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martes, 18 de octubre de 2022

EL RIF: ENTORNO AL ZOCO

Una tarde de domingo del ya lejano mes de febrero salí del Museo Thyssen de Málaga con los ojos ahítos de fotografías y una frase anotada en la entrada, esa que rebusco ahora entre mis papeles para compartirla con ustedes. 
«Me veo a mí mismo fundamentalmente como un explorador que ha pasado su vida en un largo viaje de descubrimiento».
 Dicha declaración, expresada poco antes de su fallecimiento, resume el más de medio siglo de búsqueda creativa del fotógrafo Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1976).

En la exposición de fotografías de Paul Strand
Museo Thyssen de Málaga, febrero de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la última sala de la exposición Paul Strand. La belleza directa, dedicada al fotógrafo norteamericano, se encontraban algunas de las fotografías que este tomó en Ghana y Marruecos. Las de Marruecos ocupaban el panel del fondo de la sala.

Exposición Paul Strand. La belleza directa en el Museo Thyssen de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Eran apenas nueve imágenes, que se siguieron proyectando en mi retina cuando abandoné el museo. Sobre todo una, correspondiente al mercado de Tahannaout, cerca de Marrakech y de los pies de la cordillera del Atlas. De vez en cuando me asalta la imagen, y me recuerda los mercados semanales con los que me topé en mis viajes por el país.

Mercado, Tahannaoute, Marruecos, 1962
Paul Strand

 A esos mercados volví hace unos días con la lectura de El Rif (Ediciones Traspiés, 2010), del melillense Mokthar Mohatar y el granadino José Antonio López.

Portada de El Rif, de Mokhtar Mohatar y J. A. López
Ediciones Traspiés

 La combinación de un Doctor en antropología y un fotógrafo convierten este librito (cabe en el bolsillo trasero del vaquero) en una pieza de colección para los que amamos esas tierras, siendo a la vez un estudio sociológico, un álbum de fotografías, un cuaderno de viaje y un testimonio donde los propios rifeños nos hablan de sus vidas y de los cambios que la modernidad les produce en ellas.

 El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López

 La obra, encuadrada dentro de la colección de libros ilustrados Vagamundos, cercana al libro de artista, gira en torno al zoco como espacio de trueque y lugar de encuentro. «El zoco del que nos hablan, con sus excelentes fotos y textos escogidos con inteligencia», dice el catedrático José Antonio González Alcantud en la introducción, «es un zoco rural, ciertamente. Está en el corazón de una zona rural, donde con frecuencia regular acuden los montañeses a vender, trapichear, solicitar crédito, orar juntos u obtener satisfacción a sus querellas. El morabito del santo cheik, que protege y da baraka, símbolo de un Islam más heterodoxo de lo que quisieran los ulemas de las ciudades, lo preside todo. El zoco en el Rif era y es también el lugar donde dirimir las pasiones humanas. Es sitio, asimismo, donde se intercambian noticias y el rumor se amplifica. Y en torno a él la vida montañesa alcanza densidad societal».

Corte de pelo en una barbería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desgraciadamente, y frente a la fortaleza del zoco urbano, los zocos rurales están abocados a desaparecer, debido a la continua e irremediable merma de la población campesina. De seguir así, las imágenes que guardamos en las retinas (afortunadamente también se conservan en archivos y libros), de este espacio rural de intercambio de bienes y servicios, no serán más que retazos de un pasado arrasado por la globalización.

