viernes, 1 de noviembre de 2019

ENTRE LOS BEREBERES. RECORDANDO A ALEXANDRA BOULAT


Artículo Entre los bereberes, un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos, escrito por Jeffrey Tayler con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España en enero de 2005. En la imagen, un bereber besa a su novia en una boda múltiple celebrada en Taarart, en el Alto Atlas oriental.

Hace casi cuatro años que escribí en este blog un entrada* en homenaje a la fotógrafa francesa Alexandra Boulat, fallecida en trágicas circunstancias el 5 de octubre de 2007, con 45 años de edad. Desde entonces llevo varios años pendiente de la efeméride para compartir con ustedes algo que guardo como un tesoro y que está relacionado con ella; y aunque este año se me ha vuelto a pasar la fecha, no quiero posponerlo más. Se trata de un National Geographic de enero de 2005 en el que viene un artículo (Entre los bereberes) ilustrado con fotografías de La Boulat. Las imágenes están tomadas en el Alto Atlas marroquí, y el texto está firmado por el estadounidense Jeffrey Tayler, del que tengo un libro sin leer en la estantería (En los reinos perdidos de África) al que espero hincarle el diente pronto.


Artículo Entre los bereberes, escrito por Jeffrey Tayler, con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España de enero de 2005. Texto de la imagen: Llamativas pinceladas de azafrán señalan a esta mujer de Zaouia Ahansal como la madre de un niño que va a ser circuncidado.


 Igual los de la National Geographic me dan un buen tirón de orejas, pero, como fui suscriptor durante muchos años y aún compro algunos números sueltos, me he tomado la libertad de transcribirles el relato con la fotos de Alexandra, añadiendo al final un enlace por si quieren subscribirse a la revista, algo que desde aquí les aconsejo.


Entre los bereberes

Un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos


Por Jeffrey Tayler
Fotografías Alexandra Boulat

Los dos pastores adolescentes surgieron de pronto, como un par de espectros, y mientras nos seguían desde el reseco lecho fluvial hasta el inclinado pedregal de la ladera, con el pelo desaliñado y los hombros cubiertos con embarradas capas de lana, nos observaban en actitud huraña y recelosa. Mis compañeros Driss y Khalid los llamaron en tamazight, la lengua bereber utilizada en las montañas del Alto Atlas, y sus palabras resonaron a través del cañón. Los pastores no respondieron. Pero al oír que Khalid se dirigía a Driss en árabe, intercambiaron una mueca de preocupación y descendieron la cuesta a toda prisa, lanzándonos miradas de temor. Con mi piel quemada por el sol y la mochila de colores, debí de parecerles un marciano, y Driss y Khalid, pese a ser bereberes, vestían ropa occidental y eran claramente forasteros, hecho que el árabe, una lengua que rara vez se oía en aquellas elevaciones, no hacía sino corroborar.
 Estaba a punto de desatarse una tormenta y empezaba a anochecer. Montamos pues las tiendas y entramos a refugiarnos justo cuando estallaba el primer trueno. Me tumbé, contento de tomarme un descanso.
 Pero no duró mucho. En una cresta cercana, silueteados contra las nubes de tormenta, aparecieron dos hombres de mediana edad armados con bastones. Empezaron a increparnos en tamazight, agitando las capas al viento mientras se acercaban a la ladera pedregosa donde estábamos. "Calmaos, por favor, sólo estamos de paso", les gritó Driss desde la puerta de su tienda.
 "¿Quién os ha dado permiso para cruzar nuestro valle?", vociferaron los hombres, blandiendo sus bastones.
 "El jefe de Bou Terfine –respondió Driss, en alusión a una autoridad local a la que habíamos visitado unas horas antes–. No pretendemos hacer daño a nadie. Se prepara una tormenta; os lo ruego, dejadnos acampar aquí esta noche."
 La referencia al cabecilla local sólo sirvió para aumentar su cólera. Tras calificarnos de intrusos, el más fiero de los dos dio un ultimátum: con o sin tormenta tendríamos que salir de su territorio, y rápido, o atenernos a las consecuencias.
 Nos faltaban 600 kilómetros de montañas por recorrer, y éste era un inicio de viaje muy poco halagüeño, aunque previsible dada la azarosa historia de los beréberes (ellos prefieren el nombre de amazigh, o "persona libre", pero el término bereber prevalece fuera de la región). Formado por unos 25 millones de individuos originarios del norte de África y hoy asentados en Marruecos y Argelia, se trata de un pueblo tribal étnicamente diferenciado que habitaba estos montes y desiertos miles de años antes de que la invasión árabe implantara el islam en el siglo VII.
 En los siglos subsiguientes a la conquista muchos bereberes tuvieron que desplazarse de las llanuras a las montañas, donde buscaron tierra cultivable, pastos para el ganado y, sobre todo, la libertad. Los bereberes de la planicie adoptaron las culturas, religiones y lenguas de sus conquistadores, entre los que figuran –además de los árabes– los romanos y los franceses. Pero los que se aislaron en las tierras altas lograron preservar su identidad, su idioma y, como yo mismo acababa de constatar, su independencia.
 Había iniciado la andadura cerca de Midelt, en el centro de Marruecos, y tenía previsto terminarla dos meses después en uno de los puntos más pintorescos del país, las cascadas de Imouzzer des Ida Ou Tanane, junto al Atlántico. La ruta debía llevarme a través del corazón de los dominios bereberes. Había contratado como acompañantes a dos hombres de esta etnia: Driss Hemmi, un afable guía de montaña de 30 años natural de Midelt, y Khalid Ouamer, un campesino de 23 años natural de una aldea cercana.
 Para transportar el equipo y las provisiones compré una dócil mula parda, cuyos ojos tristes y recias patas me confirmaron su capacidad de soportar las vicisitudes del trayecto. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos enfrentábamos a una prueba inmediata: los truenos retumbaban en la garganta, se cernía la oscuridad y unos pastores nos amenazaban con hacer uso de la violencia. Sugerí a Driss que les ofreciéramos dinero, el medio más usual de zanjar este tipo de disputas en Marruecos. El frunció el ceño. "Ya lo he intentado y no quieren escucharme." Entonces sacó su licencia de guía, se la mostró a los pastores y les comunicó que nuestra misión era atravesar el Alto Atlas. El documento pareció legitimar a Driss, y la explicación les apaciguó los ánimos.
 Tras acuclillarse frente a mi tienda, uno de los pastores conversó conmigo a través de Driss. Me explicó que, en 1992, llegó al paraje un grupo de extraños de habla árabe con planes de derrocar a Hassan II, a la sazón rey de Marruecos. Los conspiradores fueron capturados cuando el pastor y su familia alertaron a las autoridades. No es pues sorprendente que algunos beréberes sospechen de los desconocidos que hablan en árabe, en cuyas filas puede haber también funcionarios gubernamentales de las llanuras con las manos prontas a recibir un soborno.
 Me disculpé por haberles molestado y prometí que nos iríamos a la mañana siguiente. Sin esbozar ni una sonrisa, el hombre accedió y partió. Al cabo de unos minutos las nubes se condensaron, los rayos iluminaron los cerros y la llovizna se transformó en una cortina de agua. Intenté conciliar el sueño, pero los frecuentes pateos de la mula me despertaron.

Mapa con la ruta de Jeffrey Tayler por el Alto Atlas
National Geographic España, enero 2005

 Los bereberes viven repartidos por el norte africano, pero en ningún lugar la negación de su identidad ha sido tan sistemática como en Marruecos, étnicamente el más bereber de los países de la región. Aunque el 60 % de la población dice ser de ascendencia bereber y casi el 40 % conoce uno de sus tres dialectos, la Constitución marroquí inscribe a la nación como parte del África árabe, proclama el árabe como lengua oficial y obvia cualquier mención a los bereberes. Es éste un legado del nacionalismo árabe que impulsó movimientos independentistas durante la época colonial y que, en nombre de la unidad, ignoró e incluso reprimió las culturas y las lenguas de los pueblos no árabes.
 Durante la mayor parte de los trece últimos siglos, los macizos del Alto Atlas estuvieron en poder de caudillos armados bereberes que rehusaron someterse a los sultanes árabes que gobernaban las llanuras de Marruecos. De 1912 a 1956, cuando casi todo Marruecos era un protectorado de Francia, los galos designaron las montañas como distrito tribal y las dejaron bajo el control de adalides locales adeptos al régimen. El más famoso de todos ellos fue Thami el Glaoui, un tirano que sojuzgó a los bereberes del Alto Atlas. Pero la resistencia bereber nunca cedió, y los maquis, junto a con los rebeldes árabes de las ciudades, expulsaron a los franceses en 1956.
 Tras la independencia, el gobierno marroquí, de predominio árabe, adoptó en las montañas una política de no injerencia. En las ciudades, las protestas, la prensa clandestina, la enseñanza del antiguo alfabeto bereber, llamado tifinagh, y las consignas revolucionarias han sido otros aspectos de una incipiente campaña bereber en favor del reconocimiento cultural que se ha ido fortaleciendo con el tiempo.
 Los bereberes urbanos que encabezan este renacimiento son intelectuales que hablan más francés, idioma que ellos asocian a la cultura y los derechos humanos, que árabe, menospreciado por ser la lengua del opresor. Pero lo que realmente promueven es el tamazight, o bereber. En la última década del reinado de Hassan II (que acabó con la muerte del monarca en 1999) fundaron asociaciones lingüísticas y culturales, publicaron páginas web y periódicos, y en 1994 ya emitían noticias en bereber por la televisión.
 En marzo de 2000 varios centenares de intelectuales de esta etnia firmaron el Manifiesto Bereber, que da cuenta de la humillación y marginación sufridas por muchos bereberes como miembros de una minoría reprimida. En él se exige el desarrollo de las áreas rurales bereberes, el apoyo financiero estatal a sus instituciones culturales y la revisión de los libros de texto para que reflejen con rigor el papel desempeñado por su comunidad en la historia marroquí.
 El movimiento consiguió una victoria en septiembre de 2003 cuando, por primera vez, el gobierno de Marruecos autorizó el aprendizaje del bereber en casi un 15 % de las escuelas primarias del país y anunció el proyecto de ampliar la enseñanza en este idioma a todos los niveles educativos. No obstante, los activistas aducen que no es suficiente y presionan para obtener el pleno reconocimiento de su pueblo y su lengua vernácula en la Constitución. "Lucharemos pacíficamente para que se nos reconozca –me dijo Mohamed Chafik, padre espiritual del movimiento beréber marroquí–, pero si no se atienden nuestras demandas, la iniciativa podría radicalizarse. Los jóvenes podrían sublevarse."
 Quizás en las ciudades suceda eso, pero muchos bereberes de Marruecos viven lejos de cualquier centro urbano, en lo alto de las montañas, donde la sequía, la pobreza y la hambruna imponen a menudo su ley. Una de las finalidades de mi viaje era descubrir si el exaltado espíritu radical de los bereberes metropolitanos se había extendido a las montañas.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Absorta en la música, una mujer danza durante una boda en Taarart, donde hombres y mujeres se encuentran a cara descubierta. Comparadas con sus hermanas de otras partes de Marruecos, las mujeres bereberes de esta región gozan de una relativa libertad en sus relaciones con el sexo opuesto, en su modo de vestir y en la toma de decisiones domésticas.

 Ya los nubarrones de tormenta habían dado paso a un calcinante sol matutino cuando bajamos por un sinuoso sendero hasta una quebrada. Aquel barranco discurría hacia un distante promontorio en cuya cima se apiñaban las casas de piedra y adobe de la aldea de Tamalout, donde Driss tenía un amigo, un tal Hossein Ounaminou.
 Encontramos a Hossein cabalgando una mula esquelética por el camino que salía del pueblo. Era un hombre enjuto y barbudo entrado en la cincuentena. Bajo un raído turbante negro, sus cálidos ojos y una sonrisa medio desdentada transmitían su alegría por volver a ver a Driss y darnos la bienvenida a Tamalout. El lugareño se inclinó, nos estrechó la mano y después de cada apretón se besó las yemas de los dedos, conforme a la costumbre local. Driss le preguntó si podíamos hospedarnos en su casa. Y Hossein respondió que nada le complacería más. En la cultura bereber, la hospitalidad preside el más humilde de los hogares.
 En las afueras de la aldea pasamos junto a una era circular de unos 15 metros de anchura, en la que un robusto poste sobresalía entre la cebada recién segada. Tres jóvenes con turbante y blusón blanco se ocupaban de la trilla, apremiando con el látigo a media docena de asnos atados en fila al poste. Al avanzar por las mieses, los animales levantaban una polvareda que atrapaba los rayos solares como polvo de oro. En los campos circundantes de trigo y alfalfa, los hombres araban con mulas y cosechaban a mano.
 Al llegar al pueblo los niños me vieron y gritaron "¡Arrumi!" (¡Romano!), tributo improvisado a unos gobernantes que dejaron de existir 16 siglos atrás y el nombre con el que los bereberes se refieren aún a los occidentales.
 Hossein vivía en la típica morada de los bereberes del Alto Atlas, una casa achaparrada con las paredes de piedra y vigas de madera en el techo. La planta baja era un establo en el que cobijaba a su mula, una vaca y unos pollos escuálidos. En el salón del segundo piso había una deslustrada daga de bronce sujeta a un gancho; de otro colgaba un reloj parado a perpetuidad. Descoloridas alfombras de lana en tonos naranjas, rojos y verdes se superponían en el suelo. Hossein abrió las ventanas para renovar el aire, y al punto se colaron las moscas del establo. Después de ahuyentarlas nos recostamos en las alfombras y Hossein ordenó a unas mujeres invisibles, reunidas en otra habitación, que preparasen la comida.
 Al rato se sumaron a nuestro grupo Bassou, un vecino adolescente que llevaba pantalones vaqueros y un sombrero de fieltro negro, y las hijas pequeñas de Hossein, Itto y Hadda, que vestían blusas y faldas floreadas con leotardos de lana. (Itto es un nombre bereber que rara vez se oye en el Marruecos urbano, e incluso fuera del Alto Atlas oriental. Durante décadas las autoridades marroquíes prohibieron inscribir en el registro a niños con nombres bereberes, pero en los últimos años se han vuelto más tolerantes.) Pregunté a las niñas qué edad tenían, y ambas se encogieron de hombros. En el Marruecos rural no se considera importante llevar el recuento de los años. Itto aparentaba tener unos diez; su hermana Hadda parecía mayor.
 Bassou señaló al dueño de la casa. "Ni siquiera Hossein conoce su edad –dijo con jovialidad en árabe–. ¡Simplemente sabe que es viejo y senil!" Hossein me sonrió, aparentemente como si se hubiera quedado in albis. Para salir adelante en las ciudades, donde los hombres buscan empleo, los bereberes deben aprender árabe. Pero aquí en el Alto Atlas, donde la mayoría habla bereber, la soltura de Bassou en la lengua oficial le distinguía de los demás. Gracias a una beca cursaba estudios de secundaria cerca de Midelt, y estaba muy satisfecho. Aspiraba a usar su formación para escapar de la miseria de su pueblo y forjarse un futuro prometedor en la ciudad, aunque el acceso al trabajo en Marruecos, tanto para un bereber como para un árabe, con frecuencia no depende del talento sino de los contactos.
 Hossein nos trajo el primer plato del almuerzo, un cuenco de mantequilla rancia y pedazos de pan horneado en casa. Nos contó que tenía una vaca, pero que para ganar dinero se la alquilaba a un vecino acomodado, quien consumía casi toda la leche; que era propietario de un pequeño campo donde cultivaba cebada y trigo, y que recogía leña en el bosque de cedros colindante. Pese a dar gracias eternamente a Dios por su destino, Hossein era tan pobre y tan flaco como la mayoría de los bereberes con los que íbamos a toparnos a lo largo de nuestro periplo, y sería un hombre afortunado si podía conseguir la comida justa para alimentar a su familia.
 Mientras degustábamos el plato principal, un acuoso estofado de cebollas y carne de cabra servido en cazuela de barro, Hossein nos demostró que tenía al menos unas nociones de árabe.
 Nos explicó que hacía poco le habían citado para testificar en el juzgado contra un paisano acusado de talar ilegalmente en el bosque. A través de un interprete bereber-árabe, Hossein declaró en favor del encausado, pero entendía suficiente árabe para sospechar que el traductor, quien probablemente había sido sobornado, estaba tergiversando su testimonio de manera que condenaran a aquel infeliz. "Le expuse mi versión al juez con mis propias palabras", afirmó Hossein. El acusado salió absuelto.
 Hossein tuvo mucha suerte de contar con un traductor de oficio, una de las exigencias del Manifiesto Bereber. No obstante, en su afán de proteger a los bereberes de la discriminación por motivos lingüísticos, el manifiesto ignora otro problema capital: los marroquíes de habla árabe también se enfrentan a dificultades, especialmente en todo lo relacionado con el gobierno, donde está muy generalizado el uso del francés.

Fotografía Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Una fiesta anual a las afueras de Imilchil congrega a los bereberes de los montes orientales durante tres días de vorágine comercial en los que se venden desde mulas hasta teteras o cebada, el principal cultivo de la zona. Aunque presumen de ser autosuficientes, los beréberes de las montañas tienen que recurrir a los mercados para conseguir productos básicos que no encuentran fácilmente, como naranjas, azúcar y medicinas.

 A nuestra llegada a Imilchil, decidí que necesitábamos otra mula. Driss y Khalid visitaron el mercado dominical y compraron un hermoso macho de color ébano. Al igual que la otra mula, parecía lo bastante fuerte como para recorrer los arduos caminos que teníamos por delante. Partimos, adentrándonos cada vez más en las montañas rosáceas y de aspecto lunar que conducían desde Imilchil hasta la meseta de Kousser, la tierra de los nómadas bereberes.
 Cuatro días después alcanzamos la altiplanicie, un mar de ondulaciones pétreas y valles que nos dejó tan agotados como lo hubiera hecho cualquier montaña. Al ponerse el sol nos aproximamos a la única vivienda que veríamos en la meseta. La madre de familia, Fátima, salió envuelta en el baturrillo de paños multicolores que visten las nómadas de etnia bereber. Le pedimos alojamiento; circunspecta, nos invitó a pasar.
 Nos sentamos a tomar el té en la sala de estar, una habitación fresca situada al lado del telar en el que Fátima tejía alfombras con la lana de sus ovejas. Mientras su marido trabaja como jornalero en la cercana Zaouia Ahansal durante el verano, ella y Alí, su hijo de 15 años, se quedan en el monte para cuidar de sus pequeños hatos de cabras y ovejas, además de unos cuantos pollos. Una situación habitual que deja a las mujeres bereberes a cargo de la casa durante varios meses consecutivos.
 Fátima me había visto llegar a lomos de una mula, y ahora nos relataba que recientemente una muchacha se había caído de su cabalgadura y había muerto, ya que no había ningún médico en las proximidades para asistirla, ni tampoco forma de avisarlo. En el Alto Atlas escasean los facultativos y prácticamente no hay farmacias, teléfonos ni estafetas de correos, circunstancia nada sorprendente habida cuenta de lo abrupto que es el terreno. Pero los bereberes citan estas deficiencias como prueba de que el gobierno ha eludido desarrollar la región a fin de mantener todo el poder en sus manos.
 "Ningún rey ha subido nunca hasta aquí a ver cómo vivimos –denunció Fátima, tapándose el tatuado mentón con su pañuelo verde–. Nuestros representantes en el Parlamento sólo se dejan caer en época electoral para hacer promesas que jamás cumplen." Acto seguido emitió una letanía de quejas: los funcionarios de la administración local roban los fondos enviados desde Rabat para la construcción de carreteras (lo que la obliga a caminar cinco horas hasta la pista de tierra más cercana), el suministro de agua (el pozo más próximo está a una hora de camino) y la apertura de dispensarios (no hay más que un hospital en Azilal, a una distancia de diez horas). Y a estas carencias había que añadir la sequía.
 Fátima nos contó que durante el reinado de Hassan II, 300 bereberes se congregaron en Ouaouizarht para ir a Rabat y protestar por la desidia administrativa. El gobernador provincial envió soldados para detenerlos. La aparición del ejército dispersó a la multitud. Desde entonces nadie se ha atrevido a proponer otra acción similar.
 Al caer la noche Fátima encendió un quinqué y, mientras en la marmita bullía un estofado de patatas y pollo, se puso a trabajar en el telar. Nos había hablado sin tapujos, como suelen hacer las mujeres montañesas de su etnia. Pero incluso los bereberes que son francos en otros asuntos procuran evitar, a diferencia de Fátima, las críticas directas al rey y al Parlamento. Esperan muy poco de su gobierno, y no manifiestan el menor interés por el movimiento que afirma actuar en su nombre dentro de las ciudades.
 "El movimiento amazigh [bereber] es mera palabrería –sentenció Khalid–. En estos parajes a nadie le importa." Inquirí si estaba a favor de que enseñaran el bereber en las escuelas, y su respuesta fue negativa. "Los bereberes queremos mantener nuestra lengua en secreto, pero la gente de ciudad desea conocerla para hacer negocios en el campo." Driss disentía, y dijo esperar ilusionado el día en que todos los marroquíes aprendiesen bereber. Ambos hombres discutieron en el transcurso del viaje, lo cual tomé como un indicio de lo difícil que era que los bereberes rurales y urbanos se pusieran de acuerdo en nada, desde el Manifiesto Bereber hasta los turnos para lavar los platos.
 "¡Vaya a informar al mundo de la desgracia de los nómadas!", me encareció Fátima a las siete de la mañana del día siguiente, cuando comenzamos la última etapa de nuestro recorrido.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Las mujeres de Anefgou lloran la muerte de un anciano miembro de su comunidad. Ligadas al campo por la tradición y la falta de estudios, las mujeres llevan "el peso de la casa", según la investigadora de la GEOGRAPHIC Marisa Larson, que ha trabajado en la región con los Cuerpos de Paz. Ellas aran los campos y crían a los hijos, mientras que sus hombres se emplean cada vez más en las ciudades.

 Unos magníficos estratos verticales de piedra caliza anunciaban las cascadas de Imouzzer de Ida Ou Tanane, situadas encima del pueblo homónimo. Hacía 51 días que habíamos abandonado Midelt. Una vereda conducía hasta las cataratas, y Driss y yo la seguimos tras dejar a Khalid al cuidado de las mulas. Al llegar no nos encontramos con los espléndidos torrentes que había visto precipitarse en las fotografías, sino con un hilo de agua vertiéndose por el saliente rocoso en una balsa llena de musgo. La sequía que afectaba al Alto Atlas había incitado al gobierno a desviar el río para el riego, poco menos que dejando secas las cascadas.
 La escena encerraba cierto simbolismo. En nuestro viaje habíamos atravesado un terreno abrupto, tan reseco y desolado como solitario. La falta de lluvia y la miseria fuerzan a los bereberes a trasladarse de las montañas a las ciudades, donde necesitan el árabe para defenderse, y el francés, para prosperar, y donde adoptan la cultura urbana en un esfuerzo de integración. La hambruna, como había comprobado en mi caminata, amenaza más que ningún otro factor la cultura del Atlas.
 Miré a Driss, que tantas veces había expresado el deseo de ayudar a su pueblo. Si a las analfabetas gentes de las montañas no les interesa el movimiento bereber, con sus tendencias laicas y francófilas, los ciudadanos cultos como Driss lo encarnan a la perfección. Pero en nuestras últimas semanas de convivencia me reveló una esperanza más práctica: la emigración a Canadá. "En Marruecos no tengo futuro", dijo, refiriéndose al lamentable estado del turismo en su país.
 Naturalmente, los bereberes del Alto Atlas no tienen esa opción. A los millares que se mudan a las ciudades, Marruecos les ofrece una penosa existencia: chabolismo en los arrabales de Casablanca o Rabat y la batalla constante por unas monedas con las que sobrevivir. También a los bereberes que se quedan atrás les aguardan hambre y penalidades. Pero cuentan con la sólida roca del hogar bajo los pies, la tranquilidad absoluta y el orgullo inalterable de la "persona libre".

Fotografía de Alexandra Boulat publicada en la revista National Geographic España (Enero 2005). Texto de la imagen: Tras reencontrarse con su abuela en Taarart, este joven no tardará en volver a Rabat, donde deberá ganar dinero para mantener a su familia en el Alto Atlas. El futuro de los bereberes se apoya cada vez más en estos emigrantes. ¿Pueden ellos contribuir a la supervivencia de sus aldeas? Y, a medida que se adapten a la vida en la metrópoli, ¿abandonarán la cultura bereber… o alimentarán su renacimiento?

*Pueden leer el relato que escribí en homenaje a Alexandra Boulat pinchando sobre el siguiente enlace:
https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2016/02/homenaje-alexandra-boulat.html

Alexandra Boulat fotografiada por Jerome Delay (AP)

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Nota: La música del vídeo pertenece al libro CD Cantos y danzas del Atlas (Marruecos) de Miriam Rovsing Olsen, editado por Ediciones Akal en 1999 dentro de la colección Músicas del Mundo. Una verdadera joya que adquirí en la librería Áncora un 23 de febrero del año 2000, y de la que ya les hablaré otro día.

viernes, 11 de octubre de 2019

LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA


Fotografía: Pedro Delgado

Estamos de obra en casa. Tenía el pie lesionado y no iba a poder viajar este verano, por lo que decidí hacer frente a unas reformas largamente postergadas. Como decía el marinero Marlow en El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!".

 Cuando los obreros se van, el polvo se asienta y vuelve a reinar el silencio, me siento en la escalera con un libro y me traslado a Marruecos. Es un tomo voluminoso, primorosamente editado por el Centro Cultural Generación del 27. Lleva por título La baraka y otros textos marruecos (cuadernos del atlas, 1985-2017), y recoge toda la narrativa y poesía, inspirada en el país vecino, de Salvador López Becerra; una rara avis de nuestras letras como bien apunta el profesor Ahmed El Gamoun en la introducción.
Dentro del panorama literario español actual, Salvador López Becerra es una especie de rara avis sin par pues resulta muy difícil encajarlo dentro de una escuela o someterlo a los cánones literarios habituales, porque si en su acto creador nos encontramos a un profundo poeta, ajeno a modas y sectas pasajeras, también nos hallamos ante un fino y sensible etnógrafo, un genuino heredero de las escuelas orientalistas y africanistas, a un sufí, a un metafísico y a un discípulo de la mística cristiana. Así es, la escritura de López Becerra sintetiza, a la vez, todas estas identidades.
Salvador con el profesor, hispanista y traductor Moulay Ahmed El Gamoun
Interior de la mezquita Hassan II de Casablanca, 2019
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Conocí a Salvador López Becerra hace muchos años. Un amigo le había hablado de mi cuaderno de viajes En el corazón del Atlas, y quería que nos conociéramos. Nos recibió con té y dulces morunos en su casa de la Araña, y pasamos una tarde muy agradable hablando de literatura y viajes. Al comentarle mi predilección por la obra de Paul Bowles, me enseñó una fotografía en la que se les veía juntos.

Paul Bowles y Salvador López Becerra. Tánger, 1990
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Me dijo que lo había visitado en Tánger y que el estadounidense le había regalado una pipa de las que se usan para el kif. La sacó de una caja de madera, y cuando la sostuve entre mis dedos envidié al poeta. También recuerdo que sus hijos, Ángel Amín y Salvador Karim, estaban en casa. Eran unos críos como los míos. Hoy son adolescentes. Sin embargo, vuelvo a verlos infantes en esa fotografía de Fez tomada con letras.

