domingo, 25 de mayo de 2025

ANTOLOGÍA POÉTICA DEL ALBANÉS NAIM FRASHËRI


Antología poética: Naim Frashëri (La Tortuga Búlgara Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Un anciano de 98 años estaba cavando para plantar una parra, y se le acercó y le preguntó un amigo: «¿Esperas vivir tanto como para probar algún racimo suyo?». «No –le respondió el anciano–, pero si los que se fueron sembraron lo que nos alimenta a nosotros, hemos de sembrar nosotros lo que alimente a los que han de venir».
Naim Frashëri en una traducción de María Roces

El mismo día en que la poeta rumana Ana Blandiana defendía en Málaga el poder sanador de la poesía en estos tiempos de consumismo e individualismo feroz, recibí por correo un libro de poemas del albanés Naim Frashëri: Antología poética (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025). Fue un día antes de que Txema Martín escribiera en el periódico que la poesía es la sublimación del lenguaje, pero también la gran olvidada.

Arrinconada en las librerías, apenas presente en las aulas y siempre señalada como un género minoritario. No se vende, no renta y, sin embargo, ahí sigue: respirando donde menos se la espera, como una fiesta empeñada en celebrarse. La poesía resulta molesta porque no es productiva, no se ajusta a balances ni cotiza en las ferias de vanidades. Vive en la intemperie, en ese espacio incómodo donde las palabras duelen y curan a partes iguales. Quizá por eso se la arrincona como si fuera un pariente excéntrico al que no se sabe bien dónde sentar.

 La Tortuga Búlgara publica en España poesía y narrativa en lenguas de escasa difusión –albanés, búlgaro, croata, letón, lituano y ucraniano–, un gesto que me parece un bonito acto de fe. Lo mismo que el trabajo de María Roces González, encargada de seleccionar los textos y traducirlos del albanés.

 Entre dichos textos de Naim Frashëri (1846-1900) –el más importante poeta del Renacimiento Nacional albanés, ilustre pensador y activista en pro de la educación y la cultura albanesa–, María Roces ha incluido algunos cantos de la epopeya Historia de Scanderbeg, la que muchos consideran su obra maestra, unos versos que he leído con sumo interés, pues Scanderbeg, el gran héroe nacional albanés, sigue muy presente en el país, con esculturas, museos y monumentos que alaban su figura, e incluso un equipo de fútbol y un estadio con su nombre en la ciudad de Korçë.

Estatua ecuestre de Scanderbeg en Kruja, Albania
Fotografía: Pedro Delgado

Busto de Scanderbeg (Museo Scanderbeg Kruja)
Fotografía: Pedro Delgado

Scanderbeg, grupo escultórico del Museo Scanderbeg de Kruja)
Fotografía: Pedro Delgado

Campo de fútbol del KF Skenderbeu, Korçë (Albania)
Fotografía: Pedro Delgado

 De hecho, en mi casa tengo un retrato de Scanderbeg que le compré a su joven autor –Bilbil Çela– en Kruja, cuando visité el castillo de la ciudad en el verano de 2017. En aquella fortaleza, bajo su caudillaje, la resistencia albanesa hizo fracasar tres largos asedios otomanos, guiando desde allí la resistencia contra los turcos.

Bilbil Çela dibujando a Scanderbeg en Kruja (2017)
Fotografía: Pedro Delgado

Copia del casco y la espada de Scanderbeg (original en Viena)
Mural pintado por Naxhi Bakalli en el Museo Scanderbeg de Kruja
Fotografía: Pedro Delgado

 Historia de Scanderbeg «consta de 11.500 versos octosílabos distribuidos en veintidós cantos. Los hechos siguen un orden cronológico, de modo que si el canto primero refiere cómo» el soberano «Gjon Castriota se ve obligado a enviar a cuatro de sus hijos» –entre ellos Gjergj Kastrioti, quien en el futuro será llamado Scanderbeg– «como rehenes al sultán Murad para sellar con él un pacto de no agresión y amistad, en los dos cantos finales asistimos al fallecimiento del héroe y, en consecuencia, a los peligros y amenazas que habrá de afrontar Albania tras su muerte. Concluye con el amanet (última voluntad) expresada desde el más allá por el espíritu de Scanderbeg.

 Este largo poema habría de ser uno de los más leídos en la época del Renacimiento Nacional albanés –desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1912, año de la independencia de Albania– al condensar las aspiraciones de los albaneses a la libertad e independencia del Imperio otomano, apelar al deber patriótico y al fortalecimiento de la conciencia nacional, al derecho a vivir libremente en una nación propia en el antiquísimo territorio ancestral y constituir, simultáneamente, un tonante llamamiento a tomar las armas contra la dominación y ocupación osmanlí».

