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jueves, 19 de febrero de 2026

UNA INVESTIGACIÓN EN EL ATLAS, DE DRISS CHRAÏBI


Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

Después de la pandemia se me vino a la cabeza el argumento para una novela. Estaba ambientada en el Atlas, donde se ubican la mayoría de mis relatos y novelas, pero no llegué a escribirla –¿por qué realizar una obra cuando es más bello soñarla?–. En ella, dos policías llegaban en coche por un pista de tierra a una aldea del Atlas, donde los aguardaban una cuadrilla de bereberes con una recua de mulas. La trama se iba a desarrollar en invierno, y debía llover a cántaros en el momento en el que detenían el auto y sopesaban si bajarse o aguardar a que amainase la lluvia, que repiqueteaba con fuerza sobre la chapa. Los faros iluminando la nada. El limpiaparabrisas moviéndose como un metrónomo frente a ellos, y los cristales empañados por el vaho. La trama estaba relacionada con la pandemia, pero no les adelantaré nada más por si algún día llego a escribirla.

 Les cuento todo esto porque así comprenderán el interés que despertó en mí Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi. Fue a raíz de un encuentro fortuito con el poeta Salvador López Becerra en una librería del centro de Málaga. Al preguntarle qué estaba leyendo ahora, me habló de este libro de Amarillo Editora. Me dijo que trataba de dos policías que llegaban a un pueblo del Atlas para llevar a cabo una investigación, e inmediatamente supe que tenía que leer esa novela. «Con ella, Chraïbi había iniciado una serie de novelas del inspector Ali, una especie de Plinio, el personaje literario de las novelas de Francisco García Pavón», me dijo Salvador, haciéndome recordar el par de novelas de Plinio* –El charco de sangre y El carnaval– que leí por recomendación de mi padre en la adolescencia.

El charco de sangre y El carnaval, novelas de Francisco García Pavón
Biblioteca de selecciones de Reader's Digest
Fotografía: Pedro Delgado

 Si los policías de mi historia llegaban a un remoto lugar de las montañas marroquíes en invierno, los de Driss Chraïbi lo hacían en pleno verano, cuando la tierra se recalienta por el sol.

El jefe de policía llegó al pueblo un mediodía de julio. Sobre las grandes mesetas y las estribaciones del Atlas, un cielo blanquecino ardía como si tuviera millones de soles. Se encontraba en un coche pequeño, corriente y sin signos distintivos ni sirena ni luz intermitente en el techo. Era una misión secreta y quería permanecer en el anonimato. Por encima de él, había una pirámide de jefes de cuya mayoría desconocía incluso el nombre. Pero las órdenes eran las órdenes y, de arriba abajo en el escalafón, llegaban hasta él en forma de notas impersonales garabateadas en rojo y seguidas de una firma ilegible. Cualquiera podía, por supuesto, entrar en su despacho en su ausencia y dejar un papel en su escritorio. Pero el jefe solo obedecía aquellas órdenes que llevaban el sello oficial con el águila imperial. Estaba lejos de ser un irresponsable o un idiota.
 Detuvo el coche en la pedregosa plaza del pueblo, apagó el motor, suspiró, se separó el cuello húmedo de la camisa con el dedo y dio un codazo a su compañero de viaje, el inspector Ali, que descansaba tranquilamente con la cabeza apoyada sobre el salpicadero.
 –¡Despierta! –gritó.
 El inspector Ali se incorporó, bostezó y dirigió hacia el jefe una mirada con dos ojos que parecían estar llenos de arena.

 Si en mi imaginación era la lluvia la que los retenía momentáneamente en el vehículo, aquí, tras un largo rato de cháchara interrumpida por el mal humor del jefe, será el calor.

 –Entonces cállate y baja la ventanilla, ¡por Dios! Nos estamos asfixiando aquí dentro. No circula el aire.
 La ventanilla tenía un ligero tono azulado, igual que el parabrisas. Al inspector no le había dado tiempo a girar más de dos veces la manilla cuando el jefe empezó a gritar:
 –Pero ¿qué es esto? ¿Un asadero?
 –Es el aire de fuera, jefe. Estamos en julio y el calor aprieta. Yo ya he vivido esto en otra época, en el horno de mi padre.
 –¡Cierra ahora mismo esa ventanilla! ¡Rápido!

 Pero no es solo la temperatura lo que los pone de mal humor. Los dos tienen algo de estudios y llegan prepotentes al lugar, con cierto fastidio, sobre todo por tener que tratar con los lugareños.

 Al otro lado del parabrisas manchado por los insectos secos, petrificados, estaba el reino primitivo, la eternidad recobrada, la tierra y el sol. Ni una sombra. El inspector no se atrevía a mirar mucho las venas que se iban hinchando en el cuello del jefe. Con algo de prudencia, dijo:
 –Si no me equivoco, estos montañeses no tiene cuarto de baño, no están apenas civilizados. No tienen ni agua. Ni una sola fuente de agua a la vista. ¿Quizá un pozo? En tal caso, supongo que será muy muy profundo. A esta hora debe de estar más seco que la mojama. Mire hacia donde mire, no veo nada. Dos o tres casas de tierra, montes bajos y allí arriba, en el djebel, árboles de argán, azufaifos y algunos cedros. Pero eso es todo, jefe, créame. Me parece que este pueblo está vacío, abandonado. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos? Todavía tenemos suficiente gasolina, ¡aprovechémosla!

