domingo, 14 de junio de 2020

A LO LEJOS (IN THE DISTANCE)


De pronto, 
Håkan se percató de algo: siempre había pensado que esos vastos territorios estaban vacíos, que solo permanecían habitados durante el breve intervalo de tiempo en que los viajeros transitaban por ellos, y que, como el océano tras la estela de un barco, la soledad volvía a cernirse sobre el terreno después del paso de los jinetes. También comprendió que todos aquellos viajeros, él incluido, eran, en realidad, intrusos.

A lo lejos, de Hernán Díaz (Impedimenta, 2020)
Fotografía: Pedro Delgado

La noche del lunes terminé de leer A lo lejos, de Hernán Díaz, un peculiar western que me ha acompañado durante la desescalada (que palabra más fea) y que he tratado de dosificar, como un buen whisky, para que no se acabara.

 A algunos les extrañará ver una novela del Oeste en el blog, pero sus páginas contienen tres cosas que amo (cuatro si incluyo el género): caminatas, viajes y aventuras.

 La premisa suena bien. Dos hermanos suecos, apenas adolescentes, que se separan en el muelle de Portsmouth cuando se disponen a embarcar hacia América.
[…] entonces Håkan se había vuelto hacia Linus, pero este ya no se encontraba allí. Miró a su alrededor, retrocedió sobre sus pasos, cruzó el muro, siguió adelante y regresó al punto donde habían desembarcado. El bote se había marchado. Volvió al lugar donde se habían separado. Se encaramó a una caja, sin aliento y tembloroso, llamó a su hermano a gritos y contempló el torrente de personas que avanzaba ante él. El regusto salado de su lengua se convirtió de pronto en un estremecimiento paralizante que se propagó por todo su cuerpo. Apenas capaz de sostenerse sobre sus trémulas rodillas, corrió hacia el muelle más cercano y preguntó por Nujårk a unos marineros montados en una lancha. No le entendieron. Al cabo de varios intentos, probó con «Amerika». Eso lo entendieron de inmediato, pero negaron con la cabeza. Håkan fue muelle por muelle preguntando por Amerika. Por fin, después de varios fracasos, alguien le respondió «América» y señaló un bote de remos, y a continuación un barco anclado a tres cables de la costa. Håkan se asomó al bote. Linus no estaba allí. A lo mejor ya había embarcado. Un marinero le ofreció la mano y Håkan subió a bordo.
 La ciudad a la que quieren dirigirse es para ellos un talismán abstracto: «Nujårk», Nueva York. Suponemos que el hermano mayor ha subido al barco correcto, pero Håkan ha embarcado en uno que va hacia California. Y con él, como cogidos de la mano, lo hacemos nosotros.

 Al desembarcar en San Francisco, y amparado por su ignorancia, Håkan toma la decisión de ir en busca de su hermano.
No le cabía duda de que su hermano había logrado llegar a Nueva York; Linus era demasiado listo como para perderse. Y, aunque en ningún momento habían previsto una situación como aquella, Nueva York constituía el único punto donde podrían llegar a reencontrarse, puesto que se trataba del único lugar de América cuyo nombre conocían. Todo lo que Håkan tenía que hacer era llegar hasta allí. Y, entonces, Linus lo encontraría a él.
 Aunque para ello tenga que atravesar a pie América de costa a costa.
El amanecer era un intuición, cierta aunque invisible, y Håkan corría a su encuentro, con la vista fija en el punto distante que, estaba convencido, pronto enrojecería mostrándole el camino que lo llevaría directo a su hermano. El viento intenso que soplaba a su espalda era un buen presagio; una mano alentadora que lo empujaba hacia delante al tiempo que borraba sus huellas.
 A partir de ahí, el nombre de Håkan, conocido como «el Halcón», no hará más que acrecentarse hasta convertirse en una leyenda.

 La novela del argentino Hernán Díaz nos trae ecos de Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, una novela con la que aluciné en su momento, y de la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, aquel trampero inolvidable que protagonizó Robert Redford. También de Brokeback Mountain, el relato de Annie Proulx que filmó Ang Lee, y de la literatura gauchesca.
«Una novela increíble, emocionante. Un viaje de la inocencia a la experiencia. David Copperfield con sabor a Tarantino, a Deadwood, a Meridiano de sangre (The Guardian)
 Estoy seguro de que A lo lejos acabará adaptándose a la gran pantalla, pues contiene imágenes muy potentes y cinematográficas. Para muestra la que abre y cierra el libro. La del cierre me la reservo por motivos obvios, pero la del inicio me van a permitir que la comparta con ustedes: imaginen una blanca planicie de hielo en la que alguien ha abierto a hachazos un agujero, y dos manos y una cabeza que emergen del agua helada.
El nadador abrió los ojos y miró al frente, hacia la extensión sin horizonte. Tanto su largo cabello blanco como su barba estaban entreverados de mechones pajizos. Ninguno de sus gestos revelaba agitación alguna. Si le faltaba el aliento, el vapor de su respiración resultaba invisible sobre el fondo incoloro. Apoyó los codos y el pecho en la nieve aplastada, y volvió la cabeza.
 Alrededor de una docena de hombres impacientes y barbudos, abrigados con pieles y lonas, lo miraban desde la cubierta de la goleta atrapada en el hielo, a unos escasos treinta metros de distancia. Uno de ellos gritó algo que llegó hasta él como un murmullo ininteligible. Risas. El nadador resopló para librarse de una gota que le colgaba de la punta de la nariz. Frente a la rica y detallada realidad de esa exhalación (y de la nieve que crujía bajo sus codos y del agua que chapoteaba contra el borde del agujero), los débiles sonidos provenientes del barco parecían filtrarse desde un sueño. Ignorando los gritos amortiguados de la tripulación y sujeto aún al borde, apartó la vista del barco y miró, de nuevo, el blanco vacío. Sus manos constituían las únicas señales de vida que alcanzaba a ver.
 Salió del agujero, tomó la hachuela que había usado para romper el hielo y de pronto se detuvo, desnudo, entrecerrando los ojos ante el cielo brillante y carente de sol. Parecía un Cristo anciano y fuerte.
 Tras enjugarse la frente con el dorso de la mano, se inclinó y tomó el rifle del suelo. Solo entonces pudieron apreciarse sus colosales dimensiones, pues no resultaba fácil estimar su tamaño en aquella vacía inmensidad. El rifle no parecía más grande que una carabina de juguete en su mano y, aunque lo sujetaba por el cañón, la culata no alcanzaba el suelo. Con el rifle como referencia, la hachuela apoyada en el hombro resultó ser un hacha. Aquel hombre desnudo era todo lo grande que se puede llegar a ser sin dejar de ser humano.
 Observó las huellas que había dejado de camino a su baño helado y las siguió de regreso al barco.
 Es en ese barco, junto al fuego de una hoguera, donde Håkan comenzará a narrar su historia. Y nosotros nos aprestamos a escucharla.

 Leer cómo el protagonista no para de crecer a lo largo de su vida, me recordó a Joaquín, el personaje principal de la película española Handia. Y Linus a su hermano Martín, que sueña, al volver a casa después de haber luchado en la Primera Guerra Carlista, con viajar a América. La época, más o menos, es la misma, mediados del siglo XIX, y me pregunto cómo habría sido el viaje de aquellos dos vascos por América en 1845.



 No creo que Hernán Díaz haya visto la película, pero estoy seguro de que le gustará y de que, en ese punto, le recordará a los personajes de su novela, cuyo argumento, por supuesto, no tiene nada que ver con ella.

 Con A lo lejos, su primera novela, Hernán Díaz ha obtenido, entre otros, el Saroyan International Prize, el Cabell Award, el Prix Page America y el New American Voices Award; además de haber sido finalista de dos de los galardones más prestigiosos de las letras norteamericanas: el Premio Pulitzer y el Premio PEN / Faulkner de ficción. Un éxito, no se confundan, que viene precedido de muchos años de rechazos y puertas cerradas.

El escritor Hernán Díaz
Fotografía: Beowulf Sheehan (Diario La Nación)

 En la solapa de la novela, excelentemente traducida por Jon Bilbao, y editada con el cuidado y el tacto que Enrique Redel pone en cada uno de sus libros, se nos informa de que el autor nació en Buenos Aires y se crió en Estocolmo –ahí es donde uno comprende el porqué de la nacionalidad de sus dos protagonistas y esa querencia por los espacios blancos, salvajes y agrestes–. También de que en la actualidad trabaja en la Universidad de Columbia, que vive en Nueva York, que es autor del estudio de teoría literaria Borges, entre la historia y la eternidad, que es el editor de una revista académica dentro del Hispanic Institute de la propia universidad, y que sus cuentos y ensayos han aparecido en medios como The New York Times, Playboy, Granta y The Paris Review.

Clint Eastwood

 A Clint Eastwood le preguntaron en una ocasión por qué le gustaban los westerns. "Porque te transporta a otra época en la que un individuo podía valerse solo por sí mismo, una fantasía hoy casi imposible". Yo no me he puesto a elucubrar por qué me gusta tanto este género –quizás sea porque me retrotrae a la infancia: a las películas de indios y cowboys de los matinales, los sobres del Oeste de Montaplex, al fuerte Comansi, las cajas de Exin West y mis indios, vaqueros y federales de Famobil–, pero lo cierto es que en esta reclusión he vuelto a él. Vi dos westerns fantásticos que se estrenaron en España en 2019 y 2018 –Los hermanos Sister y The Rider– y revisité algunos clásicos como La diligencia o Centauros del desierto. En La diligencia, el maestro John Ford recoge un monólogo que me ha recordado al de esos empresarios poderosos para los que gobierna el incendiario Donald Trump (y entre los que se incluye él mismo).


 Como ven, el género no pierde actualidad.

martes, 5 de mayo de 2020

LA PELIGROSIDAD DEL DESCENSO


La peligrosidad del descenso, carta de David Barbas García al diario El País
Fotografía: Lucía Rodríguez

La peligrosidad del descenso
Aunque el Annapurna tiene mayor letalidad estadística, los expertos consideran que la montaña más difícil de escalar del mundo es el K2 (Chogori). Inclina la balanza el llamado "coeficiente de peligrosidad durante el descenso", que indica el porcentaje de personas que hacen cima y no regresan con vida. Y es que a los factores que complican el conjunto de la escalada se suman en el descenso el agotamiento físico y mental acumulado durante la ascensión y la necesidad de establecerse cuanto antes por debajo de los 8.000 metros ("zona de la muerte", en alpinismo). Durante estas semanas hemos alcanzado con gran esfuerzo el pico de la curva epidemiológica y ahora toca bajar. Nuestro sistema sanitario está exhausto a todos los niveles y diezmado tras su heroica lucha; los ciudadanos, agotados y hartos de las condiciones de confinamiento; la economía, maltrecha e impaciente por salir de su propia zona de la muerte… No perdamos la concentración en el descenso. No permitamos que cansancio y prisas echen por tierra lo ya conseguido. Regresemos al campo base sin perder a ningún miembro más de la cordada.
David Barbas García

 Necesitamos soluciones, no ruido y críticas.

jueves, 23 de abril de 2020

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!


El explorador, escritor y orientalista Sir Richard Francis Burton (1821-1890)
Fotografía: Rischgitz, 1864

#QuédateEnCasaYLee
#ExploraDesdeCasa

viernes, 17 de abril de 2020

LEER NOS VUELVE A NUESTRA CONDICIÓN DE NÓMADAS


«Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas»

Antonio Basanta


Dado que la frontera con Marruecos lleva cerrada desde el día 17 de marzo, y que los libros nos sirven para viajar sin salir de casa, os sugiero cruzar el estrecho a través de la lectura o relectura –si ya lo leísteis en su momento– de mi libro de relatos Carta desde el Toubkal.