El héroe legendario, el paladín, es aquí Scanderbeg, que aparece revestido con los atributos románticos derivados del humanismo europeo y del aliento renacentista albanés, encarnando, por ello, la belleza y la grandeza humana, la fuerza física, la riqueza espiritual y moral, la sabiduría y la prudencia y, sobre manera, la hombría y el valor. La idealización de la figura de Scanderbeg y de su época por los renacentistas se forja en nombre de un ideal superior: servirá para ilustrar cómo la dominación otomana viene a interrumpir el proceso de desarrollo y estadio de civilización en los que se encontraba Albania en el siglo XV, para hundirse, desde entonces, en un profundo atraso. La edad de oro de la historia nacional, que correspondería al periodo de Scanderbeg, se contrapone en la epopeya, de ese modo, a la atrasada deriva que sufre Albania bajo el yugo osmanlí, del que será preciso desembarazarse cuanto antes. Si bien, el poema se interesa bastante más por la situación política que atraviesa Albania que por su historia, pues no pretende tanto poner de relieve un determinado periodo de la historia de Albania como despertar la conciencia política y revolucionaria de los albaneses, a fin de que estén ideológicamente preparados para afrontar tanto los retos del presente como del futuro.

 Es así que las páginas de esta antología, en una edición bilingüe, nos retrotraen «al periodo en el que los pueblos balcánicos anhelaban y luchaban por su independencia nacional y su segregación del Imperio otomano».

El poeta Naim Frashëri, postal de 1950
Fotografía: Wikimedia Commons

 Otra muestra de cantos de Naim Fashëri incluidos en la selección de María Roces pertenecen a Kerbala, que interesará a todos los que tenemos atracción por el mundo árabe, pues entronca con la escisión que se produjo entre los musulmanes, divididos a partir de entonces en sunitas y chiítas.

La batalla de Kerbala, siglo XIX (Escuela persa)
Fotografía: Private Collection / Bridgeman Images

 Kerbala (Querbelaja) «es una epopeya de 25 cantos en verso octosílabo publicada en Bucarest en 1889, cuyo tema entronca con la historia del califato árabe y los acontecimientos que tuvieron lugar entre los siglos IX y XVII», algo que explica muy bien María Roces en los textos que acompañan a los poemas de Fashëri.

Tras la muerte del profeta Mahoma, sin haber dejado sucesor, se designó a su suegro Abu Bakar como primer califa del islam contra los deseos de los partidarios de Alí. Siguiendo la línea sucesoria de Abu Bakar, el liderazgo recaería, en el año 680, en Yazid I, de la dinastía Omeya. Por entonces, el califato se encontraba en un estado de caos político y corrupción, y por ello Huseín bin Alí, nieto y último descendiente vivo de Mahoma, se negó a jurar lealtad a Yazid, al considerar que había usurpado el trono. Procedió entonces a promover un levantamiento para derrocarlo. Temiendo la insurrección, Yazid envió 30.000 soldados a detener y dar muerte a Huseín y a su comitiva, apenas 72 personas. Rápidamente los sitian en el desierto, donde quedan aislados y sin agua durante tres días. La batalla de Kerbala, tuvo lugar en el valle iraquí del mismo nombre el 10 de octubre del año 680 entre las tropas de Yazid I, segundo califa omeya, y los seguidores del nieto del profeta Mahoma, Huseín bin Alí. Al comenzar la batalla, los hombres de Huseín fueron cayendo uno a uno. Las fuerzas de Yazid demandaban de Huseín que le jurara lealtad, pero el nieto de Mahoma no claudicó. Al final se quedó solo, herido, y sin otro apoyo que el de las mujeres e hijos de sus hombres caídos, que lo atendían al borde de la muerte.
 Hussein fue asesinado, pues, el décimo día de muharram, primer mes del año lunar islámico, conocido como el día de Ashura, del año 680. La batalla de Kerbala desencadenó la segunda fitna o guerra civil islámica, que terminó de dividir a la comunidad musulmana en dos grandes corrientes: el chiismo (al que pertenecen los bektashíes) y el sunismo. La primera fitna había tenido lugar dos décadas atrás, entre los omeyas y Alí, yerno de Mahoma y padre de Huseín, y a quien se remonta el origen político del chiismo.
 [...] Los mártires de Kerbala, comparten la misma creencia religiosa que los otomanos, pero, no obstante, Naim Frashëri transforma el martirio de Huseín en un ardiente llamamiento a los albaneses para que combatan la ocupación otomana y, con ese fin, la batalla de Kerbala aparece como un enfrentamiento de los propios albaneses contra el poder osmanlí; batalla en la que los albaneses deben vencer puesto que tienen la razón de su parte.
 [...] si Scanderber es el arquetipo de la resistencia de los cristianos albaneses y europeos contra los otomanos musulmanes, el iman Huseín es el arquetipo del mártir por la verdad y, la batalla de Kerbala, la representación de la lucha entre la justicia y la injusticia, entre lo que es bendito y lo que está maldito.

 El libro si ofrece al completo el poema bucólico Ganado y agricultura, himno a la madre patria y su naturaleza, así como otros versos del poemario Las flores del verano. De este último, quiero dejarles aquí el poema El ruiseñor, que menciona al mes de mayo y a dicha ave, cuyo inconfundible e incansable canto –incluso durante la noche– «es posiblemente el más sobresaliente de entre todas la aves canoras».

Ruiseñor común
Dibujo: Juan Varela (SEO/BirdLife)

El ruiseñor

 

El día quince el plenilunio
luce en los flancos del cielo,
el mundo yace tranquilo,
nada se mueve, hay sosiego.

 

El cielo está inmaculado,
impoluto como el oro,
dormido está y tan calmado
como insatisfecho el ojo.

 

Fluye como un río argento
una luz y por doquiera,
y de ella en el firmamento
parece que amaneciera.

 

Manan de oro fontanas
que la tierra van ornado,
las crestas de las montañas
y los cerros, blanqueando.

 

Sobre la loma  el soto
y allende el mar la luz cae,
sobre piedras, sobre escollos
y sombreados lugares.

 

La noche es todo sosiego,
todo se queda dormido,
solo torrente y reguero
susurran, también el río,
murmuran mientras avanzan
en un tono melodioso,
y entonan mientras se marchan
un canto dulce y hermoso.

 

El norte sopla tranquilo,
hombre, animal, ave, hoja,
bosque, peña, campo, pico,
todos en calma reposan.

 

Dios le ha traído a mayo
felicidad, bendiciones,
y el ambiente ha mejorado
vistiendo de oro la noche.

 

Han florecido las flores
va corriendo un aire manso,
cargados están los árboles
y la yerba ha germinado.

 

Cabras, cabritos, corderos
con ovejas apiñados,
solo los perros, despiertos
sobre el terraplén tumbados.

 

Se oye el cantar del garbón
con tres o cuatro palabras
en la loma y en el llano,
y en el mar las olas varias.

 

¡Escuchad, pues, otro canto
que abrasa mi corazón,
quema, ¿podré soportarlo?,
canta ahora el ruiseñor!

 

Astros y tierra, chitón,
¿escucháis la melodía?,
oíd y prestad oídos,
que es el ruiseñor quien trina.

 

Roncal, yo sé lo que ansía
la cadencia de tu trino,
y tanto abrasó mi alma
que incluso el sueño he perdido.
Del poemario Lulet e verës
(Las flores del verano), Bucarest, 1890
Naim Frashëri en una traducción de María Roces

 Sin duda, esta edición es una buena oportunidad de acercarnos a la poesía de Naim Frashëri, fundador de la literatura nacional albanesa.

 Y si les interesa dicha literatura, los invito a asistir el próximo 4 de junio, a las 19:00 horas, en el castillo Bil-Bil de Benalmádena, a la presentación en Málaga de Las muchachas que bailaron con la luna y otras leyendas de Gora (Libros de las Malas Compañías, 2025), de Namik Dokle, libro de leyendas que ya reseñé en este blog, al igual que su novela Las hijas de la niebla (2Sicilias Reino Editorial–Ginger Ape Books, 2022).

Presentación del último libro de Namik Dokle en Benalmádena

Nota: Pueden leer dichas reseñas clicando sobre los siguientes enlaces:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2025/03/las-muchachas-que-bailaron-con-la-luna.html

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/07/las-hijas-de-la-niebla.html

jueves, 8 de mayo de 2025

DE VAL Y TOMBSTONE

Unos días después de fallecer el actor Val Kilmer, vi en Filmin Val (2021), el documental autobiográfico que hace un repaso a la vida y la carrera cinematográfica de Val Kilmer, empleando para ello muchas de las grabaciones caseras que el actor grabó con videocámaras durante sus 65 años de vida. Ahí están reflejados sus dramas familiares, sus alegrías y decepciones, sus inquietudes, anhelos y miedos; el deterioro por la edad y los efectos de la radioterapia y la quimioterapia y de dos traqueotomías tras detectársele un cáncer de laringe en el año 2015. Por supuesto, junto a todo ello, está la desazón que nos produce ver el ocaso de una estrella que había ascendido al cielo de Hollywood con Top Gun, WillowThe Doors, Heat, Tombstone o Batman.


 Hacia la mediación de Val (minuto 49'47"), el actor asiste a una convención en Austin, Texas, donde van a proyectar al aire libre Tombstone. Allí saluda a sus fans y firma fotografías y pósteres. Y entre autógrafo y autógrafo, lo vemos retirarse a descansar agotado por la enfermedad. Desde la pantalla, el propio Kilmer cuenta que Tombstone le pareció una película sobre el amor, sobre la preciosa amistad de dos hombres. En la escena final, Doc, ya moribundo por la tuberculosis, intenta convencer a Wyatt de que se vaya y siga su vida. Viendo las imágenes del diálogo entre Kilmer y Kurt Russell –entre Doc Holliday y Wyatt Earp– surgió la necesidad de revisar ese film que vi por primera vez en una sala de cine en el año 1993. Revisarlo y compartirlo con mis hijos, que también gozan del western.

Fragmento de Val relativo a Tombstone

 Así que lo primero que hicimos cuando volvieron de vacaciones a casa en Semana Santa, fue rendirle un homenaje de despedida a Val Kilmer, fallecido de una neumonía el pasado 1 de abril. Lo hicimos viendo en DVD Tombstone, ese western donde Kilmer lo borda haciendo el papel del dentista, tahúr y pistolero Doc Holliday.


