jueves, 19 de febrero de 2026

UNA INVESTIGACIÓN EN EL ATLAS, DE DRISS CHRAÏBI


Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

Después de la pandemia se me vino a la cabeza el argumento para una novela. Estaba ambientada en el Atlas, donde se ubican la mayoría de mis relatos y novelas, pero no llegué a escribirla –¿por qué realizar una obra cuando es más bello soñarla?–. En ella, dos policías llegaban en coche por un pista de tierra a una aldea del Atlas, donde los aguardaban una cuadrilla de bereberes con una recua de mulas. La trama se iba a desarrollar en invierno, y debía llover a cántaros en el momento en el que detenían el auto y sopesaban si bajarse o aguardar a que amainase la lluvia, que repiqueteaba con fuerza sobre la chapa. Los faros iluminando la nada. El limpiaparabrisas moviéndose como un metrónomo frente a ellos, y los cristales empañados por el vaho. La trama estaba relacionada con la pandemia, pero no les adelantaré nada más por si algún día llego a escribirla.

 Les cuento todo esto porque así comprenderán el interés que despertó en mí Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi. Fue a raíz de un encuentro fortuito con el poeta Salvador López Becerra en una librería del centro de Málaga. Al preguntarle qué estaba leyendo ahora, me habló de este libro de Amarillo Editora. Me dijo que trataba de dos policías que llegaban a un pueblo del Atlas para llevar a cabo una investigación, e inmediatamente supe que tenía que leer esa novela. «Con ella, Chraïbi había iniciado una serie de novelas del inspector Ali, una especie de Plinio, el personaje literario de las novelas de Francisco García Pavón», me dijo Salvador, haciéndome recordar el par de novelas de Plinio* –El charco de sangre y El carnaval– que leí por recomendación de mi padre en la adolescencia.

El charco de sangre y El carnaval, novelas de Francisco García Pavón
Biblioteca de selecciones de Reader's Digest
Fotografía: Pedro Delgado

 Si los policías de mi historia llegaban a un remoto lugar de las montañas marroquíes en invierno, los de Driss Chraïbi lo hacían en pleno verano, cuando la tierra se recalienta por el sol.

El jefe de policía llegó al pueblo un mediodía de julio. Sobre las grandes mesetas y las estribaciones del Atlas, un cielo blanquecino ardía como si tuviera millones de soles. Se encontraba en un coche pequeño, corriente y sin signos distintivos ni sirena ni luz intermitente en el techo. Era una misión secreta y quería permanecer en el anonimato. Por encima de él, había una pirámide de jefes de cuya mayoría desconocía incluso el nombre. Pero las órdenes eran las órdenes y, de arriba abajo en el escalafón, llegaban hasta él en forma de notas impersonales garabateadas en rojo y seguidas de una firma ilegible. Cualquiera podía, por supuesto, entrar en su despacho en su ausencia y dejar un papel en su escritorio. Pero el jefe solo obedecía aquellas órdenes que llevaban el sello oficial con el águila imperial. Estaba lejos de ser un irresponsable o un idiota.
 Detuvo el coche en la pedregosa plaza del pueblo, apagó el motor, suspiró, se separó el cuello húmedo de la camisa con el dedo y dio un codazo a su compañero de viaje, el inspector Ali, que descansaba tranquilamente con la cabeza apoyada sobre el salpicadero.
 –¡Despierta! –gritó.
 El inspector Ali se incorporó, bostezó y dirigió hacia el jefe una mirada con dos ojos que parecían estar llenos de arena.

 Si en mi imaginación era la lluvia la que los retenía momentáneamente en el vehículo, aquí, tras un largo rato de cháchara interrumpida por el mal humor del jefe, será el calor.

 –Entonces cállate y baja la ventanilla, ¡por Dios! Nos estamos asfixiando aquí dentro. No circula el aire.
 La ventanilla tenía un ligero tono azulado, igual que el parabrisas. Al inspector no le había dado tiempo a girar más de dos veces la manilla cuando el jefe empezó a gritar:
 –Pero ¿qué es esto? ¿Un asadero?
 –Es el aire de fuera, jefe. Estamos en julio y el calor aprieta. Yo ya he vivido esto en otra época, en el horno de mi padre.
 –¡Cierra ahora mismo esa ventanilla! ¡Rápido!

 Pero no es solo la temperatura lo que los pone de mal humor. Los dos tienen algo de estudios y llegan prepotentes al lugar, con cierto fastidio, sobre todo por tener que tratar con los lugareños.

 Al otro lado del parabrisas manchado por los insectos secos, petrificados, estaba el reino primitivo, la eternidad recobrada, la tierra y el sol. Ni una sombra. El inspector no se atrevía a mirar mucho las venas que se iban hinchando en el cuello del jefe. Con algo de prudencia, dijo:
 –Si no me equivoco, estos montañeses no tiene cuarto de baño, no están apenas civilizados. No tienen ni agua. Ni una sola fuente de agua a la vista. ¿Quizá un pozo? En tal caso, supongo que será muy muy profundo. A esta hora debe de estar más seco que la mojama. Mire hacia donde mire, no veo nada. Dos o tres casas de tierra, montes bajos y allí arriba, en el djebel, árboles de argán, azufaifos y algunos cedros. Pero eso es todo, jefe, créame. Me parece que este pueblo está vacío, abandonado. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos? Todavía tenemos suficiente gasolina, ¡aprovechémosla!

 El plan del inspector Ali, que viste de civil, es largarse de allí lo antes posible, pero la sola mención del plan hace montar en cólera a su jefe Mohammed, oficial de la Policía del Estado, que va uniformado con el traje oficial, con la manga engalanada, como muestra de autoridad ante los campesinos.

 Tres o cuatro minutos después, cuando pensó que su jefe se había tranquilizado un poco, el inspector reanudó la conversación como si no hubiera pasado nada:
 –Siempre puedes decir que has investigado en profundidad cada punto de este lugar, a derecha y a izquierda, en la montaña, y que... Y que no has encontrado nada en absoluto. Yo lo confirmaré, bajo juramento. Estoy dispuesto a firmarlo ahora mismo. Este pueblo ni siquiera aparece en el mapa, y eso que el mapa que hemos consultado los dos esta mañana era un mapa del Estado Mayor. Podría decirse entonces que no existe. Lo mejor que podemos hacer es dirigir el coche hacia el oeste, o hacia el norte si lo prefieres, e irnos a pasar nuestros cuatro o cinco días de investigación a un hotel en la costa, con cócteles, piscina, cuartos de baño, las duchas que queramos y comida abundante y refinada. Tenemos gastos de misión, lo de irnos a una pensión ni se baraja.
 –¿Estás hablando en serio? –preguntó el jefe en voz baja y con la mirada inmóvil.
 –No, ni mucho menos. Estaba bromeando para pasar el rato, no hay nada de malo en eso.
 –Pues bromea fuera de tus horas de servicio, ¡y en silencio!
 [...]
 –[...] Aquí las decisiones las tomo yo, y aquí van. Hay una manilla en la puerta, muévela de arriba a abajo y se abrirá. Bajas, abres el maletero y coges nuestras bolsas de viaje y mi fusil. ¿Entendido?
 –Entendido, jefe.
 –Y déjame tus gafas de sol. Te las devolveré cuando terminemos la misión.
 –Por supuesto, jefe.

 Ambos están allí en una misión secreta, y el choque entre los hombres de la montaña y los de la llanura no tardará en producirse. Entre los que viven en la ciudad en la Edad Contemporánea, con sus modernidades, sus normas y su supuesto progreso, y los que en puntos remotos de las montañas, en un medio rural y empobrecido, aún lo hacen en la Edad Media.

 Para el pueblo, para la comunidad en la que casi la mitad de los miembros eran descendientes suyos, aquel día de sus vidas había presenciado la intrusión de dos extraños abandonados a su suerte, tan desafortunados y agresivos como los conquistadores de cualquier raza o religión que hubieran arrasado el país en el curso de la historia. Pero ¿habían logrado acabar todos ellos con el sol? El hombre de la montaña arrugó repentinamente la frente, luego, todas las arrugas volvieron lentamente hacia su boca, y Raho rio en voz baja, como un lobo, ante el mero recuerdo de la legendaria figura del comandante Filagare.

 Pero no se crean que estamos ante una novela negra al uso, no. Sus páginas están cargadas de filosofía. También de sátira y fino humor, de crítica al Marruecos poscolonial, a la huella que dejó Occidente en la cultura y la sociedad marroquí y a las estructuras de poder que se impusieron.

Una investigación en el Atlas, de Driss Chraïbi (Amarillo Editora)
Fotografía: Pedro Delgado

 Una de las cosas más gratificante para mí de la lectura, además de descubrirme a un excelente y original autor, es que me ha permitido reencontrarme con mis amigos de las montañas: los bereberes, los cuales viven en las estribaciones del Atlas en unas condiciones de vida muy duras.

 Aquellas estrellas habían estado allí, en el cielo, desde que Raho abrió los ojos al mundo. Las mismas estrellas seguramente, fuera del tiempo, cada una de ellas persiguiendo su destino hacia una meta determinada. Habían guiado a los antepasados en sus huidas, conducidos desde las fértiles llanuras a las áridas mesetas altas, y más tarde a un pequeño lugar de montaña, como un último refugio. Y ahora él, Raho, y lo que quedaba del antiguo pueblo no tenían tierra que cultivar, ni meta que alcanzar, ni destino en la tierra ni en el cielo. Conquistadores y civilizadores de todas las razas y lenguas los habían devuelto a su estado original, como en los albores de la creación del mundo. Seres despojados de todo, solos frente a los elementos. Y tal vez en algún lugar del globo,  muy cerca, o muy lejos, existían restos de otros pueblos similares a los Aït Yafelman que el tiempo había petrificado de forma definitiva. Era bueno aceptar el propio destino, igual que un cactus acepta la roca sobre la que crece, y la pobreza podía considerarse un quinto elemento de la vida, pero, entonces, ¿por qué existía la esperanza?
 Raho sabía bien que el agua no lega a los labios de un hombre que se contenta con extender sus palmas hacia ella. Pero cuando bebes esperanza hasta saciarte y al final de todo encuentras una miseria inmutable y remota, la esperanza se vuelve más atroz e insoportable. Raho empezó a llorar, mirando las estrellas.
***
A medida que pasan los años, tiene la sensación de que en un espacio de terreno cada vez mayor, que abarca muchos kilómetros a la redonda, los rebaños disminuyen, las cosechas son cada vez más escasas y para los hombres es cada vez más difícil encontrar trabajo. Antes, los Aït Yafelman bajaban de las montañas, trabajaban como jornaleros cada semana, eran leñadores, carboneros, porteadores. Recibían un salario y traían alimentos, incluso ropa o babuchas. Entonces se celebraba una fiesta de reencuentro, con canciones y bailes. Ahora, ¿qué hacen los hombres sino vagar y esperar? Así es la vida, todo está escrito. ¿Quizá Dios también se ha empobrecido? ¿Quién sabe?

 Ahí está, emergiendo de sus páginas en el segundo capítulo, con un profundo lirismo, la figura de Raho, el hierático bereber de la portada –obra del diseñador Carlos García–, digno representante de la estirpe de los Aït Yafelman, que encierra en su interior a otro personaje todavía más memorable y del que no les cuento nada para que lo descubran ustedes mismos –estoy seguro de que no olvidarán ese cuchillo con el mango de cuerno–.

II
El hombre estaba de pie, bajo el sol, con las manos cruzadas sobre un bastón, casi tan alto como él, y la barbilla apoyada encima. No tenía edad, y tal vez tampoco pensamiento. Inmóvil. Delante de él, muy cerca, había un burro de color rojizo igual de inmóvil, con los ojos vacíos y la cola colgando como una cuerda de cáñamo destrenzada, así como dos ovejas esqueléticas que intentaban comerse un rastrojo más seco que el esparto. Aparte de este pálido recuerdo de lo que anteriormente había sido hierba, no había nada salvo la tierra endurecida del color de las tinajas y los muros de piedra desnuda que acotaban el espacio donde el hombre y sus animales parecían llevar petrificados toda la eternidad. Ni una lagartija, ni rastro de insecto alguno. Al final de la senda, marcada por generaciones de campesinos, se hallaba el pueblo, con sus casas todavía adormecidas y su pequeña plaza, toda engastada de piedras. Y arriba, como un espejismo, la montaña de granito, coronada por cedros y azufaifos sedientos de agua y de vida. Más allá del cercado, a tiro de piedra, un arbusto espinoso cubierto de tiempo y de polvo. De un extremo a otro del horizonte, cayendo del séptimo cielo, el calor del Juicio Final.
 El hombre del bastón había oído una atronadora voz de acero que rompía el silencio y, poco después, llegaron hasta él tres golpes de una chapa que chocaba contra algo. Ahora, escuchaba un par de pies detrás de él, rozando la roca, subiendo a lo largo del sendero e invadiendo su paz. No hizo nada, no se dio la vuelta. No movió ni una sola fibra de su rostro bronceado por décadas de sol, cincelado por el viento de todos los inviernos. Dos hombres lo rodearon lentamente, como si fuera una aparición o un espantapájaros, y una voz dijo, delante de él:
 —Somos cazadores... ¡Pues sí que hace calor! ¿A ti no te afecta este calor infernal?
 El hombre no se molestó en contestar. Era inútil. Tenía dos ojos, y estaban sanos: uno de estos hombres llevaba un fusil en bandolera, por lo que debían de ser efectivamente cazadores, o algo parecido. El sol estaba en algún lugar del cielo, era obvio. En cuanto a él, no, no tenía ni frío ni calor, estaba en paz consigo mismo, con el alma alejada de toda impaciencia, y en ese caso, ¿para qué hablar? Por esa razón, se limitó a levantar la vista hacia el hombre de uniforme y gafas oscuras que tenía, según le pareció al campesino, cara de desconcierto.

 Terminada la novela, me interesé por su autor, Driss Chraïbi (El Yadida, 1926 – Valence-sur-Rhône, 2007), escritor marroquí en lengua francesa, considerado el padre de la literatura magrebí moderna.

El escritor Driss Chraïbi. Fotografía: Kacem Basfao

 Chraïbi estudió en la escuela coránica y más tarde se trasladó a Rabat y Casablanca para continuar sus estudios. En 1945 se trasladó a París para estudiar Química e Ingeniería, pero tras graduarse se dedicó a su gran pasión: la literatura y el periodismo. Produjo programas en France Culture, la cadena de radio pública francesa; se relacionó con numerosos poetas de entonces y fue profesor de literatura magrebí en la Universidad Laval de Quebec. En el año 1973 recibió el Premio de l'Afrique Méditerranéenne por su obra literaria, así como el Premio de l'Amitié franco-arabe en 1981. Murió en Francia a los 81 años, y como él deseaba, está enterrado junto a su padre en el cementerio de Chouhada, en Casablanca.

 Luego, miré si había alguna obra más suya traducida al castellano, y me encontré con estas novelas:


 Y una autobiografía:

 El título del que les hablo hoy, Una investigación en el Atlas (1981), ha sido traducido por primera vez al castellano por Beatriz Cámara para Amarillo Editora. Y como me parece encomiable la labor de estas pequeñas y a la vez grandísimas editoriales independientes, contacté con Ester Vallejo, la editora, para que me contase cómo había descubierto esta obra y a este autor, para mí totalmente desconocido. Y esto fue lo que me dijo:

«La novela me llegó por Beatriz, la traductora, que me escribió y me propuso traducirla para Amarillo; me envió información, investigué sobre el autor y le vi muy buen encaje en el catálogo. Nos reunimos un par de veces porque yo no la había leído y necesitaba saberlo todo sobre el libro antes de decidir (date cuenta de que publicar un libro supone un gasto económico de miles de euros y meses de trabajo, y necesito estar segura) y finalmente nos pusimos a ello».

 Así que, por alusiones, transmití la misma pregunta a Beatriz Cámara, la traductora. Y esto fue lo que me respondió:

«Conocí al autor y la obra en la universidad. Estudiaba el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid y tenía que elegir una obra sobre la que trabajar, investigar y de la que traducir un par de capítulos para el Trabajo Fin de Máster. En una conversación con un compañero, este mencionó al autor, pues yo siempre me he interesado mucho por la literatura magrebí de expresión francesa (también traduzco del árabe). Al leer la obra, me encantó, además de ver en ella muchas posibilidades en cuanto a la traducción, tanto para el TFM como para una posible publicación en el futuro. La verdad es que la publicación ha costado un poco: Ester se fijó en mi propuesta cuando ya estaba a punto de tirar la toalla después de estar cinco años enviándola por correo a editoriales que no hacían más que darme largas a pesar del gran potencial que yo le veía. Por eso este es un sueño cumplido».

 Leyendo el correo de Beatriz, me acordé de lo que decía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina desde su espacio en EL PAÍS: que «un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo». Y que «la inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada». Vaya desde aquí mi aplauso a la traducción de Beatriz, que realiza además con éxito una difícil pirueta, al incluir a ratos en los diálogos entre el inspector Ali y su jefe, un peculiar efecto sonoro, algo que nos aclara en una nota inicial ella misma:

Una investigación en el Atlas refleja con fuerza esa mezcla de lenguas y registros que constituye el día a día de Marruecos y que, al verterse al español, exige decisiones que no siempre tienen una solución inmediata.
 Una de las dificultades más notables ha sido trasladar los diálogos entre el inspector Ali y el jefe de policía. A lo largo de toda la novela, estos personajes alternan el francés –lengua en la que se comunican entre ellos– con el árabe, que emplean para dirigirse a los habitantes del pueblo, a quienes intentan confundir. Para reflejar este juego, Chraïbi transcribe en el texto original el francés de manera oral, deformando la norma y acercándolo a lo que se escucharía en la realidad. En esta traducción se ha tratado de reproducir ese mismo efecto en español, como si los personajes hablaran nuestra lengua con un acento marcado, a medio camino entre el francés y el árabe.

 Por último, quiero cerrar esta reseña con otras líneas extraídas de la nota introductoria de la editora, Ester Vallejo, en la que nos invita a abrir el libro, dar un salto en el tiempo, a julio de 1980, y acompañar a estos dos infelices en su misión por el Atlas:

 La pérdida de valores, la memoria colectiva, la colonización, el islam y las consecuencias del progreso sin control constituyen el eje sobre el que se asienta el relato. Amargo en unas ocasiones, hilarante en otras, se propone aquí al lector un viaje por las áridas tierras del Atlas marroquí, un viaje que aúna placer y reflexión sobre qué papel elegimos representar en nuestro mundo actual.

 ¡Feliz viaje!

*Plinio es el alias de Manuel González, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, un hombre sencillo y cabal «que resuelve con paciencia y singular agudeza los más intrincados casos policíacos, ayudado por su fiel amigo y admirador, don Lotario, el veterinario del pueblo, quien se interesa tanto por la averiguación de un crimen como por el descubrimiento de una epizootia». Historias de Plinio, conformada por las dos novelas mencionadas en esta reseña, «tiene la originalidad de su carácter muy español, por el ambiente en que se desarrolla, la descripción del paisaje y la psicología de los personajes».

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