"Un humilde albergue bereber en las montañas del Atlas es el lugar perfecto para leer este delicioso libro de relatos ambientados en esta misteriosa y desconocida zona de Marruecos".
Francisco Javier Palazón

 No tengo Facebook ni Twitter ni Instagram, pero a veces me topo con imágenes y comentarios como el que les muestro, y me doy la satisfacción de ver que estos relatos siguen encontrando lectores. Lectores como Francisco Javier Palazón*, al que no conozco de nada, lo que hace que su acto me resulte tan valioso.
 Mil gracias por elegir mi libro para tu viaje y pasearlo por Marruecos mientras lo leías. Y un millón de gracias por tener la generosidad de contarlo.

*Lector, bibliófilo y periodista, Francisco Javier Palazón es director de EDUCACIÓN 3.0, medio de comunicación líder en innovación educativa, y tiene un Instagram altamente recomendable repleto de imágenes y comentarios sobre libros y viajes.

lunes, 6 de abril de 2020

STAY SAFE. STAY HOME


A SKI MOVIE by PHILIPP KLEIN


Ya saben, si quieren subir montañas o deslizarse por sus laderas ahora que se prolonga el confinamiento por el coronavirus, hagan como Philipp y entreténganse en sus encierros.
 Aunque la recomendación más propia, para este tiempo que nos ha tocado vivir, es que saquen de sus estanterías el famoso Decamerón de Boccaccio y emulen a esos diez jóvenes burgueses –tres hombres y siete mujeres– que en 1348 se refugiaron de la peste negra en una casa de campo a las afueras de Florencia. El virus que portaron las ratas llegadas desde Oriente en barcos cargados de especias acabó con la vida de 40.000 almas en la ciudad, la tercera parte de sus habitantes, mientras ellos entretenían el confinamiento contándose historias picantes, satíricas, trágicas o moralizantes.

A Tale from the Decameron, 1916, oil on canvas, 101x159 cm.
John William Waterhouse

 Boccaccio, que tenía por entonces 35 años, vivió en persona la epidemia, el horror y el miedo que se extendió por todas las capas sociales; y seguramente algunos de aquellos relatos debió de escucharlos en tabernas o mercados. Quizás elevados por el aire desde alguna que otra ventana o balcón. Y muchos otros los inventaría él mismo, recogiéndolos todos en boca de sus protagonistas: durante diez días cada joven tenía que contar una historia, de ahí que el Decamerón esté compuesto por cien relatos, y que el libro alcance las mil y pico páginas que encontraréis en uno o dos volúmenes.



 Quizás en agradecimiento a las horas ocupadas con su lectura, cuando todo esto haya pasado y se pueda volver a viajar libremente por el mundo, encaminen sus pasos al pueblecito toscano de Certaldo donde nació Giovanni Boccaccio. Su casa, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida con esmero, al igual que un jardín que imita a aquel en el que se reunían a contarse historias aquellos jóvenes. Hace tiempo escuché decir a Mario Vargas Llosa que "el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe". Así que ya puestos, desde Certaldo, acérquense a Florencia, visiten sus calles, sus monumentos, museos e iglesias, y luego suban a Villa Palmieri para recorrer "sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos" y contemplar desde allí las vistas de la ciudad.

#QuédateEnCasaLeyendo

 Y si no tienes qué leer, recuerda que en estos momentos de incertidumbre las librerías, farmacias del alma, siguen llevándote los libros a casa desde la trastienda.

domingo, 8 de marzo de 2020

¡OLÉ, A TODAS ESAS MUJERES!


Anne-France Dautheville

El año pasado leí una anécdota en el periódico, y me pareció tan buena que decidí guardarla para compartirla con ustedes este día.

 La conversación se desarrollaba entre una periodista (Patricia Gosálvez) y cinco reclusas de la prisión de Alcalá Meco. Una de ellas, Ana, contaba que en una cárcel mixta preguntó por un curso de carretillero. "Pues no van y me dicen 'ese es para hombres, tú haz el de igualdad'; 'no, perdone', contesté, '¡el de igualdad parece que lo tiene que hacer usted!".

 No me dirán que no dan ganas de aplaudirla y de gritarle "¡¡Olé!!". Como a todas esas mujeres que salieron y salen a recorrer el mundo en solitario. La última de la que me he enterado es Anne-France Dautheville. En 1973 dio la vuelta al mundo en moto y lo contó en un libro: Y me llevó el viento, editado por Interfolio las pasadas navidades.

Y me llevó el viento de Anne-France Dautheville
"Mis amigos me dijeron que me violarían, que me venderían como esclava de un harén o que me asesinarían; ¡estás loca!, decían. Pero nadie me dijo que fuera de Europa la mujer que viaja sola se convierte en algo prácticamente sagrado, que todo el mundo querría ayudarme y protegerme… pero eso lo descubrí después."

lunes, 10 de febrero de 2020

DÍAS EN CHINA


Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez

El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read) de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
 La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
 Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.

Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito.  Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
*** 
 Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
*** 
 Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
 La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
 El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
 Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
*** 
 A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
 La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
 El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
 Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
 El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
 En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!".
 El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
 La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
 Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
*** 
 [...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
 A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
 Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
 Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
 Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
 El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse: 
Cuanto más lejos se va,  menos se aprende.
 El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.

Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre 
 El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
 Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
*** 
 Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
 Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
 –¿Nos ponemos en marcha?
 –Aún no. Hay que esperar.
 El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan
Fotografía: U/Lorry_Al
 Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
 Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
 Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)


 Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.


*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

 Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968).

 En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean.

Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.


miércoles, 29 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, EN LOS PREMIOS GOYA DE MÁLAGA

Tan seguro estaba de que Pablo Barce se alzaría con el Goya al mejor cortometraje en la gala de Málaga, que la noche anterior soñé que lo ganaba. “Y el Goya es para Pablo Barce por El nadador”, decía Dani Rovira (ausente en la gala) en mi sueño. Y Pablo, con la modestia y la humildad que lo caracterizan, improvisaba un discurso en el que además de darle las gracias  a su familia, a su productor y a su equipo, mencionaba a esos seis marineros desaparecidos en las aguas del cabo Espartel en Marruecos; unas palabras de aliento, ánimo y esperanza (hoy de consuelo) para los familiares de la tripulación del pesquero “Rúa Mar”. Y lo hacía pensando en esos otros marineros que faenan en su corto en aguas territoriales marroquíes, interpretados en la cinta por su hermano Sergio Barce y Mario Zorrilla, al que tanto admiraba el añorado Pablo Cantos que, desde dónde quiera que esté, habrá disfrutado de lo lindo con todo lo que ha deparado este cortometraje.

Sergio Barce hijo en un barco pesquero interpretando a un marinero en El nadador
Cortometraje dirigido por Pablo Barce

Mario Zorrilla interpretando a un marinero en El nadador, cortometraje de Pablo Barce

 Marineros que saben del peligro que entraña la mar y que acogieron al protagonista (al que interpreta Taha El Mahroug) en su embarcación cuando nadaba hacia España o hacia una muerte segura, pues el Estrecho, por mucho que se vean ambas costas en un día claro, tiene más kilómetros de los que parece.

Cartel de El nadador, cortometraje de Pablo Barce nominado a los Premios Goya

 Dos semanas antes de los Premios Goya, Pablo Barce ganó el Premio Forqué al mejor cortometraje; lástima que para entonces ya estuviese cerrada la votación para los Goya, porque probablemente el resultado en Málaga habría sido distinto.
 La noche del sábado, Pablo aceptó con deportividad el voto de los académicos. Estar Nominado ya era un premio, algo inimaginable hace unos años cuando César Martínez Herrada le abrió las puertas de Dexiderius.
 Estoy seguro de que Pablo y César tendrá más oportunidades (con otro corto, con un largo…), y de que nosotros estaremos ahí para disfrutarlo.

Sergio Barce, Ana Berrocal, Pablo Barce, Lola, César Martínez y Charo Sánchez
34 edición de los Premios Goya (Málaga, 25 de enero de 2019)

 Y, ya de paso, ojalá que el corto de Pablo sirva también para poner en alza los relatos y novelas de su padre, Sergio Barce, pues como ya les conté El nadador está basado en uno de sus cuentos. Me consta que están adaptando otro más. No les diré cual para mantener el secreto, pero sí que aparece en el volumen de relatos Últimas noticias de Larache (Aljaima, 2004) y en la recopilación de sus cuentos Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, 2015).

