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viernes, 10 de febrero de 2023

VALE UN POTOSÍ (NOIR BOLIVIANO)


Vale un potosí, novela negra de Isabelle Fougère (Blume)
Fotografía: Pedro Delgado

Hace Dios con las manos lo que quiere, pero más hace el diablo con la cola.
Jacques Prévert, Fatras, 1966

Aguardaba la Semana Negra de Gijón para mostrarles esta reseña, pero el pasado sábado leí en el suplemento literario Babelia un artículo sobre el festival BCNegra, que reúne en Barcelona a los grandes autores del género literario, y me dije que este era el mejor momento para hacerlo.

 Vale un potosí (Editorial Blume) son dos libros en uno. Por un lado, tenemos una sorprendente novela negra ambientada en Bolivia, y por otro, un magnífico trabajo fotoperiodistico de Miquel Dewerer-Plana centrado en los mineros de Potosí, Bolivia. Hoy, por lo que les decía sobre la BCNegra, voy a poner el foco en la novela, dejando la otra cara del libro para otra reseña.

 El noir es un género que se reinventa continuamente, y estoy seguro de que si su autora, Isabelle Fougère, fuera boliviana, en lugar de francesa, ya se estaría hablando del noir boliviano como subgénero, al igual que se habla del noir nórdico, el tarta noir o el thriller vasco.

 Vale un potosí es una novela negra atípica, con una cholita como protagonista, Doña Consuelo, a la que uno termina por cogerle cariño, un personaje fuerte y testarudo muy bien construido.

[...] surge del socavón a la velocidad de una bala de cañón. Un par de botas manchadas de barro y por encima una pollera verde constituyen la poderosa barrea que los detiene. Más arriba de la pollera, palpita un pecho de generosas curvas, jadeante. De la sombra circundante emerge un rostro poco ameno, coronado por un casco del que salen dos negras trenzas, donde se ven unos cuantos hilos plateados. Es la patrona.
 Doña Consuelo Orco de Pizaro, con una «r», ojo con pronunciarlo como «rr», y ella le da gran importancia para que no se la asimile al famoso conquistador Francisco Pizarro. Se tiene que apoyar en los dos mineros para retomar el aliento, entrecortado este por la falta de oxígeno y los 40 grados en el túnel cavado en el cerro.

 En la primera página ya aparece el cadáver, el cuerpo sin vida de Gustavo Condori, un pobre minero al que alguien le ha dejado un pico clavado entre los omóplatos en la mina Pizarro.

 Paralizados, con los brazos colgando, se quedan mirando el pico clavado como un ancla en la espalda de uno de los suyos, tumbado cara al suelo en medio de un extenso charco negro.
 En lo hondo de la mina, pierde su insolente color rojo la sangre.

 Y yace a los pies del Tío de la mina, el dios del mundo subterráneo, al que los mineros rinden tributo para que los proteja y les de una buena veta. Un Tío que asume el papel de narrador en algunos capítulos.

Soy el Tío, el diabólico genio que habita en las entrañas de la montaña de plata. Mis súbditos-esclavos, mineros de Potosí, se matan la salud aquí desde hace siglos, desde la época de los conquistadores, con la esperanza de encontrar una veta que traiga suerte.

Tío de la mina. Potosí (Bolivia, 2008)
Fotografía: Pedro Delgado

 La trama se desarrolla en Potosí, ciudad que visité en el verano de 2008, en uno de mis viajes a Bolivia. Allí, como en Oruro, bajé a las famosas minas, departí con los mineros e hice ofrenda de alcohol, hojas de coca, dulces y cigarrillos al Tío de la mina, ese diablo de falo enhiesto que fecunda la roca y al que veneran los trabajadores del subsuelo para que no se cobre sus vidas y les conceda sus favores.

Cerro Rico, como llamaban los españoles al Cerro de Potosí
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado en Cerro Rico, Potosí
Bolivia, verano de 2008

–Habría que llamar al curandero, doña Consuelo, si no, el Tío se va a agarrar su alma –murmura con voz tembleque Alfonso Quispe, al cabo de un cuarto de hora.

 Antes que el curandero, aparece en el lugar del crimen el comisario con sus ayudantes.

El hombre de ley, petiso él, de unos cincuenta corpulentos años, tiene por acompañantes a dos tipos desgarbados que llevan linternas eléctricas, doblados en dos para no chocarse con las paredes ni el techo de la galería.

 Tras él, llega el curandero, que tras echar las hojas de coca pide sacrificar una llama frente a la bocamina, un ritual al que asistí compungido varias veces en aquel viaje.

Sacrificio de la llama en una bocamina de Oruro
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

 Recuerdo también que las condiciones de trabajo de aquellos mineros eran casi las mismas que hace cien años, arañando las laderas de la Pachamama con técnicas demasiado peligrosas en busca de plata, zinc y estaño. Y al riesgo de quedar sepultado, se le añadía la toxicidad del aire de los socavones y el polvo metalúrgico que envenenaba el aire, no ya solo de la mina, si no de toda la ciudad.

–[...] Hasta en el campo se pudre la quinua. ¡Y están repletas de arsénico las llamas y ovejas que pastan las escasas hierbas que aun crecen en la montaña!

 Pero dejemos a un lado los riesgos y centrémonos de nuevo en el caso. Tenemos un muerto y un comisario con dos ayudantes grandullones, pero la verdadera detective del caso va a ser Doña Consuelo, amante de las películas policíacas y una suerte de teniente Colombo (Columbo en Hispanoamérica) con pollera en lugar de gabardina. Una auténtica mosca cojonera.

