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sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
***
Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
***
Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».


martes, 25 de abril de 2023

EL MUNDO ABAJO


El mundo abajo, de Patricio Jara (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Pedro Delgado

Llegué a este libro de relatos atraído por el último de los personajes que enumeraban en la sinopsis de la contraportada: un soldado alemán combatiente en África en la Segunda Guerra Mundial. El relato que protagonizaba, Frontschwein, apenas tenía seis páginas, pero en mi imaginación me remitía al África Korps y aquel mítico duelo en las arenas entre Montgomery y el mariscal Rommel, «el zorro del desierto».

Rommel y Montgomery en mi álbum Parejas famosas de Ortiz
Fotografía: Pedro Delgado

 El impulso inicial fue empezar a leer el libro por ese relato final, pero el texto de la contra decía que aquellos siete relatos estaban «lúcidamente interconectados», así que no quise fastidiarle la intención a su autor, Patricio Jara (Antofagasta, Chile, 1974), y tras confrontar en la solapa mi mirada con la suya me fui al inicio. Antes me detuve brevemente en la portada, puro expresionismo figurativo.

Portada El mundo abajo, de Patricio Jara
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 2

 Yo aún no lo sabía, pero al terminar el libro me di cuenta de que aquel cuadro (La Portada de Antofagasta) de Marko Franasovic, pintor y diseñador gráfico nieto de yugoeslavos que llegaron a Antofagasta a trabajar en la Pampa a principios del siglo XX, contenía muchas pistas de lo que uno podía encontrar en el interior: aviones que cruzan los cielos rojizos del norte, barcos que cabalgan mares traicioneros que pueden hundirlos y llevarlos a fondos abisales, montañas que alguna vez estuvieron bajo el agua y que se irguieron por el levantamiento tectónico del borde costero de Sudamérica allá en las últimas edades de la Tierra, perros fieros y tumbas como las del plano inferior que remiten a las del desierto de Atacama.

 Se dice que el Atacama está lleno de cuerpos. Hombres muertos en batallas centenarias y hombres ejecutados sin chance de pelear; hombres heridos y enfermos abandonados en el camino; exploradores sin rumbo incapaces de seguir, todos entregados a su suerte bajo el cielo rojo del norte que estalla cada atardecer.
 Cada vez que la prensa informa de hallazgos por estos lugares, al poco rato el sitio se llena de gente. Llegan policías, arqueólogos, expertos de todo tipo, pero también personas buscando a sus familiares que hace más de cuarenta años fueron sacados de sus casas y nunca regresaron.

 A veces, los cuerpos son removidos de sus tumbas por el aumento del caudal de un río, y bajan con las aguas torrenciales hacia el mar, ese mar rojizo de la imagen con aspecto de lava que todo lo engulle. Y en el centro de esas aguas ardientes, un arco de roca a modo de puerta de entrada al mundo literario del autor, reconocido en Chile con el Premio del Consejo Nacional del Libro y el Premio Municipal de Santiago por sus novelas El sangrador y Geología de un planeta desierto.

 El mundo abajo (Jekyll & Jill, 2022) es un conjunto de relatos inquietantes que aúnan la angustia con el alivio, lo siniestro con lo cotidiano, historias muy originales con giros inesperados, acertadamente ordenadas en el índice para que el disfrute de la lectura vaya in crescendo.

Índice de El mundo abajo, con los relatos repartidos en dos bloques
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Además, breves textos de carácter ensayista que, aunque a veces tienen cierta conexión con las historias, funcionan de manera individual, preceden o siguen a algunos de los relatos.

 Para ejemplo, la nota ilustrativa que abre Las tierras sumergidas, que versa sobre cómo los maremotos, huracanes e inundaciones son fuentes de desplazamiento de especies, y que antecede a Iremi, el primero de los relatos.

 Iremi es una historia que nos remite a huracanes y aviones desaparecidos, como aquel Boeing 777 que iba de Kuala Lumpur hacia Beijing en 2014, o el vuelo 603 de Aeroperú que cayó al mar en una noche de octubre de 1996 por un descuido en la revisión del aparato antes de despegar.

