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lunes, 27 de marzo de 2023

LA AVENTURA SOÑADA (UN RETRATO DE HUGO PRATT)


HUGO "STARDUST" PRATT, obra de Sergio Camacho
© Sergio Camacho

Se llamaba Ugo Prat, sin hache y una sola te.
Se hizo famoso bajo el seudónimo de Hugo Pratt y vivió 24.518 días con toda la intensidad que cabe en una vida. Dibujante de cómics, publicó más de quince mil planchas, lo que representa unos ochenta mil dibujos, a los que se deben sumar más de quinientas acuarelas.
Fue, por supuesto, el creador de Corto Maltés.
Nació el 15 de junio de 1927 en Rímini; muere el 20 de agosto de 1995 en Suiza. Extraña forma de expresarlo: «nació», «muere», como si el último aliento durase eternamente.

La aventura soñada. Un retrato de Hugo Pratt, de Thierry Thomas
Estanterías de mi escritorio. Fotografía: Lucía Rodríguez

El francés Thierry Tomas soñaba con ser dibujante de tebeos, y por eso fue a Venecia al encuentro de Hugo Pratt, con su carpeta de dibujos bajo el brazo.

Jöell Laroche, editor de la revista Zoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.

 Thierry era mucho más joven que él: unos quince años y él unos cuarenta. Y aunque Hugo lo instó a perseverar a diario y le aconsejó que aprendiera a narrar, con el paso de los años dejó de dibujar.

Poco a poco, con el paso de los años, dejé de dibujar. Y hasta de garabatear mientras hablaba por teléfono, mucho antes de que los móviles condenaran esa manía. Ocurrió sin que yo me diera cuenta. Dejé morir, apagarse, esa pulsión que formaba tan parte de mí como mi mano, como mis dedos. Nunca he entendido por qué. Y no sé si fue una gran pérdida o si, a cambio de aquella renuncia, se me concedió otra cosa.

 Tal vez porque siguió al pie de la letra el consejo de Hugo, Thierry acabaría siendo escritor y documentalista. Y sobre todo, se dedicó a estudiar y glosar la figura y la obra de Pratt.

Sus amigos adoraban, adoran aún, hablar de Hugo. Para algunos, el tiempo que pasaron a su lado ha acabado rezumando una leyenda, como las abejas segregan miel; una leyenda dorada, precisamente. «¿A qué se dedica usted? A hablar de Hugo». Sus excentricidades, sus atrevimientos, sus disfraces. Su pasión por la aventura. ¡Cuántas veces habré oído esa palabra, «aventura», de su boca, de boca de sus admiradores! En sus últimas entrevistas para la televisión o la radio, ni siquiera se molestaba en pronunciarla con claridad (le costaba dominar el francés, a diferencia del español o el amhárico). Le bastaba con mascullar un sonido en el que se reconocía vagamente «...tura», y todo el mundo completaba: «aventura». Palabra-pantalla, que impide ver, que solo expresa que es preciso marcharse a otra parte.

 Thierry Thomas ha escrito una biografía muy peculiar, muy onírica. «Si quiero comprender a Hugo, debo soñarlo», nos dice al final del primer capítulo. Quizás por eso, sus páginas parecen una ensoñación: imágenes de Hugo en el festival de Lucca; en el tren camino de la crucial entrevista con Georges Rieu, redactor jefe de la revista Pif Gadget; en Abisinia buscando la tumba de su padre; en Londres; en Buenos Aires... Quizás detrás de esa elección, de ese mundo soñado, esté la influencia de Fellini, que aparece en numerosas páginas del libro y a quién también fue a visitar Thierry en su adolescencia.

 En aquel viaje en tren que les he mencionado, fue donde se le ocurrió que Corto regresara, crear una serie en la que él fuese el héroe. Tiene que sacar un héroe del fondo del tintero para elevarle una propuesta al editor de Pif, pero un héroe no se busca: se encuentra. Y allí, en la soledad de ese compartimento, un indio viene a darle la clave. ¡Un indio! ¡Un piel roja! A Hugo no le extraña la aparición. El ama a los indios. «Es por las lecturas de su niñez, por la novelas de Zane Grey y James Oliver Curwood, por las epopeyas del Lejano Oeste y las del Gran Norte canadiense; es por El último mohicano».

