lunes, 15 de noviembre de 2021

MAKONGO, UNA PELÍCULA DE ELVIS SABIN NGAIBINO


Makongo, una película de Elvis Sabin Ngaibino

El festival de cine francés de Málaga, celebrado el pasado mes de octubre, programó dos películas, en su sección Focus Documental, por las que mereció la pena desplazarse hasta las instalaciones de La Térmica: Makongo y 143 Rue du Desert. Muy distintas en su realización, ambas tienen en común que reflejan realidades del continente africano y que están hechas por directores autóctonos que conocen bien la problemática que retratan.

 Makongo está dirigida por Elvis Sabin Ngaibino, y ha cosechado varios premios en su paso por festivales de Europa y Canadá. El film, que se preestrenaba en España, se centra en dos jóvenes pigmeos aka, André y Albert, que viven en Mongoumba, un pueblo de la República Centroafricana situado cerca de la frontera del Congo y de la República Democrática del Congo. Ambos asisten al instituto con el sueño de acceder a la Universidad de Bangui, la capital, donde esperan obtener sus títulos de profesores. Mientras tanto, en sus ratos libres, se dedican a ir de pueblo en pueblo cargando con una pizarra al hombro, alfabetizando a los niños que viven en la selva. Estamos ante una obra de no ficción, por lo que André Ikpeou y Albert Mondogue hacen de ellos mismos en el documental, al igual que las otras personas que aparecen.

Escena de la película Makongo, de Elvis Sabin Ngaibino

Escena dela película Makongo, de Elvis Sabin Ngaibino

 Mi amigo Silvio Testa es una de las personas que más sabe sobre la estigmatización y las dificultades del pueblo pigmeo en la región ecuatorial de África, pues está involucrado en varios proyectos que desarrollan los misioneros de la Consolata en la zona; aunque en este caso al otro lado de la frontera, en la República Democrática del Congo. Allí, en Bayenga, una localidad de la provincia del alto Uele, hay unos 24 campamentos pigmeos que viven en chozas minúsculas al borde de la selva, una floresta que las compañías madereras están destruyendo con total impunidad. Silvio viajó allí en dos ocasiones. «Programamos un proyecto de salud contra la lepra y la tuberculosis que afectaba a los poblados, y al mismo tiempo se puso en marcha con un misionero de allí un plan de etnoeducación para que los pigmeos pudieran concienciarse de su riqueza cultural (despreciada por la etnia bantú que es la mayoritaria y dominante en el país), de su sabiduría en relación a la naturaleza que los rodea y su simbiosis con ella», me contó en una ocasión.

 Por todo eso, lo primero que hice esa mañana al levantarme fue enviarle un correo proponiéndole que me acompañara a la proyección. Pero Silvio no se encontraba aquel día en Málaga.

Hola Pedro,
Estoy en Italia que acaban de operar a mi madre, así que nada. Estoy contento porque acaban de llamar los cirujanos que todo ha ido bien. 
Ya me contarás de qué va la peli. Gracias x avisarme. 
Un abrazo

Silvio

 Quizás por ello, traté de absorber a conciencia todo lo que ocurría en la pantalla. Para poder contárselo otro día con una cerveza o un café por delante. La vida austera y autosuficiente en comunión con la naturaleza; su identidad y sus costumbres; la aceptación de la muerte (impresionan las escenas del enterramiento del bebé); la globalización que se infiltra sibilinamente en esa cultura ancestral; el contraste con los que viven más allá de la selva, el choque con el capitalismo y don dinero…

Escena de la película Makongo (Rep. Centroafricana 2020)
Dirección: Elvis Sabin Ngaibino

 Por si el altruismo de André y Albert no bastara, todos los años se implican en la cosecha de makingo, las orugas que se crían sobre la corteza de los árboles y que constituyen la principal fuente de ingresos de los pigmeos.

Makongo (orugas). Escena de la película de Elvis Sabin Ngaibino

 Hasta Bangui llevarán los dos protagonistas sus sacos de orugas para sacar un dinero con el que escolarizar a algunos de sus alumnos. Y uno sufrirá con ellos al verlos a merced de pícaros y timadores.

Trailer Makongo

 Sin duda, estamos ante una película que, por su temática, debería verse en todos los centros educativos, y junto a ella comentar la idea central con la que trabaja Silvio desde hace años: «Lejos de pensar en los pigmeos, yanomami, etc., como pueblos primitivos, tendríamos que preguntarnos ¿qué tienen estos pueblos que han sabido vivir en una relación absolutamente armónica con su entorno natural? Creo que en los tiempos que corren no es una pregunta baladí, sino una pregunta que nos sitúa a un nivel correcto de interlocución con estos pueblos, desde la humildad de saber que nosotros no hemos sido capaces de gestionar la vida en la tierra como lo han sido ellos. Es tiempo de aprender de los pueblos indígenas. Así nos lo piden ellos en el intento de salvar su existencia, así es como tenemos que dialogar con ellos para reconstruir las relaciones humanas y con la naturaleza que nos rodea».

 En la pasada cumbre del clima de la ONU (COP26) que acogió la ciudad de Glasgow, uno de los líderes de la comunidad amazónica, Fany Kiuru, del pueblo uitoto, en Colombia, subrayó que no es posible lograr el objetivo de contener el calentamiento global sin ellos. «Lo que hace falta no es dinero, sino medidas concretas para asegurar que su territorio queda protegido de los intereses de la agroindustria y de otros intereses extractivistas que destruyen su hábitat, algo que pasa por aplicar restricciones a esas actividades económicas». Atendamos sus súplicas de socorro, protejamos su territorio antes de que lleguemos a un punto de no retorno.

Nota: Sobre la otra película documental, 143 Rue du Desert, dirigida por el argelino Hassen Ferhani, les hablaré en otra entrada.

