lunes, 19 de octubre de 2020

LOS SENTIDOS DE LAS AVES: QUÉ SE SIENTE AL SER UN PÁJARO


Los sentidos de las aves: Qué se siente al ser un pájaro, de Tim Birkhead
Fotografía: Lucía Rodríguez

Uno de los mayores placeres que me proporcionó el encierro fue poder despertarme al alba con el canto de los pájaros –un placer similar al que experimentaba en los países mahometanos cuando escuchaba llamar a la oración a esa hora temprana–. La mayoría de las veces ni siquiera abría los ojos, y permanecía en estado de semiincosciencia unos minutos pensando que el mundo comenzaba a desperezarse allí fuera y que la naturaleza, sin coches de por medio, recuperaba terreno. Luego me daba la vuelta en la cama y seguía durmiendo unas horas más.
 Durante ese periodo, también me acostumbré a observar con detenimiento a las aves que se acercaban al porche, a la terraza y al patio de la casa: gorriones, mirlos y palomas que venían en busca de algo que echarse al buche o de un lugar tranquilo en el que poner e incubar sus huevos.

La tercera pareja de pichones que se criaron en la terraza durante la reclusión
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Tengo desde hace unos años una pareja de agapornis, y quizás sea por eso que las aves han cobrado para mí una mayor importancia. Intentando meterme en sus cabecitas de pájaro, he estado leyendo estos días Los sentidos de las aves: Qué se siente al ser un pájaro, del ornitólogo británico Tim Birkhead, un ensayo editado por Capitán Swing que nos desvela los misterios del comportamiento de las aves. 
«¿Qué se siente al obedecer un impulso repentino de comer sin cesar y en una semana más o menos estar tremendamente obeso y entonces echar a volar de manera implacable –movido por una fuerza invisible– en una dirección a lo largo de miles de millas, como hacen muchos pajaritos cantores dos veces al año?», «¿cómo consigue un diamante cebra acicalarle las plumas a su pareja con semejante sensibilidad?», «¿qué se siente al zambullirse cual pingüino emperador en la negrísima oscuridad de los mares antárticos, a profundidades de hasta cuatrocientos metros?», «¿cómo es volar a más de cien kilómetros por hora?», «¿cómo un pico puede ser sensible e insensible a la vez?», «¿cómo perciben e interpretan el mundo?», «¿cómo interactúan entre sí?»,...
 El autor analiza los sentidos de las aves –la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato–, para ver la forma en que estos moldean su comportamiento.
De niño, una vez tuve una conversación con mi madre sobre lo que nuestro perro podía o no podía ver. Basándome en algo que había oído o leído, le dije que los perros veían solo en blanco y negro. A mi madre no le convenció. «¿Y eso cómo lo saben? –dijo–. No podemos ver a través de los ojos de un perro, así que ¿cómo puede nadie saberlo?».
 En realidad, hay varias formas de saber lo que ve un perro, un pájaro o, de hecho, cualquier otro organismo, ya sea observando la estructura del ojo y comparándola con la de otras especies o bien mediante pruebas de comportamiento.
 Y también diserta sobre el sentido magnético que poseen muchos pájaros y las emociones que pueden llegar a sentir.
Resolute, en la isla Cornwallis del territorio Nunavut, en Canadá, es uno de los asentamientos más remotos del mundo. Casi todos los que realizan investigaciones en el alto Ártico canadiense llegan primero aquí en un avión a reacción y luego cogen un avión ligero o un helicóptero hasta su destino final. Mientras el aparato desciende, veo a los lados de la pista los restos de las aeronaves cuyo aterrizaje o despegue no salió bien. Estresante toma de contacto con el Ártico. Pero lo peor está por llegar. Lejos de cumplir con mis expectativas románticas del polo norte, me decepciona el paisaje yermo y embarrado, el olor a combustible de aviación que todo lo invade y sobre todo, la despreocupación con la que los inuits del lugar utilizan a las aves para hacer prácticas de tiro.
 Mi llegada, a mediados de junio, coincide con el deshielo de primavera y ese mismo primer día reparo en una pareja de barnaclas carinegras junto a una charca helada: siluetas negras contra un fondo gélido esperando a que la nieve se derrita para poder reproducirse. Al día siguiente vuelvo a pasar con el coche por la charca helada, pero me entristece ver que han disparado a una de las barnaclas. Junto a la figura sin vida del ave se encuentra su pareja. Una semana después vuelvo a pasar por la misma charca y las dos aves, una viva y la otra muerta, siguen allí. Me marché de Resolute aquel día, así que me temo que no sé cuánto tiempo veló el ave a su pareja muerta.

Barnacla carinegra

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Bryan Nelson, que ha dedicado toda su carrera a estudiar alcatraces y piqueros, describió la ceremonia de bienvenida del alcatraz atlántico como «una de las exhibiciones más magníficas del mundo aviar». Si visitas una colonia de alcatraces, como la de Bass Rock, en Escocia, puedes ver esta exhibición muy fácilmente. Cuando un miembro de la pareja regresa al nido junto a su compañero, las dos aves se yerguen, pecho contra pecho, con las alas abiertas y los picos apuntando al cielo. En un arrebato de entusiasmo, entrechocan los picos y bajan la cabeza de manera intermitente recorriendo el cuello de su pareja, emitiendo estruendosas llamadas todo el tiempo.
 En circunstancias normales, esta ceremonia de saludo dura uno o dos minutos, pero Sarah Wanless, que estudió a los alcatraces en los acantilados de Bempton, al norte de Inglaterra, observó un caso particularmente largo. En uno de los nidos que tenía controlados, la hembra de la pareja desapareció, dejando solo al macho para cuidar del pollito, y él, contra viento y marea, lo cuidó. Una tarde, la hembra regresó tras una notable ausencia de cinco semanas y por suerte Sarah estaba allí para presenciarlo. Para su sorpresa, las dos aves realizaron una intensa ceremonia de saludo que duró ¡diecisiete minutos! Puesto que las ceremonias de saludo de los humanos (besos, abrazos y demás) también son más elaboradas cuanto más tiempo hayan estado separados los participantes, resulta tentador pensar que las aves experimentan emociones placenteras similares cuando se reencuentran.
Alcatraces atlánticos. Fotografía: Peter Chanet

 Una de las cosas que más me ha gustado del autor es la forma que tiene de invitarnos a la aventura, a acompañarlo a alguna zona montañosa, a un rincón perdido de la selva, a un pantano o a un acantilado de vértigo batido por la lluvia y el viento.
Estamos en un coche, atravesando el monumental paisaje montañoso de Ecuador, y empezamos a descender hacia un valle de bosques por una carretera tan empinada que parece que estamos haciendo zum en Google Earth. Bajamos, bajamos, bajamos, deslizándonos y serpenteando por el camino lleno de baches hasta que, cuarenta y cinco minutos después, al fin paramos en medio de una nube de polvo junto a un pequeño barranco. No parece muy prometedor: un armazón de bambú toscamente construido sostiene una tubería de plástico negro que sale de una grieta entre las rocas. Pisoteando restos de plásticos, pedruscos y hojas muertas, nos abrimos camino con cautela y subimos por la sombría garganta. A los pocos minutos, doblamos una esquina y de repente nos vemos enfrentados a tres guácharos posados en un saliente bajo y embarrado. Se muestran igual de sobrecogidos por nuestra intrusión que nosotros por su proximidad. Sin previo aviso, salen volando como demonios en una escandalera de alaridos y chasquidos. De hecho, eso es justo lo que parecen, aves medievales más propias de una película de Harry Potter que del trópico. Su nombre, guácharo, quiere decir literalmente «el que llora y se lamenta» y es posible que sea onomatopéyico…, algunos lo comparan con el sonido de la seda al rasgarse. Su nombre científico, Steatornis, que literalmente significa «pájaro de aceite», remite al hecho de que antiguamente se derretía la grasa de sus pollos, que acumulan mucha, para hacer aceite que después se usaba para cocinar.
Guácharo (steatornis, ave de las cavernas o pájaro aceitoso)
Usan la ecolocalización, como los murciélagos
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Estoy en los pantanos de una zona poco conocida del norte de Florida, en el río Choctawhatchee. Es territorio redneck, parecido al de la película Defensa, de los años setenta. Recostado en silencio en mi kayak, observo embelesado a cuatro picamaderos norteamericanos perseguirse ruidosamente entre los árboles.

Picamaderos norteamericanos
Fotografía: Jim Ridley

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Estoy en la isla de Skomer descendiendo con cuidado por una pendiente abrupta y rocosa hacia un grupo de araos desprevenidos. La mayoría de las aves están criando un único pollo, cada uno de los cuales, me gusta imaginar, está pensando de dónde le vendrá su próximo almuerzo. Muy por debajo, las olas rompen contra las rocas de basalto negro y a lo lejos, por el este, bajo el cielo azul y despejado, se ve el perfil brumoso de la costa agreste de Pembrokeshire.

Araos (The Wildlife Trust of South & West Wales) 

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Cuando estaba realizando el doctorado sobre araos en la isla de Skomer, me hice escondites en varias colonias para poder observar su comportamiento de cerca. Uno de mis escondites favoritos estaba al norte de la isla y me permitía, tras un incómodo trámite a gatas, sentarme a pocos metros de un grupo de araos. Había unas veinte parejas criando en el borde de este acantilado en particular, algunas de ellas mirando al mar mientras incubaban su único huevo.

Araos incubando en el borde de un acantilado
Fotografía: hablemosdeaves.com

Al estar tan cerca de las aves, tenía la sensación de ser casi parte de la colonia y me había familiarizado con todas sus exhibiciones y llamadas. En una ocasión, un arao que estaba incubando, de repente, se levantó y empezó a emitir la llamada de reclamo…, aunque su pareja estaba ausente. Este comportamiento me dejó desconcertado, pues parecía estar ocurriendo totalmente fuera de contexto. Miré hacia el mar y allí, poco más grande que un manchurrón oscuro, había un arao que volaba hacia la colonia. Me quedé mirando al pájaro del acantilado, que continuaba con su llamada, y entonces, para mi asombro absoluto, con un fuerte aleteo, el pájaro que venía volando se posó a su lado. Las dos aves pasaron a saludarse mutuamente con evidente entusiasmo. Apenas podía creer que el ave que estaba incubando pareciese haber visto –y reconocido– a su pareja a varios cientos de metros en mar abierto.
 He leído el libro con la tablet a mano, para poder buscar en Google los pájaros que desconocía. Imágenes, vídeos y audios de sus cantos han sido el mejor complemento de esta lectura.
El récord de transmisión sonora lo tienen dos pájaros cuyas llamadas profundas y retumbantes a veces son perceptibles al oído humano hasta a cuatro y cinco kilómetros.
 El primero de ellos es el avetoro común, magníficamente descrito por Leonard Baldner, pescador y naturalista que vivió en el Rin a mediados del siglo XVII. Balde se dio cuenta de que el avetoro emitía su mugido con la cabeza alta y el pico cerrado y de que el ave tiene «en las entrañas un largo estómago de cinco codos» (un codo es una unidad de medida antigua), en referencia al prolongado esófago del avetoro, empleado en la producción del sonido.
 El segundo es el Kakapo, el loro gigante y no volador de Nueva Zelanda, cuya llamada retumbante ya conocían bien los maoríes cuando llegaron los primeros colonos europeos: «Por la noche […] las aves salen y se reúnen en los […] lugares de encuentro o zonas de juego comunes […]. Una vez reunidos, todos los pájaros […] llevan a cabo una extraña actuación en la que baten las alas en el suelo y emiten su grito raro, a la vez que forman un agujero en la tierra con el pico».

Puedes oírlo en el minuto 3:00
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Lo más insólito de este lugar, sin embargo, es el crek-crek monótono y repetitivo de los guiones de codornices que nos llega desde los prados sumidos en la oscuridad. Hay uno bastante cerca, otro está más lejos, pero es difícil calcularlo, pues la llamada tiene una curiosa cualidad ventrílocua: a veces alta, a veces baja, dependiendo de la dirección en la que estén mirando las aves.
 Deseando a un mismo tiempo disuadir a otros guiones de codornices macho y atraer a una hembra con su llamada mecánica y áspera, este pájaro […] puede pasarse toda una temporada de cría sin que nadie lo vea ni una vez. Es un pájaro cuya presencia es delatada únicamente por su voz.

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Las aves son de los animales más coloridos que existen; por eso, entre otras razones, las encontramos tan atractivas. Uno de los pájaros sudamericanos más intensamente coloridos (y hay muchos) es el gallito de las rocas peruano. El macho tiene el cuerpo de un rojo de los más intenso; la cola y las plumas de las alas, negras azabache, y las terciarias, de un inesperado blanco plateado.
Gallito de las rocas, tunqui o tunki en lengua quechua
Ave representativa del Perú
Esta ave del tamaño de una paloma, que se llama así porque anida entre las rocas en los salientes de los acantilados y por su cresta a lo mohicano, es uno de los grandes atractivos para los observadores de aves que visitan Ecuador. El macho realiza sus exhibiciones en grupos, llamados leks, en la profundidad de la selva, y con un grupo de unos quince pajareros más nos abrimos paso por un camino empinado y resbaladizo hacia una zona de exhibición. Mucho antes de que los viésemos, los pájaros anunciaron su presencia con distintivos chillidos, que los nativos quechuas reproducen como «iuiií».

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En 1989, Jack Dumbacher, doctorando en la Universidad de Chicago, hizo un descubrimiento sensacional: encontró el primer pájaro incomible del mundo. Jack estaba estudiando aves del paraíso de Raggi en el Parque Nacional de Varirata, en Papúa Nueva Guinea. Sus compañeros y él desplegaban redes para atrapar aves del paraíso, pero, como suele suceder, atrapaban otras especies también. Una de las capturas accesorias más comunes era el pitohuí bicolor, un ave con un llamativo plumaje naranja y negro. Los pitohuís eran un incordio, sobre todo porque olían mal y siempre se ponían bravucones al retirarlos de la red. En una ocasión, un pájaro arañó a Dumbacher cuando lo estaba manipulando y le levantó la piel. Al rato, mientras se chupaba la herida, Dumbacher se dio cuenta de que se le había dormido la boca. En el momento no le dio importancia, pero cuando otro estudiante comentó poco después que le había pasado lo mismo, empezó a preguntarse si no tendría el pitohuí algo especial.
Pitohuí bicolor, pájaro venenoso de Nueva Guinea
Fotografía: Fréderic Pelsy (eBird)

 Al inicio de cada capítulo hay un dibujo en blanco y negro hecho a lápiz por Tim Birkhead, y quizás hubiese estado bien añadir algunas ilustraciones de John James Audubon, uno de los mejores pintores de aves de todos los tiempos del que nos habla el autor en el capítulo dedicado al olfato.

John James Audubon
Ornitólogo, naturalista y pintor francés nacionalizado estadounidense en 1812
Todo un personaje, Audubon era el hijo ilegítimo, dinámico, imprevisible y encantador que un capitán de la Marina francesa había tenido con una sirvienta. Nació en Haití en 1785 y se mudó a Francia cuando tenía seis años, donde vivió con su padre y la mujer de este, Anne, que no había tenido hijos. A los dieciocho años, su padre lo mandó a Pensilvania a supervisar una plantación, pero John James no valía para la agricultura ni, a decir verdad, para nada con lo que pudiera ganarse la vida. En cambio, le apasionaban las aves: observarlas, cazarlas y dibujarlas. Mediante la práctica de estas actividades, descubrió especies nuevas, hizo algunas observaciones originales acerca del comportamiento de las aves y pulió su talento artístico. También encontró tiempo para cortejar a Lucy Bakewell, la hija de un vecino inglés, con quien se casó en 1808.
 Empeñado en vivir de sus ilustraciones de aves, Audubon se marchó a la costa este de Estados Unidos, donde, a pesar de hacer muchos y valiosos contactos, no consiguió convencer a nadie del mérito de su creación artística. En busca de fortuna allende los mares, Audubon se embarcó hacia Inglaterra en 1826, dejando atrás a Lucy y a sus hijos pequeños. Se sentía seguro de sí mismo, envanecido y orgulloso de sus habilidades como ornitólogo de campo y su primera exposición en Liverpool fue un éxito. Nadie pintaba aves así: a tamaño real, en posturas realistas, con todos los rasgos distintivos plasmados. Era precisamente por lo bien que conocía Audubon a sus aves por lo que era capaz de capturar su esencia de manera tan exacta.
Ilustración de John James Audubon

Ilustración de John James Audubon

Ilustración de John James Audubon

 Cerraré esta reseña con una anécdota que nos cuenta el autor y que a mí me parece enternecedora.
Durante varios años, cuando mis hijos estaban creciendo tuvimos un diamante cebra de mascota que se llamaba Billie. Como había nacido ciego, a Billie le encantaba la compañía humana y tenía especial predilección por mi hija Laurie, que lo había criado desde que era un polluelo. Conocía su voz, pero lo más impresionante es que reconocía sus pasos, aunque cómo lo hacía era un misterio, ya que Laurie tiene una gemela idéntica y Billie nunca se emocionó con el sonido de los pasos de su hermana. Al oír que Laurie se acercaba, Billie se ponía a cantar y volvía a hacerlo en cuanto le abría la puerta de la jaula y saltaba para posarse en su dedo. Tras el entusiasmo inicial, Billie le pedía a Laurie que le acicalase el cuello, inclinando la cabeza a un lado y levantando las plumas de la nuca; adoptaba exactamente la misma postura que adoptaría si estuviese invitando a otro diamante cebra a acicalarlo.

Diamante cebra o mandarín

 Los ornitólogos lo llaman acicalamiento social cuando es un individuo el que acicala las plumas a otro, para distinguirlo del más común autoacicalamiento. […] Mi hija, que tiene las manos pequeñas, era capaz de realizar algo parecido al acicalamiento social con su dedo índice y a Billie le encantaba, cerraba los ojos y de vez en cuando giraba el cuello como para facilitar el acceso a zonas nuevas, igual que una persona a la que le están rascando el cuello o la espalda.
 Me recuerda a cuando Tiberio no tenía pareja y le gustaba que le acicalara el cuello con mi dedo índice.

Baño de Tiberio y Leonardo, mis agapornis 
(Tiberio es hembra, pero lo supimos tiempo después de ponerle el nombre)

 ¿Por qué los diamantes cebras, los agapornis o inseparables y otras aves se acicalan las plumas mutuamente? Tim Birkhead nos lo explica en este ensayo. Eso, y cientos de cosas más.
Quitando la publicación de la novela de Jane Austen Orgullo y prejuicio y las guerras napoleónicas, que se estaban librando, el acontecimiento más importante de 1813 fue el descubrimiento del kiwi por parte de Europa.




Nota: Todos los textos a color pertenecen a Los sentidos de las aves: Qué se siente al ser un pájaro, de Tim Birkhead, editado por Capitán Swing en una traducción de Ana González Hortelano.

jueves, 10 de septiembre de 2020

SANMAO: LA NOVIA DEL DESIERTO


Cartel del largometraje documental Sanmao: la novia del desierto
23 Festival de Cine de Málaga

Por emplear las mismas palabras que el director del Festival de Cine de Málaga, Juan Antonio Vigar, diré que esta edición ha sido la más valiente y necesaria, la más amable y segura de la historia del certamen. Aplazado al mes de agosto, tras la suspensión de marzo, es de agradecer el tesón de su director por llevar el festival a cabo. Además de una inyección de autoestima para la ciudad, el sector audiovisual y el mundo de la cultura se han visto reforzados, demostrándose una vez más –y el cine Albeniz lo viene haciendo desde que acabó el confinamiento– que los cines, siguiendo las pautas sanitarias, son un espacio seguro. Como los corredores de un relevo, Málaga ya le entregó el testigo a Venecia. Ojalá sea San Sebastián la siguiente en recibirlo.
 Tenía pensado asistir a las proyecciones de Las niñas, Black beachLos europeos, A este lado del mundo y Mi gran despedida, pero cuando fui a comprar las entradas ya se habían agotado. Así que, guía de programación en mano, dirigí mis ojos a la sección oficial de documentales, donde encontré un título de lo más prometedor: Sanmao: la novia del desierto.

