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miércoles, 3 de agosto de 2022

EN LOS BOSQUES DE SIBERIA


En los bosques de Siberia, de Virgile Dureuil (Harper Collins Ibérica)
Fotografía: Pedro Delgado

Para huir del calor del verano, o al menos mitigarlo, me he refugiado unos días en Siberia, en una cabaña aislada a orillas del lago Baikal. Y lo he hecho de la mano de una novela gráfica, En los bosques de Siberia, del francés Virgile Dureuil, publicada por la editorial Harper Collins Ibérica en 2021; un álbum que, dado su éxito, aún se puede encontrar en las librerías.

Página 10 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 La obra, traducida por Isabel González-Gallarza, es una magnífica adaptación de la novela La vida simple (Editorial Alfaguara, 2015), del también francés Sylvain Tesson. Un texto, a modo de diario, que Tesson escribió antes de que se pusiera tan de moda el ruralismo literario, unas páginas nada bucólicas en las que nos contaba su bautismo de soledad, cuando dejó atrás su vida cotidiana en París para instalarse durante seis meses en uno de los lugares más hostiles del planeta. Aislado en una cabaña de madera y rodeado de una naturaleza desmesurada e inhóspita, a cinco días de marcha del pueblo más cercano, Tesson afrontó, entre el final del invierno y mitad del verano, su particular viaje interior.

La vida simple, Sylvain Tesson
Ed. Alfaguara, 2013
 Mi cabaña está situada al norte de la reserva Baikal-Lena. Es un viejo refugio de geólogo construido en los años ochenta y hundido en un claro entre cedros. En el mapa, los árboles le han dado su nombre al lugar: «Punta de los Cedros del Norte». Cedros del Norte suena como un nombre de residencia de ancianos. Después de todo, se trata de un retiro.

 El cómic, al igual que la novela, empieza con una nota aclaratoria del propio Sylvain Tesson, en la que nos cuenta lo que se nos avecina.

Un retiro.
 Me había prometido que, antes de cumplir los cuarenta, viviría como un ermitaño en mitad del bosque.
 Me instalé seis meses en una cabaña en Siberia, a orillas del lago Baikal, en la punta del cabo de los Cedros del Norte. El pueblo más cercano estaba a 120 kilómetros, no había vecinos ni carretera de acceso, de tarde en tarde recibía alguna visita. En invierno, temperaturas de –30 ºC ; en verano, osos en las orillas. Un paraíso.
 Me llevé libros, puros y vodka. Lo demás –el espacio, el silencio y la soledad– ya estaba allí. En ese desierto me inventé un día a día sobrio y hermoso, llevé una vida centrada en gestos sencillos. Contemplé pasar las horas frente al lago y al bosque. Corté leña, pesqué para comer, leí mucho, caminé por las montañas y bebí vodka asomado a la ventana. La cabaña era un puesto de observación ideal para percibir el latido de la naturaleza.
 Conocí el invierno y la primavera, la felicidad y la desesperación, y, por fin, la paz.
 En el fondo de la taiga, me metamorfoseé. La inmovilidad me aportó lo que el viaje ya no me procuraba. El genio del lugar me ayudó a amaestrar el tiempo. Mi hogar se convirtió en el laboratorio de esas transformaciones.
 Todos los días consigné mis pensamientos en un cuaderno. Lo que tiene hoy en las manos es el diario de aquel retiro.
Sylvain Tesson

 No me dirán que no es tentador. ¿Quién de ustedes no ha soñado con algo así para reencontrase consigo mismo?

«Soy libre porque mis días lo son». Sylvain Tesson
Página 25 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Página 50 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 Silencio, soledad, largos paseos, explorar el entorno, pescar abriendo un boquete en el lago helado, patinar sobre su superficie, aceptar la hospitalidad de los escasos vecinos y leer un buen montón de libros. Al igual que Miquel Barceló llevó una maleta llena de libros al País Dogón durante su estancia en Mali, Tesson los transportó en una caja.

Maleta llena de libros en la casa de Miquel Barceló en Mali
Fotografía: Jean-Marie del Moral

 Con ellos, ese viaje a la soledad resultaría menos extremo.

