jueves, 1 de abril de 2021

EL LEOPARDO DE LAS NIEVES O EL ARTE DEL RECECHO


El leopardo de las nieves de Sylvain Tesson (Ed. Taurus)
Fotografía: Lucía Rodríguez

En la fotografía de la solapa, Sylvain Tesson se me antoja de otra época. Agarrado a su pipa parece uno de los tripulantes del Pequod, un buscador de ciudades perdidas en el Amazonas o un minero del Klondike.

Sylvain Tesson

 «París, 1972, aventurero y escritor», se lee bajo su imagen. Lo primero se intuye, y de lo segundo no me queda duda al terminar la lectura de El leopardo de las nieves, su último libro, publicado en estos lares por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House. Tesson tiene una prosa cuidada, elegante, y un humor socarrón que se deja ver en alguna que otra frase; como esa con la que abre la narración:

Como las monitoras tirolesas, el leopardo de las nieves hace el amor en paisajes blancos.

 Sylvain Tesson conoció al fotógrafo de animales Vincent Munier un día de Semana Santa durante la proyección de su película sobre el lobo de Abisinia. Al terminar conversaron, conectaron y se produjo la invitación.

 –Hay un animal en el Tíbet al que persigo desde hace seis años –dijo Munier–. Vive en las mesetas. Se necesitan largos recechos para verlo. Vuelvo este invierno, ven conmigo.
 –¿Cuál es?
 –El leopardo de las nieves –dijo.
 –Creía que había desaparecido –dije.
 –Eso es lo que quiere que creamos.

 Y como nadie puede rechazar acompañar a un artista a su estudio, en 2018 Tesson viajó con Munier al Tíbet en pleno invierno. Los acompañaban Marie, cineasta de animales, y Léo, ayudante de campo de Munier. Allí, el hombre activo e impaciente que es Tesson, tendrá que hacerse especialista en las técnicas del rececho, ese arte «que consiste en camuflarse hasta hacerse invisible a la espera de un animal cuya aparición no se puede dar por descontada».

«Leopardo», un nombre sonoro, elegante. Nada nos aseguraba que encontraríamos uno. El rececho es una apuesta: vas en busca de los animales y te arriesgas al fracaso.

Leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 Amedrentrados por los cazadores furtivos y la propagación del hombre, el leopardo de las nieves se esconde en valles y montañas a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, mimetizado con el paisaje que lo rodea, «un lugar en el que el leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo».

Se había adaptado para poblar lugares inhóspitos y trepar por los despeñaderos. Era el espíritu de la montaña que había bajado de visita a la Tierra, un viejo ocupante al que la rabia humana había relegado a las periferias.

El leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 En uno de esos valles Sylvain Tesson y sus compañeros ocuparan una choza de adobe a cuatro mil metros de altitud compartiendo el frío escenario –más de 20 grados bajo cero– con otros animales: yaks salvajes, de los que dice Vincent Munier que son los tótems de la vida salvaje –«aparecían en los muros paleolíticos, no han cambiado, parece que resoplan recién salidos de una cueva»–; cabras azules; lobos; martas; perdigallos, cuervos, búhos y gorriones alpinos; buitres, águilas reales y halcones sacres; asnos salvajes, primos de los caballos, que no habían sufrido la indignidad de la domesticación; gacelas; picas, que es el nombre de los perritos de las praderas tibetanos; liebres; linces y zorros que se desvanecen en cuanto los pierdes de vista.

Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda.
***
 Munier cantaba. Un lobo contestaba. Munier callaba, el lobo reanudaba. Y de pronto uno de ellos apareció en el collado más alto. Munier cantó por última vez y el lobo galopó por la ladera hacia nuestra posición. Saturado de lecturas medievales –fábulas de Gévaudan y cantares artúricos–, no las tenía todas conmigo al ver un lobo corriendo hacia mí. Me calmé al mirar a Munier. Estaba tan impasible como una azafata de Air France en medio de las turbulencias.
 –Va a parar en seco delante de nosotros –murmuró justo antes de que el lobo se inmovilizara a cincuenta metros.
 Se fue por la tangente y estuvo un buen rato trotando a nivel sin perdernos de vista, con la cabeza vuelta hacia nosotros, alarmando a los yaks. La manada negra, molestada por el lobo, volvió a ponerse en marcha y subió por la ladera. Tragedia de la vida de grupo: no estar nunca tranquilo. El lobo desapareció, nosotros escudriñamos el valle, los yaks alcanzaron la crestería, la noche cayó, no volvimos a verle, se había evaporado.

 Sin separarse de la choza más de diez kilómetros, el grupo realizará a diario batidas por lo alrededores cosechando avistamientos; en un ir y venir que los convertirá en otros habitantes más del paraje, «un desierto mineral que unos movimientos magmáticos habían elevado al cielo».

Leopardo de las nieves. Fotografía: Vincent Munier

En la alta explanada de la vida y la muerte se representaba una tragedia difícil de ver, perfectamente pautada: el sol salía, los animales se perseguían para amarse o devorarse. Los herbívoros pasaban quince horas diarias con la cabeza agachada. Era su maldición: vivir lentamente, dedicados a pacer una hierba pobre pero regalada. Para los carnívoros la vida era más palpitante. Acechaban un alimento escaso en batidas que eran la promesa de una fiesta de sangre y la perspectiva de siestas voluptuosas.
 Todos esos seres morían, y los cadáveres desgarrados por los carboneros salpicaban la meseta. Los esqueletos quemados de ultravioletas no tardaban en reincorporarse al vals biológico. […] Todo pasa, todo fluye, los anos galopan, los lobos los persiguen, los buitres planean: orden, equilibrio, el sol en su cenit. Un silencio aplastante. Una luz sin filtro, pocos hombres. Un sueño.
 […] era el paraíso a -30 ºC. La vida se resumía: nacer, correr, morir, pudrirse, volver a entrar en el juego con otra forma. Yo entendía  por qué los mongoles querían dejar a sus muertos en la estepa para que se descompusieran.