 El plan del inspector Ali, que viste de civil, es largarse de allí lo antes posible, pero la sola mención del plan hace montar en cólera a su jefe Mohammed, oficial de la Policía del Estado, que va uniformado con el traje oficial, con la manga engalanada, como muestra de autoridad ante los campesinos.

 Tres o cuatro minutos después, cuando pensó que su jefe se había tranquilizado un poco, el inspector reanudó la conversación como si no hubiera pasado nada:
 –Siempre puedes decir que has investigado en profundidad cada punto de este lugar, a derecha y a izquierda, en la montaña, y que... Y que no has encontrado nada en absoluto. Yo lo confirmaré, bajo juramento. Estoy dispuesto a firmarlo ahora mismo. Este pueblo ni siquiera aparece en el mapa, y eso que el mapa que hemos consultado los dos esta mañana era un mapa del Estado Mayor. Podría decirse entonces que no existe. Lo mejor que podemos hacer es dirigir el coche hacia el oeste, o hacia el norte si lo prefieres, e irnos a pasar nuestros cuatro o cinco días de investigación a un hotel en la costa, con cócteles, piscina, cuartos de baño, las duchas que queramos y comida abundante y refinada. Tenemos gastos de misión, lo de irnos a una pensión ni se baraja.
 –¿Estás hablando en serio? –preguntó el jefe en voz baja y con la mirada inmóvil.
 –No, ni mucho menos. Estaba bromeando para pasar el rato, no hay nada de malo en eso.
 –Pues bromea fuera de tus horas de servicio, ¡y en silencio!
 [...]
 –[...] Aquí las decisiones las tomo yo, y aquí van. Hay una manilla en la puerta, muévela de arriba a abajo y se abrirá. Bajas, abres el maletero y coges nuestras bolsas de viaje y mi fusil. ¿Entendido?
 –Entendido, jefe.
 –Y déjame tus gafas de sol. Te las devolveré cuando terminemos la misión.
 –Por supuesto, jefe.

 Ambos están allí en una misión secreta, y el choque entre los hombres de la montaña y los de la llanura no tardará en producirse. Entre los que viven en la ciudad en la Edad Contemporánea, con sus modernidades, sus normas y su supuesto progreso, y los que en puntos remotos de las montañas, en un medio rural y empobrecido, aún lo hacen en la Edad Media.

 Para el pueblo, para la comunidad en la que casi la mitad de los miembros eran descendientes suyos, aquel día de sus vidas había presenciado la intrusión de dos extraños abandonados a su suerte, tan desafortunados y agresivos como los conquistadores de cualquier raza o religión que hubieran arrasado el país en el curso de la historia. Pero ¿habían logrado acabar todos ellos con el sol? El hombre de la montaña arrugó repentinamente la frente, luego, todas las arrugas volvieron lentamente hacia su boca, y Raho rio en voz baja, como un lobo, ante el mero recuerdo de la legendaria figura del comandante Filagare.

 Pero no se crean que estamos ante una novela negra al uso, no. Sus páginas están cargadas de filosofía. También de sátira y fino humor, de crítica al Marruecos poscolonial, a la huella que dejó Occidente en la cultura y la sociedad marroquí y a las estructuras de poder que se impusieron.

Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

 Una de las cosas más gratificante para mí de la lectura, además de descubrirme a un excelente y original autor, es que me ha permitido reencontrarme con mis amigos de las montañas: los bereberes, los cuales viven en las estribaciones del Atlas en unas condiciones de vida muy duras.

 Aquellas estrellas habían estado allí, en el cielo, desde que Raho abrió los ojos al mundo. Las mismas estrellas seguramente, fuera del tiempo, cada una de ellas persiguiendo su destino hacia una meta determinada. Habían guiado a los antepasados en sus huidas, conducidos desde las fértiles llanuras a las áridas mesetas altas, y más tarde a un pequeño lugar de montaña, como un último refugio. Y ahora él, Raho, y lo que quedaba del antiguo pueblo no tenían tierra que cultivar, ni meta que alcanzar, ni destino en la tierra ni en el cielo. Conquistadores y civilizadores de todas las razas y lenguas los habían devuelto a su estado original, como en los albores de la creación del mundo. Seres despojados de todo, solos frente a los elementos. Y tal vez en algún lugar del globo,  muy cerca, o muy lejos, existían restos de otros pueblos similares a los Aït Yafelman que el tiempo había petrificado de forma definitiva. Era bueno aceptar el propio destino, igual que un cactus acepta la roca sobre la que crece, y la pobreza podía considerarse un quinto elemento de la vida, pero, entonces, ¿por qué existía la esperanza?
 Raho sabía bien que el agua no lega a los labios de un hombre que se contenta con extender sus palmas hacia ella. Pero cuando bebes esperanza hasta saciarte y al final de todo encuentras una miseria inmutable y remota, la esperanza se vuelve más atroz e insoportable. Raho empezó a llorar, mirando las estrellas.
***
A medida que pasan los años, tiene la sensación de que en un espacio de terreno cada vez mayor, que abarca muchos kilómetros a la redonda, los rebaños disminuyen, las cosechas son cada vez más escasas y para los hombres es cada vez más difícil encontrar trabajo. Antes, los Aït Yafelman bajaban de las montañas, trabajaban como jornaleros cada semana, eran leñadores, carboneros, porteadores. Recibían un salario y traían alimentos, incluso ropa o babuchas. Entonces se celebraba una fiesta de reencuentro, con canciones y bailes. Ahora, ¿qué hacen los hombres sino vagar y esperar? Así es la vida, todo está escrito. ¿Quizá Dios también se ha empobrecido? ¿Quién sabe?