Bab Buyulub, Fez. Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

Tras el hermoso pórtico de Bab Buyulub, Amín y Karim van y vienen; uno tras el otro, haciendo serpenteos, ondulaciones, eses de luz… corretean y ríen, despreocupados, alborotadores y felices.
 Desde la carretilla de turrones derretidos de Abdelaziz hasta la extenuada portezuela de la pensión Mauritania, desde el destartalado bakalito de Abdel hasta el mugroso puesto de sfenj de Hassan, todo el mundo los mira: la recua de turistas de forma circunspecta y los habituales atentos por evitar un empellón. Nadie les riñe ya que tal vez intuyan o sepan que todo el poder les pertenece pues son hijos auténticos de Al-Ándalus.
 Estos chiquillos míos que se desternillan mientras los vencejos inauguran la tarde, que llevan los pantalones a medio caer, las manos negras y las camisas desfondadas con lamparones de chocolate y miel, son niños de verdad; como los de la primigenia medina, acariciados y educados por los ángeles de la libertad y no por la schuma.
 Jadeantes, dando zapatacillos de fatiga, con parsimonioso movimiento en los brazos caídos, encendido los rostros de amapolas y sereno mirar cansado, cual titanes en lento desfile después de una extenuaste victoria, se acercan a pedirme unos zumos de naranjas recién exprimidas y los dirhams de costumbre para entregarlos a los menesterosos ciegos, olvidados de toda justicia, con los cuales tropezaron, sin querer, mil veces mientras jugaban, una tarde más, en el corazón de Fez.

Ángel Amín y Salvador Karim en el mercado que hay tras Bab Buyulud (Fez)
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Tras aquel encuentro asistí a un curso de árabe dialectal (darija) que organizaba Salvador López Becerra en la mezquita de calle La Unión. Unas lecciones que pude poner en práctica durante mis viajes por Marruecos pero que, lamentablemente, hoy ya tengo olvidadas.
 Después de aquellos días coincidimos en algún acto cultural, pero pocas veces, pues Salvador marchó pronto a Marruecos para encargarse de la dirección del Instituto Cervantes de Fez y de los aularios de Mequinez, Nador, Alhucemas e Ifrane, y luego a Brasil como director del Instituto Cervantes y Cónsul para asuntos de Educación de Curitiba. Aprecio a Salvador y creo que él también me aprecia. No sé si porque conoce a mi padre, el también poeta Francisco Delgado Acosta, o porque aquel día, ya lejano en el tiempo, en el que nos conocimos, vio en mí al joven apasionado por Marruecos que él había sido, al poeta que creía haber encontrado su lugar en el mundo. Y ahora que ha vuelto a Málaga para quedarse, hemos retomado el contacto a través de este libro, cuya fotografía de portada es obra de un fotógrafo callejero de la ciudad de Mequinez.

La baraka y otros textos marruecos de Salvador López Becerra
Fotografía: Lucía Rodríguez

¿De dónde viene la foto de la portada de La Baraka y otros textos marruecos?
Fotógrafo callejero en Bab Mansour el-Aleuj. Mequinez, 1997

Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

 Me gusta su prosa poética, sus cuadernos, sus diarios, sus reflexiones, retratos, esbozos y apuntes sobre/desde Marruecos.
Aquí, en Tánger, las gaviotas juegan en el puerto a ser cometas, sin más sujeción que el hilo invisible que el aire zurce en el reverso de sus alas cenicientas.
*** 
Los santones más humildes, aún muertos, dan de comer a la pléyade de menesterosos que apostados en los alrededores de su morabito esperan la llegada de los creyentes que en visita vienen a la búsqueda de su bendición. No hay mayor santidad que la ejercida incluso después de la muerte.  
*** 
¿Qué belleza podrá tener en un futuro este lugar cuando todos se vistan como en el lugar de donde vengo huyendo?
*** 
Abdelkrím es un búho, casi nunca, si no le preguntas, habla; y si lo hace, lo hace con monosílabos. Algo le ha tenido que ir mal en el generoso consulado francés pues hoy está muy hablador y filosófico: –"El pasaporte marroquí no vale nada, un conjunto de páginas vacías, vacías de contenido".
Y el acierto que tiene a la hora de seleccionar las citas que abren sus escritos.
Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
León Tolstoi 
Todas las cosas se nos ofrecen con dos rostros: uno para alabar y otro para maldecir: de la miel podemos alabar su dulzor y detestarla como excremento de las abejas.
Ibn Al-Jatib  
Mira Sancho, que lo importante no es la posada sino el camino.
Miguel de Cervantes 
Soy la bofetada y la mejilla. 

Charles Baudelaire
 Algunas de las piezas de sus diarios son como pequeños fogonazos, como aquellas películas de Super 8 que filmaba mi padre, y que conserva en sobres amarillos con el membrete rojo de la casa Kodak. Instantes que te transportan en el tiempo y en el espacio.
Las gaviotas festejan y asedian con alboroto el arribo de una longeva traíña verdusca de colmado vientre, externas heridas curadas con alquitrán y ronco surcar jadeante. Intrépidas bornean y sobrevuelan, casi a ras, las multicolores gorras y cachuchas desteñidas con las que los marengos yebalíes cobijan seso e ingenio.
 Cansados, soñolientos y con los huesos entumecidos por el relente y el salitre no prestan atención al estrepitoso claqué de los tercos picos de las nerviosas gavillas carroñeras. Abatidos por la nocturna brega, estos humildes pescadores (hijos desabrigados de la tierra) sólo desean llegar a puerto, sorber un azucarado té humeante, fumar su pipa de kif o disfrutar de cópula con hembra sumisa en modesto tálamo. Después… tal vez hostigar el insomnio, otra pipa y divagar; o soñar o maldecir.
 Fragmentos a los que doy continuidad en mi cabeza.
(Gendarmes en la carretera) 
Son como lagartos aletargados sobre la chapa gris de su jeep. Cuando ven a lo lejos un coche moverse en la negritud del asfalto parecen despertar del sueño. Cuando me aproximo –¿Acaso no soy un espejismo?– ya están desperezados en busca de la presa fácil que le dará la cuña, más cuando ven la oficial matrícula de mi coche, vuelven lentos (cual chuchos aburridos estirándose) a poner sus codos, reclinando el cuerpo, sobre la chapa, todavía calentita, del coche.
 También me gusta su definición del Atlas y que tenga protagonismo en tantas páginas del libro.