Sanmao, Echo Chan (Tribute Page Anusha Lee)

 Yo sabía que Sanmao era una escritora china porque hacía unos años vi uno de sus libros en la mesa de novedades de las librerías. Se trataba de Diarios del Sáhara (:Rata_, 2016), la primera obra de la autora que se traducía y publicaba en occidente; un título sugerente que no compré en su momento por estar inmerso en otras lecturas pero que buscaré tras ver el documental. Por supuesto, les prometo otra reseña cuando lo lea.

Portada de Diarios del Sáhara, obra de Sanmao

 Magnifico el trabajo y el esfuerzo de las directoras Marta Arribas y Ana Pérez de la Fuente por darnos a conocer la fascinante vida de Chen Ping, más conocida por su seudónimo: Sanmao. Lo suyo ha sido como el trabajo de esos orfebres de Córdoba y Toledo que se dedican al damasquinado, esa labor de adorno que se hace en una pieza de hierro u otro metal embutiendo filamentos de oro o plata en ranuras o huecos previamente abiertos. Fotografías, animación, filmaciones en Super-8, entrevistas, voz en off..., todo ensamblado en la mesa de montaje para mostrarnos las luces y las sombras de esta mujer, libre y soñadora, que bien pudo ser la primera hippie de su país. Icono femenino para las mujeres asiáticas, escritora y  reportera de viajes, Sanmao gozó de una tremenda popularidad en China y Taiwán mientras que aquí no dejó de ser una desconocida. Sus vivencias en El Aaiún de los 70, adonde se fue a vivir con José María Quero tras contraer matrimonio, le dieron material para escribir un puñado de relatos que ella pensó sólo se leerían en China, de ahí que se tomase algunas licencias literarias con algunos miembros de la familia de su marido, licencias que no sentaron bien a la familia pero que hoy, como certificaron las hermanas de Quero en el coloquio final que hubo tras la proyección en el teatro Echegaray, ya están perdonadas.

Sanmao: la novia del desierto en el 23 Festival de Cine de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Han pasado 29 años de su trágica muerte, pero nos queda su luz y sus textos. Sin duda este largometraje documental, proyectado y aplaudido en numerosos festivales, contribuirá a difundir y aumentar su leyenda y a popularizar sus obras, editadas en España por :Rata_ Books.


 Les invito a ver el trailer, aunque me parece que éste no le hace justicia al largometraje, y a ver la película cuando se estrene en los cines de la mano de A Contracorriente Films. Estoy seguro de que, tras revivir su intensa vida, se engancharán al personaje.


 ¿Y quién sabe? Quizás cuando viajen a la isla canaria de La Palma, se acerquen a la tumba de su pareja, José María Quero, y depositen sobre ella una flor recién cortada en nombre de Sanmao.

 Y hablando de velar muertos, comentarles que antes del documental de Sanmao proyectaron vii. DOMITILAS, un cortometraje documental obra de Diego Ruiz, joven director mexicano del que, con la bendición de Domitila, espero grandes cosas.



miércoles, 26 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VIAJE DE PABLO ARANDA


Pablo Aranda, en su casa, con su inseparable 'Turrón'
Fotografía: Miguel Fernández (diario SUR)

«¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?».
El corazón es un cazador solitario –Carson McCullers–

Pablo Aranda nos dejó el primer día de este tórrido mes de agosto. La fatalidad, en forma de un cáncer de estómago, lo obligaba a partir, a los 52 años, hacia ese incierto destino que nos aguarda a todos.

 Escritor consumado, viajero a la antigua usanza, director del Aula de Cultura de SUR y, sobre todo, amigo, Pablo tenía el don de hacer que todo encuentro con él se te hiciera corto. Siempre brillante y divertido, con Pablo el tiempo tenía otra medida y muchas risas. No me cabe duda de que el más allá será un lugar mucho más alegre tras su llegada.

 El día que asistí a su sepelio echaron Invencible por la noche en la televisión, una película en la que salían atletas corriendo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Me pareció un guiño de Pablo, una señal. Pablo se va a quedar sin ver los Juegos Olímpicos de Tokio, y yo sin poder comentar con él las carreras, sobre todo los 1.500 que sigue siendo para nosotros la prueba reina. De atletismo, literatura y viajes solíamos hablar.

 Su primer viaje de calado lo hizo en compañía de su amigo Juan Gavilanes. Durante el último trimestre de 1992, viajaron desde Málaga con destino a Japón, donde pretendían encontrarse con Yoko y Hikako, dos japonesas alumnas de Pablo, profesor de español para extranjeros en una academia de la plaza de la Merced. Juan, que estaba terminando la carrera de Arquitectura y tenía que entregar su proyecto final de carrera, salió dos semanas después que Pablo, y se citaron, como dos espías de John le Carré, en la estación principal de tren de Budapest. En Bratislava compraron un billete de tren a la Rusia de Borís Yeltsin, y en Moscú se subieron al Transiberiano. Sobre la marcha, al ver que el tren disponía de dos destinos: Vladivostok y Pekín, decidieron posponer lo de Japón para otro momento y adentrarse en China por Manchuria. Durante una semana atravesaron los Urales y Siberia, con temperaturas de 35º bajo cero cada vez que bajaban del tren. China en aquella época resultó ser un país muy atrasado, lleno de chinos curiosos que se les acercaban constantemente como si fueran extraterrestres. Ya en Pekín, y tras ver la Ciudad Imperial y la Gran muralla China, se dedicaron a recorrer el país en tren y autobús: Nanjing, Suzhou, Shanghai, Guilin –desde donde navegaron en balsa de bambú por el río Li hasta Yangshuo– y, finalmente, Hong Kong, adornada con luces de Navidad. Fuese por ese sentimentalismo navideño o porque se les acababa el dinero, decidieron regresar a Europa: primero aterrizaron en Alemania, donde Pablo tenía a su amiga Sabine, y cuando el dinero y la hospitalidad no dio para más, cogieron un autobús para Málaga, a donde llegaron el día después del sorteo de la lotería nacional. A ellos el premio ya les había tocado con aquel viaje, tres meses de risas y aventuras que los hermanó para siempre.

Pablo Aranda y Juan Gavilanes en Bratislava, a punto de empezar la aventura ruso-china
Fotografía: Archivo personal de Juan Gavilanes

 Después de aquel viaje Pablo materializó su sueño de ser reportero de viajes y recorrer el mundo (deja un libro de viajes en el cajón que espero vea algún día la luz); también de ser escritor y contarnos historias de aquí al lado, con esa voz tan personal y comprometida que tiene.

