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jueves, 19 de febrero de 2026

UNA INVESTIGACIÓN EN EL ATLAS, DE DRISS CHRAÏBI


Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

Después de la pandemia se me vino a la cabeza el argumento para una novela. Estaba ambientada en el Atlas, donde se ubican la mayoría de mis relatos y novelas, pero no llegué a escribirla –¿por qué realizar una obra cuando es más bello soñarla?–. En ella, dos policías llegaban en coche por un pista de tierra a una aldea del Atlas, donde los aguardaban una cuadrilla de bereberes con una recua de mulas. La trama se iba a desarrollar en invierno, y debía llover a cántaros en el momento en el que detenían el auto y sopesaban si bajarse o aguardar a que amainase la lluvia, que repiqueteaba con fuerza sobre la chapa. Los faros iluminando la nada. El limpiaparabrisas moviéndose como un metrónomo frente a ellos, y los cristales empañados por el vaho. La trama estaba relacionada con la pandemia, pero no les adelantaré nada más por si algún día llego a escribirla.

 Les cuento todo esto porque así comprenderán el interés que despertó en mí Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi. Fue a raíz de un encuentro fortuito con el poeta Salvador López Becerra en una librería del centro de Málaga. Al preguntarle qué estaba leyendo ahora, me habló de este libro de Amarillo Editora. Me dijo que trataba de dos policías que llegaban a un pueblo del Atlas para llevar a cabo una investigación, e inmediatamente supe que tenía que leer esa novela. «Con ella, Chraïbi había iniciado una serie de novelas del inspector Ali, una especie de Plinio, el personaje literario de las novelas de Francisco García Pavón», me dijo Salvador, haciéndome recordar el par de novelas de Plinio* –El charco de sangre y El carnaval– que leí por recomendación de mi padre en la adolescencia.

El charco de sangre y El carnaval, novelas de Francisco García Pavón
Biblioteca de selecciones de Reader's Digest
Fotografía: Pedro Delgado

 Si los policías de mi historia llegaban a un remoto lugar de las montañas marroquíes en invierno, los de Driss Chraïbi lo hacían en pleno verano, cuando la tierra se recalienta por el sol.

El jefe de policía llegó al pueblo un mediodía de julio. Sobre las grandes mesetas y las estribaciones del Atlas, un cielo blanquecino ardía como si tuviera millones de soles. Se encontraba en un coche pequeño, corriente y sin signos distintivos ni sirena ni luz intermitente en el techo. Era una misión secreta y quería permanecer en el anonimato. Por encima de él, había una pirámide de jefes de cuya mayoría desconocía incluso el nombre. Pero las órdenes eran las órdenes y, de arriba abajo en el escalafón, llegaban hasta él en forma de notas impersonales garabateadas en rojo y seguidas de una firma ilegible. Cualquiera podía, por supuesto, entrar en su despacho en su ausencia y dejar un papel en su escritorio. Pero el jefe solo obedecía aquellas órdenes que llevaban el sello oficial con el águila imperial. Estaba lejos de ser un irresponsable o un idiota.
 Detuvo el coche en la pedregosa plaza del pueblo, apagó el motor, suspiró, se separó el cuello húmedo de la camisa con el dedo y dio un codazo a su compañero de viaje, el inspector Ali, que descansaba tranquilamente con la cabeza apoyada sobre el salpicadero.
 –¡Despierta! –gritó.
 El inspector Ali se incorporó, bostezó y dirigió hacia el jefe una mirada con dos ojos que parecían estar llenos de arena.

 Si en mi imaginación era la lluvia la que los retenía momentáneamente en el vehículo, aquí, tras un largo rato de cháchara interrumpida por el mal humor del jefe, será el calor.

 –Entonces cállate y baja la ventanilla, ¡por Dios! Nos estamos asfixiando aquí dentro. No circula el aire.
 La ventanilla tenía un ligero tono azulado, igual que el parabrisas. Al inspector no le había dado tiempo a girar más de dos veces la manilla cuando el jefe empezó a gritar:
 –Pero ¿qué es esto? ¿Un asadero?
 –Es el aire de fuera, jefe. Estamos en julio y el calor aprieta. Yo ya he vivido esto en otra época, en el horno de mi padre.
 –¡Cierra ahora mismo esa ventanilla! ¡Rápido!

 Pero no es solo la temperatura lo que los pone de mal humor. Los dos tienen algo de estudios y llegan prepotentes al lugar, con cierto fastidio, sobre todo por tener que tratar con los lugareños.

 Al otro lado del parabrisas manchado por los insectos secos, petrificados, estaba el reino primitivo, la eternidad recobrada, la tierra y el sol. Ni una sombra. El inspector no se atrevía a mirar mucho las venas que se iban hinchando en el cuello del jefe. Con algo de prudencia, dijo:
 –Si no me equivoco, estos montañeses no tiene cuarto de baño, no están apenas civilizados. No tienen ni agua. Ni una sola fuente de agua a la vista. ¿Quizá un pozo? En tal caso, supongo que será muy muy profundo. A esta hora debe de estar más seco que la mojama. Mire hacia donde mire, no veo nada. Dos o tres casas de tierra, montes bajos y allí arriba, en el djebel, árboles de argán, azufaifos y algunos cedros. Pero eso es todo, jefe, créame. Me parece que este pueblo está vacío, abandonado. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos? Todavía tenemos suficiente gasolina, ¡aprovechémosla!

 El plan del inspector Ali, que viste de civil, es largarse de allí lo antes posible, pero la sola mención del plan hace montar en cólera a su jefe Mohammed, oficial de la Policía del Estado, que va uniformado con el traje oficial, con la manga engalanada, como muestra de autoridad ante los campesinos.

 Tres o cuatro minutos después, cuando pensó que su jefe se había tranquilizado un poco, el inspector reanudó la conversación como si no hubiera pasado nada:
 –Siempre puedes decir que has investigado en profundidad cada punto de este lugar, a derecha y a izquierda, en la montaña, y que... Y que no has encontrado nada en absoluto. Yo lo confirmaré, bajo juramento. Estoy dispuesto a firmarlo ahora mismo. Este pueblo ni siquiera aparece en el mapa, y eso que el mapa que hemos consultado los dos esta mañana era un mapa del Estado Mayor. Podría decirse entonces que no existe. Lo mejor que podemos hacer es dirigir el coche hacia el oeste, o hacia el norte si lo prefieres, e irnos a pasar nuestros cuatro o cinco días de investigación a un hotel en la costa, con cócteles, piscina, cuartos de baño, las duchas que queramos y comida abundante y refinada. Tenemos gastos de misión, lo de irnos a una pensión ni se baraja.
 –¿Estás hablando en serio? –preguntó el jefe en voz baja y con la mirada inmóvil.
 –No, ni mucho menos. Estaba bromeando para pasar el rato, no hay nada de malo en eso.
 –Pues bromea fuera de tus horas de servicio, ¡y en silencio!
 [...]
 –[...] Aquí las decisiones las tomo yo, y aquí van. Hay una manilla en la puerta, muévela de arriba a abajo y se abrirá. Bajas, abres el maletero y coges nuestras bolsas de viaje y mi fusil. ¿Entendido?
 –Entendido, jefe.
 –Y déjame tus gafas de sol. Te las devolveré cuando terminemos la misión.
 –Por supuesto, jefe.

 Ambos están allí en una misión secreta, y el choque entre los hombres de la montaña y los de la llanura no tardará en producirse. Entre los que viven en la ciudad en la Edad Contemporánea, con sus modernidades, sus normas y su supuesto progreso, y los que en puntos remotos de las montañas, en un medio rural y empobrecido, aún lo hacen en la Edad Media.

 Para el pueblo, para la comunidad en la que casi la mitad de los miembros eran descendientes suyos, aquel día de sus vidas había presenciado la intrusión de dos extraños abandonados a su suerte, tan desafortunados y agresivos como los conquistadores de cualquier raza o religión que hubieran arrasado el país en el curso de la historia. Pero ¿habían logrado acabar todos ellos con el sol? El hombre de la montaña arrugó repentinamente la frente, luego, todas las arrugas volvieron lentamente hacia su boca, y Raho rio en voz baja, como un lobo, ante el mero recuerdo de la legendaria figura del comandante Filagare.

 Pero no se crean que estamos ante una novela negra al uso, no. Sus páginas están cargadas de filosofía. También de sátira y fino humor, de crítica al Marruecos poscolonial, a la huella que dejó Occidente en la cultura y la sociedad marroquí y a las estructuras de poder que se impusieron.

Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

 Una de las cosas más gratificante para mí de la lectura, además de descubrirme a un excelente y original autor, es que me ha permitido reencontrarme con mis amigos de las montañas: los bereberes, los cuales viven en las estribaciones del Atlas en unas condiciones de vida muy duras.

 Aquellas estrellas habían estado allí, en el cielo, desde que Raho abrió los ojos al mundo. Las mismas estrellas seguramente, fuera del tiempo, cada una de ellas persiguiendo su destino hacia una meta determinada. Habían guiado a los antepasados en sus huidas, conducidos desde las fértiles llanuras a las áridas mesetas altas, y más tarde a un pequeño lugar de montaña, como un último refugio. Y ahora él, Raho, y lo que quedaba del antiguo pueblo no tenían tierra que cultivar, ni meta que alcanzar, ni destino en la tierra ni en el cielo. Conquistadores y civilizadores de todas las razas y lenguas los habían devuelto a su estado original, como en los albores de la creación del mundo. Seres despojados de todo, solos frente a los elementos. Y tal vez en algún lugar del globo,  muy cerca, o muy lejos, existían restos de otros pueblos similares a los Aït Yafelman que el tiempo había petrificado de forma definitiva. Era bueno aceptar el propio destino, igual que un cactus acepta la roca sobre la que crece, y la pobreza podía considerarse un quinto elemento de la vida, pero, entonces, ¿por qué existía la esperanza?
 Raho sabía bien que el agua no lega a los labios de un hombre que se contenta con extender sus palmas hacia ella. Pero cuando bebes esperanza hasta saciarte y al final de todo encuentras una miseria inmutable y remota, la esperanza se vuelve más atroz e insoportable. Raho empezó a llorar, mirando las estrellas.
***
A medida que pasan los años, tiene la sensación de que en un espacio de terreno cada vez mayor, que abarca muchos kilómetros a la redonda, los rebaños disminuyen, las cosechas son cada vez más escasas y para los hombres es cada vez más difícil encontrar trabajo. Antes, los Aït Yafelman bajaban de las montañas, trabajaban como jornaleros cada semana, eran leñadores, carboneros, porteadores. Recibían un salario y traían alimentos, incluso ropa o babuchas. Entonces se celebraba una fiesta de reencuentro, con canciones y bailes. Ahora, ¿qué hacen los hombres sino vagar y esperar? Así es la vida, todo está escrito. ¿Quizá Dios también se ha empobrecido? ¿Quién sabe?

 Ahí está, emergiendo de sus páginas en el segundo capítulo, con un profundo lirismo, la figura de Raho, el hierático bereber de la portada –obra del diseñador Carlos García–, digno representante de la estirpe de los Aït Yafelman, que encierra en su interior a otro personaje todavía más memorable y del que no les cuento nada para que lo descubran ustedes mismos –estoy seguro de que no olvidarán ese cuchillo con el mango de cuerno–.

II
El hombre estaba de pie, bajo el sol, con las manos cruzadas sobre un bastón, casi tan alto como él, y la barbilla apoyada encima. No tenía edad, y tal vez tampoco pensamiento. Inmóvil. Delante de él, muy cerca, había un burro de color rojizo igual de inmóvil, con los ojos vacíos y la cola colgando como una cuerda de cáñamo destrenzada, así como dos ovejas esqueléticas que intentaban comerse un rastrojo más seco que el esparto. Aparte de este pálido recuerdo de lo que anteriormente había sido hierba, no había nada salvo la tierra endurecida del color de las tinajas y los muros de piedra desnuda que acotaban el espacio donde el hombre y sus animales parecían llevar petrificados toda la eternidad. Ni una lagartija, ni rastro de insecto alguno. Al final de la senda, marcada por generaciones de campesinos, se hallaba el pueblo, con sus casas todavía adormecidas y su pequeña plaza, toda engastada de piedras. Y arriba, como un espejismo, la montaña de granito, coronada por cedros y azufaifos sedientos de agua y de vida. Más allá del cercado, a tiro de piedra, un arbusto espinoso cubierto de tiempo y de polvo. De un extremo a otro del horizonte, cayendo del séptimo cielo, el calor del Juicio Final.
 El hombre del bastón había oído una atronadora voz de acero que rompía el silencio y, poco después, llegaron hasta él tres golpes de una chapa que chocaba contra algo. Ahora, escuchaba un par de pies detrás de él, rozando la roca, subiendo a lo largo del sendero e invadiendo su paz. No hizo nada, no se dio la vuelta. No movió ni una sola fibra de su rostro bronceado por décadas de sol, cincelado por el viento de todos los inviernos. Dos hombres lo rodearon lentamente, como si fuera una aparición o un espantapájaros, y una voz dijo, delante de él:
 —Somos cazadores... ¡Pues sí que hace calor! ¿A ti no te afecta este calor infernal?
 El hombre no se molestó en contestar. Era inútil. Tenía dos ojos, y estaban sanos: uno de estos hombres llevaba un fusil en bandolera, por lo que debían de ser efectivamente cazadores, o algo parecido. El sol estaba en algún lugar del cielo, era obvio. En cuanto a él, no, no tenía ni frío ni calor, estaba en paz consigo mismo, con el alma alejada de toda impaciencia, y en ese caso, ¿para qué hablar? Por esa razón, se limitó a levantar la vista hacia el hombre de uniforme y gafas oscuras que tenía, según le pareció al campesino, cara de desconcierto.

 Terminada la novela, me interesé por su autor, Driss Chraïbi (El Yadida, 1926 – Valence-sur-Rhône, 2007), escritor marroquí en lengua francesa, considerado el padre de la literatura magrebí moderna.

El escritor Driss Chraïbi. Fotografía: Kacem Basfao

 Chraïbi estudió en la escuela coránica y más tarde se trasladó a Rabat y Casablanca para continuar sus estudios. En 1945 se trasladó a París para estudiar Química e Ingeniería, pero tras graduarse se dedicó a su gran pasión: la literatura y el periodismo. Produjo programas en France Culture, la cadena de radio pública francesa; se relacionó con numerosos poetas de entonces y fue profesor de literatura magrebí en la Universidad Laval de Quebec. En el año 1973 recibió el Premio de l'Afrique Méditerranéenne por su obra literaria, así como el Premio de l'Amitié franco-arabe en 1981. Murió en Francia a los 81 años, y como él deseaba, está enterrado junto a su padre en el cementerio de Chouhada, en Casablanca.

 Luego, miré si había alguna obra más suya traducida al castellano, y me encontré con estas novelas:


 Y una autobiografía:

 El título del que les hablo hoy, Una investigación en el Atlas (1981), ha sido traducido por primera vez al castellano por Beatriz Cámara para Amarillo Editora. Y como me parece encomiable la labor de estas pequeñas y a la vez grandísimas editoriales independientes, contacté con Ester Vallejo, la editora, para que me contase cómo había descubierto esta obra y a este autor, para mí totalmente desconocido. Y esto fue lo que me dijo:

«La novela me llegó por Beatriz, la traductora, que me escribió y me propuso traducirla para Amarillo; me envió información, investigué sobre el autor y le vi muy buen encaje en el catálogo. Nos reunimos un par de veces porque yo no la había leído y necesitaba saberlo todo sobre el libro antes de decidir (date cuenta de que publicar un libro supone un gasto económico de miles de euros y meses de trabajo, y necesito estar segura) y finalmente nos pusimos a ello».

 Así que, por alusiones, transmití la misma pregunta a Beatriz Cámara, la traductora. Y esto fue lo que me respondió:

«Conocí al autor y la obra en la universidad. Estudiaba el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid y tenía que elegir una obra sobre la que trabajar, investigar y de la que traducir un par de capítulos para el Trabajo Fin de Máster. En una conversación con un compañero, este mencionó al autor, pues yo siempre me he interesado mucho por la literatura magrebí de expresión francesa (también traduzco del árabe). Al leer la obra, me encantó, además de ver en ella muchas posibilidades en cuanto a la traducción, tanto para el TFM como para una posible publicación en el futuro. La verdad es que la publicación ha costado un poco: Ester se fijó en mi propuesta cuando ya estaba a punto de tirar la toalla después de estar cinco años enviándola por correo a editoriales que no hacían más que darme largas a pesar del gran potencial que yo le veía. Por eso este es un sueño cumplido».

 Leyendo el correo de Beatriz, me acordé de lo que decía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina desde su espacio en EL PAÍS: que «un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo». Y que «la inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada». Vaya desde aquí mi aplauso a la traducción de Beatriz, que realiza además con éxito una difícil pirueta, al incluir a ratos en los diálogos entre el inspector Ali y su jefe, un peculiar efecto sonoro, algo que nos aclara en una nota inicial ella misma:

Una investigación en el Atlas refleja con fuerza esa mezcla de lenguas y registros que constituye el día a día de Marruecos y que, al verterse al español, exige decisiones que no siempre tienen una solución inmediata.
 Una de las dificultades más notables ha sido trasladar los diálogos entre el inspector Ali y el jefe de policía. A lo largo de toda la novela, estos personajes alternan el francés –lengua en la que se comunican entre ellos– con el árabe, que emplean para dirigirse a los habitantes del pueblo, a quienes intentan confundir. Para reflejar este juego, Chraïbi transcribe en el texto original el francés de manera oral, deformando la norma y acercándolo a lo que se escucharía en la realidad. En esta traducción se ha tratado de reproducir ese mismo efecto en español, como si los personajes hablaran nuestra lengua con un acento marcado, a medio camino entre el francés y el árabe.

 Por último, quiero cerrar esta reseña con otras líneas extraídas de la nota introductoria de la editora, Ester Vallejo, en la que nos invita a abrir el libro, dar un salto en el tiempo, a julio de 1980, y acompañar a estos dos infelices en su misión por el Atlas:

 La pérdida de valores, la memoria colectiva, la colonización, el islam y las consecuencias del progreso sin control constituyen el eje sobre el que se asienta el relato. Amargo en unas ocasiones, hilarante en otras, se propone aquí al lector un viaje por las áridas tierras del Atlas marroquí, un viaje que aúna placer y reflexión sobre qué papel elegimos representar en nuestro mundo actual.

 ¡Feliz viaje!

*Plinio es el alias de Manuel González, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, un hombre sencillo y cabal «que resuelve con paciencia y singular agudeza los más intrincados casos policíacos, ayudado por su fiel amigo y admirador, don Lotario, el veterinario del pueblo, quien se interesa tanto por la averiguación de un crimen como por el descubrimiento de una epizootia». Historias de Plinio, conformada por las dos novelas mencionadas en esta reseña, «tiene la originalidad de su carácter muy español, por el ambiente en que se desarrolla, la descripción del paisaje y la psicología de los personajes».

viernes, 10 de enero de 2025

JOYERÍA AMAZIG EN EL CORRAL DEL CARBÓN DE GRANADA


Exposición Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Colección Jorge Dezcallar de Mazarredo (Corral del Carbón, Granada)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día después de Navidad me acerqué a Granada a visitar la exposición de fotografías de David Jiménez en el Centro José Guerrero.

Roma, exposición de David Jiménez en el Centro José Guerrero
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Después de ver su trabajo en torno a la ciudad de Roma, su peculiar y poética combinación de fotografías, nos acercamos al Corral del Carbón, uno de los sitios que más me gustan de Granada, ciudad donde tuve la suerte de estudiar cinco años.

Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Pedro Delgado

Patio del Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Pedro Delgado

 Allí, cosa de algún djinn o de los djnoun que quedan por aquí desde los tiempos de al-Andalus, me topé con la exposición Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes, que recoge parte de la colección de joyas amaziges de Jorge Dezcallar de Mazarredo (Palma de Mallorca, 1945), quien fuera director civil del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y durante ocho años director general de Política Exterior para África y Oriente Medio en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Exposición Joyería Amazig. Colección Jorge Dezcallar de Mazarredo
Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Además de ser embajador en la Santa Sede y Estados Unidos, Dezcallar fue de 1997 a 2001 embajador de España en Marruecos. Allí, siendo numismático y yendo tras la pista de monedas españolas antiguas, descubrió que estas eran muy usadas, por aquello de la plata, en la joyería bereber, y así fue como empezó a entusiasmarse por ese arte y a coleccionar piezas que probablemente se habrían perdido o habrían sido dispersadas por el mundo.

Páginas interiores del catálogo de la exposición Joyería Amazig
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La exposición, abierta desde el 12 de junio de 2024, recoge alrededor de 200 joyas procedentes no solo de Marruecos, sino también de Libia, Túnez, Argelia y Mauritania, de donde también son autóctonos este pueblo del Norte de África.

Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Colección Jorge Dezcallar de Mazarredo
Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Lucía Rodríguez

Exposición Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Colección Jorge Dezcallar de Mazarredo
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Se da en la joyería amazig una importante variedad de técnicas (esmaltado, filigrana, grabado, incrustación,...) y materiales (plata, monedas, piedras preciosas, cuentas de vidrio o plástico, coral...), en unas piezas que trascendían el mero adorno, pues tenían una utilidad práctica. También servían para atraer el bien y ahuyentar el mal, así como para invertir los ahorros, pues la plata empleada, las piedras preciosas y el coral las convertía en piezas de gran valor en caso de tener que venderlas por necesidades económicas.

Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Lucía Rodríguez

Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Colección Jorge Dezcallar de Mazarredo
Fotografía: Lucía Rodríguez

Exposición Joyería Amazig (Corral del Carbón, Granada)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La muestra, que contiene collares, colgantes, pendientes, broches, diademas, bandas frontales, pectorales, pulseras, anillos y amuletos, se enriquece con varios paneles expositivos y un interesantísimo vídeo donde Dezcallar nos da una clase magistral sobre la joyería y la cultura amazig.

Vídeo de Jorge Dezcallar sobre las joyas y la cultura amazig
Exposición Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Completan la exposición algunas dagas y alfombras bereberes y nueve pinturas del granadino Jesús Conde, óleos sobre metal inspirados en la colección de Dezcallar.

Exposición Joyería Amazig. Identidad de los pueblos beréberes
Corral del Carbón, Granada
Fotografía: Lucía Rodríguez

Óleo sobre metal de Jesús Conde Ayala
Exposición Joyería Amazig (Corral del Carbón, Granada)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La exposición estará abierta hasta el día 17 de enero de este 2025, es decir, que ya sólo tienen esta semana para verla; aunque, según me dijeron al final de la visita, es probable que más adelante se vuelva a exhibir en la Alhambra, marco también incomparable para tan interesante colección. Y si no, siempre pueden intentar hacerse con el catálogo.

Catálogo de la exposición Joyería Amazig
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas interiores catálogo Joyería Amazig
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas interiores catálogo Joyería Amazig
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Jorge Dezcallar tuvo el detalle de prologar mi libro de relatos Carta desde el Toubkal, y de leer En el corazón del Atlas. Cuaderno de viajes del Alto Atlas marroquí (manuscrito que permanece inédito en un cajón a la espera de que alguna editorial se interese por él), de ahí que me alegrara tanto encontrarme indirectamente con él aquella mañana de diciembre.

Jorge Dezcallar de Mazarredo
Fotografía: Nuno Sousa Dias

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/p/prologo.html

 Quién sabe, ojalá (insha'Allah) nos encontremos en la Alhambra la próxima vez.


Exposición organizada por la Junta de Andalucía, El legado andalusí y el Consejo de Europa.

sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
***
Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

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Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
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Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».