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jueves, 14 de marzo de 2024

EL IMPULSO NÓMADA


El impulso nómada, de Jordi Esteva (Galaxia Gutenberg)
Fotografía: Pedro Delgado

 

«Un día me iré y no me veréis más.» De niño, pronunciaba estas palabras como si a fuerza de repetirlas lograra elevarme por encima del angosto valle. Gracias a los atlas, a los libros de geografía y a los mapas, me aislaba del mundo gris que me rodeaba y viajaba sin salir de la habitación. No sabía entonces que, al igual que los insectos que me fascinaban, un día conseguiría rasgar la seda que me atrapaba para desplegar las alas y volar siguiendo el impulso nómada que había germinado en mí y que se haría añicos la noche en que la policía secreta egipcia irrumpió en mi habitación de los Oasis poniendo fin a mi sueño.
Jordi Esteva, El impulso nómada

 

Las líneas de este texto maestro trazan un círculo, y dentro de esa circunferencia, de esa serpiente que se muerde la cola, se encuentra la vida del más auténtico de los viajeros que han nacido en este país, alguien que, de haber venido al mundo en otro lugar, tendría la talla o la consideración de un Bruce Chatwin.

 Jordi Esteva es el autor de Mil y una voces (El País/Aguilar), Viaje al país de las almas (Pre-Textos), Los oasis de Egipto (RM), Los árabes del mar (Península) y Socotra, la isla de los genios (Atalanta); sin embargo, me inicio en su obra literaria a través de sus memorias, editadas por Galaxia Gutenberg en dos volúmenes, el primero de los cuales acabo de terminar. Lo he leído durante meses de la misma manera que mi amiga, la escritora mexicana Lorel Manzano, lee a Dostoievski: a sorbos, porque no quería que se terminase.

 Siguiendo a pie juntillas la cita que aparece en la página de dedicatorias, los recuerdos del fotógrafo, escritor y cineasta Jordi Esteva irán brotando página a página como surgen «los borbotones de una poza que desde lo más profundo terminan por alcanzar la luminosa superficie».

[...] en el tejado de Villa Rosa, la casa de la abuela en el pueblo de El Figaró, junto a mi hermana Rosa y a su amiga Mari Nuri, nos tendíamos a mirar fijamente las estrellas.
 Buscábamos el Sputnik 2 de los rusos en el que viajaba Laika, la perrita astronauta, a la que suponíamos mirando atenta a la Luna o quizá observando la Tierra desde las alturas. No sabíamos que el pobre animal había muerto a las pocas horas del lanzamiento. Durante décadas, las autoridades soviéticas silenciaron que aquel veloz punto luminoso en el cielo era en realidad su sarcófago.
Laika en el Sputnik 2
Fotografía de El impulso nómada
***
 Un día viene un misionero que nos pasa películas rodadas por él mismo en el Alto Volta, la actual Burkina Faso. Me impresiona el poblado de chozas cónicas de palma; las mujeres, envueltas en vistosas telas, pilando grano con los niños sujetos a la espalda; las ceremonias de máscaras y los altos zancos sobre los que se sostienen los danzantes. Otro día nos llevan a una exposición sobre las misiones de los franciscanos en China. Me llaman la atención las fotografías de los fumaderos de opio con hombres de rostros consumidos por el láudano que aspiran de largas pipas y las imágenes de las calles de un vetusto Hong Kong en las que los culíes descalzos tiran, como animales de carga, de rickshaws cargados de dos o más pasajeros. Pero sobre todo me inquieta la imagen de los presos en taparrabos arrastrando penosamente una gran barcaza desde una orilla del río Amarillo, vigilados por capataces con látigos. Tiran de sogas sujetas a la frente con una banda. Sus cuellos y sus rostros se muestran tan tensos que los músculos parecen romperse y las venas a punto de explotar.
Fumadero de opio en Hong Kong, 1890
Fotografía de El impulso nómada
***
 Mi padre anuncia que han abierto un nuevo negocio en el edificio, el bar Cristal. Pronto cogerá solera porque también es librería y bajo mano se venden libros prohibidos en aquella época. Un día, me trae un gran ejemplar que nada más hojearlo me fascina y todavía conservo. Se llama Les merveilles du monde y tiene fotografías a dos páginas de los templos de Angkor invadidos por la jungla, con sus estatuas estranguladas por raíces de inmensos árboles, la sorprendente Esfinge junto a las pirámides y la interminable Muralla China. Comienzan a despertarse en mí las ansias de partir. El impulso nómada.
Maravillas del mundo (Círculo de lectores, 1968)
Fotografía: Lucía Rodríguez 
***
 A Rosa y a mí nos fascinaban los zíngaros. Cada verano llegaban al pueblo con sus carromatos y acampaban junto a la Font dels Gitanos durante unos días. Nos encantaba observar a escondidas cómo, en el claro del bosque frente a la fuente, cortaban leña, encendían fuegos o cuidaban de los osos, que llevaban sujetos con una argolla que les taladraba la nariz. [...] Los zíngaros leían la mano o hacían bailar a sus bestias a cambio de unas monedas. Eran odiados porque eran libres y diferentes. [...] Siempre traían consigo grandes bobinas de celuloide, y al anochecer, en la plaza de la iglesia, proyectaban sobre una sábana un sinfín de maravillas, como El ladrón de Bagdad o Las aventuras de Simbad el marino. [...] Los gitanos, sin duda, estimularon en mí las ganas de escapar de aquel mundo que me ahogaba. [...] soñaba con que un día me raptarían para deambular por esos mundos de Dios, al cuidado de los osos o de los robustos percherones, durmiendo hoy aquí y mañana allá hasta llegar a algún puerto donde embarcarme como grumete en un velero árabe como el de las películas que proyectaban en la plaza del pueblo. Deseaba que me llevaran aquellos marinos de amplios bombachos y vistosos turbantes lo más lejos posible de aquel triste valle donde apenas penetraba el sol. Vivir mil aventuras en mares cálidos y ciudades de alminares y palmeras, y jamás regresar.

 Y sin él sospecharlo, cada uno de sus recuerdos libera los míos desde el fondo oscuro de la poza: los veranos en Casarabonela; las charlas de los padres agustinos, sobre todo del padre Samuel, acerca de las misiones o el impacto de la muerte del padre Moisés arrastrado por las aguas del río Tabasará cuando iba a atender a una comunidad indígena en Panamá; los libros que traía mi padre a casa y que también despertaron en mí ese impulso nómada, como ese Maravillas del mundo (Círculo de lectores, 1968) al que se hace referencia Jordi Esteva, y Viajes sin fronteras (Selecciones del Reader's Digest, 1971), poblados de lugares fascinantes que luego he ido a buscar, o Los intrépidos. Aventura y triunfo de los grandes exploradores (Selecciones del Reader's Digest, 1978), que junto a la colección de tebeos Grandes viajes de Novaro, despertó en mí el gusto por la exploración e incentivó mi afán de aventuras; los gitanos que hacían bailar a la cabra bajo el balcón de casa y la voz de mi padre diciéndome que aquellos zíngaros venían de la India.

Viajes sin fronteras, Maravillas del mundo y Los intrépidos
Fotografía: Pedro Delgado

 Como Jordi, yo también soñaba con los atlas y los libros de historia y con las muchas películas que veía en el cine y los clásicos de la literatura juvenil que leía en los tebeos. Aventuras a las que luego jugaba con mis hermanos o con mis muñecos de plástico. Al igual que él, me disfrazaba de indio o de lo que se terciara.

 Tal como habíamos visto hacer los sábados en el cine del casino del pueblo, examinábamos las huellas de las pisadas y las ramitas quebradas. «Los sioux están a varias lunas», decíamos sin saber qué significaba exactamente. Y colocábamos la oreja en los raíles del tren para determinar a qué distancia se encontraban los vagones de la Well's Fargo que pensábamos atacar. Éramos apaches, derviches malayos, beduinos, salteadores de caminos, gladiadores, filibusteros, cualquier cosa que hubiéramos visto el sábado anterior en el cine del pueblo y que estuviera en contra de los ejércitos de ocupación o fuera de la ley.

 Todo aquel cine de aventuras, junto a los tebeos, los álbumes de estampas, sellos y billetes del mundo y «los libros de geografía ilustrada, con sus fotografías de esquimales, pigmeos, papúes o los árabes de Zanzíbar» me llevó a pensar en el viaje como una aventura. «Viajar era partir en busca de los sueños de la infancia».

Yo era feliz porque estaba cumpliendo uno de mis sueños de niño. Había conseguido penetrar en una de mis queridas láminas de la biblioteca de mi infancia.

 Como él, yo también quería recorrer el mundo, meterme en esas fotografías y en las páginas de esos libros, sentirme uno de esos personajes de la literatura o el celuloide.

 El Atlas marroquí, Túnez, Líbano, Siria, Turquía, Irán, la India, Cachemira, Ladakh, Nepal, los países y las regiones iban apareciendo en las páginas y, sin querer, me veía haciendo comparaciones. Disfrutando de sus aventuras, pero evocando a la vez las mías en esos lugares. Por edad, yo viajé a esos sitios 15 o 20 años más tarde que él. Pero lo hice de la misma manera, con una mochila a la espalda, durmiendo a la intemperie o en cuartos compartidos, pensiones, hostales baratos o casas de gentes hospitalarias, haciendo autostop o cogiendo transportes locales. Así que lo sentía como uno de los míos. O mejor dicho, me sentía como uno de los suyos. No sé quién dijo que «un libro existe en virtud de la conversación que suscita, los recuerdos que evoca y las emociones que libera». Qué cierto es.

