martes, 25 de abril de 2023

EL MUNDO ABAJO


El mundo abajo, de Patricio Jara (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Pedro Delgado

Llegué a este libro de relatos atraído por el último de los personajes que enumeraban en la sinopsis de la contraportada: un soldado alemán combatiente en África en la Segunda Guerra Mundial. El relato que protagonizaba, Frontschwein, apenas tenía seis páginas, pero en mi imaginación me remitía al África Korps y aquel mítico duelo en las arenas entre Montgomery y el mariscal Rommel, «el zorro del desierto».

Rommel y Montgomery en mi álbum Parejas famosas de Ortiz
Fotografía: Pedro Delgado

 El impulso inicial fue empezar a leer el libro por ese relato final, pero el texto de la contra decía que aquellos siete relatos estaban «lúcidamente interconectados», así que no quise fastidiarle la intención a su autor, Patricio Jara (Antofagasta, Chile, 1974), y tras confrontar en la solapa mi mirada con la suya me fui al inicio. Antes me detuve brevemente en la portada, puro expresionismo figurativo.

Portada El mundo abajo, de Patricio Jara
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 2

 Yo aún no lo sabía, pero al terminar el libro me di cuenta de que aquel cuadro (La Portada de Antofagasta) de Marko Franasovic, pintor y diseñador gráfico nieto de yugoeslavos que llegaron a Antofagasta a trabajar en la Pampa a principios del siglo XX, contenía muchas pistas de lo que uno podía encontrar en el interior: aviones que cruzan los cielos rojizos del norte, barcos que cabalgan mares traicioneros que pueden hundirlos y llevarlos a fondos abisales, montañas que alguna vez estuvieron bajo el agua y que se irguieron por el levantamiento tectónico del borde costero de Sudamérica allá en las últimas edades de la Tierra, perros fieros y tumbas como las del plano inferior que remiten a las del desierto de Atacama.

 Se dice que el Atacama está lleno de cuerpos. Hombres muertos en batallas centenarias y hombres ejecutados sin chance de pelear; hombres heridos y enfermos abandonados en el camino; exploradores sin rumbo incapaces de seguir, todos entregados a su suerte bajo el cielo rojo del norte que estalla cada atardecer.
 Cada vez que la prensa informa de hallazgos por estos lugares, al poco rato el sitio se llena de gente. Llegan policías, arqueólogos, expertos de todo tipo, pero también personas buscando a sus familiares que hace más de cuarenta años fueron sacados de sus casas y nunca regresaron.

 A veces, los cuerpos son removidos de sus tumbas por el aumento del caudal de un río, y bajan con las aguas torrenciales hacia el mar, ese mar rojizo de la imagen con aspecto de lava que todo lo engulle. Y en el centro de esas aguas ardientes, un arco de roca a modo de puerta de entrada al mundo literario del autor, reconocido en Chile con el Premio del Consejo Nacional del Libro y el Premio Municipal de Santiago por sus novelas El sangrador y Geología de un planeta desierto.

 El mundo abajo (Jekyll & Jill, 2022) es un conjunto de relatos inquietantes que aúnan la angustia con el alivio, lo siniestro con lo cotidiano, historias muy originales con giros inesperados, acertadamente ordenadas en el índice para que el disfrute de la lectura vaya in crescendo.

Índice de El mundo abajo, con los relatos repartidos en dos bloques
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Además, breves textos de carácter ensayista que, aunque a veces tienen cierta conexión con las historias, funcionan de manera individual, preceden o siguen a algunos de los relatos.

 Para ejemplo, la nota ilustrativa que abre Las tierras sumergidas, que versa sobre cómo los maremotos, huracanes e inundaciones son fuentes de desplazamiento de especies, y que antecede a Iremi, el primero de los relatos.

 Iremi es una historia que nos remite a huracanes y aviones desaparecidos, como aquel Boeing 777 que iba de Kuala Lumpur hacia Beijing en 2014, o el vuelo 603 de Aeroperú que cayó al mar en una noche de octubre de 1996 por un descuido en la revisión del aparato antes de despegar.

Ese avión llevaba una hora de viaje cuando se desvió hacia el océano Índico. Nadie entendía por qué. La nave permaneció en vuelo por siete horas y se perdió. Encontraron restos diseminados en Mozambique, Tanzania y Sudáfrica. Pero solo eso: despojos que llegan a la superficie en una zona de aguas cuyo lecho marino todavía no está mapeado. Es decir, no se sabe cuán profundas son.
La única certeza que hay es que al momento de salir del radar el piloto iba con control manual. Alguien se quiso desviar, alguien quiso perderse y llevar a todos con él.
***
De Aero Icarus from Zürich, Switzerland - AeroPeru Boeing 757-23A
XA-SME, January 1995, CC BY-SA 2.0
 El vuelo de Aeroperú era un Boeing 757 que debía estar en Santiago de madrugada, a las seis de la mañana. Pero antes, me llamaron del radar.
 «Elimina la franja del Aeroperú».
 «¿Viene atrasado?», pregunté por si debía guardarla para más tarde.
 «No, elimínala. No llega. Se cayó al mar».

 Iremi es un lugar por donde pasan los vuelos que va desde Chile a Estados Unidos. Aunque no es el Triángulo de las Bermudas, es la latitud y longitud en la que más incidentes se dan en Sudamérica.

Es un punto en el espacio aéreo entre Chile y Perú donde los aviones quedan ciegos. Acaban de dejar al controlador chileno y esperan a que los tome el peruano. Eso puede tardar un segundo o varios minutos. Los puntos satelitales, los puntos sobre los que se vuela siempre tienen un nombre ficticio de cinco letras y fácil de recordar. Aunque también podrían leerse como un listado de dioses malignos: Aknuv, Sauri, Makra, Tirlo, Nuxup, Edron...
 Si el avión fuera un auto que viaja de noche, Iremi equivale al sitio en el cual el conductor apaga las luces y avanza por la carretera en plena oscuridad. 

 El relato está protagonizado por una controladora de tráfico aéreo que prefiere diseñar rutas a estar en la torre de control, caminos por donde los aviones van de un lugar a otro, líneas trazadas que están ahí aunque no las veamos.

 En ese fondo del mar donde acabaron esos aviones, y donde también reposan algunos barcos, como el Itata (el Titanic chileno) o el carguero Sofía, se ambienta parte del segundo de los relatos: Todo se llena de agua.

Después de la isla, otro gran momento fue bajar a los restos del Sofía, un carguero de bandera peruana hundido en 1927 frente a Antofagasta. El barco fue construido en Glasgow a mediados de 1800 y el día del accidente llevaba en sus bodegas varias toneladas de chatarra y otros materiales para las calderas de la minería. Nadie conoce las razones exactas por las que colapsó. Sí que hubo una serie de problemas aduaneros que lo tuvieron detenido medio año frente a la costa del desierto de Atacama. Se especula que fue el desgaste de su casco lo que hizo que una mañana se hundiera en completo silencio.

 El texto se inicia con la enumeración de tres cosas que podría certificar cualquier submarinista.

Lo más difícil es mantenerse abajo. Al poco rato de sumergido, el cuerpo se inclina y comienza a subir. No tienes forma de remediarlo a menos que lleves un cinturón con calugas de plomo y bandas con peso en los tobillos. Aunque hay días en que te echas encima todo lo posible y aún así no te hundes. Al final, debes añadir una espaldera y terminas bajando con doce o catorce kilos extra.
 Lo segundo más difícil es quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Las corrientes no se detienen y te desplazan de manera imperceptible. A veces no lo notas tú ni los que están arriba, en el bote, en caso de que estés buceando con oxígeno por manguera. Si los bañistas que chapotean en la orilla de la playa se sorprenden al no darse cuenta en qué momento se movieron cinco o diez metros desde el punto paralelo donde dejaron su quitasol, imagina cómo es allá en la profundidad.
 Lo tercero es el ruido que produce tanto silencio. Bajo el agua tu respiración es un bufido incesante y regular hasta lo intolerable. No puedo explicarlo. Un amigo me dijo que es como si otra cosa respirara por ti. No dijo persona. Dijo cosa. El mar está lleno de cosas allá abajo.

 Y es que aquí el protagonismo recae en un par de buzos, amigos desde los tiempos escolares, y la novia de uno de ellos.

Una mancha precisamente dicen que vio Gustavo el día del accidente. Pero no una de peces, sino otra cosa. Vaya uno a saber qué. Hacíamos trabajos de inspección y cambio de piezas en la estructura de un muelle particular cuando ocurrió. Yo estaba tres o cuatro metros debajo. La cámara que él tenía adherida a su traje, una máquina pequeña, liviana y de óptima resolución para registrar sus procedimientos, captó una forma opaca o quizás negra que asomó de derecha a izquierda hasta que la imagen se oscureció por completo. Un par de segundos después, la luz volvió convertida en un revoltijo de agua verdosa a medida que Gustavo subía hacia la superficie más rápido de lo permitido.

 En Estuario, el narrador lleva a dos investigadores de la Universidad Austral de Valdivia a la desembocadura del río Loa, donde estos han de realizar un estudio sobre los efectos de la crecida de los ríos en la salinidad de los humedales.

Allí tomarían muestras de agua y sedimento a distintas horas del día y la noche, cuando la marea cubre buena parte de esa superficie. No era mucho el dinero que me ofrecía como chófer, pero si con eso podía aliviar la espera de llamados para entrevistas de trabajo, estaba muy bien. Cualquier cosa estaba muy bien.

Desembocadura río Loa (Antofagasta, Tocopilla)
Fotografía: Ministerio Bienes Nacionales (Chile)

***
Olivia fue la primera en bajar de la camioneta. Le sobrecogía pensar cómo un río tan largo, y de caudal tan modesto, era capaz de viajar desde la cordillera al océano a través de un desierto como el Atacama. Además, formaba pequeños oasis en su recorrido. Más de cuatrocientos kilómetros de pura épica.
 «Imagínate todo lo que arrastra en su camino», dijo Rodríguez. «Es un río de poca agua, un río de mierda, pero logra hacer su curso. Ese es el milagro: no es que haya agua en el desierto, sino que esa agua se las arregle para llegar a algún lado».
 Nos detuvimos a pocos metros de una bahía rocosa con claros de arena. Allí las riberas del Loa se hundían en el mar y formaban un estuario con varios metros de humedal. La vegetación no abundaba. Tampoco la variedad de aves. Pero se trataba de un ecosistema estable, lo suficiente para haber visto erguirse y caminar a los primeros habitantes del continente. Estaba allí desde el principio y de seguro lo estaría en el final.

Río Loa en la región de Antofagasta, Chile
Fotografía: tomasaereas.cl

 Y en ese paraje solitario e idílico, el lector, que ya se ha familiarizado con el autor, espera que algo venga a romper la calma.

 La segunda ronda de muestras debían tomarla al atardecer, aprovechando los primeros indicios de subida de la marea. Rodríguez y Olivia caminaron por el estuario con sus recipientes distanciados varios metros entre sí. Parecía un trabajo simple y monótono de no haber sido por lo que ella encontró al salir de una zona de vegetación que había resistido a duras penas la última crecida del río. Aún quedaban minutos de luz natural cuando comenzó a llamar a gritos. Rodríguez fue el primero en acercarse y nada más ver el hallazgo de su compañera, hizo señas para que me apurara.

 Tras ese relato comienzan las historias reunidas bajo el título Una estación en el abismo.

 La primera de ellas, Una fábula hardcore, es impactante, tanto por el desarrollo como por la finalización. En ella aparecen tres amigos, Camello, Tarántula y Grillo, que se topan a altas horas de la noche con su antiguo profesor de música, el cual avanza tambaleándose por los efectos del alcohol. Conejo, de no estar en el ataúd que han estado velando hasta ese momento sus amigos, también lo habría reconocido al momento. La flauta Hohner y la conchadesumadre.

Flauta Hohner color hueso

Camello es el primero en verlo. Lo ve clarito: está afirmado en la muralla, frente al bar, como si intentara mantenerse en pie en medio de un tifón, como si quisiera conservar el equilibrio parado sobre un disco giratorio. Pero Camello no dice nada hasta estar seguro de que se trata de él. Por eso se queda unos pasos atrás, mientras adelante Tarántula y Grillo caminan discutiendo si es mejor tomar un taxi o seguir a pie. Son las dos de la mañana de un miércoles de agosto. La tarde anterior llegaron temprano a la iglesia y fueron los últimos en irse. Querían pasar todo el tiempo posible sentados frente al cajón donde estaba Conejo. «Conejo huevón», decía cuando salieron a fumar un cigarrillo afuera de la sala de velatorios. «Cómo cresta se fue a quedar dormido manejando». A Conejo se lo comió el desierto, como a tantos otros tantas veces. Las carreteras de la minería del norte chileno son el nuevo Chiflón del Diablo. Sales de la faena rumbo a tu casa luego de un turno de cuatro días y de pronto algo pasa y nadie se entera.

 En Jeff Hanneman trasciende su alma rockera, esa que ya se intuye por su aspecto en la fotografía de la solapa, y que le debe de venir de su etapa de reportero en la revista Rolling Stone.

Patricio Jara en la solapa de El mundo abajo
Fotografía: Pedro Delgado

 Para los que no lo sepan, les diré que Jeff Hanneman es el guitarrista líder y miembro fundador de la banda estadounidense de thrash metal Slayer, fallecido a los 49 años por una cirrosis hepática en el 2013. Patricio Jara, que es autor de una serie de libros de crónica sobre el metal extremo sudamericano, escribió un ensayo sobre Reing in Blood, el disco más importante de Slayer.

Read in blood, de Patricio Jara

 Este relato lo protagoniza Martín Almeyda, un músico de rock de gira por Alemania, que nos invita a conocer cómo consiguió su segunda guitarra, esa que transporta con sumo cuidado en el compartimento de equipajes que hay sobre el asiento del tren que habrá de llevarlo de Frankfurt a Darmstadt. Cómo llegó a sus manos esa ESP modelo JH-600, en cuyo diseño habría intervenido su ídolo, el mismísimo Jeff Hanneman, es lo que nos cuenta en sus páginas.

Jeff Hanneman, líder de los Slayer
 «¿No has comprado una estufa para esta casa?».
 «Prefiero gastar la plata en otras cosas».
 «¿Tienes más guitarras?».
 Nellson sonrió y apuró su vaso con un sorbo largo y sonoro. Se quedó con un trozo de hielo en la boca y lo trituró con las muelas.
 «No gasto la plata, más bien la invierto. ¿Quieres ver en qué?».
 Martín se dio cuenta de que sin chaqueta Nellson no era más corpulento que él. En caso de malas sorpresas, podía arreglárselas. Saldría abriéndose camino a guitarrazos. Pero no ocurrió nada de eso. Nellson le pidió que lo acompañara al patio, donde además de un nuevo regadío de cartones de Kino, mojones secos y una serie de trastos indeterminados, había un pequeño cuarto cuya puerta estaba asegurada con doble chapa. Comenzaba a atardecer en Calama y el cielo era un telón rojizo. Parecía el resplandor de un incendio enorme pero lejano. La temperatura descendía de golpe y Martín sintió los labios secos.
 «Esto es», dijo Nellson luego de abrir la puerta y encender la luz del cuarto.

 Búfalo es la pieza más sórdida y tremenda de todo el conjunto, y me recordó a otro hecho desagradable, indecente y miserable ocurrido en Borneo, del que no voy a hablarles aquí para no anticiparles el final de la trama.

 «Es el nochero», me dijo el Lentejón, mientras se quitaba los bototos sentado en una banqueta. «Si temprano en la mañana o al final del día lo ves dando vueltas al fondo del taller, no lo infles ni te asustes».
 Le llamaban Búfalo por el tamaño de la cabeza. Un cráneo de proporciones considerables y una chasquilla enmarañada que le caía desde la frente hasta casi tapar su nariz de rumiante. Tan sucia que con los años le había cambiado de color. Decir que el Búfalo no se bañaba sería injusto. Varias veces lo vi echándose agua debajo de los brazos con una palangana enlosada que tenía en la puerta de su casucha, al fondo del corral.

 Y así llegamos a Frontschwein, el último de los relatos, que curiosamente es el único que no se desarrolla en Chile. Lo mencioné al inicio de la reseña, así que sólo les diré que no defraudó mis expectativas. Por un rato sentí las arenas del desierto bajo mis pies, y también granos de arena en mi boca, mis ojos y mis oídos. 

 Habíamos completado la mitad del viaje hacia el oasis de Maradah cuando los de transmisiones nos pasaron un mensaje. Sugerían hacer un alto porque acababan de interceptar un radiograma en inglés que decía: «Una columna enemiga se dirige hacia nosotros». Barrimos el horizonte con los binoculares y no vimos nada extraño, de modo que comprendimos que el observador debía estar oculto tras una altura bastante próxima. Para seguir nuestro camino a Maradah, debíamos pasar por una zona de quebradas y montículos pedregosos, con pendientes pronunciadas y desniveles que costaba distinguir hasta que no los tuviéramos encima. Ordené que seis carros oruga se desplegaran en abanico, avanzando con cautela hacia el sur. Pocos momentos después, nuestra radio pudo recoger otro mensaje en inglés: «Seis vehículos de reconocimiento se dirigen hacia el sur».
 El jefe de uno de los tanques que venía a nuestro lado se ofreció a avanzar sobre la altura. Yo temía que pudiese haber minas y le indiqué aproximarse solo cien metros y detenerse. Lo hizo así. Entonces interceptamos un nuevo mensaje: «Un gran tanque pesado está avanzando hacia mí. Si se aproxima más, abandonaré la observación».
 Tomé dos carros ligeros y fui hasta el tanque. Allí decidimos disparar hacia los montículos más altos. Después de la primera ráfaga pudimos ver entre nubes de polvo a tres pequeños vehículos británicos que se retiraban apresurados.
 El campo parecía libre. No había más que la planicie africana y el sonido de los motores de nuestra columna. Pero anduvimos con precaución, atentos a si los de la radio interceptaban un nuevo mensaje. Pero eso no ocurrió y en cambio oscureció más de prisa de lo que habríamos deseado.

Avance de la 39ª sección Panzerjäger del Afrika Korps, 1942
Fotografía: Commons.Wikimedia.org

 Sobre las interconexiones entre los relatos, decir que son ciertas, aunque muy sutiles y por ello difíciles de percibir. Es más un juego, un guiño que nos hace el autor, y hay que andar muy atentos para que no se nos pasen. Durante la lectura y la revisión del texto para escribir esta reseña encontré las siguientes (aunque seguro que ustedes encuentran algunas más):

-En Iremi, la controladora aérea menciona a una hermana que estudió nutrición y se dedicó al trabajo de laboratorio (pág. 19).

-En Todo se llena de agua, descubrimos que esa hermana se llama Tamara y es la novia del buzo protagonista (pág. 42, 44, 45 y 51). Además, el buzo fue alumno de Idelfonso, el profesor de música que aparece en el relato Una fábula hardcore (pág. 35). El buzo también lleva una camiseta del grupo musical Pedro Murió de Cabeza que le regaló su amigo Gustavo (pág. 49), uno de los guitarristas que aparecen en Jeff Hanneman.

-En Estuario, el chófer que lleva a los dos investigadores es el buzo protagonista del relato Todo se llena de agua (pág. 56).

-En Jeff Hanneman, la banda del guitarrista se llama Pedro Murió de Cabeza (pág. 89), y el guitarrista protagonista, Martín Almeyda, es mencionado en Búfalo.

-En Búfalo el protagonista es otro guitarrista de la banda Pedro Murió de Cabeza (pág. 104). Este mantuvo una relación con la científica de la Universidad de Valdivia que aparece en Estuario (Pág. 101). Y hace mención al guitarrista protagonista de Jeff Hanneman (pág. 87 y 101). En Búfalo se habla del Afrika Korps (pág. 107) lo que lo conecta con Frontschwein.

 Por último, no quisiera cerrar esta entrada sin darle las gracias a Víctor Gomollón y a su editorial Jekyll & Jill por descubrirme a un nuevo autor. Ya es la tercera vez que lo hace. Y estoy seguro de que habrá una cuarta vez. Quizás también una quinta, una sexta, una séptima y vaya usted a saber... Creanme, es hermoso que existan editoriales independientes como esta.


lunes, 27 de marzo de 2023

LA AVENTURA SOÑADA (UN RETRATO DE HUGO PRATT)


HUGO "STARDUST" PRATT, obra de Sergio Camacho
© Sergio Camacho

Se llamaba Ugo Prat, sin hache y una sola te.
Se hizo famoso bajo el seudónimo de Hugo Pratt y vivió 24.518 días con toda la intensidad que cabe en una vida. Dibujante de cómics, publicó más de quince mil planchas, lo que representa unos ochenta mil dibujos, a los que se deben sumar más de quinientas acuarelas.
Fue, por supuesto, el creador de Corto Maltés.
Nació el 15 de junio de 1927 en Rímini; muere el 20 de agosto de 1995 en Suiza. Extraña forma de expresarlo: «nació», «muere», como si el último aliento durase eternamente.

