lunes, 14 de agosto de 2023

CICLOVIAJES EN EL GRAN LIBRO DE LAS BICICLETAS DE BLACKIE BOOKS


Cicloviaje por La Pampa. Fotografía: Juan Miguel Jiménez Peñuela

En verano, a pesar del calor, aumenta el número de cicloturistas o cicloviajeros que vemos por las carreteras. Unos se conforman con itinerarios asequibles y de corta duración dentro de su localidad o región autónoma, pero otros cargan las alforjas y recorren a pedales largas distancias. Los hay con alma de peregrinos, y realizan el Camino de Santiago por cualquiera de las rutas que conducen a la tumba del apóstol Santiago el Mayor, situada en el interior de la catedral de Compostela. Y también los que quieren salir del país, y meten sus bicicletas en la bodega de un avión (o las alquilan al llegar) para aterrizar en cualquier país del mundo y recorrerlo a dos ruedas. Tengo una amiga que viene repitiendo esta última fórmula desde hace muchos veranos y que habla bondades de ella, pero también es cierto que en algunos de mis viajes me encontré con cicloturistas que maldecían en arameo debido a las inclemencias meteorológicas (no hubo ni un solo ciclista en Islandia que, al llegar a los campings, no se quejase de la lluvia o del viento (al parecer, este siempre parecía darles de cara)).

 Junto a esos tres tipos de cicloturistas, están los de gran recorrido, los que salen de su ciudad prestos a dar la vuelta al mundo o a recorrer un sinfin de países para llegar a algún punto lejano cuyo nombre tiene fuertes reminiscencias: Estambul, Vladivostok, Pekín, Nueva Delhi...

 En ese tipo de viajeros, sobre todo, se centra el apartado Cicloviajes de El Gran Libro de las Bicicletas (Blackie Books, 2022).

El Gran Libro de las Bicicletas
Editorial Blackie Books

 En él encontraremos dos relatos (Más complicado de lo que parece y A toda máquina) de la irlandesa Dervla Murphy (Lismore, 1931-2022), que soñaba desde niña con ir a la India en bicicleta, un sueño que llevó a cabo en solitario al cumplir los treinta y dos años.

Dervla Murphy (Lismore, 1931-2022)

Por mi décimo cumpleaños, mis padres me regalaron una bicicleta y el abuelo me envió un atlas, ambos de segunda mano. Por aquel entonces ya era una ciclista entusiasta, aunque nunca antes había tenido una bicicleta. Poco después de mi cumpleaños decidí que algún día iría en bici hasta la India. Nunca he olvidado el lugar exacto en el que tomé esta decisión. Era una colina empinada cerca de Lismore. A mitad de la subida me miré con orgullo las piernas, que empujaban poco a poco los pedales, y me asaltó la idea: «Si siguiera haciendo esto durante el tiempo suficiente podría llegar hasta la India». La simplicidad de aquel pensamiento me cautivó.

 Lo que más me encanta de ella, en estos tiempos en los que predomina el postureo, es la respuesta que dio a los que le proponían buscarse un patrocinador.

 Varias personas sugirieron que me buscara un patrocinador para el viaje, tal vez el fabricante de mi bicicleta o la cerveza Guinness, dada la regularidad con la que este producto nutría el cuerpo que iba a emprender ese supuesto maratón. O incluso un periódico, al que podría remitir historias dramáticas sobre lugares inverosímiles. Pero aquellas sugerencias me consternaban. Cualquier patrocinador habría convertido mi viaje privado en un ardid público, y la sola idea del consiguiente protagonismo me hacía sudar horrores. Además, un patrocinio habría provocado un sesgo deshonesto al conjunto de la experiencia. A esas alturas había tenido que admitir que, objetivamente, había algo un tanto peculiar en la idea de ir a la India en bicicleta. Empeñarme en negarlo habría sido afirmar que el resto del mundo estaba desfasado. Aunque en mi fuero interno seguía siendo cierto que yo no veía nada de particular en hacer aquello, presentar el proyecto ante el público como algo exótico y osado habría sido del todo falso.

 En Ciclogeografía, el escritor, académico y ciclista británico Jon Day (Londres, 1984) replica el viaje en bicicleta que el poeta anglogalés Edward Thomas (1878-1917) hizo desde Londres hasta las colinas de Quantock, en el condado de Somerset.

El poeta Edward Thomas
Hutton/Stringer Archive, circa 1905

 Y en Quien tiene la voluntad tiene la fuerza, acompañamos a su autora, la bicimensajera Emily Chappell (Bath, 1982), en un tramo de la durísima Transcontinental, una carrera que en lugar de tener un itinerario establecido, tan solo tiene cuatro puntos de control repartidos por todo el continente europeo.

Emily Chappell (Bath, 1982)

En paralelo a la convicción de que afrontaba algo que sobrepasaba mis capacidades, de que las cosas acabarían saliendo mal –de hecho, ya lo habían hecho, es decir, no más de lo esperado– discurría el conocimiento intuitivo de que me hallaba en mi elemento. A lo largo de esta carrera y en la del año anterior me había quedado ligeramente sorprendida al oír las quejas de los demás ciclistas referentes al calor, al viento, a la rozadura del sillín y al agotamiento. Era como si no esperasen que fuera a ser difícil, o como si hubieran creído que su meticulosa preparación, la buena planificación de sus listas de equipamiento y sus costosos artilugios y accesorios para bicicletas tuvieran que haber obviado cualquier sufrimiento susceptible de poder ser experimentado durante la propia carrera.

 Pol Suñol y Mireia Bartomeus (bajo el seudónimo El bon pedal), nos cuentan en Sin prisa cómo decidieron dejarlo todo para viajar por Asia en bicicleta durante un año, y cómo de ahí nació su taller de bicicletas.

Taller El bon pedal, Barcelona.

Abrirían un taller de bicicletas. De esta manera alargarían al máximo la vida de estas. No sería cuestión de cambiar piezas porque sí, sino de repararlas, entendiendo a la figura de la mecánica no como una recambista sino como la que arregla, recompone o restaura. Recuperar el oficio. Como la zapatera que te vuelve a pegar la suela del zapato o la costurera que te acorta el pantalón.

 En La magia de viajar en bicicleta, de la gallega Iria Prendes (A Coruña, 1981), impulsora del proyecto Soy Cicloviajera, se nos aclara que, para serlo, no hace falta ser deportista, mecánico o aventurero. Y nos cuenta alguna anécdota que demuestra que, cuando sales, confías y le sonríes al mundo, el mundo te devuelve la sonrisa.

Iria Prendes (A Coruña, 1981)

 Recuerdo en una ocasión en el sur de Chile, llevaba meses adentrada en la parte más inhóspita de la Patagonia, esa que hace que tengas que cargar con provisiones para varios días (en plural, porque eso es lo que tardas en conectar un pueblo con otro).
 Había llegado a un pueblo que parecía cerrado. La mayoría de sus casas tenían las persianas bajadas y no había ni comercios ni personas por la calle. Pasé por delante de la iglesia y vi movimiento. Era típica de esa zona, con mosaicos de madera, pequeña y de color chillón. Tenía un terreno bien cuidado a un lado y, lo más importante, una verja que aseguraba la propiedad y manifestaba el poderío de la Iglesia. Todo esto que os explico lo pensé mientras se me ocurría dar la vuelta y esperar a que el cura terminase de oficiar la misa para pedirle permiso para acampar en ese flamante terreno. Entré, con mi indumentaria ciclista, nómada, vagabunda, y esperé en el último banco. Como digo, hay que hacerse ver. Cuando salió la última señora, el cura ya lo había cerrado todo, así que ni me dio opción de pedirle nada. Con el beneplácito me puse a buscar la mejor esquina en ese campo donde poder montar mi casita para esa noche. Faltaba poco para que anocheciera, ya no iba a ponerme muy exigente. Montada la tienda, empecé a calentar agua cuando apareció una señora junto a la verja.
 –Pshhh, mi hijita, mi hijita –me gritaba mientras me hacía gestos con la mano para que me acercara.
 Yo, imaginando que iba a llamarme la atención por estar acampando en terreno de la iglesia, en un primer momento la ignoré. Pero como la mujer insistía, me acerqué dispuesta a explicarle que contaba con el permiso del cura.
 Cuando estuve bien cerca, me encontré a una señora bajita con un rostro bastante simpático que me preguntó si iba a pasar la noche allí.
 –Sí, señora, pero el cura me dio permiso. Mañana por la mañana continúo mi viaje, solo es esta noche.
 La mujer abría los ojos, no daba crédito a lo que le decía.
 –¿Y no querrá venir a casa a dormir, mi hijita? Yo vivo aquí enfrente, ya la vi a usted antes cuando llegaba y esperaba en la misa con su bicicleta. Yo estoy sola, mis hijos están estudiando en la ciudad, mi marido vuelve mañana del trabajo. ¿No querrá venir y dormir en una cama caliente y cenar algo rico? Es muy grande la casa para mí sola.
 Ahora era yo la que no daba crédito. Una desconocida, una señora desconocida que estaba sola en casa acababa de invitar a otra desconocida que estaba sola en su tienda a compartir una cena y una charla. Una invitación que tendía una mano de humanidad, de compañerismo, de hermandad.
 –¿Usted está segura? –recalqué por si acaso.
 –Totalmente.
 Desmonté la tienda, volví a meter todo en las alforjas y crucé la calle hasta la casa de Rosa.
 Tomamos once, ese clásico merienda-cena chileno que comen en las zonas rurales.
 Conversamos, nos reímos, compartimos como dos amigas que lo pasan bien, aun con cuarenta años de diferencia. Sentimos que mutuamente nos hacíamos mimos al corazón.
 Yo, que ese día no tenía pensado ducharme con agua caliente ni descansar con ropa limpia, me vi ahí, recién duchada y cenando como una invitada.

 Por cierto, que al copiar aquí este fragmento, me acordé de Juan Miguel, el marido de una compañera del instituto, que recorrió también la Patagonia en solitario, en este caso la argentina, y, por enriquecer más la reseña, le pedí que me enviara un pequeño texto sobre aquella experiencia, un relato como estos que vienen en el apartado de Cicloviajes del libro, para compartirlo con ustedes. Lo que me llegó, obtuvo el Primer Premio de Microrrelatos de la Revista Pedaleo que convoca la Asociación Ruedas Redondas de Málaga.

Juan Miguel Jiménez Peñuela (Málaga, 1967)
Recorriendo La Pampa en 2008

To bike or not to bike
Por Juan Peñuela

La tortura de la sed; el sol implacable reverberando en la carretera y formando charcos de luz a los que no llegaré jamás. Silueta fantasmal, agigantada por la llanura, de un molino chirriante que saca agua salada de las entrañas de ésta tierra reseca. Beatífica sorpresa, la del fugaz paso de ñandúes que desaparecen al primer golpe de vista entre los grises matojos. La palpitante conciencia de estar demasiado pervertido para sobrevivir más allá de un par de días en este entorno desmesurado y hostil. Sensación alucinatoria de estar montando en una bicicleta estática o en una cinta sinfín con un paisaje de fondo que se repite una y otra vez como en los viejos dibujos animados. La reconciliación con el género humano al llegar al primer lugar habitado: ¡Una Quilmes, por favor!
Primer Premio de Microrrelato Revista Pedaleo

Recorriendo en bicicleta La Pampa en 2008
Fotografia: Juan Miguel Jiménez Peñuela

 Por último, quiero mencionar Vacaciones ideales, donde el escritor Paul Fournel (Saint-Étienne, 1947) entrelaza verano, naturaleza, bicicleta, soledad y Tour de Francia.

Paul Fournel. Fotografía: Astrid di Crollalanza

 Cinco elementos, cambiando soledad por siesta, que aparecen en la reseña que escribí sobre El Gran Libro de las Bicicletas y las crónicas del Tour de mi amigo Luis Muriel (Siestas con Tadej) en Calle 1, y que pueden leer al clicar en el siguiente enlace:

Siestas con Tadej, Crónicas del Tour de Francia de Luis Muriel
Fotografía: Facebook de Luis Muriel

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/07/el-gran-libro-de-las-bicicletas.html

«Lo mejor: la gente se parece a su bicicleta. Sí, igual o más que a su perro. Tanto en el cuidado y en el aspecto como en el tipo de uso. ¿Os habéis fijado?»


lunes, 10 de julio de 2023

LAS HIJAS DE LA NIEBLA


Presentación de Las hijas de la niebla, de Namik Dokle, en la librería Áncora
Fotografía: Pedro Delgado

Me cuenta el escritor albanés Namik Dokle, una tarde de marzo en la librería Áncora de Málaga, que existe una aldea, oculta entre la niebla, en la que nacen hombres que encanecen desde niños y ven mejor de noche que de día. Hombres que no han nacido del vientre de su madre, sino que los ha parido la niebla de las brañas de Kallabak. En esos prados altos donde pastan las ovejas, me dice, nos dice a todos los que hemos asistido a la presentación de su libro, viven los hijos de la niebla.

Con pañales de niebla los arropan cuando salen del vientre de su madre y con sudarios de niebla los envuelven cuando los acompañan hasta detrás de la Loma, al cementerio. Y durante toda su vida los conduce la niebla por el mundo, los arrastran consigo los vientos de otoño, se abrazan con las rocas en las gargantas de los ríos, se alimentan con la noche y se pelean con el día... Se calientan la cabeza con este mundo y con el otro...

 Esa aldea es Bukojna, y pertenece a la comarca de Gora, donde se habla gorançe (gorano) o nashke, que en su habla significa "nuestra lengua" –variante dialectal del eslavo balcánico salpicada de palabras del albanés y el turco–, lengual oral y no escrita que, cuando se escribe, utiliza los caracteres del país del águila bicéfala. Gora se extendía a ambos lados de la antigua frontera albano-yugoslava, pero hoy día, se lamenta Namik, está dividida en tres Estados: Albania, Kosova y Macedonia. E incluso se suman a ellos serbios y búlgaros en la reclamación del origen de los naturales de la comarca que, ante la pregunta, responden con un simple y espontáneo «somos nuestros» («somos goranos»).

 «En la frontera, en dirección a Albania, como una suerte de almena entre dos Estados, en dieciocho aldeas aisladas de los Montes de Sharr, viven los goranos, cuya pertenencia se disputan cuatro naciones y una comunidad, en tanto ellos ignoran a quién pertenecen y viven sumidos en la niebla y en la mayor de las pobrezas, como huérfanos. Asentados en un valle, como avergonzados, el punto fronterizo queda oculto tras las ramas de los escasos árboles. La señal de que allí hay soldados, son las hilachas de humo que se escapan del tejado del barracón. En la parte albanesa, a lo largo del estrecho valle, pegada a la frontera serpentea una amplia franja carente de árboles e incluso de yerba. En ella está labrado cada palmo de tierra y el soldado, desde el punto fronterizo, puede ver desde la distancia al ratón de campo cuando cruza a toda velocidad al Estado vecino.
 »Arriba entre la niebla, en un hermoso claro, con grandes letras de piedra está escrita la consigna: «Partido-Enver».
 »Entretanto, en la aldea de Orçusha, a este lado de la frontera, vi grandes tubos de hormigón armado, en un parque con ochenta y ocho robles, en los que con grandes letras luminosas se podía leer «Tito». Enver en el lado de allá, Tito en el lado de acá y la niebla en medio. Algunas de las letras tienen rotos los cristales, pero eso no se aprecia desde el lado de allá. La aldea de Orçusha se encuentra frente a la de Orgosta allende la frontera. Ambas tienen sus casas dispersas, una parte en ruina, cubiertas de lajas de piedra. Cuando alguien muere aquí, nadie pregunta de qué ha muerto, sino "¡Oh Dios!, ¿de qué ha vivido?".

 La novela comienza con una osa muerta que yace sobre una tarima de troncos en la plaza del pueblo. La han matado tres días antes los guardafronteras, y los gruñidos dolientes de las oseznas huérfanas hienden la noche en dos. Muchos piensan que la muerte de la osa traerá la desgracia a la aldea.

El gruñido de las oseznas huérfanas solo se oyó a la tercera noche. «Quizá hayan sentido ahora el olor de la madre», dijo madre sin mirarnos ni a mí ni a padre. Puso otra vez mimo en cubrirme los hombros y, con voz cansada, me dijo que me despertaría para que fuera al molino. «No queda ni un dedo de harina», se disculpó. El alarido de las oseznas continuó hasta el alba de aquel nublado y gélido día.

 Es en ese molino de agua, adonde había ido a moler avena para el pan, donde nuestro joven protagonista, el hijo de Hamza, de apenas 13 años, oyó, al albur de una conversación, que la «acción» vendría a llevarse a las mozas del pueblo.

«Pero ¿qué será eso de la acción?». Jamás había oído aquella palabra. «¿Será algún hombre que vendrá a casarse? ¿Será acaso un furioso vendaval que solo arrebatará a nuestras mozas, o alguna enfermedad como el tifus de los piojos, que les entrará solo a ellas y no alcanzará a las demás aldeas?». La mula subía despacio la empinada pendiente y yo ardía de impaciencia por llegar a la aldea para preguntar por la acción que se llevaría a nuestras muchachas.

 La «acción» es una campaña o movilización supuestamente voluntaria de efectivos (jóvenes, trabajadores, intelectuales, etc.) para realizar obras públicas o diversos trabajos de interés regional, estatal o gubernamental. Y quien la decide es la organización del partido comunista o Partido del Trabajo de Albania.

Solo aquel día comprendí por qué la gente pronunciaba con desconcierto o con miedo las palabras: «Me llamaron de la organización», «lo decidieron en la organización», «la organización repartirá el cereal», «le condenaron en la organización».

 A partir de ahí se despliega la narración y se encadenan los hechos, en un tono que me recuerda a la de los cuentos orientales y populares, con páginas que se nutren del folclore y la tradición oral balcánica y que nos hacen avanzar o retroceder en la historia. Pero ojo, que bajo esa apariencia de fábula, lo que nos cuenta Namik Dokle es algo muy real.

 Había llegado a la pequeña plaza del caño. La osa seguía allí, pero ya nadie pensaba en ella. También a mí me parecía que otra osa viva e imponente había depositado sus plantas sobre la aldea. Solo el agua del caño seguía manando con el mismo arrullo que cientos de años atrás, cuando tres mujeres dieron con la fuente y mojaron en ella sus labios resecos.
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 Nadie sabía a ciencia cierta ni cuándo ni quién había construido la primera casa de mi aldea, tampoco los paisanos de la comarca de Gora, a la que pertenecía. Solo se sabía que antaño los fundadores de la aldea la habían emplazado algo más abajo, a orillas del río, en un lugar llamado Gushaja, donde casi todos los habitantes fueron presa de una fastidiosa enfermedad que les hacía crecer la papada como un fardel de avena, sobre todo a las mujeres. Fueron ellas las primeras que decidieron abandonar aquel lugar, y una de ella hizo incluso ocho horas de camino a pie hasta Tetova y hasta Prizren para conseguir talismanes de los hoxha más afamados de aquellas tierras. Algunos le escribieron la inscripción del talismán y se la cobraron, pero uno de ellos no tomó el dinero acordado sino que trató de meterla en la cama, mientras que otro de los hoxha, con nociones de medicina, le dijo amablemente que no darían resultado ni los rezos ni los talismanes si seguían bebiendo la misma agua. «Debéis encontrar vuestro abuzemzem, el agua bendita de la mezquita de la Kaaba», le dijo. Entonces ella y otras dos mujeres subieron una mañana temprano la pendiente hacia Pico Negro en busca de agua. Buscaron por todas partes, en el hayedo, en los prados, entre el enebro y en cada palmo de tierra donde pusieron los pies. Al igual que los soldados árabes que buscaban agua en España y cuando la encontraron gritaron: «¡Mayrit, abunda el agua!», y se asentaron en el lugar que hoy se llama Madrid, las tres mujeres de Gushaja no gritaron pero llenaron unos aguamaniles en aquel manantial que les pareció de agua blanda. Lo mismo hicieron otros muchos días, hasta que se sintieron más aliviadas del nerviosismo que les producía la colgante papada e incluso les pareció que disminuía.
 Desde ese momento comenzó el traslado de Gushaja al nuevo asentamiento, al que llamaron Bukojna, puesto que contaba con un bosque de hayas con numerosos veneros, el mejor de los cuales era el que llamaron fuente de Topillo y que años más tarde sería el centro de la aldea, precisamente donde Sinan Bajá de Kallabak levantó una mezquita y donde, frente a sus chamuscadas ruinas, los guardafronteras colocarían la tarima para mostrarles a los aldeanos la osa muerta, a la que Salko había echado en cara: «¡Quién te mandaría a ti pisar la frontera, con lo bien que estabas en el bosque!».
 –Parece otro mundo –dijo una de ellas.
 –Establezcámonos aquí, al menos tendremos este mundo a la vista –dijo otra.
 «Y hay muchas piedras», dijo la tercera. Entonces recordó la leyenda sobre Gora y el gorano de los tiempos en los que su tatarabuelo aún no había nacido. Contaban que cuando llegó la noticia de que Dios convocaría todas las comarcas para repartir entre ellas sus bienes, partió hacia la Casa del Señor un gorano que viajó nueve días y nueve noches sin parar. Pero cuando llegó, encontró ya quitada la mesa.
 –¿De dónde vienes? –le preguntó Dios.
 –Del fin del mundo –respondió.
 –Has llegado tarde, ya repartí todos los bienes que tenía.
 «¡Oh, Señor, hice nueve días y nueve noches de camino hasta el patio de tu casa, no me hagas regresar con las manos vacías!». Dios echó una ojeada al patio, cogió una piedra y se la dio. «Esto es lo que tengo y te lo entrego de todo corazón, quizá tendréis muy pocas cosas en la vida, pero a las piedras de vuestras montañas las querréis sobremanera».

 Esta leyenda ancestral del encuentro de Dios con aquel gorano, también la contó Namik Dokle en la presentación de su libro, acompañado de Antonio Ruiz, editor de Ginger Ape Books, Vicente Fernández, profesor de griego moderno de la Universidad de Málaga, y María E. Roces González, la traductora de la obra, quien por cierto, tras el fallecimiento de su pareja, el traductor Ramón Sánchez Lizarralde, es actualmente la única traductora del albanés al español. Yo había recorrido Albania a fondo un verano de 2017, con los libros de Ismaíl Kadaré que había traducido su marido en la mochila (El general del ejército muerto, Abril quebrado, Tres cantos fúnebres por Kosovo y Crónica de piedra), así que, con la atención debida, sigo con interés todo lo que cuentan, con esa sensación tan agradable que da conocer los lugares de los que hablan: Tirana, Shkoder, Kukës, Durrës, Peshkopi, Korabi, Prizren...

 Namik Dokle, que vive actualmente en Tirana, nos cuenta que nació en la ciudad costera de Durrës de manera circunstancial, pero que sus padres volvieron rápidamente a Gora, su comarca natal, donde se crió. Es por ello que desde pequeño ha escuchado de boca de familiares y vecinos las historias que ha ido recopilando. Incluso se ha valido a la hora de escribir del diario de su tío, que recogió, en un cuaderno grande con tapa, los sucesos de la aldea durante más de cinco años.

11 DE MARZO DE 1949
 Hoy he comenzado a escribir sobre los acontecimientos de mi aldea. Al sistema político lo llaman «democrático». De dirigente tenemos a Enver Hoxha. Hace seis meses se cerró la frontera con Yugoslavia. Bastantes de los familiares de los vecinos de la aldea se han quedado al otro lado. Hasta ahora habíamos sido amigos de Tito. Han llegado soldados al pueblo. Estamos hasta el cuello de angarias. (...)
12 DE MARZO DE 1949
 Hace unos días han llamado a filas a algunos hombres de la aldea. En el bazar no hay ni un alma. Hace tres meses que no nos abastecen de alimentos. No se encuentra jabón ni para lavar los cadáveres. Los soldados destacados en la aldea han matado en las proximidades de la frontera a Shaqir de Cërnaleva, nadie sabe por qué. Los soldados no nos dejan trabajar las tierras que se encuentran a quinientos metros de la frontera, lo hacemos según el humor del comandante del puesto.
21 DE OCTUBRE DE 1949
 Los soldados albaneses han matado a Bajram de Shishtavec. Subió a las brañas a segar hierba. Ellos, creyendo que huía, le han disparado sin darle el alto y lo han dejado en el sitio.
6 DE MARZO DE 1953
 Hoy se supo que se ha muerto Stalin, el dirigente de la Unión Soviética y el caudillo de todos los partidos comunistas del mundo. Los comunistas están de luto, puesto que él los dirigió en la senda hacia el comunismo. Poco después supimos que el lugar de Stalin lo ha ocupado Malenkov.

 Namik explica que empezó a escribir Las hijas de la niebla hace muchísimos años, cuando era articulista y redactor jefe de dos de los diarios más importantes de Albania. Sin embargo, tras la caída del comunismo, al iniciar su carrera política, tuvo que abandonarla pues la dedicación que le requería, primero la vicepresidencia y después la presidencia del parlamento, era máxima, total cuando lo nombraron viceprimer ministro de la República de Albania. No sé si esa hechicera llamada Majka, que lleva doscientos o trescientos años en este mundo y a quien la muerte ha olvidado, tuvo algo que ver, si se metió en su cerebro para reclamarle que volviera a aquel mundo duro y ariscado pero lleno de dignidad de la aldea, pero lo cierto es que un buen día Namik decidió abandonar los laureles de la política y retomar aquel manuscrito, en realidad un tríptico formado por Las hijas de la niebla, Las flores del fin del mundo y Días de murciélagos.

 En la primera novela de ese «Tríptico de Gora», Namik ha entrelazado el poder de la naturaleza y los animales que la pueblan con las tradiciones, la lengua y las vidas de los habitantes de su aldea: la anciana Makja, Mursel el de Orgosta; el Maestro de Shkodra; Salko el pelirrojo, secretario del partido; los pregoneros Craple y Çinarçe; Olloman Amerika, que jamás había estado en Norteamérica pero lucía un sombrero borsalino como aquellos de la época de Al Capone; las siete hijas del primer Shund; Isak el judío; Gjek Gjelosh, quien se presentó en el patio del amante de su mujer; el bandolero de Kolloshtrez, sin derecho a humo; el mulá Isuf, el hombre que tenía más libros en casa que los que pudieran tener todos los demás juntos; Sinan Bajá, que mandó construir la mezquita de la aldea; Nefka, de la que nadie en la aldea sabía su nombre puesto que hasta su marido la llamaba ella; el derviche de Kolshi; el ingeniero Irving Hartman; el rey Zog, exiliado en París; el sargento Hatja, el más colérico de los sargentos; Anatolia, que llegó a la aldea desde Turquía y contaba las historias de Sherezade; la chicas jóvenes sin las que no se celebraría San Jorge; sus padres y su perrita Dudan; su tío, el del diario; su abuela Ajmurka, su segundo marido Çaush y el sinvergüenza de Dragon Donguz; estos y tantos otros personajes vuelven a la vida en las páginas de Las hijas de la niebla; y sobre ellos, sobre sus destinos, sus penurias y su desamparo, la sombra de la tiranía de Enver Hoxha y la dictadura que impuso con mano de hierro en el país.

 Al terminar la presentación, Namik, María, Antonio y Vicente se van a cenar. Me hubiese gustado acompañarlos, como cuando vino Donatella Iannuzzi, de Gallo Nero, pero Enrique del Río esta vez se queda en la librería recogiendo las sillas y colocando los muebles de nuevo en su lugar. Elías es quien va con ellos en representación de la librería, pero yo apenas lo conozco y me da vergüenza sumarme al grupo a las bravas. Sé que luego me arrepentiré.

Antonio, María, Namik, Pedro, Vicente y Elías
Librería Áncora (Málaga, 17 de marzo de 2023)

 De vuelta a casa, comienzo a leer el libro, y ya de inicio descubro que allí hay una película. Y cuando lo termino, imagino qué sería aquello contado en imágenes por un Tarkovski o un Parajanov.

 Y ahora, mientras termino de escribir esta reseña, muchas semanas después de aquella presentación, me asaltan otras imágenes: las de mi viaje por Albania y Kosovo aquel lejano 2017, a donde he de volver para terminar mi libro de viajes, aquel que empecé a escribir unos días antes de volar a Tirana y que comenzaba con un sueño recurrente.

La tarde agonizaba. De repente, cien metros ladera arriba, un enorme perro se alzó sobre sus patas y comenzó a ladrar. Parecía uno de esos mastines asilvestrados de los que tanto me habían advertido. El pastorcillo buscó una piedra para tirarle, pero no encontró ninguna en la hierba. Tiró del brocado de la mula y seguimos caminando. Arriba, los ladridos se hicieron más fieros y, entre uno y otro, el animal lanzaba dentelladas al aire mostrando sus colmillos. Luego bajó hacia nosotros a la carrera. El crío saltó de un brinco al lomo de la mula e hizo un ademán con la mano para que lo siguiera, pero mi agilidad no era la misma y, asustado, traté de rodear por detrás a la acémila para pasarme al lado contrario, con tan mala fortuna que me coceó y me tiró de espaldas. Al instante, una mancha beis voló rauda hacia mí. Acto seguido, sonó una detonación y la fiera salió despedida hacia atrás como si hubiera chocado contra un muro invisible. Miré hacia abajo al lugar de donde procedía el disparo. El hombre aún tenía el arma en la cara apuntando hacia nosotros, y cuando bajó el cañón humeante de la escopeta dejó ver su rostro y pude reconocer a uno de mis anfitriones de la pasada noche. Volví los ojos hacia el animal. Tenía la cabeza reventada, y la hierba y mi propia ropa, mi cara y mis manos, estaban salpicadas aquí y allá de pequeñas gotas de sangre.
 –Too much crazy! –dijo el hombre al llegar a nuestra altura–. This dog is too much wild... and not any more. It is no longer dangerous for anyone.
 No pronuncié palabra. Tan sólo me bajé el pantalón para ver los efectos de la patada. Por fortuna no me había roto nada, y lo único que tenía era un gran hematoma que seguro se extendería e inflamaría en las próximas horas. El hombre no prestó atención al muslo de mi pierna izquierda, sino que se inclinó sobre el can para ver el efecto del disparo. Como había caído boca abajo, antes intentó voltear el cuerpo con el pie, pero el animal pesaba demasiado y tuvo que soltar el arma en el suelo y valerse de las manos. Le dio la vuelta despacio, como si temiera mancharse de sangre la ropa, y lo dejó así, patas arriba.
 –All ok or come back to home? –me preguntó al verme todavía ensimismado con la pierna.
 Levanté el dedo pulgar hacia arriba por toda respuesta, y el crío, que no dejaba de observarme, sonrió y palmeó con ritmo. El montañés se pasó la bandolera de la escopeta por el brazo y la cabeza, y la dejó a su espalda. La cima del monte Korab nos aguardaba, y el sendero serpenteaba por delante entre las rocas y los matorrales. Se puso en cabeza y reemprendimos la marcha. Íbamos en hilera: él delante y el crío con la mula de cierre. Y en ese momento de felicidad, tras la tensión vivida, siempre me despertaba.
 Con pequeñas variaciones, aquel fue un sueño recurrente las semanas previas a mi viaje a Albania, e incluso se repitió los días previos a mi ascensión al Korab, al que allí también denominan Korabit. Por fortuna, no tuvo nada de premonitorio y en el curso de mi andadura nada de eso ocurriría.
Cuaderno de viaje de Albania
Pedro Delgado

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania
Agosto, 2017

Nota: Dice Namik Dokle en la página 146, algo que pude corroborar no sólo en las aldeas perdidas, sino también en las ciudades y pueblos de Albania y Kosovo, donde fui recibido y acogido con una hospitalidad conmovedora que ya se ha perdido en otros países. «Los jóvenes, los sanos y fuertes, se han ido por el mundo a ganar algo. Nosotros, los goranos, la juventud y la salud las malgastamos vagando por el mundo y cuando ya no tenemos fuerzas, volvemos aquí, de donde salimos, a morir. Así ha sido desde siempre y quién sabe hasta cuándo será». A todos ellos, a los que se marcharon y a los que se quedaron, va dedicada esta entrada. Mil gracias a todos los que me recogisteis en la carretera cuando hacía autostop, y un millón de gracias a la familia que me abrió las puertas de su casa en aquella remota aldea cuando me propuse ascender el monte Korabi.



Las hijas de la niebla de Namik Dokle ha sido publicada por la editorial 2Sicilias Reino Editorial en coedición con la casa albanesa Botimet Toena, siendo la editorial invitada al cargo de la edición la malagueña Ginger Ape Books.


jueves, 29 de junio de 2023

QUEBRADA O LA EXPECTACIÓN ANTE UN LIBRO QUE TE ATRAPA


Quebrada, de Mariana Travacio (Editorial las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

A raíz de un problema de salud, mi madre volvió a ingresar el 10 de junio en el hospital. El día que fui a verla a la planta, ya fuera de la incertidumbre de la UCI, llevaba conmigo un libro que había recibido esa misma mañana por correo, así que después de una breve charla le pregunté si quería que le leyese en voz alta, como había hecho con mi padre cuando era él quien estaba ingresado. Mi madre hizo una mueca y negó con la cabeza. "Peri, es que yo no soy de libros. Yo soy de tele", añadió, como si fueran cosas excluyentes. "Eso es que no has encontrado un buen libro que te atrape", le dije. "Si quieres probamos. Te empiezo a leer y si no te gusta lo dejamos". "Bueeeno", dijo dejándose llevar.

 Me acomodé en el sillón de escay azul, y empecé a leer en voz alta, tratando de darle al texto la entonación adecuada.

1.
Me llamo Lina Ramos, soy la esposa de Relicario Cruz. Hace tiempo le vengo diciendo que nos tenemos que ir, pero él no quiere. Se aferra mucho a esta tierra, dice que acá nacimos y que acá tenemos que morir. Pero es que ya no queda nadie, le digo. Y me dice que no podemos andar abandonando a nuestros muertos, no podemos irnos y dejarlos acá, Lina, sin nadie que los reconozca. Así me dice. Que esas cosas no se hacen. Y yo le explico que con gusto me quedaría si hubiera qué comer. Pero esta es una zona muy quebrada, no se encuentra ni un pedazo de tierra que sirva para algo. Solo crecen esos yuyos tristes, llenos de espinas que arañan el viento. Lo demás es pura piedra. Y tarda uno mucho en moverse de una parte a la otra, porque todo es empinado, en barranca filosa, muy escarpada. El otro día, que andaba mala, tuve que ir donde Octavia, que sabe curarme. Me tardé cuatro horas trepándome por las piedras. Llegué con el último suspiro. Todo esto le vengo diciendo, a Relicario, pero no sabe escucharme. Dice que la tierra no se abandona. Que si uno se va, los muertos se quedan sin nombre, y se acaban confundiendo, porque ya nadie se les acerca a recordarles ni quiénes eran, ni qué decían, ni qué les gustaba. Y que eso no se hace, Lina. Que hay que visitarlos, y llevarles la caña, y un poco de sopa, o lo que hayan tenido en vida. Así me dice: si nos vamos, quién les va a llevar la caña, quién les va a recordar cualquier cosas; no podemos, Lina. Y yo trato de explicarle que acá nadie quiere abandonar a nadie, que solamente trate de pensar un poco en nosotros, que acá no hay porvenir. Esta tierra no da nada, Cruz, cada día da menos, si ya no llueve ni lo poco que llovía. Llegan dos nubes, a veces, y uno se las queda mirando como si nos fueran a largar algo de su agua, pero rebotan en la quebrada y se van a llover a otra parte. Así le digo. Pero él anda empecinado y no quiere probar suerte: quiere quedarse acá, nomás, y me pregunta, entonces, dónde nos vamos a ir, Lina, que ya estamos grandes. Y yo no sé qué responderle, porque me pasé la vida entre piedras y qué le voy a decir si no conozco mundo afuera. Silenciate, Lina, me digo, cuando veo que mis ansias no prosperan. Solo me calma pensar que mañana le insistiré. Y llega la mañana y llevo mis ojos al cielo vacío que tenemos acá y siento un hastío que me come por dentro. Entonces junto coraje y le insisto: vámonos, Relicario. Es que apenas me despierto ya veo ese cielo sin nubes, sin pájaros, sin nada que lo cruce, nada que nos traiga alguna novedad. El cielo esta siempre igual y a mí me da un puro vacío. Llevo catorce años repitiéndole lo mismo, pero no me oye. Catorce años, desde que se fue mi hermano y se llevó consigo a nuestro hijo, nuestro Tala, que tanta falta me hace. A veces me agarra flojera de andar insistiéndole. Pero como no insista, la muerte nos va a encontrar pronto, resecos los dos, al ladito de nuestros muertos, sin nadie que nos lleve ni la caña ni la sopa ni nada. A veces tengo la esperanza de que un día me escuche. A veces le rezo mis rezos a diosito santo, pero no parece oírme, tampoco. Se habrá vuelto sordo, pienso seguido. Soy muy creyente, yo, y Relicario también. Pero me ando llevando a las patadas con Dios últimamente, porque no me escucha ni una sola de mis plegarias. Y eso a veces me da una rabia rencorosa. Es una rabia que me dura varios días. Cuando eso me pasa, le digo a Cruz que diosito debe andar sordo, o que tal vez se haya ido de aquí, él también, cansado de tanta piedra. Y cuando le voy con estas cosas, Cruz me dice que me deje de andar inventando. Que Dios está por todos lados. Y yo le digo que estará por todos lados pero que acá no llega porque no tiene ni modo de llegar. Si vivimos encajonados, Cruz, en esta quebrada. Si hasta hay que mirar para arriba, muy alto, para encontrar el cielo. Pero a él no le gusta nada que le diga así. Me chista y se mete en el taller y eso me da una rabia que me acaba enfermando y me obliga a ir a lo de Octavia, a que me cure. Pena que viva tan lejos. Según los vientos, me toma cuatro horas, a veces cinco, o más, hasta llegar allá, donde vive. Pero es la única que sabe curarme, así que voy, de todos modos. Voy a los trancos, primero, y eso que es cuesta arriba, pero después el sendero se acaba y el terreno se escarpa del todo. De ahí en más hay que inventarse el camino, trepando por las piedras. Eso toma mucho tiempo, y da mucho cansancio, pero yo le pongo empeño. Cuando llego, enseguida aparece Octavia, como si me hubiese estado esperando. A veces sale de adentro; otras veces la veo venir de atrás del rancho, ahí donde hace nacer esas hierbas que usa para los remedios. Y a mí me calma solo verla. Me hace pasar enseguida y me prepara algún brebaje, sin que yo le diga nada, y al ratito ya me siento mejor, y nos ponemos a conversar. Al principio, no le hablaba mucho. Apenas le decía alguna cosa, por agradecerle el gesto, nomás. Pero ahora le ando contando bastante. Le cuento que estoy cansada de tanto insistirle, a Relicario, sin que me oiga, sin que me dé la mera ilusión de que algún día nos vayamos. Me estoy poniendo vieja, Octavia, y ya no sé qué hacer. A veces pienso que Relicario tiene razón, que a los muertos no se les deja, pero a mí las ansias de irme me han crecido tanto que ya no me dejan dormir. Llega la noche y no hay Cristo que me cierre los ojos. Me quedan abiertos, nomás, en esa intemperie del desvelo. Y cuando clarea y salgo del rancho a buscar agua para el mate, el sueño se me trepa por la espalda y me la deja así, toda encorvada. Necesito dormir, Octavia, para caminar derecha otra vez.
2.
Me voy, Relicario.
¿Adónde vas a irte sola, mujer?
Octavia me enseñó el camino.
Qué camino, Lina, si acá no hay caminos.
Hay que ir para abajo, hasta dar con el arroyo.
Qué arroyo va a haber, Lina.
Así me dijo Octavia. Que baje y baje y no me canse de bajar, hasta dar con el arroyo. Y que después vea bien para dónde va el agua, y que siga caminando siempre en dirección del agua. Que el agua lleva al río y que el río lleva al mar. Vamos al mar, Cruz. Vamos juntos.
Estás loca, Lina. Qué agua va a haber en ese arroyo si hace años que acá está todo seco.
3.
Se llevó las dos cantimploras grandes que teníamos y un atado de ropa y ese puñado de semillas que le había dado Octavia para cuando se fuera. Que eran semillas buenas, le había dicho, que daban fuerzas, que las usara cuando las necesitara. Se fue porfiada, Lina, a buscar ese arroyo. La última noche discutimos bastante. Yo no quería que se fuera y ella no quería irse sola: quería arrastrarme con ella; estaba emburrada. Vamos a conocer el mar, Cruz, vamos. Así me repetía. Pero yo no la iba a acompañar en ese desquicio que se le había metido dentro. Eso no se hace, Lina. Y ella no me oía. Terca, estaba. Y ahora vaya Dios a saber por dónde anda. Hace más de una semana que se fue. Yo esta seguro de que iba a volver enseguida. Así le dije, cuando se iba. No seas porfiada, Lina, ya basta de este arrebato, qué sentido tiene, si vas a volver enseguida, vas a ver, tres o cuatro días y estás de vuelta, si nunca te saliste de acá, adónde vas a irte sola. Pero no había caso. Por mucho que le insistiera, ella estaba obsesionada con ir al mar. Y ahora me despierto con este fastidio que me envenena. No se abandona al marido, no se abandona la tierra, no se abandona a los muertos. No se abandona, Lina. Dónde se ha visto mujer así. Ya estamos grandes para andar probando suerte por ahí. Pero yo debí imaginarme, ya temprano, cuando me casé con ella: Lina Ramos, de los Ramos, esa familia que nacía encaprichada desde la cuna, si hasta el hermano se atrevió a llevarse al Tala y nos dejó así, sin hijos, sin ayuda.

 De vez en cuando hacía una pequeña pausa para ver si me seguía, y al terminar el tercer capítulo le pregunté: "¿Sigo o lo dejamos aquí?".

 "No hombre, ya habrá que ver qué va a pasar con ellos".

 Yo había lanzado el anzuelo, y ella había picado. La historia la había atrapado, y allí estaba mi madre, que nunca había cogido un libro, expectante. Ya no se encontraba en la habitación de un hospital, sino en un paisaje montañoso, seco y estéril. Ya no estaba pendiente de sus problemas de salud, sino de ese matrimonio que acababa de presentarles. Esa era la magia de la literatura y de las historias contadas en voz alta, algo que aprendí cuando les leía a mis hijos de pequeños al acostarlos. Aquel era nuestro momento sagrado, nuestro ritual. Y lo alargamos hasta que fueron mayores.

 Detuve la lectura cuando llegó mi hermano mayor, poco antes de la cena. "Qué corta se me ha hecho la tarde", me dijo agradecida. Y a mi hermano le dijo que el libro estaba muy bien escrito, "parece que estuviera pasando de verdad, Marcial. Tu hermano lee muy bien. Me hace hasta las voces", añadió. Sonreí satisfecho. "Ayuda que el libro parece escrito para contarse en voz alta", dije. "¿Se lo has leído a tu padre?". "No, mamá, me llegó hoy, y lo estoy leyendo por primera vez". "Pues también se lo tienes que leer, que le va a gustar".

 En los siguientes días, incluyendo los de después del alta médica, continué leyéndole, y siempre participaba activamente en la historia con sus preguntas o comentarios. Le leía «Me miraron recelosos y me dijeron que ya no se acordaban de ninguna Balbina: no sabríamos decirle dónde vive Balbina». Y ella saltaba molesta contra aquellos desconfiados: "Ya se vinieron atrás. Claro, claro". A veces me detenía a subrayar alguna frase («usted sabe que cuando uno se echa a andar, se abren los caminos»; «A veces se me da por pensar que tener una familia es volver a casa y saber que alguien te espera»...), o alguna anotación sobre el oficio de los arrieros, pues me acordaba de mis muleros bereberes, y ella me preguntaba por qué me detenía. Otras veces hacía el alto de manera intencionada, para provocar su reacción. Por ejemplo, yo leía «La esposa me preguntó» y demoraba la continuación hasta oír su "¿qué preguntó?", entonces le repetía la frase completa: «La esposa me preguntó qué sabía hacer». Era el triunfo de la curiosidad. Y yo disfrutaba con ello.

 También es un acierto de la autora, la argentina Mariana Travacio (Rosario, 1967), el armazón de la obra: una primera parte con capítulos cortos, que se suceden tras un primer capítulo largo, y en los que alterna la voz de los esposos: Lina en los capítulos pares y Relicario Cruz en los impares. Y una segunda parte igual de ágil y breve en la que dinamita esa norma. En esa parte final, tuve que valerme de algunos objetos (vasos, botellas o tapones), a los que les ponía el nombre de los personajes, para que no se perdiera (cumple 89 años el mes que viene) y pudiera reconstruir mentalmente lo que iba escuchando.

La escritora Mariana Travacio (Rosario, Argentina, 1967)

 Quizás mi lectura de la primera parte del libro estuvo contaminada o complementada por las bellas y poéticas imágenes de Utama, la película del director boliviano Alejandro Loayza Grisi, que vi en el cine Albéniz a finales del año pasado. El director vino a la presentación de su ópera prima y nos habló de esa pareja de ancianos quechuas que ve amenazada su forma de vida en el altiplano por una larga sequía. Una historia de amor que ganó la Biznaga de Oro a la Mejor Película Iberoamericana y la Biznaga a Mejor Dirección en el pasado Festival de Cine de Málaga.

Cartel de la película Utama

 Aunque referirse a América Latina como un todo, me parece un acto reduccionista, Quebrada forma parte de ese imaginario literario y cinematográfico de la región. Y lo hace desde la portada, con esa magnífica fotografía del fotógrafo y escritor Juan Rulfo. Una instantánea que sugiere por sí sola una historia, y que encaja a la perfección con la que Mariana Travacio nos quiere contar. Un acierto rotundo de los hermanos Berenguer, que se encargan del diseño de la colección de la Editorial las afueras. La imagen, leo en los créditos, se titula Nada de esto es un sueño. Arrieros en un camino, y fue publicada en febrero de 1949, sin título, en la revista América.

Nada de esto es un sueño. Arrieros en un camino
Fotografía de Juan Rulfo (México, 1917-1986)

 Además, como en Pedro Páramo, la obra más conocida del mexicano Juan Rulfo, nos encontramos en Quebrada con ese páramo desértico y con personajes que dialogan con los muertos.

Somos los viejos, acá, los que nos quedamos a mirar cómo se nos repiten los días. Si usted viera, madre, le daría llanto. Hemos quedado nosotros y las puras montañas, en estas tierras, sin agua ninguna. Ni los yuyos crecen como antes. Salen secos, apenas nacidos, y se agotan antes de dar las primeras hojas. Dan pura espina, y así quedan, tan duros que hasta el viento se queja cuando se encuentran con ellos.

 En sus páginas también hallaremos tierras húmedas y fértiles en las que germinan la locura y la fatalidad, y que son una antesala de la selva, en cuyo interior reina el peligro y lo ilícito. Sin duda, Quebrada tiene la impronta lírica y determinados elementos del mundo del western, un género que dicen ya trató en Como si existiese el perdón, otra novela corta con la que espero toparme algún día en las estanterías de cualquier librería.

 "¿Y ese otro western que me ibas a leer?", me preguntó el otro día mi madre.


sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
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Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
***
Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».