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martes, 17 de marzo de 2026

DE IVÁN, OBRA DE VLADÍMIR BOGOMÓLOV, Y LA PELÍCULA DE ANDRÉI TARKOVSKY


Iván, de Vladímir Bogomólov (Dirección Única Editorial)
Fotografía: Pedro Delgado

Primeros días de enero de este 2026. Tres troncos crepitan en la chimenea, y las llamas danzarinas iluminan de naranjas el salón. Estoy sentado frente al fuego, con un libro entre las manos. De cuando en cuando, levanto la vista del texto y ante mí, entre el hogar y el sillón de lectura, veo la figura de un niño delgaducho.

Estaba ante mí mirándome de reojo, alerta y hostil, sorbiéndose los  mocos por la nariz y temblando de pies a cabeza.

 La estancia ya está caldeada, pero el crío, de unos once años, tirita aterido de arriba abajo. Está empapado y tiene la ropa pegada al cuerpo. Sus pequeños pies descalzos están cubiertos de barro hasta los tobillos. Al parecer, lo han capturado junto a la orilla del Dniéper.

 El pequeño, huraño y altivo, me exige, a mí y al teniente Galtsev, que comunique su llegada al Estado Mayor. Sus palabras me apremian a seguir leyendo.

 Unas páginas después, dejo al niño seco y arropado por unas mantas en un camastro y salgo del refugio con el teniente mayor Galtsev, un joven moscovita de tan solo veintiún años.

 Procurando no hacer ruido, me preparé: me puse el casco, me eché el capote encima del abrigo, tomé el fusil automático y salí en silencio del refugio, ordenando al centinela que no dejara entrar a nadie durante mi ausencia.
 Hacía un tiempo de perros. La lluvia había cesado, pero impetuosas ráfagas de viento del norte soplaban con furia; la noche era oscura y fría.
 Mi refugio estaba en un bosquecillo joven, a setecientos metros del Dniéper, que nos separaba de los hitlerianos. La elevada orilla opuesta dominaba el terreno y nuestra primera línea, algo retirada, ocupaba posiciones más favorables; nuestras avanzadillas estaban en la misma orilla del río.
 Caminaba por el bosquecillo en la oscuridad, orientándome esencialmente por las lejanas llamaradas de las bengalas en la orilla enemiga, que surgían aquí y allá a lo largo de toda la línea defensiva hitleriana. Bruscas ráfagas de ametralladora rompían a menudo el silencio nocturno: por las noches, los alemanes ametrallaban a cada momento nuestra franja ribereña y el propio río, según decía el jefe de regimiento, «como medida profiláctica».
 Al acercarme al Dniéper me dirigí a la trinchera donde teníamos montado el puesto más cercano y ordené que llamaran al jefe de la sección que guarnecía la avanzadilla. Cuando se presentó, todo sofocado, recorrimos juntos la orilla. Me preguntó enseguida por el chico, pensando por lo visto que mi llegada estaba relacionada con su detención. Sin contestar a su pregunta, empecé de inmediato a conversar sobre otras cosas, pero mis pensamientos volvían de modo involuntario al muchacho.
 Miraba fijamente la líquida sábana, de medio kilómetro del Dniéper, invisible en la oscuridad y, no sé por qué, no podía creer que el pequeño Bondariev hubiera venido de la otra orilla. ¿Quiénes lo ayudaron a atravesar el río y dónde estaban ahora? ¿Dónde se encontraba la barca? ¿Sería posible que hubieran pasado sin que los centinelas de las avanzadillas los vieran? ¿O quizás lo dejaron lanzarse al agua, a gran distancia de la orilla? Pero ¿cómo pudieron permitir que un niño tan delgaducho y débil se lanzara a las frías aguas otoñales?
 Nuestra división se preparaba para forzar el Dniéper. En las instrucciones que había recibido –me las había aprendido casi de memoria– refiriéndose a hombres sanos, hechos y derechos, se decía: «si la temperatura del agua es inferior a 15º C, atravesar ríos a nado es, incluso para un buen nadador, extraordinariamente difícil y, si los ríos son anchos, imposible». Esto si era inferior a 15º C... ¿y siendo, como ahora, de unos 5º C?
 No, era indudable que la barca había llegado hasta muy cerca de la orilla. Pero, en ese caso, ¿cómo pudo pasar inadvertida? ¿Cómo, después de desembarcar al niño, se retiró en silencio sin ser tampoco descubierta? Me perdía en conjeturas.

 La contraportada del libro, traducido por Justo Vasco, dice que la acción se desarrolla en Bielorrusia, en otoño de 1943. A un lado de las heladas aguas del ancho río Dniéper están las trincheras soviéticas, y al otro las de los nazis. Detengo un momento la lectura y busco en la wikipedia «Batalla del Dniéper».

«La batalla del Dniéper fue una operación ofensiva estratégica de la Segunda Guerra Mundial, llevada a cabo por la Unión Soviética entre agosto y diciembre de 1943, que duró en total cuatro meses, durante la cual toda la mitad oriental de Ucrania, incluida la orilla sur del Dniéper, fue liberada de la presencia militar alemana por parte de las fuerzas soviéticas, que atravesaron el río y crearon varias cabezas de puente sobre su orilla norte, recuperando Kiev, que estaba bajo ocupación de la Wehrmacht desde el verano de 1941. Es la batalla con más bajas de la guerra, con pérdidas estimadas en 1,000,000 de soldados.»

 Acompañan el texto un mapa y una serie de fotografías en blanco y negro:

Avances soviéticos durante la Batalla del Dniéper (en color)
Fotografía: Wikipedia

Ametralladores alemanes de la División GroBdeutschland
Cerca de Poltava, agosto de 1943. Fotografía: Wikipedia

Soldados soviéticos preparándose para cruzar el río Dniéper
La inscripción en el cartel dice: «¡Toma Kiev!»
Fotografía: Wikipedia

Soldados soviéticos cruzando el Dniéper en unas balsas improvisadas
Septiembre de 1943. Fotografía: Wikipedia

 Vuelvo al libro de Vladímir Bogomólov (Kirílovka, Moscú, 1926-1973). Aunque lo puedan encuadrar temáticamente en novela bélica, hay poca acción en sus páginas. A veces los protagonistas beben vodka, y me dan ganas de levantarme e ir a la cocina a servirme un chupito, pero la botella de Stolichnaya que había en la nevera hace tiempo que se acabó.
 Jolin cortó el pan «a lo culto», en rebanadas finas, y luego echó vodka de la cantimplora en los tres jarritos: a mí y a él hasta la mitad y al niño un dedo [...]. Chocamos nuestros jarros y bebimos. El chico no estaba acostumbrado al vodka: al beberlo se atragantó, se le saltaron las lágrimas y tuvo que apresurarse a secárselas disimuladamente.
***
 –¡Toma! ¡Caliéntate! –Dejando los remos, me metió en la mano una pequeña cantimplora aplanada. Desenroscando trabajosamente el tapón con los dedos entumecidos por el frío, bebí un trago. El vodka me abrazó con agradable ardor la garganta y me hizo entrar en calor, pero seguí temblando.
 –¡Bébelo todo! –susurró Jolin, moviendo apenas los remos.
 –¿Y tú?
 –Beberé en la orilla. ¿Me invitarás?
 Bebí otra vez y, convenciéndome con pena de que la cantimplora estaba vacía, me la guardé en el bolsillo.
 La novelita es de mi hijo Pedro, un regalo del amigo invisible —una cuñada mía que lo conoce bien– de estos Reyes. Él no la ha leído todavía, pero me habló maravillas de su adaptación al cine.

Cartel ruso de la película La infancia de Iván

 La dirigió Andréi Tarkovsky, con el título La infancia de Iván. Con ella obtuvo en Venecia el León de Oro en el año 1962. Es por eso que al terminar la lectura dejo el librito sobre la mesita, me levanto para añadir un par de troncos a las brasas y, mientras prenden, enciendo la tele y busco en Filmin la película con intención de verla. No hay rastro de ella. Eso es lo malo de las plataformas, que cuando quieres ver un título en concreto ya no está y tienes que esperar a que lo vuelvan a poner.

 No me doy por vencido, y busco en Youtube. Primero encuentro el trailer y una introducción al film del Festival de Cine Sant Joan d'Alacant.



 Luego, la película. En 4K. Parte de mi interés en verla reside en que al autor, Vladímir Bogomólov, no le gustaban las versiones cinematográficas de sus novelas.
He sido muy desafortunado con los directores de cine... Traté con cuatro... dos de ellos muy famosos (Andréi Tarkovsky y Vytautas Zalakevicius). Ninguno sirvió en el ejército ni siquiera una hora. No lo entienden. No lo conocen. Y lo que es peor, no quieren escuchar. Lo que los directores de cine quieren en nuestros días es acción.
Del prólogo, de Paco Ignacio Taibo
 Sus directores no habían vivido la guerra, y él, como se lee en su biografía y en el texto de la introducción, había estado totalmente inmerso en ella. «Cuando la Unión Soviética fue invadida por Alemania, en 1941, Bogomólov tenía tan sólo quince años. Se alistó como voluntario en el ejército falsificando su edad. Fue herido dos veces en combate, participó en operaciones de infiltración y sabotaje tras las líneas enemigas y ganó varias medallas. Continuó sirviendo en el ejército hasta 1950, en la inteligencia militar del SMERSH, en Alemania del Este».

 Apago la luz, me acomodo en el sofá de tres plazas con Lucía, que va a verla por segunda vez –la primera vez la vio en el cine Albéniz con Pedro–, y me dejo llevar por las imágenes en blanco y negro de Tarkovsky. Por supuesto, su niño, ese huérfano que ansía vengar la muerte de sus padres, no es mi niño. Ni su Galtsev es mi Galtsev, el narrador escogido por Bogomólov para contar su historia. Pero la película, tremendamente onírica, también me resulta notable.

Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky

Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky

 Ahora me quedan las ganas de leer otras de sus obras, como El primer amor (1959), Zosja (1965), En agosto del 44 (1974) o El momento de la verdad (1982). Y ver qué hicieron con ellas otros directores.

Nota: Dar desde aquí las gracias a Dirección Única Editorial por su labor y por arriesgarse con estos proyectos.


Iván, de Vladímir Bogómolov (Dirección Única Editorial)
Fotografía: Pedro Delgado

viernes, 12 de diciembre de 2025

LA TIERRA DE AMIRA


80 aniversario del cine Albéniz de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

El mismo domingo en el que cine Albéniz cumplía 80 años fui a ver a una de sus salas La tierra de Amira, del director Roberto Jiménez. En estos tiempos, en los que se deshumaniza a las personas migrantes y se usa la inmigración "irregular" (irrelevante en cifras) para atacar la "legal", la película me pareció todo un acierto.

La tierra de Amira, una película de Roberto Jiménez
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En La tierra de Amira acompañamos a una joven temporera, en situación ilegal, que busca labrarse un futuro mejor en España y poder enviar dinero a su familia que permanece en Marruecos. En uno de esos pueblos de Andalucía, plagados de invernaderos, la chica cruzará su camino con Justino, un agricultor viudo y algo huraño con el que tendrá que irse a vivir tras ser atropellada accidentalmente. Dos mundos antagónicos, separados por la edad, la cultura y la religión.

 Mina El Hammani y Manuel Morón lo bordan en sus papeles –al igual que todo el elenco de actores– y nos conducen, como espectadores, a la empatía y la reflexión.

Manuel Morón y Mina El Hammani en el papel de Justino y Amira
La tierra de Amira (Roberto Jiménez, 2025)

 En ese cavilar hayamos también otras tristes realidades: la España vaciada y el retroceso de la agricultura tradicional que se desliza peligrosamente hacia la desaparición.

 La película, producida entre otros por Dexiderius Producciones, Balance Media y Malas Compañías, ya ha conseguido el premio Igualdad en el Festival de Cine Ópera Prima de Tudela (Navarra) y el premio al mejor actor (Manuel Morón) en el Festival Internacional de Cine de Almería.

 Por todo lo dicho, creo que La tierra de Amira debería de proyectarse, además de en los cines, en todos los institutos de España.

