lunes, 11 de julio de 2022

CURSOS DE VERANO


Periodismo activo: Viajar y contarlo / Periodismo y viajes
Ediciones de la Universidad de Barcelona
Fotografía: Lucía Rodríguez

Ya está aquí julio, y con él las chancletas; las playas y piscinas atestadas; los espetos; las jarras de gazpacho o sangría; las copas de cerveza o de tinto con Casera; los vermús y los gin-tonics; las tajadas de melón y de sandía; las tarrinas de helado en la nevera; los abanicos; los conciertos al aire libre; los cines de verano y, como no, los consabidos cursos de verano.

 A veces, los títulos de estos cursos son un tanto peregrinos, como si no fueran más que una excusa para preparar las maletas y salir de casa, lo que se llama turismo académico.

 Será porque caló aquella retahíla del Libro Gordo de Petete, que sigo pensando que los mejores cursos están en los libros. Para los que disfrutan de ellos y aman los viajes y sentarse a escribir, les voy a proponer dos cursos de verano que pueden hacer sin pagar matrículas, ni caros hoteles, y sin tener que hacer ningún tipo de desplazamiento. Ambos están avalados por la Universidad Autónoma de Barcelona, y espero que tengan cierta enjundia, porque ya me he «apuntado» a ellos. Se encuadran dentro del periodismo activo. Uno lleva por título Viajar y contarlo –Estrategias narrativas del escritor viajero– y el otro Periodismo y viajes –Manual para ir, mirar y contar–. El primero «lo imparte» Juliana González-Rivera y el segundo Santiago Tejedor, ambos periodistas y profesores universitarios.

Juliana González-Rivera es doctora en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y se ha especializado en literatura de viajes. Periodista cultural, ha escrito para diversos medios españoles y latinoamericanos. Ejerce de profesora de periodismo y escritura, nuevos medios digitales e historia del arte y la cultura. Es autora del ensayo La invención del viaje. La historia de los viajes que cuentan el mundo.

Santiago Tejedor, periodista y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, es licenciado en Periodismo, máster en Comunicación y Educación, doctor en Periodismo y Ciencias de la Comunicación y doctor en Ingeniería de Proyectos. Entre otras obras, ha publicado Más allá del «resort»: descubriendo República Dominicana (2008), ¿Dónde estás, Guevara? Magia, aventura y leyendas en la isla de Cuba (2009), Amara: un viaje tras las pisadas del pueblo rarámuri (2012) y Yunka Wasi: historias que cuenta la selva (2016). En 2003 recibió el Premio Net Reporter en la categoría de Mejor Periodista Digital y el Premio Tiramilles en la categoría de Mejor Reportaje de Viajes en Soporte Multimedia. Actualmente dirige el portal de viajes Tu aventura y es coordinador general del proyecto de periodismo de viajes Expedición Tahina-Can.

 Para que vean si les interesan, les muestro el índice de ambos libros (de ambos cursos, les diría). Y prometo, cuando los termine (cuando los curse), volver a hablarles de ellos.

Índice Viajar y contarlo. Estrategias narrativas del escritor viajero
Fotografía: Lucía Rodríguez

Índice Periodismo y viajes. Manual para ir, mirar y contar
Fotografía: Lucía Rodríguez

Índice Periodismo y viajes. Manual para ir, mirar y contar
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pueden «matricularse» clicando sobre los siguientes enlaces:

http://www.edicions.ub.edu/ficha.aspx?cod=10391

http://www.edicions.ub.edu/ficha.aspx?cod=13890

 Hay una cita en uno de estos libros que es toda una invitación al viaje. Pertenece a El cazador de historias, de Eduardo Galeano. Y dice así:

En las páginas de Las Mil y una noches, se aconseja:
 –¡Márchate, amigo! ¡Abandónalo todo, y márchate! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del arco? ¿Sonaría como suena el armonioso laúd si siguiera siendo un leño?


viernes, 1 de julio de 2022

TRES FORMAS DE ATRAVESAR UN RÍO


Puente de los Alemanes o de Santo Domingo, Málaga
Tres formas de atravesar un río, de Agustina Atrio (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Pedro Delgado


En su camisón de verano, descalza, en el hall de casa, mi madre me dice: «Que encuentres lo que vas a buscar».
Tres formas de atravesar un río, Agustina Atrio


Málaga tiene un río que corta la ciudad en dos, una larga cicatriz que la recorre desde la presa del Limonero hasta su desembocadura en el mar, frente al Centro de Arte Contemporáneo y el colegio García Lorca, donde estudió sus primeros años el mayor de mis hijos.

 Su nombre, Guadalmedina, es de origen árabe –Wādī al-Madīna– y significa «Río de la ciudad». Nace en el pico de la Cruz, en la sierra antequerana de Camarolos y tiene una longitud de 47 kilómetros.

Puentes sobre el Guadalmedina, Málaga
Fotografía: Archivo Municipal, Fundación CIEDES

 A lo largo de su historia, sus aguas se han desbordado en alguna ocasión irrumpiendo en la ciudad, e incluso llevándose por delante los puentes de la Aurora, de Santo Domingo y del Ferrocarril en la gran riá de 1907.

Pasillo de Santo Domingo, Málaga 23 de noviembre de 1907
Fotografía: Club Bellas Artes de Málaga

 En el recuerdo tengo las imágenes de los coches y de los contenedores que flotaban en las calles de la ciudad en 1978 y 1989. Las dos veces ocurrió en noviembre, y me acuerdo que la primera vez cortaron las clases en el colegio y nos mandaron para casa antes de tiempo. Mi madre no nos dejó salir a la calle, pero vimos las escenas por televisión. La tormenta se transmutó en diluvio.

