vagar". Pareciera que, en ciertos momentos de malestar psicológico, a un individuo se le hace insoportable la vida en su entorno habitual. Ese individuo empieza a vagar. Se dedica a deambular por el campo sin rumbo fijo. Va haciendo paradas en distintos sitios, en los poblados de amigos o familiares, siempre de paso, sin detenerse más de unos pocos días en ningún lugar. No da ninguna muestra externa de dolor, pena o preocupación. […] La persona errante, hombre o mujer, evita los pueblos y poblados, permanece en lugares agrestes y solitarios, en las cumbres de las montañas, en el fondo de los desfiladeros». Esta persona errante no es muy distinta de Woolf, quien también conoció la desesperación y el deseo de lo que los budistas llaman el no ser, deseo que acabó llevándola a meterse en un río con los bolsillos llenos de piedras. No es una cuestión de haberte desorientado y estar perdido, sino de intentar perderte.
 De Angulo continúa diciendo que ese vagar puede conducir a la muerte, a la pérdida de la esperanza, a la locura, a distintas formas de desesperación, o que puede dar lugar a encuentros con otras fuerzas en los lugares remotos a los que llega la persona errante. Concluye diciendo: «Cuando te has vuelto totalmente salvaje, es posible que algunos seres salvajes se acerquen a echarte un vistazo y quizá alguno te coja simpatía, no porque estés sufriendo y tengas frío, sino tan solo porque le gusta tu aspecto. En ese momento se acaba el vagar y el indio se convierte en un chamán». Te pierdes porque sientes el deseo de estar perdido, pero en ese estado que denominamos perdido se encuentran cosas extrañas. «Todos los hombres blancos son personas errantes, dicen los ancianos», comenta el editor de De Angulo.
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Boy on Raft, fotografía de Peter Hujar, 1978. The Peter Hujar Archive
LLC Courtesy Pace/MacGill Gallery and Fraenkel Gallery
 
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Desde hace muchos años me ha conmovido el azul del extremo de lo visible, ese color de los horizontes, de las cordilleras remotas, de cualquier cosa situada en la lejanía. El color de esa distancia es el color de una emoción, el color de la soledad y del deseo, el color del allí visto desde el aquí, el color de donde no estás. Y el color de donde nunca estarás. Y es que el azul no está en ese punto del horizonte del que te separan los kilómetros que sean, sino en la atmósfera de la distancia que hay entre tú y las montañas. «Anhelo –dice el poeta Robert Hass–, porque el deseo está lleno de distancias infinitas». […] Y es que, como sucede con el azul de la distancia, la consecución y la llegada solo trasladan ese anhelo, no lo satisfacen, igual que cuando llegas a las montañas a las que te dirigías estas han dejado de ser azules y el azul ha pasado a teñir las que se encuentran detrás. Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos.
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En el siglo XV, los artistas europeos empezaron a pintar el azul de la distancia. Los pintores anteriores no habían prestado mucha atención a lo remoto en sus obras. […] Los pintores empezaron a interesarse más por la verosimilitud, por representar el mundo tal como lo veía el ojo humano, y en aquellos tiempos en que el arte de la perspectiva estaba empezando a desarrollarse adoptaron el azul de la distancia como una forma de dar profundidad y volumen a sus obras. La franja azul que aparece en la zona del horizonte a menudo resulta exagerada: empieza demasiado cerca del primer plano, genera un cambio demasiado brusco de color, es demasiado azul, como si se regocijaran en aquel fenómeno excediéndose en su uso. Debajo del cielo y encima del supuesto tema principal del cuadro, en la zona que quedaba delante del horizonte, pintaban un pequeño mundo de color azul: unas ovejas azules, un pastor azul, unas casas azules, unas colinas azules, un camino azul y una carretera azul.
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Arthur Rimbaud in New York, fotografía de David Wojnarowicz, 1978-1979
Cortesía de PPOW Gallery, New York y Estate of David Wojnarowicz
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«El vacío es el sendero por el que se mueve la persona centrada», dijo un sabio tibetano hace seiscientos años. El libro en el que encontré esta afirmación continuaba con una explicación de la palabra para decir «sendero» en tibetano: shul, «una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas esas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. Como un shul, el vacío puede compararse a la impresión de algo que estuvo ahí. En este caso, semejante impresión está formada por las mellas, cavidades, marcas y rugosidades dejadas por la turbulencia del ansia egoísta».