La tierra de Amira en la cartelera del cine Albéniz
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Por aquello de las sincronías, en El País Semanal del diario que había comprado esa misma mañana, venía un reportaje titulado En el kilómetro cero de la miseria invisible –firmado por J. A. Aunión con fotografías de Gianluca Battista–, que recoge muchos de los aspectos que se tratan en la película. En el reportaje, «viajamos al municipio almeriense de Níjar, donde unas 3.500 personas sobreviven en 40 asentamientos irregulares repartidos entre un mar de invernaderos. La ausencia de papeles, las malas condiciones de trabajo y la imposibilidad de acceder a un escuálido mercado de vivienda son las principales aristas de un problema enquistado desde hace tres décadas».

En el kilómetro cero de la miseria invisible (J. A. Aunión–G. Battista)
El País Semanal nº 2.567 (Domingo, 7 de diciembre de 2025)
Fotografía: Pedro Delgado

 Pueden leerlo clicando en el siguiente enlace:

https://elpais.com/eps/2025-12-04/en-el-kilometro-cero-de-la-miseria-invisible.html

martes, 8 de julio de 2025

INCREÍBLE, PERO CIERTO.


Increíble, pero cierto de Piro Milkani (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025)
Fotografía: Pedro Delgado

No sé si fue una señal, ni de qué tipo, pero el mismo día que falleció el cineasta Piro Milkani recibí en el buzón su autobiografía. Me la mandaba muy atentamente María Roces González, encargada de la traducción del albanés. Me enteré del deceso a la noche siguiente, cuando miré en internet si el autor aún vivía y, por una de esas sincronías que se dan en la vida, vi que había muerto el día anterior, a los 86 años, a consecuencia de un ictus. Así que esta entrada, además de ser una reseña de su última obra literaria, que me parece una delicia, es un homenaje a su persona, a uno de los pioneros y fundadores de la cinematografía albanesa.

Piro Milkani en el 43 festival de Karlovy Vary
Fotografía: Petr Novák, wikipedia

 Piro Milkani (Korça, 5 de enero de 1939 - Tirana, 24 de  mayo de 2025) estaba harto de que, al contar historias y anécdotas de su vida, sus amigos le preguntaran por qué no las escribía. Sin embargo, dudaba de la conveniencia de ello, más después de haber visto la maestría narrativa del director de cine Miloš Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus), del que había traducido del checo al albanés su autobiografía: De Časlav a Hollywood.

Biografía de Miloš Forman
Fotografía: ShtepiaeLibrit.com

 Finalmente, al borde de los ochenta años y animado por las palabras del escritor Gabriel García Márquez que decía aquello de «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», Piro Milkani se decidió a legarnos sus recuerdos. Y aunque las vidas suceden de manera cronológica, Milkani recoge la suya de manera desordenada, expurgando además los hechos para quedarse sabiamente con los acontecimientos más llamativos, que son expuestos de manera amena, concisa y emotiva. Muchos de ellos demuestran que a Piro lo tuvo en gracia el destino.

El profesor Hrdlička y una muerte inesperada
Cuando pienso en mi propia vida, he de admitir que el destino me ha ayudado enormemente. Gocé del privilegio de poder estudiar en una facultad mágica, que ni en sueños habría podido concebir mejor. Para poder estudiar cinematografía en una ciudad centroeuropea, etiquetada además como la Ciudad Dorada, has de haber nacido bienafortunado. Creo que se entenderá que me estoy refiriendo a... la Dorada Praga, capital de la Checoslovaquia de entonces (y actualmente República Checa o Chequia).
 Cierto que en un año académico cursábamos más de veinte asignaturas, pero no eran en absoluto comparables con la de anatomía de los estudiantes de medicina, con la óptica geométrica de los de ingeniería, ni con las complicadas fórmulas de los que estudiaban geología. Nosotros debíamos dar historia del arte, historia del cine checo y mundial, algo sobre la Poética de Aristóteles y, sobre todo, veíamos un montón de películas, posiblemente tres o cuatro diarias.
 Ahora bien, como yo era estudiante de la especialidad de cámara, teníamos una extraña asignatura, que cursaban también los alumnos de ingeniería: óptica física y geométrica.
 El mismo profesor que impartía la materia en ingeniería, nos la enseñaba también a nosotros, el imponente y pedante profesor Hrdlička. Un hombre de cuerpo y rostro enjutos. Un hombre que jamás sonreía y que además gastaba la tos seca y crónica de los que fuman sin parar. Y realmente lo hacía. No contábamos con libro de texto para la asignatura, sino con unos apuntes fotocopiados, cuya autoría correspondía al propio profesor Hrdlička. [...]
 Teníamos dos horas de clase a la semana con ese profesor y raramente faltábamos a clase. Pero para nosotros eran la asignatura y la clase más aburridas. En fin, fueron pasando con celeridad los meses y llegó la época de exámenes.
 –El próximo jueves a las diez de la mañana, en esta misma aula, estad preparados para el examen final de curso –nos dijo el profesor al terminar la clase.
 Nos tomamos el anuncio a la ligera y preparamos el examen a toda prisa. La sorpresa se produjo al darnos los resultados, cuando el profesor Hrdlička nos informó de que ninguno de nosotros había aprobado. Éramos doce alumnos en clase, diez checos y dos albaneses.
 –El próximo jueves, examen de nuevo –nos dijo el profesor.
 Nos metimos más a fondo en la materia, pero las fórmulas y los bocetos de las lentes ópticas nos resultaban tan enmarañados como los jeroglíficos chinos.
 Y ocurrió lo esperado. Ninguno de nosotros superó el examen, de modo que, al día siguiente, el profesor Bouček, decano de la facultad y colega de Hrdlička, nos comunicó, rayando la aflicción, la decisión del señor Hrdlička: «Quien no apruebe el jueves próximo, repetirá curso». Los checos podrían hacerlo, pero para Saim [Kokona] y para mí significaría el adiós a la facultad de Praga. Conocíamos la regla no escrita de nuestra embajada: «Quien suspenda, hará bien en embalar sus cosas y volver a Albania».
 Nunca olvidaré aquellos días. Estudio de la mañana a la noche. Café a medianoche para mantenerse despierto y primeros intentos de fumar un cigarrillo. En definitiva, una verdadera tortura.
 Nadie se imaginó que aquel martes, calificado por tantos y tantos pueblos como día funesto, nos proporcionaría tanta «alegría». Aquella tarde nos informaron de que el profesor Hrdlička había pasado a mejor vida. ¡Oh, Dios, que vergüenza! Nos alegramos de su muerte.
 El jueves, en vez de al examen, asistimos al entierro del profesor. Nos costaba trabajo mostrarnos afligidos.
 Dos semanas después nos examinó la adjunta del profesor. Ni que decir tiene que aprobamos el examen con buenas notas. De modo que yo permanecería en Praga unos años más.
 Era el mes de junio de 1956.

