martes, 8 de marzo de 2022

CUATRO LIBROS DE VIAJES EN FEMENINO

En el Día de la Mujer quiero poner el foco en una de las colecciones de libros de viajes de Ediciones Menguantes. Son cuatro títulos escritos por mujeres y editados en un formato óptimo para llevar en el bolsillo.

 Se trata de Blu Palinuro, de la gallega Isabel Parreño; Tres formas de atravesar un río, de la argentina Agustina Atrio; La pureza, de la leonesa Ruth Miguel Franco y El año que no viajé a Buenos Aires, de la tinerfeña Saray Encinoso Brito, del que ya escribí una reseña en este blog.


 El primero de estos títulos aún se puede encontrar en la mesa de novedades de las librerías; por los otros quizás tengan que preguntar al librero, pedir que se los busquen en los anaqueles o que se los pidan al distribuidor. Si agarran uno de ellos, si lo sujetan entre las manos y acarician sus guardas, seguro que se lo llevan para casa, pues tienen un diseño bello e irresistible.

 Aquí les dejo los booktrailer de cada uno de ellos. Toda una tentación.





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Viajen, lean y no se olviden de que las mujeres también escriben.

sábado, 5 de marzo de 2022

TRES NOVELAS GRÁFICAS PARA CELEBRAR EL DÍA DEL CÓMIC


5 de marzo: Día del Cómic

Este 5 de marzo de 2022 se celebra por primera vez el Día del Cómic, y desde mi blog quiero unirme a la celebración y festejar el arte de las viñetas. La fecha se ha escogido por ser cuando comenzó a publicarse en España, allá por 1917, la revista de historietas TBO, de la que aún conservo algunos ejemplares de los setenta.

 Yo he mamado tebeos desde crío, una afición que debo a mi padre y que he transmitido a mis hijos. Hubo una época en la que los llamaba tebeos, en otra, cómics, y ahora, cuando las cubiertas son duras, novelas gráficas. La verdad es que da igual cómo los llamemos. Lo importante es que los leamos y formen parte de nuestras vidas. Por eso quiero haceros tres propuestas para este día tan especial. Las dos primeras ya han sido reseñadas en este blog, y de la tercera espero darles cuenta pronto.

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Editorial Blume

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Ediciones La cúpula

En los bosques de Siberia
Editorial Harper Collins

 Junto a las recomendaciones, un brindis por el noveno arte.


miércoles, 16 de febrero de 2022

CORREDORES AÉREOS, O DE CÓMO APRENDER A NO MIRAR ATRÁS


Corredores aéreos (Ediciones La Cúpula)
Fotografía: Pedro Delgado

Corredores aéreos (Ediciones La Cúpula, 2020) toma su título de los raíles invisibles por los que se desplazan los aviones que sobrevuelan el macizo del Jura, la pequeña cadena montañosa salpicada de pueblos con encanto que discurre entre Francia y Suiza. Hasta allí llega Yvan desde París con exceso de equipaje: decenas de cajas en las que ha empaquetado su vida y, junto a ellas, su ansiedad, su insomnio, su tristeza y su vergüenza.

 El protagonista de esta novela gráfica acaba de cumplir 50 años, y se siente más descolocado que nunca: en el último año ha perdido el trabajo, a su madre y a su padre y, por si todo esto fuera poco, su mujer, que está trabajando en otro país lejos de Francia, no parece estar segura de sus sentimientos, un paréntesis quizás antes de dejarlo. Demasiado para cualquier hombre a esa edad en la que uno empieza a confrontar que es mortal.

 Yvan lo vive todo como un fracaso. Lo estable, lo permanente, ha desaparecido de golpe, y se encuentra al borde del vacío. Desubicado, sin un propósito o una tarea que le haga levantarse todas las mañanas de la cama, y sin querer ser una carga para sus hijos, que ya volaron de casa y viven en el extranjero, encuentra respaldo en dos viejos amigos, Thierry y Sandra, que le dejan las llaves de su casa de vacaciones cerca de la frontera con Suiza, en ese relieve constituido durante el Jurásico. En ese refugio, rodeado de un manto de nieve que podría acentuar su desolación pero que Yvan ve «como un velo blanco sobre el mundo real y sus problemas», deberá lidiar con el duelo y la incertidumbre.

Primeras páginas de Corredores aéreos (Ediciones La Cúpula)

Primeras páginas de Corredores aéreos (Ediciones La Cúpula)

 Magistral el trabajo de los tres autores del libro, amigos desde su época de estudiantes en la universidad de Rennes, esos dibujos naturalistas de Étienne Davodeau a los que Joub aplica el color, ese curioso inventario a base de fotografías de Christophe Hermenier y esos diálogos y silencios firmados por todos que nos muestran como Yvan va evolucionando del shock inicial a la resignación, pasando entre medias por episodios de agresividad y depresión.

Detalle pág. 15 de Corredores aéreos (Ediciones La Cúpula)

 A pesar de ser una historia de ficción, hay mucho de realidad en este cómic; pues gracias al prólogo sabemos que Christophe Hermenier también perdió el trabajo y a sus padres al acercarse a su cincuentena, y que entonces empezó a fotografiar los pequeños objetos que habían formado parte de la vida cotidiana de su familia antes de poner a la venta la casa de sus padres. Esos objetos, esas fotografías que ocupan diez páginas del libro, interpelan al lector, que sabe que también podría inventariar así las cosas que acumulan sus padres en casa, piezas que tienen un inmenso valor sentimental y que constituyen una pequeña historia ordinaria de su familia.

Pág. 54 y 55 de Corredores aéreos, con fotografías de Christophe Hermenier
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tras cinco décadas de vida, como Hermenier, Yvan tendrá que aprender a dejar de mirar atrás, el pasado como un lastre para encarar el futuro, y comprender que la vida no es más que una tragicomedia, que un día ríes y otro lloras. Que la vida es vivir.

 Creo en el poder reparador y terapéutico de los libros, y estoy seguro de que esta novela gráfica, editada con un gusto exquisito por La Cúpula, será un magnífico refugio para todo el que frise la cincuentena (aunque no haga falta una edad concreta para disfrutarla).

Pág. 12 de Corredores aéreos, de Étienne Davodeau, Hermenier y Joub
Ediciones La Cúpula, 2020

 No les ocultaré que yo también sufrí la crisis de los 50. Es más, mi crisis comenzó un año antes, al tomar conciencia de la edad a la que me aproximaba a velocidad de crucero. Me dio por pensar que la vida es corta, que cualquier enfermedad podía acortarla más, y que aún me quedaban muchos países que visitar, así que lo primero que hice fue viajar a aquellos destinos que tenía postergados, asignaturas pendientes que respondían al nombre de Irán, Albania o el Sudeste asiático (Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam). En los dos primeros países incluso ascendí a sus montañas más altas: el Damavand (5.671 mt) y el Korab (2.764 mt).

Pedro Delgado, a sus 50 años, en el refugio del Damavand 
23 de julio de 2016, Irán

 Aquella toma de conciencia de haber sobrepasado ya la mitad de mi vida, fue un acicate para no dejar aquellas aventuras para más adelante. Luego, el paso del tiempo, acentuado por la introspección que trajo consigo la pandemia, me hizo ver que el 50 aniversario no es el final de nada, sino un hito más del camino. Un punto en el que sopesar lo alcanzado, valorar esperanzas y frustraciones y repensar el propósito de nuestra vida para continuar o desviar el rumbo. Por supuesto que es una putada cumplir años –el día 27 de este mes cumpliré 56 años, y si lo celebro es por no faltar al respeto a los amigos que se fueron antes de tiempo–, pero no queda otra si queremos seguir con vida. Eso sí, prefiero no pensar en la vejez, en cuando cumpla 76 o 86 años. No creo que haya muchas cosas de envejecer que de verdad sean buenas, así que imagino que será mejor tomárnoslo con humor. No echarle cuentas a la edad, y vivir el presente sin pensar en el futuro.



CORREDORES AÉREOS

Értienne Davodeau, Christophe Hermenier y Joub

Ediciones La Cúpula, 2020


sábado, 22 de enero de 2022

VIAJEROS. DE JONATHAN SWIFT A ALAN HOLLINGHURST (1726-2017)


Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017). Marta Salís, ed.
Alba Editorial. Fotografía: Lucía Rodríguez

Hay un libro que me acompañó durante todo el año pasado y del que no quiero quedarme sin hablarles. Se trata de Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017), de la editorial Alba. Sesenta y seis relatos viajeros, seleccionados por la profesora y traductora Marta Salís de entre los grandes nombres de la literatura universal, reunidos en un solo tomo. Un volumen que no tiene desperdicio y que viene una vez más a contradecir esa absurdez de que el relato es un género menor, cuando tiene tanta o más fuerza que la novela.

 Con este libro he sentido también el poder de la literatura de viajes. Mientras mi ser físico leía en el sofá del salón, en el banco del porche, en la cama, e incluso en algún que otro tren, mi ser mental transitaba desiertos, selvas o mares tempestuosos.

Leyendo Viajeros (Alba Editorial) en el tren
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cada una de las sesenta y seis narraciones, con estilos, escenarios y personajes diferentes, vienen acompañadas de una breve semblanza del autor y una explicación acerca del relato y el por qué de su elección. Lo cual me parece todo un acierto.

Somerset Maugham (1874-1965)

 Con la salvedad de los cuentos de Somerset Maugham, Jane Bowles y Clarice Lispector, no he leído estos cuentos a saltos, como suele hacerse con las antologías, yendo hacia atrás y hacia adelante en función de la sonoridad de un título o el renombre de un autor, pues el orden tiene su importancia en este volumen, ya que, como nos explica Marta Salís en el interesante texto de presentación, los relatos «se ofrecen ordenados cronológicamente a partir de la fecha de publicación, lo que permite trazar una especie de línea evolutiva en el tratamiento y la consideración del viaje como tema».

Hay muchos tipos de viajes -de conquista, de exploración, de turismo, de peregrinación, de trabajo, de guerra, de huida-, tantos como tipos de viajeros –entusiastas, indolentes, asombrados, circunspectos, soñadores, obligados–, y en ellos no es extraño que asomen motivos contradictorios. () Los motivos y propósitos que impulsan al viajero son muy diversos, y en esta antología parece enumerarlos, con una fórmula de cuento popular, Grace James en «La Mujer de Hielo»: «Érase una vez un anciano y un muchacho que se marcharon juntos de su pueblo para viajar a una lejana provincia. Si lo hicieron por placer o por trabajo, por motivos económicos, por asuntos de dinero, de amor o de guerra, o por alguna firme promesa, grande o pequeña, ya no lo sabemos».
De la Presentación de Marta Salís

 Algunos cuentos tienen un final redondo, y otros abrupto, como si el autor se hubiese olvidado de rematarlo y tuviésemos nosotros que encargarnos de esa tarea. Unos son breves, y otros largos, con una extensión que abarca desde la media página de La partida, de Franz Kafka, a las cuarenta de Bola de Sebo, de Maupassant.

 Entre los sesenta y seis escritores que ha seleccionado Marta Salís no faltan los clásicos del relato, como Rudyard Kipling, Jack London, Joseph Conrad, W. Somerset Maugham, O. Henry, Amelia Edwards, Edith Wharton, Guy de Maupassant, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Antón P. Chéjov, Isaak E. Bábel, Iván A. Bunin, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury o los Bowles.

Los Bowles: Jane y Paul

 De mi admirado Paul Bowles, Marta Salís ha escogido esa obra maestra que es Un episodio distante (la dicha habría sido completa si Marta hubiese añadido El renegado, de Albert Camus, el motivo es largo de explicar y será mejor dejarlo para otra entrada).

 Cuando entraron por las puertas del pueblo, el habitual enjambre de rapaces se levantó y corrió en medio de la polvareda dando gritos al lado del autobús. El profesor se quitó los anteojos de sol, se los guardó en el bolsillo; y en cuanto el autobús se detuvo saltó a tierra para abrirse paso entre los niños que, indignados, trataban de agarrar su equipaje, y se dirigió deprisa al Grand Hotel Saharien.
Un episodio distante. Paul Bowles

 Ya que este es un blog en el que Marruecos tiene su importancia, les diré que Viajeros contiene otro relato ambientado en el país vecino. Se trata de Vuelta a casa, de la escritora y profesora marroquí Laila Lalami.

Laila Lalami. Fotografía: Jesse Dittmar

 Sus páginas tratan el tema de la emigración, y plasman a la perfección el choque del regreso y las diferentes perspectivas de unos y otros: los que se fueron (Azib, que lleva cinco años trabajando en Madrid y vuelve de visita a Casablanca), y los que se quedaron en Marruecos (su madre y Zohra, su mujer).

 La madre de Zohra, que vivía al final de la calle, también se había pasado a verlo; estuvo sentada en silencio escuchando las conversaciones, hasta que por fin preguntó:
 –¿Por qué estas trabajando allí si tu mujer está aquí? –Chasqueó la lengua en un gesto de reprobación.
 Azib miró a Zohra. Quería hablar de eso con ella, pero todavía no habían podido tener un momento a solas. Carraspeó y volvió a llenar la taza de su suegra.
Vuelta a casa. Laila Lalami

 Tampoco faltan escritores españoles en el volumen, representados por Leopoldo Alas «Clarín», Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle Inclán, siendo el relato de Emilia Pardo Bazán, De polizón, el que más me ha gustado de los cuatro.

 En definitiva, este es un libro que nos invita a la escapada, a cruzar fronteras y vivir aventuras, como ya nos anticipa la portada en la que una mujer mira el paisaje por la ventanilla de un tren.

https://www.1stdibs.com/en-gb/art/prints-works-on-paper

 La imagen pertenece a un antiguo cartel publicitario de la compañía Intourist, obra de Nikolai N. Zhukov. «De Shepetovka a Bakú en 55 horas. La ruta más corta, barata y cómoda entre Irán, Persia y Europa occidental vía la U.R.S.S.», rezaba la publicidad en 1937. A la mujer he creído verla en otro cartel, el que anunciaba Photo España 2020. La joven sigue mirando por la ventanilla (en realidad en la fotografía mira por la ventana de un edificio), pero ahora se ha girado y no fija sus ojos en los oleoductos que atraviesa el tren, sino en nosotros.

Steve Hiett. Cecilia Changellor, 1996
@Steve Hiett. Colección Carla Sozzani

 Y esa mirada, dulce y serena, se convierte en toda una invitación para abrir el libro y partir. Para viajar a través de sus 892 páginas.

«¡Feliz quien como Ulises ha hecho un largo viaje!»
Joachim du Bellay


viernes, 14 de enero de 2022

EL VIAJE DEL ESCRITOR


El viaje del escritor, de Christopher Vogler
Ma non troppo - Redbook Ediciones 

 

Algunas personas lo han usado incluso como una suerte de guía de viaje, donde se predicen los altibajos inevitables en la realización de cualquier viaje geográfico o físico.
Del prefacio de El viaje del escritor

 

Les invito a leer el artículo que he escrito sobre este libro en mi otro blog: Calle 1.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2022/01/propositos-de-ano-nuevo-escribir-un.html


domingo, 2 de enero de 2022

QUERIDOS REYES MAGOS: QUIERO UNA MALETA LLENA DE LIBROS


Una maleta llena de libros para viajar bien lejos
Fotografía: Lucía Rodríguez


«Llegado a cierta edad, uno no debe ir a ninguna parte de la que no pueda volver andando».
Pío Baroja


Ante el cariz que está tomando la cosa, con la nueva cepa de COVID-19 campando a sus anchas por el mundo, creo que el mejor regalo que le podemos pedir este año a sus majestades los Reyes Magos de Oriente es una maleta llena de libros que nos lleven bien lejos, que nos permitan viajar desde casa sin temor a las restricciones o a contraer el virus y verte intubado en la cama de un hospital.

 Por si ustedes son de los que se dejan aconsejar, aquí les dejo mi propuesta. De algunos de estos libros ya les hablé en este blog el año pasado, y de los otros espero poder hablarles a lo largo de este 2022 para el que les deseo la mejor de las suertes.

vale-un-potosi

lunes, 13 de diciembre de 2021

FILOSOFÍA PARA EXPLORADORES POLARES, DE ERLING KAGGE


Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

Que la filosofía haya disminuido su presencia en el sistema educativo no quiere decir que esté en peligro de extinción; discriminada en el ámbito académico, la filosofía se enroca y se hace fuerte en otra casilla, la de la literatura y el cine.

 Los últimos ejemplos de ello nos llegan desde Escandinavia: en forma de libro con Filosofía para exploradores polares, del noruego Erling Kagge, y en forma de largometraje con Wild Men, dirigida por el danés Thomas Daneskov Mikkelsen, quizás la mejor película del pasado Fancine de Málaga.

 Es curioso que ambos artefactos, libro y film, converjan en algunos puntos: la necesidad de reconectar con la naturaleza para reajustar el rumbo y evitar los sentimientos de inseguridad, soledad y depresión; la importancia de estar en el centro de nuestra propia vida; la búsqueda de la paz interior, de la libertad...

 En 1990, Erling Kagge y su compañero Børge Ousland fueron los primeros en llegar al Polo Norte sin ayuda de motos de nieve, perros ni depósitos de víveres. En 1993, Erling se convirtió en la primer persona en caminar sola hasta el Polo Sur, y en 1994, escaló el Everest, siendo el primer hombre en alcanzar los tres polos de la Tierra a pie. No contento con eso, escribió dos libros interesantes y amenos que ya reseñé en este blog: El silencio en la era del ruido* y Caminar**. Ambos tratan, aunque de formas distintas, sobre el silencio que albergamos dentro de nosotros mismos, pero también de la importancia de estar en contacto con los ritmos de la naturaleza. Es curioso, porque en el colegio sus profesores pensaban que, con su dislexia y su falta de concentración, no llegaría a nada, y menos a escribir un libro. Hoy ya son tres, lo que viene a demostrar que la vida da muchas vueltas, que la dislexia no es ninguna discapacidad y que algunos profesores deberían meterse la lengua en esa parte innoble que imaginan.

Erling Kagge

 Filosofía para exploradores polares, publicado el mes pasado por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House, se divide en dieciséis capítulos cortos, cuyos títulos conforman un decálogo perfecto para ayudarnos a llevar una vida mucho más plena y gratificante:

1. Marca tu rumbo.

2. Madruga.

3. Entrénate en el optimismo.

4. No tengas miedo de tu grandeza.

5. No confundas la probabilidad con la posibilidad.

6. No guardes tu valentía en un termo.

7. Ten algo que perder.

8. Aprende a no perseguir la felicidad.

9. Aprende a estar solo.

10. Disfruta de las porciones pequeñas.

11. Acepta el fracaso.

12. Encuentra la libertad en la responsabilidad.

13. Convierte la flexibilidad en un hábito.

14. No dejes la suerte al azar.

15. Deja que los objetivos vengan a ti.

16. Reajusta tu rumbo.

 Dieciséis lecciones prácticas que destilan la sabiduría y la experiencia que ha adquirido Erling Kagge en sus expediciones, y que nos «invitan a adoptar un espíritu de explorador en lo cotidiano». Y todo ello en un formato que da gusto tener entre las manos, con un diseño precioso, una amplia bibliografía y un buen puñado de fotografías.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Kjell Ove Storvik

 Cuenta Erling en el primer capítulo que, cuando regresaba de sus aventuras, mucha gente le decía: «Habría hecho cualquier cosa por vivir lo mismo que tú», pero que él no estaba muy seguro de que realmente quisieran vivir esas experiencias. «De lo contrario, quizá lo habrían intentado». Eso mismo me ocurría a mí al regresar a Málaga después de recorrer la cordillera del Alto Atlas o descender el río Amazonas. «Pues hacedlo», les decía. «No busquéis excusas en nada ni en nadie, y así no tendréis que arrepentiros en el futuro de no haber hecho tal o cual cosa».

Gráfica de Filosofía para exploradores polares (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

***
 De pequeño era un gran admirador del explorador noruego Thor Heyerdahl. Uno de los primeros libros que leí trataba sobre la travesía que realizó en 1947 a bordo de la balsa Kon-Tiki desde Callao, en Perú, hasta las islas Tuamotu, en la Polinesia. A Heyerdahl, que de niño había estado a punto de ahogarse en dos ocasiones, le daba miedo el agua; aun así, tenía el sueño de cruza el Pacífico en aquella embarcación hecha a mano con madera de balsa. Seis hombres zarparon hacia el oeste en la Kon-Tiki, que era una réplica de las balsas prehistóricas que construían los indígenas de Perú, y pasaron ciento y un días surcando el Pacífico para demostrar que parte de los asentamientos de la Polinesia podrían haberse establecido de esa forma.
 Me sentí muy satisfecho y algo sorprendido cuando, en el otoño de 1994, me invitaron a las celebraciones por el octogésimo cumpleaños de Heyerdahl, y esperaba con ganas el momento de poder presentarle mis respetos en persona. Durante la fiesta, muchos de los viejos amigos de Heyerdahl ofrecieron discursos. Todos alabaron, como correspondía, a aquel hombre que había descubierto tantas cosas, al hombre de la balsa Kon-Tiki. Varios de ellos también hablaron de las oportunidades que se les habían presentado de viajar con Heyerdahl, pero que, por una u otra razón –estudios, pareja, familia, trabajo–, no habían podido aprovechar. Los discursos fueron largos. Mientras los pronunciaban, yo observaba a Heyerdahl, que escuchaba y sonreía para sí, y me di cuenta de una cosa. «La diferencia fundamental entre usted y todos los demás, señor Heyerdahl –me dije–, es que tomó sus propias decisiones y no permitió que los demás las tomaran por usted. Cuando tenía oportunidades las aprovechaba, y ya pensaría luego en los obstáculos».
 ¿Los oradores habían elegido la que parecía la opción menos arriesgada? ¿Habían permitido que otros tomaran la decisión por ellos? ¿O quizá habían otorgado más peso a las obligaciones del hogar? La diferencia entre Heyerdahl y los demás parecía consistir en que el primero perseguía su sueño, mientras que los segundos intentaban perseguir los sueños de los otros.

 Leo el texto sobre Heyerdahl y la Kon-Tiki, me detengo en la fotografía de la balsa y me veo a mí mismo de chavea leyendo otra odisea similar, pero capitaneada por el aventurero español Vital Alsar en 1970. Fue mi padre quien me acercó a aquel título: La Balsa, en una edición condensada de Selecciones del Reader's Digest que aún conservo y que he fotografiado para ilustrar esta reseña.

La Balsa, de Vital Alsar y Enrique Hank Lopez
Fotografía: Pedro Delgado

 En el primer capítulo, Vital Alsar hace una referencia a Thor Heyerdahl y la Kon-Tiki:

Al final del segundo día aún estábamos todos mareados y enfermos. Nuestro andar se haría más suave al llegar a mar abierta, pero cuando nos aproximamos a la gran extensión, Gabriel fue incapaz de disimular su natural escepticismo: ¿Podríamos navegar realmente 8.600 millas, el doble que la Kon-Tiki de Thor Heyerdahl? Aunque el viaje de Heyerdahl había probado lo marinera que podía ser una balsa construida según los antiguos métodos de los indios, había aún muchas personas que pensaban que fracasaríamos. Porque más allá de la isla de Tahití, donde Heyerdahl había varado su anegada balsa, nosotros tendríamos que enfrentarnos con 4.300 millas de las más traicioneras aguas del mundo. Inmensos arrecifes de coral, a veces de cientos de millas de largo, podrían detener nuestro avance como dentados y petrificados monstruos medio sumergidos en las enfurecidas olas.

 «La lucha se libra en la cabeza, no en los pies» escribió Erling tras su viaje al Polo Norte, algo que Vital Alsar habría certificado.Y es que, aunque el cuerpo sea capaz, si no logramos convencer a la mente no llegaremos a ningún sitio.

 Hay una gráfica en el tercer capítulo (Entrénate en el optimismo) que me parece genial, y que refleja cómo evoluciona con la edad la posibilidad y la voluntad de cumplir un sueño.

Gráfica del libro Filosofía para exploradores polares (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

***
El mejor consejo de mi vida me lo dio un adiestrador de elefantes a las afueras de Bangalore, en la selva. Estaba haciendo una excursión turística por la jungla. Vi unos elefantes enormes atados a un poste diminuto, y le pregunté: «¿Cómo es posible que tenga a un elefante tan grande atado a un poste tan minúsculo?». Él me contestó: «Cuando los elefantes son pequeños, intentan arrancar el poste y no lo consiguen. Cuando crecen, no vuelven a intentarlo  jamás».
Vivek Paul, profesor adjunto de la Universidad de Stanford

En el capítulo noveno (Aprende a estar solo), Erling nos revela que se ha sentido mucho más solo en grandes reuniones de gente y en ciudades atestadas que durante su viaje hacia el Polo Sur.

 Ahí fuera, en mitad del hielo, a mil kilómetros del resto de la humanidad, apenas extrañé la compañía de otros. De vez en cuando echaba de menos el contacto físico, pero poco más. Tenía bastante conmigo mismo, con mi experiencia de la naturaleza, con el ritmo y el avance que supone poner un pie delante del otro un número suficiente de veces. En cambio, la primera vez que estuve solo en Nueva York, en el verano de 1986, sin dinero y sin conocer a nadie, el sentimiento de aislamiento me resultaba asfixiante.
 Tener a un montón de gente a tu alrededor puede recordarte lo solo que estás en realidad. Camino del Polo Sur no mantuve ningún contacto con el mundo exterior y quizá por eso extrañé menos las relaciones humanas. No poder comunicarme con nadie ni por radio ni por teléfono supuso un gran alivio. Si hubiera establecido ese tipo de contacto, una parte de mi conciencia jamás habría salido de Noruega y, en consecuencia, me habría perdido gran parte de lo que el viaje a solas tenía que ofrecerme.

 Tener claro lo que es transcendental en nuestra vida, separar la cosas que de verdad significan algo de las que significan mucho menos; diferenciar a las personas que son importantes para nosotros de las que no lo son; saber estar solos de vez en cuando, forman parte de ese apartado.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Kjell Ove Storvik

 Al final de otro capítulo (Disfruta de las porciones pequeñas), Erling nos muestra una tierna escena hogareña:

 Una Navidad, cuando mi hija Solveig tenía cinco años, se volvió hacia mí después de abrir sus regalos y me dijo: «Papá, tengo todo lo que necesito en la vida». Recuerdo haber pensado que aquella noche toda nuestra familia tenía algo que aprender de Solveig. La vida parece cobrar sentido cuando adoptamos su perspectiva.
 A veces sueño con el día a día en el hielo, porque allí fuera la vida, en toda su sencillez, me resultó extraordinariamente rica.

 Dice Erling en esas mismas páginas que, «a veces, demasiado de algo bueno no es bueno, solo es demasiado». Quizá por eso, Erling siempre condensa su prosa, nos libra de las páginas de relleno de otros libros y nos deja con ganas de más.

Filosofía para exploradores polares, de Erling Kagge (Ed. Taurus)
Fotografía: Pedro Delgado

 Y de cierre, les dejo el trailer de Wild Men. Si tienen ocasión, vean la película. Les va a sorprender.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/05/claudia-ulloa-erling-kagge-y-el.html

**https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/06/las-ventajas-de-descubrir-el-mundo-pie.html

lunes, 22 de noviembre de 2021

EL AÑO QUE NO VIAJÉ A BUENOS AIRES


El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace dos semanas llegó una alumna nueva al instituto en el que trabajo. A esta altura de curso, me pareció extraño. Fue al oírla decir su nombre cuando noté su origen argentino. Le pregunté si venía de allá, y me dijo que sí. Entonces quise saber de qué ciudad, y al hacerlo estuve tentado de imitar su acento bonaerense, como un acto de empatía, pero temí que pensara que su profesor de Ed. Física era un boludo y me contuve. Me dijo que venía de Mar de Plata. Le comenté que había estado un día entero en Buenos Aires en el año 2008, mientras aguardaba una conexión aérea a Bolivia, y volvió a repetirme que ella era de Mar de Plata.

 Uno no cambia de ciudad, ni de país, como el que cambia un cromo. No. Uno cambia de vida, y tiene que haber un buen motivo, una razón poderosa para ello. Le pregunté qué motivo la había llevado a mudarse acá, y me dijo que muchos: el encarecimiento de la vida («no alcanza con lo que vos ganás»), la falta de futuro, la delincuencia...

 Realmente los argentinos son especialistas en encadenar una crisis económica con otra, así que lo único que pude darle fue la bienvenida. 

 Al contrario que mi alumna, la autora de El año que no viajé a Buenos Aires, la tinerfeña Saray Encinoso Brito, decidió realizar ese mismo viaje pero en sentido inverso.

 En enero de 2020, sin saber lo que iba a ocurrir unos meses después, tuvo el impulso de comprar unos billetes de avión a Buenos Aires, un viaje con el que llevaba mucho tiempo soñando, un anhelo heredado de su padre. Aterrizaría allí en verano, nuestro verano, porque allí sería invierno, ese que llamamos invierno austral.

Hice clic en el botón para que me cargaran el importe de los billetes en la cuenta corriente sin sospechar lo que se avecinaba. (…) Luego llegó marzo y todas las predicciones se rompieron en mil pedazos.
***
Lo que me daba la sensación de estar tocando con la yema de los dedos se alejó de repente y volvió a ser lo que siempre había parecido, un objetivo inalcanzable. Ni siquiera duró lo suficiente como para permitirme disfrutar de uno de los placeres del viaje: los preparativos.

 La pandemia dio al traste con sus planes, como seguramente le ocurrió a muchos de ustedes. Sin embargo, ella supo cruzar el Atlántico sin moverse de su casa. Y no solo hizo eso. También escribió este libro originalísimo que es una verdadera delicia.

El nombre de Buenos Aires siempre me ha parecido una invitación al optimismo. Su origen está en la patrona católica de los navegantes sevillanos, Nuestra Señora del Buen Ayre. Cuentan que el conquistador español Pedro de Mendoza dio ese nombre a la ciudad en su honor, pero prefiero pensar que en realidad lo hizo alguien que un día desembarcó allí y notó que el viento fresco de la ciudad le despejaba la cara, se le metía por las cuencas de los ojos y le hacía ver la vida de otra forma. Como si no fuera necesario pensar constantemente en un horizonte.

 La primera conexión que tuvo Saray Encinoso con Argentina fue a través de la música que escuchaba su padre.

La música ya me había servido como excusa para descubrir parte de la historia de Argentina: los vuelos de la muerte, el tesón de las madres de la Plaza de Mayo o los cientos de fallecidos que escondían aquellas islas que también respondían al nombre de Falkland Islands.

 Y la segunda fue al enterarse de que su bisabuelo había nacido en Buenos Aires, adonde habían emigrado sus tatarabuelos «cuando Argentina se abrió al mundo y empezó a recibir a ciudadanos de muchos puntos del planeta. (…) Según las cifras del censo de 1914, una tercera parte de los habitantes del país estaba compuesta por foráneos, (…) sobre todo, italianos y españoles, pero también europeos del Este. La personalidad de la ciudad –desde la gastronomía hasta la pasión por el teatro o la música– no se entendería sin ellos».

Permanecieron allí solo durante unos años, el tiempo suficiente para que algunos de sus hijos fallecieran de las enfermedades propias de la época y para darse cuenta de que el milagro de la emigración no era tal. Acabaron dando media vuelta y regresando a Tenerife.

 Saray Encinoso acompaña esta guía imaginaria con un listado de canciones, libros, películas y series que la ayudaron a sentir Argentina cuando aún no había salido de Tenerife, cuando recorría Buenos Aires en su cabeza.

 Junto a ese viaje imaginario, Saray Encinoso nos habla de otros viajes reales a la antigua Yugoslavia, Japón, Noruega, Qatar…, y nos lleva a reflexionar sobre por qué viajamos, las variadas formas de hacerlo y cómo nos preparamos para esa aventura. También denuncia cómo el turismo está sentenciando a muchas ciudades.

Quizás estamos asistiendo a un «urbanicidio bienintencionado» (…). Es decir, a la agonía de muchas ciudades que durante siglos fueron opulentas y frenéticas, que sobrevivieron a guerras, plagas y terremotos y que ahora han quedado reducidas a meras representaciones turísticas de lo que fueron.

Y nos interroga sobre muchas otras cuestiones, entre ellas las fronteras visibles e invisibles que no están en los mapas o el postureo que se da en las redes.

¿Viajámos porque queremos conocer otro lugar o elegimos el lugar al que viajar con la pretensión última de que este también defina quiénes somos? ¿Pensamos antes en la foto que nos vamos a sacar que en lo que significa para nosotros estar en ese lugar? (…) La industria turística sabe muy bien que estamos más preocupados por quiénes queremos que los demás piensen que somos que por ver, sentir, oler, saborear.

 Sobre este librito (apenas tiene 100 páginas) planea el mimo y el detalle que pone Ediciones Menguantes en cada uno de sus trabajos, desde la fotografía de la portada al código QR para descargarte el playlist con la banda sonora que acompaña al texto, y que incluye una canción que me encanta (Patagonia, de Xoel López) y que tengo de fondo mientras remato esta reseña. Por cierto, la autora incluyó en su lista a Ariel Rot, pero no a Alejo Stivel, y uno, que de adolescente adoraba a su banda y todavía conserva algunos casetes y vinilos de sus álbumes, se extraña por la ausencia de Tequila en el listado.


 Volviendo al objeto de la entrada, y para cerrar, les voy a plantear un reto, un desafío para aquellos que aman los viajes y la pandemia les abortó el que tenían programado. Lean este libro, analicen con atención sus páginas y, tras ello, prueben a imitar a Saray y escriban su propio texto. El año que no viajé a ¿...? Así podrán tachar una de esas tres cosas que, según el poeta cubano José Martí, todos debemos hacer en la vida. Después de eso, plantar un árbol y tener un hijo les parecerá cosa fácil.

 Y viajen siempre. No dejen de viajar. Físicamente o a través de los libros.

Dedicatoria y cita viajera de José Saramago
El año que no viajé a Buenos Aires, Ediciones Menguantes
Fotografía: Lucía Rodríguez

Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la segunda edición de El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso Brito, publicada por Ediciones Menguantes en julio de 2021.