miércoles, 21 de septiembre de 2022

LAS VUELTAS POR EL MUNDO DE UN SANTANDERINO


Un millón de pasos, de Álvaro Machín (El Desvelo Ediciones)
Fotografía: Lucía Rodríguez

La señora se dejó caer en el asiento de al lado, se arrellanó en él e intentó darme palique hablando del calor que hacía. Yo venía de una sesión de rehabilitación, pues tengo el piramidal tocado, e iba absorto en la lectura de Un millón de pasos, del periodista santanderino Álvaro Machín, así que por educación respondí «que no era normal», aún a sabiendas de que siempre es normal que haga calor en Málaga en agosto. Como la mujer vio que yo no estaba por la labor, se dirigió con lo mismo del calor a la señora que estaba sentada al otro lado del pasillo del autobús –el de la línea 8, que es el que suelo usar para ir de casa al centro y viceversa–.

 «Ahora se ducha una, te pones fresquita y ya te quedas tranquilita toda la tarde en la casa», le respondió la mujer, más diestra en el cuerpo a cuerpo. «Uff, yo es que no puedo. Es meterme en la casa y se me caen las paredes encima. Yo tengo que salir adonde sea, pero encerrarme en la casa, eso sí que no. Aunque sea a ver escaparates...». La otra mujer asintió con una sonrisa: «Yo es que tengo aire acondicionado, y se está tan agustito...». «Yo también lo tengo, pero ni por esas. Es que si no salgo me deprimo. A mí me gustaría irme de viaje, a cualquier parte, ¿pero a dónde va a ir una como está la economía?».

 En ese punto yo me había subido al Transiberiano y estaba a punto de beberme una tetera (así es como lo sirven) de vodka con Álvaro y el gigantón campeón de halterofilia con el que compartía camarote. Íbamos a brindar con un «Nazdarovia», pero a esas alturas ya no había quien se concentrara en la lectura. Cerré el libro, y me contuve las ganas de decirle a aquella señora que por menos de lo que le costaba echarse el tinte en la peluquería podía irse de viaje con aquella lectura.

Portada de Un millón de pasos, de Álvaro Machín
El Desvelo Ediciones

 Me entretuve observando la ilustración de la portada, una acuarela de Pedro Sainz Guerra en la que plasma el interior del compartimento del Transiberiano. Luego leí de nuevo el título, Un millón de pasos, y al hacerlo pensé en la conocida frase del filósofo chino Lao-Tse, aquella que dice que «un viaje de mil kilómetros empieza con un solo paso». Ese paso poderoso de inicio lo dio el autor, Álvaro Machín, en Sri Lanka, el antiguo Ceylán. Y ese simple primer paso le proporcionó, como a tantos de los que pateamos el mundo, la confianza que necesitaba para lanzarse a recorrer el planeta.

 Álvaro Machín no es ningún Indiana, tiene vértigo, le dan miedo las serpientes y lleva en la mochila una camiseta de la selección española con el número de Xabi Alonso medio despegado y una gorra del Bubba Gump, de ahí el subtítulo del libro: Las vueltas por el mundo de un tipo corriente. Quizás por eso le resulte tan fácil al lector identificarse con él.

Álvaro Machín, autor de Un millón de pasos (El Desvelo Ediciones, 2022)

 Abre el libro Moynaq. Sobornos, serpientes y barcos en el desierto. Moynaq es una ciudad del noroeste de Uzbekistán, a donde una vez llegaron las aguas del Mar de Aral.

(...) El símbolo de Moynaq es un pez de color amarillo que salta sobre las olas. Cerca hay otro dibujo. Una gaviota sobre las mismas aguas.
 Pero aquí se viene a ver, precisamente, cómo el mar se ha ido. Sólo a eso. No hay otra cosa. Lo que queda es una caricatura de ciudad, una avenida triste con trazas de mejores tiempos donde la comida y las personas dejaron atrás la fecha de caducidad. (...) Moynaq era un puerto del Mar de Aral pintado en las crónicas como un buen lugar para vivir. Pesca, algo de industria vinculada a las conserveras... Al menos eso me explicaron. El deseo de producir algodón en grandes cantidades llevó a los soviéticos a desviar el curso del Sir Daria y el Amu Daria. A construir canales por los que el agua dejara de llegar a un gran lago que es mar y acabara regando su factoría agrícola. Porque el algodón, que luego dejó de ser importante, necesita agua. Grandes cantidades de agua. El Aral era mucho más extenso y hacía su trabajo. Mantener la economía local a largo plazo, refrescar un clima duro... Pero se fue echando atrás. Los textos cuentan que alguien, en Rusia, dijo que el Aral «debía morir como un soldado en la batalla». También en una guerra química, porque se abusó de pesticidas y fertilizantes. Se evaporó el lago y se envenenó la tierra. El azul emigró de Moynaq y dejó desierto y un poblado casi fantasma. Casi, porque aún viven personas.

 Es lo bueno de la literatura, que nos alecciona. Uno lee ese primer capítulo, y a los pocos días, mientras desayunas hojeando la prensa, te encuentras con el siguiente titular: Vida y muerte de un pantano andaluz. Un pantano que está en la malagueña comarca de la Axarquía, aquí mismo, en Málaga, y que conozco bien porque mi padre, Francisco Delgado Acosta, ganó un año el certamen literario de La Viñuela, el pueblo de 2.045 habitantes que ve como el pantano se está convirtiendo en un secarral por culpa del aumento de la producción agrícola de regadío –aguacate y mango, sobre todo, que requieren mucha más agua de la que cae–, en una zona tradicionalmente de secano. Construido en 1989, con capacidad para 165 hectómetros cúbicos, apenas llega ahora a los 20 hectómetros, de los que cinco no pueden utilizarse por su mezcla con el fango. Si al regadío le sumamos el cambio climático, con una sequía latente, y el incremento de la población en verano, debido al turismo, nos encontramos con que el pantano más grande de Málaga podría morir como murió el Mar de Aral, y que algún guiri viaje hasta aquí y escriba, al modo de Álvaro, su visita al no pantano de la Viñuela. Ojalá que se haga más caso a gente como Rafael Yus, biólogo, docente, portavoz de Ecologistas en Acción en la Axarquía y coautor de La burbuja de los cultivos subtropicales y el colapso hídrico de la Axarquía que viene advirtiendo del peligro desde hace años. Hace falta un cambio de modelo de agricultura, y no sólo a nivel local, sino a nivel nacional, pues esto es algo que está pasando en toda España. Si la superficie de regadío en el país consume alrededor del 80% del agua embalsada, ya sabemos que no van a cuadrar las cuentas.