Salvador en una población cercana al lago Aguelmame Aziza (Atlas Medio)
Fotografía: Archivo personal del poeta

El Atlas es la espina dorsal, la pétrea columna vertebral de Marruecos. Pero es la zona más raquítica, médula cuya sustancia se licúa en soledad y abandono.
***
(Imilchil) 
Si no fuera por esa pandilla de fantoches con ínfulas de aventureros como definió una vez Alberto Vázquez Figueroa a los de los 4 x 4, el festival de los esponsales de Imilchil seguiría fiel a sus orígenes. La culpa no es de ellos sino de la autoridad incompetente que para "atraer" turismo cambió las fechas y alfombró con alquitrán los caminos. Antes de la avalancha de estos aventureros del gps y la torpeza de los responsables políticos todavía podían vivirse jornadas genuinas. La mejor época ahora para ir a este "Tíbet marroquí" es cualquiera, menos en las que se celebra el profanado mussem que rememora en el Alto Atlas el amor de Tisli e Isli, la mítica leyenda de amor bereber.
***
(Imlil)
 De nuevo, una y otra vez, pese haberme visto bajar de allí, me ofrecen subir a las montañas para ver las cascadas. Cansado, sin decir siquiera adiós al Toubkal, me marcho observando cómo el agua del río Ourika inundó, una vez más, muchas viviendas del valle. Es indudable que el dinero de las inversiones se achica en los meandros de la corrupción.
 Por el volumen desfilan nombres emblemáticos como Elias Canetti, Edith Wharton, Jean Genet, Juan Goytisolo, Fátima Mernissi, Rafael Chirbes, Paul Bowles, Mohamed Mrabet o Mohamed Chukri –ingratos ambos con Bowles tras su muerte ("la ingratitud, que es algo muy marroquí", me dijo una vez el poeta)–, y referencias, junto a otros escritores, a fotógrafos, filósofos, músicos y viajeros.

Mohamed Chukri con López Becerra en Tánger
Fotografía: Archivo personal del poeta

Salvador con el músico bereber Mohamed Rouicha
Fotografía: Archivo personal del poeta

Con el cantante y músico andalusí Abdessadek Chekkara (izq) y su hermano
Tetuán. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Con Fatima Mernisi en la exposición del pintor Mariano Bertuchi en Rabat
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Salvador no rehuye tampoco en el texto ajustar cuentas con los funcionarios y empleados que trabajaron bajo sus órdenes y que tantos quebraderos de cabeza le dieron. También con la ciudad.
Lágrimas azabaches es el agua que el aguacero vierte sobre los tejados esmeralda del panteón de Muley Idriss al que esta mañana vine a meditar. Afuera, en la calle, el suelo está encharcado, sucio, muy sucio, por la basura no escondida, por la inmundicia ocultada.
 Como acostumbro, hice mi ofrenda y los azulejos ennegrecidos por la mala luz de la cera barata me hicieron acordarme de la manada corrompida e inmoral (deyecciones hispano-marroquíes de Rocinante) con la que el poeta tiene que bregar, vestido de jefe, diariamente.
***
Sin miedo al temporal he ido a la cercana mezquita Qarawiyyin. Inexplicablemente un pájaro vuela solitario en el nublado cielo del patio sin techar como llamando mi atención y cual señal de ángel diciéndome: cuídate de la chusma con la que briegas, que estás en la ciudad donde tantos justos y decentes fueron traicionados, desde el docto Ibn Al-Jatib hasta su fundador Muley Idriss I.
 Al asomarme desde otro ángulo y mirar hacia arriba en busca del ave que ya no está unas frías gotas cristalinas, limpísimas, me caen, cual bendición, en la frente. Sonrío para mis adentros. Sabiéndome protegido y purificado salgo a la calle mientras el agua, ahora pura, empapa mis pasos sin prisas. Con la chaqueta y los brazos escurriendo hago un toldo. Acurrucado y sin necesidad de levantar la mirada contemplo el cielo y sus dádivas en los charcos.
*** 
Hacía frío y llovía. Un sucio descansillo deslustrado dio cobijo a la fiebre de aquel buen infiel abatido por la destemplanza y la ramplona compaña. No recuerdo la fecha ni el nombre de aquel desconsolado barrio mustio, sólo el eco de los ladridos de unos errantes chuchos sarnosos peleándose, cual necios hombres sin escrúpulos, por un negruzco pitraco nauseabundo. Años después, con la atención despierta para esquivarlo anduve por toda la ciudad, más todos los barrios me parecieron iguales de aciagos, sombríos y costrosos como la piel hedionda de un longevo batracio haragán de mirada ruin.
 Hoy –también durante el escénico mes de ramadán– el divino destino le otorga postales nuevas a mi corazón y el triunfo de poder abandonar –¡ya, por fin!– este osario pestilente al que el metafísico Mohamed El-Hassan nombró Fetidez y desde donde hace siglos la memoria de Al-Andalús yace, sin descanso ni piedad, profanada.
 Hay además espacio en el libro para la experimentación, con Apókrifa, unos textos inéditos sobre el kif en los que no hay puntos ni comas para crear un efecto estético especial que recuerda al de algunos movimientos poéticos de vanguardia; recurso que también usó el antes mencionado Paul Bowles en alguno de sus relatos.

Salvador conversando con un amigo en la Kabila Jarasfa, Yebala
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra 

 Salvador López Becerra ama a Marruecos, pero no por ello idealiza la visión del país, en el que se siguen dando grandes desigualdades.
(Monte Ayachi, 2008) 
Cada vez con más frecuencia me pregunto por qué miento acerca de Marruecos. Por qué callo y me censuro las injusticias, las apreciaciones más duras. Esta, llamémosla idealista hipocresía mía, no me hace bien. Esto de cantar sólo lo bello tachando las notas de lo que me parece feo e inhumano no es intelectualmente correcto; esta relación amor-amante que reconociendo las imperfecciones todo lo perdona y por vocación de su pasión exaltada suprime las injusticias se acabó. Sí, un día rectificaré y lo publicaré casi todo; así los humillados tendrán espejos y serán, si no recompensados, reconocidos. 
***
 (Monte Ayachi, 2008) 
La España en blanco y negro sólo sería comparable con lo que se ve aquí si retrocediéramos casi el siglo que dictan las circunstancias. Las comparaciones son siempre detestables pero allí hubo una postguerra con sus dos bandos (sus excitados vencedores y sus humillados vencidos), la mayoría de la intelectualidad tuvo que optar por el exilio; hasta los sesenta no hubo un canal de tv, se estaba aislado del mundo, sin parabólicas, ni cibercafés, sin telefonía…; los ricos no eran tan ricos y aun siéndolos no poseían tanto ni se apreciaba tanto exceso, tanta opulencia y derroche de vulgaridad; aunque época afligida y gris, la mayor tristeza era la falta de libertad para muchos. La realidad aquí es otra: estamos en el siglo XXI pero muchos, profesores, jóvenes y supuestos intelectuales, siguen pensando y viviendo, en considerables aspectos, como en la Edad Media.
 Ante mi solicitud de unas fotografías para ilustrar esta entrada, el poeta ha tenido la deferencia de rebuscar en su archivo fotográfico para enviarme algunas imágenes inéditas. Al verlas abiertas en la pantalla del ordenador, algunos pasajes leídos en el libro vuelven a cobrar relevancia.

El barbero de Mrirt. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Me toca el turno y por ello se enjuga deferentemente las manos con una pizca de detergente en polvo para ropa y unas gotillas de agua turbia que escancia de lo que parece fue una garrafa de líquido refrigerante de automóvil. Con cierta afectación profesional prepara los utensilios menos oxidados y después parte en dos una cuchilla nueva igual que un sacerdote lo hiciera con una hostia: pulgares e índices escrupulosamente juntos y el resto de los dedos cual alas de halcón en una figura chinesca.
 Antes de disponerse a martirizar mi cutis sacude estruendosamente y por largo rato los rezagados copos de pelos, vellos y pelusas anónimas que plácidas yacían en el abandono sobre el raído cojín desvencijado del humilde banco de madera al que también, nerviosamente, con un rápido zamarreo endereza… Ya parece que todo toca a su fin
 Y melindroso se lleva la diestra de la frente al pecho –ruda similitud con vetustos modales palaciegos– e inclina la cabeza mientras da un pase de muleta con la palma extendida. Amablemente me invita a que me siente en la guillotina de su barbería. Y a un té muy dulce con unas ramitas de chiva. ¡Saha, Sidi!
***
Bajanini con los hijos del poeta
Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

I
Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil siete, ha muerto Bajanini. Una estrecha franja de algo más de un palmo excavada en la tierra fue suficiente para acoger, lavado y amortajado en un humilde lienzo blanco, su esbelto cuerpo venerable recostado sobre el lado derecho y con el rostro dirigido a La Meca, como un durmiente.
 Bajanini pasaba cada día junto a la casa y aunque su asnillo casi siempre llevaba prisas él paraba a saludarnos.
 –¡Bajanini, Bajanini súbenos al borriquillo! Y el anciano inclinando su cuerpo, como el crepúsculo a las estrellas, ayudaba a mis niños a trepar e instalarse en la humilde cabalgadura. Así un buen rato, hasta que la chiquillería se cansaba de los aspavientos del cuadrúpedo. Y él sonreía. Bajanini siempre nos sonreía. Guasonamente apretaba su boca sin dentadura, me guiñaba y sonreía. Ha muerto Bajanini. Digo –¡y se escribe pronto!– que ha muerto Bajanini.
 ¡Ay, Bajanini, abuelo, amigo Bajanini!
II
A veces estaba yo absurdamente atareado arreglando no sé qué cosas domésticas cuando silencioso aparecía. Majestuoso en el andar, sosegado como el rocío sobre el trigo, llegaba Bajanini. Su serenidad se anteponía a la inquietud mía por acabar la faena. En el saludo estrechábamos las manos (–Salam Alekoum, Alekoum Salam) y nos besábamos (–¿Labás, bejer?) cuatro veces –en una mejilla y en otra, en aquélla y en ésta– como era debido entre afectos o familiares varones. Si él no soltaba mi mano yo entendía que no debía apurarme por lo que estaba haciendo, que el trabajo por hoy ya había concluido: era la hora de la honra, la hora sagrada de la visita. Entonces entrelazábamos los índices y caminábamos por el huerto cogidos, como viejos amigos, de la mano.
 "Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación", dice el proverbio árabe con el que se cierra el tomo. Después, unos anexos con un glosario, una bibliografía completa de los Cuadernos del Atlas y un apartado de dedicatorias y gratitudes. De entre las últimas destaco la siguiente: "Gratitud imborrable también a quienes, inspirándolos, nunca leerán estos libros". Y vuelvo a pensar en Bajanini y en tantos otros. Y en el té con yerbabuena que tenemos pendiente, insha' Allah.

Salvador frente a su casa del Atlas con unos vecinos de la Kabila de Ait Bentaibi
Provincia de Khenifra. Fotografía: Archivo personal del poeta

¿Qué memoria guardarán de mí los armarios de las moradas que habité, las paredes sencillas, vacías, donde proyecté mis mejores sueños marroquíes? ¿Qué memoria guardarán las cajoneras donde abrigué de la intemperie a mis cuadernos de palabras desnudadas? ¿Qué memoria quedará dibujada en el cielo de los caminos que anduve? ¿Qué aroma quedará en las manos de aquellos a quienes mi amistad estreché?

Salvador López Becerra con su hijo Ángel y unos campesinos y pastores
Kabila Oulguess, provincia de Khenifra
Fotografía: Archivo personal del poeta

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La baraka y otros textos marruecos, publicado en febrero de 2018 por el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga.

sábado, 20 de julio de 2019

PLAYA O PISCINA


A la deriva –Setenta y seis días perdido en alta mar–, de Steven Calllahan (Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El verano discurre con sus calores, las alertas de los meteorólogos en la pequeña pantalla, las cervezas heladas, las granizadas de limón, los tintos de verano, los gin-tonic, los gazpachos, las rodajas de sandía, los espetos de sardinas, los aires acondicionados, las siestas y las escapadas a la playa o a la piscina. Hay quienes dicen que no es verano hasta que no empieza el Tour de Francia. Por si alguien no se había dado cuenta de que la ronda gala ya pasó su ecuador, los míticos The Beach Boys vinieron a corroborar el otro día en el Starlite de Marbella que estamos en pleno verano, una ola de surf californiano a la que pude subirme gracias a las entradas que me tocaron en un sorteo de la Fnac.

The Beach Boys en el Starlite Festival (Marbella, 11 de julio de 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Al día siguiente fui con Lucía a la Casa Gerald Brenan de Churriana, a la clausura del ciclo Cantos Velados, dedicado a Gamel Woolsey, poeta, escritora y esposa de Gerald Brenan. Allí, en el jardín de los Brenan, intercambiaron canciones y poemas La Bien Querida y Alejandro Simón Partal. Alejandro abrió la noche con una poesía suya, un hermoso texto que hablaba del verano y que anoto aquí para que no se me olvide.


Bendecidos

Y de pronto, del suelo,
se han alzado los tomates,
como una pasarela de luces rojas
con las que se inaugura el verano.
El animal en celo. Alguien encala la casa.
De repente, un exceso de vida
se ha impuesto en nuestra rutina.
Podemos saltar al vacío o amar sin cautela,
desaparecer hasta que no podamos más,
pero solo salimos a la puerta
y nos sentamos al fresco.

Quiero decírtelo de la forma más sencilla,
sin laberintos: estamos bendecidos.

Ya nada va a poder con nosotros.

Alejandro Simón Partal

Este Poema pertenece al libro Una buena hora, con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola y que publicará la editorial Visor este próximo otoño.

 Tampoco se olviden de llevar un libro o una revista a la piscina o a la playa, de leer en definitiva. Precisamente, TALES –la revista del relato corto malagueña– nos trae en su número 11 un cuento titulado La piscina, de Jorge de Cascante.

TALES, la revista del relato corto. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Además, el relato seleccionado para este número entre los más de doscientos originales recibidos, El Capitán, de Antonio Sancho Villar, es una historia que debe leerse junto al mar.


Quizás convenga aclarar que nadie en Ardiza había visto nunca el mar. Como mucho nos acercábamos en verano al embalse de Santa Águeda, sierra adentro, o quedábamos ensimismados durante el baño diario observando las profundidades de nuestras palanganas de hojalata, soñando con no se sabe qué… Porque sin haberlo visto nunca, ya estábamos todos enfermos de la nostalgia del mar. Alguna vez lo escuchábamos mencionar a los viajantes de comercio o a los artistas de legua que pasaban por la ciudad, y lo imaginábamos como una cosa inmensa e inalcanzable, como Dios mismo. Nada más.
 Así, el primero que vio aparecer a Ismael le puso el mote inevitable de el Capitán, por la sola razón de que venía acompañado de todos los signos que esperábamos ver en un hombre de mar. 
El Capitán. Antonio Sancho Villar

 También está relacionada con el mar la última novedad de Capitán Swing: A la deriva –Setenta y seis días perdido en el mar–, del estadounidense Steven Callahan; catalogado por la National Geographic Adventure como uno de los 100 mejores libros de aventuras de todos los tiempos. Steven tiene en la actualidad 67 años, una edad a la que seguramente pensó que no llegaría aquel invierno de 1982, cuando se hundió en el océano Napoleón Solo, su pequeño velero de menos de siete metros de eslora con el que participaba en una carrera en solitario a través del Atlántico.

Siguiendo la desventura del Napoleón Solo por el Atlántico desde una playa del Mediterráneo
A la deriva, de Steven Callahan (Capitán Swing)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Mis pensamientos regresan al Solo, a aquella noche, al estrépito, al agua invadiéndolo todo. Lo oigo, lo veo, siento el agua turbulenta elevarse por encima de mi cabeza. Sal, se está hundiendo. ¡Se está hundiendo! Un espectro de desesperación y de pérdida se me cruza ante la mirada. ¿Qué te ha pasado, Solo? ¿Te hice demasiado frágil, tesoro mío? ¿Chocaste contra un tronco o contra un contenedor de barco? Al hacerme esta pregunta, reflexiono que es muy poco probable que mi veloz barco chocase contra algo. La colisión vino por uno de los costados, no por la proa. El Solo se detuvo y yo subí ipso facto a la cubierta. De haber chocado contra un objeto flotante capaz de causar tal destrozo, lo habría visto. Debió de embestirnos algo muy grande, que debía moverse a gran velocidad. Desde la cubierta no se veía ningún barco. Debió de ser algo perteneciente al propio mar. Algo grande. Una ballena, quizá. Hace unos años, timoneando un trimarán de más de diez metros de eslora, choqué contra un cachalote, en plena corriente del Golfo. El propietario del trimarán, que viajaba a bordo, se había topado ya con otro cachalote en una travesía anterior, ese mimo año, también destino a las Bermudas. Tuvimos suerte. El casco quedó muy abollado, pero ni la ballena ni el barco sufrieron daños fatales. A los Robertson y los Bailey los echaron a pique sendas ballenas. Los cetáceos se alimentan cerca de la superficie por las noches, cuando asciende el plancton de mayor tamaño. Una ballena no habría reparado siquiera en el casco del Solo, que surcaba silenciosamente la superficie del ruidoso oleaje. Un choque a diez nudos con una ballena no demasiado grande, de treinta y cinco toneladas, por ejemplo, habría bastado para causar ese tipo de destrozo a mi barco. La ballena probablemente ni se inmutó.

 Afortunadamente, Steven sobrevivió para contarlo gracias a la balsa salvavidas que llevaba y a su ingenio. También al equipo de supervivencia que pudo recuperar del Solo antes de que se hundiese del todo. En aquella balsa inflable llegaría a recorrer mil ochocientas millas náuticas, constituyendo una dramática historia de supervivencia en el mar, un perfecto ejemplo de coraje y superación, un recordatorio de que "cada día es un regalo y no un derecho".

Steven Callahan en su balsa salvavidas. A la deriva (Capitán Swing, 2019)

La mañana del 8 de febrero la tormenta parece amainar ligeramente. Las olas continúan cayéndonos encima, algunas de cinco metros de altura e incluso más. Sin embargo, han desaparecido los rizos de espuma y el oleaje no embiste contra la balsa tan a menudo. Oteo el páramo líquido. No hay oasis, no hay agua que beber ni palmeras que den sombra. Como en el desierto, aquí puede encontrarse vida, pero es una vida que se ha desarrollado a lo largo de milenios para sobrevivir sin agua dulce.
***
En mi mente se dibujan fantasías en torno a la comida y la bebida, y mi imaginación vuelve una y otra vez al Solo, a toda la fruta, los frutos secos, las verduras y los litros y litros de agua dulce que transportaba en él. Me veo abriendo armarios y sacando comida. Hago planes de nuevo para salvar el barco, para trasladar los víveres a la balsa, para achicar el agua, para reflotarlo y volver a navegar en él.
 ¿Y si no me hubiera separado de él? ¿Y si no hubiéramos dejado las Canarias? ¿Y si…? ¡Para ya! No está. Se fue. Tu barco se fue. Concéntrate en el ahora, en sobrevivir.
***
El tiburón nada despacio alrededor y se sumerge bajo la popa. Se gira y, bocarriba, muerde uno de los lastres, haciendo que la balsa se agite cada vez que da una sacudida con su abdomen de tres metros. Benditos lastres. El tiburón quizá termine haciendo un agujero en el suelo, pero eso no dañará los flotadores, al menos no por ahora. ¿Debería probar a dispararle y arriesgarme a perder el arpón?
***
Han aparecido una variedad de peces más pequeños. Miden unos treinta centímetros de largo y tienen unas bocas pequeñas y apretadas y unas aletitas que parecen pequeñas manos en la parte superior e inferior del cuerpo. Veo sus grandes ojos redondos moverse de un lado a otro mientras se lanzan a toda velocidad bajo la balsa y picotean el fondo con sus poderosas mandíbulas. ¿Están intentando comérsela?

Leyendo A la deriva, de Steve Callahan en la playa. Málaga, julio de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez


Nota: Mil gracias a Alejandro Simón Partal por compartir ese poema inédito con todos nosotros.

miércoles, 3 de julio de 2019

MONTAÑAS DE PAPEL Y TELA


Mateo Maté (Madrid, 1964) es un artista conceptual que, entre muchísimas otras cosas, construye y fotografía montañas de papel o tela. De manera sui géneris recicla los periódicos que acumula, construyendo con sus páginas formaciones montañosas de gran belleza.

Paisaje (20 de noviembre de 1975). Obra de Mateo Maté
Fotografía, 60 x 100 cm

 Otras veces levanta los pliegues de las sábanas y la funda nórdica para crear valles y cordilleras que fotografiar. Imágenes que son pura poesía.

Desubicado, 2002. Obra de Mateo Maté
Fotografía, 56 x 60 cm

 Cuando esa orografía efímera permanece más allá de la imagen fotográfica, y pervive encerrada en una caja de metacrilato, adquiere el marchamo de escultura.

20 de noviembre de 1975. Obra de Mateo Maté
Escultura de papel de periódico
Imagen: Freijo Gallery, Madrid.

 Y por si todo esto fuera poco, tiene también Mateo Maté una funda nórdica de curvas de nivel y equidistancias que revela los relieves ocultos de nuestra cama y que hace que, a los que amamos los mapas, nos den ganas de arroparnos con ella.

Cama, 2003. Obra de Mateo Maté
Edición impresa, 70 x 88 cm

 Sin duda, Mateo Maté ha sido un feliz descubrimiento.