 Luego de dos horas y media, el cortejo deja la ruta principal para tomar un camino de tierra embarrado que se va adentrando en un valle. Luego de varias curvas con baches, que hacen resbalar el ataúd de Gustavo de un lado a otro, de manera peligrosa, el viento despeja la neblina y el sol arroja sus rayos sobre un paisaje árido. Se dibuja a lo lejos una quebrada angosta rodeada de farallones calcáreos. Empiezan a aparecer casuchas de adobe, minúsculas aldeas de cuatro o cinco viviendas. Triste meseta. Nadie a la vista, salvo grupos de ovejas y cabras que pastan plácidamente una hierba seca y gris.
 «Aún más flacuchos que en Potosí», observa para sus adentros doña Consuelo, que durante todo el viaje se ha estado concentrando en cómo proseguir su investigación. Piensa en los DVD amontonados debajo de su cama y en todas esas películas policíacas de las que se alimenta de noche en su viejo televisor, cuando no tiene amante que la distraiga. Una de sus preferidas es la serie del inspector Columbo. El muy astuto no se pierde un solo entierro. Con las manos en el bolsillo de su viejo impermeable, con cara de yo no fui, se aparta un poco y observa a los asistentes. Lo ha visto repetidas veces. Los asesinos, y quien lo dice es Columbo, suelen asistir a los entierros de sus víctimas. Piensan que estar presentes es prueba de su inocencia. Doña Consuelo está agarrando su carterita tejida que lleva en bandolera, bien apretada sobre su pollera. Adentro, siente al tacto su libretita y su lápiz.

 Y todo nos lo cuenta un narrador omnisciente, salvo en seis de los veintiún capítulos en los que toma la palabra el mismísimo Tío de la mina.

[...] Don Ricardo se ha puesto la sotana de los días de fiesta, no cada día asisten feligreses de la ciudad.
 Pobre Gustavo, no vino mucha gente a tu entierro. ¡Qué ironía la de este momento! Rezan al Dios de los conquistadores para que te otorgue la vida eterna, pero todos piensan en mí, el dios de abajo, el que se come a los hijos del campo transformados en esclavos del inframundo.

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

 No les adelantaré nada más. Tan solo decirles que la novela está muy bien ambientada y que es un fiel reflejo del mundo de la minería en el país andino y de la vida cotidiana de sus protagonistasEl bello Sebastián García Huanca, José Luis Castro Ferrer, alias «el Dinamita», Alfonso Quispe o Efraín Orco, me hicieron recordar a aquellos otros mineros con los que compartí unas horas en Potosí y Oruro. Ojalá la vida haya sido generosa con ellos.

Los cuatro hombres se sientan para ponerse las botas y verificar las lámparas de sus cascos. Se embuten en la boca unas cuantas hojas de coca, después de haberles quitado la nervadura central. Luego mordisquean lentamente una piedrita de cal que, al mezclarse con la coca, va formando una bolita. La mantendrán en la boca durante varias horas. Desde que los conquistadores españoles comprendieron el poder estimulante que tenía sobre sus esclavos indígenas, la coca se ha vuelto para los mineros una compañera indispensable.

Mineros de Oruro, Bolivia. Verano de 2008
Fotografía: Pedro Delgado


 El festival BCNegra celebra su decimoctava edición entre el 6 y el 12 de febrero en Barcelona.

Cartel BCNegra 2023


miércoles, 18 de mayo de 2022

HACH WINIK, EL SOSIEGO EN UN LIBRO DE FOTOGRAFÍA


Hach Winik, de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Con un relato de Paul Bowles
Fotografía: Lucía Rodríguez

El otro día me comentaba uno de mis hijos que hay gente que ve las series y las películas en la televisión con un plus de velocidad. Es decir, que aceleran la imagen con el mando a distancia, como si esas imágenes que desfilan por la pantalla no requirieran de la participación activa del espectador, de su interpretación. Lo miré incrédulo, y le pregunté a qué se debía esa prisa. Y me dijo que mucha gente siempre tiene la sensación de que se está perdiendo algo.

 Con la vida ocurre lo mismo, pensé. Hay personas que viven aceleradamente, siempre con prisas, enfrascadas en un montón de actividades que no les dejan ni un momento de sosiego.

 Conforme cumplo años, entiendo menos esas urgencias, y valoro más dejar un tiempo de reposo en el día; y no me refiero a la hora de la siesta, sino a un tiempo para no hacer nada, para contemplar la lentitud con la que se desarrollan las plantas en el porche –el que haya visto cómo se abren los helechos, o cómo surgen las hojas en una higuera, sabrá a lo que me refiero–, para ver una película –a la velocidad a la que la concibió su director, por supuesto–, o para leer un buen libro. A veces, cuando el día ha sido especialmente vertiginoso, o cuando siento mucho ruido tanto por fuera como por dentro a causa de guerras y desgracias, me refugio en algún libro de fotografía.

 Hoy voy a hablarles de uno de esos libros. Se trata de Hach Winik, del fotoperiodista francés de origen catalán Miquel Dewerer-Plana, primorosamente publicado por la editorial Blume en 2019.