 Compartíamos además la fascinación por el mundo islámico, acrecentada en mi caso por el tiempo que ejercí de guía en las montañas del Atlas.

Al día siguiente, subí al conocido Marrakech Express, famoso por la canción de Crosby, Stills and Nash, para seguir después en el destartalado autobús que atravesaba las carreteras nevadas del Atlas. Paré en un poblado encajonado en un valle entre montañas resecas, de cumbres aún cubiertas de nieve. Un arroyo bajaba crecido y, entre bancales de frutales, había dispersas casas de adobe. Unos niños que guardaban unas pocas cabras me saludaron y al poco rato distinguí a lo lejos una figura que corría a mi encuentro lanzando, en el frío de la tarde, abundante vaho por la boca. Por unos momentos creí que se trataba de mi amigo, pero pronto distinguí a un sonriente pastor que me preguntó en un francés básico si me dirigía a la casa de los nasrani o nazarenos. Me contó que le gustaba ocuparse de ellos porque eran como niños, que se pasaban todo el día fumando kif y que si no fuera porque de vez en cuando les llevaba comida estarían muertos.
 Me acompañó a una modesta casita de adobe rodeada de un vergel que dominaba aquel pequeño valle. Los almendros espolvoreaban los bancales de flores blancas y rosas. Antes de despedirnos me señaló su casa y me dijo que sería bienvenido.
 Después de tanto tiempo sin verlo y de tan largo viaje, me extrañó que Miguel no mostrara alegría. Pronto comprobaría que andaba todo el día colocado y había perdido el sentido de la realidad.
 Era una comuna de seis hippies en la que había dos chicas. El deshielo ya había llegado y los riachuelos vigorosos de la montaña alimentaban el arroyo del fondo del valle. Comíamos naranjas del huerto y de vez en cuando aquel amable pastor nos traía un tayín de pollo con limones confitados o ciruelas pasas a cambio de unos pocos dírhams. Pero me sentía solo. Estaban todo el día colocados y me ignoraban, excepto la holandesa Monique, que desde el primer momento se sintió atraída por mí y yo trataba de esquivarla con delicadeza. 

Jordi Esteva en el Atlas marroquí
El impulso nómada (Galaxia Gutenberg)
Fotografía: Lucía Rodríguez

***
En el verano de 1972, Marta Sentís y yo decidimos viajar al Norte de África. [...] Cogeríamos un viejo Land Rover de mi padre, que languidecía en un garaje. Teníamos algo de dinero ahorrado y decidimos que no pagaríamos ni una sola noche de hotel o pensión. Dormiríamos al raso y, en caso de lluvia, en el coche. A los quince días tomamos el transbordador de Almería a Melilla y nos adentramos en Argelia, visitando Orán y la casba de Argel.
[...] Argelia nos impactó. Quedamos maravillados ante las majestuosas ruinas romanas de Timgad, fundada por el emperador Trajano en una interminable llanura de colores dorados y rodeada de montañas que se tornaban violetas al atardecer. Creíamos encontrarnos en un lugar encantado de luz blanca y sombras violentas cuando llegamos a Biskra, la ciudad de adobe rojo donde André Gide vivió amores entonces inconfesables.
Marta Sentís y Jordi Esteva en el Sahara argelino
Fotografía: Archivo personal de Jordi Esteva (1972)
[...] Entramos en Túnez por el lago de sal cristalizada de Chot el Yerid, que se tornaba rojo al atardecer y, tras interminables horas en la frontera, nos adentramos en Libia. Nos extasiamos ante las ruinas de la ciudad romana de Leptis Magna, con sus anfiteatros, los baños termales que aún conservaban las piscinas frigidaria y caldaria, incluso las letrinas de mármol y los canalillos de agua junto a los pies para lavarse y el extenso mercado, con los quioscos, también de mármol, casi intactos. Era una maravilla pasear entre los restos de la ciudad de la que fue oriundo Septimio Severo, una de las mejor conservadas de todo el Mediterráneo. Pasamos la noche en el antiguo puerto romano, compartiendo con los guardas sus kebabs, acompañados del fluir de un plácido mar que rompía con suavidad en la playa haciendo entrechocar los guijarros. Uno de los vigilantes improvisó canciones beduinas acompañado de nuestras palmas mientras aparecía la luna tras el perfil recortado de los templos.
 Nos sumergimos en calas de aguas turquesa en las que, a escasos metros de profundidad, se vislumbraban columnas y muros de la época clásica. Llegamos hasta la Cirenaica atravesando una región montañosa de sabinas y matorrales. [...] Pero no pudimos llegar a Tobruk, famosa por el sitio que Rommel y su Africa Korps impusieron a los aliados, porque en aquellos primeros años de la Revolución Verde, Gadafi no permitía continuar hacia Egipto. ¡Tobruk! Cómo resonaba aquel nombre en mi cabeza desde aquella película en blanco y negro del cine Spring de la adolescencia, con soldados perdidos en el desierto y un cuartel general junto al mar en un lugar misterioso y polvoriento.
 La Libia de Gadafi era un país joven. Hacía tan solo cuatro años que el coronel había derrocado al rey Idris, miembro de los sanusi, la cofradía sufí que en el siglo XIX conquistó los oasis del desierto líbico. Gadafi depuso la monarquía impuesta por los británicos.
 En aquel viaje descubrí que a menudo me interesaba más la gente de los lugares que las bellezas naturales o las ruinas históricas. Venía de la universidad tardofranquista, que permanecía cerrada la mayor parte del año y en la que había perdido toda ilusión. Quería aprender por mí mismo. Estaba convencido de que la gente sencilla en apariencia, sobre todo los ancianos, tenía muchas cosas que enseñarme. Mi curiosidad era, en la mayoría de los casos, bienvenida y correspondida con creces. Nunca sentí la animosidad que otros viajeros, en parecidas circunstancias, decían haber percibido. A las pocas semanas tenía una idea muy distinta del Norte de África y de sus habitantes. Aprendí más de la vida en unos meses allí que en años de universidad.
***
Divisamos Alejandría cuando comenzaba a clarear. La ciudad emergía del mar como una aparición con los cristales de los edificios del puerto incendiados por la primera luz del sol. La policía de fronteras subió al barco para pasar los controles. Muchos pasajeros intentaban colarse o escapaban por las ventanas y los policías les aporreaban sin contemplaciones. Cuando por fin nos llegó el turno, nos negaron la entrada a Egipto con el Land Rover porque no disponíamos del Carnet de Passage, documento imprescindible para poder circular en determinados países. Nosotros no sabíamos nada de aquel papeleo. Éramos unos ingenuos que pretendíamos recorrer el Nilo, llegar al Sudán, continuar por Etiopía y acercarnos quizá al mar Rojo. Por unos momentos nos miramos con pánico. ¿Qué haríamos entonces? ¿Regresar a Libia? Uno de los oficiales egipcios nos sugirió que continuáramos hasta Beirut, el próximo puerto en el que recalaría el Al Sudan. No nos quedaba otra opción que continuar en el mismo barco.
***
La India era la meta de muchos jóvenes inquietos de la época, que emprendían el viaje utilizando transportes públicos, camionetas Volkswagen o destartalados vehículos todoterreno. Otros viajaban en autobuses de colores, llamados Rainbow o Magic Bus, que salían de Londres, Ámsterdam o incluso de la calle Vergara de Barcelona y llegaban hasta Katmandú, la capital de Nepal.
 Se trataba de una peregrinación hippie que, al menos la primera vez, debía hacerse por tierra. Así como en los siglos XVIII y XIX el viaje a Italia para conocer sus maravillas artísticas y paisajísticas era considerado el Grand Tour por los inquietos de la época, la ruta de la India era el Gran Viaje de la segunda mitad del siglo XX.
Xefo Guasch, Jordi Esteva y Paco Escudé. Irán, 1973
Fotografía: Carlos Mir
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[...] fue como penetrar en un mundo de cuento. Encerrada entre altos muros se extendían a nuestros pies las ruinas de una gran ciudad de adobe, con sus callejuelas, palacios y mezquitas, incendiada por los afganos a finales del siglo XIX y que, desde entonces, había permanecido deshabitada. Bam fue una importante etapa de la Ruta de la Seda. Ferdousi cuenta en su libro que una princesa que hilaba algodón descubrió un gusano en la manzana que estaba mordisqueando. No lo quiso matar y, al cabo de un tiempo, vio sorprendida cómo tejía un capullo de seda. Admirado por el descubrimiento, su padre ordenó amurallar la ciudad para guardar el secreto del origen de las maravillosas telas de seda que con el tiempo se comenzaron a disputar los mercaderes.
***
A medida que nos acercábamos a Pakistán la vegetación se tornaba más escasa hasta desaparecer por completo. Cuando llegamos a la frontera, una construcción precaria junto a una barrera levadiza, los policías rodearon el Land Rover y comprobaron la matrícula. Nos metieron en un cuarto y el que parecía de mayor rango me preguntó: «Are you afghan spies?» (¿Son ustedes espías afganos?). Me sorprendió aquella pregunta y creí que se trataba de una broma. «Of course we are!» (¡Claro que lo somos!), contesté. La respuesta les puso muy nerviosos. Nos comunicaron que estábamos detenidos. Se quedaron las llaves del coche, el dinero y los pasaportes y nos encerraron en el calabozo del puesto fronterizo.
 Pasaban las horas y nos dijeron que las autoridades provinciales estaban de camino para interrogarnos. Intenté decirles que había creído que era una broma, pero ya no querían escuchar.
***
 Decidimos parar en un cafetín. En el interior del cubo de adobe, una decena de baluchis armados nos observaron como si estuvieran viendo visiones. En cuanto cruzamos el umbral, el más joven se llevó la mano al gatillo del kaláshnikov mientras otro, de barbas largas y ojos grises de mirada profunda, lo detenía. Tomamos un té rápido ante aquellos orgullosos hombres que nos escudriñaban en silencio con sus ojos ribeteados de kohl.
 Regresamos a nuestro vehículo y, pasados unos metros, tras una curva, el hombre de los ojos grises se cruzó en medio de la carretera con su kaláshnikov. Frené en seco. ¿Qué podía hacer?
***
Tras la peregrinación proseguimos hacia el vecino Ladakh, que en el anterior viaje con el Land Rover no pudimos visitar por estar vedado el acceso. Desde el autobús, que nos llevaba por carreteras serpenteantes, contemplábamos inquietos los vertiginosos precipicios. Cada pocos kilómetros, unos carteles rogaban por el eterno descanso de los militares indios despeñados al vacío, lo que no contribuía a nuestra tranquilidad. También distinguíamos, desde las alturas, autobuses como el nuestro estrellados contra las rocas ochocientos metros más abajo. Continuamos ascendiendo por aquella carretera con tramos sin asfaltar y a veces tan estrecha que apenas permitía el paso de un único vehículo. En aquellas montañas remotas confluían antiguas rutas de caravanas. no quedaba muy lejos el afgano Nuristán, donde vivían los descendientes, decían, de los soldados de Alejandro Magno.
 Al anochecer, el autobús comenzó a descender hacia el fondo del valle, donde rugía furioso el río Indo. En la agreste población de Kargil los pasajeros descansamos en un dormitorio colectivo con decenas de charpoys. [...] El frío era intenso pero seco y me acurruqué en el saco de dormir, sintiendo en los pies la bolsa con el pasaporte y el dinero, tal como había aprendido a hacer en los vagones de tercera, cuando en las estaciones aparecían a través de los barrotes de la ventana unas manos que intentaban arramblar con lo que fuera.
 Cuando por fin llegamos a Ladakh, de población budista emparentada con la tibetana, decidimos recorrerlo a pie o con transportes locales y dormir en los monasterios. Recuerdo las miradas atónitas de los campesinos cuando nos encaramábamos a la caja de un camión y el rostro de sorpresa del chófer cuando golpeábamos la cabina para que se detuviera porque habíamos divisado una lamasería en lo alto de una montaña.
Jordi Esteva (Barcelona, 1951). Fotógrafo, escritor y cineasta
Fotografía: Archivo personal de Jordi Esteva
***
 Aquella misma tarde llegamos a Namche Bazar. Era el 20 de noviembre de 1975. La anciana sherpa que se ocupaba del albergue hacía girar su molinillo de oración mientras la radio escupía noticias en una lengua que sonaba parecida al hindi. «¡Franco!», distinguía de vez en cuando entre frases para mí incomprensibles. «¡Franco!», repetía aquella voz. Pero la mujer permanecía inmutable con sus rezos, que interrumpí para preguntarle por lo que estaban diciendo y, tras pegar el oído al viejo receptor, ladeó la cabeza para descansarla sobre su mano dando a entender que el tal Franco había muerto. El descorchar de botellas de champagne en España halló eco a miles de kilómetros y la anciana hizo el negocio del año con la barra libre de chang, el licor casero de arroz con que obsequiamos a todos los parroquianos.

 Los capítulos dedicados al Sudán, «el país de las películas de aventuras de la infancia, como Las cuatro plumas o Khartoum», y al Yemen me hicieron postrarme a sus pies.

[...] El segundo día, surgió de la nada un grupo de unos diez hadandaua, de tez tabaco, bellos rostros angulosos y abundante cabellera encrespada, a lo Jimi Hendrix, en la que clavaban un peine de madera en forma de tridente. Parecían sacados de los bajorrelieves de la Nubia. Portaban escudos y lanzas y se anudaban en el antebrazo un porta amuletos de cuero y un puñal, con el que no vacilaban en cortarse un pedazo de carne, o incluso amputarse un dedo, si les mordía una pequeña serpiente del desierto que produce una rápida necrosis. Aquellos hombres esbeltos se dirigían a las montañas de Erkowit, un lugar asombroso de acacias retorcidas entre rocas negras, cerca del mar Rojo, donde abundaban avestruces y leopardos.
 Los aguerridos hadandaua eran los fuzzi wuzzi tan temidos por los británicos durante la campaña contra el líder religioso El Mahdi, aquel visionario que se proclamaba como el último de los profetas. Pese a su inmerecida fama de pueblo cruel y fiero, su valor era tal que fueron ensalzados por Rudyard Kipling en un poema. Me parecieron acogedores, aunque reservados, con sus sonrisas que mostraban dientes blancos y perfectos.
[...] Al día siguiente, los hadandaua golpearon con insistencia las paredes de la caja del camión y se bajaron en una llanura de piedras brillantes en dirección a un punto indeterminado de la inmensa nada. Pasadas unas horas llegamos a Sauakin, donde nos apeamos. Era el antiguo puerto de los árabes del mar, situado en una isla pegada a la costa, abandonado por el poco calado de sus aguas en beneficio del cercano Port Sudán. Lo que había sido un próspero emporio era hoy un laberinto en ruinas de mezquitas, almacenes y palacios de piedra blanca de coral, habitado por el viento, el salitre y los yenún. Allí conocí a un viejo mercader que me propuso viajar al puerto de Moka, en la orilla yemení del mar Rojo, en busca de los árabes del mar.
***
Recuerdo Thula, una población en la montaña donde las azoteas de sus altas casas servían de almacén para la madera y el trigo. Estaba rodeada por una muralla de piedra con una descomunal puerta que se cerraba cada día tras la oración del atardecer. El zoco, el más bello que había visto hasta entonces, era muy frecuentado al mediodía debido a la venta del qat, un potente narcótico de uso legal que paralizaba el país por entero a partir de las dos de la tarde. Antes de la oración del atardecer, sacaban a pasear a los presidiarios, para escarnio suyo y advertencia a la población. Avanzaban por las calles arrastrando bolas de hierro y, por si no fuera suficiente, con grilletes que les desollaban los tobillos. Los niños se burlaban de ellos, y cuando los prisioneros se les acercaban, huían despavoridos y les tiraban piedras desde lejos. En un molino del zoco, una camella con los ojos tapados tiraba durante todo el día de la gran rueda de piedra. Con toda seguridad llevaba años haciéndolo, sin haber vuelto a ver jamás su querido desierto ni a otros camellos. Thula era un lugar bello y en cierto modo cruel en el que tan solo los cables eléctricos que taladraban antiguos arabescos y muros nos indicaban en qué siglo estábamos. Era un país cerrado y feudal. El gobierno central de Sana no dominaba todo el territorio y en muchas regiones eran los jeques locales quienes ostentaban el poder. Sus soldados controlaban las carreteras y a menudo retenían a los taxis colectivos y les hacían pagar una mordida, o secuestraban a funcionarios o a hombres vestidos de paisano sospechosos de ser militares del Gobierno. Nosotros fuimos retenidos, varias veces y en una ocasión por más de un día. Trabamos entonces una cierta amistad con la soldadesca de un jeque local y les hacía mucha gracia que empuñáramos sus armas, en especial los kaláshnikovs.

El autor con un soldado del jeque rebelde de Thula
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Las historias sobre Egipto que le contaba su padre, lo llevaron a fijar su atención, de manera muy especial, en ese país, donde terminaría viviendo cinco años. Un tiempo fascinante y complicado, con una encarcelación incluida, que Jordi Esteva nos cuenta en el último tercio del libro con ese estilo suyo de narrar que hace que no nos pesen las casi quinientas páginas del libro.

 Me fascinaban las historias de Egipto que nos contaba mi padre. A mediados de los cincuenta, había viajado a aquel país invitado por un hombre de negocios de Alejandría que quería exporta algodón profiláctico, y le propuso a mi padre, que en aquella época distribuía productos farmacéuticos, que le ayudara a entrar en el mercado español [...].
 Mi padre nos embelesaba con sus historias de las pirámides. Nos suscribió a la revista El Correo de la Unesco, que cada mes traía noticias y fotografías de los templos que quedarían inundados, si la comunidad internacional no actuaba, con la construcción de la presa de Asuán. Recuerdo los fines de semana estivales cuando, al llegar de la ciudad a Villa Rosa, hacía sonar el claxon y nosotros nos lanzábamos a su cuello preguntando por la revista.
 Las fotografías de aquellas maravillas nos sorprendían a mi hermana Rosa y a mí. ¡De modo que aquellos colosales monumentos existían! Teníamos reproducciones en yeso de las pirámides y de la Esfinge, hechas con el mayor cariño por el senyor Mestre, carpintero del pueblo de Teià, guardadas celosamente en cajas de zapatos y que cada Navidad colocábamos en un extremo del pesebre [...].
 Un invierno mis padres nos llevaron a ver Los diez mandamientos y disfrutamos con cada minuto de aquella superproducción de Cecil B. DeMille, que nos mostraba aquel país de ensueño surcado por el Nilo, rodeado de palmeras bajo un cielo siempre azul o cuajado de estrellas. Ahora, mientras escribo, revivo la emoción de cuando mi padre traía colecciones de sellos con las imágenes de los monumentos de la Nubia que, como Moisés, iban a ser salvados de las aguas. Tampoco olvido el reportaje en la revista de la Unesco sobre el romántico templo de Philae, dedicado a Isis, que, antes de ser trasladado piedra a piedra, fue protegido con enormes diques de hormigón. En mi cabeza, Egipto era un lugar sobrenatural y mágico que sin embargo existía pues mi padre había viajado allí.
Maravillas del mundo (Círculo de lectores, 1968)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El autor nos advierte en la primera página de que probablemente estas memorias, estos dos volúmenes, serán lo último que escriba.