 Por lo inesperado de su muerte no pude despedirme de él, así que estos días, desconcertantes y tristes, he andado releyendo correos y recordando momentos para tratar de recomponer las piezas del puzzle de nuestra amistad, para darle de alguna manera un cariñoso abrazo y un hasta siempre, porque Pablo se ha ido pero no se ha ido. No sólo porque tengamos en los anaqueles sus libros, que también, sino porque se queda a vivir en el corazón de todos sus familiares y amigos, como ya ocurriera con el otro Pablo, el añorado Pablo Cantos. Es lo que tiene la buena gente –'corazón blanco' que te dijo aquel argelino en Orán–, que ya no se te olvidan.

Pablo Aranda con César Martínez y Pablo Cantos en el Café Central de Málaga

 Conocí a Pablo Aranda a través de mi primo, el reportero gráfico Sergio Camacho. Con motivo del Premio de Novela Corta Diario SUR del año 2003, le hizo unas fotos en el balcón de su casa para acompañar una entrevista.
El otro día me comentaba Sergio que le dijo «no te voy a hacer fotos típicas de escritor, con los estantes de tu biblioteca de fondo y un libro en la mano». "Lo llevé al balcón donde tenía ropa tendida de todos los colores posibles y hacía viento. Le disparé unas fotos a velocidad lenta que convirtió la ropa en algo abstracto de manchas coloridas y quedó sorprendido del efecto. Nos caímos genial desde ese mismo instante. Siempre me provocaba la risa por su manera de contar lo más simple y cotidiano".
 Como por entonces yo ya tenía publicado Al sur del Sahara y él era un apasionado de los viajes y la cultura árabe, le habló de mí, y a la próxima que le tocó fotografiarlo, allá que lo acompañé para conocernos. Recuerdo que fue en los Baños del Carmen y que mi primo, que había cambiado el SUR por EL PAÍS, lo hizo posar dentro de un tubo de hormigón. Pablo se reía y se le achinaban los ojos: «Temo qué será lo próximo, entre tú que eres descabellado y yo que no te pongo freno, ja, ja, ja, ja, ja».

Presentación de Carta desde el Toubkal en el Centro Andaluz de las Letras, 11 de junio de 2015
De izq a dcha: Sergio Barce, Pablo Aranda, Pedro Delgado y Sergio Camacho
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Esa tarde conversamos y nos tomamos unas cuantas cervezas, y a partir de ahí no dejamos de intercambiar correos y encuentros. Varias veces accedió a pasarse por casa para firmar unos cuantos ejemplares de El orden improbable (Espasa, 2004) y Ucrania (Destino, 2006) que iba a regalar a mis familiares por navidades. Recuerdo el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, su caligrafía, lo recto de sus renglones. Lástima que por pensar que siempre habrá un mañana tenga en la estantería su última novela sin firmar, precisamente esa que nos había llevado a intercambiar tantos correos y en la que el protagonista estudiaba en el INEF de Granada, le gustaban las carreras y era fan mío.

 Pablo siempre fue muy generoso conmigo: presentó mis libros ("el efecto Aranda", le decía yo cada vez que se llenaba la sala); recomendó Al sur del Sahara en el suplemento El viajero de EL PAÍS; se hizo acompañar de aquel título a modo de guía en sus viajes por el África occidental; me metió con nombre y apellido en las páginas de La distancia (Malpaso, 2018), y no contento con ello le colocó en las manos al protagonista mi libro de relatos y me puso a encabezar su lista de agradecimientos.

 Buen viaje, amigo. Que Hermes te proteja.

martes, 21 de julio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Senderismo por los alrededores de Sapa, Vietnam
Fotografía: Pedro Delgado

Le pedí a mi madre que me contase la anécdota de cuando mi hermano Marcial se perdió de pequeño en calle Nueva, en el centro de Málaga, y descubrí que fui yo el que se perdió en dicha calle. Mi hermano lo había hecho un tiempo antes en una adyacente, la calle Cinco Bolas. Mi hermana Inmaculada también se perdió en otra ocasión, pero más lejos del centro de Málaga, en Torremolinos. El único que no se perdió nunca fue mi hermano Paco, que al ser el pequeño siempre estaba más vigilado. Afortunadamente, nos teníamos aprendido el discurso y nunca nos movíamos del lugar donde nos habíamos perdido, con lo que mis padres no tardaban en encontrarnos. "Si os perdéis, os quedáis quietos en el sitio hasta que tu padre o yo aparezcamos", nos decía cada vez que íbamos a la Feria, al Tívoli o a cualquier bulla de gente donde pudiéramos perdernos.
 Cuando terminó de contar la historia, le pregunté cual de los cuatro hermanos se había perdido más ya de mayores. Pensaba que diría algo así como 'tú, que cada dos por tres coges la puerta y te vas por ahí de viaje', pero no, para ella nos habíamos perdido todos por igual, pues vivía el no tenernos en casa con ella como una pérdida. Para ella todos nos habíamos extraviado. "Menos mal que todas las semanas vienen a vernos…"


 Todo esto viene a cuento del libro de Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) que me acabo de leer: nueve ensayos autobiográficos reunidos y editados por Capitán Swing bajo el título Una guía sobre el arte de perderse.


 Rebecca dice que los equipos de búsqueda y rescate han desarrollado un arte del encontrar y una ciencia de cómo se pierde la gente. Según ella, la explicación está en "que muchas de las personas que se pierden no van prestando atención en el momento en que se pierden, no saben qué hacer cuando se dan cuenta de que no saben volver o no reconocen que no saben volver".
Hay todo un arte consistente en prestar atención al tiempo atmosférico, a la ruta que sigues, a los hitos del camino, a cómo si te giras para mirar atrás puedes ver las diferencias entre el camino de vuelta y el de ida, a la información que te proporcionan el sol, la luna y las estrellas para orientarte, a la dirección en la que fluye el agua, a las mil cosas que convierten la naturaleza salvaje en un texto que pueden leer quienes conocen su lenguaje. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
 Durante mis estudios en el INEF de Granada recibí formación sobre las técnicas de orientación, y gracias a ello, junto a mi instinto y mi intuición, logré no perderme nunca en mis excursiones o viajes. Aún así, siempre encontré placer en abrir camino por lo desconocido.

De Valbona a Thethi. A través de las montañas de Albania
Fotografía: Pedro Delgado

 Realmente, nos dice Solnit, el concepto de perdido tiene dos significados diferentes. «Perder cosas tiene que ver con la desaparición de lo conocido, perderse tiene que ver con la aparición de lo desconocido»; en esta segunda acepción, el mundo se vuelve mayor que tu conocimiento del mismo.
La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario.
En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el deseo por lo desconocido, por viajar, por perderme de todo y de todos. Y espero habérselo transmitido a mis hijos.

 Durante la lectura de Una guía sobre el arte de perderse, han ocurrido dos casualidades que no dejan de sorprenderme. La mayor, recibir un correo de mi primo Sergio con un podcast del programa de radio de La Cultureta en el que hablaban de Cabeza de Vaca y sus aventuras. Sus palabras, cosa de meigas, me llegaron justo después de haber leído el cuarto ensayo del libro, en el que Rebecca Solnit cuenta la apasionante historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Nadie se encontrará perdido nunca más de la forma en que estaban perdidos aquellos primeros conquistadores, deambulando por un continente del que nada sabían, cuyo clima y cuya topografía desconocían, cuyos habitantes no hablaban la misma lengua que ellos, adentrándose en un territorio en el que carecían de las palabras para nombrar esos lugares, plantas y animales que tan diferentes eran de los del continente del que ellos procedían.
 La otra coincidencia fue leer el ensayo Guirnaldas de margaritas, días después de decirle a mi padre que convendría ponerle voz por escrito a todas esas fotografías familiares antiguas que él y mi madre guardan en las viejas cajas metálicas del Cola-Cao.
En mi familia las cosas tienen tendencia a desaparecer. Una vez, siendo yo mucho más joven, la hermana pequeña de mi padre me enseñó una caja llena de fotografías familiares, y la pared en blanco que había estado levantada hasta entonces detrás de mi propio nacimiento se derrumbó bajo un torrente de imágenes de extraños rostros anónimos y poses formales, reforzadas con cartón y en toda la gama que iba del sepia al color gris de la gelatina de plata. Sentadas con la caja de cartón en el cuarto de estar de mi tía, sumido en una penumbra casi permanente por la sombra de las secuoyas, estuvimos largo rato pasando imágenes mientras ella iba recitando nombres, algunos que yo ya conocía y otros que no. La fotografía que más me impresionó fue una de mi abuela y sus dos hermanos pequeños, posando en la isla de Ellis o por la época en que atravesaron aquella gran puerta de entrada de inmigrantes en el puerto de Nueva York. Aparecían en fila, con los cuerpos solapados y por orden de altura, siguiendo las convenciones de la fotografía de retrato de la época. Les habían rapado el pelo, quizás por los piojos o la tiña, y tenían esa mirada ojerosa y atormentada de muchos de los inmigrantes de entonces: tres niños con trajes blancos de marinero a juego que habían cruzado toda Europa y el Atlántico y que iban a atravesar otro continente solos.
 Cuando mucho tiempo después le pregunté por las fotografías, mi tía dijo que aquella caja no existía y que debía de habérmelo imaginado todo. Unos años más tarde volví a preguntarle y reconoció que la caja había existido, pero dijo que había desaparecido. Las fotografías, que se supone que tienen que servir de pilares de un pasado objetivo, son tan inestables como todo lo demás en la historia de mi familia paterna. Con mi padre y mi tía fallecidos, y con sus padres fallecidos mucho antes que ellos, ya no hay nadie que repita o contradiga las escasas historias que contaban muy de vez en cuando.
  Rebecca Solnit dice al respecto que "hay momentos de armonía que llegan al nivel de la serendipia y la coincidencia y que van incluso más allá, y hay periodos en los que parece que abundan esa clase de episodios. […] Esos momentos parecen indicar que nos hemos rendido ante la historia que se está narrando y estamos siguiendo el argumento en lugar de intentar contarlo nosotros mismos, interrumpiendo y replicando con nuestra débil vocecita al destino, a la naturaleza, a los dioses".

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania (Agosto, 2017)

 En La puerta abierta, sin ella saberlo, me catapultó directamente a las montañas de Albania, al verano de 2017, cuando ascendí al Korab o Korabit y en la aldea de Dibër una familia me acogió en su casa. Un miembro del clan sufrió la pérdida de un hijo en aquella montaña, alcanzado por un rayo. Hacía unos años del desgraciado suceso, pero uno podía ver la pena infinita en los ojos de aquel hombre corpulento. Quizás por ser padre, interioricé aquella pena y la hice mía. Y creo que ya nunca se me va a ir.
Yo habría seguido andando por aquellos montes eternamente, pero los truenos procedentes de la masa de nubes que se había formado y la aparición de un enorme rayo llevaron a Sallie a decidir que diéramos la vuelta. Cuando íbamos bajando, le pregunté por los rescates que más la habían marcado. Uno fue el de un hombre al que había matado un rayo, una forma nada extraña de morir en esos montes y la razón por la que estábamos bajando de aquella espléndida cresta.
 Y cuando en Una casa, una historia habla de la tortuga del desierto, me acordé de mi encuentro con una de ellas en uno de mis primeros viajes a Marruecos. Rocco iba conduciendo su furgoneta por las sinuosas carreteras del Atlas, y al ver aquel ejemplar en medio del asfalto, andando tan despacio, se detuvo para que la apartara. Me bajé, caminé hacia ella y la agarré con las dos manos tratando de no asustarla, pero en cuanto la alcé del suelo me soltó una tremenda meada. A pesar de ello, la dejé delicadamente a unos metros de la carretera, y al regresar al vehículo me encontré con las risas de Rocco que no dejaba de señalar mis pantalones. También se me vino a la cabeza mis visitas a distintos desiertos.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto. No era por cosas concretas, sino por el espacio entre ellas, por esa abundancia de ausencia: esa es la atracción que ejerce el desierto. […] Lo que yo amaba del desierto era la inmensidad, así como una sobriedad que también era un placer para los sentidos. ¿Y el hombre?
 Fui a visitarle a su casa, en pleno desierto de Mojave, un atardecer de finales de primavera.
 El libro es un compendio de saberes eruditos y de historias curiosas que la autora va hilando finamente hasta tejer los cuadrados de patchwork que conforman cada uno de sus capítulos. Así, al final, la manta o la alfombra resultante, hecha de múltiples retales, abarca desde Daniel Boone a Bob Dylan, desde la música country a la pintura del renacimiento, pasando, entre otros, por elementos tan dispares como el movimiento punk rockers, la película Vértigo, el Salto al vacío de Yves Klein, las tribus indias, Virginia Woolf, Borges, los monjes budistas o los fotógrafos Peter Hujar y David Wojnarowicz.
Hay todo un género de canciones que surgió con el blues y que consiste en buena parte en una sucesión de nombres de lugares, un recitativo sobre geografía; la famosa Route 66 es la más popular, pero no la única. […] Una perspicaz aproximación desde los márgenes a la esencia de este género es Wanted Man, compuesta por Bob Dylan en 1969 y cuya versión más famosa fue interpretada por Johnny Cash. Es una lista cargada de fanfarronería de todos los lugares en los que se busca a un delincuente, enumeración que incluye Albuquerque, Tallahassee, Baton Rouge y Buffalo, un solapamiento de ser deseado por las mujeres con ser perseguido por la justicia que contiene perturbadoras insinuaciones sobre los motivos para cometer un crimen.
  
Wanted Man, Bob Dylan y Johnny Cash 
 Que la vida es un viaje es algo que se da por sentado en estas canciones, que al fin y al cabo surgieron en el contexto del traslado del campo a la ciudad de los blancos de zonas rurales y de la emigración al norte de los negros del sur. El amor por el lugar es tan intenso, sin embargo, que este viaje no se formula como el relato de un descubrimiento de lo desconocido lleno de revelaciones, sino como una historia más conservadora sobre la pérdida del territorio conocido en el que nos hemos formado, un territorio que en la canción solo existe en forma de recuerdo, como un mapa trazado en la profundidad de las entrañas que podrá leerse en las paredes del corazón en nuestra autopsia. Nadie supera nada; el tiempo no cura ninguna herida; si hoy él ha dejado de quererla, como dice uno de los temas más famosos de George Jones, es porque está muerto. El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones.
 He Stopped Living Her Today, George Jones
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Sería bonito imaginar que hubo un tiempo en que los wintus estaban tan perfectamente ubicados en un mundo con fronteras conocidas que no conocían la experiencia de perderse, pero sus vecinos del norte, el pueblo Pit River o achumawi, sugieren que probablemente no fuera así. Un día había quedado en reunirme con unos amigos en un espectáculo que se celebraba en un parque de la ciudad, pero al no encontrarlos entre el público me fui a una librería de segunda mano. Allí encontré un viejo libro en el que Jaime de Angulo, el indómito narrador y antropólogo español que hace ochenta años pasó un periodo considerable de tiempo con este pueblo, escribió: «Quiero referirme ahora a un fenómeno curioso que se da entre los indios Pit River. Los indios se refieren a ello con un término que podría traducirse como "vagar". Dicen de una persona que "Está vagando" o que "Ha empezado a vagar". Pareciera que, en ciertos momentos de malestar psicológico, a un individuo se le hace insoportable la vida en su entorno habitual. Ese individuo empieza a vagar. Se dedica a deambular por el campo sin rumbo fijo. Va haciendo paradas en distintos sitios, en los poblados de amigos o familiares, siempre de paso, sin detenerse más de unos pocos días en ningún lugar. No da ninguna muestra externa de dolor, pena o preocupación. […] La persona errante, hombre o mujer, evita los pueblos y poblados, permanece en lugares agrestes y solitarios, en las cumbres de las montañas, en el fondo de los desfiladeros». Esta persona errante no es muy distinta de Woolf, quien también conoció la desesperación y el deseo de lo que los budistas llaman el no ser, deseo que acabó llevándola a meterse en un río con los bolsillos llenos de piedras. No es una cuestión de haberte desorientado y estar perdido, sino de intentar perderte.
 De Angulo continúa diciendo que ese vagar puede conducir a la muerte, a la pérdida de la esperanza, a la locura, a distintas formas de desesperación, o que puede dar lugar a encuentros con otras fuerzas en los lugares remotos a los que llega la persona errante. Concluye diciendo: «Cuando te has vuelto totalmente salvaje, es posible que algunos seres salvajes se acerquen a echarte un vistazo y quizá alguno te coja simpatía, no porque estés sufriendo y tengas frío, sino tan solo porque le gusta tu aspecto. En ese momento se acaba el vagar y el indio se convierte en un chamán». Te pierdes porque sientes el deseo de estar perdido, pero en ese estado que denominamos perdido se encuentran cosas extrañas. «Todos los hombres blancos son personas errantes, dicen los ancianos», comenta el editor de De Angulo.
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Boy on Raft, fotografía de Peter Hujar, 1978. The Peter Hujar Archive
LLC Courtesy Pace/MacGill Gallery and Fraenkel Gallery
 
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Desde hace muchos años me ha conmovido el azul del extremo de lo visible, ese color de los horizontes, de las cordilleras remotas, de cualquier cosa situada en la lejanía. El color de esa distancia es el color de una emoción, el color de la soledad y del deseo, el color del allí visto desde el aquí, el color de donde no estás. Y el color de donde nunca estarás. Y es que el azul no está en ese punto del horizonte del que te separan los kilómetros que sean, sino en la atmósfera de la distancia que hay entre tú y las montañas. «Anhelo –dice el poeta Robert Hass–, porque el deseo está lleno de distancias infinitas». […] Y es que, como sucede con el azul de la distancia, la consecución y la llegada solo trasladan ese anhelo, no lo satisfacen, igual que cuando llegas a las montañas a las que te dirigías estas han dejado de ser azules y el azul ha pasado a teñir las que se encuentran detrás. Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos.
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En el siglo XV, los artistas europeos empezaron a pintar el azul de la distancia. Los pintores anteriores no habían prestado mucha atención a lo remoto en sus obras. […] Los pintores empezaron a interesarse más por la verosimilitud, por representar el mundo tal como lo veía el ojo humano, y en aquellos tiempos en que el arte de la perspectiva estaba empezando a desarrollarse adoptaron el azul de la distancia como una forma de dar profundidad y volumen a sus obras. La franja azul que aparece en la zona del horizonte a menudo resulta exagerada: empieza demasiado cerca del primer plano, genera un cambio demasiado brusco de color, es demasiado azul, como si se regocijaran en aquel fenómeno excediéndose en su uso. Debajo del cielo y encima del supuesto tema principal del cuadro, en la zona que quedaba delante del horizonte, pintaban un pequeño mundo de color azul: unas ovejas azules, un pastor azul, unas casas azules, unas colinas azules, un camino azul y una carretera azul.
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Arthur Rimbaud in New York, fotografía de David Wojnarowicz, 1978-1979
Cortesía de PPOW Gallery, New York y Estate of David Wojnarowicz
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«El vacío es el sendero por el que se mueve la persona centrada», dijo un sabio tibetano hace seiscientos años. El libro en el que encontré esta afirmación continuaba con una explicación de la palabra para decir «sendero» en tibetano: shul, «una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas esas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. Como un shul, el vacío puede compararse a la impresión de algo que estuvo ahí. En este caso, semejante impresión está formada por las mellas, cavidades, marcas y rugosidades dejadas por la turbulencia del ansia egoísta».
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Uno de los cuentos budistas más conocidos es sobre dos monjes que han hecho el juramento de no tener contacto físico de ningún tipo con mujeres. Un día llegan a la orilla de un turbulento río y se encuentran con una mujer que les ruega que la ayuden a cruzarlo (las antiguas fábulas siempre andan escasas de mujeres atléticas), así que uno de ellos la levanta y cruza el río con ella en brazos. Cuando los dos monjes llevan un rato caminando por la otra orilla, el segundo monje le reprocha al primero que haya incumplido sus votos y este le contesta: «¿Por qué tú sigues llevándola en brazos? Yo la he dejado en el suelo al llegar a la orilla».
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Salto al vacío. Yves Klein, 1960
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Siempre se habla del montañismo como si la llegada a la cumbre fuera una conquista, pero a medida que asciendes el mundo aumenta de tamaño y te sientes más pequeño en relación con él, abrumado y liberado por la magnitud del espacio que te rodea, la magnitud del territorio que recorrer, la magnitud de lo desconocido. Te has pasado todo el día subiendo con gran esfuerzo con la mirada puesta en la ladera, ascendiendo por senderos y por caminos en zigzag, atravesando y rebasando pinares, y la vista de detrás se ha ido ampliando poco a poco hacia el norte, el sur, el este. A veces los pájaros, los árboles o las piedras del camino te hacen prestar atención a lo más inmediato, a veces vas mirando directamente a la pendiente que te espera, pero a veces un giro o una parada te permiten volver a ver la inmensidad que se extiende en esas tres direcciones, un manto infinito de aire que te cubre la espalda mientras prosigues tu camino. Al final, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, alcanzas no la cumbre, que no es un cambio tan drástico, sino la cresta. El Whitney no es más que el punto más alto de una larga cresta. Al llegar a ella, el mundo que se extiende al oeste aparece de repente ante ti, un terreno inmenso aún más salvaje y remoto que el del este, una sorpresa, un regalo, una revelación. El mundo duplica su tamaño.
 A la noche, después de pergeñar la reseña y dejarla en reposo, le pregunté a mi mujer si alguno de nuestros dos hijos se había perdido alguna vez. Me recordó que Enzo se perdió de pequeño una vez al terminar la cabalgata de Reyes, y que se fue directamente para la casa y nos lo encontramos en el portal esperando. "¿Y no te acuerdas cuando se te perdió en el tren camino del Círculo Polar Ártico?". "Es verdad, tengo que añadir esa historia". Así que, al despertar, la añadí para todos ustedes.
El tren empezó a reducir la velocidad y la gente comenzó a levantarse y a coger sus cosas. Papá consultó su reloj y dijo que llegábamos con 32 minutos de retraso. Como iba lleno, me dijo que esperásemos a que saliese la gente para poder bajar más cómodamente la maleta del portaequipajes, pero que recogiese rápido mis cosas de la mesa. La verdad es que yo pensaba que el tren había llegado a su destino final, y que se detendría allí hasta la hora en la que tuviese que iniciar su viaje de regreso a Alemania, así que empecé a recoger con mucha parsimonia. Papá me apremió para que me diese prisa, no fuésemos a quedarnos allí. Me apresuré cuanto pude, recorrí el pasillo y bajé al andén. Papá me seguía un paso por detrás y aún no había acabado de bajar cuando la puerta se cerró de golpe delante de sus narices. Me giré y miré hacia papá, que acababa de soltar una exclamación, pues la puerta estuvo a punto de pillarle. Con desconcierto, buscó el botón verde para abrir la puerta y lo presionó varias veces, pero éste estaba apagado y no respondía. "¡Papá! ¡Papá!, grité nervioso, con los ojos agrandados por la sorpresa. La gente que había a mi alrededor se dio cuenta de lo que pasaba y sus ojos, tensos y esperanzadores, también se clavaron en papá, que aún tenía la patética esperanza de que aquella puerta se abriera. Un hombre con una maleta apareció tras él, pero tampoco pudo abrirla. Le indiqué por señas que fuese a otro vagón que aún tenía la puerta abierta, pero papá, a quién ya se le había pasado el estupor inicial, lo único que hizo fue repetir varias veces con la mano el gesto de tranquilo, tranquilo, que ya lo arreglo yo. Unos segundos más tarde, lentamente, casi con delicadeza, el tren empezó a ponerse en marcha. Caminé unos pasos siguiendo el movimiento del tren, mirando suplicante a papá. Incluso estiré los brazos instintivamente, como si pudiese agarrar al tren y detenerlo. Mi padre volvió a hacer los gestos de tranquilo, tranquilo. Y allí me quedé, con la vista fija en el último vagón. Papá me había explicado un día que un agujero negro era una especie de desagüe, como el del lavabo o la bañera, pero cósmico, que en vez de tragar agua y pelos, se tragaba planetas, estrellas y hasta galaxias enteras. Pues bien, en aquel instante, me parecía que un agujero negro había succionado a aquel tren y con él a mi padre, y que por un buen rato íbamos a estar como en dos dimensiones distintas: la del andén, del que no me pensaba mover, y la del vete tú a saber dónde estaría mi padre.
 Lo importante era no perder la serenidad. Papá regresaría. Eso era indudable, así que no debía dejar que el pánico y la desesperación se apoderaran de mí. Aún no se había disuelto el corrillo que se había formado en torno a mí, cuando una voz a mis espaldas pronunció el nombre de mi padre. Me volví. El hombre seguía repitiendo el nombre al aire, sin percatarse del pequeño barullo que había a mi alrededor. Lo miré con la misma sorpresa que debió sentir Robinson Crusoe al encontrar a Viernes en su isla. "Es mi padre", le dije. El hombre me miró con expresión interrogativa, como preguntándome dónde estaba. Cuando comprendió lo que había pasado, me dijo que no me preocupara. Tenía la certeza de que mi padre aparecería más tarde o temprano, y en ese instante no podía más que disfrutar de aquella sensación de aventura.
 Efectivamente, papá apareció corriendo escaleras abajo 15 o 20 minutos después, y al verme suspiró aliviado. Dejó caer al suelo la maleta y la mochila, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Luego me dio un abrazo y celebró que Ramón hubiese venido a recogernos a la estación. Le preguntó qué había dicho y hecho yo, y si me había asustado mucho, pero Ramón alabó mi valentía. Papá nos contó que había buscado al revisor para explicarle lo sucedido, y que éste le había dicho que se bajase en la siguiente parada, que estaba a pocos minutos de allí, donde podía tomar otro tren en dirección a la Estación Central. "Los trenes salían cada dos minutos, pero menos mal que en cuanto llegué a la estación pude salir en uno para acá. ¡¡Uff!! Continuamente me preguntaba si estarías llorando, incluso si estarías aquí o si te habrías ido con las mujeres que se te acercaron a buscar a la policía". "Pues de llorar nada", dijo Ramón. "Y lo que más claro tenía era que no se movía de aquí hasta que tú vinieses". "Pues cuando me he bajado del tren y he visto que no había nadie en el andén… He pensado que estaría con alguien de la estación, pero luego me he dado cuenta de que estaba en la vía 7, en lugar de en la 1, y he corrido escaleras arriba y abajo para buscarle. Menos mal que estaba contigo".
No subestimes el poder de Santa Claus 
Pedro Delgado Fernández
 Quién sabe, quizás algún día ustedes también lean la historia completa; aunque de momento sigue perdida en el disco duro del ordenador a la espera de que la encuentre alguna editorial.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

Notas: 

 Esta entrada está dedicada a mi madre, que el pasado viernes, 17 de julio, cumplió 86 años. Te quiero, mamá.

 Todos los textos a color pertenecen a Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, editado por Capitán Swing en 2020 en una traducción de Clara Mistral.