domingo, 20 de septiembre de 2015

MIMOUN

Es ahora, a la vuelta de mi largo viaje, repasando la prensa atrasada, cuando me he enterado de la muerte del escritor Rafael Chirbes, por el que sentía una gran admiración. Aunque son más conocidas sus últimas obras, Crematorio y En la orilla, es de su primera novela, Mimoun, de la que voy a hablarles. Y lo hago aquí porque este blog tiene un nexo con Marruecos, y Mimoun es, dentro de la literatura castellana, la mejor novela ambientada en ese país que he leído nunca, a la altura de las obras de mi venerado Paul Bowles.

Fotografía: Pedro Delgado

 Es la ópera prima de Chirbes una novela breve, autobiográfica, publicada en 1988 por Anagrama, a la que yo llegué gracias a la recomendación de José María González, profesor de Lengua y Literatura del I.E.S Miraya del Mar, en Torre del Mar, con el que compartí claustros y evaluaciones. Un día, cuando ya no estábamos en el mismo instituto, nos encontramos en la Carrera Popular de El Palo, y, hablando de lecturas, me soltó que acababa de leerse un libro que le parecía que estaba escrito por mí. Anoté el título, y cuando varios meses después di con él y lo leí, sentí que José María me había otorgado aquel día un trofeo más grande que el que había ganado en aquella carrera. Mis escritos por entonces estaban ambientados en Marruecos, y, como la mayoría de los que le dan a las teclas, aspiraba a escribir el tipo de libro que me gustaría leer; pues bien, aquel hombre había escrito uno de esos libros.
 Como bien dice la escritora Carmen Martín Gaite (su descubridora), Mimoun consigue desde sus primeras líneas "ese tono sugerente y misterioso con que aciertan a iniciar su relato los buenos narradores orales y cuya llamada envolvente despierta nuestra atención aletargada, esos -que no son tantos- a los que pedimos enseguida, si hacen una pausa: "Sigue contando, por favor."

 "Cuando tomé la precipitada decisión de vivir en Marruecos, no imaginaba que, en un país que había recorrido en varias ocasiones y que siempre me había parecido desértico, pudiese llover tanto. Sin embargo, aquel invierno que pasé en Mimoun llovió durante semanas enteras. El viento se ensañaba con las ramas de los árboles, y las ramas de los árboles, al moverse, torturaban mi imaginación. Conseguían, con su triste sonido, trastornar mis sentimientos y arrastrarme a estados de ánimo más propios de un adolescente que del hombre que, ya por entonces, era."

 Cuando leí este primer capítulo, esas cuatro frases, ya no pude parar. E igual me ha ocurrido ahora, cuando, a modo de homenaje, he cogido el libro de la estantería para releerlo, pues la voz de Manuel, de ese profesor de español, te agarra y te obliga a seguirlo. Te lleva de la mano por esas 134 páginas en las que late la tragedia, la fatalidad como un ente inmutable e irreversible. Y no te queda más que asistir anonadado a todo lo que sucede desde su llegada a Fez.

 "Me encontré con que tenía muy pocas horas de curso por semana y unas clases que exigían escasa preparación. Iba a disfrutar de tanto tiempo libre como quisiera; y eso, que en cualquier otra parte hubiera sido un regalo, en Fez, encerrado en el pequeño círculo de los profesores españoles, me asustó más que alegrarme. Había comprendido que no podría vivir nunca en la medina, en uno de aquellos caserones magníficos pero carentes de cualquier comodidad, sobre todo si debían ser habitados por una sola persona. Tampoco me seducía la idea de alquilar un apartamento en la parte nueva y dejarme envolver por la sensación de llevar una vida de europeo de tercera en un exilio odiado. Decidí marcharme a cualquier pueblo de los alrededores. En realidad sólo tenía que acudir a clase un par de días por semana y, aunque no tenía vehículo, podía instalarme fuera de Fez sin que me supusiera excesiva incomodidad. Pensé en Immouzzer, pero Alcira, uno de los españoles, me disuadió del proyecto: al parecer, durante el invierno, la carretera quedaba frecuentemente cortada por la nieve. Fue él mismo quien me propuso Mimoun como lugar alternativo de residencia, ofreciéndose a llevarme en su coche para que lo conociera. Además, en Mimoun vivía un español con el que, si conseguía ponerme de acuerdo, podría compartir la casa hasta que acabase encontrando una por mi cuenta."

  Al poco de haber leído aquel libro por primera vez, llegó Rafael Chirbes a Málaga de la mano del escritor Pablo Aranda y del Aula de Cultura del Diario Sur que él dirige. Y lo hacía acompañado de Antonio Soler y Clara Sánchez, en un acto al que habían titulado: Novela y creación. Fue una tarde noche de mayo, en la plaza de las Flores, y allí que acudí a escucharlo y a decirle lo mucho, muchísimo, que me había gustado su novela. Rafael me brindó una sonrisa cuando le pregunté si Mimoun existía realmente, y me dijo que no, que no buscase aquel nombre en los mapas. Era cierto que había residido en un pueblo cercano a Fez, pero por algún motivo no había querido darle su nombre verdadero. Me hubiese gustado que me aclarase dónde estaba la frontera entre lo real y lo ficcionado, entre lo vivido y lo soñado, pero, por timidez, preferí quedarme con la incertidumbre.
 Buscando el año de aquel encuentro en internet (2009), me he encontrado con esta fotografía. En ella se ve a José Antonio Garriga, a Mª del Mar, a Antonio Soler, a Clara Sánchez, a Rafael Chirbes y a Pablo Aranda en la plaza de las Flores, antes de perderse por las calles del centro en pos de unas cervezas o unos vinos.

José Antonio Garriga, Mª Mar, Antonio Soler, Clara Sánchez, Rafael Chirbes y Pablo Aranda, Málaga 2009

 Créanme, habría dado dinero por acompañarlos aquella noche, pero también por timidez no le pedí aquel favor a Pablo Aranda. Hoy, que tengo más confianza con Pablo, lo haría, pero, desgraciadamente, ya es tarde. Para lo que nunca será tarde es para acercarnos a esta novela, que en esta segunda lectura me ha parecido más dura y desasosegante que la primera vez, con una visión de Marruecos alejada de exotismos trasnochados, o, como dijo su editor Jorge Herralde, "exenta de la bisutería y color local habituales".

 "Cuando yo conocí Mimoun, el barrio francés, con sus villas decó, estaba casi abandonado. Las casas más elegantes habían sido ocupadas por marroquíes enriquecidos que destruían la vieja arquitectura para adaptarla a su modo de vida. Otras villas envejecían, abandonadas, entre jardines que un día fueron magníficos y que ahora habían sido invadidos por la maleza. Entre los matorrales se levantaban todavía sofisticados árboles ornamentales, como restos del antiguo esplendor. Por otra parte, en el corazón de la decrépita medina, el que fue floreciente mellah se había ido convirtiendo en el barrio de los prostíbulos, y los soldados borrachos orinaban en sus callejas y las chinches se reproducían en silencio bajo el forro de los colchones de paja. Mimoun era una ciudad muerta que sólo se animaba durante el zoco de los jueves, cuando la tomaban al asalto los bereberes del campo cercano, con sus reatas de asnos, sus ovejas y cabras, y las cestas llenas de huevos."


Nota: Los textos extraídos de Mimoun pertenecen a la edición 20º Aniversario que publicó la editorial Anagrama en el año 2008, con textos de la escritora Carmen Martín Gaite y del editor Jorge Herralde.

2 comentarios:

  1. Qué buen escritor, qué buena novela y qué buenos recuerdos de aquella noche. Gracias por traérmela de nuevo. Un abrazo fuerte, Pedro.

    ResponderEliminar