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lunes, 1 de julio de 2024

TODO ACABA EN MARCELA: LA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE


Todo acaba en Marcela, de Sergio Barce
Coleccion Criminal de Ediciones Traspiés
Fotografía: Lucía Rodríguez

Alguien me dijo que el 'thriller' criminal y la novela negra están de moda, y yo le repliqué que llevan de moda muchos años pero que quizás esa manera de narrar que vemos en las series y en el cine había terminado frivolizando la violencia, convirtiéndola en algo entretenido. Sin embargo, la nueva novela de Sergio Barce, Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés, 2024), nos produce el efecto contrario, ya que desde las primeras páginas transmite a la perfección el horror y la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.

 Estaba sentado al volante de la Kangoo. Llevaba poco tiempo ahí, pero la cabeza era un torbellino que no cesaba de machacarlo. No sabía qué hacer con su madre, que iba perdiendo la memoria poco a poco, que no quería ingresar en ningún centro y que se empeñaba en continuar viviendo sola, pero sí lo que iba a hacer con Marcela. Solo pensar en ella lo dejaba más noqueado que los golpes de Puma Negro. Junto a Marcela creyó que acabaría siendo otro hombre, lo deseó con vehemencia, con la única pretensión de hacerla feliz. Con el tiempo, todos esos castillos construidos en el aire se fueron desmoronando poco a poco, porque Teo huele a carburante y el mal olor acaba por aparecer cuando tratamos de disimularlo con perfumes baratos. Y ahí estaba ahora, atormentándose con la premeditación de un suicida, sujetando el volante como para evitar que su cuerpo escapara de la furgoneta.
 Tomó aire varias veces tratando de calmarse, pero acabó por abrir la guantera y sacó una gorra del Unicaja. Se la guardó en un bolsillo, saliendo del vehículo, y luego se palpó el martillo que llevaba en la muslera del mono, mirando a un lado y a otro varias veces antes de dirigirse al portal de Marcela. Lo único que quería era quitarse de encima ese zumbido que lo martirizaba. A cada paso notaba un nuevo bombeo de ansiedad, un subidón de la polla a las sienes, de los cojones a las neuronas, como recargando las pilas de su lado oscuro. Respiraba con dificultad notando los pulmones henchidos de rabia. Y, mientras subía las escaleras, continuaba pensando, enfermizamente. Hubiera querido arrancarse la cabeza y arrojarla lejos para no escuchar esa voz que barrenaba y barrenaba. Hacía ya años desde que ella lo abandonara, pero desde aquel mismo instante se instaló la sospecha, esa lujuriosa mancha capaz de hacer cambiar de piel a cualquiera, igual que un tumor maligno que no se manifiesta en años, creciendo en silencio, asentando sus raíces en cada célula hasta que decide asomar la cabeza cuando ya nada ni nadie puede extirparlo. Siempre dudando de si ella no le habría puesto los cuernos antes de cortar. Imaginar ser un cabrón no entraba en sus diez mandamientos. Él, que solo pensaba en ella mientras Marcela tal vez pensaba en otro hombre al que quizá se lo tiraba mientras él estaba de grasa hasta las cejas. Ese resentimiento anquilosado en su cerebro. Hasta hoy.

 Antes que nada, debo reconocer que no soy fan del género policíaco o de la novela negra, es decir que, con la salvedad de algunos títulos clásicos, no suelo leer ni ver series o películas de este tipo. Sin embargo, la amistad que me une a Sergio y el saber las horas y el trabajo que hay detrás de cada novela, me hizo querer leerla de inmediato, más después de asistir a su presentación en El Tercer Piso de Proteo.

 Imagino lo difícil que habrá sido para Sergio meterse durante tantos meses en la piel de un psicópata tan peligroso como Teo. Convivir con él a diario, por la mañana, por la tarde y por la noche; pues cuando uno escribe una novela, los personajes te acompañan las veinticuatro horas del día.

 El protagonista de Todo acaba en Marcela es uno de esos hijos de puta que muchos años después de separarse de su pareja, envenenado por el resentimiento, decide acabar con ella cuando rehace su vida con otro hombre. A pesar de tener una orden de alejamiento, Teo mata a Marcela a martillazos nada más iniciarse la novela, en una escena que nos da mal cuerpo y nos revuelve el estómago. Y a partir de ahí, ese otro hombre, el inspector Iván Sotogrande, aquel con el que Marcela pensaba casarse, se pasará el resto de páginas buscando como un espectro –como ese «muerto en vida en el que se ha transformado en apenas veinticuatro horas»– a Teo para vengarse; aunque para ello tenga casi al final que cruzar el Estrecho y perseguirlo por Marruecos.

Ya tiene la información que necesitaba, la confirmación de lo que ya sospechaba. Teo el Bizco camino de Marruecos, como si cruzar el estrecho pudiera ponerlo a salvo de la ira divina. Entonces Iván deja al inspector Sotogrande con sus cavilaciones y se incorpora con una sola idea en la cabeza, una idea que no compartirá con nadie en el mundo, como si fuese el mayor de los pecados. Es el mayor de los pecados.

 Supongo que ante el arranque de esta novela habrá dos clases de reacciones o de lectores: los que cierren el libro asqueados tras la escena inicial, por la crudeza y porque presientan que el relato se centra en el asesino, y los que decidan continuar la lectura y comprobar que el autor tiene con la víctima la mayor de las empatías, que describe el drama humano de muchas mujeres y desdibuja los límites de la novela negra con otros géneros como el wéstern, cuando los protagonistas llegan a la destartalada población de Khemis Sahel, el thriller se torna rural y asistimos a ese duelo final en el granero, en unas páginas que resultan lisérgicas y de lo más cinematográficas (por favor, que nadie les desvele nada del final porque les destrozaría la experiencia).

 Desde aquí, los animo a atreverse y enfrentarse a la lectura. Si lo hacen, sentirán incomodidad en algunos momentos, pero esta se verá ampliamente recompensada conforme pasen las páginas.

 Es un cliché que los asesinos tengan cara de asesinos, pero un tópico siempre encierra algo de verdad, y en este caso, Teo es un tipo del que nos alejaríamos nada más verlo. Psicópata, narcisista, violento y mal encarado, regenta un taller de coches en Málaga, donde se desarrolla la mayor parte de la novela. También hay lugares comunes, igualmente no por ello menos veraces, en algunos de los comisarios, subinspectores e inspectores de la comisaría provincial, que tratan de dar con Teo antes que Iván para evitar el desastre. Pero todos los personajes son sólidos y coherentes. De entre ellos destacaría a Kaspárov, que se mueve como un viejo de  noventa años, y a Sadik Oubali, ese comisario tangerino que espero rescate Sergio para otras novelas.

 Los tres se miraban. Los matones esbozando sonrisas que no tenían ninguna gracia. Te llamas Kaspárov, repitió ahora el otro, el que no se había movido de la silla. Su pronunciación era más que aceptable. Sí, así me llaman, le respondió mirándole las manos. Eran llamativas, grandes, con un anillo en cada dedo. Diez anillos de oro como si fuesen dos puños de hierro dorados. Pero no eres ruso, añadió con una pizca de ironía. Soy del Llano de la Trinidad, le soltó levantando los ojos, preguntándose si esos dos serían los que le habían partido las piernas a la Tani y los que se la iban a partir a él.
***
(...) Alguien le ofrece un taxi en perfecto castellano, pero no le presta atención. Iván busca por encima de las cabezas de los que le rodean y entonces lo ve, y se dirige a su encuentro sorteando a los viajeros, a los maleteros, a los guías. Sadik se quita las gafas de sol al descubrir a Iván avanzar a su encuentro. Hola, Sadik. Y Sadik, le responde hola, jay. Assalam' aleikum. Se besan. Lo siento, añade. Y luego se abrazan. A Sadik se le saltan las lágrimas, pero Iván no se inmuta.
 Tengo el coche aquí al lado, le dice al separarse de él. Lo sigue un paso más atrás, fijándose en la figura de Sadik Oubali, sus hombros caídos, su andar desgarbado. Viste un traje gris y camisa blanca sin corbata. Saluda a un gendarme que se cuadra llevándose una mano a la visera de la gorra. Sadik es un hombre de unos cuarenta y pocos años, de cabello rizado y negro, con un bigote a lo Clark Gable, pasado de moda, y pómulos marcados. Aparenta un equilibrio que Iván sabe que es real. (...) ¿Cuánto hace que no nos vemos?, le pregunta. Unos cinco años, más o menos. Iván apenas hace el cálculo y lo dice al azar. Sadik menea la cabeza de un lado a otro. Diez años.  Ya han pasado diez años. Al principio no es capaz de asimilarlo, pero luego se da cuenta de lo rápido que ha transcurrido el tiempo. Joder, masculla Iván. Y Sadik suelta una carcajada deslucida.

 Iván Sotogrande y Sadik Oubali, que trabajaron en otro tiempo codo con codo, como Starsky y Hutch.

Juguete de Starsky & Hutch de la marca española Guisval
Lo tuve, y me duele decirlo en pasado

 Con ese Starsky malagueño –que el de arriba tenga a David Soul en su gloria después de abandonarnos el 4 de enero de este año– dejaremos Málaga para coger el barco y desembarcar en Tánger en la página 162. Nos aguarda Tánger y Khemis Sahel, sobre la que descargan los cielos su ira.

(...) Las calles se embarraron en apenas unos minutos, y vio que por algunas callejuelas ya corría el agua en pequeños arroyos descontrolados que aumentaban de caudal. Solo se oía el desplome del cielo, el llanto de los dioses que dejaban caer sus lágrimas de desaliento y desilusión. (...) Sonó un trueno, y la casa de los Sbiti pareció quebrarse igual que un árbol al que comenzaran a talar a hachazos. Maldito puñetero pueblo de mierda, farfulló antes de salir de nuevo. En cuanto abrió la puerta, vio a la familia corriendo de un lado a otro. Descubrió de refilón a Dris incorporarse de la seyada en la que rezaba, y a Qodsya y a su hermano Abdelhamid arrastrando unos sacos de arena que su padre les ordenaba apilar en la puerta de entrada. Se acercó para ayudar. El agua tratando de inundar la casa y ellos preparando las defensas. Dejaron caer cinco sacos más hasta crear una trinchera que Teo dudaba mucho que fuera suficiente para detener el avance de la riada. El agua bajando brava y amenazante llevándose cuanto encontraba a su paso. Miró al techo. El tejado crujía igual que el llanto de un niño. Otro trueno y las paredes temblaron.

 Marruecos es el punto de conexión de este trabajo literario con sus obras anteriores, pero he de decir que estamos ante un nuevo Barce, con una escritura más trabajada y depurada. Aquí las maneras, las formas, el tono y la voz son otras. Ha elevado el listón de exigencia de su narrativa, sobrepasándolo limpiamente para caer en las librerías transmutado en otro escritor.

 Creo que Sergio, gran aficionado al 'noir', tanto literario como cinematográfico, ha encontrado un camino a seguir. El género, como decía mi amigo, está de moda, o, como les decía yo, sigue de moda, con un público muy devoto. Ojalá encamine por ahí sus siguientes proyectos. No apearse de esta voz narrativa, y pelear porque Todo acaba en Marcela termine en una pantalla de cine o de televisión. Y que, insha'Allah, ustedes y yo lo veamos.

martes, 18 de octubre de 2022

EL RIF: ENTORNO AL ZOCO

Una tarde de domingo del ya lejano mes de febrero salí del Museo Thyssen de Málaga con los ojos ahítos de fotografías y una frase anotada en la entrada, esa que rebusco ahora entre mis papeles para compartirla con ustedes. 
«Me veo a mí mismo fundamentalmente como un explorador que ha pasado su vida en un largo viaje de descubrimiento».
 Dicha declaración, expresada poco antes de su fallecimiento, resume el más de medio siglo de búsqueda creativa del fotógrafo Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1976).

En la exposición de fotografías de Paul Strand
Museo Thyssen de Málaga, febrero de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la última sala de la exposición Paul Strand. La belleza directa, dedicada al fotógrafo norteamericano, se encontraban algunas de las fotografías que este tomó en Ghana y Marruecos. Las de Marruecos ocupaban el panel del fondo de la sala.

Exposición Paul Strand. La belleza directa en el Museo Thyssen de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Eran apenas nueve imágenes, que se siguieron proyectando en mi retina cuando abandoné el museo. Sobre todo una, correspondiente al mercado de Tahannaout, cerca de Marrakech y de los pies de la cordillera del Atlas. De vez en cuando me asalta la imagen, y me recuerda los mercados semanales con los que me topé en mis viajes por el país.

Mercado, Tahannaoute, Marruecos, 1962
Paul Strand

 A esos mercados volví hace unos días con la lectura de El Rif (Ediciones Traspiés, 2010), del melillense Mokthar Mohatar y el granadino José Antonio López.

Portada de El Rif, de Mokhtar Mohatar y J. A. López
Ediciones Traspiés

 La combinación de un Doctor en antropología y un fotógrafo convierten este librito (cabe en el bolsillo trasero del vaquero) en una pieza de colección para los que amamos esas tierras, siendo a la vez un estudio sociológico, un álbum de fotografías, un cuaderno de viaje y un testimonio donde los propios rifeños nos hablan de sus vidas y de los cambios que la modernidad les produce en ellas.

 El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López

 La obra, encuadrada dentro de la colección de libros ilustrados Vagamundos, cercana al libro de artista, gira en torno al zoco como espacio de trueque y lugar de encuentro. «El zoco del que nos hablan, con sus excelentes fotos y textos escogidos con inteligencia», dice el catedrático José Antonio González Alcantud en la introducción, «es un zoco rural, ciertamente. Está en el corazón de una zona rural, donde con frecuencia regular acuden los montañeses a vender, trapichear, solicitar crédito, orar juntos u obtener satisfacción a sus querellas. El morabito del santo cheik, que protege y da baraka, símbolo de un Islam más heterodoxo de lo que quisieran los ulemas de las ciudades, lo preside todo. El zoco en el Rif era y es también el lugar donde dirimir las pasiones humanas. Es sitio, asimismo, donde se intercambian noticias y el rumor se amplifica. Y en torno a él la vida montañesa alcanza densidad societal».

Corte de pelo en una barbería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desgraciadamente, y frente a la fortaleza del zoco urbano, los zocos rurales están abocados a desaparecer, debido a la continua e irremediable merma de la población campesina. De seguir así, las imágenes que guardamos en las retinas (afortunadamente también se conservan en archivos y libros), de este espacio rural de intercambio de bienes y servicios, no serán más que retazos de un pasado arrasado por la globalización.

Fátima, ceramista de el Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desde comienzos del año 2000, Mokthar Mohatar y José Antonio López visitan gran parte de los zocos de la región del Rif, intentando captar todo lo que ven. Hacen cientos de fotos y registran en una grabadora docenas de horas de conversaciones, hasta que comprenden que todo lo acumulado no refleja la realidad que están viviendo, que con un inventario no lograrían comprender lo que estaba en juego en la región del Rif. «A partir de entonces», nos apunta López, «el trabajo dio un giro importante; en vez de partir del zoco fuimos abordándolo a través de la gente que vivía de él o para él. Paradójicamente tuvimos que salir del zoco para comprender qué ocurría en el mismo».
De esta forma, los porteadores de la frontera, los artesanos o los agricultores cobraron una dimensión distinta, empezamos a verlos y a tratarlos como padres, maridos, amigos... Dejamos de centrarnos en los aspectos de su trabajo para hacerlo en sus expectativas, sus nostalgias o sus sensaciones.
 De la frontera a los zocos comienza con estas palabras:
La frontera. Una franja de escasos metros, vital para la vida de los habitantes de la zona. Lugar de paso donde sólo podemos apreciar caos, gritos, carreras, peleas, mujeres aburridas tumbadas bajo la sombra de un árbol; una franja que atravesamos infinidad de veces para visitar los zocos de la región, en un principio sin conceder importancia a lo que allí ocurre: miles de hombres y mujeres transportando grandes fardos de mercancías que, a la postre, acaban suministrando parte importante de los productos que pueden encontrarse en los zocos de los alrededores.
 Pero es a través de nuestras visitas a los zocos cuando comprendemos la importancia de la frontera, por eso cada vez nos resulta menos indiferente, hasta el punto de que ya no nos limitamos a cruzarla, sino que se convierte en parte del estudio. Ahora seguimos a los porteadores, trabajamos como ellos, fotografiamos su trabajo desde dentro; entonces nuestra percepción se transforma y lo que antes era caos ahora parece más ordenado: las peleas son los avisos a los transportistas para advertirles del momento preciso en el que tienen que cruzar, la extensión de las manos de los aduaneros es un impuesto personal que posibilita el incumplimiento de un impuesto estatal, las mujeres aburridas bajo los árboles no son sino la larga espera para poder cobrar.
 Y tras unas líneas más, las fotografías de la frontera y varios testimonios de los que se dedican al oficio.

De la frontera a los zocos, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Me he levantado a las tres y media de la madrugada, y, tras tomar un té y un bocadillo de aceite, me he ido a la frontera para guardar cola, pues es importante estar muy temprano si quiero hacer varios viajes al día (...). Hoy he hecho dos viajes, por cada uno de ellos me han dado 60 dh (...). Como yo nos encontramos muchas mujeres, en cuyos ingresos se apoya la familia. Nos conocemos de vista, de hablar durante las largas esperas en la cola, son mujeres como yo, que han llegado de todas partes de Marruecos para instalarse en la zona porque era un sitio donde había trabajo».
Fadila, 48 años
Porteadora, viuda y a cargo de cuatro personas
Originaria de Fez e instalada en Benienzar en 1992
***
«Todos los que estamos aquí vivimos gracias a la frontera, al fin y al cabo es lo único que puede darnos nuestra región, ser mulos de cargas. ¿Acaso -entre risas- servimos para otra cosa? (...), es un lugar donde siempre había trabajo; venías, te presentabas frente a un patrón, y te daba un bulto. Poco a poco te vas acostumbrando a los días de lluvia y sol, a los empujones, a los gritos de los perros aduaneros y a la incertidumbre de si hoy habrá mercancía o no. La frontera es algo duro, pero qué hubiese hecho yo si no hubiera tenido la posibilidad de venir todos los días y llevarme a casa al menos 50 dh; ¿quién me hubiese ofrecido algo mejor?».
Mohamed, 51 años
Porteador, casado, y tres personas a su cargo
Originario de Nador
 «Aún celebrándose un día a la semana, es el catalizador de la economía y vida social de la región», leemos en Notas sobre los zocos. Y luego nos cuentan las transformaciones a las que se ha visto expuesto a lo largo del siglo XX, siendo la instauración del protectorado español un periodo de importantes cambios.

Pesaje en una carnicería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 En Notas sobre el desarraigo, leemos con tristeza:
Parece como si se hubiese fraccionado esa conciencia que los mantenía unidos, no sin conflicto y contradicción, a una tierra ruda y poco fértil. Desarraigados, las decisiones sobre sus vidas -el hecho de partir, sus elecciones matrimoniales, etc.- no son sino continuas rupturas ante un mundo del que ya no se sienten protagonistas, del que intuyen que ha dejado de tener sentido (...).
 Es en los zocos donde se manifiestan con más claridad los efectos de este desarraigo. Porque, si bien son los agricultores los primeros afectados, no dejan de arrastrar a ciertos oficios: herreros, carpinteros, ceramistas, etc., cuya dedicación principal es la de dispensar servicios y productos a estos campesinos. Paradójicamente, conversando con ellos, intentando comprender el modo en que hacen frente a unos oficios condenados a desaparecer, fue como nos dimos cuenta de la dimensión de esta crisis.
 Del mismo modo en que los campesinos comienzan a adoptar una actitud distante hacia el sentido de la agricultura como actividad, los artesanos acaban también adoptando cierto distanciamiento hacia sus oficios. Tanto unos como otros, en algún momento de nuestros encuentros, coinciden sobre lo que pasa, una frase de lo que para ellos es un nuevo descubrimiento: «lo que pasa es que esto no es un trabajo de verdad. Realmente estamos en paro».
Cuaderno de campo: Ait Wariaghel
junio 2002
Notas sobre el desarraigo, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«El taller está cerrado y sus fogones apagados. Lo cerré hace algunos años porque me resultaba muy costoso mantenerlo para el poco trabajo que hay que hacer. En el nuestro trabajaban tres personas de la misma familia: una encargada de mantener el fuego, un aprendiz y yo, que soy el maestro herrero (...). Que yo recuerde, tan sólo en Ait Abdellah había abiertos hace veinte años al menos seis talleres y ahora todos están cerrados (...). Paso por los zocos de los alrededores para cambiar las herraduras de los burros y poco más. En cambio, mis hijos están pensando en instalarse definitivamente en la ciudad. Allí siempre pueden trabajar como soldadores en las muchas obras de construcción que hay (...). Las cosas cambian, y esto no tiene vuelta atrás (...). Yo soy el primero que les animé a que se fueran. Esta claro, el futuro de los herreros es trabajar como soldadores en la ciudad».
Nasser, 58 años
Herrero. Ait Abdellah
***
«Llevo cuarenta años como carpintero y es en estos últimos diez años que me doy cuenta de que las cosas van cambiando muy rápido. Antes, a lo largo de la semana iba visitando los zocos de los alrededores y, en función de la temporada, había que hacer un tipo de trabajo u otro para los campesinos. En este zoco por ejemplo, Imzouren, podías ver a todos los campesinos cómo me traían sus arados para reparar (...) ahora mírame, toda la mañana aquí parado, no hay arados, porque ya no queda agricultura... Mi nieto me acompaña los días del zoco; si bien no hay mucho trabajo, hay servicios que tengo que hacer porque aun me queda «vergüenza», pues hay gente que conozco desde hace muchos años y cuentan conmigo (...) en cambio, mi nieto Ahmed pasa el tiempo en la ciudad, trabajando en las construcciones, poniendo ventanas y puertas; pero eso es otra cosa, como yo digo, es otro oficio...».
Mohamed, 62 años
Maestro carpintero. Imzouren 
Cestas en un puesto de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Cierra el libro Las cerámicas de Fátima, donde se anota el toque de muerte que el progreso le está dando a este oficio, y cómo esta pervierte el sentido original de la alfarería, convirtiendo las piezas de cerámica en meros souvenirs para turistas.

Las cerámicas de Fátima, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Lo que está pasando es que las jóvenes se casan y se van a vivir a la ciudad y, por tanto, la cerámica no tiene sentido, ya que sólo se dan las condiciones de fabricarla si vives en el campo; además allí no la vas a utilizar (...) han pasado los años y creo que soy la única que sigo bajando las cerámicas al zoco. Ahora hay algunos intentos de una asociación para dar cursos a las chicas, pero el problema no es de aprender cómo se hace, sino que tiene menos utilidad. Cada vez hace menos falta porque ya todo (la leche, el queso, mantequilla, etc.) lo que se compra en el zoco no es producido por los campesinos, sino que viene de las fábricas ya envasado».
Fátima, 47 años
Ceramista. Roadi
***
«Hemos intentado cambiar algo los productos, y en verano le he dicho a Fátima que hay que fabricar cosas para los turistas y dejar de ir al zoco. Hay que ir a la ciudad para venderlas en la playa. Ya no tiene que ser grandes vasijas, sino cosas de decoración».
Zaid, 52 años
Ceramista. Roadi
 Al final, tras todas esas palabras, uno deja el libro en la estantería y guarda silencio, un silencio propicio para la reflexión.

domingo, 8 de mayo de 2022

DEL ATLAS A LOS APENINOS


Del Atlas a los Apeninos, de Maria Attanasio
Ediciones Traspiés, 2021

Es esta la historia de Youssef, uno de esos Ulises del otro lado del Estrecho que navegan de manera incierta en pos de una Ítaca que, en este caso, tiene forma de bota. Nuestro protagonista viaja a Italia en busca de su madre, igual que ciento treinta y seis años atrás Marco fuera en pos de la suya a Argentina, en aquel relato, De los Apeninos a los Andes, que incluyó Edmundo De Amicis en su novela Corazón. Yo leí aquel libro de niño, después de descubrir en los tebeos de la colección Joyas literarias juveniles las aventuras de aquel genovés de trece años y de seguir por televisión la serie de dibujos animados, a la que estábamos enganchados toda la chavalería. En ella, Marco ya no viajaba solo, sino que lo acompañaba Amedio, su inseparable mono blanco. Recuerdo arrancar del libro de historia del cole (tal vez de 4º o 5º de la EGB) los mapas de Italia y de Suramérica, y de llevarlos doblados en el bolsillo del pantalón cuando jugaba a Marco. Igual andan aún ocultos en el interior de algún atlas. Lo que sí tengo localizado en la vitrina es el álbum de la serie, cuyas estampas venían con los yogures de Danone.

Mis álbumes de Marco de Danone (Colección personal de Pedro Delgado)

Páginas centrales con los principales protagonistas
Marco. De los Apeninos a los Andes, álbum de Danone de 1976
(Colección personal de Pedro Delgado) 

 Aquella historia nos recuerda que Italia fue durante mucho tiempo, al igual que España, un país de emigrantes, de ahí la intencionalidad de la autora, la siciliana Maria Attanasio (Caltagirone, 1943), al titular esta obra, cuyo tema es la inmigración contemporánea.

Maria Attanasio (Castalgirone, 1943)

 Fiel a su método de trabajo, atenta a las continuas y casi diarias noticias proporcionadas por los medios acerca de todo tipo de calamidades ocurridas a inmigrantes, cuenta la escritora que mantuvo largas conversaciones con un grupo de muchachos magrebíes de un centro de acogida de "menores no acompañados" cercano a Caltagirone, cuyas tremendas odiseas constituyen el perfil narrativo de Youssef.
Maria Attanasio: una escritura comprometida
Del prólogo de Trinidad Durán (traductora de la obra)

 Tras un viaje extremo que tiñe el mar de drama, Youssef recala en Sicilia, con el objetivo de seguir hasta Bolonia, donde trabaja su madre cuidando de una anciana de la familia Purisi.

 Más que el calor, más que el cansancio, más que los enérgicos pescozones del encargado, cuyas órdenes en italiano no entiende al principio, lo que lo desorienta más que ninguna otra cosa, en su nueva vida en los invernaderos, es la pérdida de su nombre.
 Todos los paisanos han perdido su nombre originario: Ahmed se ha convertido en Aldo, Rachid en Riccardo, Youssef en Giuseppe; nombre que decididamente rechaza, reivindicando para sí el de Marco, como el protagonista de una serie italiana para niños que había visto en la televisión con Fouad, en su casa; con la parabólica, comprada en el mercado negro por unos pocos dírham, podían ver todos los programas del mundo, pero ellos solo elegían los italianos, tratando de memorizar todas las palabras que podían […]

 En estas páginas, repartidas en tres partes y escritas en un lenguaje sobrio que huye del sentimentalismo, están las mafias de tráfico de seres humanos y los que se aprovechan de la desesperación de los emigrantes para explotarlos, pero también la gente honesta que ayuda a los demás sin pedir nada a cambio.

Mohamed Oumlili leyendo Del Atlas a los Apeninos, de Maria Attanasio
Biblioteca del IES Isaac Albéniz
Fotografía: Pedro Delgado

 Sin duda, esta es una nouvelle que no debería faltar en las bibliotecas de los institutos, no solo porque sea un relato de formación, sino por que la propia autora afirma que va destinada a los jóvenes lectores, a los que ayudará a profundizar en las injusticias de esta mundo globalizado en el que mientras unos carecen de lo más elemental, los otros no saben ya en qué gastar su dinero.

 Estamos pues ante un relato didáctico, que quiere hacer reflexionar a las jóvenes generaciones y recordarles que no pueden convertir sus países en territorios sin memoria, que rechazan al otro por miedo e ignorancia, porque como dice la escritora: "ser extranjero no es una condición ontológica, sino un modo de ser mirados, considerados"; y explica, en otro momento:
 "Porque la barbarie se perfila de nuevo amenazadora en el horizonte histórico: con la criminalización de los ilegales, la caza del mendigo, la persecución del diferente, la quema de poblados chabolistas, el retorno de la esvástica disfrazada de modernidad".
Maria Attanasio: una escritura comprometida
Del prólogo de Trinidad Durán