lunes, 10 de febrero de 2020

DÍAS EN CHINA


Lanita leyendo Días en China, de Ismael Grasa. Fotografía: Lucía Rodríguez

El libro que sostengo en la mano ha rodado escaleras abajo junto a otros, y Lanita, paralizada por mi grito, me mira desde arriba con las orejas levantadas. Luego se desentiende de mí y se pone de pie sobre las patas traseras, como los animales de los titiriteros, y continúa olisqueando y marcando con su barbilla las pilas de libros que hay entre los peldaños. Subo corriendo a por ella, antes de que haga otro estropicio, y la llevo al patio. Sigo teniendo el tomo en la mano, así que me siento en la cocina y observo su portada: un collage del autor a partir de una fotografía de los soldados de terracota del emperador Quin Shi Huang y de El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Leo el título (Días en China) y el nombre del autor (Ismael Grasa) y aflora el recuerdo de la tarde, lejana ya en el tiempo, en la que lo compré en una librería de segunda mano (Re-Read) de Málaga. Lo adquirí por sus hechuras de novela corta y por su sinopsis.
Un profesor ha volado a la China del interior, con su maleta de libros perennes, a enseñar los veinticuatro fonemas y las veintinueve letras del español. Este transeúnte ha tratado a las gentes de la China –lo mismo el político que el ermitaño–, ha subido a sus trenes, se ha embriagado con sus aguardientes y ha escrutado sus bibliotecas de lengua castellana; también ha atendido a sus proverbios: "Cuanto más lejos se va menos se aprende".
 La matraca de estos días en los medios con el tema de China y la epidemia del coronavirus, me lleva a pensar que ha llegado su momento. Me siento en el sofá de lectura del salón para estar más cómodo, y empiezo a leer.
 Sé que el autor trabajó de profesor de español en China, así que le pongo su rostro (que aparece en la solapa) al protagonista.

Ismael Grasa, Días en China. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El profesor vuela en un avión de dos pisos. Comparte su asiento con un chino. Las azafatas les ofrecen una botella de vino de Champagne. El chino la abre, la huele y se la bebe a morro de un par de tragos; pensará que se trata de un refresco de gaseosa. El chino canturrea porque se le ha subido el vino a la cabeza, y se queda dormido, puesto en cuclillas y encogido sobre un asiento como un pajarito.  Parece ser que en esta postura es como está más cómodo.
*** 
 Han llegado a la casa del amigo pequinés. Es menuda: en una única estancia se alimentan, duermen y ven el televisor él, su esposa y su hija Xi Xi. Más tarde, el profesor cae en la cuenta de que es una casa inmensa: en ella comparten corredores, cocinas, despensas y baños más de veinte familias. Es una casa en la que se hace vida comunitaria. El joven y un poco ingenuo profesor ha preguntado si eso es cosa de la política comunista, y el amigo pequinés, un punto más maduro y sensato, le ha respondido que eso es cosa de la pobreza.
*** 
 Con un poco de humor, se puede decir que el profesor, desde que ha puesto el pie en la casa de su amigo, se llama "Hallo". Los residentes del condominio se sirven de este saludo anglosajón para hacer significar cualquier cosa a un forastero, también para llamarlo. Si el profesor dice que viene de España, ellos levantan las manos y exclaman: "¡Bar-ce-lo-na!" Se conoce que esto es así desde las olimpiadas del año noventa y dos. Madrid, a la mayoría, ni les suena; sólo a algún aficionado a las competiciones europeas de fútbol.
 La primera edición del libro es de 1996, e Ismael Grasa viajó a China en 1994, dos años después de la olimpiada que menciona. Primero a Pekín, a la casa de un amigo de la que tiene que salir tras un perturbador incidente, y luego a Xian, la antigua capital del país, donde le aguarda el trabajo.
 El amigo pequinés hace sonar en el magnetofón una cinta de música iberoamericana. Aquí el profesor trae clara ventaja, así que saca a bailar a la mujer. Ella tiene unos pechos brincones, unas caderas hospitalarias, unos ojos jacarandosos de los que el profesor tarda en apartar la mirada. Luego los tres adultos se cogen de las manos formando corro.
 Terminan de beber, sentados, la botella. Se crea un vivo silencio; tras él, el amigo pequinés cambia de genio: acaba con la música de un manotazo y pronuncia por lo bajo unas palabras en lengua china. Ella clava la vista en el suelo, tensa su falda, recoge los vasos y se retira. Al rato se levanta el profesor; desenrolla el estrecho jergón en el que ha de pasar la noche. El amigo pequinés tarda por lo menos dos o tres horas en irse a la cama y apagar la bombilla.
*** 
 A menudo el tren se queda parado, no en las estaciones de paso, sino entre los campos. Nadie se queja ni se enfada. Cuando de este modo la máquina se detiene en medio del paisaje, bien para dejar que sus generadores eléctricos se recarguen o para que el motor, sobreforzado por la larga ristra de coches, se enfríe, parece entonces que también el tiempo se pose y que los pasajeros puedan disfrutar de unos minutos de eternidad, de un tiempo regalado.
Xian, China. Fotografía: James y Lee Scrivener
 La casa del profesor se halla dentro del instituto de lenguas, en la zona tapiada, apartada y vigilada de los forasteros. Ha escrito su nombre y sus dos apellidos en un papel, lo ha recortado y lo ha encajado en el marco del letrero de la puerta. […] El profesor sale a dar una vuelta por el instituto. En el campo de atletismo las muchachas y muchachos chinos, entusiasmados por el sol y las marchas y consignas patrióticas de la megafonía, elevan cometas de colores; entornan los ojos deslumbrados hacia el cielo, allá donde revolotean los ideales con los dragones de papel de seda. Algunos jóvenes se ejercitan en la gimnasia del taichí; mientras, otros juegan al baloncesto, al balompié, al ping-pong o al bádminton. Es la hora del esparcimiento, del paseo, de las agudezas y las posturas, de las miradas indiscretas y los andares gentiles.
 El texto tiene forma de diario, y abarca desde el 21 de agosto al 11 de septiembre de 1994, más un epílogo final escrito en Madrid los días 24 y 25 de febrero de 1996.
28 de agosto
 Al profesor español le han dicho: "Dispone usted de esta bicicleta." Y le han dado una bicicleta negra, grande, china y medio destartalada. […] A la hora del aperitivo ha vuelto a subir a su bicicleta. Ha recorrido Xian sin una máquina de retratar; quizá sea una lástima porque la necesidad y la indigencia son muy pintorescas y fotogénicas, sus estampas son un pasatiempo estupendo para las jóvenes parejas de recién casados que vienen de Occidente.
 El aire no orea la huerta de doce calles de la ciudad de Xian, no mece sus faroles, no quiebra la columna de humo de los hornillos de carbón; todo lo más, renueva el polvo de la llanura que enturbia el fondo de las calles, se amontona y se levanta en un continuo retorno que tupe las conciencias, mueve a una desnuda resignación. Esta árida huerta no tiene perro guardián porque el dueño se lo ha comido.
 En el instituto hay otros profesores extranjeros: ingleses, australianos, rusos, norteamericanos y neocelandeses. También una cincuentona de París, lectora de Semprún y amante de la música de don Manuel de Falla, que pone siempre un poco de cara de asco antes de hablar, y un turkmeno que lo único que sabe decir en lengua española es "¡No pasarán!".
 El profesor de español, como no podría ser de otra manera, ama los libros, así que lo primero que hace es ir a la biblioteca del departamento de español a ensuciarse las manos de polvo.
 La biblioteca de lengua castellana ocupa una docena de armarios de medio cuerpo; en ellos los volúmenes han sido distribuidos poco menos que a voleo. El desorden alfabético de buena parte de las obras patentiza que la bibliotecaria no siempre acierta en distinguir los apellidos de los nombres, ni los títulos del nombre de los autores, ni los autores de los traductores o prologuistas.
 Un velo de polvo cubre y uniformiza el conjunto. Los volúmenes y su vigilante parecen haber permanecido lustros a la espera de la visita del profesor y su escrutinio.
*** 
 [...] A Luis Cernuda le sigue Miguel de Cervantes con su Don Quijote de la Mancha, edición de la Real Academia en ocho tomos, anotada por Francisco Rodríguez Marín. Las hojas de esta obra vienen en pliegos que nadie ha cortado porque nadie ha leído. [...] Alcanza a la ventana el griterío de los cocineros y los comerciantes. El profesor tropieza con dos obras singulares, una de ella de edición casera; las firma Mercedes Rosúa, y en ellas relata su estancia en la China durante el curso académico de los años setenta y tres y setenta y cuatro. Esta señora, residente en Madrid, enseñó español en el mismo instituto que el profesor; es decir, que quizá también ella se pusiese perdida de andar revolviendo alguna vez, hace veinte años, entre esos mismos volúmenes.
 A estas alturas, me acuerdo de mi amigo el escritor Pablo Aranda, que también impartió clases de español en el extranjero. Más concretamente en la universidad de Orán, Argelia; aunque no recuerdo el año. Imagino que su experiencia daría para otro libro, con mucho humor de ese fino que tiene Pablo. Me digo que tengo que hablarle de este libro, y sigo leyendo.
 Los veinte alumnos chinos del aula trescientos dieciséis se hacen llamar por los siguientes nombres: Emilia, Cristina, Paloma, Linda, Ofelia, Blanca, Marta, Jacinto, Amelia, Camila, Sofía, Norma, Alicia, Clara, Dolores, Flora, María, Osvaldo, León y Cleto. Al profesor le pica la curiosidad de saber de dónde han sacado aquellos nombres, qué lista onomástica han consultado. El caso es que no se anda con preguntas. Exclama: "¡Qué nombre más bonito!" Comenta: "Yo tengo una prima que se llama así." O: "Ese nombre es de ciudad y de papa."
 Las cosas que los alumnos saben sobre España caben en media cuartilla: conocen a los tenores Placido Domingo y José Carreras, a la soprano Montserrat Caballé, que cantó en la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, al conjunto musical Mecano y al gallego, afincado en Miami, Julio Iglesias; saben que Cervantes escribió el Quijote, o que don Quijote escribió el Cervantes, aquí hay pareceres diversos; todos han oído hablar del navegante Cristobal Colón. Los países de Hispanoamérica van saliendo a trancas y barrancas y con la ayuda del profesor: Argentina, Perú, Chile, México, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, etcétera. El profesor no ha preguntado sus capitales por no verse él mismo en un apuro.
 Subrayo algunos párrafos conforme avanzo, y me corto un poco al ver la "asepsia" del profesor en este tema.
 El profesor no subraya los párrafos que le alcanzan al tímpano de su corazón, no deja señal o rastro alguno en la página con la que asiente, la página que parece haber sido escrita para él. Lee como quien nada tiene que encontrar y, sin embargo, encuentra y reconoce; sigue entonces de largo sin detenerse más de lo que exige la cortesía, las normas que le enseñaron. Es un hombre de su país, no ha viajado al Oriente a aprender filosofías ajenas; además, ya lo dijo el mimo Lao Tse: 
Cuanto más lejos se va,  menos se aprende.
 El capítulo VI de la novela está dedicado a la ascensión al Huashan, la montaña de los taoístas, con lo que el texto ya cumple dos preceptos para aparecer aquí: habla de viajes y sale una montaña.

Huashan, la montaña sagrada de los taoístas
10 y 11 de septiembre 
 El profesor de español se dirige a la estación ferroviaria. Va en taxi acompañado de uno de sus alumnos de último curso. El día anterior ha comprado una linterna y un par de botas de montaña. El profesor y su alumno van de excursión.
 Han comprado dos billetes de tercera clase. La multitud corre en estampida cuando se abre el acceso a los andenes. La razón es sencilla: no hay asientos para todos. La chiquillería logra colarse por las ventanas de los coches. Menudean los codazos, los empujones, los rodillazos en las escalerillas. El profesor no es optimista en sentido estricto, filosófico: no cree que este mundo sea el mejor de los posibles.
*** 
 Han alcanzado su estación de destino. Entran en una fonda a reponer fuerzas para el ascenso a la montaña de Huashan. Les sirven tallarines con verdura y carne de buey en su caldo; acompañan la comida con cerveza. Al fondo se elevan las moles pétreas, de cumbres anidadas, alojamiento de los monjes contemplativos.
 Se levantan de la mesa. Se limpian la boca y las manos en una fuente de agua clara de las montañas; no la beben porque la hospedera les ha advertido del peligro de la disentería. […]
 –¿Nos ponemos en marcha?
 –Aún no. Hay que esperar.
 El alumno le explica que a Huashan no se sube hasta el atardecer; durante la noche se culmina la montaña, donde se espera despierto al alba. Tras la salida del sol, se desciende. Es impensable llevar a cabo otro plan, equivaldría en este país a una provocación.
Escalinata en la ascensión al monte Huashan
Fotografía: U/Lorry_Al
 Se han puesto en camino con la caída del sol. Al pie de la ladera comienza una escalinata tallada en piedra que llega hasta la cúspide. Se tarda toda una noche en agotar sus peldaños. El profesor ha traído en vano sus botas de montaña: no abrirá senderos ni atrochará por lo agreste. Es posible que el ascenso libre y montaraz sea para un chino muestra de barbarie. A Huashan suben señoritas con zapatos de tacón. El profesor no pisará la tierra de la montaña.
 Caminan de noche como contrabandistas. Al poco, divisan las luces de otras linternas: no son precisamente las de los bandoleros; son grupos de amigos en ascensión, alegres matrimonios, hospederos afanosos de recolectar clientes en la escalera. No es una luminaria de procesión de peregrinos, tampoco la de una cuerda de montañeros, es una interminable columna de excursionistas.
 Cuelgan de la roca de las paredes, en los tramos de mayor pendiente, gruesas cadenas en las que sujetarse. En los pasos estrechos hay que hacer fila y esperar. La oscuridad, el cansancio y el nerviosismo hacen que algunas muchachas se aparten un poco para llorar; sus novios acuden a abrazarlas y les acarician el cabello hasta que se les pasa.
Pasarela sobre el vacío en el monte Huashan (China)


 Leo "El agua sigue, al parecer de los taoístas, el curso de la sabiduría: no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra", y me acuerdo de aquello que decía Bruce Lee, del que tengo su biografía aguardando su turno en la mesita de noche; pero de ella no les hablaré en este blog, sino en el otro, en Calle 1*, por aquello de que las artes marciales son un deporte.


*Calle 1: https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

 Ahora que he terminado Días en China, echaré de menos la voz sobria, instruida y poética de Ismael Grasa (Huesca, 1968).

 En la página 68, Ismael cuenta el momento en el que le enseñó a sus alumnos el uso de la exclamación "¡Ojalá!", y en la 77, el significado del verbo "confiar". Ojalá se encuentren este libro en alguna librería de viejo. Confío en que lo compren y lo lean.

Nota: Los textos en color están sacados de la primera edición de Días en China, de Ismael Grasa, publicado por la editorial Anagrama en 1996.


miércoles, 29 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, EN LOS PREMIOS GOYA DE MÁLAGA

Tan seguro estaba de que Pablo Barce se alzaría con el Goya al mejor cortometraje en la gala de Málaga, que la noche anterior soñé que lo ganaba. “Y el Goya es para Pablo Barce por El nadador”, decía Dani Rovira (ausente en la gala) en mi sueño. Y Pablo, con la modestia y la humildad que lo caracterizan, improvisaba un discurso en el que además de darle las gracias  a su familia, a su productor y a su equipo, mencionaba a esos seis marineros desaparecidos en las aguas del cabo Espartel en Marruecos; unas palabras de aliento, ánimo y esperanza (hoy de consuelo) para los familiares de la tripulación del pesquero “Rúa Mar”. Y lo hacía pensando en esos otros marineros que faenan en su corto en aguas territoriales marroquíes, interpretados en la cinta por su hermano Sergio Barce y Mario Zorrilla, al que tanto admiraba el añorado Pablo Cantos que, desde dónde quiera que esté, habrá disfrutado de lo lindo con todo lo que ha deparado este cortometraje.

Sergio Barce hijo en un barco pesquero interpretando a un marinero en El nadador
Cortometraje dirigido por Pablo Barce

Mario Zorrilla interpretando a un marinero en El nadador, cortometraje de Pablo Barce

 Marineros que saben del peligro que entraña la mar y que acogieron al protagonista (al que interpreta Taha El Mahroug) en su embarcación cuando nadaba hacia España o hacia una muerte segura, pues el Estrecho, por mucho que se vean ambas costas en un día claro, tiene más kilómetros de los que parece.

Cartel de El nadador, cortometraje de Pablo Barce nominado a los Premios Goya

 Dos semanas antes de los Premios Goya, Pablo Barce ganó el Premio Forqué al mejor cortometraje; lástima que para entonces ya estuviese cerrada la votación para los Goya, porque probablemente el resultado en Málaga habría sido distinto.
 La noche del sábado, Pablo aceptó con deportividad el voto de los académicos. Estar Nominado ya era un premio, algo inimaginable hace unos años cuando César Martínez Herrada le abrió las puertas de Dexiderius.
 Estoy seguro de que Pablo y César tendrá más oportunidades (con otro corto, con un largo…), y de que nosotros estaremos ahí para disfrutarlo.

Sergio Barce, Ana Berrocal, Pablo Barce, Lola, César Martínez y Charo Sánchez
34 edición de los Premios Goya (Málaga, 25 de enero de 2019)

 Y, ya de paso, ojalá que el corto de Pablo sirva también para poner en alza los relatos y novelas de su padre, Sergio Barce, pues como ya les conté El nadador está basado en uno de sus cuentos. Me consta que están adaptando otro más. No les diré cual para mantener el secreto, pero sí que aparece en el volumen de relatos Últimas noticias de Larache (Aljaima, 2004) y en la recopilación de sus cuentos Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, 2015).

1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

 Mientras ese otro corto se convierte en realidad, les voy a proponer un juego a modo de divertimento: háganse con un ejemplar, léanlo y apuesten por uno de ellos. Y dentro de un tiempo sabrán si acertaron.


Más entradas sobre Pablo Barce en este blog:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2020/01/el-nadador-de-pablo-barce-premio-forque.html

domingo, 19 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, PREMIO FORQUÉ 2020 AL MEJOR CORTOMETRAJE


Pedro Delgado, Pablo y Sergio Barce en la proyección de El nadador en el Ateneo
Málaga, 6 de septiembre de 2019. Fotografía: María Márquez

Recuerdo unos Reyes de mis hijos en los que un par de regalos no llegaron a tiempo, pues venían por barco desde el mismísimo Japón. Cuando por fin los trajo el cartero, los envolvimos con el mismo papel que habíamos empleado la noche del 5, y los dejamos bajo el árbol de Navidad, detrás de las latas navideñas donde guardábamos las bolas y los adornos. Fue unos días después, al ir a recoger el árbol, cuando descubrieron con gran alborozo aquellos paquetes que pensaron se les habían despistado.

 Pues bien, ver a Pablo Barce ganar el premio al mejor cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué con El nadador, el pasado 11 de enero, fue para mí como ese regalo de Reyes pasado de fecha de mis hijos. Una alegría inmensa. Seguía la gala por televisión desde el sofá de casa, y mis gritos de júbilo debieron de oírlos hasta el último de los vecinos. Luego la emoción de ver a Pablo Barce subir al escenario a recoger el premio junto a los productores César Martínez Herrada y Antonio Hens. La calma, la humildad y la alegría que transmitía Pablo, y la emoción en el rostro y la voz contenida del amigo César al compartir el premio.
 Como le dije esa misma noche a su padre, Sergio Barce, autor del relato en el que está basado el corto y coguionista del mismo junto a su hijo, aquella era la prueba de que los sueños, por muy descabellados que sean, a veces se cumplen.

César Martínez, Pablo Barce y Antonio Hens con el Premio Forqué al Mejor Cortometraje
por El nadador
Fotografía: Carlos R. Alvarez (Getty Images)

 Hace unos meses, el 6 de septiembre de 2019, fui con Lucía a la proyección de El nadador en el Ateneo de Málaga. Ya habíamos visto la obra prima de Pablo en su momento en el cine Albéniz durante el Festival de Cine de Málaga en 2018, y le había dedicado un artículo en mi blog*, pero no quisimos perdernos la oportunidad de verlo de nuevo, más sabiendo que Pablo conversaría después con el público.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

 Aquella tarde de verano Lucía me dejó su teléfono móvil para grabar las palabras de Pablo, y esta tarde de invierno lo ha montado para que ustedes puedan verlo. Los medios y mi ubicación no eran los más apropiados, pero lo que Pablo nos cuenta sí: secretos y curiosidades del rodaje, las adversidades a las que tuvo que enfrentarse, el tesón y el esfuerzo que puso en la realización del cortometraje… Todo está aquí.


 Al final de la grabación Pablo Barce nos dice que fue una osadía dirigir El nadador. Como ven, la osadía tuvo recompensa:


Mejor Cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué
Nominado al mejor cortometraje Premios Goya 2020

 Enhorabuena a Pablo y a todo su equipo. Ojalá esa Nominación se convierta en otro Premio esta semana, más siendo la gala en Málaga, su tierra natal.

 Y por si se perdieron la gala de los Premios José María Forqué, les dejo el enlace de RTVE para que la vean. Los premios al mejor cortometraje se entregaron en el minuto 20:45.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-jose-maria-forque/gala-xxv-premios-jose-maria-forque-2020/5481876/

 El corto se puede ver en el siguiente enlace:
https://vimeo.com/369795947


martes, 7 de enero de 2020

ORO, INCIENSO Y MIRRA


Como todos los años, los Reyes Magos de Oriente cumplieron con la tradición y me dejaron sobre el sofá unos cuantos regalos. Ninguno caro, fastuoso y vacío. Al contrario, alimentos para el alma que harán más agradables las largas tardes de invierno que aún nos esperan. Y como es verdad que los regalos que recibimos también nos definen, quiero compartirlos con ustedes en este blog, como preludio de libros y películas que aparecerán por aquí.

Mis regalos de Reyes de 2020. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El oro es Mimosas –la película de Oliver Laxe que vi en el cine Albéniz en el 2017, y de la que ya les hablé*– en una edición especial limitada que incluye La debilidad de creer. Diario de rodaje de Mimosas, escrito por Santiago Fillol (coguionista) entre febrero y abril de 2015, y el corto Paris#1 rodado por Oliver Laxe en 2007.


 El incienso sería El rey de los genios y otros relatos, de Muhammad Zafzaf (Huerga y Fierro Editores, 2002), escritor nacido y muerto en Casablanca del que nunca había oído hablar. Imperdonable no haber leído El rey de los genios habiendo pasado por su morada (Sidi Shamharush) tantísimas veces camino del Toubkal.

El rey de los genios y otros relatos, de Muhammad Zafzaf. Fotografía: Lucía Rodríguez

 La mirra podría ser Sujeto elíptico, del malagueño Cristian Crusat (Editorial Pre-Textos, 2019), otro título enclavado en el mundo bereber que desconocía, una mezcla de narración, ensayo, biografía y relato de viajes que ganó recientemente el Premio Tigre Juan al mejor libro de 2019.

Sujeto elíptico, de Cristian Crusat. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como Sus Majestades fueron generosas, añadieron: 

 Una bandada de cuervos, del japonés Denji Kuroshima (Ardicia Editorial, 2014), conjunto de relatos que refleja la suerte de soldados y civiles durante la llamada "Intervención siberiana" de 1918 que enfrentó a las tropas japonesas y al recién creado Ejército Rojo. Quizás porque Kuroshima fue reclutado y enviado a combatir a Siberia, presiento que esas 168 páginas me van a llevar a releer esa obra maestra de Hugo Pratt que lleva por título Corto Maltés en Siberia, enmarcada en el mismo tiempo y lugar (aunque el veneciano sumó China a la aventura).

Personajes de Corto Maltés en Siberia sobre Una bandada de cuervos, de Denji Kuroshima
Fotografía: Pedro Delgado

 Dos westerns que tengo muchas ganas de ver: Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard, y Blackthorn (Sin destino), de Mateo Gil. El segundo, ambientado en Bolivia y en torno a la figura de Butch Cassidy, seguro que me transporta al país andino, donde rastreé, hace ya muchos años, las huellas de Butch Cassidy y Sundance Kid, aquellos forajidos de leyenda que retrató George Roy Hill en Dos hombres y un destino.



 La película de animación Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow, inspirada en la obra homónima de Ryszard Kapuscinski, que recoge la experiencia del periodista y escritor polaco en la guerra civil angoleña.


 El film de Isabel Coixet Nadie quiere la noche, acerca de la esposa del explorador estadounidense Robert Peary, encarnada por Juliette Binoche en la Groenlandia de 1908.


 Y, por último, Feliz Navidad, Mr. Lawrence, de Nagisa Oshima, donde actúa mi añorado David Bowie. No recuerdo en qué cine vi la película cuando la estrenaron en 1983, pero el tema principal de su banda sonora (de Ryuichi Sakamoto) se me quedó grabado en la memoria; para desgracia de mi hijo Pedro, que tuvo que escuchármelo tararear innumerables veces durante nuestro último viaje por el sudeste asiático.


 Y nada más, espero que los de Oriente hayan acertado con ustedes y les deseo un Feliz Año Nuevo con libros que leer, películas que ver, discos que escuchar, aventuras por vivir y retos que superar en este año que recién estrenamos.

domingo, 15 de diciembre de 2019

EN LA CIUDAD LÍQUIDA CON MARTA REBÓN


En la ciudad líquida de Marta Rebón en Málaga, otra ciudad líquida. Fotografía: Lucía Rodríguez

Durante unos días me he dejado poseer por la voz y la mirada de Marta Rebón. Sin oponer resistencia, me he sumergido en las páginas de En la ciudad líquida; en la corriente de sus palabras, que te arrastran por el texto como por las aguas de un río o te llevan a la deriva en un mar en calma. Aguas próximas a las orillas, en cuyas superficies se reflejan las ciudades líquidas.
Cuando estudiaba Eslavas, después de jornadas en que casi me rompía la crisma debido a los traspiés que daba por los vericuetos de la lengua rusa, recuerdo que a menudo tenía pesadillas. En concreto eran dos, y ambas compartían escenario: San Petersburgo, la metrópoli que el zar Pedro I erigió hace algo más de tres siglos en una marisma inhóspita junto al mar para poner coto al dominio de los suecos y abrir las ventanas de Rusia de par en par a la ciencia, la cultura y la moda de Europa. En el primero de esos sueños inquietos, me encontraba perdida en la ciudad sin lograr hacerme entender por ningún viandante, pues cualquier frase que balbuceaba obtenía por respuesta una mueca de infinita incomprensión. En otro de esos desvaríos nocturnos cobraban vida las avenidas, los palacios y los puentes que el emperador ruso mandó edificar sobre el agua a arquitectos extranjeros. Un colosal monstruo de granito, mármol y hierro forjado me perseguía sin tregua hasta que yo despertaba con alivio. De estas visiones alucinadas tenía la culpa un puñado de escritores que, inspirándose en la ciudad líquida, crearon la imagen de una urbe fantasmagórica en que el ensueño constituía una realidad tangible, y cuyas calles, más que la morada de personas de carne y hueso, daban la impresión de ser el telón de fondo ideal para una secuencia de escenas literarias.
 Empecé a pasar algún verano que otro en la ciudad más premeditada del mundo cuando aún eran muy visibles, tanto en los comercios casi desiertos como en los rostros pétreos cual pisapapeles de sus habitantes, la hecatombe económica y la profunda herida emocional causadas por la disolución de la Unión Soviética. La ciudad, en lugar de emerger de las aguas, parecía un barco a la deriva a punto de hundirse en el Nevá. Arrojados al capitalismo sin un manual de instrucciones, quienes un día fueron leningradenses parecían cautivos en una jaula dorada hecha de una profusión de fachadas barrocas, neoclásicas, modernistas y estilo Imperio, aderezadas con un sinfín de columnas, pilastras, frisos y cariátides.
Las cinco esquinas, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo
***
Las calles de Oporto, salpicadas de cabinas rojas como las londinenses, siempre te arrastran hacia el río. Sigues los dibujos geométricos de la calçada, lees las tipografías y los rótulos antiguos de los comercios. Oporto es como un verso que espera paciente la siguiente rima. No tiene prisa, incluso el tiempo parece llegar tarde.
 […] La ciudad se movía como un barco. No. Tal vez el suelo se abriera en alguna parte. No. Era el mareo. La despedida. No. La ciudad tal vez fuera de agua. ¿Cómo sobrevivir a una ciudad líquida?
 En Oporto te atrapan el graznido de las gaviotas, el vapor de las máquinas de café, el silencio condensado en las pequeñas librerías…
 La ciudad parecía de cristal. Se movía con las mareas. Era un espejo de otras ciudades de la costa.
 Los habitantes de Oporto tienen branquias y la ciudad se mueve como un barco a la deriva.
 En los primeros compases de En la ciudad líquida, Marta Rebón, que es una de las más importantes traductoras españolas del ruso, nos narra sus inicios en el mundo de la traducción, esa profesión que te permite "trabajar por cuenta propia, estar rodeada de libros y tener un ordenador portátil a modo de oficina, con libertad plena para viajar".
Un día, desde la precariedad de mi mesa de becaria en una agencia de Barcelona, escribí a Jorge Herralde y me ofrecí como traductora de ruso para su editorial. Estudiaba las últimas asignaturas de Filología Eslava –hoy ya una carrera inexistente– y no veía la hora de sacudirme el polvo de las aulas universitarias.
Atrezzo, Mosfilm, Moscú
Fotografía: Marta Rebón – Ferran Mateo
***
Cuando empecé a pasar textos literarios de una lengua a otra, ignoraba que ocuparse de traducir libros es como enfundarse a diario el mono de buzo. Hay que sumergirse en las profundidades de una voz ajena que, si es lo suficientemente embriagadora, sugestiva e inteligente, logra hundirte en una placentera suspensión del tiempo, como si flotaras en una suerte de líquido amniótico. Si emerges a la superficie antes de lo previsto, la sensación es de un acusado malestar. Los enemigos de la inmersión son los ruidos, las llamadas y los estímulos externos que te expulsan violentamente de ese estado de ingravidez. En la ascensión vertiginosa se produce una brusca descompresión. El traductor es un escafandrista, un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas. Lleva zapatos con suelas de plomo y un cinturón de lastre para no asomar fácilmente al exterior.
 Durante años disfrutó "de los chapuzones diarios en las alborotadas aguas rusas"; sin embargo, Marta Rebón concibió ese trabajo como la antesala de la escritura. Algo nada disparatado pues, al fin y al cabo, como bien dice ella, ambas actividades "son ramas de un mismo árbol", y "muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa".
Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. […] Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. [] Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: "Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer". […] De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens.
 "En el trabajo de los traductores hay una suspensión de la propia voz para ponerla al servicio de un autor", de ahí que tuviese tanto interés en descubrir la verdadera voz de Marta. Y he de decir que me encanta, pues fluye de manera natural, sin artificios, nada pretenciosa.
 Y encima Marta Rebón ama dos de las cosas que más amo: los viajes y los libros, de ahí que por las páginas de En la ciudad líquida asomen tantos lugares y se citen tantísimos libros y autores.

Sala circular, Biblioteca Nacional Rusa, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

 Y mientras Marta va desgranando sus afinidades literarias, enhebrándolas entre ellas, o con ciudades y países, a uno le dan ganas de agarrar un lápiz y un papel y hacer uno de esos diagramas sagitales que poblaban los libros de matemáticas del colegio.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: "Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados".
 En el segundo capítulo aterrizamos con Marta en Ecuador en el último trimestre de 2009, con "casi dos mil páginas en ruso para traducir en los próximos" trece meses. Marta "en la línea del ecuador, en la ciudad de la eterna primavera", traduciendo una novela que "transcurría en la nevada estepa rusa" y que no era otra que la aclamadísima El doctor Zhivago de Borís Pasternak.
Hacia el este estaba el valle, recordatorio de que no muy lejos de allí nacía la selva tropical, aunque una parte de mí tenía que vivir aún más al este, en Rusia, mirar por la ventana como lo había hecho Pasternak en su dacha de Peredélkino
Escritorio de Borís Pasternak, Peredélkino
Fotografía: Ferran Mateo

 Es curioso, pero fue la traducción de esta novela, publicada por Galaxia Gutenberg en octubre de 2010, la que nos hizo contactar a través de las redes, a Lucía, a mi hermano y a mí, rendidos admiradores de su arte –pues qué es sino una buena traducción–.

El Doctor Zhivago, óleo sobre tabla (20 x 20)
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

 Lucía escribió una entrada en su blog Manchando lienzos manejando colores* sobre pintura y literatura rusa, en la que hacía mención a El doctor Zhivago, libro que leyó durante uno de esos veranos que pasamos en Casarabonela. Al terminarlo escribió otra entrada que llevaba por título Aventuras con libros rusos y con las personas que los traducen**, y se la envió a Marta. Ella contestó y, a partir de ahí, intercambiamos periódicamente algunos correos, uniéndose a los mails mi hermano Marcial, que, como ya les he dicho más arriba, es un fervoroso seguidor de sus traducciones.

*http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2012/08/los-rusos-llegaron-para-quedarse.html

**http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2013/08/aventuras-con-libros-rusos-y-con-las.html

En la ciudad líquida de Marta Rebón en el puerto de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 2018, Marta vino a Málaga a presentar En la ciudad líquida en el Museo Ruso, dentro de la programación cultural en torno a la exposición La mirada viajera, Artistas rusos alrededor del mundo, y allá que fuimos los tres para conocerla en persona.

Marta Rebón, junto a Pablo Aranda, en el Museo Ruso de Málaga
Fotografía: Ñito Salas

Programación en torno a la exposición La mirada viajera. Artistas rusos alrededor del mundo
Museo Ruso de Málaga, 2018

 Aún conservo la cartela del acto, y al mirar la fecha he visto que fue el 14 de marzo de 2018. Lo que no me hace falta mirar es quién presentó a Marta. Fue mi amigo Pablo Aranda, escritor y director del Aula de Cultura del diario Sur, que, como siempre, estuvo brillante y divertido, manteniendo con ella un diálogo de los más ameno. Al terminar, mientras hacía cola para que me firmase un ejemplar, estuve hablando con él de su nueva novela, La distancia, que llegaría a las librerías en mayo de la mano de Malpaso, y sobre la que ya escribí en este blog*.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html

 También conversamos acerca de escritores rusos y de las últimas traducciones de Marta. Mi hermano temía que ella, ahora que se había convertido en escritora, dejase de traducir, y, cuando nos llegó el turno, le rogó que no lo hiciera. Recuerdo que mi hermano le preguntó si las traducciones eran propuestas por las editoriales o si ella podía hacer alguna traducción de una novela que le gustase y ofrecérsela luego a una editorial. Marta le dijo que imperaba lo primero, pero Marcial, que se había divertido mucho leyendo Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov, le pidió que tradujese algunas de sus obras, pues sólo existía esa en castellano. Marta se apuntó el título (al igual que Pablo) y le dijo que curiosearía en internet el resto de la obra de Kurkov. Y he aquí que, no sabemos si por la insistencia de mi hermano o por azares editoriales, que Blackie Books publicó este año El jardinero de Ochákov, una divertida y lúcida sátira de Kurkov sobre el antiguo régimen soviético, con traducción, claro está, de Marta Rebón.

https://www.blackiebooks.org/catalogo/el-jardinero-de-ochakov/
Las pasiones literarias se rigen por fuerzas gravitatorias misteriosas. Algunas son tan potentes y su atracción es tan grande como las que ejercen los agujeros negros, esas regiones del espacio-tiempo de las cuales ni siquiera escapa la luz. Schopenhauer clasificó a los escritores comparándolos con cuerpos celestes: estrellas fugaces, astros errantes y planetas. Los primeros son un deleite momentáneo, atraen nuestra atención el tiempo que dura un fogonazo. Los segundos brillan con intensidad, pero solo para sus contemporáneos o compañeros de órbita, y por un tiempo limitado. Por último, invariables en el firmamento, están los planetas. No pertenecen a una sola galaxia o sistema, sino al universo entero.
 Como a Marta, a mí también me gusta "pasear por las mismas calles que recorrieron los artistas que admiramos, sentarnos a su mesa, mirar por las ventanas de sus escritorios, tomar un café en el local que frecuentaron y entrar en las habitaciones donde los embargó la felicidad más inmensa o una tristeza desconsolada".  Visitar sus tumbas para rendirles homenaje: dejar unas flores, unos cigarrillos o un trago de alcohol.

Fosa común donde descansan los restos de Isaak Bábel, Moscú
Fotografía: Marta Rebón

Tumba de Lev Tolstói en Básnaia Poliana
Fotografía: Marta Rebón

 Marta no se limita a los escritores, y cita a cineastas, fotógrafos, pintores y músicos, llenando las páginas de nombres asociados a una historia o a una anécdota. Y encima lo ilustra con fotografías: imágenes suyas y de Ferran Mateo, su pareja sentimental y artística, con el que ha expuesto en Moscú, La Habana, Barcelona, Granada y Tánger. Me gustan sus instantáneas, sobre todo las que se muestran a doble página. Detienes la lectura, contemplas un paisaje, una calle, el interior de una biblioteca, un museo o una casa y te zambulles de nuevo en el libro.

Ksar de Ait Ben Hadu, Marruecos
Fotografía: Marta Rebón

La habitación y media, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

Biblioteca Nacional Rusa
Fotografía: Marta Rebón

 En la ciudad líquida Marta Rebón va enlazando una historia con otra, deteniéndose aquí y allá para hacer una digresión, cambiar de escenario o de época, haciendo que la lectura sea muy placentera.  En unas páginas podemos estar en Siberia con Dostoievski y en otras en Marruecos con Saint-Exupéry, Burroughs, Chukri, Paul y Jane Bowles.
Sea cual sea la hora a la que os hayáis ido a la cama, o si ni siquiera habéis dormido, el Gran Café de Paris os espera con sus butacas de cuero marrón orientadas en su mayoría a la calle para disfrutar del espectáculo urbano: rostros, colores, retazos de conversaciones en una multitud de idiomas. En la ciudad blanca nunca se hace dos veces el mismo recorrido. En una de sus mesas tu amigo, el fotógrafo lisboeta Daniel Blaufuks, te dijo que los camareros eran los mismos desde hacía décadas. El portugués cumplió con un peregrinaje habitual entre los extranjeros interesados en el mito de Tánger y viajó a la ciudad para conocer a la persona que más alimentó, aun sin quererlo, esa leyenda. Le atraían los libros de Paul Bowles, pero sobre todo su vida. Se presentó en el inmueble Itesa y llamó a su puerta con el pretexto de tomarle algunos retratos para una publicación. Al contrario que otros colegas, le dijo que no tenía prisa, algo que sin duda sorprendió gratamente al americano. Por las tardes acudía a visitarlo, lo acompañaba al mercado y a la oficina de correos. Gracias a esa cotidianidad compartida, pudo fotografiarlo con una calma que se percibe en sus instantáneas en blanco y negro. Para el visitante de Tánger, sobre todo el occidental todos los caminos acaban por conducir a los Bowles, a Paul y a Jane.
Paul Bowles en su escritorio (1990)
Fotografía: Daniel Blaufuks

 Tánger, Tarfaya, Cagliari, Tiksi, Moscú, San Petersburgo, Sajalín, Quito, Oporto…, donde sea, las palabras de Marta siempre son como un abrazo cálido. Ojalá no deje de traducir a los rusos, pero tampoco de escribir libros como este.

 Y como me gustan las entradas ríos, quiero terminar esta con las fotos de Daniel Blaufuks, más sabiendo que Marta sigue viviendo a caballo entre Barcelona y Tánger, donde la vida es más barata y el canto del almuecín te llega como una ensoñación en la madrugada.

Pessoas en la ciudad (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Flores en la cama (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Paul Bowles (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Fin del día en Tánger
Fotografía: Daniel Blaufuks

Viejo con ventanas
Fotografía: Daniel Blaufuks

My Tangier, fotolibro de Daniel Blaufuks y Paul Bowles
(1991)

 Ferran Mateo también me recomienda otros dos fotolibros del fotógrafo lisboeta: Terezín y Sob céus estranhos, uma história de exilio. A ver si alguien se anima a traducirlos y los publican en castellano.

Fotolibro Terezín
Daniel Blaufuks

Fotolibro Sob céus estranhos
Daniel Blaufuks

 Gracias mil a Marta Rebón, Ferran Mateo, Daniel Blaufuks y Lucía Rodríguez por proporcionarme las fotos para la elaboración de esta entrada.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

LIBRERÍA PROTEO-PROMETEO, 50 AÑOS DE SERVICIO A LOS LECTORES


50 aniversario de Librería Proteo-Prometeo
Fotografía: Lucía Rodríguez

El pasado viernes, 8 de noviembre, la librería Proteo-Prometeo celebró su 50 aniversario, un evento al que no pude acudir por culpa de una lumbalgia, pero que he seguido atentamente por internet.
 De entre todas las fotografías que he visto, quiero destacar ésta.

Jesús Otaola, Pepe Ramírez y  Paquito Ramírez en la librería Proteo-Prometeo de Málaga
Fotografía: A mediados de los años 90, archivo de la librería.

 En ella aparece, junto al ya jubilado Pepe Ramírez (sus atinadas recomendaciones de libros emparentaba el oficio del librero con el del médico que te prescribe un medicamento en una receta) y el tristemente fallecido Paquito Ramírez, un jovencísimo Jesús Otaola. La ilusión que denota su rostro no se ha apagado, ni el ingenio con el que desempeña su trabajo, timoneando la nave para, en estos tiempos tan complicados en los que el libro tiene que competir con tantos reclamos, no tener que perder a ninguno de sus empleados.

Jesús Otaola y Paco Puche, fundador de la librería, cuando recibieron el premio a la mejor Librería Cultural de España en octubre de 2017. Fotografía: ARCINIEGA (La Opinión de Málaga)

 Para mí, por edad, Proteo-Prometeo no es "la librería antifranquista" que tenía que sortear a la autoridad para vender los libros prohibidos por la dictadura, volúmenes obtenidos en Madrid, Barcelona, Francia o la Unión Soviética.

Librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Para mí, Proteo-Prometeo es la librería de mi padre y, por ende, la mía. Mi padre, Francisco Delgado Acosta, empleado de banca y contable a tiempo completo, escritor a tiempo parcial cuando las obligaciones diarias se lo permitían, tuvo durante treinta años una cuenta de cliente en la librería. No sé cuántas pesetas pagaría al principio, cuando se dio de alta el 1 de enero de 1983, tal vez 200 o 300 pesetas al mes, pero eso, aunque la cuenta quedase en números rojos, le permitía llevarse a casa todos los libros que quería. Gran amante de los libros, nos inculcó a todos los hermanos el hábito de la lectura, y aunque la biblioteca de casa era, y sigue siendo, extensa, cuando necesitábamos algún libro que no estaba en los estantes, allá que nos mandaba con la tarjeta de socio. En 1999, cuando se introdujo el euro en España como moneda de cambio, mi padre ya pagaba una cuota de 6 euros (1.000 pesetas), que en 2001 subió a 12 euros. Conste que la cantidad a pagar la estipulaba el cliente en función de sus posibilidades o del mayor o menor uso que hiciese de la tarjeta. El nuestro debía de ser alto, porque en 2009 cambió la cuota a 15 euros. Todos estos datos los sé gracias a Jesús Otaola, pues ni mi padre ni yo los recordábamos. La tarjeta se dio de baja el 1 de julio de 2012, pero, aun sin ella, hemos seguido siendo clientes de la librería.

Imagen antigua de la librería Proteo
Fotografía: Facebook de la librería

 Por todo eso sigue siendo tan especial subir por la calle Puerta Buenaventura hasta el número 3 y 6. Después de tantos años, uno cruza cualquiera de sus soportales y enseguida se siente como en casa.

Interior de la librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

Interior de la librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recordar también a la ya desaparecida librería de ocasión que tenían al doblar la esquina, en la calle Carretería, donde tantos libros infantiles les compramos a nuestros hijos, hoy felizmente buenos lectores.

 Felicito desde este blog a todo el equipo de la librería. ¡Enhorabuena por esos 50 años! ¡Y ahora, a por el siglo!

Paco Puche, cofundador de la librería, junto a parte del personal de Proteo-Prometeo (50 aniversario)
Fotografía: Diario Sur