Ese avión llevaba una hora de viaje cuando se desvió hacia el océano Índico. Nadie entendía por qué. La nave permaneció en vuelo por siete horas y se perdió. Encontraron restos diseminados en Mozambique, Tanzania y Sudáfrica. Pero solo eso: despojos que llegan a la superficie en una zona de aguas cuyo lecho marino todavía no está mapeado. Es decir, no se sabe cuán profundas son.
La única certeza que hay es que al momento de salir del radar el piloto iba con control manual. Alguien se quiso desviar, alguien quiso perderse y llevar a todos con él.
***
De Aero Icarus from Zürich, Switzerland - AeroPeru Boeing 757-23A
XA-SME, January 1995, CC BY-SA 2.0
 El vuelo de Aeroperú era un Boeing 757 que debía estar en Santiago de madrugada, a las seis de la mañana. Pero antes, me llamaron del radar.
 «Elimina la franja del Aeroperú».
 «¿Viene atrasado?», pregunté por si debía guardarla para más tarde.
 «No, elimínala. No llega. Se cayó al mar».

 Iremi es un lugar por donde pasan los vuelos que va desde Chile a Estados Unidos. Aunque no es el Triángulo de las Bermudas, es la latitud y longitud en la que más incidentes se dan en Sudamérica.

Es un punto en el espacio aéreo entre Chile y Perú donde los aviones quedan ciegos. Acaban de dejar al controlador chileno y esperan a que los tome el peruano. Eso puede tardar un segundo o varios minutos. Los puntos satelitales, los puntos sobre los que se vuela siempre tienen un nombre ficticio de cinco letras y fácil de recordar. Aunque también podrían leerse como un listado de dioses malignos: Aknuv, Sauri, Makra, Tirlo, Nuxup, Edron...
 Si el avión fuera un auto que viaja de noche, Iremi equivale al sitio en el cual el conductor apaga las luces y avanza por la carretera en plena oscuridad. 

 El relato está protagonizado por una controladora de tráfico aéreo que prefiere diseñar rutas a estar en la torre de control, caminos por donde los aviones van de un lugar a otro, líneas trazadas que están ahí aunque no las veamos.

 En ese fondo del mar donde acabaron esos aviones, y donde también reposan algunos barcos, como el Itata (el Titanic chileno) o el carguero Sofía, se ambienta parte del segundo de los relatos: Todo se llena de agua.

Después de la isla, otro gran momento fue bajar a los restos del Sofía, un carguero de bandera peruana hundido en 1927 frente a Antofagasta. El barco fue construido en Glasgow a mediados de 1800 y el día del accidente llevaba en sus bodegas varias toneladas de chatarra y otros materiales para las calderas de la minería. Nadie conoce las razones exactas por las que colapsó. Sí que hubo una serie de problemas aduaneros que lo tuvieron detenido medio año frente a la costa del desierto de Atacama. Se especula que fue el desgaste de su casco lo que hizo que una mañana se hundiera en completo silencio.

 El texto se inicia con la enumeración de tres cosas que podría certificar cualquier submarinista.

Lo más difícil es mantenerse abajo. Al poco rato de sumergido, el cuerpo se inclina y comienza a subir. No tienes forma de remediarlo a menos que lleves un cinturón con calugas de plomo y bandas con peso en los tobillos. Aunque hay días en que te echas encima todo lo posible y aún así no te hundes. Al final, debes añadir una espaldera y terminas bajando con doce o catorce kilos extra.
 Lo segundo más difícil es quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Las corrientes no se detienen y te desplazan de manera imperceptible. A veces no lo notas tú ni los que están arriba, en el bote, en caso de que estés buceando con oxígeno por manguera. Si los bañistas que chapotean en la orilla de la playa se sorprenden al no darse cuenta en qué momento se movieron cinco o diez metros desde el punto paralelo donde dejaron su quitasol, imagina cómo es allá en la profundidad.
 Lo tercero es el ruido que produce tanto silencio. Bajo el agua tu respiración es un bufido incesante y regular hasta lo intolerable. No puedo explicarlo. Un amigo me dijo que es como si otra cosa respirara por ti. No dijo persona. Dijo cosa. El mar está lleno de cosas allá abajo.

 Y es que aquí el protagonismo recae en un par de buzos, amigos desde los tiempos escolares, y la novia de uno de ellos.

