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domingo, 6 de abril de 2025

EN UNA HABITACIÓN AJENA


En una habitación ajena, Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

«Arrieros somos y en el camino nos encontraremos», dice el refrán; sin embargo, lo traigo aquí a colación desprovisto de su significado popular de advertencia porque fue lo primero que se me vino a la cabeza al empezar a leer En una habitación ajena (Libros del Asteroide, 2024), del escritor sudafricano Damon Galgut (Pretoria, 1963). Eso sí, cambiando a los que trajinan con bestias de carga por los que trasiegan de un lado a otro con sus mochilas a cuesta: «Viajeros somos y en el camino nos encontraremos», pues el texto de Galgut, dividido en tres actos o relatos, nos habla de los posibles encuentros que te pueden deparar los viajes.

 En todos ellos, el protagonista es un trasunto del propio autor, que evoca o rememora esos vagabundeos. Y no lo digo sólo porque se llame Damon, sino porque nos lo corrobora él mismo en el texto, cuya correctísima traducción corre a cargo de la argentina Celia Filipetto:

Pero el recuerdo tiene sus propias distancias, en parte él soy yo por completo, en parte es un extraño al que observo.

El novelista y dramaturgo Damon Galgut (Pretoria, Sudáfrica, 1963)

 De la lectura del libro podemos deducir que Damon Galgut es un viajero atípico, un tipo algo extraño y difícil por cómo se retrata.

La verdad es que él no es viajero por naturaleza, se trata de un estado al que lo han empujado las circunstancias. Se pasa la mayor parte del tiempo en movimiento, sumido en una profunda ansiedad, y eso hace que todo sea más intenso y vívido. La vida se convierte en una serie de pequeños detalles amenazadores, no se siente conectado con nada de cuanto lo rodea, el temor a morirse es constante. Por ello casi nunca es feliz donde está, algo en él se pone ya en marcha hacia el siguiente lugar y, aun así, nunca va hacia nada, sino que siempre se aleja más y más. Se trata de un defecto de su naturaleza  que los viajes han convertido en enfermedad. Veinte años antes, por distintos motivos, a su abuelo le ocurrió algo parecido. Arraigado y sedentario durante la mayor parte de su larga vida, al morir su mujer algo se rompió irremediablemente dentro de él y lo impulsó a ponerse en camino. Viajó por el mundo entero, a los lugares más lejanos e increíbles, llevado no por el asombro o la curiosidad, sino por el dolor. Al buzón de casa llegaban postales y cartas con sellos y marcas peculiares. A veces telefoneaba y, por el sonido, su voz parecía aflorar del fondo del mar, ronca de añoranza por volver. Pero no volvió. Al cabo de mucho tiempo, ya muy viejo y exhausto, regresó al fin para siempre, y vivió sus últimos años en un apartamento en el jardín trasero de la casa. A mediodía se paseaba entre los arriates, en pijama, con el pelo sucio y revuelto. Para entonces se le iba la cabeza. No se acordaba de dónde había estado. Todas las imágenes e impresiones y los países y continentes que había visitado se borraron. Lo que no se recuerda no ocurrió jamás. Por lo que a él respectaba, nunca había viajado más allá de los límites del jardín. Irascible y mezquino gran parte de su vida, ahora era casi siempre dócil, aunque todavía capaz de mostrar una ira irracional. De qué estás hablando, me gritó en cierta ocasión, nunca he estado en Perú, no tengo ni idea de eso, no me vengas con tonterías sobre Perú.

 En el primer relato, El seguidor, un viajero sudafricano sale de un pueblecito rodeado de olivos. Digamos que estamos en Micenas, Grecia, y que camina en solitario por un sendero en busca de unas antiguas ruinas. También que en un momento dado se cruza con un turista alemán con el que entabla una conversación.

La puerta de los leones en Micenas
Fotografía: Andreas Trepte (Wikipedia)

Han entablado esta conversación con una extraña formalidad, separados por la anchura del camino; sin embargo, hay algo en la forma en que se relacionan que, si bien no del todo íntimo, sí es familiar. Como si se hubiesen conocido ya en alguna parte, hace tiempo. Pero no es así.

 Luego se despiden y cada uno prosigue el paso en direcciones opuestas. A la noche, volverán a encontrarse en el albergue juvenil, pues el alemán ha perdido su tren a Atenas. No hay visitantes en esa época del año y los cuartos llenos de literas están sin ocupar. El teutón se llama Reiner y el sudafricano, como ya hemos anotado antes, Damon.

 Damon Galgut nos apunta de manera sutil el marco temporal de la historia: es el año 1990, el de la guerra del Golfo.

Va a Esparta, va a Pilos. A los pocos días de marcharse de Micenas, al cruzar la plaza de una ciudad ve imágenes de bombas e incendios en el televisor de un café. Se acerca más. Qué pasa, pregunta a algunas de las personas que están sentadas viendo el programa. Alguien que habla inglés le dice que se trata de la guerra del Golfo. Todo el mundo la esperaba y ahora está ocurriendo, está ocurriendo en dos sitios a la vez, en otro punto del planeta y en la pantalla del televisor.

 Reiner alarga su estancia en Micenas una jornada más, para compartirla con Damon, y al día siguiente sus trenes salen en direcciones opuestas con apenas unos minutos de diferencia.

 Damon se marcha de Grecia dos semanas después y vaga de un país para otro durante un año y medio. Después regresa a Sudáfrica, donde se encuentra todo, incluso el gobierno, cambiado. Al buzón le ha llegado una carta de Reiner, con el que empieza a escribirse. Y dos años después de aquel encuentro en Micenas, Reiner visita a su amigo para volver a encontrarse. Juntos decidirán hacer un nuevo viaje.

Ahora que Reiner está aquí, saca el atlas y los dos, ansiosos, lo estudian con detenimiento. Buscan un país con muchos espacios abiertos y pocas ciudades. En el tiempo que han dedicado a hablar del viaje se han puesto de acuerdo en el tipo de condiciones ideales para ellos. A ninguno de los dos les interesan las multitudes ni las carreteras concurridas ni las zonas urbanizadas. Así que está Botsuana. Está Namibia. Está Zimbabue.
Y cuál es este país de aquí.
Lesoto.
Qué sabes de él.
No sabe mucho, nunca ha estado allí, ni él ni sus amigos. Sabe que es montañoso y muy pobre y que Sudáfrica lo rodea por completo, pero aparte de eso, Lesoto es para él un misterio. Los dos se quedan sentados mirándolo.
A lo mejor deberíamos ir.
A lo mejor sí.
Quizás no utilicen estas palabras, pero la decisión es así de irreflexiva y a la ligera, en un momento dado no saben a dónde van a ir, al siguiente se van a Lesoto.

 Damon se sorprende despidiéndose de su familia y amistades con una pizca de desasosiego, como si no fuese a regresar. Quizá sea el presentimiento de que Lesoto, con sus montañas, sus senderos y su salvaje naturaleza les revelará lo distintos que son y pondrá a prueba algo más que la amistad que hay entre ellos.

Cataratas Maletsunyane, cerca de Semonkon (Lesoto)
Fotografía: BagelBelt

***

 En el segundo relato, El amante, volvemos a viajar con Damon. Esta vez a Zimbabue.

Ha llegado aquí sin un motivo ni una intención en concreto. Llevado por un impulso decide marcharse una mañana, compra un billete por la tarde, sube al autobús esa noche. Tiene en mente viajar dos semanas y luego regresar.
Qué busca, él mismo no lo sabe. A estas alturas, sus pensamientos se me escapan, aún así, puedo explicarlo mejor a él que a mi propio yo de ahora, lo llevo enterrado bajo mi piel. Su vida carece de peso y de centro, por eso siente que puede salir volando en cualquier momento. Todavía no se ha construido un hogar. Sus nuevas pertenencias vuelven a estar almacenadas y él se ha pasado meses en ese antiguo estado suyo, yendo de acá para allá, de un cuarto de invitados a otro. Empieza a dar la sensación de que nunca ha vivido de otro modo y que jamás echará raíces. Algo en él ha cambiado, parece incapaz de conectar adecuadamente con el mundo. No siente que se deba a un fracaso del mundo, sino a un colosal defecto suyo, le gustaría cambiarlo pero no sabe cómo. En sus momentos más lúcidos piensa que ha perdido la capacidad de amar a las personas, los lugares o las cosas, sobre todo a la persona, el lugar y la cosa que es él. Sin amor nada tiene valor, nada puede tener mucha importancia.
En ese estado, viajar no es una celebración sino una especie de duelo, un modo de disiparse. Va de un lugar a otro, impulsado no por la curiosidad sino por la aburrida angustia de quedarse quieto.

 Visita Harare, Bulawayo y las cataratas Victoria. Se aloja en un camping, cerca del impresionante salto de agua, donde conocerá a un grupo de mochileros prestos a partir hacia Malaui cruzando Zambia.

Cataratas Victoria
Fotografía: Diego Delso

 Parecen haberse juntado por azar, para sobrellevar mejor los peligros del viaje. Entre ellos está una corpulenta irlandesa con la que ha hecho rafting dos días atrás. A la pregunta «¿Quieres venir con nosotros?», le sucede una afirmación y una frase para subrayar:

Todo viaje de verdad empieza en un momento determinado. A veces, es cuando sales de casa, otras, cuando ya estás muy lejos de ella.

 Toman un tren a Lusaka, capital de Zambia, y luego viajan en autobús hasta la frontera de Malaui. Pasan unos días en su capital, Lilongüe, y luego en las orillas del lago Malaui, «esa extensión de agua que cubre casi la mitad de la longitud del país».

Orillas del lago Malaui. Fotografía: J. Lindsay (Lonely Planet)

 En la playa de Cabo Maclear hay una comunidad de hippies extranjeros varados por el cannabis fermentado y la paz que irradia el lugar y los lugareños. «Nadar, dormir, fumar» es el mantra de los que allí recalan.

 Unos días después, Damon coge un barco para bañarse también en Nkhata Bay, otro borde del lago, donde un trío misterioso –Jerone, Alice y Christian–, con el que ha ido entrelazándose en su viaje le propone acompañarlos hasta Tanzania. En este caso Jerone será el anhelo de Damon, tal como lo fue Reiner en el primer relato.

Hummm, dice, sí, creo que iré con vosotros. Os acompañaré hasta la frontera y veremos si me dejan pasar.

 Viajan los cuatro juntos en autobús a Karonga, en el norte de Malaui, y al día siguiente se disponen a cruzar la frontera con Tanzania.

Siempre ha tenido terror a cruzar fronteras, no le gusta abandonar lo conocido y seguro por el subsiguiente espacio en blanco donde puede ocurrir cualquier cosa.
***
Solo ahora se pone a considerar seriamente lo que podría ocurrir. Aunque dijo con displicencia que ya vería si lo dejaban entrar, en realidad no se le pasó por la cabeza que fueran a impedírselo. Pero ahora, a medida que se aproximan al grupito de cobertizos, con la barrera al fondo atravesada en la carretera, nota en las palmas de las manos el picor de una débil premonición, quizás la cosa no salga como él espera.

 Uno nunca sabe lo que nos aguarda el destino, así que no podemos dejar de leer barruntando qué le/les ocurrirá en las siguientes páginas.

 Por cierto, que aquí Damon Galgut también nos apunta un dato para que podamos encuadrar en el tiempo el relato: «Al cabo de un par de horas de viaje se enteran de que Tanzania celebrará sus primeras elecciones multipartidistas dos días después». Es decir que, si Wikipedia no se equivoca, podemos fijar el texto en 1995.

***

 En el tercer relato, El guardián, Damon ha invitado a una amiga a viajar con él a la India. Se alojan al sur de Goa en una pequeña aldea de pescadores a veinte minutos de Margao, junto a la playa, donde Damon piensa que Anna, que está en tratamiento psiquiátrico para regular sus estados de ánimo, podrá recuperar el equilibrio.

A Anna y a él los une una buena amistad, es como una hermana, alguien a quien quiere y que lo hace reír. Alguien a quien desea proteger. Es así, en calidad de guardián, como la acompaña ahora.

 Desde allí exploran la zona: Cochín, Kerala, Vakala, Madurai, Bangalore, Hampi... hasta que la fatalidad, para desesperación de Damon, hace acto de presencia.

Templo de Meenakshi Amman, en Madurai (India)
Fotografía: Poras Chaudhary, The New York Times

Se dirigen a Madurai, donde hay un templo maravilloso que imagina que a ella le gustaría fotografiar. él ya lo ha visitado, como sucede con todos los demás hitos del viaje; ha planeado este recorrido solo para ella, quiere hacerle pasar un rato agradable y distraerla de sí misma.

 Este último relato desemboca, a modo de epílogo, en Marruecos. En Agadir, donde Damon se ve a sí mismo recoger una piedrecita del suelo, metérsela en el bolsillo y caminar hacia una puerta. Tras ella le aguardan, nos aguardan, nuevos viajes, en los que el azar y el destino, una vez más, vendrán a trastocar nuestros planes o intenciones.

En una habitación ajena, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

 Galgut nos dice en una de sus páginas que una parte importante de los viajes consiste solo en esperar –en salas de embarque en los aeropuertos, estaciones de autobús, bordillos de acera solitarios en medio del calor–, «con el hastío y la depresión que eso conlleva»; sin embargo, ahí discrepo con él. A mi nunca me pesan esas esperas, pues siempre llevo algunos libros conmigo: cuadernos de viajes, ensayos, relatos o novelas que se desarrollen en el país que visito y algún clásico que me transporte con garantías a otra época y lugar. Con ellos, se lo aseguro, no les pesará la espera. Para empezar, prueben a viajar con el libro de Galgut si van a Micenas, al sureste de África o la India.

Un viaje es un gesto inscrito en el espacio, desaparece nada más realizarse. Vas de un lugar a otro, y de ahí de nuevo a otra parte, y detrás de ti no queda rastro de que alguna vez estuviste allí. Los caminos que recorriste ayer ahora están llenos de gente distinta que no sabe quién eres. Un desconocido yace en la cama del cuarto en el que dormiste anoche. El polvo cubre tus huellas, limpian las marcas de tus dedos en la puerta, recogen del suelo y de la mesa los fragmentos de las pruebas que se te hayan podido caer, los tiran a la basura y no vuelven nunca más. El aire mismo se cierra a tu espalda y poco después, tu presencia, que parecía tan pesada y permanente, ha desaparecido por completo. Las cosas solo ocurren una vez y nunca se repiten, nunca vuelven. Salvo en el recuerdo.
En una habitación ajena, Damon Galgut

 Viajen, lean y no dejen de asomarse de cuando en cuando por aquí.

jueves, 2 de enero de 2025

15 LIBROS PARA REGALAR EN REYES


Que no falten libros junto al roscón de Reyes
Fotografía: Pedro Delgado

El día de Reyes está a la vuelta de la esquina, y algunos todavía no saben qué van a regalar. Por si les sirve de ayuda, quiero compartir con ustedes algunos de los últimos libros que he reseñado, así como mis peticiones literarias para este año que recién comenzó. Espero que Gaspar, Melchor y Baltasar sean benévolos con nuestras faltas y nos colmen de regalos.

Cuando el viento sopla

lunes, 1 de enero de 2024

10 LIBROS PARA REGALAR EN REYES A LOS MÁS VIAJEROS DE LA CASA


Libros para regalar en Reyes a los más viajeros de la casa
Fotografía: Lucía Rodíguez

El día de Nochebuena revisionamos en familia ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, una de las películas más emotivas que se pueden ver en Navidades. En este drama con final feliz, del año 1946, su protagonista, George Bailey, interpretado por James Stewart, dice unas palabras preciosas que todo viajero compartirá.

Los 3 sonidos más excitantes del mundo

 Y a las que yo añadiría el crepitar de los troncos en la chimenea cuando tenemos un buen libro de viajes entre las manos.

 Aquí tienen diez títulos para regalar estos Reyes a los amantes de los viajes y la aventura. El inicio de cada uno de ellos será tan excitante como el nuevo año que recién comenzamos. Hay ensayos, novelas, relatos, diarios y cómics.

los-diarios-del-opio

homo-viator

viaje-a-un-mundo-olvidado

gourrama

gilgamesh

el-gran-libro-de-los-pajaros

tomahawk

un-ano-en-nueva-york

las-hijas-de-la-niebla

libre

 Este año, como novedad, también les voy a sugerir un destino: Albania. De ahí que añada a estas recomendaciones una guía de viajes, la de Lonely Planet.

Albania, Lonely Planet

 Un país que les recomiendo encarecidamente, y una guía que ya me hubiese gustado tener en el bolsillo cuando lo recorrí en el verano de 2017.

Camino del monte Korab (Dibër, Albania)
Fotografía: Pedro Delgado

 ¡Que los vientos les sean favorables en este 2024!

sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
***
Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
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Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».