 Cuando ascendí a las cimas de Socotra tuve la sensación de que había cumplido mi propósito en esta vida. Aquella isla, perdida en el Índico, era el último de los lugares de mis ensoñaciones de infancia que me faltaba por recorrer. A menudo, pienso que tras este libro ya lo habré dicho todo.

 Y el lector que lo sigue o que lo seguirá a partir de este momento, no puede más que cruzar los dedos con la esperanza de que eso no sea así.

Nota: A veces, los astros se alinean para que uno pueda cumplir sus deseos, y este viernes, a las siete de la tarde, podré conocer en persona a Jordi Esteva, que viene a presentar el segundo volumen de sus memorias, Viaje a un mundo olvidado, a El Tercer Piso de la Librería Proteo de Málaga.

Jordi Esteva en El Tercer Piso
Librería Proteo de Málaga

 No se lo pierdan.

viernes, 1 de noviembre de 2019

ENTRE LOS BEREBERES. RECORDANDO A ALEXANDRA BOULAT


Artículo Entre los bereberes, un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos, escrito por Jeffrey Tayler con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España en enero de 2005. En la imagen, un bereber besa a su novia en una boda múltiple celebrada en Taarart, en el Alto Atlas oriental.

Hace casi cuatro años que escribí en este blog un entrada* en homenaje a la fotógrafa francesa Alexandra Boulat, fallecida en trágicas circunstancias el 5 de octubre de 2007, con 45 años de edad. Desde entonces llevo varios años pendiente de la efeméride para compartir con ustedes algo que guardo como un tesoro y que está relacionado con ella; y aunque este año se me ha vuelto a pasar la fecha, no quiero posponerlo más. Se trata de un National Geographic de enero de 2005 en el que viene un artículo (Entre los bereberes) ilustrado con fotografías de La Boulat. Las imágenes están tomadas en el Alto Atlas marroquí, y el texto está firmado por el estadounidense Jeffrey Tayler, del que tengo un libro sin leer en la estantería (En los reinos perdidos de África) al que espero hincarle el diente pronto.


Artículo Entre los bereberes, escrito por Jeffrey Tayler, con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España de enero de 2005. Texto de la imagen: Llamativas pinceladas de azafrán señalan a esta mujer de Zaouia Ahansal como la madre de un niño que va a ser circuncidado.


 Igual los de la National Geographic me dan un buen tirón de orejas, pero, como fui suscriptor durante muchos años y aún compro algunos números sueltos, me he tomado la libertad de transcribirles el relato con la fotos de Alexandra, añadiendo al final un enlace por si quieren subscribirse a la revista, algo que desde aquí les aconsejo.


Entre los bereberes

Un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos


Por Jeffrey Tayler
Fotografías Alexandra Boulat

Los dos pastores adolescentes surgieron de pronto, como un par de espectros, y mientras nos seguían desde el reseco lecho fluvial hasta el inclinado pedregal de la ladera, con el pelo desaliñado y los hombros cubiertos con embarradas capas de lana, nos observaban en actitud huraña y recelosa. Mis compañeros Driss y Khalid los llamaron en tamazight, la lengua bereber utilizada en las montañas del Alto Atlas, y sus palabras resonaron a través del cañón. Los pastores no respondieron. Pero al oír que Khalid se dirigía a Driss en árabe, intercambiaron una mueca de preocupación y descendieron la cuesta a toda prisa, lanzándonos miradas de temor. Con mi piel quemada por el sol y la mochila de colores, debí de parecerles un marciano, y Driss y Khalid, pese a ser bereberes, vestían ropa occidental y eran claramente forasteros, hecho que el árabe, una lengua que rara vez se oía en aquellas elevaciones, no hacía sino corroborar.
 Estaba a punto de desatarse una tormenta y empezaba a anochecer. Montamos pues las tiendas y entramos a refugiarnos justo cuando estallaba el primer trueno. Me tumbé, contento de tomarme un descanso.
 Pero no duró mucho. En una cresta cercana, silueteados contra las nubes de tormenta, aparecieron dos hombres de mediana edad armados con bastones. Empezaron a increparnos en tamazight, agitando las capas al viento mientras se acercaban a la ladera pedregosa donde estábamos. "Calmaos, por favor, sólo estamos de paso", les gritó Driss desde la puerta de su tienda.
 "¿Quién os ha dado permiso para cruzar nuestro valle?", vociferaron los hombres, blandiendo sus bastones.
 "El jefe de Bou Terfine –respondió Driss, en alusión a una autoridad local a la que habíamos visitado unas horas antes–. No pretendemos hacer daño a nadie. Se prepara una tormenta; os lo ruego, dejadnos acampar aquí esta noche."
 La referencia al cabecilla local sólo sirvió para aumentar su cólera. Tras calificarnos de intrusos, el más fiero de los dos dio un ultimátum: con o sin tormenta tendríamos que salir de su territorio, y rápido, o atenernos a las consecuencias.
 Nos faltaban 600 kilómetros de montañas por recorrer, y éste era un inicio de viaje muy poco halagüeño, aunque previsible dada la azarosa historia de los beréberes (ellos prefieren el nombre de amazigh, o "persona libre", pero el término bereber prevalece fuera de la región). Formado por unos 25 millones de individuos originarios del norte de África y hoy asentados en Marruecos y Argelia, se trata de un pueblo tribal étnicamente diferenciado que habitaba estos montes y desiertos miles de años antes de que la invasión árabe implantara el islam en el siglo VII.
 En los siglos subsiguientes a la conquista muchos bereberes tuvieron que desplazarse de las llanuras a las montañas, donde buscaron tierra cultivable, pastos para el ganado y, sobre todo, la libertad. Los bereberes de la planicie adoptaron las culturas, religiones y lenguas de sus conquistadores, entre los que figuran –además de los árabes– los romanos y los franceses. Pero los que se aislaron en las tierras altas lograron preservar su identidad, su idioma y, como yo mismo acababa de constatar, su independencia.
 Había iniciado la andadura cerca de Midelt, en el centro de Marruecos, y tenía previsto terminarla dos meses después en uno de los puntos más pintorescos del país, las cascadas de Imouzzer des Ida Ou Tanane, junto al Atlántico. La ruta debía llevarme a través del corazón de los dominios bereberes. Había contratado como acompañantes a dos hombres de esta etnia: Driss Hemmi, un afable guía de montaña de 30 años natural de Midelt, y Khalid Ouamer, un campesino de 23 años natural de una aldea cercana.
 Para transportar el equipo y las provisiones compré una dócil mula parda, cuyos ojos tristes y recias patas me confirmaron su capacidad de soportar las vicisitudes del trayecto. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos enfrentábamos a una prueba inmediata: los truenos retumbaban en la garganta, se cernía la oscuridad y unos pastores nos amenazaban con hacer uso de la violencia. Sugerí a Driss que les ofreciéramos dinero, el medio más usual de zanjar este tipo de disputas en Marruecos. El frunció el ceño. "Ya lo he intentado y no quieren escucharme." Entonces sacó su licencia de guía, se la mostró a los pastores y les comunicó que nuestra misión era atravesar el Alto Atlas. El documento pareció legitimar a Driss, y la explicación les apaciguó los ánimos.
 Tras acuclillarse frente a mi tienda, uno de los pastores conversó conmigo a través de Driss. Me explicó que, en 1992, llegó al paraje un grupo de extraños de habla árabe con planes de derrocar a Hassan II, a la sazón rey de Marruecos. Los conspiradores fueron capturados cuando el pastor y su familia alertaron a las autoridades. No es pues sorprendente que algunos beréberes sospechen de los desconocidos que hablan en árabe, en cuyas filas puede haber también funcionarios gubernamentales de las llanuras con las manos prontas a recibir un soborno.
 Me disculpé por haberles molestado y prometí que nos iríamos a la mañana siguiente. Sin esbozar ni una sonrisa, el hombre accedió y partió. Al cabo de unos minutos las nubes se condensaron, los rayos iluminaron los cerros y la llovizna se transformó en una cortina de agua. Intenté conciliar el sueño, pero los frecuentes pateos de la mula me despertaron.

Mapa con la ruta de Jeffrey Tayler por el Alto Atlas
National Geographic España, enero 2005

 Los bereberes viven repartidos por el norte africano, pero en ningún lugar la negación de su identidad ha sido tan sistemática como en Marruecos, étnicamente el más bereber de los países de la región. Aunque el 60 % de la población dice ser de ascendencia bereber y casi el 40 % conoce uno de sus tres dialectos, la Constitución marroquí inscribe a la nación como parte del África árabe, proclama el árabe como lengua oficial y obvia cualquier mención a los bereberes. Es éste un legado del nacionalismo árabe que impulsó movimientos independentistas durante la época colonial y que, en nombre de la unidad, ignoró e incluso reprimió las culturas y las lenguas de los pueblos no árabes.
 Durante la mayor parte de los trece últimos siglos, los macizos del Alto Atlas estuvieron en poder de caudillos armados bereberes que rehusaron someterse a los sultanes árabes que gobernaban las llanuras de Marruecos. De 1912 a 1956, cuando casi todo Marruecos era un protectorado de Francia, los galos designaron las montañas como distrito tribal y las dejaron bajo el control de adalides locales adeptos al régimen. El más famoso de todos ellos fue Thami el Glaoui, un tirano que sojuzgó a los bereberes del Alto Atlas. Pero la resistencia bereber nunca cedió, y los maquis, junto a con los rebeldes árabes de las ciudades, expulsaron a los franceses en 1956.
 Tras la independencia, el gobierno marroquí, de predominio árabe, adoptó en las montañas una política de no injerencia. En las ciudades, las protestas, la prensa clandestina, la enseñanza del antiguo alfabeto bereber, llamado tifinagh, y las consignas revolucionarias han sido otros aspectos de una incipiente campaña bereber en favor del reconocimiento cultural que se ha ido fortaleciendo con el tiempo.
 Los bereberes urbanos que encabezan este renacimiento son intelectuales que hablan más francés, idioma que ellos asocian a la cultura y los derechos humanos, que árabe, menospreciado por ser la lengua del opresor. Pero lo que realmente promueven es el tamazight, o bereber. En la última década del reinado de Hassan II (que acabó con la muerte del monarca en 1999) fundaron asociaciones lingüísticas y culturales, publicaron páginas web y periódicos, y en 1994 ya emitían noticias en bereber por la televisión.
 En marzo de 2000 varios centenares de intelectuales de esta etnia firmaron el Manifiesto Bereber, que da cuenta de la humillación y marginación sufridas por muchos bereberes como miembros de una minoría reprimida. En él se exige el desarrollo de las áreas rurales bereberes, el apoyo financiero estatal a sus instituciones culturales y la revisión de los libros de texto para que reflejen con rigor el papel desempeñado por su comunidad en la historia marroquí.
 El movimiento consiguió una victoria en septiembre de 2003 cuando, por primera vez, el gobierno de Marruecos autorizó el aprendizaje del bereber en casi un 15 % de las escuelas primarias del país y anunció el proyecto de ampliar la enseñanza en este idioma a todos los niveles educativos. No obstante, los activistas aducen que no es suficiente y presionan para obtener el pleno reconocimiento de su pueblo y su lengua vernácula en la Constitución. "Lucharemos pacíficamente para que se nos reconozca –me dijo Mohamed Chafik, padre espiritual del movimiento beréber marroquí–, pero si no se atienden nuestras demandas, la iniciativa podría radicalizarse. Los jóvenes podrían sublevarse."
 Quizás en las ciudades suceda eso, pero muchos bereberes de Marruecos viven lejos de cualquier centro urbano, en lo alto de las montañas, donde la sequía, la pobreza y la hambruna imponen a menudo su ley. Una de las finalidades de mi viaje era descubrir si el exaltado espíritu radical de los bereberes metropolitanos se había extendido a las montañas.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Absorta en la música, una mujer danza durante una boda en Taarart, donde hombres y mujeres se encuentran a cara descubierta. Comparadas con sus hermanas de otras partes de Marruecos, las mujeres bereberes de esta región gozan de una relativa libertad en sus relaciones con el sexo opuesto, en su modo de vestir y en la toma de decisiones domésticas.

 Ya los nubarrones de tormenta habían dado paso a un calcinante sol matutino cuando bajamos por un sinuoso sendero hasta una quebrada. Aquel barranco discurría hacia un distante promontorio en cuya cima se apiñaban las casas de piedra y adobe de la aldea de Tamalout, donde Driss tenía un amigo, un tal Hossein Ounaminou.
 Encontramos a Hossein cabalgando una mula esquelética por el camino que salía del pueblo. Era un hombre enjuto y barbudo entrado en la cincuentena. Bajo un raído turbante negro, sus cálidos ojos y una sonrisa medio desdentada transmitían su alegría por volver a ver a Driss y darnos la bienvenida a Tamalout. El lugareño se inclinó, nos estrechó la mano y después de cada apretón se besó las yemas de los dedos, conforme a la costumbre local. Driss le preguntó si podíamos hospedarnos en su casa. Y Hossein respondió que nada le complacería más. En la cultura bereber, la hospitalidad preside el más humilde de los hogares.
 En las afueras de la aldea pasamos junto a una era circular de unos 15 metros de anchura, en la que un robusto poste sobresalía entre la cebada recién segada. Tres jóvenes con turbante y blusón blanco se ocupaban de la trilla, apremiando con el látigo a media docena de asnos atados en fila al poste. Al avanzar por las mieses, los animales levantaban una polvareda que atrapaba los rayos solares como polvo de oro. En los campos circundantes de trigo y alfalfa, los hombres araban con mulas y cosechaban a mano.
 Al llegar al pueblo los niños me vieron y gritaron "¡Arrumi!" (¡Romano!), tributo improvisado a unos gobernantes que dejaron de existir 16 siglos atrás y el nombre con el que los bereberes se refieren aún a los occidentales.
 Hossein vivía en la típica morada de los bereberes del Alto Atlas, una casa achaparrada con las paredes de piedra y vigas de madera en el techo. La planta baja era un establo en el que cobijaba a su mula, una vaca y unos pollos escuálidos. En el salón del segundo piso había una deslustrada daga de bronce sujeta a un gancho; de otro colgaba un reloj parado a perpetuidad. Descoloridas alfombras de lana en tonos naranjas, rojos y verdes se superponían en el suelo. Hossein abrió las ventanas para renovar el aire, y al punto se colaron las moscas del establo. Después de ahuyentarlas nos recostamos en las alfombras y Hossein ordenó a unas mujeres invisibles, reunidas en otra habitación, que preparasen la comida.
 Al rato se sumaron a nuestro grupo Bassou, un vecino adolescente que llevaba pantalones vaqueros y un sombrero de fieltro negro, y las hijas pequeñas de Hossein, Itto y Hadda, que vestían blusas y faldas floreadas con leotardos de lana. (Itto es un nombre bereber que rara vez se oye en el Marruecos urbano, e incluso fuera del Alto Atlas oriental. Durante décadas las autoridades marroquíes prohibieron inscribir en el registro a niños con nombres bereberes, pero en los últimos años se han vuelto más tolerantes.) Pregunté a las niñas qué edad tenían, y ambas se encogieron de hombros. En el Marruecos rural no se considera importante llevar el recuento de los años. Itto aparentaba tener unos diez; su hermana Hadda parecía mayor.
 Bassou señaló al dueño de la casa. "Ni siquiera Hossein conoce su edad –dijo con jovialidad en árabe–. ¡Simplemente sabe que es viejo y senil!" Hossein me sonrió, aparentemente como si se hubiera quedado in albis. Para salir adelante en las ciudades, donde los hombres buscan empleo, los bereberes deben aprender árabe. Pero aquí en el Alto Atlas, donde la mayoría habla bereber, la soltura de Bassou en la lengua oficial le distinguía de los demás. Gracias a una beca cursaba estudios de secundaria cerca de Midelt, y estaba muy satisfecho. Aspiraba a usar su formación para escapar de la miseria de su pueblo y forjarse un futuro prometedor en la ciudad, aunque el acceso al trabajo en Marruecos, tanto para un bereber como para un árabe, con frecuencia no depende del talento sino de los contactos.
 Hossein nos trajo el primer plato del almuerzo, un cuenco de mantequilla rancia y pedazos de pan horneado en casa. Nos contó que tenía una vaca, pero que para ganar dinero se la alquilaba a un vecino acomodado, quien consumía casi toda la leche; que era propietario de un pequeño campo donde cultivaba cebada y trigo, y que recogía leña en el bosque de cedros colindante. Pese a dar gracias eternamente a Dios por su destino, Hossein era tan pobre y tan flaco como la mayoría de los bereberes con los que íbamos a toparnos a lo largo de nuestro periplo, y sería un hombre afortunado si podía conseguir la comida justa para alimentar a su familia.
 Mientras degustábamos el plato principal, un acuoso estofado de cebollas y carne de cabra servido en cazuela de barro, Hossein nos demostró que tenía al menos unas nociones de árabe.
 Nos explicó que hacía poco le habían citado para testificar en el juzgado contra un paisano acusado de talar ilegalmente en el bosque. A través de un interprete bereber-árabe, Hossein declaró en favor del encausado, pero entendía suficiente árabe para sospechar que el traductor, quien probablemente había sido sobornado, estaba tergiversando su testimonio de manera que condenaran a aquel infeliz. "Le expuse mi versión al juez con mis propias palabras", afirmó Hossein. El acusado salió absuelto.
 Hossein tuvo mucha suerte de contar con un traductor de oficio, una de las exigencias del Manifiesto Bereber. No obstante, en su afán de proteger a los bereberes de la discriminación por motivos lingüísticos, el manifiesto ignora otro problema capital: los marroquíes de habla árabe también se enfrentan a dificultades, especialmente en todo lo relacionado con el gobierno, donde está muy generalizado el uso del francés.

Fotografía Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Una fiesta anual a las afueras de Imilchil congrega a los bereberes de los montes orientales durante tres días de vorágine comercial en los que se venden desde mulas hasta teteras o cebada, el principal cultivo de la zona. Aunque presumen de ser autosuficientes, los beréberes de las montañas tienen que recurrir a los mercados para conseguir productos básicos que no encuentran fácilmente, como naranjas, azúcar y medicinas.