Acuarela de Hugo Pratt (www.cortomaltese.com)

Poco antes de Módena, unas hojas muertas se desperdigan por el compartimento. Hay un indio sentado en el banco de enfrente. Ha traspasado las mallas de la redecilla para equipajes con la agilidad de una pantera. Si las hojas han traicionado su presencia, es porque él así lo ha querido; de lo contrario, habría permanecido mudo como la luna. El indio y el fumettaro se observan. El recién llegado, casi desnudo, ataviado solo con un taparrabos y una cresta en el centro del cráneo rasurado, es hurón. No es el primero que ve Hugo.
 –¿Quién eres?
 –Karanahoga.
 –¿Vienes de parte de Georges Rieu?
 Los hurones, efectivamente, son aliados de los franceses.
 –Vengo a ayudarte.
 –¿Como guía?
 El indio levanta la mano derecha y la gira ante él. El gesto significa «ir».
 –Por supuesto, debo «ir», Karanahoga, pero ¿adónde?
 Feliz de poder utilizar la lengua de signos, que aprendió hace tiempo, Hugo posa la mano derecha sobre la izquierda, como la noche recubre el día. Un destello divertido atraviesa la mirada de su interlocutor, y se siente un poco bobo. En efecto, la noche cae temprano en enero; los hurones no lo ignoran. Hablar para no decir nada, incluso con las manos, resulta mortificante.
 –Sonríes igual que Dino Battaglia...
 Pero Karanahoga no modifica la posición de su mano. ¿Será que solo tiene esa palabra a su disposición, «ir»? Los hurones no tienen rival cuando se trata de espiar, cazar o tender emboscadas mortales, pero lo que es el arte de la conversación... Al no saber qué ademán hacer (el dedo en el aire, que significa «hombre», no supondría mucho avance), lanza una ojeada hacia el exterior. No le sorprende lo que ve, más bien lo maravilla: una canoa, débilmente iluminada por la luz del compartimento, se destaca sobre las sombras vespertinas. Flota ingrávida, en el éter del campo en el crepúsculo, canoa de corteza, más liviana de lo que será jamás cualquiera de sus trazos. Esa canoa los acompaña, ángel de la guardia o bien, simplemente, canoa voladora. Le preocupa lo que ocurrirá con tan frágil embarcación cuando sufra el impacto de entrar bajo el túnel del Simplon. ¿Se desintegrará?
 –No te preocupes.
 ¿Ha sido Karanahoga quien ha hablado? Su mano, en cualquier caso, no se ha movido. Si no conociera la agilidad legendaria de los indígenas (hay que verlos salvar cualquier clase de obstáculo: barreras, rocas, riachuelos, cabezas de colonos), se plantearía seriamente la posibilidad de que al hombre le hubiera dado un calambre. Pero no es posible. Entonces se le ocurre que Karanahoga, al mostrar la mano, no hace más que mostrar una mano:
 –Mira: aquí se encuentra tu salvación.

 

Al borde de la vía, un cable eléctrico que reluce con un resplandor desgarra la tela de la noche. Hugo ve de nuevo ese corte en la carne que el personaje llamado Corto Maltés cuenta haberse hecho, en La balada del mar salado: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y, ¡zas!... Me hice una a mi gusto».

  

 Un gesto heroico...

 

 ¿Y si fuera él?

 El héroe ya estaba allí, tan solo bastaba con recuperarlo. Quizás en agradecimiento, «Hugo, sintiendo que se avecinaba el fin, se afeitó la cabeza dejando solo una cresta. Quería morir con el peinado de esos indígenas que tan a menudo dibujó, y tanto amó».

El secreto de Tristán Bantam, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Corto Maltés descansa perezosamente en el único mirador de la pensión de Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa). A primera vista, se aprecia que es un aventurero. Con gesto estudiado, enciende uno de los delgados cigarrillos que solo se fuman en Brasil y en Nueva Orleans...».
Antes de leer el arranque de El secreto de Tristán Bantam, episodio que inaugura esa serie nueva, Corto Maltés, que se publicaría en Pif entre 1970 y 1973, vemos a un hombre con gorra de marinero. El eje de su mirada pasa tan cerca del nuestro que parece vernos sin vernos, como si solo existiéramos para que él pueda existir.
Su cigarrillo, como una paja gruesa, oscila entre los dedos índice y medio, único movimiento que se intuye en la imagen. Llama la atención un zarcillo en la oreja izquierda, pero lo único que importa es la presencia global de esa criatura que se cuela en nuestra vida.

 Algunas páginas de La aventura soñada (Ediciones Siruela, 2022) nos llevan a querer sacar de las estanterías los tebeos de Corto para cotejar sus viñetas con las notas de Thierry Thomas. Para releer algunas de sus historietas. Por supuesto que la presencia de Corto es muy importante en las páginas de La aventura soñada, pero en ellas también aparecen Jesuita Joe, Ernnie Pike, Koinsky... y tantos otros personajes, algunos tan reales como Saint-Exupéry.

Jesuita Joe, de Hugo Pratt
Fotografía: Pedro Delgado

Conversación en Mululhé, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Hugo, que el primer libro que leyó, siendo un niño, fue una antología de fragmentos de la Ilíada y la Odisea, reconocía a tres maestros: Homero, Stevenson y Milton Caniff. «Y a unos pocos más, de menor importancia...».

 Hugo amaba Terry y los piratas, la obra cumbre de Milton Caniff. Con ella descubrió que «dibujar y contar, dibujar y escribir, es el mismo acto, puesto que es el mismo gesto». Por eso en Hugo el dibujo y la escritura se fusionan. Recientemente, en un viaje a Barcelona, me topé con La Bola, una encantadora almoneda, una cueva de Alí Babá llena de cómics, libros, juguetes y objetos de coleccionismo.

 Allí compré para mi colección unos tebeos antiguos. En la portada de uno de ellos se veía un dibujo de Milton Caniff, y en su interior algunas tiras de prensa de su obra Miss Lace. Supuse que Hugo, de haber entrado en aquella tienda, también se lo habría llevado. Io mi drogavo con Milton Caniff, dejó escrito en un pósit en su taller.

Comix Internacional nº 10, con Milton Caniff y su Miss Lace
Fotografía: Pedro Delgado

 Aunque La aventura soñada ganó el Premio Goncourt de Biografía 2020, esta obra no se ajusta a lo que yo entiendo por una biografía. Como indica el subtítulo: Un retrato de Hugo Pratt, es más un peculiar retrato, al estilo de los pintores impresionistas. Así que no busquen aquí la vida pormenorizada de Hugo Pratt desde el nacimiento hasta la muerte. Aquí encontrarán imágenes, notas o apuntes de Hugo y de su obra, a veces desenfocadas o de apariencia inacabadas. Pinceladas ante las que es necesario tomar cierta distancia para poder ver a nuestro protagonista de una pieza. Quizás sea el último capítulo el que mejor defina esto. Lleva por título El verano aún no ha dicho la última palabra, y en él Thierry contempla centenares de fotografías de Hugo esparcidas por el suelo formando un damero. Camina descalzo entre ellas con sumo cuidado de  no pisarlas. Y se arrodilla o acuclilla aquí y allá para examinar de nuevo alguna instantánea.

Hugo murió hace veinte años. Debo realizar un documental sobre él para el canal ARTE. Me propongo filmar las fotografías haciendo circular la cámara por encima de esa especie de fotonovela deconstruida, de historieta cuyas viñetas se hubiesen mezclado: su vida...
***
Hugo me cerca. Hay tantas fotografías. De su familia, o tomadas por él. Y, sobre todo, de él. Ochocientas sesenta y cuatro; sabré la cifra exacta cuando llegue Anne en compañía de Xavier, el director de fotografía, y escanee este desbarajuste oceánico mientras escucha música brasileña.
***
Me gustaría que estuviera aquí para ordenar las fotografías: a fin de cuentas, es su vida.

 Entre todas esas imágenes hay una de 1992, de cuando realizó un último periplo por el Pacífico para volver a ver las islas de La balada del mar salado. Ese día había ido a visitar la tumba de Stevenson, pero ya está enfermo y no consigue subir a lo alto de la colina donde reposa el autor de La isla del tesoro. «Se sienta en el tronco de un árbol caído, en medio de una humedad asfixiante. Le dan algo de beber. Hasta el final, quiso creer que lo real contiene su sueño».

 Cierro el libro, traducido por Regina López Muñoz, y observo dos siluetas que se alejan juntas con un macuto al hombro, el macuto de las partidas. Tras ellas caminan algunos gatos con la cola levantada, y unas gaviotas sobrevuelan la escena. Me pregunto a dónde irán esos dos, y con el interrogante me asalta un impulso, uno que me lleva a levantarme y a salir corriendo tras ellos. Los felinos se asustan al sentir mis pasos y salen huyendo, pero Hugo y Corto se giran y me esperan. Y al llegar, me echan un brazo sobre el hombro. Y así, como tres camaradas que llevan más de media vida juntos, caminamos en busca de la próxima aventura.

Epílogo

 Como les narré en mi anterior entrada*, este libro se lo estaba leyendo a mi padre en el Hospital Civil, donde ingresó por las secuelas de un ictus. A pesar de que aún le queda mucho para recuperar la movilidad del lado derecho de su cuerpo, el viernes 17 de este mes le dieron el alta y regresó a su casa. Allí, en el hogar donde me crié, terminé de leerle ese mismo fin de semana la biografía de Hugo Pratt. Al acabar y dejar el libro sobre el mueble del salón, entre decenas de fotografías de la familia, me fijé en una foto de mi infancia. En ella aparezco con mis padres y dos de mis tres hermanos, montados en un barco que salía del puerto de Málaga para dar un paseo por la bahía. Cogí la foto y se la mostré a mi padre. «¿Quién es este?», le pregunté. «Pues tú», me dijo, y luego añadió con una sonrisa: «El Corto Maltés de niño».

Con mis padres, dos de mis hermanos y la gorra de Corto
En el dorso, con la bonita caligrafía de mi padre, se lee:
Puerto de Málaga, 19 de abril de 1970

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html


miércoles, 21 de septiembre de 2022

LAS VUELTAS POR EL MUNDO DE UN SANTANDERINO


Un millón de pasos, de Álvaro Machín (El Desvelo Ediciones)
Fotografía: Lucía Rodríguez

La señora se dejó caer en el asiento de al lado, se arrellanó en él e intentó darme palique hablando del calor que hacía. Yo venía de una sesión de rehabilitación, pues tengo el piramidal tocado, e iba absorto en la lectura de Un millón de pasos, del periodista santanderino Álvaro Machín, así que por educación respondí «que no era normal», aún a sabiendas de que siempre es normal que haga calor en Málaga en agosto. Como la mujer vio que yo no estaba por la labor, se dirigió con lo mismo del calor a la señora que estaba sentada al otro lado del pasillo del autobús –el de la línea 8, que es el que suelo usar para ir de casa al centro y viceversa–.

 «Ahora se ducha una, te pones fresquita y ya te quedas tranquilita toda la tarde en la casa», le respondió la mujer, más diestra en el cuerpo a cuerpo. «Uff, yo es que no puedo. Es meterme en la casa y se me caen las paredes encima. Yo tengo que salir adonde sea, pero encerrarme en la casa, eso sí que no. Aunque sea a ver escaparates...». La otra mujer asintió con una sonrisa: «Yo es que tengo aire acondicionado, y se está tan agustito...». «Yo también lo tengo, pero ni por esas. Es que si no salgo me deprimo. A mí me gustaría irme de viaje, a cualquier parte, ¿pero a dónde va a ir una como está la economía?».

 En ese punto yo me había subido al Transiberiano y estaba a punto de beberme una tetera (así es como lo sirven) de vodka con Álvaro y el gigantón campeón de halterofilia con el que compartía camarote. Íbamos a brindar con un «Nazdarovia», pero a esas alturas ya no había quien se concentrara en la lectura. Cerré el libro, y me contuve las ganas de decirle a aquella señora que por menos de lo que le costaba echarse el tinte en la peluquería podía irse de viaje con aquella lectura.

Portada de Un millón de pasos, de Álvaro Machín
El Desvelo Ediciones

 Me entretuve observando la ilustración de la portada, una acuarela de Pedro Sainz Guerra en la que plasma el interior del compartimento del Transiberiano. Luego leí de nuevo el título, Un millón de pasos, y al hacerlo pensé en la conocida frase del filósofo chino Lao-Tse, aquella que dice que «un viaje de mil kilómetros empieza con un solo paso». Ese paso poderoso de inicio lo dio el autor, Álvaro Machín, en Sri Lanka, el antiguo Ceylán. Y ese simple primer paso le proporcionó, como a tantos de los que pateamos el mundo, la confianza que necesitaba para lanzarse a recorrer el planeta.

 Álvaro Machín no es ningún Indiana, tiene vértigo, le dan miedo las serpientes y lleva en la mochila una camiseta de la selección española con el número de Xabi Alonso medio despegado y una gorra del Bubba Gump, de ahí el subtítulo del libro: Las vueltas por el mundo de un tipo corriente. Quizás por eso le resulte tan fácil al lector identificarse con él.

Álvaro Machín, autor de Un millón de pasos (El Desvelo Ediciones, 2022)

 Abre el libro Moynaq. Sobornos, serpientes y barcos en el desierto. Moynaq es una ciudad del noroeste de Uzbekistán, a donde una vez llegaron las aguas del Mar de Aral.