La aventura soñada. Un retrato de Hugo Pratt, de Thierry Thomas
Estanterías de mi escritorio. Fotografía: Lucía Rodríguez

El francés Thierry Tomas soñaba con ser dibujante de tebeos, y por eso fue a Venecia al encuentro de Hugo Pratt, con su carpeta de dibujos bajo el brazo.

Jöell Laroche, editor de la revista Zoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.

 Thierry era mucho más joven que él: unos quince años y él unos cuarenta. Y aunque Hugo lo instó a perseverar a diario y le aconsejó que aprendiera a narrar, con el paso de los años dejó de dibujar.

Poco a poco, con el paso de los años, dejé de dibujar. Y hasta de garabatear mientras hablaba por teléfono, mucho antes de que los móviles condenaran esa manía. Ocurrió sin que yo me diera cuenta. Dejé morir, apagarse, esa pulsión que formaba tan parte de mí como mi mano, como mis dedos. Nunca he entendido por qué. Y no sé si fue una gran pérdida o si, a cambio de aquella renuncia, se me concedió otra cosa.

 Tal vez porque siguió al pie de la letra el consejo de Hugo, Thierry acabaría siendo escritor y documentalista. Y sobre todo, se dedicó a estudiar y glosar la figura y la obra de Pratt.

Sus amigos adoraban, adoran aún, hablar de Hugo. Para algunos, el tiempo que pasaron a su lado ha acabado rezumando una leyenda, como las abejas segregan miel; una leyenda dorada, precisamente. «¿A qué se dedica usted? A hablar de Hugo». Sus excentricidades, sus atrevimientos, sus disfraces. Su pasión por la aventura. ¡Cuántas veces habré oído esa palabra, «aventura», de su boca, de boca de sus admiradores! En sus últimas entrevistas para la televisión o la radio, ni siquiera se molestaba en pronunciarla con claridad (le costaba dominar el francés, a diferencia del español o el amhárico). Le bastaba con mascullar un sonido en el que se reconocía vagamente «...tura», y todo el mundo completaba: «aventura». Palabra-pantalla, que impide ver, que solo expresa que es preciso marcharse a otra parte.

 Thierry Thomas ha escrito una biografía muy peculiar, muy onírica. «Si quiero comprender a Hugo, debo soñarlo», nos dice al final del primer capítulo. Quizás por eso, sus páginas parecen una ensoñación: imágenes de Hugo en el festival de Lucca; en el tren camino de la crucial entrevista con Georges Rieu, redactor jefe de la revista Pif Gadget; en Abisinia buscando la tumba de su padre; en Londres; en Buenos Aires... Quizás detrás de esa elección, de ese mundo soñado, esté la influencia de Fellini, que aparece en numerosas páginas del libro y a quién también fue a visitar Thierry en su adolescencia.

 En aquel viaje en tren que les he mencionado, fue donde se le ocurrió que Corto regresara, crear una serie en la que él fuese el héroe. Tiene que sacar un héroe del fondo del tintero para elevarle una propuesta al editor de Pif, pero un héroe no se busca: se encuentra. Y allí, en la soledad de ese compartimento, un indio viene a darle la clave. ¡Un indio! ¡Un piel roja! A Hugo no le extraña la aparición. El ama a los indios. «Es por las lecturas de su niñez, por la novelas de Zane Grey y James Oliver Curwood, por las epopeyas del Lejano Oeste y las del Gran Norte canadiense; es por El último mohicano».

Acuarela de Hugo Pratt (www.cortomaltese.com)

Poco antes de Módena, unas hojas muertas se desperdigan por el compartimento. Hay un indio sentado en el banco de enfrente. Ha traspasado las mallas de la redecilla para equipajes con la agilidad de una pantera. Si las hojas han traicionado su presencia, es porque él así lo ha querido; de lo contrario, habría permanecido mudo como la luna. El indio y el fumettaro se observan. El recién llegado, casi desnudo, ataviado solo con un taparrabos y una cresta en el centro del cráneo rasurado, es hurón. No es el primero que ve Hugo.
 –¿Quién eres?
 –Karanahoga.
 –¿Vienes de parte de Georges Rieu?
 Los hurones, efectivamente, son aliados de los franceses.
 –Vengo a ayudarte.
 –¿Como guía?
 El indio levanta la mano derecha y la gira ante él. El gesto significa «ir».
 –Por supuesto, debo «ir», Karanahoga, pero ¿adónde?
 Feliz de poder utilizar la lengua de signos, que aprendió hace tiempo, Hugo posa la mano derecha sobre la izquierda, como la noche recubre el día. Un destello divertido atraviesa la mirada de su interlocutor, y se siente un poco bobo. En efecto, la noche cae temprano en enero; los hurones no lo ignoran. Hablar para no decir nada, incluso con las manos, resulta mortificante.
 –Sonríes igual que Dino Battaglia...
 Pero Karanahoga no modifica la posición de su mano. ¿Será que solo tiene esa palabra a su disposición, «ir»? Los hurones no tienen rival cuando se trata de espiar, cazar o tender emboscadas mortales, pero lo que es el arte de la conversación... Al no saber qué ademán hacer (el dedo en el aire, que significa «hombre», no supondría mucho avance), lanza una ojeada hacia el exterior. No le sorprende lo que ve, más bien lo maravilla: una canoa, débilmente iluminada por la luz del compartimento, se destaca sobre las sombras vespertinas. Flota ingrávida, en el éter del campo en el crepúsculo, canoa de corteza, más liviana de lo que será jamás cualquiera de sus trazos. Esa canoa los acompaña, ángel de la guardia o bien, simplemente, canoa voladora. Le preocupa lo que ocurrirá con tan frágil embarcación cuando sufra el impacto de entrar bajo el túnel del Simplon. ¿Se desintegrará?
 –No te preocupes.
 ¿Ha sido Karanahoga quien ha hablado? Su mano, en cualquier caso, no se ha movido. Si no conociera la agilidad legendaria de los indígenas (hay que verlos salvar cualquier clase de obstáculo: barreras, rocas, riachuelos, cabezas de colonos), se plantearía seriamente la posibilidad de que al hombre le hubiera dado un calambre. Pero no es posible. Entonces se le ocurre que Karanahoga, al mostrar la mano, no hace más que mostrar una mano:
 –Mira: aquí se encuentra tu salvación.

 

Al borde de la vía, un cable eléctrico que reluce con un resplandor desgarra la tela de la noche. Hugo ve de nuevo ese corte en la carne que el personaje llamado Corto Maltés cuenta haberse hecho, en La balada del mar salado: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y, ¡zas!... Me hice una a mi gusto».

  

 Un gesto heroico...

 

 ¿Y si fuera él?

 El héroe ya estaba allí, tan solo bastaba con recuperarlo. Quizás en agradecimiento, «Hugo, sintiendo que se avecinaba el fin, se afeitó la cabeza dejando solo una cresta. Quería morir con el peinado de esos indígenas que tan a menudo dibujó, y tanto amó».

El secreto de Tristán Bantam, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Corto Maltés descansa perezosamente en el único mirador de la pensión de Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa). A primera vista, se aprecia que es un aventurero. Con gesto estudiado, enciende uno de los delgados cigarrillos que solo se fuman en Brasil y en Nueva Orleans...».
Antes de leer el arranque de El secreto de Tristán Bantam, episodio que inaugura esa serie nueva, Corto Maltés, que se publicaría en Pif entre 1970 y 1973, vemos a un hombre con gorra de marinero. El eje de su mirada pasa tan cerca del nuestro que parece vernos sin vernos, como si solo existiéramos para que él pueda existir.
Su cigarrillo, como una paja gruesa, oscila entre los dedos índice y medio, único movimiento que se intuye en la imagen. Llama la atención un zarcillo en la oreja izquierda, pero lo único que importa es la presencia global de esa criatura que se cuela en nuestra vida.

 Algunas páginas de La aventura soñada (Ediciones Siruela, 2022) nos llevan a querer sacar de las estanterías los tebeos de Corto para cotejar sus viñetas con las notas de Thierry Thomas. Para releer algunas de sus historietas. Por supuesto que la presencia de Corto es muy importante en las páginas de La aventura soñada, pero en ellas también aparecen Jesuita Joe, Ernnie Pike, Koinsky... y tantos otros personajes, algunos tan reales como Saint-Exupéry.

Jesuita Joe, de Hugo Pratt
Fotografía: Pedro Delgado

Conversación en Mululhé, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Hugo, que el primer libro que leyó, siendo un niño, fue una antología de fragmentos de la Ilíada y la Odisea, reconocía a tres maestros: Homero, Stevenson y Milton Caniff. «Y a unos pocos más, de menor importancia...».

 Hugo amaba Terry y los piratas, la obra cumbre de Milton Caniff. Con ella descubrió que «dibujar y contar, dibujar y escribir, es el mismo acto, puesto que es el mismo gesto». Por eso en Hugo el dibujo y la escritura se fusionan. Recientemente, en un viaje a Barcelona, me topé con La Bola, una encantadora almoneda, una cueva de Alí Babá llena de cómics, libros, juguetes y objetos de coleccionismo.

 Allí compré para mi colección unos tebeos antiguos. En la portada de uno de ellos se veía un dibujo de Milton Caniff, y en su interior algunas tiras de prensa de su obra Miss Lace. Supuse que Hugo, de haber entrado en aquella tienda, también se lo habría llevado. Io mi drogavo con Milton Caniff, dejó escrito en un pósit en su taller.

Comix Internacional nº 10, con Milton Caniff y su Miss Lace
Fotografía: Pedro Delgado

 Aunque La aventura soñada ganó el Premio Goncourt de Biografía 2020, esta obra no se ajusta a lo que yo entiendo por una biografía. Como indica el subtítulo: Un retrato de Hugo Pratt, es más un peculiar retrato, al estilo de los pintores impresionistas. Así que no busquen aquí la vida pormenorizada de Hugo Pratt desde el nacimiento hasta la muerte. Aquí encontrarán imágenes, notas o apuntes de Hugo y de su obra, a veces desenfocadas o de apariencia inacabadas. Pinceladas ante las que es necesario tomar cierta distancia para poder ver a nuestro protagonista de una pieza. Quizás sea el último capítulo el que mejor defina esto. Lleva por título El verano aún no ha dicho la última palabra, y en él Thierry contempla centenares de fotografías de Hugo esparcidas por el suelo formando un damero. Camina descalzo entre ellas con sumo cuidado de  no pisarlas. Y se arrodilla o acuclilla aquí y allá para examinar de nuevo alguna instantánea.

Hugo murió hace veinte años. Debo realizar un documental sobre él para el canal ARTE. Me propongo filmar las fotografías haciendo circular la cámara por encima de esa especie de fotonovela deconstruida, de historieta cuyas viñetas se hubiesen mezclado: su vida...
***
Hugo me cerca. Hay tantas fotografías. De su familia, o tomadas por él. Y, sobre todo, de él. Ochocientas sesenta y cuatro; sabré la cifra exacta cuando llegue Anne en compañía de Xavier, el director de fotografía, y escanee este desbarajuste oceánico mientras escucha música brasileña.
***
Me gustaría que estuviera aquí para ordenar las fotografías: a fin de cuentas, es su vida.

 Entre todas esas imágenes hay una de 1992, de cuando realizó un último periplo por el Pacífico para volver a ver las islas de La balada del mar salado. Ese día había ido a visitar la tumba de Stevenson, pero ya está enfermo y no consigue subir a lo alto de la colina donde reposa el autor de La isla del tesoro. «Se sienta en el tronco de un árbol caído, en medio de una humedad asfixiante. Le dan algo de beber. Hasta el final, quiso creer que lo real contiene su sueño».

 Cierro el libro, traducido por Regina López Muñoz, y observo dos siluetas que se alejan juntas con un macuto al hombro, el macuto de las partidas. Tras ellas caminan algunos gatos con la cola levantada, y unas gaviotas sobrevuelan la escena. Me pregunto a dónde irán esos dos, y con el interrogante me asalta un impulso, uno que me lleva a levantarme y a salir corriendo tras ellos. Los felinos se asustan al sentir mis pasos y salen huyendo, pero Hugo y Corto se giran y me esperan. Y al llegar, me echan un brazo sobre el hombro. Y así, como tres camaradas que llevan más de media vida juntos, caminamos en busca de la próxima aventura.

Epílogo

 Como les narré en mi anterior entrada*, este libro se lo estaba leyendo a mi padre en el Hospital Civil, donde ingresó por las secuelas de un ictus. A pesar de que aún le queda mucho para recuperar la movilidad del lado derecho de su cuerpo, el viernes 17 de este mes le dieron el alta y regresó a su casa. Allí, en el hogar donde me crié, terminé de leerle ese mismo fin de semana la biografía de Hugo Pratt. Al acabar y dejar el libro sobre el mueble del salón, entre decenas de fotografías de la familia, me fijé en una foto de mi infancia. En ella aparezco con mis padres y dos de mis tres hermanos, montados en un barco que salía del puerto de Málaga para dar un paseo por la bahía. Cogí la foto y se la mostré a mi padre. «¿Quién es este?», le pregunté. «Pues tú», me dijo, y luego añadió con una sonrisa: «El Corto Maltés de niño».

Con mis padres, dos de mis hermanos y la gorra de Corto
En el dorso, con la bonita caligrafía de mi padre, se lee:
Puerto de Málaga, 19 de abril de 1970

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html


lunes, 20 de marzo de 2023

VÍDEO Y FOTOS DE LA PRESENTACIÓN DE MUNDOS PARALELOS EN PROTEO


Leyendo a la carrera: Presentación de Mundos paralelos, de Rafael Martín
El Tercer Piso (Librería Proteo). Málaga, 3 de febrero de 2023
Fotografía: Francis J. Arranz

Dentro de las actividades de El Tercer Piso y del ciclo Leyendo a la carrera, se celebró en la librería Proteo de Málaga, el pasado día 3 de febrero, la presentación de Mundos paralelos, el primer libro de fotografías y relatos viajeros del exatleta Rafael Martín. Lectores, viajeros, montañeros, atletas y exatletas se dejaron caer por allí. Y como no podía ser de otra manera, conversamos acerca de viajes, montañas y atletismo. En cálida compañía repasamos anécdotas de sus aventuras, visionamos sus fotografías y escuchamos, en la voz de Héctor Márquez, uno de sus relatos. Por supuesto, también nos echamos unas risas.