 Ahí está, emergiendo de sus páginas en el segundo capítulo, con un profundo lirismo, la figura de Raho, el hierático bereber de la portada –obra del diseñador Carlos García–, digno representante de la estirpe de los Aït Yafelman, que encierra en su interior a otro personaje todavía más memorable y del que no les cuento nada para que lo descubran ustedes mismos –estoy seguro de que no olvidarán ese cuchillo con el mango de cuerno–.

II
El hombre estaba de pie, bajo el sol, con las manos cruzadas sobre un bastón, casi tan alto como él, y la barbilla apoyada encima. No tenía edad, y tal vez tampoco pensamiento. Inmóvil. Delante de él, muy cerca, había un burro de color rojizo igual de inmóvil, con los ojos vacíos y la cola colgando como una cuerda de cáñamo destrenzada, así como dos ovejas esqueléticas que intentaban comerse un rastrojo más seco que el esparto. Aparte de este pálido recuerdo de lo que anteriormente había sido hierba, no había nada salvo la tierra endurecida del color de las tinajas y los muros de piedra desnuda que acotaban el espacio donde el hombre y sus animales parecían llevar petrificados toda la eternidad. Ni una lagartija, ni rastro de insecto alguno. Al final de la senda, marcada por generaciones de campesinos, se hallaba el pueblo, con sus casas todavía adormecidas y su pequeña plaza, toda engastada de piedras. Y arriba, como un espejismo, la montaña de granito, coronada por cedros y azufaifos sedientos de agua y de vida. Más allá del cercado, a tiro de piedra, un arbusto espinoso cubierto de tiempo y de polvo. De un extremo a otro del horizonte, cayendo del séptimo cielo, el calor del Juicio Final.
 El hombre del bastón había oído una atronadora voz de acero que rompía el silencio y, poco después, llegaron hasta él tres golpes de una chapa que chocaba contra algo. Ahora, escuchaba un par de pies detrás de él, rozando la roca, subiendo a lo largo del sendero e invadiendo su paz. No hizo nada, no se dio la vuelta. No movió ni una sola fibra de su rostro bronceado por décadas de sol, cincelado por el viento de todos los inviernos. Dos hombres lo rodearon lentamente, como si fuera una aparición o un espantapájaros, y una voz dijo, delante de él:
 —Somos cazadores... ¡Pues sí que hace calor! ¿A ti no te afecta este calor infernal?
 El hombre no se molestó en contestar. Era inútil. Tenía dos ojos, y estaban sanos: uno de estos hombres llevaba un fusil en bandolera, por lo que debían de ser efectivamente cazadores, o algo parecido. El sol estaba en algún lugar del cielo, era obvio. En cuanto a él, no, no tenía ni frío ni calor, estaba en paz consigo mismo, con el alma alejada de toda impaciencia, y en ese caso, ¿para qué hablar? Por esa razón, se limitó a levantar la vista hacia el hombre de uniforme y gafas oscuras que tenía, según le pareció al campesino, cara de desconcierto.

 Terminada la novela, me interesé por su autor, Driss Chraïbi (El Yadida, 1926 – Valence-sur-Rhône, 2007), escritor marroquí en lengua francesa, considerado el padre de la literatura magrebí moderna.

El escritor Driss Chraïbi. Fotografía: Kacem Basfao

 Chraïbi estudió en la escuela coránica y más tarde se trasladó a Rabat y Casablanca para continuar sus estudios. En 1945 se trasladó a París para estudiar Química e Ingeniería, pero tras graduarse se dedicó a su gran pasión: la literatura y el periodismo. Produjo programas en France Culture, la cadena de radio pública francesa; se relacionó con numerosos poetas de entonces y fue profesor de literatura magrebí en la Universidad Laval de Quebec. En el año 1973 recibió el Premio de l'Afrique Méditerranéenne por su obra literaria, así como el Premio de l'Amitié franco-arabe en 1981. Murió en Francia a los 81 años, y como él deseaba, está enterrado junto a su padre en el cementerio de Chouhada, en Casablanca.

 Luego, miré si había alguna obra más suya traducida al castellano, y me encontré con estas novelas:


 Y una autobiografía:

 El título del que les hablo hoy, Una investigación en el Atlas (1981), ha sido traducido por primera vez al castellano por Beatriz Cámara para Amarillo Editora. Y como me parece encomiable la labor de estas pequeñas y a la vez grandísimas editoriales independientes, contacté con Ester Vallejo, la editora, para que me contase cómo había descubierto esta obra y a este autor, para mí totalmente desconocido. Y esto fue lo que me dijo:

«La novela me llegó por Beatriz, la traductora, que me escribió y me propuso traducirla para Amarillo; me envió información, investigué sobre el autor y le vi muy buen encaje en el catálogo. Nos reunimos un par de veces porque yo no la había leído y necesitaba saberlo todo sobre el libro antes de decidir (date cuenta de que publicar un libro supone un gasto económico de miles de euros y meses de trabajo, y necesito estar segura) y finalmente nos pusimos a ello».

 Así que, por alusiones, transmití la misma pregunta a Beatriz Cámara, la traductora. Y esto fue lo que me respondió:

«Conocí al autor y la obra en la universidad. Estudiaba el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid y tenía que elegir una obra sobre la que trabajar, investigar y de la que traducir un par de capítulos para el Trabajo Fin de Máster. En una conversación con un compañero, este mencionó al autor, pues yo siempre me he interesado mucho por la literatura magrebí de expresión francesa (también traduzco del árabe). Al leer la obra, me encantó, además de ver en ella muchas posibilidades en cuanto a la traducción, tanto para el TFM como para una posible publicación en el futuro. La verdad es que la publicación ha costado un poco: Ester se fijó en mi propuesta cuando ya estaba a punto de tirar la toalla después de estar cinco años enviándola por correo a editoriales que no hacían más que darme largas a pesar del gran potencial que yo le veía. Por eso este es un sueño cumplido».

 Leyendo el correo de Beatriz, me acordé de lo que decía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina desde su espacio en EL PAÍS: que «un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo». Y que «la inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada». Vaya desde aquí mi aplauso a la traducción de Beatriz, que realiza además con éxito una difícil pirueta, al incluir a ratos en los diálogos entre el inspector Ali y su jefe, un peculiar efecto sonoro, algo que nos aclara en una nota inicial ella misma:

Una investigación en el Atlas refleja con fuerza esa mezcla de lenguas y registros que constituye el día a día de Marruecos y que, al verterse al español, exige decisiones que no siempre tienen una solución inmediata.
 Una de las dificultades más notables ha sido trasladar los diálogos entre el inspector Ali y el jefe de policía. A lo largo de toda la novela, estos personajes alternan el francés –lengua en la que se comunican entre ellos– con el árabe, que emplean para dirigirse a los habitantes del pueblo, a quienes intentan confundir. Para reflejar este juego, Chraïbi transcribe en el texto original el francés de manera oral, deformando la norma y acercándolo a lo que se escucharía en la realidad. En esta traducción se ha tratado de reproducir ese mismo efecto en español, como si los personajes hablaran nuestra lengua con un acento marcado, a medio camino entre el francés y el árabe.

 Por último, quiero cerrar esta reseña con otras líneas extraídas de la nota introductoria de la editora, Ester Vallejo, en la que nos invita a abrir el libro, dar un salto en el tiempo, a julio de 1980, y acompañar a estos dos infelices en su misión por el Atlas:

 La pérdida de valores, la memoria colectiva, la colonización, el islam y las consecuencias del progreso sin control constituyen el eje sobre el que se asienta el relato. Amargo en unas ocasiones, hilarante en otras, se propone aquí al lector un viaje por las áridas tierras del Atlas marroquí, un viaje que aúna placer y reflexión sobre qué papel elegimos representar en nuestro mundo actual.

 ¡Feliz viaje!

*Plinio es el alias de Manuel González, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, un hombre sencillo y cabal «que resuelve con paciencia y singular agudeza los más intrincados casos policíacos, ayudado por su fiel amigo y admirador, don Lotario, el veterinario del pueblo, quien se interesa tanto por la averiguación de un crimen como por el descubrimiento de una epizootia». Historias de Plinio, conformada por las dos novelas mencionadas en esta reseña, «tiene la originalidad de su carácter muy español, por el ambiente en que se desarrolla, la descripción del paisaje y la psicología de los personajes».

viernes, 11 de octubre de 2019

LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA


Fotografía: Pedro Delgado

Estamos de obra en casa. Tenía el pie lesionado y no iba a poder viajar este verano, por lo que decidí hacer frente a unas reformas largamente postergadas. Como decía el marinero Marlow en El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!".

 Cuando los obreros se van, el polvo se asienta y vuelve a reinar el silencio, me siento en la escalera con un libro y me traslado a Marruecos. Es un tomo voluminoso, primorosamente editado por el Centro Cultural Generación del 27. Lleva por título La baraka y otros textos marruecos (cuadernos del atlas, 1985-2017), y recoge toda la narrativa y poesía, inspirada en el país vecino, de Salvador López Becerra; una rara avis de nuestras letras como bien apunta el profesor Ahmed El Gamoun en la introducción.
Dentro del panorama literario español actual, Salvador López Becerra es una especie de rara avis sin par pues resulta muy difícil encajarlo dentro de una escuela o someterlo a los cánones literarios habituales, porque si en su acto creador nos encontramos a un profundo poeta, ajeno a modas y sectas pasajeras, también nos hallamos ante un fino y sensible etnógrafo, un genuino heredero de las escuelas orientalistas y africanistas, a un sufí, a un metafísico y a un discípulo de la mística cristiana. Así es, la escritura de López Becerra sintetiza, a la vez, todas estas identidades.
Salvador con el profesor, hispanista y traductor Moulay Ahmed El Gamoun
Interior de la mezquita Hassan II de Casablanca, 2019
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Conocí a Salvador López Becerra hace muchos años. Un amigo le había hablado de mi cuaderno de viajes En el corazón del Atlas, y quería que nos conociéramos. Nos recibió con té y dulces morunos en su casa de la Araña, y pasamos una tarde muy agradable hablando de literatura y viajes. Al comentarle mi predilección por la obra de Paul Bowles, me enseñó una fotografía en la que se les veía juntos.

Paul Bowles y Salvador López Becerra. Tánger, 1990
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Me dijo que lo había visitado en Tánger y que el estadounidense le había regalado una pipa de las que se usan para el kif. La sacó de una caja de madera, y cuando la sostuve entre mis dedos envidié al poeta. También recuerdo que sus hijos, Ángel Amín y Salvador Karim, estaban en casa. Eran unos críos como los míos. Hoy son adolescentes. Sin embargo, vuelvo a verlos infantes en esa fotografía de Fez tomada con letras.

Bab Buyulub, Fez. Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

Tras el hermoso pórtico de Bab Buyulub, Amín y Karim van y vienen; uno tras el otro, haciendo serpenteos, ondulaciones, eses de luz… corretean y ríen, despreocupados, alborotadores y felices.
 Desde la carretilla de turrones derretidos de Abdelaziz hasta la extenuada portezuela de la pensión Mauritania, desde el destartalado bakalito de Abdel hasta el mugroso puesto de sfenj de Hassan, todo el mundo los mira: la recua de turistas de forma circunspecta y los habituales atentos por evitar un empellón. Nadie les riñe ya que tal vez intuyan o sepan que todo el poder les pertenece pues son hijos auténticos de Al-Ándalus.
 Estos chiquillos míos que se desternillan mientras los vencejos inauguran la tarde, que llevan los pantalones a medio caer, las manos negras y las camisas desfondadas con lamparones de chocolate y miel, son niños de verdad; como los de la primigenia medina, acariciados y educados por los ángeles de la libertad y no por la schuma.
 Jadeantes, dando zapatacillos de fatiga, con parsimonioso movimiento en los brazos caídos, encendido los rostros de amapolas y sereno mirar cansado, cual titanes en lento desfile después de una extenuaste victoria, se acercan a pedirme unos zumos de naranjas recién exprimidas y los dirhams de costumbre para entregarlos a los menesterosos ciegos, olvidados de toda justicia, con los cuales tropezaron, sin querer, mil veces mientras jugaban, una tarde más, en el corazón de Fez.

Ángel Amín y Salvador Karim en el mercado que hay tras Bab Buyulud (Fez)
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Tras aquel encuentro asistí a un curso de árabe dialectal (darija) que organizaba Salvador López Becerra en la mezquita de calle La Unión. Unas lecciones que pude poner en práctica durante mis viajes por Marruecos pero que, lamentablemente, hoy ya tengo olvidadas.
 Después de aquellos días coincidimos en algún acto cultural, pero pocas veces, pues Salvador marchó pronto a Marruecos para encargarse de la dirección del Instituto Cervantes de Fez y de los aularios de Mequinez, Nador, Alhucemas e Ifrane, y luego a Brasil como director del Instituto Cervantes y Cónsul para asuntos de Educación de Curitiba. Aprecio a Salvador y creo que él también me aprecia. No sé si porque conoce a mi padre, el también poeta Francisco Delgado Acosta, o porque aquel día, ya lejano en el tiempo, en el que nos conocimos, vio en mí al joven apasionado por Marruecos que él había sido, al poeta que creía haber encontrado su lugar en el mundo. Y ahora que ha vuelto a Málaga para quedarse, hemos retomado el contacto a través de este libro, cuya fotografía de portada es obra de un fotógrafo callejero de la ciudad de Mequinez.

La baraka y otros textos marruecos de Salvador López Becerra
Fotografía: Lucía Rodríguez

¿De dónde viene la foto de la portada de La Baraka y otros textos marruecos?
Fotógrafo callejero en Bab Mansour el-Aleuj. Mequinez, 1997

Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

 Me gusta su prosa poética, sus cuadernos, sus diarios, sus reflexiones, retratos, esbozos y apuntes sobre/desde Marruecos.
Aquí, en Tánger, las gaviotas juegan en el puerto a ser cometas, sin más sujeción que el hilo invisible que el aire zurce en el reverso de sus alas cenicientas.
*** 
Los santones más humildes, aún muertos, dan de comer a la pléyade de menesterosos que apostados en los alrededores de su morabito esperan la llegada de los creyentes que en visita vienen a la búsqueda de su bendición. No hay mayor santidad que la ejercida incluso después de la muerte.  
*** 
¿Qué belleza podrá tener en un futuro este lugar cuando todos se vistan como en el lugar de donde vengo huyendo?
*** 
Abdelkrím es un búho, casi nunca, si no le preguntas, habla; y si lo hace, lo hace con monosílabos. Algo le ha tenido que ir mal en el generoso consulado francés pues hoy está muy hablador y filosófico: –"El pasaporte marroquí no vale nada, un conjunto de páginas vacías, vacías de contenido".
Y el acierto que tiene a la hora de seleccionar las citas que abren sus escritos.
Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
León Tolstoi 
Todas las cosas se nos ofrecen con dos rostros: uno para alabar y otro para maldecir: de la miel podemos alabar su dulzor y detestarla como excremento de las abejas.
Ibn Al-Jatib  
Mira Sancho, que lo importante no es la posada sino el camino.
Miguel de Cervantes 
Soy la bofetada y la mejilla. 

Charles Baudelaire
 Algunas de las piezas de sus diarios son como pequeños fogonazos, como aquellas películas de Super 8 que filmaba mi padre, y que conserva en sobres amarillos con el membrete rojo de la casa Kodak. Instantes que te transportan en el tiempo y en el espacio.
Las gaviotas festejan y asedian con alboroto el arribo de una longeva traíña verdusca de colmado vientre, externas heridas curadas con alquitrán y ronco surcar jadeante. Intrépidas bornean y sobrevuelan, casi a ras, las multicolores gorras y cachuchas desteñidas con las que los marengos yebalíes cobijan seso e ingenio.
 Cansados, soñolientos y con los huesos entumecidos por el relente y el salitre no prestan atención al estrepitoso claqué de los tercos picos de las nerviosas gavillas carroñeras. Abatidos por la nocturna brega, estos humildes pescadores (hijos desabrigados de la tierra) sólo desean llegar a puerto, sorber un azucarado té humeante, fumar su pipa de kif o disfrutar de cópula con hembra sumisa en modesto tálamo. Después… tal vez hostigar el insomnio, otra pipa y divagar; o soñar o maldecir.
 Fragmentos a los que doy continuidad en mi cabeza.
(Gendarmes en la carretera) 
Son como lagartos aletargados sobre la chapa gris de su jeep. Cuando ven a lo lejos un coche moverse en la negritud del asfalto parecen despertar del sueño. Cuando me aproximo –¿Acaso no soy un espejismo?– ya están desperezados en busca de la presa fácil que le dará la cuña, más cuando ven la oficial matrícula de mi coche, vuelven lentos (cual chuchos aburridos estirándose) a poner sus codos, reclinando el cuerpo, sobre la chapa, todavía calentita, del coche.
 También me gusta su definición del Atlas y que tenga protagonismo en tantas páginas del libro.

Salvador en una población cercana al lago Aguelmame Aziza (Atlas Medio)
Fotografía: Archivo personal del poeta

El Atlas es la espina dorsal, la pétrea columna vertebral de Marruecos. Pero es la zona más raquítica, médula cuya sustancia se licúa en soledad y abandono.
***
(Imilchil) 
Si no fuera por esa pandilla de fantoches con ínfulas de aventureros como definió una vez Alberto Vázquez Figueroa a los de los 4 x 4, el festival de los esponsales de Imilchil seguiría fiel a sus orígenes. La culpa no es de ellos sino de la autoridad incompetente que para "atraer" turismo cambió las fechas y alfombró con alquitrán los caminos. Antes de la avalancha de estos aventureros del gps y la torpeza de los responsables políticos todavía podían vivirse jornadas genuinas. La mejor época ahora para ir a este "Tíbet marroquí" es cualquiera, menos en las que se celebra el profanado mussem que rememora en el Alto Atlas el amor de Tisli e Isli, la mítica leyenda de amor bereber.
***
(Imlil)
 De nuevo, una y otra vez, pese haberme visto bajar de allí, me ofrecen subir a las montañas para ver las cascadas. Cansado, sin decir siquiera adiós al Toubkal, me marcho observando cómo el agua del río Ourika inundó, una vez más, muchas viviendas del valle. Es indudable que el dinero de las inversiones se achica en los meandros de la corrupción.
 Por el volumen desfilan nombres emblemáticos como Elias Canetti, Edith Wharton, Jean Genet, Juan Goytisolo, Fátima Mernissi, Rafael Chirbes, Paul Bowles, Mohamed Mrabet o Mohamed Chukri –ingratos ambos con Bowles tras su muerte ("la ingratitud, que es algo muy marroquí", me dijo una vez el poeta)–, y referencias, junto a otros escritores, a fotógrafos, filósofos, músicos y viajeros.

Mohamed Chukri con López Becerra en Tánger
Fotografía: Archivo personal del poeta

Salvador con el músico bereber Mohamed Rouicha
Fotografía: Archivo personal del poeta

Con el cantante y músico andalusí Abdessadek Chekkara (izq) y su hermano
Tetuán. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Con Fatima Mernisi en la exposición del pintor Mariano Bertuchi en Rabat
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Salvador no rehuye tampoco en el texto ajustar cuentas con los funcionarios y empleados que trabajaron bajo sus órdenes y que tantos quebraderos de cabeza le dieron. También con la ciudad.
Lágrimas azabaches es el agua que el aguacero vierte sobre los tejados esmeralda del panteón de Muley Idriss al que esta mañana vine a meditar. Afuera, en la calle, el suelo está encharcado, sucio, muy sucio, por la basura no escondida, por la inmundicia ocultada.
 Como acostumbro, hice mi ofrenda y los azulejos ennegrecidos por la mala luz de la cera barata me hicieron acordarme de la manada corrompida e inmoral (deyecciones hispano-marroquíes de Rocinante) con la que el poeta tiene que bregar, vestido de jefe, diariamente.
***
Sin miedo al temporal he ido a la cercana mezquita Qarawiyyin. Inexplicablemente un pájaro vuela solitario en el nublado cielo del patio sin techar como llamando mi atención y cual señal de ángel diciéndome: cuídate de la chusma con la que briegas, que estás en la ciudad donde tantos justos y decentes fueron traicionados, desde el docto Ibn Al-Jatib hasta su fundador Muley Idriss I.
 Al asomarme desde otro ángulo y mirar hacia arriba en busca del ave que ya no está unas frías gotas cristalinas, limpísimas, me caen, cual bendición, en la frente. Sonrío para mis adentros. Sabiéndome protegido y purificado salgo a la calle mientras el agua, ahora pura, empapa mis pasos sin prisas. Con la chaqueta y los brazos escurriendo hago un toldo. Acurrucado y sin necesidad de levantar la mirada contemplo el cielo y sus dádivas en los charcos.
*** 
Hacía frío y llovía. Un sucio descansillo deslustrado dio cobijo a la fiebre de aquel buen infiel abatido por la destemplanza y la ramplona compaña. No recuerdo la fecha ni el nombre de aquel desconsolado barrio mustio, sólo el eco de los ladridos de unos errantes chuchos sarnosos peleándose, cual necios hombres sin escrúpulos, por un negruzco pitraco nauseabundo. Años después, con la atención despierta para esquivarlo anduve por toda la ciudad, más todos los barrios me parecieron iguales de aciagos, sombríos y costrosos como la piel hedionda de un longevo batracio haragán de mirada ruin.
 Hoy –también durante el escénico mes de ramadán– el divino destino le otorga postales nuevas a mi corazón y el triunfo de poder abandonar –¡ya, por fin!– este osario pestilente al que el metafísico Mohamed El-Hassan nombró Fetidez y desde donde hace siglos la memoria de Al-Andalús yace, sin descanso ni piedad, profanada.
 Hay además espacio en el libro para la experimentación, con Apókrifa, unos textos inéditos sobre el kif en los que no hay puntos ni comas para crear un efecto estético especial que recuerda al de algunos movimientos poéticos de vanguardia; recurso que también usó el antes mencionado Paul Bowles en alguno de sus relatos.

Salvador conversando con un amigo en la Kabila Jarasfa, Yebala
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra 

 Salvador López Becerra ama a Marruecos, pero no por ello idealiza la visión del país, en el que se siguen dando grandes desigualdades.
(Monte Ayachi, 2008) 
Cada vez con más frecuencia me pregunto por qué miento acerca de Marruecos. Por qué callo y me censuro las injusticias, las apreciaciones más duras. Esta, llamémosla idealista hipocresía mía, no me hace bien. Esto de cantar sólo lo bello tachando las notas de lo que me parece feo e inhumano no es intelectualmente correcto; esta relación amor-amante que reconociendo las imperfecciones todo lo perdona y por vocación de su pasión exaltada suprime las injusticias se acabó. Sí, un día rectificaré y lo publicaré casi todo; así los humillados tendrán espejos y serán, si no recompensados, reconocidos. 
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 (Monte Ayachi, 2008) 
La España en blanco y negro sólo sería comparable con lo que se ve aquí si retrocediéramos casi el siglo que dictan las circunstancias. Las comparaciones son siempre detestables pero allí hubo una postguerra con sus dos bandos (sus excitados vencedores y sus humillados vencidos), la mayoría de la intelectualidad tuvo que optar por el exilio; hasta los sesenta no hubo un canal de tv, se estaba aislado del mundo, sin parabólicas, ni cibercafés, sin telefonía…; los ricos no eran tan ricos y aun siéndolos no poseían tanto ni se apreciaba tanto exceso, tanta opulencia y derroche de vulgaridad; aunque época afligida y gris, la mayor tristeza era la falta de libertad para muchos. La realidad aquí es otra: estamos en el siglo XXI pero muchos, profesores, jóvenes y supuestos intelectuales, siguen pensando y viviendo, en considerables aspectos, como en la Edad Media.
 Ante mi solicitud de unas fotografías para ilustrar esta entrada, el poeta ha tenido la deferencia de rebuscar en su archivo fotográfico para enviarme algunas imágenes inéditas. Al verlas abiertas en la pantalla del ordenador, algunos pasajes leídos en el libro vuelven a cobrar relevancia.

El barbero de Mrirt. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Me toca el turno y por ello se enjuga deferentemente las manos con una pizca de detergente en polvo para ropa y unas gotillas de agua turbia que escancia de lo que parece fue una garrafa de líquido refrigerante de automóvil. Con cierta afectación profesional prepara los utensilios menos oxidados y después parte en dos una cuchilla nueva igual que un sacerdote lo hiciera con una hostia: pulgares e índices escrupulosamente juntos y el resto de los dedos cual alas de halcón en una figura chinesca.
 Antes de disponerse a martirizar mi cutis sacude estruendosamente y por largo rato los rezagados copos de pelos, vellos y pelusas anónimas que plácidas yacían en el abandono sobre el raído cojín desvencijado del humilde banco de madera al que también, nerviosamente, con un rápido zamarreo endereza… Ya parece que todo toca a su fin
 Y melindroso se lleva la diestra de la frente al pecho –ruda similitud con vetustos modales palaciegos– e inclina la cabeza mientras da un pase de muleta con la palma extendida. Amablemente me invita a que me siente en la guillotina de su barbería. Y a un té muy dulce con unas ramitas de chiva. ¡Saha, Sidi!
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Bajanini con los hijos del poeta
Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

I
Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil siete, ha muerto Bajanini. Una estrecha franja de algo más de un palmo excavada en la tierra fue suficiente para acoger, lavado y amortajado en un humilde lienzo blanco, su esbelto cuerpo venerable recostado sobre el lado derecho y con el rostro dirigido a La Meca, como un durmiente.
 Bajanini pasaba cada día junto a la casa y aunque su asnillo casi siempre llevaba prisas él paraba a saludarnos.
 –¡Bajanini, Bajanini súbenos al borriquillo! Y el anciano inclinando su cuerpo, como el crepúsculo a las estrellas, ayudaba a mis niños a trepar e instalarse en la humilde cabalgadura. Así un buen rato, hasta que la chiquillería se cansaba de los aspavientos del cuadrúpedo. Y él sonreía. Bajanini siempre nos sonreía. Guasonamente apretaba su boca sin dentadura, me guiñaba y sonreía. Ha muerto Bajanini. Digo –¡y se escribe pronto!– que ha muerto Bajanini.
 ¡Ay, Bajanini, abuelo, amigo Bajanini!
II
A veces estaba yo absurdamente atareado arreglando no sé qué cosas domésticas cuando silencioso aparecía. Majestuoso en el andar, sosegado como el rocío sobre el trigo, llegaba Bajanini. Su serenidad se anteponía a la inquietud mía por acabar la faena. En el saludo estrechábamos las manos (–Salam Alekoum, Alekoum Salam) y nos besábamos (–¿Labás, bejer?) cuatro veces –en una mejilla y en otra, en aquélla y en ésta– como era debido entre afectos o familiares varones. Si él no soltaba mi mano yo entendía que no debía apurarme por lo que estaba haciendo, que el trabajo por hoy ya había concluido: era la hora de la honra, la hora sagrada de la visita. Entonces entrelazábamos los índices y caminábamos por el huerto cogidos, como viejos amigos, de la mano.
 "Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación", dice el proverbio árabe con el que se cierra el tomo. Después, unos anexos con un glosario, una bibliografía completa de los Cuadernos del Atlas y un apartado de dedicatorias y gratitudes. De entre las últimas destaco la siguiente: "Gratitud imborrable también a quienes, inspirándolos, nunca leerán estos libros". Y vuelvo a pensar en Bajanini y en tantos otros. Y en el té con yerbabuena que tenemos pendiente, insha' Allah.

Salvador frente a su casa del Atlas con unos vecinos de la Kabila de Ait Bentaibi
Provincia de Khenifra. Fotografía: Archivo personal del poeta

¿Qué memoria guardarán de mí los armarios de las moradas que habité, las paredes sencillas, vacías, donde proyecté mis mejores sueños marroquíes? ¿Qué memoria guardarán las cajoneras donde abrigué de la intemperie a mis cuadernos de palabras desnudadas? ¿Qué memoria quedará dibujada en el cielo de los caminos que anduve? ¿Qué aroma quedará en las manos de aquellos a quienes mi amistad estreché?

Salvador López Becerra con su hijo Ángel y unos campesinos y pastores
Kabila Oulguess, provincia de Khenifra
Fotografía: Archivo personal del poeta

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La baraka y otros textos marruecos, publicado en febrero de 2018 por el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga.