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martes, 27 de enero de 2026

BORRASCA EN LOS OZORES


Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

Estas semanas que llevamos, con seis borrascas una detrás de otra, son para pasar las tardes en el sofá de casa, arropados por una mantita y en compañía de un buen libro. En mi caso, una de esas tardes cogí de la estantería Borrasca en los Ozores, un divertimento de Pablo Aranda, una micronovela de diez mil palabras que abrió la colección Manguta de Libros, proyecto coordinado por Laura Cerezo Cobos y editado por Ediciones del Genal y Mitad Doble Ediciones en enero de 2018. En ella, el protagonista es Emilio Ozores, un profesor universitario preocupado porque desertan cada vez más alumnos de sus clases. También aparecen Marta, su mujer, y María Espinosa, una alumna con la que Emilio tiene ensoñaciones.

 Dejó atrás el aula y avanzó por el pasillo que llevaba a su despacho. Desanimado, pesadamente encaminado a un análisis destructivo sobre las causas de la cada vez menor presencia de estudiantes en sus clases, Emilio sintió la estridencia del teléfono como una fuerza liberadora. tal vez el timbre de mi voz los aburra, se dijo, en voz alta (para tratar de escucharse desde fuera, que sus oídos percibieran su voz como de otro), y en ese momento sonó el teléfono. A Emilio le sorprendió más el tono tierno de su mujer que el hecho insólito de que lo telefonease.
 –Ha llamado tu primo –dijo Marta.
 –¿Pero dónde estás?
 –En la casa, no me encontraba bien y no he ido a trabajar.

 La llamada de Marta le anuncia a Emilio la muerte de su tía, con la que no mantenía una relación muy estrecha, aunque solía comer con ella los domingos.

 No era amor. Más bien dependencia, tal vez algo de cariño alimentado por el vínculo sanguíneo. Nos llevábamos mal, pero nos buscábamos, bueno, no exactamente: yo la visitaba los domingos, la llamaba, poco. Nada. No la llamaba. [...]

 Y en las escaleras del tanatorio se reencuentra con su primo Isidro, con el que imagina se repartirá la herencia de la difunta: una casa que ya piensa vender para comprarse un coche.

 –Por favor, Emilio. Aún ni la hemos enterrado –sonó falsa la voz de Isidro–. Además, donará la casa a los Hermanos de San Juan de Dios.
 Emilio se acercó al ataúd y levantó la tapa. La tía le pareció más joven que de costumbre, como si en vez de su tía muerta fuese su prima dormida. Las manos sobre el pecho y en un dedo un anillo* que Emilio no recordaba haberle visto nunca. Sobre el dorado sucio del anillo descansaban las letras H y G. Emilio supuso que las siglas esconderían un latinajo religioso que no reconoció.

 A Emilio le interesa la sociología de lo cotidiano, cosas insólitas como el estudio de los aspectos, funciones, comportamientos y circunstancias relacionados con el orinar –o cuántos pasos damos al día (y, por ende, kilómetros al año), mientras paseamos al perrito «como aquella señora en Yalta que nos contaba Chéjov*»–. Y le gusta dejar constancia de sus disquisiciones en una grabadora y en los artículos que sube a su página web.

 Ahora que ha muerto su tía, y recuerda su voz: «No te comas todos los borrachuelos, deja alguno para tu primo», se pregunta por el significado del duelo. También por si su mujer, Marta, no habrá pensado sustituirlo antes de tiempo, porque, como su tía, toda persona es sustituible, y la relación de Marta con su jefe, Alberto, parece cada vez más estrecha.

La muerte de la tía podría significar el comienzo del desmoronamiento de nuestra familia. El declive de los Ozores. Se abrió la puerta del estudio y entró Marta. Aunque le tenía advertido que llamase antes, nunca lo hacía.
 –¿Hablando solo? Me voy, he quedado para cenar.
 –¿No vas a venir al cementerio? La tía te quería mucho.
 –No creo que lo note. Además, no me quería tanto. Es una cena de trabajo.
 –¿No dijiste que estabas mala?
 –No, dije que me encontraba mal, que es diferente. Y ahora me encuentro bien. Mañana iré al entierro.
 –Es a las doce.
 –¿A las doce? Vaya. Entonces no podré ir –dijo saliendo del estudio–. Por cierto –asomó la cabeza–. La asistenta se ha quejado de las notas adhesivas en las paredes del baño con tus controles urinarios. Usa una libreta.
 En cuanto sonó la puerta telefoneó a su primo.
 –Isidro, salgo dentro de media hora para el cementerio, ¿te recojo?
 –¿Al cementerio? Uf, tengo guardia esta noche. No saldré de la comisaría hasta las ocho de la mañana. A las nueve estaré allí.
 –Bueno, solo nos tiene a nosotros. Yo me quedaré a su lado toda la noche.
 Sabiendo que su primo no acudiría al cementerio, se quitó la ropa y se puso el pijama. Se preparó un bocadillo de atún y se sentó a ver en televisión un acalorado debate sobre la crisis catalana. Le sorprendió que cada tertuliano le convenciera tras su intervención. Cayeron unas gotas de aceite en el sofá y cuando terminó el bocadillo le dio la vuelta al cojín. Cambió de canal. Una mujer muy hermosa paseaba junto a un río. Le recordó a María Espinosa, la alumna más guapa que había tenido jamás.

 Aunque leí la novela en su momento, había olvidado la trama por completo, y volví a sonreír aquí y allá con las ocurrencias de Pablo, que volvía a conseguir, como en Desprendimiento de rutina, que un jeta bastante reprobable me llegara a caer bien. Por cierto, ambas novelas comparten el tono humorístico y disparatado, y el nombre de la mujer del protagonista: Marta.

 4
 Cuando Emilio Ozores llegó al tanatorio por la mañana su primo fumaba en la puerta de la sala. Isidro lo miró a los ojos y lanzó la colilla al suelo con violencia.
 –¿No dijiste que ibas a pasar la noche con la tía?
 –Y la he pasado –mintió Emilio–. He ido a mi casa a ducharme y desayuna.
 –El vigilante dice que la sala ha estado vacía toda la noche.
 –¿Desde cuándo un inspector de policía se fía del testimonio de un guarda de seguridad?
 –Déjalo, anda.
 –¿Qué tal tu noche?
 –Divertida: una banda de gamberros ha quemado dieciséis contenedores.
 –¿Los habéis pillado?
 –Aún no, pero tenemos el perfil de cuatro de ellos: tienen entre once y veintidós años, criados probablemente en familias desestructuradas, quizá visten sudaderas con capucha. ¿Nos tomamos un café?
 –Antes voy a echarle un vistazo a la tía.
 –No creo que se haya movido mucho desde que la dejaste anoche.
 –Anoche no, esta mañana.
 Emilio pidió un mitad doble y tostadas.
 –¿No había ido a tu casa a desayunar?
 –Joder con la policía. Fui a ducharme y a desayunar, pero Marta se olvidó de comprar pan.
 –¿Qué tal Marta?
 –Como siempre.
 –¿Sigue acostándose con su jefe?
 Emilio devolvió la tostada al plato. Solían intercalar burlas en sus conversaciones, pero esta vez Isidro había ido demasiado lejos.
 –No me mires así, era una broma –se disculpó–. Pero confiesa –añadió buscando desviar el tema–: ¿a que no te has quedado esta noche en el cementerio?
 Si seguía Marta acostándose con su  jefe. La perífrasis empleada por Isidro indicaba que ya se acostaban antes. Marta coordinaba un área de su empresa y debía diseñar estrategias con su jefe directo, Alberto, a menudo en cenas.
 –Venga, no te enfades –insistió Isidro–, en realidad tampoco yo he trabajado toda la noche, solo hasta las doce. Y no han ardido dieciséis contenedores, sino ciento cuatro, y no tenemos ningún perfil.
 Emilio logró sonreír:
 –Bueno, estaríamos en paz. Yo mantengo una relación con una alumna.
 –Corrupción de menores –rio Isidro, pidiendo con gestos que contase más.
 –¿Menores? Doy clases en la universidad. María tiene veinte años.
 –Así que María. ¿Te la ha chupado alguna vez en el despacho?
 Emilio apuró el café y se levantó sin responder.
 –Marta, ¿te acuestas con Alberto? –disparó Emilio al llegar a su casa.
 –Claro, está ahí, en la cama. Llévale un vaso de agua, que  me lo ha pedido hace un rato.
 –Te lo digo en serio.
 –¿Te pregunto yo si te acuestas con tus alumnas?
 –No.
 –Pues entonces. –Marta entraba al baño, pero se detuvo al escuchar de nuevo a Emilio:
 –¿Qué pensarías si te dijera que me acuesto con la alumna más guapa que he tenido nunca?
 –Que es mentira –contestó sin volverse. Y cerró la puerta.

