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| Iván, de Vladímir Bogomólov (Dirección Única Editorial) Fotografía: Pedro Delgado |
Primeros días de enero de este 2026. Tres troncos crepitan en la chimenea, y las llamas danzarinas iluminan de naranjas el salón. Estoy sentado frente al fuego, con un libro entre las manos. De cuando en cuando, levanto la vista del texto y ante mí, entre el hogar y el sillón de lectura, veo la figura de un niño delgaducho.
Estaba ante mí mirándome de reojo, alerta y hostil, sorbiéndose los mocos por la nariz y temblando de pies a cabeza.
La estancia ya está caldeada, pero el crío, de unos once años, tirita aterido de arriba abajo. Está empapado y tiene la ropa pegada al cuerpo. Sus pequeños pies descalzos están cubiertos de barro hasta los tobillos. Al parecer, lo han capturado junto a la orilla del Dniéper.
El pequeño, huraño y altivo, me exige, a mí y al teniente Galtsev, que comunique su llegada al Estado Mayor. Sus palabras me apremian a seguir leyendo.
Unas páginas después, dejo al niño seco y arropado por unas mantas en un camastro y salgo del refugio con el teniente mayor Galtsev, un joven moscovita de tan solo veintiún años.
Procurando no hacer ruido, me preparé: me puse el casco, me eché el capote encima del abrigo, tomé el fusil automático y salí en silencio del refugio, ordenando al centinela que no dejara entrar a nadie durante mi ausencia.
Hacía un tiempo de perros. La lluvia había cesado, pero impetuosas ráfagas de viento del norte soplaban con furia; la noche era oscura y fría.
Mi refugio estaba en un bosquecillo joven, a setecientos metros del Dniéper, que nos separaba de los hitlerianos. La elevada orilla opuesta dominaba el terreno y nuestra primera línea, algo retirada, ocupaba posiciones más favorables; nuestras avanzadillas estaban en la misma orilla del río.
Caminaba por el bosquecillo en la oscuridad, orientándome esencialmente por las lejanas llamaradas de las bengalas en la orilla enemiga, que surgían aquí y allá a lo largo de toda la línea defensiva hitleriana. Bruscas ráfagas de ametralladora rompían a menudo el silencio nocturno: por las noches, los alemanes ametrallaban a cada momento nuestra franja ribereña y el propio río, según decía el jefe de regimiento, «como medida profiláctica».
Al acercarme al Dniéper me dirigí a la trinchera donde teníamos montado el puesto más cercano y ordené que llamaran al jefe de la sección que guarnecía la avanzadilla. Cuando se presentó, todo sofocado, recorrimos juntos la orilla. Me preguntó enseguida por el chico, pensando por lo visto que mi llegada estaba relacionada con su detención. Sin contestar a su pregunta, empecé de inmediato a conversar sobre otras cosas, pero mis pensamientos volvían de modo involuntario al muchacho.
Miraba fijamente la líquida sábana, de medio kilómetro del Dniéper, invisible en la oscuridad y, no sé por qué, no podía creer que el pequeño Bondariev hubiera venido de la otra orilla. ¿Quiénes lo ayudaron a atravesar el río y dónde estaban ahora? ¿Dónde se encontraba la barca? ¿Sería posible que hubieran pasado sin que los centinelas de las avanzadillas los vieran? ¿O quizás lo dejaron lanzarse al agua, a gran distancia de la orilla? Pero ¿cómo pudieron permitir que un niño tan delgaducho y débil se lanzara a las frías aguas otoñales?
Nuestra división se preparaba para forzar el Dniéper. En las instrucciones que había recibido –me las había aprendido casi de memoria– refiriéndose a hombres sanos, hechos y derechos, se decía: «si la temperatura del agua es inferior a 15º C, atravesar ríos a nado es, incluso para un buen nadador, extraordinariamente difícil y, si los ríos son anchos, imposible». Esto si era inferior a 15º C... ¿y siendo, como ahora, de unos 5º C?
No, era indudable que la barca había llegado hasta muy cerca de la orilla. Pero, en ese caso, ¿cómo pudo pasar inadvertida? ¿Cómo, después de desembarcar al niño, se retiró en silencio sin ser tampoco descubierta? Me perdía en conjeturas.
La contraportada del libro, traducido por Justo Vasco, dice que la acción se desarrolla en Bielorrusia, en otoño de 1943. A un lado de las heladas aguas del ancho río Dniéper están las trincheras soviéticas, y al otro las de los nazis. Detengo un momento la lectura y busco en la wikipedia «Batalla del Dniéper».
«La batalla del Dniéper fue una operación ofensiva estratégica de la Segunda Guerra Mundial, llevada a cabo por la Unión Soviética entre agosto y diciembre de 1943, que duró en total cuatro meses, durante la cual toda la mitad oriental de Ucrania, incluida la orilla sur del Dniéper, fue liberada de la presencia militar alemana por parte de las fuerzas soviéticas, que atravesaron el río y crearon varias cabezas de puente sobre su orilla norte, recuperando Kiev, que estaba bajo ocupación de la Wehrmacht desde el verano de 1941. Es la batalla con más bajas de la guerra, con pérdidas estimadas en 1,000,000 de soldados.»
Acompañan el texto un mapa y una serie de fotografías en blanco y negro:
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| Avances soviéticos durante la Batalla del Dniéper (en color) Fotografía: Wikipedia |
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| Ametralladores alemanes de la División GroBdeutschland Cerca de Poltava, agosto de 1943. Fotografía: Wikipedia |
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| Soldados soviéticos preparándose para cruzar el río Dniéper La inscripción en el cartel dice: «¡Toma Kiev!» Fotografía: Wikipedia |
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| Soldados soviéticos cruzando el Dniéper en unas balsas improvisadas Septiembre de 1943. Fotografía: Wikipedia |
Jolin cortó el pan «a lo culto», en rebanadas finas, y luego echó vodka de la cantimplora en los tres jarritos: a mí y a él hasta la mitad y al niño un dedo [...]. Chocamos nuestros jarros y bebimos. El chico no estaba acostumbrado al vodka: al beberlo se atragantó, se le saltaron las lágrimas y tuvo que apresurarse a secárselas disimuladamente.
***
–¡Toma! ¡Caliéntate! –Dejando los remos, me metió en la mano una pequeña cantimplora aplanada. Desenroscando trabajosamente el tapón con los dedos entumecidos por el frío, bebí un trago. El vodka me abrazó con agradable ardor la garganta y me hizo entrar en calor, pero seguí temblando.
–¡Bébelo todo! –susurró Jolin, moviendo apenas los remos.
–¿Y tú?
–Beberé en la orilla. ¿Me invitarás?
Bebí otra vez y, convenciéndome con pena de que la cantimplora estaba vacía, me la guardé en el bolsillo.
He sido muy desafortunado con los directores de cine... Traté con cuatro... dos de ellos muy famosos (Andréi Tarkovsky y Vytautas Zalakevicius). Ninguno sirvió en el ejército ni siquiera una hora. No lo entienden. No lo conocen. Y lo que es peor, no quieren escuchar. Lo que los directores de cine quieren en nuestros días es acción.
Del prólogo, de Paco Ignacio Taibo
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| Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky |
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| Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky |










