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viernes, 12 de marzo de 2021

EL CAMINO IMPERFECTO DE PEIXOTO


Jaula, souvenir de Luang Prabang (Laos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Eso que ven en la imagen es una jaula para pájaros. Es tan diminuta porque no está hecha para que viva en ella el pájaro, sino para que éste aguarde allí su liberación. Se venden a las puertas de los templos en muchos lugares del sudeste asiático, y se compran por aquello del karma. La buena acción de abrir la puerta de la jaula y dejar salir al asustado pájaro redundará en nosotros en ésta u otra vida. La que les muestro la cogí en el mirador del templo de Wat Chom Si, construido en la cima de Phousi Hill, en Luang Prabang, Laos; pero similares las vimos en Tailandia, Myanmar y Vietnam (ahora no recuerdo si también en Camboya). En ningún país pude mejorar mi karma a costa de aquellos gorriones, pues cada vez que hacía ademán de comprar uno, mi hijo pequeño me lo impedía. Decía que mi acción a lo único que contribuiría sería a que siguieran capturando y enjaulando a aquellas inocentes e indefensas criaturas. La jaula que ven la recogí de la barandilla del templo, donde alguien la había abandonado tras su "piadosa" acción. Como un souvenir más del viaje. De él fue de lo primero que me acordé al iniciar El camino imperfecto del portugués José Luís Peixoto. Del souvenir y del templo Wat Traimit en el Chinatown de Bangkok, Tailandia, donde Peixoto liberó a uno de esos pájaros.

LOS OJOS DEL PÁJARO eran dos puntos clavados en el negro absoluto, como si existiese una noche enorme por detrás de ellos, como si aquellos pequeños puntos fuesen la única comunicación entre este mundo y esa noche infinita. En el interior de la jaula, el pájaro no sabía cómo huir del miedo: todos sus instintos eran inútiles, su experiencia no le garantizaba lo que iba a suceder.
 Yo sujetaba la jaula con las dos manos, era de madera ligera. Su peso contenía el del propio pájaro: gramos de pánico. A nuestro alrededor todo era mucho más pesado: los bloques de piedra del templo Wat Traimit, muros de piedra, escalones de piedra que llegaban hasta allá arriba, al altar del Buda de Oro, Phra Maha Suwan Phuttha Patimakon, la mayor estatua de oro macizo del mundo, cinco toneladas y media.
 Hasta el aire era pesado –espeso, húmedo, caliente como sopa, como tom yak picante, hierba limón–, hasta el cielo era pesado.
 El humo de incienso subía hacia el cielo, se mezclaba con él, lo tenía. Bangkok entera subía al cielo: avenidas llenas de tráfico, millones de voces. El templo Wat Traimit se sitúa en Chinatown, en el centro de un laberinto. La única salida, me parecía, era el cielo.
 Abrí la puerta de la jaula. El pájaro se encogió durante unos instantes, con miedo del firmamento, conociendo su tamaño mejor que yo. Y, de repente, salió disparado. No dio tiempo para que Makarov le sacase una fotografía.
 A petición mía, Makarov estaba con la máquina preparada para registrar el momento en que soltase el pájaro –libertador vanidoso de pájaros–, pero ese segundo pasó demasiado deprisa. Solo conseguimos levantar la cabeza y verlo desaparecer.
 En el budismo tailandés la idea de Karma dio origen a la idea de hacer méritos. La idea de hacer méritos dio origen a la liberación de pájaros. La liberación de pájaros crea una posibilidad que, más tarde, regresará a su autor.
 Es una lógica perversa cuando se sabe que antes esos pájaros eran libres. Fueron capturados y enjaulados apenas con el propósito de venderlos –cien bahts– y volverlos a liberar.
 Pero en aquel momento yo no pensaba en eso.

 Por esas extrañas conexiones que se dan en las cabezas de los que estamos aburridos, me ha brotado de pronto una frase un tanto presuntuosa que seguramente mañana querré borrar: «Los libros son pájaros enjaulados que hay que liberar». Abres sus tapas y, al leer sus páginas, los liberas. Quizás de ahí venga el nombre de Librerantes, la revista que edita una pequeña –ya llegará a ser grande– distribuidora de libros con un interesante catálogo de editoriales independientes. Recogí su primer número en la librería Proteo, y al hojearla en el autobús, de vuelta a casa, me topé con la portada de El camino imperfecto, de la editorial La Umbría y la Solana. «Un libro de no-ficción en el que José Luís Peixoto cuenta los tres viajes que hizo a Tailandia. Sorprende por lo que cuenta, se aleja de los lugares comunes de aquel país y se detiene en los aspectos menos conocidos de su cultura, de su historia, de su religiosidad, de muchas otras cosas», se leía al lado de aquella espalda tatuada con un enorme dragón.

El camino imperfecto, de José Luís Peixoto
Editorial La Umbría y la Solana

 El por qué, el dónde y el cuándo de esa portada nos lo cuenta Peixoto muy al final.

AHORA RECUERDO INSTANTES QUE SALTAN de unos a otros, como si no hubieran sucedido en una secuencia. Recuerdo fotografías y no una película.
 El día terminaba. Entraba poca luz entre los edificios –casi tocándose en lo alto– de una callejuela del Chinatown de Bangkok. Había unos hombres o chicos en cuclillas, en la puerta de un almacén, comiendo cuencos de sopa y fumando al mismo tiempo. Habían pasado el día descargando camiones llenos de cajas, llevándolas en carretillas a través de un laberinto y guardándolas en el almacén. Estaban desnudos de cintura para arriba, con las camisetas enrolladas y atadas a la cintura. Uno de ellos tenía un tatuaje de un dragón que le cubría la espalda.
 Sin pensar, ignorando la timidez, interrumpí la conversación, la sopa sorbida, el humo exhalado, y pregunté si podía sacarle una fotografía. Él entendió los gestos y se levantó.
 Miré mi máquina y tenía la lente errónea: demasiado cerca. Necesitaba más luz, pensaba, pero usar el flash sería excesivo. Los que habían seguido en cuclillas provocaban al que estaba de pie, decían frases sueltas en chino y se reían. Disparé dos veces.
 Él estaba impaciente, quería acabar con la situación. Cuando se iba a girar le fotografié una vez más. Se giró, le di las gracias, seguí mi camino.
 Después de la primera esquina –pocos pasos–, fui a ver el resultado. Las dos primeras fotografías habían salido mal. La última, sin embargo, la había sacado en el instante exacto en que su cuello tapaba un cartel y, más difícil todavía, en que la luz era perfecta. El movimiento del cuello –su prisa– había creado la posición ideal.
 Mirando todavía la pequeña pantalla de la máquina, recordando lo que ya había escrito y lo que todavía quería escribir, comprendí de inmediato que aquella fotografía sería la portada del libro: este libro.

 De Peixoto había leído Cementerio de pianos, una novela que me encantó y de la que escribí una reseña* en Calle 1, mi blog deportivo, así que quise hacerme con un ejemplar de inmediato. Y esta semana blanca, a pesar del confinamiento, regresé a Tailandia. Esta vez no me acompañaban ni mi hijo pequeño ni mi mujer, sino Peixoto y, a ratos, su amigo Hugo Makarov, el tatuador que lo acompañó en el último de sus viajes a Tailandia y que ha ilustrado seis de las 199 páginas del libro. La verdad es que el tipo de dibujo no me pega con la cuidada edición de La Umbría y la Solana. Sabiendo que Peixoto es el autor de la imagen de la portada, habría preferido que éste hubiese trocado las ilustraciones por algunas de sus fotografías; aunque supongo que la intención del portugués fue mostrarnos qué demonios estaba dibujando Makarov en sus cuadernos de dibujo.

MAKAROV DIBUJABA bajo la luz de los frenos de los coches; tenía el cuaderno abierto en el regazo. Después de poco más de dos semanas en Tailandia, estaba a punto de terminar el primer cuaderno. En otros momentos, en las mesas de los restaurantes, las camareras se asomaban detrás de sus hombros mirando los dibujos; llamaban a sus colegas para que también los viesen y pudiesen admirarse todas juntas.

Ilustración de Hugo Makarov para El camino imperfecto de Peixoto
Fotografía: Lucía Rodríguez

 No es éste un libro de viajes al uso, ni Peixoto nos cuenta a fondo su viaje por el país (hay además una brevísima visita a Laos y 14 páginas dedicadas a Las Vegas), pero el que conozca bien Tailandia, irá de recuerdo en recuerdo, constatando un montón de cosas que observó y aprendió en su visita al antiguo reino de Siam, y el que no lo conozca, arderá en deseos de que todo se normalice para poder viajar a Bangkok y recorrer el país de norte a sur y de este a oeste. A estos, Peixoto les da el mejor de los consejos: evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Más en un país en el que el muay thai –boxeo tailandés–, es el deporte nacional.

SUDARAT ME EXPLICÓ QUE LA IRRITACIÓN significa debilidad, la impaciencia significa falta de control. Es muy difícil encontrar un tailandés que levante la voz.
 Las críticas públicas son vergonzosas e insoportables. Hay que prestar atención a detalles menos obvios. Una sonrisa puede significar incomodidad, puede ser una fuga.
 El enfrentamiento abierto debe evitarse al máximo. Unos no lo provocan y, si pasa por accidente, los otros no lo aceptan. Nadie se muestra en desacuerdo con nadie. A primera vista, no existe desacuerdo. Todo es preferible a una disputa.
 Se debe tener cuidado para no plantear preguntas que dejen al otro sin salida. No tener respuesta es una humillación, una pérdida de reputación.
 Como en otros países asiáticos, perder reputación es una deshonra irreversible. Cuidado con el que cae en esa desesperación, porque ya no tiene nada que perder.
***
EN LOS DESCANSOS ENTRE ROUNDS se colocaban unos bancos viejos de madera para los luchadores en rincones opuestos. […] Los luchadores respiraban nerviosos. Mientras el maestro les gritaba en medio de la cara, un hombre sumergía un trapo en un balde de agua y se lo pasaba por los músculos del pecho, por el cuello o por el rostro ensangrentado. Cuando sonaba la campana para recomenzar el combate, los bancos se retiraban a toda prisa. La tina era arrastrada con cuidado para no derramar la mezcla de agua, sangre y sudor.
 Y volvía  a empezar la sarama, música tradicional que se toca sin parar durante los combates de muay thai. […]
[…] Los primeros golpes después de los descansos –puñetazos, rodillazos, patadas– sacudían el agua en los cuerpos de los luchadores: hacían que se deslizase por la piel aceitosa, la proyectaban en chorros. Algunas de estas gotas llegaban a la segunda fila y me golpeaban.
 El estadio Ratchadamnoen estaba lleno de hombres: gradas con miles de hombres. Durante el combate gritaban una maraña de voces, como el rugido de una tempestad. Durante los descansos gritaban todavía más, agitaban los brazos y gesticulaban números con los dedos: apostaban con urgencia.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Los luchadores eran jóvenes. Después de los rituales, después de honrar a los maestros pasados y presentes, después del entusiasmo de los primeros rounds, el combate se aproximaba a su final cuando las piernas empezaban a temblar, cuando caían con más facilidad. Las últimas patadas y puñetazos eran acompañados por el coro de los asistentes, como si toda la multitud recibiese esos golpes.
 Las patadas eran siempre de espinilla contra espinilla, hueso contra hueso. El árbitro escogía los momentos en los que los separaba, protegía celosamente al que cayese.

 Al transcribirles estos párrafos del texto, me acuerdo de los combates que presencié en Bangkok, organizados por un gimnasio que había al lado del hotel. Nos sentamos en lo alto de una de las gradas desmontables, retirados de las cuerdas del cuadrilátero, pero hasta allí nos dolían los golpes. «Madre mía», decía mi hijo pequeño –en ese momento tenía quince años– cada vez que terminaba un combate y tenían que ayudar a bajar del ring al luchador que había sido derrotado.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio, 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 A Peixoto también lo acompañan, en alguna de sus visitas al país, su mujer y su hijo pequeño. No sé el suyo, pero el mío alucinó con algo tan poco exótico como los pequeños supermercados 7-Elevens, pues aparecían como objetos descargables en el Animal Crossing de la 3DS.

Hay casi nueve mil 7-Elevens en Tailandia, solo unos pocos centenares menos que en todos los Estados Unidos.
 El aire acondicionado de los 7-Elevens de Tailandia está siempre al máximo. Bangkok puede estar hirviendo –las ropas pegadas a la piel por el sudor grueso– pero dentro de un 7-Eleven hace siempre un frío polar, como en Alaska.

 Junto a las impresiones de sus viajes, Peixoto incluye escenas de su pasado, imágenes autobiográficas: recuerdos de su padrino sentado a la puerta de su casa en una silla de camping; de su madre sirviendo un caldo de gallina al calor de la lumbre de una chimenea con los perros tumbados en el suelo esperando cualquier cosa que su padre dejase caer de la mesa; el acoso y las peleas en el colegio; sus hermanas…

 También salpica sus páginas con su visión de los viajes y del turismo, y con las dudas y los miedos que asaltan al escritor que pretende llevar lo vivido, lo viajado, al papel; su proceso de escritura y su pelea por la frase perfecta; el por qué escribe.

 Y todo ello lo sazona con multiples referencias, entre las que se incluyen la novela The Beach, escrita por Alex Garland y adaptada al cine hace veinte años con Leonardo DiCaprio en el papel principal; la taquillera Resacón 2: Ahora en Tailandia; los tatuajes que Angelina Jolie se hizo en Pathum Tani; el tsunami que arrasó los resort turísticos de sus costas el 26 de diciembre de 2004, dejando más de ocho mil víctimas entre desaparecidos y muertos; o ese subgénero de novela negra que se dedica a retratar Bangkok a partir del mundo de los bares y de la prostitución.

 Y cómo no venirme arriba con esa referencia a Bruce Lee, del que tanto les he hablado en mi otro blog*.

LOS CHICOS EXHALABAN BOCANADAS DE HUMO en dirección a la luz del proyector. Las sillas de madera eran incómodas.
 Las imágenes nacían de la mecánica del proyector, atravesaban el humo –chorros furtivos o un cuerpo de humo paralizado en la penumbra del salón de la Sociedad Filarmónica– y chocaban de frente contra la sábana. Yo y todos cambiábamos de posición en las sillas, nos quedábamos colgados de esas imágenes, sobre todo cuando Bruce Lee tenía que dar una lección a alguien que se la merecía, o cuando varios hombres se juntaban para coger a Bruce Lee por sorpresa, o cuando por fin Bruce Lee ajustaba cuentas con todos los que se le habían enfrentado a lo largo de aquellas dos horas.
 Después de esas matinés nos quedábamos inventando golpes de kung fu en la acera, enfrente de la Sociedad. Era siempre sábado y primavera, nadie se hacía daño.

 O a los gatos, cuyas imágenes coleccioné en mi iPad mini 4 durante aquel viaje.

Gato (Bangkok, Tailandia)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

EN LAS CALLES DE BANGKOK HAY MILES DE GATOS. En tailandés-inglés se llaman soi cata. Se sabe que hay cerca de trescientos mil son dogs en Bangkok, pero no se sabe exactamente cuántos gatos hay.
 En los rincones de cualquier mercado, en la parte trasera de cualquier restaurante, en las márgenes del río, en los callejones, hay siempre gatos sin dueño. En los templos no faltan gatos de varias generaciones: está prohibido expulsar a cualquier ser vivo de ese espacio.
 Varias razas de gatos tuvieron su origen en Tailandia. Se cree que los siameses vienen de la ciudad real de Ayutthaya.
 Los gatos se estiran en el cemento, cubiertos por todos los ruidos de la ciudad, por la espesura húmeda del calor. Por detrás de sus párpados, se aferran a un lugar más justo.

Aunque el tono crepuscular de la última parte del libro me parece excesivo para un escritor que sólo tenía 42 años en aquel momento, Peixoto cierra de manera espectacular su narración, con un The End que entronca con las primeras líneas del texto.

 Háganme caso. Si quieren sentirse por unas horas como un farang, háganse con un ejemplar de El camino imperfecto.

FARANG ES LA PALABRA QUE LOS TAILANDESES USAN para referirse a los extranjeros occidentales blancos.

 Hace más de cuatrocientos años, los mercaderes portugueses llevaron las primeras guayabas a Tailandia. Entre muchas otras hipótesis, esa es una de las razones probables de que se llame farang a los extranjeros blancos. En tailandés, guayaba se dice farang.
 A veces, entre otros sonidos, es posible distinguir las silabas de la palaba farang. Acompañada por prefijos, sufijos u otras palabras, se usa también como parte de los nombres de productos que llegaron de la mano de los extranjeros blancos: patata se dice man farang; chicle se dice mak farang; cilantro se dice phak chi farang.
 A los turistas occidentales blancos de bajos recursos –sandalias y mochila–, los tailandeses les llaman farang khi nok, que significa literalmente farang-caca-de-pájaro.

Pedro Delgado en Bangkok (20 de julio de 2018)
Fotografía: Lucía Rodríguez

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/03/cementerio-de-pianos.html

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

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lunes, 10 de febrero de 2020

DÍAS EN CHINA


Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez

El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read) de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
 La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
 Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.

Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito.  Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
*** 
 Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
*** 
 Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
 La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
 El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
 Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
*** 
 A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
 La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
 El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
 Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
 El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
 En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!".
 El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
 La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
 Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
*** 
 [...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
 A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
 Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
 Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
 Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
 El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse: 
Cuanto más lejos se va,  menos se aprende.
 El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.

Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre 
 El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
 Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
*** 
 Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
 Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
 –¿Nos ponemos en marcha?
 –Aún no. Hay que esperar.
 El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan
Fotografía: U/Lorry_Al
 Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
 Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
 Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)


 Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.


*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

 Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968).

 En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean.

Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.