 También el hecho de que la trama rocambolesca se despliegue en Málaga, algo a lo que Pablo nos tiene acostumbrados: Calle Fresca, la plaza de Uncibay con la cafetería Doña Mariquita (desgraciadamente ahora es un Doña Lola), la plaza de la Merced, el albergue San Juan de Dios...

Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda, en la plaza de Uncibay
Fotografía: Pedro Delgado

 Como los dos esperaban, la casa se la había dejado a Isidro. Dinero apenas había: toda la pensión liquidada. Lo que ninguno de los dos había sospechado era la existencia de un apartamento en calle Fresca, en pleno casco antiguo de la ciudad. Y el nuevo propietario de ese piso era Emilio. Con la mano en el bolsillo apretó la llave con fuerza y, a pesar de encontrarse en la plaza de Uncibay, a dos pasos de calle Fresca, antes de acercarse al apartamento, mi apartamento, dijo en voz alta, se sentó en la cafetería Doña Mariquita y pidió un café con leche y cinco churros. Necesitaba ordenar sus ideas.
 ¿Por qué había ocultado la tía esa pertenencia?, ¿para qué la había usado?
 –Tenía un amante –sugirió María Espinosa–. Sesenta y cinco años no es tanto.
 –¿Un amante? –repitió Emilio.
 –¿Cómo dice? –preguntó el camarero, que pasaba un trapo por la mesa de al lado.
 En cualquier caso una doble vida. La posibilidad de un espacio secreto abría las puertas a una vida secreta.
 Llamó a Marta para preguntarle el teléfono de Rafa, el hijo de ambos, que llevaba unos meses estudiando fuera.
 –¿Todavía no te lo sabes? –refunfuñó Marta.
 –¿Tú le has dicho lo de la tía Emilia?
 –No –respondió antes de colgar.
 Marcó el número.
 –¿Papá?
 –Te llamo para darte una mala noticia. –Hizo una pausa forzada–. La tía Emilia se ha muerto.
 –¿Pero no estaba muerta ya?
 –Creo que no, de momento la gente se muere una sola vez.
 El hijo añadió algo, pero Emilio se perdió en lo que acababa de decir: la gente se muere una sola vez. Dos muertes. un pensamiento inquietante le turbó: por qué no yo, dos muertes. Con el piso de la tía Emilia puedo llevar una doble vida, una vida nueva, mi vida anterior ha terminado, he muerto, por tanto, una vez. Pero no, para llevar una doble vida es necesario no abandonar la anterior. Una doble vida nos protege. Una nueva vida es más de lo mismo, con nuevas variables, pero en el fondo no es otra cosa que más de lo mismo. Una doble vida es lo realmente novedoso.
 –¿Papá?
 –Perdona, Rafa, creí que habías colgado –dijo y colgó él.
 Una vivienda antigua pero reformada, con un mobiliario moderno y funcional salido de un catálogo de fábrica de muebles sueca. Nada que ver con la decoración del piso de la tía Emilia, el otro piso, ¿la otra tía? Un cenicero con algunas colillas manchadas de carmín (la tía Emilia no fumaba, o eso creía Emilio), un gigantesco televisor inteligente.
 –¿Te ha dejado algo? –quiso saber Marta cuando llegó a casa.
 –Nada.

Borrasca en los Ozores en calle Fresca
Fotografía: Pedro Delgado

***

 Antes de dirigirse a la facultad aparcó en el centro y caminó hasta el albergue de San Juan de Dios.
 –Buenos días, soy Emilio Ozores, sobrino de Emilia Ozores. He venido para comunicarles que mi tía ha fallecido –pronunció con voz afligida al joven que había abierto.
 –¿Emilia Ozores? Le acompaño en el sentimiento, pero la verdad es que no tenía el gusto de conocerla.
 –Venía cada tarde aquí como voluntaria.
 –Le aseguro que no. A ver si decía eso y se iba al bingo. –Movió arriba y abajo el dedo índice, como si le regañase.
 La doble vida. No se puede alargar la vida, pero sí ensanchar. Vivimos mirando al frente, sin darnos cuenta de que el futuro lo tenemos a los lados.

...y la Panadería Escalona, en la Alameda de Capuchinos, de donde proceden las bandejas de borrachuelos de la tía de Emilio. No recuerdo si llegué a comentárselo a Pablo en su momento, pero María Escalona fue alumna mía en Gamarra. En el curso 1991/92. El primer año que trabajaba, recién licenciado en el INEF de Granada, de profesor de Ed. Física. Imagínense si ha pasado tiempo, que si quisiera ya podría jubilarme al acabar este mes de febrero.

 Pero volvamos al apartamento de calle Fresca para cerrar esta reseña, al lugar donde la tía, o mejor dicho la presencia fantasmal de su tía, se le apareció un día a Emilio apoyada en el quicio de la puerta.

 –El apartamento es la vida, Emilio, hijo. Estamos atados, nos creamos una serie de compromisos que terminan atrapándonos, entonces hay que buscar respiraderos.

 Pues eso, sigan el consejo y, en días como estos, quédense en casa y dense un respiro con Pablo Aranda. Y si quieren rendirle un pequeño homenaje a Emilio, anoten en la ficha que cierra la micronovela el tiempo que invirtieron en leerla. Por aquello de la investigación de lo cotidiano. Yo, como soy un desastre, olvidé mirar la hora al terminar.

 –Por favor, atendedme un momento –intervino Emilio de nuevo–, necesito vuestra colaboración para un artículo sobre la lectura. Cada cierto tiempo se publican estudios sobre la lectura y se informa del número de libros que se leen, pero no del número de horas. ¿Cuánto se tarda en leer un libro? Os pido que el próximo libro que leáis contabilicéis el número de días que os ha ocupado su lectura y, sobre todo, el número de horas de lectura. Para ello, cada vez que os pongáis a leer apuntad a lápiz en la primera página la hora exacta y cuando acabéis hacéis lo mismo, después solo habrá que sumar los intervalos.
Ficha de tiempo de lectura de Borrasca en los Ozores
Fotografía: Pedro Delgado

 **El anillo es un guiño a Chéjov, y a uno de sus principios, ese que dice que si un arma aparece colgada en la pared durante el primer acto, en el segundo tiene que ser disparada. Y es que Pablo, además de escritor, sigue siendo maestro.

martes, 23 de septiembre de 2025

DESPRENDIMIENTO DE RUTINA


Desprendimiento de rutina, de Pablo Aranda (Editorial Arguval, 2003)
Fotografía: Pedro Delgado

La primera semana de julio viajé a Gran Canaria para visitar a mi hijo mayor y conocer la isla en la que él había vivido y trabajado casi un par de años. Acababa de rescindir su contrato de piloto para trabajar en una nueva compañía con base en Málaga, de ahí que regresásemos juntos a casa.

 Viajar es desprenderse de la rutina, así que elegí la novela corta de Pablo Aranda Desprendimiento de rutina para el trayecto aéreo de ida y de vuelta y los ratos muertos en Las Palmas.

Desprendimiento de rutina en Lentini, Las Palmas
El Mejor bocata de pata asada de Gran Canaria
Fotografía: Pedro Delgado

 No había leído la novela en su momento, en 2003, cuando obtuvo el Premio Diario Sur de Novela Corta, así que la leí como si fuera una novedad. Acerté de pleno, pues la novela es de lo más entretenida y divertida, conteniendo sus páginas la ironía y el humor inteligente que lo caracterizaban.

 Eligió un chiringuito de El Palo al que había ido algunos domingos con su padre, cuando era niño. Creyó reconocer en un camarero viejo con una camisa blanquísima al amigo de su padre que siempre les había atendido.
 –Yo venía aquí con mi padre, cuando era niño –le comentó Luis al camarero.
 –Me extraña –respondió sin parecer darle mucha importancia a las palabras de Luis.
 –¿Qué le extraña?
 –Esto lleva abierto cuatro años.
 –Bueno, la verdad es que al que he reconocido es a usted y he supuesto que éste era el chiringuito donde comía con mi padre, sería otro de por aquí en el que usted trabajara hace años.
 –Yo he estado cuarenta años trabajando en Oporto, y llevo un par de años aquí. No da usted una.

 El protagonista es Luis, un caradura de 40 años que forma una pareja extraña con Marta, ella tan guapa y elegante y el tan barrigón, descuidado y mentiroso. «Ese tipo de vecinos que pide un sacacorchos y no lo devuelve nunca, o que reparte la propaganda que echan en su buzón entre los otros».

 Luis apuró la cerveza, se metió el último boquerón en la boca y se levantó. Estaba cerca del coche cuando oyó que alguien hablaba en voz alta, casi gritaba. Se volvió y vio al camarero viejo caminando ligero hacia él, se le veía muy agitado.
 –Se ha ido sin pagar, eso no lo voy a permitir.
 –Pero qué dice, hombre. Le he pagado al camarero ése que parece un niño, el de las espinillas. Encima que no he esperado ni el cambio va a venir gritándome por la calle como si fuera un, un nosequé.
 –Ah, ¿le ha pagado a Paquito? –el camarero viejo se había quedado perplejo–. Perdone, yo no sabía, es que cada uno suele cobrar las mesas que lleva. Disculpe, señor.
 Luis no dijo nada y siguió hasta su coche. El camarero viejo se quedó un rato allí parado en la acera antes de regresar al chiringuito, sin saber dónde meterse. Al entrar en el coche, Luis masculló: no hay nada como comer sin pagar un duro, nada.

 Sin embargo, a mí, como lector, este pícaro comienza a caerme bien desde muy pronto, desde que se pone el pijama, enciende la tele y aparece Alan Ladd en el western favorito de mi padre.

Raíces profundas (Shane, 1953)

 Alan Ladd ayudaba a un granjero, trataba de dejar atrás su vida de pistolero. Pero la música y la presencia del terrateniente y sus secuaces, que pretendían echar del valle a los indefensos campesinos, presagiaban que Alan buscaría su revólver. Os vais a enterar, cabrones, dijo Luis. Ya veréis, os vais a enterar.

 Pero dejemos a un lado a Alan Ladd y a Jack Palance en Shane (Raíces profundas) y vayamos al comienzo de la novela: Luis delante de una tapa de tortilla y una cerveza, posponiendo unos informes urgentes que tiene que entregar a la mañana siguiente a su jefe.

De la cocina salió una voz ronca pronunciando un nombre confuso, casi gritando, y al momento el camarero del bigote se acercó y recogió una fuente pequeña que depositó en la barra, justo delante de Luis. Luis observó la tortilla humeante, muy gruesa, y pensó que acababa de entrar en el proceso imparable –y ante el que no cabía oponer resistencia– que culminaría en una siesta al llegar a su casa. No se trataba de una cuestión sin importancia, pues esa tarde había planeado dedicarla a terminar en la oficina unos informes urgentes que se suponía entregados hacía casi una semana y cuyo plazo de presentación cumplía la mañana siguiente.

 La susodicha mañana, Luis llega tarde al trabajo tras dejar el coche en doble fila. En la oficina se encuentra con un ambiente festivo: la empresa va a invitar a desayunar por haber entregado todos a tiempo los informes. Está en juego una subvención que Luis ya sabe que no cobrarán.

 En una huída hacia adelante, el cúmulo de mentiras de Luis en su trabajo lo irá enredándolo todo, metiéndolo en un atolladero de difícil salida. Y si en la oficina pinta mal la cosa, en casa pinta peor con Marta, que está de lo más rara últimamente.

 Para colmo, influenciado por una película de serie negra que ha visto en la tele, se obsesiona con querer contratar a un detective –primero sin un propósito claro y luego porque teniendo información se tiene poder–, sin sospechar el terremoto que va a provocar en su vida dicha acción. En su vida y en la novela, pues esta se torna de repente en una novela de detectives. O mejor dicho, en una parodia de dicho género, con una serie de carambolas o casualidades disparatadas propias de las comedias de enredo que, para regocijo del lector, se suceden página tras página.

 Sobre la mesa había un ordenador apagado y papeles mal agrupados. Un lapicero, un escudo del Real Madrid, un teléfono y un libro donde se leía en letras mayúsculas UNED. El detective le tendió la mano desde el otro lado de la mesa cuando Luis estuvo sentado.
 –Isidro, –pronunció en voz baja al tiempo que le apretaba la mano, a modo de presentación.
 – Usted dirá –añadió.
 –Bueno, yo –dudó Luis –quería encargarle un caso.
 –Su mujer.
 –No.
 –Un empleado suyo.
 –No, bueno, en cierta manera sí.
 –Cómo se llama.
 –Ramón Darajas, es director provincial de la empresa Cutresa en Málaga.
 –¿Le interesa algún pormenor de su vida laboral o más bien lo que hace de oficinas para fuera?
 –De oficinas para fuera.
 –¿Cree que él puede tener algún motivo para sospechar que alguien vaya a investigar algo sobre él, a seguirle?
 –No, no creo.

 Como en todas las novelas de Pablo, lo más importante son los personajes, las cosas que les pasan y por qué les pasan. Y que todo eso se desarrolle en Málaga. Entre los escenarios que aparecen en Desprendimiento de rutina están la calle Carretería, donde se encuentra la oficina de Luis y el bar que regenta Charly, al que van a desayunar; El Palo y Pedregalejo, con sus chiringuitos; la Alameda de Capuchinos; la calle Cristo de la Epidemia, con el kiosco en el que compra el periódico y el bar Los Vikingos, en el cual suele tomarse un café con leche y unos churros; la calle Eugenio Gross, en la que está la oficina del detective privado; y el pueblo de Macharaviaya, a donde lo catapultan de una patada en el culo.

La calle Eugenio Gross en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 –¿Luis? ¿Dónde estás? –estaba enfadado don Ramón.
 –Llevo desde las siete y media intentando hablar con usted. Es que no me han dado la dirección del almacén en Macharaviaya.
 –Me da la impresión de que no comprendiste bien eso de que no quería volver a verte, también me refería a no querer oírte. Escúchame bien: Macharaviaya son dos calles, eso sería suficiente para alguien con un cociente intelectual normal, por ser tú te diré que está junto al restaurante Las Piedras y que a las nueve debías haberte incorporado.
***
 Los catorce kilómetros de autovía los recorrió Luis soñoliento y dejándose envolver por la extraña luz de esa tarde de septiembre. El día había cambiado, ahora unas nubes densas y de un gris oscuro dejaban extraños claros por los que se colaban rayos de luz que alargaban las sombras y dotaban de gran luminosidad los cuerpos que iluminaban. Eran casi las cinco de la tarde cuando llegó al desvío para Macharaviaya: todavía siete kilómetros más. La primera parte era una carretera antigua y estrecha, llena de curvas. Los últimos tres kilómetros acababan de ser asfaltados y la carretera ensanchada. Al llegar a una curva se vio el pueblo, efectivamente consistía apenas en dos calles. Un poco más allá, a la izquierda, al noroeste, las otras dos calles de Benaque.
 –Bueno, ya estamos aquí –murmuró Luis, tratando de emular las célebres palabras que, según don Fernando, el profesor de latín de su colegio, dijera César al cruzar el Rubicón.
 Detuvo el coche en una plaza a la entrada del pueblo en la que había una piedra de molino. No quiso aventurarse con el coche porque las calles tenían mucha pendiente y temía que no desembocasen en una salida. Se acercó a tres señoras mayores que estaban sentadas en un banco, pero antes de abrir la boca, cuando todavía estaba a unos metros de ellas, habló la que parecía más vieja:
 –La casa de Salvador Rueda está en Benaque.
 –¿Salvador Rueda? –preguntó Luis extrañado.
 –Sí, es en Benaque.
 –No, yo busco a otro señor. Vicente.
 –¿El del almacén de aceitunas?
 –Sí –afirmó Luis desengañado, pues estaba a punto de decir lo de Área de Gestión Rural.
 –Está ahí mismo, baje por esta calle de aquí, la avenida de los Gálvez. Al Vicente lo va a encontrar en la taberna El Candil.
 La avenida era una calle estrecha con casas a un lado y un cortado al otro. Al comienzo estaba el restaurante Las Piedras. Después del restaurante había un garaje con la puerta metálica levantada. Luis se asomó: era un local grande sin apenas luz. Olía a humedad y a aceite. A los lados tenía apiladas cajas de cartón en las que se leía Cutresa, por lo que supo que ese garaje era el edificio de oficinas que había imaginado la noche anterior. Al fondo descubrió la luz mortecina que despedía la bombilla cubierta de polvo de un flexo gris.

 También aparece la calle Bolivia; el Peñón del Cuervo; el parque cementerio de Málaga, arriba de cuyas escaleras se agolpa la gente delante de la puerta de la capilla principal; y Miraflores de los Ángeles.

La calle Bolivia, de Málaga, en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cuando regresó a calle Bolivia había una pareja de policías locales en moto detenidos junto a su coche. No le reconocieron. Uno que iba sin afeitar y mascaba chicle le preguntó si el coche era suyo:
 –¿El coche es suyo? –preguntó, como ya he dicho que hizo.
 Detrás, junto a la marquesina del autobús, la señora de antes sonreía satisfecha.
 –Sí, es mío.
 –Migue, que el coche es suyo –le comentó al otro agente, que trataba de sacarse el casco– yo creo que no se ha enterado de que este sitio es para los del reparto. Le voy a poner una multa que se le van a quitar las ganas de conducir por un tiempo, ¿eh, Migue?
 –Di que sí.
 –Perdonen, pero yo soy del reparto. Les agradezco que luchen contra los que aparcan en estas zonas, hace un momento precisamente un imbécil que se cree que la ciudad es suya había estacionado en doble fila y no he podido salir en un rato.
 –Pero usted tiene un turismo normal y corriente –dudó el agente sin afeitar y que mascaba chicle.
 –Es que tengo la furgoneta en el taller. Pero qué voy a hacer si no aquí a estas horas, vengo de entregar dos cajas de sardinas a Rodrigo, el del chiringuito de ahí delante, en la playa, pregúntenle.
 –¿Qué hacemos, Migue?
 –Perdonen pero les tengo que dejar, es que me van a cerrar la lonja. En serio, pregúntenle a Rodrigo.
 –Está bien. Váyase.
 Luis le dijo adiós con la mano a la señora, que se había puesto seria de repente. En el parabrisas empezaron a caer las primeras gotas. En Málaga nunca nieva.
***
 A la altura del Peñón del Cuervo, justo después de dejar atrás las últimas casas de El Palo, antes de llegar a la fábrica de cementos, el motor hizo un cric casi imperceptible y fue parándose. Don Ramón giró el volante y detuvo el coche en el arcén, joder, vaya día de mierda, todo me tiene que pasar a mí.
Playa de El Peñón del Cuervo con el túnel y la fábrica de cementos
Fotografía: Pedro Delgado
***
 En lugar de volver por el camino más corto hasta su casa, es decir, caminar los metros que separaban su portal del bar de Luis, Isidro dio una vuelta completa a la manzana, callejeando después sin rumbo hasta llegar a Miraflores de los Ángeles. En una placita rodeada de edificios altos e iguales, de coches dando otra vuelta para encontrar aparcamiento a ritmo de claxon, niños con mochilas cargadas de libros que se perseguían, Isidro se sentó en un banco.
 –Oiga, perdone –Isidro levantó la cabeza y vio a un joven en camiseta interior de tirantes con los brazos tatuados.
 –¿Cómo?
 –No se lo tome a mal, pero ¿es usted policía?
 –¿Yo? No, no, yo no.
 –Es que verá, nosotros no somos mala gente –señaló a otro banco en el que había otros cinco o seis muchachos y un perro de presa– pero de vez en cuando nos gusta fumarnos un porrillo, ya sabe, uno solo ni marea ni nada, es solo para pasar el rato.
 Isidro no entendía lo que pretendía el joven. Sus maneras educadas alejaban la posibilidad del robo, aunque a lo mejor pretendía hacerlo por las buenas, una suerte de impuesto revolucionario. Se fijó en uno de los tatuajes del brazo musculoso y después le miró a los ojos con cara de no comprender.
 –Verá –continuó el joven, mirando un instante a su grupo para darse ánimos– es que si viene alguien y quiere fumar de nuestro chocolate a nosotros no nos importa, ¿sabe?, eso sí, tiene que pagar su parte, que tontos no somos.
 –Yo no voy a fumar –aclaró Isidro.
 –Si no es eso. Es que con su pinta de policía aquí sentado pues no se va a acercar nadie a comprar nada, ¿me entiende?
 –¿Entonces?
 –Pues que si no le importa, podía usted sentarse en un banco del parquecito que hay más abajo, o tomarse un café en el bar de la esquina. Es que con su pinta de policía espanta a todo el mundo.
 –Bueno –Isidro se levantó.
 –Muchas gracias, agente, digo, señor.

 Como curiosidad, anotar que en Desprendimiento de rutina aparecen de refilón dos de los personajes de La otra ciudad, su primera novela: Rafa, profesor de ética en un instituto, y Maribel, la novia de éste.

 Y, como es normal tratándose de Pablo, no podía faltar un perrete, en este caso en un paraje tan significativo como El Peñón del Cuervo y el túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica.

Túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica
Fotografía: Lucía Rodríguez

Fábrica de cementos de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Isidro giró a la derecha y fue hasta la playa del Peñón del Cuervo. Allí dejó el coche. La playa estaba repleta de gaviotas que iban alzando el vuelo a medida que se aproximaba un perro blanco y gris que corría por la orilla, girando a veces la cabeza para asegurarse de que su amo no se había ido. Recorrió a pie el túnel que le separaba de la carretera, al salir se encontró con el esqueleto de metales retorcidos de la fábrica de cementos. Anduvo hasta la autovía y caminó por el arcén en dirección a Málaga hasta que creyó estar en el lugar exacto en el que el directivo de la empresa Cutresa había sido atropellado. Después de unos minutos de detenida observación encontró un bolígrafo y unas monedas, seguramente habrían salido de alguno de los bolsillos del atropellado. Recordando las lecciones del médico forense, en las aulas donde estudió los tres cursos de Criminología, buscó rastro de un frenazo brusco: no había. Empezó a aceptar que el caso que le habían encargado no solo era el más arriesgado que había tenido hasta entonces sino que se excedía de su preparación e incluso ambiciones. Tenía miedo. Esa misma mañana, en el cementerio, habían ido a por él. Prefería no pensar qué habrían hecho si lo hubieran atrapado.
 Estaba en cuclillas intentando averiguar si una mancha oscura podía ser sangre cuando oyó el motor de un coche que todavía no podía ver. Se inquietó al pensar que tal vez ese sonido fue el último que oyó el hombre antes de ser atropellado hacía veinticuatro horas. Se puso de pie de un salto. Empezó a temblar al reconocer al coche amarillo que había golpeado en su acelerada huida del cementerio.

 Por último, no puedo cerrar esta reseña sin destacar su final alegre y esperanzador, marca de la casa, que dice mucho de la sensibilidad y la ternura con la que Pablo trataba a sus personajes, algo que, en su día a día, hacía extensible a todo el mundo.