martes, 21 de febrero de 2023

DEL COHETE CHINO, EL ICTUS DE MI PADRE, LA NOVELA STONER Y OTRAS COSAS


Noticia sobre la alarma por la caída de la chatarra espacial china
EL PAÍS, sábado 5 de noviembre de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día 4 de noviembre del año pasado, parte de un cohete chino cruzó la península y fue a estrellarse al mar. Unas horas después, como si el paso de esa chatarra espacial sobre la península hubiese provocado una perturbación en la cabeza de mi padre, éste sufrió un ictus hemorrágico y tuvo que ingresar en la Unidad de ictus del hospital Carlos de Haya. Estaba en un estado semicomatoso, y nos dieron pocas esperanzas de vida. Lo más probable era que le repitiese otro episodio en los próximos cinco o quince días y no saliese vivo de aquel hospital en el que habíamos nacido sus cuatro hijos.

 Mi padre era lector asiduo del diario Sur, y por alguna extraña razón decidí fiar su supervivencia al hecho de guardarle el periódico a diario. No quería caer en el desánimo, y me agarré a aquel gesto banal con la convicción de que se iba a obrar el milagro. Los primeros días tenía que recorrer los quioscos de media Málaga para conseguirlo, pero después aprendí la lección y lo compraba nada más salir a la calle, antes de que se agotase. Y así los fui amontonando en casa, con la esperanza de que al salir del hospital pudiera leerlos, o leérselos yo, y tener un resumen del tiempo en el que se le detuvo el mundo.

 Afortunadamente, mi padre recuperó la conciencia y, poco a poco, a pesar de lo grande del derrame, su estado se fue estabilizando; aunque no movía el lado derecho del cuerpo, ni conseguía emitir palabra alguna, como si la capacidad del lenguaje se le hubiera borrado del disco duro del cerebro.

 El 25 de noviembre lo trasladaron al hospital Civil para recibir tratamiento de fisioterapia, logopedia y terapia ocupacional. Y allí sigue ingresado. Cuando por fin se echó a hablar, lo hizo de manera ininteligible, pero con el paso de los días, empezó a hilar vocales y consonantes y consiguió que lo entendiéramos. Los avances motores son muchísimo más lentos, tanto que a veces se desespera. También nosotros nos desesperamos, pero desde que está allí tengo la sensación de que las cosas importantes ya no lo son tanto y que no hay nada mejor que hacer cada tarde que visitarlo. Tiene la cabeza perfecta, así que jugamos al dominó, repasamos la prensa y, como hacía con mis hijos cuando eran pequeños, me doy el placer de leerle alguna novela. La primera ha sido Stoner, del estadounidense John Williams. Me la regaló por Reyes mi hermano Marcial. «No es más que la historia de un profesor de Literatura en una universidad estadounidense, pero te va a encantar», me dijo. Y así fue: nos encantó a los dos (a pesar del capítulo del examen que creo le corta el ritmo).

Stoner, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

 Stoner es la vida de un crío que nace en 1891 en una pequeña granja de Misuri central, y que a los diecinueve años va a estudiar agricultura a la Universidad de Columbia. Allí, durante el primer semestre de su segundo año, cursará una asignatura requerida para todos los estudiantes universitarios, un estudio de literatura inglesa impartido por el profesor Archer Sloane que le abrirá los ojos al mundo de los libros y lo llevará a cambiar sus asignaturas de ciencias por la filosofía, la historia antigua y la literatura inglesa. A sus 27 años, William Stone recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñará hasta su muerte en 1956. Entre esas dos fechas, 1891-1956, la vida. Recogida en 240 páginas que se disfrutan de principio a fin, con personajes secundarios memorables, como ese Dave Masters, que a pesar de morir joven en la Primera Guerra Mundial no nos abandonará durante toda la lectura del libro.

También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Château-Thierry, junto con las primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

 La traducción de Stoner (Editorial Baile del Sol) corre a cargo de Antonio Díez Fernández, que ha hecho un magnífico trabajo, algo que se comprueba al ser leída en voz alta. Impagable ver las caras que ponía mi padre ante los avatares que le sucedían al protagonista, y el interés con el que aguardaba un nuevo capítulo, como si fuera un serial de la radio.

 Ahora le estoy leyendo La aventura soñada, la biografía de Hugo Pratt, escrita por el francés Thierry Thomas, y aunque no está escrita para ser leída en voz alta como Stoner, también nos está gustando. A mí porque soy muy fan de Pratt y de todos sus personajes, con Corto Maltés a la cabeza, y a él porque también conoce al protagonista y porque, a sus 87 años, cumplidos en el hospital, repasar otras vidas (la del profesor William Stoner o la de Hugo Pratt) le sirve para revisar la suya.