Cartel del 27 Festival de Cine Francés de Málaga


lunes, 8 de noviembre de 2021

EL SENDERO DE LA SAL


El sendero de la sal, de Raynor Winn (Ed. Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Por esa magia que se produce cuando abrimos un libro y nos adentramos en sus páginas, esta semana he estado viajando por el camino costero del sudoeste de Inglaterra. Más concretamente, desde Minehead hasta Poole: 630 millas, lo que equivale a unos 1.014 kilómetros, que se dice pronto. Y tengo los pies y la espalda molidos.

 El libro en cuestión es El sendero de la sal, de la escritora Raynor Winn, publicado recientemente por Capitán Swing.

 El sendero al que hace referencia el título bordea la zona costera de los condados de Somerset, Devon, Cornualles y Dorset, repleta de bahías y de calas ocultas donde, en el siglo XVIII y principios del XIX, los contrabandistas trapicheaban con encaje, té, alcohol y tabaco para salvar los desorbitados impuestos a las importaciones. Para tratar de impedirlo y vigilar mejor la costa, la Guardia Preventiva de Aduanas creó aquellos caminos de patrulla que hoy recorren los senderistas.

 Recientemente había leído sobre ese camino en Una historia del mundo en 500 rutas (Editorial Blume), y aún tenía presente las palabras de su autora, Sarah Baxter:

Se trata de un largo y sinuoso desfile de pueblos costeros refugiados en puertos naturales, colinas cubiertas de tojos, arenas doradas y promontorios rocosos que se asoman al mar. Algunos puntos de la ruta están abarrotados en verano, pero lo mejor del Camino Costero es que basta con caminar hasta salvar el siguiente cabo para dejar atrás a los turistas. Hecho esto, solo quedarán usted, el aroma del salitre y los helechos, el trino de los pájaros y el camino que serpentea frente a sus pies. Si observa las olas, incluso es posible que vea una foca o un tiburón danzando en el agua.

Una historia del mundo en 500 rutas y El sendero de la sal
Fotografía: Pedro Delgado

 El libro de Raynor Winn es una novela de no ficción que nos demuestra que el crecimiento se encuentra al otro lado de la desesperación, y que estoy seguro será llevada al cine.

 De crío devoré un libro increíble que llevaba por título La ley de Murphy, en el que un tal Arthur Bolch exponía una serie de leyes y sentencias. Aquello era una humorada, pero a esa edad algunas de sus leyes me parecían tan consistentes como las de Einstein.

 Creo que era la primera ley de Murphy la que decía que «si algo puede salir mal, saldrá mal», y la segunda que «si algo va mal, siempre puede ir a peor». Conmigo no fallaba la de la tostada, que siempre caía por el lado untado de mantequilla y mermelada.

 No sé si Raynor Winn y su marido Moth conocerán este libro, pero lo cierto es que en cuestión de días el tal Murphy se cebó con ellos. Primero, el desahucio por una mala inversión, y a continuación, un diagnóstico médico aterrador: Moth sufre una degeneración corticobasal, una rara enfermedad cerebral degenerativa que afecta al área del cerebro que procesa la información y las estructuras cerebrales que controlan el movimiento. Dicho en plata, que acabaría sus días postrado en una cama ahogado por su propia saliva. Ante ese panorama, ¿qué hacer?

 «Podríamos caminar», pensó Raynor Winn, inspirada por Five Hundred Miles Walkies (Caminatas de quinientas millas), el libro que había leído con veinte años, sin pensar que no es lo mismo preparar una mochila con cincuenta años que con veinte, y que tendrían que caminar mil catorce kilómetros por un camino que en muchos tramos no tiene  más de treinta centímetros de ancho.

Volví a leer Five Hundred Miles Walkies y me repetí a mí misma que podíamos hacerlo. Mark Wallington había recorrido el Sendero de la Costa Sudoeste con una mochila prestada y un perro zarrapastroso. Podíamos hacerlo, sin problemas.

 Raynor tampoco se paró a pensar que Mark Wallington tenía veinte años cuando realizó el camino, y no cincuenta como ellos.

–Pero ¿qué estás diciendo, mamá? ¿Te has vuelto loca? ¿Y si se cae por un acantilado? –La voz de Rowan me devolvió a la realidad–. No tenéis dinero, ¿qué vais a comer? ¿De verdad crees que podéis pasar el resto del verano en una tienda de campaña? ¿Cómo? Pero si hay días en los que papá casi ni puede levantarse de la silla. ¿Qué pasará si le da un ataque en un acantilado? ¿Dónde vais a campar? ¿Sabes cuánto cuesta un camping? ¿Se lo has contado a Tom?

 Desoyendo a su hija, y con las cuarenta y ocho libras semanales del subsidio del gobierno, una tienda de campaña que compraron por eBay, dos mochilas y dos sacos de dormir ultraligeros que compraron en Tesco por cinco libras cada uno, Raynor y Moth se lanzaron a la aventura. En el bolsillo de la pierna de los pantalones, una guía: The South West Coast Path: From Minehead to South Haven Point, de Paddy Dillon, el Speedy González del camino.

La guía de Maddy Dillon (The South West Coast Path)
Fotografía: Penguin

 La Ley de Vagancia de 1824, a pesar de las modificaciones sufridas a lo largo de los años, aún sigue parcialmente en vigor hoy día en Inglaterra, incluyendo en la categoría de «maleantes y vagabundos» a «toda persona que no hace otra cosa que deambular y se aloja en un granero o cobertizo, o en un edificio abandonado o desocupado, o al aire libre, o dentro de una tienda de campaña, o en un carro o vagón, sin tener ningún medio visible de subsistencia y sin estar registrada su situación», así que aquel verano Moth y Raynor se unieron a las filas de maleantes, vagabundos y holgazanes, acampando al aire libre y alimentándose principalmente a base de té y fideos, sintiendo en su piel el rechazo a los sintechos.

 Quizás la pareja pensaba en otra ley de Murphy, la que dice que «No se puede saber cuál es la profundidad de un charco hasta que no se ha metido el pie en él».

Las multitudes disminuían a medida que nos acercábamos al monumento de las gigantescas manos de metal sujetando un mapa que marca el inicio del sendero. Nos quedamos en el monumento más tiempo del previsto haciendo fotos, reorganizando las mochilas, tratando de convencernos para dar ese primer paso. Emocionados, asustados, sin hogar, gordos, moribundos, pero, por lo menos, si dábamos aquel primer paso, tendríamos un sitio adonde ir, un propósito. Realmente, a las tres y media de la tarde de un jueves, no teníamos nada mejor que hacer que empezar un recorrido de mil catorce kilómetros.

Escultura de Sarah Ward en Minehead
Inicio del sendero de la costa sudoeste de Inglaterra
Fotografía: Pinterest ArtPolitika

***
Frío por arriba, frío por los costados, frío por abajo. ¿Qué es lo que permite que un saco de dormir sea ultraligero? Nos quedó muy claro a las cuatro de la mañana, bajo la luz gris azulado de la tienda. A medida que el frío nos devoraba, comprendimos que el saco era ultraligero porque el aislamiento era menor, muchísimo menor.
***
Las primeras veces que nos habían preguntado cómo era que disponíamos de tanto tiempo libre para caminar hasta tan lejos, habíamos contestado la verdad: «Porque no tenemos un hogar, lo hemos perdido, pero no ha sido culpa nuestra. Vamos viendo adónde nos lleva el camino». La gente se apartaba y se quedaba tan impresionada que hasta se olvidaba de respirar. Siempre que pasaba esto, la conversación terminaba abruptamente cuando nuestros interlocutores se alejaban de nosotros a toda velocidad. Así que tuvimos que inventar una mentira que resultase más aceptable. Para ellos y para nosotros. Les decíamos que habíamos vendido nuestra casa con el propósito de vivir una aventura de madurez y que íbamos allí donde nos llevara el viento. (...) Esto provocaba resoplidos de «¡Guau!, ¡fantástico!, ¡inspirador!». ¿Qué diferencia había entre una historia y la otra? Solo una palabra, pero una que a ojos de la opinión pública lo cambiaba todo: vendido. Podíamos no tener un hogar después de haberlo vendido y haber metido el dinero en el banco. Eso era inspirador. O podíamos no tener un hogar después de haberlo perdido y habernos convertido en pobres y en unos parias sociales. Elegimos la primera opción. Con ella era más sencillo mantener conversaciones superficiales; más fácil para los demás, pero también para nosotros.

 Lo que no pierden Raynor y su marido es el sentido del humor, ese humor británico tan característico.

Bordeamos la punta y pasamos por el monumento en recuerdo a «los caídos». Estaba demasiado cansada para sacar las gafas y ponerme a leer toda la placa, así que no comprobé si había sido erigido para los caídos en la guerra, para los que se habían caído por el acantilado o para nosotros, caídos de la sociedad, de la esperanza, de la vida.
***
Estábamos desmontando la tienda cuando vimos que un grupo de ancianos en pantalón corto tipo cargo venía hacia nosotros con paso decidido.
 –Prepárate. Estamos a punto de recibir nuestra primera regañina por acampar donde no se debe.
 Moth puso su mejor "cara de amigo de los abuelitos" mientras yo intentaba mirar para otro lado.
 –¿Dónde está el Sendero de la Costa? –exigió jadeante un hombre que tenía la cara roja y respiraba entrecortadamente.
 –Estáis en él.
 –No, no es esto. El Sendero de la Costa está en la costa. Vamos a caminar hasta Tintagel.
 –El sendero es este. No está en la playa, está aquí, en el acantilado.
 –Bien. ¿Hay más colinas como esa de ahí?
 –Seis o siete. No lo sé, he perdido la cuenta.
 –Muy bien. Pues entonces ya nos podemos ir olvidando.
 Dieron media vuelta y se fueron refunfuñando y pisando fuerte por donde habían venido.
 –Debería llamarse Sendero de los Acantilados, no Sendero de la Costa.
***

Raynor Winn y Moth. Fotografía: Penguin

Nos sentamos a la entrada de la tienda metidos en los sacos de dormir hasta que se fue la luz y, con ella, el último de los surfistas. La marea se alejó y, cuando parecía como si dudara antes de regresar, llegaron las aves y reclamaron la playa vacía para ellas solas. Para corretear y llamarse unas a otras durante la noche, entre la arena y el agua.

 Después de esas líneas tan poéticas, quiero cerrar esta entrada con una estrofa de The Stone Beach, poema de Simon Armitage, con el que confundían a Moth durante una parte del camino, unas líneas para recordar en la playa el próximo verano:

«Spoilt for choice - which one to throw,
which to pocket and take home».
«Difícil elección: cuál tirar,
cuál guardar en el bolsillo y llevar a casa».
Simon Armitage,
«The Stone Beach» 

El sendero de la sal, de Raynor Winn (Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Nota: La gaviota que aparece en la fotografía que abre esta entrada pertenece al Museo de Ciencias Naturales del instituto Nuestra Señora de la Victoria de Málaga (Martiricos), y fue disecada por Manuel Garrido Sánchez, encargado también de la conservación de la colección del museo.


martes, 19 de octubre de 2021

UNA TRENZA DE HIERBA SAGRADA


Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer (Ed. Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 

Los insectos, las plantas, las bacterias, los hongos, los pájaros, nos rodean como una comunidad en la que cada uno sostiene a todos los demás y sobre la cual nosotros no tenemos ningún derecho de soberanía, igual que no tenemos ningún derecho a volver inhabitable el mundo para nuestros descendientes.
Antonio Muñoz Molina

 

A veces uno llega a un libro por una cosa y se queda a vivir en él durante un tiempo por otras. Eso fue lo que me ocurrió con Una trenza de hierba sagrada (Editorial Capitán Swing), de la botánica, escritora y profesora Robin Wall Kimmerer, una anishinabekwe de la tribu potawatomi. 

 Amante de los pueblos nativos americanos, comencé a leer por el saber indígena que anunciaba el subtítulo, pero seguí leyendo porque la autora empezó a hablarme de cosas que me incumbían y me preocupaban. Cosas que podrían parecer mundanas, pero que para mí eran capitales. Por ejemplo, que mi hijo se vaya a estudiar dirección cinematográfica a Barcelona con tan solo 18 años. No siento miedo porque le pueda pasar algo lejos de casa, sino desazón por tener que separarnos durante todo un curso. ¡Tres cursos! Llevaba semanas mascullando lo mucho que lo iba a echar de menos, cuando de pronto, como por arte de magia, me encontré con un capítulo que lleva por título El consuelo del nenúfar, y que contiene estas líneas:

 Se marchó antes de que me diera cuenta, mucho antes de que el estanque fuera apto para el baño. Mi hija Linden decidió abandonar estas aguas tranquilas y echarse a la mar de una facultad lejos de casa, en tierras de secuoyas.
 (…) Sabía que ocurriría desde el momento en que la sostuve entre mis brazos: cada centímetro que creciera a partir de entonces sería también un centímetro que se alejaría de mí. Es la injusticia esencial de la paternidad y la maternidad: realizar bien nuestro trabajo implica ver cómo el vínculo más profundo que jamás podremos crear se irá de nuestro lado sin mirar atrás. Sabemos qué tenemos que hacer. Aprendemos a decir: «Pásalo muy bien, cariño», aunque todo lo que deseemos sea traerlos de nuevo a nuestro lado, a la seguridad. Y en clara contradicción con los imperativos evolutivos que benefician la protección de nuestras reservas genéticas, les dejamos las llaves del coche. Y les damos libertad. Esa es nuestra labor. Yo quería ser una buena madre.
 Me sentía feliz por ella, que comenzaba una nueva aventura, claro, pero también triste por mí misma, que tenía que soportar la agonía de echarla de menos. El consejo de los amigos que ya habían pasado por lo mismo fue que recordara las cosas que no iba a extrañar. Me alegraba de no tener que pasar noches en vela pensando en las carreteras nevadas y aguardando el sonido de las ruedas en la entrada justo un minuto antes del toque de queda. Los deberes sin terminar y el frigorífico que se vaciaba misteriosamente.
 (…) Recuerdo la época en que les daba el pecho. Recuerdo la primera vez que les di de comer, la larga y profunda succión con que tomaron el alimento de mi pozo interior, que se llenaba con sus miradas. Supongo que debo alegrarme de no tener que alimentar tanto, preocuparme tanto. Pero lo voy a echar de menos. No voy a echar de menos la colada en sí, claro, pero es difícil decirle adiós a la urgencia de esas miradas, a la presencia de nuestro amor recíproco.

 La Hierochloe odorata, que los pueblos nativos americanos llaman wiingaashk, el cabello de dulce aroma de la Madre Tierra, no es una especie extendida en ámbitos geográficos castellanohablantes, por lo que no existe un nombre común generalizado para ella. Algunos la llaman hierba de búfalo, hierba bisonte, hierba dulce, hierba santa o hierba sagrada. En referencia a su etimología griega y a su condición de planta ceremonial entre los pueblos indígenas americanos, es el último nombre el elegido por el traductor, David Muñoz Mateos, para el título de este libro: Una trenza de hierba sagrada.

 (…) fue la primera planta que creció sobre la Madre Tierra y por eso la trenzamos, como si se tratara del cabello de nuestra propia madre: así le demostramos el amor y el cuidado con que la trataremos.

 La trenza, como las que le hacían a mi hermana (recuerdo lo mucho que protestaba cuando mi madre le tiraba del pelo para que quedaran prietas), es también una especie de metáfora del libro pues lo que nos ofrece su autora es un caleidoscopio de ensayos que buscan restablecer la salud de nuestra relación con el mundo, mostrarnos que es posible «establecer otra relación no depredadora ni destructiva con el mundo natural». Y al igual que separamos el pelo en tres partes para trenzarlo, los textos están tejidos con esos tres ramales a los que hace referencia el subtítulo: los saberes indígenas, el conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas.

 Se trata de imbricar la ciencia, el espíritu y los relatos: viejos relatos y nuevos relatos que puedan ser remedios para nuestra relación con la tierra, rota; una farmacopea de historias senadoras que nos permitan imaginar una relación diferente donde la gente y la tierra se cuiden y sanen su dolor mutuamente.

 Ganador del Sigurd F. Olson Nature Writing Award en 2014, es este un libro para reconciliarnos con la naturaleza y celebrar nuestra relación con las plantas y los animales, nuestros maestros más antiguos.

Guardián, 1967. Obra de Cecilia Vicuña. Concón (Chile)

 No hace mucho, o quizá hace mucho, leí una entrevista a la artista, poeta y activista Cecilia Vicuña (Chile, 1948), en la que el periodista, tras calificarla como una gran defensora del pensamiento indígena, le preguntaba qué nos perdíamos los que no lo conocíamos. «La multidimensionalidad», respondió ella. «El pensamiento occidental es muy reduccionista y va coartando las posibilidades imaginativas y de conexión del ser humano con los otros seres y con las otras dimensiones. La física cuántica, que tanto me interesa, sí que avanza en la aceptación de múltiples realidades, pero el reduccionismo occidental ha intentado liquidar el acceso a las mismas, cuando el cerebro humano no es así». Este pensamiento me asaltó numerosas veces durante la lectura de este libro, pues a través del saber indígena, Robin Wall Kimmener «nos muestra cómo otros seres vivos nos ofrecen regalos e importantes lecciones, incluso aunque hayamos olvidado cómo escuchar sus voces». La idea central que despliega Robin Wall en sus páginas es que «el despertar de una conciencia ecológica requiere el reconocimiento y la celebración de nuestra relación recíproca con el resto del mundo viviente. Solo cuando podamos escuchar los lenguajes de otros seres seremos capaces de comprender la generosidad de la tierra y aprender a dar nuestros propios dones a cambio».

Higuera camino de Almogía. Fotografía: Pedro Delgado

 Al hilo de esto, les contaré que cada vez que salgo con la bicicleta hacia Almogía me cruzo con una enorme higuera enraizada a la vera de un arroyo. Pues bien, durante este mes de agosto, al pasar junto a ella de vuelta a casa, me bajaba de la bicicleta, desanudaba una bolsa del manillar y la llenaba de higos negros que, con sus grietas en la piel, parecían a punto de reventar. Tenían un sabor dulce delicioso, así que sólo cogía los que estaban ligeramente blandos al tacto, dejando los duros en las ramas para más adelante. En ningún momento le di las gracias a aquella higuera por sus frutos. Fue leyendo a Robin Wall Kinmerer como tomé conciencia de que debía corresponder a esa generosidad. Para el verano que viene lo tengo claro, y cuando me acerque a esos higos que me gritan ¡LLÉVAME A CASA!, deberé resistir la tentación de obedecer de inmediato y acercarme a la higuera como la autora me ha enseñado. Primero me presentaré y le pediré permiso para la recolección, y al terminar, en agradecimiento por compartir sus dones conmigo, vaciaré lo que quede de mi botellín de agua junto a su tronco y la ayudaré a diseminar sus semillas.

 El reglamento de la Cosecha Honorable no está escrito en ningún sitio. Ni siquiera puede considerarse un conjunto sistemático de reglas. Se trata, más bien, de una serie de prácticas definidas en el día a día. Pero si hubiera que hacer una lista, sería algo parecido a esto:
 Conoce las costumbres y necesidades de quienes cuidan de ti, para poder cuidar tú de ellos.
 Preséntate. Que te conozcan como aquel o aquella que viene a buscar la vida.
 Pide permiso antes de tomar nada. Acata la respuesta.
 Nunca te lleves el primero. Nunca te lleves el último.
 Toma solo lo que necesites.
 Toma solo aquello que se te ofrece.
 Nunca tomes más de la mitad. Deja algo para los demás.
 Cosecha de manera que el daño sea el menor posible.
 Utilízalo de forma respetuosa. Nunca desperdicies lo que has tomado.
 Comparte.
 Da las gracias por aquello que se te ha dado.
 Haz un obsequio para corresponder a lo que has tomado.
 Sé sostén de aquellos que te sostienen y la tierra durará para siempre.
***

Nanabozho, ilustración de R.C. Armour

 El anciano anishinaabe Basil Johnston cuenta la historia de cuando nuestro maestro Nanabozho se encontraba en el lago, como tantas otras veces, intentando pescar algo para cenar con una cuerda y un anzuelo. Entre los juncos se le acercó Garza, con las patas en zigzag y el pico como un arpón. Garza era, además de gran pescador, un amigo generoso, y enseñó a Nanabozho un método de pesca que le haría la vida mucho más fácil. Le advirtió también que no debía coger demasiados peces, pero Nanabozho ya estaba pensando en el festín que se iba a dar. A la mañana siguiente salió temprano y en poco tiempo había llenado un cesto, tan grande que apenas podía con él y con más pescado del que podía comer. Limpió todos los peces y los puso a secar en estantes de madera, fuera de casa. Al día siguiente, aún con el estómago lleno, volvió al lago y repitió lo que le había enseñado Garza. «Ah –pensó, transportando las capturas a su casa–, he de tener comida suficiente para el invierno».
 Día tras día volvió Nanabozho a colmar el cesto. A medida que el lago se vaciaba de peces, sus estantes de secado se llenaban y enviaban un delicioso aroma al bosque, donde Zorro se relamía. Regresó una vez más al lago, henchido de orgullo. Ese día sus redes salieron vacías y Garza lo miró decepcionado desde el cielo. Al volver a casa, aprendió una lección muy valiosa: nunca hay que tomar más de lo que uno necesita. Los estantes de madera estaban volcados en el suelo y el pescado había desaparecido.

 «¿Acaso no somos los reyes de la creación, la especie más importante de todas?», le preguntaron una vez al astrofísico y filósofo Juan Arnau. Su respuesta la he guardado entre las páginas de Una trenza de hierba sagrada. Despliego de nuevo el recorte del periódico y la leo una vez más.

Somos parte de la naturaleza. Esto es fundamental entenderlo y vivirlo. Deberían poner en todas las escuelas Dersu Uzala, la película de Kurosawa. Sin un sentimiento de pertenencia al orden natural, la humanidad está perdida y la ciencia desvaría. En civilizaciones tecnológicas como la nuestra, que detentan el enorme poder de la ciencia, las consecuencias pueden ser devastadoras. Si acabamos con la naturaleza estamos acabando con nosotros mismos. De ahí que la ciencia deba ir de la mano de las humanidades, en lugar de ir de la mano del poder político.

Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer (Ed. Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tradicionalmente, las trenzas de hierba sagrada se entregan en señal de gratitud y bondad; de la misma manera, debemos regalar este libro.


Nota: Los textos a color pertenecen a Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, traducido por David Muñoz Mateos y editado por Capitán Swing en febrero de 2021.


martes, 5 de octubre de 2021

UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

Esta mañana creí enloquecer. Al levantarme y salir de mi cuarto, vi como dos micacos subían a la carrera las escaleras de mi casa. Me diblaron como si fueran infantiles del Larache Club de Fútbol, se metieron en el cuarto de mis hijos y escaparon por la terraza. Lalla Sahida llegó detrás con una zapatilla en la mano, pero los críos ya habían saltado por el muro a la casa de al lado. La mujer no pudo contener más la emoción y las lágrimas empezaron a escapársele.

 –¿Quiénes son esos, Zipi y Zape? –me preguntaron mis hijos.

 Les hice ademán de que se callaran, y me agaché a recoger unos pendientes del suelo. Se los di a la pobre Sahida, y le puse una mano en el hombro, empujándola levemente para que se sentara a los pies de la litera. Luego fui al baño a por un rollo de papel higiénico, y se lo llevé para que se enjugase las lágrimas.

 Alarmado por unos gritos que llegaban desde la calle, corrí de nuevo a mi cuarto para asomarme por el balcón. El abuelo de Sergio, Manuel Gallardo, estaba multando a un coche que había aparcado sobre la acera de enfrente, y discutía con el conductor.

 –¡¡Oiga, que a un policía de tráfico no se le dice ni mu!! ¡¿Quiere usted que lo lleve al cuartelillo o qué?!

 Bajé a la cocina, y allí me encontré con Habiba y el Sr. José Edery. Ella se había ofrecido a prepararle un té y le decía a él aquello de «Mi casa es su casa».

 –¡¿Cómo que su casa?! –le dije–. Esta casa es mía y ustedes se van a marchar de aquí ahora mismo.

 El Sr. Edery Benchluch me miró sorprendido. El sudor corría por su frente y se le aureolaba en la camisa, a la altura del pecho. Me dio pena del hombre. Abrí la nevera, saqué la jarra de agua fría y le serví un vaso. Habiba rechazó con una sonrisa la invitación, pero cogió medio limón que había sobre la encimera y lo exprimió en el vaso de agua. Edery se recostó en la silla y se lo bebió de un trago. Acto seguido, musitó un Barakalofi y empezó a hablarme de una sinagoga de Larache.

 Estaba dispuesto a escucharlo y a tomarme un té con ellos, pero en esas que oí a Abdeslam que discutía con Younes en el salón. Al entrar, vi a los dos parados delante de una de las vitrinas. Tenía las puertas abiertas, y Younes cogía a su antojo objetos curiosos que yo había traído de mis viajes. Abdeslam trataba sin resultado de que desistiese de su actitud. Le quité el saco de rafia que portaba de un tirón, y se me encaró de mala manera. Con la ayuda de mi hijo mayor, que había bajado alarmado por tanto jaleo, logré echarlo de casa. En la calle seguía el abuelo de Sergio rellenando multas. Le expliqué lo que pasaba y el hombre llamó a Younes «malandrín» mientras le tironeaba de una oreja. También le previne sobre los dos mocosos, uno rubio y otro moreno, que habían huido de la casa. Cuando volví, Abdeslam estaba rezando sobre una de mis alfombras, y ya no quise molestarlo.

 Fui al baño. Rashida estaba de pie delante del lavabo, contemplando su rostro en el espejo. Me miró un momento y me dijo aquello de «Sé que te quiero mucho. Pero no sé por qué». Tenía la piel de la cara y de las manos y los brazos muy arrugada, y el pelo canoso y a medio teñir; en su vejez y en su indefensión vi a mi madre, y se me humedecieron los ojos. Cerré la puerta y la dejé allí.

 Regresé al salón. En el extremo opuesto a donde rezaba Abdeslam, me encontré a Sibari curioseando en una de las librerías de mi biblioteca. Al acercarme, me alabó el gusto y me guiñó un ojo al ver que tenía dos de sus libros: Relatos del Hammam y El babuchazo.

 –Los compré en Al Ahram, la librería-papelería de Rachid Serrouk –le dije–. ¿No se acuerda, Sidi? Me los firmó usted en la Casa de España de Larache. Nos presentó Sergio Barce, su jay.

 El profesor Mustapha Lahchiri y Hachmi Yebari entraron en ese momento, saludaron con un Salam 'Alekoum al que respondimos con el consiguiente Alekoum Salam, y se acercaron hasta nosotros. Yebari, al que conocí la vez que presenté uno de mis libros en el colegio Luis Vives de Larache, miraba con curiosidad los objetos que decoraban los estantes, como si los deseara para su bazar.

 –Ahora que has mencionado a Sergio Barce –me dijo Sibari–. Me he fijado que tienes sus libros, pero a él no lo vemos por ningún lado.

 –Está en Torremolinos. Yo tampoco lo veo con la frecuencia que me gustaría, pero si quieren podemos llamarlo y quedar para tomar un café. Eso sí, déjenme antes que ponga un poco de orden en esta casa.

 Lucía entró en el salón acompañada de los pintores Rachid Sebti y Manuel Balaguer. Les estaba mostrando sus cuadros, colgados por toda la casa, y ellos le alababan su maestría con los pinceles.

 Mi hijo el pequeño asomó la cabeza por la puerta y nos dijo que un señor mayor le estaba dando la vara en la cocina. Él quería desayunar sus galletas y su Cola-Cao de siempre, pero aquel abuelo no hacía más que repetirle que desayunara pan con aceite.

 –Me dice que me puede jurar que el aceite es la vida. Y que no lo olvide. ¿Podéis decirle algo? ¡Que me deje tranquilo…!

 –¡Voy para allá, hijo! –le dije, y al salir me topé en el pasillo con Maruja Gallardo.

 –¿Tú eres Pedro, el amigo de mi hijo, no? El que escribe también de Marruecos.

 No sabía si me había dicho también o tan bien, pero me dio corte preguntarle.

 –¿Lo has visto últimamente? ¿Ha engordado algo? ¿Tiene el pelo más blanco? A ti sí que te han salido canas, hijo. Eso te echas un tintecito y te quitas diez años de encima –iba a contestarle algo, pero Maruja continuó con su batería de preguntas sin dejarme abrir la boca–. ¿Se ha quitado la barba? ¿Se ha puesto lentillas? Hay que ver lo que se parece mi Sergio a mi marido…

 Le dije que como una imagen valía más que mil palabras, iba a subir a mi cuarto a por la tablet para enseñarle una fotografía que nos habíamos hecho recientemente. Esperé al pie de la escalera unos instantes, pues mi hijo mayor bajaba conversando de aviones con otro abuelo. Luego subí los escalones de dos en dos, atropelladamente, y al entrar vi un libro abierto boca abajo a los pies de la mesita de noche. Lo recogí del suelo y, al instante de cerrarlo, cesó todo el jaleo. En ese momento lo comprendí todo. Eran los personajes del libro de Sergio, que habían aprovechado que esa puerta pintada de azul estaba abierta para escapar de sus páginas y desperdigarse por toda la casa.

 Bajé las escaleras a la carrera.

 –¡Lucía, cuando se lo cuente a Sergio no se lo va a creer!

Sergio Barce y Pedro Delgado
Málaga, 23 de abril de 2021

Nota: Pueden adquirir el libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020), de Sergio Barce, en su librería habitual o en el siguiente enlace de la Librería Proteo de Málaga:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/2822468-una-puerta-pintada-de-azul.html

viernes, 3 de septiembre de 2021

ABALLAY, EL WESTERN GAUCHO DE ANTONIO DI BENEDETTO


Portada de Aballay, de Antonio Di Benedetto
Adriana Hidalgo editora

Hace varias Navidades, le regalé a mi hijo pequeño una joyita en forma de libro; se trataba de Aballay, del escritor argentino Antonio Di Benedetto, editado con mimo y cuidado por Adriana Hidalgo editora. El relato venía acompañado del guión cinematográfico de Fernando Spiner, Javier Diment y Santiago Hadida, lo que le daba un valor mayúsculo a los ojos de mi hijo, apasionado del cine. Los cómics y los westerns son otras de sus pasiones, así que si les digo que el libro también incluye la versión gráfica del relato, y que éste es un western gaucho, comprenderán por qué califico de joyita al libro.

 Aballay es un sanguinario forajido reconvertido en anacoreta, que recorre en penitencia por sus pecados los llanos y cañadas de la pampa en compañía de su fiel caballo, del que no desmonta ni de noche ni de día, como aquellos estilitas que se encaramaron a columnas para acercarse al cielo y separarse del suelo donde habían pecado, para servir a Dios a su manera.

 Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra.
 (…) Está firme, a conciencia, en el trato consigo mismo de separarse del suelo y llevar su vida en penitencia. Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar al padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de aquella noche de alcohol.
 Pero él no podría quedarse quieto con su remordimiento. Él tiene que andar. Salirse (de un sitio en otro).
 ¿Cómo, si quiere copiar a los de antes, lo que contó el cura?
 El fraile, dijo que montaban a la columna. Él, Aballay, es hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán.
 Le palmea con cariño el cuello y consulta: "¿Me aguantarás?". Supone que su compañero acepta y, mientras avanza al trote suave, lo prepara: "Mirá que no es por un día… Es por siempre".

 El día a día de Aballay, su vagar por la pampa, con ese "yugo que él mismo se echó", nos es contado por Antonio Di Benedetto con un lenguaje conciso y seco, en contraposición con la poesía de sus imágenes.

 En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente, le ofertan pescado, que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.
 De inmediato, los indios acampan, prenden un fuego, destripan y asan los bichos de escamas nacaradas.
 Ahora huelen pasablemente, para el hambre sin curar de Aballay. Aguarda, de horqueta en su potro.
 Los cuatro pescadores se han puesto efusivos y pretenden forzarlo a bajar con ellos. Él no accede pero recibe su porción.
 Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo, prolijamente, en todos los instantes. Deduce que no es que el blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: "hombre-caballo".
***
 Cae, Aballay, cree que volteado por el relámpago o el rayo, y al golpearse despierta y ya lo empapa la lluvia. Un instante disfruta del agua que le contenta la boca ardida. Hasta que descubre que ha tocado tierra con todo su cuerpo.
 Batidos los ojos por el chaparrón, intenta no obstante elevar la mirada, al menos la frente, en un confuso acto que no sabría desentrañar él mismo: ¿está pidiendo perdón, haciendo valer que no fue a propósito…?
 Embarrado y trastornado, salta sobre el pingo y a su juicio y riesgo, aunque temeroso, decide que esa bajada no hay que ponerla en cuenta. Admite que lo tiene agarrado un yugo que él mismo se echó. Lo acata con la obediencia más sumisa.
***
 Así terminó la primavera y pasó el verano, Aballay.
 El invierno le hizo pensar que el estío había sido una gloria, para su vida al raso.
 Por el fondo de los campos estaba subiendo el sol, pero Aballay no terminaba de despertarse. Helaba, y él se estaba helando. Lo poseían vagas sensaciones de vivir un asombro, y que se había vuelto quebradizo. No intentaba movimiento y lo ganaba una benigna modorra.
 Mucho rato duró el letargo, ese orillar una muerte dulce, mas atinó a reaccionar su sangre a las primeras tibiezas de la atmósfera.
 Al tomar conciencia del riesgo que había vadeado, se santiguó, besó la cruz de palo y controló sus apoyos, sobre los que discurrió: "Si muriera encima de un caballo… ¿quién me despegaría de él? ¿Podría, la muerte…?".
***
 Desde su carretón ambulante, el mercachifle lo convocó con una voz: "¡Gaucho!", que Aballay no reconoció para sí o lo predispuso contra la intención de quien lo nombraba de esa manera, por unos cuantos aplicada con menoscabo. Iba a desentenderse de él; no obstante, el otro, a gritos para hacerse oír, sólo quiso preguntarle si tenía plumas.
 Aballay se contuvo.
 –¿Plumas?
 –De avestruz. Las compro, o cambio por mercancía, buena mercancía.
 Por este encuentro y la tal propuesta, Aballay creyó hallar oficio que no lo hiciera renegar de su voto.
 Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no avenidas con el blanco.
 Acechó al ñandú. No para faenar sus carnes (empresa imposible sin echar pie a tierra). No que quedara sin vida, quería Aballay, que quedara sin plumas.
***
 Una mujer le pide que le salve al hijo.
 Aballay no entiende. ¿Que le ayude a llevarlo adonde se pueda dar con un médico…?
 No. Que él lo bendiga y el niño se pondrá sano.
Aballay se espanta de esta atribución: lo están confundiendo con un santón.
 Después se duele: "De haber podido, yo…"

 A base de capítulos cortos, Antonio Di Benedetto nos muestra la evolución del personaje y el paso del tiempo, los meses y los años que nos acercan poco a poco al final rumiado por el propio Aballay, un momento que, por supuesto, no voy a desvelarles aquí; aunque en realidad puedas saber el desenlace sin que pierda interés la lectura. De hecho, me leí antes el guión que el relato, para poder apreciar de inicio el trabajo de los guionistas, los argentinos Fernando Spiner, Javier Diment y Santiago Hadida, siendo el primero de ellos el director de la película.

 El guión, y con ello la versión cinematográfica, filmada en 2010, son muy diferentes al cuento original, que data de 1978. Sobre la encantadora parsimonia del texto, Fernando Spiner impone la acción, centrándose en la parte final de la historia e imaginando escenas, e incluso un personaje femenino, que no escribió Antonio Di Benedetto.

 Quise acompañar el regalo con el Blu-ray de la película pero, siendo argentina, sólo encontré una edición alemana, y eso sí que no.

 La edición del libro de Adriana Hidalgo contiene también unas notas del director: tres interesantes artículos que llevan por título Un western gaucho, Filmar un western y Filmar en Amaicha.

Un western gaucho

 Hay coincidencias geográficas y sociales entre la vida rural del lejano oeste norteamericano y la pampa sudamericana: las grandes extensiones no conquistadas, los hombres que viven a caballo y la ley ausente, que deja lugar al culto de las armas y la pelea; el relato agrega los componentes de la venganza y el duelo, que es una problemática propia del género humano, y aborda, así, una temática de alcance global.

 "Aballay" es también un nuevo abordaje en la gauchesca, con el desafío de salirse del estereotipo de la gauchesca pampeana (en esta ocasión, es el gaucho habitante de los Valles Calchaquíes con su importante influencia indígena) y de redescubrir al gaucho como personaje, con la liturgia de sus armas, su relación con la ley y su íntima vinculación con el caballo, protagonista fundamental de la colonización.

 Aballay, la película, retoma un género con una tradición que, entre otros títulos, abarca Nobleza gaucha (1915), de Humberto Cairo, Enrique Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera, primer éxito del cine argentino; Pampa bárbara (1945), de Lucas Demare y Hugo Fregonese; y Juan Moreira (1973), de Leonardo Favio.

 En el segundo de los artículos, Fernando Spiner nos habla de la curiosa relación que mantuvo con la sobrina del legendario director Hugo Fregonese, cuya película, Pampa bárbara, era el gran referente de ese género en Argentina.

 Cuando le manifesté a Clarita que había visto algunas películas de su tío, como Pampa bárbara, Apenas un delincuente y La mala vida, me contó que Hugo Fregonese había muerto meses atrás, en esa misma casa que yo ahora alquilaba.
 Cada mes, visitaba a Clarita para pagarle el alquiler; en esos encuentros siempre surgía entre nosotros una charla sobre su tío.

Hugo Fregonese

 Al cabo de un tiempo, ella comenzó a regalarme algunos objetos que habían sido de Fregonese (…).
 Así, poco a poco, me fui armando mi propio santuario dedicado a Hugo Fregonese (…).
 Atesoré aquellos objetos de Fregonese durante veinte años, hasta que pude hacer un western, y entonces los llevé a la filmación de la película, en los Valles Calchaquíes tucumanos. Y estuvieron conmigo, acompañándome, en mi cuarto de hotel, durante todo el rodaje, y cada mañana los saludaba antes de salir a filmar.

El director cinematográfico Fernando Spiner
(su parecido con Benedetto es cada vez más evidente)

El escritor Antonio Di Benedetto

 En el tercer artículo, Fernando Spiner nos narra como fue la experiencia de rodar en Amaicha del Valle en la provincia de Tucumán. Y de su relación con la comunidad indígena a la que pertenecían las tierras.

 Alquilamos sus caballos, aperos y ranchos de adobe para el rodaje, y muchos de ellos actuaron en la película como habitantes de La Malaria, peregrinos de la procesión y también como actores en la banda de Aballay. El indio de la película llamado Pastrana, es el heredero del mítico Juan Pastrana que en 1872 viajó a caballo hasta Buenos Aires a pedir al Poder Ejecutivo nacional que interviniera para que los indígenas de Amaicha no fueran desalojados.
 Al iniciar el film, la gente de la comunidad hizo una fiesta de la Pachamama para bendecir la película.

Escena de la película Aballay

Escena de la película Aballay

 Al terminar de leer Aballay, y desde aquí les apremio a hacer lo mismo, me acordé de unos tebeos argentinos que compraba mi padre. Se llamaban D'artagnan y los publicaba la Editorial Columba. En cada número venían unas diez historias, a color y en blanco y negro, conclusivas y de temática variada. Dentro de esa variedad, siempre había espacio, quizá por el país de origen de la editorial, para una serie gauchesca: Pehuén Curá, con guión de Julio Álvarez Cao y dibujos de Juan A. Castro en el único número que conservo (Año XVIII nº 338), aunque me consta que tuvo otros guionistas (como Jorge Claudio Morhain) y dibujantes (como Juan Arancio y Adalberto Ascanio Martínez). En la página 87, en la última viñeta de ese tebeo, alguien pregunta «¿Qué quiere decir Pehuén Curá?», y otra voz responde: «No lo sé, es una voz india. Me suena a entereza y a hombría de bien».


Algunas páginas de Pehuén Curá en el nº 338 del tebeo D'artagnan (Editorial Columba)

Mi padre también nos había contado acerca de Martín Fierro, así que con todo aquello era normal que cuando me regalaron aquel par de bolas de plástico rígido, unidas con un cordel, que había que hacer entrechocar por abajo y, cuando cogían velocidad, por arriba, las usase de boleadoras para disgusto de mi madre.

Taca taca, juego años 70

  Creo recordar que las mías eran celestes. A saber adónde fueron a parar.

Postal argentina, gaucho con boleadoras

Nota: todos los textos a color pertenecen a la 1ª edición en España de Aballay, de Antonio Di Benedetto, publicada en 2010 por Adriana Hidalgo editora.

Faja libro Aballay, de Antonio Di Benedetto (Adriana Hidalgo editores)