 A nuestra llegada a Imilchil, decidí que necesitábamos otra mula. Driss y Khalid visitaron el mercado dominical y compraron un hermoso macho de color ébano. Al igual que la otra mula, parecía lo bastante fuerte como para recorrer los arduos caminos que teníamos por delante. Partimos, adentrándonos cada vez más en las montañas rosáceas y de aspecto lunar que conducían desde Imilchil hasta la meseta de Kousser, la tierra de los nómadas bereberes.
 Cuatro días después alcanzamos la altiplanicie, un mar de ondulaciones pétreas y valles que nos dejó tan agotados como lo hubiera hecho cualquier montaña. Al ponerse el sol nos aproximamos a la única vivienda que veríamos en la meseta. La madre de familia, Fátima, salió envuelta en el baturrillo de paños multicolores que visten las nómadas de etnia bereber. Le pedimos alojamiento; circunspecta, nos invitó a pasar.
 Nos sentamos a tomar el té en la sala de estar, una habitación fresca situada al lado del telar en el que Fátima tejía alfombras con la lana de sus ovejas. Mientras su marido trabaja como jornalero en la cercana Zaouia Ahansal durante el verano, ella y Alí, su hijo de 15 años, se quedan en el monte para cuidar de sus pequeños hatos de cabras y ovejas, además de unos cuantos pollos. Una situación habitual que deja a las mujeres bereberes a cargo de la casa durante varios meses consecutivos.
 Fátima me había visto llegar a lomos de una mula, y ahora nos relataba que recientemente una muchacha se había caído de su cabalgadura y había muerto, ya que no había ningún médico en las proximidades para asistirla, ni tampoco forma de avisarlo. En el Alto Atlas escasean los facultativos y prácticamente no hay farmacias, teléfonos ni estafetas de correos, circunstancia nada sorprendente habida cuenta de lo abrupto que es el terreno. Pero los bereberes citan estas deficiencias como prueba de que el gobierno ha eludido desarrollar la región a fin de mantener todo el poder en sus manos.
 "Ningún rey ha subido nunca hasta aquí a ver cómo vivimos –denunció Fátima, tapándose el tatuado mentón con su pañuelo verde–. Nuestros representantes en el Parlamento sólo se dejan caer en época electoral para hacer promesas que jamás cumplen." Acto seguido emitió una letanía de quejas: los funcionarios de la administración local roban los fondos enviados desde Rabat para la construcción de carreteras (lo que la obliga a caminar cinco horas hasta la pista de tierra más cercana), el suministro de agua (el pozo más próximo está a una hora de camino) y la apertura de dispensarios (no hay más que un hospital en Azilal, a una distancia de diez horas). Y a estas carencias había que añadir la sequía.
 Fátima nos contó que durante el reinado de Hassan II, 300 bereberes se congregaron en Ouaouizarht para ir a Rabat y protestar por la desidia administrativa. El gobernador provincial envió soldados para detenerlos. La aparición del ejército dispersó a la multitud. Desde entonces nadie se ha atrevido a proponer otra acción similar.
 Al caer la noche Fátima encendió un quinqué y, mientras en la marmita bullía un estofado de patatas y pollo, se puso a trabajar en el telar. Nos había hablado sin tapujos, como suelen hacer las mujeres montañesas de su etnia. Pero incluso los bereberes que son francos en otros asuntos procuran evitar, a diferencia de Fátima, las críticas directas al rey y al Parlamento. Esperan muy poco de su gobierno, y no manifiestan el menor interés por el movimiento que afirma actuar en su nombre dentro de las ciudades.
 "El movimiento amazigh [bereber] es mera palabrería –sentenció Khalid–. En estos parajes a nadie le importa." Inquirí si estaba a favor de que enseñaran el bereber en las escuelas, y su respuesta fue negativa. "Los bereberes queremos mantener nuestra lengua en secreto, pero la gente de ciudad desea conocerla para hacer negocios en el campo." Driss disentía, y dijo esperar ilusionado el día en que todos los marroquíes aprendiesen bereber. Ambos hombres discutieron en el transcurso del viaje, lo cual tomé como un indicio de lo difícil que era que los bereberes rurales y urbanos se pusieran de acuerdo en nada, desde el Manifiesto Bereber hasta los turnos para lavar los platos.
 "¡Vaya a informar al mundo de la desgracia de los nómadas!", me encareció Fátima a las siete de la mañana del día siguiente, cuando comenzamos la última etapa de nuestro recorrido.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Las mujeres de Anefgou lloran la muerte de un anciano miembro de su comunidad. Ligadas al campo por la tradición y la falta de estudios, las mujeres llevan "el peso de la casa", según la investigadora de la GEOGRAPHIC Marisa Larson, que ha trabajado en la región con los Cuerpos de Paz. Ellas aran los campos y crían a los hijos, mientras que sus hombres se emplean cada vez más en las ciudades.

 Unos magníficos estratos verticales de piedra caliza anunciaban las cascadas de Imouzzer de Ida Ou Tanane, situadas encima del pueblo homónimo. Hacía 51 días que habíamos abandonado Midelt. Una vereda conducía hasta las cataratas, y Driss y yo la seguimos tras dejar a Khalid al cuidado de las mulas. Al llegar no nos encontramos con los espléndidos torrentes que había visto precipitarse en las fotografías, sino con un hilo de agua vertiéndose por el saliente rocoso en una balsa llena de musgo. La sequía que afectaba al Alto Atlas había incitado al gobierno a desviar el río para el riego, poco menos que dejando secas las cascadas.
 La escena encerraba cierto simbolismo. En nuestro viaje habíamos atravesado un terreno abrupto, tan reseco y desolado como solitario. La falta de lluvia y la miseria fuerzan a los bereberes a trasladarse de las montañas a las ciudades, donde necesitan el árabe para defenderse, y el francés, para prosperar, y donde adoptan la cultura urbana en un esfuerzo de integración. La hambruna, como había comprobado en mi caminata, amenaza más que ningún otro factor la cultura del Atlas.
 Miré a Driss, que tantas veces había expresado el deseo de ayudar a su pueblo. Si a las analfabetas gentes de las montañas no les interesa el movimiento bereber, con sus tendencias laicas y francófilas, los ciudadanos cultos como Driss lo encarnan a la perfección. Pero en nuestras últimas semanas de convivencia me reveló una esperanza más práctica: la emigración a Canadá. "En Marruecos no tengo futuro", dijo, refiriéndose al lamentable estado del turismo en su país.
 Naturalmente, los bereberes del Alto Atlas no tienen esa opción. A los millares que se mudan a las ciudades, Marruecos les ofrece una penosa existencia: chabolismo en los arrabales de Casablanca o Rabat y la batalla constante por unas monedas con las que sobrevivir. También a los bereberes que se quedan atrás les aguardan hambre y penalidades. Pero cuentan con la sólida roca del hogar bajo los pies, la tranquilidad absoluta y el orgullo inalterable de la "persona libre".

Fotografía de Alexandra Boulat publicada en la revista National Geographic España (Enero 2005). Texto de la imagen: Tras reencontrarse con su abuela en Taarart, este joven no tardará en volver a Rabat, donde deberá ganar dinero para mantener a su familia en el Alto Atlas. El futuro de los bereberes se apoya cada vez más en estos emigrantes. ¿Pueden ellos contribuir a la supervivencia de sus aldeas? Y, a medida que se adapten a la vida en la metrópoli, ¿abandonarán la cultura bereber… o alimentarán su renacimiento?

*Pueden leer el relato que escribí en homenaje a Alexandra Boulat pinchando sobre el siguiente enlace:
https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2016/02/homenaje-alexandra-boulat.html

Alexandra Boulat fotografiada por Jerome Delay (AP)

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Nota: La música del vídeo pertenece al libro CD Cantos y danzas del Atlas (Marruecos) de Miriam Rovsing Olsen, editado por Ediciones Akal en 1999 dentro de la colección Músicas del Mundo. Una verdadera joya que adquirí en la librería Áncora un 23 de febrero del año 2000, y de la que ya les hablaré otro día.

viernes, 11 de octubre de 2019

LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA


Fotografía: Pedro Delgado

Estamos de obra en casa. Tenía el pie lesionado y no iba a poder viajar este verano, por lo que decidí hacer frente a unas reformas largamente postergadas. Como decía el marinero Marlow en El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!".

 Cuando los obreros se van, el polvo se asienta y vuelve a reinar el silencio, me siento en la escalera con un libro y me traslado a Marruecos. Es un tomo voluminoso, primorosamente editado por el Centro Cultural Generación del 27. Lleva por título La baraka y otros textos marruecos (cuadernos del atlas, 1985-2017), y recoge toda la narrativa y poesía, inspirada en el país vecino, de Salvador López Becerra; una rara avis de nuestras letras como bien apunta el profesor Ahmed El Gamoun en la introducción.
Dentro del panorama literario español actual, Salvador López Becerra es una especie de rara avis sin par pues resulta muy difícil encajarlo dentro de una escuela o someterlo a los cánones literarios habituales, porque si en su acto creador nos encontramos a un profundo poeta, ajeno a modas y sectas pasajeras, también nos hallamos ante un fino y sensible etnógrafo, un genuino heredero de las escuelas orientalistas y africanistas, a un sufí, a un metafísico y a un discípulo de la mística cristiana. Así es, la escritura de López Becerra sintetiza, a la vez, todas estas identidades.
Salvador con el profesor, hispanista y traductor Moulay Ahmed El Gamoun
Interior de la mezquita Hassan II de Casablanca, 2019
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Conocí a Salvador López Becerra hace muchos años. Un amigo le había hablado de mi cuaderno de viajes En el corazón del Atlas, y quería que nos conociéramos. Nos recibió con té y dulces morunos en su casa de la Araña, y pasamos una tarde muy agradable hablando de literatura y viajes. Al comentarle mi predilección por la obra de Paul Bowles, me enseñó una fotografía en la que se les veía juntos.

Paul Bowles y Salvador López Becerra. Tánger, 1990
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Me dijo que lo había visitado en Tánger y que el estadounidense le había regalado una pipa de las que se usan para el kif. La sacó de una caja de madera, y cuando la sostuve entre mis dedos envidié al poeta. También recuerdo que sus hijos, Ángel Amín y Salvador Karim, estaban en casa. Eran unos críos como los míos. Hoy son adolescentes. Sin embargo, vuelvo a verlos infantes en esa fotografía de Fez tomada con letras.

Bab Buyulub, Fez. Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

Tras el hermoso pórtico de Bab Buyulub, Amín y Karim van y vienen; uno tras el otro, haciendo serpenteos, ondulaciones, eses de luz… corretean y ríen, despreocupados, alborotadores y felices.
 Desde la carretilla de turrones derretidos de Abdelaziz hasta la extenuada portezuela de la pensión Mauritania, desde el destartalado bakalito de Abdel hasta el mugroso puesto de sfenj de Hassan, todo el mundo los mira: la recua de turistas de forma circunspecta y los habituales atentos por evitar un empellón. Nadie les riñe ya que tal vez intuyan o sepan que todo el poder les pertenece pues son hijos auténticos de Al-Ándalus.
 Estos chiquillos míos que se desternillan mientras los vencejos inauguran la tarde, que llevan los pantalones a medio caer, las manos negras y las camisas desfondadas con lamparones de chocolate y miel, son niños de verdad; como los de la primigenia medina, acariciados y educados por los ángeles de la libertad y no por la schuma.
 Jadeantes, dando zapatacillos de fatiga, con parsimonioso movimiento en los brazos caídos, encendido los rostros de amapolas y sereno mirar cansado, cual titanes en lento desfile después de una extenuaste victoria, se acercan a pedirme unos zumos de naranjas recién exprimidas y los dirhams de costumbre para entregarlos a los menesterosos ciegos, olvidados de toda justicia, con los cuales tropezaron, sin querer, mil veces mientras jugaban, una tarde más, en el corazón de Fez.

Ángel Amín y Salvador Karim en el mercado que hay tras Bab Buyulud (Fez)
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Tras aquel encuentro asistí a un curso de árabe dialectal (darija) que organizaba Salvador López Becerra en la mezquita de calle La Unión. Unas lecciones que pude poner en práctica durante mis viajes por Marruecos pero que, lamentablemente, hoy ya tengo olvidadas.
 Después de aquellos días coincidimos en algún acto cultural, pero pocas veces, pues Salvador marchó pronto a Marruecos para encargarse de la dirección del Instituto Cervantes de Fez y de los aularios de Mequinez, Nador, Alhucemas e Ifrane, y luego a Brasil como director del Instituto Cervantes y Cónsul para asuntos de Educación de Curitiba. Aprecio a Salvador y creo que él también me aprecia. No sé si porque conoce a mi padre, el también poeta Francisco Delgado Acosta, o porque aquel día, ya lejano en el tiempo, en el que nos conocimos, vio en mí al joven apasionado por Marruecos que él había sido, al poeta que creía haber encontrado su lugar en el mundo. Y ahora que ha vuelto a Málaga para quedarse, hemos retomado el contacto a través de este libro, cuya fotografía de portada es obra de un fotógrafo callejero de la ciudad de Mequinez.

La baraka y otros textos marruecos de Salvador López Becerra
Fotografía: Lucía Rodríguez

¿De dónde viene la foto de la portada de La Baraka y otros textos marruecos?
Fotógrafo callejero en Bab Mansour el-Aleuj. Mequinez, 1997

Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

 Me gusta su prosa poética, sus cuadernos, sus diarios, sus reflexiones, retratos, esbozos y apuntes sobre/desde Marruecos.
Aquí, en Tánger, las gaviotas juegan en el puerto a ser cometas, sin más sujeción que el hilo invisible que el aire zurce en el reverso de sus alas cenicientas.
*** 
Los santones más humildes, aún muertos, dan de comer a la pléyade de menesterosos que apostados en los alrededores de su morabito esperan la llegada de los creyentes que en visita vienen a la búsqueda de su bendición. No hay mayor santidad que la ejercida incluso después de la muerte.  
*** 
¿Qué belleza podrá tener en un futuro este lugar cuando todos se vistan como en el lugar de donde vengo huyendo?
*** 
Abdelkrím es un búho, casi nunca, si no le preguntas, habla; y si lo hace, lo hace con monosílabos. Algo le ha tenido que ir mal en el generoso consulado francés pues hoy está muy hablador y filosófico: –"El pasaporte marroquí no vale nada, un conjunto de páginas vacías, vacías de contenido".
Y el acierto que tiene a la hora de seleccionar las citas que abren sus escritos.
Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
León Tolstoi 
Todas las cosas se nos ofrecen con dos rostros: uno para alabar y otro para maldecir: de la miel podemos alabar su dulzor y detestarla como excremento de las abejas.
Ibn Al-Jatib  
Mira Sancho, que lo importante no es la posada sino el camino.
Miguel de Cervantes 
Soy la bofetada y la mejilla. 

Charles Baudelaire
 Algunas de las piezas de sus diarios son como pequeños fogonazos, como aquellas películas de Super 8 que filmaba mi padre, y que conserva en sobres amarillos con el membrete rojo de la casa Kodak. Instantes que te transportan en el tiempo y en el espacio.
Las gaviotas festejan y asedian con alboroto el arribo de una longeva traíña verdusca de colmado vientre, externas heridas curadas con alquitrán y ronco surcar jadeante. Intrépidas bornean y sobrevuelan, casi a ras, las multicolores gorras y cachuchas desteñidas con las que los marengos yebalíes cobijan seso e ingenio.
 Cansados, soñolientos y con los huesos entumecidos por el relente y el salitre no prestan atención al estrepitoso claqué de los tercos picos de las nerviosas gavillas carroñeras. Abatidos por la nocturna brega, estos humildes pescadores (hijos desabrigados de la tierra) sólo desean llegar a puerto, sorber un azucarado té humeante, fumar su pipa de kif o disfrutar de cópula con hembra sumisa en modesto tálamo. Después… tal vez hostigar el insomnio, otra pipa y divagar; o soñar o maldecir.
 Fragmentos a los que doy continuidad en mi cabeza.
(Gendarmes en la carretera) 
Son como lagartos aletargados sobre la chapa gris de su jeep. Cuando ven a lo lejos un coche moverse en la negritud del asfalto parecen despertar del sueño. Cuando me aproximo –¿Acaso no soy un espejismo?– ya están desperezados en busca de la presa fácil que le dará la cuña, más cuando ven la oficial matrícula de mi coche, vuelven lentos (cual chuchos aburridos estirándose) a poner sus codos, reclinando el cuerpo, sobre la chapa, todavía calentita, del coche.
 También me gusta su definición del Atlas y que tenga protagonismo en tantas páginas del libro.

Salvador en una población cercana al lago Aguelmame Aziza (Atlas Medio)
Fotografía: Archivo personal del poeta

El Atlas es la espina dorsal, la pétrea columna vertebral de Marruecos. Pero es la zona más raquítica, médula cuya sustancia se licúa en soledad y abandono.
***
(Imilchil) 
Si no fuera por esa pandilla de fantoches con ínfulas de aventureros como definió una vez Alberto Vázquez Figueroa a los de los 4 x 4, el festival de los esponsales de Imilchil seguiría fiel a sus orígenes. La culpa no es de ellos sino de la autoridad incompetente que para "atraer" turismo cambió las fechas y alfombró con alquitrán los caminos. Antes de la avalancha de estos aventureros del gps y la torpeza de los responsables políticos todavía podían vivirse jornadas genuinas. La mejor época ahora para ir a este "Tíbet marroquí" es cualquiera, menos en las que se celebra el profanado mussem que rememora en el Alto Atlas el amor de Tisli e Isli, la mítica leyenda de amor bereber.
***
(Imlil)
 De nuevo, una y otra vez, pese haberme visto bajar de allí, me ofrecen subir a las montañas para ver las cascadas. Cansado, sin decir siquiera adiós al Toubkal, me marcho observando cómo el agua del río Ourika inundó, una vez más, muchas viviendas del valle. Es indudable que el dinero de las inversiones se achica en los meandros de la corrupción.
 Por el volumen desfilan nombres emblemáticos como Elias Canetti, Edith Wharton, Jean Genet, Juan Goytisolo, Fátima Mernissi, Rafael Chirbes, Paul Bowles, Mohamed Mrabet o Mohamed Chukri –ingratos ambos con Bowles tras su muerte ("la ingratitud, que es algo muy marroquí", me dijo una vez el poeta)–, y referencias, junto a otros escritores, a fotógrafos, filósofos, músicos y viajeros.

Mohamed Chukri con López Becerra en Tánger
Fotografía: Archivo personal del poeta

Salvador con el músico bereber Mohamed Rouicha
Fotografía: Archivo personal del poeta

Con el cantante y músico andalusí Abdessadek Chekkara (izq) y su hermano
Tetuán. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Con Fatima Mernisi en la exposición del pintor Mariano Bertuchi en Rabat
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Salvador no rehuye tampoco en el texto ajustar cuentas con los funcionarios y empleados que trabajaron bajo sus órdenes y que tantos quebraderos de cabeza le dieron. También con la ciudad.
Lágrimas azabaches es el agua que el aguacero vierte sobre los tejados esmeralda del panteón de Muley Idriss al que esta mañana vine a meditar. Afuera, en la calle, el suelo está encharcado, sucio, muy sucio, por la basura no escondida, por la inmundicia ocultada.
 Como acostumbro, hice mi ofrenda y los azulejos ennegrecidos por la mala luz de la cera barata me hicieron acordarme de la manada corrompida e inmoral (deyecciones hispano-marroquíes de Rocinante) con la que el poeta tiene que bregar, vestido de jefe, diariamente.
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Sin miedo al temporal he ido a la cercana mezquita Qarawiyyin. Inexplicablemente un pájaro vuela solitario en el nublado cielo del patio sin techar como llamando mi atención y cual señal de ángel diciéndome: cuídate de la chusma con la que briegas, que estás en la ciudad donde tantos justos y decentes fueron traicionados, desde el docto Ibn Al-Jatib hasta su fundador Muley Idriss I.
 Al asomarme desde otro ángulo y mirar hacia arriba en busca del ave que ya no está unas frías gotas cristalinas, limpísimas, me caen, cual bendición, en la frente. Sonrío para mis adentros. Sabiéndome protegido y purificado salgo a la calle mientras el agua, ahora pura, empapa mis pasos sin prisas. Con la chaqueta y los brazos escurriendo hago un toldo. Acurrucado y sin necesidad de levantar la mirada contemplo el cielo y sus dádivas en los charcos.
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Hacía frío y llovía. Un sucio descansillo deslustrado dio cobijo a la fiebre de aquel buen infiel abatido por la destemplanza y la ramplona compaña. No recuerdo la fecha ni el nombre de aquel desconsolado barrio mustio, sólo el eco de los ladridos de unos errantes chuchos sarnosos peleándose, cual necios hombres sin escrúpulos, por un negruzco pitraco nauseabundo. Años después, con la atención despierta para esquivarlo anduve por toda la ciudad, más todos los barrios me parecieron iguales de aciagos, sombríos y costrosos como la piel hedionda de un longevo batracio haragán de mirada ruin.
 Hoy –también durante el escénico mes de ramadán– el divino destino le otorga postales nuevas a mi corazón y el triunfo de poder abandonar –¡ya, por fin!– este osario pestilente al que el metafísico Mohamed El-Hassan nombró Fetidez y desde donde hace siglos la memoria de Al-Andalús yace, sin descanso ni piedad, profanada.
 Hay además espacio en el libro para la experimentación, con Apókrifa, unos textos inéditos sobre el kif en los que no hay puntos ni comas para crear un efecto estético especial que recuerda al de algunos movimientos poéticos de vanguardia; recurso que también usó el antes mencionado Paul Bowles en alguno de sus relatos.

Salvador conversando con un amigo en la Kabila Jarasfa, Yebala
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra 

 Salvador López Becerra ama a Marruecos, pero no por ello idealiza la visión del país, en el que se siguen dando grandes desigualdades.
(Monte Ayachi, 2008) 
Cada vez con más frecuencia me pregunto por qué miento acerca de Marruecos. Por qué callo y me censuro las injusticias, las apreciaciones más duras. Esta, llamémosla idealista hipocresía mía, no me hace bien. Esto de cantar sólo lo bello tachando las notas de lo que me parece feo e inhumano no es intelectualmente correcto; esta relación amor-amante que reconociendo las imperfecciones todo lo perdona y por vocación de su pasión exaltada suprime las injusticias se acabó. Sí, un día rectificaré y lo publicaré casi todo; así los humillados tendrán espejos y serán, si no recompensados, reconocidos. 
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 (Monte Ayachi, 2008) 
La España en blanco y negro sólo sería comparable con lo que se ve aquí si retrocediéramos casi el siglo que dictan las circunstancias. Las comparaciones son siempre detestables pero allí hubo una postguerra con sus dos bandos (sus excitados vencedores y sus humillados vencidos), la mayoría de la intelectualidad tuvo que optar por el exilio; hasta los sesenta no hubo un canal de tv, se estaba aislado del mundo, sin parabólicas, ni cibercafés, sin telefonía…; los ricos no eran tan ricos y aun siéndolos no poseían tanto ni se apreciaba tanto exceso, tanta opulencia y derroche de vulgaridad; aunque época afligida y gris, la mayor tristeza era la falta de libertad para muchos. La realidad aquí es otra: estamos en el siglo XXI pero muchos, profesores, jóvenes y supuestos intelectuales, siguen pensando y viviendo, en considerables aspectos, como en la Edad Media.
 Ante mi solicitud de unas fotografías para ilustrar esta entrada, el poeta ha tenido la deferencia de rebuscar en su archivo fotográfico para enviarme algunas imágenes inéditas. Al verlas abiertas en la pantalla del ordenador, algunos pasajes leídos en el libro vuelven a cobrar relevancia.

El barbero de Mrirt. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Me toca el turno y por ello se enjuga deferentemente las manos con una pizca de detergente en polvo para ropa y unas gotillas de agua turbia que escancia de lo que parece fue una garrafa de líquido refrigerante de automóvil. Con cierta afectación profesional prepara los utensilios menos oxidados y después parte en dos una cuchilla nueva igual que un sacerdote lo hiciera con una hostia: pulgares e índices escrupulosamente juntos y el resto de los dedos cual alas de halcón en una figura chinesca.
 Antes de disponerse a martirizar mi cutis sacude estruendosamente y por largo rato los rezagados copos de pelos, vellos y pelusas anónimas que plácidas yacían en el abandono sobre el raído cojín desvencijado del humilde banco de madera al que también, nerviosamente, con un rápido zamarreo endereza… Ya parece que todo toca a su fin
 Y melindroso se lleva la diestra de la frente al pecho –ruda similitud con vetustos modales palaciegos– e inclina la cabeza mientras da un pase de muleta con la palma extendida. Amablemente me invita a que me siente en la guillotina de su barbería. Y a un té muy dulce con unas ramitas de chiva. ¡Saha, Sidi!
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Bajanini con los hijos del poeta
Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

I
Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil siete, ha muerto Bajanini. Una estrecha franja de algo más de un palmo excavada en la tierra fue suficiente para acoger, lavado y amortajado en un humilde lienzo blanco, su esbelto cuerpo venerable recostado sobre el lado derecho y con el rostro dirigido a La Meca, como un durmiente.
 Bajanini pasaba cada día junto a la casa y aunque su asnillo casi siempre llevaba prisas él paraba a saludarnos.
 –¡Bajanini, Bajanini súbenos al borriquillo! Y el anciano inclinando su cuerpo, como el crepúsculo a las estrellas, ayudaba a mis niños a trepar e instalarse en la humilde cabalgadura. Así un buen rato, hasta que la chiquillería se cansaba de los aspavientos del cuadrúpedo. Y él sonreía. Bajanini siempre nos sonreía. Guasonamente apretaba su boca sin dentadura, me guiñaba y sonreía. Ha muerto Bajanini. Digo –¡y se escribe pronto!– que ha muerto Bajanini.
 ¡Ay, Bajanini, abuelo, amigo Bajanini!
II
A veces estaba yo absurdamente atareado arreglando no sé qué cosas domésticas cuando silencioso aparecía. Majestuoso en el andar, sosegado como el rocío sobre el trigo, llegaba Bajanini. Su serenidad se anteponía a la inquietud mía por acabar la faena. En el saludo estrechábamos las manos (–Salam Alekoum, Alekoum Salam) y nos besábamos (–¿Labás, bejer?) cuatro veces –en una mejilla y en otra, en aquélla y en ésta– como era debido entre afectos o familiares varones. Si él no soltaba mi mano yo entendía que no debía apurarme por lo que estaba haciendo, que el trabajo por hoy ya había concluido: era la hora de la honra, la hora sagrada de la visita. Entonces entrelazábamos los índices y caminábamos por el huerto cogidos, como viejos amigos, de la mano.
 "Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación", dice el proverbio árabe con el que se cierra el tomo. Después, unos anexos con un glosario, una bibliografía completa de los Cuadernos del Atlas y un apartado de dedicatorias y gratitudes. De entre las últimas destaco la siguiente: "Gratitud imborrable también a quienes, inspirándolos, nunca leerán estos libros". Y vuelvo a pensar en Bajanini y en tantos otros. Y en el té con yerbabuena que tenemos pendiente, insha' Allah.

Salvador frente a su casa del Atlas con unos vecinos de la Kabila de Ait Bentaibi
Provincia de Khenifra. Fotografía: Archivo personal del poeta

¿Qué memoria guardarán de mí los armarios de las moradas que habité, las paredes sencillas, vacías, donde proyecté mis mejores sueños marroquíes? ¿Qué memoria guardarán las cajoneras donde abrigué de la intemperie a mis cuadernos de palabras desnudadas? ¿Qué memoria quedará dibujada en el cielo de los caminos que anduve? ¿Qué aroma quedará en las manos de aquellos a quienes mi amistad estreché?

Salvador López Becerra con su hijo Ángel y unos campesinos y pastores
Kabila Oulguess, provincia de Khenifra
Fotografía: Archivo personal del poeta

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La baraka y otros textos marruecos, publicado en febrero de 2018 por el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga.