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martes, 1 de julio de 2025

'SIRÂT', QUE NO SE LA JODAN


Cartel de la película Sirât, del director Oliver Laxe

Fui a ver Sirât al cine Albéniz de Málaga el día 14 de junio, al iniciar su segunda semana en cartelera –ya va por la cuarta–, con la garantía que me dan los nombres de Oliver Laxe y Santiago Fillol, director y guionistas de un film que unos días antes había promocionado con gracia su actor principal, Sergi López, en La Revuelta. Y atraído también por el plus de saber que la trama se desarrollaba en Marruecos –aunque algunas escenas estén rodadas en Teruel–.

  Me senté en la sala sabiendo la sinopsis de la película: «Un hombre y su hijo pequeño llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí deciden seguir a un grupo de raveros en la búsqueda de una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida». También sabía, porque lo había dicho Sergi López en la televisión, que ocurriría algo a mitad de metraje que cambiaría la película por completo.

 Así que, durante la primera parte, sumido en la oscuridad del cine, me dejé llevar por la rave que Oliver nos había preparado, hipnotizado por el baile y la música del francés David Letellier –conocido como Kangding Ray–, figurándome en el lugar de ese padre desesperado y desvalido al que acompaña su hijo y su perra, conduciendo su furgoneta, a pesar de no tener yo carnet, por pistas de arena y de montaña, en ese road movie por rutas escasamente transitadas. Porque Sirât es un viajazo, físico y psíquico. Una aventura al reverso oscuro de la vida, una cita con la fatalidad que nos reservó el destino. El maktub, lo que está escrito y no se puede cambiar.

Padre e hijo, interpretados por Sergi López y Bruno Núñez
Fotografía: BTean Pictures

 Llegados a este punto, les diré que, si aún no la han visto, corran a verla antes de que alguien se la joda. Por que hay dos momentos en la película en los que Oliver Laxe nos conmociona, nos coge por las solapas, nos sacude y nos noquea. Si algún amigo les desveló esos momentos, no es un amigo. Táchenlo de la lista, porque le habrán matado la película y le habrán privado de dos de los momentos más sorprendentes y estremecedores del cine de los últimos años. No diré más, salvo que Sirât significa en árabe camino o sendero, y hace referencia al puente que se debe cruzar el Día de la Resurrección para llegar al Paraíso. Un puente sobre el infierno, más delgado que un cabello y más afilado que una espada.

 Salí del Albéniz como se sale de algunas novelas o relatos de Paul Bowles, turbado, y durante el trayecto en moto a casa no dejé de lamentar que no se me hubiera ocurrido a mí escribir esa historia antes. Seguramente, Paul Bowles habría pensado lo mismo.

 Os dejo aquí el trailer y, para los que ya hayáis visto la película, un par de vídeos en los que Oliver Laxe analiza algunas escenas del film y donde Oliver y Sergi López son entrevistados por la cadena Ser tras obtener el Premio del Jurado en el pasado festival de Cine de Cannes.




 ¡Véanla en pantalla grande! No se van a arrepentir. Y cuando salgan, no se la vayan a joder a nadie.

sábado, 17 de agosto de 2024

MARCHAR O MORIR: A VUELTAS CON LA LEGIÓN EXTRANJERA


Marchar o morir, de Dick Richards*
Fotografía: Pedro Delgado

Al comienzo de la I GM la Legión Extranjera Francesa dejó sus acuartelamientos en Marruecos y se unió a los ejércitos aliados para combatir y derrotar a los alemanes en los campos de batalla de Europa.

 Su valentía los convirtió en los soldados más condecorados de Francia en aquella Gran Guerra. Después del armisticio, los legionarios supervivientes regresaron a París el 14 de noviembre de 1918.

Marchar o morir, de Dick Richards (1977)
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Con la llegada de las tropas a la estación de tren de París arranca Marchar o morir, del director Dick Richards. Allí, bajo la pancarta «Vive la France!», los aguardan con expectación familiares, seres queridos y curiosos, que entonaran la Marsellesa cuando los legionarios abandonen en formación la gare.

Afiche de la película Marchar o morir, de Dick Richards
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 A los alemanes capturados que llegan escoltados en el tren se les pide que se enrolen en la Legión Extranjera. Y junto a ellos se encuentra Marco, el «Gitano», un ladrón de joyas famoso en toda la ribera al que también propondrán alistarse. Lo interpreta Terence Hill, con su cara y sus ademanes de pillo astuto, pero al que desgraciadamente uno no puede disociar de sus anteriores películas con Bud Spencer (Le llamaban Trinidad y un largo etcétera de películas de mamporros), lo que, en cierta manera, lastra Marchar o morir; aunque no por ello deje de ser una entretenida película de aventuras, cuyo título hace honor al lema: «En la Legión hay que marchar o morir».

Terence Hill y Gene Hackman en Marchar o morir
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Poco después, aparece en la pantalla del televisor la portada del France-Soir con el titular: «Los árabes atacan en Marruecos. Una compañía de la Legión aniquilada». Junto a él, una noticia que tendrá un protagonismo destacado en la película: «Two curators missing from archaeological site at Erfoud».

 El mayor William Sherman Foster (Gene Hackman) es un estadounidense que sirvió doce años en Marruecos en la Legión Extranjera, y al que le ha dejado marca la guerra de trincheras en Europa. Pronto, y a su pesar, lo enviarán de nuevo a Marruecos, en compañía de François Marneau (Max Von Sydow), del departamento Norteafricano del Louvre, quien pretende hallar el tesoro de Erfoud, una ciudad que quedó cubierta por las arenas del desierto hace casi 3.000 años y donde está enterrada la Juana de Arco bereber, a la que aún llaman el Ángel del desierto.

El actor Max Von Sydow como François Marneau
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 «Según la leyenda, enterrada con ella hay una incalculable fortuna en oro y joyas que vale indudablemente mucho más de lo que Francia ha gastado para ganar la guerra», dice el arqueólogo pensando en la cámara de la tumba, a lo que el ministro de turno responde: «Creo que podemos arriesgar unos cuantos legionarios en beneficio de Francia. Al fin y al cabo, casi todos son extranjeros». Solo le faltó decir: al fin y al cabo, todos están muertos, se alistaron para morir.

 El mayor Foster, que prometió a su viejo amigo Abd el-Krim (Ian Holm) que no reanudarían las excavaciones, conoce bien el peligro de la misión –sabe que el líder bereber pretende unir a todas las tribus de Marruecos contra los franceses–, pero las órdenes no se discuten, así que no le queda otra que viajar con él en barco y en tren al cuartel general de la Legión Extranjera Francesa en Bousaada, Marruecos.

 Durante la cena en el barco, acompañados a la mesa por madame Picar (Catherine Deneuve) y el capitán del barco, la tensión es notoria:

Escena de la cena en el barco (Marchar o morir)
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

Capitán del barco: –Un americano en la Legión Extranjera Francesa, ¿eh...?
Mayor Foster: –Sí. Por eso lo llaman Legión Extranjera, capitán.
François Marneau: –El mayor Foster es un héroe de guerra, capitán.
Mayor Foster: En una guerra no hay héroes, tan solo supervivientes.
Sr. Molar: Mayor, no debe ser modesto con nosotros.
Mayor Foster: –¿Modesto? Salí al frente de 8.000 hombres, volví con 200. Creo que me he ganado mi modestia.
[...]
Capitán del barco: –¿Van ustedes a hacer excavaciones en Marruecos, ¿no es así?
François Marneau: –Sí.
Mayor Foster: –A robar tumbas en realidad. Así se le llama a eso en mi tierra. Ambos trabajamos en eso de las tumbas, ¿no? Usted las deja vacías y yo las lleno.
François Marneau: –Lo que usted llama robar tumbas, mayor, es la búsqueda de nuestra herencia clásica, los secretos de nuestros antepasados.
Mayor Foster: –A mí me interesan mucho más los vivos que los muertos.
François Marneau: –La vida es cosa fácil de crear, no les parece. Cualquier campesina árabe puede hacerlo. Pero crear una obra de arte que enriquezca la vida, eso ya es difícil.
Mayor Foster: –Una suposición interesante. Me gustaría verle a usted explicar eso a las viudas de mi batallón.

 De Catherine Deneuve, o mejor dicho de Simone Picard, se enamorarán en la película Marco Segrain (Terence Hill) y el Mayor William Sherman Foster (Gene Hackman). Fuera de ella, supongo que se enamoraría todo el personal, pues la belleza y el magnetismo de la actriz saltan a la vista.

Catherine Deneuve con Hackman y Hill en Marchar o morir
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

Catherine Deneuve como Madame Picard en Marchar o morir
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Tampoco faltan en la película las escenas de fraternidad, las largas marchas por las dunas, los castigos militares y las cargas de beduinos, rifeños y bereberes.

Marchar o morir, película de 1977 dirigida por Dick Richards
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

Marchar o morir, escena del castigo físico
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

Marchar o morir, escena ataque
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

Marchar o morir, escena asalto árabe
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Pero es en el trayecto en tren donde se desarrolla la escena que más me gusta de la película, cuando Abd el-Krim detiene el convoy para saludar al mayor Foster. Me parece memorable.

Ian Holm en el papel de Abd el-Krim en Marchar o morir
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Aquí les copio un par de líneas del diálogo, pero merece la pena ver la escena completa.

Mayor Foster: –Tengo órdenes de seguir las excavaciones en Erfoud.
Abd el-Krim: –Y yo tengo órdenes de alguien superior para impedírtelo. De Alá. Me maravillo ante la audacia de los franceses. Todavía creen que tienen derecho a repartirse las tierras de otros pueblos. Puedes venir con 10.000 trenes cargados de legionarios. No conseguirás llevarte nada de nuestra tierra. El desierto te da la bienvenida, Foster.

 En esta película de 1977, dirigida por Dick Richards, hay acción, aventuras y exotismo a raudales, en unas escenas rodadas a caballo entre España y Marruecos.

Catherine Deneuve y Gene Hackman en un zoco marroquí
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 Del casting en Marruecos se encargó el mítico Larbi Yacoubi, actor y diseñador de vestuario (diseñó el vestuario, entre otras, de la película Lawrence de Arabia, de David Lean) que falleció en Tánger en 2016 a los 86 años de edad.

Larbi Yacoubi
Fotografía: tanger.madeinmedina.com

 En España el diseño de producción corrió a cargo de Gil Parrondo, fallecido el mismo año que Yacoubi. Como él, también intervino en Lawrence de Arabia, amén de en un sinfín de títulos, entre los que se encuentran Espartaco (1960) y Doctor Zhivago (1965).

Gil Parrondo con sus dos premios Óscar
Fotografía: MUBI

Boceto dormitorio de tropa. Gil Parrondo para Marchar o morir
Fotografía: La magia de lo efímero (Gil Parrondo)

 Las escenas patrias se rodaron en Almería, concretamente en el desierto de Tabernas, donde se reutilizaron los decorados de la película El Cóndor, convirtiendo la fortaleza mexicana de aquel spaghetti western en el fortín de la Legión Extranjera (también se utilizaría para otras películas, como Conan el Bárbaro (1982)), un espacio que debería de rehabilitarse y ponerse en valor y que seguro atraería al turista cinematográfico.

Fuerte de la Legión Extranjera en Marchar o morir (Almería)
Fotografía: cartelescine.wordpress.com

 No sé qué recuerdos tendrá el bueno de Dick Richards de aquel rodaje a ambos lados del estrecho de Gibraltar, pero me gustaría preguntarle. Richards nació en el 36, como mi padre, así que a sus 88 años, seguro que tiene mucho que contarnos. Lástima que Nueva York quede tan lejos.

El director, guionista y productor de cine Dick Richards
Fotografía: wikipedia

 Y nada más de momento, porque no sé si sabrán que este año, en octubre, se cumple el centenario de la publicación en Reino Unido de Beau Geste, de P. C. Wren. Vi de pequeño la adaptación que hicieron al cine, la que protagonizó Gary Cooper, pero nunca leí la novela, así que igual ya le va llegando su momento. También de volver a visionar la película. Si es así, ustedes serán los primeros en saberlo.

Gary Cooper en Beau Geste, de W. A. Welman
Fotografía: IMDb

Nota: Probablemente vi Marchar o morir en las salas del desaparecido Cine París, en la Cruz de Humilladero, donde tantas y tantas películas vi de crío con mi padre y mis hermanos. A los dueños y empleados de aquel cine familiar quiero dedicar esta entrada. No saben cuánto me acuerdo de ellos y el dolor que me da ver sus instalaciones ocupadas por un Aldi (y antes por un bingo).

Cine París, en la Cruz de Humilladero
Inauguración: 22-12-1962. Cierre: 11-1-1981
Fotografía: Propiedad de Benapapel

*El DVD de Marchar o morir sobre un recortable Pro Patria, Editions Bouquet. Como me apunta mi amigo, el profesor de historia Miguel Ángel Ferrer, esta serie de recortables empezó a comercializarse en 1915 para recaudar fondos para la guerra y mantener el espíritu patriótico. La editorial seguirá publicando hasta los años cincuenta. Tienen la peculiaridad de estar impresos por las dos caras.

Otras entradas sobre la Legión Extranjera Francesa:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2024/05/gourrama-una-novela-de-la-legion.html

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2024/06/el-hombre-de-la-legion-de-dino-battaglia.html

lunes, 1 de julio de 2024

TODO ACABA EN MARCELA: LA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE


Todo acaba en Marcela, de Sergio Barce
Coleccion Criminal de Ediciones Traspiés
Fotografía: Lucía Rodríguez

Alguien me dijo que el 'thriller' criminal y la novela negra están de moda, y yo le repliqué que llevan de moda muchos años pero que quizás esa manera de narrar que vemos en las series y en el cine había terminado frivolizando la violencia, convirtiéndola en algo entretenido. Sin embargo, la nueva novela de Sergio Barce, Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés, 2024), nos produce el efecto contrario, ya que desde las primeras páginas transmite a la perfección el horror y la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.

 Estaba sentado al volante de la Kangoo. Llevaba poco tiempo ahí, pero la cabeza era un torbellino que no cesaba de machacarlo. No sabía qué hacer con su madre, que iba perdiendo la memoria poco a poco, que no quería ingresar en ningún centro y que se empeñaba en continuar viviendo sola, pero sí lo que iba a hacer con Marcela. Solo pensar en ella lo dejaba más noqueado que los golpes de Puma Negro. Junto a Marcela creyó que acabaría siendo otro hombre, lo deseó con vehemencia, con la única pretensión de hacerla feliz. Con el tiempo, todos esos castillos construidos en el aire se fueron desmoronando poco a poco, porque Teo huele a carburante y el mal olor acaba por aparecer cuando tratamos de disimularlo con perfumes baratos. Y ahí estaba ahora, atormentándose con la premeditación de un suicida, sujetando el volante como para evitar que su cuerpo escapara de la furgoneta.
 Tomó aire varias veces tratando de calmarse, pero acabó por abrir la guantera y sacó una gorra del Unicaja. Se la guardó en un bolsillo, saliendo del vehículo, y luego se palpó el martillo que llevaba en la muslera del mono, mirando a un lado y a otro varias veces antes de dirigirse al portal de Marcela. Lo único que quería era quitarse de encima ese zumbido que lo martirizaba. A cada paso notaba un nuevo bombeo de ansiedad, un subidón de la polla a las sienes, de los cojones a las neuronas, como recargando las pilas de su lado oscuro. Respiraba con dificultad notando los pulmones henchidos de rabia. Y, mientras subía las escaleras, continuaba pensando, enfermizamente. Hubiera querido arrancarse la cabeza y arrojarla lejos para no escuchar esa voz que barrenaba y barrenaba. Hacía ya años desde que ella lo abandonara, pero desde aquel mismo instante se instaló la sospecha, esa lujuriosa mancha capaz de hacer cambiar de piel a cualquiera, igual que un tumor maligno que no se manifiesta en años, creciendo en silencio, asentando sus raíces en cada célula hasta que decide asomar la cabeza cuando ya nada ni nadie puede extirparlo. Siempre dudando de si ella no le habría puesto los cuernos antes de cortar. Imaginar ser un cabrón no entraba en sus diez mandamientos. Él, que solo pensaba en ella mientras Marcela tal vez pensaba en otro hombre al que quizá se lo tiraba mientras él estaba de grasa hasta las cejas. Ese resentimiento anquilosado en su cerebro. Hasta hoy.

 Antes que nada, debo reconocer que no soy fan del género policíaco o de la novela negra, es decir que, con la salvedad de algunos títulos clásicos, no suelo leer ni ver series o películas de este tipo. Sin embargo, la amistad que me une a Sergio y el saber las horas y el trabajo que hay detrás de cada novela, me hizo querer leerla de inmediato, más después de asistir a su presentación en El Tercer Piso de Proteo.

 Imagino lo difícil que habrá sido para Sergio meterse durante tantos meses en la piel de un psicópata tan peligroso como Teo. Convivir con él a diario, por la mañana, por la tarde y por la noche; pues cuando uno escribe una novela, los personajes te acompañan las veinticuatro horas del día.

 El protagonista de Todo acaba en Marcela es uno de esos hijos de puta que muchos años después de separarse de su pareja, envenenado por el resentimiento, decide acabar con ella cuando rehace su vida con otro hombre. A pesar de tener una orden de alejamiento, Teo mata a Marcela a martillazos nada más iniciarse la novela, en una escena que nos da mal cuerpo y nos revuelve el estómago. Y a partir de ahí, ese otro hombre, el inspector Iván Sotogrande, aquel con el que Marcela pensaba casarse, se pasará el resto de páginas buscando como un espectro –como ese «muerto en vida en el que se ha transformado en apenas veinticuatro horas»– a Teo para vengarse; aunque para ello tenga casi al final que cruzar el Estrecho y perseguirlo por Marruecos.

Ya tiene la información que necesitaba, la confirmación de lo que ya sospechaba. Teo el Bizco camino de Marruecos, como si cruzar el estrecho pudiera ponerlo a salvo de la ira divina. Entonces Iván deja al inspector Sotogrande con sus cavilaciones y se incorpora con una sola idea en la cabeza, una idea que no compartirá con nadie en el mundo, como si fuese el mayor de los pecados. Es el mayor de los pecados.

 Supongo que ante el arranque de esta novela habrá dos clases de reacciones o de lectores: los que cierren el libro asqueados tras la escena inicial, por la crudeza y porque presientan que el relato se centra en el asesino, y los que decidan continuar la lectura y comprobar que el autor tiene con la víctima la mayor de las empatías, que describe el drama humano de muchas mujeres y desdibuja los límites de la novela negra con otros géneros como el wéstern, cuando los protagonistas llegan a la destartalada población de Khemis Sahel, el thriller se torna rural y asistimos a ese duelo final en el granero, en unas páginas que resultan lisérgicas y de lo más cinematográficas (por favor, que nadie les desvele nada del final porque les destrozaría la experiencia).

 Desde aquí, los animo a atreverse y enfrentarse a la lectura. Si lo hacen, sentirán incomodidad en algunos momentos, pero esta se verá ampliamente recompensada conforme pasen las páginas.

 Es un cliché que los asesinos tengan cara de asesinos, pero un tópico siempre encierra algo de verdad, y en este caso, Teo es un tipo del que nos alejaríamos nada más verlo. Psicópata, narcisista, violento y mal encarado, regenta un taller de coches en Málaga, donde se desarrolla la mayor parte de la novela. También hay lugares comunes, igualmente no por ello menos veraces, en algunos de los comisarios, subinspectores e inspectores de la comisaría provincial, que tratan de dar con Teo antes que Iván para evitar el desastre. Pero todos los personajes son sólidos y coherentes. De entre ellos destacaría a Kaspárov, que se mueve como un viejo de  noventa años, y a Sadik Oubali, ese comisario tangerino que espero rescate Sergio para otras novelas.

 Los tres se miraban. Los matones esbozando sonrisas que no tenían ninguna gracia. Te llamas Kaspárov, repitió ahora el otro, el que no se había movido de la silla. Su pronunciación era más que aceptable. Sí, así me llaman, le respondió mirándole las manos. Eran llamativas, grandes, con un anillo en cada dedo. Diez anillos de oro como si fuesen dos puños de hierro dorados. Pero no eres ruso, añadió con una pizca de ironía. Soy del Llano de la Trinidad, le soltó levantando los ojos, preguntándose si esos dos serían los que le habían partido las piernas a la Tani y los que se la iban a partir a él.
***
(...) Alguien le ofrece un taxi en perfecto castellano, pero no le presta atención. Iván busca por encima de las cabezas de los que le rodean y entonces lo ve, y se dirige a su encuentro sorteando a los viajeros, a los maleteros, a los guías. Sadik se quita las gafas de sol al descubrir a Iván avanzar a su encuentro. Hola, Sadik. Y Sadik, le responde hola, jay. Assalam' aleikum. Se besan. Lo siento, añade. Y luego se abrazan. A Sadik se le saltan las lágrimas, pero Iván no se inmuta.
 Tengo el coche aquí al lado, le dice al separarse de él. Lo sigue un paso más atrás, fijándose en la figura de Sadik Oubali, sus hombros caídos, su andar desgarbado. Viste un traje gris y camisa blanca sin corbata. Saluda a un gendarme que se cuadra llevándose una mano a la visera de la gorra. Sadik es un hombre de unos cuarenta y pocos años, de cabello rizado y negro, con un bigote a lo Clark Gable, pasado de moda, y pómulos marcados. Aparenta un equilibrio que Iván sabe que es real. (...) ¿Cuánto hace que no nos vemos?, le pregunta. Unos cinco años, más o menos. Iván apenas hace el cálculo y lo dice al azar. Sadik menea la cabeza de un lado a otro. Diez años.  Ya han pasado diez años. Al principio no es capaz de asimilarlo, pero luego se da cuenta de lo rápido que ha transcurrido el tiempo. Joder, masculla Iván. Y Sadik suelta una carcajada deslucida.

 Iván Sotogrande y Sadik Oubali, que trabajaron en otro tiempo codo con codo, como Starsky y Hutch.

Juguete de Starsky & Hutch de la marca española Guisval
Lo tuve, y me duele decirlo en pasado

 Con ese Starsky malagueño –que el de arriba tenga a David Soul en su gloria después de abandonarnos el 4 de enero de este año– dejaremos Málaga para coger el barco y desembarcar en Tánger en la página 162. Nos aguarda Tánger y Khemis Sahel, sobre la que descargan los cielos su ira.

(...) Las calles se embarraron en apenas unos minutos, y vio que por algunas callejuelas ya corría el agua en pequeños arroyos descontrolados que aumentaban de caudal. Solo se oía el desplome del cielo, el llanto de los dioses que dejaban caer sus lágrimas de desaliento y desilusión. (...) Sonó un trueno, y la casa de los Sbiti pareció quebrarse igual que un árbol al que comenzaran a talar a hachazos. Maldito puñetero pueblo de mierda, farfulló antes de salir de nuevo. En cuanto abrió la puerta, vio a la familia corriendo de un lado a otro. Descubrió de refilón a Dris incorporarse de la seyada en la que rezaba, y a Qodsya y a su hermano Abdelhamid arrastrando unos sacos de arena que su padre les ordenaba apilar en la puerta de entrada. Se acercó para ayudar. El agua tratando de inundar la casa y ellos preparando las defensas. Dejaron caer cinco sacos más hasta crear una trinchera que Teo dudaba mucho que fuera suficiente para detener el avance de la riada. El agua bajando brava y amenazante llevándose cuanto encontraba a su paso. Miró al techo. El tejado crujía igual que el llanto de un niño. Otro trueno y las paredes temblaron.

 Marruecos es el punto de conexión de este trabajo literario con sus obras anteriores, pero he de decir que estamos ante un nuevo Barce, con una escritura más trabajada y depurada. Aquí las maneras, las formas, el tono y la voz son otras. Ha elevado el listón de exigencia de su narrativa, sobrepasándolo limpiamente para caer en las librerías transmutado en otro escritor.

 Creo que Sergio, gran aficionado al 'noir', tanto literario como cinematográfico, ha encontrado un camino a seguir. El género, como decía mi amigo, está de moda, o, como les decía yo, sigue de moda, con un público muy devoto. Ojalá encamine por ahí sus siguientes proyectos. No apearse de esta voz narrativa, y pelear porque Todo acaba en Marcela termine en una pantalla de cine o de televisión. Y que, insha'Allah, ustedes y yo lo veamos.

lunes, 23 de octubre de 2023

EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS


Dedicatoria de Sergio Barce en mi ejemplar de El mirador de los perezosos
Fotografía: Pedro Delgado

Estaba oscuro todavía cuando el escritor salió de Málaga. Condujo en dirección a Tarifa con la música de Rachid Taha. No había tráfico a partir de Marbella, y no cambió de CD hasta ver en el horizonte los molinos de viento, ese ejército de aerogeneradores que aprovecha el elemento que distingue a la ciudad. Ahora sonaba Ennio Morricone, y ya estaba clareando.

 El tráfico volvió a hacerse denso cerca del puerto, y al llegar a la altura del castillo califal un operario le hizo señas para que se pusiera en la cola de embarque. Quitó la música, apagó la calefacción y bajó la ventanilla del coche. Entró el aire frío, pero al escritor, que tenía la chaqueta puesta, pareció no importarle. Durante un rato contempló a su izquierda los muros de la fortaleza, gruesos e imponentes. A esa hora todavía no asomaba nadie por detrás de las almenas. Un tipo uniformado recorría la larga fila de autos revisando los billetes. El escritor lo vio venir y buscó su pasaje en el maletín de cuero que llevaba. Cuando el hombre llegó, observó su billete, pero ellos apenas se miraron. Sí confrontó su mirada con el policía al pasar la aduana. El agente de la cabina pareció reconocerlo y lo saludó sin pedirle que le mostrase el pasaporte. El buque ya estaba amarrado, y en cuanto abrieron la puerta de embarque, los conductores encendieron sus motores y, lentamente, empezaron a moverse. Algún capullo hizo sonar su claxon. Los niños del coche de delante del escritor habían salido a juguetear, y la madre los llamó a gritos. La mujer era marroquí, y llevaba una chilaba, arrugada después de quién sabe cuantas horas de viaje. Tenían la baca hasta los topes, y el escritor mantuvo las distancias al arrancar, temeroso de que aquel auto sobrepasase la altura permitida y lo sepultasen todos aquellos bultos. No sucedió así, y entró al buque sin ningún percance. Avanzó por las tripas de la nave y se detuvo donde le indicó otro operario. Luego cerró el coche y subió por unas escaleras hasta uno de los salones. Pisó los pasillos alfombrados y se sentó en una de las butacas, junto a la ventana. Resopló al hacerlo, como si hubiese superado una dura prueba.

 El buque zarpó tras lo que le pareció una corta maniobra, y se levantó para ir a la cafetería. Pagó un café y una napolitana, muchísimo más caros que en tierra. Los productos parecían de máquina, y los consumió a disgusto. Subió a la cubierta, el cielo estaba nublado y al acodarse en la barandilla se ajustó el nudo de la bufanda y se subió el cuello de la chaqueta. Permaneció allí en silencio. El puerto había quedado atrás hacía rato, pero aún se veía un pedazo de la costa, el perfil de Tarifa.

 El mar estaba encrespado y al escritor le dio por pensar en su futura jubilación, en problemas financieros y en él mismo: sus dudas, sus inseguridades. En Málaga se sentía derrotado, frustrado, atado al trabajo, al cansancio de la noche, en Tánger y en Larache era otro hombre. La pose del escritor lo salvaba de la depresión, lo elevaba. Desde el púlpito no se sentía tan viejo, no le importaban las canas ni las dioptrías ni el nacimiento del pelo sobre la frente que retrocedía paulatinamente año tras año, los problemas de columna, la rodilla... Aquel horror por el que debíamos pasar parecía hacerse más liviano al otro lado del estrecho, ante un auditorio que esperaba expectante que les hablara de sus historias y relatos, porque el escritor iba a Tánger a presentar su último libro, El mirador de los perezosos, en el Instituto Cervantes. Tener que vender sus propios libros, porque el distribuidor no trabajaba en Marruecos, no le gustaba, pero presentarlos sí. Hablar de sí mismo y de sus relatos, reencontrarse con los amigos, con Meriem tal vez... La contra estaba en el paso de la aduana, que le encontraran aquella cantidad de libros en la maleta, que le hicieran pagar por introducirlos en el país... El escritor suspiraba por dedicarse exclusivamente a escribir, sin tener que dedicarse a llevar la contabilidad de aquellas horrendas comunidades de vecinos. También suspiraba por tener una editorial de las de toda la vida que se encargase de todo. Escribir y no pensar en nada más. Pero los años iban pasando y su momento no terminaba de llegar. Mientras tanto, elaboraba relatos que saciaban a sus fieles lectores, muchos de ellos nacidos en Larache, donde el escritor se crio. La vuelta a España en 1973, diecisiete años después de la independencia de Marruecos, la marca en la piel, como de nacimiento.

 Harto de tanto mar y de tanto pensar, bajó de nuevo a los salones y se adormeció en uno de los asientos con la vibración del barco. Para cuando abrió los ojos ya estaba llegando a Marruecos. Corrió al mostrador de la policía marroquí para sellar su pasaporte, el agente le afeó la hora y él se disculpó. A través de los altavoces le llegó el aviso de que ya podían bajar a la bodega los pasajeros que viajaban con coche. Se encaminó hacia las escaleras, en la puerta de salida de los que iban a pie ya se aglomeraba la gente esperando para ser los primeros en salir. Desde las ventanillas pudo ver el dibujo de la ciudad, desparramada tras el mar, y el escritor sintió una felicidad inmensa. La sensación de volver a casa.

 Abrió el coche y se sentó sin arrancarlo. Luego dieron la orden de salir, y aquello pareció la carrera de Oklahoma. Al poco, los autos otra vez detenidos en la Aduana para comprobar los papeles de los vehículos. El policía le preguntó si tenía algo que declarar, y él le dijo que no. El agente hizo ademán de pedirle un cigarrillo, y el escritor le dio el paquete entero. «Puedes quedártelo, jay», le dijo al pasárselo, y el policía le respondió con un «shukran» y un ademán con la mano para que siguiera adelante.

 Salió del puerto, condujo sin poner música hasta el hotel Rembrandt y aparcó con dificultad en el parking del establecimiento, maniobrando entre las columnas. En la recepción lo atendieron con familiaridad, y tras unas frases de cortesía dejó su pasaporte sobre el mostrador y le entregaron la llave de la habitación 409.

 Lo que le ocurrió dos días después al escritor en ese cuarto, sólo lo sabrán los que lean Hotel Rembrandt, uno de los diez relatos de El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal, 2022), de Sergio Barce, el escritor al que me refiero en mi narración. Espero que a él no le importe que cambie la frialdad del avión por la calidez del barco, más tratándose del legendario Ibn Batuta.

Un libro que sabe a té verde con hierbabuena y dulces marroquíes
Fotografía: Pedro Delgado


martes, 31 de enero de 2023

PRESENTACIÓN DE "MUNDOS PARALELOS" EN EL TERCER PISO


Presentación de Mundos paralelos, de Rafael Martín

EL TERCER PISO es un ambicioso proyecto de Héctor Márquez para insuflarle vida a la librería Proteo de Málaga después de que esta reabriese sus puertas tras el devastador incendio que sufrió. De manera muy inteligente, y en muy poco tiempo, Héctor está convirtiendo la tercera planta de la librería en un punto de encuentro para todos los que amamos los libros. Un lugar convertido en el salón de nuestra casa (eso es Proteo para muchos de nosotros), donde tener encuentros, charlas, debates, presentaciones de libros y muchas actividades más, en formatos diseñados con sumo gusto por Héctor Márquez.

 Dentro del ciclo Leyendo a la Carrera, que tengo el placer de coordinar, nos encontramos este próximo viernes con Rafael Martín, atleta, viajero, montañero y escritor, autor de Mundos paralelos, una compilación de fotografías tomadas por el autor en sus viajes por distintos lugares del mundo a lo largo del tiempo, a la vez que un libro de relatos, pues cada imagen va acompañada de un texto breve, complemento que convierte la lectura en una experiencia inmersiva; permitiéndonos, entre otras cosas, navegar con él por el Amazonas, recorrer juntos la sabana africana o encordarnos para ascender al Khan Tengri en la cordillera del Tien Shan en Kazajistán.

 Ambos compartimos pasiones y amistad desde hace muchísimos años, de ahí que sea yo el autor del prólogo y la persona que lo presente la tarde del viernes en El Tercer Piso de la librería Proteo.

 Quiero mostrarles aquí uno de los relatos que componen el libro, por si les gusta y se animan a acompañarnos. Y como Marruecos tiene un papel destacado en este blog, he elegido uno centrado en el alto Atlas, esa cordillera por la que tanto anduve y que tanto echo de menos. Lleva por título Renuncia, y la fotografía fue tomada por Rafael en Timichi, Marruecos.

Timichi, Marruecos. Fotografía: Rafael Martín

RENUNCIA

Al despertar me percaté de que el ratoncillo que se coló en la habitación la noche anterior había destrozado la bolsa de comida que tenía en la mochila. Estiré el brazo la volqué. Salió corriendo, dando trompicones. La verdad es que no tenía ganas de presentarle batalla. Los días que llevaba en ruta me tenían agotado y preferí desperezarme con calma.

Una colchoneta en el suelo y una mesa de un repujado tosco era el único mobiliario con el que contaba la habitación, encalada en celeste claro.

Hacía un rato que el muecín había llamado a la oración, y ya se oía el cacharreo de mis anfitriones preparando el desayuno.

Brahim había preparado unos deliciosos crepes, pan recién hecho, miel, mermelada y un cuenco de aceite de acebuche oscuro y espeso que no dejaba ver el fondo. Era el complemento perfecto.

Hoy es día de mercado en Setti Fatma, y los campesinos de los pueblos altos del Atlas bajan a vender o cambiar sus productos.

Brahim y su hija Fatima recogen de los tejados, que hacen a la vez función de secaderos, el maíz, que tras cuatro horas de caminata intentarán vender.

El patriarca de la familia buscó una vez trabajo en España, pero esa mañana, mientras ríe y juega con su pequeño, se alegra de haber dejado atrás aquella civilización que un día creyó mejor.

Mundos Paralelos

Rafael Martín

 

Ya saben, coloquio y presentación del libro Mundos paralelos (Ediciones del Genal, 2022) de Rafael Martín, el próximo viernes 3 de febrero, a las 19:00, en El Tercer Piso de la librería Proteo. Presentará al autor Pedro Delgado, prologuista del libro, en un acto moderado por Héctor Márquez.


Más información en: https://eltercerpiso.es/sesion/rafael-martin/


martes, 18 de octubre de 2022

EL RIF: ENTORNO AL ZOCO

Una tarde de domingo del ya lejano mes de febrero salí del Museo Thyssen de Málaga con los ojos ahítos de fotografías y una frase anotada en la entrada, esa que rebusco ahora entre mis papeles para compartirla con ustedes. 
«Me veo a mí mismo fundamentalmente como un explorador que ha pasado su vida en un largo viaje de descubrimiento».
 Dicha declaración, expresada poco antes de su fallecimiento, resume el más de medio siglo de búsqueda creativa del fotógrafo Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1976).

En la exposición de fotografías de Paul Strand
Museo Thyssen de Málaga, febrero de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la última sala de la exposición Paul Strand. La belleza directa, dedicada al fotógrafo norteamericano, se encontraban algunas de las fotografías que este tomó en Ghana y Marruecos. Las de Marruecos ocupaban el panel del fondo de la sala.

Exposición Paul Strand. La belleza directa en el Museo Thyssen de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Eran apenas nueve imágenes, que se siguieron proyectando en mi retina cuando abandoné el museo. Sobre todo una, correspondiente al mercado de Tahannaout, cerca de Marrakech y de los pies de la cordillera del Atlas. De vez en cuando me asalta la imagen, y me recuerda los mercados semanales con los que me topé en mis viajes por el país.

Mercado, Tahannaoute, Marruecos, 1962
Paul Strand

 A esos mercados volví hace unos días con la lectura de El Rif (Ediciones Traspiés, 2010), del melillense Mokthar Mohatar y el granadino José Antonio López.

Portada de El Rif, de Mokhtar Mohatar y J. A. López
Ediciones Traspiés

 La combinación de un Doctor en antropología y un fotógrafo convierten este librito (cabe en el bolsillo trasero del vaquero) en una pieza de colección para los que amamos esas tierras, siendo a la vez un estudio sociológico, un álbum de fotografías, un cuaderno de viaje y un testimonio donde los propios rifeños nos hablan de sus vidas y de los cambios que la modernidad les produce en ellas.

 El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López

 La obra, encuadrada dentro de la colección de libros ilustrados Vagamundos, cercana al libro de artista, gira en torno al zoco como espacio de trueque y lugar de encuentro. «El zoco del que nos hablan, con sus excelentes fotos y textos escogidos con inteligencia», dice el catedrático José Antonio González Alcantud en la introducción, «es un zoco rural, ciertamente. Está en el corazón de una zona rural, donde con frecuencia regular acuden los montañeses a vender, trapichear, solicitar crédito, orar juntos u obtener satisfacción a sus querellas. El morabito del santo cheik, que protege y da baraka, símbolo de un Islam más heterodoxo de lo que quisieran los ulemas de las ciudades, lo preside todo. El zoco en el Rif era y es también el lugar donde dirimir las pasiones humanas. Es sitio, asimismo, donde se intercambian noticias y el rumor se amplifica. Y en torno a él la vida montañesa alcanza densidad societal».

Corte de pelo en una barbería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desgraciadamente, y frente a la fortaleza del zoco urbano, los zocos rurales están abocados a desaparecer, debido a la continua e irremediable merma de la población campesina. De seguir así, las imágenes que guardamos en las retinas (afortunadamente también se conservan en archivos y libros), de este espacio rural de intercambio de bienes y servicios, no serán más que retazos de un pasado arrasado por la globalización.

Fátima, ceramista de el Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desde comienzos del año 2000, Mokthar Mohatar y José Antonio López visitan gran parte de los zocos de la región del Rif, intentando captar todo lo que ven. Hacen cientos de fotos y registran en una grabadora docenas de horas de conversaciones, hasta que comprenden que todo lo acumulado no refleja la realidad que están viviendo, que con un inventario no lograrían comprender lo que estaba en juego en la región del Rif. «A partir de entonces», nos apunta López, «el trabajo dio un giro importante; en vez de partir del zoco fuimos abordándolo a través de la gente que vivía de él o para él. Paradójicamente tuvimos que salir del zoco para comprender qué ocurría en el mismo».
De esta forma, los porteadores de la frontera, los artesanos o los agricultores cobraron una dimensión distinta, empezamos a verlos y a tratarlos como padres, maridos, amigos... Dejamos de centrarnos en los aspectos de su trabajo para hacerlo en sus expectativas, sus nostalgias o sus sensaciones.
 De la frontera a los zocos comienza con estas palabras:
La frontera. Una franja de escasos metros, vital para la vida de los habitantes de la zona. Lugar de paso donde sólo podemos apreciar caos, gritos, carreras, peleas, mujeres aburridas tumbadas bajo la sombra de un árbol; una franja que atravesamos infinidad de veces para visitar los zocos de la región, en un principio sin conceder importancia a lo que allí ocurre: miles de hombres y mujeres transportando grandes fardos de mercancías que, a la postre, acaban suministrando parte importante de los productos que pueden encontrarse en los zocos de los alrededores.
 Pero es a través de nuestras visitas a los zocos cuando comprendemos la importancia de la frontera, por eso cada vez nos resulta menos indiferente, hasta el punto de que ya no nos limitamos a cruzarla, sino que se convierte en parte del estudio. Ahora seguimos a los porteadores, trabajamos como ellos, fotografiamos su trabajo desde dentro; entonces nuestra percepción se transforma y lo que antes era caos ahora parece más ordenado: las peleas son los avisos a los transportistas para advertirles del momento preciso en el que tienen que cruzar, la extensión de las manos de los aduaneros es un impuesto personal que posibilita el incumplimiento de un impuesto estatal, las mujeres aburridas bajo los árboles no son sino la larga espera para poder cobrar.
 Y tras unas líneas más, las fotografías de la frontera y varios testimonios de los que se dedican al oficio.

De la frontera a los zocos, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Me he levantado a las tres y media de la madrugada, y, tras tomar un té y un bocadillo de aceite, me he ido a la frontera para guardar cola, pues es importante estar muy temprano si quiero hacer varios viajes al día (...). Hoy he hecho dos viajes, por cada uno de ellos me han dado 60 dh (...). Como yo nos encontramos muchas mujeres, en cuyos ingresos se apoya la familia. Nos conocemos de vista, de hablar durante las largas esperas en la cola, son mujeres como yo, que han llegado de todas partes de Marruecos para instalarse en la zona porque era un sitio donde había trabajo».
Fadila, 48 años
Porteadora, viuda y a cargo de cuatro personas
Originaria de Fez e instalada en Benienzar en 1992
***
«Todos los que estamos aquí vivimos gracias a la frontera, al fin y al cabo es lo único que puede darnos nuestra región, ser mulos de cargas. ¿Acaso -entre risas- servimos para otra cosa? (...), es un lugar donde siempre había trabajo; venías, te presentabas frente a un patrón, y te daba un bulto. Poco a poco te vas acostumbrando a los días de lluvia y sol, a los empujones, a los gritos de los perros aduaneros y a la incertidumbre de si hoy habrá mercancía o no. La frontera es algo duro, pero qué hubiese hecho yo si no hubiera tenido la posibilidad de venir todos los días y llevarme a casa al menos 50 dh; ¿quién me hubiese ofrecido algo mejor?».
Mohamed, 51 años
Porteador, casado, y tres personas a su cargo
Originario de Nador
 «Aún celebrándose un día a la semana, es el catalizador de la economía y vida social de la región», leemos en Notas sobre los zocos. Y luego nos cuentan las transformaciones a las que se ha visto expuesto a lo largo del siglo XX, siendo la instauración del protectorado español un periodo de importantes cambios.

Pesaje en una carnicería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 En Notas sobre el desarraigo, leemos con tristeza:
Parece como si se hubiese fraccionado esa conciencia que los mantenía unidos, no sin conflicto y contradicción, a una tierra ruda y poco fértil. Desarraigados, las decisiones sobre sus vidas -el hecho de partir, sus elecciones matrimoniales, etc.- no son sino continuas rupturas ante un mundo del que ya no se sienten protagonistas, del que intuyen que ha dejado de tener sentido (...).
 Es en los zocos donde se manifiestan con más claridad los efectos de este desarraigo. Porque, si bien son los agricultores los primeros afectados, no dejan de arrastrar a ciertos oficios: herreros, carpinteros, ceramistas, etc., cuya dedicación principal es la de dispensar servicios y productos a estos campesinos. Paradójicamente, conversando con ellos, intentando comprender el modo en que hacen frente a unos oficios condenados a desaparecer, fue como nos dimos cuenta de la dimensión de esta crisis.
 Del mismo modo en que los campesinos comienzan a adoptar una actitud distante hacia el sentido de la agricultura como actividad, los artesanos acaban también adoptando cierto distanciamiento hacia sus oficios. Tanto unos como otros, en algún momento de nuestros encuentros, coinciden sobre lo que pasa, una frase de lo que para ellos es un nuevo descubrimiento: «lo que pasa es que esto no es un trabajo de verdad. Realmente estamos en paro».
Cuaderno de campo: Ait Wariaghel
junio 2002
Notas sobre el desarraigo, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«El taller está cerrado y sus fogones apagados. Lo cerré hace algunos años porque me resultaba muy costoso mantenerlo para el poco trabajo que hay que hacer. En el nuestro trabajaban tres personas de la misma familia: una encargada de mantener el fuego, un aprendiz y yo, que soy el maestro herrero (...). Que yo recuerde, tan sólo en Ait Abdellah había abiertos hace veinte años al menos seis talleres y ahora todos están cerrados (...). Paso por los zocos de los alrededores para cambiar las herraduras de los burros y poco más. En cambio, mis hijos están pensando en instalarse definitivamente en la ciudad. Allí siempre pueden trabajar como soldadores en las muchas obras de construcción que hay (...). Las cosas cambian, y esto no tiene vuelta atrás (...). Yo soy el primero que les animé a que se fueran. Esta claro, el futuro de los herreros es trabajar como soldadores en la ciudad».
Nasser, 58 años
Herrero. Ait Abdellah
***
«Llevo cuarenta años como carpintero y es en estos últimos diez años que me doy cuenta de que las cosas van cambiando muy rápido. Antes, a lo largo de la semana iba visitando los zocos de los alrededores y, en función de la temporada, había que hacer un tipo de trabajo u otro para los campesinos. En este zoco por ejemplo, Imzouren, podías ver a todos los campesinos cómo me traían sus arados para reparar (...) ahora mírame, toda la mañana aquí parado, no hay arados, porque ya no queda agricultura... Mi nieto me acompaña los días del zoco; si bien no hay mucho trabajo, hay servicios que tengo que hacer porque aun me queda «vergüenza», pues hay gente que conozco desde hace muchos años y cuentan conmigo (...) en cambio, mi nieto Ahmed pasa el tiempo en la ciudad, trabajando en las construcciones, poniendo ventanas y puertas; pero eso es otra cosa, como yo digo, es otro oficio...».
Mohamed, 62 años
Maestro carpintero. Imzouren 
Cestas en un puesto de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Cierra el libro Las cerámicas de Fátima, donde se anota el toque de muerte que el progreso le está dando a este oficio, y cómo esta pervierte el sentido original de la alfarería, convirtiendo las piezas de cerámica en meros souvenirs para turistas.

Las cerámicas de Fátima, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Lo que está pasando es que las jóvenes se casan y se van a vivir a la ciudad y, por tanto, la cerámica no tiene sentido, ya que sólo se dan las condiciones de fabricarla si vives en el campo; además allí no la vas a utilizar (...) han pasado los años y creo que soy la única que sigo bajando las cerámicas al zoco. Ahora hay algunos intentos de una asociación para dar cursos a las chicas, pero el problema no es de aprender cómo se hace, sino que tiene menos utilidad. Cada vez hace menos falta porque ya todo (la leche, el queso, mantequilla, etc.) lo que se compra en el zoco no es producido por los campesinos, sino que viene de las fábricas ya envasado».
Fátima, 47 años
Ceramista. Roadi
***
«Hemos intentado cambiar algo los productos, y en verano le he dicho a Fátima que hay que fabricar cosas para los turistas y dejar de ir al zoco. Hay que ir a la ciudad para venderlas en la playa. Ya no tiene que ser grandes vasijas, sino cosas de decoración».
Zaid, 52 años
Ceramista. Roadi
 Al final, tras todas esas palabras, uno deja el libro en la estantería y guarda silencio, un silencio propicio para la reflexión.