Tres últimas viñetas de la pág. 12 de En los bosques de Siberia
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 El cómic de Virgile Dureuil tan sólo nos deja ver a algunos de los autores de esos libros, pero en el diario de Tesson sí figura el listado completo de títulos y autores. Como ese dato es interesante para los que amamos los libros, he considerado compartir esa lista con ustedes.

Lista de lecturas ideales, hecha por Tesson, para su retiro en Siberia
La vida simple, de Sylvain Tesson (Ed. Alfaguara, 2013)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Listado de libros que llevó Sylvain Tesson a su retiro de 6 meses en Siberia
La vida simple, de Sylvain Tesson (Ed. Alfaguara, 2013)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Quizás también estaría bien escribir otra con los libros que yo me llevaría, pero el esfuerzo sería grande y no tengo ahora mismo espíritu para ello. Lo que sí puedo decir es que algunos de esos 65 títulos también estarían en mi lista, entre ellos los dos volúmenes de Historia de mi vida (Editorial Atalanta), de Casanova, que compré como nuevos por 5 euros (cuando cuestan 125) en la librería lowcost Re-Read (cosas así son las que te hacen volver a curiosear en sus estantes).

Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Atalanta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la cabaña, vuelvo a hundirme en Casanova. Después de su visita al abate de Einsiedeln:  «Para ser feliz me parecía que lo único que necesitaba era una biblioteca». A propósito de una joven italiana: «Me mostré mortificado de tener que dejarla sin haberle rendido a sus encantos el homenaje principal que merecían». Casanova viaja y vive en Roma, en París, en Múnich, en Ginebra, en Venecia y en Nápoles. Habla francés, inglés, italiano y latín. Conoce a Voltaire, Hume y Goldoni. Cita a Copérnico, Ariosto y Horacio. Sus amantes se llaman Donna Lucrezia, Hedwige o Henriette. Dos siglos más tarde, los tecnócratas dicen que es urgente «construir Europa».
***
 Cierro el libro, me pongo las botas de fieltro y voy a sacar dos cubos de agua del agujero de hielo pensando en Bellino-Teresa de Roma y en Leonilda de Salerno.
 Libros de dandi y vida de mujik.

 En los bosques de Siberia tiene el poder de templar nuestro estado de ánimo. Sus dibujos y sus textos nos proporcionan cierto sosiego, y, a la vez, pueden llevar a la acción a aquellos que no se encuentran a gusto con sus vidas ajetreadas, con nuestra modernidad, a esos que sopesan salirse de la rueda, que quieren pisar el freno.

«Por cosas así he querido alejarme de este mundo». Sylvain Tesson
Página 6 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 Es increíble cómo Virgile ha captado el paso de las estaciones en sus viñetas, y destacable el empleo que hace del color y la luz en las mismas: los naranjas de los interiores alumbrados por las estufas de leña; los filamentos rojos de los amaneceres y atardeceres; el malva que proyecta a la noche la luna...

Página 27 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 75 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Primera viñeta de la pág. 76 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 49 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 14 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 16 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Primera viñeta de la pág. 17 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 El dibujo realista de Virgile Dureuil se acomoda perfectamente a la narrativa y a las palabras textuales de Tesson, suprimiendo las referencias a algunos días para poder condensar, casi en la mitad de páginas, las 228 de la novela original. En ella, Tesson no da voz sólo a sus pensamientos y acciones, si no también a los rusos que viven en esos parajes: pescadores, guardas forestales, y miembros de estaciones científicas o meteorológicas.

Página 9 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Página 34 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 En este caso, fue el cómic el que me llevó a la novela, que encontré en la biblioteca del barrio.

17 de febrero
 Esta mañana el sol se posó en las crestas de Buriatia a las ocho y diecisiete. Un rayo atravesó la ventana y cayó sobre los troncos de la cabaña. Yo estaba en mi saco de dormir. Creí que la madera sangraba.
 Las últimas llamas de la estufa mueren hacia las cuatro de la mañana. Al alba hiela en la pieza. Hay que levantarse y encender el fuego: dos gestos que celebran el pasaje del homínido al hombre. Comienzo mi jornada soplando las brasas. Después vuelvo a acostarme hasta que la cabaña ha tomado la temperatura de un huevo.
 Esta mañana, engraso el arma que me dejó Serguei. Es una pistola de cohetes como las que utilizan los marinos en problemas. El caño lanza su carga de fósforo enceguecedor que atenúa los ardores de un oso o un intruso.
 No tengo fusil, y no cazaré. En primer lugar porque la reglamentación de la reserva natural me lo prohíbe. Además, porque me resultaría una grosería injustificable matar a los seres vivos del bosque del que soy huésped. ¿A quién le gusta que lo agreda un extraño? No me molesta que seres mejor hechos, más nobles y de aspecto distinto al mío vivan en libertad en los montes.
 Esto no es Chantilly. Cuando los cazadores furtivos se topan con los guardabosques, las explicaciones se dan a puñetazos. Serguei no patrulla nunca sin su fusil. En el perímetro del lago hay tumbas con los nombres de inspectores. Una simple estela de cemento, decorada con flores de plástico y, a veces, la foto del hombre en un medallón de metal. Los cazadores furtivos en cambio no tienen sepultura.

 Y lo siguiente será ver la película, rodada por Safy Nebbou en 2016. El guión corre a cargo del propio Nebbou y de David Oelhoffen. A ver si se animan a subirla los de Filmin y les cuento.

En los bosques de Siberia
Un film de Safy Nebbou

 Como ven, las buenas historias lo son en cualquier medio.

 Ya tengo ganas de que los de Harper Collins editen en castellano la adaptación que hizo Virgile Dureuil de Berézina: En sidecar con Napoleón, otra novela del particularísimo Sylvain Tesson, en la que el autor recorre, doscientos años después, la ruta de retirada del ejército napoleónico desde Moscú a París.

 Como Tesson, me sirvo un chupito de vodka, alzo el vaso hacia el oeste y bebo. ¡Por las aventuras que nos quedan por vivir!

Última viñeta pág. 22 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

P.D. Mi agradecimiento a Mónica Sota y Rocío Isasa de Harper Collins Ibérica, y a Nolwenn Lebret y Tina Tonero, de Casterman, por facilitarme las páginas del cómic y el permiso para utilizarlas en esta reseña. Y como no, a Sylvain y Virgile por dedicarse a este noble arte.

lunes, 21 de marzo de 2022

MUNDOS PARALELOS


Mundos paralelos, de Rafael Martín (Ediciones del Genal, 2022)
Fotografía: Mª Luisa Baena

El tiempo que estuvimos confinados durante la primera ola de coronavirus fue fructífero para muchos. Unos se enfrentaron a sí mismos y ordenaron su casa siguiendo el método Marie Kondo, otros hicieron lo mismo con los discos duros portátiles que tenían junto al ordenador; los hubo que terminaron aquel trabajo de bricolaje que parecía eterno, o sacaron el caballete, el lienzo y los óleos que les habían regalado por Navidades y se pusieron a pintar; los índices de lectura subieron a cotas nunca vistas y unos pocos se pusieron a la ardua tarea de escribir un libro. Ese fue el caso de mi amigo Rafa Martín que, tras desempolvar el álbum de fotos de sus viajes, y animado por su pareja, se puso a ponerle texto a las imágenes. Y no un texto cualquiera con una fecha y un par de nombres y lugares. No. Para llevar el reto creativo a su máxima expresión, decidió escribir un relato para cada una de aquellas fotografías.

 Y luego, cuando puso el punto y final, me mandó un correo para pedirme que le escribiera el prólogo y lo asesorara de cara a la publicación del manuscrito, algo que acepté encantado pues, además de compartir el gusto por la montaña, los viajes y la aventura, somos amigos desde nuestra etapa de atletas.

Prólogo Mundos paralelos

Decía Sylvain Tesson, que los hombres soñaban con aventuras recién vueltos a casa, pero añoraban a Penélope en cuanto se hacían a la mar; y que ese vacilar, entre estar en casa o fuera de ella, nos condenaba a no estar nunca contentos. Analizo el pensamiento del francés, y termino por pensar que es más una licencia poética que una realidad. Por lo menos a mí, nunca me ocurrió. Por supuesto que uno experimenta la pena de no poder compartir el viaje con los seres queridos, pero no por ello uno desea regresar a casa. El deseo de vagar es mucho más fuerte que eso. Está por encima de todo.

 Quizá para compensar ese abandono, esa huida del hogar en pos de la aventura, es por lo que uno escribe libros de viajes. Para que los que quedaron en casa viajen contigo de alguna manera. Y eso es lo que ha hecho Rafael Martín al compartir con todos nosotros estos mundos paralelos.

 Este libro reúne veintidós fogonazos, pequeñas piezas que transcurren, como aquel título de Paul Bowles, muy lejos de casa, y que definen la manera de ser y de viajar del autor. Sus relatos se desarrollan a lo largo del mundo, y vienen acompañados o ilustrados por otras tantas fotografías del propio autor.

 Adentrarnos en las páginas de Mundos paralelos nos convierte en polizones. Clandestinamente, acompañamos a Rafael Martín por los lugares más singulares del mundo: el Amazonas, los Andes, la sabana africana, el alto Atlas y el desierto marroquí...

 Además de exatleta de relumbrón –internacional en marcha–, Rafael Martín es montañero, de ahí que algunos de los escenarios de sus relatos sean cumbres heladas barridas por el viento: la del Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán, la del Huascarán en la Cordillera blanca en Perú, o la del Kilimanjaro en Tanzania.

 Perú, Turquía, Irán, Israel, Jordania, Kazajistán, Marruecos, Tanzania, Uganda o Togo son destinos que nos aguardan.

 En sus historias, resueltas siempre con un toque ingenioso y peculiar, marca de la casa, el elemento humano tiene una importancia capital. Es en la gente y su modo de vivir, en su cultura y su mentalidad, en donde pone Rafael Martín el foco, pues es esa diversidad, esa diferencia, la que hace que tenga sentido desplazarse de un lugar a otro cuando el paisaje por sí mismo no es suficiente.

 De entre todos esos hombres, mujeres y niños que asoman por estas páginas, quiero destacar uno: el misionero salesiano Antonio César Fernández, asesinado por los yihadistas en Burkina Faso en febrero de 2019, a quien el autor rinde homenaje en un emotivo relato.

 A los que ya estuvimos en algunos de estos lugares, estos textos y este álbum de fotografías nos reportan el placer de recordar momentos del pasado, pero también la melancolía de los tiempos que no volverán. La vida es breve, los años nos van cayendo encima y aún nos quedan demasiados países por visitar; así que, sin más demora, les invito a acomodarse con el libro entre las manos. Viajar nunca fue tan fácil. Bienvenidos a estos mundos paralelos.

Pedro Delgado Fernández

 Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) es ya una realidad en los anaqueles de las librerías, donde aguarda viajar a los salones, las terrazas o los dormitorios de los lectores.

 Para saber más sobre su autor pueden ver la entrevista que le hizo Paco Peramos en el programa 101TV Antequera con motivo de la publicación.

Nota: Pueden adquirir el libro en la librería Proteo de Málaga o en su librería habitual bajo pedido al distribuidor.

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/3205754-mundos-paralelos.html

https://www.todostuslibros.com/libros/mundos-paralelos_978-84-18896-47-7


jueves, 1 de abril de 2021

EL LEOPARDO DE LAS NIEVES O EL ARTE DEL RECECHO


El leopardo de las nieves de Sylvain Tesson (Ed. Taurus)
Fotografía: Lucía Rodríguez

En la fotografía de la solapa, Sylvain Tesson se me antoja de otra época. Agarrado a su pipa parece uno de los tripulantes del Pequod, un buscador de ciudades perdidas en el Amazonas o un minero del Klondike.

Sylvain Tesson

 «París, 1972, aventurero y escritor», se lee bajo su imagen. Lo primero se intuye, y de lo segundo no me queda duda al terminar la lectura de El leopardo de las nieves, su último libro, publicado en estos lares por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House. Tesson tiene una prosa cuidada, elegante, y un humor socarrón que se deja ver en alguna que otra frase; como esa con la que abre la narración:

Como las monitoras tirolesas, el leopardo de las nieves hace el amor en paisajes blancos.

 Sylvain Tesson conoció al fotógrafo de animales Vincent Munier un día de Semana Santa durante la proyección de su película sobre el lobo de Abisinia. Al terminar conversaron, conectaron y se produjo la invitación.

 –Hay un animal en el Tíbet al que persigo desde hace seis años –dijo Munier–. Vive en las mesetas. Se necesitan largos recechos para verlo. Vuelvo este invierno, ven conmigo.
 –¿Cuál es?
 –El leopardo de las nieves –dijo.
 –Creía que había desaparecido –dije.
 –Eso es lo que quiere que creamos.

 Y como nadie puede rechazar acompañar a un artista a su estudio, en 2018 Tesson viajó con Munier al Tíbet en pleno invierno. Los acompañaban Marie, cineasta de animales, y Léo, ayudante de campo de Munier. Allí, el hombre activo e impaciente que es Tesson, tendrá que hacerse especialista en las técnicas del rececho, ese arte «que consiste en camuflarse hasta hacerse invisible a la espera de un animal cuya aparición no se puede dar por descontada».

«Leopardo», un nombre sonoro, elegante. Nada nos aseguraba que encontraríamos uno. El rececho es una apuesta: vas en busca de los animales y te arriesgas al fracaso.

Leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 Amedrentrados por los cazadores furtivos y la propagación del hombre, el leopardo de las nieves se esconde en valles y montañas a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, mimetizado con el paisaje que lo rodea, «un lugar en el que el leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo».

Se había adaptado para poblar lugares inhóspitos y trepar por los despeñaderos. Era el espíritu de la montaña que había bajado de visita a la Tierra, un viejo ocupante al que la rabia humana había relegado a las periferias.

El leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 En uno de esos valles Sylvain Tesson y sus compañeros ocuparan una choza de adobe a cuatro mil metros de altitud compartiendo el frío escenario –más de 20 grados bajo cero– con otros animales: yaks salvajes, de los que dice Vincent Munier que son los tótems de la vida salvaje –«aparecían en los muros paleolíticos, no han cambiado, parece que resoplan recién salidos de una cueva»–; cabras azules; lobos; martas; perdigallos, cuervos, búhos y gorriones alpinos; buitres, águilas reales y halcones sacres; asnos salvajes, primos de los caballos, que no habían sufrido la indignidad de la domesticación; gacelas; picas, que es el nombre de los perritos de las praderas tibetanos; liebres; linces y zorros que se desvanecen en cuanto los pierdes de vista.

Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda.
***
 Munier cantaba. Un lobo contestaba. Munier callaba, el lobo reanudaba. Y de pronto uno de ellos apareció en el collado más alto. Munier cantó por última vez y el lobo galopó por la ladera hacia nuestra posición. Saturado de lecturas medievales –fábulas de Gévaudan y cantares artúricos–, no las tenía todas conmigo al ver un lobo corriendo hacia mí. Me calmé al mirar a Munier. Estaba tan impasible como una azafata de Air France en medio de las turbulencias.
 –Va a parar en seco delante de nosotros –murmuró justo antes de que el lobo se inmovilizara a cincuenta metros.
 Se fue por la tangente y estuvo un buen rato trotando a nivel sin perdernos de vista, con la cabeza vuelta hacia nosotros, alarmando a los yaks. La manada negra, molestada por el lobo, volvió a ponerse en marcha y subió por la ladera. Tragedia de la vida de grupo: no estar nunca tranquilo. El lobo desapareció, nosotros escudriñamos el valle, los yaks alcanzaron la crestería, la noche cayó, no volvimos a verle, se había evaporado.

 Sin separarse de la choza más de diez kilómetros, el grupo realizará a diario batidas por lo alrededores cosechando avistamientos; en un ir y venir que los convertirá en otros habitantes más del paraje, «un desierto mineral que unos movimientos magmáticos habían elevado al cielo».

Leopardo de las nieves. Fotografía: Vincent Munier

En la alta explanada de la vida y la muerte se representaba una tragedia difícil de ver, perfectamente pautada: el sol salía, los animales se perseguían para amarse o devorarse. Los herbívoros pasaban quince horas diarias con la cabeza agachada. Era su maldición: vivir lentamente, dedicados a pacer una hierba pobre pero regalada. Para los carnívoros la vida era más palpitante. Acechaban un alimento escaso en batidas que eran la promesa de una fiesta de sangre y la perspectiva de siestas voluptuosas.
 Todos esos seres morían, y los cadáveres desgarrados por los carboneros salpicaban la meseta. Los esqueletos quemados de ultravioletas no tardaban en reincorporarse al vals biológico. […] Todo pasa, todo fluye, los anos galopan, los lobos los persiguen, los buitres planean: orden, equilibrio, el sol en su cenit. Un silencio aplastante. Una luz sin filtro, pocos hombres. Un sueño.
 […] era el paraíso a -30 ºC. La vida se resumía: nacer, correr, morir, pudrirse, volver a entrar en el juego con otra forma. Yo entendía  por qué los mongoles querían dejar a sus muertos en la estepa para que se descompusieran.

 Además de un canto a la naturaleza y a los animales que la pueblan, el libro encierra bajo su poesía algunas pullas demoledoras contra la ocupación del Tíbet por China, los cazadores, la tecnología y el mundo moderno y avanzado en el que vivimos.

El Gobierno chino había logrado su viejo objetivo de controlar el Tíbet. Pekín ya no se dedicaba a perseguir a los monjes. Para controlar un espacio hay un principio más eficaz que la coerción: el desarrollo humanitario y la ordenación del territorio. El estado central brinda confort, la rebelión se apaga. Si estalla una revuelta las autoridades exclaman: «¿Cómo? ¿Una sublevación? ¿Ahora que construimos escuelas?». Lenin ya había experimentado el método cien años antes con su «electrificación del país». Pekín había optado por esta estrategia desde los años ochenta. […]
 La carretera cruzaba los cursos de agua por puentes nuevos y flamantes. Unas antenas de telefonía coronaban las cimas.
 El poder central multiplicaba las obras. Incluso una línea de ferrocarril tajaba el viejo Tíbet de norte a sur. […] El retrato del presidente chino Xi Jinping se exhibía en los paneles: «¡Queridos amigos –venían a decir los eslóganes– os traigo el progreso, así que calladitos!». Jack London había resumido el estado de cosas en 1902: «El que alimenta a un hombre es su amo».

 El único pero que le pongo al libro es que hayan usado el mismo título del clásico de Peter Matthiessen, pues puede llegar a confundir a los lectores. Una obra que, al menos, menciona Tesson en sus páginas. El neoyorquino, autor también de la novela Jugando en los campos del Señor, lo publicó en 1978, alzándose ese año con el National Book Award. Conservo un ejemplar en mi biblioteca, una cuarta edición reeditada por Siruela en 2005. En la sobrecubierta se puede leer la sinopsis:

En otoño de 1973 el escritor Peter Matthiessen y el zoólogo George Schiller emprenden una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza es poder ver al más hermoso y raro de los grandes felinos, el leopardo de las nieves.
 Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por las vías que le proporcionan el budismo o el zen. «Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa». Éste es el sentido del viaje de Matthiessen, y de todo auténtico viaje.

El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Ed. Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero volvamos al libro de Tesson para cerrar esta reseña, a uno de los muchos subrayados que he trazado en el texto.

Había una diferencia entre la iglesia y la montaña. De rodillas, esperas sin pruebas. La oración se eleva, dirigida a Dios. ¿Te responderá? ¿Existe siquiera? En el rececho conoces lo que esperas. Los animales son dioses ya aparecidos. Nada discute su existencia. Si surge algo, esa será la recompensa. Si no pasa nada levantas el campo, dispuesto a reanudar el rececho al día siguiente. De modo que, si el animal se muestra, es toda una fiesta. Y recibirás a ese compañero de cuya presencia no dudabas, aunque su visita fuese incierta. El rececho es una fe modesta.

 «El rececho era una plegaria».

 Les dejo con la única fotografía que contiene el libro. A ver si son capaces de encontrar al leopardo en la imagen.

Fotografía de Vincent Munier

Nota: Las fotografías de la fauna tibetana tomadas por Vincent Munier en sus numerosos viajes a la meseta están recogidas en el álbum Tibet minéral animal, editado por Kobalann (con poemas de Sylvain Tesson).

Tibet minéral animal (Kobalann)

 Y en España, Errata naturae editores ha publicado el cuaderno de aguardo de Vincent Munier con las fotografías de sus expediciones al Tíbet en busca de tan majestuoso felino.

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible
Vincent Munier (Errata Naturae)