Una mancha precisamente dicen que vio Gustavo el día del accidente. Pero no una de peces, sino otra cosa. Vaya uno a saber qué. Hacíamos trabajos de inspección y cambio de piezas en la estructura de un muelle particular cuando ocurrió. Yo estaba tres o cuatro metros debajo. La cámara que él tenía adherida a su traje, una máquina pequeña, liviana y de óptima resolución para registrar sus procedimientos, captó una forma opaca o quizás negra que asomó de derecha a izquierda hasta que la imagen se oscureció por completo. Un par de segundos después, la luz volvió convertida en un revoltijo de agua verdosa a medida que Gustavo subía hacia la superficie más rápido de lo permitido.

 En Estuario, el narrador lleva a dos investigadores de la Universidad Austral de Valdivia a la desembocadura del río Loa, donde estos han de realizar un estudio sobre los efectos de la crecida de los ríos en la salinidad de los humedales.

Allí tomarían muestras de agua y sedimento a distintas horas del día y la noche, cuando la marea cubre buena parte de esa superficie. No era mucho el dinero que me ofrecía como chófer, pero si con eso podía aliviar la espera de llamados para entrevistas de trabajo, estaba muy bien. Cualquier cosa estaba muy bien.

Desembocadura río Loa (Antofagasta, Tocopilla)
Fotografía: Ministerio Bienes Nacionales (Chile)

***
Olivia fue la primera en bajar de la camioneta. Le sobrecogía pensar cómo un río tan largo, y de caudal tan modesto, era capaz de viajar desde la cordillera al océano a través de un desierto como el Atacama. Además, formaba pequeños oasis en su recorrido. Más de cuatrocientos kilómetros de pura épica.
 «Imagínate todo lo que arrastra en su camino», dijo Rodríguez. «Es un río de poca agua, un río de mierda, pero logra hacer su curso. Ese es el milagro: no es que haya agua en el desierto, sino que esa agua se las arregle para llegar a algún lado».
 Nos detuvimos a pocos metros de una bahía rocosa con claros de arena. Allí las riberas del Loa se hundían en el mar y formaban un estuario con varios metros de humedal. La vegetación no abundaba. Tampoco la variedad de aves. Pero se trataba de un ecosistema estable, lo suficiente para haber visto erguirse y caminar a los primeros habitantes del continente. Estaba allí desde el principio y de seguro lo estaría en el final.

Río Loa en la región de Antofagasta, Chile
Fotografía: tomasaereas.cl

 Y en ese paraje solitario e idílico, el lector, que ya se ha familiarizado con el autor, espera que algo venga a romper la calma.

 La segunda ronda de muestras debían tomarla al atardecer, aprovechando los primeros indicios de subida de la marea. Rodríguez y Olivia caminaron por el estuario con sus recipientes distanciados varios metros entre sí. Parecía un trabajo simple y monótono de no haber sido por lo que ella encontró al salir de una zona de vegetación que había resistido a duras penas la última crecida del río. Aún quedaban minutos de luz natural cuando comenzó a llamar a gritos. Rodríguez fue el primero en acercarse y nada más ver el hallazgo de su compañera, hizo señas para que me apurara.

 Tras ese relato comienzan las historias reunidas bajo el título Una estación en el abismo.

 La primera de ellas, Una fábula hardcore, es impactante, tanto por el desarrollo como por la finalización. En ella aparecen tres amigos, Camello, Tarántula y Grillo, que se topan a altas horas de la noche con su antiguo profesor de música, el cual avanza tambaleándose por los efectos del alcohol. Conejo, de no estar en el ataúd que han estado velando hasta ese momento sus amigos, también lo habría reconocido al momento. La flauta Hohner y la conchadesumadre.

Flauta Hohner color hueso

Camello es el primero en verlo. Lo ve clarito: está afirmado en la muralla, frente al bar, como si intentara mantenerse en pie en medio de un tifón, como si quisiera conservar el equilibrio parado sobre un disco giratorio. Pero Camello no dice nada hasta estar seguro de que se trata de él. Por eso se queda unos pasos atrás, mientras adelante Tarántula y Grillo caminan discutiendo si es mejor tomar un taxi o seguir a pie. Son las dos de la mañana de un miércoles de agosto. La tarde anterior llegaron temprano a la iglesia y fueron los últimos en irse. Querían pasar todo el tiempo posible sentados frente al cajón donde estaba Conejo. «Conejo huevón», decía cuando salieron a fumar un cigarrillo afuera de la sala de velatorios. «Cómo cresta se fue a quedar dormido manejando». A Conejo se lo comió el desierto, como a tantos otros tantas veces. Las carreteras de la minería del norte chileno son el nuevo Chiflón del Diablo. Sales de la faena rumbo a tu casa luego de un turno de cuatro días y de pronto algo pasa y nadie se entera.

 En Jeff Hanneman trasciende su alma rockera, esa que ya se intuye por su aspecto en la fotografía de la solapa, y que le debe de venir de su etapa de reportero en la revista Rolling Stone.

Patricio Jara en la solapa de El mundo abajo
Fotografía: Pedro Delgado

 Para los que no lo sepan, les diré que Jeff Hanneman es el guitarrista líder y miembro fundador de la banda estadounidense de thrash metal Slayer, fallecido a los 49 años por una cirrosis hepática en el 2013. Patricio Jara, que es autor de una serie de libros de crónica sobre el metal extremo sudamericano, escribió un ensayo sobre Reing in Blood, el disco más importante de Slayer.

Read in blood, de Patricio Jara

 Este relato lo protagoniza Martín Almeyda, un músico de rock de gira por Alemania, que nos invita a conocer cómo consiguió su segunda guitarra, esa que transporta con sumo cuidado en el compartimento de equipajes que hay sobre el asiento del tren que habrá de llevarlo de Frankfurt a Darmstadt. Cómo llegó a sus manos esa ESP modelo JH-600, en cuyo diseño habría intervenido su ídolo, el mismísimo Jeff Hanneman, es lo que nos cuenta en sus páginas.

Jeff Hanneman, líder de los Slayer
 «¿No has comprado una estufa para esta casa?».
 «Prefiero gastar la plata en otras cosas».
 «¿Tienes más guitarras?».
 Nellson sonrió y apuró su vaso con un sorbo largo y sonoro. Se quedó con un trozo de hielo en la boca y lo trituró con las muelas.
 «No gasto la plata, más bien la invierto. ¿Quieres ver en qué?».
 Martín se dio cuenta de que sin chaqueta Nellson no era más corpulento que él. En caso de malas sorpresas, podía arreglárselas. Saldría abriéndose camino a guitarrazos. Pero no ocurrió nada de eso. Nellson le pidió que lo acompañara al patio, donde además de un nuevo regadío de cartones de Kino, mojones secos y una serie de trastos indeterminados, había un pequeño cuarto cuya puerta estaba asegurada con doble chapa. Comenzaba a atardecer en Calama y el cielo era un telón rojizo. Parecía el resplandor de un incendio enorme pero lejano. La temperatura descendía de golpe y Martín sintió los labios secos.
 «Esto es», dijo Nellson luego de abrir la puerta y encender la luz del cuarto.

 Búfalo es la pieza más sórdida y tremenda de todo el conjunto, y me recordó a otro hecho desagradable, indecente y miserable ocurrido en Borneo, del que no voy a hablarles aquí para no anticiparles el final de la trama.

 «Es el nochero», me dijo el Lentejón, mientras se quitaba los bototos sentado en una banqueta. «Si temprano en la mañana o al final del día lo ves dando vueltas al fondo del taller, no lo infles ni te asustes».
 Le llamaban Búfalo por el tamaño de la cabeza. Un cráneo de proporciones considerables y una chasquilla enmarañada que le caía desde la frente hasta casi tapar su nariz de rumiante. Tan sucia que con los años le había cambiado de color. Decir que el Búfalo no se bañaba sería injusto. Varias veces lo vi echándose agua debajo de los brazos con una palangana enlosada que tenía en la puerta de su casucha, al fondo del corral.

 Y así llegamos a Frontschwein, el último de los relatos, que curiosamente es el único que no se desarrolla en Chile. Lo mencioné al inicio de la reseña, así que sólo les diré que no defraudó mis expectativas. Por un rato sentí las arenas del desierto bajo mis pies, y también granos de arena en mi boca, mis ojos y mis oídos. 

 Habíamos completado la mitad del viaje hacia el oasis de Maradah cuando los de transmisiones nos pasaron un mensaje. Sugerían hacer un alto porque acababan de interceptar un radiograma en inglés que decía: «Una columna enemiga se dirige hacia nosotros». Barrimos el horizonte con los binoculares y no vimos nada extraño, de modo que comprendimos que el observador debía estar oculto tras una altura bastante próxima. Para seguir nuestro camino a Maradah, debíamos pasar por una zona de quebradas y montículos pedregosos, con pendientes pronunciadas y desniveles que costaba distinguir hasta que no los tuviéramos encima. Ordené que seis carros oruga se desplegaran en abanico, avanzando con cautela hacia el sur. Pocos momentos después, nuestra radio pudo recoger otro mensaje en inglés: «Seis vehículos de reconocimiento se dirigen hacia el sur».
 El jefe de uno de los tanques que venía a nuestro lado se ofreció a avanzar sobre la altura. Yo temía que pudiese haber minas y le indiqué aproximarse solo cien metros y detenerse. Lo hizo así. Entonces interceptamos un nuevo mensaje: «Un gran tanque pesado está avanzando hacia mí. Si se aproxima más, abandonaré la observación».
 Tomé dos carros ligeros y fui hasta el tanque. Allí decidimos disparar hacia los montículos más altos. Después de la primera ráfaga pudimos ver entre nubes de polvo a tres pequeños vehículos británicos que se retiraban apresurados.
 El campo parecía libre. No había más que la planicie africana y el sonido de los motores de nuestra columna. Pero anduvimos con precaución, atentos a si los de la radio interceptaban un nuevo mensaje. Pero eso no ocurrió y en cambio oscureció más de prisa de lo que habríamos deseado.

Avance de la 39ª sección Panzerjäger del Afrika Korps, 1942
Fotografía: Commons.Wikimedia.org

 Sobre las interconexiones entre los relatos, decir que son ciertas, aunque muy sutiles y por ello difíciles de percibir. Es más un juego, un guiño que nos hace el autor, y hay que andar muy atentos para que no se nos pasen. Durante la lectura y la revisión del texto para escribir esta reseña encontré las siguientes (aunque seguro que ustedes encuentran algunas más):

-En Iremi, la controladora aérea menciona a una hermana que estudió nutrición y se dedicó al trabajo de laboratorio (pág. 19).

-En Todo se llena de agua, descubrimos que esa hermana se llama Tamara y es la novia del buzo protagonista (pág. 42, 44, 45 y 51). Además, el buzo fue alumno de Idelfonso, el profesor de música que aparece en el relato Una fábula hardcore (pág. 35). El buzo también lleva una camiseta del grupo musical Pedro Murió de Cabeza que le regaló su amigo Gustavo (pág. 49), uno de los guitarristas que aparecen en Jeff Hanneman.

-En Estuario, el chófer que lleva a los dos investigadores es el buzo protagonista del relato Todo se llena de agua (pág. 56).

-En Jeff Hanneman, la banda del guitarrista se llama Pedro Murió de Cabeza (pág. 89), y el guitarrista protagonista, Martín Almeyda, es mencionado en Búfalo.

-En Búfalo el protagonista es otro guitarrista de la banda Pedro Murió de Cabeza (pág. 104). Este mantuvo una relación con la científica de la Universidad de Valdivia que aparece en Estuario (Pág. 101). Y hace mención al guitarrista protagonista de Jeff Hanneman (pág. 87 y 101). En Búfalo se habla del Afrika Korps (pág. 107) lo que lo conecta con Frontschwein.