 Los hach winik u «hombres verdaderos», como se autodenominan los indígenas mayas-lacandones, viven en la selva de Chiapas, en el sudeste de México, una región separada de Guatemala por el río Usumacinta. Durante diez años, el autor penetró en la reserva natural de Naha' para pasar largas temporadas con ellos, trabando una amistad que le ha permitido recoger en imágenes una forma de vida y una cultura que a causa de la globalización, entre otras cosas, ya empezaba a desaparecer. Son imágenes de un tiempo fugaz que se escapa y se consume delante de nuestros ojos sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Miquel Dewerer-Plana, que desde niño siempre había soñado con vivir en la selva con los lacandones, constató cómo los dioses de la rica cosmogonía lacandona, venerados en la «casa de los dioses», son reemplazados por Jehová, el Dios de las sectas evangélicas y sus Apocalipsis; cómo en la espesura de la selva proliferan los pastizales, abiertos por campesinos zapatistas sin tierra que invaden la reserva en busca de terrenos donde cultivar o criar el ganado, y cómo el gobierno estatal controla todas las riquezas de la zona: madera, energía hidroeléctrica, etc.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Sus imágenes sinceras, oníricas y vaporosas de estos indígenas vestidos con túnicas blancas y el pelo largo, y del entorno mágico, pero amenazado, en el que viven, constituyen una crónica visual única, que viene precedida de un interesantísimo texto, escrito a modo de cuaderno de viajes por el propio Miquel.

 A veces, lo que nos cuenta tiene hechuras de relato y otras de ensayo.

El chofer consulta el reloj: son las once en punto de la mañana. Del techo tira un cordel de cuyo extremo pende una Virgen con rostro atormentado pintada en un enorme medallón. El sonido ensordecedor del claxon avisa a los pasajeros rezagados sobre la inminente salida. Tras varios intentos infructuosos, el motor traquetea y se decide por fin a arrancar. Comienza entonces para mí un viaje de cinco horas bajo un sol de justicia. A los pocos minutos de abandonar la pequeña ciudad de Ocosingo, el autobús sobrepasa la majestuosa y desconocida zona arqueológica maya de Toniná. Al poco, la carretera asfaltada deja paso a una pista descuidada. Es la puerta de entrada a una región que durante mucho tiempo acogió todo tipo de sueños: de las empresas de maderas preciosas, de los productores de caucho, de miles de campesinos sin tierra e incluso de algunos indígenas ansiosos de libertad. Como si se tratara de un péndulo, el autobús se balancea tranquilamente de un lado al otro, adaptándose al pésimo estado del camino. Uno tras otro, atraviesa pueblos mayoritariamente tzeltales, donde unos grandes carteles dan la bienvenida a los viajeros, recordando que nos encontramos en territorio zapatista. A pesar del calor asfixiante, intentamos cerrar las escasas ventanas aún en uso, pero a cada frenazo una enorme nube de polvo penetra en el interior y engulle, durante algunos segundos, todo a su paso.
***
Los lacandones fueron el último pueblo libre e independiente de Chiapas, hasta que en 1695 los españoles sometieron los últimos núcleos de resistencia, con lo que se inició un largo proceso de agonía. Los que sobrevivieron fueron confinados en un pueblo del Departamento de Retalhuleu, en Guatemala, donde en 1769 un juez tan sólo pudo constatar la existencia de una mujer y dos varones lacandones, de edad avanzada, y sin descendencia. Tras más de siglo y medio de lucha, aquellos indígenas ansiosos de libertad acabaron sus vidas en cautividad.
Los lacandones de hoy son, con toda probabilidad, descendientes de las poblaciones mayas de la península de Yucatán en México y del Petén en Guatemala. Al huir del yugo de la colonia española en el siglo XVIII, buscaron refugio bajo los imponentes árboles protectores de la selva chiapaneca, territorio de sus antepasados desaparecidos. Aquellos fugitivos, organizados en pequeños grupos con el fin de pasar inadvertidos, reinventaron una vida seminómada adaptándose de manera remarcable a las difíciles condiciones de supervivencia de su nuevo hábitat. Adoptaron las grandes ciudades prehispánicas que los antiguos mayas habían abandonado en el siglo X: Palenque, Yaxchilán y Bonampak. Así fue como el dios Hach Ak Yum, creador de los hach winik, se instaló en los templos desertados de aquellos pueblos precolombinos.

 Es en la parte final de su texto cuando Miquel nos habla de Paul Bowles y de El pastor Dowe en Tacaté, el otro relato que contiene el libro, un extra de enorme valor para todos los que adoramos al escritor, compositor y viajero estadounidense.

Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tánger, 1999)
©Biblioteca de la Universidad de Delaware, Newark

 Paul Bowles escribió este relato en Nueva York en 1946, después de sus numerosos viajes a México durante los cuatro años y medio anteriores. El cuento, ambientado en la zona, es tan inquietante y tiene tal fuerza que te obliga a leerlo del tirón. En mi caso ha sido una relectura, no por ello menos fascinante, pues ya lo había leído hace veinte años en el volumen que sacó la editorial Alfaguara bajo el título Un episodio distante (otro de los cuentos sublimes del libro junto a Delicada presa), donde se recogían relatos escritos entre 1939 y 1948, traducidos al castellano por Guillermo Lorenzo. La mayoría de esos relatos estaban ambientados en el territorio africano de Marruecos o Argelia, a donde había regresado en 1947 para establecerse en Tánger, y otros discurrían en Colombia, México, Centroamérica o el Caribe. 