 Tombstone (La leyenda de Wyatt Earp) se abre con la voz de Robert Mitchum que nos introduce en la película con una breve narración a la par que se proyectan imágenes del salvaje Oeste en blanco y negro.

1879, la Guerra Civil ha terminado y la consiguiente depresión económica provoca la gran migración hacia el Oeste. Granjeros, rancheros, buscadores de oro, asesinos y ladrones... van en busca de fortuna. Los ganaderos convierten sus ciudades en campamentos armados, con índices de asesinatos más altos que los de Nueva York y Los Ángeles hoy en día. En medio de este caos surge el legendario hombre de la ley Wyatt Earp, que abandona su placa y su pistola para iniciar una vida pacífica con su familia. El amigo de Earp, John Doc Holliday, un caballero del Sur convertido en pistolero y jugador, también viajó al Oeste esperando que el clima seco aliviase su tuberculosis.
 Se descubre plata en Arizona. Tombstone se convierte en la reina de la ciudades del boom. Allí pueden comprarse los últimos modelos llegados de París. Atraídos por ese ambiente de codicia, más de cien forajidos exiliados de Texas se unen para formar la despiadada banda reconocible por los fajines rojos que llevan puestos y se convierten en el primer ejemplo del crimen organizado en América. Se autodenominan Los Cowboys.

 No será el único guiño al Hollywood clásico, pues en el metraje final también aparece brevemente, esta vez en carne y hueso, el actor Charlton Heston en el papel del ranchero Henry Cooker.

 La película es fiel a los hechos históricos que tuvieron lugar en Tombstone, Arizona, y al famoso tiroteo del O.K. Corral, pero no se rodó en dicha localidad, sino en diversas localizaciones del estado.

Fotograma en blanco y negro de la película Tombstone

 El día 26 de octubre de 1881, a plena luz del día, Wyatt Earp –el comisario que ya había pacificado Dodge City– con dos de sus hermanos y Doc Holliday, se enfrentaron en O.K. Corral a cinco hombres de la banda de Clanton, matando a tres de ellos. La posterior venganza los llevaría a una lucha sin cuartel contra el grupo de bandidos que comandaba el viejo Clanton.



 La película no ha envejecido mal, y le gustó a mis hijos, quizá gracias a la buena ambientación y a las impecables actuaciones de Val Kilmer y Kurt Russell, y también de Sam Elliott y Bill Paxton en el papel de los hermanos de Earp, aunque había algo que no terminábamos de precisar que le faltaba para ser perfecta. Cuando busqué en internet información sobre el rodaje, me encontré con que este estuvo lleno de problemas. El guión de Kevin Jarre era impecable, pero como director, según la productora, pecaba de inexperiencia –en realidad no aceptaba los cambios en el guión que le proponían los productores, ni las prisas a la hora de rodar– y fue despedido a las cuatro semanas de rodaje.

Jeff Morey con el guionista Kevin Jarre (1954-2011)
Set de rodaje de Tombstone, 1993. Fotografía: Bob Boze Bell

Quienes aman la película de 1993 no tienen ni idea de cuánto mejor es el guión de Kevin Jarre que la película.
Jeff Morey, consultor histórico de Tombstone
Fue retirado del set de Tombstone, pero quizás alguien honre su legado tomando su guión original (extenso, rico y complejo) y convirtiendo el famoso western en la miniserie que Jarre no tuvo el sentido común de hacer la primera vez.
Allen Barra, articulista de True West.

 Contrataron de un día para otro al director George P. Cosmatos, y para cumplir con la fecha prevista del estreno se reescribió el guión, eliminándose muchas escenas.

George P. Cosmatos montando una escena con P. Boothe y M. Rooker
Fotografía: True West (cortesía John Farkis)

 Los actores, que preferían el guión original de Kevin Jarre, no estaban del todo satisfecho con las reescrituras y el nuevo enfoque de la película en la relación entre Wyatt Earp y Doc Holliday. Sam Elliott consideró que los cambios eliminaban el desarrollo de personajes y la conexión que había entre ellos. Además, dicen que el comportamiento del director sustituto fue tosco y grosero con el elenco, chocando entre otros con el director de fotografía William A. Fraker, que abandonó el rodaje en tres ocasiones. Val Kilmer describió la situación general como «un maldito desastre». Y Kurt Russell, del que ahora se sabe tuvo que hacer de coodirector a la sombra, dijo que «terminar aquel rodaje fue el trabajo más duro de su vida».

 Sea como sea, Val Kilmer y Kurt Russell están sobresalientes en el papel de Doc Holliday y Wyatt Earp, y han convertido a Tombstone en una especie de película de culto.

Val Kilmer y Kurt Russell, como Doc Holliday y Wyatt Earp
Tombstone (Dirigida por George P. Cosmatos/Escrita por Kevin Jarre)

 Para cerrar este texto de homenaje a Val Kilmer, quisiera retornar al diálogo aquel entre el Doc moribundo y su amigo Earp en el sanatorio de Glenwood, Colorado, y pensar que aquellas palabras que exhortaban a Wyatt a vivir cada segundo, a vivir la vida al máximo, a vivir por él, también nos las diría a nosotros el actor en su despedida.

Nota: Casi al final de Val, el entrevistador de un programa de televisión le pregunta a Kilmer: «–Si existe el cielo, ¿qué querrías que te dijera Dios al llegar ante sus puertas?». Y Val sonríe y cuenta: «–Una vez tuve un sueño. Y... pasó lo siguiente: me abrió sus brazos, y sentí cómo me abrazaba y me decía: "Te quiero"».

 Imposible no quererlo después de ver su documental.

lunes, 14 de abril de 2025

UN HOMBRE DE LEY


Un hombre de ley (Laramie Ediciones)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El primero en quien pensé al sostener Un hombre de ley entre las manos, fue en su guionista, Gianfranco Manfredi, que falleció el pasado 24 de enero de este año a los 76 años de edad. Estoy seguro de que, de haber tenido el libro entre las manos como lo tengo yo ahora, habría esbozado una sonrisa de satisfacción; no solo por ver de nuevo una de sus obras editada en España, también por la forma tan exquisita en que Laramie Ediciones lo ha hecho, con tapas duras, estéticas guardas, un prólogo de Francisco Sáez de Adana y unas breves biografías de sus autores. De los dibujos, en blanco y negro, se encargó el brasileño Pedro Mauro, que a sus 72 años sí que podrá apreciar la edición, en la que se incluye una hoja con estudios de los personajes que aparecen en el volumen.

Gianfranco Manfredi y Pedro Mauro en Bonelli Editore

 Dicen que el western es la recuperación momentánea de la infancia, así que, desde la página inicial, Un hombre de ley convoca al niño que fuimos.


Las cuatro páginas iniciales de Un hombre de ley (Laramie Ediciones)

 Imposible no comparar a este excéntrico y trajeado inglés –con bombín, sombrilla y una pistola automática alemana– con el dentista y cazarrecompensas alemán de Django desencadenado (Tarantino, 2012), el doctor King Schultz que interpretó maravillosamente el actor Christoph Waltz.

Comparativa entre King Schultz y James Jennings
(Django desencadenado y Un hombre de ley)

 El refinado gentleman de Un hombre de ley es James Jennings, un abogado de un importante bufete de Nueva York que llega a Texas en busca de Henry King, un boxeador londinense de poca monta en el final de su carrera que aún no sabe que es el heredero universal de una gran fortuna: cinco millones de libras esterlinas.

 El despacho de abogados de James Jenning se encargará de asesorar y administrar dicho patrimonio, y el propio Jenning de escoltar y proteger a su cliente en el largo viaje hacia Nueva York. A la tarea se sumarán Charles Ramsey, representante pugilístico de Henry, y Caleb Wahington, rival de Henry en su último combate.

Viñeta de la pág. 33 de Un hombre de ley (Laramie Ediciones)

 Políticos corruptos, ganaderos texanos, chicas de compañía, atracadores de bancos, periodistas que aman su trabajo, vaqueros mexicanos e indios que buscan venganza es lo que nos vamos a encontrar en Un hombre de ley. También tiros y mucha acción, sobre todo en los dos primeros capítulos de los tres en los que está dividida la historia: La hora de la verdad, Nuestra Señora de las Lágrimas y El salvaje este.

 El último capítulo, en apariencia algo más sosegado, se desarrolla en la civilizada Nueva York, y es una especie de epílogo tras el movido viaje de nuestros protagonistas por el salvaje Oeste. Pero, ¿acaso el mundo no es también un lugar salvaje en el este? Allí los que te roban no calzan botas vaqueras con espuelas, sino zapatos caros con los que se pasean por Wall Street: estafadores y brókeres sin escrúpulos que, como vemos estos días, hacen de la bolsa de Nueva York un lugar muy peligroso.

 Un hombre de ley apareció por primera vez en el año 2022, en Brasil, estando a cargo de la edición Pipoca & Nanquim. Y después, siendo su estilo deudor de los tebeos del Oeste de Sergio Bonelli Editore, donde ambos autores trabajaron, se publicó en Italia, encargándose de ello Editoriale Cosmo.

 Para la editorial Bonelli, Gianfranco Manfredi ya había creado otro western, Magico Vento, que se publicó desde el año 1997 hasta el 2011, y varias decenas de episodios de la exitosa serie Tex.

 La faceta de dibujante (también de guionista) de western de Pedro Mauro se inició en la editorial brasileña Taika, donde entre 1970 y 1971 realizó varios tebeos del Oeste, así como la serie Pancho.

 Entre 2017 y 2019 publicó de forma independiente la trilogía Gatilho sobre un vaquero sin nombre, esta vez en colaboración con el guionista, también brasileño, Carlos Estefan.

Trilogía Gatilho de Pedro Mauro

 En 2021, la editorial Pipoca & Nanquim unificó dicha trilogía a todo color en un solo volumen, que espero algún día edite por estos lares Laramie Ediciones.

Trilogía Gatilho
Carlos Estefan y Pedro Mauro

 Mientras llegan las novedades de Laramie Ediciones, con la colección Gran Oeste –el primer número será el de Alberto Breccia– y Wells Fargo de Don Lawrence, les envío un saludo desde la frontera.

Un hombre de ley, de Gianfranco Manfredi y Pedro Mauro
Laramie Ediciones, 2025

 ¡Sigan cabalgando!

domingo, 6 de abril de 2025

EN UNA HABITACIÓN AJENA


En una habitación ajena, Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

«Arrieros somos y en el camino nos encontraremos», dice el refrán; sin embargo, lo traigo aquí a colación desprovisto de su significado popular de advertencia porque fue lo primero que se me vino a la cabeza al empezar a leer En una habitación ajena (Libros del Asteroide, 2024), del escritor sudafricano Damon Galgut (Pretoria, 1963). Eso sí, cambiando a los que trajinan con bestias de carga por los que trasiegan de un lado a otro con sus mochilas a cuesta: «Viajeros somos y en el camino nos encontraremos», pues el texto de Galgut, dividido en tres actos o relatos, nos habla de los posibles encuentros que te pueden deparar los viajes.

 En todos ellos, el protagonista es un trasunto del propio autor, que evoca o rememora esos vagabundeos. Y no lo digo sólo porque se llame Damon, sino porque nos lo corrobora él mismo en el texto, cuya correctísima traducción corre a cargo de la argentina Celia Filipetto:

Pero el recuerdo tiene sus propias distancias, en parte él soy yo por completo, en parte es un extraño al que observo.

El novelista y dramaturgo Damon Galgut (Pretoria, Sudáfrica, 1963)

 De la lectura del libro podemos deducir que Damon Galgut es un viajero atípico, un tipo algo extraño y difícil por cómo se retrata.

La verdad es que él no es viajero por naturaleza, se trata de un estado al que lo han empujado las circunstancias. Se pasa la mayor parte del tiempo en movimiento, sumido en una profunda ansiedad, y eso hace que todo sea más intenso y vívido. La vida se convierte en una serie de pequeños detalles amenazadores, no se siente conectado con nada de cuanto lo rodea, el temor a morirse es constante. Por ello casi nunca es feliz donde está, algo en él se pone ya en marcha hacia el siguiente lugar y, aun así, nunca va hacia nada, sino que siempre se aleja más y más. Se trata de un defecto de su naturaleza  que los viajes han convertido en enfermedad. Veinte años antes, por distintos motivos, a su abuelo le ocurrió algo parecido. Arraigado y sedentario durante la mayor parte de su larga vida, al morir su mujer algo se rompió irremediablemente dentro de él y lo impulsó a ponerse en camino. Viajó por el mundo entero, a los lugares más lejanos e increíbles, llevado no por el asombro o la curiosidad, sino por el dolor. Al buzón de casa llegaban postales y cartas con sellos y marcas peculiares. A veces telefoneaba y, por el sonido, su voz parecía aflorar del fondo del mar, ronca de añoranza por volver. Pero no volvió. Al cabo de mucho tiempo, ya muy viejo y exhausto, regresó al fin para siempre, y vivió sus últimos años en un apartamento en el jardín trasero de la casa. A mediodía se paseaba entre los arriates, en pijama, con el pelo sucio y revuelto. Para entonces se le iba la cabeza. No se acordaba de dónde había estado. Todas las imágenes e impresiones y los países y continentes que había visitado se borraron. Lo que no se recuerda no ocurrió jamás. Por lo que a él respectaba, nunca había viajado más allá de los límites del jardín. Irascible y mezquino gran parte de su vida, ahora era casi siempre dócil, aunque todavía capaz de mostrar una ira irracional. De qué estás hablando, me gritó en cierta ocasión, nunca he estado en Perú, no tengo ni idea de eso, no me vengas con tonterías sobre Perú.

 En el primer relato, El seguidor, un viajero sudafricano sale de un pueblecito rodeado de olivos. Digamos que estamos en Micenas, Grecia, y que camina en solitario por un sendero en busca de unas antiguas ruinas. También que en un momento dado se cruza con un turista alemán con el que entabla una conversación.

La puerta de los leones en Micenas
Fotografía: Andreas Trepte (Wikipedia)

Han entablado esta conversación con una extraña formalidad, separados por la anchura del camino; sin embargo, hay algo en la forma en que se relacionan que, si bien no del todo íntimo, sí es familiar. Como si se hubiesen conocido ya en alguna parte, hace tiempo. Pero no es así.

 Luego se despiden y cada uno prosigue el paso en direcciones opuestas. A la noche, volverán a encontrarse en el albergue juvenil, pues el alemán ha perdido su tren a Atenas. No hay visitantes en esa época del año y los cuartos llenos de literas están sin ocupar. El teutón se llama Reiner y el sudafricano, como ya hemos anotado antes, Damon.

 Damon Galgut nos apunta de manera sutil el marco temporal de la historia: es el año 1990, el de la guerra del Golfo.

Va a Esparta, va a Pilos. A los pocos días de marcharse de Micenas, al cruzar la plaza de una ciudad ve imágenes de bombas e incendios en el televisor de un café. Se acerca más. Qué pasa, pregunta a algunas de las personas que están sentadas viendo el programa. Alguien que habla inglés le dice que se trata de la guerra del Golfo. Todo el mundo la esperaba y ahora está ocurriendo, está ocurriendo en dos sitios a la vez, en otro punto del planeta y en la pantalla del televisor.

 Reiner alarga su estancia en Micenas una jornada más, para compartirla con Damon, y al día siguiente sus trenes salen en direcciones opuestas con apenas unos minutos de diferencia.

 Damon se marcha de Grecia dos semanas después y vaga de un país para otro durante un año y medio. Después regresa a Sudáfrica, donde se encuentra todo, incluso el gobierno, cambiado. Al buzón le ha llegado una carta de Reiner, con el que empieza a escribirse. Y dos años después de aquel encuentro en Micenas, Reiner visita a su amigo para volver a encontrarse. Juntos decidirán hacer un nuevo viaje.

Ahora que Reiner está aquí, saca el atlas y los dos, ansiosos, lo estudian con detenimiento. Buscan un país con muchos espacios abiertos y pocas ciudades. En el tiempo que han dedicado a hablar del viaje se han puesto de acuerdo en el tipo de condiciones ideales para ellos. A ninguno de los dos les interesan las multitudes ni las carreteras concurridas ni las zonas urbanizadas. Así que está Botsuana. Está Namibia. Está Zimbabue.
Y cuál es este país de aquí.
Lesoto.
Qué sabes de él.
No sabe mucho, nunca ha estado allí, ni él ni sus amigos. Sabe que es montañoso y muy pobre y que Sudáfrica lo rodea por completo, pero aparte de eso, Lesoto es para él un misterio. Los dos se quedan sentados mirándolo.
A lo mejor deberíamos ir.
A lo mejor sí.
Quizás no utilicen estas palabras, pero la decisión es así de irreflexiva y a la ligera, en un momento dado no saben a dónde van a ir, al siguiente se van a Lesoto.

 Damon se sorprende despidiéndose de su familia y amistades con una pizca de desasosiego, como si no fuese a regresar. Quizá sea el presentimiento de que Lesoto, con sus montañas, sus senderos y su salvaje naturaleza les revelará lo distintos que son y pondrá a prueba algo más que la amistad que hay entre ellos.

Cataratas Maletsunyane, cerca de Semonkon (Lesoto)
Fotografía: BagelBelt

***

 En el segundo relato, El amante, volvemos a viajar con Damon. Esta vez a Zimbabue.

Ha llegado aquí sin un motivo ni una intención en concreto. Llevado por un impulso decide marcharse una mañana, compra un billete por la tarde, sube al autobús esa noche. Tiene en mente viajar dos semanas y luego regresar.
Qué busca, él mismo no lo sabe. A estas alturas, sus pensamientos se me escapan, aún así, puedo explicarlo mejor a él que a mi propio yo de ahora, lo llevo enterrado bajo mi piel. Su vida carece de peso y de centro, por eso siente que puede salir volando en cualquier momento. Todavía no se ha construido un hogar. Sus nuevas pertenencias vuelven a estar almacenadas y él se ha pasado meses en ese antiguo estado suyo, yendo de acá para allá, de un cuarto de invitados a otro. Empieza a dar la sensación de que nunca ha vivido de otro modo y que jamás echará raíces. Algo en él ha cambiado, parece incapaz de conectar adecuadamente con el mundo. No siente que se deba a un fracaso del mundo, sino a un colosal defecto suyo, le gustaría cambiarlo pero no sabe cómo. En sus momentos más lúcidos piensa que ha perdido la capacidad de amar a las personas, los lugares o las cosas, sobre todo a la persona, el lugar y la cosa que es él. Sin amor nada tiene valor, nada puede tener mucha importancia.
En ese estado, viajar no es una celebración sino una especie de duelo, un modo de disiparse. Va de un lugar a otro, impulsado no por la curiosidad sino por la aburrida angustia de quedarse quieto.

 Visita Harare, Bulawayo y las cataratas Victoria. Se aloja en un camping, cerca del impresionante salto de agua, donde conocerá a un grupo de mochileros prestos a partir hacia Malaui cruzando Zambia.

Cataratas Victoria
Fotografía: Diego Delso

 Parecen haberse juntado por azar, para sobrellevar mejor los peligros del viaje. Entre ellos está una corpulenta irlandesa con la que ha hecho rafting dos días atrás. A la pregunta «¿Quieres venir con nosotros?», le sucede una afirmación y una frase para subrayar:

Todo viaje de verdad empieza en un momento determinado. A veces, es cuando sales de casa, otras, cuando ya estás muy lejos de ella.

 Toman un tren a Lusaka, capital de Zambia, y luego viajan en autobús hasta la frontera de Malaui. Pasan unos días en su capital, Lilongüe, y luego en las orillas del lago Malaui, «esa extensión de agua que cubre casi la mitad de la longitud del país».

Orillas del lago Malaui. Fotografía: J. Lindsay (Lonely Planet)

 En la playa de Cabo Maclear hay una comunidad de hippies extranjeros varados por el cannabis fermentado y la paz que irradia el lugar y los lugareños. «Nadar, dormir, fumar» es el mantra de los que allí recalan.

 Unos días después, Damon coge un barco para bañarse también en Nkhata Bay, otro borde del lago, donde un trío misterioso –Jerone, Alice y Christian–, con el que ha ido entrelazándose en su viaje le propone acompañarlos hasta Tanzania. En este caso Jerone será el anhelo de Damon, tal como lo fue Reiner en el primer relato.

Hummm, dice, sí, creo que iré con vosotros. Os acompañaré hasta la frontera y veremos si me dejan pasar.

 Viajan los cuatro juntos en autobús a Karonga, en el norte de Malaui, y al día siguiente se disponen a cruzar la frontera con Tanzania.

Siempre ha tenido terror a cruzar fronteras, no le gusta abandonar lo conocido y seguro por el subsiguiente espacio en blanco donde puede ocurrir cualquier cosa.
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Solo ahora se pone a considerar seriamente lo que podría ocurrir. Aunque dijo con displicencia que ya vería si lo dejaban entrar, en realidad no se le pasó por la cabeza que fueran a impedírselo. Pero ahora, a medida que se aproximan al grupito de cobertizos, con la barrera al fondo atravesada en la carretera, nota en las palmas de las manos el picor de una débil premonición, quizás la cosa no salga como él espera.

 Uno nunca sabe lo que nos aguarda el destino, así que no podemos dejar de leer barruntando qué le/les ocurrirá en las siguientes páginas.

 Por cierto, que aquí Damon Galgut también nos apunta un dato para que podamos encuadrar en el tiempo el relato: «Al cabo de un par de horas de viaje se enteran de que Tanzania celebrará sus primeras elecciones multipartidistas dos días después». Es decir que, si Wikipedia no se equivoca, podemos fijar el texto en 1995.

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 En el tercer relato, El guardián, Damon ha invitado a una amiga a viajar con él a la India. Se alojan al sur de Goa en una pequeña aldea de pescadores a veinte minutos de Margao, junto a la playa, donde Damon piensa que Anna, que está en tratamiento psiquiátrico para regular sus estados de ánimo, podrá recuperar el equilibrio.

A Anna y a él los une una buena amistad, es como una hermana, alguien a quien quiere y que lo hace reír. Alguien a quien desea proteger. Es así, en calidad de guardián, como la acompaña ahora.

 Desde allí exploran la zona: Cochín, Kerala, Vakala, Madurai, Bangalore, Hampi... hasta que la fatalidad, para desesperación de Damon, hace acto de presencia.

Templo de Meenakshi Amman, en Madurai (India)
Fotografía: Poras Chaudhary, The New York Times

Se dirigen a Madurai, donde hay un templo maravilloso que imagina que a ella le gustaría fotografiar. él ya lo ha visitado, como sucede con todos los demás hitos del viaje; ha planeado este recorrido solo para ella, quiere hacerle pasar un rato agradable y distraerla de sí misma.

 Este último relato desemboca, a modo de epílogo, en Marruecos. En Agadir, donde Damon se ve a sí mismo recoger una piedrecita del suelo, metérsela en el bolsillo y caminar hacia una puerta. Tras ella le aguardan, nos aguardan, nuevos viajes, en los que el azar y el destino, una vez más, vendrán a trastocar nuestros planes o intenciones.

En una habitación ajena, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

 Galgut nos dice en una de sus páginas que una parte importante de los viajes consiste solo en esperar –en salas de embarque en los aeropuertos, estaciones de autobús, bordillos de acera solitarios en medio del calor–, «con el hastío y la depresión que eso conlleva»; sin embargo, ahí discrepo con él. A mi nunca me pesan esas esperas, pues siempre llevo algunos libros conmigo: cuadernos de viajes, ensayos, relatos o novelas que se desarrollen en el país que visito y algún clásico que me transporte con garantías a otra época y lugar. Con ellos, se lo aseguro, no les pesará la espera. Para empezar, prueben a viajar con el libro de Galgut si van a Micenas, al sureste de África o la India.

Un viaje es un gesto inscrito en el espacio, desaparece nada más realizarse. Vas de un lugar a otro, y de ahí de nuevo a otra parte, y detrás de ti no queda rastro de que alguna vez estuviste allí. Los caminos que recorriste ayer ahora están llenos de gente distinta que no sabe quién eres. Un desconocido yace en la cama del cuarto en el que dormiste anoche. El polvo cubre tus huellas, limpian las marcas de tus dedos en la puerta, recogen del suelo y de la mesa los fragmentos de las pruebas que se te hayan podido caer, los tiran a la basura y no vuelven nunca más. El aire mismo se cierra a tu espalda y poco después, tu presencia, que parecía tan pesada y permanente, ha desaparecido por completo. Las cosas solo ocurren una vez y nunca se repiten, nunca vuelven. Salvo en el recuerdo.
En una habitación ajena, Damon Galgut

 Viajen, lean y no dejen de asomarse de cuando en cuando por aquí.