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miércoles, 30 de noviembre de 2022

EL AZAR COMO BIBLIOTECARIO: LOS CUENTOS DE HUMOR Y DE HORROR DE HECTOR HUGH MUNRO (SAKI)


El azar como bibliotecario: los cuentos de Saki
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace mucho tiempo leí un artículo de Antonio Muñoz Molina en el que hablaba de cómo el azar podía cambiar el rumbo de nuestras lecturas, actuando contra lo que se lleva en ese momento. «El azar es un eficiente bibliotecario ciego», decía.

 A mí, de cuando en cuando, también me regala algunas lecturas sorprendentes a las que nunca habría llegado a través de las mesas y los escaparates de novedades de las librerías.

 Para facilitarle al azar su trabajo, hay que curiosear en los puestos callejeros y en los estantes de las librerías de segunda mano. Muchas veces, uno sale de ellas sin haberse cobrado una pieza, con las yemas de los dedos ennegrecidas por el polvo y la esperanza puesta en otra visita; pero en otras ocasiones, uno halla ese libro que no sabía que buscaba. Incluso verdaderas joyas, como los dos tomos a precio regalado de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Ed. Atalanta), de los que ya les hablé en otra entrada.

 Este verano encontré una antología de relatos de Saki en Re-Read. La verdad es que no sabía quién era Hector Hugh Munro, alias Saki, pero el título (Cuentos de humor y de horror), el prestigio de la editorial (Anagrama) y el texto de la contra me hicieron retenerlo en las manos. Además, la cubierta, el lomo y las esquinas estaban impecables, como recién salido de imprenta.

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, alias "Saki"
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como decía Muñoz Molina en su artículo, «el azar no se equivoca nunca», y Saki, con esos cuentos cortos, de entre 4 y 10 páginas, me ha acompañado estos meses de estío. Los he leído a sorbos, como un buen whisky, espaciando los relatos para que me durase más tiempo el libro.

 Las historias de Saki, hiladas con perfección, ingenio y delicadeza, contienen una carga explosiva que estalla en sus últimas líneas. Son filigranas empapadas de humor negro e ironía, con finales sorpresivos. De los 20 cuentos destacaría, en orden de aparición, La reticencia de Lady Anne, Gabriel-Ernest, Esmé, Sredni Vashtar, La paz de Mowsle Barton y La penitencia, pero salvo algún que otro relato, tres o cuatro, todos están a un nivel alto, siendo cierto eso que decía Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos nunca los olvidarás. Se convertirán en una adicción, porque son mucho más que divertidos».

Hector Hugh Munro (Saki)
Fotografía: E. O. Hoppé

 En Cura de agitación, aparece Marruecos en uno de sus diálogos:

–Lo que ustedes necesitan –dijo el amigo– es una cura de agitación.
–¿Una cura de agitación? Nunca he oído hablar de semejante cosa.
–Habrá oído usted hablar de curas de reposo, que se prescriben a las personas aquejadas de una vida en extremo preocupada y tensa. Bien, usted adolece de exceso de tranquilidad y placidez y necesita, por lo tanto, el tratamiento opuesto.
–Pero ¿dónde se dispensa un tratamiento semejante?
–Bien, podría usted presentarse como candidato orangista en el distrito irlandés de Kilkenny, o trabajar como visitador social en uno de los barrios apaches de París, o pronunciar una conferencia en Berlín para demostrar que la mayor parte de la música de Wagner fue compuesta por Gambetta; y siempre queda el recurso de viajar por el interior de Marruecos.

 Al finalizar el libro, que está traducido por Rubén Massera, recordé que había leído un relato de Saki en Viajeros, la antología de Marta Salís para la editorial Alba: sesenta y seis relatos que cubren un arco temporal de casi tres siglos de tradición viajera reunidos en un volumen que ya reseñé a principios de año.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2022/01/viajeros-de-jonathan-swift-alan.html

 Se trataba de La docena del fraile, una sátira de la sociedad colonial británica escrita en forma de escena teatral, «una parodia de una de las constantes del género de viajes: el encuentro casual».

 En la breve semblanza que escribió Marta Salís de cada uno de los autores seleccionados, nos dice lo siguiente sobre Saki:

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido por el seudónimo de Saki, nació en Akyab, Birmania, antigua colonia británica y actual Myanmar, en 1870. Tras la muerte de su madre, cuando apenas tenía dos años, fue enviado con sus hermanos a casa de su abuela en North Devon (Inglaterra), donde se crió al cuidado de dos tías solteronas, ignorantes y crueles, que dejaron una profunda huella en su carácter y le hicieron aborrecer el mundo de los adultos. La tradición familiar le empujó a alistarse en la policía militar de Birmania, pero un ataque de malaria le obligó a volver a Inglaterra, donde empezó a escribir artículos de prensa. Fue corresponsal de The Morning Post en los Balcanes, Rusia, Polonia y Francia. Macabro, ácido y divertido, Saki cultivó la sátira social. Entre sus obras destacan los volúmenes de cuentos, ejemplos de brevedad y eficacia, The Chronicles of Clovis (1912) y Beast and Super-Beats (1914). Discípulo de Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling, tendría gran influencia en P. G. Wodehouse. Su estilo se ha comparado con frecuencia al de O. Henry y Dorothy Parker. Al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Compañía de Fusileros Reales y murió en combate cerca de Beaumont-Hamel (Francia), en 1916.

Hector Hugh Munro (Saki)
Foto: Imperial War Museums

 Me fijo en esto último, y entonces releo lo que cuenta Graham Greene en la contraportada de Cuentos de humor y de horror:

[...] en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: «Apagad ese maldito cigarrillo.» Éstas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después, una bala le atravesó el cráneo.

 Durante unos minutos me quedo perdido en la melancolía de esas trincheras y esos campos plagados de socavones provocados por los obuses, donde se dejaron la vida más de 600.000 soldados británicos, y luego pienso que los últimos segundos de Hector Hugh Munro fueron como el cierre de sus relatos, ese final sorpresa marca de la casa que hoy, más de cien años después, me produce un escalofrío, más grande aún por el hecho de que hace siete años visité esos campos de batalla en compañía de mi hijo Pedro.

Trincheras del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Allí podíamos sentir a cada paso la poderosa presencia de aquellos valientes. Que la tierra les sea leve.


sábado, 22 de enero de 2022

VIAJEROS. DE JONATHAN SWIFT A ALAN HOLLINGHURST (1726-2017)


Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017). Marta Salís, ed.
Alba Editorial. Fotografía: Lucía Rodríguez

Hay un libro que me acompañó durante todo el año pasado y del que no quiero quedarme sin hablarles. Se trata de Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017), de la editorial Alba. Sesenta y seis relatos viajeros, seleccionados por la profesora y traductora Marta Salís de entre los grandes nombres de la literatura universal, reunidos en un solo tomo. Un volumen que no tiene desperdicio y que viene una vez más a contradecir esa absurdez de que el relato es un género menor, cuando tiene tanta o más fuerza que la novela.

 Con este libro he sentido también el poder de la literatura de viajes. Mientras mi ser físico leía en el sofá del salón, en el banco del porche, en la cama, e incluso en algún que otro tren, mi ser mental transitaba desiertos, selvas o mares tempestuosos.

Leyendo Viajeros (Alba Editorial) en el tren
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cada una de las sesenta y seis narraciones, con estilos, escenarios y personajes diferentes, vienen acompañadas de una breve semblanza del autor y una explicación acerca del relato y el por qué de su elección. Lo cual me parece todo un acierto.

Somerset Maugham (1874-1965)

 Con la salvedad de los cuentos de Somerset Maugham, Jane Bowles y Clarice Lispector, no he leído estos cuentos a saltos, como suele hacerse con las antologías, yendo hacia atrás y hacia adelante en función de la sonoridad de un título o el renombre de un autor, pues el orden tiene su importancia en este volumen, ya que, como nos explica Marta Salís en el interesante texto de presentación, los relatos «se ofrecen ordenados cronológicamente a partir de la fecha de publicación, lo que permite trazar una especie de línea evolutiva en el tratamiento y la consideración del viaje como tema».

Hay muchos tipos de viajes -de conquista, de exploración, de turismo, de peregrinación, de trabajo, de guerra, de huida-, tantos como tipos de viajeros –entusiastas, indolentes, asombrados, circunspectos, soñadores, obligados–, y en ellos no es extraño que asomen motivos contradictorios. () Los motivos y propósitos que impulsan al viajero son muy diversos, y en esta antología parece enumerarlos, con una fórmula de cuento popular, Grace James en «La Mujer de Hielo»: «Érase una vez un anciano y un muchacho que se marcharon juntos de su pueblo para viajar a una lejana provincia. Si lo hicieron por placer o por trabajo, por motivos económicos, por asuntos de dinero, de amor o de guerra, o por alguna firme promesa, grande o pequeña, ya no lo sabemos».
De la Presentación de Marta Salís

 Algunos cuentos tienen un final redondo, y otros abrupto, como si el autor se hubiese olvidado de rematarlo y tuviésemos nosotros que encargarnos de esa tarea. Unos son breves, y otros largos, con una extensión que abarca desde la media página de La partida, de Franz Kafka, a las cuarenta de Bola de Sebo, de Maupassant.

 Entre los sesenta y seis escritores que ha seleccionado Marta Salís no faltan los clásicos del relato, como Rudyard Kipling, Jack London, Joseph Conrad, W. Somerset Maugham, O. Henry, Amelia Edwards, Edith Wharton, Guy de Maupassant, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Antón P. Chéjov, Isaak E. Bábel, Iván A. Bunin, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury o los Bowles.

Los Bowles: Jane y Paul

 De mi admirado Paul Bowles, Marta Salís ha escogido esa obra maestra que es Un episodio distante (la dicha habría sido completa si Marta hubiese añadido El renegado, de Albert Camus, el motivo es largo de explicar y será mejor dejarlo para otra entrada).

 Cuando entraron por las puertas del pueblo, el habitual enjambre de rapaces se levantó y corrió en medio de la polvareda dando gritos al lado del autobús. El profesor se quitó los anteojos de sol, se los guardó en el bolsillo; y en cuanto el autobús se detuvo saltó a tierra para abrirse paso entre los niños que, indignados, trataban de agarrar su equipaje, y se dirigió deprisa al Grand Hotel Saharien.
Un episodio distante. Paul Bowles

 Ya que este es un blog en el que Marruecos tiene su importancia, les diré que Viajeros contiene otro relato ambientado en el país vecino. Se trata de Vuelta a casa, de la escritora y profesora marroquí Laila Lalami.

Laila Lalami. Fotografía: Jesse Dittmar

 Sus páginas tratan el tema de la emigración, y plasman a la perfección el choque del regreso y las diferentes perspectivas de unos y otros: los que se fueron (Azib, que lleva cinco años trabajando en Madrid y vuelve de visita a Casablanca), y los que se quedaron en Marruecos (su madre y Zohra, su mujer).

 La madre de Zohra, que vivía al final de la calle, también se había pasado a verlo; estuvo sentada en silencio escuchando las conversaciones, hasta que por fin preguntó:
 –¿Por qué estas trabajando allí si tu mujer está aquí? –Chasqueó la lengua en un gesto de reprobación.
 Azib miró a Zohra. Quería hablar de eso con ella, pero todavía no habían podido tener un momento a solas. Carraspeó y volvió a llenar la taza de su suegra.
Vuelta a casa. Laila Lalami

 Tampoco faltan escritores españoles en el volumen, representados por Leopoldo Alas «Clarín», Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle Inclán, siendo el relato de Emilia Pardo Bazán, De polizón, el que más me ha gustado de los cuatro.

 En definitiva, este es un libro que nos invita a la escapada, a cruzar fronteras y vivir aventuras, como ya nos anticipa la portada en la que una mujer mira el paisaje por la ventanilla de un tren.

https://www.1stdibs.com/en-gb/art/prints-works-on-paper

 La imagen pertenece a un antiguo cartel publicitario de la compañía Intourist, obra de Nikolai N. Zhukov. «De Shepetovka a Bakú en 55 horas. La ruta más corta, barata y cómoda entre Irán, Persia y Europa occidental vía la U.R.S.S.», rezaba la publicidad en 1937. A la mujer he creído verla en otro cartel, el que anunciaba Photo España 2020. La joven sigue mirando por la ventanilla (en realidad en la fotografía mira por la ventana de un edificio), pero ahora se ha girado y no fija sus ojos en los oleoductos que atraviesa el tren, sino en nosotros.

Steve Hiett. Cecilia Changellor, 1996
@Steve Hiett. Colección Carla Sozzani

 Y esa mirada, dulce y serena, se convierte en toda una invitación para abrir el libro y partir. Para viajar a través de sus 892 páginas.

«¡Feliz quien como Ulises ha hecho un largo viaje!»
Joachim du Bellay


viernes, 1 de enero de 2021

CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE CLARICE LISPECTOR


La escritora Clarice Lispector (1920-1977)

Supe de Clarice Lispector en el verano de 2004, cuando viajaba por Brasil. No recuerdo si fue en una librería de Belén, de Manaos o de Santarém, ni el título de la cubierta del libro donde se mostraba su retrato, pero sí recuerdo que su porte elegante y seguro, su mirada rasgada y sus rasgos, con esos pómulos marcados, me trajeron a la mente a la también escritora y periodista Oriana Fallaci.

Fotografías de Oriana Fallaci (AP)

 Pero no voy a hablarles aquí de la italiana sino de la ucraniana-brasileña de la que se cumplió el mes pasado el centenario de su nacimiento. Clarice Lispector vino al mundo el 10 de diciembre de 1920 en Tchetchelnik, Ucrania, en el seno de una familia judía que no tardó en emigrar a Brasil. Apenas tenía unos años cuando su familia desembarcó en Maceió, capital del estado de Alagoas. Allí todos los miembros del clan tomaron nombres portugueses, y a Chaya le cambiaron el suyo por Clarice. Había cumplido cinco años cuando la familia se mudó a Recife (Pernambuco), donde vivió una infancia feliz rota a los diez años por la muerte de su madre.

La pequeña Clarice con su padres y sus hermanas. Fotografía: Ed. Siruela

 En 1935 Clarice se fue con su padre y una de sus dos hermanas a Río de Janeiro. Allí estudió Derecho, pero, seguramente por su afición a la lectura y a la escritura, empezó a ejercer de periodista, colaborando con algunos periódicos y revistas. En 1944 publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, con la que ganaría el Premio Graça Aranha. A partir de ahí, la literatura no dejaría de ganar peso en su vida, construyendo poco a poco una obra literaria de lo más personal, fuera de cualquier moda o corriente narrativa.

Clarice Lispector

 «Vivió en Milán, Londres, París y Berna con su marido diplomático. Volvió a Río en 1949 y retomó su actividad periodística, firmando con seudónimos como Tereza Cuadros, Helen Palmer o Ilka Soares. Publicó cuentos en la revista Senhor. Pasó ocho años en Washington con su marido y sus dos hijos, pero se separó en 1959 y regresó a Brasil. Publicó Lazos de familia, su primer volumen de cuentos, en 1960, Una manzana en la oscuridad en 1961 y La pasión según G. H., su obra más emblemática, en 1963. El 14 de septiembre de 1966, un trágico accidente marcaría para siempre su cuerpo y su obra: mientras fumaba en la cama, provocó un incendio que destruyó su casa y le dejaría graves secuelas físicas y psicológicas; desde entonces sufrió profundas depresiones. Murió en Río de Janeiro a los cincuenta y siete años.», se lee en la semblanza que ha escrito sobre ella Marta Salís para Viajeros (Alba Editorial), un volumen de 66 relatos de viajes reunidos y presentados por la misma Marta Salís, un tomo que todo amante de la literatura y los viajes debería de tener en su mesita de noche, y del que volveré a hablarles en otra ocasión cuando termine de leer todos sus relatos.

El idioma de la «f», de Clarice Lispector, en Viajeros (Alba Clásica Mayor)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Clarice Lispector precede a uno de Richard Ford, y aparece en la página 815. Lleva por título «El idioma de la "f"» (A língua do «p»), publicado por primera vez en 1974 en el volumen de relatos El vía crucis del cuerpo (A via crucis do corpo). Tiene un aire de sketch cómico, nos cuenta Marta Salís, pero todos sus equívocos, absurdos y paradojas delatan un orden sexual y social violento y amenazador. El viaje siempre ha sido escenario de peligros, pero mucho más si la viajera es mujer.

El idioma de la «f»
Clarice Lispector
(1974)
Traducción Mario Morales
María Aparecida –Cidita, como la llamaban en su casa– era maestra de inglés. Ni rica ni  pobre: con suficientes recursos para vivir. Pero se vestía con refinamiento. Parecía rica. Hasta sus maletas eran de calidad.
 Vivía en Minas Gerais e iría en tren hasta Río, donde estaría tres días, y después tomaría el avión a Nueva York.
 La requerían mucho como maestra. Le gustaba la perfección y era afectuosa, aunque severa. Quería perfeccionarse en Estados Unidos.
 Tomó el tren de las siete rumbo a Río. Frío que hacía. Ella con saco de gamuza y tres maletas. El vagón estaba vacío, únicamente una viejecita durmiendo en un rincón bajo su chal.
 En la siguiente estación subieron dos hombres que se sentaron frente al asiento de Cidita. El tren en marcha. Uno de los hombres era alto, delgado, con bigotito y mirada fría, el otro era bajo, barrigón y calvo. Miraron a Cidita. Esta desvió la mirada, observó a través de la ventanilla del tren.
 Se sentía un malestar en el vagón. Como si hiciera demasiado calor. La muchacha inquieta. Los hombres en alerta. Dios mío, pensó la chica, ¿qué es lo que quieren de mí? No tenía respuesta. Y para colmo era virgen. ¿Por qué, pero por qué había pensado en su propia virginidad?
 Entonces los hombres empezaron a hablar entre ellos. Al principio, Cidita no entendió ni una sola palabra. Parecía un juego. Hablaban demasiado deprisa. Y el lenguaje le pareció vagamente familiar. ¿Qué idioma era ese?
 De repente entendió: ellos hablaban a la perfección el idioma de la «f». Así:
–¿Tufu yafa hafas vifistofo quefe bofonifitafa mufuchafachafa?
 –Sifi,  yafa lafa hefe vifistofo. Efestaba cofomofo quieferete.
 Querían decir: ¿tú ya has visto qué bonita muchacha? Sí, ya la he visto. Está como quiere.
 Cidita fingió no entender: entender sería peligroso para ella. El idioma era el que utilizaba, cuando era niña, para defenderse de los adultos. Los dos continuaron:
 –Quieferofo tifirarfamelafa. ¿Yfi tufu?
 –Yofo tafambiefen. Efen efel tufunefel.
 Querían decir que la iban a violar en el túnel… ¿Qué hacer? Cidita no sabía y temblaba de miedo. Ella apenas se conocía. Además, nunca se había conocido por dentro. En cuanto a conocer a los demás, ahí era cuando la cosa se complicaba. ¡Ayúdame, Virgen María! ¡Auxilio! ¡Auxilio!
 –Sifi sefe refesifistefe pofodefemofos mafatafarlafa.
 Si se resistiera, podrían matarla. Era así la cosa.
 –Cofon ufun pufuñafal. Yfi luefegofo rofobafarlafa.
 Matarla con un puñal y luego robarla.
 ¿Cómo decirles que no era rica? Que era frágil, cualquier gesto la mataría. Sacó un cigarro de la bolsa para fumar y calmarse. De nada sirvió. ¿Cuándo llegarían al próximo túnel? Tenía que pensar deprisa, deprisa, deprisa.
 Entonces pensó: si finjo que soy una prostituta, desistirán, no les gustan las vagabundas.
 Así que se levantó la falda, hizo unos contoneos sensuales –ni sabía que sabía hacerlos, era tan desconocida de sí misma–, se desabrochó los botones del escote, dejando los senos a medio mostrar. Los hombres de repente se espantaron.
 –Tafa lofocafa.
 Está loca, dijeron.
 Y ella contoneándose como no lo haría una sambista de escuela. Sacó de su bolsa el lápiz de labios y se pintó exageradamente y empezó a canturrear.
 Entonces los hombres se empezaron a reír de ella. Se les hacía graciosa la locura de Cidita. Estaba desesperada. ¿Y el túnel? Apareció el encargado de los billetes. Lo vio todo. No dijo  nada.
 Pero fue con el maquinista y le contó. Este dijo:
 –Vamos a darle un susto, la voy a entregar a la policía en la primera estación.
 Y llegaron a la próxima estación.
 El maquinista bajó, habló con un soldado cuyo nombre era José Lindalvo. José Lindalvo no era un hombre para bromas. Subió al vagón, vio a Cidita, la agarró brutalmente del brazo, tomó como pudo las tres maletas y ambos bajaron.
 Los dos hombres se reían a carcajadas.
 En la pequeña estación pintada de azul y rosa estaba una joven con una maleta. Miró a Cidita con desprecio. Subió al tren y este partió.
 Cidita no sabía cómo explicarle al policía. El idioma de la «f» no tenía explicación. La llevaron al calabozo de la delegación y ahí la ficharon. Le dijeron lo peor. Y estuvo en la celda tres días. La dejaban fumar. Fumaba como loca, tragando el humo y pisando el cigarro en el suelo de cemento. Había una cucaracha grande arrastrándose por el piso.
 Finalmente la dejaron salir. Tomó el siguiente tren a Río. Se había lavado la cara, ya no era una prostituta. Lo que le preocupaba era lo siguiente: cuando los dos habían hablado de tirársela, le dieron ganas de ser violada. Era una descarada. Sofoy ufunafa pufutafa. Era loo que había descubierto. Cabizbaja.
 Llegó a Río exhausta. Llegó a un hotel barato. Inmediatamente se dio cuenta de que había perdido el avión. En el aeropuerto compró el pasaje.
 Y caminaba por las calles de Copacabana, desgraciada ella, desgraciada Copacabana.
 Pues fue en la esquina de la calle Figuereido Magalhães donde vio un puesto de periódicos. Ahí estaba colocado el diario O Dia. No sabría decir por qué lo compró.
 Con un titular negro estaba escrito: «Joven violada y asesinada en el tren».
 Tembló toda. Entonces había ocurrido. Y con la muchacha que la había despreciado.
 Se puso a llorar en la calle. Tiró el maldito periódico. No quería enterarse de los detalles. Pensó:
 –Sifi. Efel defestifinofo efes ifimplafacafablefe.
 El destino es implacable.
«El idioma de la "f"» publicado originalmente en A Via Crucis Do Corpo de Clarice Lispector. Rocco Editorial. Copyright Paulo Gurgel Valente, 2018.
Copyright de la traducción Mario Morales (licencia editorial de Ediciones Siruela).
Copyright de la edición de Viajeros, Alba Editorial.

 En apenas dos páginas, Clarice nos da una lección sobre cómo construir un relato. Y el cierre, magnífico, es de los que se te queda rondando por la cabeza. Dicen que hay mucho de autobiografía en sus escritos, y al hilo de ello viene lo que contó Olga Borelli, ayudante, secretaria y compañera en sus últimos años de vida. La anécdota la recoge Cristina Sánchez-Andrade, traductora de la última biografía de Benjamin Moser sobre la escritora, publicada por Siruela. El día antes de su muerte el 9 de diciembre de 1977, estando hospitalizada por un cáncer de ovarios, Clarice Lispector sufrió una fuerte hemorragia. Desesperada, se levantó de la cama y caminó en dirección a la puerta. "En ningún momento había sido informada de la gravedad de su enfermedad, pero cuando la enfermera le impidió que saliese, en un momento de extravagante clarividencia, ella le gritó: «¡Se muere mi personaje!, ¡se muere mi personaje!»".

Clarice Lispector

 Durante todas las mañanas de domingo del mes de diciembre, en pases de media hora y en grupos máximos de 6 personas, se ha venido celebrando un homenaje a Clarice Lispector en el Ateneo de Málaga. Yo asistí algo reticente al pase de las 12:30 del domingo 13 de diciembre, intrigado por el título del acto, Disco Lispector. Homenaje a Clarice Lispector, en el que se prometía música y baile. ¿Qué demonios tenía que ver la música disco con Clarice?, me preguntaba.

Disco Lispector, homenaje a Clarice Lispector en el Ateneo de Málaga
Vocalía de Acción Literaria, diciembre de 2020
 Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la misma puerta del Ateneo nos obsequiaron con dos bonitos marcapáginas en los que aparecía el rostro de la homenajeada y alguna frase sacada de sus libros.

«Al final, ¿qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»
«Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano y es solitario»

 Y después nos acompañaron a la sala Muñoz Degrain. Una representación de la mesa de trabajo de la escritora fue lo primero que vimos al entrar, con una máquina de escribir, una pitillera, un encendedor, un cenicero, una botella de whisky, una taza de té o de café, un bolso y algunos de sus libros. Lucía se sentó en la silla del escritorio, y le tomé una fotografía con su móvil. Luego le pedí que fotografiase la mesa.

Representación del escritorio de Clarece Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tras el escritorio, una cortina daba paso a una pista de baile con bola discotequera en el techo incluida, donde sonaban éxitos musicales, una selección de temas preparados por la periodista y dramaturga Vicky Molina y las poetas Cris Miranda y Lidia Bravo, organizadoras del evento, que no tardaron en invitarnos a bailar.

Disco Lispector, Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector, Ateneo de Málaga, diciembre 2020
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Entre baile y baile, entre canción y canción, "la voz de Clarice" y sus labios moviéndose en la pantalla del fondo, contándote su vida a pinceladas, con textos sacados de una de sus últimas entrevistas. Otras veces, su rostro en grande junto a otras de sus frases, destacando sobre la pared como sentencias.

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

Disco Lispector en el Ateneo de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La verdad es que las organizadoras se lo curraron, y la media hora se nos pasó volando; aunque salí de allí sin llegar a descubrir qué tenía que ver el dancing con la escritora. Quizás sólo se trataba de festejar el centenario con unos bailes, o tal vez se tarde más tiempo en olvidar lo que se aprende bailando. Vaya usted a saber. Lo importante es que durante el pasado mes han dado a conocer a una de las más enigmáticas escritoras del siglo XX, esa que me sedujo un día en una ribera del Amazonas.

 Si quieren leer su obra pueden empezar por la recopilación de sus cuentos, y si quieren saber más de ella lean Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, de Benjamín Moser. Ambos libros publicados por Siruela.

 Y a todos los que han llegado al final de este artículo, en un día tan señalado como este, quiero desearles un feliz y próspero Año Nuevo 2021. Seguramente seguirá siendo un año cargado de incertidumbres, pero será cosa nuestra enriquecerlo con buenas lecturas, buenas películas e interesantes eventos culturales. ¡Un brindis por todos nosotros!

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