 Como nos apunta Miquel en un pie de página, «quizá Bowles se inspirara en el pastor estadounidense Philipp Baer, el primer misionero que en 1944 entró en contacto con los habitantes Naha'. A instancias del Instituto Lingüístico de verano, tradujo la Biblia a la lengua lacandona e intentó convertir a los habitantes de la región. Hacia 1955 se instaló en Lacanha', donde la población «aceptó» los preceptos de su Biblia».

 En El pastor Dowe en Tacaté, asistimos a la propia fragilidad del protagonista, un misionero evangelista, en un territorio que le es ajeno y que nunca podrá comprender ni entender.

 Cómo ha penetrado la palabrería estridente de los pastores evangélicos en la región, los seres míticos y las divinidades que pueblan la cosmovisión lacandona, la «casa de los dioses», los incensarios, el lago y la gruta de Metzabok, donde residen las almas de los antepasados..., todos esos detalles que nos explica Miquel en su crónica aparecen luego en el relato de Paul Bowles, aportándonos un conocimiento extra de ese mundo plagado de incertidumbres por el que se mueve, con incomodidad e impaciencia, uno de esos pastores norteamericanos que se instalaron en la región en los años cincuenta.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También nos cuenta Miquel un detalle fundamental para entender algo que sucede en la parte final del relato de Bowles, y es la costumbre que llevaba a los jóvenes a tomar como compañera a una cría de pocos años, a la que debían educar como a su propia hija hasta que creciera y se convirtiera en su mujer. «Los lacandones son poco numerosos y el miedo a no encontrar esposa al alcanzar la pubertad llevaba a los adolescentes a practicar esta costumbre, hoy en día erradicada, para evitar así los conflictos en la edad adulta».

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Bowles se inicia así:

El pastor Dowe pronunció su primer sermón en Tacaté una luminosa mañana de domingo, poco después del comienzo de la estación de lluvias. Asistió casi un centenar de indios y algunos de ellos habían recorrido todo el trayecto desde Balaché, en el valle. Permanecieron sentados en silencio en el suelo mientras él les hablaba durante más o menos una hora, en su propio idioma. Ni siquiera los niños alborotaron; reinaría el silencio más completo siempre que él siguiera hablando. Pero él veía que su atención nacía del respeto más que del interés. Como era una persona concienzuda, el descubrir esto le inquietó.
 Cuando terminó el sermón, cuyo título era «Significado de Jesús», los feligreses se levantaron despacio y empezaron a alejarse pensando ostensiblemente en otras cosas. El pastor Dowe estaba desconcertado. El doctor Ramos, de la Universidad, le había asegurado que su dominio del dialecto era suficiente para permitir a sus futuros feligreses seguir sus sermones, y no había encontrado dificultad alguna al conversar con los indios que le habían acompañado a subir desde San Gerónimo. Se quedó de pie, entristecido, bajo el pequeño templete de paja situado en la explanada ante su casa, viendo cómo se iban dispersando hombres y mujeres en varias direcciones. Tenía la sensación de no haberles comunicado absolutamente nada.

 He de confesarles que llegué a Hach Winik por Paul Bowles, al que rindo culto y del que atesoro todos sus libros. Así que ahora puedo decir que Paul me descubrió a Miquel, todo un acierto.

 A través de sus textos, con 60 años de distancia en el tiempo, ambos «nos hacen partícipes de sus experiencias y pensamientos sobre ese pequeño y único pueblo que intenta preservar la esencia de su ser... y por ende nos obligan a reflexionar sobre nosotros mismos».

 Lo dicho, cuando se sientan aturdidos por la vorágine de los días, o quieran refugio para una mente cansada, abran un buen fotolibro y sumérjanse en él, como los japoneses se meten entre los cerezos en flor al llegar la primavera buscando un poco de sosiego espiritual en esa belleza.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez




Miquel Dewerer-Plana (1961) es autor también de La verdad bajo la tierra, Mayas, La otra guerra, Alma, Entre dos aguas y Vale un potosí, editados todos por Blume. Por el primero de ellos le otorgaron en 2008 el premio Periodismo y derechos humanos.


lunes, 23 de agosto de 2021

DE CÓMO VIAJAR POR EL MUNDO SIN SALIR DE CASA


Una historia del mundo en 500 rutas, de Sarah Baxter (Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de las dosis»
John Dos Passos


A estas alturas de verano, son muchos los que anhelan viajar; aunque pocos los que se atreven por culpa de esta quinta ola. El nomadeo, como dijo John Dos Passos, es una droga, y algunos llevan el mono mejor que otros. Cual metadona que alivie los síntomas, coloqué sobre el arcón de madera del salón el tomo Una historia del mundo en 500 rutas, de la editorial Blume. Lo puse allí en Semana Santa, y todavía me resisto a guardarlo, pues con él a mano no paso ni un solo día sin viajar. Y no sólo lo hago a través de sus textos, sus mapas ilustrados y sus fotografías, sino también a través de los recuerdos, pues tuve la suerte de realizar muchas de esas rutas en el pasado.

Libros sobre el arcón del salón. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El libro de la periodista y trotamundos inglesa, Sarah Baxter, es un compendio de caminos que podemos hacer a pie por el mundo. Sendas que narran y explican la historia de la humanidad y los orígenes del planeta. Una especie de guía para viajar en el tiempo y el espacio. Un regalo para los amantes del senderismo.

Sarah Baxter. Fotografía: BBC Travel

 Las caminatas están distribuidas en seis capítulos que, partiendo de la prehistoria, avanzan en orden cronológico: el mundo antiguo, la edad media, hacia el mundo moderno, el siglo XIX y el siglo XX. Rutas con caminos definidos y medibles, con un punto de inicio y otro de final.

«Renunciar al coche, al avión y al tren nos traslada al plano de nuestros antepasados y nos permite ver el mundo a través de sus ojos. Aunque los elementos que veamos hayan cambiado a través de los milenios, caminar sobre el terreno que pisaron soldados, reyes, pioneros y peregrinos del pasado nos conecta con ellos. […] Sin duda, al ascender por la ladera de una montaña, uno puede apreciar sus prados verdes o la capa de nieve que los cubre, pero saber que toda una legión marchó antes por allí o que los pies de esas laderas inspiraron a un compositor a crear una obra maestra cambia por completo la visión del paisaje. La montaña sigue siendo impresionante, pero ahora adquiere además el prisma de obstáculo estratégico o de musa de la creación musical».

 Algunos de esos caminos están descritos de forma pormenorizada para que el lector se pueda hacer una idea precisa de lo que le puede deparar la senda, y otros apenas están esbozados «para que los pies echen a andar y la imaginación levante el vuelo».

 Las primeras rutas que le vinieron a la cabeza a su autora, a la hora de confeccionar la lista, fueron el camino del Inca –una caminata de cuatro días a través de los Andes peruanos que recorre calzadas del siglo XV hasta llegar a la ciudad elevada de Machu Picchu–, la travesía del Gran Cañón del Colorado y el camino del Muro de Berlín –esos 160 kilómetros de hormigón que rodeaban la parte occidental de Berlín antes de su caída en 1989–; sin embargo, sus favoritas son la ruta del Círculo Polar Ártico, al oeste de Groenlandia, el camino de Dana a Petra, en Jordania, el camino Costero del Sudeste, en Inglaterra, y el sendero de Hillary, en honor al conquistador del monte Everest, en Nueva Zelanda.

 ¿Mis favoritas? Pues no sabría decidir, pero me llevé una grata sorpresa al abrir el libro y ver que la primera ruta que aparece es la que lleva a la altiplanicie del Monte Roraima, en Venezuela, en donde dormí una noche de verano de 2004.

Pedro Delgado con el Monte Roraima al fondo (Verano de 2004)
Fotografía: Gonzalo Fernández

Pedro Delgado durante la ascensión al Monte Roraima
Venezuela, verano de 2004. Fotografía: Gonzalo Fernández

 También encontrarme con el acantilado de Bandiagara, en el País Dogón (Mali), que recorrí en un verano de 1997 y que dio pie a mi primer cuaderno de viaje: Al sur del Sahara (Ediciones Caligrama, 2000).

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y qué emoción al ver que Baxter había incluido el circuito del Toubkal, un recorrido circular a través de las montañas y los valles del Alto Atlas, con ascensión al Toubkal incluida, que realicé incontables veces cuando ejercía allí de guía (aunque yo solía hacer el circuito en el sentido contrario de las agujas del reloj). Por ese recuerdo que me ha traído, y porque este blog está dedicado a esa cumbre y a esas montañas que conforman los escenarios de algunos de mis relatos (Carta desde el Toubkal, Ediciones del Genal), me voy a tomar la libertad de copiarles aquí la descripción de Sarah Baxter:

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

CIRCUITO DE TOUBKAL

Alto Atlas, Marruecos

Adéntrese en territorio beréber para conquistar la cima del pico más alto del norte de África.

El monte Toubkal (4.167 metros) es el cenit de la cordillera del Atlas de Marruecos, y también el pico más alto en el norte de África.  Hasta el mes de junio de 1923, el primer ascenso oficial registrado era el del aristócrata francés René de Segonzac, un amante de las emociones fuertes. Sin embargo, es poco creíble que esta fuera la primera vez que alguien escalaba las laderas del Toubkal.
 Durante más de 10.000 años, el Magreb, una región de llanuras costeras y montañas entre el Atlántico y Egipto, ha sido el hogar de pueblos nómadas que se veían empujados hacia el norte por la desertificación del Sahara. Los amazigh, conocidos como bereberes, existen desde alrededor del 1.300 a. C. Este pueblo obstinadamente independiente se opone al control externo y es autosuficiente, incluso cuando se trata de enfrentarse a montañas inhóspitas o desiertos. Por lo tanto, parece improbable, si no imposible, que nadie hubiera escalado el Toubkal antes de 1923.
 Ascender y dar la vuelta a la montaña es uno de esos hitos que hay que conseguir una vez en la vida, pero también una inmersión el cultura bereber. Este circuito comienza en el pueblo elevado de Imlil, 60 kilómetros al sur de Marrakech. En el valle de Imlil hay campesinos autosuficientes, casas bereberes tradicionales, nogales, cerezos y ahora cuenta con una próspera industria del senderismo. En la calle principal del pueblo encontrará cafeterías que sirven té con menta a los excursionistas vestidos de Gore-Tex, tiendas que venden alimentos y papel higiénico, y la Oficina de Guías. Además, hay arrieros que gritan con la esperanza de convencer a los senderistas para que les alquilen sus animales de carga. Imlil acoge también la Kasbah du Toubkal, una antigua ciudadela convertida ahora en un confortable hotel.
 Contrate un guía en Imlil y ascienda hacia el este para completar el circuito en el sentido de las agujas del reloj. El primer reto es la larga subida en zigzag hasta el paso de Tizi n'Tamatert, a 2.286 metros, atravesando zonas de pequeños cultivos en terraza y casas de adobe. Las vistas desde el paso son impresionantes, al igual que desde los miradores que hay entre las crestas y en campo abierto de camino a la aldea de Tacheddirt. Ahí hay un refugio, pero también es posible acampar en las inmediaciones.
 Los siguientes días transcurren en una caminata maravillosa entre la naturaleza. Primero, a lo largo de un valle con pastizales hasta el paso Tizi Likemt, a 3.554 metros. Luego, la ruta visita aldeas bereberes repartidas por las laderas, azibs (refugios de pastores) dispersos y extravagantes negocios locales que venden refrescos calientes. Si se siente con fuerzas (o necesita darse un baño), en Azib Tamenzift, puede tomar el desvío que le llevará a una cascada con una refrescante, aunque helada, poza.
 Desde Amsouzerte, una recóndita población del valle, la ruta vira al oeste hacia el lago de Ifni. Ahí, el sendero transcurre bordeado de terrazas irrigadas ordenadas que contrastan con la crudeza de las laderas estériles y bloques de lava de la parte superior. Pasará por una mezquita y cafeterías acogedoras ante el lago, donde es posible acampar en una pequeña playa de la orilla.
 Desde ahí, se tiene el monte Toubkal al alcance, aunque entre usted y el pico haya aún una escarpada garganta y llanuras salpicadas de rocas inmanejables. Llegar al paso Tizi n'Ouanoums (3.663 metros) es una lucha difícil, pero el refugio Neltner, en el campamento base del Toubkal, no está lejos. Duerma bien en Neltner y levántese temprano para el tramo final a la cumbre del techo del norte de África. El ascenso Col sur es la ruta más utilizada. Es un recorrido extenuaste de tres horas, a menudo con frío y entre peñascos, hasta la marca en forma de trípode de lo alto. Sin embargo, la vista panorámica merece el esfuerzo.
 Para completar el circuito, le queda un buen paseo de regreso a Imlil. Recorrerá una mezcla de altibajos, cabañas de pastores dispersas y árboles de enebro retorcidos por el viento. También disfrutará de una última vista del Toubkal, así como del valle de Ouarzane y los precipicios de la meseta de Tazughart. En general, el circuito es de una dificultad razonable y atraviesa un terreno por momentos inhóspitos pero siempre espectacular. Es el paisaje de una tierra de aspecto completamente salvaje, que los tenaces bereberes han logrado domar.
Información
-Época: 1.300-200 a. C. (llegada de los bereberes)
-Duración: 72 km; 4-6 días
-Dificultad: moderada/alta (calor; gran altitud)
-Mejores meses: de abril a mayo; septiembre
-Consejo: se puede subir en invierno (de noviembre a febrero), pero se requieren crampones y piolet

 Y para los que somos de Málaga, es un honor que aparezca El Caminito del Rey. Eso sí, un poco más y, con todas las rutas que se pueden hacer en Málaga, nos quedamos fuera, pues somos la ruta 498 de las 500 que recoge el libro. Aquí les anoto también lo que dice la británica de nosotros:

El caminito del Rey, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

EL CAMINITO DEL REY

Provincia de Málaga, sur de España

Enfréntese a las vertiginosas cornisas del «camino más peligroso del mundo», que hoy es un poco más seguro gracias a una reforma moderna.

Bienvenidos al «camino más peligroso del mundo», o al menos el que lo fuera hasta que en 2015 las autoridades españolas invirtieron unos 2 millones de euros en renovarlo. La ruta, colgada de las paredes de piedra caliza del desfiladero de los Gaitanes, que transcurre entre el pueblo de El Chorro y el embalse de Guadalhorce, se construyó originalmente en 1905 para que los ingenieros pudieran acceder a la planta hidroeléctrica recién construida. Lo bautizaron como «balconcillos de los Gaitanes» debido a las cornisas estrechas y suspendidas a gran altura de su tramo superior. En 1921, el rey de España Alfonso XIII visitó la zona, que recibió así su nuevo apelativo de Caminito del Rey.
 Posteriormente, el camino cayó en desuso, y tramos enteros cayeron al río azul turquesa, dejando tan solo clavos de metal oxidados que despuntaban de las vertiginosas paredes de roca, a unos 100 metros de altura. Algunos valientes seguían intentando completar el camino, pero varios murieron al caerse.
 Afortunadamente, la reciente renovación ha propiciado que este trayecto lineal de 8 kilómetros sea mucho más seguro. Senderos forestales conducen a los 3 kilómetros de la aterradora sección principal, donde se han sujetado a la pared vertical pasarelas, suelos de cristal, cuerdas de seguridad y tornillos de acero, y es obligatorio llevar casco. Sin embargo, a través de los nuevos tablones de madera, todavía se pueden ver los restos del antiguo caminito que se va deteriorando por debajo del nuevo.
Información
-Época: 1905 (apertura del Caminito del Rey)
-Duración: 8 km; 3-4 horas
-Dificultad: moderada (gran altura; requiere comprar una entrada con antelación)
-Mejores meses: de marzo a junio; de septiembre a noviembre
-Consejo: el Caminito está abierto durante todo el año, pero cierra los lunes

 En definitiva, rutas de todo tipo –cortas y largas; de un día, de varios días, semanas e incluso meses; urbanas y campestres– que harán las delicias de lectores y viajeros y que, entre otras cosas, nos llevan a caminar entre montañas, ríos y volcanes, y a seguir las sendas olvidadas o frecuentadas por las que anduvieron contrabandistas, peregrinos, comerciantes, militares y exploradores.

La ruta del Che (Bolivia), que realicé en el verano de 2008
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como este volumen invita a la ensoñación, voy a terminar con una pregunta: ¿qué ruta les gustaría emprender cuando la pandemia pertenezca al pasado?

 Yo sueño con varias: la pista Chilkoot, que sigue el camino de la fiebre del oro entre Alaska y Yukón;  el alto Mustang; la cordillera del Pamir; el Rub' al Khali que cartografió Sir Wilfred Thesiger en la península arábiga; los bosques pluviales de Borneo, donde antiguamente acechaban los cazadores de cabezas o el sendero de Karisoke, en el Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, donde contemplar los gorilas por los que Dian Fossey dio su vida.

«No hay mejor modo de conocer un país que recorrerlo a pie».


domingo, 7 de febrero de 2021

CAPA. ESTRELLA FUGAZ, EL CÓMIC SOBRE EL FOTÓGRAFO ROBERT CAPA


Capa. Estrella fugaz, de Florent Silloray (Ed. Blume)

Estas noches he estado leyendo Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume), la novela gráfica del francés Florent Silloray con la que me topé por sorpresa en una de mis visitas a las tiendas de cómics de mi ciudad.

 Mientras leía la intensa vida del fotógrafo húngaro, y por esas sincronías de las que les hablo a veces, Lucía enfilaba los últimos capítulos de La chica de la Leica, novela sobre la también malograda fotógrafa Gerda Taro, pareja artística y sentimental de Capa.

 Cuando tras un rato de lectura nos vencía el sueño y dejábamos los dos libros sobre mi mesita de noche, uno encima del otro, y apagábamos la luz, me reconfortaba pensar que de esa manera volvían a estar juntos, que podían escapar por unas horas de las páginas y las tapas que los encerraban y bajar, tratando de nos despertarnos, al salón de la casa. Allí se servían un negroni o un americano, ponían algo de música en el tocadiscos con el volumen bajo, curioseaban los libros de pintura y de fotografía de Lucía –entre los que hay un catálogo de la retrospectiva de Capa en Málaga de 1990, otro de los 50 años de Magnum que adquirí en la exposición del Reina Sofía de Madrid en 1993 y el volumen con la hojas de contacto de la Magnum que compró Lucía en la exposición de la Fundación Canal en 2017– y, antes de que amaneciese y sonasen los despertadores, antes de volver a meterse en sus libros, hacían el amor sobre el sofá Ektorp de Ikea. Quizás por no romper ese hechizo, al terminar nuestras lecturas hemos dejado los dos libros juntos en la estantería del salón.

Página 7 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman, S.A./Florent Silloray
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 La alemana Gerda aparece por primera vez en la página 7 del álbum. Primero en la primavera de 1936, compartiendo con Capa estrecheces y cama en una humilde habitación del hotel de Blois de Montparnasse. En esa página, de aguadas con acrílicos, Capa no es todavía Capa sino Endre, Endre Friedmann. Su seudónimo llegará en la última viñeta de la página 9.

Página 8 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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Página 9 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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 La "idea estupenda" de Gerda los sacará de la miseria. Las fotografías del "estadounidense" Robert Capa se empiezan a cotizar, y lo contrata un importante periódico de izquierdas. La farsa no dura mucho, pues Lucien Vogel, el redactor jefe del periódico descubrirá el engaño.

«Nuestra mentirijilla le hizo gracia, pero ahora Gerda ya no podrá exigir nuestras tarifas desorbitantes…»
«…aunque lo que hemos perdido en cantidad de dinero, lo he ganado en complicidad con Vogel...»

 En julio de ese mismo año, una llamada telefónica los llevará a Barcelona a cubrir la guerra civil.

Cuatro primeras viñetas de la pág. 12 de Capa. Estrella fugaz
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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 Ambos empuñaran las cámaras a favor de la República, formando un tándem perfecto.

Página 15 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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«He revisado sus planchas de contactos; sus fotografías están impregnadas de su gracia y su talento. Sus progresos son rápidos y ahora nos disputamos el mejor ángulo, que ella parece encontrar por instinto. Enviamos a París nuestros negativos. Algunas veces sus fotografías se atribuyen a Capa. Eso logra enfurecerla».

 En la retaguardia hacia Madrid, en septiembre, Capa le pedirá matrimonio; pero Gerda no está por la labor. «¿Tú me ves a mí, Gerda Taro, sometida a la institución burguesa del matrimonio?».

 En febrero de 1937, tras un rápido viaje de ida y vuelta a París, regresan a Madrid donde se instalan en el hotel Florida, el cuartel general de los corresponsales extranjeros entre los que se encuentra el mismísimo Hemingway.

 En julio de ese año, el director de Ce Soir reclama la presencia de Capa en París. Capa intenta que Gerda lo acompañe, pero ella se niega a abandonar Madrid sin antes cubrir una victoria republicana. Capa no volverá a verla con vida. Es la primera fotógrafa que muere en combate.

Página 23 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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© Robert Capa. © International Center of Photography / Magnum Photos
Gerda Taro en el frente de Córdoba, España. Septiembre de 1936

 Gerda Pohorylle, más conocida como Gerda Taro, es enterrada en la página 25. A partir de ahí, lo que restan son 61 páginas llenas de viñetas contando la azarosa y apasionante vida de Capa, quien tendrá que lidiar con su pena y sus fantasmas cubriendo un conflicto tras otro, a veces de forma suicida, como si buscara la muerte. La parca como una liberación. En el 39 ve la caída de China en manos japonesas, la caída de la República en España –«¿De qué han servido las fotografías que publicamos, los riesgos que corrimos con los combatientes..., la muerte de Gerda?»– y la caída de gran parte de Europa en manos de Hitler. Asiste a la operación Torch en el norte de África, y salta en paracaídas sobre Sicilia donde se une a la 1ª división, que está pisándole los talones al ejercito alemán en retirada y a sus aliados italianos. Cubre los tremendos bombardeos de Nápoles, y el 6 de julio de 1944 participa en el desembarco de Normandia. Es el único fotógrafo que interviene en el primer asalto.

Página 58 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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Página 59 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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 «El corresponsal de guerra tiene su apuesta –su vida– en sus propias manos, y puede ponerla en este caballo o en aquél, o la puede devolver a su bolsillo en el último momento. Soy un jugador. Decidí marcharme con la Compañía E en la primera ola.», escribió después de aquel día.

© Robert Capa. © International Center of Photography / Magnum Photos
Desembarco en el Día-D de tropas estadounidenses en la playa de Omaha
Normandia, 6 de junio de 1944

© Robert Capa. © International Center of Photography / Magnum Photos
Soldado estadounidense en el primer asalto del Día-D a la playa de Omaha
Normandia, 6 de junio de 1944

 Muchos dicen que sus fotos del desembarco están demasiado borrosas y desenfocadas, pero a ver a quién no le tembló el pulso esa mañana al tratar de ganar la playa. Saltar de la lancha transbordadora al agua y correr hacia los búnkers y las trincheras enemigas desde donde te disparaban sin descanso. Tratar de tomar la playa bajo el fuego de las metralletas. Capa desembarcó en Omaha. Yo estuve allí y en las otras cuatro playas con mi hijo pequeño en el verano de 2015, y sé la distancia que hay desde el agua hasta el búnker más cercano. Y también he visitado las tumbas de los miles de soldados que sacrificaron sus vidas por nosotros. Si saltar a la orilla en cualquiera de aquellas playas ya era un poderoso acto de valentía, imagínense hacerlo con una cámara en lugar de con un fusil.

Pedro haciendo autoestop por las playas de Normandia
Sainte-Mère-Église, 5 de agosto de 2015
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Pedro contemplando las playas de Utah desde los restos de un búnker
5 de agosto de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández


Playas de Omaha, Normandia (Francia)
9 de agosto de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio Americano de Normandia, Omaha Beach (Francia)
9 de agosto de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 El 25 de agosto de ese año Capa entra con la 2ª división blindada en el París liberado, y se desplaza a las Ardenas, donde la guerra continúa.

Dos primeras viñetas de la pág. 64 de Capa. Estrella fugaz
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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 Tras saltar sobre el Rin con la 17º división aerotransportadora, avanza hacia Leipzig. Allí, con Alemania a punto de caer, fotografiará su último cadáver de esa guerra.

Últimas cinco viñetas de la pág. 68 de Capa. Estrella fugaz
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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@ Robert Capa. © International Center of Photography / Magnum Photos
Soldado estadounidense asesinado por un francotirador alemán
Leipzig, Alemania. 18 de abril de 1945

 Capa no volverá a sumergirse en los combates hasta la guerra árabe-israelí de 1948. De aquel conflicto conservará la marca de una bala perdida en uno de sus muslos, una herida que le permita darse un respiro y viajar a Budapest. Tras diecisiete años de ausencia vuelve a ver el Danubio de su infancia, y visita el apartamento donde vivió de niño en la parte vieja de la ciudad. Es un paréntesis más entre tanta guerra, como sus idas y venidas por Estados Unidos, México y Rusia a lo largo de su vida –mostradas por Silloray sobre el fondo sepia de las viñetas iluminadas con el pincel mojado de blanco–, porque Capa, como dijo Irwin Shaw, había perfeccionado el truco de convertir la vida entre las ciudades bombardeadas y los horribles campos de batalla en alegre, elegante y atractiva.

 El álbum también recoge sus problemas con el alcohol y el juego; su relación sentimental con Ingrid Bergman y otras mujeres; sus amistades, de la talla de Picasso, Hemingway, Matisse o Steinbeck; la creación de la famosa agencia Magnum y de la productora de películas World Video; y por supuesto, el encuentro final con su destino en la guerra de Indochina. Y todo ello contado en primera persona, para hacernos sentir por unas horas que somos el mejor fotógrafo de guerra del mundo.

Página 85 de Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume)
© Editions Casterman S.A./Florent Silloray
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Capa. Estrella fugaz

Florent Silloray

Traducción de Eva María Cantenys

Primera edición de 2017

Editorial Blume

Capa. Estrella fugaz, la novela gráfica sobre el fotógrafo Robert Capa
Editorial Blume © Editions Casterman S.A./Florent Silloray

Nota: Mi agradecimiento a Tina Tonero y Christel Masson, de la editorial francesa Casterman, por la autorización para reproducir las páginas, viñetas y cubiertas del cómic. Igualmente a Aroa Borlán y Elsa Gasòliba de la Editorial Blume.