 Además de un canto a la naturaleza y a los animales que la pueblan, el libro encierra bajo su poesía algunas pullas demoledoras contra la ocupación del Tíbet por China, los cazadores, la tecnología y el mundo moderno y avanzado en el que vivimos.

El Gobierno chino había logrado su viejo objetivo de controlar el Tíbet. Pekín ya no se dedicaba a perseguir a los monjes. Para controlar un espacio hay un principio más eficaz que la coerción: el desarrollo humanitario y la ordenación del territorio. El estado central brinda confort, la rebelión se apaga. Si estalla una revuelta las autoridades exclaman: «¿Cómo? ¿Una sublevación? ¿Ahora que construimos escuelas?». Lenin ya había experimentado el método cien años antes con su «electrificación del país». Pekín había optado por esta estrategia desde los años ochenta. […]
 La carretera cruzaba los cursos de agua por puentes nuevos y flamantes. Unas antenas de telefonía coronaban las cimas.
 El poder central multiplicaba las obras. Incluso una línea de ferrocarril tajaba el viejo Tíbet de norte a sur. […] El retrato del presidente chino Xi Jinping se exhibía en los paneles: «¡Queridos amigos –venían a decir los eslóganes– os traigo el progreso, así que calladitos!». Jack London había resumido el estado de cosas en 1902: «El que alimenta a un hombre es su amo».

 El único pero que le pongo al libro es que hayan usado el mismo título del clásico de Peter Matthiessen, pues puede llegar a confundir a los lectores. Una obra que, al menos, menciona Tesson en sus páginas. El neoyorquino, autor también de la novela Jugando en los campos del Señor, lo publicó en 1978, alzándose ese año con el National Book Award. Conservo un ejemplar en mi biblioteca, una cuarta edición reeditada por Siruela en 2005. En la sobrecubierta se puede leer la sinopsis:

En otoño de 1973 el escritor Peter Matthiessen y el zoólogo George Schiller emprenden una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza es poder ver al más hermoso y raro de los grandes felinos, el leopardo de las nieves.
 Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por las vías que le proporcionan el budismo o el zen. «Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa». Éste es el sentido del viaje de Matthiessen, y de todo auténtico viaje.

El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Ed. Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero volvamos al libro de Tesson para cerrar esta reseña, a uno de los muchos subrayados que he trazado en el texto.

Había una diferencia entre la iglesia y la montaña. De rodillas, esperas sin pruebas. La oración se eleva, dirigida a Dios. ¿Te responderá? ¿Existe siquiera? En el rececho conoces lo que esperas. Los animales son dioses ya aparecidos. Nada discute su existencia. Si surge algo, esa será la recompensa. Si no pasa nada levantas el campo, dispuesto a reanudar el rececho al día siguiente. De modo que, si el animal se muestra, es toda una fiesta. Y recibirás a ese compañero de cuya presencia no dudabas, aunque su visita fuese incierta. El rececho es una fe modesta.

 «El rececho era una plegaria».

 Les dejo con la única fotografía que contiene el libro. A ver si son capaces de encontrar al leopardo en la imagen.

Fotografía de Vincent Munier

Nota: Las fotografías de la fauna tibetana tomadas por Vincent Munier en sus numerosos viajes a la meseta están recogidas en el álbum Tibet minéral animal, editado por Kobalann (con poemas de Sylvain Tesson).

Tibet minéral animal (Kobalann)

 Y en España, Errata naturae editores ha publicado el cuaderno de aguardo de Vincent Munier con las fotografías de sus expediciones al Tíbet en busca de tan majestuoso felino.

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible
Vincent Munier (Errata Naturae)


viernes, 12 de marzo de 2021

EL CAMINO IMPERFECTO DE PEIXOTO


Jaula, souvenir de Luang Prabang (Laos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Eso que ven en la imagen es una jaula para pájaros. Es tan diminuta porque no está hecha para que viva en ella el pájaro, sino para que éste aguarde allí su liberación. Se venden a las puertas de los templos en muchos lugares del sudeste asiático, y se compran por aquello del karma. La buena acción de abrir la puerta de la jaula y dejar salir al asustado pájaro redundará en nosotros en ésta u otra vida. La que les muestro la cogí en el mirador del templo de Wat Chom Si, construido en la cima de Phousi Hill, en Luang Prabang, Laos; pero similares las vimos en Tailandia, Myanmar y Vietnam (ahora no recuerdo si también en Camboya). En ningún país pude mejorar mi karma a costa de aquellos gorriones, pues cada vez que hacía ademán de comprar uno, mi hijo pequeño me lo impedía. Decía que mi acción a lo único que contribuiría sería a que siguieran capturando y enjaulando a aquellas inocentes e indefensas criaturas. La jaula que ven la recogí de la barandilla del templo, donde alguien la había abandonado tras su "piadosa" acción. Como un souvenir más del viaje. De él fue de lo primero que me acordé al iniciar El camino imperfecto del portugués José Luís Peixoto. Del souvenir y del templo Wat Traimit en el Chinatown de Bangkok, Tailandia, donde Peixoto liberó a uno de esos pájaros.

LOS OJOS DEL PÁJARO eran dos puntos clavados en el negro absoluto, como si existiese una noche enorme por detrás de ellos, como si aquellos pequeños puntos fuesen la única comunicación entre este mundo y esa noche infinita. En el interior de la jaula, el pájaro no sabía cómo huir del miedo: todos sus instintos eran inútiles, su experiencia no le garantizaba lo que iba a suceder.
 Yo sujetaba la jaula con las dos manos, era de madera ligera. Su peso contenía el del propio pájaro: gramos de pánico. A nuestro alrededor todo era mucho más pesado: los bloques de piedra del templo Wat Traimit, muros de piedra, escalones de piedra que llegaban hasta allá arriba, al altar del Buda de Oro, Phra Maha Suwan Phuttha Patimakon, la mayor estatua de oro macizo del mundo, cinco toneladas y media.
 Hasta el aire era pesado –espeso, húmedo, caliente como sopa, como tom yak picante, hierba limón–, hasta el cielo era pesado.
 El humo de incienso subía hacia el cielo, se mezclaba con él, lo tenía. Bangkok entera subía al cielo: avenidas llenas de tráfico, millones de voces. El templo Wat Traimit se sitúa en Chinatown, en el centro de un laberinto. La única salida, me parecía, era el cielo.
 Abrí la puerta de la jaula. El pájaro se encogió durante unos instantes, con miedo del firmamento, conociendo su tamaño mejor que yo. Y, de repente, salió disparado. No dio tiempo para que Makarov le sacase una fotografía.
 A petición mía, Makarov estaba con la máquina preparada para registrar el momento en que soltase el pájaro –libertador vanidoso de pájaros–, pero ese segundo pasó demasiado deprisa. Solo conseguimos levantar la cabeza y verlo desaparecer.
 En el budismo tailandés la idea de Karma dio origen a la idea de hacer méritos. La idea de hacer méritos dio origen a la liberación de pájaros. La liberación de pájaros crea una posibilidad que, más tarde, regresará a su autor.
 Es una lógica perversa cuando se sabe que antes esos pájaros eran libres. Fueron capturados y enjaulados apenas con el propósito de venderlos –cien bahts– y volverlos a liberar.
 Pero en aquel momento yo no pensaba en eso.

 Por esas extrañas conexiones que se dan en las cabezas de los que estamos aburridos, me ha brotado de pronto una frase un tanto presuntuosa que seguramente mañana querré borrar: «Los libros son pájaros enjaulados que hay que liberar». Abres sus tapas y, al leer sus páginas, los liberas. Quizás de ahí venga el nombre de Librerantes, la revista que edita una pequeña –ya llegará a ser grande– distribuidora de libros con un interesante catálogo de editoriales independientes. Recogí su primer número en la librería Proteo, y al hojearla en el autobús, de vuelta a casa, me topé con la portada de El camino imperfecto, de la editorial La Umbría y la Solana. «Un libro de no-ficción en el que José Luís Peixoto cuenta los tres viajes que hizo a Tailandia. Sorprende por lo que cuenta, se aleja de los lugares comunes de aquel país y se detiene en los aspectos menos conocidos de su cultura, de su historia, de su religiosidad, de muchas otras cosas», se leía al lado de aquella espalda tatuada con un enorme dragón.

El camino imperfecto, de José Luís Peixoto
Editorial La Umbría y la Solana

 El por qué, el dónde y el cuándo de esa portada nos lo cuenta Peixoto muy al final.

AHORA RECUERDO INSTANTES QUE SALTAN de unos a otros, como si no hubieran sucedido en una secuencia. Recuerdo fotografías y no una película.
 El día terminaba. Entraba poca luz entre los edificios –casi tocándose en lo alto– de una callejuela del Chinatown de Bangkok. Había unos hombres o chicos en cuclillas, en la puerta de un almacén, comiendo cuencos de sopa y fumando al mismo tiempo. Habían pasado el día descargando camiones llenos de cajas, llevándolas en carretillas a través de un laberinto y guardándolas en el almacén. Estaban desnudos de cintura para arriba, con las camisetas enrolladas y atadas a la cintura. Uno de ellos tenía un tatuaje de un dragón que le cubría la espalda.
 Sin pensar, ignorando la timidez, interrumpí la conversación, la sopa sorbida, el humo exhalado, y pregunté si podía sacarle una fotografía. Él entendió los gestos y se levantó.
 Miré mi máquina y tenía la lente errónea: demasiado cerca. Necesitaba más luz, pensaba, pero usar el flash sería excesivo. Los que habían seguido en cuclillas provocaban al que estaba de pie, decían frases sueltas en chino y se reían. Disparé dos veces.
 Él estaba impaciente, quería acabar con la situación. Cuando se iba a girar le fotografié una vez más. Se giró, le di las gracias, seguí mi camino.
 Después de la primera esquina –pocos pasos–, fui a ver el resultado. Las dos primeras fotografías habían salido mal. La última, sin embargo, la había sacado en el instante exacto en que su cuello tapaba un cartel y, más difícil todavía, en que la luz era perfecta. El movimiento del cuello –su prisa– había creado la posición ideal.
 Mirando todavía la pequeña pantalla de la máquina, recordando lo que ya había escrito y lo que todavía quería escribir, comprendí de inmediato que aquella fotografía sería la portada del libro: este libro.

 De Peixoto había leído Cementerio de pianos, una novela que me encantó y de la que escribí una reseña* en Calle 1, mi blog deportivo, así que quise hacerme con un ejemplar de inmediato. Y esta semana blanca, a pesar del confinamiento, regresé a Tailandia. Esta vez no me acompañaban ni mi hijo pequeño ni mi mujer, sino Peixoto y, a ratos, su amigo Hugo Makarov, el tatuador que lo acompañó en el último de sus viajes a Tailandia y que ha ilustrado seis de las 199 páginas del libro. La verdad es que el tipo de dibujo no me pega con la cuidada edición de La Umbría y la Solana. Sabiendo que Peixoto es el autor de la imagen de la portada, habría preferido que éste hubiese trocado las ilustraciones por algunas de sus fotografías; aunque supongo que la intención del portugués fue mostrarnos qué demonios estaba dibujando Makarov en sus cuadernos de dibujo.

MAKAROV DIBUJABA bajo la luz de los frenos de los coches; tenía el cuaderno abierto en el regazo. Después de poco más de dos semanas en Tailandia, estaba a punto de terminar el primer cuaderno. En otros momentos, en las mesas de los restaurantes, las camareras se asomaban detrás de sus hombros mirando los dibujos; llamaban a sus colegas para que también los viesen y pudiesen admirarse todas juntas.

Ilustración de Hugo Makarov para El camino imperfecto de Peixoto
Fotografía: Lucía Rodríguez

 No es éste un libro de viajes al uso, ni Peixoto nos cuenta a fondo su viaje por el país (hay además una brevísima visita a Laos y 14 páginas dedicadas a Las Vegas), pero el que conozca bien Tailandia, irá de recuerdo en recuerdo, constatando un montón de cosas que observó y aprendió en su visita al antiguo reino de Siam, y el que no lo conozca, arderá en deseos de que todo se normalice para poder viajar a Bangkok y recorrer el país de norte a sur y de este a oeste. A estos, Peixoto les da el mejor de los consejos: evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Más en un país en el que el muay thai –boxeo tailandés–, es el deporte nacional.

SUDARAT ME EXPLICÓ QUE LA IRRITACIÓN significa debilidad, la impaciencia significa falta de control. Es muy difícil encontrar un tailandés que levante la voz.
 Las críticas públicas son vergonzosas e insoportables. Hay que prestar atención a detalles menos obvios. Una sonrisa puede significar incomodidad, puede ser una fuga.
 El enfrentamiento abierto debe evitarse al máximo. Unos no lo provocan y, si pasa por accidente, los otros no lo aceptan. Nadie se muestra en desacuerdo con nadie. A primera vista, no existe desacuerdo. Todo es preferible a una disputa.
 Se debe tener cuidado para no plantear preguntas que dejen al otro sin salida. No tener respuesta es una humillación, una pérdida de reputación.
 Como en otros países asiáticos, perder reputación es una deshonra irreversible. Cuidado con el que cae en esa desesperación, porque ya no tiene nada que perder.
***
EN LOS DESCANSOS ENTRE ROUNDS se colocaban unos bancos viejos de madera para los luchadores en rincones opuestos. […] Los luchadores respiraban nerviosos. Mientras el maestro les gritaba en medio de la cara, un hombre sumergía un trapo en un balde de agua y se lo pasaba por los músculos del pecho, por el cuello o por el rostro ensangrentado. Cuando sonaba la campana para recomenzar el combate, los bancos se retiraban a toda prisa. La tina era arrastrada con cuidado para no derramar la mezcla de agua, sangre y sudor.
 Y volvía  a empezar la sarama, música tradicional que se toca sin parar durante los combates de muay thai. […]
[…] Los primeros golpes después de los descansos –puñetazos, rodillazos, patadas– sacudían el agua en los cuerpos de los luchadores: hacían que se deslizase por la piel aceitosa, la proyectaban en chorros. Algunas de estas gotas llegaban a la segunda fila y me golpeaban.
 El estadio Ratchadamnoen estaba lleno de hombres: gradas con miles de hombres. Durante el combate gritaban una maraña de voces, como el rugido de una tempestad. Durante los descansos gritaban todavía más, agitaban los brazos y gesticulaban números con los dedos: apostaban con urgencia.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Los luchadores eran jóvenes. Después de los rituales, después de honrar a los maestros pasados y presentes, después del entusiasmo de los primeros rounds, el combate se aproximaba a su final cuando las piernas empezaban a temblar, cuando caían con más facilidad. Las últimas patadas y puñetazos eran acompañados por el coro de los asistentes, como si toda la multitud recibiese esos golpes.
 Las patadas eran siempre de espinilla contra espinilla, hueso contra hueso. El árbitro escogía los momentos en los que los separaba, protegía celosamente al que cayese.

 Al transcribirles estos párrafos del texto, me acuerdo de los combates que presencié en Bangkok, organizados por un gimnasio que había al lado del hotel. Nos sentamos en lo alto de una de las gradas desmontables, retirados de las cuerdas del cuadrilátero, pero hasta allí nos dolían los golpes. «Madre mía», decía mi hijo pequeño –en ese momento tenía quince años– cada vez que terminaba un combate y tenían que ayudar a bajar del ring al luchador que había sido derrotado.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio, 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 A Peixoto también lo acompañan, en alguna de sus visitas al país, su mujer y su hijo pequeño. No sé el suyo, pero el mío alucinó con algo tan poco exótico como los pequeños supermercados 7-Elevens, pues aparecían como objetos descargables en el Animal Crossing de la 3DS.

Hay casi nueve mil 7-Elevens en Tailandia, solo unos pocos centenares menos que en todos los Estados Unidos.
 El aire acondicionado de los 7-Elevens de Tailandia está siempre al máximo. Bangkok puede estar hirviendo –las ropas pegadas a la piel por el sudor grueso– pero dentro de un 7-Eleven hace siempre un frío polar, como en Alaska.

 Junto a las impresiones de sus viajes, Peixoto incluye escenas de su pasado, imágenes autobiográficas: recuerdos de su padrino sentado a la puerta de su casa en una silla de camping; de su madre sirviendo un caldo de gallina al calor de la lumbre de una chimenea con los perros tumbados en el suelo esperando cualquier cosa que su padre dejase caer de la mesa; el acoso y las peleas en el colegio; sus hermanas…

 También salpica sus páginas con su visión de los viajes y del turismo, y con las dudas y los miedos que asaltan al escritor que pretende llevar lo vivido, lo viajado, al papel; su proceso de escritura y su pelea por la frase perfecta; el por qué escribe.

 Y todo ello lo sazona con multiples referencias, entre las que se incluyen la novela The Beach, escrita por Alex Garland y adaptada al cine hace veinte años con Leonardo DiCaprio en el papel principal; la taquillera Resacón 2: Ahora en Tailandia; los tatuajes que Angelina Jolie se hizo en Pathum Tani; el tsunami que arrasó los resort turísticos de sus costas el 26 de diciembre de 2004, dejando más de ocho mil víctimas entre desaparecidos y muertos; o ese subgénero de novela negra que se dedica a retratar Bangkok a partir del mundo de los bares y de la prostitución.

 Y cómo no venirme arriba con esa referencia a Bruce Lee, del que tanto les he hablado en mi otro blog*.

LOS CHICOS EXHALABAN BOCANADAS DE HUMO en dirección a la luz del proyector. Las sillas de madera eran incómodas.
 Las imágenes nacían de la mecánica del proyector, atravesaban el humo –chorros furtivos o un cuerpo de humo paralizado en la penumbra del salón de la Sociedad Filarmónica– y chocaban de frente contra la sábana. Yo y todos cambiábamos de posición en las sillas, nos quedábamos colgados de esas imágenes, sobre todo cuando Bruce Lee tenía que dar una lección a alguien que se la merecía, o cuando varios hombres se juntaban para coger a Bruce Lee por sorpresa, o cuando por fin Bruce Lee ajustaba cuentas con todos los que se le habían enfrentado a lo largo de aquellas dos horas.
 Después de esas matinés nos quedábamos inventando golpes de kung fu en la acera, enfrente de la Sociedad. Era siempre sábado y primavera, nadie se hacía daño.

 O a los gatos, cuyas imágenes coleccioné en mi iPad mini 4 durante aquel viaje.

Gato (Bangkok, Tailandia)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

EN LAS CALLES DE BANGKOK HAY MILES DE GATOS. En tailandés-inglés se llaman soi cata. Se sabe que hay cerca de trescientos mil son dogs en Bangkok, pero no se sabe exactamente cuántos gatos hay.
 En los rincones de cualquier mercado, en la parte trasera de cualquier restaurante, en las márgenes del río, en los callejones, hay siempre gatos sin dueño. En los templos no faltan gatos de varias generaciones: está prohibido expulsar a cualquier ser vivo de ese espacio.
 Varias razas de gatos tuvieron su origen en Tailandia. Se cree que los siameses vienen de la ciudad real de Ayutthaya.
 Los gatos se estiran en el cemento, cubiertos por todos los ruidos de la ciudad, por la espesura húmeda del calor. Por detrás de sus párpados, se aferran a un lugar más justo.

Aunque el tono crepuscular de la última parte del libro me parece excesivo para un escritor que sólo tenía 42 años en aquel momento, Peixoto cierra de manera espectacular su narración, con un The End que entronca con las primeras líneas del texto.

 Háganme caso. Si quieren sentirse por unas horas como un farang, háganse con un ejemplar de El camino imperfecto.

FARANG ES LA PALABRA QUE LOS TAILANDESES USAN para referirse a los extranjeros occidentales blancos.

 Hace más de cuatrocientos años, los mercaderes portugueses llevaron las primeras guayabas a Tailandia. Entre muchas otras hipótesis, esa es una de las razones probables de que se llame farang a los extranjeros blancos. En tailandés, guayaba se dice farang.
 A veces, entre otros sonidos, es posible distinguir las silabas de la palaba farang. Acompañada por prefijos, sufijos u otras palabras, se usa también como parte de los nombres de productos que llegaron de la mano de los extranjeros blancos: patata se dice man farang; chicle se dice mak farang; cilantro se dice phak chi farang.
 A los turistas occidentales blancos de bajos recursos –sandalias y mochila–, los tailandeses les llaman farang khi nok, que significa literalmente farang-caca-de-pájaro.

Pedro Delgado en Bangkok (20 de julio de 2018)
Fotografía: Lucía Rodríguez

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/03/cementerio-de-pianos.html

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

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jueves, 25 de febrero de 2021

DE CÓMO UNA EXPEDICIÓN VASCA CONQUISTÓ LA CIMA DEL EVEREST


Everest -Expedición Vasca 1980- Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak / Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Sabía del gusto por la exploración y la conquista del pueblo vasco, de sus ilustres aventureros, como Juan Sebastián Elcano, Cristobal de Oñate, Juan de Tolosa, Pascual de Andagoya, Pedro de Ursua, Lope de Aguirre, Juan Ortíz de Zarate, Juan y Francisco de Garay, Miguel López de Legazpi o Andrés de Urdaneta; por eso no me extrañó que, a nivel nacional, fuese una expedición vasca la primera en conquistar la cumbre del Everest (8.848 metros).

Integrantes de la expedición vasca al Everest en 1980
Ref. Revista Pyrenaica, 1980
Colección del fondo Bernardo Estornés Lasa

 La gesta ocurrió el 14 de mayo de 1980. Ese día, a eso de las tres de la tarde, Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba culminaron el largo y arduo trabajo de todo un equipo. Agotados por el esfuerzo, pero eufóricos por la hazaña, se abrazaron en la cima; luego, por walkie-talkie, se pusieron en contacto con los campos base de la expedición, y el grito de «¡Gora Euskadi Askatuta!» resonó en el valle. Zabaleta y Temba se fotografiaron con la ikurriña y la bandera de Nepal ondeando en la montaña más alta del planeta; aunque la cámara de Martín no funcionó y sólo quedó para el recuerdo la imagen del sherpa.

Páginas 30 y 40 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

El sherpa Pasang Temba en la cima del Everest, 14 de mayo de 1980
Fotografía: Martín Zabaleta

 Permanecieron allí algo más de media hora, henchidos de gozo, dejando volar la vista en rededor, absortos en el paisaje: las aristas de los picos atravesando el mar de nubes. ¿Qué pasaría en esos momentos por la cabeza de aquel mecánico de Hernani de 31 años? Seguramente pensaría en sus compañeros de expedición, en su familia y amistades, incluso en algún profesor o compañero de ikastola; pero también en los peligros que todavía le aguardaban, en que la pieza no estaría cobrada hasta llegar abajo. Antes de iniciar ese descenso, Zabaleta recogió un rosario bendecido por el papa Karol Wojtyla que los polacos Krzysztof Wielicki y Leszek Cichy habían dejado tres meses antes en la cumbre*. Es lo que marca la costumbre: que el siguiente recoja el presente para corroborar la cima. Ellos dejaron allí las banderas clavadas.

Rosario bendecido por el papa Wojtyla  recogido por Martín Zabaleta
de la cumbre del Everest. Donado en 2020 al Museo del Montañismo
Vasco (Euskal Mendizaletasunaren Museoa Fundazioa (EMMOA))

 Abajo, junto al grupo de montañeros que habian salido de Bilbao el 11 de febrero con la intención de asediar la mole blanca y atacarla por oleadas, los aguardaba su hermano, Jon Zabaleta, recién llegado al campo base con sus lápices y sus cuadernos de dibujo.

Expedición Vasca 1980 al Everest

 Para que no caigan en el olvido los peligros que aquellos expedicionarios tuvieron que afrontar, tanto en el ascenso como en el escalofriante descenso (tras una serie de caídas, en las que Martín arriesgó su vida para salvar la de Temba, vivaquearon en una grieta muy cerca de la cima), el dibujante César Llaguno (con ecos del gran Hugo Pratt) y el guionista Ramón Olasagasti se han unido para revivir aquella hazaña, recuperando las palabras y los sentimientos de aquellos que participaron en aquella expedición de 1980.

Páginas 34 y 35 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas 36 y 37 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También para rendir tributo a los expedicionarios de la Tximist que ya en 1974 intentaron la conquista, teniéndose que dar la vuelta a 8.550 metros tras pasar la noche en el campo VI por culpa de la climatología.

Componentes de la Expedición Tximist 1974 al Everest
Fotografía: Ángel Lerma

 El cómic, editado en noviembre de 2018 por Sua Edizioak y el Mendi Film Festival de Bilbao, el mejor festival de cine de montaña y aventura de España, puede conseguirse en librerías y en la página web de la editorial.

Páginas 14 y 15 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas 20 y 21 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

 De la humildad de Martín Zabaleta (Hernani, 1949), de la falta de divismo del primer español que alcanzó el techo del mundo, da muestra su escasa presencia en los medios de comunicación. Al poco de volver de Nepal, y quizás huyendo de las polémicas de carácter político que afloraron cuando la siguiente expedición (polaca) bajó y se fotografió con la ikurriña que dejó en la cima, Zabaleta se mudó a los Estados Unidos, donde encontró trabajo como carpintero, empleo que compaginó con tareas de guía de alta montaña, principalmente en los Andes, los Pirineos y las Montañas Rocosas. En 1988 logró su segundo ochomil, ascendiendo al Kangchenjunga con los norteamericanos Carlos Buhler y Peter Habeler, y en 1989, también junto a Buhler, alcanzó la cima del Cho Oyu.

Martín Zabaleta leyendo en Katmandú las crónicas de los diarios sobre su hazaña
Fotografía: El Correo 

 Martín Zabaleta sigue viviendo en Bozeman, Montana, y a sus 71 años continua disfrutando de la montaña. En las fotos de ahora se le ve con el pelo blanco y la piel bronceada por el sol. Parece sereno, en paz consigo mismo, como si ya hubiese ajustado cuentas con el joven impulsivo de los ochenta y ya sólo le quedase el dulce recuerdo de la gesta, de aquella hazaña que, sin duda, le sobrevivirá.

Martín Zabaleta y su madre, fallecida en diciembre de 2019 a los 95 años
Fotografía del Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA)


Expedición Vasca 1980 al Everest (eitb.eus)

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*El rosario que Martín regaló a su madre fue donado, a la muerte de ésta, al Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA), al igual que la chaqueta naranja, similar a la de Temba, con la que logró sobrevivir a aquel vivac extremo a 8.700 metros de altura.

Chaqueta con la que Martín Zabaleta ascendió al Everest en 1980
Museo del Montañismo Vasco (EMMOA)


martes, 16 de febrero de 2021

EL SONIDO DE UN CARACOL SALVAJE AL COMER


El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey
Editorial Capitán Swing
Fotografía: Lucía Rodríguez

No es este un libro oportunista nacido a la sombra de la pandemia, pues fue escrito mucho antes de que la covid-19 viniera a alterar nuestras vidas –ganó el National Outdoor Book Award en 2010–; sin embargo, hay una cita, unas líneas en el prólogo y un mensaje en sus páginas, que parecen premonitorios.

«Los virus constituyen piezas fundamentales del entramado de la vida».
Luis P. Villareal
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Diez días de fiebre con un dolor que me martillea la cabeza. Urgencias. Análisis. Nunca he estado tan enferma. Ni la neumonía que pasé de niña ni la mononucleosis del instituto fueron nada en comparación con esto.
 […] empiezo a caer en una profunda oscuridad y sigo cayendo hasta estar increíblemente lejos. No puedo volver; no puedo llegar hasta mi cuerpo. La lejana sirena de una ambulancia. Los lejanos sonidos de la conversación de los médicos. Los párpados me pesan como piedras. Intento abrirlos un poco, solo unos segundos, pero vuelven a cerrarse en contra de mi voluntad. Lo único que puedo hacer es respirar.
 Los médicos sabrán qué hacer para curarme. Arreglarán esto. Sigo respirando. ¿Y si dejo de respirar? Necesito dormir, pero me da miedo hacerlo. Intento velar por mí. Si me duermo, puede que nunca despierte.

 A la edad de treinta y cuatro años, durante un breve viaje a Europa, un misterioso patógeno vírico o bacteriano se instaló en el cuerpo de Elisabeth Tova Bailey, la autora de El sonido de un caracol salvaje al comer. Y si bien su nombre es un seudónimo, su historia es totalmente verídica.

La ensayista y escritora de cuentos Elisabeth Tova Bailey (Estados Unidos)

 Elisabeth pensaba que era indestructible, que, si le pasaba algo, la medicina moderna la curaría. Pero no lo hizo. Aquel virus le provocó graves síntomas neurológicos que, tras una serie de recaídas, terminaron por postrarla en una cama.

Unas nuevas pruebas más sofisticadas, revelaron que la mitocondria de mis células no funcionaba correctamente y que se habían producido daños en mi sistema nervioso autónomo; todas las funciones que no se controlan conscientemente, como la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la digestión, estaban descontroladas.
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Cuando el cuerpo se vuelve inútil, la mente sigue corriendo como un sabueso a lo largo de unas ya trilladas pistas de neuronas, siguiendo el rastro de las preguntas que se repiten: la confusa familia de los porqués, los qués y los cuándos, y su extremadamente alejado familiar el cómo. [...] Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certicumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio. El tiempo que no se utiliza y solo se soporta también desaparece, como si el propio tiempo estuviera muriéndose de hambre y se tragara cada día de un solo bocado, sin dejar migajas ni recuerdos ni ningún rastro de él.

 Dice otra cita del libro, en este caso de la enfermera Florence Nightingale, que «una pequeña mascota es, a menudo, un excelente compañero». Mi sobrina Guadalupe podría corroborarlo, pues además de dos pájaros, tres gatos y un pequeño pez azul, tiene unos cuantos caracoles de mascota. La autora decidió llamar al suyo simplemente «el caracol», pero Guadalupe, mientras les ponía una hoja de lechuga en una caja de zapatos con la tapa agujereada, los bautizó con el nombre de Gari, Marri, Manchita, Mar, Nieve, Rosi y Estrella. Ella dice que son como sus hijos.

Guadalupe Delgado con sus caracoles
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pues bien, a nuestra protagonista le regalan un caracol que vendrá a hacerle compañía y a cambiarle la existencia.

Al principio de la primavera, una amiga mía fue a dar un paseo por el bosque y, al fijarse en el sendero, a sus pies vio un caracol. Lo cogió, lo colocó con cuidado sobre la palma de la mano y volvió al estudio en el que yo estaba convaleciente. Vio que había unas violetas silvestres al borde del césped. Fue a por una pala de jardinería, sacó unas cuantas violetas con tierra, las trasplantó a una maceta de terracota y colocó al caracol debajo de las hojas. Entró al estudio con la maceta y la dejó junto a mi cama.
 –Me he encontrado un caracol en el bosque. Lo he traído y está justo aquí, debajo de las violetas.
 –¿Ah, sí? ¿Por qué lo has traído aquí?
 –No sé. Pensé que te gustaría.
 –¿Está vivo?
 Mi amiga cogió la concha marrón del tamaño de una bellota y miró dentro.
 –Creo que sí.
 […] Mi amiga me dio un abrazo, se despidió y se fue.
***
Las violetas silvestres de la maceta junto a mi cama estaban frescas y llenas de vida, al contrario de lo que ocurría con el típico ramo de flores que me traían otros amigos. Esas flores solo duraban unos cuantos días y dejaban tras de sí un agua turbia y maloliente en el jarrón. Cuando era joven me ganaba la vida como jardinera, así que me alegraba tener este trocito de jardín junto a mi cama. Incluso podía regar las violetas con el vaso que usaba para beber.
 Pero ¿qué hacer con este caracol? ¿Qué podía hacer con él? Por pequeño que fuera, estaba ocupado con sus cosas cuando lo cogieron del suelo. ¿Qué derecho teníamos mi amiga y yo a trastocar su vida? Aunque tampoco era capaz de imaginar el tipo de vida que tendría un caracol.
 [...] Durante el resto del día el caracol se quedó dentro de su concha y yo estaba tan exhausta tras la visita de mi amiga que no volví a pensar en él.
***
 Durante varias semanas, el caracol vivió en la maceta a solo unos pocos centímetros de mi cama, durmiendo debajo de las hojas de violeta durante el día y explorando los alrededores por la noche. Cada mañana, mientras yo desayunaba, él volvía a subir a la maceta y se echaba a dormir en el pequeño hueco que había hecho en la tierra. Aunque habitualmente el caracol dormía durante todo el día, era reconfortante echar una mirada a las violetas y ver su pequeña forma circular oculta bajo una hoja.
 Al final de la tarde, el caracol se despertaba y, con una asombrosa elegancia, avanzaba graciosamente hasta el borde de la maceta y se asomaba por encima para estudiar, una vez más, el extraño terreno que lo rodeaba. Ponderaba sus circunstancias con un aire regio, como encaramado en lo alto del torreón de un castillo, y agitaba sus tentáculos primero a un lado y después al otro, como contestando a una distante melodía.
 Cada pocos días regaba las violetas con agua del vaso que utilizaba para beber y el agua sobrante se colaba hasta el platillo que había debajo de la maceta. Esto siempre despertaba al caracol, que se deslizaba hasta el borde de la maceta y se asomaba a mirar, ondeando sus tentáculos con suavidad, obviamente encantado, antes de abrirse camino hasta el platillo para beber. A veces, después de beber, empezaba de nuevo a subir por la maceta, aunque se paraba a medio camino y se quedaba dormido otra vez. Se despertaba cada poco tiempo y, sin moverse de sitio, estiraba su cuello hasta el agua y tomaba un buen trago.
***
Observarlo deslizarse de un sitio a otro me distraía, y constituía una especie de meditación. Mis a menudo frenéticos y frustrados pensamientos se iban calmando gradualmente hasta ajustarse a su ritmo tranquilo y suave. Con su movimiento fluido y misterioso, el caracol era el maestro de taichí por excelencia.

Terrarium. Fotografía: Stacey Cramp

 La cuidadora de la autora le buscó un acuario rectangular de cristal, y lo convirtió en un espacioso terrario con plantas del bosque del caracol, un lugar más seguro y más natural que la maceta para su diminuta mascota. Y a medida que Elisabeth empezó a obervar y a familiarizarse con su gasterópodo, comenzó a estudiarlo. Se leyó un libro de tapa blanda publicado varias décadas antes titulado Odd Pets (Mascotas extrañas), de Dorothy Horner, y los doce volúmenes de The Mollusca (Los moluscos), y escribió este ameno y encantador ensayo sobre estas criaturas de cuerpo blando que carecen de espina vertebral y arrastran la casa a cuestas; en el que igual tiene cabida un comentario sobre sus abuelos, médicos misioneros en Birmania, que un relato de Patricia Highsmith sobre los caracoles gigantes carnívoros de Kuwa.

Los grises y polvorientos volúmenes pesaban tanto que tenía que apoyarlos contra otros libros y tumbarme de lado para leerlos. A medida que los leía pausadamente, un poco cada día, fui descubriendo que en todas las disciplinas científicas, desde la biología y la fisiología hasta la ecología y la paleontlogía, había muchísima información sobre los gasterópodos. Era asombrosa la abundancia de detalles, desde los compejos patrones de sus dientes hasta la bioquímica del proceso de fabricación de la baba y los detalles íntimos de la vida amorosa específica de su especie. No obstante, incluso en los numerosos volúmenes de The Mollusca, faltaba un cierto punto de vista sobre la vida del caracol. Y entonces descubrí a los naturalistas del siglo XIX, esas almas intrépidas a las que no les suponía ningún problema pasar innumerables horas en el campo observando a sus diminutas criaturas. También encontré poetas y escritores que, en algún momento de su vida, se habían sentido atraídos por la vida del caracol.

Estrella
Fotografía: Guadalupe Delgado

  Es este un libro muy especial, con un título que a priori da para un What the fuck?, pero que termina resultándonos de lo más apropiado.

Escuché atentamente. Podía oírlo comer. Era como el sonido de alguien minúsculo masticando apio sin descanso. Lo observé, paralizada, mientras –durante el curso de una hora– el caracol se comía meticulosamente un pétalo morado entero para cenar.

 Después de leer esta joyita, y aprender sobre la espiral de su concha, la mucosidad de su cuerpo, sus órganos vitales y sus sentidos, el cortejo, el apareamiento y la puesta de huevos, entre otras tantas cosas, no puedo evitar seguir el brillo de los múltiples rastros plateados que dejan los caracoles tras una noche de lluvia en las baldosas de barro del porche. Y miro si descansan en algún mullido hoyito bajo una hoja seca o colgado del vacío en la hoja, arqueada por el peso, de algún helecho, los mismos que florecían en el terrario y que la autora veía desplegarse a un ritmo indetectable, pues yo también soy un amante de los helechos Polypodium, con sus imberbes brotes aún enrollados con forma de cabeza de violín, y tengo unas cuantas macetas con ellos en casa.

Helecho Polypodium
Fotografía: Lucía Rodríguez

En varias ocasiones tuve la suerte de verlo acicalándose; arqueaba el cuello por encima de la parte superior curvada de su propia concha y limpiaba cuidadosamente el borde con la boca, como un gato se lame el pelaje de la parte posterior del cuello.
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Yo, con mis escasos treinta y dos dientes en la edad adulta, que además tenían que durarme toda la vida, descubrí que sentía envidia de los dientes de mi compañero gasterópodo. Me parecía mucho más razonable pertenecer a una especie que había evolucionado para reemplazar sus dientes de manera natural que pertenecer a una especie que había inventado la profesión de dentista.

 Para mi sorpresa, buscando la fotografía de la autora, me he topado con el trailer del corto que ella misma ha escrito y dirigido. Un corto de quince minutos, titulado igual que el libro, que está causando sensación en los festivales en los que se proyecta.

 También os dejo el trailer del libro; aunque está en inglés, podréis escuchar al inicio el sonido amplificado de un caracol al comer.

 Por último, deciros que en la página de la escritora (www.elisabethtovabailey.net) podéis encontrar una guía para trabajar con los alumnos, aunando la asignatura de ciencia con la de Lengua y Literatura. 

 Nota: Todos los textos a color pertenecen a El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey, editado por Capitán Swing con una traducción de Violeta Arranz.

El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey
Editorial Capitán Swing
Fotografía: Lucía Rodríguez

«El sonido de un caracol salvaje al comer es un ensayo ligero y de una belleza honesta sobre la enfermedad, la recuperación y cómo a veces son las pequeñas cosas que ocurren en nuestras vidas las que nos hacen darnos cuenta de lo que realmente importa y de quiénes somos. Un extraordinario y profundamente conmovedor viaje de supervivencia y capacidad de recuperación, destinado a convertirse en un clásico que nos muestra cómo una pequeña parte del mundo natural puede iluminar nuestra propia existencia humana, a la vez que proporciona una apreciación de lo que significa estar plenamente vivo».
Capitán Swing

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