martes, 31 de diciembre de 2024

PASOS SIN HUELLAS


Archivo Museo San Juan de Dios (Casa de los Pisa)
Fotografía: Pedro Delgado

Me topé con el libro en la antigua casa palaciega de los Pisa, en Granada. Había entrado para ver el Belén y curiosear el interior del edificio y, entre las columnas del patio, ocupando dos de sus laterales, me encontré con un montón de estanterías y de mesas abarrotadas de libros antiguos que vendían por un par de euros.

Pasos sin huellas, de F. Bermúdez de Castro
Fotografía: Pedro Delgado

 Sostuve largo rato en mis manos una novela de Fernando Bermúdez de Castro, con la que el escritor y abogado gallego –lo anunciaba la solapa y la faja guardada en el interior– había ganado el Premio Planeta del año 1958.

Pasos sin huellas, de F. Bermúdez de Castro (Premio Planeta 1958)
Fotografía: Pedro Delgado

 Debí cogerlo por el título: Pasos sin huellas, pero lo que hizo que me lo quedara fue la felicitación navideña que hallé entre sus páginas: «Os deseo felices Navidades y Año Nuevo. Con cariñosos saludos, Antoñita».

Tarjeta Navideña entre las páginas de Pasos sin huellas
Fotografía: Pedro Delgado

Felicitación Navideña en el interior de Pasos sin huellas
Fotografía: Pedro Delgado

 Aquel mensaje escrito tantas décadas atrás con la preciosa caligrafía que tienen muchas personas mayores, entre ellas mi padre, parecía dirigirse a mí ahora, como si una mano azarosa hubiese querido conectar a un ser del pasado con alguien del presente en aquel patio de mármoles y empedrados.

 Sirvan también estas palabras para conectarme con todas aquellas personas que visitan con regularidad este blog y desearles un próspero y venturoso Año Nuevo. 

 ¡Que los hados nos sean propicios este 2025!

sábado, 30 de noviembre de 2024

LOS DIARIOS DEL OPIO


Los diarios del opio (Editorial Ariel, 2023), de David Jiménez
Fotografía: Pedro Delgado

Ahora que el otoño da sus últimos compases, retomo uno de los libros que leí esta primavera para escribir esta reseña. Se trata de Los diarios del opio, del periodista y escritor David Jiménez, publicado por la editorial Ariel en junio de 2023.

 «Tras las huellas de Orwell, Conrad, Kipling y otros grandes escritores que encontraron la perdición en Oriente» se lee en la portada, invitándonos de inmediato a sumergirnos en sus páginas.

David Jiménez (Barcelona, 1971)
Fotografía: Héctor Vila

 Como en una baraja de cartas infantiles, David Jiménez (Barcelona, 1971) ha emparejado a diez grandes escritores y viajeros con otros tantos países, destinos o lugares que quedaron asociados por distintos motivos a sus nombres.

Índice Los diarios del opio, de David Jiménez
Fotografía: Pedro Delgado

 Igual que sucede con los libros de relatos, uno puede leer este libro en orden o a salto mata atraído por tal o cual emparejamiento. Tras estudiar el índice, empecé por el final, por el único nombre del listado que no conocía: Tiziano Terzani.

El escritor, periodista y viajero Tiziano Terzani

 El escritor y reportero italiano resultó ser el autor de Un adivino me dijo, que según David Jimenez es uno de los mejores libros de viajes publicados sobre el sureste asiático, al que tendré que hacer un hueco en mi biblioteca.

Un adivino me dijo, de Tiziano Terzani

 Terzani, vivió entre 1990 y 1995 en Bangkok, la capital de Tailandia. Su hogar, la Casa de la Tortuga por el animal centenario que vivía en el estanque, era «un oasis de esplendor tropical en la jungla de cemento», una construcción de estilo tradicional tailandés que se convirtió en restaurante a su marcha, «harto de un progreso que detestaba». Hoy día, en el terreno que ocupaba la casa «en una bocacalle de la avenida de Sukhumvit» se levanta un nuevo bloque de apartamentos.

 Pensé en la casa museo de Jim Thompson –que visité en julio de 2018 cuando recalé en la capital de Tailandia para recorrer gran parte del sudeste asiático–, con su estructura de teca, su estilo colonial y los muebles orientales y las obras de arte asiático y antigüedades que le daban vida.

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa de Jim Thompson en Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

 La casa y el jardín daban a uno de los canales por el que había llegado en una barca de madera a motor. Perteneció al difunto James HW Thompson (Delaware, 1906), conocido como el Rey de la seda. Como en una novela de Maugham o de Paul Bowles, el empresario estadounidense desapareció misteriosamente en marzo de 1967 durante un viaje por Malasia.

Jim Thompson

 ¿Sobrevivirá para las futuras generaciones la casa de Thompson o le sucederá como a la de nuestro ilustre italiano?

 Terzani describió con desolación la transformación de Bangkok, donde el plan de urbanismo de las últimas décadas se podría resumir en una frase: se aprueban todos los proyectos que supongan un beneficio para la elite del país, incluida la Oficina de Propiedad de la Corona, el entramado a través del cual la familia real tailandesa acumula su fortuna. El escritor italiano desespera al ver cómo los canales de la Venecia de Asia –esas comparaciones, otra vez– son asfaltados e interminables atascos sustituyen a los trayectos en barca; los templos quedan arrinconados por los rascacielos, cada vez más altos; los mercados se desmantelan para hacer sitio a centros comerciales; y los puestos de comida callejera, que ofrecen una cocina inalcanzable para los restaurantes de los hoteles de lujo a un precio irrisorio, son desplazados para hacer sitio a cadenas de cafeterías y hamburgueserías. «Nunca fue bella, pero tenía su encanto», dice Terzani de la ciudad donde fue feliz, en compañía de su mujer y sus dos hijos.
 Hasta que dejó de serlo y se marchó.

 Cuando David Jiménez se mudó a Bangkok en 2004 para trabajar como corresponsal, Terzani acababa de morir en Italia.

Era parte de una generación de reporteros que quedaron marcados por su cobertura de las guerras de Indochina, muchos de ellos réplicas reales del Thomas Fowler de El americano impasible de Greene, con vidas personales complejas y tendencia a dejarse arrastrar por las pasiones ocultas de Oriente. Jim Pringle, otra leyenda de la época con quien entablé amistad al llegar a Tailandia, contaba que en la Camboya de los setenta los reporteros terminaban la jornada en Madame Chantal's, el fumadero de opio más infame del sureste asiático: «Nos quitábamos la ropa y nos poníamos un pareo, y simplemente nos recostábamos y charlábamos. Después de tomar una pipa, la tensión disminuía y el sonido de los bombardeos de los B-52 que oías era más y más débil».

 Tiziano Terzani sufrió un desencuentro con Oriente, aunque más tarde lograría reconciliarse con su querida Asia.

[...] cuanto más se occidentaliza la región, más se orientaliza el escritor; cuanto más materialista se vuelve Asia, más se abraza él al espiritualismo que siente desvanecerse ante sus ojos; y cuanto más caen las gentes del Este en el encantamiento de Hollywood, más da él la espalda al que se supone que es su mundo, el occidental. Empieza a meditar. Se desprende de lo material. Indaga en las supersticiones orientales, enfrentándolas a la razón de su cultura europea. Y mientras todos a su alrededor aceleran, en busca de más, más y más, él frena. Cuando se acerca el año 1993, recuerda lo que un adivino le dijo quince años antes en Hong Kong: «¡Cuidado! Corres un gran peligro de morir en 1993. No puedes volar ese año. No vueles, ni siquiera una vez».

 Las palabras de aquel adivino, que dio título a uno de sus libros, le animan a tomarse las cosas con calma y les vende a los editores de Der Spiegel las ventajas de un periodismo cocinado a fuego lento. Es así como Terzani recorre la inmensidad de Asia solo por tierra y mar sin tomar un solo avión.

 Redescubre su inmensidad inabarcable; vuelve a conectar con su calidez; encuentra personas y conversaciones fascinantes que nunca habría tenido en los aviones; y recobra la pasión por descubrir. Contempla las estrellas mientras surca los mares en barcos de madera, se empapa de humanidad en las estaciones de trenes y en los puertos, deja atrás la ansiedad de llegar cuanto antes y se siente dueño del tiempo y el silencio, esos grandes compañeros del viajero.

 Además, el vaticinio del adivino se vuelve certero, y en ese 1993 se estrella en Camboya un helicóptero de la ONU con periodistas, en un vuelo en el que habría estado de no haber hecho caso a aquel augurio.

En su año sin vuelos, Terzani busca regresar a Italia en el que será su viaje más largo, con paradas en Vietnam, China, Mongolia, Siberia y más allá. Siente la anticipación del viajero necesitado de su droga. Solo de imaginarse en la carretera, libre de compromisos, sin que nadie lo espere en ninguna parte, citado solo con la incertidumbre, un hormigueo recorre su estómago. ¿No es eso el viaje, una huida de todos y de uno mismo?

 En la historia de Tiziano Terzani, como en las de los otros autores que aparecen en el libro, David Jiménez intercala anécdotas propias que vivió al visitar esos escenarios y, dando saltos entre el pasado y el presente, nos muestra las complejidades sociales, políticas, culturales e históricas de cada región. A su vez, con la lectura, afloran en mi cabeza las aventuras que yo también viví en algunos de esos lugares, libre de compromisos, citado solo con la incertidumbre, como dice el texto anterior.

¿Quién conoce mejor una flor ? ¿Quien lee sobre ella en un libro o quien la encuentra salvaje en la montaña?
Alexandra David-Néel

Pedro Delgado en el monasterio de Bagaya en Inwa
(Ava para los británicos). Myanmar (antigua Birmania)
Fotografía: Pedro Delgado hijo (agosto de 2018)

 El opio es el nexo de unión de todos los autores que aparecen en el libro, y en el caso de Terzani no podía ser menos.

Pero antes de abandonar Vietnam, se adentra en la noche oriental de los mil secretos y, arrastrado por las tentaciones que pierden al hombre blanco en sus viajes por el Este, pide a un conductor de rickshaw de Hanói que lo lleve a un fumadero de opio. ¿También tú, Tiziano? Encuentra lo que busca entre una maraña de casas desconchadas del centro, entra en una habitación con las paredes revestidas de bambú y enseguida reconoce el aire con sabor dulce y embriagador de la adormidera. Esparcidos por el suelo, jóvenes recostados y apoyados en almohadas de madera aspiran el elixir de Oriente. Se hace un sitio entre ellos, a la espera de que llegue su turno y la madame le entregue la pipa que lo hace levitar sobre todas las decepciones, borrar las fealdades que ha ido encontrando en el camino e imaginar que las cosas son como él querría.

 Leí cada capítulo del libro en la sala de espera del centro de rehabilitación al que llevo a mi padre. Y al salir de allí, camino de vuelta a casa, le desgranaba las anécdotas sobre los autores que acababa de leer, a los que él, salvo a Terzani, también conocía. Y junto a ellas, le contaba mis experiencias en Birmania, Laos, Vietnam, Tailandia, Camboya o India.

 El día que le comenté el apartado dedicado a Somerset Maugham e Indochina, salí de su casa con uno de los volúmenes de las obras completas del británico, una quinta edición de octubre de 1971, una de esas joyas en papel biblia y encuadernada en piel de la editorial Plaza & Janés. Un regalo que puse en un lugar bien visible en mi biblioteca. Del autor británico yo había leído algunos relatos, y me había hipnotizado la adaptación al cine de El velo pintado (John Curran, 2006).

 Ahora, en aquel tercer tomo, tenía al alcance de la mano El agente secreto, Rosie (Cake and ale), El paso del hombre (The narrow corner), La otra comedia (Theatre) y La imperfecta casada (Up at the villa).

Obras completas (tomo III) de W. Somerset Maugham (Plaza & Janés, 1971)
Fotografía: Pedro Delgado

 Por supuesto que no es una crítica a David Jiménez, pero he de decir que echamos de menos en su selección a Jack London y a Robert Louis Stevenson –el primero fue traficante de opio y el segundo, al que no le resultaba ajeno, habló de su contrabando en Los traficantes de naufragios–, London unido a Alaska y Stevenson a las islas de los Mares del Sur. Y una fotografía o un dibujo –o incluso un sello– de cada uno de los autores. Lo primero, daría para otro libro junto a otros descartes del autor. Y lo segundo, seguro que se podría añadir cuando se reedite la obra.

Kipling visto por Mikel Casal

 Más dejemos mi impertinencia a un lado y volvamos a los otros escritores que ha querido destacar muy justamente el autor: William Somerset Maugham, Joseph Conrad, Rudyard Kipling, George Orwell, Alexandra David-Néll, Martha Gellhorn, Graham Greene, Manu Leguineche y Nicolas Bouvier.

Protagonistas de Los diarios del opio, de David Jiménez
Montaje: Pedro Delgado

 Dice David Jiménez, en algún punto del libro, que «las verdaderas leyendas dejan que otros agranden su nombre», y eso es lo que ha hecho él, en su justa medida, con todos estos mitos de la literatura y el periodismo.

 A través de todos ellos, hechizados por la magia de Oriente, David Jiménez trata de descubrir cuál es el secreto oculto que ha empujado a viajeros, exploradores, reporteros y escritores hasta el Este desde tiempos de Marco Polo. ¿Lo desentrañará?

El misterioso Oriente estaba ante mí, perfumado como una flor, silencioso como la muerte, sombrío como un sepulcro.
Joseph Conrad

miércoles, 30 de octubre de 2024

CUANDO EL VIENTO SOPLA, DE RAYMOND BRIGGS


Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

El día 11 de octubre, el Comité Nobel Noruego concedió en Oslo el Premio Nobel de la Paz de este año a Nihon Hidankyo, la única organización nacional japonesa de los llamados hibakusha, los supervivientes de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, que desde entonces luchan por abolir las armas nucleares. Según los diarios, el galardón se le otorga, más concretamente, "por sus esfuerzos para lograr un mundo libre de armas nucleares y por demostrar mediante el testimonio de testigos que las armas nucleares no deben volver a utilizarse nunca".

 Parece mentira que el consenso sobre lo inmoral del uso de dichas armas esté ahora de nuevo en entredicho y que las potencias nucleares sigan modernizando sus arsenales y se usen como amenaza en algunas de las guerras que están en marcha en el mundo.

 Sin duda, por los mismos motivos que ha esgrimido ahora el Comité Nobel, hace décadas que tendría que haber sido premiado el ilustrador y novelista gráfico Raymond Briggs, la persona que mejor supo captar en el papel lo destructivo de las armas atómicas y las catastróficas consecuencias que tienen para la población y el planeta.

Raymond Briggs (1934-2022)
Fotografía: Facebook del autor

 Lamentablemente, Briggs falleció el 9 de agosto de 2022, lo que ya lo imposibilita para hacerse con el galardón. Sin embargo, Cuando el viento sopla, su obra cumbre, publicada en 1982, seguirá siendo in perpetuum el mejor documento antibelicista que podamos leer.

 El cómic, magníficamente reeditado por Blackie Books en noviembre del año pasado, respetando la traducción de la escritora y periodista Rosa Montero, vuelve a estar ahora de máxima actualidad dados los tiempos inciertos, plagados de guerras y amenazas, que vivimos. Porque el futuro no es halagüeño y la aniquilación nuclear nos llevaría hacia el Armagedón, hacen falta testimonios como los de Raymond Briggs que nos recuerden a dónde conduce la confrontación. Frente a ella, lo que el mundo necesita es más colaboración, más educación, más empatía y más libros como este.

Cuando el viento sopla (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

 La reedición de Blackie Books, además de respetar el formato original, contiene una serie de extras que hacen aún más valioso el libro: un acertado prólogo de Paco Roca, un magnífico epílogo de Daniel López Valle y una  impagable entrevista de Paul Gravett al autor, a quien visitó en su casa de campo en la campiña de Sussex, en el sur de Inglaterra. De los dos primeros, les muestro a continuación algunos extractos:

Prólogo de Paco Roca para Cuando el viento sopla
Fotografía: Pedro Delgado

En los años 80 vivíamos a diario con el miedo a que el mundo se fuera a acabar en cualquier momento. Como presidente de los EE.UU. había un cowboy que bromeaba ante las cámaras con apretar el botón nuclear, y en la URSS teníamos, entre otros, a un dirigente de cejas extremadamente pobladas y con cara de estreñido que amenazaba a su vez con llevar a todo el planeta a una guerra nuclear. El futuro era poco halagüeño para los habitantes de este planeta, que parecía estar condenado a convertirse en un lugar estéril y desolado donde solo las cucarachas lograrían sobrevivir.
 Esta psicosis colectiva se había filtrado a las obras de ficción y centenares de novelas y películas ecologistas y antibelicistas vaticinaban un fin del mundo provocado por la sinrazón humana. [...]
 El género postapocalíptico también llegó al mundo del cómic. En los 70 un grupo de autores empezaban a ser conscientes más que nunca de que el cómic podía ser algo más que historias para un público juvenil o familiar, y ya en los 80 había llegado una gran eclosión de revistas de cómics que trataban los géneros como la aventura, la historia, la ciencia ficción... de un modo más serio y adulto. Las historias de holocausto nuclear se convirtieron de inmediato en un género muy fértil dando lugar a grandes obras como: Mundo mutante, de Jan Strnad y Richard Corben; Basura, de Carlos Giménez; Hombre, de Segura y Ortiz... La mayoría de los cómics de este tipo abordaban la devastación nuclear desde la aventura: historias épicas protagonizadas por antihéroes, personajes rudos, pesimistas y solitarios; en ocasiones acompañados en sus peripecias por chicas sexis; que luchaban contra mutantes o comunidades despiadadas por sobrevivir en un mundo hostil. Salvo algunas excepciones en el cómic francés; o en el manga como Pies descalzos de Keiji Nakazawa, en la que el autor relata su experiencia en el holocausto nuclear de Hiroshima; esto era en esencia lo que había dado de sí este género en el cómic. Cuando el viento sopla se publicó en 1982, entre todas esas historias de acción postapocalíptica el cómic de Raymond Briggs brillaba como un raro y delicado diamante. [...]
 Con su habitual estilo amable, dulce y colorido construye en este cómic una historia sobre dos personas mayores que viven plácidamente en la campiña inglesa. El autor contaba que se había basado en sus padres para crear a James y Hilda, y a lo largo del cómic, y a través de los delicados diálogos, vamos conociéndolos cada vez mejor: sus costumbres, sus rutinas, sus manías... Nos sentimos como una especie de voyeurs observando la intimidad de la pareja y poco a poco nos van enamorando. Llegamos a querer a esa pareja de jubilados como pocas veces hemos amado a unos personajes de cómics.
 [...] Queremos coger de la mano a James y Hilda y no soltarlos hasta el final de la historia. Y cuando cerramos la última página sus personajes se quedan para siempre con nosotros. Quizá sea ese el secreto que convierte este libro en una inmensa obra que perdura en el tiempo.
Cuando soplan las emociones, Paco Roca
***

Epílogo de Daniel López Valle para Cuando el viento sopla
Fotografía: Pedro Delgado
El ilustrador Raymond Briggs se sentó en la noche del 10 de marzo de 1980 frente a su televisor para ver, como tantos otros británicos, un programa informativo de la BBC llamado Panorama. La emisión de aquel día era muy especial: llevaba el inequívoco título de «Si cae la bomba». Además de entrevistar a gente de la calle y de explicar qué zonas de Londres quedarían arrasadas si, por ejemplo, la bomba cayera sobre el palacio de Westminster, Panorama ofreció a sus espectadores algo más. Mucho más: extractos de una serie de cortos preparados por el gobierno británico para informar a la población sobre qué hacer en caso de un ataque nuclear. Esos cortos eran top secret y solo debían ser emitidos si estallaba una guerra, pero el programa había conseguido hacerse con ellos. Al verlos, Briggs se dijo: «Aquí está mi próximo libro».
 Eran meses en los que la Guerra Fría había vuelto a calentarse. [...]
 El libro que Briggs empezó a imaginar una noche de marzo de 1980 vería la luz dos años más tarde. Durante ese tiempo, se supo que lo emitido en Panorama formaba parte de una campaña gubernamental llamada «Proteger y sobrevivir» que, además de películas, incluía el reparto masivo de folletos informativos y emisiones especiales de radio. El impacto en la población fue enorme. La opinión pública demandó conocer cuáles eran las instrucciones que el Estado pensaba dar en el caso, de repente creíble y probable, de un ataque nuclear y los folletos fueron publicados para calmar los ánimos, pero su efecto fue el contrario. Las instrucciones que contenían eran en ocasiones contradictorias, a menudo delirantes, y la fe en las autoridades se resintió. En este clima, Cuando el viento sopla tuvo un éxito tan grande e inmediato que fue necesario reimprimirlo antes incluso de ser publicado. Solo un año más tarde se hicieron premiadas adaptaciones a la radio y al teatro y en 1986, el año del accidente de Chernóbil y del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, apareció una película, ya clásica, con música de David Bowie y Roger Waters. [...]
Proteger y sobrevivir, Daniel López Valle

Carteles película Cuando el viento sopla (When the wind blows)
Dirigida por Jimmy Teruaki Murakami

 Yo empecé a amar a aquella pareja de jubilados, que intenta sobrevivir a un ataque nuclear soviético al Reino Unido, a través del videoclip de la canción de mi querido y añorado David Bowie, que formaba parte de la banda sonora de la película que se estrenó cuatro años después del libro.

 Y en mi segundo viaje largo por Gran Bretaña, visité el Museo del Lápiz de Cumberland, población donde se encuentra la fábrica de lápices de colores que proveía de instrumental a Briggs. Allí compré unas cajas de lápices y el clásico de la literatura infantil El muñeco de nieve, que no contenía ni una sola palabra, ni falta que le hacía, pues Briggs era capaz de contarnos una historia tierna y delicada sólo con sus dibujos. Con aquel libro, unos cuantos años después, mis hijos también comenzaron a amar la maestría de Raymond, y sus páginas y el visionado de la película en VHS se convirtió en un clásico de las Navidades junto a otros títulos.

The Snowman y los lápices Derwent
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero dejen que vuelva a Cuando el viento sopla. En esa entrevista impagable que recoge el libro, realizada por Paul Gravett el 8 de mayo de 2002 en la casa de Raymond en Weston (Sussex), donde Briggs vivió durante sesenta años, el artista afirma que la mayoría de sus ideas se basan en una premisa básica: asumamos que algo imaginario es totalmente real y a partir de ahí desarrollémoslo de una forma lógica. ¿Qué vamos a hacer cuando escuchemos el aviso: «¡Ya vienen!»?

Doble página de Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado

GRAVETT: Cuando el viento sopla fue el libro con el que tu reputación dio un giro; antes, se te consideraba un ilustrador de libros infantiles puro y duro. ¿Te resultó complicado convencer a tus editores de que te dejaran abordar un tema mucho más oscuro?
BRIGGS: No, no recuerdo que hubiera ninguna resistencia.
GRAVETT: Pero el libro levantó tal controversia que incluso provocó un debate en el Parlamento.
BRIGGS: Sí, enviaron copias tanto a la Cámara de los Comunes como a la cámara de los Lores. Debió de provocar cierto escándalo. Lady Olga Maitland dijo muy indignada que era propaganda de la CNC (Campaña por el desarme nuclear) Hubo manifestaciones en las puertas del Whitehall Theatre, a 50 metros de la calle Downing, cuando hice una representación. [...]
Escritorio de Raymond Briggs en su casa de Sussex
Fotografía: Leigh Simpson (The Art Newspaper)
GRAVETT: ¿Cómo trabajas en tus historias?
BRIGGS: Cuando he ordenado mis ideas para un libro, hago un esbozo a lápiz para enseñárselo a mis editores. Esa es la parte agradable. Lo peor es planificar el espacio. Rotulo a mano todos los textos, luego los corto y los coloco –por ejemplo, en veinte paneles de bocetos para cuarenta páginas– y veo cuánto espacio ocupan y cuánto queda para los dibujos. Con Cuando el viento sopla, no paraban de ocurrírseme más ideas y tenía que rediseñar el boceto. Añadir cuatro viñetas implicaba reorganizar el resto, haciéndolas un poco más pequeñas. Cuando está todo planificado, trabajo en cada doble pliego. Dibujo a lápiz los contornos, entinto las líneas, rotulo usando una lupa, y coloreo con acuarelas y ceras. Pueden pasar dos años desde la idea original que les presento a los editores hasta que el arte final se envía a imprenta.
 Una vez llevé la cuenta del tiempo que tardaba en hacer dos páginas de Cuando el viento sopla: veinte horas de lápiz, dieciocho de tinta, veinticinco de color. Y todo eso después de meses y meses de pensar ideas, escribir y planificar. Siempre me agota el tiempo que me lleva. Me exaspera porque es laborioso, un trabajo muy esclavo para la edad que tengo. Lo que más odio es lo engorroso que resulta hacer bien el rotulado, las separaciones y las superposiciones. Hoy en día, los editores quieren que hagas toda la rotulación en capas superpuestas, pero yo me niego mientras sea sobre fondo blanco. Si es de color, hay que hacerlo para impedir que traspase el resto. Puede que no parezca tanto trabajo una vez que lo ves dentro del libro, pero cuando lo pones todo en una pared y cubre todo un extremo de tu estudio, son cientos de palabras, para haberlas escrito tú mismo. ¡Ya me estoy portando como un viejo gruñón, como siempre! La verdad es que tengo suerte de ser capaz de hacer este tipo de trabajo a mi edad. Pero cada vez me cuesta más.
Páginas 2 y 3 de Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado
GRAVETT: ¿Trabajas a gran tamaño, o en el mismo en el que se va a publicar?
BRIGGS: Siempre dibujo en el mismo. Hacerlo más grande sería aún más laborioso. Pero si lo haces más grande y luego lo reduces queda mejor. Hace que parezca mejor de lo que es. En Suiza han hecho una edición en miniatura de Papá Noel, con dibujos diminutos, y creo que queda fantástico. Las ilustraciones tienen como un cuarto del tamaño original, reducidas fotográficamente. Quedan mucho mejor, en todos los aspectos. No me había dado cuenta de que podía hacer viñetas de cinco por cinco centímetros. Así que cuando me puse con Cuando el viento sopla, pensé que usaría un gran formato y estas ilustraciones pequeñitas, porque había muchas cosas que quería poner en la obra. Y funcionó bien: no necesitas hacer viñetas tan grandes, las puedes hacer mucho más pequeñas.

 La entrevista al autor son 12 páginas de preguntas y respuestas, donde repasa su vida y su obra, acompañadas de una introducción que funciona, tras las glosas iniciales, como una pequeña y deliciosa narración:

Entrevista de Paul Gravett a Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado

A punto de cumplir los 70 y pese a haber superado ya la edad de jubilación, Raymond Briggs sigue intentando dejar de escribir y dibujar libros. Afortunadamente para todos nosotros, nunca lo consigue.
 Briggs se ha dedicado a la ilustración desde que tenía 23 años. Inicialmente se labró su carrera dibujando libros infantiles en color, un género inusual pero respetado, en el que los británicos siempre han destacado. Sus 897 ilustraciones para The Mother Goose Treasury le valió su primera Medalla Kate Greenaway en 1966. La segunda llegó en 1973, por Papá Noel. En ambos casos, premiaron sus ilustraciones, pero no sus historias: una prueba de que los jurados veían ambas cosas como aspectos totalmente separados. Escribiendo y dibujando su Papá Noel cascarrabias, adoptó la historieta, un formato que adoraba desde que era joven, pero que los círculos editoriales más elitistas de Gran Bretaña no terminaban de aceptar. Y precisamente por no estar empapado de la tradición del cómic y sus clichés, desarrolló un enfoque único e impactante. A lo largo de treinta años llenos de superventas internacionales, ha demostrado el encanto y la versatilidad del medio, en cuentos infantiles tan imaginativos como El muñeco de nieve, El mundo oculto de los cavernosos, The Bear o Ug, al tiempo que aborda temas más oscuros y personales, de la escalofriante fábula postnuclear Cuando el viento sopla a la candorosa biografía de sus padres, Ethel y Ernest. Su obra, inequívocamente británica, es un tesoro nacional que cautiva a los lectores de todo el mundo.
Casa Weston, hogar de Briggs, en una fotografía aérea
Fotografía: Leigh Simpson (The Art Newspaper)
 En cierta ocasión, Raymond contestó en un cuestionario que su posesión más preciada era su hogar. Y visitando su acogedora casa de campo de dos pisos en plena campiña de Sussex, en el sur de Inglaterra, pude ver por qué. Vive y trabaja en esa casa desde hace años, primero con su esposa, y, tras su muerte, en soledad, sin hijos ni mascotas, aunque, como el caballero que es, es muy discreto respecto a la amistad que mantiene con una señora del pueblo vecino. Llego en un perfecto día de verano, excepto por los elevados niveles de polen, que agravan su alergia, a tiempo para el café de la mañana, servido en las «temidas» tazas de El muñeco de nieve. Su cocina está llena de la vajilla de este personaje, además de guantes y paños de cocina, y aún hay más productos de Fungus y Papá Noel rebosando el baño. Como él mismo explica, ya que se los envían, lo mejor es usarlos.
Platos y tazas con dibujos de El muñeco de nieve en la cocina
Fotografía: Leigh Simpson

Memorabilia de El muñeco de nieve en el alfeizar de la ventana
Fotografía: Leigh Simpson
 Me hace una visita guiada. En el piso de arriba, en su amplio estudio, rebusca en las rebosantes estanterías para enseñarme un álbum del maestro italiano del porno, Guido Crepax, y se muestra ligeramente turbado y deliciosamente escandalizado por sus personajes espeluznantes y escuálidos. Luego me enseña los originales enmarcados –ninguno de su autoría– que llenan sus paredes. Al bajar, me cuenta que su amiga Posy Simmonds, historietista e ilustradora, además de su compañera en la nómina de la editorial Jonathan Cape, sufrió una caída horrible en sus escaleras hace unos años, lo que le recuerda que tiene que poner una barandilla en condiciones.
 En la sala de estar, hojeo su creciente colección de extraños carteles con titulares del periódico local, como la impagable promoción «¡Gane cinco pares de zapatos!». Finalmente, nos instalamos en un salón abierto en la parte trasera de la casa, que da al jardín, y nos acomodamos en los sofás.
Sala de estar de la planta baja de la casa de Briggs en Sussex
Fotografía: Leigh Simpson
Nos rodean pilas de libros en las estanterías y el resto de los muebles, incluyendo una especie de «santuario» lleno de un número alarmantemente grande de libros de Cuando el viento sopla en diferentes versiones. Después, la conversación continúa con una pinta de cerveza mientras almorzamos en un pub y, más tarde, en su coche, que me deja en la estación de tren.
 Esta entrevista se realizó el 8 de mayo de 2002, y posteriormente fue ampliada, editada y revisada por ambos.
-Paul Gravett
Páginas de Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado
PAUL GRAVETT: Me estabas diciendo que escribiste a Carl Giles.
RAYMOND BRIGGES: Sí, le escribí cuando estaba haciendo Cuando el viento sopla, porque estaba dibujando a Hitler, Mussolini, Göring y todos esos, y como crecí con sus dibujos, todas mis versiones se parecían a las suyas. Así que le escribí para preguntarle, «¿le importaría que copiara sus caricaturas?», con una línea debajo de reconocimiento. Pero el Daily Express [el periódico que publicaba a Giles] me dijo que no, que de ninguna manera. No creo que a él le hubiera importado. Creo que él mismo me contestó y me dijo: «seguro que puedes hacerlo tú mismo», que fue lo que hice al final, pero muy influido por él.

Entrevista de Paul Gravett a Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado

 Sus influencias, sus aficiones, su relación con sus padres, sus autores favoritos..., todo tiene cabida en esa entrevista, desglosada por obras y temas, que supone un complemento perfecto al título que nos presenta Blackie Books. Un libro que, conforme pasan los meses, cobra un nuevo protagonismo. Y es que lo que Raymond Briggs pergeñó, allá por 1982, sigue siendo actualidad. Es lo que tienen los clásicos.

Páginas de Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs
Fotografía: Pedro Delgado

 El otro día escuché por azar El mundo se va a acabar, un tema de Pauline en la Playa. Una canción en la que las hermanas Álvarez, entre imágenes de bombas atómicas implosionando, nos dicen aquello de «Así o asá / hoy voy a ponerme guapa / Al fondo el mar, sonrían digan patata / Que el mundo se va a acabar / Hoy no pero acabará...»

 Y Mikel Erentxun, en el cierre de su gira en el Teatro Cervantes de Málaga, donde presentaba Septiembre, su último álbum de estudio, interpretó Tren a Marte, un tema que también hace referencia a ese fin del mundo y al planeta rojo como camino de huida. «Nos falta Bowie, nos falta Lou Reed / Nos falta Petty, no llueve en abril / Es el fin del mundo / Es el fin del mundo / En diferido y por televisión».

 Si alguna vez llega el acabose mundial, prometo despedirme con el mismo bailecito con el que el donostiarra puso punto final al concierto. No me digan que no es contagioso.


 Por cierto, mil gracias a Mikel por el espectáculo que nos brindó, y por atendernos al final del concierto después de la paliza que se dio.

Lucía Rodríguez con Mikel Erentxun (12 de octubre de 2024)
Cierre de la gira del cantante en el Teatro Cervantes de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

Pedro Delgado con Mikel Erentxun (12 de octube de 2024)
Cierre de la gira del cantante en el Teatro Cervantes de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

lunes, 30 de septiembre de 2024

LAS MEMORIAS DE WERNER HERZOG


Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias, de Werner Herzog
Editorial Blackie Books. Fotografía: Pedro Delgado

Cuando este libro entró en casa, allá por el mes de abril, yo ya sabía que terminaría engrosando la biblioteca del segundo de mis hijos. De hecho, en sus baldas ya figuran tres títulos anteriores del director alemán: Del caminar sobre el hielo (Gallo Nero, 2015), Conquista de lo inútil (Blackie Books, 2010) y Manual de supervivencia (El cuenco de plata, 2013). El segundo de ellos, lo tiene incluso firmado por el propio Herzog, que impartió una charla en la ECIB, la escuela de cine de Barcelona donde ha estudiado Dirección cinematográfica y donde este curso realizará un máster de Montaje cinematográfico.

 Fue el 21 de octubre de 2021, cuando apenas llevaba tres semanas en la escuela. Un compañero le dijo que Werner Herzog iba a visitarlos, y él, incrédulo, pensó que se trataba de una broma. Cuando vio que la cosa iba en serio fue a una librería y se hizo con un ejemplar de Conquista de lo inútil, el diario de rodaje de Fitzcarraldo en el Amazonas.

La conquista de lo inútil, de Werner Herzog (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

 Cuando me lo contó por teléfono, le di unas instrucciones muy claras si quería que se lo dedicase, algo que, por otra parte, él ya pensaba hacer: «Siéntate lo más adelante posible y, en cuanto termine, lánzate a la mesa con el libro y el bolígrafo en la mano para que te lo firme. Va a firmar uno, dos o tres como mucho, y después alguien va a decir que el Sr. Herzog se tiene que marchar de inmediato por tal o cual compromiso». Efectivamente, Herzog solamente firmó un póster de Fitzcarraldo –colgado ahora en la escuela– y un par de libros antes de que una señora se lo llevara en volandas tras decir que no podía firmar nada más porque lo esperaban en otro lugar. Mi hijo intentó echarle el lazo durante el camino a la salida, donde lo esperaba un coche, pero Herzog, algo seco, rechazó su petición.

 Esa misma tarde, proyectaban el documental Nómada: En las huellas de Bruce Chatwin, de Werner Herzog, en la Filmoteca de Catalunya, y allá que lo esperó mi hijo media hora antes armado de paciencia. Junto a él lo aguardaba un hombre con un póster de Aguirre, la cólera de Dios, y los dos se lanzaron a por el director nada más verlo aparecer. Tras firmar el póster, agarró su libro, y mientras caminaba y le decía que no se lo podía firmar porque se tenía que ir, estampó su firma en él. Todo muy Herzog. Aún se le dibuja una sonrisa en la cara al recordarlo.

Autógrafo de Werner Herzog en Conquista de lo inútil
Fotografía: Pedro Delgado

 Con la satisfacción de la «prueba conseguida», se sentó a ver el documental sobre la figura del viajero y escritor británico del que yo tantas veces le había hablado. Mi hijo no había leído ninguna de sus novelas, pero había disfrutado con Cobra Verde, la adaptación cinematográfica de Herzog de la magnífica novela El virrey de Ouidah. El director alemán le dedica un capítulo de sus memorias –La mochila de Chatwin–, quince páginas en las que podemos leer cosas como estas:

Mientras preparaba Verdes hormigas en Australia, leí en un periódico que Bruce Chatwin había presentado en Sídney su nuevo libro, Colina negra. Conocía su extraordinario libro En la Patagonia y su novela El virrey de Ouidah, sobre un bandido brasileño que asciende hasta convertirse en el mayor traficante de esclavos de África Occidental y virrey de Dahomey. Yo había inventado la historia y escrito el guión de prácticamente todas mis películas, pero pensaba a menudo que esa novela podría ser la base de un largometraje. De repente, algo se despertó dentro de mí. Me puse en contacto con el editor en Sídney. No, Chatwin ya había desaparecido en las profundidades del outback, donde se estaba documentando para un nuevo libro. Dejé mi número de teléfono en Melbourne, donde estaba organizando el rodaje, y pedí que me avisaran en cuanto Chatwin volviera a estar localizable. Una semana más tarde recibí una llamada diciendo que, si telefoneaba a un determinado número del aeropuerto de Adelaida en los próximos sesenta minutos, podría hablar con él. Chatwin, para mi sorpresa, supo al momento quién era yo. Conocía varias de mis películas y, para mi sorpresa aún mayor, llevaba en la mochila mi libro Del caminar sobre el hielo, sobre mi caminata para reunirme con Lotte Eisner. Iba de regreso a Sídney y quería volver desde allí a Inglaterra. Le pregunté si podía desviarse a Melbourne y posponer su vuelo de regreso. Lo hizo sin dudar un segundo. Aterrizaría en Melbourne por la tarde. [...]
 Como me encontraba en pleno rodaje de mi nueva película, acordamos que abordaría su historia del traficante de esclavos Francisco Manuel da Silva en cuanto surgiera la oportunidad y consiguiera la financiación. Por precaución, también le dije que me avisara si alguien más estuviera interesado en comprar su libro. Supongo que el motivo de la rápida afinidad que surgió entre nosotros fue que ambos habíamos vivido la experiencia de caminar. Para ser más precisos: ninguno de los dos éramos mochileros que lleváramos la casa a cuestas con la tienda, el saco de dormir y los utensilios de cocina, sino que recorríamos largas distancias a pie casi sin equipaje. [...]
 A Bruce y a mí nuestra forma de caminar nos obligaba a buscar refugio y a relacionarnos con la gente, porque nuestra indefensión así lo requería. No recuerdo que ni a él ni a mí nos rechazaran nunca, porque en nuestra civilización existe un profundo instinto de hospitalidad, casi sagrado, que solo está aparentemente enterrado. [...]
 Un día, Bruce me informó por carta de que David Bowie quería comprar los derechos de su novela El virrey de Ouidah. Al parecer, también quería interpretar el papel principal. Llamé a Bruce y le dije: «¡Dios mío! Bowie no es el tipo adecuado, es demasiado andrógino para el personaje». Bruce estuvo de acuerdo, así que reuní todo el dinero que pude y compré los derechos de la novela. Kinski iba a interpretar al bandido, cuyas actuaciones habían impresionado mucho a Bruce. Cobra Verde, que fue el título de la película de 1987, se convirtió en la última colaboración entre Kinski y yo después de cuatro largometrajes. Kinski era entonces una especie de demonio hundido en la locura [...], nunca volví a trabajar con Kinski después de aquello [...].
Herzog con Kinski durante el rodaje de Cobra Verde en 1987
Fotografía: Collection Christophel / Alamy Photo
 Invité a Bruce a Ghana para el rodaje de Cobra Verde, pero me respondió por escrito que estaba tan enfermo que ya no podía viajar. Había contraído un hongo muy raro que se estaba expandiendo por su médula ósea. Solo se había encontrado el mismo hongo en una ballena varada frente a la costa de Arabia y en unos murciélagos en una cueva de Yunnan, en el sur de China, que él había visitado. Pero más tarde resultó que la infección fúngica no era más que una consecuencia del sida. Seguí insistiéndole para que viniera y, de repente, su estado mejoró un poco y me preguntó si podía visitarme en silla de ruedas. Le contesté que el terreno del lugar no era apto para ello. Le escribí: «Te prepararé una litera con seis portadores, además de un hombre con una sombrilla voluminosa, como los que tienen los caciques locales como guardia de honor». No pudo resistirse. Después de todo, ya podía caminar, aunque solo distancias cortas. Escribió sobre su visita en su libro ¿Qué hago yo aquí? [...]
Herzog y Bruce tras de un maratón de conversación de 48 horas
Fotografía: Archivo personal Werner Herzog
 El estado de Bruce se deterioró durante los dos años siguientes, sin que yo supiera lo mal que estaba. En 1987 estuvo en el festival Wagner de Bayreuth, donde dirigí Lohengrin. Fue hasta allí con su esposa Elizabeth y condujo la mayor parte del camino en su patito de hojalata, un Citroen 2 CV, un Dos Caballos. Posteriormente rodé un documental en el sur del Sáhara sobre el pueblo nómada de los wodaabe, más concretamente sobre una reunión tribal anual que celebraban en algún lugar del semidesierto de Níger, donde había una especie de mercado matrimonial. Allí eran los hombres, con toda probabilidad los más atractivos del mundo, los que se acicalaban y maquillaban en rituales que duraban días, y las mujeres elegían al más guapo y carismático. Elegían a uno de los bailarines para pasar la noche con él y lo devolvían si no les convencía. Le había hablado a Bruce sobre el documental y tenía muchas ganas de verlo. Cuando por fin terminé Wodaabe, los pastores del sol, recibí una llamada de Elizabeth desde Seillans, Provenza, donde Bruce se había refugiado en un viejo edificio. Se encontraba muy mal, pero quería ver mi documental sin falta. Me subí al coche y conduje desde Múnich para verlo. Llevaba mi película en una cinta de vídeo.
Wodaabe, los pastores del sol
Werner Herzog
 Cuando llegué, Elizabeth me detuvo en la puerta y me preguntó en un susurro si realmente quería entrar, pues Bruce se estaba muriendo. aunque esto me dio un momento para mentalizarme, justo después me quedé profundamente conmocionado. Todo lo que quedaba de Bruce era el esqueleto, dos grandes ojos brillando en su cráneo. Apenas podía hablar. Pidió quedarse a solas conmigo. Tenía la boca y la garganta cubiertas con una pálida capa de hongos que se había extendido a los pulmones. Lo primero que me dijo fue:
 –Me estoy muriendo.
 Le contesté:
 –Ya lo veo, Bruce.
 Quería que le ayudara a poner fin a su agonía y me pidió que lo matara. Le dije:
 –¿Crees que debería matarte a golpes con un bate de béisbol o asfixiarte con una almohada?
 Pero él pensaba más bien en una droga de efecto rápido. ¿Por qué no se lo había pedido a Elizabeth? No, dijo, era demasiado católica, imposible pedírselo. No volvió a plantearme su petición. Quería ver la película y le enseñé los primeros quince minutos. Luego se quedó inconsciente. cuando recobró el conocimiento, pidió ver el resto, y así la vio trozo a trozo. Fueron las últimas imágenes que vio. Le dolían las piernas, que él llamaba «sus chicas» y que ahora solo eran como husos de hueso. Me pidió que las cambiara de posición y así lo hice. Entonces se despertó de un semicoma y gritó:
 –¡Tengo que volver a la carretera, tengo que volver a la carretera!
 –Sí, bruce, ese es tu sitio –le respondí.
 Se miró las piernas y vio que no le quedaba nada, ya no tenía cuerpo, solo un alma ardiente, y me dijo:
 –La mochila me pesa demasiado.
 –Bruce, soy fuerte, puedo cargar tu mochila por ti –le contesté.
 Vio la película hasta el final. Después de casi dos días, me dijo que le daba vergüenza morir delante de mí y yo le dije que lo entendía, aunque no me habría dado miedo quedarme con él. Cuando, a petición suya, por fin iba a marcharme, me dijo en un momento de perfecta lucidez:
 –Werner, quédate mi mochila. Tú la llevarás por mí.
 Lo dejé y, unos días después, Elizabeth lo llevó a un hospital de Niza, donde murió horas más tardes. Fue ella quien me envió la mochila de Bruce, que estaba guardada en su casa cerca de Oxford. La mochila no es un simple recuerdo, sino que la uso de verdad. Es la más preciada de todas mis posesiones materiales, hecha de un resistente cuero por un guarnicionero de Cirencester.

 La historia de aquella amistad y de la mochila estaba recogida en Nómada: En las huellas de Bruce Chatwin, el documental que mi hijo había ido a ver a la Filmoteca, del que aquí les muestro el tráiler.

 Pero vayamos al inicio de Cada uno por su lado y Dios contra todos, las memorias de Werner Herzog (Múnich, 1942) editadas este año por Blackie Books con traducción de Marina Bornas Montaña. El libro se abre con una breve introducción del propio cineasta y aventurero bávaro, a la que sigue una cita de Gilgamesh, que desde que reseñé Gilgamesh. Más allá del confín del mundo (Ediciones Siruela) parece que me está persiguiendo.

Enkidu suspiró amargamente y dijo:
«Gilgamesh, el guardián del bosque nunca duerme».
Gilgamesh respondió:
«¿Dónde está el hombre que puede subir al cielo?».

 Comienza Herzog el prólogo de sus memorias con el final de una de sus películas más icónicas, Aguirre, la cólera de Dios.

En un principio mi película Aguirre, la cólera de Dios iba a terminar así: cuando la balsa de los conquistadores españoles llega a la desembocadura del Amazonas, solo hay cadáveres a bordo. El único que sigue vivo es un loro parlanchín. Cuando la marea del Atlántico devuelve la balsa al caudaloso río, el loro grita sin cesar: «¡El Dorado, El Dorado!». Mientras rodábamos, sin embargo, encontré un desenlace mucho más bonito: cientos de monitos invaden la balsa y Aguirre fantasea con ellos sobre su nuevo imperio mundial. Hace poco me topé con un relato no confirmado sobre el final del personaje –ese sí, históricamente confirmado– de Aguirre. Abandonado por todos, tras haber asesinado a su propia hija para que no tuviera que presenciar su caída en desgracia, ordena al único hombre que le permanece fiel que le dispare. Este lo apunta con el mosquete y la bala le impacta en el pecho. «Eso no ha sido nada», protesta Aguirre, y le ordena disparar de nuevo. El hombre le da entonces en el corazón. «Esto debería bastar», dice Aguirre, y cae muerto.
 Estoy seguro de que el desenlace de los monos es la más hermosa de todas las alternativas, pero me pregunto cuántas posibilidades, de cuántas alternativas no vividas he dispuesto. No solo como inventor de historias, sino en la vida misma. Alternativas que nunca se han hecho realidad, o solo lo han llegado a ser muchos años después.

 De lo vivido en sus ochenta y un años nos hablará Herzog en estas páginas bajo el mismo título que ya utilizó para su película El enigma de Kaspar Hauser; aunque en aquella ocasión «casi nadie fue capaz de reproducirlo con exactitud».

 Nos cuenta primero de su familia materna y paterna, y de su infancia arcaica, dura y austera, sin agua corriente ni otras comodidades, en una granja de Sachrang en la posguerra.

Mi hermano Till y yo crecimos rodeados de miseria, pero nunca fuimos conscientes de que éramos pobres, excepto quizá durante los primeros dos o tres años después de la guerra. Siempre teníamos hambre y mi madre no podía traer suficiente comida. Comíamos ensaladas de hojas de diente de león, y mi madre hacía jarabe de llantén y brotes de abeto frescos. Lo primero era más bien una medicina para la tos y los resfriados, mientras que lo segundo sustituía al azúcar. Solo una vez a la semana el panadero del pueblo nos daba una hogaza alargada de pan que cambiábamos por nuestras fichas de racionamiento. Con un cuchillo, nuestra madre hacía una marca en el pan para cada día, de lunes a domingo, lo que equivalía a una rebanada diaria para cada uno. Cuando el hambre apretaba de verdad, nos daba la ración del día siguiente porque esperaba encontrar algo más, pero normalmente el viernes ya habíamos terminado el pan, y los sábados y domingos se hacían especialmente duros. El recuerdo más intenso que tengo de mi madre, grabado a fuego en mi mente para siempre, es un momento en que mi hermano y yo estábamos aferrados a su falda, llorando de hambre. Ella se soltó con una fuerte sacudida y se volvió bruscamente, y en su rostro había una ira y desesperación que nunca había visto ni volvería a ver jamás. Entonces, con mucha calma y dominio de sí misma, dijo:
 –Muchachos, si pudiera cortarme un trozo de carne de las costillas, lo haría, pero no puedo.
 En ese momento aprendimos a no volver a quejarnos. La cultura del lloriqueo me resulta aborrecible.

 Herzog también se detiene en sus viajes y aventuras de juventud, y en su estancia con su familia en la pensión de la Elisabethstrabe de Múnich, donde además de aprender a arreglárselas con el mínimo espacio y a concentrarse en medio del caos, conocería por vez primera al actor Klaus Kinski, con quien más adelante mantendría una complicada relación.

Así pues, sabía dónde me metía cuando empecé a trabajar con él quince años después.

 Como no podía ser de otra manera, Herzog recoge en su libro su amplia trayectoria cinematográfica, tanto detrás como delante de la cámara, contando anécdotas, tan interesantes como increíbles, de sus rodajes.

En aquella época, Till y yo viajamos desde Lima a los Andes. Originalmente, Aguirre tenía que empezar sobre un glaciar a gran altura, con el plano de una lejana hilera de gente y animales, conquistadores españoles y esclavos indios encadenados, alpacas y una piara de cerdos negros, mosquetes, cañones y palanquines. Se suponía que los cerdos se tambalearían por el serpenteante camino aquejados de mal de altura, y quise hacer pruebas de ello con un veterinario, pero al final descarté la idea. Para facilitar el rodaje, busqué un glaciar cercano a una carretera transitable, y Till y yo condujimos tres horas, subiendo sin parar, desde lima, que está al nivel del mar, hasta el paso de Ticlio, situado a poco menos de cinco mil metros de altitud. En la cima había empezado a nevar y nosotros nos encontrábamos fatal debido al mal de altura. Decidimos descender por una carretera secundaria en busca del glaciar adecuado, pero el pavimento se hallaba en muy mal estado y por el camino fuimos encontrando cada vez más puntos que apenas eran transitables, en los cuales los corrimientos de tierra habían inundado o barrido en parte la carretera. La nevada era cada vez más copiosa. Finalmente encontramos una recóndita aldea donde resguardarnos. En cuanto llegamos a la plaza del pueblo, sin embargo, nos rodeó una multitud enfurecida. Los hombres golpeaban el coche con los puños. Detrás de nosotros, otro grupo bloqueaba la entrada del pueblo con piedras pesadas y, enfrente, en la salida, hacían otro tanto. Nos bajamos porque consideramos que era más peligroso quedarse en el coche. Empezaron a tironearnos, pero nosotros permanecimos impasibles. Algunos de los hombres que hablaban quechua entendían el español y traté de averiguar lo que estaba pasando en mitad de aquella salvaje conmoción. Aún hoy no tengo muy claro qué nos llevó a aquella situación pero, por lo que pude descifrar entre gritos, creo que tenía que ver con un accidente en una mina cercana en el que habían muerto trabajadores indígenas. Los aldeanos nos habían tomado por los ingenieros encargados de la mina. Sin embargo, de alguna manera, acabaron por darse cuenta de que no teníamos nada que ver con aquello y nos acompañaron a la posada, donde quisieron beber pisco con nosotros para hacer las paces. Pero a nosotros no nos apetecía beber, estábamos mareadísimos y a punto de vomitar, y yo tenía un dolor de cabeza tremendo. Entonces, para compensarnos, nos acostaron en un lecho de paja y trajeron a dos mujeres jóvenes. «Podéis montar estos potrillos toda la noche», nos dijeron. Fue una imagen extraña que me quedó grabada en la mente para siempre. Ambas mujeres se quedaron delante de nosotros, descalzas y vestidas con varias capas de gruesas faldas. El frío no parecía afectarlas. Sus mejillas tenían el intenso rubor de las personas que viven a gran altitud. Ambas llevaban el bombín característico de las mujeres quechuas. Se lo habían quitado y lo mantenían en alto. Y así permanecieron largo rato, escultóricas, como cinceladas en otra realidad. Yo no comprendía nada de esta manifestación tan ajena; estaba excluido de la realidad que me rodeaba, pero seguía profundamente inmerso en su misterio.
***
[Referido al rodaje de Fitzcarraldo] Pero nuestras desgracias eran muy tangibles, muy concretas. Tuvimos dos accidentes de avión, ambos Cessna monomotor, uno con suministros y otro con varios figurantes indígenas a bordo. En el despegue del último, una rama se enroscó y se enganchó en el plano de cola, el estabilizador horizontal de la cola del avión, y obligó a hacer al aparato un giro casi completo. Todos los ocupantes resultaron heridos y uno de ellos quedó parapléjico. Todavía me pesa en el alma. Más tarde le montamos un negocio en su pueblo para que así pudiera ganarse la vida. A uno de nuestros leñadores le mordió una serpiente, una shushupe, la más venenosa de todas. Él mismo sabía que en sesenta segundos entraría en parada respiratoria y cardíaca. El campamento con nuestro médico y el antídoto adecuado estaba a veinte minutos, así que cogió la motosierra del suelo, la puso en marcha y se amputó el pie. Sobrevivió. Tres de nuestros trabajadores locales fueron atacados por indios amahuacas a altas horas de la noche mientras se dirigían al Cenepa a pescar. Los amahuacas eran unos seminómadas que vivían a diez días de viaje río arriba, en las montañas. Eran radicalmente contrarios a cualquier contacto con la civilización, pero como estábamos viviendo la estación más seca que se recordaba, habían bajado siguiendo el curso del río medio seco, presumiblemente en busca de huevos de tortuga. Dispararon a nuestra gente con flechas de casi dos metros de largo e hirieron a un hombre en el cuello con una punta de bambú de treinta centímetros afilada como una navaja. La joven que yacía junto al hombre se despertó con el estruendo, pensando que un jaguar se le había lanzado a la yugular, y cogió una rama aún incandescente del fuego. Su brusco movimiento hacia las brasas la salvó por el momento. La alcanzaron simultáneamente tres flechas, tal vez dirigidas al cuello. Una le entró por el abdomen y se le rompió en el interior de la pelvis, otra le alcanzó el borde del hueso de la cadera y la tercera se le clavó justo al lado. El tercer herido tenía una escopeta, con la que disparó a ciegas en la oscuridad. Los atacantes huyeron. Al día siguiente, los ilesos trajeron a los dos heridos graves a nuestro campamento y decidimos operarlos in situ porque, de haber intentado trasladarlos, habrían muerto. Nuestro médico y el muy capacitado paramédico local operaron en la mesa de la cocina, y yo les ayudé iluminando con una potente linterna la cavidad abdominal abierta de la mujer. Con la otra mano sostenía una lata de insecticida para mantener a raya las nubes de mosquitos atraídos por la sangre. Ambos sobrevivieron.

 El capítulo dedicado al alpinista Reinhold Messner, al Gasherbrum  y el Cerro Torre en la Patagonia, donde rodó respectivamente el documental Gasherbrum, la montaña luminosa y el largometraje Grito de piedra, también hará las delicias de los amantes de la montaña.

Herzog con Reinhold Messner en el rodaje de Gasherbrum
Fotografía: Archivo personal de Werner Herzog (1984)

[Durante el rodaje de Grito de piedra] En cuestión de segundos nos encontramos en medio de una tormenta de nieve en la que no veíamos más allá de nuestra propia mano extendida, con ráfagas de viento de unos doscientos kilómetros por hora y una temperatura de veinte grados bajo cero. Nos aferramos unos a otros y llegamos a una sólida pared de nieve en la que nos atrincheramos. Llevábamos un piolet y la cuerda que Glowacz necesitaba para rodar su escena, pero no teníamos ni tienda, ni sacos de dormir ni comida.

 Igual de escalofriante resulta comprobar las veces que ha salvado la vida por azar o por lo que él llama suerte existencial: un vuelo que se cancela, una cita a la que no asiste...

Al terminar Fitzcarraldo, en la década de los ochenta, la organización paramilitar Sendero Luminoso había ganado protagonismo en Perú. Cuando iniciaron su actividad terrorista en la sierra de Ayacucho, se desconocía por completo su estructura de mando e ideología. Era casi impenetrable desde el exterior. Masacraron a la población rural y el ejército peruano respondió con idéntica brutalidad. Consideramos hacer juntos un documental sobre ellos. Denis [se refiere al fotoperiodista de guerra Denis Reichle] estableció los primeros contactos y se acercó con cautela a la organización guerrillera a lo largo de un período de cinco meses. Recibimos una invitación para reunirnos con los altos mandos. También habían invitado a otros periodistas, pero Denis me dijo que había estado investigando el asunto con discreción a través de todos los contactos posibles y que era demasiado oscuro para él. Le pregunté qué debíamos hacer y solo me contestó: «No iremos». Así pues, la reunión se celebró sin nosotros y los ocho periodistas que asistieron a ella cayeron en una trampa. Les cortaron la cabeza a todos.

 Herzog estaba escribiendo el final de sus memorias cuando levantó la vista y observó al otro lado de la ventana un colibrí que se precipitó hacia él. En ese momento decidió dejar de escribir, de ahí que la última frase se interrumpa en el momento en el que estaba. Un cierre abrupto, como el que nos espera a todos al final de nuestras vidas. Tras ese no punto final, viene anotada su filmografía, sus producciones de ópera y unos agradecimientos, entre los que incluye a su esposa Lena por haberle propuesto escribir este libro -«sino lo escribirá otro cuando te mueras»-. Desde este espacio, yo también quiero darle las gracias por ello. Y a Blackie Books por editarlo.

 En el laberinto de los recuerdos me pregunto a menudo hasta qué punto fluctúan, qué fue importante en qué momento y cómo hay tanto que se ha evaporado o adoptado otros colores primarios. ¿Cuánto hay de cierto en nuestros recuerdos?

 Como es normal, el libro te lleva a querer ver o revisitar las películas más famosas del director alemán, y estas, a su vez, te hacen volver a sus páginas, en un ciclo que es todo un disfrute para los que amamos el cine, la literatura, la aventura y los viajes.