Calle Cuarteles, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga

Calle Puerta del Mar, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga


Vídeo inundaciones de Málaga en 1989
Imágenes: Don Manuel Olmedo Checa

 Para algunos, el Guadalmedina es una herida abierta sangrante que requiere de medios quirúrgicos, y cada cierto tiempo alzan la voz, meten ruido, y reclaman su soterramiento. Aunque apenas suela llevar agua, yo no quiero que lo soterren. Lo quiero abierto. Y lo prefiero así por varios motivos: el primero es que me gustan los ríos, el segundo que me gusta contemplar sus aguas marrones cuando abren las compuertas de la presa –normalmente cuando llueve de forma intensa varios días sobre la ciudad– y bajan raudas y agitadas arrastrándolo todo a su paso; el tercero es que me gusta ver desde el puente de la Esperanza a la muchachada hacer cabriolas con sus monopatines en el skatepark del lecho y a los inmigrantes jugar al voleibol, al futvóley o al fútbol entre el puente de los Alemanes y el puente de la Trinidad. También observar el parecido entre los perros y sus dueños, que les tiran una pelota o un palo para que se lo traigan en la boca a la carrera como unos Sísifos peludos. Pero el motivo principal, que va antes del primero, es sentimental, y está ligado a mi abuela paterna, Ana Acosta Florido, ya fallecida.

Ana Acosta Florido (Málaga, 1912-2004)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recuerdo que me contaba cómo con nueve o doce años se cayó al río, al romperse uno de los tablones de la pasarela de madera que cruzaba el Guadalmedina para comunicar el barrio de la Trinidad con el centro de la ciudad –antes de que se construyera el actual puente de la Aurora, inaugurado en junio de 1930 con el nombre de Puente de Alfonso XIII–. Aquel día, me decía, el río bajaba crecido, y si no fuera por un hombre, que se lanzó al agua para socorrerla, se habría ahogado. Me hubiera gustado localizar a esa persona para darle las gracias por su acción pues de no haber sido por ella no habría llegado a nacer mi padre y por ende ni yo ni ninguno de mis hermanos.

 Mi abuela se fue a vivir con mis padres cuando se casaron, así que cuando mis hermanos y yo llegamos al mundo ella ya estaba allí, y nos cuidó como una segunda madre. Luego, a los once años, ella se fue a vivir a la calle Cerrojo, a los corralones que había en el espaldar de la iglesia de Santo Domingo. Desde la ventana de los dormitorios se veía su campanario, y a mí me encantaba ver y oír las campanas de replicar. Aquellos corralones eran, sin duda, un magnífico ejemplo de la arquitectura de la época, pero incomprensible los echaron abajo para construir el adefesio donde se encuentra el Conservatorio Superior de Danza, una tropelía arquitectónica más de las tantas que han ocurrido y ocurren en Málaga. A mí y a mis hermanos nos encantaba quedarnos a dormir en su casa algunos fines de semana. Mi abuela era de costumbres fijas, y cada mañana, al levantarnos, realizábamos con ella el mismo recorrido. Primero parábamos en la capilla de la Virgen de los Dolores del Puente, donde se santiguaba, encendía una vela y pedía por todos nosotros.

Capilla de Ntra. Sra. de los Dolores y acceso al puente de Santo Domingo
Fotografía (años 70): Málaga ayer y hoy en Twitter

 Luego subíamos los escalones de piedra que daban acceso al Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, un puente que donó Alemania tras la tragedia de la Gneisenau, una fragata-escuela que el temporal hundió en el morro de levante un 16 de diciembre de 1900. Fallecieron 41 marineros, pero otros muchos fueron rescatados por los malagueños, que no dudaron en exponer sus vidas para salvar la de los alemanes. La ciudad se volcó con los supervivientes, sumando el título de «Muy hospitalaria» al escudo de la ciudad. Y Alemania, años más tarde, en un gesto de agradecimiento, sufragaría la construcción del puente que se llevó la riada de 1907.

Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras cruzarlo, seguíamos recto hasta la calle Marqués, donde nos tomábamos un chocolate con churros en Casa Baro. Acto seguido, hacía algunas compras por la calle San Juan, y a continuación, atravesábamos la plaza de Félix Sáenz para ir a una carnicería que había en la calle Puerta del Mar. Me acuerdo que era pequeña y que tenía las puertas de madera pintadas de rojo. Supongo que también haría algunas compras en el cercanísimo Mercado Central, pero no tengo el recuerdo de ello. Sí de comprar en Casa Luis, la tienda de comestibles que había en la misma calle Cerrojo.

 Cuando expropiaron los corralones para meter la piqueta, mi abuela se fue a vivir a Portada Alta. Poco a poco, echaron abajo todos los edificios de la calle y de sus alrededores, salvo el edificio de Italcable y la iglesia, de forma que un barrio con personalidad y casas únicas desapareció para dar paso a dos hoteles horrendos y dos plazas igual de horrendas –otra barbaridad urbanística y arquitectónica más de las muchas que han perpetrado políticos y promotores en la ciudad–. A pesar de ello, el aura de mi abuela se había quedado impregnado en aquella capilla de los Dolores y en aquel puente de los Alemanes, así que cuando falleció, decidimos echar sus cenizas bajo el puente para que su espíritu, su alma o sus moléculas hechas ceniza se quedaran por allí pululando y nos envolviera cada vez que atravesáramos el río, motivo por el que siempre lo cruzo por el mismo sitio.

 Les cuento todo esto porque voy a hablarles de Tres formas de atravesar un río (Ediciones Menguantes, 2021), de la argentina Agustina Atrio, un libro que, entre la crónica y el diario, explora su relación con otros cuatro ríos: el Paraná, el Manzanares, el Limmat y el Sihl; corrientes fluviales que también han marcado su vida.

Agustina Atrio

El agua, sin embargo, no es el motor de este viaje. Lo es una serie de búsquedas: el deseo de experimentar la vida en lugares nuevos, el amor, las casualidades. El agua no motivó mi búsqueda, pero en cada lugar que transité me descubrí deseándola y yendo a su encuentro cuando la sentía lejos. [...] En este relato de agua dulce y salada reinvento, recuerdo, reviso, recreo; tejo memorias, imágenes y pensamientos.
Del prólogo de Tres formas de atravesar un río

 Tras un breve prólogo, el libro se divide en tres partes. En la primera de ellas, en la página 24, recordé una de las enseñanzas más importantes que aprendí en mi viaje por el Amazonas en el año 2004. Fue en el pueblo de pescadores de Alter do Chão, a 37 kilómetros de Santarém. Yo cruzaba a nado el trecho que separaba la aldea de las paridisíacas playas de la Isla del amor, bañadas por las tibias aguas del río Tapajós y el Lago verde, y la dueña de la posada donde me alojaba observó que no echaba a nadar hasta que el agua me cubría el pecho. Se trataba de acortar el tramo, que otros hacían en pequeñas barcas o canoas, para no cansarme mucho. Al volver, a última hora de la tarde, realicé la misma operación. Caminé los primeros veinte o treinta metros hasta no hacer pie, y volví a caminar al final para salir del agua. La mujer estaba sentada en la terraza de la posada, contemplando las orillas y la selvática isla, y nada más verme llegar me reprendió. Si cruzaba así, podía ser que pisara una raya que estuviese semi-enterrada en la arena, el animal se sentiría atacado, me clavaría su aguijón venenoso y ella perdería a su huésped.