Pedro Delgado coordinador de Leyendo a la carrera
Fotografía: Francis J. Arranz

 A todos los que apoyaron este acto y se pasaron por allí, muchas gracias.

Asistentes al ciclo Leyendo a la carrera en El Tercer Piso de Proteo
Málaga, 3 de febrero de 2023. Fotografía: Francis J. Arranz

 Y a los que quisieron asistir, pero no pudieron por los imponderables de la vida, les invito a ver el vídeo y algunas fotos de la sesión.

***

Pedro Delgado, Rafael Martín y Héctor Márquez
Presentación de Mundos paralelos (Ediciones del Genal)
Fotografía: Francis J. Arranz

Pedro Delgado, coordinador del ciclo Leyendo a la carrera
El Tercer Piso (Librería Proteo). Fotografía: Francis J. Arranz

Rafael Martín dialoga con Héctor Márquez en El Tercer Piso
Fotografía: Francis J. Arranz

Pedro Delgado y Rafael Martín en la presentación de Mundos paralelos
Ciclo Leyendo a la carrera de El Tercer Piso (Librería Proteo)
Fotografía: Francis J. Arranz

 Más información en:

https://eltercerpiso.es/sesion/rafael-martin/


martes, 21 de febrero de 2023

DEL COHETE CHINO, EL ICTUS DE MI PADRE, LA NOVELA STONER Y OTRAS COSAS


Noticia sobre la alarma por la caída de la chatarra espacial china
EL PAÍS, sábado 5 de noviembre de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día 4 de noviembre del año pasado, parte de un cohete chino cruzó la península y fue a estrellarse al mar. Unas horas después, como si el paso de esa chatarra espacial sobre la península hubiese provocado una perturbación en la cabeza de mi padre, éste sufrió un ictus hemorrágico y tuvo que ingresar en la Unidad de ictus del hospital Carlos de Haya. Estaba en un estado semicomatoso, y nos dieron pocas esperanzas de vida. Lo más probable era que le repitiese otro episodio en los próximos cinco o quince días y no saliese vivo de aquel hospital en el que habíamos nacido sus cuatro hijos.

 Mi padre era lector asiduo del diario Sur, y por alguna extraña razón decidí fiar su supervivencia al hecho de guardarle el periódico a diario. No quería caer en el desánimo, y me agarré a aquel gesto banal con la convicción de que se iba a obrar el milagro. Los primeros días tenía que recorrer los quioscos de media Málaga para conseguirlo, pero después aprendí la lección y lo compraba nada más salir a la calle, antes de que se agotase. Y así los fui amontonando en casa, con la esperanza de que al salir del hospital pudiera leerlos, o leérselos yo, y tener un resumen del tiempo en el que se le detuvo el mundo.

 Afortunadamente, mi padre recuperó la conciencia y, poco a poco, a pesar de lo grande del derrame, su estado se fue estabilizando; aunque no movía el lado derecho del cuerpo, ni conseguía emitir palabra alguna, como si la capacidad del lenguaje se le hubiera borrado del disco duro del cerebro.

 El 25 de noviembre lo trasladaron al hospital Civil para recibir tratamiento de fisioterapia, logopedia y terapia ocupacional. Y allí sigue ingresado. Cuando por fin se echó a hablar, lo hizo de manera ininteligible, pero con el paso de los días, empezó a hilar vocales y consonantes y consiguió que lo entendiéramos. Los avances motores son muchísimo más lentos, tanto que a veces se desespera. También nosotros nos desesperamos, pero desde que está allí tengo la sensación de que las cosas importantes ya no lo son tanto y que no hay nada mejor que hacer cada tarde que visitarlo. Tiene la cabeza perfecta, así que jugamos al dominó, repasamos la prensa y, como hacía con mis hijos cuando eran pequeños, me doy el placer de leerle alguna novela. La primera ha sido Stoner, del estadounidense John Williams. Me la regaló por Reyes mi hermano Marcial. «No es más que la historia de un profesor de Literatura en una universidad estadounidense, pero te va a encantar», me dijo. Y así fue: nos encantó a los dos (a pesar del capítulo del examen que creo le corta el ritmo).

Stoner, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

 Stoner es la vida de un crío que nace en 1891 en una pequeña granja de Misuri central, y que a los diecinueve años va a estudiar agricultura a la Universidad de Columbia. Allí, durante el primer semestre de su segundo año, cursará una asignatura requerida para todos los estudiantes universitarios, un estudio de literatura inglesa impartido por el profesor Archer Sloane que le abrirá los ojos al mundo de los libros y lo llevará a cambiar sus asignaturas de ciencias por la filosofía, la historia antigua y la literatura inglesa. A sus 27 años, William Stone recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñará hasta su muerte en 1956. Entre esas dos fechas, 1891-1956, la vida. Recogida en 240 páginas que se disfrutan de principio a fin, con personajes secundarios memorables, como ese Dave Masters, que a pesar de morir joven en la Primera Guerra Mundial no nos abandonará durante toda la lectura del libro.

También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Château-Thierry, junto con las primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

 La traducción de Stoner (Editorial Baile del Sol) corre a cargo de Antonio Díez Fernández, que ha hecho un magnífico trabajo, algo que se comprueba al ser leída en voz alta. Impagable ver las caras que ponía mi padre ante los avatares que le sucedían al protagonista, y el interés con el que aguardaba un nuevo capítulo, como si fuera un serial de la radio.

 Ahora le estoy leyendo La aventura soñada, la biografía de Hugo Pratt, escrita por el francés Thierry Thomas, y aunque no está escrita para ser leída en voz alta como Stoner, también nos está gustando. A mí porque soy muy fan de Pratt y de todos sus personajes, con Corto Maltés a la cabeza, y a él porque también conoce al protagonista y porque, a sus 87 años, cumplidos en el hospital, repasar otras vidas (la del profesor William Stoner o la de Hugo Pratt) le sirve para revisar la suya.

 Y me gusta mucho verlo sonreír cuando nos encontramos con alguna sincronía. Ayer mismo, tras terminar de leerle un pasaje de La aventura soñada (Ediciones Siruela) en el que se mencionaba a Mandrake el mago, uno de sus personajes de cómic favoritos, abrimos el periódico por la trasera y vimos que en la segunda cadena de Televisión Española echaban esa noche Raíces profundas, la película que más le gusta, dirigida por George Stevens y protagonizada por un impresionante Alan Ladd. Un western basado en la novela Shane, de Jack Schaefer, que le regalé un día por su cumpleaños en una cuidada edición de la colección Frontera de la editorial Valdemar.

Raíces profundas (Shane) en La 2
Fotografía: Pedro Delgado

 «Bueno, bueno. Hoy va la cosa de favoritos», le dije. Y por su cabeza volvieron a cruzarse las viñetas de Lee Falk y aquella secuencia al inicio de la película en la que Shane desciende el valle montado en su caballo y llega a la granja mientras suena Call of the Faraway Hills. «¿Recuerdas el duelo del final?», le pregunté. «Con Jack Palance», afirmó. «Y la conversación con el crío al final de la película», añadió. Y en ese momento, el «Shane. Shane. ¡Vuelve!» retumbó en los pasillos del hospital.


viernes, 10 de febrero de 2023

VALE UN POTOSÍ (NOIR BOLIVIANO)


Vale un potosí, novela negra de Isabelle Fougère (Blume)
Fotografía: Pedro Delgado

Hace Dios con las manos lo que quiere, pero más hace el diablo con la cola.
Jacques Prévert, Fatras, 1966

Aguardaba la Semana Negra de Gijón para mostrarles esta reseña, pero el pasado sábado leí en el suplemento literario Babelia un artículo sobre el festival BCNegra, que reúne en Barcelona a los grandes autores del género literario, y me dije que este era el mejor momento para hacerlo.

 Vale un potosí (Editorial Blume) son dos libros en uno. Por un lado, tenemos una sorprendente novela negra ambientada en Bolivia, y por otro, un magnífico trabajo fotoperiodistico de Miquel Dewerer-Plana centrado en los mineros de Potosí, Bolivia. Hoy, por lo que les decía sobre la BCNegra, voy a poner el foco en la novela, dejando la otra cara del libro para otra reseña.

 El noir es un género que se reinventa continuamente, y estoy seguro de que si su autora, Isabelle Fougère, fuera boliviana, en lugar de francesa, ya se estaría hablando del noir boliviano como subgénero, al igual que se habla del noir nórdico, el tarta noir o el thriller vasco.

 Vale un potosí es una novela negra atípica, con una cholita como protagonista, Doña Consuelo, a la que uno termina por cogerle cariño, un personaje fuerte y testarudo muy bien construido.

[...] surge del socavón a la velocidad de una bala de cañón. Un par de botas manchadas de barro y por encima una pollera verde constituyen la poderosa barrea que los detiene. Más arriba de la pollera, palpita un pecho de generosas curvas, jadeante. De la sombra circundante emerge un rostro poco ameno, coronado por un casco del que salen dos negras trenzas, donde se ven unos cuantos hilos plateados. Es la patrona.
 Doña Consuelo Orco de Pizaro, con una «r», ojo con pronunciarlo como «rr», y ella le da gran importancia para que no se la asimile al famoso conquistador Francisco Pizarro. Se tiene que apoyar en los dos mineros para retomar el aliento, entrecortado este por la falta de oxígeno y los 40 grados en el túnel cavado en el cerro.

 En la primera página ya aparece el cadáver, el cuerpo sin vida de Gustavo Condori, un pobre minero al que alguien le ha dejado un pico clavado entre los omóplatos en la mina Pizarro.

 Paralizados, con los brazos colgando, se quedan mirando el pico clavado como un ancla en la espalda de uno de los suyos, tumbado cara al suelo en medio de un extenso charco negro.
 En lo hondo de la mina, pierde su insolente color rojo la sangre.

 Y yace a los pies del Tío de la mina, el dios del mundo subterráneo, al que los mineros rinden tributo para que los proteja y les de una buena veta. Un Tío que asume el papel de narrador en algunos capítulos.

Soy el Tío, el diabólico genio que habita en las entrañas de la montaña de plata. Mis súbditos-esclavos, mineros de Potosí, se matan la salud aquí desde hace siglos, desde la época de los conquistadores, con la esperanza de encontrar una veta que traiga suerte.

Tío de la mina. Potosí (Bolivia, 2008)
Fotografía: Pedro Delgado

 La trama se desarrolla en Potosí, ciudad que visité en el verano de 2008, en uno de mis viajes a Bolivia. Allí, como en Oruro, bajé a las famosas minas, departí con los mineros e hice ofrenda de alcohol, hojas de coca, dulces y cigarrillos al Tío de la mina, ese diablo de falo enhiesto que fecunda la roca y al que veneran los trabajadores del subsuelo para que no se cobre sus vidas y les conceda sus favores.

Cerro Rico, como llamaban los españoles al Cerro de Potosí
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado en Cerro Rico, Potosí
Bolivia, verano de 2008

–Habría que llamar al curandero, doña Consuelo, si no, el Tío se va a agarrar su alma –murmura con voz tembleque Alfonso Quispe, al cabo de un cuarto de hora.

 Antes que el curandero, aparece en el lugar del crimen el comisario con sus ayudantes.

El hombre de ley, petiso él, de unos cincuenta corpulentos años, tiene por acompañantes a dos tipos desgarbados que llevan linternas eléctricas, doblados en dos para no chocarse con las paredes ni el techo de la galería.

 Tras él, llega el curandero, que tras echar las hojas de coca pide sacrificar una llama frente a la bocamina, un ritual al que asistí compungido varias veces en aquel viaje.

Sacrificio de la llama en una bocamina de Oruro
Bolivia, verano de 2008. Fotografía: Pedro Delgado

 Recuerdo también que las condiciones de trabajo de aquellos mineros eran casi las mismas que hace cien años, arañando las laderas de la Pachamama con técnicas demasiado peligrosas en busca de plata, zinc y estaño. Y al riesgo de quedar sepultado, se le añadía la toxicidad del aire de los socavones y el polvo metalúrgico que envenenaba el aire, no ya solo de la mina, si no de toda la ciudad.

–[...] Hasta en el campo se pudre la quinua. ¡Y están repletas de arsénico las llamas y ovejas que pastan las escasas hierbas que aun crecen en la montaña!

 Pero dejemos a un lado los riesgos y centrémonos de nuevo en el caso. Tenemos un muerto y un comisario con dos ayudantes grandullones, pero la verdadera detective del caso va a ser Doña Consuelo, amante de las películas policíacas y una suerte de teniente Colombo (Columbo en Hispanoamérica) con pollera en lugar de gabardina. Una auténtica mosca cojonera.

 Luego de dos horas y media, el cortejo deja la ruta principal para tomar un camino de tierra embarrado que se va adentrando en un valle. Luego de varias curvas con baches, que hacen resbalar el ataúd de Gustavo de un lado a otro, de manera peligrosa, el viento despeja la neblina y el sol arroja sus rayos sobre un paisaje árido. Se dibuja a lo lejos una quebrada angosta rodeada de farallones calcáreos. Empiezan a aparecer casuchas de adobe, minúsculas aldeas de cuatro o cinco viviendas. Triste meseta. Nadie a la vista, salvo grupos de ovejas y cabras que pastan plácidamente una hierba seca y gris.
 «Aún más flacuchos que en Potosí», observa para sus adentros doña Consuelo, que durante todo el viaje se ha estado concentrando en cómo proseguir su investigación. Piensa en los DVD amontonados debajo de su cama y en todas esas películas policíacas de las que se alimenta de noche en su viejo televisor, cuando no tiene amante que la distraiga. Una de sus preferidas es la serie del inspector Columbo. El muy astuto no se pierde un solo entierro. Con las manos en el bolsillo de su viejo impermeable, con cara de yo no fui, se aparta un poco y observa a los asistentes. Lo ha visto repetidas veces. Los asesinos, y quien lo dice es Columbo, suelen asistir a los entierros de sus víctimas. Piensan que estar presentes es prueba de su inocencia. Doña Consuelo está agarrando su carterita tejida que lleva en bandolera, bien apretada sobre su pollera. Adentro, siente al tacto su libretita y su lápiz.

 Y todo nos lo cuenta un narrador omnisciente, salvo en seis de los veintiún capítulos en los que toma la palabra el mismísimo Tío de la mina.

[...] Don Ricardo se ha puesto la sotana de los días de fiesta, no cada día asisten feligreses de la ciudad.
 Pobre Gustavo, no vino mucha gente a tu entierro. ¡Qué ironía la de este momento! Rezan al Dios de los conquistadores para que te otorgue la vida eterna, pero todos piensan en mí, el dios de abajo, el que se come a los hijos del campo transformados en esclavos del inframundo.

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

Tío de la mina, Oruro (Bolivia)
Fotografía: Pedro Delgado

 No les adelantaré nada más. Tan solo decirles que la novela está muy bien ambientada y que es un fiel reflejo del mundo de la minería en el país andino y de la vida cotidiana de sus protagonistasEl bello Sebastián García Huanca, José Luis Castro Ferrer, alias «el Dinamita», Alfonso Quispe o Efraín Orco, me hicieron recordar a aquellos otros mineros con los que compartí unas horas en Potosí y Oruro. Ojalá la vida haya sido generosa con ellos.

Los cuatro hombres se sientan para ponerse las botas y verificar las lámparas de sus cascos. Se embuten en la boca unas cuantas hojas de coca, después de haberles quitado la nervadura central. Luego mordisquean lentamente una piedrita de cal que, al mezclarse con la coca, va formando una bolita. La mantendrán en la boca durante varias horas. Desde que los conquistadores españoles comprendieron el poder estimulante que tenía sobre sus esclavos indígenas, la coca se ha vuelto para los mineros una compañera indispensable.

Mineros de Oruro, Bolivia. Verano de 2008
Fotografía: Pedro Delgado


 El festival BCNegra celebra su decimoctava edición entre el 6 y el 12 de febrero en Barcelona.

Cartel BCNegra 2023


martes, 31 de enero de 2023

PRESENTACIÓN DE "MUNDOS PARALELOS" EN EL TERCER PISO


Presentación de Mundos paralelos, de Rafael Martín

EL TERCER PISO es un ambicioso proyecto de Héctor Márquez para insuflarle vida a la librería Proteo de Málaga después de que esta reabriese sus puertas tras el devastador incendio que sufrió. De manera muy inteligente, y en muy poco tiempo, Héctor está convirtiendo la tercera planta de la librería en un punto de encuentro para todos los que amamos los libros. Un lugar convertido en el salón de nuestra casa (eso es Proteo para muchos de nosotros), donde tener encuentros, charlas, debates, presentaciones de libros y muchas actividades más, en formatos diseñados con sumo gusto por Héctor Márquez.

 Dentro del ciclo Leyendo a la Carrera, que tengo el placer de coordinar, nos encontramos este próximo viernes con Rafael Martín, atleta, viajero, montañero y escritor, autor de Mundos paralelos, una compilación de fotografías tomadas por el autor en sus viajes por distintos lugares del mundo a lo largo del tiempo, a la vez que un libro de relatos, pues cada imagen va acompañada de un texto breve, complemento que convierte la lectura en una experiencia inmersiva; permitiéndonos, entre otras cosas, navegar con él por el Amazonas, recorrer juntos la sabana africana o encordarnos para ascender al Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán.

 Ambos compartimos pasiones y amistad desde hace muchísimos años, de ahí que sea yo el autor del prólogo y la persona que lo presente la tarde del viernes en El Tercer Piso de la librería Proteo.

 Quiero mostrarles aquí uno de los relatos que componen el libro, por si les gusta y se animan a acompañarnos. Y como Marruecos tiene un papel destacado en este blog, he elegido uno centrado en el alto Atlas, esa cordillera por la que tanto anduve y que tanto echo de menos. Lleva por título Renuncia, y la fotografía fue tomada por Rafael en Timichi, Marruecos.

Timichi, Marruecos. Fotografía: Rafael Martín

RENUNCIA

Al despertar me percaté de que el ratoncillo que se coló en la habitación la noche anterior había destrozado la bolsa de comida que tenía en la mochila. Estiré el brazo la volqué. Salió corriendo, dando trompicones. La verdad es que no tenía ganas de presentarle batalla. Los días que llevaba en ruta me tenían agotado y preferí desperezarme con calma.

Una colchoneta en el suelo y una mesa de un repujado tosco era el único mobiliario con el que contaba la habitación, encalada en celeste claro.

Hacía un rato que el muecín había llamado a la oración, y ya se oía el cacharreo de mis anfitriones preparando el desayuno.

Brahim había preparado unos deliciosos crepes, pan recién hecho, miel, mermelada y un cuenco de aceite de acebuche oscuro y espeso que no dejaba ver el fondo. Era el complemento perfecto.

Hoy es día de mercado en Setti Fatma, y los campesinos de los pueblos altos del Atlas bajan a vender o cambiar sus productos.

Brahim y su hija Fatima recogen de los tejados, que hacen a la vez función de secaderos, el maíz, que tras cuatro horas de caminata intentarán vender.

El patriarca de la familia buscó una vez trabajo en España, pero esa mañana, mientras ríe y juega con su pequeño, se alegra de haber dejado atrás aquella civilización que un día creyó mejor.

Mundos Paralelos

Rafael Martín

 

Ya saben, coloquio y presentación del libro Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) de Rafael Martín, el próximo viernes 3 de febrero, a las 19:00, en El Tercer Piso de la librería Proteo. Presentará al autor Pedro Delgado, prologuista del libro, en un acto moderado por Héctor Márquez.


Más información en: https://eltercerpiso.es/sesion/rafael-martin/


sábado, 31 de diciembre de 2022

10 LIBROS PARA REGALAR EN REYES A LOS MÁS AVENTUREROS DE LA CASA


Stan Laurel y Oliver Hardy en una foto promocional de los años 20

El otro día oí decir a Pedro López, presidente ejecutivo de Chocolates Valor, que comer chocolate era la mejor inversión del mundo: "Por tres o cuatro euros tienes placer para una semana". También dijo que, en estos tiempos de incertidumbre, los chocolates facilitan un momento de indulgencia con uno mismo. Pues bien, todas esas palabras se pueden aplicar a los libros.

 Desde este blog comparto la selección de libros que he hecho para mí mismo, estoy seguro de que con ella ustedes también acertarán a la hora de regalar a los más viajeros y aventureros de la casa. Hay biografías, ensayos, crónicas, relatos, novelas, cómics y cuadernos de viajes que seguro nos harán más llevadero el nuevo año 2023.

el-impulso-nomada

thierry-thomas

una-mujer-viaja-por-el-mundo

el-mirador-de-los-perezosos

la-paga-del-soldado

en-venecia

edicions.ub.

mundos-paralelos

dos-sherpas

edicions.ub

 Como todos los años, lean para viajar más lejos, vivir otras vidas y otras épocas y evadirnos de estos tiempos inciertos. A ver por dónde nos sale el 2023, porque los anteriores han sido bien moviditos. Mientras tanto, brinden por seguir vivos y participar de esta maravillosa aventura que es la vida.