 Piro Milkani estudió en la FAMU, la Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga, una de las escuelas de cine más antiguas y prestigiosas del mundo, fundada en 1946.

Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga
Fotografía: Wikimedia

 Ingresó en ella gracias a una beca, tras acabar sus estudios de secundaria en Korça. A la hora de conseguir dicha beca para estudiar en el extranjero, también fue tocado por la varita del destino. Resulta que Piro Milkani tenía a un amigo de la infancia, Viktor Gjika, estudiando dirección cinematográfica en el Instituto Pansoviético de Cinematografía de Moscú (VGIK), y desde allí recibía cartas en las que este le hablaba de lo maravilloso que era acudir cada día a las clases, así que cuando le preguntaron qué deseaba estudiar en la enseñanza superior, Piro fantaseó con estudiar cinematografía con su amigo Viktor. En un principio, ninguna de las dos becas que concedió Checoslovaquia para cursar estudios de operador cinematográfico (camarógrafo) en Praga tenía su nombre. Se la habían concedido al pintor, y posteriormente director de fotografía, Saim Kokona, y al escultor Mithat Fagu. Sin embargo, Mithat renunció a ella unas semanas más tarde. «–Si fuera a Moscú, pues bueno, pero a Checoslovaquia ni se me ha pasado por la cabeza. Además, si fuera a Moscú querría estudiar para ser director y no para ser operador cinematográfico– les dijo Mithat y se marchó».

«¡Vaya desastre! –dijeron los del ministerio–. Tenemos una beca y el hijo de perra la rehúsa. ¿Qué haremos?». Volvieron a revisar una vez más los cuatrocientos y pico formularios de todos los graduados de Albania y: ¡eureka! Lo encontraron. Un tal Piro Milkani de Korça había solicitado estudiar cinematografía. «Es muy joven, aún no tiene ni diecisiete años, pero sus notas son todas de sobresaliente. ¡Qué sea para bien! Que vaya Piro en vez de Mithat». De este misterio me enteré en Praga, me lo contó Saim, que se convirtió en mi mejor amigo. Nieto de los Kallfa, los conocidos fotógrafos de los Estudios Kallfa de Tirana, le habían enseñado a fotografiar y, sobre todo, a retocar las fotografías de los clientes para que salieran más favorecidos de lo que en realidad eran. Fue él quien me enseñó el abecé de la fotografía antes de que lo hicieran mis profesores checos. Tras graduarse, Mithat tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Yo a Praga y él al cuartel. Tras licenciarse en 1959, lo enviaron a Moscú a estudiar dirección cinematográfica, tal como había deseado. Debió de tener un poderoso mentor. Pero ni su mentor ni el propio Mithat podían prever que en 1961, los miles de estudiantes albaneses que regresaron a casa por vacaciones, no volverían nunca más a Europa. Había comenzado una «nueva amistad». Con la China de Mao Zedong.

Piro Milkani en 1º de la facultad de Cine
Fotografía: Edición checa del libro

 La ruptura con Rusia del presidente Enver Hoxha, que gobernaba el país con mano de hierro, trajo a Piro Milkani de vuelta a casa en julio de 1961. Allí, el que ya era uno de los primeros camarógrafos del cine albanés, terminaría por convertirse después en director y guionista, con treinta y seis películas en su haber. Entre ellas, Victoria rotunda sobre la muerte, La boda, La señora de la ciudad, Frente a frente, Roja palabra de honor, El militante, La primavera no llegó sola o La tristeza de la señora Scheneider.

Trailer de Victoria rotunda sobre la muerte, de Piro Milkani y G. Erebara (1967)

La tristeza de la señora Schneider
Dirigida por Piro Milkani

 También tendría tiempo de actuar en las películas de otros directores, entre ellas en la italiana Lamerica que tanto me impresionó cuando la vi en el cine Albéniz en el marco del Festival de Cine Italiano de Málaga.

Cartel de la película Lamerica
Dirigida por Gianni Amelio

 Entre todos esos breves apuntes de una vida que recogen las páginas de Increíble, pero cierto (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025) no podían faltar sus encuentros con algunos nombres ilustres: políticos, como Václav Havel; escritores, como Ismaíl Kadaré y Jiri Mucha; actores, como Bekim Fehmiu «el Marlon Brando albanés», Emma Černá y Faruk Begolli «el Alain Delon de los Balcanes»; o compañeros de profesión, como el italiano Michelangelo Antonioni, el yugoslavo Aleksandar Petrović y la china Xiao Jiang.

Bekim Fehmiu, Emma Černá y Faruk Begolli

 Y para mi asombro, hay un episodio en el que aparece el Korab, la montaña más alta de Albania a cuya cima ascendí cuando recorrí el país en el verano de 2017. Como Josef M., el juez coleccionista que aparece en ese texto, yo también pude vivenciar la hospitalidad de los aldeanos que me alojaron en sus casas y me dieron de comer sin cobrarme nada.

El juez coleccionista
En mis primeros años de embajador en Praga, los checos que querían visitar Albania necesitan un visado, e igualmente en sentido recíproco. A finales de junio de 1999 se presentó en la embajada un hombre de mediana edad. Lo recibí en mi despacho. Me dijo que se llamaba Josef M. y que era un juez de Pilsen. Deseaba visitar Albania, pues había estado en casi todos los países de los Balcanes, salvo en Albania. Quería llegarse al monte Korab.
 –Pero ¿por qué el Korab? Albania está llena de picos y montes tan bonitos como el Korab. Por ejemplo, yo le recomendaría el Tomor. ¿Qué dice?
 –¡No, no! El Korab.
 –Pero ¿por qué precisamente ese, es usted alpinista?
 –No, no lo soy, pero quiero subir al Korab porque lo vislumbré cuando visité años atrás Kosova y me dije: «Un día subiré a ese monte».
 –Entonces, escúcheme. Sabe usted que acaba de finalizar la guerra por la liberación de Kosova. El Korab está en la frontera kosovar y quizá la zona aún se encuentre minada por el ejército serbio. Vamos, que hay peligro para quienes no conozcan la zona.
 –Yo solo quiero subir al Korab. Si no es posible, no me dé el visado. Pero no puedo engañarle. Quiero subir allí.
 Me lo pensé. ¿Qué hacer?
 –¿Qué itinerario ha elegido para llegar hasta allí?
 –Viajaré vía terrestre a través de Hungría y Eslovenia hasta Montenegro. Después tomaré un autobús que me lleve a Shkodra.
 –¡Hagamos un trato entonces! Le daré el visado y un número de teléfono. En Shkodra tengo un gran amigo. Es director teatral y se llama Serafin Franko, y estudió en su momento conmigo en Praga. Solo estuvo aquí dos años, pues en 1961, a causa de la ruptura de relaciones entre nuestros dos países, no pudo terminar sus estudios aquí y los finalizó en Tirana. Pero habla muy bien checo. Se verán y en el caso de que le diga que puede ir hasta el Korab, yo estaré de acuerdo. ¿Qué dice?
 –Totalmente de acuerdo.
 Diez minutos después le entregué su pasaporte con el visado albanés y una nota con el nombre y el número de teléfono fijo de Serafin. Al separarnos le pedí que, a su regreso, si le fuera posible se pasara de nuevo por la embajada, para que me contara su «aventura». Y prometió hacerlo.
 Mantuvo su palabra. Quince días después Josef M. se presentó en la embajada. Y me contó:
 [...]

 Les animo a leer en el libro qué le contó Josef M. a Piro y a subir a esa bella montaña que, con sus 2.764 metros de altura, constituye el punto más elevado de Albania.

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania
Agosto, 2017

martes, 1 de julio de 2025

'SIRÂT', QUE NO SE LA JODAN


Cartel de la película Sirât, del director Oliver Laxe

Fui a ver Sirât al cine Albéniz de Málaga el día 14 de junio, al iniciar su segunda semana en cartelera –ya va por la cuarta–, con la garantía que me dan los nombres de Oliver Laxe y Santiago Fillol, director y guionistas de un film que unos días antes había promocionado con gracia su actor principal, Sergi López, en La Revuelta. Y atraído también por el plus de saber que la trama se desarrollaba en Marruecos –aunque algunas escenas estén rodadas en Teruel–.

  Me senté en la sala sabiendo la sinopsis de la película: «Un hombre y su hijo pequeño llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí deciden seguir a un grupo de raveros en la búsqueda de una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida». También sabía, porque lo había dicho Sergi López en la televisión, que ocurriría algo a mitad de metraje que cambiaría la película por completo.

 Así que, durante la primera parte, sumido en la oscuridad del cine, me dejé llevar por la rave que Oliver nos había preparado, hipnotizado por el baile y la música del francés David Letellier –conocido como Kangding Ray–, figurándome en el lugar de ese padre desesperado y desvalido al que acompaña su hijo y su perra, conduciendo su furgoneta, a pesar de no tener yo carnet, por pistas de arena y de montaña, en ese road movie por rutas escasamente transitadas. Porque Sirât es un viajazo, físico y psíquico. Una aventura al reverso oscuro de la vida, una cita con la fatalidad que nos reservó el destino. El maktub, lo que está escrito y no se puede cambiar.

Padre e hijo, interpretados por Sergi López y Bruno Núñez
Fotografía: BTean Pictures

 Llegados a este punto, les diré que, si aún no la han visto, corran a verla antes de que alguien se la joda. Por que hay dos momentos en la película en los que Oliver Laxe nos conmociona, nos coge por las solapas, nos sacude y nos noquea. Si algún amigo les desveló esos momentos, no es un amigo. Táchenlo de la lista, porque le habrán matado la película y le habrán privado de dos de los momentos más sorprendentes y estremecedores del cine de los últimos años. No diré más, salvo que Sirât significa en árabe camino o sendero, y hace referencia al puente que se debe cruzar el Día de la Resurrección para llegar al Paraíso. Un puente sobre el infierno, más delgado que un cabello y más afilado que una espada.

 Salí del Albéniz como se sale de algunas novelas o relatos de Paul Bowles, turbado, y durante el trayecto en moto a casa no dejé de lamentar que no se me hubiera ocurrido a mí escribir esa historia antes. Seguramente, Paul Bowles habría pensado lo mismo.

 Os dejo aquí el trailer y, para los que ya hayáis visto la película, un par de vídeos en los que Oliver Laxe analiza algunas escenas del film y donde Oliver y Sergi López son entrevistados por la cadena Ser tras obtener el Premio del Jurado en el pasado festival de Cine de Cannes.




 ¡Véanla en pantalla grande! No se van a arrepentir. Y cuando salgan, no se la vayan a joder a nadie.

jueves, 29 de junio de 2023

QUEBRADA O LA EXPECTACIÓN ANTE UN LIBRO QUE TE ATRAPA


Quebrada, de Mariana Travacio (Editorial las afueras)
Fotografía: Pedro Delgado

A raíz de un problema de salud, mi madre volvió a ingresar el 10 de junio en el hospital. El día que fui a verla a la planta, ya fuera de la incertidumbre de la UCI, llevaba conmigo un libro que había recibido esa misma mañana por correo, así que después de una breve charla le pregunté si quería que le leyese en voz alta, como había hecho con mi padre cuando era él quien estaba ingresado. Mi madre hizo una mueca y negó con la cabeza. "Peri, es que yo no soy de libros. Yo soy de tele", añadió, como si fueran cosas excluyentes. "Eso es que no has encontrado un buen libro que te atrape", le dije. "Si quieres probamos. Te empiezo a leer y si no te gusta lo dejamos". "Bueeeno", dijo dejándose llevar.

 Me acomodé en el sillón de escay azul, y empecé a leer en voz alta, tratando de darle al texto la entonación adecuada.

1.
Me llamo Lina Ramos, soy la esposa de Relicario Cruz. Hace tiempo le vengo diciendo que nos tenemos que ir, pero él no quiere. Se aferra mucho a esta tierra, dice que acá nacimos y que acá tenemos que morir. Pero es que ya no queda nadie, le digo. Y me dice que no podemos andar abandonando a nuestros muertos, no podemos irnos y dejarlos acá, Lina, sin nadie que los reconozca. Así me dice. Que esas cosas no se hacen. Y yo le explico que con gusto me quedaría si hubiera qué comer. Pero esta es una zona muy quebrada, no se encuentra ni un pedazo de tierra que sirva para algo. Solo crecen esos yuyos tristes, llenos de espinas que arañan el viento. Lo demás es pura piedra. Y tarda uno mucho en moverse de una parte a la otra, porque todo es empinado, en barranca filosa, muy escarpada. El otro día, que andaba mala, tuve que ir donde Octavia, que sabe curarme. Me tardé cuatro horas trepándome por las piedras. Llegué con el último suspiro. Todo esto le vengo diciendo, a Relicario, pero no sabe escucharme. Dice que la tierra no se abandona. Que si uno se va, los muertos se quedan sin nombre, y se acaban confundiendo, porque ya nadie se les acerca a recordarles ni quiénes eran, ni qué decían, ni qué les gustaba. Y que eso no se hace, Lina. Que hay que visitarlos, y llevarles la caña, y un poco de sopa, o lo que hayan tenido en vida. Así me dice: si nos vamos, quién les va a llevar la caña, quién les va a recordar cualquier cosas; no podemos, Lina. Y yo trato de explicarle que acá nadie quiere abandonar a nadie, que solamente trate de pensar un poco en nosotros, que acá no hay porvenir. Esta tierra no da nada, Cruz, cada día da menos, si ya no llueve ni lo poco que llovía. Llegan dos nubes, a veces, y uno se las queda mirando como si nos fueran a largar algo de su agua, pero rebotan en la quebrada y se van a llover a otra parte. Así le digo. Pero él anda empecinado y no quiere probar suerte: quiere quedarse acá, nomás, y me pregunta, entonces, dónde nos vamos a ir, Lina, que ya estamos grandes. Y yo no sé qué responderle, porque me pasé la vida entre piedras y qué le voy a decir si no conozco mundo afuera. Silenciate, Lina, me digo, cuando veo que mis ansias no prosperan. Solo me calma pensar que mañana le insistiré. Y llega la mañana y llevo mis ojos al cielo vacío que tenemos acá y siento un hastío que me come por dentro. Entonces junto coraje y le insisto: vámonos, Relicario. Es que apenas me despierto ya veo ese cielo sin nubes, sin pájaros, sin nada que lo cruce, nada que nos traiga alguna novedad. El cielo esta siempre igual y a mí me da un puro vacío. Llevo catorce años repitiéndole lo mismo, pero no me oye. Catorce años, desde que se fue mi hermano y se llevó consigo a nuestro hijo, nuestro Tala, que tanta falta me hace. A veces me agarra flojera de andar insistiéndole. Pero como no insista, la muerte nos va a encontrar pronto, resecos los dos, al ladito de nuestros muertos, sin nadie que nos lleve ni la caña ni la sopa ni nada. A veces tengo la esperanza de que un día me escuche. A veces le rezo mis rezos a diosito santo, pero no parece oírme, tampoco. Se habrá vuelto sordo, pienso seguido. Soy muy creyente, yo, y Relicario también. Pero me ando llevando a las patadas con Dios últimamente, porque no me escucha ni una sola de mis plegarias. Y eso a veces me da una rabia rencorosa. Es una rabia que me dura varios días. Cuando eso me pasa, le digo a Cruz que diosito debe andar sordo, o que tal vez se haya ido de aquí, él también, cansado de tanta piedra. Y cuando le voy con estas cosas, Cruz me dice que me deje de andar inventando. Que Dios está por todos lados. Y yo le digo que estará por todos lados pero que acá no llega porque no tiene ni modo de llegar. Si vivimos encajonados, Cruz, en esta quebrada. Si hasta hay que mirar para arriba, muy alto, para encontrar el cielo. Pero a él no le gusta nada que le diga así. Me chista y se mete en el taller y eso me da una rabia que me acaba enfermando y me obliga a ir a lo de Octavia, a que me cure. Pena que viva tan lejos. Según los vientos, me toma cuatro horas, a veces cinco, o más, hasta llegar allá, donde vive. Pero es la única que sabe curarme, así que voy, de todos modos. Voy a los trancos, primero, y eso que es cuesta arriba, pero después el sendero se acaba y el terreno se escarpa del todo. De ahí en más hay que inventarse el camino, trepando por las piedras. Eso toma mucho tiempo, y da mucho cansancio, pero yo le pongo empeño. Cuando llego, enseguida aparece Octavia, como si me hubiese estado esperando. A veces sale de adentro; otras veces la veo venir de atrás del rancho, ahí donde hace nacer esas hierbas que usa para los remedios. Y a mí me calma solo verla. Me hace pasar enseguida y me prepara algún brebaje, sin que yo le diga nada, y al ratito ya me siento mejor, y nos ponemos a conversar. Al principio, no le hablaba mucho. Apenas le decía alguna cosa, por agradecerle el gesto, nomás. Pero ahora le ando contando bastante. Le cuento que estoy cansada de tanto insistirle, a Relicario, sin que me oiga, sin que me dé la mera ilusión de que algún día nos vayamos. Me estoy poniendo vieja, Octavia, y ya no sé qué hacer. A veces pienso que Relicario tiene razón, que a los muertos no se les deja, pero a mí las ansias de irme me han crecido tanto que ya no me dejan dormir. Llega la noche y no hay Cristo que me cierre los ojos. Me quedan abiertos, nomás, en esa intemperie del desvelo. Y cuando clarea y salgo del rancho a buscar agua para el mate, el sueño se me trepa por la espalda y me la deja así, toda encorvada. Necesito dormir, Octavia, para caminar derecha otra vez.
2.
Me voy, Relicario.
¿Adónde vas a irte sola, mujer?
Octavia me enseñó el camino.
Qué camino, Lina, si acá no hay caminos.
Hay que ir para abajo, hasta dar con el arroyo.
Qué arroyo va a haber, Lina.
Así me dijo Octavia. Que baje y baje y no me canse de bajar, hasta dar con el arroyo. Y que después vea bien para dónde va el agua, y que siga caminando siempre en dirección del agua. Que el agua lleva al río y que el río lleva al mar. Vamos al mar, Cruz. Vamos juntos.
Estás loca, Lina. Qué agua va a haber en ese arroyo si hace años que acá está todo seco.
3.
Se llevó las dos cantimploras grandes que teníamos y un atado de ropa y ese puñado de semillas que le había dado Octavia para cuando se fuera. Que eran semillas buenas, le había dicho, que daban fuerzas, que las usara cuando las necesitara. Se fue porfiada, Lina, a buscar ese arroyo. La última noche discutimos bastante. Yo no quería que se fuera y ella no quería irse sola: quería arrastrarme con ella; estaba emburrada. Vamos a conocer el mar, Cruz, vamos. Así me repetía. Pero yo no la iba a acompañar en ese desquicio que se le había metido dentro. Eso no se hace, Lina. Y ella no me oía. Terca, estaba. Y ahora vaya Dios a saber por dónde anda. Hace más de una semana que se fue. Yo esta seguro de que iba a volver enseguida. Así le dije, cuando se iba. No seas porfiada, Lina, ya basta de este arrebato, qué sentido tiene, si vas a volver enseguida, vas a ver, tres o cuatro días y estás de vuelta, si nunca te saliste de acá, adónde vas a irte sola. Pero no había caso. Por mucho que le insistiera, ella estaba obsesionada con ir al mar. Y ahora me despierto con este fastidio que me envenena. No se abandona al marido, no se abandona la tierra, no se abandona a los muertos. No se abandona, Lina. Dónde se ha visto mujer así. Ya estamos grandes para andar probando suerte por ahí. Pero yo debí imaginarme, ya temprano, cuando me casé con ella: Lina Ramos, de los Ramos, esa familia que nacía encaprichada desde la cuna, si hasta el hermano se atrevió a llevarse al Tala y nos dejó así, sin hijos, sin ayuda.

 De vez en cuando hacía una pequeña pausa para ver si me seguía, y al terminar el tercer capítulo le pregunté: "¿Sigo o lo dejamos aquí?".

 "No hombre, ya habrá que ver qué va a pasar con ellos".

 Yo había lanzado el anzuelo, y ella había picado. La historia la había atrapado, y allí estaba mi madre, que nunca había cogido un libro, expectante. Ya no se encontraba en la habitación de un hospital, sino en un paisaje montañoso, seco y estéril. Ya no estaba pendiente de sus problemas de salud, sino de ese matrimonio que acababa de presentarles. Esa era la magia de la literatura y de las historias contadas en voz alta, algo que aprendí cuando les leía a mis hijos de pequeños al acostarlos. Aquel era nuestro momento sagrado, nuestro ritual. Y lo alargamos hasta que fueron mayores.

 Detuve la lectura cuando llegó mi hermano mayor, poco antes de la cena. "Qué corta se me ha hecho la tarde", me dijo agradecida. Y a mi hermano le dijo que el libro estaba muy bien escrito, "parece que estuviera pasando de verdad, Marcial. Tu hermano lee muy bien. Me hace hasta las voces", añadió. Sonreí satisfecho. "Ayuda que el libro parece escrito para contarse en voz alta", dije. "¿Se lo has leído a tu padre?". "No, mamá, me llegó hoy, y lo estoy leyendo por primera vez". "Pues también se lo tienes que leer, que le va a gustar".

 En los siguientes días, incluyendo los de después del alta médica, continué leyéndole, y siempre participaba activamente en la historia con sus preguntas o comentarios. Le leía «Me miraron recelosos y me dijeron que ya no se acordaban de ninguna Balbina: no sabríamos decirle dónde vive Balbina». Y ella saltaba molesta contra aquellos desconfiados: "Ya se vinieron atrás. Claro, claro". A veces me detenía a subrayar alguna frase («usted sabe que cuando uno se echa a andar, se abren los caminos»; «A veces se me da por pensar que tener una familia es volver a casa y saber que alguien te espera»...), o alguna anotación sobre el oficio de los arrieros, pues me acordaba de mis muleros bereberes, y ella me preguntaba por qué me detenía. Otras veces hacía el alto de manera intencionada, para provocar su reacción. Por ejemplo, yo leía «La esposa me preguntó» y demoraba la continuación hasta oír su "¿qué preguntó?", entonces le repetía la frase completa: «La esposa me preguntó qué sabía hacer». Era el triunfo de la curiosidad. Y yo disfrutaba con ello.

 También es un acierto de la autora, la argentina Mariana Travacio (Rosario, 1967), el armazón de la obra: una primera parte con capítulos cortos, que se suceden tras un primer capítulo largo, y en los que alterna la voz de los esposos: Lina en los capítulos pares y Relicario Cruz en los impares. Y una segunda parte igual de ágil y breve en la que dinamita esa norma. En esa parte final, tuve que valerme de algunos objetos (vasos, botellas o tapones), a los que les ponía el nombre de los personajes, para que no se perdiera (cumple 89 años el mes que viene) y pudiera reconstruir mentalmente lo que iba escuchando.

La escritora Mariana Travacio (Rosario, Argentina, 1967)

 Quizás mi lectura de la primera parte del libro estuvo contaminada o complementada por las bellas y poéticas imágenes de Utama, la película del director boliviano Alejandro Loayza Grisi, que vi en el cine Albéniz a finales del año pasado. El director vino a la presentación de su ópera prima y nos habló de esa pareja de ancianos quechuas que ve amenazada su forma de vida en el altiplano por una larga sequía. Una historia de amor que ganó la Biznaga de Oro a la Mejor Película Iberoamericana y la Biznaga a Mejor Dirección en el pasado Festival de Cine de Málaga.

Cartel de la película Utama

 Aunque referirse a América Latina como un todo, me parece un acto reduccionista, Quebrada forma parte de ese imaginario literario y cinematográfico de la región. Y lo hace desde la portada, con esa magnífica fotografía del fotógrafo y escritor Juan Rulfo. Una instantánea que sugiere por sí sola una historia, y que encaja a la perfección con la que Mariana Travacio nos quiere contar. Un acierto rotundo de los hermanos Berenguer, que se encargan del diseño de la colección de la Editorial las afueras. La imagen, leo en los créditos, se titula Nada de esto es un sueño. Arrieros en un camino, y fue publicada en febrero de 1949, sin título, en la revista América.

Nada de esto es un sueño. Arrieros en un camino
Fotografía de Juan Rulfo (México, 1917-1986)

 Además, como en Pedro Páramo, la obra más conocida del mexicano Juan Rulfo, nos encontramos en Quebrada con ese páramo desértico y con personajes que dialogan con los muertos.

Somos los viejos, acá, los que nos quedamos a mirar cómo se nos repiten los días. Si usted viera, madre, le daría llanto. Hemos quedado nosotros y las puras montañas, en estas tierras, sin agua ninguna. Ni los yuyos crecen como antes. Salen secos, apenas nacidos, y se agotan antes de dar las primeras hojas. Dan pura espina, y así quedan, tan duros que hasta el viento se queja cuando se encuentran con ellos.

 En sus páginas también hallaremos tierras húmedas y fértiles en las que germinan la locura y la fatalidad, y que son una antesala de la selva, en cuyo interior reina el peligro y lo ilícito. Sin duda, Quebrada tiene la impronta lírica y determinados elementos del mundo del western, un género que dicen ya trató en Como si existiese el perdón, otra novela corta con la que espero toparme algún día en las estanterías de cualquier librería.

 "¿Y ese otro western que me ibas a leer?", me preguntó el otro día mi madre.


jueves, 9 de febrero de 2017

MIMOSAS: REALISMO MÁGICO EN EL ATLAS



Creo haberles dicho en alguna ocasión que soy un apasionado de los wésterns, así que comprenderán que me frotase las manos al leer en Babelia que Mimosas era un wéstern metafísico en las gargantas del Atlas.
 A veces, cuando las expectativas son muy altas, un libro, un disco, una película o una serie de televisión pueden decepcionarnos. Así que con ese temor me acerqué al Cine Albéniz la semana pasada.

Mimosas Cine Albéniz (Fotografía: Pedro Delgado)

 Afortunadamente, Mimosas no me decepcionó, sino que me emocionó, igual que habrá emocionado a todos los que hayan errado por esas montañas. Oír el nombre de Sijilmasa, o ver en pantalla la meseta de Tazaghart, las estribaciones del Toubkal, las gargantas del M'Goun o el lago Ifni, lugares en los que he estado repetidas veces y que aparecen en algunas de mis novelas y relatos, me hizo hermanarme con el director de inmediato.

El director Oliver Laxe en una garganta del Atlas durante el rodaje de Mimosas /Alejo Ramos-Sabugo

 Que Oliver Laxe haya residido en Marruecos diez de sus treinta y cuatro años es clave para que nada resulte impostado; eso y el hecho de trabajar con actores que no sabían que lo eran, gente de la calle a los que el cine empieza a cambiarles la vida.

Fotograma de Mimosas (Zeitun Films)

 Mimosas narra las desventuras de una caravana que acompaña a un anciano maestro sufí a la aldea de Sijilmasa, donde desea ser enterrado. Sintiéndose moribundo y queriendo acortar distancia, el anciano ordena atravesar las montañas del Atlas. Y a lo arduo de la tarea se suma la nieve que cubre los pasos y los valles, y las malas intenciones de dos miembros de la caravana, dos ladrones de poca monta que pretenden desvalijar a los viajeros. Es en el lago Ifni, donde aparece un nuevo personaje, Shakib, una especie de ángel custodio al que han ordenado proteger la comitiva.

 A pesar de este planteamiento, Mimosas no es solamente una película de aventuras, pues hay en su metraje ciertos elementos extraños que llevan el filme a otro plano: un halo de espiritualidad, un extrañamiento que te obliga a darle vueltas a la película tras el fundido a negro. A preguntarte acerca de esa parada de taxis y de esos taxistas que surcan los caminos polvorientos de Marruecos. Yo quiero pensar que esos conductores, entre los que incluyo al propio Shakib, son ángeles protectores, ángeles caídos en desgracia que son enviados desde el purgatorio a este mundo para cumplir una misión y redimir sus faltas. He querido saber la opinión de Laxe, pero éste no ha querido darnos norte en ninguna de sus entrevistas, dejando las interpretaciones al espectador, una actitud que me recuerda a la de S. Graig Zahler, el director de Bone Tomahawk, otro wéstern que acabo de ver. En la rueda de prensa tras el estreno mundial de su peculiar ópera prima, S. Graig Zahler respondió así cuando le preguntaron por ciertos aspectos del filme.
Por lo que respecta a significados y cosas así, me vale con que me hagas la pregunta sin que yo la responda, porque creo que la película permanecerá más en tu memoria si hay ambigüedades y cosas que no te quedan claras. En esta película hay bastantes ambigüedades que podría aclarar y que me gusta aclarar cuando trabajo con los actores para que sepan de qué van, pero creo que la vida de una película, o de un libro o lo que sea, después de verlo o leerlo, es más larga y mejor si sigues pensando en ella y te reta intelectualmente a posteriori.
 Pues eso es lo que le pasa a Mimosas, que te obliga a seguir pensando en ella. Y como soñar es gratis, también me lleva a desear ver mis historias marroquíes en una pantalla. ¡Insha'Allah!




Entrevista a Oliver Laxe en el programa Días de Cine de Televisión Española.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/mimosas/3866184/