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domingo, 17 de diciembre de 2023

GILGAMESH. MÁS ALLÁ DEL CONFÍN DEL MUNDO


Gilgamesh, de Annamaria Gozzi y Andrea Antinori (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado
 Observábamos tan atentamente la Vía Láctea que cada estrella se convertía en cien, y cada una de las cien en otras tantas. Entonces nos hacíamos las eternas preguntas desde que el hombre se puso en pie en algún lugar de África, quizá en un rincón desolado del lago Turkana, de aguas de color jade infestadas de cocodrilos. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hay vida después de la muerte? Preguntas tan antiguas como la épica de Gilgamesh, el primer relato literario conocido, en el que el joven e impetuoso rey de Uruk, desesperado por la muerte de su compañero Enkidu, decide partir a los confines del mundo en busca de la planta de la inmortalidad.

Casualmente, después de leer estas líneas en El impulso nómada (Galaxia Gutenberg, 2021), las apasionantes memorias de Jordi Esteva, me topé con un álbum ilustrado que versa sobre el rey sumerio.

 El encuentro ocurrió en la sección infantil de una librería, la portada llamó mi atención y me senté en uno de esos taburetes de colores que tienen allí colocados para los niños. Aquel era un álbum ilustrado en el que se conjugaban textos e imágenes, uno de esos libros que, según Babelia, gozan de tan buena salud en el ámbito de la literatura infantil.

 Aunque conocía la figura de Gilgamesh, su historia se había difuminado en mi mente, como si una espesa niebla hubiera cubierto los actos de su vida, de ahí que me pusiera a leerlo.

Guardas de Gilgamesh (Ediciones Siruela, 2023)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Gilgamesh, de Annamaria Gozzi y Andrea Antinori
Fotografía: Lucía Rodríguez

Inicio de Gilgamesh. Más allá del confín del mundo
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El libro se abre con un rey que llora y vela el cuerpo inmóvil de Enkidu, y los que hemos pasado por la devastación de perder a un amigo, empatizamos al momento con el rey Gilgamesh.

Había una vez un rey que lloraba.
Había perdido a su mejor amigo.
¿Cómo se puede perder un amigo?
Los amigos siempre están ahí.
–Enkidu –llamaba el rey–. Enkidu, responde.
Y al rey ya no le importaba nada ser poderoso y gobernar una ciudad toda dorada si su amigo seguía mudo. Inmóvil.

 Nunca nos sentimos tan aturdidos y desvalidos, ni nos parece el mundo tan cruel y desapacible como cuando perdemos a un amigo. Es un dolor físico.

 Abatido, Gilgamesh ya no puede permanecer sentado tranquilamente en su trono y, abandonando la ciudad dorada, se embarca en la aventura de buscar la inmortalidad.

Gilgamesh navegando hacia el confín del mundo
Fotografía: Lucía Rodríguez

Y cuando comprendió que nunca más despertaría, partió hacia el confín del mundo.
Porque se rumoreaba que más allá vivían un hombre y una mujer que  nunca habían muerto ni iban a morir.
Gilgamesh quería conocerlos para recuperar a su amigo perdido y vencer el miedo a aquel sueño eterno. Un sueño que, algún día, le llegaría también a él.
–No vayas –le dijeron los sabios del reino–. Nunca nadie ha regresado.
Pero el rey se marchó.
Vagó durante días y atravesó las noches.
Su barba creció hasta cubrirle el pecho.
Su pelo se llenó de canas, se le hundieron las mejillas.
Y el rey seguía buscando.

Custodios de la Montaña del Sol
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tras atravesar la Montaña del Sol por sus oscuras y peligrosas galerías, el soberano llegará al Jardín del Sol y a las playas donde, en un palafito, la cantinera de los dioses escancia vino en copas de plata. «Quien se ha marchado ya no puede volver. La vida que buscas, no la encontrarás. Bebe, olvida y regresa a tu ciudad», le aconsejará ésta. Pero Gilgamesh no cede en su empeño. Quiere conocer a quien nunca a muerto, y para ello está dispuesto a todo.

– [...] Estoy dispuesto a todo. Y ahora que ya casi he llegado, nada podrá detenerme.
–¿Que casi has llegado? –La mujer se rio–. Para llegar a la Lejanía, tendrás que cruzar el Mar de la Muerte, el más vasto de todos los mares, cuyas aguas están envenenadas. Nadie puede cruzarlo. [...]
–Ayúdame –suplicó el rey–. Enséñame a cruzar esas aguas.
A la mujer, que solo conocía las necesidades de los dioses, le sorprendió la desesperación humana del rey.
–Ve al bosque –le dijo–, construye una barca honda que te proteja. Luego corta ciento veinte pértigas para hacer los remos. Los necesitarás todos. Cada vez que una madera toque las aguas mortíferas, deberás soltarla y usar otra, y otra más...
El rey trabajó día y noche en el bosque, hasta que la barca y los remos estuvieron listos.

Gilgamesh preparándose para cruzar el Mar de la Muerte
Fotografía: Lucía Rodríguez

Gilgamesh cruzando el Mar de la Muerte
Fotografía: Lucía Rodríguez

 No les contaré más para no desvelarles la historia, esa que el propio Gilgamesh mandó grabar en tablillas de arcilla para conservarlas en la memoria; un tesoro arqueológico que fue descubierto, a mediados del siglo XIX, en Irak, la antigua Mesopotamia, y que el inglés George Smith logró descifrar en 1870. «Soy el primer hombre que ha leído esto tras miles de años de olvido», dijo. Tras muchas excavaciones, viajes y estudios, se lograron reunir las tablillas que devolvían a la vida la epopeya de Gilgamesh, soberano de la ciudad de Uruk, la primera ciudad del mundo antiguo. Por cierto que las gestas de Gilgamesh están incompletas, pues aún quedan fragmentos de la saga durmiendo bajo tierra a la espera de ser descubiertos.

La última tablilla fue hallada recientemente y añadió información a los acontecimientos de una historia de la que se sigue hablando y que no deja de sorprendernos.

Gilgamesh. Más allá del confín del mundo (Ediciones Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Porque es parte de la vida, la muerte abre y cierra Gilgamesh. Más allá del confín del mundo (Ediciones Siruela, 2023), de la escritora Annamaria Gozzi y el ilustrador Andrea Antinori, en una traducción del italiano de Ana Romeral Moreno. Unas páginas que nos hablan de la existencia, con su dolor pero también con su parte de luz.

Nota: Como no podía ser de otra manera, esta entrada está dedicada a los amigos ausentes.

martes, 21 de noviembre de 2023

VIAJAR TIENE QUE VER CON LA MUERTE


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado

Recientemente reseñé Breviario del viejo corredor (Ediciones Siruela, 2023), de Lluís Alabern, en mi otro blog, Calle 1, dedicado al atletismo y otros deportes. En las páginas de ese breve ensayo, me encontré con estos dos textos que, por la referencia que hacen al viajar y al caminar, he querido compartir aquí con ustedes.