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Uno de los cuentos budistas más conocidos es sobre dos monjes que han hecho el juramento de no tener contacto físico de ningún tipo con mujeres. Un día llegan a la orilla de un turbulento río y se encuentran con una mujer que les ruega que la ayuden a cruzarlo (las antiguas fábulas siempre andan escasas de mujeres atléticas), así que uno de ellos la levanta y cruza el río con ella en brazos. Cuando los dos monjes llevan un rato caminando por la otra orilla, el segundo monje le reprocha al primero que haya incumplido sus votos y este le contesta: «¿Por qué tú sigues llevándola en brazos? Yo la he dejado en el suelo al llegar a la orilla».
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Salto al vacío. Yves Klein, 1960
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Siempre se habla del montañismo como si la llegada a la cumbre fuera una conquista, pero a medida que asciendes el mundo aumenta de tamaño y te sientes más pequeño en relación con él, abrumado y liberado por la magnitud del espacio que te rodea, la magnitud del territorio que recorrer, la magnitud de lo desconocido. Te has pasado todo el día subiendo con gran esfuerzo con la mirada puesta en la ladera, ascendiendo por senderos y por caminos en zigzag, atravesando y rebasando pinares, y la vista de detrás se ha ido ampliando poco a poco hacia el norte, el sur, el este. A veces los pájaros, los árboles o las piedras del camino te hacen prestar atención a lo más inmediato, a veces vas mirando directamente a la pendiente que te espera, pero a veces un giro o una parada te permiten volver a ver la inmensidad que se extiende en esas tres direcciones, un manto infinito de aire que te cubre la espalda mientras prosigues tu camino. Al final, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, alcanzas no la cumbre, que no es un cambio tan drástico, sino la cresta. El Whitney no es más que el punto más alto de una larga cresta. Al llegar a ella, el mundo que se extiende al oeste aparece de repente ante ti, un terreno inmenso aún más salvaje y remoto que el del este, una sorpresa, un regalo, una revelación. El mundo duplica su tamaño.
 A la noche, después de pergeñar la reseña y dejarla en reposo, le pregunté a mi mujer si alguno de nuestros dos hijos se había perdido alguna vez. Me recordó que Enzo se perdió de pequeño una vez al terminar la cabalgata de Reyes, y que se fue directamente para la casa y nos lo encontramos en el portal esperando. "¿Y no te acuerdas cuando se te perdió en el tren camino del Círculo Polar Ártico?". "Es verdad, tengo que añadir esa historia". Así que, al despertar, la añadí para todos ustedes.
El tren empezó a reducir la velocidad y la gente comenzó a levantarse y a coger sus cosas. Papá consultó su reloj y dijo que llegábamos con 32 minutos de retraso. Como iba lleno, me dijo que esperásemos a que saliese la gente para poder bajar más cómodamente la maleta del portaequipajes, pero que recogiese rápido mis cosas de la mesa. La verdad es que yo pensaba que el tren había llegado a su destino final, y que se detendría allí hasta la hora en la que tuviese que iniciar su viaje de regreso a Alemania, así que empecé a recoger con mucha parsimonia. Papá me apremió para que me diese prisa, no fuésemos a quedarnos allí. Me apresuré cuanto pude, recorrí el pasillo y bajé al andén. Papá me seguía un paso por detrás y aún no había acabado de bajar cuando la puerta se cerró de golpe delante de sus narices. Me giré y miré hacia papá, que acababa de soltar una exclamación, pues la puerta estuvo a punto de pillarle. Con desconcierto, buscó el botón verde para abrir la puerta y lo presionó varias veces, pero éste estaba apagado y no respondía. "¡Papá! ¡Papá!, grité nervioso, con los ojos agrandados por la sorpresa. La gente que había a mi alrededor se dio cuenta de lo que pasaba y sus ojos, tensos y esperanzadores, también se clavaron en papá, que aún tenía la patética esperanza de que aquella puerta se abriera. Un hombre con una maleta apareció tras él, pero tampoco pudo abrirla. Le indiqué por señas que fuese a otro vagón que aún tenía la puerta abierta, pero papá, a quién ya se le había pasado el estupor inicial, lo único que hizo fue repetir varias veces con la mano el gesto de tranquilo, tranquilo, que ya lo arreglo yo. Unos segundos más tarde, lentamente, casi con delicadeza, el tren empezó a ponerse en marcha. Caminé unos pasos siguiendo el movimiento del tren, mirando suplicante a papá. Incluso estiré los brazos instintivamente, como si pudiese agarrar al tren y detenerlo. Mi padre volvió a hacer los gestos de tranquilo, tranquilo. Y allí me quedé, con la vista fija en el último vagón. Papá me había explicado un día que un agujero negro era una especie de desagüe, como el del lavabo o la bañera, pero cósmico, que en vez de tragar agua y pelos, se tragaba planetas, estrellas y hasta galaxias enteras. Pues bien, en aquel instante, me parecía que un agujero negro había succionado a aquel tren y con él a mi padre, y que por un buen rato íbamos a estar como en dos dimensiones distintas: la del andén, del que no me pensaba mover, y la del vete tú a saber dónde estaría mi padre.
 Lo importante era no perder la serenidad. Papá regresaría. Eso era indudable, así que no debía dejar que el pánico y la desesperación se apoderaran de mí. Aún no se había disuelto el corrillo que se había formado en torno a mí, cuando una voz a mis espaldas pronunció el nombre de mi padre. Me volví. El hombre seguía repitiendo el nombre al aire, sin percatarse del pequeño barullo que había a mi alrededor. Lo miré con la misma sorpresa que debió sentir Robinson Crusoe al encontrar a Viernes en su isla. "Es mi padre", le dije. El hombre me miró con expresión interrogativa, como preguntándome dónde estaba. Cuando comprendió lo que había pasado, me dijo que no me preocupara. Tenía la certeza de que mi padre aparecería más tarde o temprano, y en ese instante no podía más que disfrutar de aquella sensación de aventura.
 Efectivamente, papá apareció corriendo escaleras abajo 15 o 20 minutos después, y al verme suspiró aliviado. Dejó caer al suelo la maleta y la mochila, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Luego me dio un abrazo y celebró que Ramón hubiese venido a recogernos a la estación. Le preguntó qué había dicho y hecho yo, y si me había asustado mucho, pero Ramón alabó mi valentía. Papá nos contó que había buscado al revisor para explicarle lo sucedido, y que éste le había dicho que se bajase en la siguiente parada, que estaba a pocos minutos de allí, donde podía tomar otro tren en dirección a la Estación Central. "Los trenes salían cada dos minutos, pero menos mal que en cuanto llegué a la estación pude salir en uno para acá. ¡¡Uff!! Continuamente me preguntaba si estarías llorando, incluso si estarías aquí o si te habrías ido con las mujeres que se te acercaron a buscar a la policía". "Pues de llorar nada", dijo Ramón. "Y lo que más claro tenía era que no se movía de aquí hasta que tú vinieses". "Pues cuando me he bajado del tren y he visto que no había nadie en el andén… He pensado que estaría con alguien de la estación, pero luego me he dado cuenta de que estaba en la vía 7, en lugar de en la 1, y he corrido escaleras arriba y abajo para buscarle. Menos mal que estaba contigo".
No subestimes el poder de Santa Claus 
Pedro Delgado Fernández
 Quién sabe, quizás algún día ustedes también lean la historia completa; aunque de momento sigue perdida en el disco duro del ordenador a la espera de que la encuentre alguna editorial.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

Notas: 

 Esta entrada está dedicada a mi madre, que el pasado viernes, 17 de julio, cumplió 86 años. Te quiero, mamá.

 Todos los textos a color pertenecen a Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, editado por Capitán Swing en 2020 en una traducción de Clara Mistral.