 Pero volvamos a Un millón de pasos. De Uzbekistán, pasamos a Benín, donde aparecen unas monjas que me recordaron a otras que me acogieron una tarde en Mauritania, «mujeres de bandera en África que se olvidan a menudo cuando se hace balance del papel de la Iglesia».

 Le sigue Sri Lanka, la isla adonde hubiera querido acompañar a mi primo Sergio cuando realizó aquel reportaje gráfico sobre un orfanato de elefantes.

 Luego el Transiberiano y el Transmongoliano en tres partes: Rusia, Mongolia y Pekín, capítulos con títulos tan sugestivos como Ángeles de la guarda, De paquete por la  estepa y Timadores en Tiananmén. Porque me sirve para darle las gracias a todos esos ángeles de la guarda que también se cruzaron en mi camino y a los que me habría gustado poder devolverles el favor, anoto aquí estas líneas de Ángeles de la guarda:

(...) Cuentan que todos los moscovitas han pasado alguna vez por la plaza Komsomólskaya, la de las tres estaciones y los miles de trenes en todas las direcciones. El dato sirve para hacerse una idea sobre un lugar poco idóneo para un estreno con dudas y sin experiencia. Por confuso, no por otra cosa. Y porque las estaciones, en general, se prestan a las páginas gruesas de las historias oscuras. Al menos todo eso me vino a la cabeza al ver que en la puerta del gran edificio que me señaló el conductor había un cartel enorme con letras únicamente en ruso y unas también enormes cadenas con dos candados. (...)
 Él me vio en mitad de todo aquello. Hasta los ateos saben que hay ángeles de la guarda. Sergey Barakhovic fue el mío y le debía estas líneas y la esencia de este capítulo. Iba en pantalones cortos, con gorra y al rato supe que había estudiado un máster en Alemania. Me preguntó si hablaba inglés y, después, me indicó el camino. Pero el tipo, seguramente al leer un mensaje de cierto miedo estúpido en mi rostro, decidió acompañarme. Él y los suyos. Porque Sergey no estaba solo. Tiraba del carrito en el que iba Alisa, un bebé de tres meses que Helena, su mujer, acompañaba en todo momento con la mirada. Ella tenía que comprar un billete para un viaje a primera hora. Me guiaron hasta la taquilla, compraron su billete y repasaron el mío con el operario de la compañía de ferrocarriles. Me indicaron el andén, la hora exacta, el número de tren, el compartimento (estaba todo escrito con el alfabeto ruso). Pero fue mucho más que eso. En este universo de desconfianzas la bondad no siempre tiene precio. No siempre se darán la vuelta para pedirte algo a cambio (algo que siempre parece que estemos esperando). Mi ángel de la guarda no pidió nada. Ni cuando me llevó a un supermercado tras explicarme que sería bueno que comprara agua y algunas cosas para el viaje. Ni cuando recorrió las estanterías para que no me gastara demasiado dinero al elegir los productos. Y tampoco cuando cargó con buena parte de mis trastos hacia el andén. Sergey me acompañó hasta que llegó el tren. Sin un exceso de sonrisas ni de palabras. Él buscó el vagón exacto de mi compartimento y no se marchó hasta que mi equipaje y yo estábamos dentro. En el asiento siete del vagón siete del tren número dos con destino a Irkutz. Aún quedaban algunos minutos para partir y hasta me pidió disculpas por tener que marcharse porque la niña no dejaba de llorar. Me dio un abrazo y yo pensé que el mundo necesitaba un ejército de tipos como él. Santos sin alardes. Ángeles de la guarda. Junto a su nombre y su correo escribí en el cuaderno un millón de gracias. Estuvo conmigo casi cuatro horas. No lo olvidaré.

 Después vienen Torun –la ciudad polaca en la que nació Copérnico–, Pretoria –adonde viaja el autor con unos amigos para vivir en directo el Mundial de Sudáfrica que ganamos–, Budapest –para traer a colación a Puskas y aquella selección húngara que le metió un tres a seis a los ingleses en Wembley–, Camboya –con los templos de Angkor que visité en compañía de Lucía y Pedro en el verano de 2018–, Rumanía –con Bucarest y el castillo de Bran o de Drácula, cerca de Brasov, donde una familia (otros ángeles de la guarda) nos acogió a Lucía y a mí en uno de nuestros Inter Rail de adolescentes–.

Fortalezas de Ayaz Khala en Uzbekistán
Fotografía: Álvaro Machín

 Los campamentos de refugiados saharauis próximos a Tinduf, el desierto de Atacama, México, los Balcanes y Vietnam –país que recorrí de punta a punta en compañía de mi hijo Pedro aquel verano de 2018, cuando estuvimos dos meses viajando por el sudeste asiático– completan la terna de lugares donde se desarrollan las crónicas, más que relatos, de sus viajes. Y es que se nota que Álvaro Machín es periodista. A veces viaja por trabajo, otras por placer o necesidad; en algunas ocasiones lo hace en compañía de su pareja, de sus amigos o su sobrino, y la mayoría de las veces en solitario, que es cuando te ocurren más cosas que merezcan la pena escribirse.

 Sin duda, este libro ayudará a los indecisos a dejar el miedo atrás e iniciar viajes largos, al igual que a los trotamundos como yo, que se quedaron sin viajar este año, nos permitirá coger la maleta sin tener que salir de casa.

Mi casa siempre estuvo junto a las vías del tren. Me gusta pensar que eso supone tener siempre la maleta preparada.


lunes, 5 de septiembre de 2022

CONSTRUIR CON TAPIAL, ARCILLA Y BARRO


Chimenea de tierra de uno de los dormitorios de invitados
Casa bereber en la orilla del desierto de Agafay
Reformada por Karl Fournier y Olivier Marty (Studio KO)
Fotografía: Lluis Tudela (Icon Desing/El País)

«El problema es que muchos marroquíes asocian los edificios hechos de barro y arcilla con la pobreza. Técnicas como el pisé les recuerdan a su pasado y Marruecos está en un momento de globalización, así que las rechazan. No entienden que en realidad resulta más moderno construir con tierra que con materiales comprados en China».
Karl Fournier (fundador junto a Olivier Marty de Studio KO)

 

https://elpais.com/icon-design/2022-06-04/minimalismo-afilado-pero-tradicional-asi-es-el-marrakech-de-studio-ko-los-arquitectos-del-museo-yves-saint-laurent-que-construyen-con-tapial-arcilla-y-barro.html

domingo, 21 de agosto de 2022

ESTE AÑO NO TE QUEDES SIN VIAJAR


Este año no te quedes sin viajar
Carta desde el Toubkal en el escaparate de Luces
Fotografía: Lucía Rodríguez

El otro día leí en el periódico que el ritmo de lanzamiento de libros, filmes o series condena a la mayoría de las obras a desaparecer poco después de su estreno.

Cada semana, cientos de libros, cómics, espectáculos teatrales, series o discos debutan con el preciado sello de "novedad". Detrás, suele haber años de trabajo de músicos, dramaturgos, actores, escritores o directores. Al cabo de un mes, sin embargo, la gran mayoría ha pasado al rincón del olvido, lejos de la estantería principal o de las fichas más visibles del catálogo online. Y lejos, también, de los ingresos que esa visibilidad puede representar.
 En su lugar, aparece otra marea de novedades que, a su vez, pronto se convertirá en pasado. "En el sector editorial se da una superproducción concentrada en los grandes sellos. Las librerías no pueden mantener un fondo, salvo las más importantes, y se ven obligadas a un movimiento continuo. Un libro de hace seis o siete meses muchas veces ya no se encuentra, hay que pedirlo expresamente". [...] "La vida de los libros en las librerías es cada vez más corta, con las consecuentes devoluciones".
De novedad cultural al olvido en pocas semanas.
Tommaso Koch, El País

 Por eso, agradezco enormemente el detalle a todos esos libreros que después de tantos años (Carta desde el Toubkal se editó en 2015) siguen reponiendo mi libro cada vez que se vende. Libreros que leyeron el libro y que les gustó tanto que quieren seguir teniéndolo de fondo en sus estanterías, como José Antonio, de la Librería Luces, que incluso lo pone de vez en cuando en su escaparate, esa ventana a la Alameda que invita a todo el que pasa por allí a escoger el destino para su próximo viaje.

Carta desde el Toubkal en el escaparate de Luces, mayo de 2021
Fotografía: Lucía Rodríguez

 «Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro». Con Carta desde el Toubkal podrán viajar a Marruecos a precio de saldo.

https://www.librerialuces.com/es/libro/carta-desde-el-toubkal_525177

Escaparate de la librería Luces (Málaga, mayo de 2021)
Fotografía: Lucía Rodríguez


miércoles, 3 de agosto de 2022

EN LOS BOSQUES DE SIBERIA


En los bosques de Siberia, de Virgile Dureuil (Harper Collins Ibérica)
Fotografía: Pedro Delgado

Para huir del calor del verano, o al menos mitigarlo, me he refugiado unos días en Siberia, en una cabaña aislada a orillas del lago Baikal. Y lo he hecho de la mano de una novela gráfica, En los bosques de Siberia, del francés Virgile Dureuil, publicada por la editorial Harper Collins Ibérica en 2021; un álbum que, dado su éxito, aún se puede encontrar en las librerías.

Página 10 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 La obra, traducida por Isabel González-Gallarza, es una magnífica adaptación de la novela La vida simple (Editorial Alfaguara, 2015), del también francés Sylvain Tesson. Un texto, a modo de diario, que Tesson escribió antes de que se pusiera tan de moda el ruralismo literario, unas páginas nada bucólicas en las que nos contaba su bautismo de soledad, cuando dejó atrás su vida cotidiana en París para instalarse durante seis meses en uno de los lugares más hostiles del planeta. Aislado en una cabaña de madera y rodeado de una naturaleza desmesurada e inhóspita, a cinco días de marcha del pueblo más cercano, Tesson afrontó, entre el final del invierno y mitad del verano, su particular viaje interior.

La vida simple, Sylvain Tesson
Ed. Alfaguara, 2013
 Mi cabaña está situada al norte de la reserva Baikal-Lena. Es un viejo refugio de geólogo construido en los años ochenta y hundido en un claro entre cedros. En el mapa, los árboles le han dado su nombre al lugar: «Punta de los Cedros del Norte». Cedros del Norte suena como un nombre de residencia de ancianos. Después de todo, se trata de un retiro.

 El cómic, al igual que la novela, empieza con una nota aclaratoria del propio Sylvain Tesson, en la que nos cuenta lo que se nos avecina.

Un retiro.
 Me había prometido que, antes de cumplir los cuarenta, viviría como un ermitaño en mitad del bosque.
 Me instalé seis meses en una cabaña en Siberia, a orillas del lago Baikal, en la punta del cabo de los Cedros del Norte. El pueblo más cercano estaba a 120 kilómetros, no había vecinos ni carretera de acceso, de tarde en tarde recibía alguna visita. En invierno, temperaturas de –30 ºC ; en verano, osos en las orillas. Un paraíso.
 Me llevé libros, puros y vodka. Lo demás –el espacio, el silencio y la soledad– ya estaba allí. En ese desierto me inventé un día a día sobrio y hermoso, llevé una vida centrada en gestos sencillos. Contemplé pasar las horas frente al lago y al bosque. Corté leña, pesqué para comer, leí mucho, caminé por las montañas y bebí vodka asomado a la ventana. La cabaña era un puesto de observación ideal para percibir el latido de la naturaleza.
 Conocí el invierno y la primavera, la felicidad y la desesperación, y, por fin, la paz.
 En el fondo de la taiga, me metamorfoseé. La inmovilidad me aportó lo que el viaje ya no me procuraba. El genio del lugar me ayudó a amaestrar el tiempo. Mi hogar se convirtió en el laboratorio de esas transformaciones.
 Todos los días consigné mis pensamientos en un cuaderno. Lo que tiene hoy en las manos es el diario de aquel retiro.
Sylvain Tesson

 No me dirán que no es tentador. ¿Quién de ustedes no ha soñado con algo así para reencontrase consigo mismo?

«Soy libre porque mis días lo son». Sylvain Tesson
Página 25 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Página 50 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 Silencio, soledad, largos paseos, explorar el entorno, pescar abriendo un boquete en el lago helado, patinar sobre su superficie, aceptar la hospitalidad de los escasos vecinos y leer un buen montón de libros. Al igual que Miquel Barceló llevó una maleta llena de libros al País Dogón durante su estancia en Mali, Tesson los transportó en una caja.

Maleta llena de libros en la casa de Miquel Barceló en Mali
Fotografía: Jean-Marie del Moral

 Con ellos, ese viaje a la soledad resultaría menos extremo.

Tres últimas viñetas de la pág. 12 de En los bosques de Siberia
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 El cómic de Virgile Dureuil tan sólo nos deja ver a algunos de los autores de esos libros, pero en el diario de Tesson sí figura el listado completo de títulos y autores. Como ese dato es interesante para los que amamos los libros, he considerado compartir esa lista con ustedes.

Lista de lecturas ideales, hecha por Tesson, para su retiro en Siberia
La vida simple, de Sylvain Tesson (Ed. Alfaguara, 2013)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Listado de libros que llevó Sylvain Tesson a su retiro de 6 meses en Siberia
La vida simple, de Sylvain Tesson (Ed. Alfaguara, 2013)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Quizás también estaría bien escribir otra con los libros que yo me llevaría, pero el esfuerzo sería grande y no tengo ahora mismo espíritu para ello. Lo que sí puedo decir es que algunos de esos 65 títulos también estarían en mi lista, entre ellos los dos volúmenes de Historia de mi vida (Editorial Atalanta), de Casanova, que compré como nuevos por 5 euros (cuando cuestan 125) en la librería lowcost Re-Read (cosas así son las que te hacen volver a curiosear en sus estantes).

Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Atalanta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la cabaña, vuelvo a hundirme en Casanova. Después de su visita al abate de Einsiedeln:  «Para ser feliz me parecía que lo único que necesitaba era una biblioteca». A propósito de una joven italiana: «Me mostré mortificado de tener que dejarla sin haberle rendido a sus encantos el homenaje principal que merecían». Casanova viaja y vive en Roma, en París, en Múnich, en Ginebra, en Venecia y en Nápoles. Habla francés, inglés, italiano y latín. Conoce a Voltaire, Hume y Goldoni. Cita a Copérnico, Ariosto y Horacio. Sus amantes se llaman Donna Lucrezia, Hedwige o Henriette. Dos siglos más tarde, los tecnócratas dicen que es urgente «construir Europa».
***
 Cierro el libro, me pongo las botas de fieltro y voy a sacar dos cubos de agua del agujero de hielo pensando en Bellino-Teresa de Roma y en Leonilda de Salerno.
 Libros de dandi y vida de mujik.

 En los bosques de Siberia tiene el poder de templar nuestro estado de ánimo. Sus dibujos y sus textos nos proporcionan cierto sosiego, y, a la vez, pueden llevar a la acción a aquellos que no se encuentran a gusto con sus vidas ajetreadas, con nuestra modernidad, a esos que sopesan salirse de la rueda, que quieren pisar el freno.

«Por cosas así he querido alejarme de este mundo». Sylvain Tesson
Página 6 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 Es increíble cómo Virgile ha captado el paso de las estaciones en sus viñetas, y destacable el empleo que hace del color y la luz en las mismas: los naranjas de los interiores alumbrados por las estufas de leña; los filamentos rojos de los amaneceres y atardeceres; el malva que proyecta a la noche la luna...

Página 27 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 75 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Primera viñeta de la pág. 76 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 49 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 14 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

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Página 16 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Primera viñeta de la pág. 17 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 El dibujo realista de Virgile Dureuil se acomoda perfectamente a la narrativa y a las palabras textuales de Tesson, suprimiendo las referencias a algunos días para poder condensar, casi en la mitad de páginas, las 228 de la novela original. En ella, Tesson no da voz sólo a sus pensamientos y acciones, si no también a los rusos que viven en esos parajes: pescadores, guardas forestales, y miembros de estaciones científicas o meteorológicas.

Página 9 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

Página 34 de En los bosques de Siberia (Harper Collins Ibérica)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

 En este caso, fue el cómic el que me llevó a la novela, que encontré en la biblioteca del barrio.

17 de febrero
 Esta mañana el sol se posó en las crestas de Buriatia a las ocho y diecisiete. Un rayo atravesó la ventana y cayó sobre los troncos de la cabaña. Yo estaba en mi saco de dormir. Creí que la madera sangraba.
 Las últimas llamas de la estufa mueren hacia las cuatro de la mañana. Al alba hiela en la pieza. Hay que levantarse y encender el fuego: dos gestos que celebran el pasaje del homínido al hombre. Comienzo mi jornada soplando las brasas. Después vuelvo a acostarme hasta que la cabaña ha tomado la temperatura de un huevo.
 Esta mañana, engraso el arma que me dejó Serguei. Es una pistola de cohetes como las que utilizan los marinos en problemas. El caño lanza su carga de fósforo enceguecedor que atenúa los ardores de un oso o un intruso.
 No tengo fusil, y no cazaré. En primer lugar porque la reglamentación de la reserva natural me lo prohíbe. Además, porque me resultaría una grosería injustificable matar a los seres vivos del bosque del que soy huésped. ¿A quién le gusta que lo agreda un extraño? No me molesta que seres mejor hechos, más nobles y de aspecto distinto al mío vivan en libertad en los montes.
 Esto no es Chantilly. Cuando los cazadores furtivos se topan con los guardabosques, las explicaciones se dan a puñetazos. Serguei no patrulla nunca sin su fusil. En el perímetro del lago hay tumbas con los nombres de inspectores. Una simple estela de cemento, decorada con flores de plástico y, a veces, la foto del hombre en un medallón de metal. Los cazadores furtivos en cambio no tienen sepultura.

 Y lo siguiente será ver la película, rodada por Safy Nebbou en 2016. El guión corre a cargo del propio Nebbou y de David Oelhoffen. A ver si se animan a subirla los de Filmin y les cuento.

En los bosques de Siberia
Un film de Safy Nebbou

 Como ven, las buenas historias lo son en cualquier medio.

 Ya tengo ganas de que los de Harper Collins editen en castellano la adaptación que hizo Virgile Dureuil de Berézina: En sidecar con Napoleón, otra novela del particularísimo Sylvain Tesson, en la que el autor recorre, doscientos años después, la ruta de retirada del ejército napoleónico desde Moscú a París.

 Como Tesson, me sirvo un chupito de vodka, alzo el vaso hacia el oeste y bebo. ¡Por las aventuras que nos quedan por vivir!

Última viñeta pág. 22 de En los bosques de Siberia (Harper Collins)
© Editions Casterman S.A./Virgile Dureuil

P.D. Mi agradecimiento a Mónica Sota y Rocío Isasa de Harper Collins Ibérica, y a Nolwenn Lebret y Tina Tonero, de Casterman, por facilitarme las páginas del cómic y el permiso para utilizarlas en esta reseña. Y como no, a Sylvain y Virgile por dedicarse a este noble arte.

lunes, 11 de julio de 2022

CURSOS DE VERANO


Periodismo activo: Viajar y contarlo / Periodismo y viajes
Ediciones de la Universidad de Barcelona
Fotografía: Lucía Rodríguez

Ya está aquí julio, y con él las chancletas; las playas y piscinas atestadas; los espetos; las jarras de gazpacho o sangría; las copas de cerveza o de tinto con Casera; los vermús y los gin-tonics; las tajadas de melón y de sandía; las tarrinas de helado en la nevera; los abanicos; los conciertos al aire libre; los cines de verano y, como no, los consabidos cursos de verano.

 A veces, los títulos de estos cursos son un tanto peregrinos, como si no fueran más que una excusa para preparar las maletas y salir de casa, lo que se llama turismo académico.

 Será porque caló aquella retahíla del Libro Gordo de Petete, que sigo pensando que los mejores cursos están en los libros. Para los que disfrutan de ellos y aman los viajes y sentarse a escribir, les voy a proponer dos cursos de verano que pueden hacer sin pagar matrículas, ni caros hoteles, y sin tener que hacer ningún tipo de desplazamiento. Ambos están avalados por la Universidad Autónoma de Barcelona, y espero que tengan cierta enjundia, porque ya me he «apuntado» a ellos. Se encuadran dentro del periodismo activo. Uno lleva por título Viajar y contarlo –Estrategias narrativas del escritor viajero– y el otro Periodismo y viajes –Manual para ir, mirar y contar–. El primero «lo imparte» Juliana González-Rivera y el segundo Santiago Tejedor, ambos periodistas y profesores universitarios.

Juliana González-Rivera es doctora en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y se ha especializado en literatura de viajes. Periodista cultural, ha escrito para diversos medios españoles y latinoamericanos. Ejerce de profesora de periodismo y escritura, nuevos medios digitales e historia del arte y la cultura. Es autora del ensayo La invención del viaje. La historia de los viajes que cuentan el mundo.

Santiago Tejedor, periodista y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, es licenciado en Periodismo, máster en Comunicación y Educación, doctor en Periodismo y Ciencias de la Comunicación y doctor en Ingeniería de Proyectos. Entre otras obras, ha publicado Más allá del «resort»: descubriendo República Dominicana (2008), ¿Dónde estás, Guevara? Magia, aventura y leyendas en la isla de Cuba (2009), Amara: un viaje tras las pisadas del pueblo rarámuri (2012) y Yunka Wasi: historias que cuenta la selva (2016). En 2003 recibió el Premio Net Reporter en la categoría de Mejor Periodista Digital y el Premio Tiramilles en la categoría de Mejor Reportaje de Viajes en Soporte Multimedia. Actualmente dirige el portal de viajes Tu aventura y es coordinador general del proyecto de periodismo de viajes Expedición Tahina-Can.

 Para que vean si les interesan, les muestro el índice de ambos libros (de ambos cursos, les diría). Y prometo, cuando los termine (cuando los curse), volver a hablarles de ellos.

Índice Viajar y contarlo. Estrategias narrativas del escritor viajero
Fotografía: Lucía Rodríguez

Índice Periodismo y viajes. Manual para ir, mirar y contar
Fotografía: Lucía Rodríguez

Índice Periodismo y viajes. Manual para ir, mirar y contar
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pueden «matricularse» clicando sobre los siguientes enlaces:

http://www.edicions.ub.edu/ficha.aspx?cod=10391

http://www.edicions.ub.edu/ficha.aspx?cod=13890

 Hay una cita en uno de estos libros que es toda una invitación al viaje. Pertenece a El cazador de historias, de Eduardo Galeano. Y dice así:

En las páginas de Las Mil y una noches, se aconseja:
 –¡Márchate, amigo! ¡Abandónalo todo, y márchate! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del arco? ¿Sonaría como suena el armonioso laúd si siguiera siendo un leño?


viernes, 1 de julio de 2022

TRES FORMAS DE ATRAVESAR UN RÍO


Puente de los Alemanes o de Santo Domingo, Málaga
Tres formas de atravesar un río, de Agustina Atrio (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Pedro Delgado


En su camisón de verano, descalza, en el hall de casa, mi madre me dice: «Que encuentres lo que vas a buscar».
Tres formas de atravesar un río, Agustina Atrio


Málaga tiene un río que corta la ciudad en dos, una larga cicatriz que la recorre desde la presa del Limonero hasta su desembocadura en el mar, frente al Centro de Arte Contemporáneo y el colegio García Lorca, donde estudió sus primeros años el mayor de mis hijos.

 Su nombre, Guadalmedina, es de origen árabe –Wādī al-Madīna– y significa «Río de la ciudad». Nace en el pico de la Cruz, en la sierra antequerana de Camarolos y tiene una longitud de 47 kilómetros.

Puentes sobre el Guadalmedina, Málaga
Fotografía: Archivo Municipal, Fundación CIEDES

 A lo largo de su historia, sus aguas se han desbordado en alguna ocasión irrumpiendo en la ciudad, e incluso llevándose por delante los puentes de la Aurora, de Santo Domingo y del Ferrocarril en la gran riá de 1907.

Pasillo de Santo Domingo, Málaga 23 de noviembre de 1907
Fotografía: Club Bellas Artes de Málaga

 En el recuerdo tengo las imágenes de los coches y de los contenedores que flotaban en las calles de la ciudad en 1978 y 1989. Las dos veces ocurrió en noviembre, y me acuerdo que la primera vez cortaron las clases en el colegio y nos mandaron para casa antes de tiempo. Mi madre no nos dejó salir a la calle, pero vimos las escenas por televisión. La tormenta se transmutó en diluvio.

Calle Cuarteles, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga

Calle Puerta del Mar, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga


Vídeo inundaciones de Málaga en 1989
Imágenes: Don Manuel Olmedo Checa

 Para algunos, el Guadalmedina es una herida abierta sangrante que requiere de medios quirúrgicos, y cada cierto tiempo alzan la voz, meten ruido, y reclaman su soterramiento. Aunque apenas suela llevar agua, yo no quiero que lo soterren. Lo quiero abierto. Y lo prefiero así por varios motivos: el primero es que me gustan los ríos, el segundo que me gusta contemplar sus aguas marrones cuando abren las compuertas de la presa –normalmente cuando llueve de forma intensa varios días sobre la ciudad– y bajan raudas y agitadas arrastrándolo todo a su paso; el tercero es que me gusta ver desde el puente de la Esperanza a la muchachada hacer cabriolas con sus monopatines en el skatepark del lecho y a los inmigrantes jugar al voleibol, al futvóley o al fútbol entre el puente de los Alemanes y el puente de la Trinidad. También observar el parecido entre los perros y sus dueños, que les tiran una pelota o un palo para que se lo traigan en la boca a la carrera como unos Sísifos peludos. Pero el motivo principal, que va antes del primero, es sentimental, y está ligado a mi abuela paterna, Ana Acosta Florido, ya fallecida.

Ana Acosta Florido (Málaga, 1912-2004)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recuerdo que me contaba cómo con nueve o doce años se cayó al río, al romperse uno de los tablones de la pasarela de madera que cruzaba el Guadalmedina para comunicar el barrio de la Trinidad con el centro de la ciudad –antes de que se construyera el actual puente de la Aurora, inaugurado en junio de 1930 con el nombre de Puente de Alfonso XIII–. Aquel día, me decía, el río bajaba crecido, y si no fuera por un hombre, que se lanzó al agua para socorrerla, se habría ahogado. Me hubiera gustado localizar a esa persona para darle las gracias por su acción pues de no haber sido por ella no habría llegado a nacer mi padre y por ende ni yo ni ninguno de mis hermanos.

 Mi abuela se fue a vivir con mis padres cuando se casaron, así que cuando mis hermanos y yo llegamos al mundo ella ya estaba allí, y nos cuidó como una segunda madre. Luego, a los once años, ella se fue a vivir a la calle Cerrojo, a los corralones que había en el espaldar de la iglesia de Santo Domingo. Desde la ventana de los dormitorios se veía su campanario, y a mí me encantaba ver y oír las campanas de replicar. Aquellos corralones eran, sin duda, un magnífico ejemplo de la arquitectura de la época, pero incomprensible los echaron abajo para construir el adefesio donde se encuentra el Conservatorio Superior de Danza, una tropelía arquitectónica más de las tantas que han ocurrido y ocurren en Málaga. A mí y a mis hermanos nos encantaba quedarnos a dormir en su casa algunos fines de semana. Mi abuela era de costumbres fijas, y cada mañana, al levantarnos, realizábamos con ella el mismo recorrido. Primero parábamos en la capilla de la Virgen de los Dolores del Puente, donde se santiguaba, encendía una vela y pedía por todos nosotros.

Capilla de Ntra. Sra. de los Dolores y acceso al puente de Santo Domingo
Fotografía (años 70): Málaga ayer y hoy en Twitter

 Luego subíamos los escalones de piedra que daban acceso al Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, un puente que donó Alemania tras la tragedia de la Gneisenau, una fragata-escuela que el temporal hundió en el morro de levante un 16 de diciembre de 1900. Fallecieron 41 marineros, pero otros muchos fueron rescatados por los malagueños, que no dudaron en exponer sus vidas para salvar la de los alemanes. La ciudad se volcó con los supervivientes, sumando el título de «Muy hospitalaria» al escudo de la ciudad. Y Alemania, años más tarde, en un gesto de agradecimiento, sufragaría la construcción del puente que se llevó la riada de 1907.

Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras cruzarlo, seguíamos recto hasta la calle Marqués, donde nos tomábamos un chocolate con churros en Casa Baro. Acto seguido, hacía algunas compras por la calle San Juan, y a continuación, atravesábamos la plaza de Félix Sáenz para ir a una carnicería que había en la calle Puerta del Mar. Me acuerdo que era pequeña y que tenía las puertas de madera pintadas de rojo. Supongo que también haría algunas compras en el cercanísimo Mercado Central, pero no tengo el recuerdo de ello. Sí de comprar en Casa Luis, la tienda de comestibles que había en la misma calle Cerrojo.

 Cuando expropiaron los corralones para meter la piqueta, mi abuela se fue a vivir a Portada Alta. Poco a poco, echaron abajo todos los edificios de la calle y de sus alrededores, salvo el edificio de Italcable y la iglesia, de forma que un barrio con personalidad y casas únicas desapareció para dar paso a dos hoteles horrendos y dos plazas igual de horrendas –otra barbaridad urbanística y arquitectónica más de las muchas que han perpetrado políticos y promotores en la ciudad–. A pesar de ello, el aura de mi abuela se había quedado impregnado en aquella capilla de los Dolores y en aquel puente de los Alemanes, así que cuando falleció, decidimos echar sus cenizas bajo el puente para que su espíritu, su alma o sus moléculas hechas ceniza se quedaran por allí pululando y nos envolviera cada vez que atravesáramos el río, motivo por el que siempre lo cruzo por el mismo sitio.

 Les cuento todo esto porque voy a hablarles de Tres formas de atravesar un río (Ediciones Menguantes, 2021), de la argentina Agustina Atrio, un libro que, entre la crónica y el diario, explora su relación con otros cuatro ríos: el Paraná, el Manzanares, el Limmat y el Sihl; corrientes fluviales que también han marcado su vida.

Agustina Atrio

El agua, sin embargo, no es el motor de este viaje. Lo es una serie de búsquedas: el deseo de experimentar la vida en lugares nuevos, el amor, las casualidades. El agua no motivó mi búsqueda, pero en cada lugar que transité me descubrí deseándola y yendo a su encuentro cuando la sentía lejos. [...] En este relato de agua dulce y salada reinvento, recuerdo, reviso, recreo; tejo memorias, imágenes y pensamientos.
Del prólogo de Tres formas de atravesar un río

 Tras un breve prólogo, el libro se divide en tres partes. En la primera de ellas, en la página 24, recordé una de las enseñanzas más importantes que aprendí en mi viaje por el Amazonas en el año 2004. Fue en el pueblo de pescadores de Alter do Chão, a 37 kilómetros de Santarém. Yo cruzaba a nado el trecho que separaba la aldea de las paridisíacas playas de la Isla del amor, bañadas por las tibias aguas del río Tapajós y el Lago verde, y la dueña de la posada donde me alojaba observó que no echaba a nadar hasta que el agua me cubría el pecho. Se trataba de acortar el tramo, que otros hacían en pequeñas barcas o canoas, para no cansarme mucho. Al volver, a última hora de la tarde, realicé la misma operación. Caminé los primeros veinte o treinta metros hasta no hacer pie, y volví a caminar al final para salir del agua. La mujer estaba sentada en la terraza de la posada, contemplando las orillas y la selvática isla, y nada más verme llegar me reprendió. Si cruzaba así, podía ser que pisara una raya que estuviese semi-enterrada en la arena, el animal se sentiría atacado, me clavaría su aguijón venenoso y ella perdería a su huésped.

Viviendo en contacto con el río aprendí ciertos modelos de conducta: arrastrar los pies al entrar en el agua para no pisar una raya que pueda enojarse y clavar su aguijón; no adentrarse en los camalotes por si escondieran víboras; no tirarse al agua en la costa desde la embarcación sin antes tantear la profundidad con un remo o palo para evitar accidentes desagradables, quedarse en tierra si hay tormenta. Estos comportamientos fluviales, entre otras recomendaciones, son transmitidos de generación en generación.

 Agustina Atrio también me recordó los cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Yo había leído y disfrutado algunos de ellos en una edición juvenil e ilustrada de la editorial Vicens Vives (Anaconda y otros cuentos de la selva), y también había leído A la deriva el año pasado en el tomo Viajeros de la editorial Alba.

Cuentos de la selva de Horacio Quiroga
Fotografía: Pedro Delgado

Han pasado casi veinte años desde ese viaje y mis recuerdos son selectivos y confusos. Sin embargo, hay imágenes que vuelven a mí nítidamente, como las de la visita a la casa-museo del escritor uruguayo Horacio Quiroga.
 De camino hacia Foz de Iguazú, en la cima de una colina, encontramos una casa de madera, en mitad de un amplio terreno. Cuando llegamos allí, yo era ya una apasionada lectora y había devorado varios de los cuentos del escritor: me provocaban fascinación y espanto en partes iguales. Caminando aquella tarde por su jardín, quedé atrapada en una especie de trance mientras observaba toda esa vegetación. En mi mente se sucedían escenas de algunos de sus relatos, y en particular del cuento A la deriva, aquel que narra el trayecto de un hombre que ha sufrido la mordedura de una serpiente y su intento de trasladarse en bote por el río arrastrando un pie cada vez más hinchado y deformado. El Paraná se presenta como un cajón fúnebre que, con sus barrancas-murallas, aprisiona un río oscuro y silencioso. Lo lúgubre no solo forma parte de la obra del escritor; también recorre su vida. Mientras caminamos por un pasillo oscuro y frío formado por tallos de bambú, el guía nos dio detalles acerca de cómo la muerte persiguió al cuentista rioplatense desde joven –varias personas que lo rodearon se quitaron la vida, y él mismo decidió acabar con la suya bebiendo cianuro–.
 Llegamos a un punto de la colina que se transformó en balcón: una amplia vista se abría sobre una extensión vegetal infinita. El sol brillaba, infinidad de plantas verdes y rosadas me rodeaban y, ante nosotros, el todo, la naturaleza, respiraba impasible. Me hubiera quedado allí por horas imaginando mis propias historias, pero la casa era un museo con sus horarios de visita, y yo tenía once años. No me quedó más remedio que seguir a mis padres.

  Acompaña al texto un listado de canciones para el viaje, entre las que no encuentro la canción que le cantaba su abuela por teléfono cuando la llamaba. Esa mujer que era maestra y bibliotecaria y vivía en Santa Fe, a 146 kilómetros río al norte de la ciudad de Rosario, donde vivía la autora, fue la que le inculcó el amor por los libros.

Cuando me llamaba por teléfono, siempre me cantaba una canción, no importaba que yo tuviera cinco o quince años. Esa canción era mía, y se oía del otro lado del teléfono en cuanto mi abuela reconocía mi voz. Esta canción, colombiana, contaba la historia de una iguana que se peinaba la melena en el río Magdalena.

 La canción, como no podía ser de otra manera, resultó ser una canción infantil y pegadiza que no deben escuchar sino quieren que se les quede en la cabeza.

 Al madrileño Manzanares, al otro lado del océano, llegará Agustina Atrio en un vuelo intercontinental.

Antes, el cuerpo sentía la distancia y la habitaba. Hoy, un viaje de doce horas en avión nos resulta interminable.
 El antropólogo inglés Tim Ingold distingue al deambulador del pasajero: mientras que el primero pasea y recorre un territorio, el segundo es transportado de un lugar a otro. Este último disuelve el lazo que une su recorrido con la percepción del entorno; es decir, lo que percibe al ser movido no guarda relación con su propio movimiento. Un navegante de vela o de Kayak y un pescador son deambuladores; su movimiento es guiado, no solo por su conocimiento del entorno, sino también por su percepción del clima, los vientos y la corriente. Los demás nos dejamos transportar mientras miramos por la ventanilla, sin interesarnos en ser uno con lo que nos rodea.

 El nombre de Madrid procede de la voz árabe Mayrit, que significa «abundancia de ríos de agua». Gran sorpresa, nos dice Agustina Atrio, para quien llega a la capital y se encuentra con el bajo caudal del Manzanares. Más tarde descubrirá que los arroyos corren soterrados debajo del asfalto de la ciudad.

Más adelante recorro y camino a lo largo de las orillas del Manzanares, conozco su historia y lo que se ha dicho de este. Exploro esa línea divisoria que separa el centro de Madrid de la parte sur, la más pobre de la ciudad. Encuentro a los seres de la media tarde paseando por los parques del costado del río, pero también a los usuarios de fin de semana, los migrantes de América Latina, quienes conservan la costumbre de utilizar los parques públicos como lugar de encuentro y celebración.

 Tras dejar en Madrid una parte de sí y llevarse una parte de la ciudad consigo, la escritora argentina se traslada a Zúrich, a la que llegan dos ríos: el Limmat y el Sihl, el segundo de los cuales desemboca en el primero en el mismo centro de la ciudad. De ambos nos hablará Agustina Atrio, y de esa urbe en la que reside actualmente. ¿Y cómo no hablar de las montañas cuando se está en Suiza?

Todo el mundo aquí parece amar las montañas, y aquellos que son la excepción tienen que admitir que, al menos, les resulta extraño vivir sin ellas. Es muy probable que una llanura los enloqueciera; el mundo perdería todas aquellas cualidades que le otorgan seguridad; el cuerpo en permanente verticalidad se rebelaría ansioso ante esa planicie que no promete ni una sola curvatura, ni el uso de los verbos «escalar», o «descender».
 A mí, sin embargo, vivir cerca de las montañas me sigue sorprendiendo. Las encuentro hermosas, propias de otro mundo, extraordinarias. Y a la vez, imponentes y amenazadoras.
Vista de los Alpes desde Zúrich 
***
Escribo desde mi nuevo hogar suizo sobre la ciudad donde nací y el río que me vio crecer; las imágenes se mezclan en mi cabeza y el recuerdo se convierte en presente. En mi cuerpo siento el verano, la humedad, el olor de la lluvia; se despliega ante mí el ancho Paraná marrón y mi lengua sabe a mate con bizcochos. Pero ahí fuera es invierno, cae la nieve –algo impensable en mi ciudad–, el río es azul y angosto y el bello lago que lo acompaña sirve de espejo a las montañas que asoman por detrás. Como si fuera una foto de doble exposición, dos paisajes distintos se superponen apaciblemente.

 Por último, quiero terminar esta reseña con unos versos del poeta argentino Juan L. Ortiz que leí hace tiempo en un artículo* de la también argentina Gabriela Cabezón. Juan L. Ortiz «Juanele» vivió el siglo pasado en Entre Ríos, ahí donde empiezan las islas del Delta del Paraná, y en su poema Fui al río, dice lo siguiente:

De pronto sentí el río en mí, / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados. / Corría el río en mí con sus ramajes. / Era yo un río en el anochecer, / y suspiraban en mí los árboles, / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Fui al río, Juan L. Ortiz

*https://elpais.com/ideas/2021-08-21/en-argentina-los-mapas-de-la-pobreza-y-la-contaminacion-coinciden.html

«Lo mínimo que le debemos a nuestros hijos, y a los hijos de ellos, es un mundo habitable. Y el éxtasis de sentir que nos atraviesa un río vivo».

Me atravesaba un río, Gabriela Cabezón