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jueves, 14 de septiembre de 2023

DE LA PRESA, MI POSITIVO EN COVID-19 Y LOS LIBROS DE WALLAPOP


De La presa, los libros de Wallapop y mi positivo en COVID-19
Fotografía: Pedro Delgado

Leí La presa, de Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935–Tokio, 2023), en los primeros días de agosto, en unas condiciones muy parecidas a las del protagonista, ese piloto del ejército estadounidense capturado en una remota y aislada aldea japonesa en los días de la guerra del Pacífico. Si aquel soldado estaba encerrado en una bodega, a la que se accedía por una trampilla que hacía pensar en una madriguera, yo me encontraba encerrado en mi cuarto por haber dado positivo en un test de COVID-19. La claustrofobia, la fiebre, la tos, la asfixia y el malestar no hacían más que acercarme a aquel prisionero herido. Además, la narración también se desarrollaba en el corazón del verano.

 La voz del narrador, de ese crío que vemos madurar a marchas forzadas, y lo que nos cuenta, me enganchó de inmediato.

Cerca del alba, me despertó un fuerte ruido; algo se había estrellado contra el suelo y propagaba por él un furioso fragor. Vi a mi padre medio incorporado encima de sus mantas colocadas sobre su lecho, con la mirada aguzada por la codicia, al igual que una fiera al acecho de noche en el bosque y a punto de saltar sobre una presa. Sin embargo, en lugar de eso, se tumbó de nuevo y pareció dormirse.
 Esperé largo rato, con el oído alerta; pero el estruendo no volvió a repetirse. Aguardaba pacientemente, respirando en silencio el aire húmedo que olía a bichos y a moho, a la pálida claridad de la luna que se colaba en el almacén por un elevado tragaluz. Pasó mucho rato. Mi hermano, que dormía apretando contra mi costado su frente empapada de sudor, comenzó a gemir suavemente. También él había esperado que la tierra volviera a retumbar; pero sin duda la espera había durado demasiado y no había podido aguantar. Puse la mano sobre su cuello grácil y fino como el tallo de una planta; y reconfortándolo con levísimos achuchones, acunado por el movimiento de mi brazo, me dormí de nuevo.
 Cuando me desperté, la brillante luz de la mañana penetraba en el almacén por todas las rendijas de los tablones de madera. Ya hacía calor. Mi padre no estaba allí. Tampoco estaba su escopeta colgada en su lugar habitual. Sacudí a mi hermano para que se despertara y, semidesnudo, salí al umbral del almacén. Una claridad implacable inundaba la carretera y la escalera de piedra. Los niños de la aldea ya correteaban por allí gritando como cachorros; algunos estaban de pie distraídamente inmóviles, otros despulgaban a sus perros tumbados al sol, con los ojos entornados por la intensidad de la luz... pero no se veía a ningún adulto. Mi hermano y yo corrimos hasta la herrería, bajo la sombra densa del alcanforero; al fondo del oscuro recinto no se alzaba ninguna llama de las brasas; el fuelle estaba silencioso; tampoco se veía al herrero, por lo general ocupado en levantar con sus brazos extraordinariamente tostados y descarnados, enterrado hasta medio cuerpo, los hierros incandescentes. Era la primera vez que encontrábamos vacía la forja en plena mañana. Cogidos del brazo, regresamos en silencio por la calle mayor. En toda la aldea, ni un solo adulto. Las mujeres, invisibles, debían de permanecer dentro de las casas. Sólo quedaban los niños, envueltos por el sol que caía a raudales. Una extraña inquietud embargó mi corazón.
 Morro de Liebre estaba echado en los escalones que bajaban a la fuente. Nos vio y, agitando los brazos, se nos acercó corriendo. Se esforzaba en adoptar una actitud presuntuosa, y de su labio partido salía una ligera espuma blanca de saliva.
 –¡Eh! ¿Sabes lo que ha ocurrido? –me gritó al tiempo que me daba una palmada en el hombro–. ¿Lo sabes?
 –¿Qué? –vacilé.
 –¡El avión que vimos ayer se estrelló anoche en la montaña! ¡Todos los hombres están batiendo la zona, con sus escopetas, para encontrar a su tripulación!
 –¿Piensan matar a los soldados enemigos? –preguntó mi hermano, agitado.
 –Seguro que no, no tienen suficientes cartuchos –explicó Morro de Liebre amablemente–, más bien intentan capturarlos.
 –¿Qué puede haberle ocurrido a ese avión? –pregunté.
 –Cayó en el bosque de abetos y se partió –contestó apresurado Morro de Liebre, con los ojos encendidos de excitación– [...].

 Y si entrañable es el narrador, también lo son su hermano pequeño y el crío al que apodan Morro de Liebre, a los que el color negro de la piel de aquel prisionero les causa asombro y pavor.

[...] Fue una sorpresa para mí descubrir, rodeado por nuestros mayores, a un gigante negro. Me quedé petrificado de miedo.
La comitiva avanzaba, con los labios apretados gravemente, rodeando la «presa», los torsos echados hacia adelante, igual que a la vuelta, en invierno, de una cacería de jabalíes. La «presa», por su parte, no llevaba un mono de vuelo de seda ocre ni botas negras de aviador de piel suave, sino una cazadora y un pantalón caquis y, en los pies, unas botas nada especiales que parecían muy pesadas. La «presa» caminaba con su ancha cara negra y reluciente levemente levantada hacia el cielo, donde todavía se demoraba un resto de luz, y cojeaba ligeramente arrastrando una pierna. Le habían rodeado los tobillos con una cadena de trampa para jabalíes que rechinaba con un sonido metálico. Inmediatamente detrás de los hombres que escoltaban a la «presa» iba el enjambre, silencioso, como está mandado, de la chiquillería. El cortejo avanzó con lentitud hasta la plaza, delante de la escuela, y se paró sin agitación ni ruido. Abriéndome paso en medio de los niños, llegué hasta la primera fila; pero el viejo jefe de la aldea nos ordenó, levantando la voz, que nos largáramos. Retrocedimos hasta los albaricoqueros, en una esquina de la plaza, fijamos allí resueltamente el límite de nuestro repliegue, y, de lejos, a través de la oscuridad que se iba espesando, seguimos contemplando [...].

 Poco a poco, el soldado, «al igual que los perros, los niños y los árboles», acabará formando parte de la vida de la aldea, hasta el punto de que sin él, el verano «sólo sería una concha vacía» para los críos.

 El prisionero acabó por convertirse en algo que llenaba por completo la vida cotidiana de los niños de la aldea, en la única y exclusiva preocupación de los chiquillos que ocupaba cada minuto, cada segundo, de nuestra existencia. Era como una enfermedad contagiosa que nos contaminó sucesivamente a todos. Pero los adultos, en cambio, eran inmunes al contagio, tenían otras cosas de que ocuparse; no tenían tiempo para estarse de brazos cruzados esperando las instrucciones del ayuntamiento, que, además, no acababan de llegar nunca. Y cuando mi padre, por su parte, a quien tocaba la misión de vigilar al prisionero, volvió a cazar, el acceso al soldado negro encerrado en la bodega dejó de estar restringido.

 Y si es impresionante el arranque de la novela, más impresionante aún es su desenlace, ese final que te golpea en el estómago y te deja sin aliento, que te produce un nudo en la garganta y cierta desazón en el espíritu. Parece mentira que esta sea una obra de juventud del autor. Con ella ganó el premio Akutagawa del año 1959, otorgado a las jóvenes promesas de la literatura japonesa. Así, no es de extrañar que se alzara con el Premio Nobel en 1994, a los 59 años de edad.

El escritor japonés Kenzaburo Oé (1935-2023)
Fotografía: Ricard Cugat (elperiodico.com)

 Mi hermano Marcial había adquirido aquella novela corta o relato largo en una de las tiendas benéficas que tiene Cudeca en la ciudad, y después de leerla me la había pasado para que también la leyera yo y después se la vendiera por Wallapop. El libro color crema, como todos los de la colección Panorama de narrativas de Anagrama, era una 3ª edición del año 2000, y tenía una pequeña pegatina de la Fnac en la contraportada, donde figuraba su precio en pesetas (1.425) y en euros (8,56), lo que me hizo pensar en lo mucho que han subido los libros desde entonces. Nunca me deshago de un libro que he leído con agrado, así que no tuve que ponerle un precio para subirlo a Wallapop. La presa se quedaba en la biblioteca de casa. Además, Kenzaburo Oé había fallecido recientemente, el 3 de marzo, y me pareció una falta de respeto hacia el escritor deshacerme de su libro.

 Por cierto, La presa fue llevada al cine por el prestigioso Nagisha Oshima, director entre otras de películas como El imperio de los sentidos o Feliz Navidad, Mr. Lawrence. A ver si Filmin la añade a su catálogo y puedo verla.

Cartel de la película japonesa Shiiku (La presa)
Nagisha Oshima

 Destacar también del libro el prólogo de Justo Navarro, el escritor granadino afincado en Nerja (Málaga) que dirige ahora el Centro Andaluz de las Letras; aunque recomiendo dejar su lectura para el final de la novela.

 Por arte de birlibirloque, unas semanas después de terminar La presa, me encontré en EL PAÍS con este artículo de Ana Iris Simón. Llevaba por título Los libros de Wallapop, así que no pude evitar acordarme de mi hermano y de Kenzaburo Oé y todos esos otros autores que no conseguimos echar de nuestros hogares ni a patadas.

Ana Iris Simón rodeada de libros en la cuesta de Moyano, Madrid
Fotografía: Leticia Díaz de la Morena

Los libros de Wallapop

Comparto vida y hogar con un bibliófilo. Así dicho suena bonito y la verdad es que lo es, pero tiene sus cosas, como la dificultad que eso añade a las mudanzas. En la primera que hicimos juntos, me puso una condición: a la casa común solo nos llevaríamos 10 títulos cada uno. El resto se quedarían en la de nuestros padres hasta que tuviéramos una propia. Me imaginé entonces que estaba renunciando a acumular libros por un tiempo, pero simplemente estaba dejando espacio.
 Porque a esa veintena inicial se le han ido sumando, casi cada semana, libros antiguos y nuevos, de tapa blanda y dura, ediciones refinadas y ejemplares intonsos. E incluso colecciones como la Gredos Clásica, que tenemos repetida porque la muchacha de la inmobiliaria nos dijo que iban a tirar una de un piso que habían vendido y ¿cómo íbamos a dejar que hicieran eso? Mucho mejor subir los casi cien ejemplares a pulso a un cuarto sin ascensor.
 Nuestras últimas adquisiciones, sin embargo, no han sido donadas ni compradas en librerías. Ni siquiera en IberLibro, donde debemos tener la distinción vip, sino en Wallapop, una aplicación en la que se venden bicicletas estáticas que ya se utilizan solo como perchero, cunas portátiles que uno no ha usado jamás y, por lo visto, también libros.
 Wallapop está siendo la madriguera de Alicia de mi pareja. Se mete, hace scroll y el tiempo se para. Allí encuentra tesoros que lleva años buscando a cinco euros o libros que no se han reeditado y son difíciles de conseguir. Cuando llega el pedido siempre le hago la misma pregunta: que para qué quiere tantos libros si no tiene tiempo de leer todos. Ni siquiera es retórica, porque conozco la respuesta: algunos compran más libros de los que leerán para construir un yo al que aspiran; otros, porque quieren dejarle una biblioteca en herencia a sus hijos, que en realidad es legarles una forma de mirar el mundo; otros, porque cuando compran libros creen estar comprando tiempo para leer, y los mejores porque saben, simplemente, que hay lecturas que no pueden quedarse sin comprar. Pero detrás de todas ellas subyace una sola razón: compramos más libros de los que podemos leer porque queremos ser mejores.
 Mientras barrunto esto, empezamos a abrir las cajas. Detrás de cada paquete de Wallapop no hay un obrero cobrando cuatro duros como en los que manda Amazon, sino un particular. Un particular que a veces tiene a bien enviarte tus nuevos libros con sus fotocopias del curso de alemán hechas bola a modo de acolchamiento, o envueltos en un trapo de cocina para que no se le doblen las esquinas, o cuidadosamente forrados en un almanaque de 2021 de la Carnicería Antón de Santander donde hay apuntadas un par de citar médicas.
 Después los abres y resulta que alguno tiene subrayados y apuntes, y en otro descubres, porque de pronto deja de haber anotaciones, que se lo dejaron a la mitad. Algunos, los más desgarradores, tienen incluso dedicatoria. Casi siempre acabas planteándote quién lo vende, si su dueño o el nieto del que un día lo compró, si el ex despechado o el intelectual que está sin un duro. Así, los libros de Wallapop acaban teniendo no dos sino tres vidas: la que viven con su primer comprador, la que viven con el segundo, y la que quien los compró de segunda mano imagina que tuvieron antes de llegar a él.
EL PAÍS, sábado, 26 de agosto de 2023

 Como la pareja de Ana Iris Simón, soy incapaz de deshacerme de un libro que me guste. Por eso no encontrarán libros míos en mi Wallapop, sino de mi hermano mayor, que por falta de espacio se deshace de los que no le convencen.

Nota: La presa, editada por Anagrama en 1994, tiene una traducción del japonés de Yoonah Kim, con la colaboración de Joaquín Jordá. Y la ilustración de la portada es del veteranísimo Ángel Jové, arquitecto, cineasta, actor y diseñador, uno de esos artistas pluridisciplinares del Renacimiento.


miércoles, 30 de noviembre de 2022

EL AZAR COMO BIBLIOTECARIO: LOS CUENTOS DE HUMOR Y DE HORROR DE HECTOR HUGH MUNRO (SAKI)


El azar como bibliotecario: los cuentos de Saki
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace mucho tiempo leí un artículo de Antonio Muñoz Molina en el que hablaba de cómo el azar podía cambiar el rumbo de nuestras lecturas, actuando contra lo que se lleva en ese momento. «El azar es un eficiente bibliotecario ciego», decía.

 A mí, de cuando en cuando, también me regala algunas lecturas sorprendentes a las que nunca habría llegado a través de las mesas y los escaparates de novedades de las librerías.

 Para facilitarle al azar su trabajo, hay que curiosear en los puestos callejeros y en los estantes de las librerías de segunda mano. Muchas veces, uno sale de ellas sin haberse cobrado una pieza, con las yemas de los dedos ennegrecidas por el polvo y la esperanza puesta en otra visita; pero en otras ocasiones, uno halla ese libro que no sabía que buscaba. Incluso verdaderas joyas, como los dos tomos a precio regalado de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Ed. Atalanta), de los que ya les hablé en otra entrada.

 Este verano encontré una antología de relatos de Saki en Re-Read. La verdad es que no sabía quién era Hector Hugh Munro, alias Saki, pero el título (Cuentos de humor y de horror), el prestigio de la editorial (Anagrama) y el texto de la contra me hicieron retenerlo en las manos. Además, la cubierta, el lomo y las esquinas estaban impecables, como recién salido de imprenta.

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, alias "Saki"
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como decía Muñoz Molina en su artículo, «el azar no se equivoca nunca», y Saki, con esos cuentos cortos, de entre 4 y 10 páginas, me ha acompañado estos meses de estío. Los he leído a sorbos, como un buen whisky, espaciando los relatos para que me durase más tiempo el libro.

 Las historias de Saki, hiladas con perfección, ingenio y delicadeza, contienen una carga explosiva que estalla en sus últimas líneas. Son filigranas empapadas de humor negro e ironía, con finales sorpresivos. De los 20 cuentos destacaría, en orden de aparición, La reticencia de Lady Anne, Gabriel-Ernest, Esmé, Sredni Vashtar, La paz de Mowsle Barton y La penitencia, pero salvo algún que otro relato, tres o cuatro, todos están a un nivel alto, siendo cierto eso que decía Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos nunca los olvidarás. Se convertirán en una adicción, porque son mucho más que divertidos».

Hector Hugh Munro (Saki)
Fotografía: E. O. Hoppé

 En Cura de agitación, aparece Marruecos en uno de sus diálogos:

–Lo que ustedes necesitan –dijo el amigo– es una cura de agitación.
–¿Una cura de agitación? Nunca he oído hablar de semejante cosa.
–Habrá oído usted hablar de curas de reposo, que se prescriben a las personas aquejadas de una vida en extremo preocupada y tensa. Bien, usted adolece de exceso de tranquilidad y placidez y necesita, por lo tanto, el tratamiento opuesto.
–Pero ¿dónde se dispensa un tratamiento semejante?
–Bien, podría usted presentarse como candidato orangista en el distrito irlandés de Kilkenny, o trabajar como visitador social en uno de los barrios apaches de París, o pronunciar una conferencia en Berlín para demostrar que la mayor parte de la música de Wagner fue compuesta por Gambetta; y siempre queda el recurso de viajar por el interior de Marruecos.

 Al finalizar el libro, que está traducido por Rubén Massera, recordé que había leído un relato de Saki en Viajeros, la antología de Marta Salís para la editorial Alba: sesenta y seis relatos que cubren un arco temporal de casi tres siglos de tradición viajera reunidos en un volumen que ya reseñé a principios de año.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2022/01/viajeros-de-jonathan-swift-alan.html

 Se trataba de La docena del fraile, una sátira de la sociedad colonial británica escrita en forma de escena teatral, «una parodia de una de las constantes del género de viajes: el encuentro casual».

 En la breve semblanza que escribió Marta Salís de cada uno de los autores seleccionados, nos dice lo siguiente sobre Saki:

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido por el seudónimo de Saki, nació en Akyab, Birmania, antigua colonia británica y actual Myanmar, en 1870. Tras la muerte de su madre, cuando apenas tenía dos años, fue enviado con sus hermanos a casa de su abuela en North Devon (Inglaterra), donde se crió al cuidado de dos tías solteronas, ignorantes y crueles, que dejaron una profunda huella en su carácter y le hicieron aborrecer el mundo de los adultos. La tradición familiar le empujó a alistarse en la policía militar de Birmania, pero un ataque de malaria le obligó a volver a Inglaterra, donde empezó a escribir artículos de prensa. Fue corresponsal de The Morning Post en los Balcanes, Rusia, Polonia y Francia. Macabro, ácido y divertido, Saki cultivó la sátira social. Entre sus obras destacan los volúmenes de cuentos, ejemplos de brevedad y eficacia, The Chronicles of Clovis (1912) y Beast and Super-Beats (1914). Discípulo de Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling, tendría gran influencia en P. G. Wodehouse. Su estilo se ha comparado con frecuencia al de O. Henry y Dorothy Parker. Al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Compañía de Fusileros Reales y murió en combate cerca de Beaumont-Hamel (Francia), en 1916.

Hector Hugh Munro (Saki)
Foto: Imperial War Museums

 Me fijo en esto último, y entonces releo lo que cuenta Graham Greene en la contraportada de Cuentos de humor y de horror:

[...] en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: «Apagad ese maldito cigarrillo.» Éstas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después, una bala le atravesó el cráneo.

 Durante unos minutos me quedo perdido en la melancolía de esas trincheras y esos campos plagados de socavones provocados por los obuses, donde se dejaron la vida más de 600.000 soldados británicos, y luego pienso que los últimos segundos de Hector Hugh Munro fueron como el cierre de sus relatos, ese final sorpresa marca de la casa que hoy, más de cien años después, me produce un escalofrío, más grande aún por el hecho de que hace siete años visité esos campos de batalla en compañía de mi hijo Pedro.

Trincheras del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Allí podíamos sentir a cada paso la poderosa presencia de aquellos valientes. Que la tierra les sea leve.


lunes, 10 de febrero de 2020

DÍAS EN CHINA


Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez

El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read) de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
 La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
 Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.

Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito.  Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
*** 
 Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
*** 
 Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
 La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
 El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
 Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
*** 
 A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
 La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
 El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
 Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
 El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
 En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!".
 El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
 La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
 Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
*** 
 [...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
 A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
 Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
 Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
 Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
 El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse: 
Cuanto más lejos se va,  menos se aprende.
 El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.

Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre 
 El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
 Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
*** 
 Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
 Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
 –¿Nos ponemos en marcha?
 –Aún no. Hay que esperar.
 El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan
Fotografía: U/Lorry_Al
 Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
 Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
 Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)


 Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.


*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

 Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968).

 En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean.

Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.


lunes, 29 de febrero de 2016

VIAJES CON HERÓDOTO

El pasado 19 de febrero fui invitado por María Barrionuevo al Club de Lectura de la Librería Luces de Málaga. En esta ocasión no se trataba de presentar mi último libro, sino de conversar acerca de las características de la literatura de viajes, pues en torno a ella giraban las dos propuestas lectoras del mes: Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuscinski y El antropólogo inocente de Nigel Barley.


 No voy a hablarles en esta entrada de la primera "discusión" que nos encontramos al referirnos a este tipo de literatura -sobre si la englobamos dentro del género narrativo, como un subgrupo temático más, o si le damos categoría de género literario por sí misma-. Tampoco de las características que debe tener y las formas que puede adoptar. En lugar de ello voy a dedicar este espacio a Viajes con Heródoto, un libro que me regalaron por mi cumpleaños hace ocho o nueve años y que, vaya usted a saber el porqué, no leí en su momento.
 Aprovechando la llamada de María, rescaté el libro de uno de los anaqueles de la biblioteca y me adentré en sus páginas para llegar a la cita con los deberes hechos. ¿Y qué decir? Que fue un placer acompañar a Kapuscinski por el mundo en su oficio de reportero.
[...] sólo anhelaba una cosa: cruzar la frontera, no importaba cuál ni dónde, porque no me importaba el fin, la meta, el destino, sino el mero acto, casi místico y trascendental, de cruzar la frontera.

Ryszard Kapuscinski, Nueva York 1986
Fotografía de Czeslaw Czaplinski

 La casualidad, en forma de regalo de su redactora jefe, puso en sus manos el libro de Heródoto antes de partir hacia la India, y éste ya nunca lo abandonaría en sus múltiples viajes.
Al final de aquella conversación por la que supe que partiría hacia el mundo, Tarlowska se acercó al armario, sacó de él un libro y, mientras me lo entregaba, dijo: "Un regalo de mi parte, para el viaje." Era un grueso volumen de tapa dura, forrado con tela de lino amarilla. En la portada leí, grabados en letras doradas, el nombre del autor y el título: Heródoto, Historia.
 A pesar de los dos mil quinientos años que los separan, el paralelismo entre la vida del griego y la del polaco es obvio; y si el primero dedicó su vida a viajar para recoger la historia de la humanidad, el segundo, cronista igual de curioso y de observador, cubrió una infinidad de guerras y revoluciones, describiendo sus experiencias en una serie de libros excepcionales: El Sha, Lapidarium, La guerra del fútbol, El Imperio, El emperador, Ébano, Los cínicos no sirven para este oficio, El mundo de hoyUn día más con vida o Cristo con un fusil al hombro.
En el mundo de Heródoto, el individuo es prácticamente el único depositario de la memoria. De manera que para llegar a aquello que ha sido recordado hay que llegar a él; y si vive lejos de nuestra morada, tenemos que ir a buscarlo, emprender el viaje, y cuando ya lo encontremos, sentarnos junto a él y escuchar lo que nos quiera decir, escuchar, recordar y tal vez apuntar. Así es como, a partir de una situación como ésta, nace el reportaje.

Heródoto

  Heródoto sabe que el principio se halla en la respuesta a la pregunta: ¿quién ha empezado?, y nos muestra que la venganza no sólo es ley sino el más sagrado de los deberes, que hay en ella algo inevitable e irreversible. También que la felicidad humana nunca es duradera y, sobre todo, que lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo los dioses mismos. De la mano de Kapuscinski y del propio Heródoto, veremos cómo Ciro el Grande, Cambises, Darío o Jerjes quisieron dominar y conquistar el mundo, como más tarde lo querría Napoleón o Hitler, trasgrediendo la sabia ley griega de la moderación: "no ambicionar demasiado, nunca desearlo todo". Y qué decir de "la inflexible ley de la historia, según la cual el que se enaltezca será degradado: no seas codicioso, no pugnes por estar en primera fila, haz gala de moderación y humildad, si no, te alcanzará la fustigadora mano del Destino, que corta las cabezas de los engreídos que se encumbran".

 Las páginas del polaco también nos recuerdan, al hablar del Congo, que todos podemos ser exiliados, como esos sirios que huyen de la guerra y se encuentran bloqueados en Macedonia estos días. Y, al hacerlo de Argel, nos muestra como en esa ciudad ya se cruzaban dos de los grandes conflictos del mundo contemporáneo: entre el cristianismo y el islam, y, entre las dos corrientes que se dan en el seno del propio islam: una abierta, de diálogo y mediterránea, "y otra cerrada, nacida del sentimiento de incertidumbre e inseguridad en el mundo contemporáneo, una corriente de fundamentalistas que comprendían la defensa de la fe y de la tradición como condición de su propia existencia y de su identidad".
En Argel incluso se habla abiertamente de dos modalidades de islam: el del desierto y el del río (o del mar). El primero lo profesan y practican combativas tribus nómadas que, en medio del entorno más hostil al hombre que es el Sáhara, luchan por sobrevivir, por mantenerse a flote como sea; y el segundo, el del río (o del mar), es, por el contrario, la religión de los mercaderes, los vendedores ambulantes, los "hombres del camino" y del zoco, para los cuales la actitud abierta, el compromiso y el intercambio no son sólo una cuestión de ventajas económicas, sino una condición misma de la existencia. 
En tiempos del colonialismo, las dos corrientes se mantuvieron unidas por un enemigo común, pero después se produjo el choque.
 Durante la lectura, me sentí numerosas veces identificado con Kapuscinski. Como cualquier lector que haya viajado a la India por su cuenta, volví a sentir el choque brutal que me supuso aterrizar en Nueva Delhi, coger el desvencijado autobús del aeropuerto y apearme en el centro de la ciudad, donde, aún al alba, la gente dormía a la intemperie, cubriendo con sus escuálidos cuerpos, junto a una bolsa de plástico con sus exiguas pertenencias, el asfalto y las aceras. Y por si la visión no fuese lo suficientemente dantesca, tuve que ver como una pequeña cuadrilla de operarios se movía, aquí y allá, retirando del suelo a los que, a esa hora, ya eran cadáveres. Imposible no preguntarte ¿qué hago yo aquí? a cada momento durante los primeros días. ¿Y qué decir de la incertidumbre de cruzarte con algún uniformado en África o del placer de residir por unos días en la isla de Goreé? Como el polaco, viajaba cargado de libros, entre ellos ejemplares de León el Africano, Samarcanda, La Roca de Tanios o Los Jardines de la Luz, del franco-libanés Amin Maalouf, los cuales me permitían cruzar la frontera en el tiempo.
Tengo un asiento junto a la ventanilla, pero como la vista desde el autobús es siempre la misma, al cabo de varias horas de viaje saco de la bolsa a Heródoto y retomo mi lectura sobre los escitas.
 ¿Por qué Grecia (es decir, Europa) está en guerra con Persia (es decir, Asia), por qué estos dos mundos -occidente y oriente- luchan el uno contra el otro?, se preguntaba el de Halicarnaso. ¿Será así siempre?, nos preguntábamos en la reunión del club de lectura. También si con su muerte, en enero de 2007, como con la de Enrique Meneses y Manu Leguineche, no habría muerto una forma de hacer periodismo. Seguramente. Más en estos tiempos tan tecnológicos. Pero estoy seguro de que los tres son un acicate para todos esos corresponsales y reporteros que pululan por el mundo y que aman su oficio. También para los que sueñan con hacerlo.
En aquella época, sin embargo, dejé de seguir por un tiempo los avatares de los personajes y las guerras descritos por Heródoto para centrarme en su taller. ¿Cómo trabaja?, ¿qué le interesa?, ¿cómo se dirige a la gente?, ¿por qué cosas pregunta a sus interlocutores?, ¿cómo escucha lo que le dicen?: eso es lo que más me interesaba, ya que por aquel entonces todo mi empeño iba dirigido a conocer el arte de escribir reportajes, y la maestría del griego en este ámbito se me antojaba una ayuda tan útil como valiosa. Heródoto ante las personas a las que encuentra: he aquí lo que me intrigaba puesto que todo aquello que escribimos en los reportajes proviene de la gente, de esas personas, y la relación yo-él, yo-los otros, su naturaleza y su temperatura incidirán más tarde en el valor del texto. Dependemos de la gente, y por eso el reportaje tal vez sea el género de escritura más colectivo.

Enrique Meneses y Manu Leguineche
Oxígeno para vivir, documental de Georgina Cisquella

Nota: Pueden ver el fragmento en el que Meneses y Leguineche charlan sobre periodismo en Oxígeno para vivir, magnífico documental de Georgina Cisquella emitido en la 2 de TVE. http://www.rtve.es/alacarta/videos/el-documental/enrique-meneses-manu-leguineche-charlan-sobre-periodismo-oxigeno-para-vivir/2337354/


"Tomad nota -parece decir Heródoto-: un insignificante grupo de pequeños estados griegos ha vencido a la gran potencia oriental sólo porque los griegos se sabían libres, y por esa libertad estaban dispuestos a darlo todo".


Posdata: Esta entrada se escribió entre el 29 de febrero y el 1 de marzo, pero como me llama la atención eso del año bisiesto, he querido ponerle fecha de ayer. Los textos de Viajes con Heródoto pertenecen a la 5ª edición (febrero 2007) de la editorial Anagrama, con traducción del polaco de Agata Orzeszek. Viajé a India en el verano de 1994. Espero que la cosa haya cambiado.

https://ubasakura.wordpress.com/2016/01/26/club-de-lectura-febrero-literatura-de-viajes/