(...) El símbolo de Moynaq es un pez de color amarillo que salta sobre las olas. Cerca hay otro dibujo. Una gaviota sobre las mismas aguas.
 Pero aquí se viene a ver, precisamente, cómo el mar se ha ido. Sólo a eso. No hay otra cosa. Lo que queda es una caricatura de ciudad, una avenida triste con trazas de mejores tiempos donde la comida y las personas dejaron atrás la fecha de caducidad. (...) Moynaq era un puerto del Mar de Aral pintado en las crónicas como un buen lugar para vivir. Pesca, algo de industria vinculada a las conserveras... Al menos eso me explicaron. El deseo de producir algodón en grandes cantidades llevó a los soviéticos a desviar el curso del Sir Daria y el Amu Daria. A construir canales por los que el agua dejara de llegar a un gran lago que es mar y acabara regando su factoría agrícola. Porque el algodón, que luego dejó de ser importante, necesita agua. Grandes cantidades de agua. El Aral era mucho más extenso y hacía su trabajo. Mantener la economía local a largo plazo, refrescar un clima duro... Pero se fue echando atrás. Los textos cuentan que alguien, en Rusia, dijo que el Aral «debía morir como un soldado en la batalla». También en una guerra química, porque se abusó de pesticidas y fertilizantes. Se evaporó el lago y se envenenó la tierra. El azul emigró de Moynaq y dejó desierto y un poblado casi fantasma. Casi, porque aún viven personas.

 Es lo bueno de la literatura, que nos alecciona. Uno lee ese primer capítulo, y a los pocos días, mientras desayunas hojeando la prensa, te encuentras con el siguiente titular: Vida y muerte de un pantano andaluz. Un pantano que está en la malagueña comarca de la Axarquía, aquí mismo, en Málaga, y que conozco bien porque mi padre, Francisco Delgado Acosta, ganó un año el certamen literario de La Viñuela, el pueblo de 2.045 habitantes que ve como el pantano se está convirtiendo en un secarral por culpa del aumento de la producción agrícola de regadío –aguacate y mango, sobre todo, que requieren mucha más agua de la que cae–, en una zona tradicionalmente de secano. Construido en 1989, con capacidad para 165 hectómetros cúbicos, apenas llega ahora a los 20 hectómetros, de los que cinco no pueden utilizarse por su mezcla con el fango. Si al regadío le sumamos el cambio climático, con una sequía latente, y el incremento de la población en verano, debido al turismo, nos encontramos con que el pantano más grande de Málaga podría morir como murió el Mar de Aral, y que algún guiri viaje hasta aquí y escriba, al modo de Álvaro, su visita al no pantano de la Viñuela. Ojalá que se haga más caso a gente como Rafael Yus, biólogo, docente, portavoz de Ecologistas en Acción en la Axarquía y coautor de La burbuja de los cultivos subtropicales y el colapso hídrico de la Axarquía que viene advirtiendo del peligro desde hace años. Hace falta un cambio de modelo de agricultura, y no sólo a nivel local, sino a nivel nacional, pues esto es algo que está pasando en toda España. Si la superficie de regadío en el país consume alrededor del 80% del agua embalsada, ya sabemos que no van a cuadrar las cuentas.

 Pero volvamos a Un millón de pasos. De Uzbekistán, pasamos a Benín, donde aparecen unas monjas que me recordaron a otras que me acogieron una tarde en Mauritania, «mujeres de bandera en África que se olvidan a menudo cuando se hace balance del papel de la Iglesia».

 Le sigue Sri Lanka, la isla adonde hubiera querido acompañar a mi primo Sergio cuando realizó aquel reportaje gráfico sobre un orfanato de elefantes.

 Luego el Transiberiano y el Transmongoliano en tres partes: Rusia, Mongolia y Pekín, capítulos con títulos tan sugestivos como Ángeles de la guarda, De paquete por la  estepa y Timadores en Tiananmén. Porque me sirve para darle las gracias a todos esos ángeles de la guarda que también se cruzaron en mi camino y a los que me habría gustado poder devolverles el favor, anoto aquí estas líneas de Ángeles de la guarda:

(...) Cuentan que todos los moscovitas han pasado alguna vez por la plaza Komsomólskaya, la de las tres estaciones y los miles de trenes en todas las direcciones. El dato sirve para hacerse una idea sobre un lugar poco idóneo para un estreno con dudas y sin experiencia. Por confuso, no por otra cosa. Y porque las estaciones, en general, se prestan a las páginas gruesas de las historias oscuras. Al menos todo eso me vino a la cabeza al ver que en la puerta del gran edificio que me señaló el conductor había un cartel enorme con letras únicamente en ruso y unas también enormes cadenas con dos candados. (...)
 Él me vio en mitad de todo aquello. Hasta los ateos saben que hay ángeles de la guarda. Sergey Barakhovic fue el mío y le debía estas líneas y la esencia de este capítulo. Iba en pantalones cortos, con gorra y al rato supe que había estudiado un máster en Alemania. Me preguntó si hablaba inglés y, después, me indicó el camino. Pero el tipo, seguramente al leer un mensaje de cierto miedo estúpido en mi rostro, decidió acompañarme. Él y los suyos. Porque Sergey no estaba solo. Tiraba del carrito en el que iba Alisa, un bebé de tres meses que Helena, su mujer, acompañaba en todo momento con la mirada. Ella tenía que comprar un billete para un viaje a primera hora. Me guiaron hasta la taquilla, compraron su billete y repasaron el mío con el operario de la compañía de ferrocarriles. Me indicaron el andén, la hora exacta, el número de tren, el compartimento (estaba todo escrito con el alfabeto ruso). Pero fue mucho más que eso. En este universo de desconfianzas la bondad no siempre tiene precio. No siempre se darán la vuelta para pedirte algo a cambio (algo que siempre parece que estemos esperando). Mi ángel de la guarda no pidió nada. Ni cuando me llevó a un supermercado tras explicarme que sería bueno que comprara agua y algunas cosas para el viaje. Ni cuando recorrió las estanterías para que no me gastara demasiado dinero al elegir los productos. Y tampoco cuando cargó con buena parte de mis trastos hacia el andén. Sergey me acompañó hasta que llegó el tren. Sin un exceso de sonrisas ni de palabras. Él buscó el vagón exacto de mi compartimento y no se marchó hasta que mi equipaje y yo estábamos dentro. En el asiento siete del vagón siete del tren número dos con destino a Irkutz. Aún quedaban algunos minutos para partir y hasta me pidió disculpas por tener que marcharse porque la niña no dejaba de llorar. Me dio un abrazo y yo pensé que el mundo necesitaba un ejército de tipos como él. Santos sin alardes. Ángeles de la guarda. Junto a su nombre y su correo escribí en el cuaderno un millón de gracias. Estuvo conmigo casi cuatro horas. No lo olvidaré.

 Después vienen Torun –la ciudad polaca en la que nació Copérnico–, Pretoria –adonde viaja el autor con unos amigos para vivir en directo el Mundial de Sudáfrica que ganamos–, Budapest –para traer a colación a Puskas y aquella selección húngara que le metió un tres a seis a los ingleses en Wembley–, Camboya –con los templos de Angkor que visité en compañía de Lucía y Pedro en el verano de 2018–, Rumanía –con Bucarest y el castillo de Bran o de Drácula, cerca de Brasov, donde una familia (otros ángeles de la guarda) nos acogió a Lucía y a mí en uno de nuestros Inter Rail de adolescentes–.

Fortalezas de Ayaz Khala en Uzbekistán
Fotografía: Álvaro Machín

 Los campamentos de refugiados saharauis próximos a Tinduf, el desierto de Atacama, México, los Balcanes y Vietnam –país que recorrí de punta a punta en compañía de mi hijo Pedro aquel verano de 2018, cuando estuvimos dos meses viajando por el sudeste asiático– completan la terna de lugares donde se desarrollan las crónicas, más que relatos, de sus viajes. Y es que se nota que Álvaro Machín es periodista. A veces viaja por trabajo, otras por placer o necesidad; en algunas ocasiones lo hace en compañía de su pareja, de sus amigos o su sobrino, y la mayoría de las veces en solitario, que es cuando te ocurren más cosas que merezcan la pena escribirse.

 Sin duda, este libro ayudará a los indecisos a dejar el miedo atrás e iniciar viajes largos, al igual que a los trotamundos como yo, que se quedaron sin viajar este año, nos permitirá coger la maleta sin tener que salir de casa.

Mi casa siempre estuvo junto a las vías del tren. Me gusta pensar que eso supone tener siempre la maleta preparada.


miércoles, 26 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VIAJE DE PABLO ARANDA


Pablo Aranda, en su casa, con su inseparable 'Turrón'
Fotografía: Miguel Fernández (diario SUR)

«¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?».
El corazón es un cazador solitario –Carson McCullers–

Pablo Aranda nos dejó el primer día de este tórrido mes de agosto. La fatalidad, en forma de un cáncer de estómago, lo obligaba a partir, a los 52 años, hacia ese incierto destino que nos aguarda a todos.

 Escritor consumado, viajero a la antigua usanza, director del Aula de Cultura de SUR y, sobre todo, amigo, Pablo tenía el don de hacer que todo encuentro con él se te hiciera corto. Siempre brillante y divertido, con Pablo el tiempo tenía otra medida y muchas risas. No me cabe duda de que el más allá será un lugar mucho más alegre tras su llegada.

 El día que asistí a su sepelio echaron Invencible por la noche en la televisión, una película en la que salían atletas corriendo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Me pareció un guiño de Pablo, una señal. Pablo se va a quedar sin ver los Juegos Olímpicos de Tokio, y yo sin poder comentar con él las carreras, sobre todo los 1.500 que sigue siendo para nosotros la prueba reina. De atletismo, literatura y viajes solíamos hablar.

 Su primer viaje de calado lo hizo en compañía de su amigo Juan Gavilanes. Durante el último trimestre de 1992, viajaron desde Málaga con destino a Japón, donde pretendían encontrarse con Yoko y Hikako, dos japonesas alumnas de Pablo, profesor de español para extranjeros en una academia de la plaza de la Merced. Juan, que estaba terminando la carrera de Arquitectura y tenía que entregar su proyecto final de carrera, salió dos semanas después que Pablo, y se citaron, como dos espías de John le Carré, en la estación principal de tren de Budapest. En Bratislava compraron un billete de tren a la Rusia de Borís Yeltsin, y en Moscú se subieron al Transiberiano. Sobre la marcha, al ver que el tren disponía de dos destinos: Vladivostok y Pekín, decidieron posponer lo de Japón para otro momento y adentrarse en China por Manchuria. Durante una semana atravesaron los Urales y Siberia, con temperaturas de 35º bajo cero cada vez que bajaban del tren. China en aquella época resultó ser un país muy atrasado, lleno de chinos curiosos que se les acercaban constantemente como si fueran extraterrestres. Ya en Pekín, y tras ver la Ciudad Imperial y la Gran muralla China, se dedicaron a recorrer el país en tren y autobús: Nanjing, Suzhou, Shanghai, Guilin –desde donde navegaron en balsa de bambú por el río Li hasta Yangshuo– y, finalmente, Hong Kong, adornada con luces de Navidad. Fuese por ese sentimentalismo navideño o porque se les acababa el dinero, decidieron regresar a Europa: primero aterrizaron en Alemania, donde Pablo tenía a su amiga Sabine, y cuando el dinero y la hospitalidad no dio para más, cogieron un autobús para Málaga, a donde llegaron el día después del sorteo de la lotería nacional. A ellos el premio ya les había tocado con aquel viaje, tres meses de risas y aventuras que los hermanó para siempre.

Pablo Aranda y Juan Gavilanes en Bratislava, a punto de empezar la aventura ruso-china
Fotografía: Archivo personal de Juan Gavilanes

 Después de aquel viaje Pablo materializó su sueño de ser reportero de viajes y recorrer el mundo (deja un libro de viajes en el cajón que espero vea algún día la luz); también de ser escritor y contarnos historias de aquí al lado, con esa voz tan personal y comprometida que tiene.

 Por lo inesperado de su muerte no pude despedirme de él, así que estos días, desconcertantes y tristes, he andado releyendo correos y recordando momentos para tratar de recomponer las piezas del puzzle de nuestra amistad, para darle de alguna manera un cariñoso abrazo y un hasta siempre, porque Pablo se ha ido pero no se ha ido. No sólo porque tengamos en los anaqueles sus libros, que también, sino porque se queda a vivir en el corazón de todos sus familiares y amigos, como ya ocurriera con el otro Pablo, el añorado Pablo Cantos. Es lo que tiene la buena gente –'corazón blanco' que te dijo aquel argelino en Orán–, que ya no se te olvidan.

Pablo Aranda con César Martínez y Pablo Cantos en el Café Central de Málaga

 Conocí a Pablo Aranda a través de mi primo, el reportero gráfico Sergio Camacho. Con motivo del Premio de Novela Corta Diario SUR del año 2003, le hizo unas fotos en el balcón de su casa para acompañar una entrevista.
El otro día me comentaba Sergio que le dijo «no te voy a hacer fotos típicas de escritor, con los estantes de tu biblioteca de fondo y un libro en la mano». "Lo llevé al balcón donde tenía ropa tendida de todos los colores posibles y hacía viento. Le disparé unas fotos a velocidad lenta que convirtió la ropa en algo abstracto de manchas coloridas y quedó sorprendido del efecto. Nos caímos genial desde ese mismo instante. Siempre me provocaba la risa por su manera de contar lo más simple y cotidiano".
 Como por entonces yo ya tenía publicado Al sur del Sahara y él era un apasionado de los viajes y la cultura árabe, le habló de mí, y a la próxima que le tocó fotografiarlo, allá que lo acompañé para conocernos. Recuerdo que fue en los Baños del Carmen y que mi primo, que había cambiado el SUR por EL PAÍS, lo hizo posar dentro de un tubo de hormigón. Pablo se reía y se le achinaban los ojos: «Temo qué será lo próximo, entre tú que eres descabellado y yo que no te pongo freno, ja, ja, ja, ja, ja».

Presentación de Carta desde el Toubkal en el Centro Andaluz de las Letras, 11 de junio de 2015
De izq a dcha: Sergio Barce, Pablo Aranda, Pedro Delgado y Sergio Camacho
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Esa tarde conversamos y nos tomamos unas cuantas cervezas, y a partir de ahí no dejamos de intercambiar correos y encuentros. Varias veces accedió a pasarse por casa para firmar unos cuantos ejemplares de El orden improbable (Espasa, 2004) y Ucrania (Destino, 2006) que iba a regalar a mis familiares por navidades. Recuerdo el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, su caligrafía, lo recto de sus renglones. Lástima que por pensar que siempre habrá un mañana tenga en la estantería su última novela sin firmar, precisamente esa que nos había llevado a intercambiar tantos correos y en la que el protagonista estudiaba en el INEF de Granada, le gustaban las carreras y era fan mío.

 Pablo siempre fue muy generoso conmigo: presentó mis libros ("el efecto Aranda", le decía yo cada vez que se llenaba la sala); recomendó Al sur del Sahara en el suplemento El viajero de EL PAÍS; se hizo acompañar de aquel título a modo de guía en sus viajes por el África occidental; me metió con nombre y apellido en las páginas de La distancia (Malpaso, 2018), y no contento con ello le colocó en las manos al protagonista mi libro de relatos y me puso a encabezar su lista de agradecimientos.

 Buen viaje, amigo. Que Hermes te proteja.

miércoles, 21 de octubre de 2015

PRÓXIMO ENCUENTRO CON LOS LECTORES EN EL RINCÓN DE LA VICTORIA


Dibujo de Sergio Camacho para Carta desde el Toubkal


Cuando coronaron la cumbre y Alicia se hubo repuesto del esfuerzo, se situaron bajo la enorme pirámide metálica que marcaba aquellos 4.167 metros de altura. El sol estaba en lo más alto de un cielo sin nubes, y Alicia giró sobre sí para seguir con la mirada la panorámica de los valles cercanos y de los altos cerros pedregosos y empinados que, en algunos puntos, se desgajaban en hondas barrancas. Del bolsillo de su anorak sacó un papel. Era una carta [...] 
Carta desde el Toubkal


Este próximo viernes día 23, a las 20:30, tendré un encuentro con los lectores de Carta desde el Toubkal en la Librería & Cafetería La Mínima, en el paseo marítimo del Rincón de la Victoria. Será una buena ocasión para comentar estos doce relatos. No falten. Les espero.


Una mañana, después de muchísimos días de viaje, se adentraron en el desierto de Iguidi y, a partir de ahí, la caravana avanzó sin necesidad de senda. Marga se maravilló de cómo los hombres podían orientarse en aquel terreno sin rasgos sobresalientes, pues cuando ella miraba en derredor no podía ver nada sino arena por todos lados. Ni una palmera ni un árbol de ramas retorcidas interrumpían la interminable sucesión de dunas, la amplia e infinita extensión de desierto que llegaba hasta el borde del cielo en todas las direcciones. Los caravaneros, a su paso, debían estudiar y sopesar las más mínimas variaciones en los contornos de las dunas y, al anochecer, en cuanto las estrellas y la luna empezaban a poblar el firmamento, siempre se les podía ver con los ojos puestos en ellas. Sin embargo, lo que más le sorprendió a Marga no fue aquel espacio inmenso abierto sobre lo absoluto del cielo ni la infinita variedad de ocres, sino el silencio. No había sonido alguno: ni el murmullo del viento ni ruidos de personas, animales o insectos, y Marga experimentó una sensación rara y conmovedora al encontrarse allí, en medio de ese vacío inhumano, como si estuviera en otro planeta, en un lugar donde el hombre no debería haber estado jamás. 
Cincuenta días a Tombuctú


Mapa de Marruecos incluido en el volumen de relatos Carta desde el Toubkal
Dibujo de Sergio Camacho