Viviendo en contacto con el río aprendí ciertos modelos de conducta: arrastrar los pies al entrar en el agua para no pisar una raya que pueda enojarse y clavar su aguijón; no adentrarse en los camalotes por si escondieran víboras; no tirarse al agua en la costa desde la embarcación sin antes tantear la profundidad con un remo o palo para evitar accidentes desagradables, quedarse en tierra si hay tormenta. Estos comportamientos fluviales, entre otras recomendaciones, son transmitidos de generación en generación.

 Agustina Atrio también me recordó los cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Yo había leído y disfrutado algunos de ellos en una edición juvenil e ilustrada de la editorial Vicens Vives (Anaconda y otros cuentos de la selva), y también había leído A la deriva el año pasado en el tomo Viajeros de la editorial Alba.

Cuentos de la selva de Horacio Quiroga
Fotografía: Pedro Delgado

Han pasado casi veinte años desde ese viaje y mis recuerdos son selectivos y confusos. Sin embargo, hay imágenes que vuelven a mí nítidamente, como las de la visita a la casa-museo del escritor uruguayo Horacio Quiroga.
 De camino hacia Foz de Iguazú, en la cima de una colina, encontramos una casa de madera, en mitad de un amplio terreno. Cuando llegamos allí, yo era ya una apasionada lectora y había devorado varios de los cuentos del escritor: me provocaban fascinación y espanto en partes iguales. Caminando aquella tarde por su jardín, quedé atrapada en una especie de trance mientras observaba toda esa vegetación. En mi mente se sucedían escenas de algunos de sus relatos, y en particular del cuento A la deriva, aquel que narra el trayecto de un hombre que ha sufrido la mordedura de una serpiente y su intento de trasladarse en bote por el río arrastrando un pie cada vez más hinchado y deformado. El Paraná se presenta como un cajón fúnebre que, con sus barrancas-murallas, aprisiona un río oscuro y silencioso. Lo lúgubre no solo forma parte de la obra del escritor; también recorre su vida. Mientras caminamos por un pasillo oscuro y frío formado por tallos de bambú, el guía nos dio detalles acerca de cómo la muerte persiguió al cuentista rioplatense desde joven –varias personas que lo rodearon se quitaron la vida, y él mismo decidió acabar con la suya bebiendo cianuro–.
 Llegamos a un punto de la colina que se transformó en balcón: una amplia vista se abría sobre una extensión vegetal infinita. El sol brillaba, infinidad de plantas verdes y rosadas me rodeaban y, ante nosotros, el todo, la naturaleza, respiraba impasible. Me hubiera quedado allí por horas imaginando mis propias historias, pero la casa era un museo con sus horarios de visita, y yo tenía once años. No me quedó más remedio que seguir a mis padres.

  Acompaña al texto un listado de canciones para el viaje, entre las que no encuentro la canción que le cantaba su abuela por teléfono cuando la llamaba. Esa mujer que era maestra y bibliotecaria y vivía en Santa Fe, a 146 kilómetros río al norte de la ciudad de Rosario, donde vivía la autora, fue la que le inculcó el amor por los libros.

Cuando me llamaba por teléfono, siempre me cantaba una canción, no importaba que yo tuviera cinco o quince años. Esa canción era mía, y se oía del otro lado del teléfono en cuanto mi abuela reconocía mi voz. Esta canción, colombiana, contaba la historia de una iguana que se peinaba la melena en el río Magdalena.

 La canción, como no podía ser de otra manera, resultó ser una canción infantil y pegadiza que no deben escuchar sino quieren que se les quede en la cabeza.

 Al madrileño Manzanares, al otro lado del océano, llegará Agustina Atrio en un vuelo intercontinental.

Antes, el cuerpo sentía la distancia y la habitaba. Hoy, un viaje de doce horas en avión nos resulta interminable.
 El antropólogo inglés Tim Ingold distingue al deambulador del pasajero: mientras que el primero pasea y recorre un territorio, el segundo es transportado de un lugar a otro. Este último disuelve el lazo que une su recorrido con la percepción del entorno; es decir, lo que percibe al ser movido no guarda relación con su propio movimiento. Un navegante de vela o de Kayak y un pescador son deambuladores; su movimiento es guiado, no solo por su conocimiento del entorno, sino también por su percepción del clima, los vientos y la corriente. Los demás nos dejamos transportar mientras miramos por la ventanilla, sin interesarnos en ser uno con lo que nos rodea.

 El nombre de Madrid procede de la voz árabe Mayrit, que significa «abundancia de ríos de agua». Gran sorpresa, nos dice Agustina Atrio, para quien llega a la capital y se encuentra con el bajo caudal del Manzanares. Más tarde descubrirá que los arroyos corren soterrados debajo del asfalto de la ciudad.

Más adelante recorro y camino a lo largo de las orillas del Manzanares, conozco su historia y lo que se ha dicho de este. Exploro esa línea divisoria que separa el centro de Madrid de la parte sur, la más pobre de la ciudad. Encuentro a los seres de la media tarde paseando por los parques del costado del río, pero también a los usuarios de fin de semana, los migrantes de América Latina, quienes conservan la costumbre de utilizar los parques públicos como lugar de encuentro y celebración.

 Tras dejar en Madrid una parte de sí y llevarse una parte de la ciudad consigo, la escritora argentina se traslada a Zúrich, a la que llegan dos ríos: el Limmat y el Sihl, el segundo de los cuales desemboca en el primero en el mismo centro de la ciudad. De ambos nos hablará Agustina Atrio, y de esa urbe en la que reside actualmente. ¿Y cómo no hablar de las montañas cuando se está en Suiza?

Todo el mundo aquí parece amar las montañas, y aquellos que son la excepción tienen que admitir que, al menos, les resulta extraño vivir sin ellas. Es muy probable que una llanura los enloqueciera; el mundo perdería todas aquellas cualidades que le otorgan seguridad; el cuerpo en permanente verticalidad se rebelaría ansioso ante esa planicie que no promete ni una sola curvatura, ni el uso de los verbos «escalar», o «descender».
 A mí, sin embargo, vivir cerca de las montañas me sigue sorprendiendo. Las encuentro hermosas, propias de otro mundo, extraordinarias. Y a la vez, imponentes y amenazadoras.
Vista de los Alpes desde Zúrich 
***
Escribo desde mi nuevo hogar suizo sobre la ciudad donde nací y el río que me vio crecer; las imágenes se mezclan en mi cabeza y el recuerdo se convierte en presente. En mi cuerpo siento el verano, la humedad, el olor de la lluvia; se despliega ante mí el ancho Paraná marrón y mi lengua sabe a mate con bizcochos. Pero ahí fuera es invierno, cae la nieve –algo impensable en mi ciudad–, el río es azul y angosto y el bello lago que lo acompaña sirve de espejo a las montañas que asoman por detrás. Como si fuera una foto de doble exposición, dos paisajes distintos se superponen apaciblemente.

 Por último, quiero terminar esta reseña con unos versos del poeta argentino Juan L. Ortiz que leí hace tiempo en un artículo* de la también argentina Gabriela Cabezón. Juan L. Ortiz «Juanele» vivió el siglo pasado en Entre Ríos, ahí donde empiezan las islas del Delta del Paraná, y en su poema Fui al río, dice lo siguiente:

De pronto sentí el río en mí, / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados. / Corría el río en mí con sus ramajes. / Era yo un río en el anochecer, / y suspiraban en mí los árboles, / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Fui al río, Juan L. Ortiz

*https://elpais.com/ideas/2021-08-21/en-argentina-los-mapas-de-la-pobreza-y-la-contaminacion-coinciden.html

«Lo mínimo que le debemos a nuestros hijos, y a los hijos de ellos, es un mundo habitable. Y el éxtasis de sentir que nos atraviesa un río vivo».

Me atravesaba un río, Gabriela Cabezón


martes, 14 de junio de 2022

NO SABÍA HACIA DÓNDE IBA, PERO SABÍA CÓMO SE LLEGABA


Dadas las circunstancias, de Paco Inclán (Editorial Jekyll & Jill)
(imagen tomada en Antequera, que no aparece en ninguno de sus relatos,
aunque tratándose de Paco, quién sabe si la próxima vez...)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 

En el mundo hay gente –están por todos lados– que prefiere mandarte a cualquier lugar antes que reconocer que no tienen ni idea de lo que les estás preguntando. ¡Cuánto bien que hacen a las derivas sin rumbo ni sentido!
Dadas las circunstancias, Paco Inclán


Paco Inclán me mira desde la solapa de Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill, 2020), su último libro de relatos, y lo hace desde detrás de los cristales de sus gafas de carey, parapetado tras una barba y un bigote generoso. El paisaje campestre del fondo y la camisa de cuadros abierta, que deja ver su camiseta interior, completan ese aire de bonhomía que desprende. Paco Inclán, que ya les digo tiene cara de ser un buenazo, podría pasar en la foto por un agricultor o un ganadero afable, sencillo, bondadoso y honrado. Sin embargo, Paco Inclán es escritor (de qué sino iba a estar su foto en la solapa de un libro). Y eso lo puedo corroborar después de acompañarlo por las páginas de su peculiar libro de viajes.

 Dice la biografía de la misma solapa que Paco Inclán (Valencia, 1975) imparte talleres de creatividad literaria en bibliotecas, librerías y centros culturales, y clases de español a personas migrantes y refugiadas. Lo segundo viene a confirmar que no es sólo que tenga cara de buenazo, es que lo es. Y sobre lo primero, lo de que imparte talleres de creatividad literaria, les diré que, no habiendo asistido a ninguno de sus talleres (en realidad no he asistido al de nadie), me atrevería a afirmar que Paco Inclán es el más creativo de todos los profesores. Para ello basta leer la sinopsis de la contraportada. ¿Cómo se le ocurren a Paco Inclán estas historias tan extrañas?

Un viaje al país del esperanto [encerrado en un museo], un paseo por la Habana en busca del chiste que mató a un escritor decimonónico, el encuentro con el último hablante del híbrido lingüístico entre el romaní y el euskera, una visita a la taberna praguense que sirvió de escenario para el poema más desconcertante de Roque Dalton y un macguffin escatológico para rescatar del olvido a un erudito del medievo son algunas de las misiones que Paco Inclán nos comparte en Dadas las circunstancias.

 Sus crónicas o relatos, desde sitios tan dispares como Praga o Llodio, vienen acompañadas de unos mapas minimalistas que no sé si serán acierto del propio Paco o del diseñador gráfico de la editorial (que en este aspecto he de reconocer que se lo curra mucho más que otras, siendo cada libro un mundo y no la uniformidad a la que nos tienen acostumbrados).

Mapa de Llodio. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Mapa de Praga. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Plutón, planeta enano [Homenaje a Roque Dalton] comienza en una playa de Sinaloa, ¡y termina en una taberna del casco antiguo de Praga!

El día que Plutón dejó de ser un planeta me estaba bañando en una playa de Sinaloa, en el Pacífico mexicano. Me enteré aquella misma noche, cuando bajé a comer unos tacos de chicharrón en una cantina de Navolato, el municipio más próximo. Una televisión local informaba en la sección de breves de su noticiario que doscientos astrónomos, reunidos aquel jueves 24 de agosto de 2006 en la asamblea que la Unión Astronómica Internacional (UAI) celebrada en la ciudad de Praga, habían decidido que Plutón pasase a ser considerado «un planeta enano». No se especificaba mucho más. La escasa clientela de la cantina prestó mayor atención a la siguiente noticia: un misterioso rebrote de niños chinos que se quedaban con la cabeza atrapada entre los barrotes de las rejas de sus balcones.

 En Pasajes cubanos [Como recuerdo] acompañamos a Paco Inclán a Cuba. En La Habana asiste (asistimos) a la presentación de otra biografía del Che Guevara por el cincuenta aniversario de su muerte. Allí, además de a Aleida Guevara, hija del Che, conocerá (conoceremos) a un tal Vladimir, un doble del guerrillero disfrazado de una versión exagerada del Che, con su gorra calada, su barba rala y su aire castrense.

A la salida del edificio, los asistentes se apiñan en el portal exterior a la espera de que una pasajera lluvia tropical amaine. El gentío agasaja a Vladimir, centro de atención de la muchedumbre: firma autógrafos, lo abrazan, posa para la cámara de algunos móviles. Un equipo de la televisión cubana le graba unas declaraciones en las que se define como un ferviente guevarista dispuesto a todo por defender el legado del comandante. Parece sentirse a gusto con su rol, resuelto, acostumbrado. Quisiera acompañarlo lo que me queda de tarde para descubrir quién se esconde debajo de su personaje. Viajar a La Habana para acabar escribiendo sobre el Che es un asunto demasiado trillado; sin embargo, encontrarme con un doble suyo merece una oportunidad, un a-ver-qué-pasa.

 Y a un valenciano. Bueno, a quién mejor conocerá será a la hija de éste.

 –¿Y él? ¿No ha venido?
 –Se ha quedado en el hotel. Estaba cansado, estuvimos todo el día caminando.
 –Ayer lo escuché decepcionado.
 –Se la pasa criticándolo todo, mañana nos vamos a Varadero, a ver si así se relaja un poco.
 [...]
 –Me ha dicho que estás buscando un chiste.
 –Sí, el chiste que mató a un poeta cubano a finales del siglo XIX. Le provocó una aneurisma.
 –¿De verdad?

 Pasa mucho más en en este relato, el más largo de todos; microhistorias que siempre resultan ingeniosas.

 Pero para ingenioso el relato que lleva por título El último hablante de erromintxela (se llamaba Goyo).

El erromintxela, se puede vivir sin saberlo, es la lengua que mezcla el euskera con el romaní que trajeron a cuestas los gitanos que, en el siglo XV, detuvieron su peregrinaje para afincarse en territorios vascos. La simbiosis del lenguaje nómada por antonomasia con el que permanece asentado en los mismos lugares desde su balbuceo originario. Supe de su existencia por un pequeño vocabulario que encontré en las estanterías de una biblioteca durante un paseo por el centro de Donostia. En su prólogo se aseguraba que el erromintxela había vivido sus años de esplendor, si es que los tuvo, a finales del siglo XIX. [...] Algunos lo daban por extinguido y otros lo trataban como una curiosidad, un mito o una forma criollizada (pidgin) del romaní barruntado con gramática del euskera. Había también quien contaba que el erromintxela había funcionado durante siglos como un pogadolecto secreto, tan secreto que quizás no hubiese existido, un código encriptado de quinientas palabras y quinientos hablantes, en su mayoría ancianos que habitaban pequeños pueblos de montaña en la región de Iparralde.

 Hasta Llodio viajará Paco Inclán en busca del tal Goyo, un pintor «payo y euskaldún» que había aprendido la lengua durante el tiempo que pasó en un municipio cercano a Hendaya, y que ahora vivía aislado en una casa en las montañas. Su intención: entrevistarlo.

Cuando soñaba con entrevistar al último hablante de una lengua me imaginaba haciéndolo en el interior del Amazonas o en una remota aldea china fronteriza con Mongolia. Sin embargo, sueños menguantes, mi búsqueda me ha dirigido a Llodio, segundo municipio de Araba, hacia donde he salido esta mañana desde Donostia.

Como se deduce por el título, Escatología en la obra de Arnau de Vilanova, Paco se pone un tanto escatológico en su siguiente relato, una singular (cómo no) historia sobre el erudito y médico del siglo XIII «del que poco o nada sabemos: apenas que da nombre a un hospital valenciano».

El médico Arnau de Vilanova
Imagen: Wikipedia

Además, entre otros tantos quehaceres, Arnau de Vilanova fue médico de papas y reyes, interpretador de sueños, experimentador con plantas y minerales acusado de ideas peregrinas –aunque posteriormente se le reconocería su legado–, traductor del árabe y del hebreo de las principales investigaciones médicas de su época y renovador de los planes de estudio de la Facultad de Medicina de Montpellier, donde impartió clases desde 1290.

 En Lenguas artificiales (Una aproximación), que versa sobre el esperanto y otras lenguas artificiales creadas a lo largo de la historia, aparece un autor del que oí hablar hace muchos años, precisamente a la vuelta de un viaje por Islandia: un mes entero con mi hijo mayor, recorriendo en autostop la enorme isla en el sentido de las agujas del reloj.

En la carretera, Islandia en autostop (julio de 2014)
(nuestras sombras como dos personajes míticos de Hugo Pratt)
Fotografía: Pedro Delgado

 Subir al Sneffels, navegar junto a ballenas, ver geysers enormes, recorrer glaciares y campos de lava, caminar bajo la tierra y darnos un remojón en aguas termales fueron algunas de las cosas que nunca olvidaremos de aquel viaje. También mi vano intento de dar con Auđur Ava Ólafsdóttir en Reikiavik para que me firmara mi ejemplar de La mujer es una isla, una edición de bolsillo que me había leído, junto a no recuerdo ahora mismo qué otros libros, aquellos días.

«Estoy teniendo problemas con las epiglotales», me ha confesado Elías en esta cafetería impersonal de Reikiavik, tan impersonal que también podría ser la trastienda de una ferretería o un garaje de automóviles. «¿Con las epiglotales?», le recalco para darle pie a que me continúe relatando el proceso de construcción del alfabeto del Iwyma, la lengua artificial que se está inventado. Se calla, me observa con sus ojos pequeños; prefiere no desvelarme mucho más: «Quiero dejar atada su estructura antes de comenzar a divulgarla». Me remite a su blog, que redacta en Iwyma, al que solo se accede por invitación. De momento, solo él, su creador, puede entenderlo.
 Elías Portela, gallego de Cangas de Morrazo, aterrizó hace siete años en Islandia para «aprender a bailar tangos» (sic). Ahora se dedica a traducir poesía del islandés al gallego para una editorial llamada Rinoceronte e imparte clases en el departamento de Español de la Facultad de Letras de la Universidad de Reikiavik, donde esta mañana he presentado la revista Bostezo ante el rictus indiferente de un grupo de estudiantes autóctonos. Elías estaba allí, al fondo del aula. Al terminar, me ha invitado a tomarnos algo. Hemos intercambiado un ejemplar de Bostezo por un poemario que él ha escrito en lengua islandesa, Sjóarinn međ morgunhestana undir kjólnum –«O pescador con cabalos matutinos baixo o vesntido»... o algo así– que publicó camuflado en el heterónimo de Elías Knorr, con el que, me cuenta, ha sido escogido por la Poetry Society de Reino Unido como uno de los tres autores más representativos de la poesía islandesa contemporánea.
 Islandia era el marco perfecto para Elías. No parecían de este mundo.

Elías Portela en Reikiavik. Fotografía: Bartomiej Gowacki

 Le siguen El postre sirio, ambientado en Berlín, quizás el mejor ejemplo de cómo no se debe degustar un menú, y Exaltación de las ausencias, que nos traslada a Veracruz, México, al estreno de un documental que retrata el no vínculo de Pancho Villa con la ciudad.

No acabo de entender la elección de Pancho Villa para iniciar una serie de documentales que relacionen la ciudad con personajes ilustres que la visitaron. ¿Por qué empezar entonces con alguien que jamás estuvo? Miro a los lados buscando una mirada cómplice, un rostro perplejo, una disimulada risita, alguien encogiéndose de hombros. Sin embargo, solo yo parezco estar viviéndolo desde esa extrañeza. Al finalizar la proyección, los asistentes aplauden a rabiar. Me siento un aguafiestas aunque secundo los aplausos por ese temor recurrente a que me tilden de infiltrado.

 Cierra el volumen El hombre del tiempo, que no hace referencia al señor que presenta el tiempo en el telediario, sino al organizador de un banco del tiempo en Valladares, en la periferia rururbana de Vigo. Ya saben, esa gente que en lugar de dinero emplean el tiempo para tasar sus intercambios de bienes y servicios.

 Paco Inclán nos avisa en la contraportada de que «cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia», pero uno termina el libro, después de acompañarlo por sus historias, pensando que el valenciano es un as de la autoficción. Y preguntándose qué otros libros habrá escrito este hombre.


miércoles, 18 de mayo de 2022

HACH WINIK, EL SOSIEGO EN UN LIBRO DE FOTOGRAFÍA


Hach Winik, de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Con un relato de Paul Bowles
Fotografía: Lucía Rodríguez

El otro día me comentaba uno de mis hijos que hay gente que ve las series y las películas en la televisión con un plus de velocidad. Es decir, que aceleran la imagen con el mando a distancia, como si esas imágenes que desfilan por la pantalla no requirieran de la participación activa del espectador, de su interpretación. Lo miré incrédulo, y le pregunté a qué se debía esa prisa. Y me dijo que mucha gente siempre tiene la sensación de que se está perdiendo algo.

 Con la vida ocurre lo mismo, pensé. Hay personas que viven aceleradamente, siempre con prisas, enfrascadas en un montón de actividades que no les dejan ni un momento de sosiego.

 Conforme cumplo años, entiendo menos esas urgencias, y valoro más dejar un tiempo de reposo en el día; y no me refiero a la hora de la siesta, sino a un tiempo para no hacer nada, para contemplar la lentitud con la que se desarrollan las plantas en el porche –el que haya visto cómo se abren los helechos, o cómo surgen las hojas en una higuera, sabrá a lo que me refiero–, para ver una película –a la velocidad a la que la concibió su director, por supuesto–, o para leer un buen libro. A veces, cuando el día ha sido especialmente vertiginoso, o cuando siento mucho ruido tanto por fuera como por dentro a causa de guerras y desgracias, me refugio en algún libro de fotografía.

 Hoy voy a hablarles de uno de esos libros. Se trata de Hach Winik, del fotoperiodista francés de origen catalán Miquel Dewerer-Plana, primorosamente publicado por la editorial Blume en 2019.

 Los hach winik u «hombres verdaderos», como se autodenominan los indígenas mayas-lacandones, viven en la selva de Chiapas, en el sudeste de México, una región separada de Guatemala por el río Usumacinta. Durante diez años, el autor penetró en la reserva natural de Naha' para pasar largas temporadas con ellos, trabando una amistad que le ha permitido recoger en imágenes una forma de vida y una cultura que a causa de la globalización, entre otras cosas, ya empezaba a desaparecer. Son imágenes de un tiempo fugaz que se escapa y se consume delante de nuestros ojos sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Miquel Dewerer-Plana, que desde niño siempre había soñado con vivir en la selva con los lacandones, constató cómo los dioses de la rica cosmogonía lacandona, venerados en la «casa de los dioses», son reemplazados por Jehová, el Dios de las sectas evangélicas y sus Apocalipsis; cómo en la espesura de la selva proliferan los pastizales, abiertos por campesinos zapatistas sin tierra que invaden la reserva en busca de terrenos donde cultivar o criar el ganado, y cómo el gobierno estatal controla todas las riquezas de la zona: madera, energía hidroeléctrica, etc.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Sus imágenes sinceras, oníricas y vaporosas de estos indígenas vestidos con túnicas blancas y el pelo largo, y del entorno mágico, pero amenazado, en el que viven, constituyen una crónica visual única, que viene precedida de un interesantísimo texto, escrito a modo de cuaderno de viajes por el propio Miquel.

 A veces, lo que nos cuenta tiene hechuras de relato y otras de ensayo.

El chofer consulta el reloj: son las once en punto de la mañana. Del techo tira un cordel de cuyo extremo pende una Virgen con rostro atormentado pintada en un enorme medallón. El sonido ensordecedor del claxon avisa a los pasajeros rezagados sobre la inminente salida. Tras varios intentos infructuosos, el motor traquetea y se decide por fin a arrancar. Comienza entonces para mí un viaje de cinco horas bajo un sol de justicia. A los pocos minutos de abandonar la pequeña ciudad de Ocosingo, el autobús sobrepasa la majestuosa y desconocida zona arqueológica maya de Toniná. Al poco, la carretera asfaltada deja paso a una pista descuidada. Es la puerta de entrada a una región que durante mucho tiempo acogió todo tipo de sueños: de las empresas de maderas preciosas, de los productores de caucho, de miles de campesinos sin tierra e incluso de algunos indígenas ansiosos de libertad. Como si se tratara de un péndulo, el autobús se balancea tranquilamente de un lado al otro, adaptándose al pésimo estado del camino. Uno tras otro, atraviesa pueblos mayoritariamente tzeltales, donde unos grandes carteles dan la bienvenida a los viajeros, recordando que nos encontramos en territorio zapatista. A pesar del calor asfixiante, intentamos cerrar las escasas ventanas aún en uso, pero a cada frenazo una enorme nube de polvo penetra en el interior y engulle, durante algunos segundos, todo a su paso.
***
Los lacandones fueron el último pueblo libre e independiente de Chiapas, hasta que en 1695 los españoles sometieron los últimos núcleos de resistencia, con lo que se inició un largo proceso de agonía. Los que sobrevivieron fueron confinados en un pueblo del Departamento de Retalhuleu, en Guatemala, donde en 1769 un juez tan sólo pudo constatar la existencia de una mujer y dos varones lacandones, de edad avanzada, y sin descendencia. Tras más de siglo y medio de lucha, aquellos indígenas ansiosos de libertad acabaron sus vidas en cautividad.
Los lacandones de hoy son, con toda probabilidad, descendientes de las poblaciones mayas de la península de Yucatán en México y del Petén en Guatemala. Al huir del yugo de la colonia española en el siglo XVIII, buscaron refugio bajo los imponentes árboles protectores de la selva chiapaneca, territorio de sus antepasados desaparecidos. Aquellos fugitivos, organizados en pequeños grupos con el fin de pasar inadvertidos, reinventaron una vida seminómada adaptándose de manera remarcable a las difíciles condiciones de supervivencia de su nuevo hábitat. Adoptaron las grandes ciudades prehispánicas que los antiguos mayas habían abandonado en el siglo X: Palenque, Yaxchilán y Bonampak. Así fue como el dios Hach Ak Yum, creador de los hach winik, se instaló en los templos desertados de aquellos pueblos precolombinos.

 Es en la parte final de su texto cuando Miquel nos habla de Paul Bowles y de El pastor Dowe en Tacaté, el otro relato que contiene el libro, un extra de enorme valor para todos los que adoramos al escritor, compositor y viajero estadounidense.

Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tánger, 1999)
©Biblioteca de la Universidad de Delaware, Newark

 Paul Bowles escribió este relato en Nueva York en 1946, después de sus numerosos viajes a México durante los cuatro años y medio anteriores. El cuento, ambientado en la zona, es tan inquietante y tiene tal fuerza que te obliga a leerlo del tirón. En mi caso ha sido una relectura, no por ello menos fascinante, pues ya lo había leído hace veinte años en el volumen que sacó la editorial Alfaguara bajo el título Un episodio distante (otro de los cuentos sublimes del libro junto a Delicada presa), donde se recogían relatos escritos entre 1939 y 1948, traducidos al castellano por Guillermo Lorenzo. La mayoría de esos relatos estaban ambientados en el territorio africano de Marruecos o Argelia, a donde había regresado en 1947 para establecerse en Tánger, y otros discurrían en Colombia, México, Centroamérica o el Caribe. 

 Como nos apunta Miquel en un pie de página, «quizá Bowles se inspirara en el pastor estadounidense Philipp Baer, el primer misionero que en 1944 entró en contacto con los habitantes Naha'. A instancias del Instituto Lingüístico de verano, tradujo la Biblia a la lengua lacandona e intentó convertir a los habitantes de la región. Hacia 1955 se instaló en Lacanha', donde la población «aceptó» los preceptos de su Biblia».

 En El pastor Dowe en Tacaté, asistimos a la propia fragilidad del protagonista, un misionero evangelista, en un territorio que le es ajeno y que nunca podrá comprender ni entender.

 Cómo ha penetrado la palabrería estridente de los pastores evangélicos en la región, los seres míticos y las divinidades que pueblan la cosmovisión lacandona, la «casa de los dioses», los incensarios, el lago y la gruta de Metzabok, donde residen las almas de los antepasados..., todos esos detalles que nos explica Miquel en su crónica aparecen luego en el relato de Paul Bowles, aportándonos un conocimiento extra de ese mundo plagado de incertidumbres por el que se mueve, con incomodidad e impaciencia, uno de esos pastores norteamericanos que se instalaron en la región en los años cincuenta.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También nos cuenta Miquel un detalle fundamental para entender algo que sucede en la parte final del relato de Bowles, y es la costumbre que llevaba a los jóvenes a tomar como compañera a una cría de pocos años, a la que debían educar como a su propia hija hasta que creciera y se convirtiera en su mujer. «Los lacandones son poco numerosos y el miedo a no encontrar esposa al alcanzar la pubertad llevaba a los adolescentes a practicar esta costumbre, hoy en día erradicada, para evitar así los conflictos en la edad adulta».

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Bowles se inicia así:

El pastor Dowe pronunció su primer sermón en Tacaté una luminosa mañana de domingo, poco después del comienzo de la estación de lluvias. Asistió casi un centenar de indios y algunos de ellos habían recorrido todo el trayecto desde Balaché, en el valle. Permanecieron sentados en silencio en el suelo mientras él les hablaba durante más o menos una hora, en su propio idioma. Ni siquiera los niños alborotaron; reinaría el silencio más completo siempre que él siguiera hablando. Pero él veía que su atención nacía del respeto más que del interés. Como era una persona concienzuda, el descubrir esto le inquietó.
 Cuando terminó el sermón, cuyo título era «Significado de Jesús», los feligreses se levantaron despacio y empezaron a alejarse pensando ostensiblemente en otras cosas. El pastor Dowe estaba desconcertado. El doctor Ramos, de la Universidad, le había asegurado que su dominio del dialecto era suficiente para permitir a sus futuros feligreses seguir sus sermones, y no había encontrado dificultad alguna al conversar con los indios que le habían acompañado a subir desde San Gerónimo. Se quedó de pie, entristecido, bajo el pequeño templete de paja situado en la explanada ante su casa, viendo cómo se iban dispersando hombres y mujeres en varias direcciones. Tenía la sensación de no haberles comunicado absolutamente nada.

 He de confesarles que llegué a Hach Winik por Paul Bowles, al que rindo culto y del que atesoro todos sus libros. Así que ahora puedo decir que Paul me descubrió a Miquel, todo un acierto.

 A través de sus textos, con 60 años de distancia en el tiempo, ambos «nos hacen partícipes de sus experiencias y pensamientos sobre ese pequeño y único pueblo que intenta preservar la esencia de su ser... y por ende nos obligan a reflexionar sobre nosotros mismos».

 Lo dicho, cuando se sientan aturdidos por la vorágine de los días, o quieran refugio para una mente cansada, abran un buen fotolibro y sumérjanse en él, como los japoneses se meten entre los cerezos en flor al llegar la primavera buscando un poco de sosiego espiritual en esa belleza.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez




Miquel Dewerer-Plana (1961) es autor también de La verdad bajo la tierra, Mayas, La otra guerra, Alma, Entre dos aguas y Vale un potosí, editados todos por Blume. Por el primero de ellos le otorgaron en 2008 el premio Periodismo y derechos humanos.


domingo, 8 de mayo de 2022

DEL ATLAS A LOS APENINOS


Del Atlas a los Apeninos, de Maria Attanasio
Ediciones Traspiés, 2021

Es esta la historia de Youssef, uno de esos Ulises del otro lado del Estrecho que navegan de manera incierta en pos de una Ítaca que, en este caso, tiene forma de bota. Nuestro protagonista viaja a Italia en busca de su madre, igual que ciento treinta y seis años atrás Marco fuera en pos de la suya a Argentina, en aquel relato, De los Apeninos a los Andes, que incluyó Edmundo De Amicis en su novela Corazón. Yo leí aquel libro de niño, después de descubrir en los tebeos de la colección Joyas literarias juveniles las aventuras de aquel genovés de trece años y de seguir por televisión la serie de dibujos animados, a la que estábamos enganchados toda la chavalería. En ella, Marco ya no viajaba solo, sino que lo acompañaba Amedio, su inseparable mono blanco. Recuerdo arrancar del libro de historia del cole (tal vez de 4º o 5º de la EGB) los mapas de Italia y de Suramérica, y de llevarlos doblados en el bolsillo del pantalón cuando jugaba a Marco. Igual andan aún ocultos en el interior de algún atlas. Lo que sí tengo localizado en la vitrina es el álbum de la serie, cuyas estampas venían con los yogures de Danone.

Mis álbumes de Marco de Danone (Colección personal de Pedro Delgado)

Páginas centrales con los principales protagonistas
Marco. De los Apeninos a los Andes, álbum de Danone de 1976
(Colección personal de Pedro Delgado) 

 Aquella historia nos recuerda que Italia fue durante mucho tiempo, al igual que España, un país de emigrantes, de ahí la intencionalidad de la autora, la siciliana Maria Attanasio (Caltagirone, 1943), al titular esta obra, cuyo tema es la inmigración contemporánea.

Maria Attanasio (Castalgirone, 1943)

 Fiel a su método de trabajo, atenta a las continuas y casi diarias noticias proporcionadas por los medios acerca de todo tipo de calamidades ocurridas a inmigrantes, cuenta la escritora que mantuvo largas conversaciones con un grupo de muchachos magrebíes de un centro de acogida de "menores no acompañados" cercano a Caltagirone, cuyas tremendas odiseas constituyen el perfil narrativo de Youssef.
Maria Attanasio: una escritura comprometida
Del prólogo de Trinidad Durán (traductora de la obra)

 Tras un viaje extremo que tiñe el mar de drama, Youssef recala en Sicilia, con el objetivo de seguir hasta Bolonia, donde trabaja su madre cuidando de una anciana de la familia Purisi.

 Más que el calor, más que el cansancio, más que los enérgicos pescozones del encargado, cuyas órdenes en italiano no entiende al principio, lo que lo desorienta más que ninguna otra cosa, en su nueva vida en los invernaderos, es la pérdida de su nombre.
 Todos los paisanos han perdido su nombre originario: Ahmed se ha convertido en Aldo, Rachid en Riccardo, Youssef en Giuseppe; nombre que decididamente rechaza, reivindicando para sí el de Marco, como el protagonista de una serie italiana para niños que había visto en la televisión con Fouad, en su casa; con la parabólica, comprada en el mercado negro por unos pocos dírham, podían ver todos los programas del mundo, pero ellos solo elegían los italianos, tratando de memorizar todas las palabras que podían […]

 En estas páginas, repartidas en tres partes y escritas en un lenguaje sobrio que huye del sentimentalismo, están las mafias de tráfico de seres humanos y los que se aprovechan de la desesperación de los emigrantes para explotarlos, pero también la gente honesta que ayuda a los demás sin pedir nada a cambio.

Mohamed Oumlili leyendo Del Atlas a los Apeninos, de Maria Attanasio
Biblioteca del IES Isaac Albéniz
Fotografía: Pedro Delgado

 Sin duda, esta es una nouvelle que no debería faltar en las bibliotecas de los institutos, no solo porque sea un relato de formación, sino por que la propia autora afirma que va destinada a los jóvenes lectores, a los que ayudará a profundizar en las injusticias de esta mundo globalizado en el que mientras unos carecen de lo más elemental, los otros no saben ya en qué gastar su dinero.

 Estamos pues ante un relato didáctico, que quiere hacer reflexionar a las jóvenes generaciones y recordarles que no pueden convertir sus países en territorios sin memoria, que rechazan al otro por miedo e ignorancia, porque como dice la escritora: "ser extranjero no es una condición ontológica, sino un modo de ser mirados, considerados"; y explica, en otro momento:
 "Porque la barbarie se perfila de nuevo amenazadora en el horizonte histórico: con la criminalización de los ilegales, la caza del mendigo, la persecución del diferente, la quema de poblados chabolistas, el retorno de la esvástica disfrazada de modernidad".
Maria Attanasio: una escritura comprometida
Del prólogo de Trinidad Durán