viernes, 23 de febrero de 2024

EL GRAN LIBRO DE LOS PÁJAROS


El gran libro de los pájaros (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

Será por este invierno que estamos teniendo en Málaga, parece primavera, que los gorriones todavía no han desaparecido del porche. Además del clima, supongo que incentiva las visitas los cuencos con semillas y agua que les he dispuesto desde este último verano.

Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio. Son el pueblo pobre, la masa trabajadora que ha de resolver a diario de un modo heroico el problema de la existencia. Su lucha por existir en la luz, por llenar de píos y revuelos el silencio torvo del mundo, es una lucha alegre, decidida, irrenunciable. Ellos llegan, por conquistar la migaja de pan necesaria, a lugares donde ningún otro pájaro llega. Se les ve en los rincones más apartados. Se les oye en todas partes. Corren todos los riesgos y peligros con la gracia y la seguridad que su infancia perpetua les ha dado.
El gorrión y el prisionero, Miguel Hernández

 Vienen nueve o diez, primero se posan algo tímidos en la reja y en las ramas de la higuera y el jazmín, y cuando han cogido confianza, saltan al alfeizar en busca de la comida que les pongo y de la que se cae de la jaula de mi agapornis. A veces, con píos y batir de alas, se pelean entre ellos por el derecho a meter la cabeza en los cuencos de cristal, y montan un buen jolgorio al bañarse en un cuenco más grande de plástico, de esos en los que vienen las raciones de crema de calabaza y zanahoria o verduras del supermercado. A veces, les acompaña algún mirlo, que prefiere buscar lombrices y pequeños insectos en los macetones. Lucía protesta de las cagadas que dejan, pero para mí es un disfrute verlos. Una de esas pequeñas cosas que me dan placer y me conecta con la naturaleza. Es como el momento «komorebi» (el baile que se crea entre las hojas de los árboles, la luz del sol y el viento) del protagonista de Perfect Days, la película dirigida por Wim Wenders que vi la semana pasada y que les recomiendo encarecidamente. Me aportan serenidad, calma.

El gran libro de los pájaros (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

 Por lo mismo, he estado leyendo estos días El gran libro de los pájaros, de Blackie Books, con «los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura alada universal»La edición corre a cargo de Alba G. Mora y Jorge de Cascante, y está ilustrada por Alexandre Reverdin. El mismo equipo de El gran libro de los perros, El gran libro de los gatos, El gran libro de Satán y El gran libro de las bicicletas*. Como en todos ellos, han intercalado informaciones o curiosidades diversas con poemas, relatos y extractos de ensayos, dietarios y novelas donde se mencionan o aparecen aves, como el loro de John Silver en La isla del tesoro o los pingüinos del cuento de  Guy de Maupassant.

Desde los años ochenta, Europa ha perdido más del 60% de la población de gorriones.
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Un murciélago puede ser visto como un ratón metamorfoseado a la manera de Ovidio. Al ser perseguido por un gato maligno, les pide alas a los dioses, y estos se las conceden.
Aforismos, G. C. Lichtenberg
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¡Qué alegría!
¡Una paloma
en una panadería!
Anónimo
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Eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño.
Nada, Carmen Laforet
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En la época de la plaga de langosta, los indígenas las asaban y se las comían. Me propuse probarlas, pero antes de decidirme le pregunté a Farah a qué sabían. «No lo sé, mensahib», dijo él. «Yo no como aves tan pequeñas».
Sombras en la hierba, Isak Dinesen
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No tienes que ser buena.
No tienes que atravesar el desierto
de rodillas, arrepintiéndote.
Sólo tienes que dejar que ese delicado animal
que es tu cuerpo ame lo que ama.
Háblame de tu ansiedad y yo te hablaré de la mía.
Mientras, el mundo sigue girando.
Mientras, el sol y las gotas cristalinas
de lluvia avanzan por el paisaje,
las praderas y los árboles, las montañas y los ríos.
Mientras, los gansos salvajes, volando ahí arriba,
en el aire azul y puro,
regresan a casa.
Seas quien seas, por muy sola que te sientas,
el mundo entero está vivo en tu imaginación,
y te llama, como los gansos salvajes, gritando,
anunciando una y otra vez
tu lugar en el orden de las cosas.
Gansos salvajes, Mary Oliver
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Muchos pájaros cantores tienen dialectos regionales con «acentos» tan diferenciados como el de un andaluz o un gallego. Estos dialectos se aprenden y se transmiten por vía familiar de generación en generación. Un cardenal norteño que escuche grabaciones responderá con mucho más vigor a las voces de cardenales locales que a las de cardenales que habitan a tres mil kilómetros de distancia. El carbonero común del sur de Alemania tiene un dialecto tan diferenciado del carbonero común de Afganistán que las aves alemanas no reconocen a sus parientes de Oriente Próximo. Incluso los pájaros procedentes de distintas zonas en el seno de un mismo estado de Estados Unidos pueden entonar trinos completamente distintos. De acuerdo con el ornitólogo Donald Kroodsma, los carboneros cabecinegros que vivían en Martha's Vineyard cantaban un canto distinto a los que vivían en tierra firme en Massachusetts. La separación geográfica entre variaciones de trinos puede ser del orden de solo un kilómetros y medio o incluso menos. Entre los gorriones de corona blanca de California, por ejemplo, los distintos dialectos pueden corresponder a una distancia de apenas unos metros. Las aves que habitan en el umbral de dos dialectos en ocasiones son «bilingües».
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Si alguna vez te has preguntado qué aspecto tendría un Pokémon legendario en la vida real, tenemos la respuesta: sería como el turaco de Schalow, un ave verde con eyeliner blanco que vive en el sur de África. Fue llamada así por el banquero y ornitólogo alemán Herman Schalow.

Turaco de Schalow
Fotografía: John Pudephatt (Wikipedia)

 Muchos de los relatos y poemas son inéditos, y junto a autores clásicos aparecen otros menos conocidos, incluso algunos totalmente desconocidos. Por cierto, me gustó reencontrarme con Claudia Ulloa Donoso, de la que ya les hablé en una de mis reseñas**. Y leer a Sara Mesa (No hay justicia) y a Marta Jiménez Serrano (Cinonia ciconia) de las que todavía no había leído nada. También es cierto que, para mi gusto, hay tres o cuatro relatos más flojos que se podrían haber cambiado por otros, pero en un índice tan extenso eso resulta poca cosa. 

 Me encantó el extracto de Los pájaros, la novela corta de Daphne du Maurier que llevó al cine Alfred Hitchcock. La lectura me pareció más inquietante que la escena de la película.

 Otros relatos que inquietan son Fiorel y el cuco, de Elisa Levi; Gorrioncillos, de Marilar Aleixandre; Nugumbu, de Tamara Romero; y Llenarse de nubes, de Irene López de Guereña. Pero el que se lleva la palma, el relato que ha seguido en mi cabeza después de cerrar el libro, es La gallina degollada, de Horacio Quiroga. Terrorífico su final.

 Algunos de los extractos, me llevan a querer leer los relatos o las novelas de los que están sacados, como Los pájaros, de Bruno Schulz; El loro antillano, de Ignacio Aldecoa; Lola, de Truman Capote; Historia de mi palomar, de Isaak Bábel; o El mandarín, de Eça de Queirós, por dar unos cuantos nombres. También aparecen en sus páginas títulos cuya lectura tengo pendiente desde hace muchos años, como En Marruecos, de Edith Wharton, La colina de Watership, de Richard Adams, o El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, aquella escritora sueca que «soñaba con atravesar el mundo a lomos de un ganso salvaje».

  El que lleva por título La tapia, de Rosa Ponce, es el que mejor recoge la relación que algunos establecemos con los gorriones y otros pájaros, ya saben, todo eso que les contaba al principio. Lo mismo que le pasó a Rosa con el gorrión, me pasó a mi con un mirlo, y al igual que ella, me pregunto si será el mismo mirlo el que aparece de cuando en cuando por el porche.

De tanta miga y tanta miga se fue viendo él más fuerte y más recuperadito y un día agarró una rama del jazminero, después otra y otra y así hasta que echó a volar y pasó la tapia. Cuando me quise dar cuenta, me había dejado aquí más sola que la una, mirando para arriba como una tonta.

 Cosimo, el protagonista de El barón rampante, de Italo Calvino, decía que los libros eran como pájaros, y no quería verlos quietos o enjaulados. Por eso los cambiaba continuamente de sitio según los estudios y los gustos del momento. Para que no se pusieran tristes. Así que ya saben ustedes. Si este libro cae en sus manos, no lo deje en la estantería cogiendo polvo. Préstelo o regálelo para que vuele y no se entristezca.

Y volvían de nuevo, lanzando agudos gritos, revoloteando por encima de las ventanas de la casa: cuerpos oscuros y alados sobre el cielo del atardecer. ¿Qué pájaros eran aquellos? Pensó que debían de ser golondrinas ya de regreso del sur. El augurio era, pues, de partida, porque aquellos pájaros siempre estaban yendo y viniendo, construyendo un hogar transitorio bajo los aleros de las casas de los humanos y abandonando para siempre sus hogares para errar de nuevo por el mundo abierto.
Extracto de Retrato del artista adolescente, James Joyce

 Lean y cuiden de las aves. De las palomas también. No se crean esa patraña de que son las ratas del cielo.

Cuando todos dormimos aún, aparecen en los parques municipales y echan pienso envenenado. Después transportan en sacos a las palomas muertas. Apenas son toleradas en alguna parte, por personas muy concretas. Cada vez hay más redes de alambre y cada vez en más letreros salen puntas de metal o vidrio hacia arriba, que hacen imposible que se posen. Perplejas vuelan a los caminos donde ciclistas conducen directamente hacia ellas y niños escolares las patean. Hace unos catorce días leí por primera vez en el periódico local una palabra injuriosa para ellas: «ratas volantes». Hoy veo, también por primera vez, que los adolescentes les tiran piedras. Como las palomas están casi siempre medio amontonadas, es fácil darle al menos a una de ellas. El grupo sobre el que cae una pequeña piedra puntiaguda revolotea asustado. Un cuerpo se queda en el suelo, se convulsiona. Un par de veces levanta un ala, después ya no se mueve. Las otras palomas se posan solo unos metros más allá. No está claro si los animales están de duelo o si tienen miedo. Me gustaría demostrar que la injuria «ratas volantes» ha dado licencia a la violencia contra ellas. En la larga historia del odio no ha habido enemistad alguna sin una palabra que la permitiera. Pero naturalmente no podré mostrar la prueba. Mi procedimiento es descriptivo, no aporta ningún hecho y menos alguna demostración. Incluso la alegría en los rostros de aquellos que ahora mismo se preparan para un nuevo lanzamiento de piedras, solo puedo fijarla con palabras. Para ellos no se trata de una paloma muerta más: ellos quieren ver la total perplejidad de las que sobreviven ante la muerte.
Mujeres cantando suavemente, Wilhelm Genazino 

 Y para termina, un par de avisos a navegantes:

El volantón es una cría de pájaro con plumas que está aprendiendo a volar. Si los ves, no te los lleves a casa. Están en mitad de su fase de aprendizaje.
***
¿Les das de comer pan a los patos? ¡No vuelvas a hacerlo, por favor! El pan blanco no les proporciona ningún valor nutricional, ensucia el agua y hace que los patos enfermen. Entonces, ¿con qué puedes alimentarlos? Granos de maíz, avena, uvas o guisantes, o semillas especiales para aves.
El gran libro de los pájaros (Blackie Books)
Ilustración de Alexandre Reverdin

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/08/cicloviajes-en-el-gran-libro-de-las.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/07/el-gran-libro-de-las-bicicletas.html

**https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/05/claudia-ulloa-erling-kagge-y-el.html

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