 Y me gusta mucho verlo sonreír cuando nos encontramos con alguna sincronía. Ayer mismo, tras terminar de leerle un pasaje de La aventura soñada (Ediciones Siruela) en el que se mencionaba a Mandrake el mago, uno de sus personajes de cómic favoritos, abrimos el periódico por la trasera y vimos que en la segunda cadena de Televisión Española echaban esa noche Raíces profundas, la película que más le gusta, dirigida por George Stevens y protagonizada por un impresionante Alan Ladd. Un western basado en la novela Shane, de Jack Schaefer, que le regalé un día por su cumpleaños en una cuidada edición de la colección Frontera de la editorial Valdemar.

Raíces profundas (Shane) en La 2
Fotografía: Pedro Delgado

 «Bueno, bueno. Hoy va la cosa de favoritos», le dije. Y por su cabeza volvieron a cruzarse las viñetas de Lee Falk y aquella secuencia al inicio de la película en la que Shane desciende el valle montado en su caballo y llega a la granja mientras suena Call of the Faraway Hills. «¿Recuerdas el duelo del final?», le pregunté. «Con Jack Palance», afirmó. «Y la conversación con el crío al final de la película», añadió. Y en ese momento, el «Shane. Shane. ¡Vuelve!» retumbó en los pasillos del hospital.


viernes, 10 de febrero de 2023

VALE UN POTOSÍ (NOIR BOLIVIANO)


Vale un potosí, novela negra de Isabelle Fougère (Blume)
Fotografía: Pedro Delgado

Hace Dios con las manos lo que quiere, pero más hace el diablo con la cola.
Jacques Prévert, Fatras, 1966

Aguardaba la Semana Negra de Gijón para mostrarles esta reseña, pero el pasado sábado leí en el suplemento literario Babelia un artículo sobre el festival BCNegra, que reúne en Barcelona a los grandes autores del género literario, y me dije que este era el mejor momento para hacerlo.

 Vale un potosí (Editorial Blume) son dos libros en uno. Por un lado, tenemos una sorprendente novela negra ambientada en Bolivia, y por otro, un magnífico trabajo fotoperiodistico de Miquel Dewerer-Plana centrado en los mineros de Potosí, Bolivia. Hoy, por lo que les decía sobre la BCNegra, voy a poner el foco en la novela, dejando la otra cara del libro para otra reseña.

 El noir es un género que se reinventa continuamente, y estoy seguro de que si su autora, Isabelle Fougère, fuera boliviana, en lugar de francesa, ya se estaría hablando del noir boliviano como subgénero, al igual que se habla del noir nórdico, el tarta noir o el thriller vasco.

 Vale un potosí es una novela negra atípica, con una cholita como protagonista, Doña Consuelo, a la que uno termina por cogerle cariño, un personaje fuerte y testarudo muy bien construido.

[...] surge del socavón a la velocidad de una bala de cañón. Un par de botas manchadas de barro y por encima una pollera verde constituyen la poderosa barrea que los detiene. Más arriba de la pollera, palpita un pecho de generosas curvas, jadeante. De la sombra circundante emerge un rostro poco ameno, coronado por un casco del que salen dos negras trenzas, donde se ven unos cuantos hilos plateados. Es la patrona.
 Doña Consuelo Orco de Pizaro, con una «r», ojo con pronunciarlo como «rr», y ella le da gran importancia para que no se la asimile al famoso conquistador Francisco Pizarro. Se tiene que apoyar en los dos mineros para retomar el aliento, entrecortado este por la falta de oxígeno y los 40 grados en el túnel cavado en el cerro.

 En la primera página ya aparece el cadáver, el cuerpo sin vida de Gustavo Condori, un pobre minero al que alguien le ha dejado un pico clavado entre los omóplatos en la mina Pizarro.

 Paralizados, con los brazos colgando, se quedan mirando el pico clavado como un ancla en la espalda de uno de los suyos, tumbado cara al suelo en medio de un extenso charco negro.
 En lo hondo de la mina, pierde su insolente color rojo la sangre.

 Y yace a los pies del Tío de la mina, el dios del mundo subterráneo, al que los mineros rinden tributo para que los proteja y les de una buena veta. Un Tío que asume el papel de narrador en algunos capítulos.

Soy el Tío, el diabólico genio que habita en las entrañas de la montaña de plata. Mis súbditos-esclavos, mineros de Potosí, se matan la salud aquí desde hace siglos, desde la época de los conquistadores, con la esperanza de encontrar una veta que traiga suerte.

Tío de la mina. Potosí (Bolivia, 2008)
Fotografía: Pedro Delgado

 La trama se desarrolla en Potosí, ciudad que visité en el verano de 2008, en uno de mis viajes a Bolivia. Allí, como en Oruro, bajé a las famosas minas, departí con los mineros e hice ofrenda de alcohol, hojas de coca, dulces y cigarrillos al Tío de la mina, ese diablo de falo enhiesto que fecunda la roca y al que veneran los trabajadores del subsuelo para que no se cobre sus vidas y les conceda sus favores.

Cerro Rico, como llamaban los españoles al Cerro de Potosí
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado en Cerro Rico, Potosí
Bolivia, verano de 2008

–Habría que llamar al curandero, doña Consuelo, si no, el Tío se va a agarrar su alma –murmura con voz tembleque Alfonso Quispe, al cabo de un cuarto de hora.

 Antes que el curandero, aparece en el lugar del crimen el comisario con sus ayudantes.

El hombre de ley, petiso él, de unos cincuenta corpulentos años, tiene por acompañantes a dos tipos desgarbados que llevan linternas eléctricas, doblados en dos para no chocarse con las paredes ni el techo de la galería.

 Tras él, llega el curandero, que tras echar las hojas de coca pide sacrificar una llama frente a la bocamina, un ritual al que asistí compungido varias veces en aquel viaje.

Sacrificio de la llama en una bocamina de Oruro
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

 Recuerdo también que las condiciones de trabajo de aquellos mineros eran casi las mismas que hace cien años, arañando las laderas de la Pachamama con técnicas demasiado peligrosas en busca de plata, zinc y estaño. Y al riesgo de quedar sepultado, se le añadía la toxicidad del aire de los socavones y el polvo metalúrgico que envenenaba el aire, no ya solo de la mina, si no de toda la ciudad.

–[...] Hasta en el campo se pudre la quinua. ¡Y están repletas de arsénico las llamas y ovejas que pastan las escasas hierbas que aun crecen en la montaña!

 Pero dejemos a un lado los riesgos y centrémonos de nuevo en el caso. Tenemos un muerto y un comisario con dos ayudantes grandullones, pero la verdadera detective del caso va a ser Doña Consuelo, amante de las películas policíacas y una suerte de teniente Colombo (Columbo en Hispanoamérica) con pollera en lugar de gabardina. Una auténtica mosca cojonera.

 Luego de dos horas y media, el cortejo deja la ruta principal para tomar un camino de tierra embarrado que se va adentrando en un valle. Luego de varias curvas con baches, que hacen resbalar el ataúd de Gustavo de un lado a otro, de manera peligrosa, el viento despeja la neblina y el sol arroja sus rayos sobre un paisaje árido. Se dibuja a lo lejos una quebrada angosta rodeada de farallones calcáreos. Empiezan a aparecer casuchas de adobe, minúsculas aldeas de cuatro o cinco viviendas. Triste meseta. Nadie a la vista, salvo grupos de ovejas y cabras que pastan plácidamente una hierba seca y gris.
 «Aún más flacuchos que en Potosí», observa para sus adentros doña Consuelo, que durante todo el viaje se ha estado concentrando en cómo proseguir su investigación. Piensa en los DVD amontonados debajo de su cama y en todas esas películas policíacas de las que se alimenta de noche en su viejo televisor, cuando no tiene amante que la distraiga. Una de sus preferidas es la serie del inspector Columbo. El muy astuto no se pierde un solo entierro. Con las manos en el bolsillo de su viejo impermeable, con cara de yo no fui, se aparta un poco y observa a los asistentes. Lo ha visto repetidas veces. Los asesinos, y quien lo dice es Columbo, suelen asistir a los entierros de sus víctimas. Piensan que estar presentes es prueba de su inocencia. Doña Consuelo está agarrando su carterita tejida que lleva en bandolera, bien apretada sobre su pollera. Adentro, siente al tacto su libretita y su lápiz.

 Y todo nos lo cuenta un narrador omnisciente, salvo en seis de los veintiún capítulos en los que toma la palabra el mismísimo Tío de la mina.

[...] Don Ricardo se ha puesto la sotana de los días de fiesta, no cada día asisten feligreses de la ciudad.
 Pobre Gustavo, no vino mucha gente a tu entierro. ¡Qué ironía la de este momento! Rezan al Dios de los conquistadores para que te otorgue la vida eterna, pero todos piensan en mí, el dios de abajo, el que se come a los hijos del campo transformados en esclavos del inframundo.

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

 No les adelantaré nada más. Tan solo decirles que la novela está muy bien ambientada y que es un fiel reflejo del mundo de la minería en el país andino y de la vida cotidiana de sus protagonistas. El bello Sebastián García Huanca, José Luis Castro Ferrer, alias «el Dinamita», Alfonso Quispe o Efraín Orco, me hicieron recordar a aquellos otros mineros con los que compartí unas horas en Potosí y Oruro. Ojalá la vida haya sido generosa con ellos.

Los cuatro hombres se sientan para ponerse las botas y verificar las lámparas de sus cascos. Se embuten en la boca unas cuantas hojas de coca, después de haberles quitado la nervadura central. Luego mordisquean lentamente una piedrita de cal que, al mezclarse con la coca, va formando una bolita. La mantendrán en la boca durante varias horas. Desde que los conquistadores españoles comprendieron el poder estimulante que tenía sobre sus esclavos indígenas, la coca se ha vuelto para los mineros una compañera indispensable.

Mineros de Oruro, Bolivia. Verano de 2008
Fotografía: Pedro Delgado


 El festival BCNegra celebra su decimoctava edición entre el 6 y el 12 de febrero en Barcelona.

Cartel BCNegra 2023


martes, 31 de enero de 2023

PRESENTACIÓN DE "MUNDOS PARALELOS" EN EL TERCER PISO


Presentación de Mundos paralelos, de Rafael Martín

EL TERCER PISO es un ambicioso proyecto de Héctor Márquez para insuflarle vida a la librería Proteo de Málaga después de que esta reabriese sus puertas tras el devastador incendio que sufrió. De manera muy inteligente, y en muy poco tiempo, Héctor está convirtiendo la tercera planta de la librería en un punto de encuentro para todos los que amamos los libros. Un lugar convertido en el salón de nuestra casa (eso es Proteo para muchos de nosotros), donde tener encuentros, charlas, debates, presentaciones de libros y muchas actividades más, en formatos diseñados con sumo gusto por Héctor Márquez.

 Dentro del ciclo Leyendo a la Carrera, que tengo el placer de coordinar, nos encontramos este próximo viernes con Rafael Martín, atleta, viajero, montañero y escritor, autor de Mundos paralelos, una compilación de fotografías tomadas por el autor en sus viajes por distintos lugares del mundo a lo largo del tiempo, a la vez que un libro de relatos, pues cada imagen va acompañada de un texto breve, complemento que convierte la lectura en una experiencia inmersiva; permitiéndonos, entre otras cosas, navegar con él por el Amazonas, recorrer juntos la sabana africana o encordarnos para ascender al Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán.

 Ambos compartimos pasiones y amistad desde hace muchísimos años, de ahí que sea yo el autor del prólogo y la persona que lo presente la tarde del viernes en El Tercer Piso de la librería Proteo.

 Quiero mostrarles aquí uno de los relatos que componen el libro, por si les gusta y se animan a acompañarnos. Y como Marruecos tiene un papel destacado en este blog, he elegido uno centrado en el alto Atlas, esa cordillera por la que tanto anduve y que tanto echo de menos. Lleva por título Renuncia, y la fotografía fue tomada por Rafael en Timichi, Marruecos.

Timichi, Marruecos. Fotografía: Rafael Martín

RENUNCIA

Al despertar me percaté de que el ratoncillo que se coló en la habitación la noche anterior había destrozado la bolsa de comida que tenía en la mochila. Estiré el brazo la volqué. Salió corriendo, dando trompicones. La verdad es que no tenía ganas de presentarle batalla. Los días que llevaba en ruta me tenían agotado y preferí desperezarme con calma.

Una colchoneta en el suelo y una mesa de un repujado tosco era el único mobiliario con el que contaba la habitación, encalada en celeste claro.

Hacía un rato que el muecín había llamado a la oración, y ya se oía el cacharreo de mis anfitriones preparando el desayuno.

Brahim había preparado unos deliciosos crepes, pan recién hecho, miel, mermelada y un cuenco de aceite de acebuche oscuro y espeso que no dejaba ver el fondo. Era el complemento perfecto.

Hoy es día de mercado en Setti Fatma, y los campesinos de los pueblos altos del Atlas bajan a vender o cambiar sus productos.

Brahim y su hija Fatima recogen de los tejados, que hacen a la vez función de secaderos, el maíz, que tras cuatro horas de caminata intentarán vender.

El patriarca de la familia buscó una vez trabajo en España, pero esa mañana, mientras ríe y juega con su pequeño, se alegra de haber dejado atrás aquella civilización que un día creyó mejor.

Mundos Paralelos

Rafael Martín

 

Ya saben, coloquio y presentación del libro Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) de Rafael Martín, el próximo viernes 3 de febrero, a las 19:00, en El Tercer Piso de la librería Proteo. Presentará al autor Pedro Delgado, prologuista del libro, en un acto moderado por Héctor Márquez.


Más información en: https://eltercerpiso.es/sesion/rafael-martin/


sábado, 31 de diciembre de 2022

10 LIBROS PARA REGALAR EN REYES A LOS MÁS AVENTUREROS DE LA CASA


Stan Laurel y Oliver Hardy en una foto promocional de los años 20

El otro día oí decir a Pedro López, presidente ejecutivo de Chocolates Valor, que comer chocolate era la mejor inversión del mundo: "Por tres o cuatro euros tienes placer para una semana". También dijo que, en estos tiempos de incertidumbre, los chocolates facilitan un momento de indulgencia con uno mismo. Pues bien, todas esas palabras se pueden aplicar a los libros.

 Desde este blog comparto la selección de libros que he hecho para mí mismo, estoy seguro de que con ella ustedes también acertarán a la hora de regalar a los más viajeros y aventureros de la casa. Hay biografías, ensayos, crónicas, relatos, novelas, cómics y cuadernos de viajes que seguro nos harán más llevadero el nuevo año 2023.

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la-paga-del-soldado

en-venecia

edicions.ub.

mundos-paralelos

dos-sherpas

edicions.ub

 Como todos los años, lean para viajar más lejos, vivir otras vidas y otras épocas y evadirnos de estos tiempos inciertos. A ver por dónde nos sale el 2023, porque los anteriores han sido bien moviditos. Mientras tanto, brinden por seguir vivos y participar de esta maravillosa aventura que es la vida.


miércoles, 30 de noviembre de 2022

EL AZAR COMO BIBLIOTECARIO: LOS CUENTOS DE HUMOR Y DE HORROR DE HECTOR HUGH MUNRO (SAKI)


El azar como bibliotecario: los cuentos de Saki
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace mucho tiempo leí un artículo de Antonio Muñoz Molina en el que hablaba de cómo el azar podía cambiar el rumbo de nuestras lecturas, actuando contra lo que se lleva en ese momento. «El azar es un eficiente bibliotecario ciego», decía.

 A mí, de cuando en cuando, también me regala algunas lecturas sorprendentes a las que nunca habría llegado a través de las mesas y los escaparates de novedades de las librerías.

 Para facilitarle al azar su trabajo, hay que curiosear en los puestos callejeros y en los estantes de las librerías de segunda mano. Muchas veces, uno sale de ellas sin haberse cobrado una pieza, con las yemas de los dedos ennegrecidas por el polvo y la esperanza puesta en otra visita; pero en otras ocasiones, uno halla ese libro que no sabía que buscaba. Incluso verdaderas joyas, como los dos tomos a precio regalado de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Ed. Atalanta), de los que ya les hablé en otra entrada.

 Este verano encontré una antología de relatos de Saki en Re-Read. La verdad es que no sabía quién era Hector Hugh Munro, alias Saki, pero el título (Cuentos de humor y de horror), el prestigio de la editorial (Anagrama) y el texto de la contra me hicieron retenerlo en las manos. Además, la cubierta, el lomo y las esquinas estaban impecables, como recién salido de imprenta.

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, alias "Saki"
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como decía Muñoz Molina en su artículo, «el azar no se equivoca nunca», y Saki, con esos cuentos cortos, de entre 4 y 10 páginas, me ha acompañado estos meses de estío. Los he leído a sorbos, como un buen whisky, espaciando los relatos para que me durase más tiempo el libro.

 Las historias de Saki, hiladas con perfección, ingenio y delicadeza, contienen una carga explosiva que estalla en sus últimas líneas. Son filigranas empapadas de humor negro e ironía, con finales sorpresivos. De los 20 cuentos destacaría, en orden de aparición, La reticencia de Lady Anne, Gabriel-Ernest, Esmé, Sredni Vashtar, La paz de Mowsle Barton y La penitencia, pero salvo algún que otro relato, tres o cuatro, todos están a un nivel alto, siendo cierto eso que decía Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos nunca los olvidarás. Se convertirán en una adicción, porque son mucho más que divertidos».

Hector Hugh Munro (Saki)
Fotografía: E. O. Hoppé

 En Cura de agitación, aparece Marruecos en uno de sus diálogos:

–Lo que ustedes necesitan –dijo el amigo– es una cura de agitación.
–¿Una cura de agitación? Nunca he oído hablar de semejante cosa.
–Habrá oído usted hablar de curas de reposo, que se prescriben a las personas aquejadas de una vida en extremo preocupada y tensa. Bien, usted adolece de exceso de tranquilidad y placidez y necesita, por lo tanto, el tratamiento opuesto.
–Pero ¿dónde se dispensa un tratamiento semejante?
–Bien, podría usted presentarse como candidato orangista en el distrito irlandés de Kilkenny, o trabajar como visitador social en uno de los barrios apaches de París, o pronunciar una conferencia en Berlín para demostrar que la mayor parte de la música de Wagner fue compuesta por Gambetta; y siempre queda el recurso de viajar por el interior de Marruecos.

 Al finalizar el libro, que está traducido por Rubén Massera, recordé que había leído un relato de Saki en Viajeros, la antología de Marta Salís para la editorial Alba: sesenta y seis relatos que cubren un arco temporal de casi tres siglos de tradición viajera reunidos en un volumen que ya reseñé a principios de año.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2022/01/viajeros-de-jonathan-swift-alan.html

 Se trataba de La docena del fraile, una sátira de la sociedad colonial británica escrita en forma de escena teatral, «una parodia de una de las constantes del género de viajes: el encuentro casual».

 En la breve semblanza que escribió Marta Salís de cada uno de los autores seleccionados, nos dice lo siguiente sobre Saki:

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido por el seudónimo de Saki, nació en Akyab, Birmania, antigua colonia británica y actual Myanmar, en 1870. Tras la muerte de su madre, cuando apenas tenía dos años, fue enviado con sus hermanos a casa de su abuela en North Devon (Inglaterra), donde se crió al cuidado de dos tías solteronas, ignorantes y crueles, que dejaron una profunda huella en su carácter y le hicieron aborrecer el mundo de los adultos. La tradición familiar le empujó a alistarse en la policía militar de Birmania, pero un ataque de malaria le obligó a volver a Inglaterra, donde empezó a escribir artículos de prensa. Fue corresponsal de The Morning Post en los Balcanes, Rusia, Polonia y Francia. Macabro, ácido y divertido, Saki cultivó la sátira social. Entre sus obras destacan los volúmenes de cuentos, ejemplos de brevedad y eficacia, The Chronicles of Clovis (1912) y Beast and Super-Beats (1914). Discípulo de Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling, tendría gran influencia en P. G. Wodehouse. Su estilo se ha comparado con frecuencia al de O. Henry y Dorothy Parker. Al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Compañía de Fusileros Reales y murió en combate cerca de Beaumont-Hamel (Francia), en 1916.

Hector Hugh Munro (Saki)
Foto: Imperial War Museums

 Me fijo en esto último, y entonces releo lo que cuenta Graham Greene en la contraportada de Cuentos de humor y de horror:

[...] en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: «Apagad ese maldito cigarrillo.» Éstas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después, una bala le atravesó el cráneo.

 Durante unos minutos me quedo perdido en la melancolía de esas trincheras y esos campos plagados de socavones provocados por los obuses, donde se dejaron la vida más de 600.000 soldados británicos, y luego pienso que los últimos segundos de Hector Hugh Munro fueron como el cierre de sus relatos, ese final sorpresa marca de la casa que hoy, más de cien años después, me produce un escalofrío, más grande aún por el hecho de que hace siete años visité esos campos de batalla en compañía de mi hijo Pedro.

Trincheras del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Allí podíamos sentir a cada paso la poderosa presencia de aquellos valientes. Que la tierra les sea leve.


martes, 18 de octubre de 2022

EL RIF: ENTORNO AL ZOCO

Una tarde de domingo del ya lejano mes de febrero salí del Museo Thyssen de Málaga con los ojos ahítos de fotografías y una frase anotada en la entrada, esa que rebusco ahora entre mis papeles para compartirla con ustedes. 
«Me veo a mí mismo fundamentalmente como un explorador que ha pasado su vida en un largo viaje de descubrimiento».
 Dicha declaración, expresada poco antes de su fallecimiento, resume el más de medio siglo de búsqueda creativa del fotógrafo Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1976).

En la exposición de fotografías de Paul Strand
Museo Thyssen de Málaga, febrero de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la última sala de la exposición Paul Strand. La belleza directa, dedicada al fotógrafo norteamericano, se encontraban algunas de las fotografías que este tomó en Ghana y Marruecos. Las de Marruecos ocupaban el panel del fondo de la sala.

Exposición Paul Strand. La belleza directa en el Museo Thyssen de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Eran apenas nueve imágenes, que se siguieron proyectando en mi retina cuando abandoné el museo. Sobre todo una, correspondiente al mercado de Tahannaout, cerca de Marrakech y de los pies de la cordillera del Atlas. De vez en cuando me asalta la imagen, y me recuerda los mercados semanales con los que me topé en mis viajes por el país.

Mercado, Tahannaoute, Marruecos, 1962
Paul Strand

 A esos mercados volví hace unos días con la lectura de El Rif (Ediciones Traspiés, 2010), del melillense Mokthar Mohatar y el granadino José Antonio López.

Portada de El Rif, de Mokhtar Mohatar y J. A. López
Ediciones Traspiés

 La combinación de un Doctor en antropología y un fotógrafo convierten este librito (cabe en el bolsillo trasero del vaquero) en una pieza de colección para los que amamos esas tierras, siendo a la vez un estudio sociológico, un álbum de fotografías, un cuaderno de viaje y un testimonio donde los propios rifeños nos hablan de sus vidas y de los cambios que la modernidad les produce en ellas.

 El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López

 La obra, encuadrada dentro de la colección de libros ilustrados Vagamundos, cercana al libro de artista, gira en torno al zoco como espacio de trueque y lugar de encuentro. «El zoco del que nos hablan, con sus excelentes fotos y textos escogidos con inteligencia», dice el catedrático José Antonio González Alcantud en la introducción, «es un zoco rural, ciertamente. Está en el corazón de una zona rural, donde con frecuencia regular acuden los montañeses a vender, trapichear, solicitar crédito, orar juntos u obtener satisfacción a sus querellas. El morabito del santo cheik, que protege y da baraka, símbolo de un Islam más heterodoxo de lo que quisieran los ulemas de las ciudades, lo preside todo. El zoco en el Rif era y es también el lugar donde dirimir las pasiones humanas. Es sitio, asimismo, donde se intercambian noticias y el rumor se amplifica. Y en torno a él la vida montañesa alcanza densidad societal».

Corte de pelo en una barbería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desgraciadamente, y frente a la fortaleza del zoco urbano, los zocos rurales están abocados a desaparecer, debido a la continua e irremediable merma de la población campesina. De seguir así, las imágenes que guardamos en las retinas (afortunadamente también se conservan en archivos y libros), de este espacio rural de intercambio de bienes y servicios, no serán más que retazos de un pasado arrasado por la globalización.

Fátima, ceramista de el Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desde comienzos del año 2000, Mokthar Mohatar y José Antonio López visitan gran parte de los zocos de la región del Rif, intentando captar todo lo que ven. Hacen cientos de fotos y registran en una grabadora docenas de horas de conversaciones, hasta que comprenden que todo lo acumulado no refleja la realidad que están viviendo, que con un inventario no lograrían comprender lo que estaba en juego en la región del Rif. «A partir de entonces», nos apunta López, «el trabajo dio un giro importante; en vez de partir del zoco fuimos abordándolo a través de la gente que vivía de él o para él. Paradójicamente tuvimos que salir del zoco para comprender qué ocurría en el mismo».
De esta forma, los porteadores de la frontera, los artesanos o los agricultores cobraron una dimensión distinta, empezamos a verlos y a tratarlos como padres, maridos, amigos... Dejamos de centrarnos en los aspectos de su trabajo para hacerlo en sus expectativas, sus nostalgias o sus sensaciones.
 De la frontera a los zocos comienza con estas palabras:
La frontera. Una franja de escasos metros, vital para la vida de los habitantes de la zona. Lugar de paso donde sólo podemos apreciar caos, gritos, carreras, peleas, mujeres aburridas tumbadas bajo la sombra de un árbol; una franja que atravesamos infinidad de veces para visitar los zocos de la región, en un principio sin conceder importancia a lo que allí ocurre: miles de hombres y mujeres transportando grandes fardos de mercancías que, a la postre, acaban suministrando parte importante de los productos que pueden encontrarse en los zocos de los alrededores.
 Pero es a través de nuestras visitas a los zocos cuando comprendemos la importancia de la frontera, por eso cada vez nos resulta menos indiferente, hasta el punto de que ya no nos limitamos a cruzarla, sino que se convierte en parte del estudio. Ahora seguimos a los porteadores, trabajamos como ellos, fotografiamos su trabajo desde dentro; entonces nuestra percepción se transforma y lo que antes era caos ahora parece más ordenado: las peleas son los avisos a los transportistas para advertirles del momento preciso en el que tienen que cruzar, la extensión de las manos de los aduaneros es un impuesto personal que posibilita el incumplimiento de un impuesto estatal, las mujeres aburridas bajo los árboles no son sino la larga espera para poder cobrar.
 Y tras unas líneas más, las fotografías de la frontera y varios testimonios de los que se dedican al oficio.

De la frontera a los zocos, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Me he levantado a las tres y media de la madrugada, y, tras tomar un té y un bocadillo de aceite, me he ido a la frontera para guardar cola, pues es importante estar muy temprano si quiero hacer varios viajes al día (...). Hoy he hecho dos viajes, por cada uno de ellos me han dado 60 dh (...). Como yo nos encontramos muchas mujeres, en cuyos ingresos se apoya la familia. Nos conocemos de vista, de hablar durante las largas esperas en la cola, son mujeres como yo, que han llegado de todas partes de Marruecos para instalarse en la zona porque era un sitio donde había trabajo».
Fadila, 48 años
Porteadora, viuda y a cargo de cuatro personas
Originaria de Fez e instalada en Benienzar en 1992
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«Todos los que estamos aquí vivimos gracias a la frontera, al fin y al cabo es lo único que puede darnos nuestra región, ser mulos de cargas. ¿Acaso -entre risas- servimos para otra cosa? (...), es un lugar donde siempre había trabajo; venías, te presentabas frente a un patrón, y te daba un bulto. Poco a poco te vas acostumbrando a los días de lluvia y sol, a los empujones, a los gritos de los perros aduaneros y a la incertidumbre de si hoy habrá mercancía o no. La frontera es algo duro, pero qué hubiese hecho yo si no hubiera tenido la posibilidad de venir todos los días y llevarme a casa al menos 50 dh; ¿quién me hubiese ofrecido algo mejor?».
Mohamed, 51 años
Porteador, casado, y tres personas a su cargo
Originario de Nador
 «Aún celebrándose un día a la semana, es el catalizador de la economía y vida social de la región», leemos en Notas sobre los zocos. Y luego nos cuentan las transformaciones a las que se ha visto expuesto a lo largo del siglo XX, siendo la instauración del protectorado español un periodo de importantes cambios.

Pesaje en una carnicería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 En Notas sobre el desarraigo, leemos con tristeza:
Parece como si se hubiese fraccionado esa conciencia que los mantenía unidos, no sin conflicto y contradicción, a una tierra ruda y poco fértil. Desarraigados, las decisiones sobre sus vidas -el hecho de partir, sus elecciones matrimoniales, etc.- no son sino continuas rupturas ante un mundo del que ya no se sienten protagonistas, del que intuyen que ha dejado de tener sentido (...).
 Es en los zocos donde se manifiestan con más claridad los efectos de este desarraigo. Porque, si bien son los agricultores los primeros afectados, no dejan de arrastrar a ciertos oficios: herreros, carpinteros, ceramistas, etc., cuya dedicación principal es la de dispensar servicios y productos a estos campesinos. Paradójicamente, conversando con ellos, intentando comprender el modo en que hacen frente a unos oficios condenados a desaparecer, fue como nos dimos cuenta de la dimensión de esta crisis.
 Del mismo modo en que los campesinos comienzan a adoptar una actitud distante hacia el sentido de la agricultura como actividad, los artesanos acaban también adoptando cierto distanciamiento hacia sus oficios. Tanto unos como otros, en algún momento de nuestros encuentros, coinciden sobre lo que pasa, una frase de lo que para ellos es un nuevo descubrimiento: «lo que pasa es que esto no es un trabajo de verdad. Realmente estamos en paro».
Cuaderno de campo: Ait Wariaghel
junio 2002
Notas sobre el desarraigo, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«El taller está cerrado y sus fogones apagados. Lo cerré hace algunos años porque me resultaba muy costoso mantenerlo para el poco trabajo que hay que hacer. En el nuestro trabajaban tres personas de la misma familia: una encargada de mantener el fuego, un aprendiz y yo, que soy el maestro herrero (...). Que yo recuerde, tan sólo en Ait Abdellah había abiertos hace veinte años al menos seis talleres y ahora todos están cerrados (...). Paso por los zocos de los alrededores para cambiar las herraduras de los burros y poco más. En cambio, mis hijos están pensando en instalarse definitivamente en la ciudad. Allí siempre pueden trabajar como soldadores en las muchas obras de construcción que hay (...). Las cosas cambian, y esto no tiene vuelta atrás (...). Yo soy el primero que les animé a que se fueran. Esta claro, el futuro de los herreros es trabajar como soldadores en la ciudad».
Nasser, 58 años
Herrero. Ait Abdellah
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«Llevo cuarenta años como carpintero y es en estos últimos diez años que me doy cuenta de que las cosas van cambiando muy rápido. Antes, a lo largo de la semana iba visitando los zocos de los alrededores y, en función de la temporada, había que hacer un tipo de trabajo u otro para los campesinos. En este zoco por ejemplo, Imzouren, podías ver a todos los campesinos cómo me traían sus arados para reparar (...) ahora mírame, toda la mañana aquí parado, no hay arados, porque ya no queda agricultura... Mi nieto me acompaña los días del zoco; si bien no hay mucho trabajo, hay servicios que tengo que hacer porque aun me queda «vergüenza», pues hay gente que conozco desde hace muchos años y cuentan conmigo (...) en cambio, mi nieto Ahmed pasa el tiempo en la ciudad, trabajando en las construcciones, poniendo ventanas y puertas; pero eso es otra cosa, como yo digo, es otro oficio...».
Mohamed, 62 años
Maestro carpintero. Imzouren 
Cestas en un puesto de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Cierra el libro Las cerámicas de Fátima, donde se anota el toque de muerte que el progreso le está dando a este oficio, y cómo esta pervierte el sentido original de la alfarería, convirtiendo las piezas de cerámica en meros souvenirs para turistas.

Las cerámicas de Fátima, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Lo que está pasando es que las jóvenes se casan y se van a vivir a la ciudad y, por tanto, la cerámica no tiene sentido, ya que sólo se dan las condiciones de fabricarla si vives en el campo; además allí no la vas a utilizar (...) han pasado los años y creo que soy la única que sigo bajando las cerámicas al zoco. Ahora hay algunos intentos de una asociación para dar cursos a las chicas, pero el problema no es de aprender cómo se hace, sino que tiene menos utilidad. Cada vez hace menos falta porque ya todo (la leche, el queso, mantequilla, etc.) lo que se compra en el zoco no es producido por los campesinos, sino que viene de las fábricas ya envasado».
Fátima, 47 años
Ceramista. Roadi
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«Hemos intentado cambiar algo los productos, y en verano le he dicho a Fátima que hay que fabricar cosas para los turistas y dejar de ir al zoco. Hay que ir a la ciudad para venderlas en la playa. Ya no tiene que ser grandes vasijas, sino cosas de decoración».
Zaid, 52 años
Ceramista. Roadi
 Al final, tras todas esas palabras, uno deja el libro en la estantería y guarda silencio, un silencio propicio para la reflexión.