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martes, 1 de julio de 2025

'SIRÂT', QUE NO SE LA JODAN


Cartel de la película Sirât, del director Oliver Laxe

Fui a ver Sirât al cine Albéniz de Málaga el día 14 de junio, al iniciar su segunda semana en cartelera –ya va por la cuarta–, con la garantía que me dan los nombres de Oliver Laxe y Santiago Fillol, director y guionistas de un film que unos días antes había promocionado con gracia su actor principal, Sergi López, en La Revuelta. Y atraído también por el plus de saber que la trama se desarrollaba en Marruecos –aunque algunas escenas estén rodadas en Teruel–.

  Me senté en la sala sabiendo la sinopsis de la película: «Un hombre y su hijo pequeño llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí deciden seguir a un grupo de raveros en la búsqueda de una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida». También sabía, porque lo había dicho Sergi López en la televisión, que ocurriría algo a mitad de metraje que cambiaría la película por completo.

 Así que, durante la primera parte, sumido en la oscuridad del cine, me dejé llevar por la rave que Oliver nos había preparado, hipnotizado por el baile y la música del francés David Letellier –conocido como Kangding Ray–, figurándome en el lugar de ese padre desesperado y desvalido al que acompaña su hijo y su perra, conduciendo su furgoneta, a pesar de no tener yo carnet, por pistas de arena y de montaña, en ese road movie por rutas escasamente transitadas. Porque Sirât es un viajazo, físico y psíquico. Una aventura al reverso oscuro de la vida, una cita con la fatalidad que nos reservó el destino. El maktub, lo que está escrito y no se puede cambiar.

Padre e hijo, interpretados por Sergi López y Bruno Núñez
Fotografía: BTean Pictures

 Llegados a este punto, les diré que, si aún no la han visto, corran a verla antes de que alguien se la joda. Por que hay dos momentos en la película en los que Oliver Laxe nos conmociona, nos coge por las solapas, nos sacude y nos noquea. Si algún amigo les desveló esos momentos, no es un amigo. Táchenlo de la lista, porque le habrán matado la película y le habrán privado de dos de los momentos más sorprendentes y estremecedores del cine de los últimos años. No diré más, salvo que Sirât significa en árabe camino o sendero, y hace referencia al puente que se debe cruzar el Día de la Resurrección para llegar al Paraíso. Un puente sobre el infierno, más delgado que un cabello y más afilado que una espada.

 Salí del Albéniz como se sale de algunas novelas o relatos de Paul Bowles, turbado, y durante el trayecto en moto a casa no dejé de lamentar que no se me hubiera ocurrido a mí escribir esa historia antes. Seguramente, Paul Bowles habría pensado lo mismo.

 Os dejo aquí el trailer y, para los que ya hayáis visto la película, un par de vídeos en los que Oliver Laxe analiza algunas escenas del film y donde Oliver y Sergi López son entrevistados por la cadena Ser tras obtener el Premio del Jurado en el pasado festival de Cine de Cannes.




 ¡Véanla en pantalla grande! No se van a arrepentir. Y cuando salgan, no se la vayan a joder a nadie.

martes, 7 de mayo de 2024

GOURRAMA. UNA NOVELA DE LA LEGIÓN EXTRANJERA


Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera*
Friedrich Glauser (Editorial Ginger Ape Books&Films)
Fotografía: Pedro Delgado

El editor de Ginger Ape Books&Films me habló de Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera con palabras impregnadas de misterio, y tras entregarme un ejemplar como el que entrega a un ser querido, concluyó la conversación con una advertencia: «¡Y que te mantengas alejado de la maldición del cafard!». Palabras inquietantes que volverían a mí numerosas veces durante la lectura de la novela autobiográfica del suizo Friedrich Glauser.

 Cafard... una palabra que no se puede traducir. No es nostalgia... aunque el cafard es impensable sin un chorrito de nostalgia. ¿Melancolía? Melancolía significa bilis negra... y un cafard es una cucaracha... más exactamente, una cucaracha común. Ambas cosas tienen que ver con el color negro.
 ¡Cafard! Del cafard surgen muchas cosas: deserción, insubordinación, borracheras absurdas, cuchilladas, suicidios. Si solo es uno el que tiene el cafard...
 Pero el cafard es contagioso... Más contagioso que, por ejemplo, el tifus, contra el que al fin y al cabo existe una vacuna. ¿Pero qué pasa si el cafard sacude a toda una compañía? ¿Qué ocurre entonces?

 El cuidado que ha puesto Antonio Ruiz y Rubén L. Conde al editar esta obra es mayúsculo, desde las cubiertas y el bello Ex Libris que contiene al tamaño de la letra, el tipo de papel o los mapas y planos del lugar. También destaca el atinado y esclarecedor prólogo de Carlos Fortea, traductor de la obra, cuyas palabras finales nos dejan a la entrada del puesto de la Legión francesa de Gourrama, en medio del Alto Atlas y en los años 20 del siglo pasado. Allí se despide del lector invitándonos a pasar.

 Es complicado hablar de un libro que aún no se ha leído intentando no desvelar nada, y por eso estas líneas tienen que detenerse aquí, a la entrada del puesto de Gourrama, en su edificio de administración, su enfermería y su convento. Les invito a pasar. Traten ustedes de que no se les vea. No les será difícil, entre la abigarrada población árabe. Escuchen en silencio. No saldrán iguales a como eran cuando entraron, tras haber visitado las profundidades de la humanidad.

 Antes, entre otras cosas, nos ha contado las curiosas dificultades que tuvo que sortear esta novela póstuma para ver la luz. Gourrama fue la primera obra de su autor, pero en ella ya está «todo lo que es Glauser: autobiografía, la visión descarnada de un mundo implacable en sus desafectos, la preocupación por los marginados; pero, sobre todo, lo que hace que Glauser sea Glauser: el foco en las personas, por encima de la propia narración, muy por encima de los acontecimientos». De ahí que Gourrama trate «de las personas y su lucha con el destino».

 Gourrama es la antítesis de Beau Geste: si allí el heroísmo era la línea de fuga del texto, aquí lo es el hastío, la corruptela, pero también la amistad y la necesidad de amor. Si allí había buenos y malos, aquí las fronteras se diluyen, y a veces los oficiales son insólitamente humanos y otras los soldados terriblemente crueles.
 Sin embargo, como un hilo de fuego a través del texto, lo que brilla es la pasión de Glauser por los marginados. Es difícil no sentir emoción cuando algunos de ellos relatan sus historias inventadas o reales, difícil no sentir indignación en algunos pasajes, difícil no sentir compasión en otros. Entre líneas se ve sufrir al hombre sufriente que fue Glauser, se advierte la crudeza con la que no se engaña en presencia del mundo en el que vive, pero se ve también como nunca renuncia a la esperanza puesta en la humanidad.

 Postergado durante un tiempo en la estantería, estos días del mes más cruel del año decidí por fin abrir sus páginas y alistarme en la Legión Extranjera. De inmediato, me vi en las estribaciones del Alto Atlas, cabalgando bajo un sol inclemente a la cabeza de una columna de legionarios. Leía y sentía la necesidad de pasar el pañuelo bajo el salacot para secar el sudor.

Destacamento de la Legión Extranjera Francesa en Marruecos
Fotografía: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Bundesarchiv_Bild

Eran solo las nueve de la mañana, pero el sol ya ardía. La Tercera Sección de la Segunda Compagnie Montée del Tercer Regimiento Extranjero había recogido en Atchana un destacamento de veinte hombres, llegados de Argelia como refuerzo. La tropa regresaba a Gourrama, un pequeño puesto del sur de Marruecos.
 La llanura era gris y estaba dividida por profundos fosos. Los bordes estaban cortados a pico, era como si el calor y la sequedad hubieran rajado la tierra durante largos trechos. Pero en invierno corrían arroyos por esas grietas; bajaban de las montañas de piedra roja que centelleaban al sol, a lo lejos. Y al este, a sus espaldas, se alzaban las cumbres nevadas del Alto Atlas, resplandecientes como plata brillante contra el cielo azul oscuro...

 A lo lejos se veían los muros blancos del puesto, brillando «al sol como nieve endurecida», y pronto entramos en él y desmontamos. Entonces supe lo que era el convento, y entendí la cita de Mallarmé que abría la primera parte del libro.

Gourrama. Una novela de la Legión Extranjera, de Friedrich Glauser
Fotografía: Pedro Delgado

 Más tarde, me acomodé como pude para seguir las celebraciones del 14 de julio.

 Peschke, el ordenanza del teniente Lartigue, había traído de su bien amueblada habitación un sillón club en el que el teniente se sentaba con las piernas bien estiradas. El blanco uniforme, bien planchado, hacía que sus robustos miembros parecieran aún más gruesos. Su rubio cabello temblaba al viento sobre la amarilla redondez de su frente; el cansancio había cavado surcos en torno a los ojos y los labios secos, blanquecinos. Por la mañana había tenido un ataque de fiebre y se había tomado dos gramos de quinina. Además, sus amigos árabes del pueblo le habían preparado una infusión de hojas de cáñamo. Por eso, sus ojos saltones brillaban al resplandor de las muchas velas que ardían sobre pequeñas repisas de madera en las paredes. Solo delante, en el escenario, se habían puesto lámparas de carburo, cuyo silbido se oía claramente en el silencio que a veces se producía.

 Conforme aparecían, anotaba los nombres y la graduación de los legionarios para no perderme. Así como algunas de sus características.

 Kainz: carnicero de la intendencia, viejo y de sonrisa desdentada. Tiene un diente suelto cuya sujeción comprueba con sus dedos a cada momento durante la conversación por lo que no se le entiende bien cuando habla.

 Adjutant Cattaneo: piamontés, obeso, bigote salpicado de gris, dientes amarillos y roídos, analfabeto, pequeño tirano.

 Capitaine Chabert: hombre tranquilo y decente, rechoncho, comanda la 2ª Compañía Montada pero no siente mucho respeto por la disciplina, uniforme caqui deslucido sin los 3 galones dorados de su rango.

 Teniente Lartigue: caballero muy elegante, rubio, ojos saltones, gran lector, ataque de fiebre que trata con quinina, manda la Sección de Ametralladoras.

 Lös: alemán, cabo, hace dos meses que ha asumido la intendencia de manos del sargento Sitnikoff. Es amigo de Chabert pero está enemistado con el adjutant Cattaneo, al que le niega el aguardiente.

(...)

Gourrama, de Friedrich Glauser
Soldados de plomo colección Miguel Ángel Ferrer**
Fotografía: Pedro Delgado

 Incluso busqué en las estanterías las cajas de soldaditos de la marca inglesa Timpo que había comprado hacía muchísimos años por tres libras en la juguetería Hamleys de Londres. Además de una de las Ratas del Desierto con Monty, tenía una de la Legión Extranjera y otra de árabes armados con espadas cuchillos y fusiles que nunca me atreví a pintar.

Soldados de plástico de la marca Timpo
Fotografía: Pedro Delgado

 Quizás por eso valoraba tanto la dedicación y el trabajo con los pinceles de mi amigo Miguel Ángel Ferrer, que tiene las estanterías repletas de soldaditos de plomo. Entre ellos, por supuesto, árabes y franceses de la Legión Extranjera; aunque lo de franceses es un decir, pues además de ellos nutrían la tropa rusos, belgas, alemanes, italianos, suizos, austriacos, húngaros e incluso turcos.

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

Soldados de plomo de la Legión Extranjera
Colección Miguel Ángel Ferrer***. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El propio Friedrich Glauser, nacido en Viena de madre austriaca y padre suizo, fue uno de ellos; alistado por intermediación de su padre de 1921 a 1923, probablemente para evitar una detención por drogas o para combatir su adicción a la morfina, estuvo destinado en Gourrama, de ahí la autenticidad que tienen las páginas de esta novela que retrata a «la tropa de jóvenes desposeídos y desheredados que, justo después de la Gran Guerra, terminó por refugiarse en la Legión, incapaces –tanto como él– de ejercer de ciudadanos ejemplares».

Friedrich Glauser (1896-1938)

 Hay algo en la voz y el estilo de Friedrich Glaucer que me recuerda al Louis Ferdinand Céline de Viaje al fin de la noche, que escribía como hablaba, pero también a la poesía de algunas de las nouvelles de Antoine de Saint-Exupéry.

 Fuera, la noche era lejana y distante. El viento había lijado con arena fina los tejados de chapa ondulada, de manera que ahora espejeaban cuando la luna posaba sobre ellos su luz suave.
***
 Lös abrió la puerta hacia la noche muda que se cernía sobre el puesto. Estaba agitada por un ligero viento; anunciaba la mañana, que se acercaba cautelosa por detrás de las negras montañas.

 La novela se divide en tres partes: Vida cotidiana, Fiebre y Resolución; quince capítulos durante los cuales acompañamos a estos hombres que, «rodeados siempre del olor de sus pegajosos pasados, que se adhieren a ellos por mucho que hagan por ahuyentarlos», han venido a la Legión a poner punto final. Pero no a ahogarse en la mierda.

 Como moribundos, los durmientes yacen dispersos por el puesto, sus bocas muy abiertas emiten ronquidos. Entre ellos se escucha el sonoro soñar de alguno. Un espeso hedor llena las callejas entres los barracones: sudor y carne putrefacta, y las emanaciones de las letrinas a cielo abierto.
 En un rincón de su estancia encuentra la botella con el licor de patata. Lös actúa de forma automática. Llenar la taza de hojalata, vaciar el líquido como una medicina, torcer el gesto, decir «Ah» en voz alta como si allí hubiera alguien presente que tuviera que ser tranquilizado. Luego dejarse caer como un bloque en el colchón, sacar fuerzas suficientes para envolverse en la manta porque empieza a refrescar. Y por fin, hundirse en ese profundo pozo, que es negro y frío y mudo.
 Hasta que unos rayos agudos se clavan en su rostro desprotegido, hasta que el pitido de un silbato hiere doloroso los oídos.
 Y un nuevo día empieza.
***
 Los días pasaban por el pequeño puesto y nada interrumpía su monotonía. El lunes tocaba diana, los que estaban destinados a ello corrían a la cocina a por el café y lo traían mientras su aroma ondeaba tras ellos como una bandera. Nuevo toque: los mulos se llevaban sin ensillar al río, para abrevar. El sargento de semana hacía la ronda: revista de enfermos. La hacía el capitaine, porque el médico solo venía cada tres semanas. El capitaine era benévolo. Prescribía pocos medicamentos, porque solo conocía la aspirina y la tintura de yodo. También quinina. Pero era generoso con el descanso. Dos días sin servicio, tres días sin servicio. Si no mejoraba, se le tomaba la temperatura, se le daba quinina y más descanso. Si no servía de nada, se le enviaba al hospital de Rich. Los camiones que de vez en cuando visitaban el puesto se llevaban a los enfermos. Si no se podía transportar a alguien, se llamaba por teléfono al mayor Bergeret. Venía por la tarde, a caballo, un hombre tranquilo de negra barba que examinaba al enfermo, lo consolaba, mandaba hacer una infusión, le sacudía la pereza al enfermero, se tomaba una botella de vino con los oficiales y volvía a marcharse al atardecer.
 A las nueve había revista. La compañía formaba en cuadro. El capitaine la recorría, daba unas palmaditas en alguna mejilla, pellizcaba algún brazo. Se llevaba la fusta a la placa de la gorra: «Rompan filas».

 Goumarra. Una novela de la Legión Extranjera retrata la vida en un puesto de la legión, pero también capta cómo los hombres, huyendo del pasado, se mortifican para expiar sus culpas y purificarse.

Gourrama sobre recortables de los Spahis****
Fotografía: Pedro Delgado

 Tan impresionado quedé con su lectura, que quise preguntarle a Antonio Ruiz, uno de los editores de Ginger Ape Books&Films, cómo había sabido de esta joya y le había ganado la partida a otras editoriales más poderosas que han publicado algunas de las novelas policiacas de Glauser, y esto fue lo que me contestó:

 «Compré En la oscuridad a los editores de Mármara en un evento relacionado con los libros que se celebró en La Térmica allá por 2016 o 2017, intuyo que no más allá porque la fecha de edición del libro es de 2016 y creo recordar que por la época era una novedad o casi. Empecé su lectura al día siguiente, pero no lo terminé en ese día porque no quería que se acabara.

marmaraediciones.es/en-la-oscuridad

 El libro me arrebató, y empecé a buscar lo que se había traducido de Glauser al español. Di con la novela El té de las tres viejas (en realidad su ópera prima, aunque póstuma), publicada por Amaranto editores en 1998. La misma editorial posteriormente había publicado una novela del ciclo del inspector Studer (a Glauser se le considera el padre de la novela policial alemana), titulada El chino, en 2014. Con eso ya me bastaba para saber que quería editar un libro suyo, así que seguí investigando en su bibliografía en alemán y decidimos en la editorial que la novela que elegiríamos sería Goumarra, tanto por su alto contenido autobiográfico (rasgo que comparte con En la oscuridad y en menor medida con El té de las tres viejas), como por su temática y motivos, y también por su intrincada historia editorial (una de nuestras pasiones y especialidades). Después contacté con Carlos Fortea para su traducción, porque había sido el traductor para la edición de Mármara, aquel librito del principio y que tanto me había deslumbrado. Y el resto, como se dice es historia... de la edición... invisible».

 Pues aquí está esta reseña para darle visibilidad a la editorial, al autor y a Gourrama, una novela impactante que me ha encantado. Lo malo ahora es ese deseo vehemente de viajar a Gourrama que se ha instalado en mí, un anhelo persistente y excesivo que trataré de espantar con otras lecturas. Imagino que del puesto militar no quedará nada, pero me gustaría comprobar qué queda del viejo ksar.

Puerta de entrada del Ksar de Gourrama. Fotografía: Cl.Muste

 Por último, quisiera cerrar este artículo con dos ruegos: que alguien haga la película y que algún devoto de mi querido Paul Bowles se acerque a su tumba, en el cementerio Lakemont de Yates County, Nueva York, y le lea el pasaje de la novela que les copio a continuación. Aunque allí sólo estén sus cenizas, su espíritu se va a relamer de gusto.

 Llegaron al ksar. Los altos muros de adobe sin ventanas brillaban en un amarillo ocre, iluminados por el sol, que ya estaba bajo. Entre el polvo jugaban los niños, con las caras cubiertas de costras y muchos ojos pegados por el pus. Miraban la figura desconocida vestida de caqui y con polainas y salían corriendo. Un oscuro pasillo conducía al interior del pueblo, que era una única construcción, un gigantesco termitero; a su lado pasaban figuras oscuras, irreconocibles en el sucio crepúsculo. Lös pensó en la prohibición, en los relatos que circulaban sobre ataques de ladrones, pensó en el dinero que llevaba encima. Pero no tenía miedo. Había tenido más miedo al besar los hombros de la muchacha.
 Una empinada escalera de madera llevaba hasta una habitación en la que había un olor asfixiante. Zeno abrió un postigo, y los haces de luz atravesaron un humo azul. En un rincón yacía una chiquilla sobre un montón de paja, por encima de ella había varios pollos posados sobre barras. La repentina claridad los despertó, revolotearon hasta el suelo y echaron a correr cacareando.
 Y entonces Zeno empujó una puerta alta, que dejó ver una amplia terraza. En esferas transparentes, el humo se deslizó hacia el exterior, pero los rayos que iban de la ventana al suelo permanecieron como inamovibles vigas inclinadas.
 En medio de la terraza, en una estera de esparto, se sentaba un hombre. En el centro de su cráneo, por lo demás rapado, crecía una larga trenza gris, que invitaba a la mano de Alá a empuñarla y llevar consigo el cuerpo al que estaba unida a un mundo más rico. Porque aquel hombre estaba flaco, desnutrido. Al oír los pasos de Lös, levantó la mirada y se soltó los dedos de los pies, con los que había estado jugueteando pensativo. Lös se acordó de sus lecturas de Karl May y dijo:
 –La illah Allah, Mohammed rassuhl Allah.

Gourrama sobre recortables de Miguel Ángel Ferrer*****
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Todos los soldados de plomo y recortables pertenecen a la colección particular de Miguel Ángel Ferrer, profesor de Historia, al que agradezco las facilidades que me dio para ilustrar este artículo.

 *El soldado que aparece en la primera fotografía, junto a la portada, es una miniatura de Tradition of London de los años 90: Legionario, 1er Regimiento Legión Extranjera 1908 (corresponde con la imagen de la portada del libro).

**Los legionarios que aparecen en la segunda fotografía, junto a la portada, son de la Guerra del Rif, años 20. Sus uniformes corresponden con los que portan los protagonistas de Gourrama: a la izquierda hay tres legionarios de marruecos de los años 20, manufactura de Tradition Of London, y a la derecha un brigadier con la silla de montar de ediciones Hachette (Tunez 1926-1932) y un sargento a caballo de 1930 de ediciones del Prado.

***En la primera fotografía del destacamento de la Legión Extranjera, y en primer plano, se ven dos figuras de Tradition. Al fondo, el segundo grupo son miniaturas de AR de manufactura francesa. A destacar el uso del salacot por parte de los oficiales (también la tropa podía llevar salacot como se indica en el inicio de la novela). Uniformes entorno a 1910. En la segunda fotografía, en primer plano, miniaturas de Almirall Palau de finales de los 90 del coleccionable Soldados de plomo, pintados y transformados por Miguel Ángel Ferrer.

****Los recortables de los Spahis son de la marca Pro Patria, Editions Bouquet. Esta serie de recortables empezó a comercializarse en 1915 para recaudar fondos para la guerra y mantener el espíritu patriótico. La editorial seguirá publicando hasta los años cincuenta. Tienen la peculiaridad de estar impresos por las dos caras.

*****Bajo el libro aparecen los recortables de La Tijera. Serie 10, nº9, "Moros del Rif", primera etapa de finales de los años 20. Las figuras han sido retocadas por Miguel Ángel Ferrer a partir de un pliego original.

 Por otro lado, en las siguiente láminas se pueden ver los uniformes que llevan los soldados que aparecen en Gourrama. Las dos imágenes están extraídas del libro La Légion étrangère. 1831-1962, une histoire par l'uniforme de la Légion étrangère. Éditions Heimdal, 2018.

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

La Légion étrangère (Éditions Heimdal, 2018)

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miércoles, 18 de mayo de 2022

HACH WINIK, EL SOSIEGO EN UN LIBRO DE FOTOGRAFÍA


Hach Winik, de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Con un relato de Paul Bowles
Fotografía: Lucía Rodríguez

El otro día me comentaba uno de mis hijos que hay gente que ve las series y las películas en la televisión con un plus de velocidad. Es decir, que aceleran la imagen con el mando a distancia, como si esas imágenes que desfilan por la pantalla no requirieran de la participación activa del espectador, de su interpretación. Lo miré incrédulo, y le pregunté a qué se debía esa prisa. Y me dijo que mucha gente siempre tiene la sensación de que se está perdiendo algo.

 Con la vida ocurre lo mismo, pensé. Hay personas que viven aceleradamente, siempre con prisas, enfrascadas en un montón de actividades que no les dejan ni un momento de sosiego.

 Conforme cumplo años, entiendo menos esas urgencias, y valoro más dejar un tiempo de reposo en el día; y no me refiero a la hora de la siesta, sino a un tiempo para no hacer nada, para contemplar la lentitud con la que se desarrollan las plantas en el porche –el que haya visto cómo se abren los helechos, o cómo surgen las hojas en una higuera, sabrá a lo que me refiero–, para ver una película –a la velocidad a la que la concibió su director, por supuesto–, o para leer un buen libro. A veces, cuando el día ha sido especialmente vertiginoso, o cuando siento mucho ruido tanto por fuera como por dentro a causa de guerras y desgracias, me refugio en algún libro de fotografía.

 Hoy voy a hablarles de uno de esos libros. Se trata de Hach Winik, del fotoperiodista francés de origen catalán Miquel Dewerer-Plana, primorosamente publicado por la editorial Blume en 2019.

 Los hach winik u «hombres verdaderos», como se autodenominan los indígenas mayas-lacandones, viven en la selva de Chiapas, en el sudeste de México, una región separada de Guatemala por el río Usumacinta. Durante diez años, el autor penetró en la reserva natural de Naha' para pasar largas temporadas con ellos, trabando una amistad que le ha permitido recoger en imágenes una forma de vida y una cultura que a causa de la globalización, entre otras cosas, ya empezaba a desaparecer. Son imágenes de un tiempo fugaz que se escapa y se consume delante de nuestros ojos sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Miquel Dewerer-Plana, que desde niño siempre había soñado con vivir en la selva con los lacandones, constató cómo los dioses de la rica cosmogonía lacandona, venerados en la «casa de los dioses», son reemplazados por Jehová, el Dios de las sectas evangélicas y sus Apocalipsis; cómo en la espesura de la selva proliferan los pastizales, abiertos por campesinos zapatistas sin tierra que invaden la reserva en busca de terrenos donde cultivar o criar el ganado, y cómo el gobierno estatal controla todas las riquezas de la zona: madera, energía hidroeléctrica, etc.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Sus imágenes sinceras, oníricas y vaporosas de estos indígenas vestidos con túnicas blancas y el pelo largo, y del entorno mágico, pero amenazado, en el que viven, constituyen una crónica visual única, que viene precedida de un interesantísimo texto, escrito a modo de cuaderno de viajes por el propio Miquel.

 A veces, lo que nos cuenta tiene hechuras de relato y otras de ensayo.

El chofer consulta el reloj: son las once en punto de la mañana. Del techo tira un cordel de cuyo extremo pende una Virgen con rostro atormentado pintada en un enorme medallón. El sonido ensordecedor del claxon avisa a los pasajeros rezagados sobre la inminente salida. Tras varios intentos infructuosos, el motor traquetea y se decide por fin a arrancar. Comienza entonces para mí un viaje de cinco horas bajo un sol de justicia. A los pocos minutos de abandonar la pequeña ciudad de Ocosingo, el autobús sobrepasa la majestuosa y desconocida zona arqueológica maya de Toniná. Al poco, la carretera asfaltada deja paso a una pista descuidada. Es la puerta de entrada a una región que durante mucho tiempo acogió todo tipo de sueños: de las empresas de maderas preciosas, de los productores de caucho, de miles de campesinos sin tierra e incluso de algunos indígenas ansiosos de libertad. Como si se tratara de un péndulo, el autobús se balancea tranquilamente de un lado al otro, adaptándose al pésimo estado del camino. Uno tras otro, atraviesa pueblos mayoritariamente tzeltales, donde unos grandes carteles dan la bienvenida a los viajeros, recordando que nos encontramos en territorio zapatista. A pesar del calor asfixiante, intentamos cerrar las escasas ventanas aún en uso, pero a cada frenazo una enorme nube de polvo penetra en el interior y engulle, durante algunos segundos, todo a su paso.
***
Los lacandones fueron el último pueblo libre e independiente de Chiapas, hasta que en 1695 los españoles sometieron los últimos núcleos de resistencia, con lo que se inició un largo proceso de agonía. Los que sobrevivieron fueron confinados en un pueblo del Departamento de Retalhuleu, en Guatemala, donde en 1769 un juez tan sólo pudo constatar la existencia de una mujer y dos varones lacandones, de edad avanzada, y sin descendencia. Tras más de siglo y medio de lucha, aquellos indígenas ansiosos de libertad acabaron sus vidas en cautividad.
Los lacandones de hoy son, con toda probabilidad, descendientes de las poblaciones mayas de la península de Yucatán en México y del Petén en Guatemala. Al huir del yugo de la colonia española en el siglo XVIII, buscaron refugio bajo los imponentes árboles protectores de la selva chiapaneca, territorio de sus antepasados desaparecidos. Aquellos fugitivos, organizados en pequeños grupos con el fin de pasar inadvertidos, reinventaron una vida seminómada adaptándose de manera remarcable a las difíciles condiciones de supervivencia de su nuevo hábitat. Adoptaron las grandes ciudades prehispánicas que los antiguos mayas habían abandonado en el siglo X: Palenque, Yaxchilán y Bonampak. Así fue como el dios Hach Ak Yum, creador de los hach winik, se instaló en los templos desertados de aquellos pueblos precolombinos.

 Es en la parte final de su texto cuando Miquel nos habla de Paul Bowles y de El pastor Dowe en Tacaté, el otro relato que contiene el libro, un extra de enorme valor para todos los que adoramos al escritor, compositor y viajero estadounidense.

Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tánger, 1999)
©Biblioteca de la Universidad de Delaware, Newark

 Paul Bowles escribió este relato en Nueva York en 1946, después de sus numerosos viajes a México durante los cuatro años y medio anteriores. El cuento, ambientado en la zona, es tan inquietante y tiene tal fuerza que te obliga a leerlo del tirón. En mi caso ha sido una relectura, no por ello menos fascinante, pues ya lo había leído hace veinte años en el volumen que sacó la editorial Alfaguara bajo el título Un episodio distante (otro de los cuentos sublimes del libro junto a Delicada presa), donde se recogían relatos escritos entre 1939 y 1948, traducidos al castellano por Guillermo Lorenzo. La mayoría de esos relatos estaban ambientados en el territorio africano de Marruecos o Argelia, a donde había regresado en 1947 para establecerse en Tánger, y otros discurrían en Colombia, México, Centroamérica o el Caribe. 

 Como nos apunta Miquel en un pie de página, «quizá Bowles se inspirara en el pastor estadounidense Philipp Baer, el primer misionero que en 1944 entró en contacto con los habitantes Naha'. A instancias del Instituto Lingüístico de verano, tradujo la Biblia a la lengua lacandona e intentó convertir a los habitantes de la región. Hacia 1955 se instaló en Lacanha', donde la población «aceptó» los preceptos de su Biblia».

 En El pastor Dowe en Tacaté, asistimos a la propia fragilidad del protagonista, un misionero evangelista, en un territorio que le es ajeno y que nunca podrá comprender ni entender.

 Cómo ha penetrado la palabrería estridente de los pastores evangélicos en la región, los seres míticos y las divinidades que pueblan la cosmovisión lacandona, la «casa de los dioses», los incensarios, el lago y la gruta de Metzabok, donde residen las almas de los antepasados..., todos esos detalles que nos explica Miquel en su crónica aparecen luego en el relato de Paul Bowles, aportándonos un conocimiento extra de ese mundo plagado de incertidumbres por el que se mueve, con incomodidad e impaciencia, uno de esos pastores norteamericanos que se instalaron en la región en los años cincuenta.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También nos cuenta Miquel un detalle fundamental para entender algo que sucede en la parte final del relato de Bowles, y es la costumbre que llevaba a los jóvenes a tomar como compañera a una cría de pocos años, a la que debían educar como a su propia hija hasta que creciera y se convirtiera en su mujer. «Los lacandones son poco numerosos y el miedo a no encontrar esposa al alcanzar la pubertad llevaba a los adolescentes a practicar esta costumbre, hoy en día erradicada, para evitar así los conflictos en la edad adulta».

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Bowles se inicia así:

El pastor Dowe pronunció su primer sermón en Tacaté una luminosa mañana de domingo, poco después del comienzo de la estación de lluvias. Asistió casi un centenar de indios y algunos de ellos habían recorrido todo el trayecto desde Balaché, en el valle. Permanecieron sentados en silencio en el suelo mientras él les hablaba durante más o menos una hora, en su propio idioma. Ni siquiera los niños alborotaron; reinaría el silencio más completo siempre que él siguiera hablando. Pero él veía que su atención nacía del respeto más que del interés. Como era una persona concienzuda, el descubrir esto le inquietó.
 Cuando terminó el sermón, cuyo título era «Significado de Jesús», los feligreses se levantaron despacio y empezaron a alejarse pensando ostensiblemente en otras cosas. El pastor Dowe estaba desconcertado. El doctor Ramos, de la Universidad, le había asegurado que su dominio del dialecto era suficiente para permitir a sus futuros feligreses seguir sus sermones, y no había encontrado dificultad alguna al conversar con los indios que le habían acompañado a subir desde San Gerónimo. Se quedó de pie, entristecido, bajo el pequeño templete de paja situado en la explanada ante su casa, viendo cómo se iban dispersando hombres y mujeres en varias direcciones. Tenía la sensación de no haberles comunicado absolutamente nada.

 He de confesarles que llegué a Hach Winik por Paul Bowles, al que rindo culto y del que atesoro todos sus libros. Así que ahora puedo decir que Paul me descubrió a Miquel, todo un acierto.

 A través de sus textos, con 60 años de distancia en el tiempo, ambos «nos hacen partícipes de sus experiencias y pensamientos sobre ese pequeño y único pueblo que intenta preservar la esencia de su ser... y por ende nos obligan a reflexionar sobre nosotros mismos».

 Lo dicho, cuando se sientan aturdidos por la vorágine de los días, o quieran refugio para una mente cansada, abran un buen fotolibro y sumérjanse en él, como los japoneses se meten entre los cerezos en flor al llegar la primavera buscando un poco de sosiego espiritual en esa belleza.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez




Miquel Dewerer-Plana (1961) es autor también de La verdad bajo la tierra, Mayas, La otra guerra, Alma, Entre dos aguas y Vale un potosí, editados todos por Blume. Por el primero de ellos le otorgaron en 2008 el premio Periodismo y derechos humanos.


sábado, 22 de enero de 2022

VIAJEROS. DE JONATHAN SWIFT A ALAN HOLLINGHURST (1726-2017)


Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017). Marta Salís, ed.
Alba Editorial. Fotografía: Lucía Rodríguez

Hay un libro que me acompañó durante todo el año pasado y del que no quiero quedarme sin hablarles. Se trata de Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst (1726-2017), de la editorial Alba. Sesenta y seis relatos viajeros, seleccionados por la profesora y traductora Marta Salís de entre los grandes nombres de la literatura universal, reunidos en un solo tomo. Un volumen que no tiene desperdicio y que viene una vez más a contradecir esa absurdez de que el relato es un género menor, cuando tiene tanta o más fuerza que la novela.

 Con este libro he sentido también el poder de la literatura de viajes. Mientras mi ser físico leía en el sofá del salón, en el banco del porche, en la cama, e incluso en algún que otro tren, mi ser mental transitaba desiertos, selvas o mares tempestuosos.

Leyendo Viajeros (Alba Editorial) en el tren
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cada una de las sesenta y seis narraciones, con estilos, escenarios y personajes diferentes, vienen acompañadas de una breve semblanza del autor y una explicación acerca del relato y el por qué de su elección. Lo cual me parece todo un acierto.

Somerset Maugham (1874-1965)

 Con la salvedad de los cuentos de Somerset Maugham, Jane Bowles y Clarice Lispector, no he leído estos cuentos a saltos, como suele hacerse con las antologías, yendo hacia atrás y hacia adelante en función de la sonoridad de un título o el renombre de un autor, pues el orden tiene su importancia en este volumen, ya que, como nos explica Marta Salís en el interesante texto de presentación, los relatos «se ofrecen ordenados cronológicamente a partir de la fecha de publicación, lo que permite trazar una especie de línea evolutiva en el tratamiento y la consideración del viaje como tema».

Hay muchos tipos de viajes -de conquista, de exploración, de turismo, de peregrinación, de trabajo, de guerra, de huida-, tantos como tipos de viajeros –entusiastas, indolentes, asombrados, circunspectos, soñadores, obligados–, y en ellos no es extraño que asomen motivos contradictorios. (…) Los motivos y propósitos que impulsan al viajero son muy diversos, y en esta antología parece enumerarlos, con una fórmula de cuento popular, Grace James en «La Mujer de Hielo»: «Érase una vez un anciano y un muchacho que se marcharon juntos de su pueblo para viajar a una lejana provincia. Si lo hicieron por placer o por trabajo, por motivos económicos, por asuntos de dinero, de amor o de guerra, o por alguna firme promesa, grande o pequeña, ya no lo sabemos».
De la Presentación de Marta Salís

 Algunos cuentos tienen un final redondo, y otros abrupto, como si el autor se hubiese olvidado de rematarlo y tuviésemos nosotros que encargarnos de esa tarea. Unos son breves, y otros largos, con una extensión que abarca desde la media página de La partida, de Franz Kafka, a las cuarenta de Bola de Sebo, de Maupassant.

 Entre los sesenta y seis escritores que ha seleccionado Marta Salís no faltan los clásicos del relato, como Rudyard Kipling, Jack London, Joseph Conrad, W. Somerset Maugham, O. Henry, Amelia Edwards, Edith Wharton, Guy de Maupassant, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Antón P. Chéjov, Isaak E. Bábel, Iván A. Bunin, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury o los Bowles.

Los Bowles: Jane y Paul

 De mi admirado Paul Bowles, Marta Salís ha escogido esa obra maestra que es Un episodio distante (la dicha habría sido completa si Marta hubiese añadido El renegado, de Albert Camus, el motivo es largo de explicar y será mejor dejarlo para otra entrada).

 Cuando entraron por las puertas del pueblo, el habitual enjambre de rapaces se levantó y corrió en medio de la polvareda dando gritos al lado del autobús. El profesor se quitó los anteojos de sol, se los guardó en el bolsillo; y en cuanto el autobús se detuvo saltó a tierra para abrirse paso entre los niños que, indignados, trataban de agarrar su equipaje, y se dirigió deprisa al Grand Hotel Saharien.
Un episodio distante. Paul Bowles

 Ya que este es un blog en el que Marruecos tiene su importancia, les diré que Viajeros contiene otro relato ambientado en el país vecino. Se trata de Vuelta a casa, de la escritora y profesora marroquí Laila Lalami.

Laila Lalami. Fotografía: Jesse Dittmar

 Sus páginas tratan el tema de la emigración, y plasman a la perfección el choque del regreso y las diferentes perspectivas de unos y otros: los que se fueron (Azib, que lleva cinco años trabajando en Madrid y vuelve de visita a Casablanca), y los que se quedaron en Marruecos (su madre y Zohra, su mujer).

 La madre de Zohra, que vivía al final de la calle, también se había pasado a verlo; estuvo sentada en silencio escuchando las conversaciones, hasta que por fin preguntó:
 –¿Por qué estas trabajando allí si tu mujer está aquí? –Chasqueó la lengua en un gesto de reprobación.
 Azib miró a Zohra. Quería hablar de eso con ella, pero todavía no habían podido tener un momento a solas. Carraspeó y volvió a llenar la taza de su suegra.
Vuelta a casa. Laila Lalami

 Tampoco faltan escritores españoles en el volumen, representados por Leopoldo Alas «Clarín», Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle Inclán, siendo el relato de Emilia Pardo Bazán, De polizón, el que más me ha gustado de los cuatro.

 En definitiva, este es un libro que nos invita a la escapada, a cruzar fronteras y vivir aventuras, como ya nos anticipa la portada en la que una mujer mira el paisaje por la ventanilla de un tren.

https://www.1stdibs.com/en-gb/art/prints-works-on-paper

 La imagen pertenece a un antiguo cartel publicitario de la compañía Intourist, obra de Nikolai N. Zhukov. «De Shepetovka a Bakú en 55 horas. La ruta más corta, barata y cómoda entre Irán, Persia y Europa occidental vía la U.R.S.S.», rezaba la publicidad en 1937. A la mujer he creído verla en otro cartel, el que anunciaba Photo España 2020. La joven sigue mirando por la ventanilla (en realidad en la fotografía mira por la ventana de un edificio), pero ahora se ha girado y no fija sus ojos en los oleoductos que atraviesa el tren, sino en nosotros.

Steve Hiett. Cecilia Changellor, 1996
@Steve Hiett. Colección Carla Sozzani

 Y esa mirada, dulce y serena, se convierte en toda una invitación para abrir el libro y partir. Para viajar a través de sus 892 páginas.

«¡Feliz quien como Ulises ha hecho un largo viaje!»
Joachim du Bellay


domingo, 15 de diciembre de 2019

EN LA CIUDAD LÍQUIDA CON MARTA REBÓN


En la ciudad líquida de Marta Rebón en Málaga, otra ciudad líquida. Fotografía: Lucía Rodríguez

Durante unos días me he dejado poseer por la voz y la mirada de Marta Rebón. Sin oponer resistencia, me he sumergido en las páginas de En la ciudad líquida; en la corriente de sus palabras, que te arrastran por el texto como por las aguas de un río o te llevan a la deriva en un mar en calma. Aguas próximas a las orillas, en cuyas superficies se reflejan las ciudades líquidas.
Cuando estudiaba Eslavas, después de jornadas en que casi me rompía la crisma debido a los traspiés que daba por los vericuetos de la lengua rusa, recuerdo que a menudo tenía pesadillas. En concreto eran dos, y ambas compartían escenario: San Petersburgo, la metrópoli que el zar Pedro I erigió hace algo más de tres siglos en una marisma inhóspita junto al mar para poner coto al dominio de los suecos y abrir las ventanas de Rusia de par en par a la ciencia, la cultura y la moda de Europa. En el primero de esos sueños inquietos, me encontraba perdida en la ciudad sin lograr hacerme entender por ningún viandante, pues cualquier frase que balbuceaba obtenía por respuesta una mueca de infinita incomprensión. En otro de esos desvaríos nocturnos cobraban vida las avenidas, los palacios y los puentes que el emperador ruso mandó edificar sobre el agua a arquitectos extranjeros. Un colosal monstruo de granito, mármol y hierro forjado me perseguía sin tregua hasta que yo despertaba con alivio. De estas visiones alucinadas tenía la culpa un puñado de escritores que, inspirándose en la ciudad líquida, crearon la imagen de una urbe fantasmagórica en que el ensueño constituía una realidad tangible, y cuyas calles, más que la morada de personas de carne y hueso, daban la impresión de ser el telón de fondo ideal para una secuencia de escenas literarias.
 Empecé a pasar algún verano que otro en la ciudad más premeditada del mundo cuando aún eran muy visibles, tanto en los comercios casi desiertos como en los rostros pétreos cual pisapapeles de sus habitantes, la hecatombe económica y la profunda herida emocional causadas por la disolución de la Unión Soviética. La ciudad, en lugar de emerger de las aguas, parecía un barco a la deriva a punto de hundirse en el Nevá. Arrojados al capitalismo sin un manual de instrucciones, quienes un día fueron leningradenses parecían cautivos en una jaula dorada hecha de una profusión de fachadas barrocas, neoclásicas, modernistas y estilo Imperio, aderezadas con un sinfín de columnas, pilastras, frisos y cariátides.
Las cinco esquinas, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo
***
Las calles de Oporto, salpicadas de cabinas rojas como las londinenses, siempre te arrastran hacia el río. Sigues los dibujos geométricos de la calçada, lees las tipografías y los rótulos antiguos de los comercios. Oporto es como un verso que espera paciente la siguiente rima. No tiene prisa, incluso el tiempo parece llegar tarde.
 […] La ciudad se movía como un barco. No. Tal vez el suelo se abriera en alguna parte. No. Era el mareo. La despedida. No. La ciudad tal vez fuera de agua. ¿Cómo sobrevivir a una ciudad líquida?
 En Oporto te atrapan el graznido de las gaviotas, el vapor de las máquinas de café, el silencio condensado en las pequeñas librerías…
 La ciudad parecía de cristal. Se movía con las mareas. Era un espejo de otras ciudades de la costa.
 Los habitantes de Oporto tienen branquias y la ciudad se mueve como un barco a la deriva.
 En los primeros compases de En la ciudad líquida, Marta Rebón, que es una de las más importantes traductoras españolas del ruso, nos narra sus inicios en el mundo de la traducción, esa profesión que te permite "trabajar por cuenta propia, estar rodeada de libros y tener un ordenador portátil a modo de oficina, con libertad plena para viajar".
Un día, desde la precariedad de mi mesa de becaria en una agencia de Barcelona, escribí a Jorge Herralde y me ofrecí como traductora de ruso para su editorial. Estudiaba las últimas asignaturas de Filología Eslava –hoy ya una carrera inexistente– y no veía la hora de sacudirme el polvo de las aulas universitarias.
Atrezzo, Mosfilm, Moscú
Fotografía: Marta Rebón – Ferran Mateo
***
Cuando empecé a pasar textos literarios de una lengua a otra, ignoraba que ocuparse de traducir libros es como enfundarse a diario el mono de buzo. Hay que sumergirse en las profundidades de una voz ajena que, si es lo suficientemente embriagadora, sugestiva e inteligente, logra hundirte en una placentera suspensión del tiempo, como si flotaras en una suerte de líquido amniótico. Si emerges a la superficie antes de lo previsto, la sensación es de un acusado malestar. Los enemigos de la inmersión son los ruidos, las llamadas y los estímulos externos que te expulsan violentamente de ese estado de ingravidez. En la ascensión vertiginosa se produce una brusca descompresión. El traductor es un escafandrista, un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas. Lleva zapatos con suelas de plomo y un cinturón de lastre para no asomar fácilmente al exterior.
 Durante años disfrutó "de los chapuzones diarios en las alborotadas aguas rusas"; sin embargo, Marta Rebón concibió ese trabajo como la antesala de la escritura. Algo nada disparatado pues, al fin y al cabo, como bien dice ella, ambas actividades "son ramas de un mismo árbol", y "muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa".
Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. […] Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. […] Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: "Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer". […] De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens.
 "En el trabajo de los traductores hay una suspensión de la propia voz para ponerla al servicio de un autor", de ahí que tuviese tanto interés en descubrir la verdadera voz de Marta. Y he de decir que me encanta, pues fluye de manera natural, sin artificios, nada pretenciosa.
 Y encima Marta Rebón ama dos de las cosas que más amo: los viajes y los libros, de ahí que por las páginas de En la ciudad líquida asomen tantos lugares y se citen tantísimos libros y autores.

Sala circular, Biblioteca Nacional Rusa, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

 Y mientras Marta va desgranando sus afinidades literarias, enhebrándolas entre ellas, o con ciudades y países, a uno le dan ganas de agarrar un lápiz y un papel y hacer uno de esos diagramas sagitales que poblaban los libros de matemáticas del colegio.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: "Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados".
 En el segundo capítulo aterrizamos con Marta en Ecuador en el último trimestre de 2009, con "casi dos mil páginas en ruso para traducir en los próximos" trece meses. Marta "en la línea del ecuador, en la ciudad de la eterna primavera", traduciendo una novela que "transcurría en la nevada estepa rusa" y que no era otra que la aclamadísima El doctor Zhivago de Borís Pasternak.
Hacia el este estaba el valle, recordatorio de que no muy lejos de allí nacía la selva tropical, aunque una parte de mí tenía que vivir aún más al este, en Rusia, mirar por la ventana como lo había hecho Pasternak en su dacha de Peredélkino…
Escritorio de Borís Pasternak, Peredélkino
Fotografía: Ferran Mateo

 Es curioso, pero fue la traducción de esta novela, publicada por Galaxia Gutenberg en octubre de 2010, la que nos hizo contactar a través de las redes, a Lucía, a mi hermano y a mí, rendidos admiradores de su arte –pues qué es sino una buena traducción–.

El Doctor Zhivago, óleo sobre tabla (20 x 20)
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

 Lucía escribió una entrada en su blog Manchando lienzos manejando colores* sobre pintura y literatura rusa, en la que hacía mención a El doctor Zhivago, libro que leyó durante uno de esos veranos que pasamos en Casarabonela. Al terminarlo escribió otra entrada que llevaba por título Aventuras con libros rusos y con las personas que los traducen**, y se la envió a Marta. Ella contestó y, a partir de ahí, intercambiamos periódicamente algunos correos, uniéndose a los mails mi hermano Marcial, que, como ya les he dicho más arriba, es un fervoroso seguidor de sus traducciones.

*http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2012/08/los-rusos-llegaron-para-quedarse.html

**http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2013/08/aventuras-con-libros-rusos-y-con-las.html

En la ciudad líquida de Marta Rebón en el puerto de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 2018, Marta vino a Málaga a presentar En la ciudad líquida en el Museo Ruso, dentro de la programación cultural en torno a la exposición La mirada viajera, Artistas rusos alrededor del mundo, y allá que fuimos los tres para conocerla en persona.

Marta Rebón, junto a Pablo Aranda, en el Museo Ruso de Málaga
Fotografía: Ñito Salas

Programación en torno a la exposición La mirada viajera. Artistas rusos alrededor del mundo
Museo Ruso de Málaga, 2018

 Aún conservo la cartela del acto, y al mirar la fecha he visto que fue el 14 de marzo de 2018. Lo que no me hace falta mirar es quién presentó a Marta. Fue mi amigo Pablo Aranda, escritor y director del Aula de Cultura del diario Sur, que, como siempre, estuvo brillante y divertido, manteniendo con ella un diálogo de los más ameno. Al terminar, mientras hacía cola para que me firmase un ejemplar, estuve hablando con él de su nueva novela, La distancia, que llegaría a las librerías en mayo de la mano de Malpaso, y sobre la que ya escribí en este blog*.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html

 También conversamos acerca de escritores rusos y de las últimas traducciones de Marta. Mi hermano temía que ella, ahora que se había convertido en escritora, dejase de traducir, y, cuando nos llegó el turno, le rogó que no lo hiciera. Recuerdo que mi hermano le preguntó si las traducciones eran propuestas por las editoriales o si ella podía hacer alguna traducción de una novela que le gustase y ofrecérsela luego a una editorial. Marta le dijo que imperaba lo primero, pero Marcial, que se había divertido mucho leyendo Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov, le pidió que tradujese algunas de sus obras, pues sólo existía esa en castellano. Marta se apuntó el título (al igual que Pablo) y le dijo que curiosearía en internet el resto de la obra de Kurkov. Y he aquí que, no sabemos si por la insistencia de mi hermano o por azares editoriales, que Blackie Books publicó este año El jardinero de Ochákov, una divertida y lúcida sátira de Kurkov sobre el antiguo régimen soviético, con traducción, claro está, de Marta Rebón.

https://www.blackiebooks.org/catalogo/el-jardinero-de-ochakov/
Las pasiones literarias se rigen por fuerzas gravitatorias misteriosas. Algunas son tan potentes y su atracción es tan grande como las que ejercen los agujeros negros, esas regiones del espacio-tiempo de las cuales ni siquiera escapa la luz. Schopenhauer clasificó a los escritores comparándolos con cuerpos celestes: estrellas fugaces, astros errantes y planetas. Los primeros son un deleite momentáneo, atraen nuestra atención el tiempo que dura un fogonazo. Los segundos brillan con intensidad, pero solo para sus contemporáneos o compañeros de órbita, y por un tiempo limitado. Por último, invariables en el firmamento, están los planetas. No pertenecen a una sola galaxia o sistema, sino al universo entero.
 Como a Marta, a mí también me gusta "pasear por las mismas calles que recorrieron los artistas que admiramos, sentarnos a su mesa, mirar por las ventanas de sus escritorios, tomar un café en el local que frecuentaron y entrar en las habitaciones donde los embargó la felicidad más inmensa o una tristeza desconsolada".  Visitar sus tumbas para rendirles homenaje: dejar unas flores, unos cigarrillos o un trago de alcohol.

Fosa común donde descansan los restos de Isaak Bábel, Moscú
Fotografía: Marta Rebón

Tumba de Lev Tolstói en Básnaia Poliana
Fotografía: Marta Rebón

 Marta no se limita a los escritores, y cita a cineastas, fotógrafos, pintores y músicos, llenando las páginas de nombres asociados a una historia o a una anécdota. Y encima lo ilustra con fotografías: imágenes suyas y de Ferran Mateo, su pareja sentimental y artística, con el que ha expuesto en Moscú, La Habana, Barcelona, Granada y Tánger. Me gustan sus instantáneas, sobre todo las que se muestran a doble página. Detienes la lectura, contemplas un paisaje, una calle, el interior de una biblioteca, un museo o una casa y te zambulles de nuevo en el libro.

Ksar de Ait Ben Hadu, Marruecos
Fotografía: Marta Rebón

La habitación y media, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

Biblioteca Nacional Rusa
Fotografía: Marta Rebón

 En la ciudad líquida Marta Rebón va enlazando una historia con otra, deteniéndose aquí y allá para hacer una digresión, cambiar de escenario o de época, haciendo que la lectura sea muy placentera.  En unas páginas podemos estar en Siberia con Dostoievski y en otras en Marruecos con Saint-Exupéry, Burroughs, Chukri, Paul y Jane Bowles.
Sea cual sea la hora a la que os hayáis ido a la cama, o si ni siquiera habéis dormido, el Gran Café de Paris os espera con sus butacas de cuero marrón orientadas en su mayoría a la calle para disfrutar del espectáculo urbano: rostros, colores, retazos de conversaciones en una multitud de idiomas. En la ciudad blanca nunca se hace dos veces el mismo recorrido. En una de sus mesas tu amigo, el fotógrafo lisboeta Daniel Blaufuks, te dijo que los camareros eran los mismos desde hacía décadas. El portugués cumplió con un peregrinaje habitual entre los extranjeros interesados en el mito de Tánger y viajó a la ciudad para conocer a la persona que más alimentó, aun sin quererlo, esa leyenda. Le atraían los libros de Paul Bowles, pero sobre todo su vida. Se presentó en el inmueble Itesa y llamó a su puerta con el pretexto de tomarle algunos retratos para una publicación. Al contrario que otros colegas, le dijo que no tenía prisa, algo que sin duda sorprendió gratamente al americano. Por las tardes acudía a visitarlo, lo acompañaba al mercado y a la oficina de correos. Gracias a esa cotidianidad compartida, pudo fotografiarlo con una calma que se percibe en sus instantáneas en blanco y negro. Para el visitante de Tánger, sobre todo el occidental todos los caminos acaban por conducir a los Bowles, a Paul y a Jane.
Paul Bowles en su escritorio (1990)
Fotografía: Daniel Blaufuks

 Tánger, Tarfaya, Cagliari, Tiksi, Moscú, San Petersburgo, Sajalín, Quito, Oporto…, donde sea, las palabras de Marta siempre son como un abrazo cálido. Ojalá no deje de traducir a los rusos, pero tampoco de escribir libros como este.

 Y como me gustan las entradas ríos, quiero terminar esta con las fotos de Daniel Blaufuks, más sabiendo que Marta sigue viviendo a caballo entre Barcelona y Tánger, donde la vida es más barata y el canto del almuecín te llega como una ensoñación en la madrugada.

Pessoas en la ciudad (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Flores en la cama (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Paul Bowles (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Fin del día en Tánger
Fotografía: Daniel Blaufuks

Viejo con ventanas
Fotografía: Daniel Blaufuks

My Tangier, fotolibro de Daniel Blaufuks y Paul Bowles
(1991)

 Ferran Mateo también me recomienda otros dos fotolibros del fotógrafo lisboeta: Terezín y Sob céus estranhos, uma história de exilio. A ver si alguien se anima a traducirlos y los publican en castellano.

Fotolibro Terezín
Daniel Blaufuks

Fotolibro Sob céus estranhos
Daniel Blaufuks

 Gracias mil a Marta Rebón, Ferran Mateo, Daniel Blaufuks y Lucía Rodríguez por proporcionarme las fotos para la elaboración de esta entrada.