Correr tiene que ver con la muerte. Macfarlane narra cómo al final de sus días, su abuelo, gran trotador, explorador, aventurero, arrastraba los pies al andar, se ayudaba de bastones y redujo los paseos a un radio que apenas lo alejaba unos metros de su casa. En esa misma época, paradójicamente, sus hijos, bisnietos del abuelo, «pasaron de arrastrar los pies a dar zancadas» y de ahí a corretear por los campos. Solo la muerte frena el trote. Pero ahí, donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes. Claudio Magris, en el prefacio de El infinito viajar, recuerda el status viagiotoris del hombre, su condición existencial de caminante. Viajar tiene que ver con la muerte, nos dice, pero también con diferirla, «aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial [...], el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca».
 Corremos por correr, y porque correr es dibujar cerca de la muerte. Cuando corro vivo el instante. Apenas pienso en la siguiente zancada. Correr es una forma de habitar el presente, una forma de ser, a sabiendas de que nada de lo que nos rodea nos pertenece. También es la manera en la que le decimos al presente que no le pertenecemos. Porque somos nómadas, estamos en movimiento, y solo importa la siguiente zancada.

Claudio Magris. Fotografía: Danilo De Marco

***
En noviembre de 1974 le comunican al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en París. Herzog, sin apenas pensarlo, decide partir de Múnich caminando al encuentro de la «Eisnerin», como llamaban afectuosamente en los corrillos del cine alemán a la afamada ensayista. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como el famoso trabajo sobre cine expresionista titulado La pantalla demoniaca (1952). Herzog dedicó dos de sus films a la Eisnerin e incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la película experimental Fata Morgana (1970). Ante la noticia de la gravedad de Lotte Eisner, Herzog resuelve ir a verla andando hasta París. Herzog dedica un libro a ese desplazamiento chamánico, el texto de culto Del caminar sobre hielo. 

Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog
Editorial Gallo Nero, 2015

No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, si pudo recorrer la distancia entre Múnich y París en un mes, como sugiere. Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. «Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deporte y los enseres indispensables [...]. Me puse en camino hacia París, por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría». El caso es que Lotte Eisner, anciana y enferma, vivió nueve años más. Herzog explicó en alguna entrevista, que también había recorrido mil kilómetros a través de los Alpes, hasta llegar a la frontera con Eslovenia, para pedir la mano de la que sería su esposa. «Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida».
 Bruce Chatwin decía que las drogas eran vehículos para gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo existencial. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón que genera la vida sedentaria. El nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica que el sedentarismo no colma.

Bruce Charwin leyendo en la estación de Parakou, Benín, en 1976
Fotografía: John Kasmin

Nota: Pueden leer la reseña de Breviario del viejo corredor, clicando sobre el siguiente enlace:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/11/breviario-del-viejo-corredor.html

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado


lunes, 27 de marzo de 2023

LA AVENTURA SOÑADA (UN RETRATO DE HUGO PRATT)


HUGO "STARDUST" PRATT, obra de Sergio Camacho
© Sergio Camacho

Se llamaba Ugo Prat, sin hache y una sola te.
Se hizo famoso bajo el seudónimo de Hugo Pratt y vivió 24.518 días con toda la intensidad que cabe en una vida. Dibujante de cómics, publicó más de quince mil planchas, lo que representa unos ochenta mil dibujos, a los que se deben sumar más de quinientas acuarelas.
Fue, por supuesto, el creador de Corto Maltés.
Nació el 15 de junio de 1927 en Rímini; muere el 20 de agosto de 1995 en Suiza. Extraña forma de expresarlo: «nació», «muere», como si el último aliento durase eternamente.

La aventura soñada. Un retrato de Hugo Pratt, de Thierry Thomas
Estanterías de mi escritorio. Fotografía: Lucía Rodríguez

El francés Thierry Tomas soñaba con ser dibujante de tebeos, y por eso fue a Venecia al encuentro de Hugo Pratt, con su carpeta de dibujos bajo el brazo.

Jöell Laroche, editor de la revista Zoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.

 Thierry era mucho más joven que él: unos quince años y él unos cuarenta. Y aunque Hugo lo instó a perseverar a diario y le aconsejó que aprendiera a narrar, con el paso de los años dejó de dibujar.

Poco a poco, con el paso de los años, dejé de dibujar. Y hasta de garabatear mientras hablaba por teléfono, mucho antes de que los móviles condenaran esa manía. Ocurrió sin que yo me diera cuenta. Dejé morir, apagarse, esa pulsión que formaba tan parte de mí como mi mano, como mis dedos. Nunca he entendido por qué. Y no sé si fue una gran pérdida o si, a cambio de aquella renuncia, se me concedió otra cosa.

 Tal vez porque siguió al pie de la letra el consejo de Hugo, Thierry acabaría siendo escritor y documentalista. Y sobre todo, se dedicó a estudiar y glosar la figura y la obra de Pratt.

Sus amigos adoraban, adoran aún, hablar de Hugo. Para algunos, el tiempo que pasaron a su lado ha acabado rezumando una leyenda, como las abejas segregan miel; una leyenda dorada, precisamente. «¿A qué se dedica usted? A hablar de Hugo». Sus excentricidades, sus atrevimientos, sus disfraces. Su pasión por la aventura. ¡Cuántas veces habré oído esa palabra, «aventura», de su boca, de boca de sus admiradores! En sus últimas entrevistas para la televisión o la radio, ni siquiera se molestaba en pronunciarla con claridad (le costaba dominar el francés, a diferencia del español o el amhárico). Le bastaba con mascullar un sonido en el que se reconocía vagamente «...tura», y todo el mundo completaba: «aventura». Palabra-pantalla, que impide ver, que solo expresa que es preciso marcharse a otra parte.

 Thierry Thomas ha escrito una biografía muy peculiar, muy onírica. «Si quiero comprender a Hugo, debo soñarlo», nos dice al final del primer capítulo. Quizás por eso, sus páginas parecen una ensoñación: imágenes de Hugo en el festival de Lucca; en el tren camino de la crucial entrevista con Georges Rieu, redactor jefe de la revista Pif Gadget; en Abisinia buscando la tumba de su padre; en Londres; en Buenos Aires... Quizás detrás de esa elección, de ese mundo soñado, esté la influencia de Fellini, que aparece en numerosas páginas del libro y a quién también fue a visitar Thierry en su adolescencia.

 En aquel viaje en tren que les he mencionado, fue donde se le ocurrió que Corto regresara, crear una serie en la que él fuese el héroe. Tiene que sacar un héroe del fondo del tintero para elevarle una propuesta al editor de Pif, pero un héroe no se busca: se encuentra. Y allí, en la soledad de ese compartimento, un indio viene a darle la clave. ¡Un indio! ¡Un piel roja! A Hugo no le extraña la aparición. El ama a los indios. «Es por las lecturas de su niñez, por la novelas de Zane Grey y James Oliver Curwood, por las epopeyas del Lejano Oeste y las del Gran Norte canadiense; es por El último mohicano».

Acuarela de Hugo Pratt (www.cortomaltese.com)

Poco antes de Módena, unas hojas muertas se desperdigan por el compartimento. Hay un indio sentado en el banco de enfrente. Ha traspasado las mallas de la redecilla para equipajes con la agilidad de una pantera. Si las hojas han traicionado su presencia, es porque él así lo ha querido; de lo contrario, habría permanecido mudo como la luna. El indio y el fumettaro se observan. El recién llegado, casi desnudo, ataviado solo con un taparrabos y una cresta en el centro del cráneo rasurado, es hurón. No es el primero que ve Hugo.
 –¿Quién eres?
 –Karanahoga.
 –¿Vienes de parte de Georges Rieu?
 Los hurones, efectivamente, son aliados de los franceses.
 –Vengo a ayudarte.
 –¿Como guía?
 El indio levanta la mano derecha y la gira ante él. El gesto significa «ir».
 –Por supuesto, debo «ir», Karanahoga, pero ¿adónde?
 Feliz de poder utilizar la lengua de signos, que aprendió hace tiempo, Hugo posa la mano derecha sobre la izquierda, como la noche recubre el día. Un destello divertido atraviesa la mirada de su interlocutor, y se siente un poco bobo. En efecto, la noche cae temprano en enero; los hurones no lo ignoran. Hablar para no decir nada, incluso con las manos, resulta mortificante.
 –Sonríes igual que Dino Battaglia...
 Pero Karanahoga no modifica la posición de su mano. ¿Será que solo tiene esa palabra a su disposición, «ir»? Los hurones no tienen rival cuando se trata de espiar, cazar o tender emboscadas mortales, pero lo que es el arte de la conversación... Al no saber qué ademán hacer (el dedo en el aire, que significa «hombre», no supondría mucho avance), lanza una ojeada hacia el exterior. No le sorprende lo que ve, más bien lo maravilla: una canoa, débilmente iluminada por la luz del compartimento, se destaca sobre las sombras vespertinas. Flota ingrávida, en el éter del campo en el crepúsculo, canoa de corteza, más liviana de lo que será jamás cualquiera de sus trazos. Esa canoa los acompaña, ángel de la guardia o bien, simplemente, canoa voladora. Le preocupa lo que ocurrirá con tan frágil embarcación cuando sufra el impacto de entrar bajo el túnel del Simplon. ¿Se desintegrará?
 –No te preocupes.
 ¿Ha sido Karanahoga quien ha hablado? Su mano, en cualquier caso, no se ha movido. Si no conociera la agilidad legendaria de los indígenas (hay que verlos salvar cualquier clase de obstáculo: barreras, rocas, riachuelos, cabezas de colonos), se plantearía seriamente la posibilidad de que al hombre le hubiera dado un calambre. Pero no es posible. Entonces se le ocurre que Karanahoga, al mostrar la mano, no hace más que mostrar una mano:
 –Mira: aquí se encuentra tu salvación.

 

Al borde de la vía, un cable eléctrico que reluce con un resplandor desgarra la tela de la noche. Hugo ve de nuevo ese corte en la carne que el personaje llamado Corto Maltés cuenta haberse hecho, en La balada del mar salado: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y, ¡zas!... Me hice una a mi gusto».

  

 Un gesto heroico...

 

 ¿Y si fuera él?

 El héroe ya estaba allí, tan solo bastaba con recuperarlo. Quizás en agradecimiento, «Hugo, sintiendo que se avecinaba el fin, se afeitó la cabeza dejando solo una cresta. Quería morir con el peinado de esos indígenas que tan a menudo dibujó, y tanto amó».

El secreto de Tristán Bantam, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Corto Maltés descansa perezosamente en el único mirador de la pensión de Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa). A primera vista, se aprecia que es un aventurero. Con gesto estudiado, enciende uno de los delgados cigarrillos que solo se fuman en Brasil y en Nueva Orleans...».
Antes de leer el arranque de El secreto de Tristán Bantam, episodio que inaugura esa serie nueva, Corto Maltés, que se publicaría en Pif entre 1970 y 1973, vemos a un hombre con gorra de marinero. El eje de su mirada pasa tan cerca del nuestro que parece vernos sin vernos, como si solo existiéramos para que él pueda existir.
Su cigarrillo, como una paja gruesa, oscila entre los dedos índice y medio, único movimiento que se intuye en la imagen. Llama la atención un zarcillo en la oreja izquierda, pero lo único que importa es la presencia global de esa criatura que se cuela en nuestra vida.

 Algunas páginas de La aventura soñada (Ediciones Siruela, 2022) nos llevan a querer sacar de las estanterías los tebeos de Corto para cotejar sus viñetas con las notas de Thierry Thomas. Para releer algunas de sus historietas. Por supuesto que la presencia de Corto es muy importante en las páginas de La aventura soñada, pero en ellas también aparecen Jesuita Joe, Ernnie Pike, Koinsky... y tantos otros personajes, algunos tan reales como Saint-Exupéry.

Jesuita Joe, de Hugo Pratt
Fotografía: Pedro Delgado

Conversación en Mululhé, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Hugo, que el primer libro que leyó, siendo un niño, fue una antología de fragmentos de la Ilíada y la Odisea, reconocía a tres maestros: Homero, Stevenson y Milton Caniff. «Y a unos pocos más, de menor importancia...».

 Hugo amaba Terry y los piratas, la obra cumbre de Milton Caniff. Con ella descubrió que «dibujar y contar, dibujar y escribir, es el mismo acto, puesto que es el mismo gesto». Por eso en Hugo el dibujo y la escritura se fusionan. Recientemente, en un viaje a Barcelona, me topé con La Bola, una encantadora almoneda, una cueva de Alí Babá llena de cómics, libros, juguetes y objetos de coleccionismo.

 Allí compré para mi colección unos tebeos antiguos. En la portada de uno de ellos se veía un dibujo de Milton Caniff, y en su interior algunas tiras de prensa de su obra Miss Lace. Supuse que Hugo, de haber entrado en aquella tienda, también se lo habría llevado. Io mi drogavo con Milton Caniff, dejó escrito en un pósit en su taller.

Comix Internacional nº 10, con Milton Caniff y su Miss Lace
Fotografía: Pedro Delgado

 Aunque La aventura soñada ganó el Premio Goncourt de Biografía 2020, esta obra no se ajusta a lo que yo entiendo por una biografía. Como indica el subtítulo: Un retrato de Hugo Pratt, es más un peculiar retrato, al estilo de los pintores impresionistas. Así que no busquen aquí la vida pormenorizada de Hugo Pratt desde el nacimiento hasta la muerte. Aquí encontrarán imágenes, notas o apuntes de Hugo y de su obra, a veces desenfocadas o de apariencia inacabadas. Pinceladas ante las que es necesario tomar cierta distancia para poder ver a nuestro protagonista de una pieza. Quizás sea el último capítulo el que mejor defina esto. Lleva por título El verano aún no ha dicho la última palabra, y en él Thierry contempla centenares de fotografías de Hugo esparcidas por el suelo formando un damero. Camina descalzo entre ellas con sumo cuidado de  no pisarlas. Y se arrodilla o acuclilla aquí y allá para examinar de nuevo alguna instantánea.

Hugo murió hace veinte años. Debo realizar un documental sobre él para el canal ARTE. Me propongo filmar las fotografías haciendo circular la cámara por encima de esa especie de fotonovela deconstruida, de historieta cuyas viñetas se hubiesen mezclado: su vida...
***
Hugo me cerca. Hay tantas fotografías. De su familia, o tomadas por él. Y, sobre todo, de él. Ochocientas sesenta y cuatro; sabré la cifra exacta cuando llegue Anne en compañía de Xavier, el director de fotografía, y escanee este desbarajuste oceánico mientras escucha música brasileña.
***
Me gustaría que estuviera aquí para ordenar las fotografías: a fin de cuentas, es su vida.

 Entre todas esas imágenes hay una de 1992, de cuando realizó un último periplo por el Pacífico para volver a ver las islas de La balada del mar salado. Ese día había ido a visitar la tumba de Stevenson, pero ya está enfermo y no consigue subir a lo alto de la colina donde reposa el autor de La isla del tesoro. «Se sienta en el tronco de un árbol caído, en medio de una humedad asfixiante. Le dan algo de beber. Hasta el final, quiso creer que lo real contiene su sueño».

 Cierro el libro, traducido por Regina López Muñoz, y observo dos siluetas que se alejan juntas con un macuto al hombro, el macuto de las partidas. Tras ellas caminan algunos gatos con la cola levantada, y unas gaviotas sobrevuelan la escena. Me pregunto a dónde irán esos dos, y con el interrogante me asalta un impulso, uno que me lleva a levantarme y a salir corriendo tras ellos. Los felinos se asustan al sentir mis pasos y salen huyendo, pero Hugo y Corto se giran y me esperan. Y al llegar, me echan un brazo sobre el hombro. Y así, como tres camaradas que llevan más de media vida juntos, caminamos en busca de la próxima aventura.

Epílogo

 Como les narré en mi anterior entrada*, este libro se lo estaba leyendo a mi padre en el Hospital Civil, donde ingresó por las secuelas de un ictus. A pesar de que aún le queda mucho para recuperar la movilidad del lado derecho de su cuerpo, el viernes 17 de este mes le dieron el alta y regresó a su casa. Allí, en el hogar donde me crié, terminé de leerle ese mismo fin de semana la biografía de Hugo Pratt. Al acabar y dejar el libro sobre el mueble del salón, entre decenas de fotografías de la familia, me fijé en una foto de mi infancia. En ella aparezco con mis padres y dos de mis tres hermanos, montados en un barco que salía del puerto de Málaga para dar un paseo por la bahía. Cogí la foto y se la mostré a mi padre. «¿Quién es este?», le pregunté. «Pues tú», me dijo, y luego añadió con una sonrisa: «El Corto Maltés de niño».

Con mis padres, dos de mis hermanos y la gorra de Corto
En el dorso, con la bonita caligrafía de mi padre, se lee:
Puerto de Málaga, 19 de abril de 1970

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html


martes, 21 de febrero de 2023

DEL COHETE CHINO, EL ICTUS DE MI PADRE, LA NOVELA STONER Y OTRAS COSAS


Noticia sobre la alarma por la caída de la chatarra espacial china
EL PAÍS, sábado 5 de noviembre de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día 4 de noviembre del año pasado, parte de un cohete chino cruzó la península y fue a estrellarse al mar. Unas horas después, como si el paso de esa chatarra espacial sobre la península hubiese provocado una perturbación en la cabeza de mi padre, éste sufrió un ictus hemorrágico y tuvo que ingresar en la Unidad de ictus del hospital Carlos de Haya. Estaba en un estado semicomatoso, y nos dieron pocas esperanzas de vida. Lo más probable era que le repitiese otro episodio en los próximos cinco o quince días y no saliese vivo de aquel hospital en el que habíamos nacido sus cuatro hijos.

 Mi padre era lector asiduo del diario Sur, y por alguna extraña razón decidí fiar su supervivencia al hecho de guardarle el periódico a diario. No quería caer en el desánimo, y me agarré a aquel gesto banal con la convicción de que se iba a obrar el milagro. Los primeros días tenía que recorrer los quioscos de media Málaga para conseguirlo, pero después aprendí la lección y lo compraba nada más salir a la calle, antes de que se agotase. Y así los fui amontonando en casa, con la esperanza de que al salir del hospital pudiera leerlos, o leérselos yo, y tener un resumen del tiempo en el que se le detuvo el mundo.

 Afortunadamente, mi padre recuperó la conciencia y, poco a poco, a pesar de lo grande del derrame, su estado se fue estabilizando; aunque no movía el lado derecho del cuerpo, ni conseguía emitir palabra alguna, como si la capacidad del lenguaje se le hubiera borrado del disco duro del cerebro.

 El 25 de noviembre lo trasladaron al hospital Civil para recibir tratamiento de fisioterapia, logopedia y terapia ocupacional. Y allí sigue ingresado. Cuando por fin se echó a hablar, lo hizo de manera ininteligible, pero con el paso de los días, empezó a hilar vocales y consonantes y consiguió que lo entendiéramos. Los avances motores son muchísimo más lentos, tanto que a veces se desespera. También nosotros nos desesperamos, pero desde que está allí tengo la sensación de que las cosas importantes ya no lo son tanto y que no hay nada mejor que hacer cada tarde que visitarlo. Tiene la cabeza perfecta, así que jugamos al dominó, repasamos la prensa y, como hacía con mis hijos cuando eran pequeños, me doy el placer de leerle alguna novela. La primera ha sido Stoner, del estadounidense John Williams. Me la regaló por Reyes mi hermano Marcial. «No es más que la historia de un profesor de Literatura en una universidad estadounidense, pero te va a encantar», me dijo. Y así fue: nos encantó a los dos (a pesar del capítulo del examen que creo le corta el ritmo).

Stoner, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

 Stoner es la vida de un crío que nace en 1891 en una pequeña granja de Misuri central, y que a los diecinueve años va a estudiar agricultura a la Universidad de Columbia. Allí, durante el primer semestre de su segundo año, cursará una asignatura requerida para todos los estudiantes universitarios, un estudio de literatura inglesa impartido por el profesor Archer Sloane que le abrirá los ojos al mundo de los libros y lo llevará a cambiar sus asignaturas de ciencias por la filosofía, la historia antigua y la literatura inglesa. A sus 27 años, William Stone recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñará hasta su muerte en 1956. Entre esas dos fechas, 1891-1956, la vida. Recogida en 240 páginas que se disfrutan de principio a fin, con personajes secundarios memorables, como ese Dave Masters, que a pesar de morir joven en la Primera Guerra Mundial no nos abandonará durante toda la lectura del libro.

También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Château-Thierry, junto con las primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

 La traducción de Stoner (Editorial Baile del Sol) corre a cargo de Antonio Díez Fernández, que ha hecho un magnífico trabajo, algo que se comprueba al ser leída en voz alta. Impagable ver las caras que ponía mi padre ante los avatares que le sucedían al protagonista, y el interés con el que aguardaba un nuevo capítulo, como si fuera un serial de la radio.

 Ahora le estoy leyendo La aventura soñada, la biografía de Hugo Pratt, escrita por el francés Thierry Thomas, y aunque no está escrita para ser leída en voz alta como Stoner, también nos está gustando. A mí porque soy muy fan de Pratt y de todos sus personajes, con Corto Maltés a la cabeza, y a él porque también conoce al protagonista y porque, a sus 87 años, cumplidos en el hospital, repasar otras vidas (la del profesor William Stoner o la de Hugo Pratt) le sirve para revisar la suya.

 Y me gusta mucho verlo sonreír cuando nos encontramos con alguna sincronía. Ayer mismo, tras terminar de leerle un pasaje de La aventura soñada (Ediciones Siruela) en el que se mencionaba a Mandrake el mago, uno de sus personajes de cómic favoritos, abrimos el periódico por la trasera y vimos que en la segunda cadena de Televisión Española echaban esa noche Raíces profundas, la película que más le gusta, dirigida por George Stevens y protagonizada por un impresionante Alan Ladd. Un western basado en la novela Shane, de Jack Schaefer, que le regalé un día por su cumpleaños en una cuidada edición de la colección Frontera de la editorial Valdemar.

Raíces profundas (Shane) en La 2
Fotografía: Pedro Delgado

 «Bueno, bueno. Hoy va la cosa de favoritos», le dije. Y por su cabeza volvieron a cruzarse las viñetas de Lee Falk y aquella secuencia al inicio de la película en la que Shane desciende el valle montado en su caballo y llega a la granja mientras suena Call of the Faraway Hills. «¿Recuerdas el duelo del final?», le pregunté. «Con Jack Palance», afirmó. «Y la conversación con el crío al final de la película», añadió. Y en ese momento, el «Shane. Shane. ¡Vuelve!» retumbó en los pasillos del hospital.


jueves, 1 de abril de 2021

EL LEOPARDO DE LAS NIEVES O EL ARTE DEL RECECHO


El leopardo de las nieves de Sylvain Tesson (Ed. Taurus)
Fotografía: Lucía Rodríguez

En la fotografía de la solapa, Sylvain Tesson se me antoja de otra época. Agarrado a su pipa parece uno de los tripulantes del Pequod, un buscador de ciudades perdidas en el Amazonas o un minero del Klondike.

Sylvain Tesson

 «París, 1972, aventurero y escritor», se lee bajo su imagen. Lo primero se intuye, y de lo segundo no me queda duda al terminar la lectura de El leopardo de las nieves, su último libro, publicado en estos lares por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House. Tesson tiene una prosa cuidada, elegante, y un humor socarrón que se deja ver en alguna que otra frase; como esa con la que abre la narración:

Como las monitoras tirolesas, el leopardo de las nieves hace el amor en paisajes blancos.

 Sylvain Tesson conoció al fotógrafo de animales Vincent Munier un día de Semana Santa durante la proyección de su película sobre el lobo de Abisinia. Al terminar conversaron, conectaron y se produjo la invitación.

 –Hay un animal en el Tíbet al que persigo desde hace seis años –dijo Munier–. Vive en las mesetas. Se necesitan largos recechos para verlo. Vuelvo este invierno, ven conmigo.
 –¿Cuál es?
 –El leopardo de las nieves –dijo.
 –Creía que había desaparecido –dije.
 –Eso es lo que quiere que creamos.

 Y como nadie puede rechazar acompañar a un artista a su estudio, en 2018 Tesson viajó con Munier al Tíbet en pleno invierno. Los acompañaban Marie, cineasta de animales, y Léo, ayudante de campo de Munier. Allí, el hombre activo e impaciente que es Tesson, tendrá que hacerse especialista en las técnicas del rececho, ese arte «que consiste en camuflarse hasta hacerse invisible a la espera de un animal cuya aparición no se puede dar por descontada».

«Leopardo», un nombre sonoro, elegante. Nada nos aseguraba que encontraríamos uno. El rececho es una apuesta: vas en busca de los animales y te arriesgas al fracaso.

Leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 Amedrentrados por los cazadores furtivos y la propagación del hombre, el leopardo de las nieves se esconde en valles y montañas a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, mimetizado con el paisaje que lo rodea, «un lugar en el que el leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo».

Se había adaptado para poblar lugares inhóspitos y trepar por los despeñaderos. Era el espíritu de la montaña que había bajado de visita a la Tierra, un viejo ocupante al que la rabia humana había relegado a las periferias.

El leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 En uno de esos valles Sylvain Tesson y sus compañeros ocuparan una choza de adobe a cuatro mil metros de altitud compartiendo el frío escenario –más de 20 grados bajo cero– con otros animales: yaks salvajes, de los que dice Vincent Munier que son los tótems de la vida salvaje –«aparecían en los muros paleolíticos, no han cambiado, parece que resoplan recién salidos de una cueva»–; cabras azules; lobos; martas; perdigallos, cuervos, búhos y gorriones alpinos; buitres, águilas reales y halcones sacres; asnos salvajes, primos de los caballos, que no habían sufrido la indignidad de la domesticación; gacelas; picas, que es el nombre de los perritos de las praderas tibetanos; liebres; linces y zorros que se desvanecen en cuanto los pierdes de vista.

Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda.
***
 Munier cantaba. Un lobo contestaba. Munier callaba, el lobo reanudaba. Y de pronto uno de ellos apareció en el collado más alto. Munier cantó por última vez y el lobo galopó por la ladera hacia nuestra posición. Saturado de lecturas medievales –fábulas de Gévaudan y cantares artúricos–, no las tenía todas conmigo al ver un lobo corriendo hacia mí. Me calmé al mirar a Munier. Estaba tan impasible como una azafata de Air France en medio de las turbulencias.
 –Va a parar en seco delante de nosotros –murmuró justo antes de que el lobo se inmovilizara a cincuenta metros.
 Se fue por la tangente y estuvo un buen rato trotando a nivel sin perdernos de vista, con la cabeza vuelta hacia nosotros, alarmando a los yaks. La manada negra, molestada por el lobo, volvió a ponerse en marcha y subió por la ladera. Tragedia de la vida de grupo: no estar nunca tranquilo. El lobo desapareció, nosotros escudriñamos el valle, los yaks alcanzaron la crestería, la noche cayó, no volvimos a verle, se había evaporado.

 Sin separarse de la choza más de diez kilómetros, el grupo realizará a diario batidas por lo alrededores cosechando avistamientos; en un ir y venir que los convertirá en otros habitantes más del paraje, «un desierto mineral que unos movimientos magmáticos habían elevado al cielo».

Leopardo de las nieves. Fotografía: Vincent Munier

En la alta explanada de la vida y la muerte se representaba una tragedia difícil de ver, perfectamente pautada: el sol salía, los animales se perseguían para amarse o devorarse. Los herbívoros pasaban quince horas diarias con la cabeza agachada. Era su maldición: vivir lentamente, dedicados a pacer una hierba pobre pero regalada. Para los carnívoros la vida era más palpitante. Acechaban un alimento escaso en batidas que eran la promesa de una fiesta de sangre y la perspectiva de siestas voluptuosas.
 Todos esos seres morían, y los cadáveres desgarrados por los carboneros salpicaban la meseta. Los esqueletos quemados de ultravioletas no tardaban en reincorporarse al vals biológico. […] Todo pasa, todo fluye, los anos galopan, los lobos los persiguen, los buitres planean: orden, equilibrio, el sol en su cenit. Un silencio aplastante. Una luz sin filtro, pocos hombres. Un sueño.
 […] era el paraíso a -30 ºC. La vida se resumía: nacer, correr, morir, pudrirse, volver a entrar en el juego con otra forma. Yo entendía  por qué los mongoles querían dejar a sus muertos en la estepa para que se descompusieran.

 Además de un canto a la naturaleza y a los animales que la pueblan, el libro encierra bajo su poesía algunas pullas demoledoras contra la ocupación del Tíbet por China, los cazadores, la tecnología y el mundo moderno y avanzado en el que vivimos.

El Gobierno chino había logrado su viejo objetivo de controlar el Tíbet. Pekín ya no se dedicaba a perseguir a los monjes. Para controlar un espacio hay un principio más eficaz que la coerción: el desarrollo humanitario y la ordenación del territorio. El estado central brinda confort, la rebelión se apaga. Si estalla una revuelta las autoridades exclaman: «¿Cómo? ¿Una sublevación? ¿Ahora que construimos escuelas?». Lenin ya había experimentado el método cien años antes con su «electrificación del país». Pekín había optado por esta estrategia desde los años ochenta. […]
 La carretera cruzaba los cursos de agua por puentes nuevos y flamantes. Unas antenas de telefonía coronaban las cimas.
 El poder central multiplicaba las obras. Incluso una línea de ferrocarril tajaba el viejo Tíbet de norte a sur. […] El retrato del presidente chino Xi Jinping se exhibía en los paneles: «¡Queridos amigos –venían a decir los eslóganes– os traigo el progreso, así que calladitos!». Jack London había resumido el estado de cosas en 1902: «El que alimenta a un hombre es su amo».

 El único pero que le pongo al libro es que hayan usado el mismo título del clásico de Peter Matthiessen, pues puede llegar a confundir a los lectores. Una obra que, al menos, menciona Tesson en sus páginas. El neoyorquino, autor también de la novela Jugando en los campos del Señor, lo publicó en 1978, alzándose ese año con el National Book Award. Conservo un ejemplar en mi biblioteca, una cuarta edición reeditada por Siruela en 2005. En la sobrecubierta se puede leer la sinopsis:

En otoño de 1973 el escritor Peter Matthiessen y el zoólogo George Schiller emprenden una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza es poder ver al más hermoso y raro de los grandes felinos, el leopardo de las nieves.
 Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por las vías que le proporcionan el budismo o el zen. «Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa». Éste es el sentido del viaje de Matthiessen, y de todo auténtico viaje.

El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Ed. Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero volvamos al libro de Tesson para cerrar esta reseña, a uno de los muchos subrayados que he trazado en el texto.

Había una diferencia entre la iglesia y la montaña. De rodillas, esperas sin pruebas. La oración se eleva, dirigida a Dios. ¿Te responderá? ¿Existe siquiera? En el rececho conoces lo que esperas. Los animales son dioses ya aparecidos. Nada discute su existencia. Si surge algo, esa será la recompensa. Si no pasa nada levantas el campo, dispuesto a reanudar el rececho al día siguiente. De modo que, si el animal se muestra, es toda una fiesta. Y recibirás a ese compañero de cuya presencia no dudabas, aunque su visita fuese incierta. El rececho es una fe modesta.

 «El rececho era una plegaria».

 Les dejo con la única fotografía que contiene el libro. A ver si son capaces de encontrar al leopardo en la imagen.

Fotografía de Vincent Munier

Nota: Las fotografías de la fauna tibetana tomadas por Vincent Munier en sus numerosos viajes a la meseta están recogidas en el álbum Tibet minéral animal, editado por Kobalann (con poemas de Sylvain Tesson).

Tibet minéral animal (Kobalann)

 Y en España, Errata naturae editores ha publicado el cuaderno de aguardo de Vincent Munier con las fotografías de sus expediciones al Tíbet en busca de tan majestuoso felino.

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible
Vincent Munier (Errata Naturae)


viernes, 1 de enero de 2021

CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE CLARICE LISPECTOR


La escritora Clarice Lispector (1920-1977)

Supe de Clarice Lispector en el verano de 2004, cuando viajaba por Brasil. No recuerdo si fue en una librería de Belén, de Manaos o de Santarém, ni el título de la cubierta del libro donde se mostraba su retrato, pero sí recuerdo que su porte elegante y seguro, su mirada rasgada y sus rasgos, con esos pómulos marcados, me trajeron a la mente a la también escritora y periodista Oriana Fallaci.

Fotografías de Oriana Fallaci (AP)

 Pero no voy a hablarles aquí de la italiana sino de la ucraniana-brasileña de la que se cumplió el mes pasado el centenario de su nacimiento. Clarice Lispector vino al mundo el 10 de diciembre de 1920 en Tchetchelnik, Ucrania, en el seno de una familia judía que no tardó en emigrar a Brasil. Apenas tenía unos años cuando su familia desembarcó en Maceió, capital del estado de Alagoas. Allí todos los miembros del clan tomaron nombres portugueses, y a Chaya le cambiaron el suyo por Clarice. Había cumplido cinco años cuando la familia se mudó a Recife (Pernambuco), donde vivió una infancia feliz rota a los diez años por la muerte de su madre.

La pequeña Clarice con su padres y sus hermanas. Fotografía: Ed. Siruela

 En 1935 Clarice se fue con su padre y una de sus dos hermanas a Río de Janeiro. Allí estudió Derecho, pero, seguramente por su afición a la lectura y a la escritura, empezó a ejercer de periodista, colaborando con algunos periódicos y revistas. En 1944 publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, con la que ganaría el Premio Graça Aranha. A partir de ahí, la literatura no dejaría de ganar peso en su vida, construyendo poco a poco una obra literaria de lo más personal, fuera de cualquier moda o corriente narrativa.

Clarice Lispector

 «Vivió en Milán, Londres, París y Berna con su marido diplomático. Volvió a Río en 1949 y retomó su actividad periodística, firmando con seudónimos como Tereza Cuadros, Helen Palmer o Ilka Soares. Publicó cuentos en la revista Senhor. Pasó ocho años en Washington con su marido y sus dos hijos, pero se separó en 1959 y regresó a Brasil. Publicó Lazos de familia, su primer volumen de cuentos, en 1960, Una manzana en la oscuridad en 1961 y La pasión según G. H., su obra más emblemática, en 1963. El 14 de septiembre de 1966, un trágico accidente marcaría para siempre su cuerpo y su obra: mientras fumaba en la cama, provocó un incendio que destruyó su casa y le dejaría graves secuelas físicas y psicológicas; desde entonces sufrió profundas depresiones. Murió en Río de Janeiro a los cincuenta y siete años.», se lee en la semblanza que ha escrito sobre ella Marta Salís para Viajeros (Alba Editorial), un volumen de 66 relatos de viajes reunidos y presentados por la misma Marta Salís, un tomo que todo amante de la literatura y los viajes debería de tener en su mesita de noche, y del que volveré a hablarles en otra ocasión cuando termine de leer todos sus relatos.

El idioma de la «f», de Clarice Lispector, en Viajeros (Alba Clásica Mayor)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Clarice Lispector precede a uno de Richard Ford, y aparece en la página 815. Lleva por título «El idioma de la "f"» (A língua do «p»), publicado por primera vez en 1974 en el volumen de relatos El vía crucis del cuerpo (A via crucis do corpo). Tiene un aire de sketch cómico, nos cuenta Marta Salís, pero todos sus equívocos, absurdos y paradojas delatan un orden sexual y social violento y amenazador. El viaje siempre ha sido escenario de peligros, pero mucho más si la viajera es mujer.

El idioma de la «f»
Clarice Lispector
(1974)
Traducción Mario Morales
María Aparecida –Cidita, como la llamaban en su casa– era maestra de inglés. Ni rica ni  pobre: con suficientes recursos para vivir. Pero se vestía con refinamiento. Parecía rica. Hasta sus maletas eran de calidad.
 Vivía en Minas Gerais e iría en tren hasta Río, donde estaría tres días, y después tomaría el avión a Nueva York.
 La requerían mucho como maestra. Le gustaba la perfección y era afectuosa, aunque severa. Quería perfeccionarse en Estados Unidos.
 Tomó el tren de las siete rumbo a Río. Frío que hacía. Ella con saco de gamuza y tres maletas. El vagón estaba vacío, únicamente una viejecita durmiendo en un rincón bajo su chal.
 En la siguiente estación subieron dos hombres que se sentaron frente al asiento de Cidita. El tren en marcha. Uno de los hombres era alto, delgado, con bigotito y mirada fría, el otro era bajo, barrigón y calvo. Miraron a Cidita. Esta desvió la mirada, observó a través de la ventanilla del tren.
 Se sentía un malestar en el vagón. Como si hiciera demasiado calor. La muchacha inquieta. Los hombres en alerta. Dios mío, pensó la chica, ¿qué es lo que quieren de mí? No tenía respuesta. Y para colmo era virgen. ¿Por qué, pero por qué había pensado en su propia virginidad?
 Entonces los hombres empezaron a hablar entre ellos. Al principio, Cidita no entendió ni una sola palabra. Parecía un juego. Hablaban demasiado deprisa. Y el lenguaje le pareció vagamente familiar. ¿Qué idioma era ese?
 De repente entendió: ellos hablaban a la perfección el idioma de la «f». Así:
–¿Tufu yafa hafas vifistofo quefe bofonifitafa mufuchafachafa?
 –Sifi,  yafa lafa hefe vifistofo. Efestaba cofomofo quieferete.
 Querían decir: ¿tú ya has visto qué bonita muchacha? Sí, ya la he visto. Está como quiere.
 Cidita fingió no entender: entender sería peligroso para ella. El idioma era el que utilizaba, cuando era niña, para defenderse de los adultos. Los dos continuaron:
 –Quieferofo tifirarfamelafa. ¿Yfi tufu?
 –Yofo tafambiefen. Efen efel tufunefel.
 Querían decir que la iban a violar en el túnel… ¿Qué hacer? Cidita no sabía y temblaba de miedo. Ella apenas se conocía. Además, nunca se había conocido por dentro. En cuanto a conocer a los demás, ahí era cuando la cosa se complicaba. ¡Ayúdame, Virgen María! ¡Auxilio! ¡Auxilio!
 –Sifi sefe refesifistefe pofodefemofos mafatafarlafa.
 Si se resistiera, podrían matarla. Era así la cosa.
 –Cofon ufun pufuñafal. Yfi luefegofo rofobafarlafa.
 Matarla con un puñal y luego robarla.
 ¿Cómo decirles que no era rica? Que era frágil, cualquier gesto la mataría. Sacó un cigarro de la bolsa para fumar y calmarse. De nada sirvió. ¿Cuándo llegarían al próximo túnel? Tenía que pensar deprisa, deprisa, deprisa.
 Entonces pensó: si finjo que soy una prostituta, desistirán, no les gustan las vagabundas.
 Así que se levantó la falda, hizo unos contoneos sensuales –ni sabía que sabía hacerlos, era tan desconocida de sí misma–, se desabrochó los botones del escote, dejando los senos a medio mostrar. Los hombres de repente se espantaron.
 –Tafa lofocafa.
 Está loca, dijeron.
 Y ella contoneándose como no lo haría una sambista de escuela. Sacó de su bolsa el lápiz de labios y se pintó exageradamente y empezó a canturrear.
 Entonces los hombres se empezaron a reír de ella. Se les hacía graciosa la locura de Cidita. Estaba desesperada. ¿Y el túnel? Apareció el encargado de los billetes. Lo vio todo. No dijo  nada.
 Pero fue con el maquinista y le contó. Este dijo:
 –Vamos a darle un susto, la voy a entregar a la policía en la primera estación.
 Y llegaron a la próxima estación.
 El maquinista bajó, habló con un soldado cuyo nombre era José Lindalvo. José Lindalvo no era un hombre para bromas. Subió al vagón, vio a Cidita, la agarró brutalmente del brazo, tomó como pudo las tres maletas y ambos bajaron.
 Los dos hombres se reían a carcajadas.
 En la pequeña estación pintada de azul y rosa estaba una joven con una maleta. Miró a Cidita con desprecio. Subió al tren y este partió.
 Cidita no sabía cómo explicarle al policía. El idioma de la «f» no tenía explicación. La llevaron al calabozo de la delegación y ahí la ficharon. Le dijeron lo peor. Y estuvo en la celda tres días. La dejaban fumar. Fumaba como loca, tragando el humo y pisando el cigarro en el suelo de cemento. Había una cucaracha grande arrastrándose por el piso.
 Finalmente la dejaron salir. Tomó el siguiente tren a Río. Se había lavado la cara, ya no era una prostituta. Lo que le preocupaba era lo siguiente: cuando los dos habían hablado de tirársela, le dieron ganas de ser violada. Era una descarada. Sofoy ufunafa pufutafa. Era loo que había descubierto. Cabizbaja.
 Llegó a Río exhausta. Llegó a un hotel barato. Inmediatamente se dio cuenta de que había perdido el avión. En el aeropuerto compró el pasaje.
 Y caminaba por las calles de Copacabana, desgraciada ella, desgraciada Copacabana.
 Pues fue en la esquina de la calle Figuereido Magalhães donde vio un puesto de periódicos. Ahí estaba colocado el diario O Dia. No sabría decir por qué lo compró.
 Con un titular negro estaba escrito: «Joven violada y asesinada en el tren».
 Tembló toda. Entonces había ocurrido. Y con la muchacha que la había despreciado.
 Se puso a llorar en la calle. Tiró el maldito periódico. No quería enterarse de los detalles. Pensó:
 –Sifi. Efel defestifinofo efes ifimplafacafablefe.
 El destino es implacable.
«El idioma de la "f"» publicado originalmente en A Via Crucis Do Corpo de Clarice Lispector. Rocco Editorial. Copyright Paulo Gurgel Valente, 2018.
Copyright de la traducción Mario Morales (licencia editorial de Ediciones Siruela).
Copyright de la edición de Viajeros, Alba Editorial.

 En apenas dos páginas, Clarice nos da una lección sobre cómo construir un relato. Y el cierre, magnífico, es de los que se te queda rondando por la cabeza. Dicen que hay mucho de autobiografía en sus escritos, y al hilo de ello viene lo que contó Olga Borelli, ayudante, secretaria y compañera en sus últimos años de vida. La anécdota la recoge Cristina Sánchez-Andrade, traductora de la última biografía de Benjamin Moser sobre la escritora, publicada por Siruela. El día antes de su muerte el 9 de diciembre de 1977, estando hospitalizada por un cáncer de ovarios, Clarice Lispector sufrió una fuerte hemorragia. Desesperada, se levantó de la cama y caminó en dirección a la puerta. "En ningún momento había sido informada de la gravedad de su enfermedad, pero cuando la enfermera le impidió que saliese, en un momento de extravagante clarividencia, ella le gritó: «¡Se muere mi personaje!, ¡se muere mi personaje!»".

Clarice Lispector

 Durante todas las mañanas de domingo del mes de diciembre, en pases de media hora y en grupos máximos de 6 personas, se ha venido celebrando un homenaje a Clarice Lispector en el Ateneo de Málaga. Yo asistí algo reticente al pase de las 12:30 del domingo 13 de diciembre, intrigado por el título del acto, Disco Lispector. Homenaje a Clarice Lispector, en el que se prometía música y baile. ¿Qué demonios tenía que ver la música disco con Clarice?, me preguntaba.

Disco Lispector, homenaje a Clarice Lispector en el Ateneo de Málaga
Vocalía de Acción Literaria, diciembre de 2020
 Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la misma puerta del Ateneo nos obsequiaron con dos bonitos marcapáginas en los que aparecía el rostro de la homenajeada y alguna frase sacada de sus libros.

«Al final, ¿qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»
«Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano y es solitario»

 Y después nos acompañaron a la sala Muñoz Degrain. Una representación de la mesa de trabajo de la escritora fue lo primero que vimos al entrar, con una máquina de escribir, una pitillera, un encendedor, un cenicero, una botella de whisky, una taza de té o de café, un bolso y algunos de sus libros. Lucía se sentó en la silla del escritorio, y le tomé una fotografía con su móvil. Luego le pedí que fotografiase la mesa.

Representación del escritorio de Clarece Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tras el escritorio, una cortina daba paso a una pista de baile con bola discotequera en el techo incluida, donde sonaban éxitos musicales, una selección de temas preparados por la periodista y dramaturga Vicky Molina y las poetas Cris Miranda y Lidia Bravo, organizadoras del evento, que no tardaron en invitarnos a bailar.

Disco Lispector, Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector, Ateneo de Málaga, diciembre 2020
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Entre baile y baile, entre canción y canción, "la voz de Clarice" y sus labios moviéndose en la pantalla del fondo, contándote su vida a pinceladas, con textos sacados de una de sus últimas entrevistas. Otras veces, su rostro en grande junto a otras de sus frases, destacando sobre la pared como sentencias.

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La verdad es que las organizadoras se lo curraron, y la media hora se nos pasó volando; aunque salí de allí sin llegar a descubrir qué tenía que ver el dancing con la escritora. Quizás sólo se trataba de festejar el centenario con unos bailes, o tal vez se tarde más tiempo en olvidar lo que se aprende bailando. Vaya usted a saber. Lo importante es que durante el pasado mes han dado a conocer a una de las más enigmáticas escritoras del siglo XX, esa que me sedujo un día en una ribera del Amazonas.

 Si quieren leer su obra pueden empezar por la recopilación de sus cuentos, y si quieren saber más de ella lean Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, de Benjamín Moser. Ambos libros publicados por Siruela.

 Y a todos los que han llegado al final de este artículo, en un día tan señalado como este, quiero desearles un feliz y próspero Año Nuevo 2021. Seguramente seguirá siendo un año cargado de incertidumbres, pero será cosa nuestra enriquecerlo con buenas lecturas, buenas películas e interesantes eventos culturales. ¡Un brindis por todos nosotros!

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