martes, 27 de enero de 2026

BORRASCA EN LOS OZORES


Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda
Fotografía: Pedro Delgado

Estas semanas que llevamos, con seis borrascas una detrás de otra, son para pasar las tardes en el sofá de casa, arropados por una mantita y en compañía de un buen libro. En mi caso, una de esas tardes cogí de la estantería Borrasca en los Ozores, un divertimento de Pablo Aranda, una micronovela de diez mil palabras que abrió la colección Manguta de Libros, proyecto coordinado por Laura Cerezo Cobos y editado por Ediciones del Genal y Mitad Doble Ediciones en enero de 2018. En ella, el protagonista es Emilio Ozores, un profesor universitario preocupado porque desertan cada vez más alumnos de sus clases. También aparecen Marta, su mujer, y María Espinosa, una alumna con la que Emilio tiene ensoñaciones.

 Dejó atrás el aula y avanzó por el pasillo que llevaba a su despacho. Desanimado, pesadamente encaminado a un análisis destructivo sobre las causas de la cada vez menor presencia de estudiantes en sus clases, Emilio sintió la estridencia del teléfono como una fuerza liberadora. tal vez el timbre de mi voz los aburra, se dijo, en voz alta (para tratar de escucharse desde fuera, que sus oídos percibieran su voz como de otro), y en ese momento sonó el teléfono. A Emilio le sorprendió más el tono tierno de su mujer que el hecho insólito de que lo telefonease.
 –Ha llamado tu primo –dijo Marta.
 –¿Pero dónde estás?
 –En la casa, no me encontraba bien y no he ido a trabajar.

 La llamada de Marta le anuncia a Emilio la muerte de su tía, con la que no mantenía una relación muy estrecha, aunque solía comer con ella los domingos.

 No era amor. Más bien dependencia, tal vez algo de cariño alimentado por el vínculo sanguíneo. Nos llevábamos mal, pero nos buscábamos, bueno, no exactamente: yo la visitaba los domingos, la llamaba, poco. Nada. No la llamaba. [...]

 Y en las escaleras del tanatorio se reencuentra con su primo Isidro, con el que imagina se repartirá la herencia de la difunta: una casa que ya piensa vender para comprarse un coche.

 –Por favor, Emilio. Aún ni la hemos enterrado –sonó falsa la voz de Isidro–. Además, donará la casa a los Hermanos de San Juan de Dios.
 Emilio se acercó al ataúd y levantó la tapa. La tía le pareció más joven que de costumbre, como si en vez de su tía muerta fuese su prima dormida. Las manos sobre el pecho y en un dedo un anillo* que Emilio no recordaba haberle visto nunca. Sobre el dorado sucio del anillo descansaban las letras H y G. Emilio supuso que las siglas esconderían un latinajo religioso que no reconoció.

 A Emilio le interesa la sociología de lo cotidiano, cosas insólitas como el estudio de los aspectos, funciones, comportamientos y circunstancias relacionados con el orinar –o cuántos pasos damos al día (y, por ende, kilómetros al año), mientras paseamos al perrito «como aquella señora en Yalta que nos contaba Chéjov*»–. Y le gusta dejar constancia de sus disquisiciones en una grabadora y en los artículos que sube a su página web.

 Ahora que ha muerto su tía, y recuerda su voz: «No te comas todos los borrachuelos, deja alguno para tu primo», se pregunta por el significado del duelo. También por si su mujer, Marta, no habrá pensado sustituirlo antes de tiempo, porque, como su tía, toda persona es sustituible, y la relación de Marta con su jefe, Alberto, parece cada vez más estrecha.

La muerte de la tía podría significar el comienzo del desmoronamiento de nuestra familia. El declive de los Ozores. Se abrió la puerta del estudio y entró Marta. Aunque le tenía advertido que llamase antes, nunca lo hacía.
 –¿Hablando solo? Me voy, he quedado para cenar.
 –¿No vas a venir al cementerio? La tía te quería mucho.
 –No creo que lo note. Además, no me quería tanto. Es una cena de trabajo.
 –¿No dijiste que estabas mala?
 –No, dije que me encontraba mal, que es diferente. Y ahora me encuentro bien. Mañana iré al entierro.
 –Es a las doce.
 –¿A las doce? Vaya. Entonces no podré ir –dijo saliendo del estudio–. Por cierto –asomó la cabeza–. La asistenta se ha quejado de las notas adhesivas en las paredes del baño con tus controles urinarios. Usa una libreta.
 En cuanto sonó la puerta telefoneó a su primo.
 –Isidro, salgo dentro de media hora para el cementerio, ¿te recojo?
 –¿Al cementerio? Uf, tengo guardia esta noche. No saldré de la comisaría hasta las ocho de la mañana. A las nueve estaré allí.
 –Bueno, solo nos tiene a nosotros. Yo me quedaré a su lado toda la noche.
 Sabiendo que su primo no acudiría al cementerio, se quitó la ropa y se puso el pijama. Se preparó un bocadillo de atún y se sentó a ver en televisión un acalorado debate sobre la crisis catalana. Le sorprendió que cada tertuliano le convenciera tras su intervención. Cayeron unas gotas de aceite en el sofá y cuando terminó el bocadillo le dio la vuelta al cojín. Cambió de canal. Una mujer muy hermosa paseaba junto a un río. Le recordó a María Espinosa, la alumna más guapa que había tenido jamás.

 Aunque leí la novela en su momento, había olvidado la trama por completo, y volví a sonreír aquí y allá con las ocurrencias de Pablo, que volvía a conseguir, como en Desprendimiento de rutina, que un jeta bastante reprobable me llegara a caer bien. Por cierto, ambas novelas comparten el tono humorístico y disparatado, y el nombre de la mujer del protagonista: Marta.

 4
 Cuando Emilio Ozores llegó al tanatorio por la mañana su primo fumaba en la puerta de la sala. Isidro lo miró a los ojos y lanzó la colilla al suelo con violencia.
 –¿No dijiste que ibas a pasar la noche con la tía?
 –Y la he pasado –mintió Emilio–. He ido a mi casa a ducharme y desayuna.
 –El vigilante dice que la sala ha estado vacía toda la noche.
 –¿Desde cuándo un inspector de policía se fía del testimonio de un guarda de seguridad?
 –Déjalo, anda.
 –¿Qué tal tu noche?
 –Divertida: una banda de gamberros ha quemado dieciséis contenedores.
 –¿Los habéis pillado?
 –Aún no, pero tenemos el perfil de cuatro de ellos: tienen entre once y veintidós años, criados probablemente en familias desestructuradas, quizá visten sudaderas con capucha. ¿Nos tomamos un café?
 –Antes voy a echarle un vistazo a la tía.
 –No creo que se haya movido mucho desde que la dejaste anoche.
 –Anoche no, esta mañana.
 Emilio pidió un mitad doble y tostadas.
 –¿No había ido a tu casa a desayunar?
 –Joder con la policía. Fui a ducharme y a desayunar, pero Marta se olvidó de comprar pan.
 –¿Qué tal Marta?
 –Como siempre.
 –¿Sigue acostándose con su jefe?
 Emilio devolvió la tostada al plato. Solían intercalar burlas en sus conversaciones, pero esta vez Isidro había ido demasiado lejos.
 –No me mires así, era una broma –se disculpó–. Pero confiesa –añadió buscando desviar el tema–: ¿a que no te has quedado esta noche en el cementerio?
 Si seguía Marta acostándose con su  jefe. La perífrasis empleada por Isidro indicaba que ya se acostaban antes. Marta coordinaba un área de su empresa y debía diseñar estrategias con su jefe directo, Alberto, a menudo en cenas.
 –Venga, no te enfades –insistió Isidro–, en realidad tampoco yo he trabajado toda la noche, solo hasta las doce. Y no han ardido dieciséis contenedores, sino ciento cuatro, y no tenemos ningún perfil.
 Emilio logró sonreír:
 –Bueno, estaríamos en paz. Yo mantengo una relación con una alumna.
 –Corrupción de menores –rio Isidro, pidiendo con gestos que contase más.
 –¿Menores? Doy clases en la universidad. María tiene veinte años.
 –Así que María. ¿Te la ha chupado alguna vez en el despacho?
 Emilio apuró el café y se levantó sin responder.
 –Marta, ¿te acuestas con Alberto? –disparó Emilio al llegar a su casa.
 –Claro, está ahí, en la cama. Llévale un vaso de agua, que  me lo ha pedido hace un rato.
 –Te lo digo en serio.
 –¿Te pregunto yo si te acuestas con tus alumnas?
 –No.
 –Pues entonces. –Marta entraba al baño, pero se detuvo al escuchar de nuevo a Emilio:
 –¿Qué pensarías si te dijera que me acuesto con la alumna más guapa que he tenido nunca?
 –Que es mentira –contestó sin volverse. Y cerró la puerta.

 También el hecho de que la trama rocambolesca se despliegue en Málaga, algo a lo que Pablo nos tiene acostumbrados: Calle Fresca, la plaza de Uncibay con la cafetería Doña Mariquita (desgraciadamente ahora es un Doña Lola), la plaza de la Merced, el albergue San Juan de Dios...

Borrasca en los Ozores, de Pablo Aranda, en la plaza de Uncibay
Fotografía: Pedro Delgado

 Como los dos esperaban, la casa se la había dejado a Isidro. Dinero apenas había: toda la pensión liquidada. Lo que ninguno de los dos había sospechado era la existencia de un apartamento en calle Fresca, en pleno casco antiguo de la ciudad. Y el nuevo propietario de ese piso era Emilio. Con la mano en el bolsillo apretó la llave con fuerza y, a pesar de encontrarse en la plaza de Uncibay, a dos pasos de calle Fresca, antes de acercarse al apartamento, mi apartamento, dijo en voz alta, se sentó en la cafetería Doña Mariquita y pidió un café con leche y cinco churros. Necesitaba ordenar sus ideas.
 ¿Por qué había ocultado la tía esa pertenencia?, ¿para qué la había usado?
 –Tenía un amante –sugirió María Espinosa–. Sesenta y cinco años no es tanto.
 –¿Un amante? –repitió Emilio.
 –¿Cómo dice? –preguntó el camarero, que pasaba un trapo por la mesa de al lado.
 En cualquier caso una doble vida. La posibilidad de un espacio secreto abría las puertas a una vida secreta.
 Llamó a Marta para preguntarle el teléfono de Rafa, el hijo de ambos, que llevaba unos meses estudiando fuera.
 –¿Todavía no te lo sabes? –refunfuñó Marta.
 –¿Tú le has dicho lo de la tía Emilia?
 –No –respondió antes de colgar.
 Marcó el número.
 –¿Papá?
 –Te llamo para darte una mala noticia. –Hizo una pausa forzada–. La tía Emilia se ha muerto.
 –¿Pero no estaba muerta ya?
 –Creo que no, de momento la gente se muere una sola vez.
 El hijo añadió algo, pero Emilio se perdió en lo que acababa de decir: la gente se muere una sola vez. Dos muertes. un pensamiento inquietante le turbó: por qué no yo, dos muertes. Con el piso de la tía Emilia puedo llevar una doble vida, una vida nueva, mi vida anterior ha terminado, he muerto, por tanto, una vez. Pero no, para llevar una doble vida es necesario no abandonar la anterior. Una doble vida nos protege. Una nueva vida es más de lo mismo, con nuevas variables, pero en el fondo no es otra cosa que más de lo mismo. Una doble vida es lo realmente novedoso.
 –¿Papá?
 –Perdona, Rafa, creí que habías colgado –dijo y colgó él.
 Una vivienda antigua pero reformada, con un mobiliario moderno y funcional salido de un catálogo de fábrica de muebles sueca. Nada que ver con la decoración del piso de la tía Emilia, el otro piso, ¿la otra tía? Un cenicero con algunas colillas manchadas de carmín (la tía Emilia no fumaba, o eso creía Emilio), un gigantesco televisor inteligente.
 –¿Te ha dejado algo? –quiso saber Marta cuando llegó a casa.
 –Nada.

Borrasca en los Ozores en calle Fresca
Fotografía: Pedro Delgado

***

 Antes de dirigirse a la facultad aparcó en el centro y caminó hasta el albergue de San Juan de Dios.
 –Buenos días, soy Emilio Ozores, sobrino de Emilia Ozores. He venido para comunicarles que mi tía ha fallecido –pronunció con voz afligida al joven que había abierto.
 –¿Emilia Ozores? Le acompaño en el sentimiento, pero la verdad es que no tenía el gusto de conocerla.
 –Venía cada tarde aquí como voluntaria.
 –Le aseguro que no. A ver si decía eso y se iba al bingo. –Movió arriba y abajo el dedo índice, como si le regañase.
 La doble vida. No se puede alargar la vida, pero sí ensanchar. Vivimos mirando al frente, sin darnos cuenta de que el futuro lo tenemos a los lados.

...y la Panadería Escalona, en la Alameda de Capuchinos, de donde proceden las bandejas de borrachuelos de la tía de Emilio. No recuerdo si llegué a comentárselo a Pablo en su momento, pero María Escalona fue alumna mía en Gamarra. En el curso 1991/92. El primer año que trabajaba, recién licenciado en el INEF de Granada, de profesor de Ed. Física. Imagínense si ha pasado tiempo, que si quisiera ya podría jubilarme al acabar este mes de febrero.

 Pero volvamos al apartamento de calle Fresca para cerrar esta reseña, al lugar donde la tía, o mejor dicho la presencia fantasmal de su tía, se le apareció un día a Emilio apoyada en el quicio de la puerta.

 –El apartamento es la vida, Emilio, hijo. Estamos atados, nos creamos una serie de compromisos que terminan atrapándonos, entonces hay que buscar respiraderos.

 Pues eso, sigan el consejo y, en días como estos, quédense en casa y dense un respiro con Pablo Aranda. Y si quieren rendirle un pequeño homenaje a Emilio, anoten en la ficha que cierra la micronovela el tiempo que invirtieron en leerla. Por aquello de la investigación de lo cotidiano. Yo, como soy un desastre, olvidé mirar la hora al terminar.

 –Por favor, atendedme un momento –intervino Emilio de nuevo–, necesito vuestra colaboración para un artículo sobre la lectura. Cada cierto tiempo se publican estudios sobre la lectura y se informa del número de libros que se leen, pero no del número de horas. ¿Cuánto se tarda en leer un libro? Os pido que el próximo libro que leáis contabilicéis el número de días que os ha ocupado su lectura y, sobre todo, el número de horas de lectura. Para ello, cada vez que os pongáis a leer apuntad a lápiz en la primera página la hora exacta y cuando acabéis hacéis lo mismo, después solo habrá que sumar los intervalos.
Ficha de tiempo de lectura de Borrasca en los Ozores
Fotografía: Pedro Delgado

 **El anillo es un guiño a Chéjov, y a uno de sus principios, ese que dice que si un arma aparece colgada en la pared durante el primer acto, en el segundo tiene que ser disparada. Y es que Pablo, además de escritor, sigue siendo maestro.

martes, 6 de enero de 2026

EL MEJOR REGALO DE REYES

No hay regalo de Reyes que supere al que nos ha hecho a toda mi familia el cirujano Diego González Rivas. El mediático cirujano torácico, al que solo conocía por sus intervenciones en La Revuelta de David Broncano, ha entrado directamente en el santoral de este ateo al extirparle a mi prima Elisabet un tumor de 4 kilos, lo que pesan algunos bebés al nacer.

El cirujano torácico Dr. González Rivas
con el tumor de mi prima en las manos
Fotografía: dieguinidoc

 «¡He vuelto a nacer, primo!», me decía el otro día al teléfono desde Galicia. Y sin duda eso es lo que ha ocurrido, porque en la sanidad pública, la de todos –¡a qué infraniveles está llegando!–, ya la habían desahuciado. Así que su última carta fue viajar hasta La Coruña para ponerse en las manos del Doctor González Rivas. Allí, en el hospital privado de San Rafael, el cirujano le extirpó el tumor gigante que le había crecido en la pleura del pulmón –un sarcoma de Ewing diagnosticado en octubre de 2024 que nadie se había atrevido o querido operar en Málaga–.

«Me dijo que tenía tres meses de vida, que eso tenía que quitarlo, que me iba a morir ya, que cómo no me habían operado de eso».

 El carácter con el que mi prima ha afrontado las piedras que la vida le ha puesto en el camino es digno de admiración. En 2009, con tan solo veintidós años, tuvo un primer tumor en la cabeza. La operaron con éxito, y tras radioterapia y quimioterapia, se vio libre de enfermedad durante 15 años. Como secuela del tratamiento corticoideo, desarrolló una necrosis aséptica de caderas, que precisó sendas prótesis de cadera. Aquello, y el excesivo celo o la falta de humanidad de sus profesores del grado medio de Ed. Física del I.E.S. Fernando de los Ríos, le impidió, al no poder terminar de realizar sus prácticas con la bicicleta de montaña, obtener el título de Técnico en Guía en el Medio Natural y de Tiempo Libre, que era lo que más ilusión le hacía en aquel momento.

 Tras muchos años de seguimiento, en septiembre de 2024 le dieron el alta y le dijeron que había logrado vencer el cáncer. Recuerdo la alegría con la que toda la familia lo celebramos un sábado por la mañana en la cafetería Cañamero. Sin embargo, poco nos duró la fiesta, porque un mes después consultó en Urgencias por una gastroenteritis y tras objetivarse un derrame pleural, se diagnosticó de nuevo de un sarcoma de Ewing pleural.

 En un principio eran varios nódulos pleurales, pero tras 14 meses de quimioterapia, el tumor en lugar de reducirse, siguió creciendo, y, a sus 39 años, Elisabet dejó de tener vida. Ya le costaba hasta respirar, y tenía que dormir sentada. El corazón, empujado por la masa del tumor, se le había desplazado al otro lado, y había riesgo extremo de muerte súbita. No habiéndose planteado nunca para su caso un abordaje quirúrgico, tuvo conocimiento de la existencia del Dr. González Rivas, el afamado y experto cirujano torácico.

Elisabet Rivas con el Dr. Diego González

 El día 29, uno de los hermanos de Elisabet, mi primo Aurelio, se puso en contacto con Diego González, y el día 2, ya estaba en la mesa de operaciones. Tras cinco horas de intervención, San Diego González Rivas le extirpaba todo el tumor y le devolvía a mi prima, Elisabet Roldán Comitre, la vida. Y por ende, la alegría a toda su familia.


 Vaya desde aquí mi eterno agradecimiento al Doctor Diego González Rivas. Y como en este blog siempre tienen cabida los libros, les voy a recomendar el suyo: Curando el mundo. Diario de un cirujano nómada (Plaza & Janés).

Curando el mundo: Diario de un cirujano nómada
Diego González Rivas
Plaza & Janés

viernes, 2 de enero de 2026

LA FIEBRE DEL HORIZONTE Y MI RECOMENDACIÓN PARA LA CARTA DE LOS REYES MAGOS


Fotograma de Kit Carson donde se menciona la fiebre del horizonte
Fotomontaje: Pedro Delgado

Recientemente vi, a cuenta de una reseña, la película Kit Carson, del director George B. Seitz. Al inicio de ese western del año 1940, hay un diálogo que hará las delicias de todos los que aman los viajes y la aventura.

 Cabalga una cuadrilla de cazadores por uno de esos paisajes típicos del Oeste americano –se rodó en Monument Valley–, y llevan un buen cargamento de pieles de castor en las monturas. A la cabeza van Kit Carson (el actor Jon Hall) y Ape (Ward Bond). El segundo, con sombrero de cola a lo Daniel Boone o David Crockett, le dice al primero: «Nadie se creerá que hay tantos castores en el mundo. ¿Iremos al mismo sitio el año que viene?».

 «Nunca volvemos atrás», le responde el jinete que cabalga detrás de ellos.

 A lo que Kit Carson añade: «Nunca se vuelve a un sitio habiendo tantos donde no hemos ido».

 Es entonces cuando Ape le dice: «Tío, tienes una enfermedad: la fiebre del horizonte. Siempre quieres ver qué hay detrás de la montaña».

 «Iría con mucho gusto. Estas tierras no son una buena medicina», zanja Kit antes de bajarse del caballo para observar unas huellas.

 Pues bien, a pesar de desearles salud para este nuevo año, espero que esa enfermedad: la de la fiebre del horizonte, les acompañe durante el 2026. Que siempre quieran ver qué hay detrás de la montaña.

 Por supuesto, en ese horizonte podemos incluir los libros que nos aguardan en nuestras bibliotecas, y muchos de los títulos o las novedades que se ven estos días en las librerías y que son un valor seguro en nuestra carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. 

 Para los amantes de los viajes y la aventura:

 Para los amantes de Marruecos:

 Para los amantes de la montaña:

 Para los amantes del western:

 Para los amantes de los relatos y la poesía de países lejanos:

 Para los amantes del ensayo más aventurero:

 Para los pequeños de la casa:

 Junto a todos estos libros, este año voy a volver a incluir un destino con su correspondiente guía de viajes. En este caso, Japón. Un horizonte, un deseo con el que soñar o que colmar en algún momento del 2026.


 Feliz año nuevo.