 Por último, no quisiera cerrar esta entrada sin darle las gracias a Víctor Gomollón y a su editorial Jekyll & Jill por descubrirme a un nuevo autor. Ya es la tercera vez que lo hace. Y estoy seguro de que habrá una cuarta vez. Quizás también una quinta, una sexta, una séptima y vaya usted a saber... Creanme, es hermoso que existan editoriales independientes como esta.


martes, 14 de junio de 2022

NO SABÍA HACIA DÓNDE IBA, PERO SABÍA CÓMO SE LLEGABA


Dadas las circunstancias, de Paco Inclán (Editorial Jekyll & Jill)
(imagen tomada en Antequera, que no aparece en ninguno de sus relatos,
aunque tratándose de Paco, quién sabe si la próxima vez...)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 

En el mundo hay gente –están por todos lados– que prefiere mandarte a cualquier lugar antes que reconocer que no tienen ni idea de lo que les estás preguntando. ¡Cuánto bien que hacen a las derivas sin rumbo ni sentido!
Dadas las circunstancias, Paco Inclán


Paco Inclán me mira desde la solapa de Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill, 2020), su último libro de relatos, y lo hace desde detrás de los cristales de sus gafas de carey, parapetado tras una barba y un bigote generoso. El paisaje campestre del fondo y la camisa de cuadros abierta, que deja ver su camiseta interior, completan ese aire de bonhomía que desprende. Paco Inclán, que ya les digo tiene cara de ser un buenazo, podría pasar en la foto por un agricultor o un ganadero afable, sencillo, bondadoso y honrado. Sin embargo, Paco Inclán es escritor (de qué sino iba a estar su foto en la solapa de un libro). Y eso lo puedo corroborar después de acompañarlo por las páginas de su peculiar libro de viajes.

 Dice la biografía de la misma solapa que Paco Inclán (Valencia, 1975) imparte talleres de creatividad literaria en bibliotecas, librerías y centros culturales, y clases de español a personas migrantes y refugiadas. Lo segundo viene a confirmar que no es sólo que tenga cara de buenazo, es que lo es. Y sobre lo primero, lo de que imparte talleres de creatividad literaria, les diré que, no habiendo asistido a ninguno de sus talleres (en realidad no he asistido al de nadie), me atrevería a afirmar que Paco Inclán es el más creativo de todos los profesores. Para ello basta leer la sinopsis de la contraportada. ¿Cómo se le ocurren a Paco Inclán estas historias tan extrañas?

Un viaje al país del esperanto [encerrado en un museo], un paseo por la Habana en busca del chiste que mató a un escritor decimonónico, el encuentro con el último hablante del híbrido lingüístico entre el romaní y el euskera, una visita a la taberna praguense que sirvió de escenario para el poema más desconcertante de Roque Dalton y un macguffin escatológico para rescatar del olvido a un erudito del medievo son algunas de las misiones que Paco Inclán nos comparte en Dadas las circunstancias.

 Sus crónicas o relatos, desde sitios tan dispares como Praga o Llodio, vienen acompañadas de unos mapas minimalistas que no sé si serán acierto del propio Paco o del diseñador gráfico de la editorial (que en este aspecto he de reconocer que se lo curra mucho más que otras, siendo cada libro un mundo y no la uniformidad a la que nos tienen acostumbrados).

Mapa de Llodio. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Mapa de Praga. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Plutón, planeta enano [Homenaje a Roque Dalton] comienza en una playa de Sinaloa, ¡y termina en una taberna del casco antiguo de Praga!

El día que Plutón dejó de ser un planeta me estaba bañando en una playa de Sinaloa, en el Pacífico mexicano. Me enteré aquella misma noche, cuando bajé a comer unos tacos de chicharrón en una cantina de Navolato, el municipio más próximo. Una televisión local informaba en la sección de breves de su noticiario que doscientos astrónomos, reunidos aquel jueves 24 de agosto de 2006 en la asamblea que la Unión Astronómica Internacional (UAI) celebrada en la ciudad de Praga, habían decidido que Plutón pasase a ser considerado «un planeta enano». No se especificaba mucho más. La escasa clientela de la cantina prestó mayor atención a la siguiente noticia: un misterioso rebrote de niños chinos que se quedaban con la cabeza atrapada entre los barrotes de las rejas de sus balcones.

 En Pasajes cubanos [Como recuerdo] acompañamos a Paco Inclán a Cuba. En La Habana asiste (asistimos) a la presentación de otra biografía del Che Guevara por el cincuenta aniversario de su muerte. Allí, además de a Aleida Guevara, hija del Che, conocerá (conoceremos) a un tal Vladimir, un doble del guerrillero disfrazado de una versión exagerada del Che, con su gorra calada, su barba rala y su aire castrense.

A la salida del edificio, los asistentes se apiñan en el portal exterior a la espera de que una pasajera lluvia tropical amaine. El gentío agasaja a Vladimir, centro de atención de la muchedumbre: firma autógrafos, lo abrazan, posa para la cámara de algunos móviles. Un equipo de la televisión cubana le graba unas declaraciones en las que se define como un ferviente guevarista dispuesto a todo por defender el legado del comandante. Parece sentirse a gusto con su rol, resuelto, acostumbrado. Quisiera acompañarlo lo que me queda de tarde para descubrir quién se esconde debajo de su personaje. Viajar a La Habana para acabar escribiendo sobre el Che es un asunto demasiado trillado; sin embargo, encontrarme con un doble suyo merece una oportunidad, un a-ver-qué-pasa.

 Y a un valenciano. Bueno, a quién mejor conocerá será a la hija de éste.

 –¿Y él? ¿No ha venido?
 –Se ha quedado en el hotel. Estaba cansado, estuvimos todo el día caminando.
 –Ayer lo escuché decepcionado.
 –Se la pasa criticándolo todo, mañana nos vamos a Varadero, a ver si así se relaja un poco.
 [...]
 –Me ha dicho que estás buscando un chiste.
 –Sí, el chiste que mató a un poeta cubano a finales del siglo XIX. Le provocó una aneurisma.
 –¿De verdad?

 Pasa mucho más en en este relato, el más largo de todos; microhistorias que siempre resultan ingeniosas.

 Pero para ingenioso el relato que lleva por título El último hablante de erromintxela (se llamaba Goyo).

El erromintxela, se puede vivir sin saberlo, es la lengua que mezcla el euskera con el romaní que trajeron a cuestas los gitanos que, en el siglo XV, detuvieron su peregrinaje para afincarse en territorios vascos. La simbiosis del lenguaje nómada por antonomasia con el que permanece asentado en los mismos lugares desde su balbuceo originario. Supe de su existencia por un pequeño vocabulario que encontré en las estanterías de una biblioteca durante un paseo por el centro de Donostia. En su prólogo se aseguraba que el erromintxela había vivido sus años de esplendor, si es que los tuvo, a finales del siglo XIX. [...] Algunos lo daban por extinguido y otros lo trataban como una curiosidad, un mito o una forma criollizada (pidgin) del romaní barruntado con gramática del euskera. Había también quien contaba que el erromintxela había funcionado durante siglos como un pogadolecto secreto, tan secreto que quizás no hubiese existido, un código encriptado de quinientas palabras y quinientos hablantes, en su mayoría ancianos que habitaban pequeños pueblos de montaña en la región de Iparralde.

 Hasta Llodio viajará Paco Inclán en busca del tal Goyo, un pintor «payo y euskaldún» que había aprendido la lengua durante el tiempo que pasó en un municipio cercano a Hendaya, y que ahora vivía aislado en una casa en las montañas. Su intención: entrevistarlo.

Cuando soñaba con entrevistar al último hablante de una lengua me imaginaba haciéndolo en el interior del Amazonas o en una remota aldea china fronteriza con Mongolia. Sin embargo, sueños menguantes, mi búsqueda me ha dirigido a Llodio, segundo municipio de Araba, hacia donde he salido esta mañana desde Donostia.

Como se deduce por el título, Escatología en la obra de Arnau de Vilanova, Paco se pone un tanto escatológico en su siguiente relato, una singular (cómo no) historia sobre el erudito y médico del siglo XIII «del que poco o nada sabemos: apenas que da nombre a un hospital valenciano».

El médico Arnau de Vilanova
Imagen: Wikipedia

Además, entre otros tantos quehaceres, Arnau de Vilanova fue médico de papas y reyes, interpretador de sueños, experimentador con plantas y minerales acusado de ideas peregrinas –aunque posteriormente se le reconocería su legado–, traductor del árabe y del hebreo de las principales investigaciones médicas de su época y renovador de los planes de estudio de la Facultad de Medicina de Montpellier, donde impartió clases desde 1290.

 En Lenguas artificiales (Una aproximación), que versa sobre el esperanto y otras lenguas artificiales creadas a lo largo de la historia, aparece un autor del que oí hablar hace muchos años, precisamente a la vuelta de un viaje por Islandia: un mes entero con mi hijo mayor, recorriendo en autostop la enorme isla en el sentido de las agujas del reloj.

En la carretera, Islandia en autostop (julio de 2014)
(nuestras sombras como dos personajes míticos de Hugo Pratt)
Fotografía: Pedro Delgado

 Subir al Sneffels, navegar junto a ballenas, ver geysers enormes, recorrer glaciares y campos de lava, caminar bajo la tierra y darnos un remojón en aguas termales fueron algunas de las cosas que nunca olvidaremos de aquel viaje. También mi vano intento de dar con Auđur Ava Ólafsdóttir en Reikiavik para que me firmara mi ejemplar de La mujer es una isla, una edición de bolsillo que me había leído, junto a no recuerdo ahora mismo qué otros libros, aquellos días.

«Estoy teniendo problemas con las epiglotales», me ha confesado Elías en esta cafetería impersonal de Reikiavik, tan impersonal que también podría ser la trastienda de una ferretería o un garaje de automóviles. «¿Con las epiglotales?», le recalco para darle pie a que me continúe relatando el proceso de construcción del alfabeto del Iwyma, la lengua artificial que se está inventado. Se calla, me observa con sus ojos pequeños; prefiere no desvelarme mucho más: «Quiero dejar atada su estructura antes de comenzar a divulgarla». Me remite a su blog, que redacta en Iwyma, al que solo se accede por invitación. De momento, solo él, su creador, puede entenderlo.
 Elías Portela, gallego de Cangas de Morrazo, aterrizó hace siete años en Islandia para «aprender a bailar tangos» (sic). Ahora se dedica a traducir poesía del islandés al gallego para una editorial llamada Rinoceronte e imparte clases en el departamento de Español de la Facultad de Letras de la Universidad de Reikiavik, donde esta mañana he presentado la revista Bostezo ante el rictus indiferente de un grupo de estudiantes autóctonos. Elías estaba allí, al fondo del aula. Al terminar, me ha invitado a tomarnos algo. Hemos intercambiado un ejemplar de Bostezo por un poemario que él ha escrito en lengua islandesa, Sjóarinn međ morgunhestana undir kjólnum –«O pescador con cabalos matutinos baixo o vesntido»... o algo así– que publicó camuflado en el heterónimo de Elías Knorr, con el que, me cuenta, ha sido escogido por la Poetry Society de Reino Unido como uno de los tres autores más representativos de la poesía islandesa contemporánea.
 Islandia era el marco perfecto para Elías. No parecían de este mundo.

Elías Portela en Reikiavik. Fotografía: Bartomiej Gowacki

 Le siguen El postre sirio, ambientado en Berlín, quizás el mejor ejemplo de cómo no se debe degustar un menú, y Exaltación de las ausencias, que nos traslada a Veracruz, México, al estreno de un documental que retrata el no vínculo de Pancho Villa con la ciudad.

No acabo de entender la elección de Pancho Villa para iniciar una serie de documentales que relacionen la ciudad con personajes ilustres que la visitaron. ¿Por qué empezar entonces con alguien que jamás estuvo? Miro a los lados buscando una mirada cómplice, un rostro perplejo, una disimulada risita, alguien encogiéndose de hombros. Sin embargo, solo yo parezco estar viviéndolo desde esa extrañeza. Al finalizar la proyección, los asistentes aplauden a rabiar. Me siento un aguafiestas aunque secundo los aplausos por ese temor recurrente a que me tilden de infiltrado.

 Cierra el volumen El hombre del tiempo, que no hace referencia al señor que presenta el tiempo en el telediario, sino al organizador de un banco del tiempo en Valladares, en la periferia rururbana de Vigo. Ya saben, esa gente que en lugar de dinero emplean el tiempo para tasar sus intercambios de bienes y servicios.

 Paco Inclán nos avisa en la contraportada de que «cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia», pero uno termina el libro, después de acompañarlo por sus historias, pensando que el valenciano es un as de la autoficción. Y preguntándose qué otros libros habrá escrito este hombre.