Fátima, ceramista de el Rif
Fotografía: José Antonio López

 Desde comienzos del año 2000, Mokthar Mohatar y José Antonio López visitan gran parte de los zocos de la región del Rif, intentando captar todo lo que ven. Hacen cientos de fotos y registran en una grabadora docenas de horas de conversaciones, hasta que comprenden que todo lo acumulado no refleja la realidad que están viviendo, que con un inventario no lograrían comprender lo que estaba en juego en la región del Rif. «A partir de entonces», nos apunta López, «el trabajo dio un giro importante; en vez de partir del zoco fuimos abordándolo a través de la gente que vivía de él o para él. Paradójicamente tuvimos que salir del zoco para comprender qué ocurría en el mismo».
De esta forma, los porteadores de la frontera, los artesanos o los agricultores cobraron una dimensión distinta, empezamos a verlos y a tratarlos como padres, maridos, amigos... Dejamos de centrarnos en los aspectos de su trabajo para hacerlo en sus expectativas, sus nostalgias o sus sensaciones.
 De la frontera a los zocos comienza con estas palabras:
La frontera. Una franja de escasos metros, vital para la vida de los habitantes de la zona. Lugar de paso donde sólo podemos apreciar caos, gritos, carreras, peleas, mujeres aburridas tumbadas bajo la sombra de un árbol; una franja que atravesamos infinidad de veces para visitar los zocos de la región, en un principio sin conceder importancia a lo que allí ocurre: miles de hombres y mujeres transportando grandes fardos de mercancías que, a la postre, acaban suministrando parte importante de los productos que pueden encontrarse en los zocos de los alrededores.
 Pero es a través de nuestras visitas a los zocos cuando comprendemos la importancia de la frontera, por eso cada vez nos resulta menos indiferente, hasta el punto de que ya no nos limitamos a cruzarla, sino que se convierte en parte del estudio. Ahora seguimos a los porteadores, trabajamos como ellos, fotografiamos su trabajo desde dentro; entonces nuestra percepción se transforma y lo que antes era caos ahora parece más ordenado: las peleas son los avisos a los transportistas para advertirles del momento preciso en el que tienen que cruzar, la extensión de las manos de los aduaneros es un impuesto personal que posibilita el incumplimiento de un impuesto estatal, las mujeres aburridas bajo los árboles no son sino la larga espera para poder cobrar.
 Y tras unas líneas más, las fotografías de la frontera y varios testimonios de los que se dedican al oficio.

De la frontera a los zocos, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Me he levantado a las tres y media de la madrugada, y, tras tomar un té y un bocadillo de aceite, me he ido a la frontera para guardar cola, pues es importante estar muy temprano si quiero hacer varios viajes al día (...). Hoy he hecho dos viajes, por cada uno de ellos me han dado 60 dh (...). Como yo nos encontramos muchas mujeres, en cuyos ingresos se apoya la familia. Nos conocemos de vista, de hablar durante las largas esperas en la cola, son mujeres como yo, que han llegado de todas partes de Marruecos para instalarse en la zona porque era un sitio donde había trabajo».
Fadila, 48 años
Porteadora, viuda y a cargo de cuatro personas
Originaria de Fez e instalada en Benienzar en 1992
***
«Todos los que estamos aquí vivimos gracias a la frontera, al fin y al cabo es lo único que puede darnos nuestra región, ser mulos de cargas. ¿Acaso -entre risas- servimos para otra cosa? (...), es un lugar donde siempre había trabajo; venías, te presentabas frente a un patrón, y te daba un bulto. Poco a poco te vas acostumbrando a los días de lluvia y sol, a los empujones, a los gritos de los perros aduaneros y a la incertidumbre de si hoy habrá mercancía o no. La frontera es algo duro, pero qué hubiese hecho yo si no hubiera tenido la posibilidad de venir todos los días y llevarme a casa al menos 50 dh; ¿quién me hubiese ofrecido algo mejor?».
Mohamed, 51 años
Porteador, casado, y tres personas a su cargo
Originario de Nador
 «Aún celebrándose un día a la semana, es el catalizador de la economía y vida social de la región», leemos en Notas sobre los zocos. Y luego nos cuentan las transformaciones a las que se ha visto expuesto a lo largo del siglo XX, siendo la instauración del protectorado español un periodo de importantes cambios.

Pesaje en una carnicería de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 En Notas sobre el desarraigo, leemos con tristeza:
Parece como si se hubiese fraccionado esa conciencia que los mantenía unidos, no sin conflicto y contradicción, a una tierra ruda y poco fértil. Desarraigados, las decisiones sobre sus vidas -el hecho de partir, sus elecciones matrimoniales, etc.- no son sino continuas rupturas ante un mundo del que ya no se sienten protagonistas, del que intuyen que ha dejado de tener sentido (...).
 Es en los zocos donde se manifiestan con más claridad los efectos de este desarraigo. Porque, si bien son los agricultores los primeros afectados, no dejan de arrastrar a ciertos oficios: herreros, carpinteros, ceramistas, etc., cuya dedicación principal es la de dispensar servicios y productos a estos campesinos. Paradójicamente, conversando con ellos, intentando comprender el modo en que hacen frente a unos oficios condenados a desaparecer, fue como nos dimos cuenta de la dimensión de esta crisis.
 Del mismo modo en que los campesinos comienzan a adoptar una actitud distante hacia el sentido de la agricultura como actividad, los artesanos acaban también adoptando cierto distanciamiento hacia sus oficios. Tanto unos como otros, en algún momento de nuestros encuentros, coinciden sobre lo que pasa, una frase de lo que para ellos es un nuevo descubrimiento: «lo que pasa es que esto no es un trabajo de verdad. Realmente estamos en paro».
Cuaderno de campo: Ait Wariaghel
junio 2002
Notas sobre el desarraigo, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«El taller está cerrado y sus fogones apagados. Lo cerré hace algunos años porque me resultaba muy costoso mantenerlo para el poco trabajo que hay que hacer. En el nuestro trabajaban tres personas de la misma familia: una encargada de mantener el fuego, un aprendiz y yo, que soy el maestro herrero (...). Que yo recuerde, tan sólo en Ait Abdellah había abiertos hace veinte años al menos seis talleres y ahora todos están cerrados (...). Paso por los zocos de los alrededores para cambiar las herraduras de los burros y poco más. En cambio, mis hijos están pensando en instalarse definitivamente en la ciudad. Allí siempre pueden trabajar como soldadores en las muchas obras de construcción que hay (...). Las cosas cambian, y esto no tiene vuelta atrás (...). Yo soy el primero que les animé a que se fueran. Esta claro, el futuro de los herreros es trabajar como soldadores en la ciudad».
Nasser, 58 años
Herrero. Ait Abdellah
***
«Llevo cuarenta años como carpintero y es en estos últimos diez años que me doy cuenta de que las cosas van cambiando muy rápido. Antes, a lo largo de la semana iba visitando los zocos de los alrededores y, en función de la temporada, había que hacer un tipo de trabajo u otro para los campesinos. En este zoco por ejemplo, Imzouren, podías ver a todos los campesinos cómo me traían sus arados para reparar (...) ahora mírame, toda la mañana aquí parado, no hay arados, porque ya no queda agricultura... Mi nieto me acompaña los días del zoco; si bien no hay mucho trabajo, hay servicios que tengo que hacer porque aun me queda «vergüenza», pues hay gente que conozco desde hace muchos años y cuentan conmigo (...) en cambio, mi nieto Ahmed pasa el tiempo en la ciudad, trabajando en las construcciones, poniendo ventanas y puertas; pero eso es otra cosa, como yo digo, es otro oficio...».
Mohamed, 62 años
Maestro carpintero. Imzouren 
Cestas en un puesto de un zoco del Rif
Fotografía: José Antonio López

 Cierra el libro Las cerámicas de Fátima, donde se anota el toque de muerte que el progreso le está dando a este oficio, y cómo esta pervierte el sentido original de la alfarería, convirtiendo las piezas de cerámica en meros souvenirs para turistas.

Las cerámicas de Fátima, capítulo de El Rif (Ediciones Traspiés)
Fotografía: José Antonio López
«Lo que está pasando es que las jóvenes se casan y se van a vivir a la ciudad y, por tanto, la cerámica no tiene sentido, ya que sólo se dan las condiciones de fabricarla si vives en el campo; además allí no la vas a utilizar (...) han pasado los años y creo que soy la única que sigo bajando las cerámicas al zoco. Ahora hay algunos intentos de una asociación para dar cursos a las chicas, pero el problema no es de aprender cómo se hace, sino que tiene menos utilidad. Cada vez hace menos falta porque ya todo (la leche, el queso, mantequilla, etc.) lo que se compra en el zoco no es producido por los campesinos, sino que viene de las fábricas ya envasado».
Fátima, 47 años
Ceramista. Roadi
***
«Hemos intentado cambiar algo los productos, y en verano le he dicho a Fátima que hay que fabricar cosas para los turistas y dejar de ir al zoco. Hay que ir a la ciudad para venderlas en la playa. Ya no tiene que ser grandes vasijas, sino cosas de decoración».
Zaid, 52 años
Ceramista. Roadi
 Al final, tras todas esas palabras, uno deja el libro en la estantería y guarda silencio, un silencio propicio para la reflexión.

miércoles, 18 de mayo de 2022

HACH WINIK, EL SOSIEGO EN UN LIBRO DE FOTOGRAFÍA


Hach Winik, de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Con un relato de Paul Bowles
Fotografía: Lucía Rodríguez

El otro día me comentaba uno de mis hijos que hay gente que ve las series y las películas en la televisión con un plus de velocidad. Es decir, que aceleran la imagen con el mando a distancia, como si esas imágenes que desfilan por la pantalla no requirieran de la participación activa del espectador, de su interpretación. Lo miré incrédulo, y le pregunté a qué se debía esa prisa. Y me dijo que mucha gente siempre tiene la sensación de que se está perdiendo algo.

 Con la vida ocurre lo mismo, pensé. Hay personas que viven aceleradamente, siempre con prisas, enfrascadas en un montón de actividades que no les dejan ni un momento de sosiego.

 Conforme cumplo años, entiendo menos esas urgencias, y valoro más dejar un tiempo de reposo en el día; y no me refiero a la hora de la siesta, sino a un tiempo para no hacer nada, para contemplar la lentitud con la que se desarrollan las plantas en el porche –el que haya visto cómo se abren los helechos, o cómo surgen las hojas en una higuera, sabrá a lo que me refiero–, para ver una película –a la velocidad a la que la concibió su director, por supuesto–, o para leer un buen libro. A veces, cuando el día ha sido especialmente vertiginoso, o cuando siento mucho ruido tanto por fuera como por dentro a causa de guerras y desgracias, me refugio en algún libro de fotografía.

 Hoy voy a hablarles de uno de esos libros. Se trata de Hach Winik, del fotoperiodista francés de origen catalán Miquel Dewerer-Plana, primorosamente publicado por la editorial Blume en 2019.

 Los hach winik u «hombres verdaderos», como se autodenominan los indígenas mayas-lacandones, viven en la selva de Chiapas, en el sudeste de México, una región separada de Guatemala por el río Usumacinta. Durante diez años, el autor penetró en la reserva natural de Naha' para pasar largas temporadas con ellos, trabando una amistad que le ha permitido recoger en imágenes una forma de vida y una cultura que a causa de la globalización, entre otras cosas, ya empezaba a desaparecer. Son imágenes de un tiempo fugaz que se escapa y se consume delante de nuestros ojos sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Miquel Dewerer-Plana, que desde niño siempre había soñado con vivir en la selva con los lacandones, constató cómo los dioses de la rica cosmogonía lacandona, venerados en la «casa de los dioses», son reemplazados por Jehová, el Dios de las sectas evangélicas y sus Apocalipsis; cómo en la espesura de la selva proliferan los pastizales, abiertos por campesinos zapatistas sin tierra que invaden la reserva en busca de terrenos donde cultivar o criar el ganado, y cómo el gobierno estatal controla todas las riquezas de la zona: madera, energía hidroeléctrica, etc.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Sus imágenes sinceras, oníricas y vaporosas de estos indígenas vestidos con túnicas blancas y el pelo largo, y del entorno mágico, pero amenazado, en el que viven, constituyen una crónica visual única, que viene precedida de un interesantísimo texto, escrito a modo de cuaderno de viajes por el propio Miquel.

 A veces, lo que nos cuenta tiene hechuras de relato y otras de ensayo.

El chofer consulta el reloj: son las once en punto de la mañana. Del techo tira un cordel de cuyo extremo pende una Virgen con rostro atormentado pintada en un enorme medallón. El sonido ensordecedor del claxon avisa a los pasajeros rezagados sobre la inminente salida. Tras varios intentos infructuosos, el motor traquetea y se decide por fin a arrancar. Comienza entonces para mí un viaje de cinco horas bajo un sol de justicia. A los pocos minutos de abandonar la pequeña ciudad de Ocosingo, el autobús sobrepasa la majestuosa y desconocida zona arqueológica maya de Toniná. Al poco, la carretera asfaltada deja paso a una pista descuidada. Es la puerta de entrada a una región que durante mucho tiempo acogió todo tipo de sueños: de las empresas de maderas preciosas, de los productores de caucho, de miles de campesinos sin tierra e incluso de algunos indígenas ansiosos de libertad. Como si se tratara de un péndulo, el autobús se balancea tranquilamente de un lado al otro, adaptándose al pésimo estado del camino. Uno tras otro, atraviesa pueblos mayoritariamente tzeltales, donde unos grandes carteles dan la bienvenida a los viajeros, recordando que nos encontramos en territorio zapatista. A pesar del calor asfixiante, intentamos cerrar las escasas ventanas aún en uso, pero a cada frenazo una enorme nube de polvo penetra en el interior y engulle, durante algunos segundos, todo a su paso.
***
Los lacandones fueron el último pueblo libre e independiente de Chiapas, hasta que en 1695 los españoles sometieron los últimos núcleos de resistencia, con lo que se inició un largo proceso de agonía. Los que sobrevivieron fueron confinados en un pueblo del Departamento de Retalhuleu, en Guatemala, donde en 1769 un juez tan sólo pudo constatar la existencia de una mujer y dos varones lacandones, de edad avanzada, y sin descendencia. Tras más de siglo y medio de lucha, aquellos indígenas ansiosos de libertad acabaron sus vidas en cautividad.
Los lacandones de hoy son, con toda probabilidad, descendientes de las poblaciones mayas de la península de Yucatán en México y del Petén en Guatemala. Al huir del yugo de la colonia española en el siglo XVIII, buscaron refugio bajo los imponentes árboles protectores de la selva chiapaneca, territorio de sus antepasados desaparecidos. Aquellos fugitivos, organizados en pequeños grupos con el fin de pasar inadvertidos, reinventaron una vida seminómada adaptándose de manera remarcable a las difíciles condiciones de supervivencia de su nuevo hábitat. Adoptaron las grandes ciudades prehispánicas que los antiguos mayas habían abandonado en el siglo X: Palenque, Yaxchilán y Bonampak. Así fue como el dios Hach Ak Yum, creador de los hach winik, se instaló en los templos desertados de aquellos pueblos precolombinos.

 Es en la parte final de su texto cuando Miquel nos habla de Paul Bowles y de El pastor Dowe en Tacaté, el otro relato que contiene el libro, un extra de enorme valor para todos los que adoramos al escritor, compositor y viajero estadounidense.

Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tánger, 1999)
©Biblioteca de la Universidad de Delaware, Newark

 Paul Bowles escribió este relato en Nueva York en 1946, después de sus numerosos viajes a México durante los cuatro años y medio anteriores. El cuento, ambientado en la zona, es tan inquietante y tiene tal fuerza que te obliga a leerlo del tirón. En mi caso ha sido una relectura, no por ello menos fascinante, pues ya lo había leído hace veinte años en el volumen que sacó la editorial Alfaguara bajo el título Un episodio distante (otro de los cuentos sublimes del libro junto a Delicada presa), donde se recogían relatos escritos entre 1939 y 1948, traducidos al castellano por Guillermo Lorenzo. La mayoría de esos relatos estaban ambientados en el territorio africano de Marruecos o Argelia, a donde había regresado en 1947 para establecerse en Tánger, y otros discurrían en Colombia, México, Centroamérica o el Caribe. 

 Como nos apunta Miquel en un pie de página, «quizá Bowles se inspirara en el pastor estadounidense Philipp Baer, el primer misionero que en 1944 entró en contacto con los habitantes Naha'. A instancias del Instituto Lingüístico de verano, tradujo la Biblia a la lengua lacandona e intentó convertir a los habitantes de la región. Hacia 1955 se instaló en Lacanha', donde la población «aceptó» los preceptos de su Biblia».

 En El pastor Dowe en Tacaté, asistimos a la propia fragilidad del protagonista, un misionero evangelista, en un territorio que le es ajeno y que nunca podrá comprender ni entender.

 Cómo ha penetrado la palabrería estridente de los pastores evangélicos en la región, los seres míticos y las divinidades que pueblan la cosmovisión lacandona, la «casa de los dioses», los incensarios, el lago y la gruta de Metzabok, donde residen las almas de los antepasados..., todos esos detalles que nos explica Miquel en su crónica aparecen luego en el relato de Paul Bowles, aportándonos un conocimiento extra de ese mundo plagado de incertidumbres por el que se mueve, con incomodidad e impaciencia, uno de esos pastores norteamericanos que se instalaron en la región en los años cincuenta.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También nos cuenta Miquel un detalle fundamental para entender algo que sucede en la parte final del relato de Bowles, y es la costumbre que llevaba a los jóvenes a tomar como compañera a una cría de pocos años, a la que debían educar como a su propia hija hasta que creciera y se convirtiera en su mujer. «Los lacandones son poco numerosos y el miedo a no encontrar esposa al alcanzar la pubertad llevaba a los adolescentes a practicar esta costumbre, hoy en día erradicada, para evitar así los conflictos en la edad adulta».

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 El relato de Bowles se inicia así:

El pastor Dowe pronunció su primer sermón en Tacaté una luminosa mañana de domingo, poco después del comienzo de la estación de lluvias. Asistió casi un centenar de indios y algunos de ellos habían recorrido todo el trayecto desde Balaché, en el valle. Permanecieron sentados en silencio en el suelo mientras él les hablaba durante más o menos una hora, en su propio idioma. Ni siquiera los niños alborotaron; reinaría el silencio más completo siempre que él siguiera hablando. Pero él veía que su atención nacía del respeto más que del interés. Como era una persona concienzuda, el descubrir esto le inquietó.
 Cuando terminó el sermón, cuyo título era «Significado de Jesús», los feligreses se levantaron despacio y empezaron a alejarse pensando ostensiblemente en otras cosas. El pastor Dowe estaba desconcertado. El doctor Ramos, de la Universidad, le había asegurado que su dominio del dialecto era suficiente para permitir a sus futuros feligreses seguir sus sermones, y no había encontrado dificultad alguna al conversar con los indios que le habían acompañado a subir desde San Gerónimo. Se quedó de pie, entristecido, bajo el pequeño templete de paja situado en la explanada ante su casa, viendo cómo se iban dispersando hombres y mujeres en varias direcciones. Tenía la sensación de no haberles comunicado absolutamente nada.

 He de confesarles que llegué a Hach Winik por Paul Bowles, al que rindo culto y del que atesoro todos sus libros. Así que ahora puedo decir que Paul me descubrió a Miquel, todo un acierto.

 A través de sus textos, con 60 años de distancia en el tiempo, ambos «nos hacen partícipes de sus experiencias y pensamientos sobre ese pequeño y único pueblo que intenta preservar la esencia de su ser... y por ende nos obligan a reflexionar sobre nosotros mismos».

 Lo dicho, cuando se sientan aturdidos por la vorágine de los días, o quieran refugio para una mente cansada, abran un buen fotolibro y sumérjanse en él, como los japoneses se meten entre los cerezos en flor al llegar la primavera buscando un poco de sosiego espiritual en esa belleza.

Hach winik, fotolibro de Miquel Dewever-Plana (Editorial Blume, 2009)
Fotografía: Lucía Rodríguez




Miquel Dewerer-Plana (1961) es autor también de La verdad bajo la tierra, Mayas, La otra guerra, Alma, Entre dos aguas y Vale un potosí, editados todos por Blume. Por el primero de ellos le otorgaron en 2008 el premio Periodismo y derechos humanos.


domingo, 2 de enero de 2022

QUERIDOS REYES MAGOS: QUIERO UNA MALETA LLENA DE LIBROS


Una maleta llena de libros para viajar bien lejos
Fotografía: Lucía Rodríguez


«Llegado a cierta edad, uno no debe ir a ninguna parte de la que no pueda volver andando».
Pío Baroja


Ante el cariz que está tomando la cosa, con la nueva cepa de COVID-19 campando a sus anchas por el mundo, creo que el mejor regalo que le podemos pedir este año a sus majestades los Reyes Magos de Oriente es una maleta llena de libros que nos lleven bien lejos, que nos permitan viajar desde casa sin temor a las restricciones o a contraer el virus y verte intubado en la cama de un hospital.

 Por si ustedes son de los que se dejan aconsejar, aquí les dejo mi propuesta. De algunos de estos libros ya les hablé en este blog el año pasado, y de los otros espero poder hablarles a lo largo de este 2022 para el que les deseo la mejor de las suertes.

vale-un-potosi