1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

 Mientras ese otro corto se convierte en realidad, les voy a proponer un juego a modo de divertimento: háganse con un ejemplar, léanlo y apuesten por uno de ellos. Y dentro de un tiempo sabrán si acertaron.


Más entradas sobre Pablo Barce en este blog:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2020/01/el-nadador-de-pablo-barce-premio-forque.html

domingo, 19 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, PREMIO FORQUÉ 2020 AL MEJOR CORTOMETRAJE


Pedro Delgado, Pablo y Sergio Barce en la proyección de El nadador en el Ateneo
Málaga, 6 de septiembre de 2019. Fotografía: María Márquez

Recuerdo unos Reyes de mis hijos en los que un par de regalos no llegaron a tiempo, pues venían por barco desde el mismísimo Japón. Cuando por fin los trajo el cartero, los envolvimos con el mismo papel que habíamos empleado la noche del 5, y los dejamos bajo el árbol de Navidad, detrás de las latas navideñas donde guardábamos las bolas y los adornos. Fue unos días después, al ir a recoger el árbol, cuando descubrieron con gran alborozo aquellos paquetes que pensaron se les habían despistado.

 Pues bien, ver a Pablo Barce ganar el premio al mejor cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué con El nadador, el pasado 11 de enero, fue para mí como ese regalo de Reyes pasado de fecha de mis hijos. Una alegría inmensa. Seguía la gala por televisión desde el sofá de casa, y mis gritos de júbilo debieron de oírlos hasta el último de los vecinos. Luego la emoción de ver a Pablo Barce subir al escenario a recoger el premio junto a los productores César Martínez Herrada y Antonio Hens. La calma, la humildad y la alegría que transmitía Pablo, y la emoción en el rostro y la voz contenida del amigo César al compartir el premio.
 Como le dije esa misma noche a su padre, Sergio Barce, autor del relato en el que está basado el corto y coguionista del mismo junto a su hijo, aquella era la prueba de que los sueños, por muy descabellados que sean, a veces se cumplen.

César Martínez, Pablo Barce y Antonio Hens con el Premio Forqué al Mejor Cortometraje
por El nadador
Fotografía: Carlos R. Alvarez (Getty Images)

 Hace unos meses, el 6 de septiembre de 2019, fui con Lucía a la proyección de El nadador en el Ateneo de Málaga. Ya habíamos visto la obra prima de Pablo en su momento en el cine Albéniz durante el Festival de Cine de Málaga en 2018, y le había dedicado un artículo en mi blog*, pero no quisimos perdernos la oportunidad de verlo de nuevo, más sabiendo que Pablo conversaría después con el público.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

 Aquella tarde de verano Lucía me dejó su teléfono móvil para grabar las palabras de Pablo, y esta tarde de invierno lo ha montado para que ustedes puedan verlo. Los medios y mi ubicación no eran los más apropiados, pero lo que Pablo nos cuenta sí: secretos y curiosidades del rodaje, las adversidades a las que tuvo que enfrentarse, el tesón y el esfuerzo que puso en la realización del cortometraje… Todo está aquí.


 Al final de la grabación Pablo Barce nos dice que fue una osadía dirigir El nadador. Como ven, la osadía tuvo recompensa:


Mejor Cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué
Nominado al mejor cortometraje Premios Goya 2020

 Enhorabuena a Pablo y a todo su equipo. Ojalá esa Nominación se convierta en otro Premio esta semana, más siendo la gala en Málaga, su tierra natal.

 Y por si se perdieron la gala de los Premios José María Forqué, les dejo el enlace de RTVE para que la vean. Los premios al mejor cortometraje se entregaron en el minuto 20:45.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-jose-maria-forque/gala-xxv-premios-jose-maria-forque-2020/5481876/

 El corto se puede ver en el siguiente enlace:
https://vimeo.com/369795947


martes, 7 de enero de 2020

ORO, INCIENSO Y MIRRA


Como todos los años, los Reyes Magos de Oriente cumplieron con la tradición y me dejaron sobre el sofá unos cuantos regalos. Ninguno caro, fastuoso y vacío. Al contrario, alimentos para el alma que harán más agradables las largas tardes de invierno que aún nos esperan. Y como es verdad que los regalos que recibimos también nos definen, quiero compartirlos con ustedes en este blog, como preludio de libros y películas que aparecerán por aquí.

Mis regalos de Reyes de 2020. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El oro es Mimosas –la película de Oliver Laxe que vi en el cine Albéniz en el 2017, y de la que ya les hablé*– en una edición especial limitada que incluye La debilidad de creer. Diario de rodaje de Mimosas, escrito por Santiago Fillol (coguionista) entre febrero y abril de 2015, y el corto Paris#1 rodado por Oliver Laxe en 2007.


 El incienso sería El rey de los genios y otros relatos, de Muhammad Zafzaf (Huerga y Fierro Editores, 2002), escritor nacido y muerto en Casablanca del que nunca había oído hablar. Imperdonable no haber leído El rey de los genios habiendo pasado por su morada (Sidi Shamharush) tantísimas veces camino del Toubkal.

El rey de los genios y otros relatos, de Muhammad Zafzaf. Fotografía: Lucía Rodríguez

 La mirra podría ser Sujeto elíptico, del malagueño Cristian Crusat (Editorial Pre-Textos, 2019), otro título enclavado en el mundo bereber que desconocía, una mezcla de narración, ensayo, biografía y relato de viajes que ganó recientemente el Premio Tigre Juan al mejor libro de 2019.

Sujeto elíptico, de Cristian Crusat. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como Sus Majestades fueron generosas, añadieron: 

 Una bandada de cuervos, del japonés Denji Kuroshima (Ardicia Editorial, 2014), conjunto de relatos que refleja la suerte de soldados y civiles durante la llamada "Intervención siberiana" de 1918 que enfrentó a las tropas japonesas y al recién creado Ejército Rojo. Quizás porque Kuroshima fue reclutado y enviado a combatir a Siberia, presiento que esas 168 páginas me van a llevar a releer esa obra maestra de Hugo Pratt que lleva por título Corto Maltés en Siberia, enmarcada en el mismo tiempo y lugar (aunque el veneciano sumó China a la aventura).

Personajes de Corto Maltés en Siberia sobre Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima
Fotografía: Pedro Delgado

 Dos westerns que tengo muchas ganas de ver: Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard, y Blackthorn (Sin destino), de Mateo Gil. El segundo, ambientado en Bolivia y en torno a la figura de Butch Cassidy, seguro que me transporta al país andino, donde rastreé, hace ya muchos años, las huellas de Butch Cassidy y Sundance Kid, aquellos forajidos de leyenda que retrató George Roy Hill en Dos hombres y un destino.



 La película de animación Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow, inspirada en la obra homónima de Ryszard Kapuscinski, que recoge la experiencia del periodista y escritor polaco en la guerra civil angoleña.


 El film de Isabel Coixet Nadie quiere la noche, acerca de la esposa del explorador estadounidense Robert Peary, encarnada por Juliette Binoche en la Groenlandia de 1908.


 Y, por último, Feliz Navidad, Mr. Lawrence, de Nagisa Oshima, donde actúa mi añorado David Bowie. No recuerdo en qué cine vi la película cuando la estrenaron en 1983, pero el tema principal de su banda sonora (de Ryuichi Sakamoto) se me quedó grabado en la memoria; para desgracia de mi hijo Pedro, que tuvo que escuchármelo tararear innumerables veces durante nuestro último viaje por el sudeste asiático.


 Y nada más, espero que los de Oriente hayan acertado con ustedes y les deseo un Feliz Año Nuevo con libros que leer, películas que ver, discos que escuchar, aventuras por vivir y retos que superar en este año que recién estrenamos.